HomePerashat haShabua¿Esav o Jacob o Esav y Jacob?

¿Esav o Jacob o Esav y Jacob?

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Uno de los dilemas más antiguos —y más actuales— en la crianza de los hijos es: ¿Cómo sabemos si nuestros hijos están preparados para asumir grandes responsabilidades?

La Parashá de Toledot nos presenta uno de los casos más dramáticos de esta pregunta. Itsjaq debía elegir a uno de sus dos hijos, Esav o Yaacob, para continuar el legado de Abraham Abinu. No se trataba simplemente de heredar bienes materiales, sino de asumir la responsabilidad de liderar el futuro del pueblo judío. La decisión que tomará tendrá consecuencias históricas, no solo para su familia, sino para toda la humanidad.

Itsjaq tuvo una postura muy clara: Esav sería el continuador del camino de Abraham, y estaba decidido a otorgarle la bendición que lo convertiría oficialmente en el próximo patriarca de Israel. Pero su esposa Rivká tenía una visión diferente: para ella, Esav no era el candidato adecuado para cargar con una responsabilidad tan sagrada, tan delicada y tan trascendental. E hizo lo impensable: disfrazó a su hijo Jacob de Esav. Isaac, que era ciego, no se dio cuenta de esta maniobra y terminó otorgándole la bendición a Jacob.

Para comprender este conflicto entre marido y mujer, y qué llevó a Rivká a actuar de esa manera debemos entender por qué Itsjaq veía en Esav al líder ideal.

¿GUERRERO O ESTUDIANTE?

Itsjaq sabía perfectamente que la fe de su padre Abraham era revolucionaria. En un mundo dominado por el politeísmo, donde cada pueblo servía a sus propios dioses locales y toleraba la existencia de los dioses ajenos, el monoteísmo excluyente de Abraham representaba una ofensa para todos a su alrededor. Declarar que existe un solo y único Dios implicaba, directa o indirectamente, que todos los demás dioses eran falsos. Ese mensaje despertaba inevitablemente odio, resistencia y recelo.

Hay algo más: Itsjaq veía cómo Dios lo bendecía en todo lo que hacía. Encontraba pozos de agua en el desierto que nadie más veía y su cosecha producía cien veces más de lo sembrado (mea shearim). Y como vimos en el articulo anterior, esta bendición Divina también despertaba la envidia y el resentimiento de los pueblos vecinos.

Itsjaq entendió que sus descendientes tendrían que enfrentar enemigos peligrosos. La supervivencia del pueblo de Israel demandaría un líder fuerte, valiente, con capacidad militar y estrategia. Y su hijo Esav poseía precisamente esas cualidades: un guerrero nato, un cazador hábil, un hombre valiente, con la habilidad de identificar las debilidades del adversario. Un hombre que podía organizar, entrenar y liderar un ejército.

Para Itsjaq, la lógica era impecable: Esav tenía la fortaleza necesaria para proteger y defender el legado de Abraham en un mundo hostil, violento e implacable.

Yaacob, en cambio, era todo lo contrario: reservado, intelectual, dedicado al estudio y a la vida espiritual, ish tam yosheb ohalim, un hombre de “casa”, de libros, de reflexión, de tiendas de estudio. ¿Cómo podría alguien así enfrentar a pueblos violentos, agresivos y poderosos que intentarían destruirlos una y otra vez?

Desde la mirada de Itsjaq, Yaacob simplemente colapsaría ante los ataques del mundo exterior. Su bondad y su sensibilidad y su tendencia al estudio parecían más una debilidad que una fortaleza para el futuro del pueblo judío.

LA VISIÓN DE RIVKÁ

Rivká veía en Esav algo que Itsjaq no lograba percibir.

En primer lugar, Rivká identificaba en Esav un rasgo peligroso: la manipulación. Según el Midrash, Esav se mostraba frente a su padre como un joven observante interesado en la religión de Abraham, y aparentaba ser muy minucioso con las leyes, generando la impresión de que era piadoso y muy leal al camino de Abraham. Itsjaq, hombre de corazón puro y carácter íntegro (ola temimá), tendía a confiar en esas señales externas, y no percibía el engaño.

Rivká, en cambio, cargaba con una experiencia personal que la hacía mucho más perceptiva: había crecido con un hombre astuto, mentiroso y manipulador —su hermano Labán— y conocía perfectamente ese tipo de personalidad. En Esav reconocía esos rasgos que Itsjaq, debido a su inocencia y bondad, no podía identificar. Rivká sabía que su hijo Esav pretendía ser observante del pacto de Abraham, pero en lo profundo de su ser, no lo era.

