Site icon Halaja.org

La asimilación como solución al antisemitismo

Ver en PDFImprimir

Cada año, en Yom haShoá, me vuelvo a preguntar lo mismo: ¿por qué nos odian? Los argumentos siempre son distintos. A veces nos acusan de ser comunistas, otras veces de ser capitalistas. Nos declaran vagabundos —errantes— o elitistas. Influyentes o insignificantes. Ricos o sucios. Poderosos o animalescos –con rabos y cuernos. El judío, como lo dijo Emmanuel Levinas, es “el otro”. El anormal. El que se viste diferente. Tiene un calendario diferente. Y piensa diferente. Así lo vieron y lo sigue viendo buena parte del mundo.

Seguimos escuchando argumentos que, aunque disfrazados de análisis, son tan antiguos como peligrosos: que los judíos se aíslan demasiado, que son cerrados, que no se integran, que mantienen costumbres distintas, ropa distinta, lenguaje distinto.

Y muchos de los que abrazan esta crítica sugieren una “solución” tentadora: si el antisemitismo persiste, es porque no nos hemos abierto lo suficiente. Que si fuéramos más como “ellos”, tal vez dejarían de odiarnos. Que si abandonáramos nuestras tradiciones, si nos mezcláramos más, si fuéramos más “normales”… el odio desaparecería.

Pocos libros exponen con tanta claridad la falsedad de este argumento como The Pity of It All (“Qué lástima por todo esto”), de Amos Elon. Este libro traza la historia de los judíos en Alemania desde mediados del siglo XVIII hasta el ascenso de Hitler al poder en 1933. Y lo que allí se relata no es solo la más inimaginable tragedia, sino también la paradoja de esta dinámica con los gentiles.

El libro comienza con la llegada de un adolescente judío de 14 años llamado Moshe Mendelssohn a Berlín, en 1743. En ese entonces, los judíos eran literalmente contados junto con el ganado. Elon cita un registro del Rosenthal Gate que dice: “Hoy entraron a la ciudad seis vacas, siete cerdos y un judío”. Las personas comunes, incluso otras minorías religiosas o étnicas, no eran registradas.

Mendelssohn era un superdotado. En su niñez solo había estudiado Torá y hebreo, y sin haber asistido a una universidad, dominó perfectamente el alemán, el latín, las matemáticas y la filosofía. Publicó obras que lo consagraron como uno de los grandes pensadores de la Ilustración. Tanto que su apodo fue “el Sócrates de Alemania”. Su libro Fédon, sobre la inmortalidad del alma, fue un éxito inmediato. Se convirtió en una celebridad intelectual en Alemania. Por primera vez en Europa, un judío llegaba al reconocimiento no por su dinero, sino por su conocimiento.

Claro que para ser aceptado, Mendelssohn hizo muchas concesiones, especialmente religiosas. Si bien nunca se convirtió —a pesar de que tuvo mucha presión para hacerlo— su parcha religiosa (esa mezcla entre su práctica y filosofía) encendió una idea en los judíos de su generación: se podía llegar alto, un judío podía asimilar la cultura alemana. Esta era la puerta de entrada mágica a la normalidad.

A partir de entonces, comenzó el experimento más ambicioso de asimilación judía en la historia de la diáspora. Decenas de miles de judíos siguieron el camino de Mendelssohn: abandonaron la Torá, la reformaron, dejaron de lado todos los preceptos rituales y solo conservaron los preceptos sociales, es decir, aquellos valores como amar y ayudar al prójimo, que no generaban diferencia alguna entre judío y gentil. De esta forma, reformaron el judaísmo adaptándolo a una forma más cristiana.

El abandono del judaísmo observante solo fue el primer paso. Los judíos alemanes se integraron a las universidades, los conservatorios, los parlamentos y se hicieron adictos al arte, la música, el teatro. Y muchos se convirtieron al cristianismo —entre ellos los propios descendientes de Mendelssohn— no por oportunismo, sino por idealismo.

En 1845, en Frankfurt del Meno, los rabinos reformistas afirmaron que renunciaban a toda aspiración irredentista. Se redefinieron no como judíos, sino como “alemanes de religión mosaica”. Renunciaron explícitamente a la idea mesiánica de regresar a Sion, declararon que Berlín era su Jerusalem, y prácticamente juraron lealtad a su amada Madre Patria: Alemania.
https://www.jpost.com/opinion/berlin-jerusalem-and-dual-loyalty-413130?utm_source=chatgpt.com

Confiaban en la razón, en el progreso, en el humanismo del alemán común, que seguramente vería en ellos a un alemán más. Porque querían, honestamente, ser parte de esa nación.

