Maimónides y Lord Voldemort

La Torá dedica tres capítulos enteros a un hechicero pagano, contratado por el rey de Moab para maldecir a Israel con sus hechizos. Aparentemente es una prueba de que la adivinación y la hechicería existen y funcionan…

Pero la clave para entender lo que la Torá piensa de este individuo radica en cómo el texto se refiere a él. Contrario a la opinión popular, la Torá y nuestros Sabios no llamaron a Bil’am profeta, sino “Bil’am hijo de Beor, el hechicero (o adivino).” En el libro de Yehoshúa (13:22) se usa la palabra hebrea qosem — que es el mismo término que aparece en la lista de prácticas ocultas de adivinación que presenta la Parashá de esta semana (Debarim 18:10). Y los Sabios lo dicen explícitamente en el Talmud (Sanhedrín 106a): Bil’am qosem hayá, “era un hechicero.”

Para Maimónides, Bil’am era como el personaje de Voldemort en Harry Potter: el mago oscuro más temido de su mundo, el nombre que todos pronunciaban con miedo, el hechicero al que se le atribuía el poder de maldecir y destruir con palabras. Con una diferencia fundamental: Voldemort es un personaje de ficción en un mundo de ficción ¡donde la magia funciona! Bil’am era un personaje real en un mundo real, donde la magia no funciona. Su reputación era la de Voldemort; su “poder”, el de cualquier ilusionista y manipulador. Su oficio, su fama internacional y los honorarios que Balaq estaba dispuesto a pagarle pertenecían a la industria del engaño y el ilusionismo que acabamos de describir. Y Balaq era el cliente perfecto: un rey aterrado, dispuesto a pagar cualquier precio para intentar destruir a Israel.

¿Y entonces, cómo se explica que sus palabras se cumplieran? Maimónides lo responde en la Guía de los Perplejos (Moré Nebujim, II:45). La Torá dice: “Vayásem HaShem dabar befí Bilam” — “Y HaShem puso las palabras en la boca de Bilam” (Bamidbar 23:5). El texto bíblico no dice que HaShem se le reveló a Bilam, ni que Bilam vio o entendió nada. Dice que le puso palabras en la boca. Los trucos y el ilusionismo de Bilam no produjeron absolutamente nada: HaShem lo utilizó como instrumento, a pesar de sus artes, no gracias a ellas.

Y el mensaje sutil pero claro para los que leen con atención la Torá, lo pronuncia el propio Bil’am, en medio de su bendición forzada: “Ki lo nájash beYaaqob veló qésem beYisrael” — “[ahora me doy cuenta, dice Bil’am] que no hay magia en Yaaqob ni hechicería en Israel” (Bamidbar 23:23). El hechicero más famoso del mundo antiguo, contratado por una fortuna para maldecir a Israel, ¡termina anunciando públicamente que su propio oficio no funciona! La Torá no necesitó un sermón contra la industria de la adivinación: citó al hechicero más prestigioso del mercado, quien confesó que su producto no existía.




SHOFETIM: ¿Cuánto me cobrás por adivinarme el futuro?

LOS DOS DESEOS

Hay dos cosas que el ser humano siempre quiso y nunca pudo tener. La primera es saber qué pasará en el futuro. La segunda es controlarlo. Y alrededor de esos dos deseos —o ansiedades— se construyó, desde la antigüedad, una industria entera: los embusteros que decían que podían ver el futuro, y los que vendían soluciones que supuestamente lo modificaban.

Nuestra parashá se ocupa de ambas cosas. Y lo hace con una lista. La Torá no se limita a una advertencia general: enumera una práctica tras otra. “No se hallará entre ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique la adivinación, ni agorero, ni el que interprete señales, ni hechicero, ni encantador, ni quien consulte espíritus, ni adivino, ni quien pregunte a los muertos” (Debarim 18:10–11). El primer elemento de la lista sorprende: pasar a un hijo por el fuego no parece un acto de adivinación. ¿Qué hace encabezando una lista de adivinos y hechiceros? Maimónides lo explica en la Guía de los Perplejos (III:37), y su explicación es una radiografía de cómo funcionaba este mecanismo. Los promotores de este culto difundían una amenaza aterradora: si un padre no pasaba a su hijo por el fuego, ese hijo moriría. Era corrupción religiosa en su forma más brutal: fabricar miedo y luego presentarse como el dueño de la solución. Un padre no sometía a su hijo a ese ritual necesariamente por fanatismo pagano. Lo hacía por miedo, para salvarlo. La práctica más monstruosa de toda la lista no nacía entonces del deseo de saber el futuro, sino del otro deseo: el de controlarlo. Era el caso extremo del amuleto. Habían descubierto que el miedo de un padre por su hijo es una de las fuerzas más fáciles de explotar. Y la lógica que aparece después se repite una y otra vez: identificar el miedo de una persona y ofrecerle una solución que nadie puede comprobar.

