VAYETSE: ¿Qué dicen nuestros sueños de nosotros?



JUDIOS Y JUDIADAS
La palabra “Yehudí” se traduce al español como “judío”. Pero en cuanto a su función, estos términos a veces son opuestos: “Yehudí” es un título honorífico, como explicaremos más adelante , mientras que la palabra “judío” en varias culturas gentiles se usa (o se usaba) como un insulto. Comencemos por esto último. Por siglos, el idioma español no se pudo liberar de sus prejuicios antisemitas. La connotación ofensiva de la palabra “judío” demuestra la profundidad de ese sentimiento. Los diccionarios españoles, hasta 1983, si no me equivoco, definían “judío” como “avaro”, “usurero”. Lo más insultante era otra palabra, menos usada en la modernidad, pero con más peso discriminatorio: “judiada”. El diccionario decía: “acción inhumana” . Increíblemente, y a pesar de los malabarismos intelectuales que hacen algunos lingüistas para defenderla (ver aquí) , la real academia española todavía preserva esta definición, aunque un poco más suavizada.
Hago Copy & Paste: “Judiada” 1.f coloq. Mala pasada o acción que perjudica a alguien”.
MI BUENOS AIRES QUERIDO
En mi Buenos Aires natal la connotación negativa “natural” de la palabra judío se podía ver muy claramente. Décadas atrás (no estoy seguro si esto continúa, ¡pero no me extrañaría!) he sido insultado muchas veces con gritos despectivo desde un camión o una motocicleta. Me gritaban: “¡judíoooo!” y los que me gritaban sentían para que yo me sintiera insultado no tenían que agregar ni “judío de esto” ni “judío de lo otro”: en el vocabulario del antisemita la palabra “judío” cargaba por sí misma la condición de insulto, sin necesidad de ningún epíteto adicional.
La historia de esta palabra no comenzó en Buenos Aires. Ni en el siglo XX. Los primeros cristianos al principio se referían a los judíos como hebreos (como “Epístola a los Hebreos”), pero luego en su afán persecutorio la iglesia prefirió referirse a nosotros como “judíos”. ¿Por qué? Por la asociación despectiva entre el patronímico “judío” y “Judas”, quien según el nuevo testamento traicionó a Yeshu. Así, cada vez que se referían a un judío, o decían la palabra “judío”, inmediatamente se asociaba con la traición y el deicidio. En algunos lugares de España—por ejemplo Melilla, el lugar de nacimiento de mi esposa—los judíos se llamaban a sí mismos “hebreos”. Es posible que lo hacían para protegerse, o tratar de minimizar la connotación demonizante que el término “judío” inspiraba (¿inspira?) en la mente de muchos hispano-parlantes que cargan con 15 siglos de antisemitismo sistematizado en sus subconscientes.
¿ YEHUDI, ISRAEL O HEBREO?
.”Yehudí” no es la primera ni la única palabra para definir al pueblo judío.
El patronímico bíblico original de nuestro pueblo es: “Israel”. Somos bené Israel, descendientes de Yaaqob, que fue también llamado Israel. ¿Por qué Yaaqob fue el elegido para representarnos y no por ejemplo Abraham? Porque pese a los conflictos entre los hermanos, al final todos los hijos de Jacob terminaron unidos y crearon un solo pueblo con 12 tribus. A diferencia de los hijos de Abraham, por ejemplo, o los hijos de Ytsjaq, que no formaron “tribus” sino “naciones” diferentes.
Hay otro patronímico que también menciona la Torá: “hebreo”, que originalmente significa, “el que viene del otro lado [del rio]”, la primera vez lo dice en referencia a Abraham, pero también a Yosef y a sus descendientes. La Torá menciona varias veces la palabra “hebreo” cuando los egipcios se refieren a algún miembro de los hijos de Israel (Yosef, Moshé, las parteras, etc.). Es muy interesante también que en los documentos de El Amarna, las cartas del Faraón Amenhotep IV (1350-1330 antes de la era común) que es el documento no bíblico más antiguo donde se menciona a los judíos, los egipcios también se refieren a los judíos como “hebreos” (habiru o habriu).
JUDIOS Y JUDEA
Luego de la muerte del rey Salomón, alrededor del año 900 antes de la era común, el reino de Israel se dividió en dos: por un lado, estaba el reino de Yehudá con su capital Jerusalem, que continuó la dinastía del rey David, y por otro lado, el reino de Israel, también conocido como las 10 tribus, con su capital en Samaria. Alrededor del año 720 a.e.c., el imperio Asirio invadió y destruyó Samaria, asesinó y exilió a sus ciudadanos llevándolos como prisioneros de guerra a su reino, donde Sanjerib por la fuerza los asimiló. Lo que quedó del pueblo de Israel fue el reinado de Yehudá, llamado en español “Judea”. Desde ese momento, adquirimos el nombre de Yehudim o judíos. Uno de los ejemplos más famosos del uso de este nombre está en el Meguilat Esther, donde a Mordejai y al pueblo judío en general, no se les llama ya ni hebreos ni israelitas, sino Yehudí o Yehudim.
YEHUDI
El origen de este nombre lo encontramos en la Parashá de esta semana, Vayetsé. Jacob y Lea ya tenían 3 hijos, que eran más de los que ella esperaba tener. Cuando nace su cuarto hijo, Lea desbordó de alegría y gratitud y lo llamó Yehudá, y al hacerlo dijo: “ahora [que he dado luz a 4 hijos] agradeceré a Dios”. Cada vez que Lea mencionaba el nombre de su hijo, Yehudá, inmediatamente recordaba que tenía que agradecer a Dios.
El nombre Yehudá, entonces, deriva de la raíz hebrea YDH que es la raíz de una de las palabras más conocidas en hebreo: TODÁ, que significa gracias.
Cuando me preguntan qué representa la palabra “judío” para mí, es muy claro: YEHUDI es aquel ser humano que se conecta con Dios y se acuerda de Dios no solo cuando necesita a Dios, sino, sobre todo, para agradecerle a Dios.

1 de Kislev de 5783
ויקנאו אותו פלשתים
LA BENDICION COMO RESPUESTA AL ESFUERZO
Esta Perashá nos presenta a Isaac (itsjaq), el hijo de Abraham. Nos cuenta sobre las dificultades que tuvo Isaac para tener hijos, el nacimiento de sus mellizos, la relación entre los dos hermanos, etc. Luego nos cuenta acerca del enfrentamiento entre Isaac y sus vecinos: los filisteos. En Génesis capítulo 26 leemos lo siguiente: «Isaac sembró en aquella tierra, y cosechó aquel año cien por uno [cien veces mas de lo que había sembrado]: ¡HaShem lo había bendecido! Isaac gozó de prosperidad y siguió engrandeciéndose hasta que llegó a ser muy rico, llegó a tener ovejas, vacas y mucha servidumbre. Pero los filisteos le tuvieron envidia. Y todos los pozos [de agua] que los siervos de su padre [Abraham ] habían cavado … los filisteos los inutilizaron, llenándolos de tierra.»
