Todo el mundo sabe lo que cuesta un casamiento. Y todo el mundo conoce a una pareja joven que postergó la fecha porque no le daban los números. Nuestros sabios pensaron en eso, y la solución que pensaron es una de las instituciones más ingeniosas del judaísmo. Se llama shushbinut, y hoy sobrevive pero convertida en algo mucho más chico: el shomer del novio
LOS TREINTA DE SHIMSHÓN
La palabra shushbín aparece ya en el Tanaj. Cuando Shimshón se casó, le trajeron treinta jóvenes para que fueran los miembros cercanos de su cortejo (Shofetim 14:11). En la época del Talmud, la fiesta de casamiento se hacía como una comida comunitaria, y a los que participaban se los llamaba shushbinim.
Hasta acá parece solo una palabra antigua para “los amigos del novio”. Pero no lo era.
UN FONDO COMÚN ENTRE AMIGOS
Maimónides lo describe con toda claridad en el Mishné Torá, en las leyes de Zejiyá uMataná. 7:1. La costumbre en todos los países, dice, es que cuando un hombre se casa, sus amigos y conocidos le mandan dinero para ayudarlo a cubrir los gastos del casamiento. Esos mismos amigos que mandaron el regalo tienen después el derecho de venir a comer y beber con el novio durante la semana de festejos. A los que mandaron el dinero se los llama shushbinim.
Y ahora viene lo que cambia todo. Ese dinero no era un regalo. Era un préstamo con una fecha de vencimiento muy particular: el día en que los amigos se casaran.
El novio que recibió el dinero queda legalmente obligado a devolver la misma suma cuando le toque el turno a cada uno de sus amigos. Y “legalmente” quiere decir legalmente: el Talmud (Babá Batrá 145a) establece que la shushbinut es una deuda cobrable en el Bet Din. Si el amigo no cumple, se lo puede demandar. Y hay más: es una de las pocas deudas que el año de Shemitá no cancela, porque aún no venció.
Es decir: un grupo de amigos jóvenes, ninguno de los cuales puede pagarse solo un casamiento, arma entre todos un fondo rotativo. El primero que se casa recibe de todos. Después va devolviendo, de a uno, a medida que cada uno se casa. Nadie queda afuera, y a nadie le tocó pagar todo junto.
LAS REGLAS DEL JUEGO
El Talmud llega a discutir los detalles con una seriedad que sorprende. Rab Kahaná establece la regla general: si el que debía devolver la shushbinut estaba en la ciudad cuando su amigo se casó, tendría que haber ido. Si estaba cerca y escuchó el sonido del tambor que anunciaba el casamiento, tendría que haber ido. Si estaba lejos y no lo escuchó, el novio tendría que haberle avisado; y si no le avisó, el amigo tiene motivo de queja… pero igual tiene que pagar.
Hay una consecuencia legal de esto que dice mucho. La Mishná (Sanhedrín 3:5) determina que un shushbín queda descalificado para testificar en un juicio que involucre al novio. ¿Por qué? Porque la relación es demasiado cercana. Ser el shushbín de alguien era una declaración pública de amistad profunda, con consecuencias en un tribunal.
QUÉ QUEDÓ DE TODO ESTO
Hoy tenemos más de treinta invitados en una boda común, y la palabra shushbín se redujo a una sola persona: quien acompaña al novio o a la novia, se ocupa de sus necesidades durante el día de la boda, anuncia los honores en la ceremonia y se asegura de que todo funcione. Un hermano, un primo, el mejor amigo. Lo que en inglés llaman ‘the best man’. En hebreo “shomer”
Se perdió, en el camino, lo más interesante: que ser shushbín no era un honor decorativo sino un compromiso económico, y que la comunidad tenía un mecanismo obligatorio y exigible para que ninguna pareja tuviera que renunciar a casarse o postergar su casamiento por falta de dinero.
Rab Yosef Bitton