NO ES PELIGROSO. ES MENTIRA

Mucha gente piensa que estas prácticas estaban prohibidas porque se consideraban “peligrosas”. Que era magia negra, que funcionaba, que tenía un poder real y que ese poder provenía de un lugar oscuro del que convenía mantenerse alejado. Maimónides dice exactamente lo contrario, y lo dice sin ninguna diplomacia. En el Mishné Torá, en las leyes de Abodá Zará (capítulo 11), después de describir una por una estas prácticas, se escribe que “todas estas prácticas son mentira y falsedad”. Y agrega que quien cree en ellas, y piensa que son verdaderas y sabias pero que la Torá las prohibió de todos modos, “no es más que un tonto, falto de entendimiento”.

Para Maimónides, el adivino pagano no era un enemigo espiritual con poderes oscuros. No había ahí un poder que viniera del lado equivocado: no había ningún poder. Y cuando uno entiende eso, el tema deja de ser sobrenatural y se vuelve profundamente humano. El adivino era un embustero del peor tipo porque se aprovechaba precisamente de los momentos de mayor vulnerabilidad: un diagnóstico que asusta, un matrimonio que se está cayendo, un negocio que se hunde, un hijo que está perdido. Aparecía cuando alguien estaba dispuesto a creer cualquier cosa y a pagar cualquier precio por recuperar la esperanza. Lo que vendía no era información sobre el futuro. Vendía una falsa esperanza a alguien que desesperadamente necesitaba una verdadera.

CÓMO SE HACÍA EL TRUCO

Conviene entender de dónde proviene la impresión de que el adivino “acertaba”. Hay gente con un talento natural enorme para leer a otra persona: observar una cara, detectar un gesto que dura una fracción de segundo, notar dónde se le corta la respiración a alguien, escuchar cómo cambia el tono de voz cuando se menciona un tema. Esa habilidad existe y es real, pero no tiene nada de sobrenatural. También la tienen los buenos vendedores y los buenos jugadores de póker. Y a eso se le suma la sugestión. El que leía las manos, las cartas o el fondo de una taza no necesitaba decir nada preciso. Le alcanzaba con frases amplias, que pueden aplicarse a muchísima gente: “Veo un problema con alguien cercano”, “Hay algo del pasado que quedó sin cerrar”, “Veo un cambio grande que se viene”. El que escuchaba completaba los espacios en blanco con su propia vida. Después recordaba los “aciertos” del adivino y se olvidaba de todo lo que no había acertado. El trabajo lo hacía la víctima, no el adivino.

En 1949, el psicólogo Bertram Forer demostró experimentalmente algo muy similar. A 39 estudiantes se les dio un supuesto análisis personalizado de su personalidad. En realidad, todos recibieron exactamente el mismo texto, compuesto principalmente por frases tomadas de un libro de astrología: afirmaciones lo suficientemente generales como para que casi cualquiera pudiera reconocerse en ellas. Los estudiantes quedaron impresionados con la supuesta precisión del análisis. Solo más tarde, Forer les informó que todos habían obtenido el mismo resultado. Este fenómeno se conoce hoy como efecto Forer o efecto Barnum: nuestra tendencia a interpretar afirmaciones vagas y generales como si describieran específicamente nuestra vida. Para un adivino, esa tendencia humana ¡es oro puro!