Este proyecto pareció funcionar. Alemania no solo toleró a sus judíos: los admiró. Judíos fueron poetas, músicos, empresarios, médicos, ministros. La cultura alemana del siglo XIX no se entiende sin sus judíos.

Los judíos se desesperaban por demostrar su lealtad. En la Primera Guerra Mundial, 100.000 judíos lucharon por el káiser, y 12.000 murieron en combate.

¿Qué más tenían que hacer para demostrar su lealtad a Alemania y ser aceptados por el alemán común?

Pero en 1933, todo eso desapareció.

Con la llegada de Hitler al poder, cada uno de esos logros fue destruido. Médicos, profesores, juristas, científicos, parlamentarios: todos fueron expulsados. No importó cuánto se habían integrado, cuán alemanes eran. Bastaba con ser judío. Y no hubo distinciones. El nazismo no preguntó si uno era ortodoxo o reformista, si comía kosher o tocaba en la ópera. Todos fueron arrastrados por igual al abismo.

Como explicó años después el Rab Soloveitchik: “El que odia al judío no distingue entre el asimilado y el observante. Para él, todos son portadores del mismo mensaje eterno”.

Esa es la paradoja más cruel. Los judíos alemanes creyeron que habían encontrado el equilibrio perfecto entre su identidad judía “light” y su ciudadanía. Que podían dar lo mejor de sí a Alemania y ser aceptados como judíos, o incluso como descendientes de judíos.

Pero fueron traicionados. Y no por haber sido diferentes, sino por haber sido demasiado parecidos. Su presencia pública, su éxito, su integración, no los protegieron. Al contrario: los convirtió en un blanco más visible, más deseado. Y junto a ellos fueron arrastrados también los judíos que no se habían asimilado. Nadie quedó a salvo.

El mensaje de Elon no es religioso. No está escrito como una obra de Teshuvá. Pero, leída con ojos abiertos, su historia deja una enseñanza profundamente judía: que el antisemitismo no desaparece con concesiones. Que estas concesiones no abren la puerta a la aceptación. Que para muchos gentiles, el judío o el descendiente de judíos siempre será “el otro”.

La asimilación no nos salvó: nos hizo más apetitosos para el insaciable antisemita.

La próxima vez que alguien sugiera que debemos “adaptarnos más”, “mezclarnos más”, o “dejar de insistir tanto en nuestra diferencia”, recordemos esta historia.

No fue la fidelidad a la Torá lo que nos puso en peligro. Fue, en la mayoría de las veces, la renuncia a ella y la fantasía de la “normalización” lo que nos dejó sin ancla cuando llegó la tormenta.

Nunca nadie fue perseguido por ser demasiado judío. Pero millones murieron por haber pensado que ya no lo eran.

 

 

 

 

 

 

 

 

Tenía 24 años. Llevaba solo un mes como rabino en la comunidad “Chalom” de Colegiales. Era mi primera ceremonia de Bar Mitsvá. Cuando me tocó hablar, me dirigí hacia el joven Bar Mitsvá, le expliqué sus nuevas responsabilidades y, lógicamente, lo alenté al cumplimiento de la Torá y sus Mitsvot.

Recuerdo que, un poco antes de terminar la fiesta, se me acercó un señor visiblemente molesto. Era un familiar del joven del Bar Mitsvá y llevaba una vida completamente asimilada: matrimonio mixto incluido. Estaba enojado u ofendido por mi mensaje sobre las virtudes de una mayor observancia religiosa. Y entonces me reprochó, en privado pero casi gritándome: “¿No te das cuenta que es la religión lo que provoca el antisemitismo? Si fuéramos más parecidos a los demás, nos dejarían en paz.”

No le contesté. No me acuerdo si fue por el shock, porque no me lo esperaba o porque no tenía experiencia. Fue la primera vez que escuché ese argumento, que nunca me enseñaron a debatir en la Yeshivá. Y si mal no recuerdo, fue también la última.

Hace tres semanas, en nuestra Seudá Shelishit, donde siempre tenemos oradores invitados, habló un joven que mencionó y describió brevemente un libro que yo no conocía: The Pity of It All, de Amos Elon, sobre la historia de los judíos en Alemania desde 1743 hasta 1933. Esa misma noche lo encargué por Amazon. Y desde que llegó, no lo he cerrado.

El libro comienza con la llegada de un joven judío de 14 años a Berlín, en 1743. Su nombre: Moshe Mendelssohn. En esa época, los judíos eran literalmente contados junto al ganado, algo que los alemanes no hacían con ninguna otra minoría religiosa o étnica. Elon cita el registro oficial de la Puerta Rosenthal que dice: “Hoy ingresaron a la ciudad seis vacas, siete cerdos y un judío.” La sociedad europea en ese entonces veía al judío como una subespecie humana.

