KI TABO: Las calumnias del Faraón y del NYTimes

El 11 de mayo de este año, el New York Times publicó una columna de Nicholas Kristof sobre abusos sexuales contra prisioneros palestinos. Entre las acusaciones había una en particular: que Israel usa perros para violar a los detenidos.

Kristof es un periodista con una carrera larga y premiada. Reportó el genocidio de Darfur y el tráfico de personas. No es un panfletista.

Un experto en conducta canina consultado por la agencia JTA —policía retirado, vinculado al proyecto de cerebro canino de Harvard— dijo que es imposible entrenar a un perro para cometer una agresión sexual.

Lo más interesante no es la acusación. Es el camino que recorrió hasta llegar ahí.

EL PROCESO

Un analista de código abierto llamado Travis Hawley lo reconstruyó paso a paso.

Junio de 2024: la cuenta en árabe de Al Jazeera publica una entrevista con un funcionario del ministerio de salud de Gaza, administrado por Hamás, que dice que los perros del ejército de Israel —perros que ese ejército, como todos los ejércitos del mundo, emplea para tareas de vigilancia y detección de rutina— cometieron “actos viles” contra los detenidos.

Días después, una cuenta anónima en X la traduce al inglés y agrega una palabra que no estaba allí: “violación”. Ahí empieza a circular el rumor. Lo levantan algunos influencers, una ex vocera de campaña antiisraelí, un periodista.

Semanas más tarde, una ONG con sede en Ginebra publica un informe que promueve la acusación. Es la misma organización que sostuvo que Israel exhuma palestinos para robarles órganos.

Días después, un israelí residente en Estados Unidos, “activista antiisraelí”, escribe que una fuente israelí le confirmó la historia. No dice quién. No aporta nada más. Según Hawley, ese fue el momento decisivo: ¡ahora hay israelíes que lo confirman!

Todos los medios alimentan la acusación. Ni siquiera X, que tantas veces agrega una nota de advertencia a sus lectores cuando circula una información falsa, intervino en este caso.

Y después vino el New York Times.

De una cuenta anónima a la página de opinión del diario más influyente del mundo. Sin que nadie, en ninguno de los eslabones, pidiera ninguna evidencia.

Si exactamente la misma acusación hubiera sido dicha sobre el ejército de Canadá o Japón o incluso Corea del Norte, el editor del New York Times exigiría documentación. Pediría el nombre de la prisión donde se cometió este acto, un informe forense, un testigo identificado, un video o por lo menos una fotografía. Es el procedimiento normal de verificación de una información.

Pero con Israel —y con los judíos— el proceso de verificación se saltea. No es necesario. La acusación no necesita probarse. No requiere evidencias. Con Israel es todo lo opuesto a “uno es inocente hasta que se demuestre lo contrario.” Y lo peor: ¡el público lo cree!

IMPUNIDAD

El antisemitismo verbal moderno tiene además otra característica: nadie paga por las mentiras que dice sobre Israel y los judíos. A nadie se le exige la renuncia, ni se le cancela la cuenta de X o Instagram. ¡Es el único odio, la única discriminación, que está normalizada en el mundo occidental! Antes, por lo menos, había una disculpa en una página interior del diario, o en un rincón del website que nadie mira y que era totalmente ineficaz contra el daño ya causado. En el caso del NYT, por ejemplo, ni siquiera hubo esa disculpa escondida. Preguntado específicamente por la acusación de los perros, el diario no respondió.

La demonización contra los judíos funciona porque en una gran parte del mundo occidental existe una predisposición de los consumidores a creer todo lo malo que se diga sobre los judíos. Hay un antisemitismo mental, cultural, inconsciente que precede al verbal, que consume con cierto “placer” la validación de sí mismo.

Me siento indignado por las increíbles, falsas y ridículas acusaciones que cada semana se escuchan de influencers norteamericanos con millones de seguidores, como Tucker Carlson o Candace Owens: sobre el “genocidio”, o que Israel mandó a matar a Charlie Kirk, o que Israel es capaz de haber promovido la invasión de los marroquíes a Ceuta, como venganza contra España. Y la lista, como todos los judíos sabemos, es horrorosamente interminable.

¿POR QUÉ FUNCIONA?

La primera razón: la historia ya está escrita. Los envenenadores de pozos, la sangre de los niños cristianos, los Protocolos, ya son parte del subconsciente de una gran parte del mundo. Una acusación nueva contra cualquier otro pueblo tiene que construirse desde cero. Contra los judíos encaja en un molde de dos mil años, y la mente no requiere evaluar evidencia porque identifica un patrón conocido.

La segunda: al acusado, Israel o los judíos, se lo describe como poderosísimo, superinfluyente, satánico. Entonces creer lo peor de él no se siente como prejuicio sino como “coraje”. En inglés se le dice VIRTUE SIGNALING, o señal de virtud: es decir, el demonizador se siente bien al repetir la acusación contra los poderosos porque siente que proteje a los más débiles. El que difunde la demonización de los judíos se ve a sí mismo como alguien que se anima a decir la verdad frente al poder. Y nadie verifica aquello que lo hace sentirse valiente.

La tercera: impunidad. Hablar mal de los judíos es automáticamente validado por el subconsciente de muchas personas “normales”, es aceptado sin requerir verificación, y no tiene ningún costo. Los difusores de calumnias contra los judíos no pagan las consecuencias de haberlas difundido. La demonización hacia los judíos es gratuita.

VAYARE’U OTANU

Nada de esto es nuevo. La Torá lo documentó desde el primer caso, cuando Israel recién nacía como pueblo y sin que hubiera hecho nada para merecerlo.

En nuestra parashá, Ki Tabo, cuando el campesino lleva las primicias al Bet-HaMiqdash recita la historia nacional desde sus comienzos en Egipto, y entonces dice:

וַיָּרֵעוּ אֹתָנוּ הַמִּצְרִים

Las traducciones convencionales dicen: “los egipcios nos hicieron mal”. Pero para decir “nos hicieron mal” la Torá tenía que haber escrito vayare’u lanu. El texto cuidadosamente dice vayare’u otanu: “nos hicieron malos”. “Hablaron mal de nosotros” = Nos demonizaron.

El Faraón instaló la imagen negativa: son muy numerosos, muy poderosos, se llevaron nuestro dinero, y si viene una guerra se van a unir a nuestros enemigos. Ningún hecho, ninguna evidencia, ninguna justificación para estas mentiras: pura tiranía verbal.

ATAQUE CONTRA DIOS

Las causas de la demonización no dependen de lo que hagamos o dejemos de hacer. Creo que tienen que ver con algo más profundo: que somos los recipientes de la bendición Divina.

Pensemos por un momento en el profundo trauma del antisemita. Abre sus propias Escrituras y encuentra que el Dios en el que dice creer eligió bendecir al pueblo judío. Levanta la vista de la página y ve que esa bendición se está cumpliendo delante de sus ojos: un país diminuto que vence una guerra en siete frentes — guerras que, según toda lógica militar, debería perder. Que prospera en Medio Oriente mientras los países que lo rodean, con más territorio, más población y más petróleo, fracasan. Ve una moneda judía que es la más fuerte del mundo, la bolsa judía subiendo, y todo esto en plena guerra, un ejército que asombra al mundo, una población que no deja de crecer, una inteligencia que produce más ciencia por habitante que ninguna otra nación.

Nada de eso debería estar pasando. Israel debería estar tan mal o peor que otros países en guerra, como Siria, Irán o Ucrania. Y sin embargo Israel prospera, mes tras mes, año tras año. Ese es el trauma insoportable del antisemita: la evidencia. Y como no puede negar la evidencia, solo le queda reinterpretarla. Convierte nuestra supervivencia en conspiración, nuestra defensa en genocidio, nuestra fortaleza en poder satánico y nuestros logros en una forma de dominación. La demonización funciona como un mecanismo de alivio psicológico: le permite al antisemita contemplar la bendición sin tener que reconocerla como milagrosa. Es el analgésico del que no soporta ver el favor de Dios hacia Israel.

El campesino judío que traía los Bikurim al Bet-HaMiqdash entendía esto. Recitaba los hechos — la calumnia de Egipto incluida — y después rezaba para que Dios continuara bendiciendo al pueblo judío y a la tierra de Israel, aunque sabía que esa bendición iba a provocar a los que nos envidian:

הַשְׁקִיפָה מִמְּעוֹן קָדְשְׁךָ מִן־הַשָּׁמַיִם וּבָרֵךְ אֶת־עַמְּךָ אֶת־יִשְׂרָאֵל וְאֵת הָאֲדָמָה אֲשֶׁר נָתַתָּה לָנוּ כַּאֲשֶׁר נִשְׁבַּעְתָּ לַאֲבֹתֵינוּ אֶרֶץ זָבַת חָלָב וּדְבָשׁ

“Observa [protégenos] desde Tu santa morada, desde los cielos, y sigue bendiciendo a Tu pueblo Israel y a la tierra que nos has dado, como juraste a nuestros padres — una tierra que mana leche y miel.”

El campesino judío no pide venganza. ¡Pide Su protección y Su bendición!

La demonización antisemita — y particularmente anti-israel o anti-sionista — es el precio a pagar por ser recipientes de la bendición de Dios.




KI TETSÉ: ¿Esperar o no esperar al Mashíaj?

LA TIENDA VACÍA

La Haftará de esta semana, Roní Aqará (Yeshayahu 54), presenta una imagen extraordinaria de la redención, la Gueulá. El profeta se dirige a Yerushalayim, que durante el exilio que siguió a la destrucción del Bet Hamiqdash había quedado desolada, como una madre que de pronto se queda en su tienda —en su casa— sola, sin sus hijos. Pero ahora —le dice Yeshayahu a Yerushalayim— ¡todo está por cambiar! Tus hijos van a regresar, y serán tantos que vas a necesitar hacer algunas reformas en la casa: “Harjibi meqom aholej”, “ensancha el espacio de tu tienda”. Es decir: saca las estacas, ubícalas mucho más lejos unas de otras, agranda tu casa y extiende sus límites, que ya llegan…

El profeta le da esa instrucción, pero nadie regresa… La pobre mujer sigue sin hijos; la ciudad está totalmente vacía y desolada y, ahora, completamente desilusionada. Pero Yeshayahu le dice: al tajsoji, “No achiques tu tienda”. No pierdas la esperanza de que tus hijos algún día regresen. Yeshayahu sabe que, después de una pérdida, la tentación es hacerse chiquito: achicar la carpa, no ilusionarse, no arriesgar de más, no alimentar falsas expectativas. El profeta le pide, en nombre de Boré Olam, que prepare una casa más grande y espere. Sus hijos “ya” regresarán. En multitudes. Pero ese “ya” tuvo que esperar mucho tiempo para hacerse realidad.

Durante siglos leímos esta profecía como una utopía, un sueño más allá de los sueños. Los judíos rezábamos para regresar a Sión, dispersos por todo el mundo.