LOS AMULETOS

El segundo deseo, el de controlar el futuro, tenía su propio mercado: los amuletos, los objetos con “poder”, los remedios metafísicos. Y acá Maimónides es todavía más duro, porque ya no habla de los paganos de Canaán. Habla de una práctica que existió entre Yehudim y que, afortunadamente, ya desapareció: en aquellos tiempos, algunos embusteros escribían dentro del pergamino de la mezuzá nombres de ángeles y supuestos nombres sagrados, para reforzar la “protección” de la casa. Maimónides dice que esa gente está entre quienes no tienen parte en el mundo venidero. Y explica por qué: “No les alcanza con haber anulado la mitsvá [la mezuzá queda pesulá, invalidada], sino que convierten una gran mitsvá —que expresa la unidad del Nombre del Santo, bendito sea, el amor a Él y Su servicio— en un amuleto para su propio provecho, porque piensan en su necedad que esto les servirá para las vanidades de este mundo”.

En el mismo capítulo 11 de Abodá Zará se dice algo parecido sobre el uso de versículos de la Torá para curar el cuerpo: quien hace eso está entre los que niegan la Torá, porque convierte las palabras de la Torá en un remedio para el cuerpo, cuando son un remedio para el alma. La lógica de Maimónides es siempre la misma. La mezuzá no es un seguro contra robos. Y en el momento en que una mitsvá se convierte en un truco para conseguir algo, deja de ser una mitsvá y se transforma en un amuleto de paganos.

EL SOÑADOR DE SUEÑOS QUE VISITÓ MI COMUNIDAD

Creo que nunca antes escribí sobre esto, entre otras cosas, para proteger la dignidad de las personas involucradas. Por eso voy a ser deliberadamente impreciso con los detalles. Hace unos veinte años apareció en mi comunidad en NY un hombre que venía de Israel y que se presentaba como víctima de múltiples tragedias: su casa, decía, se había quemado, mostraba fotos de niños con las manos vendadas y, para colmo, uno de sus siete hijos estaba enfermo de cáncer. Necesitaba dinero imperiosamente.

Justo en esos días, nuestra comunidad atravesaba una tragedia enorme: un hombre joven, padre de varios hijos, acababa de morir de cáncer. El hombre que llegó de Israel empezó a asistir al Minyan en el que estábamos conmemorando la semana de duelo por el fallecido. A los dos días, el hijo adolescente del fallecido —un joven de unos quince años, completamente devastado, con los ojos rojos de llorar y de no dormir— vino a verme a mi oficina, llorando desconsoladamente. Y me dijo que yo tenía que ayudar al hombre que había venido de Israel. Le pregunté: ¿Qué tienes que ver tú con ese hombre? Entonces me contó. Esa mañana, después de la Tefilá, el hombre se le había acercado y le había dicho que la noche anterior había visto a su padre en un sueño. Y que su padre, en el sueño, le pidió que su hijo “lo ayudara a recaudar fondos para su familia”. El hombre le aclaró, además, que no quería hablar con nadie más: tenía que ser él quien se encargara de conseguir esos fondos.

Ahí estaba, frente a mí, un adolescente absolutamente vulnerable, que acababa de enterrar a su padre, que daría cualquier cosa por escucharlo una vez más, rogándome que ayudara a un hombre que le aseguró haber soñado con su padre. No hay pensamiento crítico posible a esa edad y en esas circunstancias. Y el hombre lo sabía perfectamente. Por eso eligió a ese chico y no a otro. A mí me daba mucho dolor el abuso que estaba viendo. Pero no podía explicárselo a un joven en pleno duelo: no me iba a creer y, encima, iba a sufrir más. Entonces se me ocurrió un plan.

Me acerqué al hombre y le dije que lo iba a ayudar “en todo lo que necesitara”, y que viniera a mi oficina. Vino, con el joven presente. Le dije: “Dime qué necesitas, que yo te voy a ayudar”. Me dijo: “Necesito dinero para pagar unos medicamentos muy caros”. Le pregunté para qué eran los medicamentos. “Mi hijo está enfermo y el remedio no está cubierto por el seguro médico de Israel. Y es muy caro”. Le dije: “Muy bien. Dame el nombre del medicamento. Tenemos médicos que se especializan en cáncer en nuestra comunidad, y te lo voy a conseguir gratis, todas las dosis que necesites”. No le mentí. El hombre entonces dejó de hablar de los medicamentos y me dijo: “Necesito dinero para comida. No tenemos qué comer”. Le dije: “No hay ningún problema. Organizo ahora mismo a unas familias en Israel para que te lleven comida a tu casa. ¿Me das tu dirección?”. No le mentí. Entonces dejó de lado el tema de la comida. “La comida no es el problema principal. Tengo que pagar el alquiler de mi casa. Tengo varios meses de atraso y me quieren echar”. Le dije: “Perfecto. Dame el número de teléfono del propietario. Yo lo llamo ahora mismo y lo arreglo con él para que te pague el alquiler”. No le mentí.