Si bien HaShem lo bendijo, la riqueza no le llovió del cielo. Isaac era muy trabajador. Tuvo que esforzarse muchísimo para sembrar en esa zona árida, y tal como la Torá nos cuenta, tuvo que cavar una y otra vez sin pereza y sin darse por vencido para obtener el elemento más escaso y preciado en el Medio Oriente: agua.
UNA LECCIÓN QUE NUNCA EXPIRA
Pero los habitantes de aquel lugar, los «Pelishitim» o Filisteos no simpatizaron con Isaac. Y la Torá aquí usa por primera vez la palabra quin’a (ויקנאו אותו פלשתים) que significa: «envidia». Los filisteos tuvieron envidia de Isaac. Y es my interesante observar a qué los llevó la envidia. Uno podría pensar que los Filisteos imitarían a Isaac: iban a trabajar más, se iban a levantar más temprano, se emborracharían menos, ahorrarían más, no gastarían tanto, etc, etc. pero nada de eso sucedió…. Los Filisteos decidieron canalizar su envidia de la manera más destructiva y cobarde: ¡Tapando con tierra los pozos de agua que había cavado Isaac! La consecuencia de la envidia fue la destrucción. La envidia los llevó a hacer lo más irracional que un habitante del medio oriente puede hacer: destruir los pozos de agua en el desierto. Lo cual, obviamente, los perjudicaba a ellos también.
LA DIFERENCIA ENTRE CELOS Y ENVIDIA
Hay una gran diferencia entre dos palabras hebreas que son parecidas: Jemdá o Ta’avá (לא תתאוה), celos y quin’a, envidia. «Celos» siempre se refiere a un objeto: estoy celoso de lo que tienes, y quisiera tenerlo yo. La «envidia» es un sentimiento mucho más profundo que los celos, más complicado y, principalmente, imposible de complacer. Y que no se trata de mis sentimiento positivos hacia un objeto, sino de mis sentimientos negativos hacia la persona que lo posee. Te envidio por lo que tienes, y voy a tratar de quitarte lo que tú tienes, y si no puedo, me alcanza con que TÚ no lo tengas. Así, y a diferencia de los celos, la envidia fácilmente se convierte en «odio». La envidia es ad hominem, apunta hacia la persona. Y a diferencia de los celos, es insaciable! El objeto de la envidia cambia. Pero nunca cambia el sujeto. La envidia también es destructiva. Y autodestructiva. Por eso, con mucha sutileza, la Torá yuxtapone la envidia y la destrucción: Los filisteos le tuvieron envidia a Isaac, ¿y qué hicieron? ¡Taparon los pozos de agua!
LA HISTORIA SE REPITE
Rambán, Najmánides, nos aclara que la razón por la cual la Torá se excede en los detalles sobre estos eventos es para enseñarnos que מעשה אבות סימן לבנים , lo que le ocurrió a nuestros no es sólo historia, sino que marca un patrón de conducta que se repetirá con sus descendentes. Es increíble observar como esta historia vuelve a ser relevante en nuestros días. El 15 de agosto de 2005, 8.000 judíos israelíes fueron desterrados de sus casas en Gush Qatif (Israel). Esa tierra, que había sido conquistada militarmente por Israel en respuesta a la guerra iniciada por los egipcios, fue «regalada» a la autoridad Palestina (se dice que este evento precipitó la elección del Hamas en el 2006). Hay un dato interesante que se relaciona con la Parashá de esta semana, y que no se conoce mucho ya que los medios de difusión, como es de esperar, no han demostrado un gran interés en hacerlo conocer. En Gush Qatif, los judíos que vivían allí, hicieron un esfuerzo extraordinario y construyeron «greenhouses» (invernaderos, viveros) con una tecnología ultra-moderna. Allí plantaban vegetales «sin insectos» que se vendían en todo el mundo, y flores, especialmente tulipanes, que se exportaban al mercado de flores de Amsterdam. En total, las ganancias de estos invernaderos llegaban a más de 100 millones de dólares anuales (ver este artículo aquí). Cuando los Yehudim se vieron forzados a abandonar Gush Qatif, el presidente del World Bank, James Wolfenson y algunos judíos americanos (ingenuos) donaron 14 millones de dólares para que no se destruyeran estos invernaderos y que los pobres habitantes de Gaza, que tanto se quejan de su pobreza «causada por Israel», pudieran aprovechar estos invernaderos y brindarle un trabajo honesto y rentable a cientos o a miles de personas y generar un ingreso de 100 millones anuales. Para la sorpresa de muchos (pero no para los que conocen esta Parashá) , ni bien los palestinos recibieron estos modernos invernaderos los destruyeron totalmente, ¡»los taparon llenándolos de tierra»! y establecieron allí bases para lanzar misiles y atacar a Israel. Tal como ocurrió con los filisteos en el tiempo de Isaac, a estos enemigos de Israel les importó muy poco su propia prosperidad: lo que más les importó fue intentar destruir a Israel.
ATENTADOS EN ISRAEL
Estas últimas semanas la historia se ha repetido en una de sus más sangrientas variantes: una vez mas los judíos de Israel, hombres mujeres y niños, han sido atacados con explosivos, balas o siendo atropellados por autos. Lamentablemente, muchos palestinos, algunos de ellos árabes que viven en Israel, se regocijan con esta noticia (ver aquí). A diferencia de los celos, que terminan una vez que la persona «celosa» obtiene lo que desea, la envidia nunca se acaba. Y cuanto más triunfa el envidiado, el envidioso más tratará de destruirlo. Mike Pence, el exvicepresidente de Estados Unidos, formuló con muy pocas palabras esta idea de la envidia / odio hacia Israel de una manera muy simple y profunda. Pence dijo: «Israel no es odiada por sus vecinos por lo que hace mal, Israel es odiada por lo que hace bien» .
Quiera HaShem seguir bendiciendo y quiera Dios proteger a nuestro amado país de las manso de quienes quieren destruirlo, así como bendijo y protegió a nuestro patriarca Isaac y a nuestros antepasados.

LA NUEVA GENERACION
En la Parashá de esta semana nos encontramos con la nueva generación del pueblo judío: Isaac, Ribqá y sus hijos. En el centro de esta Parashá está el famoso episodio de la bendición que Isaac quería otorgarle a Esav, pero gracias a la intervención de Ribqá, terminó otorgándosela a Yaaqob.
Comencemos por el principio.
Isaac y Ribqá tuvieron dos hijos: Yaaqob y Esav. Yaaqob era un hombre de su casa, dócil, íntegro, estudioso. Esav, era todo lo contrario. Adrenalina pura. Un hombre de batalla. Un luchador. Un gran cazador.
Cuando Isaac envejece llega el momento de elegir al heredero. No se trata de quién heredaría los bienes materiales de Isaac, sino de algo mucho más importante: ¿Quién iba a continuar, liderar y promover el camino y los valores de Abraham Abinu? ¿Cuál de los dos hijos era el más indicado para ser el futuro patriarca del pueblo judío?
