Entre los gigantes intelectuales que florecieron durante la Época de Oro del judaísmo sefaradí, ninguno penetró con tanta profundidad en la vida interior del judío como Rabenu Bajiyá Ibn Paquḍa. Su obra revolucionó para siempre la manera en que comprendemos la práctica religiosa.
Vida y contexto histórico
Rabenu Bajiyá nació alrededor del año 1045 en Zaragoza, en el norte de la Península Ibérica, en plena efervescencia cultural del Al-Ándalus. Vivió en una época extraordinaria: la España musulmana era entonces uno de los centros intelectuales más brillantes del mundo conocido, donde convivían —con tensiones pero también con notable fertilidad— tres civilizaciones: la islámica, la cristiana y la judía.
Dentro de esa comunidad judía floreciente, Rabenu Bajiyá ocupó el cargo de Dayán, juez en la corte rabínica comunitaria. En aquella época, este cargo era ejercido de manera voluntaria, como servicio a la comunidad, por los estudiosos más respetados. Más allá de ese dato, la vida de Bajiyá permanece en gran medida en la oscuridad. No sabemos mucho sobre su familia, sus maestros directos ni las circunstancias precisas de su muerte, ocurrida alrededor del año 1120. Lo que sí sabemos es que dedicó su vida al estudio profundo de la Torá, la filosofía y la ética, y que dejó como legado una obra que ha nutrido a generaciones de judíos hasta el día de hoy.
El libro que cambió todo
La obra cumbre de Rabenu Bajiyá es el Jovot HaLevavot —“Los Deberes del Corazón”. Fue escrita originalmente en árabe, la lengua de su época y su entorno, bajo el título Hidāyat al-Qulūb. Décadas más tarde, el célebre traductor Rav Yehudá Ibn Tivón la vertió al hebreo, dándole la forma en que la conocemos y estudiamos hasta hoy.
¿Qué son los deberes del corazón?
El Rab Ibn Paquda divide los mandamientos en dos categorías:
- Los preceptos que realizamos de una manera física, con nuestro cuerpo, nuestros bienes, etc. (jovot ha’evarim).
- Los mandamientos que realizamos con nuestro corazón (jovot ha’levavot), es decir, con nuestra mente y nuestro intelecto.
Era la primera vez que un rabino hacía notar esta diferenciación.
Rabenu Bajiyá afirma que los mandamientos más importantes de la Torá se cumplen con “el corazón”, esto es, con nuestro aparato psicológico, emocional e intelectual (hoy diríamos “cerebro” o “mente”).
Algunos ejemplos
SHEMA ISRAEL: “Escucha Israel, el Eterno es nuestro Dios, el Eterno es Uno”.
Este versículo nos demanda “saber” que Dios existe y que solo Él existe. Este mandamiento no nos ordena nada específico que debamos hacer. Sin embargo, es absolutamente transformador.
Veamos. El hombre antiguo percibía que las fuerzas naturales eran independientes unas de otras y se enfrentaban entre sí: la oscuridad contra la luz; la enfermedad contra la salud; el mal contra el bien; la guerra contra la paz; la muerte contra el nacimiento. Para el hombre pagano era evidente que estas fuerzas provenían de orígenes diferentes. Imaginaban que los “dioses” estaban enfrentados en un conflicto cósmico eterno. En este universo politeísta, los seres humanos son meros espectadores involuntarios de estas guerras mitológicas, sobre las cuales no tienen control. El mundo no fue creado, sino que apareció accidentalmente como producto de las batallas entre los dioses. La vida del hombre pagano no tenía ningún sentido trascendental: el objetivo era satisfacer los instintos y evitar que los dioses desataran su ira.
El monoteísmo de la Torá es contraintuitivo. Para el hombre antiguo era casi imposible percibir el poder de un único Creador que también gobierna el mundo. Saber que hay un solo Dios Creador eleva al individuo a un nivel diferente de comprensión: el Creador estableció un diseño inteligente donde, deliberadamente, operan fuerzas opuestas que mantienen el mundo en equilibrio. Saber que un Creador inteligente nos creó le da propósito a la vida y nos impulsa a buscarlo y acercarnos a Él.
El monoteísmo es evolución. O revolución. El Shema Israel, como mandamiento, exige una transformación total de nuestro “corazón”, de nuestro pensamiento: apartarse mental y culturalmente del pensamiento idólatra y pagano.
VEAHAVTA ET HASHEM ELOQEJA: “Y amarás al Eterno tu Dios”.
Uno no puede amar a Dios si vive amargado, si no valora todo lo que tiene, es decir, todo lo que ha recibido del Creador. Esta mitzvá —amar a Dios— no se puede cumplir a menos que uno sea feliz. Y ser feliz requiere una transformación existencial.
Ser feliz no consiste en tener todo lo que quiero, sino en apreciar todo lo que tengo. Hay personas que tienen dinero, familia y salud, y aun así son infelices, porque no han desarrollado la capacidad de valorar. Este mandamiento no se cumple de una manera física, pero, al igual que el anterior, es profundamente transformador —incluso más que muchos mandamientos que cumplimos con el cuerpo.
VEAHAVTA LEREAJA KAMOJA: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
Amar, en este contexto, significa aceptar. Este mandamiento nos enseña que así como uno se ama a sí mismo a pesar de sus defectos, debe aprender a amar al prójimo a pesar de los suyos.
Relevancia esta semana
Esta semana leemos en la Torá el mandamiento de veahavtá lereajá kamoja —“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Vayicrá 19:18). El Rambán y otros Rishonim señalan que este es uno de los principios más abarcadores de toda la Torá.
Rabenu Bajiyá nos ayuda a entender por qué este mandamiento pertenece a la categoría de los Jovot HaLevavot, los deberes del corazón. No basta con actuar correctamente en lo externo mientras uno siente desprecio o indiferencia por dentro. El precepto exige una transformación genuina: aprender a aceptar al otro con sus defectos, tal como nos aceptamos a nosotros mismos. No es un mandamiento de gestos — es un mandamiento de carácter.
Los deberes del cuerpo
El Rab también señala que todos los preceptos tienen como objetivo, directo o indirecto, la transformación del corazón. Uno no puede observar los preceptos de la Torá de una forma mecánica y fría. Debe hacerlo con su mente y su corazón abiertos.
Como explicaron los sabios: “el corazón crece y se nutre de nuestras acciones”.