En ese momento su rostro cambió. Ya no era el rostro de alguien que daba lástima. Ahora tenía una expresión de ira. Me preguntó agresivamente: “¿Me vas a dar dinero como me prometiste, o no?”. Le contesté: “Yo te aseguré que te iba a dar todo lo que necesitabas. Medicamentos, comida, alquiler: todo menos efectivo”. El hombre rechazó toda la ayuda que le ofrecí. Solo quería cash. Y cuando vio que no lo iba a conseguir, se levantó y se fue. Nunca lo volvimos a ver.

Este caso, que viví personalmente, fue una vergonzosa escena de abuso: un hombre disfrazado de persona religiosa, que se presentaba como alguien que recibía visiones en sueños, explotando a un joven en su momento de máxima vulnerabilidad, quien acababa de perder a su padre. Para mí fue una lección muy importante, y desde entonces la enseño: Cuando existen dudas sobre un pedido de Tsedaqá, la forma más responsable de ayudar es ofrecer ayuda directa—comida, alquiler, medicamentos—en lugar de entregar efectivo. Así, uno puede ayudar de verdad sin entregar el control de la situación a alguien cuya historia todavía no ha podido verificar.

TAMIM, ¿CON QUIÉN?

Algo más que aprendí de aquella situación es un ángulo diferente del pasuq de nuestra parashá: Tamim tihyé im HaShem Eloqeja. “Íntegro serás con HaShem tu Dios” (Debarim 18:13). La palabra tamim significa íntegro, pero también puede expresar la idea de ser confiado, casi ingenuo (naive, en inglés) —así se usa en el hebreo moderno. Y el pasuq aclara con quién uno puede ser tamim: Im HaShem Eloqeja. Con HaShem tu Dios. 

Con HaShem puedes confiar en tu futuro y en todo lo que Él tiene destinado para ti en tu vida: lo bueno y lo no tan bueno, sabiendo que HaShem a veces nos educa, nos fuerza a crecer con desafíos y pruebas.  Es exactamente lo que Rashi explica sobre este versículo: camina con Él con integridad, espera en Él, no investigues el futuro y todo lo que te venga, acéptalo con simplicidad. La Torá rechaza los canales alternativos de información sobre lo que ocurrirá. Pero hay algo todavía más profundo. La Torá tampoco dice: “No consultes adivinos porque Yo te voy a avisar lo que va a pasar”. No. La Torá nos dice que vamos a caminar sin saber lo que viene. Y que igual vamos a estar bien.

Ese chico que perdió a su padre fue tamim con la persona equivocada. Le creyó a un hombre que le habló de un sueño porque estaba destrozado y porque quería con toda su alma que fuera verdad. La Torá nos pide ser tamim hacia arriba, con HaShem, pero no ingenuos hacia los costados. Con HaShem, confianza. Con las personas, prudencia. Y especialmente con quien aparece en nuestros momentos de miedo asegurando que conoce el futuro, interpreta sueños o posee una solución que nadie más tiene: preguntas, verificación y sentido común.

 

La relación con HaShem es y debe ser directa, sin intermediarios. Frente al futuro, lo único que está en mis manos es hacer las cosas bien, con todo mi esfuerzo, rezar para que HaShem me ayude y dejar el resultado en Sus manos. Esto es exactamente lo que significa Tamim tihyé im HaShem Eloqeja.    

La Torá no nos promete adivinos para  saber qué ocurrirá mañana. Nos pide algo mucho más difícil: tener el coraje de vivir sin saberlo. No necesitamos comprar certezas, perseguir señales ni buscar a alguien que nos venda una ventana al mañana. Tenemos que hacer nuestro mayor esfuerzo ( hishtadlut), rezar, confiar y aceptar . El futuro pertenece a HaShem. Y no está a la venta.