Isaac y Ribqá tenían opiniones diferentes. Para Isaac, el candidato indiscutido era Esav. Pero para Ribqá, el más indicado era Jacob.
En las próximas líneas vamos a tratar de entender por qué pensaban así.
¿POR QUÉ ELEGIR A ESAV?
Isaac sabía que la fe de Abraham iba a ser inevitablemente atacada por los pueblos idólatras, que seguramente tratarían de erradicar a sus descendientes. ¿Por qué? En el mundo politeísta cada pueblo tenía y servía a sus dioses locales. Aceptaban que otros pueblos tuvieran sus propios dioses, y creían que los poderes de esos dioses eran verdaderos. Esos dioses podían convivir unos con otros. A veces los pueblos intercambiaban sus dioses, o incluso forjaban alianzas entre ellos.
Pero la fe deAbraham, el monoteísmo, es diferente. Al afirmar que existe un solo “y único” Dios, el monoteísmo “excluye” a todas las demás confesiones. Y expresa directa o indirectamente que los demás dioses son falsos. Con este mensaje tan revolucionario y valiente, Isaac sabía que para que sus descendientes pudieran seguir firmes en la fe de Abraham iban a tener que luchar y defenderse contra infinidad de enemigos
¡Y no se equivocó!
Isaac sabía que su hijo Esav poseía las virtudes ideales para defender la fe de Abraham. Basándonos en un famoso Midrash podemos afirmar que Esav era un experto a la hora de identificar las debilidades de sus adversarios. Era un guerrero astuto, que conocía el lenguaje del enemigo, un talento muy importante a la hora de la guerra. Isaac sabía que Esav sería capaz de organizar y liderar un ejército. ¡Y no se equivocó! En Vayishlaj vemos que Esav lidera un ejército de 400 hombres.
Isaac quiere elegir a Esav porque sabe que con su ejército podrá conquistar la tierra de Israel y será capaz de defender militarmente a sus descendientes de sus futuros enemigos.
LA VISION DE UNA MADRE
Pero para Ribqá todas estas cualidades bélicas de Esav eran incompatibles con los valores humanos de Abraham ¿Podría Esav, un hombre dedicado a la guerra, ser bondadoso con los extranjeros como lo fue Abraham? ¿Podría ser diplomático con sus vecinos como lo fue Abraham con los Hititas? Para Ribqá el futuro sucesor de Abraham tenía que ser amable sensible y generoso como Abraham. Más inteligente que fuerte. Y sofisticado, más que violento. El sucesor de Abraham, se debía diferenciar de todos los demás hombres por su intelectualidad, y por darle prioridad al estudio ¡no a la guerra!. Y estas eran obviamente las características de Yaakob. De acuerdo a Ribqá era Ya’aqob y no Esav, quién debía ser el elegido para liderar el pueblo de Abraham.
Al final, y como sucede en las mejores familias, Ribqá se impuso, y el sucesor de Isaac fue Yaaqob.
Debemos reconocer que lo ideal hubiera sido una alianza de los dos hermanos: la espiritualidad de Jacob combinada con la fuerza de Esav. Pero para Ribqá esto era imposible, porque tal como lo menciona la Torá en el párrafo que antecede a este episodio, Esav se había distanciado de su familia, al haberse casado con mujeres Hititas.
JACOB, ESAV Y MEDINAT ISRAEL
Esta historia y esta interpretación que escribí hace un par de años acerca de las virtudes que Isaac y Ribqá buscaban en el futuro líder de Israel, es hoy muy relevante para entender nuestro presente.
Luego de 2.000 años de persecuciones de las cuales no podíamos defendernos por nuestros propios medios, Medinat Israel ha alcanzado hoy el balance entre las buenas virtudes de Esav y las cualidades de Jacob. Y me parece que la historia que nos cuenta nuestra Parashá por un lado nos ayuda a iluminar nuestro presente, y por el otro lado, se ilumina con nuestro presente. Solo hace falta ver la extraordinaria naturaleza de Medinat Israel: su gente, su espíritu y su ejército.
Israel, por un lado es un paraíso espiritual donde millones de judíos rezan y estudian Torá a diario. Nunca en la historia se escuchó la voz del estudio de Torá tanto como se escucha hoy en el Estado de Israel. Los Yehudim en Israel practican el Jesed, la bondad, la generosidad y la compasión. Israel es un país inteligente, con una devoción por el estudio, con una creatividad intelectual infinita.
Y por el otro lado, están las manos fuertes poderosísimas del ejército de Israel. Que le está demostrando al mundo que a quién se meta con los Yehudim le va a costar muy caro. Que no van a ser otras naciones las que nos defiendan, sino nosotros mismos. Nuestro propio ejército. Nuestra propias manos.
Medinat Israel representa el perfecto balance que buscaban nuestros patriarcas: la dulce voz de la Torá de Yaaqob que quería Ribqá y las poderosas manos de guerreros temerarios que buscaba Isaac, para que cuando fuera necesario adviertan, intimiden y castiguen al enemigo.
Todo en un mismo descendiente: Yaaqob / Israel.
Israel que siempre usó la voz de Yaaqob, también aprendió a usar las “manos de Esav” .
הַקֹּל קוֹל יַעֲקֹב וְהַיָּדַיִם יְדֵי עֵשָׂו
“La voz es la voz de Jacob, pero las manos son [como] las de Esav”

La historia es más o menos conocida. Antes de morir, nuestro segundo patriarca, Itsjak, desea designar a su hijo Esav como su heredero, como aquel que va a continuar su camino: el futuro líder de la familia y del pueblo que, de acuerdo con la promesa divina, surgirá de esta familia. La elección de Esav no es arbitraria; está basada en un razonamiento profundo. Itsjak ve en Esav las cualidades que serán esenciales para la supervivencia del pueblo judío: la fortaleza física, la valentía y la astucia para proteger a su familia y a su pueblo en un mundo hostil.
Itsjak comprende que el nuevo camino de Abraham —su “religión”— no es muy popular. De hecho, genera antagonismo en las personas, especialmente en aquellas con poder.
En el pasado he explicado que este resentimiento hacia Abraham y su descendencia tiene raíces teológicas. La creencia de Abraham era diferente a la adoración a otros dioses, algo que, en general, era tolerado por los pueblos paganos. Sin embargo, el monoteísmo de Abraham contradecía la idea de esos dioses, negaba su existencia y los consideraba falsos. Esto era profundamente ofensivo para los pueblos que adoraban y respetaban a sus propias deidades. Además, alteraba el orden jerárquico y, según Maimónides, incluso el equilibrio político de las sociedades paganas. Las ideas de Abraham, como ocurrió en el caso del rey Nimrod, eran muy peligrosas para la hegemonía religiosa de su tiempo.
