EMUNA NIVEL UNO
En nuestra Parashá Vaetjanan, Moshé Rabenu nos presenta una vez más los Diez Mandamientos, tal como él los relata a la nueva generación que está a punto de ingresar a la Tierra Prometida, 40 años después de haber sido revelados. El primer mandamiento es la declaración fundamental de la fe judía: “Yo, HaShem, soy tu Dios, que te ha rescatado de la tierra de Egipto, de la prisión en la que eras esclavo.” Si este primer mandamiento tuviera que ser resumido en una sola palabra, esa palabra sería Emuná, que se suele traducir superficialmente como “fe”, creencia en Dios. Un poco más profundamente, y pensando en el contexto de este mandamiento, Emuná significa saber que Dios está en control de todo, especialmente de lo que nosotros no controlamos—como por ejemplo, haber sido esclavizados por los Egipcios—y también reconocer su intervención permanente, por ejemplo, habernos sacado de Egipto.
NIVEL DOS
La Emuná con un poco más de matices incluye reconocer y apreciar a Dios y no sentir envidia. Para comprenderlo mejor nos ayudaremos con el último mandamiento: “No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni desearás la casa de tu prójimo, ni sus propiedades, ni sus numerosos siervos… ni sus posesiones… no envidiarás ninguna cosa que sea de tu prójimo.” Se me ocurrió que hay una relación fundamental entre el último y el primer mandamiento. ¿Qué es lo contrario de Emuná? En este nivel, lo contrario de la Emuná no es el ateísmo, ¡es la envidia!
Si soy observante, me dedico a la oración diariamente y obviamente me declaro como creyente, pero soy envidioso y estoy siempre pensando en cuanto quiero tener lo que tiene mi amigo, mi primo o mi hermano, en realidad, no tengo Emuná: ¡no estoy ejerciendo mi fe! No tengo la convicción que Dios está en control de lo que yo no controlo. La Emuná entonces, no termina con creer en Dios. Emuná es actuar sabiendo y teniendo en cuenta que Dios existe y que Él está en control de lo que tengo, o de lo me queda. Que no se malinterprete: esto no significa que uno se quede con los brazos cruzados, le rece a Dios y espere que el dinero le caiga del cielo sin trabajar. Emuná significa que, una vez que he hecho todo mi esfuerzo: me he levantado temprano, he trabajado con honestidad, no he malgastado mi dinero y aun así no tengo todo lo que quiero o no tengo tanto como mi vecino, no me obsesiono con la envidia. No se trata de resignación, derrotismo o conformismo barato: la ausencia —o el control — de la envidia es la expresión de mi convicción de que Dios existe.
NIVEL TRES
Y si queremos avanzar más: No hay nada más profundo y terapéutico que aprender a agradecerle a Dios no solo por lo que tengo, sino también por lo que NO tengo. Lo dijeron los Sabios: כל עכבה לטובה, “todo lo bueno que no me ocurre (tengo que interpretarlo) como que Dios lo hace por mi bien.” Esta se podría considerar la “Super-Emuná”. Algunos tsadiquim la practican y son las personas más felices, mas fuertes, emocionalmente y mentalmente más sanas que conozco. Creo que a ellos se refirieron las palabras que dicen: אנשי אמונה אבדו, los hombres de una Emuná completa ya no existen más, o van quedando muy pocos. Comportarse con Emuná en sus niveles más avanzados no es fácil y no se logra por decisión. Pero se empieza por decisión. Es un largo camino de aprendizaje y experiencias, buenas y de las otras.
Comencemos por repasar la siguiente regla matemática: El sentimiento de envidia y la Emuná son inversamente proporcionales. Cuanto más envidio a los demás, menos Emuná ejerzo. Y cuanto más Emuná tengo, menos envidia debo sentir en mi corazón.