Pero finalmente nuestras tefilot fueron respondidas: tenemos nuevamente nuestro Estado de Israel, la tienda extendida que profetizó Yeshayahu.

Muchas olas de Aliá fueron provocadas por circunstancias terribles: pogroms, persecuciones, antisemitismo, guerras. Millones de judíos llegaron a Israel porque ya no podían permanecer donde estaban. No fue una elección: alguien o algo los perseguía y los empujaba —¡los expulsaba!— hacia Israel.

REGRESAR POR ELECCIÓN

Pero existe también otra clase de Aliá, mucho más meritoria: la Aliá por elección. Cuando un Yehudí no se escapa a Israel, sino que se dirige a Israel. Cuando deja voluntariamente una vida buena y estable porque quiere y desea que Medinat Israel sea su hogar y el de sus hijos.

Esta clase de Aliá —la Aliá por convicción y no por conveniencia— es la que experimentamos en mi comunidad hace un par de semanas. ¡Un grupo de siete familias, con sus hijos, hizo Aliá a Israel! Conozco a estas familias a la perfección: son mis congregantes, mis alumnos, mis amigos. Todos ellos son profesionales o empresarios exitosos que viven en Great Neck —los famosos suburbios de Nueva York—, en mansiones que no tienen nada que envidiarles a una casa en Olivos, Punta del Este o Lomas. Tienen sus familias formadas aquí, muy buenas escuelas, trabajos estables y una extraordinaria vida comunitaria.

Como buenos sefaradíes, el valor y la importancia de la familia son supremos. El dolor de alejarse físicamente de sus hermanos y de sus padres —y llevarse a sus nietos— ha sido el aspecto más difícil, doloroso y desgarrador de todo este proceso. Pero cuando la convicción es tan grande, uno siente que está haciendo enormes sacrificios y que BE”H está preparando el camino para que algún día el resto de la familia llegue a Israel. Y cuando eso suceda, les resultará más fácil integrarse teniendo un familiar ya establecido allá.

Pagando el altísimo precio de sacrificar comodidad y confort, y enfrentar el desarraigo, estas jóvenes familias de nuestra comunidad decidieron convertirse en la profecía de Yeshayahu y regresar a la tienda extendida de Israel. Eligieron Raanana: una ciudad hermosa, con muy buenas escuelas para sus hijos y servicios de salud de primer nivel. Allí van a empezar a construir su futuro.

¿CÓMO EMPEZÓ TODO?

Creo que el comienzo de este despertar llegó, irónicamente, a partir del 7 de octubre, cuando comenzó la guerra —que aún no terminó—. Fuimos testigos de un despertar religioso entre la gente menos religiosa y de un despertar sionista entre la gente ya religiosa. La decisión fue madurando en el corazón. Pero, claro, desde el corazón hasta la acción hay una enorme distancia.

Y entonces llegó Golán.

Me refiero al coronel (aluf mishné) Golán Vach, comandante de la Unidad Nacional de Rescate del Ejército de Israel —el hombre que dirigió las delegaciones israelíes que rescataron con vida a personas de los escombros en México, Haití y Turquía, y en el derrumbe de Surfside, en Miami—. En 2024, en plena guerra de Gaza, lo invitamos a visitar nuestra comunidad. Iba a hablar de la guerra, y habló de la guerra y de todo lo increíble que hizo allá, que es tema para horas de conversación.

Golán Vach es, además, un hombre religioso, muy espiritual y amante de Israel hasta la última fibra. Y se le ocurrió organizar una Habdalá musical. Jordan Karmeli, un joven padre de seis hijas, que nunca había visto a Golán hasta ese momento, ofreció su casa. Invitó a último momento a varias parejas de amigos: unas quince o veinte parejas jóvenes que llenaron la casa para esa Habdalá improvisada, junto a un héroe de Israel reconocido en el mundo entero.

Lo que ocurrió esa noche, de la que participé, no lo puedo describir con palabras. Pero voy a tratar.

Poco a poco fuimos descubriendo aspectos de Golán que no conocíamos. Primero, que además de coronel del ejército de Israel y experto internacional en rescate en zonas de terremotos y otros desastres naturales, es compositor: toca la guitarra y le canta canciones a Boré Olam. Todos decían lo mismo: es como David Hamélej —militar, poeta y músico—. Empezó con su hermosa Habdalá de Carlebach. Pero después comenzó a cantar y a enseñarnos canciones nuevas, sobre Israel, sobre Tehilim, algunas compuestas por él. Y cada una venía acompañada de una historia que nos sacudía hasta lo más profundo.

Esa noche parecía que uno estaba en una película. O en un trance. Estuvimos, creo, unas tres horas; era tarde y los padres jóvenes tienen hijos pequeños. Pero nadie se quería ir. Entre canción y canción, Golán hablaba de Israel: de las profecías que se están cumpliendo, de cómo Israel está creciendo a pesar de la guerra, del increíble Jésed que está teniendo lugar allá, de las victorias bíblicas del ejército de HaShem y de los milagros que él mismo presenció.

Y mientras hablaba —sin reprocharle a nadie no estar en Israel— algo empezaba a moverse en el corazón de todos los presentes. Era como si se escuchara en el aire la misma voz que le dijo “Lej Lejá” (“ve a la tierra que te mostraré”) a Abraham Abinu.

Creo que esa noche todas las parejas jóvenes que estaban en esa casa decidieron, en su corazón, hacer Aliá. Fue como una inspiración bíblica, imposible de ignorar: como cuando Saúl mandó mensajeros a buscar a David y, al llegar donde estaban los profetas, los mensajeros empezaron a profetizar ellos también; mandó un segundo grupo, y les pasó lo mismo; mandó un tercero, y lo mismo; hasta que fue él en persona, y también él profetizó (1 Samuel 19:20-24). Era algo contagioso. No lo puedo explicar racionalmente.

Después, Golán nos contó que hacía más de treinta años su padre, Shalom Vach, había fundado en Francia una organización dedicada a un tipo muy particular de Aliá: la Aliá en grupo. No familias sueltas, sino grupos de familias que hacen Aliá juntas y son recibidas por una comunidad que las espera. Golán tomó ese modelo francés y lo abrió al mundo de habla hispana y a los británicos con una nueva organización que llamó “ISRAELA” (Israelah, con la letra hebrea hé de dirección = “hacia Israel”). Por esa organización ya hicieron Aliá unas 2.200 familias, y lo más impresionante es que el 98% se quedaron en Israel.

Y esa misma noche invitó a las parejas que quisieran a viajar a Israel por una semana, con los gastos de estadía cubiertos.

Así empezó. Y lo demás es historia.

Yo nunca pensé que esto iba a ocurrir. Porque —como dije— son familias que “están muy bien”, en una situación económica muy buena. Y Great Neck es uno de los lugares con mayor porcentaje de población judía de todo EEUU; un lugar donde, cuando uno camina por aquí, ve que el 90% de las casas tienen mezuzá. Un lugar donde no falta absolutamente nada para una vida judía plena. Nada. Excepto todo: Israel.

TRES IDEAS QUE ME QUEDARON GRABADAS

Cuando estas jóvenes familias se despidieron, los maridos dieron un Debar Torá en Seudá Shelishit y, directa o indirectamente, explicaron qué los llevó a tomar esta decisión.

Voy a repetir algunas de estas ideas con mis propias palabras.

“Las mitsvot que solo existen allá”

Hay 613 mitsvot en la Torá. Hoy solo podemos cumplir 297: 316 quedaron fuera de servicio —la enorme mayoría— porque no tenemos Bet Hamiqdash: todo el orden de los qorbanot, el servicio de los kohanim, las leyes de tumá y tahará, etc.

Y de esas 297 que sí podemos cumplir, hay 26 que solo se pueden cumplir en la tierra de Israel: las mitsvot hateluyot baárets —terumot, maasrot, jalá, peá, léquet, shijejá, orlá, kilé hakérem, shemitá.

Esas 26 mitsvot no son “difíciles” de cumplir en Great Neck. Sencillamente no existen fuera de Israel. Un hombre con un jardín pequeño en Raanana puede cumplir mitsvot de la Torá que ningún judío de Nueva York puede cumplir, por más rico, más observante y más estudioso que sea.

Pero hay algo más: lo más importante. Rashí explica que todas las mitsvot que cumplimos en el exilio son para practicar, señales para el camino de regreso:

וְשַׂמְתֶּם אֶת־דְּבָרַי — אַף לְאַחַר שֶׁתִּגְלוּ הֱיוּ מְצֻיָּנִים בַּמִּצְווֹת, הַנִּיחוּ תְּפִלִּין, עֲשׂוּ מְזוּזוֹת, כְּדֵי שֶׁלֹּא יִהְיוּ לָכֶם חֲדָשִׁים כְּשֶׁתַּחְזְרוּ. וְכֵן הוּא אוֹמֵר (ירמיהו ל”א): הַצִּיבִי לָךְ צִיֻּנִים.

“Vesamtem et debaray” — Aun después de que sean exiliados, sigan distinguiéndose con las mitsvot: pónganse tefilín, hagan mezuzot, para que no les resulten nuevas cuando regresen. Y así dice Yirmeyahu (31): hatsibí laj tsiyunim, “ponete señales en el camino”.

El Rambán lleva esta idea hasta el final.

כִּי עִיקַּר כָּל הַמִּצְוֹת לַיּוֹשְׁבִים בְּאֶרֶץ ה׳

“Porque el cumplimiento esencial de todas las mitsvot es para los que habitan en la tierra de HaShem.” (Rambán, Vayiqrá 18:25)

Fuera de Israel seguimos plenamente obligados a cumplir las mitsvot —tefilín, mezuzá, Shabbat—, pero su lugar propio, el lugar donde alcanzan su sentido completo, es Erets Israel. El Yehudí en el exilio es una flor en un invernadero. El bosque, el campo natural de esa flor, es la tierra de Israel.

Quiero ir a Israel porque es el lugar natural donde todas las mitsvot se pueden cumplir como el Todopoderoso quiso que se cumplieran.

¿Rezar o hacer?

Tres veces por día pedimos a HaShem que nos reúna “que nuestros ojos vean Tu regreso a Tsión”.

Pero rezar sin hacer nada es como pedirle a HaShem parnasá (sustento) en Barejenu y no esforzarse por trabajar. Nosotros rezamos para que HaShem corone nuestros esfuerzos, no para reemplazarlos. Cuando decimos refaenu (cúranos de nuestras enfermedades), no estamos rezando en lugar de ir al médico: rezamos y hacemos todo lo que está en nuestras manos (hishtadlut) para curarnos. Si solo rezamos y no vamos al médico, ¡somos culpables de lo que nos pase!

¿Qué diferencia hay, entonces, entre rezar por sustento y salud y rezar por la Gueulá?

