HomePerashat haShabuaNITSABIM-VAYELEJ: ¿Llevar o no llevar a los niños a la sinagoga?

NITSABIM-VAYELEJ: ¿Llevar o no llevar a los niños a la sinagoga?

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En muchas casas judías, todas las semanas, se repite la misma conversación. ¿Llevamos o no llevamos a los niños a la sinagoga? Son horas de Tefilá. Se aburren. No entienden una palabra. Y pueden molestar a los adultos. Y muchas veces la decisión es: que se queden en casa. Cuando sean más grandes y entiendan, los llevaremos.

Esta semana la Torá responde esa pregunta. Y la respuesta tiene 3,500 años.

LA ÚLTIMA CONVOCATORIA DE MOSHÉ

La sección de Nitsabim-Vayelej ocurre cuando Moshé está por morir. Sabe que no va a entrar a la tierra de Israel. Y una de las últimas cosas que hace no es una advertencia ni una despedida: es convocar una reunión cada siete años.

Esa Mitsvá se llama Haqhel, “reúne”. Al terminar el año de Shemitá, en la fiesta de Sucot, todo el pueblo de Israel debía congregarse en el Bet HaMiqdash para escuchar la lectura de la Torá. Y la Torá especifica quiénes deben estar:

“Reúne al pueblo: los hombres, las mujeres, los niños pequeños (hataf) y el extranjero que vive en tus ciudades, para que escuchen y aprendan, y respeten a HaShem tu Dios, y cuiden de cumplir todas las palabras de esta Torá” (Debarim 31:12).

Los hombres, se entiende. Las mujeres, también. Pero hataf son los niños pequeños de 4 o 6 años, o los que todavía no hablan, o van en brazos o en cochecito. ¿Por qué la Torá ordena traerlos al Templo, a un evento que consiste en escuchar un texto que no pueden comprender?

NO ES UNA CLASE

Maimónides explica por qué (Mishné Torá, Hiljot Jaguigá 3:6), y su explicación cambia por completo el sentido del evento.

Haqhel no es una clase de Torá. Si fuera una clase, en la que hay que entender todo, el que no entiende el idioma no tendría nada que hacer ahí. Pero Maimónides escribe que incluso el extranjero o converso que no comprende hebreo tiene la obligación de presentarse, prestar atención y escuchar “…con la alegría y el temblor del día en que la Torá fue entregada en el Sinaí”. Y por el otro lado: incluso los grandes sabios que ya conocen la Torá entera deben escuchar con la máxima concentración. Cada persona, dice Maimónides, “debe verse a sí misma como si en este momento le estuviera siendo revelada la Torá, y la estuviera escuchando de la boca del Todopoderoso”.

Haqhel es la Mitsvá de estar presente en un acto espiritual colectivo. Volver a vivir la experiencia del Monte Sinaí, el día en que el pueblo de Israel entero, hombres, mujeres y niños, estuvo de pie al pie de la montaña. En el Sinaí nadie preguntó si los chicos entendían. Estaban ahí. Y eso es lo que importaba. Porque de eso depende la continuidad judía: no de lo que un niño entiende, sino de dónde estuvo presente.

UNA CUNA EN LA CASA DE ESTUDIO

El Talmud Yerushalmí (Yebamot 1:6) conserva un recuerdo sobre la infancia de Ribbí Yehoshúa ben Jananiá, uno de los grandes sabios de la Mishná, contado por Ribbí Dosa ben Harkinás, un sabio muy anciano que lo conoció de niño:

“Recuerdo que su madre llevaba su cuna a la casa de estudio, para que sus oídos se apegaran a las palabras de la Torá”.

La madre de Ribbí Yehoshúa no esperó a que su hijo entendiera. Llevaba el “cochecito” del bebé, y allí el bebé absorbía las melodías de la Torá y escuchaba las voces que discutían en un idioma que todavía no conocía. Ese bebé llegó a ser uno de los sabios más grandes de la Mishná, el hombre de quien Rabbán Yojanán ben Zakay dijo: “Dichosa la que lo dio a luz” (Abot 2:8).

Mi esposa Coty siempre cuenta la historia de un niño al que su mamá llevaba a una clase de Torá que, evidentemente, no entendía. Y al niño le brillaban los ojos de alegría de ir. Un día su mamá le preguntó: “¿Entiendes algo de lo que dice este rabino?”. Y el niño respondió: “No, ¡pero sus palabras tienen gusto a helado!”.

Si le preguntas a cualquier adulto qué recuerda de los Rosh HaShaná de su infancia, casi nadie se acuerda de la derashá del rabino. Pero todos recuerdan el sonido del Shofar. La melodía y las lágrimas del Oqued vehaneeqad. Los Cohanim en el Dujan, sin zapatos y con sus cabezas cubiertas. Estar bajo el talet del padre o del abuelo, y sus manos bendiciendo. Todo lo que un niño se lleva de la sinagoga entra por los oídos y por los ojos, no por el intelecto. Y esas son exactamente las cosas a las que va a querer volver veinte o treinta años después, cuando decida que quiere que sus propios hijos las experimenten.

Moshé no convocó a los niños al Templo por lo que fueran a aprender. Los convocó para que estén, lo disfruten, y quieran volver.

EL DILEMA DE LOS NIÑOS

La mayoría de los Baté Kenéset que conozco tiene un programa para niños, para que no corran por la sinagoga en los momentos de Tefilá o de lectura de la Torá en los que los adultos deben estar concentrados, y expuestos a la menor cantidad de ruido posible. Y no siempre funciona a la perfección, porque es imposible tener una sinagoga a prueba de ruidos cuando hay niños en el mismo edificio. Pero es indispensable que los niños vengan al Bet HaKenéset. Y que “la pasen bien”: que la experiencia de la sinagoga no sea la de un adulto que les grita, sino la de un lugar donde son bienvenidos, con premios y actividades pensadas para ellos.

Una sinagoga sin niños no tiene futuro. Ni presente. Los niños son en la sinagoga como las flores en el Bet HaMiqdash: le dan vida, color, alegría. Si en algún momento hay un poco más de ruido, es un precio pequeño por lo que significa tenerlos, y que experimenten Haqhel: reunirse con sus mayores frente a Dios, escuchando la Torá.

Hay que alentar los Minyanim para niños, con premios y regalos, para que se vayan de la sinagoga con ganas de volver. Que asocien la experiencia en el Bet HaKenéset con alegría y sentimientos positivos, y no al revés. No hay mejor fórmula para el futuro de una comunidad que alentar a los niños para que lean la Torá de chiquitos, que lean el Maftir a los 4 o 5 años (como hacemos en mi Bet HaKenéset, donde les hacemos una fiesta y regalos cada vez que un niño lee por primera vez).

El futuro de Am Israel depende de que nuestros hijos se conecten al Bet HaKenéset con alegría.

Rab Yosef Bitton

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