Pero el destino de Mendelssohn fue diferente. Era brillante y autodidacta. Aprendió el idioma alemán a la perfección. También el latín, las matemáticas y la filosofía, y escribió obras como Phaedon, que lo convirtieron en una celebridad que llegó a codearse con los intelectuales alemanes gentiles. A Mendelssohn se lo conoce como “el Sócrates alemán”. El caso de Mendelssohn era una revolución. La primera vez que un judío era reconocido y aceptado públicamente en el mundo filosófico y cultural alemán.

¿Cómo logró Mendelssohn ser aceptado por los alemanes?

Aunque nunca se convirtió al cristianismo, a pesar de sufrir enormes presiones, Mendelssohn hizo muchísimas concesiones religiosas y represeento al jduaismo desde un outno de vista de etcia unievrala, dspsojado de su “riytaules” .

Su adaptación religiosa a la sociedad gentil despertó una nueva idea entre los judíos de su generación: si un judío se secularizaba, las puertas hacia la “normalidad” y la aceptación se abrirían mágicamente.

Y así comenzó el experimento de asimilación judía más grande, ambicioso y más trágico de toda la historia de la diáspora.
Decenas de Miles de judíos siguieron el camino trazado por Mendelssohn y no pararon allí.

Abandonaron progresivamente la observancia, reinterpretaron la Torá y la adaptaron a la sociedad gentil, descartando los preceptos rituales y conservando solo aquellas normas “éticas” que no marcaban ninguna diferencia entre judíos y gentiles. Por primera vez, el judaísmo fue despojado de la observancia y convertido en una moralidad civil sin identificadores religiosos.

Y no terminó allí. También tenían que dar en claro que no practicaban una doble lealtad política. Así que renunciaron a la tierra de Israel y a la idea de pueblo judío. En 1845, en Frankfurt, un grupo de rabinos reformistas liderados por Samuel Holdheim proclamaron oficialmente que ya no se consideraban judíos alemanes, sino alemanes de fe mosaica. Renunciaron a cualquier reclamo o esperanza de retorno a Sion, porque Berlín era su nueva Jerusalem. Y afirmaron con orgullo que su única lealtad era, , literalmente, hacia su amada madre patria, Alemania.

Los judíos alemanes se integraron a las universidades, los conservatorios y hasta el parlamento. Se destacaron en música, medicina, ciencia, literatura, teatro. Muchos, incluyendo a los propios hijos de Mendelssohn, se convirtieron al cristianismo —no por oportunismo, sino por idealismo. Confiaban en que la razón, el progreso y el humanismo del alemán promedio acabarían con la idea del judío como “el otro” y los normalizarían.

Durante un tiempo, este experimento parecía funcionar. Alemania no solo toleraba a sus judíos: los admiraba. A principios del siglo XX, representaban menos del 1% de la población, pero tenían una presencia desproporcionadamente grande en todas las esferas culturales y académicas.

En la Primera Guerra Mundial, entre 1915 y 1918, cerca de 100,000 judíos, desesperados por demostrar su lealtad y patriotismo, lucharon por el káiser, y 12,000 murieron en combate. ¿Qué más podían hacer para probar su lealtad?

Pero en 1933, todo eso desapareció. Con el ascenso de Hitler al poder, todos esos logros fueron borrados. No importaba si no era ortodoxo sino reformista, o si no comía kasher o si iba a la ópera, si descendía de dos generaciones de conversos al cristianismo o si daba clases en la Universidad de Berlín. Todos fueron denigrados, despojados, perseguidos, deportados y asesinados.

Y ahí está la paradoja más cruel de todas. Los judíos alemanes creían haber encontrado el equilibrio perfecto: una identidad judía light, diluida, simbólica… y una ciudadanía alemana plena. Pero fueron traicionados. No por su diferencia, sino por su semejanza.

Como sugiere Elon, no fue la religiosidad la que despertó el antisemitismo. Fue la integración, el éxito y la visibilidad de esos judíos que, literalmente, quisieron ser más alemanes que los alemanes.

La asimilación fue un boomerang. Los judíos asimilados no fueron el “daño colateral” de la persecución de los judíos religiosos. La envidia y el resentimiento estaban dirigidos principalmente a los más asimilados.

Aquella experiencia de hace 40 años en mi primer Bar Mitsvá en Chalom ya la había olvidado. Pero cuando empecé a leer este libro, ese encuentro me volvió a la memoria. Y así, sin querer, encontré un closure, un cierre emocional de ese argumento que quedó dormido en mi mente por tantos años.

No fue la fidelidad a la Torá lo que nos puso en más peligro: fue su abandono —y la fantasía de la normalización— lo que nos dejó sin anclas cuando llegó la tormenta.

Exit mobile version