Todos los días le pedimos a HaShem en teqá beshofar gadol lejerutenu: “reúnenos desde los cuatro extremos de la tierra”. ¡HaShem ya ha escuchado nuestras plegarias y nos ha concedido nuestra petición! Las puertas están abiertas y se puede volver a Israel.

Seguir rezando por lo que ya me fue concedido, sin hacer nada al respecto, no es rezar: es postergar.

Quiero ir a vivir a Israel porque HaShem ya respondió a nuestras palabras. Ahora me toca a mí hacer mi parte.

¿Actuar o esperar al Mashíaj?

El gran mérito de ir a Israel, como el de cualquier otra mitsvá, es la bejirá hofshit: la libertad de elección. Y cuanto más le cuesta a uno, más mérito tiene esa elección. Si alguien me obligara —o me pagara— a ir al minyán todas las mañanas, no sería lo mismo que si yo eligiera ir al Minyán. Y si para ir al minyán tengo que sacrificar mi comodidad, porque duermo un poco menos, o pierdo algo de mi sustento, porque trabajo un poco menos, más mérito tiene todavía. Cuanto más sacrificio hay en elegir hacer una mitsvá, mayor es el mérito de cumplirla. Es lo que dice Ben He He en Pirqué Abot (5:23): lefum tsaará agrá, “según el esfuerzo, la recompensa”.

Yo quiero ir a Israel por propia elección. Por convicción. Aunque me cueste. No quiero irme porque algún día pueda ser peligroso quedarme en Great Neck. No quiero escapar de donde vivo porque no puedo pagar el seguro médico y allá es gratis. Porque en ese caso no sería mi elección: sería mi conveniencia.

El Rab Yehudá haLevi (1075-1141), en su famoso libro “El Cuzarí”, formula una advertencia muy dura y vergonzosa para los judíos que podían, pero no querían, regresar a Israel. El rey de los Cazares le pregunta al Rabino: ¿Qué sucedió en los tiempos del Segundo Templo, cuando los judíos le rezaban a Dios para que los regresara a Israel, y cuando esto fue posible, en los tiempos de Ciro (o de Ajashverosh Y.B.), los judíos optaron por permanecer en el exilio, “pero [irónicamente] seguían rezando para que Dios los regresara a Sión”?

La respuesta del Cuzarí a esta actitud de los Yehudim fue muy dura:

“Este pecado, el no haber regresado a la tierra de Israel [cuando tuvimos la oportunidad], es lo que impidió completar el plan Divino en el Segundo Templo. El profeta Zejariá anticipó que todos los judíos regresarían: ‘Canta y alégrate, hija de Sión’ [que Dios está nuevamente en Su tierra, Zacarías 2:14], y que cuando la mayoría de los judíos estuvieran de regreso en Israel, la SHEJINÁ, la Presencia Divina, y la profecía ¡regresarían a Israel! Se esperaba que los Yehudim regresaran voluntariamente a su tierra. Pero, increíblemente, esto no sucedió y solo algunos judíos regresaron [los más pobres]. La gran mayoría permaneció en Babilonia [Persia], en un exilio voluntario, ya que no querían separarse de sus asuntos mundanos, de sus mansiones y de sus negocios.”

Esto no puede suceder una segunda vez. Quiero llegar a Israel antes de que llegue el Mashíaj. Quiero ir a Israel por mérito propio, por elección y por amor a Boré Olam.

LA PARTIDA QUE SE CELEBRA

Para quienes quedamos aquí, la partida de estas hermosas familias y sus hijos (52 personas en total) nos provoca sentimientos encontrados. Los vamos a extrañar y, aunque nuestra comunidad sea de 1.200 familias, ¡su ausencia se va a notar! Pero, al mismo tiempo, sentimos orgullo y alegría de que estén ahora en la tienda de Yeshayahu. Es la única despedida que se debe celebrar. Porque están abriendo camino para los que quieran llegar allá algún día —por elección, o incluso por la fuerza—.

A estas siete familias, y a todos los que regresan a la tierra de nuestros patriarcas, les deseamos que HaShem los acompañe en este enorme paso, que su adaptación sea fácil, que encuentren en Israel un verdadero hogar y que sus hijos y nietos crezcan profundamente conectados con Am Israel y Erets Israel.

“Harjibi meqom aholej”. Agrandá tu tienda, Israel. Tus hijos están regresando a casa. Por voluntad propia.




KI TETSE: El pecado de la postergación

Escondida entre las setenta y cuatro mitsvot de Ki Tetsé —la Parashá con más preceptos de toda la Torá— hay una que casi nunca se lee como lo que es:

כִּי־תִדֹּר נֶדֶר לַה’ אֱלֹהֶיךָ לֹא תְאַחֵר לְשַׁלְּמוֹ, כִּי־דָרֹשׁ יִדְרְשֶׁנּוּ ה’ אֱלֹהֶיךָ מֵעִמָּךְ וְהָיָה בְךָ חֵטְא

“Cuando hagas una promesa a HaShem tu Dios, no demores en cumplirla, porque HaShem tu Dios te la va a reclamar, y habrá en ti pecado.” (Debarim 23:22)

La Torá está hablando de nedarim, de promesas. Pero fijémonos dónde pone exactamente el pecado. No dice: “si no cumplís, pecaste”. Dice lo teajer — no demores. La demora misma es la transgresión. Hay una prohibición explícita de la Torá contra postergar.

Esto merece que nos detengamos un segundo. Nosotros hablamos de la postergación como si fuera un defecto de carácter: un problema de organización, de disciplina, de personalidad. Algo que se arregla con una app o con una lista. La Torá, por lo menos cuando se trata de una promesa, no la trata así. La trata como una falta. Una transgresión.

LA MISMA TÉCNICA, EN LA DIRECCIÓN CONTRARIA

Y acá aparece algo fascinante, porque hay otro lugar en esta misma Parashá donde la Torá hace exactamente lo opuesto: obliga a postergar.

Es la ley del soldado y la mujer cautiva, con la que empieza Ki Tetsé. Rashí explica: lo dibberá Torá ela kenegued yétser hará —la Torá no habló sino frente a la inclinación al mal. La Torá está atenta al estado mental de un soldado en pleno campo de batalla y sabe que, frente a un impulso extremadamente poderoso, un “NO” absoluto quizás no sea suficiente. Entonces introduce una demora. “Sí. Pero ahora no”. Antes de poder casarse con esa mujer, el soldado debe llevarla a su casa y atravesar todo el proceso que la Torá establece. Para entonces, el impulso inicial puede haberse enfriado.

Hoy llamaríamos a esta técnica delayed gratification: gratificación postergada. En lugar de enfrentar frontalmente un deseo intenso, uno posterga su satisfacción. El impulso escucha “sí”, baja la guardia y deja de pelear con la misma intensidad. Y mañana, si hace falta, volvemos a postergar.

O sea que, según Rashí, la postergación puede convertirse en un arma contra el impulso de hacer lo que no corresponde.

El problema es que el yétser hará también conoce esta técnica. Y la utiliza exactamente en la dirección contraria: nos ayuda a postergar todo lo bueno que queremos hacer.

CÓMO FUNCIONA LA TRAMPA

Postergar un proyecto positivo y saludable, que sabemos que es necesario para mejorar nuestras vidas, es una de las trampas psicológicas más comunes que nos tendemos a nosotros mismos. Pensemos en alguien que sabe que tiene que bajar de peso. En lugar de empezar la dieta YA, la posterga semana tras semana. Nunca le dice “NO” a la dieta. Se dice a sí mismo: “¡Sí a la dieta! Pero no hoy, frente a este delicioso postre. Empiezo mañana”.

Para nuestras metas espirituales la trampa es idéntica. Llega Elul, se acerca Rosh HaShaná, y tomamos resoluciones: “Este año voy a estudiar Torá una hora todos los días”. Pero el proyecto se nos hace un poco difícil y, día a día, lo postergamos. “Claro que voy a estudiar Torá, pero todavía no”. Obsérvese que no renunciamos al proyecto por completo. Nos decimos, con esa voz interna y defensora que los Sabios llamaron yétser hará, que solo lo estamos retrasando “momentáneamente”, hasta encontrar un mejor momento. “Ahora estoy muy ocupado, el trabajo está difícil… cuando las cosas mejoren, lo hago”.

¿Y por qué no renunciamos directamente? Porque si renunciamos categóricamente nos vamos a sentir tremendamente culpables. En cambio, al postergarlo “hasta que las cosas mejoren”, nos resulta mucho menos traumático. Casi sin darnos cuenta, el proyecto muere. ¿Causa del fallecimiento? Muerte por postergación.

Ese es el punto exacto del pasuq. La Torá no espera a que la promesa muera para considerar que hubo una transgresión. La considera una falta mientras la promesa todavía está viva, pero nosotros demoramos en cumplirla. Lo teajer. La demora es la falta.

Y quizás por eso la postergación es tan difícil de detectar: nunca se presenta como una decisión. No nos dice: “No lo hagas”. Al contrario: nos asegura que sí lo vamos a hacer. Solamente agrega dos palabras: “ahora no”. Y justamente por eso suena tan razonable, tan inocente, tan parecida a nuestra propia voz.

Esta mañana me tengo que levantar muy temprano para Selijot, y mi cuerpo me dice que quiere seguir en la cama. Mi imaginación me ofrece la solución de siempre: “Quedate hoy, y vamos a Selijot a partir de mañana”. Y mañana va a decir exactamente lo mismo.

Pero ahora podemos usar contra el yétser hará su propia herramienta. Cuando el cuerpo pide quedarse, uno le dice: “Sí. Está bien, nos quedamos en la cama… pero no hoy. Mañana. Hoy vamos a Selijot”.

Estamos en Elul. Es el mes en que hacemos cuentas. Y hay una cuenta que casi nunca hacemos: no la de lo que hicimos mal, sino la de todo lo bueno que decidimos hacer, que nunca cancelamos y que sigue esperando.

Quizás este Elul sea el momento de revisar esa lista invisible: el libro que íbamos a estudiar, la clase a la que íbamos a asistir, la persona a la que íbamos a pedir perdón, la mitsvá que queríamos empezar a cumplir, el cambio que sabemos que tenemos que hacer.

Porque a veces el yétser hará no necesita convencernos de hacer algo malo. Le alcanza con convencernos de hacer lo bueno mañana.

Lo teajer. No demores.




Maimónides y Lord Voldemort

La Torá dedica tres capítulos enteros a un hechicero pagano, contratado por el rey de Moab para maldecir a Israel con sus hechizos. Aparentemente es una prueba de que la adivinación y la hechicería existen y funcionan…

Pero la clave para entender lo que la Torá piensa de este individuo radica en cómo el texto se refiere a él. Contrario a la opinión popular, la Torá y nuestros Sabios no llamaron a Bil’am profeta, sino “Bil’am hijo de Beor, el hechicero (o adivino).” En el libro de Yehoshúa (13:22) se usa la palabra hebrea qosem — que es el mismo término que aparece en la lista de prácticas ocultas de adivinación que presenta la Parashá de esta semana (Debarim 18:10). Y los Sabios lo dicen explícitamente en el Talmud (Sanhedrín 106a): Bil’am qosem hayá, “era un hechicero.”

