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PRIMER MANDAMIENTO: El dios de las emergencias

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La segunda mitad del versículo

En el artículo anterior vimos qué nos ordena el Primer Mandamiento: reconocer a HaShem como nuestro ELOQEJA, nuestro Soberano. Pero el versículo no termina ahí. Dios se presenta con una credencial: “…que te rescató de la tierra de Egipto, de la casa de esclavos.”

Detengámonos en esto, porque es extraño. Si Dios quería presentarse con Su título más imponente, tenía uno mejor: Creador de los cielos y de la tierra. ¿Por qué eligió presentarse, en cambio, con una intervención puntual en la historia — la liberación de un pueblo de esclavos?

Porque el Primer Mandamiento no está describiendo quién es Dios. Está describiendo qué clase de Soberano es. Y para eso, la audiencia importaba: hombres y mujeres que acababan de salir de Egipto y que sólo conocían un modelo de autoridad suprema — el Faraón.

El soberano que se sirve de ti

En el mundo antiguo, la distancia entre los dioses y los gobernantes era mínima. El Faraón se proclamaba divino, benefactor supremo de la humanidad, y disponía a voluntad del trabajo, del tiempo y de la vida de sus súbditos. No hace falta imaginación para entenderlo: el Egipto de hace 3,500 años funcionaba como Corea del Norte en nuestros días, donde el régimen prohíbe todas las religiones porque el líder supremo no tolera otra divinidad que él mismo. Stalin ensayó lo mismo con una generación de judíos rusos: borrar a Dios de la memoria para ocupar Su lugar.

Ese es el modelo del dios-faraón: demanda obediencia y lealtad incondicional para su propio beneficio. Sus súbditos existen para servirlo.

El Soberano que te liberó

Frente a ese modelo, la presentación del Primer Mandamiento es una revolución. Dios no dice “obedéceme porque te creé” ni “obedéceme porque puedo destruirte.” Dice: obedéceme a Mí, que te liberé. La credencial que Dios elige es la prueba de que Su soberanía funciona al revés que la del Faraón: el Faraón te esclavizó para su beneficio; Dios te liberó para el tuyo.

Y por eso las leyes que vienen a continuación — no matarás, no robarás, no mentirás, no envidiarás — no son tributos que Dios cobra. Dios no gana nada con que yo no robe. El beneficiario de los Diez Mandamientos no es el Legislador: somos nosotros, y la sociedad que construimos entre todos. Un padre que le pone reglas a sus hijos no las pone para sí mismo.

Usar a Dios

Esto nos permite entender algo que el Primer Mandamiento vino a prevenir, y que sigue tan vigente como hace 3,500 años.

Imaginemos a alguien que declara creer en Dios, pero ignora Sus mandamientos y no tiene interés en conocer Su voluntad. Se acuerda de Dios solamente en las emergencias. Le interesa, fundamentalmente, lo que Dios puede hacer por él. Si le preguntan si cree, responde que sí — con total sinceridad.

¿Pero en qué dios cree? En un dios-para-emergencias: una proyección de la necesidad humana, un servicio al que se recurre cuando algo falla. Ese no es un Dios al que uno sirve; es un dios que me sirve a mí. Y ese dios — conviene decirlo con claridad — no es el Dios de los Diez Mandamientos. Es, en el fondo, una versión educada del pensamiento supersticioso: el amuleto, la fórmula mágica, el rito que “funciona.” Exactamente aquello de lo que la Torá vino a sacarnos.

Por eso la pregunta “¿usted cree en Dios?” — que los periodistas repiten como si fuera la pregunta definitiva — dice tan poco. La respuesta verbal es casi irrelevante. La pregunta judía es otra: ¿quién es el Soberano de tu conducta? ¿Quién define, en tu vida real, lo que está bien y lo que está mal?

Libertad

Queda una última pieza. Apenas terminó de mencionar la libertad — “te rescató de la casa de esclavos” — Dios dictó leyes, reglas y prohibiciones. ¿No es una contradicción? ¿Liberar a un pueblo para inmediatamente legislarlo?

Sólo si pensamos que ser libre es hacer lo que uno quiere. La Torá propone otra definición: libre es el que gobierna sus propios impulsos, el que no está esclavizado ni a un faraón ni a sus instintos. Para eso sirven las leyes que siguen. La libertad del Primer Mandamiento no es la libertad de toda autoridad: es la libertad de elegir al Soberano correcto.

Servir a Dios, al final, no consiste en la coherencia entre lo que decimos y lo que creemos. Consiste en la coherencia entre lo que creemos y lo que hacemos.

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