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NOAJ: El arca de Noé, versión 2026

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En Parashat Noaj hay una raíz hebrea que aparece siete veces, algo muy inusual: shin, jet, tav (שחת). De allí vienen las palabras “shjitut”, que significa corrupción, y “hashjatá”, destrucción. No son dos ideas distintas. La corrupción es una destrucción que no llega por accidente ni desde afuera, sino desde adentro: la provocan las mismas personas que deberían cuidar y proteger.

Así describe la Torá a la generación del Mabul:

וַתִּשָּׁחֵ֥ת הָאָ֖רֶץ לִפְנֵ֣י הָאֱ-לֹהִ֑ים וַתִּמָּלֵ֥א הָאָ֖רֶץ חָמָֽס׃

«La tierra se corrompió delante de Dios, y se llenó de violencia» (Bereshit 6:11).

Al primer hombre se le había ordenado dominar la tierra, es decir, cuidarla. Ahora el ser humano destruía, de manera irreversible, precisamente aquello que debía proteger: la civilización humana. Entonces el Creador decide destruir el mundo con el Diluvio. No quedó nada. Ni nadie. Solo sobrevivieron los seres humanos y los animales que estaban en el arca con Noaj.

¿POR QUÉ NOAJ?

Noaj sobrevivió porque era diferente. Veamos lo que cuentan de él la Torá y nuestros Sabios.

En una generación dedicada a destruir, Noaj pensaba en crear, en construir. Contribuía a la civilización humana. No sé si saben que Noaj «inventó el arado». Así lo explica Rashí sobre el pasuk que da origen a su nombre:

זֶ֞ה יְנַחֲמֵ֤נוּ מִֽמַּעֲשֵׂ֙נוּ֙ וּמֵעִצְּב֣וֹן יָדֵ֔ינוּ

«Este [hombre] nos aliviará de nuestro trabajo y del esfuerzo de nuestras manos» (Bereshit 5:29).

Hasta la llegada de Noaj, explica Rashí, los hombres trabajaban la tierra con sus propias manos. Noaj inventó las herramientas agrícolas que redujeron enormemente ese esfuerzo. Una revolución tecnológica. ¡Un beneficio extraordinario para toda la humanidad!

LA OBSESIÓN ANTI-NOAJ

Claro que su creatividad y su pasión por construir no lo hicieron más popular entre los destructores. Todo lo contrario.

Cuentan nuestros Sabios que, cuando Noaj obedeció a Dios y comenzó a construir el arca, todos se burlaban de él: «Oye, viejo, ¿para qué construyes un barco [en medio de un valle]?». Rashí (7:13) relata que la gente de su generación lo amenazaba: «Si lo vemos entrar en el arca, tomaremos picos y hachas y la haremos pedazos». No les bastaba con arruinar su propia civilización: también querían eliminar a quien intentaba salvarse. Ni vivir, ni dejar vivir. Fue Dios, explican nuestros Sabios, quien protegió a Noaj de quienes buscaban su destrucción.

La vocación creadora de Noaj se ve también al salir del arca. Lo primero que hace es construir un altar para agradecer a Dios por haber sobrevivido: Vayibén Noaj mizbéaj, «Y Noaj construyó un altar» (8:20). Luego, Noaj recibe de Dios la orden, que también es una bendición, de reproducirse y multiplicarse. Y eso es exactamente lo que hace. Noaj y sus hijos reconstruyen la humanidad que se había suicidado (autodestruido) y traen al mundo prosperidad y nuevas vidas.

El mundo antediluviano se dividía en dos bloques bien diferenciados. De un lado, Noaj y su familia, dedicados a construir y a beneficiar a la humanidad. Del otro, una sociedad dominada por hombres con apetito por arrasar la civilización que los sostenía y obsesionados con eliminar a quienes construían, como Noaj.

LOS NUEVOS ANTE-DILUVIANOS

Esta semana escuché en el canal israelí TOV una exposición fascinante del Dr. Doron Matza (https://youtu.be/dyiR2VFDeCo), ex alto funcionario del Shin Bet, el servicio de seguridad interior de Israel. Matza propone una manera muy interesante de interpretar el mundo actual. Según él, la guerra que comenzó el 7 de octubre es una especie de tercera guerra mundial, todavía en sus primeras etapas. Y en el plano de las ideas, el mundo está dividido en cuatro grandes bloques.

