El miércoles 30 de septiembre, el vuelo FZ1073 de Flydubai salió de Dubái hacia Tel Aviv con 174 pasajeros a bordo, 166 de ellos israelíes. Aproximadamente dos horas y media después del despegue, cuando el Boeing 737 MAX volaba a unos 34.000 pies, el copiloto, un terrorista de origen omaní que está siendo investigado en estos momentos en Arabia Saudita, atacó con un cuchillo al capitán, Smit Machchhar, de nacionalidad india. Según algunos periodistas israelíes, su intención aparente era estrellar el avión, al mejor estilo del 11 de septiembre, contra una base aérea norteamericana en Arabia Saudita con personal militar norteamericano y varios aviones F-35, considerados los más avanzados del mundo. Esto habría cumplido un doble objetivo: matar israelíes (el pequeño Satán) y norteamericanos (el gran Satán). Hay pocas dudas de que este plan provino de Irán (ver aquí: https://halaja.org/2026/09/cuales-son-las-advertencias-iranies-detras-del-enorme-atentado-terrorista-contra-el-avion-de-fly-dubai-a-israel/), aunque todavía no se ha establecido oficialmente esta conexión.
Fue un atentado terrorista en el aire, en pleno vuelo.
Pero también allí, en el cielo, ocurrieron milagros.
UN NUEVO DAYENU
Veamos la secuencia de lo que pasó, con la información que tenemos hasta ahora, basada principalmente en el relato de los israelíes que estaban en el avión.
En primer lugar, el terrorista, cuyo nombre todavía no se ha revelado oficialmente, cerró la puerta de la cabina para que nadie pudiera acceder y así poder controlar el avión. En ese momento acuchilló al piloto, Smit Machchhar. Pero Smit sobrevivió y, milagrosamente, tuvo la fuerza y la lucidez necesarias para abrir la puerta de la cabina y permitir así el acceso de los pasajeros.
En ese momento, un pasajero, Zvika Manes, que estaba llevando a su hijita al baño observó que la puerta de la cabina estaba medio abierta y que el asiento del piloto estaba vacío. Entonces alertó a los demás pasajeros. Uno de ellos, Yaniv Hayun, un israelí que trabaja de plomero, decidió ir a ver qué estaba pasando. Creo que en ese momento el avión comenzó a caer en picada. Yaniv, de alguna manera, logró entrar a la cabina y vio al piloto herido. Cuando el copiloto terrorista vio a Yaniv y se dio cuenta de que la puerta de la cabina estaba abierta, comenzó a tratar de destruir los controles del avión para hacerlo caer y estallar. En ese momento Hayun lo tomó por el cuello con una llave de estrangulamiento y, con la ayuda de otros dos pasajeros, Zvika y Assaf Arjuan, logró apartarlo de los controles. La lucha fue violenta y el terrorista se resistía, así que para reducirlo tuvieron que improvisar: le ataron las manos y las piernas con los cables de los auriculares del avión, porque no tenían otra cosa disponible.
Mientras tanto, el avión seguía cayendo. Y el peligro no era solamente que llegara a tierra y se estrellara, sino que, por la increíble fuerza de gravedad y la velocidad de la caída, se destruyera alguna parte del fuselaje o incluso alguna de las alas: esto habría sido lo esperable. Según el análisis de un piloto militar norteamericano de aviones C-17, publicado en redes sociales a partir de los datos de seguimiento del vuelo, el avión llegó a descender a unos 30.000 pies por minuto. En su propio avión militar, explicó, el límite es de 20.000. Durante la caída alcanzó unos 600 nudos de velocidad respecto del suelo, casi la velocidad del sonido, y una velocidad indicada de unos 500 nudos, cuando el límite máximo del Boeing 737 es de 340. Según este piloto, en casi todos los casos conocidos en los que un avión comercial se acercó a esas velocidades, la cola se desprendió y se destruyó toda la parte trasera del avión.
Pero en ese momento Yaniv Hayun se sentó frente a los controles. No era piloto, pero recientemente había visto un documental, Air Crash Investigation —en hebreo, Teufá Bejakirá—, y esa familiaridad, milagrosamente, le permitió reconocer lo que tenía que hacer: tirar hacia atrás de la palanca para estabilizar el avión y recuperar altura. Lo hizo apenas unos segundos antes de que el avión entrara en una caída irreversible.
Pero quedaba todavía otro problema: ¿quién iba a pilotear el avión y hacerlo aterrizar? El capitán estaba gravemente herido y, aunque estaba siendo atendido por un dentista, el Dr. Shota Musaev, quien logró controlar la hemorragia, no estaba en condiciones de pilotear el avión.
Milagrosamente, en ese mismo vuelo viajaban como pasajeros dos pilotos adicionales de Flydubai, una tripulación fuera de servicio que debía operar posteriormente otro vuelo. Gracias a Dios, uno de ellos pudo tomar los controles y dirigir el Boeing hacia el aeropuerto más cercano, Tabuk, en Arabia Saudita, donde finalmente aterrizó.
Ningún pasajero ni ningún tripulante murió: las 174 personas que viajaban en el avión, 166 de ellas israelíes, salieron con vida.
EL 30 DE SEPTIEMBRE Y EL 7 DE OCTUBRE
Creo que hay algo más muy importante que debemos recalcar. Ese instinto —el de no quedarse sentado esperando que el problema se resuelva solo, el de correr hacia el peligro cuando hay vidas que salvar, en lugar de esperar que otro actúe— es una de las razones principales por las cuales nuestro pueblo, Am Israel, sobrevive ¡y prospera! en el Estado de Israel. Mientras todos esperaban que alguien “se hiciera cargo”, los israelíes no esperaron a nadie: se metieron directamente en la boca del lobo. Es imposible dejar de pensar en lo sucedido en este avión y compararlo con lo que ocurrió el 7 de octubre. Cuando, por razones que todavía resultan difíciles de comprender, el ejército falló, la Fuerza Aérea falló y los sistemas de seguridad fallaron, miles de israelíes llegaron espontáneamente, por su propia cuenta, a pesar de que había órdenes de no acercarse a la zona de guerra, y ayudaron a detener la invasión de Hamás. De no haber sido por ellos, los que actuaron por el instinto judío de supervivencia, aquella invasión probablemente se habría extendido muchísimo más y el número de víctimas podría haber sido todavía mayor.
Cuando hay vidas inocentes en peligro, el israelí, que en la mayoría de los casos pasó por un excelente entrenamiento en el ejército, está preparado mental y físicamente para salvar vidas. Hoy escuché que varias personas han escrito en distintas redes sociales algo que me pareció muy significativo: “En cada vuelo que tome, me voy a asegurar de que haya por lo menos uno o dos israelíes. Así me voy a sentir más seguro.”
Estamos acostumbrados a pensar en los milagros como acontecimientos en los que las leyes naturales dejan de funcionar. Pero muchos de los milagros bíblicos no son así. Hay seres humanos que actúan de una manera completamente natural: alguien, como Najshón, se mete en el mar sin saber si se va a abrir o qué encontrará adentro; o alguien, como Shimshón, pelea contra el enemigo filisteo sin saber si va a vencer o va a caer; o alguien, como Elishá, intenta salvar la vida de otro ser humano y de pronto lo revive de una muerte segura. Cada uno de los hechos ocurridos en este vuelo puede tener, por separado, una explicación humana. Pero el milagro se revela en toda su magnitud cuando observamos la secuencia completa y nos damos cuenta de que en el vuelo de Flydubai las fuerzas humanas y las fuerzas del cielo se combinaron.

