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La sinagoga y la casa de los abuelos

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Siempre que veo a un niño o una niña jugando en los escalones que suben al Arón HaQódesh me acuerdo de este cuento, que creo que es una historia verídica.

Se cuenta que, en la España de la Inquisición, el rey, que quería convencer a Don Isaac Abravanel de convertirse al cristianismo, le preguntó un día: “¿Cómo me explicas que en la iglesia reine un respeto y un silencio absoluto, tanto los grandes como los chicos, mientras que en tu sinagoga hay siempre niños corriendo por los pasillos?”.

Abravanel le respondió sin eufemismos: “Majestad, en un velorio la gente se comporta ante un muerto en silencio, con temor y con la máxima reverencia. Todo es muy formal y nadie se mueve de su asiento. Pero en la casa de los abuelos, los niños se sienten como en su propia casa y a veces saltan o juegan y la pasan bien. Para nuestros niños —le dijo— la sinagoga no es una casa de duelo: es como la casa de los abuelos”.

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