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Rab Ben-Zion Meir Hai Uziel (1880-1953), el rabino que soñaba con un pueblo unido

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Su vida

El Rab Ben-Zion Meir Hai Uziel nació en Yerushalayim el 23 de mayo de 1880. Su padre, el Rab Yosef Refael Uziel, era el ab bet din (presidente del tribunal rabínico) de la comunidad sefaradí de Yerushalayim, de manera que el joven Ben-Zion creció entre los grandes sabios sefaradíes de la ciudad. Muy pronto se destacó como un talmid excepcional, y a los 20 años ya había fundado su propia yeshibá, “Majaziqué Torá”, dedicada a la formación de jóvenes sefaradíes.

En 1911, con apenas 31 años, fue nombrado Jajam Bashí (rabino principal) de Yafo y su distrito. Allí ocurrió uno de los encuentros más importantes de su vida: el rabino de la comunidad ashkenazí de Yafo era nada menos que el Rab Abraham Yitsjaq haCohen Kook. Entre los dos hombres —el joven rabino sefaradí y el futuro primer Gran Rabino ashkenazí— nació una amistad y una colaboración que ayudó a acercar a las dos comunidades, en una época en la que sefaradíes y ashkenazíes vivían prácticamente en mundos separados.

Durante la Primera Guerra Mundial, el Rab Uziel defendió con valentía a los judíos de Erets Israel ante las autoridades del Imperio Otomano — al punto que los turcos lo exiliaron a Damasco. Regresó al finalizar la guerra, y en 1921 aceptó un cargo de enorme responsabilidad: rabino principal de Salónica, Grecia, la comunidad sefaradí más grande del mundo en ese momento, con decenas de miles de judíos que hablaban ladino. Sirvió allí tres años y regresó en 1923 para convertirse en rabino principal de Tel Aviv, la primera ciudad hebrea moderna, que crecía a un ritmo vertiginoso.

En 1939, al fallecer el Rab Yaakob Meir, el Rab Uziel fue elegido Rishón LeTsión, Gran Rabino Sefaradí de Erets Israel. Y en 1948, con la creación del Estado, se convirtió en el primer Gran Rabino Sefaradí del Estado de Israel, cargo que ocupó hasta su muerte. Le tocó guiar al pueblo judío en los años más dramáticos del siglo XX: la Shoá, la lucha por la independencia, la guerra de 1948 y la absorción de cientos de miles de inmigrantes. En 1936 declaró ante la Comisión Peel —la comisión británica que estudiaba el futuro del país— y aprovechó la ocasión para dirigir un llamado público a la paz con los árabes, en nombre de la Torá de Israel.

El Rab Uziel falleció en Yerushalayim el 4 de septiembre de 1953 (24 de Elul de 5713). Dos días antes de morir, ya sin fuerzas para escribir, dictó su testamento espiritual — un documento extraordinario del que hablaremos al final.

Sus escritos y sus ideas

La obra principal del Rab Uziel es Mishpeté Uziel (“Las leyes de Uziel”), una monumental colección de responsa (preguntas y respuestas halájicas) en múltiples volúmenes. Lo que distingue a esta obra no es solo su erudición, sino su agenda: el Rab Uziel enfrentó de lleno los problemas de la vida judía moderna — tecnología, medicina, el nuevo Estado, el lugar de la mujer — convencido de que la halajá tiene respuestas para cada generación. Escribió además Hegyoné Uziel (“Las reflexiones de Uziel”), sobre los fundamentos filosóficos del judaísmo, y numerosos ensayos en periódicos y revistas de la época.

Dos de sus posiciones halájicas lo convirtieron en un adelantado a su tiempo.

La primera: el voto femenino. Cuando en 1920 estalló en Erets Israel la polémica sobre si las mujeres podían votar y ser elegidas para cargos públicos —y varios de los más grandes rabinos de la época lo prohibieron— el Rab Uziel dictaminó que la mujer tiene pleno derecho a votar y también a ser elegida: “Es inconcebible”, escribió, “privar a la mujer de este derecho personal”, pues las leyes de la comunidad obligan también a ella (Mishpeté Uziel). Hoy su responsum se estudia como un clásico.

La segunda: una Torá capaz de administrar un Estado. Cuando nació el Estado de Israel, los rabinos se encontraron con preguntas que nadie había formulado en dos mil años de exilio: ¿cómo funciona un ejército judío? ¿Una economía judía? ¿Qué dice la halajá sobre los contratos de trabajo, los sindicatos, el derecho a la huelga, los tribunales de un Estado moderno? Muchos pensaban que la Torá solo regula la vida privada — el Shabbat, la kashrut, la familia. El Rab Uziel pensaba exactamente lo contrario, y dedicó volúmenes enteros de sus responsa a los derechos de los obreros, las relaciones laborales y la justicia social (Mishpeté Uziel, Joshen Mishpat). Para él, una Torá que no tiene qué decir sobre la plaza pública, la fábrica y el puerto es una Torá incompleta: el judaísmo no vino a refugiarse en la sinagoga sino a construir una sociedad entera.

Pero si hay una idea que define al Rab Uziel, es esta: un solo pueblo. Luchó toda su vida contra las divisiones internas del judaísmo — entre sefaradíes y ashkenazíes, entre religiosos y seculares, entre las distintas comunidades del exilio que se reencontraban en Israel. Soñaba con un rabinato unificado y con una Torá que abrazara a todo el pueblo. Y no era retórica: lo dictó, literalmente, con su último aliento. En su testamento, dos días antes de morir, resumió así su vida:

“He tenido siempre delante de mí estos objetivos: difundir la Torá entre los estudiantes, amar la Torá y sus preceptos, a Israel y su santidad; he enfatizado el amor por cada hombre y cada mujer de Israel y por el pueblo judío en su totalidad, el amor por HaShem, Dios de Israel; traer la paz entre cada hombre y cada mujer de Israel, traer la paz auténtica al hogar judío, a toda la asamblea de Israel en todas sus clases y sectores, y entre Israel y su Padre que está en los cielos.”

Setenta años después, en un pueblo judío donde parece que lo que nos separa es más de lo que nos une , el testamento del Rab Uziel se lee menos como un documento histórico y más como una tarea pendiente.

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