Pero lo teológico era solo una parte del antagonismo que Abraham generaba. La conducta moral y ética de Abraham también era iconoclasta: rompía con las normas sociales de la época y atentaba contra el orden social de las castas contemporáneas. Me explico: hay evidencia explícita en el texto bíblico de que la humanidad, desde los tiempos del Diluvio hasta los relatos de Sedom y Amora, se regía por la “ley de la selva”, la supervivencia del más fuerte, ya sea en términos físicos o económicos. Los que ostentaban el poder abusaban de los más débiles, los utilizaban o los esclavizaban. Nadie se preocupaba por hacer el bien con el necesitado de manera desinteresada.
Abraham fue el primero en introducir al mundo una idea revolucionaria: la bondad desinteresada, conocida como jesed. Antes de él, si alguien ofrecía comida o refugio a otro, lo hacía únicamente, en el mejor de los casos, como un acto comercial con fines lucrativos: un servicio a cambio de un beneficio. Abraham revolucionó este paradigma. En el famoso episodio en el que Abraham corre al encuentro de tres extranjeros necesitados que pasaban cerca de su tienda, les ruega que descansen en su hogar, laven sus pies, beban agua y coman, sin buscar ningún beneficio personal. Este acto fue un antes y un después en la historia de la humanidad. Por primera vez, veinte generaciones después de la creación del hombre, un ser humano actuó movido por bondad, voluntariamente, sin esperar recompensa ni siquiera ser solicitado.
Este gesto fue consecuencia directa del monoteísmo moral de Abraham, que cambiaba la percepción de la relación entre el hombre y Dios y, además, las relaciones humanas. Si existe un único Dios, todos los seres humanos somos criaturas del mismo creador y, por lo tanto, merecemos ser tratados con dignidad e igualdad.
Este concepto quizás representaba una revolución aún más peligrosa que la revolución religiosa en una época en la que las jerarquías de poder y las castas dominaban el mundo. La conducta de Abraham proponía una alternativa radical: una sociedad basada en la igualdad y la bondad. Su ejemplo desafiaba las bases mismas de la estructura social imperante. Abraham y su nueva creencia eran peligrosos para los que estaban en la cima del poder y del abuso.
Por lo tanto, no es sorprendente que el camino de Abraham, y las implicaciones sociales y políticas de sus valores, fueran vistas como una amenaza para las generaciones de su tiempo.
En el mejor de los casos, la rectitud moral de Abraham provocaba incomodidad en quienes lo rodeaban, porque revelaba su corrupción, su abuso y su falta de moralidad. Esto creaba una incómoda posibilidad en su entorno: o bien abrazaban su fe y cambiaban, o lo rechazaban, lo demonizaban y buscaban eliminarlo para acallar esa incomodidad interna. Creo que este fue el principio, la incepción del antisemitismo.
Regresemos ahora a la elección de Esav. A diferencia de Jacob, Esav es fuerte, valiente y guerrero. Según un comentario —que escuché, aunque no encontré su fuente—, Esav defendió y luchó contra los filisteos para proteger los pozos de agua de Isaac.
Para Itsjak, el liderazgo del pueblo judío necesita alguien así: un guerrero dispuesto a enfrentar a los enemigos y garantizar la supervivencia de su familia y su legado. Jacob, en ese aspecto, parece más frágil, menos apto para liderar a un pueblo que inevitablemente tendrá enemigos en el presente y en el futuro.

Nuestra Parashá, Jayé Sara, comienza con un acto que define la visión del pueblo judío acerca de la dignidad de la vida y del cuerpo que la contuvo durante su estadía terrenal. Nuestro primer patriarca, Abraham, se ocupó personalmente del entierro de su esposa Sará y nos enseñó que se hace con la mayor dignidad posible: adquiriendo un lugar de sepultura y rechazando la cesión o el préstamo de esa parcela ofrecido por los hititas.
El primer título de propiedad judío en la historia no fue asignado a una casa ni a un campo: fue un cementerio, para enterrar el cuerpo de un ser querido con dignidad.
Resulta intrigante lo que parece ser una paradoja: el judaísmo, por un lado, le da enorme importancia al alma, a la vida espiritual; pero por otro lado, parece obsesionado con el cuerpo muerto, ya sin vida y separado de su alma. ¿Por qué?
Creemos en la superioridad del alma sobre el cuerpo. No nos definimos como cuerpos con almas, sino como almas contenidas en cuerpos. Ese contenedor, sin embargo, es el instrumento indispensable que permite a la neshamá conectarse con este mundo. La dignidad que se le presta al cuerpo sin vida es un acto de reconocimiento y gratitud, hakarat hatob, al cuerpo por haber servido al alma durante su paso terrenal.
La tradición judía enseña que el entierro correcto es la forma más elevada de beneficencia: jésed shel emet, un acto de bondad hacia alguien que ya no puede retribuir.
Y es también el cumplimiento de un deber. Cuando Dios toma el alma después de la vida y la regresa a su dimensión celestial, nosotros devolvemos el cuerpo a la tierra de la cual fue tomado: “Ki afar atah ve’el afar tashuv” — “porque polvo eres y al polvo volverás”. Así, entre lo que hace Dios y lo que hacemos nosotros, todo finalmente vuelve a su lugar de origen.
Abraham también nos enseña que el lugar donde se entierra a un ser querido es parte de la dignificación del cuerpo. Nuestro patriarca podía haber sepultado a Sará cerca de su hogar, como hacía todo el mundo. Sin embargo, elige un sitio especial: un cementerio donde, según nuestra tradición, descansan Adam y Javá.
Y así, el cuerpo, tal como lo hace el alma en el mundo venidero, no descansa en soledad, sino que se “reúne con los fallecidos de su pueblo” (vayeaséf el amav).
Cuando Abraham compra la cueva de Majpelá y entierra allí a Sará, nos dejó un legado eterno: la obligación de que el cuerpo sin vida de un Yehudí repose en un keber Israel, un cementerio judío, junto a los fallecidos de su pueblo.
Con estas lecciones en mente, entendemos mejor la magnitud de lo ocurrido este martes pasado, 20 de Jeshván, en Israel: ese día fueron enterrados los restos de Hadar Goldin z”l. El joven teniente Goldin, de 23 años, fue asesinado por Hamas en 2014 al culminar la guerra de Tsuk Eitan. Su cuerpo sin vida fue secuestrado y quedó por más de once años sin sepultura en manos de sus asesinos, a pesar de los pedidos de Israel para su devolución.
El dolor de la familia Goldin fue indescriptible. No hay sufrimiento comparable al de perder un hijo. Pero lo único aún más insoportable es no poder enterrarlo.
La familia experimentó durante once años el dolor que la Torá describe con Yaacob cuando pensó que había perdido a su hijo Yosef. Pero sin cuerpo, no tuvo closure: el cierre emocional indispensable para comenzar el duelo. Porque cuando no hay un cuerpo que enterrar, siempre queda esa mínima posibilidad —por más irracional que sea— de que tal vez nuestro ser querido siga vivo.