 

 

 

 

מסכת דרך ארץ רבה, פרק ה

לְעוֹלָם יִהְיוּ כָּל בְּנֵי אָדָם חֲשׁוּבִין לְפָנֶיךָ כְּלִסְטִים, וֶהֱוֵי מְכַבְּדָן כְּרַבָּן גַּמְלִיאֵל.

וּמַעֲשֶׂה בְּרַבִּי יְהוֹשֻׁעַ שֶׁהִשְׁכִּים אֶצְלוֹ אָדָם, וְנָתַן לוֹ אֲכִילָה וּשְׁתִיָּה, וְהֶעֱלָהוּ לַגַּג לִשְׁכַּב, וְנָטַל סֻלָּם מִתַּחְתָּיו.

מֶה עָשָׂה אוֹתוֹ הָאִישׁ? עָמַד בַּחֲצִי הַלַּיְלָה וְנָטַל אֶת הַכֵּלִים וּכְרָכָן בְּטַלִּיתוֹ. וּכְשֶׁבִּקֵּשׁ לֵירֵד, נָפַל מִן הַגַּג וְנִשְׁבְּרָה מַפְרַקְתּוֹ.

לְשַׁחֲרִית הִשְׁכִּים רַבִּי יְהוֹשֻׁעַ וּמְצָאוֹ. אָמַר לוֹ: רֵיקָה, כָּךְ עוֹשִׂין בְּנֵי אָדָם שֶׁכְּמוֹתְךָ? אָמַר לוֹ: רַבִּי, לֹא הָיִיתִי יוֹדֵעַ שֶׁנָּטַלְתָּ אֶת הַסֻּלָּם מִתַּחְתַּי. אָמַר לוֹ: רֵיקָה, אִי אַתָּה יוֹדֵעַ שֶׁמֵּאֶמֶשׁ הָיִינוּ זְהִירִין בְּךָ?

 




REE: El culto a los intermediarios

Gran parte de nuestra parashá, Reé, está dedicada a advertir al pueblo de Israel de que no imite los cultos de los pueblos de Canaán. Para entender esas advertencias, primero hay que comprender cómo funcionaban las religiones paganas.

El pagano creía que los dioses eran seres lejanos, caprichosos y, en general, hostiles a los humanos. Un hombre común no podía dirigirse a ellos directamente: necesitaba intermediarios. Sacerdotes que conocían los secretos del culto. Ídolos y estatuas que “contenían” a la divinidad. Y sobre todo: los muertos. En el mundo pagano contemporáneo del Israel bíblico se creía que los muertos habían cruzado al otro lado, al mundo de los dioses, y que por eso estaban más cerca de ellos que cualquier ser vivo. De ahí el culto a los antepasados fallecidos, las ofrendas y la comida que se llevaban a las tumbas, los oráculos que consultaban a los muertos. En el paganismo, los muertos eran los intermediarios perfectos: el puente hacia los dioses.

Según Maimónides, el objetivo principal de la Torá es la oposición a la Aboda Zará, la idolatría (Moré Nebujim 3:29) — una idolatría que, según el mismo Maimónides, nació como un culto a los intermediarios: la gente comenzó honrando a los “servidores” de Dios, hasta que el intermediario terminó reemplazando a Dios (Hiljot Aboda Zará 1:1–2). Detrás de la adoración de ídolos de piedra y madera, y de todos los rituales paganos, aparece siempre la muerte: los sacrificios humanos, la invocación a los muertos y la sacralización de un sepulcro.

“Ustedes son hijos del Eterno, su Dios”

Frente a ese universo de mediadores muertos, la Torá declara un capítulo después:

“Ustedes son hijos de HaShem, su Dios” (Debarim 14:1).

Banim atem laShem Eloquejem — Con cuatro palabras, la Torá elimina toda la burocracia religiosa del paganismo. Un hijo no necesita pedir audiencia, ni pagar peaje, ni contratar un representante para hablar con su padre. Ningún judío necesita intermediarios para dirigirse a Dios.