Para Maimónides, Bil’am era como el personaje de Voldemort en Harry Potter: el mago oscuro más temido de su mundo, el nombre que todos pronunciaban con miedo, el hechicero al que se le atribuía el poder de maldecir y destruir con palabras. Con una diferencia fundamental: Voldemort es un personaje de ficción en un mundo de ficción ¡donde la magia funciona! Bil’am era un personaje real en un mundo real, donde la magia no funciona. Su reputación era la de Voldemort; su “poder”, el de cualquier ilusionista y manipulador. Su oficio, su fama internacional y los honorarios que Balaq estaba dispuesto a pagarle pertenecían a la industria del engaño y el ilusionismo que acabamos de describir. Y Balaq era el cliente perfecto: un rey aterrado, dispuesto a pagar cualquier precio para intentar destruir a Israel.

¿Y entonces, cómo se explica que sus palabras se cumplieran? Maimónides lo responde en la Guía de los Perplejos (Moré Nebujim, II:45). La Torá dice: “Vayásem HaShem dabar befí Bilam” — “Y HaShem puso las palabras en la boca de Bilam” (Bamidbar 23:5). El texto bíblico no dice que HaShem se le reveló a Bilam, ni que Bilam vio o entendió nada. Dice que le puso palabras en la boca. Los trucos y el ilusionismo de Bilam no produjeron absolutamente nada: HaShem lo utilizó como instrumento, a pesar de sus artes, no gracias a ellas.

Y el mensaje sutil pero claro para los que leen con atención la Torá, lo pronuncia el propio Bil’am, en medio de su bendición forzada: “Ki lo nájash beYaaqob veló qésem beYisrael” — “[ahora me doy cuenta, dice Bil’am] que no hay magia en Yaaqob ni hechicería en Israel” (Bamidbar 23:23). El hechicero más famoso del mundo antiguo, contratado por una fortuna para maldecir a Israel, ¡termina anunciando públicamente que su propio oficio no funciona! La Torá no necesitó un sermón contra la industria de la adivinación: citó al hechicero más prestigioso del mercado, quien confesó que su producto no existía.




SHOFETIM: ¿Cuánto me cobrás por adivinarme el futuro?

LOS DOS DESEOS

Hay dos cosas que el ser humano siempre quiso y nunca pudo tener. La primera es saber qué pasará en el futuro. La segunda es controlarlo. Y alrededor de esos dos deseos —o ansiedades— se construyó, desde la antigüedad, una industria entera: los embusteros que decían que podían ver el futuro, y los que vendían soluciones que supuestamente lo modificaban.

Nuestra parashá se ocupa de ambas cosas. Y lo hace con una lista. La Torá no se limita a una advertencia general: enumera una práctica tras otra. “No se hallará entre ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique la adivinación, ni agorero, ni el que interprete señales, ni hechicero, ni encantador, ni quien consulte espíritus, ni adivino, ni quien pregunte a los muertos” (Debarim 18:10–11). El primer elemento de la lista sorprende: pasar a un hijo por el fuego no parece un acto de adivinación. ¿Qué hace encabezando una lista de adivinos y hechiceros? Maimónides lo explica en la Guía de los Perplejos (III:37), y su explicación es una radiografía de cómo funcionaba este mecanismo. Los promotores de este culto difundían una amenaza aterradora: si un padre no pasaba a su hijo por el fuego, ese hijo moriría. Era corrupción religiosa en su forma más brutal: fabricar miedo y luego presentarse como el dueño de la solución. Un padre no sometía a su hijo a ese ritual necesariamente por fanatismo pagano. Lo hacía por miedo, para salvarlo. La práctica más monstruosa de toda la lista no nacía entonces del deseo de saber el futuro, sino del otro deseo: el de controlarlo. Era el caso extremo del amuleto. Habían descubierto que el miedo de un padre por su hijo es una de las fuerzas más fáciles de explotar. Y la lógica que aparece después se repite una y otra vez: identificar el miedo de una persona y ofrecerle una solución que nadie puede comprobar.

NO ES PELIGROSO. ES MENTIRA

Mucha gente piensa que estas prácticas estaban prohibidas porque se consideraban “peligrosas”. Que era magia negra, que funcionaba, que tenía un poder real y que ese poder provenía de un lugar oscuro del que convenía mantenerse alejado. Maimónides dice exactamente lo contrario, y lo dice sin ninguna diplomacia. En el Mishné Torá, en las leyes de Abodá Zará (capítulo 11), después de describir una por una estas prácticas, se escribe que “todas estas prácticas son mentira y falsedad”. Y agrega que quien cree en ellas, y piensa que son verdaderas y sabias pero que la Torá las prohibió de todos modos, “no es más que un tonto, falto de entendimiento”.

Para Maimónides, el adivino pagano no era un enemigo espiritual con poderes oscuros. No había ahí un poder que viniera del lado equivocado: no había ningún poder. Y cuando uno entiende eso, el tema deja de ser sobrenatural y se vuelve profundamente humano. El adivino era un embustero del peor tipo porque se aprovechaba precisamente de los momentos de mayor vulnerabilidad: un diagnóstico que asusta, un matrimonio que se está cayendo, un negocio que se hunde, un hijo que está perdido. Aparecía cuando alguien estaba dispuesto a creer cualquier cosa y a pagar cualquier precio por recuperar la esperanza. Lo que vendía no era información sobre el futuro. Vendía una falsa esperanza a alguien que desesperadamente necesitaba una verdadera.

CÓMO SE HACÍA EL TRUCO

Conviene entender de dónde proviene la impresión de que el adivino “acertaba”. Hay gente con un talento natural enorme para leer a otra persona: observar una cara, detectar un gesto que dura una fracción de segundo, notar dónde se le corta la respiración a alguien, escuchar cómo cambia el tono de voz cuando se menciona un tema. Esa habilidad existe y es real, pero no tiene nada de sobrenatural. También la tienen los buenos vendedores y los buenos jugadores de póker. Y a eso se le suma la sugestión. El que leía las manos, las cartas o el fondo de una taza no necesitaba decir nada preciso. Le alcanzaba con frases amplias, que pueden aplicarse a muchísima gente: “Veo un problema con alguien cercano”, “Hay algo del pasado que quedó sin cerrar”, “Veo un cambio grande que se viene”. El que escuchaba completaba los espacios en blanco con su propia vida. Después recordaba los “aciertos” del adivino y se olvidaba de todo lo que no había acertado. El trabajo lo hacía la víctima, no el adivino.

En 1949, el psicólogo Bertram Forer demostró experimentalmente algo muy similar. A 39 estudiantes se les dio un supuesto análisis personalizado de su personalidad. En realidad, todos recibieron exactamente el mismo texto, compuesto principalmente por frases tomadas de un libro de astrología: afirmaciones lo suficientemente generales como para que casi cualquiera pudiera reconocerse en ellas. Los estudiantes quedaron impresionados con la supuesta precisión del análisis. Solo más tarde, Forer les informó que todos habían obtenido el mismo resultado. Este fenómeno se conoce hoy como efecto Forer o efecto Barnum: nuestra tendencia a interpretar afirmaciones vagas y generales como si describieran específicamente nuestra vida. Para un adivino, esa tendencia humana ¡es oro puro!

LOS AMULETOS

El segundo deseo, el de controlar el futuro, tenía su propio mercado: los amuletos, los objetos con “poder”, los remedios metafísicos. Y acá Maimónides es todavía más duro, porque ya no habla de los paganos de Canaán. Habla de una práctica que existió entre Yehudim y que, afortunadamente, ya desapareció: en aquellos tiempos, algunos embusteros escribían dentro del pergamino de la mezuzá nombres de ángeles y supuestos nombres sagrados, para reforzar la “protección” de la casa. Maimónides dice que esa gente está entre quienes no tienen parte en el mundo venidero. Y explica por qué: “No les alcanza con haber anulado la mitsvá [la mezuzá queda pesulá, invalidada], sino que convierten una gran mitsvá —que expresa la unidad del Nombre del Santo, bendito sea, el amor a Él y Su servicio— en un amuleto para su propio provecho, porque piensan en su necedad que esto les servirá para las vanidades de este mundo”.

En el mismo capítulo 11 de Abodá Zará se dice algo parecido sobre el uso de versículos de la Torá para curar el cuerpo: quien hace eso está entre los que niegan la Torá, porque convierte las palabras de la Torá en un remedio para el cuerpo, cuando son un remedio para el alma. La lógica de Maimónides es siempre la misma. La mezuzá no es un seguro contra robos. Y en el momento en que una mitsvá se convierte en un truco para conseguir algo, deja de ser una mitsvá y se transforma en un amuleto de paganos.

EL SOÑADOR DE SUEÑOS QUE VISITÓ MI COMUNIDAD

Creo que nunca antes escribí sobre esto, entre otras cosas, para proteger la dignidad de las personas involucradas. Por eso voy a ser deliberadamente impreciso con los detalles. Hace unos veinte años apareció en mi comunidad en NY un hombre que venía de Israel y que se presentaba como víctima de múltiples tragedias: su casa, decía, se había quemado, mostraba fotos de niños con las manos vendadas y, para colmo, uno de sus siete hijos estaba enfermo de cáncer. Necesitaba dinero imperiosamente.

Justo en esos días, nuestra comunidad atravesaba una tragedia enorme: un hombre joven, padre de varios hijos, acababa de morir de cáncer. El hombre que llegó de Israel empezó a asistir al Minyan en el que estábamos conmemorando la semana de duelo por el fallecido. A los dos días, el hijo adolescente del fallecido —un joven de unos quince años, completamente devastado, con los ojos rojos de llorar y de no dormir— vino a verme a mi oficina, llorando desconsoladamente. Y me dijo que yo tenía que ayudar al hombre que había venido de Israel. Le pregunté: ¿Qué tienes que ver tú con ese hombre? Entonces me contó. Esa mañana, después de la Tefilá, el hombre se le había acercado y le había dicho que la noche anterior había visto a su padre en un sueño. Y que su padre, en el sueño, le pidió que su hijo “lo ayudara a recaudar fondos para su familia”. El hombre le aclaró, además, que no quería hablar con nadie más: tenía que ser él quien se encargara de conseguir esos fondos.

Ahí estaba, frente a mí, un adolescente absolutamente vulnerable, que acababa de enterrar a su padre, que daría cualquier cosa por escucharlo una vez más, rogándome que ayudara a un hombre que le aseguró haber soñado con su padre. No hay pensamiento crítico posible a esa edad y en esas circunstancias. Y el hombre lo sabía perfectamente. Por eso eligió a ese chico y no a otro. A mí me daba mucho dolor el abuso que estaba viendo. Pero no podía explicárselo a un joven en pleno duelo: no me iba a creer y, encima, iba a sufrir más. Entonces se me ocurrió un plan.