Esto lo comprendí mejor en el basement de la calle Ayacucho 632 después del atentado a la AMIA en julio de 1994. Recuerdo las familias que, incluso tras dos semanas de espera, seguían imaginando que su ser querido podría estar en estado de shock, sin memoria, deambulando por la ciudad. La lógica negaba esa posibilidad, pero no había un cuerpo que permitiera el alivio del closure.
Cuando esa duda dura once años, se convierte en una tortura imposible de soportar. La familia Goldin vivió ese martirio: un duelo inconcluso —o que nunca comenzó—, una herida abierta que recién ahora pudo cerrarse.
En el relato del entierro de Sará, la palabra “libkotah”, “llorarla”, aparece con la letra KAF más pequeña. Nuestros sabios explican que Abraham lloró, pero no demasiado. ¿Por qué? Porque obviamente sintió el inmenso dolor por la pérdida de su esposa de toda la vida, pero al mismo tiempo experimentó la satisfacción de celebrar que la vida de Sará había sido plena y fructífera.
Algo similar ocurrió este martes en el entierro de Hadar Goldin: Israel experimentó un enorme dolor por una vida tan joven y significativa que se perdió. Pero al mismo tiempo, el pueblo judío recibió con una inmensa alegría la noticia de que, luego de once años de espera, Hadar Goldin regresaba a casa.
La moral del Estado y del ejército de Israel es única en el mundo: no se deja atrás a ningún soldado, ni siquiera sus cuerpos sin vida. Recuerdo cuando el presidente Trump dijo públicamente que no entendía por qué Israel estaba dispuesto a hacer tantos sacrificios para rescatar también los restos de sus soldados, y que eso lo impresionaba profundamente. No todos los pueblos del mundo lo entienden. Pero el pueblo judío sí.
Hadar Goldin z”l regresó a casa, a su tierra y a su pueblo, porque así lo estableció Abraham Abinu y lo reclama nuestra historia.
Lo que comenzó en la cueva de Majpelá con nuestra matriarca Sará continuó este martes con Hadar Goldin z”l.


En la Parashá de esta semana, Jayé Sará, encontramos a Abraham, nuestro primer patriarca, en una larga conversación con los Hititas, uno de los pueblos que habitaban en esos días la tierra de Canaán. Abraham quiere adquirir de ellos un terreno en Qiryat Arba, Hebrón, para enterrar a Sará, su esposa, recientemente fallecida.
MONOTEISMO Y ANTISEMITISMO
Abraham negocia con los Hititas. Y mientras la negociación avanza vemos que los líderes de ese pueblo –hombres famosos por sus violentas conquistas– trataron a Abraham con gran respeto y se dirigieron a él como «Nesí Eloqim», «Un representante de Dios entre nosotros». Esto es muy extraño, ya que los pueblos paganos no tenían una mentalidad abierta sobre de respeto hacia otras religiones o cultos. Los dioses mitológicos competían entre sí para demostrar su supremacía. Y Abraham no solo practicaba una religión diferente: su religión era «monoteísta»: lo que significa que mientras las otras religiones quizás decían: «Nuestros dioses son más poderosos que tus dioses», la religión de Abraham sostenía que: «Tus dioses, simplemente, ¡no existen!». Esto debería haber sido considerado por los hititas como un gran desafío –casi una ofensa– a sus creencias. Y supongo que sabían que Abraham era un «monoteísta militante», un iconoclasta (destructor de ídolos) y aún así lo respetan de manera superlativa.
Abraham era diferente, incluso en el plano físico, ya que se había circuncidado. ¡Una razón adicional para «rechazarlo» y «discriminarlo»! En aquellos tiempos no había tolerancia religiosa. Vimos, por ejemplo, en el caso de Yosef y sus hermanos en Egipto, que los egipcios ni siquiera se sentaban a comer en la misma mesa que un semita, porque consideraban que su menú –en este caso: carne– era abominable para ellos. ¿Cómo fue entonces que Abraham, siendo tan diferente a los Hititas, fue respetado por ellos?
En mi opinión los hititas, respetaban y admiraban a Abraham por sus extraordinarias virtudes humanas.
1. GENEROSIDAD: Abraham, quien era visto por los paganos como el representante de Dios sobre la tierra, habría tenido todas las razones del mundo para exigir de los demás ofrendas y regalos, como sucedió con Malqui Tsedeq, un sacerdote a quien Abraham le dio su diezmo. Estas ofrendas a los líderes religiosos paganos (sacerdotes, brujos, magos) eran muy comunes en esa época. Pero Abraham, a quien todos veían como un hombre de Dios, lejos de esperar que otros lo mantuvieran materialmente debido a su «superioridad espiritual», se dedicaba a asistir materialmente al prójimo de su propio bolsillo. Abraham tenía su tienda o carpa abierta para todo extranjero que necesitara sombra, agua o comida. Y no pedía ni aceptaba ninguna compensación por ese servicio. Esta conducta de Abraham tiene que haber inspirado el respeto y la admiración de todos los que lo conocían, a pesar de las diferencias religiosas .
2. RESPETO: Dios le habló a Abraham y le prometió que él y sus descendientes heredarán la tierra de Canaán. Pero Abraham nunca se comportó con arrogancia frente a los hititas y otros habitantes de Canaán. Su fe incondicional en la promesa Divina podría haberlo llevado a reclamarle a los paganos que habitaban la tierra: «Esta tierra será mía. Y por lo tanto puedo tomar posesión de ella sin el permiso de ustedes». Abraham trató a los hititas con dignidad y honor. Abraham representaba el epítome de la nobleza de aquellos verdaderos Yehudim que saben muy bien que «cuanto más cerca está uno de Dios, más debe respetar y comportarse con integridad hacia los demás», y muy especialmente hacia quienes profesan otra religión o son menos observantes que uno (Quiddush HaShem).
3. HUMILDAD: la humildad de Abraham se vuelve mucho más evidente cuando comparamos a Abraham, como lo hicieron nuestros Sabios, con Bil’am. Bil’am era un profeta pagano. HaShem se comunicaba con Bil’am, como lo hizo con Abraham y con Moshé. Pero este privilegio, en lugar de hacer que Bil’am sea más humilde, hizo que Bil’am mirara a todas las demás personas con desdén. Bil’am se dijo a sí mismo: «Si Dios habla conmigo ¿quién se puede comparar conmigo?» La arrogancia de Bil’am lo hacía comportarse hacia los demás con desprecio . No estaba dispuesto a ayudar a nadie, a menos que obtuviera algún beneficio material y retribución «por los servicios espirituales prestados». Bil’am sacaba toda la ventaja que podía de su relación con Dios. Representa a esas personas que «mal-representan» a la religión. Abraham, como dijeron nuestros sabios, era TODO lo contrario.