El primero es el bloque totalitario, el de los “destructores de la civilización occidental” (al que Matza llama, sin eufemismos, «el bloque de los asesinos»). No incluye solo a quienes cometen personalmente actos de terrorismo, sino también a quienes los respaldan, justifican o glorifican. Apoyan a organizaciones como Hamás y Hezbolá, que buscan imponer sus objetivos mediante la violencia, el terror y la destrucción, y que invaden y aspiran a dominar allí donde encuentran sociedades moralmente debilitadas.

El segundo es el bloque “woke”, el progresismo, que nació con eslóganes difíciles de rechazar: “igualdad”, “inclusión” y “tolerancia” para todos. El problema, explica Matza, es que con el tiempo ese movimiento «inclusivo» ¡incluyó también a los extremistas del primer bloque! Por increíble y paradójico que parezca, toleran la intolerancia de quienes abrazan ideologías terroristas. Y fueron tan tolerantes con los intolerantes que, según Matza, ambos bloques se han convertido en verdaderos socios en una misma plataforma política destructiva.

El tercero es el bloque utilitario. Matza pone como ejemplo a Estados Unidos, que se relaciona con el mundo según su propio cálculo de costo-beneficio. Ataca a Irán cuando le conviene y deja de atacar cuando sube el precio del petróleo. Y no tendría inconvenientes en negociar con el régimen iraní si eso le trajera beneficios económicos o estratégicos. Es la famosa máxima de Henry Kissinger: Estados Unidos no tiene amigos, tiene intereses.

El cuarto bloque, dice Matza (quien no parece ser un judío observante), es el de la ética y los valores: el bloque de la justicia. Allí se ubica el Estado de Israel. Y allí está el Estado judío, prácticamente solo, en lo que Matza describe como una «soledad alarmante».

ACCIÓN Y UNA OBSESIÓN

El bloque totalitario y el progresista no tienen nada en común. Uno es opresivo; el otro dice defender la libertad. Uno oprime a la mujer; el otro dice que la protege. Uno rechaza la diversidad religiosa; el otro dice celebrarla. Uno aspira a imponer sus creencias; el otro proclama la tolerancia. Y sin embargo, ¡marchan juntos!

¿Qué los une? Los unen una palabra y una obsesión.

La palabra es la raíz שחת (sh-j-t): “lehashjit”, destruir.

La sed de destrucción queda en evidencia en un video que circula en redes sociales. Durante una de las enormes protestas “estudiantiles” que hoy sacuden Europa, un periodista se acerca a un joven y le pregunta: «¿Contra qué estás protestando?». «No sé», responde, «pero vinimos a protestar». «¿Y cuál es tu mensaje?». «¡Destruirlo todo! ¡Destruirlo todo!». https://youtu.be/p9NpYTVE4Vk?si=LuBBf5j4cAlzLWAb

La respuesta es tan brutal como reveladora. No sabe contra qué protesta, ni qué quiere cambiar, ni qué propone en su lugar. Pero sabe perfectamente lo que quiere hacer: destruir. Es el impulso que describe Matza. Y nos recuerda, de manera escalofriante, a la generación del Diluvio: una sociedad en la que la destrucción deja de ser un medio y se convierte en una vocación.

Ese espíritu no se limita a un video. En Francia, las protestas que comenzaron a mediados de septiembre vinieron acompañadas, según los episodios denunciados, de ataques contra maestros, incendios, destrucción de propiedad pública, automóviles destrozados, agresiones contra las fuerzas de seguridad y hasta contra los bomberos que acudían a apagar el fuego. Según las cifras que circulan, 24 establecimientos escolares fueron incendiados o saqueados, y 761 policías y gendarmes resultaron heridos.

¿Para qué incendiar escuelas? ¿A quién beneficia destruir el automóvil de un maestro? ¿Qué se gana al atacar a un bombero que viene a apagar un incendio? Es la misma lógica de quienes amenazaban el arca de Noé: si alguien construye, hay que destruirlo, y si alguien protege, hay que atacarlo.

LA OBSESIÓN NÚMERO UNO

Y luego está la obsesión contra los judíos. Israel es el portador de la tradición bíblica, fundamento de la civilización occidental “judeocristiana”, que estos movimientos repudian y combaten, cada uno por razones muy diferentes.

En Francia, Inglaterra y Bélgica, sectores progresistas y socialistas marchan junto a movimientos islamistas radicales que aspiran a imponer una visión cuyo objetivo es la destrucción del Estado judío. Los propios líderes de estos países, que son víctimas de estas manifestaciones, como Emmanuel Macron o el primer ministro británico, ¡critican «a Israel»! Y recientemente se sumó el expresidente Barack Obama. Así alimentan el clima de hostilidad hacia el Estado judío.

