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JAYE SARA: Aprendiendo a Rezar

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UN SOLO CREADOR

Abraham Abinu descubrió a Dios observando la Creación. “Debe existir un Creador Inteligente”, razonó Abraham, Alguien que trajo este mundo maravilloso a la existencia (yesh adón labirá). Esta idea, ya de por sí muy innovadora, fue seguida por otra declaración aún más revolucionaria de Abraham: “Hay un solo Dios”. En contra de toda la lógica de su tiempo, Abraham afirmó que las fuerzas naturales opuestas no reflejan dioses que luchan entre sí. Para Abraham, la luz y la oscuridad, la salud y la enfermedad, la vida y la muerte provienen de una misma Fuente. Creer en un solo Dios era una locura. Tal vez blasfemia y falta de respeto hacia los otros dioses, porque el Dios de Abraham demandaba exclusividad.

DIOS ES INVISIBLE

Y como si eso no fuera suficiente, Abraham también afirmó que los ídolos eran representaciones falsas de Dios. “El verdadero Dios no puede verse. No tiene cuerpo. Es invisible”, enseñó Abraham. Esta fue, quizá, la afirmación más dramática.

Hoy, en 2025, entendemos la invisibilidad de Dios sin mayores dificultades. Sabemos, por ejemplo, que las ondas de radio, los microondas, el WiFi, la tecnología celular, etc., son energías poderosísimas, pero invisibles a nuestros ojos. Muchas cosas que no vemos existen en una dimensión que no podemos percibir.

Pero hace 4.000 años, ¿quién iba a creer en algo que no podía verse, tocarse o representarse? ¿Quién iba a aceptar que algo —o alguien— invisible es responsable de la existencia de todo lo visible? Yo diría que esta fue la innovación más espectacular del monoteísmo de Abraham y la idea más difícil de transmitir a los demás.

LE IMPORTAMOS Y NOS ESCUCHA

Pero hay un aspecto del monoteísmo judío (o de la teología judía) que, según la lectura literal del texto bíblico (peshat), Abraham Abinu descubrió solo con el tiempo: que el Creador sí se preocupa por los seres humanos, e interviene en nuestras vidas, e incluso puede cambiar el curso natural de los acontecimientos cuando se lo pedimos.

Parece que, al comienzo, Abraham no era plenamente consciente de esto, y por eso nunca rezó cuando necesitó intervención divina. Por ejemplo: Abraham abandona la vida cómoda de Harán. Emigra a Israel, y cuando llega, la tierra sufre una sequía severa; decide entonces emigrar a Egipto, y allí su esposa Sará es secuestrada. En ambos episodios Abraham no elevó una plegaria: no pidió a Dios por la bendición de la lluvia ni imploró por la liberación de su esposa Sará. ¿Por qué?

SUFRIR SIN REZAR

El silencio del texto parece indicar que Abraham no imaginaba que un ser humano pudiera pedirle a Dios Su intervención para intervenir y cambiar un evento natural o personal. Si nos colocamos en el contexto de la generación de Abraham, los paganos nunca esperaban que los dioses se preocuparan por los humanos. La relación hombre-dioses paganos era transaccional. Los dioses demandaban regalos y sacrificios, y no mostraban empatía ni interés por las personas. Esos dioses mitológicos estaban siempre ocupados peleando entre sí, sin ningún deseo de ayudar a los hombres. Al contrario, a veces competían con los seres humanos por recursos naturales como la lluvia, la luz o incluso las mujeres. En medio de una sociedad pagana, rezar “pedir un favor” a los dioses debía de ser totalmente contraintuitivo, algo que Abraham no podía deducir por simple observación o inteligencia. Abraham tuvo que ser instruido por Dios para rezar.

EL COMIENZO DE LA TEFILÁ

Siguiendo estrictamente el sentido literal del texto, es Dios quien menciona por primera vez el concepto de oración (lehitpalel). Cuando Sará fue secuestrada por segunda vez, esta vez por el monarca de Gerar, Abimelej, Dios castigó al rey con severas aflicciones y se le reveló en un sueño. Allí Dios le dice al rey que Sará es una mujer casada. Abimelej responde que él no lo sabía, y entonces Dios le indica qué debe hacer (Bereshit 20:7): “Ahora devuelve la mujer a su marido, él es profeta, y [pídele] que rece por ti, y no morirás.”

Más adelante vemos que (20:17): “Entonces Abraham rezó a Dios, y Dios curó a Abimelej.”

Esta es la primera oración formal en la Torá.

Antes de esto, Abraham invocaba el nombre de Dios (vayiqra beshem HaShem; nebarej sheakhalnu mishelo; tiqén tefilat Shajarit, etc.) para reconocer a Dios y anunciar Su existencia al mundo. O cuestionó la justicia divina y negoció por la vida de los justos, pero técnicamente no rezó.

Parece que Dios le enseñó a Abraham a rezar (del mismo modo en que enseñaría a Moshé las 13 middot). Abraham aprendió entonces que era posible rezar y esperar, por ejemplo, que Dios cambiara el curso natural de una enfermedad y curara a un ser humano —como Abimelej— gracias a la tefilá.

APRECIAR LA TEFILÁ

Nosotros estamos familiarizados con la idea de rezar, y nos parece natural que Dios nos escuche. Pero que el Creador del universo escuche las plegarias humanas no es algo que deberíamos dar por sentado. La tefilá es un privilegio increíble, un regalo que recibimos porque HaShem nos ama como un padre ama a sus hijos.

Abraham y sus descendientes aprendieron esta lección muy rápido.

En nuestra Parashá de la semana, Jaye Sará, encontramos a Eliézer —el siervo de Abraham— rezando y pidiendo la ayuda del Creador para encontrar una esposa adecuada para Yitsjaq.

Más adelante vemos a Yitsjaq rezando por un hijo.

Y luego a Yaaqob rezando por protección divina.

Y el resto es historia…

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