4. IMITAR A DIOS: Aunque Abraham tenía ideas diferentes, que «él» sabía que eran superiores a las ideas de los paganos que vivían a su alrededor, se comportaba con generosidad y respeto y siempre dispuesto a ayudar a cualquiera que lo necesitara. En su humanidad sin límites, Abraham le pidió a Dios que perdonase la vida de los habitantes de Sodoma y Gomorra, las ciudades más corruptas de la historia.
A pesar de que sus ideas eran diferentes, Abraham nunca tuvo enemigos. Nunca fue juzgado negativamente por sus revolucionarias creencias. ¿Por qué? Por su intachable comportamiento hacia otros seres humanos. Así fue como Abraham se convirtió en la inspiración de las grandes religiones del mundo: el INFLUENCER más importante de la historia.

DIOS CREADOR
Abraham descubrió a Dios observando la Creación. “Es imposible que todo lo que existe haya surgido y funcione por sí mismo sin un Creador Inteligente”, razonaba Abraham . Tiene que haber Alguien que trajo todo a la existencia y que continua haciendo funcionar este maravilloso mundo (יש אדון לבירה).
DIOS ES UNO
Esta idea, que ya de por sí era innovadora, vino acompañada de otra declaración revolucionaria de Abraham: “Existe un solo Dios”. Abraham, contra toda lógica contemporánea, afirmaba que no hay fuerzas opuestas divinas luchando entre sí: la luz y la oscuridad, la salud y la enfermedad, el nacimiento y la muerte, provienen de un mismo origen. Para los hombres de esa época esto ya era ridículo: lo más lógico es explicar que el bien y el mal, la luz y la oscuridad, la vida y la muerte, vienen de poderes o dioses diferentes, opuestos. Hablar de un solo Dios es una locura. Una blasfemia. Una falta de respeto hacia los dioses.
DIOS ES INVISIBLE
Y como si esto no fuera suficiente Abraham también afirmaba que los ídolos eran falsas representaciones de Dios. “A Dios no se lo puede ver: es invisible”, afirmaba Abraham. Creo que esta declaración fue la más dramática. Hoy en el 2024 la entendemos sin problema ya que conocemos las fuerzas y energías invisibles a los ojos como la radio frecuencia, las microondas, el WiFi, las ondas de comunicación celulares, que nos rodean. Hoy sabemos que lo que no vemos existe en una dimensión invisible a nuestros ojos. Pero 4.000 años atrás, ¿Quién podría creer en algo que no se ve y no se toca? ¿Quién iba a creer que algo o alguien invisible es responsable por la existencia de todo lo visible? Si me preguntan a mí, creo que esta fue la innovación mas espectacular de Abraham, y más difícil de ser aceptada.
LE IMPORTA Y NOS ESCUCHA
Pero hay otro aspecto del monoteísmo judío que de acuerdo a la literalidad del texto bíblico (el peshat) Abraham Abinu fue descubriendo de a poco, con el pasar del tiempo. Esto es, que el Creador se interesa por los seres humanos, se involucra con ellos y puede cambiar el curso de lo natural o lo estadístico por ellos. ¿Sabía esto Abraham? Y si lo sabia, ¿por qué no le reza a Dios cuando lo necesita?
Veamos un par de ejemplos. Abraham, por instrucción Divina deja la confortable vida de Jarán y emigra a Israel. Cuando Abraham llega a Israel, la tierra sufre de una gran sequía. Abraham decide emigrar a Egipto allí su esposa Sara es secuestrada.
SUFRIR SIN REZAR
En ambas crisis, el hambre y el crimen que sufre, Abraham no reza. Abraham no le pide a Dios que le conceda la bendición de la lluvia, y tampoco le implora a Dios que lo ayude a recuperar a Sará. ¿Por qué? El silencio del texto parece indicar que Abraham “no imaginó que podía rezar”, es decir, invocar o pedir la intervención Divina para cambiar un evento natural o personal.
Si nos situamos en el contexto de la sociedad de Abraham, para los humanos el rezo no era una opción. Los dioses mitológicos asirios, hititas, o egipcios vivían en un mundo paralelo. Estaban muy ocupados con sus propios problemas, guerras y conflictos y no tenían ninguna injerencia en los asuntos humanos, y ningún interés en ayudarlos . Por el contrario, a veces competían con los humanos por los recursos naturales del universo como la lluvia o la luz. Rezar a “un dios” era algo completamente ilógico, contra-intuitivo y que Abraham tuvo que aprender.
APRENDIENDO A REZAR
Siguiendo estrictamente el sentido literal del texto, es Dios –no un ser humano– quien primero menciona el concepto de rezar (lehitpalel). En la Perashá que leímos esta pasado Shabbat, Sará es secuestrada una segunda vez, ahora por el monarca de Guerar, Abimelej. Dios castiga a Abimelej con serias afecciones, se le aparece a Abimelej en su sueño y le explica que Sará es una mujer casada y que Dios lo castigó por su causa. Abimelej le dice a Dios que él no lo sabía y entonces Dios le indica lo que tiene que hacer (Genesis 20: 7) “Ahora, devuelve la mujer a su esposo , que es un profeta, y [pídele] que rece por ti, y así no morirás”. Genesis 20: 17: “Entonces Abraham le rezó a Dios y Dios curó a Abimelej”.
En nuestros días, los fieles de cualquier religión estamos ya familiarizados con el concepto de rezar y nos parece algo natural. Luego de lo que ocurrió con Abimelej Abraham “descubre” que se puede rezar a Dios, y no solo para reconocerlo y alabarlo, algo que Abraham ya hacía (vayqrá beShem HaShem..; nebarej sheajalnu misheló..; tiquen tefilat Shajarit) sino también para pedirle Su intervención e influir en los acontecimientos que afectan a los humanos. “Rezar”, hasta ese momento era algo que no se había registrado explícitamente en la Torá. Pero ahora, Abraham aprende que Dios, por ejemplo, puede cambiar el curso natural de una enfermedad cuando un ser humano reza.
En la Perashá de esta semana, Jayé Sará, nos encontramos con Eliezer, el siervo de Abraham, que siguiendo lo que aprendió de Abraham, reza y le solicita al Creador su intervención para encontrar una esposa para Yitsjaq.


Adaptado del libro “Encounters” del Rab Aryeh Kaplan z”l
Abraham escucha una Voz. La Voz es familiar. Es la misma Voz que le ordenó que abandonara la tierra de sus padres y emigrara hacia la tierra de Canaan. La misma Voz que le prometió que él iba a ser bendecido y que su descendencia iba a ser tan numerosa como las estrellas del cielo. Esa voz, la Voz de Dios le prometió muchas cosas y nunca lo defraudó. A veces tuvo dudas, como cuando al llegar a la tierra prometida se encontró con una terrible sequía. O cuando su esposa Sará fue secuestrada. Pero Abraham aprendió que no todas las promesas Divinas se materializan en el momento. A veces hay que esperar. Y así, la paciencia, se transformó en parte de su fe. Abraham aprendió a obedecer y confiar en su interlocutor: El Creador de los cielos y la tierra. Esa Voz, es la misma que le prometió a él y a Sará que finalmente iban a tener un hijo, a la edad 100 años. Y ese hijo llegó y se llamó Yitzjaq, que significa : el [niño] que hará reír [de felicidad a sus padres desde su nacimiento, y por todos los días de su existencia].