Y algo más importante todavía:

Las mujeres que había tomado Esav eran hititas, mujeres de un entorno pagano, con costumbres y valores totalmente ajenos —e incluso opuestos— a los de Abraham. Rivká sabía, como mujer y como madre, que el hogar moldea el alma y los valores de los hijos, y que la influencia de una esposa es determinante en la identidad espiritual de una familia. Las esposas de Esav, lejos de acercarlo al camino de Abraham, terminarían alejándolo a él y, eventualmente, a sus hijos.

Por eso Rivká concluye que, a pesar de su fuerza física, su presencia imponente y su capacidad de liderazgo militar, Esav no era apto para continuar el legado de Abraham.

El verdadero sucesor debía parecerse moralmente a Abraham: bondadoso, sensible, generoso, hospitalario, inteligente, espiritual. Un hombre que priorizara el estudio, la compasión y la sabiduría por encima de la violencia. Y esas cualidades las veía claramente en Yaacob.

LA PRUEBA DE RIVKÁ

Si seguimos esta línea de pensamiento, el acto de Rivká de hacer que Yaacob se disfrazara de Esav para recibir la bendición no debe entenderse como un engaño si no como una prueba, un experimento calculado, con un objetivo muy preciso.

Rivká necesitaba demostrarle a Itsjaq que era muy fácil engañarlo. Si Itsjaq no lograba notar que quien tenía frente a él no era Esav sino Yaacob, quedaría demostrado que podía ser manipulado con facilidad.

Y eso fue exactamente lo que quedó demostrado:

Cuando por fin Itsjaq comprende lo ocurrido, la Torá describe su reacción con palabras estremecedoras: “Vayejerad Itsjaq jaradá guedolá ad meod” — “Itsjaq tembló con un gran temblor”.

Según esta interpretación, este temblor no era de furia, sino de revelación. En un instante comprendió que su esposa había logrado hacerlo ver con claridad que había sido engañado por Esav durante años y que Rivká tenía razón desde el principio.

Y lo más importante fue su grandeza de reconocer su error.

Cuando se descubre la verdad, Itsjaq no intenta revertir la situación. Al contrario: cuando Yaacob parte hacia Jarán, Itsjaq reafirma su bendición con palabras decisivas: “Gam baruj yihye” — “Él, ciertamente, será bendecido”.

Es decir: reconozco mi error. Acepto la opinión de mi esposa. Confirmo a Yaacob como mi heredero.

Y allí le otorgó “la bendición de Abraham”.

ESAV, YAACOB Y EL ESTADO DE ISRAEL

Debemos reconocer que lo ideal hubiera sido una alianza de los dos hermanos: la espiritualidad de Yaacob combinada con la fuerza de Esav. Un equilibrio perfecto entre mente y cuerpo, entre oración y espada, entre estudio y defensa. Pero para Rivká esto era imposible, porque tal como lo menciona la Torá en el párrafo que antecede a este episodio, Esav se había desconectado irremediablemente de su familia al casarse con mujeres hititas.

Esta historia y esta interpretación acerca de las virtudes que Itsjaq y Rivká buscaban en el futuro líder de Israel es hoy especialmente relevante para entender nuestro presente.

Luego de dos mil años de persecución, de exilio y de humillación, en los que nunca pudimos defendernos por nuestros propios medios, Medinat Israel ha alcanzado hoy un equilibrio que combina, de manera casi milagrosa, las virtudes de Esav y las cualidades de Yaacob.

Por un lado, Israel es un paraíso espiritual donde millones de judíos rezan y estudian Torá a diario. Nunca en la historia se escuchó la voz del estudio de Torá con tanta intensidad como se escucha hoy en la tierra de Israel. Las Yeshivot, los Baté Midrash, las escuelas, las sinagogas y las casas de familias judías vibran constantemente con el sonido de la Tora. Los yehudim en Israel practican el Jesed, la bondad, la generosidad y la compasión. Israel es un país inteligente, creativo, con una devoción profunda por el saber y una capacidad intelectual extraordinaria.

Pero al mismo tiempo, Israel posee las manos fuertes y poderosas del ejército más preparado, más sofisticado y más valiente del mundo. Un ejército que le ha demostrado al mundo que quien se enfrenta contra los yehudim lo va a pagar muy caro. Un ejército que enseña, con hechos y no con palabras, que no serán otras naciones las que nos defiendan, sino nosotros mismos. Nuestras propias manos. Nuestro propio valor.

Medinat Israel representa el perfecto balance que buscaban nuestros patriarcas: la dulce voz de la Torá de Yaacob, que deseaba Rivká, y las poderosas manos de guerreros temerarios, que veía Itsjaq en Esav, para que cuando fuera necesario adviertan, intimiden y castiguen al enemigo.

הַקֹּל קוֹל יַעֲקֹב וְהַיָּדַיִם יְדֵי עֵשָׂו

“La voz es la voz de Yaacob, pero las manos son [como] las de Esav”

Israel, que siempre supo usar “la dulce voz de Yaacob”, hoy también sabe usar cuando es necesario las poderosas “manos de Esav”.

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