Me acerqué al hombre y le dije que lo iba a ayudar “en todo lo que necesitara”, y que viniera a mi oficina. Vino, con el joven presente. Le dije: “Dime qué necesitas, que yo te voy a ayudar”. Me dijo: “Necesito dinero para pagar unos medicamentos muy caros”. Le pregunté para qué eran los medicamentos. “Mi hijo está enfermo y el remedio no está cubierto por el seguro médico de Israel. Y es muy caro”. Le dije: “Muy bien. Dame el nombre del medicamento. Tenemos médicos que se especializan en cáncer en nuestra comunidad, y te lo voy a conseguir gratis, todas las dosis que necesites”. No le mentí. El hombre entonces dejó de hablar de los medicamentos y me dijo: “Necesito dinero para comida. No tenemos qué comer”. Le dije: “No hay ningún problema. Organizo ahora mismo a unas familias en Israel para que te lleven comida a tu casa. ¿Me das tu dirección?”. No le mentí. Entonces dejó de lado el tema de la comida. “La comida no es el problema principal. Tengo que pagar el alquiler de mi casa. Tengo varios meses de atraso y me quieren echar”. Le dije: “Perfecto. Dame el número de teléfono del propietario. Yo lo llamo ahora mismo y lo arreglo con él para que te pague el alquiler”. No le mentí.

En ese momento su rostro cambió. Ya no era el rostro de alguien que daba lástima. Ahora tenía una expresión de ira. Me preguntó agresivamente: “¿Me vas a dar dinero como me prometiste, o no?”. Le contesté: “Yo te aseguré que te iba a dar todo lo que necesitabas. Medicamentos, comida, alquiler: todo menos efectivo”. El hombre rechazó toda la ayuda que le ofrecí. Solo quería cash. Y cuando vio que no lo iba a conseguir, se levantó y se fue. Nunca lo volvimos a ver.

Este caso, que viví personalmente, fue una vergonzosa escena de abuso: un hombre disfrazado de persona religiosa, que se presentaba como alguien que recibía visiones en sueños, explotando a un joven en su momento de máxima vulnerabilidad, quien acababa de perder a su padre. Para mí fue una lección muy importante, y desde entonces la enseño: Cuando existen dudas sobre un pedido de Tsedaqá, la forma más responsable de ayudar es ofrecer ayuda directa—comida, alquiler, medicamentos—en lugar de entregar efectivo. Así, uno puede ayudar de verdad sin entregar el control de la situación a alguien cuya historia todavía no ha podido verificar.

TAMIM, ¿CON QUIÉN?

Algo más que aprendí de aquella situación es un ángulo diferente del pasuq de nuestra parashá: Tamim tihyé im HaShem Eloqeja. “Íntegro serás con HaShem tu Dios” (Debarim 18:13). La palabra tamim significa íntegro, pero también puede expresar la idea de ser confiado, casi ingenuo (naive, en inglés) —así se usa en el hebreo moderno. Y el pasuq aclara con quién uno puede ser tamim: Im HaShem Eloqeja. Con HaShem tu Dios. 

Con HaShem puedes confiar en tu futuro y en todo lo que Él tiene destinado para ti en tu vida: lo bueno y lo no tan bueno, sabiendo que HaShem a veces nos educa, nos fuerza a crecer con desafíos y pruebas.  Es exactamente lo que Rashi explica sobre este versículo: camina con Él con integridad, espera en Él, no investigues el futuro y todo lo que te venga, acéptalo con simplicidad. La Torá rechaza los canales alternativos de información sobre lo que ocurrirá. Pero hay algo todavía más profundo. La Torá tampoco dice: “No consultes adivinos porque Yo te voy a avisar lo que va a pasar”. No. La Torá nos dice que vamos a caminar sin saber lo que viene. Y que igual vamos a estar bien.

Ese chico que perdió a su padre fue tamim con la persona equivocada. Le creyó a un hombre que le habló de un sueño porque estaba destrozado y porque quería con toda su alma que fuera verdad. La Torá nos pide ser tamim hacia arriba, con HaShem, pero no ingenuos hacia los costados. Con HaShem, confianza. Con las personas, prudencia. Y especialmente con quien aparece en nuestros momentos de miedo asegurando que conoce el futuro, interpreta sueños o posee una solución que nadie más tiene: preguntas, verificación y sentido común.

 

La relación con HaShem es y debe ser directa, sin intermediarios. Frente al futuro, lo único que está en mis manos es hacer las cosas bien, con todo mi esfuerzo, rezar para que HaShem me ayude y dejar el resultado en Sus manos. Esto es exactamente lo que significa Tamim tihyé im HaShem Eloqeja.    

La Torá no nos promete adivinos para  saber qué ocurrirá mañana. Nos pide algo mucho más difícil: tener el coraje de vivir sin saberlo. No necesitamos comprar certezas, perseguir señales ni buscar a alguien que nos venda una ventana al mañana. Tenemos que hacer nuestro mayor esfuerzo ( hishtadlut), rezar, confiar y aceptar . El futuro pertenece a HaShem. Y no está a la venta.

 

 

 

 

מסכת דרך ארץ רבה, פרק ה

לְעוֹלָם יִהְיוּ כָּל בְּנֵי אָדָם חֲשׁוּבִין לְפָנֶיךָ כְּלִסְטִים, וֶהֱוֵי מְכַבְּדָן כְּרַבָּן גַּמְלִיאֵל.

וּמַעֲשֶׂה בְּרַבִּי יְהוֹשֻׁעַ שֶׁהִשְׁכִּים אֶצְלוֹ אָדָם, וְנָתַן לוֹ אֲכִילָה וּשְׁתִיָּה, וְהֶעֱלָהוּ לַגַּג לִשְׁכַּב, וְנָטַל סֻלָּם מִתַּחְתָּיו.

מֶה עָשָׂה אוֹתוֹ הָאִישׁ? עָמַד בַּחֲצִי הַלַּיְלָה וְנָטַל אֶת הַכֵּלִים וּכְרָכָן בְּטַלִּיתוֹ. וּכְשֶׁבִּקֵּשׁ לֵירֵד, נָפַל מִן הַגַּג וְנִשְׁבְּרָה מַפְרַקְתּוֹ.

לְשַׁחֲרִית הִשְׁכִּים רַבִּי יְהוֹשֻׁעַ וּמְצָאוֹ. אָמַר לוֹ: רֵיקָה, כָּךְ עוֹשִׂין בְּנֵי אָדָם שֶׁכְּמוֹתְךָ? אָמַר לוֹ: רַבִּי, לֹא הָיִיתִי יוֹדֵעַ שֶׁנָּטַלְתָּ אֶת הַסֻּלָּם מִתַּחְתַּי. אָמַר לוֹ: רֵיקָה, אִי אַתָּה יוֹדֵעַ שֶׁמֵּאֶמֶשׁ הָיִינוּ זְהִירִין בְּךָ?

 




REE: El culto a los intermediarios

Gran parte de nuestra parashá, Reé, está dedicada a advertir al pueblo de Israel de que no imite los cultos de los pueblos de Canaán. Para entender esas advertencias, primero hay que comprender cómo funcionaban las religiones paganas.

El pagano creía que los dioses eran seres lejanos, caprichosos y, en general, hostiles a los humanos. Un hombre común no podía dirigirse a ellos directamente: necesitaba intermediarios. Sacerdotes que conocían los secretos del culto. Ídolos y estatuas que “contenían” a la divinidad. Y sobre todo: los muertos. En el mundo pagano contemporáneo del Israel bíblico se creía que los muertos habían cruzado al otro lado, al mundo de los dioses, y que por eso estaban más cerca de ellos que cualquier ser vivo. De ahí el culto a los antepasados fallecidos, las ofrendas y la comida que se llevaban a las tumbas, los oráculos que consultaban a los muertos. En el paganismo, los muertos eran los intermediarios perfectos: el puente hacia los dioses.

Según Maimónides, el objetivo principal de la Torá es la oposición a la Aboda Zará, la idolatría (Moré Nebujim 3:29) — una idolatría que, según el mismo Maimónides, nació como un culto a los intermediarios: la gente comenzó honrando a los “servidores” de Dios, hasta que el intermediario terminó reemplazando a Dios (Hiljot Aboda Zará 1:1–2). Detrás de la adoración de ídolos de piedra y madera, y de todos los rituales paganos, aparece siempre la muerte: los sacrificios humanos, la invocación a los muertos y la sacralización de un sepulcro.

“Ustedes son hijos del Eterno, su Dios”

Frente a ese universo de mediadores muertos, la Torá declara un capítulo después:

“Ustedes son hijos de HaShem, su Dios” (Debarim 14:1).

Banim atem laShem Eloquejem — Con cuatro palabras, la Torá elimina toda la burocracia religiosa del paganismo. Un hijo no necesita pedir audiencia, ni pagar peaje, ni contratar un representante para hablar con su padre. Ningún judío necesita intermediarios para dirigirse a Dios.

Los muertos no te acercan a Dios: te alejan

La Aboda Zará comenzó en el pasado, pero continúa, un poco más sutilmente, hasta el día de hoy. La lógica del paganismo no desapareció; reaparece cada vez que el ser humano siente que necesita intermediarios para llegar a Dios: se glorifica la muerte —o a un muerto— y se lo considera un dios, o un hijo de dios, un intermediario entre el hombre común y un Dios que tiene un solo hijo. El argumento bíblico contra esas creencias es absolutamente sencillo, y emocionante: TODOS somos los hijos de HaShem. No hay un hombre que sea exclusivamente el “hijo de Dios”, ni una persona “mesiánica” que oficie de intermediario: ¡cada uno de nosotros tiene el mismo nivel de cercanía con Dios!

Y Dios ama a Sus hijos. Y como un buen padre, quiere para ellos la vida. La Torá es absolutamente clara en el rechazo a la muerte en todo lo que tiene que ver con la instrucción religiosa. En el judaísmo, la muerte —un muerto, o un sepulcro— no es algo sagrado. Es tamé: lo opuesto a lo sagrado. En el lenguaje de la Torá, “impuro” no significa sucio, sino aquello de lo que hay que alejarse para acercarse a Dios. El mensaje no puede ser más claro: HaShem es el Dios de la vida. Los muertos no te acercan a Él: te alejan de Él.

El Cohen —el hombre consagrado por la Torá al servicio de Dios— tiene prohibido acercarse a un muerto (Vayiqrá 21:1–3). Exactamente al revés que en Egipto, donde los sacerdotes eran especialistas en cadáveres, las pirámides eran tumbas monumentales y el libro más importante de la religión se llamaba, precisamente, el “Libro de los Muertos”.