Los muertos no te acercan a Dios: te alejan

La Aboda Zará comenzó en el pasado, pero continúa, un poco más sutilmente, hasta el día de hoy. La lógica del paganismo no desapareció; reaparece cada vez que el ser humano siente que necesita intermediarios para llegar a Dios: se glorifica la muerte —o a un muerto— y se lo considera un dios, o un hijo de dios, un intermediario entre el hombre común y un Dios que tiene un solo hijo. El argumento bíblico contra esas creencias es absolutamente sencillo, y emocionante: TODOS somos los hijos de HaShem. No hay un hombre que sea exclusivamente el “hijo de Dios”, ni una persona “mesiánica” que oficie de intermediario: ¡cada uno de nosotros tiene el mismo nivel de cercanía con Dios!

Y Dios ama a Sus hijos. Y como un buen padre, quiere para ellos la vida. La Torá es absolutamente clara en el rechazo a la muerte en todo lo que tiene que ver con la instrucción religiosa. En el judaísmo, la muerte —un muerto, o un sepulcro— no es algo sagrado. Es tamé: lo opuesto a lo sagrado. En el lenguaje de la Torá, “impuro” no significa sucio, sino aquello de lo que hay que alejarse para acercarse a Dios. El mensaje no puede ser más claro: HaShem es el Dios de la vida. Los muertos no te acercan a Él: te alejan de Él.

El Cohen —el hombre consagrado por la Torá al servicio de Dios— tiene prohibido acercarse a un muerto (Vayiqrá 21:1–3). Exactamente al revés que en Egipto, donde los sacerdotes eran especialistas en cadáveres, las pirámides eran tumbas monumentales y el libro más importante de la religión se llamaba, precisamente, el “Libro de los Muertos”.

Y esta impureza no afecta solamente el cuerpo de una persona que en vida fue espiritualmente baja, o poco observante. La tum’á del cadáver humano es proporcional a la grandeza de la vida que ese cuerpo albergó (ver Shulján Aruj, Yoré De’á 372:2; Jatam Sofer, Yoré De’á 338). La impureza relacionada con la muerte es la que nos impide ingresar a los sectores más sagrados de Har HaBayit, el Monte del Templo (Rambam, Hiljot Bet HaBejirá 7:15).

Lo que el paganismo y otras religiones “santifican”, la Torá lo considera impureza. Invocar la intermediación de un muerto es, de hecho —intencional o no intencionalmente—, una grave ofensa, un rechazo a esa relación padre e hijo que HaShem mismo estableció y que Él mismo desea. Es como menospreciar a un padre que ama a sus hijos y quiere que se acerquen a Él, y se comuniquen con Él, directamente.

“Mira, puse delante de ti la vida y la muerte”

Nuestra parashá abre así: “Mira (Reé): pongo hoy delante de ustedes la bendición y la maldición” (Debarim 11:26). Al final del libro de Debarim, en la parashá de Nitsabim, Moshé vuelve a usar la misma palabra con la que abre nuestra parashá:

“Mira (Reé): puse hoy delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal… Elegirás la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Debarim 30:15,19).

Es el eco exacto de nuestro pasuq inicial — y su traducción. Lo que en nuestra parashá se llama “bendición”, allá se llama por su verdadero nombre: vida. Lo que acá se llama “maldición”, allá se llama “muerte”.

Esa es la elección que Reé pone delante de nosotros: una religión de intermediarios o una relación directa con el Dios de la vida — la relación de un hijo con Su padre.

Shabbat Shalom




EQUEB: “Comerás, te saciarás y bendecirás a HaShem tu Dios”

וְאָכַלְתָּ וְשָׂבָעְתָּ וּבֵרַכְתָּ אֶת ה׳ אֱלֹקֶיךָ

Frente a toda esta superabundancia bíblica que disfrutamos hoy, la Torá nos pide una sola cosa: agradecer a Dios. Reconocer que la abundancia viene de Él. Así lo dice el pasuq: cuando estés en la tierra de Israel, “comerás, te saciarás y bendecirás a HaShem tu Dios por la tierra buena que te concedió” (Debarim 8:10).