Los símbolos que aparecen en estas manifestaciones europeas, no importa contra qué se proteste o qué se celebre, son siempre los mismos: la bandera palestina, que promueve la destrucción de Israel, las consignas antiisraelíes, las expresiones explícitas de apoyo a Hamás o Hezbolá y la justificación de sus crímenes.

Durante una transmisión de Fox News desde París, entre gases lacrimógenos y jóvenes corriendo, la conductora notó con sorpresa que las banderas que se veían «no eran las de Francia». El comentarista Nile Gardiner las identificó como banderas palestinas y afirmó que los movimientos propalestinos y pro-Hamás se habían apoderado de los disturbios.

¿Y qué tiene que ver la bandera palestina con los reclamos de los franceses? ¿Por qué Israel?

Si seguimos la analogía con Noaj, la respuesta es sencilla. Mientras la civilización antediluviana se autodestruía, Noaj seguía construyendo su arca para sobrevivir. ¡Y eso los volvía locos!

EL ARCA DE NOÉ: VERSIÓN 2026

El 7 de octubre, Israel fue atacado por tierra, aire y mar en una operación que Hamás, INCREÍBLEMENTE, llamó «el Diluvio de Al-Aqsa» (Tufán al-Aqsa). ¡No es un invento mío! Los propios terroristas eligieron la palabra «Diluvio» para su devastador ataque criminal.

Israel, gracias a “las Fuerzas del Cielo”, sobrevivió al diluvio y aprendió a construir y fortalecer su arca. Mientras sus enemigos buscan destruir, Israel construye, inventa y repuebla su tierra.

Israel amplió su arca: expandió el control militar sobre Gaza hasta aproximadamente el 60% del territorio y reforzó sus fronteras con nuevas zonas de seguridad en Líbano y Siria que, en conjunto, superan los 1.000 kilómetros cuadrados. Todo para evitar que una masacre semejante vuelva a ocurrir.

Hasta hace poco más de un año, Israel estaba expuesto a otro potencial «diluvio»: el de los cohetes de Hezbolá, un arsenal de unos 150.000 cohetes y misiles. Hoy, tras los golpes que sufrió Hezbolá y los avances tecnológicos israelíes, Israel construyó una defensa aérea mucho más sólida, apoyada en algunos de los sistemas antimisiles más avanzados del mundo, desarrollados por sus propios científicos e ingenieros.

Y, como Noaj, Israel repuebla su tierra. Hamás quiso vaciar el sur de Israel y convertir las comunidades fronterizas con Gaza en pueblos fantasma. Hoy viven en esa región alrededor de 65.000 personas, más que antes de la masacre. Más del 90% de los residentes regresó a sus hogares y llegaron miles de nuevos habitantes, especialmente a Sderot, donde se construyen nuevas viviendas. La meta del gobierno es duplicar la población de la región. ¡Es una respuesta “noájica” a quienes pretendieron vaciar el sur!

E Israel no solo reconstruye las comunidades atacadas. Sigue creciendo gracias a su extraordinaria vitalidad demográfica.

LA PUERTA ABIERTA

Noaj tardó 120 años en construir el arca. Lo hizo a la vista de todos, explica Rashí (Bereshit 6:14), para que la gente le preguntara por qué y, quizás, cambiara su camino. Tuvieron 120 años para entrar. Pero fuera de su familia, no entró nadie. Y cuando empezó a llover, la Torá dice que la puerta se cerró detrás de él (7:16). Ya era tarde.

Medinat Israel es el arca de Noé para los judíos de nuestra generación. La construyó el pueblo judío hace casi 80 años, con la ayuda de HaShem, y hoy lo protege de las fuerzas de la destrucción y de sus socios antisemitas.

El arca de Israel mantiene la puerta abierta. Los judíos del mundo no deberían esperar a que comience el próximo Diluvio para buscar refugio. A cada uno, el Estado judío le repite las palabras que HaShem le dijo a Noaj:

בֹּֽא־אַתָּ֥ה וְכָל־בֵּיתְךָ֖ אֶל־הַתֵּבָ֑ה

«Entra tú y toda tu familia al arca» (Bereshit 7:1).

La puerta está abierta. Hay que “subir”.

Rab Yosef Bitton

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