Y esta impureza no afecta solamente el cuerpo de una persona que en vida fue espiritualmente baja, o poco observante. La tum’á del cadáver humano es proporcional a la grandeza de la vida que ese cuerpo albergó (ver Shulján Aruj, Yoré De’á 372:2; Jatam Sofer, Yoré De’á 338). La impureza relacionada con la muerte es la que nos impide ingresar a los sectores más sagrados de Har HaBayit, el Monte del Templo (Rambam, Hiljot Bet HaBejirá 7:15).

Lo que el paganismo y otras religiones “santifican”, la Torá lo considera impureza. Invocar la intermediación de un muerto es, de hecho —intencional o no intencionalmente—, una grave ofensa, un rechazo a esa relación padre e hijo que HaShem mismo estableció y que Él mismo desea. Es como menospreciar a un padre que ama a sus hijos y quiere que se acerquen a Él, y se comuniquen con Él, directamente.

“Mira, puse delante de ti la vida y la muerte”

Nuestra parashá abre así: “Mira (Reé): pongo hoy delante de ustedes la bendición y la maldición” (Debarim 11:26). Al final del libro de Debarim, en la parashá de Nitsabim, Moshé vuelve a usar la misma palabra con la que abre nuestra parashá:

“Mira (Reé): puse hoy delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal… Elegirás la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Debarim 30:15,19).

Es el eco exacto de nuestro pasuq inicial — y su traducción. Lo que en nuestra parashá se llama “bendición”, allá se llama por su verdadero nombre: vida. Lo que acá se llama “maldición”, allá se llama “muerte”.

Esa es la elección que Reé pone delante de nosotros: una religión de intermediarios o una relación directa con el Dios de la vida — la relación de un hijo con Su padre.

Shabbat Shalom




EQUEB: “Comerás, te saciarás y bendecirás a HaShem tu Dios”

וְאָכַלְתָּ וְשָׂבָעְתָּ וּבֵרַכְתָּ אֶת ה׳ אֱלֹקֶיךָ

Frente a toda esta superabundancia bíblica que disfrutamos hoy, la Torá nos pide una sola cosa: agradecer a Dios. Reconocer que la abundancia viene de Él. Así lo dice el pasuq: cuando estés en la tierra de Israel, “comerás, te saciarás y bendecirás a HaShem tu Dios por la tierra buena que te concedió” (Debarim 8:10).

Literalmente la Torá nos indica “bendecir al Creador”. Pero bendecir a Dios no significa desearle algo a Dios — como cuando bendecimos a una persona pobre o enferma, deseándole que tenga lo que le falta. A Dios no le falta nada. Bendecir a Dios significa RECONOCERLO, IDENTIFICARLO, atribuirle a Él lo que tenemos. Ese reconocimiento es el prerrequisito de todo acto de gratitud. Cuando decimos “Baruj” declaramos que Él es el origen de todo lo que tenemos.

Y este sencillo reconocimiento transforma la experiencia material de comer en un acto espiritual: descubrir al Creador cada vez que nos alimentamos.




EQUEB Vacas Lecheras y Dátiles Medjool

אֶרֶץ זָבַת חָלָב וּדְבָשׁ

 

El Creador te ha concedido “una tierra que mana leche y miel” —

Debarim 11:9

LA PROMESA

Nuestra Parashá llama a Israel “la tierra que mana (= que produce) leche y miel”. Es quizás la descripción más famosa de toda la Torá. Y durante miles de años fue también la más difícil de creer: los judíos, generación tras generación, leímos estas palabras sin ver ni la leche ni la miel. Sonaban a fantasía. Hasta ahora…

Moshé Rabbenu le describe al pueblo la tierra de Israel: “una tierra… de arroyos, de manantiales y de agua potable que brotan en el valle y en la montaña; tierra de trigo y cebada, de vid, higuera y granada; tierra de olivos de aceite y de miel” (Debarim 8:7-8).

 

Pensemos en quiénes escuchaban estas palabras. La mayoría, una generación que nació en el desierto. Gente que jamás vio un campo de trigo ni un olivo. Que no sabía lo que era una fruta fresca. Que nunca cosechó nada. Que comió, toda su vida, el maná que bajaba del cielo, racionado, como “comida de astronauta” (con un poco más de sabor). A ellos, Moshé les habla de arroyos, de uvas, de higos, de pan en abundancia — y de algo que ni podían visualizar: leche y miel (Debarim 11:9).

Pero no solo para la generación del desierto la leche y la miel de Israel fueron una utopía inalcanzable: durante los últimos 2,000 años, ¡esta descripción siguió sonando a fantasía para todas las generaciones que vinieron después!

 

LA LIBRETA DE RACIONAMIENTO

Durante siglos, los que visitaron la tierra de Israel vieron exactamente lo contrario de lo que describe nuestra Parashá: pantanos, malaria, piedras, desolación. Los pocos judíos que vivían allí dependían, en gran parte, de la caridad de las comunidades de la diáspora. El rab Obadiá de Bertinoro, que llegó a Israel en 1488, cuenta que el rabino de Jerusalem era Ya’aqob de Colombano: era tan pobre que únicamente se permitía comer un pedazo de pan durante Shabbat, mientras que durante la semana se alimentaba de las vainas secas de algarrobo que los productores árabes desechaban después de producir la miel de algarrobo. ¡Ni esa miel barata podían probar los judíos!

Pero no hace falta ir tan atrás. Vayamos a 1950, dos años después de la fundación del Estado de Israel. El país no producía comida suficiente para su población, y el gobierno impuso un régimen de austeridad: la tzena’ (צנע, “austeridad” en hebreo). Cada familia recibía una libreta de racionamiento. La ración mensual por persona era de: 12 huevos, 200 gramos de queso, 750 gramos de carne. ¿Y la leche? La leche fresca escaseaba tanto que las cuotas se fijaban por edad — los niños primero — y buena parte del país hacía fila para comprar leche en polvo importada.

Leamos esto de nuevo, despacio: ¡en la tierra de la leche y la miel, la leche estaba racionada! Y no en la época de los romanos ni de los otomanos. Hace solo 70 años. Conozco abuelos en nuestras comunidades que hicieron la fila con esa libreta. ¿Qué habrán pensado, en los años 50, de la promesa de leche y miel? ¿Que era una metáfora?

LA LECHE

Hoy vivimos tiempos absolutamente privilegiados en Israel: tiempos de una abundancia desproporcionada que, si eres judío, puedes llamarla sin vergüenza: ¡”abundancia bíblica”! Es decir: prometida por la Torá.

Tomemos por ejemplo la leche. Israel produce leche en números récord. Y las vacas israelíes — ¡ajústense los cinturones! — producen más leche que las vacas del mundo entero. No es una exageración: son los datos oficiales de la industria láctea internacional. Las vacas israelíes producen en promedio más de 12,000 litros por año. Las siguen Dinamarca y Holanda, con poco más de 10,000; y otros países verdes, húmedos y de pasturas infinitas, como Argentina, con unos 6,500.

¿Saben dónde vive la vaca con el récord absoluto de producción de leche del planeta? Ni en los Alpes suizos ni en la quebrada de Humahuaca. ¡Vive en un kibutz! Sa’ad, a pocos kilómetros de la franja de Gaza (dairyschool.co.il/world-record-holder-milking-cow). No es el pasto ni las llanuras. Es la berajá que HaShem le da a esta tierra.

Las berajot que la Torá prometió hace 3,500 años y que nunca pudimos percibir ¡se están cumpliendo hoy — literalmente, HOY — frente a nuestros ojos!

 

LA MIEL

¿Y la miel? Aclaremos primero que cuando la Torá habla de miel no se refiere a la miel de abejas, sino al “almíbar dulce” que se produce de los dátiles. Cuando el dátil del Medio Oriente madura, se vuelve blando, almibarado y pegajoso: al tocarlo, prácticamente exuda un jugo que se pega en la piel como la miel.

El Medjool es el dátil más famoso del mundo: grande, dulce y carnoso — el rey de los dátiles. ¿Y adivinen qué país es el primer exportador mundial de dátiles Medjool? (Ajústense otra vez los cinturones): ¡Israel! Exporta estos sabrosos dátiles a unos 60 países y concentra ¡la mitad de las exportaciones globales! Crecen en el valle del Arabá y a lo largo del valle del Jordán. Y este imperio del dátil es una industria relativamente nueva, que despegó en los 90 como un start-up.

La tierra que mana miel de dátiles hoy exporta su miel a los cinco continentes.

 

MÁS QUE LECHE Y MIEL

La leche y los dátiles son solo dos ejemplos de algo más grande. Israel es un país con más de la mitad de su territorio desértico, sin ríos importantes, sin lluvias durante seis meses al año, rodeado de enemigos y en guerra desde su fundación. Pero tiene BERAJÁ. Y no solo se alimenta a sí mismo: también exporta comida al mundo entero. Frutas, verduras, semillas, tecnología agrícola. ¡Hasta el agua se produce en Israel! Se desaliniza el mar para beber y se reciclan las aguas para regar los campos, en proporciones que ningún otro país del mundo se le acerca.

אֲשֶׁר לֹא בְמִסְכֵּנֻת תֹּאכַל בָּהּ לֶחֶם “El pan que comas en Israel no lo comerás con escasez” (Debarim 8:9). La generación del desierto que escuchó esta promesa no pudo imaginarla. Cien generaciones la leyeron y no la pudieron ver. Incluso nuestros abuelos tenían que comprar la leche con cupones. Y nosotros, sin darnos cuenta, somos quizás la primera generación en miles de años que ve esta berajá cumplida.

La tierra prometida que durante siglos estuvo destruida, desolada y estéril es hoy la tierra de la superabundancia: produce más leche que todo el planeta y exporta sus dátiles, con sabor a miel, al mundo entero.

Rab Yosef Bitton




VAETJANAN: No le des a tus hijos todo lo que quieren; dales todo lo que necesitan

“Cuando HaShem tu Dios te haya traído a la tierra que prometió entregar a tus padres Abraham, Isaac y Jacob… una tierra con grandes ciudades que tú no edificaste; con casas llenas de todo tipo de cosas buenas, que tú no trabajaste por ellas; con pozos de agua que tú no cavaste y con viñas y olivares que tú no plantaste, entonces cuando comas y te sientas satisfecho (ve’ajaltá vesabá’ta), ¡ten cuidado de no olvidarte de HaShem, tu Dios, que te sacó de Egipto de la casa de servidumbre!” (Debarim 6:10-12)

EL PELIGRO DE TENERLO TODO

La Parashá de esta semana nos cuenta que el pueblo de Israel está por entrar a la Tierra Prometida. Y curiosamente, lo que le preocupa a Moshé no es la guerra —HaShem ya le prometió la victoria— sino la paz. Y especialmente, ¡la prosperidad! Porque el pueblo va a heredar una tierra totalmente equipada: pozos cavados y llenos de agua, casas edificadas, viñedos que ya dan fruto. Es como recibir las llaves de una casa totalmente amueblada, con la heladera llena y un negocio funcionando. Todo listo. Y sin haber hecho ningún esfuerzo.