Pero ahora, cuando Abraham se levanta a rezar y agradecer al Creador por Sus bendiciones esa Voz se dirige a él con el familiar llamado “Abraham, Abraham” . La Voz se escucha físicamente, como si alguien le estuviera hablando muy cerca de él. Abraham una vez más mira a su alrededor para estar seguro que ninguna hombre lo está llamando y cuando esta seguro responde: “Hineni”. “Aquí estoy, listo para cumplir Tus órdenes”. Y entonces escucha nuevamente la Voz, que esta vez le dice algo terrible: “Toma a tu hijo, a tu único hijo, al que tú tanto amas: Yitzjaq. Y ve con él a la tierra de Moriá (Jerusalem) y ofrécelo allí como un sacrificio para Mí”. La Voz desaparece. Abraham se queda solo. Confundido. Siente vértigo. Va a colapsar. Es como que su mundo se está derrumbando a su alrededor. Está por desfallecer. Se apoya en un árbol para no caerse. Su corazón palpita muy rápido. “Oh, Creador del mundo, esto no es posible –puede haber pensado Abraham– Tú no puedes haberme ordenado que sacrifique a mi hijo Yitzjaq. El hijo que tuve en mi vejez, el que trajo infinita alegría a mí y a mi esposa Sará. Esto es un error. Es una alucinación. Una pesadilla ”.
Abraham se da cuenta que no puede engañarse a sí mismo. La Voz que siempre lo ha guiado y bendecido le ha dado una orden al más leal de todos sus siervos. Al hombre que le enseñó al mundo que existe un Creador, que no se ve, que es invisible, que se comunica con sus criaturas, y al que hay que obedecer hasta el final. Y ahora llegó el momento de la prueba más difícil para testear la lealtad de Abraham Abinu a Dios. Abraham, ¿solo obedece a Dios cuando le conviene? ¿Cuándo Dios le promete bendiciones y gloria? ¿Será Abraham capaz de obedecer a Dios, de no abandonarlo, de seguir con Él si va a perder lo que más quiere en su vida?
Abraham sigue sin moverse de su lugar. Espera escuchar nuevamente la Voz con alguna clarificación. O una contraorden. Pero con el pasar de las horas, las dudas acerca de la identidad de la Voz se disipan y el horror crece en el corazón de Abraham. La orden no fue una alucinación. La Voz fue tan clara como cuando le prometió un hijo, al que ahora ama más que ninguna cosa en este mundo. Mucho más que a sí mismo. ¡Que fácil sería obedecer esta orden —pensaba Abraham— si la Voz le hubiera ordenado ofrecerse a sí mismo como sacrificio! A Abraham se le pide hacer más de lo que a ningún otro hombre se le ha pedido hasta ese entonces.
Después de una noche de terror y cuando a Abraham ya no le quedan más dudas acerca del origen de la Voz, se da cuenta que no puede negarle nada a Dios. El Creador lo dio a su hijo y ahora, por alguna razón que a Abraham le resulta incomprensible , se lo está pidiendo de regreso. Por la mañana Abraham se levanta muy temprano de su cama y se dispone a cumplir la inexplicable orden Divina. Sin pronunciar palabra ni explicar a dónde van o para qué, Abraham le pide a su amado hijo Isaac y a sus dos sirvientes que lo ayuden a cargar una pila de madera en el burro de carga. Y entonces los 4 hombres parten en silencio. Ninguno se anima a cuestionar a Abraham, que siempre hace lo correcto. Caminan durante 3 días por los bosques y los campos.
Su anciano rostro está tieso como una piedra. Su mirada, elusiva, fija en el frente del camino. Sus ojos reflejan la luz pero ocultan algún secreto. Nadie le pregunta a Abraham dónde están yendo. Abraham permanece en silencio no pronuncia una palabra, ni siquiera a su hijo. Por fin, ven el monte Moriah. Abraham le ordena a sus sirvientes que descargan la madera y la carguen en la fuerte espalda del joven Isaac. Abraham toma las piedras para encender un fuego y debajo de su túnica, esconde un largo cuchillo.
Ahora padre e hijo caminan juntos montaña arriba. Sin palabras. Isaac, por fin rompe el silencio. Se arma de valor y le pregunta a Abraham: “ Padre, parece como que vamos a ofrecer un sacrificio. Veo que llevamos la madera y que tu tienes las piedras para encender el fuego. Pero, ¿dónde está el animal que vamos a sacrificar?” Abraham cierra sus ojos y llora por dentro. ¿Le puede contestar a su amado hijo que él ha sido elegido por Dios para ser sacrificado?. “Dios proveerá el animal para el sacrificio” , dice Abraham con la voz entrecortada. Isaac sigue caminando junto a su amado padre y ya no dice nada más. No se puede imaginar la inconcebible verdad. Isaac confía totalmente que su padre estará cumpliendo alguna orden divina. y así, padre e hijo, juntos en mente y corazón, siguen escalando el monte hasta que llegan cerca de la cima. Allí Isaac observa como su padre trae unas pesadas rocas para construir un altar y cuando termina, lo ayuda a colocar la madera sobre el altar recién construido.
Abraham, pálido y temblando, le pide a su hijo que estreche sus manos y ata sus muñecas con unas tiras de cuero. Una vez que las manos están restringidas, Abraham ata sus pies. Isaac no entiende qué está pasando. ¿Se trata de algún juego que mi padre está jugando? Mira a su padre, pero su padre no lo está mirando. Solo hay lágrimas en sus ojos y un llanto ahogado. Algo terrible está pasando. “¿Dónde está el cordero para el sacrificio?” Pregunta Isaac. Y de pronto se da cuenta que ¡el cordero es él! Isaac palidece y comienza a temblar, pero el respeto hacia su padre es tan grande como el de Abraham hacia Dios, y no ofrece resistencia. El anciano patriarca toma al joven con sus fuertes brazos, lo levanta y lo acuesta suavemente sobre el altar. Issac lo mira incrédulo. Su padre sigue eludiendo su mirada. Isaac ve como su padre saca el cuchillo que llevaba escondido debajo de sus ropas y siente el frío metal sobre su garganta.
Abraham sujeta el cuchillo y toma valor para terminar la misión más difícil que ningún hombre de fe haya tenido que cumplir. Pero de pronto, justo antes del acto final, escucha nuevamente la Voz que lo llama con urgencia y le dice: “Abraham, Abraham”. Abraham baja el cuchillo y responde: “Aquí estoy”. La Voz, ahora más fuerte y clara que nunca le ordena: “No dirijas tu mano contra tu hijo. No le hagas ningún daño. Ahora has demostrado tu completa lealtad a Dios y que no le has negado nada a Él, ni siquiera a tu único hijo”. Y la Voz ya no dice más. Los ojos de Abraham se llenan nuevamente de lágrimas pero esta vez son de alegría. Abraham desata a su hijo y ve que allí en la montaña, muy cerca de donde están, hay un carnero con su cuerno atrapado en un arbusto. Abraham toma al animal, lo lleva al altar que construyó para Isaac y lo ofrece como sacrificio a Dios. La prueba ha terminado.

