Monday, April 13, 2026
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La asimilación como solución al antisemitismo

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Tenía 24 años. Llevaba solo un mes como rabino en la comunidad “Chalom” de Colegiales. Era mi primera ceremonia de Bar Mitsvá. Cuando me tocó hablar, me dirigí hacia el joven Bar Mitsvá, le expliqué sus nuevas responsabilidades y, lógicamente, lo alenté al cumplimiento de la Torá y sus Mitsvot.

Recuerdo que, un poco antes de terminar la fiesta, se me acercó un señor visiblemente molesto. Era un familiar del joven del Bar Mitsvá y llevaba una vida completamente asimilada: matrimonio mixto incluido. Estaba enojado u ofendido por mi mensaje sobre las virtudes de una mayor observancia religiosa. Y entonces me reprochó, en privado pero casi gritándome: “¿No te das cuenta que es la religión lo que provoca el antisemitismo? Si fuéramos más parecidos a los demás, nos dejarían en paz.”

No le contesté. No me acuerdo si fue por el shock, porque no me lo esperaba o porque no tenía experiencia. Fue la primera vez que escuché ese argumento, que nunca me enseñaron a debatir en la Yeshivá. Y si mal no recuerdo, fue también la última.

Hace tres semanas, en nuestra Seudá Shelishit, donde siempre tenemos oradores invitados, habló un joven que mencionó y describió brevemente un libro que yo no conocía: The Pity of It All, de Amos Elon, sobre la historia de los judíos en Alemania desde 1743 hasta 1933. Esa misma noche lo encargué por Amazon. Y desde que llegó, no lo he cerrado.

El libro comienza con la llegada de un joven judío de 14 años a Berlín, en 1743. Su nombre: Moshe Mendelssohn. En esa época, los judíos eran literalmente contados junto al ganado, algo que los alemanes no hacían con ninguna otra minoría religiosa o étnica. Elon cita el registro oficial de la Puerta Rosenthal que dice: “Hoy ingresaron a la ciudad seis vacas, siete cerdos y un judío.” La sociedad europea en ese entonces veía al judío como una subespecie humana.

Pero el destino de Mendelssohn fue diferente. Era brillante y autodidacta. Aprendió el idioma alemán a la perfección. También el latín, las matemáticas y la filosofía, y escribió obras como Phaedon, que lo convirtieron en una celebridad que llegó a codearse con los intelectuales alemanes gentiles. A Mendelssohn se lo conoce como “el Sócrates alemán”. El caso de Mendelssohn era una revolución. La primera vez que un judío era reconocido y aceptado públicamente en el mundo filosófico y cultural alemán.

¿Cómo logró Mendelssohn ser aceptado por los alemanes?

Aunque nunca se convirtió al cristianismo, a pesar de sufrir enormes presiones, Mendelssohn hizo muchísimas concesiones religiosas y apeló a la ética universal.

Su adaptación religiosa a la sociedad gentil despertó una nueva idea entre los judíos de su generación: si un judío se secularizaba, las puertas hacia la “normalidad” y la aceptación se abrirían mágicamente.

Y así comenzó el experimento de asimilación judía más grande, ambicioso y más trágico de toda la historia de la diáspora.
Miles de judíos siguieron el camino trazado por Mendelssohn y no pararon allí.

Abandonaron progresivamente la observancia, reinterpretaron la Torá y la adaptaron a la sociedad gentil, descartando los preceptos rituales y conservando solo aquellas normas “éticas” que no marcaban ninguna diferencia entre judíos y gentiles. Por primera vez, el judaísmo fue despojado de la observancia y convertido en una moralidad civil sin identificadores religiosos.

Y no terminó allí. También tenían que dar en claro que no practicaban una doble lealtad política. Así que renunciaron a la tierra de Israel y a la idea de pueblo judío. En 1845, en Frankfurt, un grupo de rabinos reformistas liderados por Samuel Holdheim proclamaron oficialmente que ya no se consideraban judíos alemanes, sino alemanes de fe mosaica. Renunciaron a cualquier reclamo o esperanza de retorno a Sion, porque Berlín era su nueva Jerusalem. Y afirmaron con orgullo que su única lealtad era, , literalmente, hacia su amada madre patria, Alemania.

Los judíos alemanes se integraron a las universidades, los conservatorios y hasta el parlamento. Se destacaron en música, medicina, ciencia, literatura, teatro. Muchos, incluyendo a los propios hijos de Mendelssohn, se convirtieron al cristianismo —no por oportunismo, sino por idealismo. Confiaban en que la razón, el progreso y el humanismo del alemán promedio acabarían con la idea del judío como “el otro” y los normalizarían.

Durante un tiempo, este experimento parecía funcionar. Alemania no solo toleraba a sus judíos: los admiraba. A principios del siglo XX, representaban menos del 1% de la población, pero tenían una presencia desproporcionadamente grande en todas las esferas culturales y académicas.

En la Primera Guerra Mundial, entre 1915 y 1918, cerca de 100,000 judíos, desesperados por demostrar su lealtad y patriotismo, lucharon por el káiser, y 12,000 murieron en combate. ¿Qué más podían hacer para probar su lealtad?

Pero en 1933, todo eso desapareció. Con el ascenso de Hitler al poder, todos esos logros fueron borrados. No importaba si no era ortodoxo sino reformista, o si no comía kasher o si iba a la ópera, si descendía de dos generaciones de conversos al cristianismo o si daba clases en la Universidad de Berlín. Todos fueron denigrados, despojados, perseguidos, deportados y asesinados.

Y ahí está la paradoja más cruel de todas. Los judíos alemanes creían haber encontrado el equilibrio perfecto: una identidad judía light, diluida, simbólica… y una ciudadanía alemana plena. Pero fueron traicionados. No por su diferencia, sino por su semejanza.

Como sugiere Elon, no fue la religiosidad la que despertó el antisemitismo. Fue la integración, el éxito y la visibilidad de esos judíos que, literalmente, quisieron ser más alemanes que los alemanes.

La asimilación fue un boomerang. Los judíos asimilados no fueron el “daño colateral” de la persecución de los judíos religiosos. La envidia y el resentimiento estaban dirigidos principalmente a los más asimilados.

Aquella experiencia de hace 40 años en mi primer Bar Mitsvá en Chalom ya la había olvidado. Pero cuando empecé a leer este libro, ese encuentro me volvió a la memoria. Y así, sin querer, encontré un closure, un cierre emocional de ese argumento que quedó dormido en mi mente por tantos años.

No fue la fidelidad a la Torá lo que nos puso en más peligro: fue su abandono —y la fantasía de la normalización— lo que nos dejó sin anclas cuando llegó la tormenta.

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