La parashá de esta semana, Ki Tisá, trata de varios temas. Entre ellos se encuentra el episodio del becerro de oro. El pueblo, impaciente por la ausencia de Moshé durante cuarenta días, piensa que ha muerto y decide reemplazarlo con un becerro que los guiaría en el desierto hacia la tierra prometida.
El becerro —la cría de la vaca— era uno de los ídolos adorados por los egipcios, debido a su extraordinario instinto de orientación: cuando necesita mamar, el becerro puede encontrar a su madre incluso si tuviera los ojos vendados.
Por supuesto, este episodio representó una gravísima traición a Dios y un regreso del pueblo de Israel a las formas más primitivas de idolatría. Y todo esto ocurrió apenas poco más de un mes después de haber presenciado la manifestación de HaShem en el monte Sinaí, cuando reveló los Diez Mandamientos.
HaShem le manifiesta entonces a Moshé que eliminará al pueblo judío. Moshé intercede, reza por ellos, los defiende y le dice a HaShem que, si decide destruir al pueblo, también tendría que eliminarlo a él. Finalmente, en el día de Kipur (10 de Tishréi), HaShem acepta la tefilá de Moshé y decide perdonar al pueblo de Israel.
Esto es, por supuesto, algo maravilloso que recordamos todos los años en Yom Kipur. Sin embargo, hay algo más —menos conocido— que ocurrió en ese mismo episodio.
Luego de que HaShem perdonara al pueblo de Israel, se desarrolla una “conversación” entre Dios y Moshé. En un momento, Moshé le dice a HaShem:
הראני נא את כבודך
lo que, más o menos, significa: “Enséñame Tu Gloria”.
Los rabinos explicaron que aquí ocurrió algo excepcional. Hasta ese momento, la comunicación de HaShem con los seres humanos había sido siempre unilateral: HaShem se manifiesta a los profetas o al mismo Moshé Rabenu y les transmite un mensaje o una visión. Pero en esta ocasión, por primera y única vez, es un ser humano quien inicia una especie de diálogo con Dios y se atreve a formularle una pregunta al Todopoderoso, sabiendo que puede esperar una respuesta de Su Interlocutor.
Moshé tuvo esta oportunidad única y, en cierta manera, representó a toda la humanidad frente a HaShem.
¿Qué le preguntó Moshé a Dios?
¿Cuál es la pregunta que más preocupa a la humanidad con respecto a Dios?
Los Sabios explican que Moshé le preguntó a Dios:
למה צדיק ורע לו
¿Por qué sufren las personas buenas?
En otras palabras: si Dios es Todopoderoso y absolutamente bueno, ¿por qué permite que les ocurran cosas malas a las personas buenas?
Para el hombre de fe, no existe una pregunta más crítica y más profunda.
A propósito, esta mañana, mientras escribía estas líneas, y por pura curiosidad, hice una breve búsqueda en Google. Escribí en inglés: “What would you ask God?” (¿Qué le preguntarías a Dios?). Lo que encontré me resultó sorprendente.
El primer artículo que apareció reportaba los resultados de una encuesta realizada a cientos de estudiantes universitarios (no judíos) a quienes se les preguntó:
“Si pudieras hacerle una pregunta a Dios, ¿qué le preguntarías?”
La pregunta número uno fue muy parecida a la de Moshé:
“¿Por qué hay tanto sufrimiento en el mundo? Si Dios es bueno y Todopoderoso, ¿no tiene los recursos para prevenir el mal y el sufrimiento?”
Estoy seguro de que muchos lectores quizá no compartan mi fascinación por esta “pregunta de Moshé” y estarán impacientes por saber cuál fue la respuesta de Dios a Moshé Rabenu.
El judaísmo es único en reconocer que esta pregunta no tiene una respuesta clara para el ser humano. Sin embargo, la Torá nos revela por qué no podemos obtenerla.
Comprender cómo Dios administra Su justicia supera nuestras posibilidades intelectuales y epistemológicas.
HaShem le respondió a Moshé —de manera breve y metafórica— que Moshé, o cualquier otro ser humano, nunca podrá ver “el frente” de la Presencia o de la intervención divina. Solo podrá ver “el dorso” de la intervención de Dios, la parte de atrás:
וראית את אחורי ופני לא יראו
El mejor ejemplo que puedo ofrecer es, irónicamente, un ejemplo visual: un tapiz.
Solo HaShem ve el tapiz desde el frente. Nosotros, los seres humanos —limitados por el corto tiempo de nuestras vidas y por el espacio de esta dimensión física— solo vemos la parte de atrás del tapiz: los hilos, los trazos que parecen aleatorios y caóticos, los colores, los nudos, los bucles.
Para nosotros, todos esos zigzagueos del tejido parecen carecer de sentido. Sin embargo, son precisamente esos hilos los que hacen posible la imagen perfecta que se ve en el frente del tapiz… una imagen a la que solo Dios tiene acceso.