Moshé sabe que esta prosperidad “heredada” es muy peligrosa desde el punto de vista emocional y espiritual. Y lo dice: cuando comas y te sientas satisfecho… ¡ten cuidado! No te vayas a olvidar de Quien te brindó todo lo que tienes. Todos conocemos la escena: el abuelo llegó sin nada, durmió en el piso de un depósito, levantó un negocio trabajando dieciséis horas por día. Se comportó con humildad, trató a los demás con respeto, y jamás se olvidó de agradecer a Dios. El hijo o el nieto hereda la empresa, el apellido, el dinero de más y la casa de verano… y vive quejándose. ¿Cómo puede ser que el que tuvo menos agradecía más? Los psicólogos norteamericanos le pusieron nombre a este fenómeno: «affluenza», la enfermedad de la abundancia. La Torá la describió hace más de tres mil años, en un solo versículo.

ANTES DE COMER: APRECIAR

¿Cuál es el antídoto? La respuesta está escondida en una pregunta que me hice muchas veces: ¿cuál es la diferencia entre las berajot que decimos ANTES de comer y el Birkat haMazón que decimos DESPUÉS? ¿Para qué dos berajot? ¿No alcanza con una, antes o después de comer?

La respuesta: hay que aprender a apreciar, y apreciar me lleva a agradecer.

Antes de comer todavía no recibimos nada, así que la berajá previa —por ejemplo: “boré perí ha’ets”— no puede ser un “gracias”. Es otra cosa: es un reconocimiento. Cuando digo “boré perí ha’ets” recuerdo y afirmo de dónde viene lo que estoy por disfrutar. Si bien la compré yo, con mi dinero, esta manzana no existiría si Dios no la hubiera creado. Y la creó ¡PARA MÍ! Es un segundo de pausa y reflexión antes del primer bocado. La manzana pasó por la tierra, la lluvia, el sol, el agricultor, el camión, el mercado… y llegó a mi mesa. Puedo comerla sin registrar nada. O puedo detenerme un instante y reconocer al Dueño de toda esa cadena. Esto es “apreciar”: entender que nada de lo que tengo es obvio. Y apreciar es exactamente el antídoto contra el “olvido” del que habla nuestro pasuq: es imposible olvidarse de HaShem si Lo nombramos antes de cada bocado.

DESPUÉS DE COMER: AGRADECER

Después de comer, con el estómago lleno, llega el agradecimiento: el Birkat haMazón. Y no es casualidad que la Torá lo formule con las mismas palabras de nuestra Parashá: “ve’ajaltá vesabá’ta —uberajtá—”, “comerás, te saciarás… y bendecirás” (Debarim 8:10).

Fijémonos en el detalle, porque es brillante. La Torá no nos pide agradecer cuando tenemos hambre y nos sirven el plato: cualquiera agradece en ese momento. Nos pide agradecer después, una vez saciados, ¡cuando la comida ya no nos hace falta! Es fácil decir “gracias” al mozo o a quien sirve la mesa cuando trae el plato; el mérito es decírselo al final, cuando ya estamos satisfechos y pensando en otra cosa. El mismo “ve’ajaltá vesabá’ta” que en Vaetjanán es una advertencia —¡cuidado con olvidar!— se convierte una parashá después, en Equeb, en el momento de bendecir. La abundancia, y la saciedad, es una encrucijada: puede terminar en olvido o puede terminar en berajá. La diferencia entre ambos caminos es una sola: la gratitud.

NUESTROS HIJOS

Y esto nos lleva de vuelta a nuestros hijos. Como los judíos que heredaron una tierra equipada con todo, nuestros hijos muchas veces heredan un mundo que no construyeron. Nadie les preguntó si querían una casa cómoda, colegio privado y vacaciones: lo encontraron todo servido, como Israel encontró los pozos ya cavados. No podemos —ni queremos— dejar de darles. Pero miremos la escena de cualquier cumpleaños de ricos: el chico abre el regalo, lo deja a un costado y pregunta “¿hay algo más?”. Ahí está la «affluenza» en acción. No es un chico malo: es un chico al que nadie le enseñó la secuencia: apreciación, agradecimiento.

La Torá nos da el método, y es el mismo que usamos en la mesa: primero apreciar —saber que esto viene de algún lado, que alguien lo trabajó, que Alguien lo hizo para mí— y después agradecer, decirlo, expresarlo. Un chico que aprende a hacer una pausa antes de comer y a decir “gracias” después de recibir está vacunándose, varias veces por día, contra la enfermedad de la «affluenza».

La mejor herencia para nuestros hijos no es regalarles todo lo que quieren, sino enseñarles a apreciar y agradecer por lo que tienen. Los pozos de agua, después de todo, ya los van a heredar. Lo que no se hereda es la gratitud: esa se enseña.




I ❤️ ISRAEL: Har HaMenujot, y un cartel que te deja pensando

נְקֹם נִקְמַת בְּנֵי יִשְׂרָאֵל מֵאֵת הַמִּדְיָנִים אַחַר תֵּאָסֵף אֶל־עַמֶּיךָ׃

Dios le dice a Moshé: “Lidera la batalla de los hijos de Israel contra los midianitas; después te reunirás con [las almas de] tu pueblo” (Bamidbar 31:2).

MISIÓN Y SACRIFICIO

En la parashá de esta semana, Moshé Rabenu nos enseña una gran lección: cómo combinar dos sentimientos opuestos que se complementan.

Por un lado, HaShem le dice: ve y lucha contra los midianitas, y después “te reunirás con tus antepasados”. Es decir: vas a fallecer. Esta guerra será tu última misión. Moshé lo entiende. Sabe que su cuerpo va a regresar al polvo, y que su alma se unirá a sus antepasados. Y no se resiste ni negocia. Reconoce su naturaleza efímera y acepta, con humildad, su mortalidad.

Por el otro lado, Moshé también sabe que él es imprescindible como líder. No le dice a HaShem: dale esta misión a Yehoshúa, yo estoy cansado, que la haga otro. Moshé sabe su valor. Sabe que él es irreemplazable. Insustituible. Pero no siente vanidad. Asume su rol protagónico y toma sobre sí la responsabilidad hasta el último día.

En Moshé, estas dos ideas opuestas —humildad y autovaloración— se complementan.

BET VAAD LEJOL JAI

Ayer, jueves, visité Har Hamenujot, el cementerio judío más grande de Yerushalayim. Está en Guivat Shaul. Tiene unas 58 hectáreas (como referencia, son unos 80 estadios de fútbol). Hay más de 200.000 tumbas. Y allí descansan algunos de los más grandes rabinos de las últimas generaciones: el Rab Jayim Yosef David Azulai; el Rab Mordejai Eliyahu; el Rab Shalom Messas; y el Rab Yaakob Yosef, entre muchos otros.

Debo confesar algo: generalmente no visito cementerios. Sigo la opinión de Maimónides, que escribe que uno no debe frecuentar las tumbas (Hiljot Ébel 4:4). Y allí mismo enseña que no es el texto grabado en la piedra (nefesh) lo que los recuerda, sino sus enseñanzas. Sus palabras y acciones, cuando las recordamos, son su verdadero monumento. En lo personal, creo que la mejor forma de honrar la memoria de nuestros Jajamim es, como dice Maimónides: leer, estudiar y enseñar sus ideas.

Tuve el zejut de escribir las biografías y las ideas de más de 120 Jajamim sefaradim “ignorados”. Y publiqué dos libros sobre ellos que llamé “Gigantes Olvidados”. Cada vez que escribo sobre uno de estos rabinos me acuerdo de lo que dijo HaRambam, y Jazal, sobre el versículo de Shir haShirim: “dobeb sifté yeshenim” — cuando uno repite, ¡cuando uno enseña!, las palabras de un Jajam que ya falleció, “sus labios se mueven en su sepultura” (Yebamot 97a). Invocar su memoria es un acto de tejiyat hametim. Desde este punto de vista, visitar los libros de los Jajamim tiene más impacto en la elevación de su memoria que visitar sus tumbas.

EL CARTELITO QUE TE HACE PENSAR

Fui a Har Hamenujot pensando en nuestros patriarcas. Abraham adquirió en vida la Meará de Majpelá en Jebrón (Bereshit 23). Negoció, pagó, y aseguró su lugar y el de Sará. No esperó, ni dejó esa tarea para sus hijos. Pensar en el final es parte de vivir con lucidez, y es señal de humildad ante la propia mortalidad.

Al llegar al cementerio, un pequeño cartel me hizo detenerme y pensar. Era muy simple. Citaba dos textos famosos.

El primero, una frase de la Mishná: “Bishvilí nibrá haolam” — “El mundo fue creado para mí” (Sanhedrín 4:5).

El segundo, las palabras de Abraham Abinu: “Veanojí afar vaéfer” — “Yo solo soy polvo y ceniza” (Bereshit 18:27).

Dos ideas opuestas. Pero la sabiduría está en la combinación de las dos.

Comencemos por la segunda idea, que expresa nuestra increíble pequeñez. Somos átomos, polvo que vuelve a la tierra. Cuanto más conocemos el universo, más pequeños nos vemos. En el espacio, nuestro planeta entero es apenas un punto azul pálido, un “pale blue dot”, como decía Carl Sagan. En julio de 1994 el cometa Shoemaker-Levy 9 impactó contra Júpiter, y destruyó una superficie más grande que toda la Tierra. Fue algo casi trivial en nuestro pequeño sistema solar, pero que te deja pensando —y temblando— acerca de nuestra fragilidad cósmica. Somos pequeños en el espacio, y efímeros en el tiempo. Una ilusión de no más de 120 años. Moshé Rabenu reconocía que su reducción al polvo de la tierra era inevitable, y eso lo mantenía humilde. Pero también tenía conciencia de su misión existencial, que era más importante que su supervivencia.

La primera idea es que “el mundo fue creado para mí”. A primera vista suena narcisista. ¡Pero no lo es! La Mishná nos enseña a vernos como protagonistas centrales en los planes del Creador. Como en The Truman Show: donde todas las cámaras están enfocadas en una sola persona. Es la forma en que los Jajamim nos enseñan a mirarnos, para tomar conciencia de un rol único y central en los planes del Creador, y darnos cuenta de nuestra trascendencia y potencial.

LOS DOS PAPELITOS

El Rab Simjá Bunim enseñó que estas dos ideas hay que llevarlas como dos papelitos, uno en cada bolsillo, toda la vida. En un bolsillo: “el mundo fue creado para mí”. En el otro: “yo soy polvo y ceniza”. Los dos papelitos dicen una verdad. La grandeza está en saber cuál leer, y cuándo.

Cuando uno se siente deprimido, “aplastado” por la vida, debe meter la mano en el primer bolsillo. Fui creado con talentos únicos, y no los debo desperdiciar. No dejar pasar un solo día sin utilizarlos: para Am Israel, para acercarme al Creador, para influir positivamente en los demás. Cuando uno se siente insignificante, olvidado, tiene que recordar esta idea: el mundo fue creado para mí. Solo yo soy capaz de hacer algo que ningún otro ser humano puede hacer.

