Este Shabat leeremos dos secciones de la Torá: Tazriá y Metzorá. Uno de los temas más discutidos en estas dos parashiot es el del tzara’at — una afección de la piel generalmente asociada con la lepra. Una vez diagnosticada, se procedía a aislar al individuo y ponerlo en cuarentena hasta su curación.
Los Sabios dedujeron, del caso de Miriam — la hermana de Moshé, quien hizo un comentario negativo sobre él y contrajo el tzara’at — que existe una relación entre esta enfermedad y el hábito de hablar mal de otras personas, lo que se conoce como Lashón Hará. Así como una persona enferma debe estar en cuarentena para no contagiar a los demás, quienes se entregan a la adicción del chisme y el discurso destructivo deben ser, de alguna manera, “aislados” — para que su proceder no se “contagie” y su ejemplo no llegue a normalizarse en la sociedad judía.
Presentamos aquí una breve reflexión sobre una de las maneras más eficaces de evitar el Lashón Hará, de acuerdo a las enseñanzas de Pirké Abot:
והוי דן את כל האדם לכף זכות
“Yehoshúa ben Perajia solía decir: hazte un maestro, adquiere un amigo, y juzga a los demás con el beneficio de la duda.”
Una mitzvá de la Torá
Juzgar a los demás con el beneficio de la duda no es simplemente una actitud noble o una buena costumbre — es una mitzvá de la Torá. En Vayikrá 19:15 está escrito: betzédeq tishpot amitekha — “con justicia juzgarás a tu prójimo.” Los Jajamim explicaron este precepto de la siguiente manera.
Existen tres categorías de personas. Primero, el tsadik — el hombre justo, aquel cuyo historial de buenas acciones es impecable. Estas personas, que son casi más ángeles que humanos, no son la mayoría: representan quizás entre el 1% y el 5% de la población. En el extremo opuesto encontramos a los verdaderamente malvados — los resha’im — individuos egoístas, de malas intenciones y con un historial que los condena. Son también una minoría: probablemente no más del 4% o 5% de la población total (el libro The Sociopath Next Door sostiene que los sociópatas constituyen aproximadamente el 4% de la población). Y luego está la gran mayoría: las personas promedio — todos nosotros — que en general tenemos intenciones nobles, hacemos cosas buenas, pero también tenemos nuestros defectos. A veces actuamos con generosidad y a veces con egoísmo. Esta mayoría silenciosa representa alrededor del 90% de la humanidad.
La Torá nos enseña a relacionarnos con cada una de estas categorías de manera distinta.
Al tsadik — al hombre justo — hay que juzgarlo con indulgencia siempre. Incluso cuando no estés seguro si actuó bien o mal, incluso cuando percibas una situación sospechosa sin tener todas las evidencias: no lo condenes en tu corazón. Juzga su conducta de manera positiva y generosa.
Al malvado — al que ya tiene un historial de actuar con maldad deliberada — no puedes otorgarle el beneficio de la duda sin más, mientras no haya dado señales claras de arrepentimiento. Su proceder puede afectarte, y la prudencia aquí no es cinismo sino autoprotección legítima.
¿Y qué pasa con la persona promedio — la gran mayoría de nuestros amigos, familiares y conocidos? Aquí la Torá nos sorprende con una instrucción extraordinaria: debes juzgar a la persona promedio como si fuera un tsadik. Es decir, otórgale el beneficio de la duda a menos que tengas evidencias claras y concretas de lo contrario. Así leída, la mitzvá de “juzgarás a tu prójimo con justicia” significa en la práctica: “juzgarás a la gran mayoría de las personas con la misma generosidad con la que juzgas al justo.”
¿Por qué vale la pena practicar esta mitzvá?
Las razones son poderosas.
La primera es teológica: “Con la misma vara que juzgamos a los demás, seremos juzgados por ה׳.” ¿Cómo queremos ser juzgados por el Juez Supremo al final de nuestros días? Seguramente esperamos que encuentre atenuantes para nuestros errores, que nos juzgue con indulgencia y no con severidad. Los Jajamim enseñan que ה׳ nos tratará con la misma medida que nosotros usamos para tratar a los demás. Si aprendemos a juzgar a las personas con generosidad, así seremos juzgados por Él.
La segunda razón es social: nuestras actitudes se reflejan en quienes nos rodean. Las personas tienden a tratar a los demás como son tratadas. Si quieres que tus amigos, familiares y conocidos te otorguen a ti el beneficio de la duda — que no se apresuren a sospechar de ti, que no te condenen antes de tener toda la información — entonces empieza por otorgárselo tú a ellos.
La tercera razón — y quizás la más práctica — es que juzgar con el beneficio de la duda es el mejor antídoto contra el Lashón Hará. Hablamos mal de otras personas porque primero pensamos mal de ellas. Muchas veces escuchamos un comentario destructivo sobre alguien y simplemente lo creemos y lo repetimos — sin tener evidencias, sin conocer toda la historia, sin haber escuchado todas las versiones. Si cultivamos el hábito de buscar una explicación favorable antes de condenar, nos volveremos naturalmente más cuidadosos: no escucharemos con ligereza, no creeremos con precipitación y, sobre todo, no repetiremos comentarios negativos sobre los demás.
El resultado es doble: evitamos el Lashón Hará, y nuestra calidad de vida — y la de quienes nos rodean — se vuelve infinitamente más positiva.