Un equipo multidisciplinario de científicos ha presentado una teoría fascinante que explica cómo la civilización que habitaba en las orillas del Mar Muerto hace unos 3,700 años desapareció abruptamente. El análisis arqueológico de este desastre coincide con asombrosa precisión en el texto bíblico, y puede compararse con un evento similar ocurrido hace más de un siglo en Rusia.
En 1908, una explosión en Tunguska, Siberia, arrasó cerca de 2,000 kilómetros cuadrados de bosque deshabitado. Sorprendentemente, no se encontró un cráter de impacto. Los científicos explican este fenómeno como un “airburst,” o la explosión de un meteorito a 5-10 kilómetros por encima de la superficie terrestre.
El evento de Tunguska proporciona un modelo que ayuda a entender lo que ocurrió en las ciudades de Sedom y Gomorra, donde ha ocurrido un fenómeno devastador pero no se ha encontrado ningún crater que señale la caída de un meteorito. Las excavaciones arqueológicas en Tall el-Hammam, en la actual Jordania, han descubierto evidencias de un evento explosivo de “alta temperatura” que arrasó con aproximadamente 500 kilómetros cuadrados al norte del Mar Muerto. Esta explosión habría destruido completamente la civilización de la zona, eliminando a unas 50,000 personas que habitaban una llanura circular de 25 kilómetros de ancho.
Impacto devastador
El calor extremo generado por el fenómeno despojó al suelo fértil de sus nutrientes, dejando la región cubierta de una capa de cenizas y sales. Estas sales, producidas por la reverberación de la explosión en el Mar Muerto, descendieron sobre la región llevadas por vientos abrasadores. La evidencia de este fenómeno se encuentra en los granos minerales incrustados en cerámicas halladas en Tall el-Hammam.
Según la revista Science News, restos arqueológicos indican que las cinco ciudades “desaparecieron repentinamente hace unos 3,700 años, dejando solo cimientos de piedra”. Fragmentos de cerámica revelan signos de haber sido sometidos a temperaturas tan altas “quizás tan calientes como la superficie del sol”, s que transformaron las cerámicas en vidrio, señaló el profesor Phillip Silvia. Los hallazgos en Tall el-Hammam incluyen cerámica hecha vidrio, cimientos chamuscados y varios metros de cenizas mezcladas con escombros, una imagen que refleja el relato bíblico de la destrucción de las ciudades.
De vergel a desierto
La Torá describe la región donde Lot se asentó tras separarse de Abraham como un vergel, irrigado por abundantes aguas, comparable en prosperidad al fértil valle del Nilo en Egipto. Y durante siglos estas tierras fértiles habían sostenido prósperas civilizaciones. Sin embargo, tras el desastre, la tierra idílica quedó transformada en un desierto estéril, una imagen que la Torá presenta con precisión.
Resolviendo un misterio
La Torá detalla la destrucción de Sedom y Gomorra en Génesis 19:24-25: “Entonces Dios hizo llover azufre ardiente sobre Sedom y Gomorra —desde el cielo y por voluntad de Dios—. Así destruyó aquellas ciudades y toda la llanura, incluidos todos los que vivían en las ciudades, y también la vegetación de la tierra”. Abraham, desde su residencia, observó cómo la región se transformaba en una nube de cenizas, “como la humareda de un horno ardiente”, según el texto bíblico.
La estatua de sal
El relato bíblico también menciona la famosa “estatua de sal” en la que se convirtió la esposa de Lot, quien quedó rezagada durante la huida. Este detalle encuentra una explicación natural en los hallazgos arqueológicos. Las sales arrastradas por el Mar Muerto, combinadas con las altas temperaturas, cubrieron a los habitantes de la región y los fosilizaron de manera similar a las figuras petrificadas de Pompeya como consecuencia de las cenizas volcánicas, aunque en el caso de Sedom se trataría de sales que se mezclaban con cenizas de la explosión del meteorito.
La evidencia física en Tall el-Hammam y sus alrededores muestra señales de un impacto térmico y conclusivo altamente destructivo, compatible con la narrativa de la Torá. Este hallazgo no solo confirma la magnitud del evento, sino también la fidelidad del texto bíblico en su descripción.
Un hallazgo que confirma la precisión bíblica
A veces la Torá detalla exactamente cómo se producen eventos de intervención divina, y otras veces no. La Torá describe cómo sucedió el diluvio, menciona, por ejemplo, lluvias torrenciales durante mucho tiempo y también que simultáneamente las ganas surgieron desde la superficie terrestre, pero no explica por ejemplo, cómo sucedió este segundo evento: si fue un fenómeno de movimientos sísmicos o impactos de meteoritos, etc.
Las plagas de Egipto, la mayoría son explícitas: Dios hace llegar sapos del río, o langostas desde el oeste, o enfermedades, o pestes, o granizo. Sin embargo, no explica, por ejemplo, qué fenómeno natural “utilizó” Dios para oscurecer Egipto, un eclipse or bulo que parece ser mas preciso: una tormenta de arena , polvo o ambos. La misma duda surge cerca si hubo algún fenómeno natural, dirigido por Dios, para enrojecer con sangre el Nilo. Esta es la idea entre otros del Rab Isaac Abarbanel.
En la apertura del Mar Rojo, por ejemplo, la Torá menciona de manera explicita que Dios trajo un fuerte viento para secar el mar.
De todos estos ejemplos vemos que para la Torá no es absolutamente necesario resaltar “cómo” suceden los hechos milagrosos de intervención Divina sino enfatizar el “Quién”.
Maimonides, Radaq y otros comentaristas bíblico explican que Dios interviene o interactúa con la humanidad a través de fenómenos naturales. A diferencia de TODOS los mitos y leyendas de esa época y lugar, la Torá nunca habla de monstruos o seres mitológicos que soplan y secan el mar Rojo, por ejemplo. O serpientes de siete cabezas que invaden Egipto en las plagas, ni de las fuerzas demoniacas que en sus luchas entre si producen un Diluvio.
La intervención Divina o Milagro consiste en que un fenómeno natural se produce o se desencadena en el tiempo y el lugar que Dios determina. Y también, muy importante aclarar, que ese evento no termina solo, por sí mismo, sino cuando el Creador lo decide, mostrando así Su control sobre la física y la naturaleza.
Descubrimientos científicos como el que acabamos de relatar nos ayudan a visualizar cómo Dios pudo haber destruido esas ciudades, es decir, que fenómeno natural utilizó.
Y por otro lado, nos demuestra una vez más, la exquisita precisión del breve texto bíblico.