Y si uno empieza a sentirse superior a los demás, hay que sacar el segundo papelito del bolsillo. Polvo y ceniza, como dice esa canción en inglés que yo escuchaba de joven, sobre la fugacidad de la vida: “All we are is dust in the wind.” Todo lo que somos es polvo, arrastrado por el viento. Pequeñez y efemeridad. Los 120 años pasan volando.

Ninguna de las dos verdades alcanza por sí misma: la humildad sin sentido de propósito te hunde; el sentido de propósito, el reconocer cuánto uno vale, sin humildad, te hace vanidoso. La sabiduría es saber cuál sacar del bolsillo en cada momento.

Y por eso el cartel está justo allí, en la entrada del cementerio. Porque es el único lugar donde los dos papelitos se abren al mismo tiempo. Cada tumba declara que uno es “afar vaéfer”: polvo que regresó al polvo. Pero cada tumba es también un testimonio de “bishvilí nivrá haolam”: que aquí descansa un ser humano único, con talentos divinos, que marcó una diferencia en el mundo.




PINEJAS: Judaismo y Nepotismo

TODO POR MIS HIJOS
Moshé Rabenu sabe que su vida pronto va a terminar. También sabe que su pueblo, Am Israel, necesitará un líder que lo reemplace. ¿Quiénes eran los candidatos para tomar el puesto de Moshé? Lo más natural en esa época y en esas circunstancias hubiera sido que los hijos de Moshé lo reemplazaran.  Al fin y al cabo “todo nuestro sacrificio es para nuestros hijos”.  Y Moshé podría haber pensado que él se ganó el derecho de que sus hijos hereden su puesto y tomen el liderazgo del pueblo. Aparte del punto de vista formal, y tal como lo vieron y vivieron por siglos en Egipto, Moshé, que era desde todo punta de vista práctico  “el Monarca” de los judíos: merecía establecer su propia dinastía.
 
MERITO vs. FAMILIA
Pero sorprendentemente, los hijos de Moshé no son mencionados en la Torá ni siquiera como candidatos a la sucesión de Moshé. Y los Sabios del Midrash afirman que Moshé en un principio sí pensó en sus hijos como sus sucesores naturales. ¿Cómo lo sabemos? Los sabios dedujeron esta idea de la yuxtaposición del texto que habla de Tselofjad, y el texto que habla de quién reemplazará a Moshé.  Tselofjad no tenían hijos varones. Las hijas expresaron a Moshé que ellas tenían el derecho legal de heredar las tierras de su padre. Al final, la Torá les da la razón y las hijas de Tselofjad obtuvieron su herencia. Los Sabios indican que en ese momento Moshé pensó: “Si las hijas de Tselofjad heredan la tierra de su padre, mis hijos, deberían heredar mi posición de liderazgo”. En este punto, los Sabios, con una inusual ausencia de eufemismos, reconstruyen la respuesta teórica que Dios le manifestó a Moshé: “¡Tus hijos no hicieron nada (ישבו להם) para merecer heredarte! No asistieron a la casa de estudios y no se esforzaron para aprender Torá!” En otras palabras, la Torá, el estudio, la capacitación intelectual y espiritual, no se recibe por herencia como un pedazo de tierra. Si no existió el esfuerzo personal por parte de los hijos, heredar automáticamente un puesto de liderazgo, sería simplemente “nepotismo”.
 
TRÁMITES DE SUCESIÓN
Pero aquí no termina el tema. HaShem, al final, le transmite a Moshé que quien lo sucederá será Yehoshua, el asistente de Moshé. Los Sabios dicen que HaShem le transmitió su decisión a Moshé de esta manera: “Yehoshúa, si bien no es ni tu hijo ni tu sobrino, [es tu discípulo] y se esforzó en todo lo que pudo. Durante los años que te asistió, Yehoshua se levantaba muy temprano por la mañana y se presentaba en la casa de estudios de Torá (בית ועד). Allí, y antes de que llegara cualquier otra persona, Yehoshua limpiaba el piso, extendía las alfombras en el piso y arreglaba los bancos… estuvo dispuesto a realizar cualquier trabajo que fuera necesario, sin importarle que ese fuera o no fuera acorde a su prestigio. etc.…. Además,  se quedaba en la casa de estudio hasta altas horas de la noche, y solo se marchaba cuando ya todos se habían marchado.”  La comparación entre Yehoshúa y los hijos de Moshé no deja lugar a ambigüedades. HaShem le enseña a Moshé –y por su intermedio a todos nosotros– que los judíos pertenecemos a una sociedad “meritocrática”: los méritos propios tienen más valor que los méritos heredados. Lo que se valora es el esfuerzo personal. Las posiciones de liderazgo son asignadas en base al mérito, en virtud del talento, la educación, la competencia y la aptitud específica del individuo para ese determinado puesto.  
 
LA TIERRA Y EL LIDERAZGO
A diferencia de un pedazo de tierra o una gran fortuna, la Torá — el liderazgo en el ámbito de Torá– NO se hereda automáticamente de padres a hijos. El hecho de que mi padre sea o haya sido un gran sabio o un gran líder, no me convierte a mí, su hijo, en un gran sabio. Y viceversa. Es posible que un gran sabio haya tenido un padre que no era un gran sabio. En última instancia, la posición depende del esfuerzo propio. Así se lo explicó el gran erudito judío Aqabiyá ben Mahalalel a su hijo. Cuando Aqabiyá estaba por morir, su hijo le pidió que “lo recomendara” a sus colegas, que eran los más prominentes rabinos y líderes del pueblo judío. “Con tu recomendación, papá, muchas puertas se van a abrir, y yo voy a poder pertenecer a ese grupo de elite que me va a facilitar el acceso a cargos muy importantes”.  Pero su padre se negó “a recomendarlo”. Su hijo le preguntó: ¿Acaso encontraste algo malo en mí? Y su padre le respondió una frase que quedó para la historia: “Hijo mío, no es mi recomendación la que te va a otorgar prestigio y un puesto de liderazgo, sino tus acciones.  מעשיך יקרבוך ומעשיך ירחקוך  “Tu conducta te va a acercar a ellos o te va a alejar de ellos”. Tu éxito no va a depender de mi recomendación sino de tus propios méritos.    
 
 



PINEJAS: Yehoshúa y el poder de la empatía

CARACTERÍSTICAS DE UN LÍDER JUDÍO

Cuando Moshé se entera de que su vida está por acabar, le ruega a HaShem nombrar al sucesor adecuado para dirigir al pueblo de Israel. Y dice (Bamidbar 27:16): “Eloqe harujot lejol basar” (Dios, Tú que conoces los espíritus de cada ser vivo). El Midrash explica que Moshé imploró a HaShem que asignara un líder con esa característica: un hombre “asher rúaj bo”, capaz de conocer el espíritu de todo ser vivo. Esto significa: un hombre que comprenda el carácter de cada individuo. El líder ideal de Israel debe ser paciente, de mente abierta, y debe estar preparado para lidiar con distintos tipos de personalidades. Con aquellos que necesitan una mano fuerte, y con aquellos que necesitan un enfoque más sensible. Con los que pueden escuchar una opinión distinta y con aquellos que presentan más resistencia al cambio. O con aquellos que requieren explicaciones adicionales o una estrategia de persuasión no convencional.

EL MAESTRO

HaShem entonces designa a Yehoshúa como sucesor de Moshé. Yehoshúa era “un maestro” de la empatía, y entendía que hay diferentes tipos de inteligencias y que, en el tema de la comunicación, un líder debe adaptarse a los demás. El futuro líder judío, antes de reaccionar y enojarse, debe tomarse el tiempo para entender las razones de la opinión del otro. Yehoshúa era capaz de ponerse en la piel del otro y entender no solo lo que su interlocutor dice, sino lo que está tratando de decir. En TODAS las relaciones humanas necesitamos de la empatía. De la capacidad de aceptar que, a pesar de que todos venimos de los mismos ancestros, Adam y Eva, todos somos muy diferentes. Como dijeron nuestros Sabios: “keshem shepartsufehem shonot…”, del mismo modo que no hay dos personas con caras idénticas, tampoco existen dos personas con la misma forma de pensar o comunicarse (Berajot 58a).

LA MIOPÍA: ¿ES CONTAGIOSA?

La empatía es fundamental en un líder. Por empatía me refiero a la capacidad de percibir los sentimientos del otro e internalizarlos sin negarlos ni ignorarlos. Es la capacidad de suspender por un momento nuestro propio punto de vista, y no juzgar el comportamiento de los demás de acuerdo con la forma en que “uno” siente o se comporta. No me puedo molestar con mi esposo si sus gustos respecto a la comida son diferentes a los míos. No puedo decirle a mi hija adolescente que es ridículo tener miedo de subirse a una montaña rusa en un parque de diversiones, solo porque yo no le tengo miedo a las alturas. Tenemos diferentes temperamentos, formas de percibir la vida, miedos, gustos y sensibilidades. Todo el mundo ha vivido experiencias distintas que han afectado a sus personalidades. Mis lentes son personalizados. A mí me ayudan a leer mejor y a ver mejor. ¡Pero mis anteojos no le sirven a los demás! De hecho, si alguien usa mis anteojos, ¡no va a poder ver!

PARENTING Y EMPATÍA

En nuestro papel de padres, la empatía es absolutamente necesaria. Cualquier padre con más de un hijo sabe que los niños son muy diferentes entre sí, incluso cuando fueron criados en el mismo hogar y por los mismos progenitores. Nosotros, los padres, debemos prestar mucha atención y entender a cada uno de nuestros hijos según su personalidad e individualidad, con el fin de ser empáticos con sus necesidades, y saber cuál es el mejor enfoque para cada uno de ellos en particular. Comencemos por convencernos de que nuestros hijos son diferentes. ¡Cada uno tiene un espíritu distinto!

En hebreo llamamos al preescolar “Gan Yeladim”, literalmente “un jardín de niños” o “jardín de infantes”. Pero ¿te preguntaste alguna vez por qué se llama “jardín”? Porque, a fin de brindar a los pequeños las bases correctas en los comienzos de su educación, hay que ser como un jardinero, que sabe que cada una de sus plantas tiene necesidades diferentes. Algunas plantas necesitan agua una vez al día. Otras, irónicamente, se marchitarán si las regamos a diario. Hay plantas que necesitan mucho sol, y otras, sombra. Al igual que las plantas, todos nuestros hijos necesitan atención. Pero esa atención debe ser personalizada. Adaptada a cada uno de nuestros hijos en particular.

Tenemos que ser para nuestros hijos lo que Yehoshúa fue para el pueblo de Israel: entender que cada uno de ellos tiene su propio universo mental.

Rabbanit Coty Bitton