Literalmente la Torá nos indica “bendecir al Creador”. Pero bendecir a Dios no significa desearle algo a Dios — como cuando bendecimos a una persona pobre o enferma, deseándole que tenga lo que le falta. A Dios no le falta nada. Bendecir a Dios significa RECONOCERLO, IDENTIFICARLO, atribuirle a Él lo que tenemos. Ese reconocimiento es el prerrequisito de todo acto de gratitud. Cuando decimos “Baruj” declaramos que Él es el origen de todo lo que tenemos.

Y este sencillo reconocimiento transforma la experiencia material de comer en un acto espiritual: descubrir al Creador cada vez que nos alimentamos.




EQUEB Vacas Lecheras y Dátiles Medjool

אֶרֶץ זָבַת חָלָב וּדְבָשׁ

 

El Creador te ha concedido “una tierra que mana leche y miel” —

Debarim 11:9

LA PROMESA

Nuestra Parashá llama a Israel “la tierra que mana (= que produce) leche y miel”. Es quizás la descripción más famosa de toda la Torá. Y durante miles de años fue también la más difícil de creer: los judíos, generación tras generación, leímos estas palabras sin ver ni la leche ni la miel. Sonaban a fantasía. Hasta ahora…

Moshé Rabbenu le describe al pueblo la tierra de Israel: “una tierra… de arroyos, de manantiales y de agua potable que brotan en el valle y en la montaña; tierra de trigo y cebada, de vid, higuera y granada; tierra de olivos de aceite y de miel” (Debarim 8:7-8).

 

Pensemos en quiénes escuchaban estas palabras. La mayoría, una generación que nació en el desierto. Gente que jamás vio un campo de trigo ni un olivo. Que no sabía lo que era una fruta fresca. Que nunca cosechó nada. Que comió, toda su vida, el maná que bajaba del cielo, racionado, como “comida de astronauta” (con un poco más de sabor). A ellos, Moshé les habla de arroyos, de uvas, de higos, de pan en abundancia — y de algo que ni podían visualizar: leche y miel (Debarim 11:9).

Pero no solo para la generación del desierto la leche y la miel de Israel fueron una utopía inalcanzable: durante los últimos 2,000 años, ¡esta descripción siguió sonando a fantasía para todas las generaciones que vinieron después!

 

LA LIBRETA DE RACIONAMIENTO

Durante siglos, los que visitaron la tierra de Israel vieron exactamente lo contrario de lo que describe nuestra Parashá: pantanos, malaria, piedras, desolación. Los pocos judíos que vivían allí dependían, en gran parte, de la caridad de las comunidades de la diáspora. El rab Obadiá de Bertinoro, que llegó a Israel en 1488, cuenta que el rabino de Jerusalem era Ya’aqob de Colombano: era tan pobre que únicamente se permitía comer un pedazo de pan durante Shabbat, mientras que durante la semana se alimentaba de las vainas secas de algarrobo que los productores árabes desechaban después de producir la miel de algarrobo. ¡Ni esa miel barata podían probar los judíos!

Pero no hace falta ir tan atrás. Vayamos a 1950, dos años después de la fundación del Estado de Israel. El país no producía comida suficiente para su población, y el gobierno impuso un régimen de austeridad: la tzena’ (צנע, “austeridad” en hebreo). Cada familia recibía una libreta de racionamiento. La ración mensual por persona era de: 12 huevos, 200 gramos de queso, 750 gramos de carne. ¿Y la leche? La leche fresca escaseaba tanto que las cuotas se fijaban por edad — los niños primero — y buena parte del país hacía fila para comprar leche en polvo importada.

Leamos esto de nuevo, despacio: ¡en la tierra de la leche y la miel, la leche estaba racionada! Y no en la época de los romanos ni de los otomanos. Hace solo 70 años. Conozco abuelos en nuestras comunidades que hicieron la fila con esa libreta. ¿Qué habrán pensado, en los años 50, de la promesa de leche y miel? ¿Que era una metáfora?

LA LECHE

Hoy vivimos tiempos absolutamente privilegiados en Israel: tiempos de una abundancia desproporcionada que, si eres judío, puedes llamarla sin vergüenza: ¡”abundancia bíblica”! Es decir: prometida por la Torá.

Tomemos por ejemplo la leche. Israel produce leche en números récord. Y las vacas israelíes — ¡ajústense los cinturones! — producen más leche que las vacas del mundo entero. No es una exageración: son los datos oficiales de la industria láctea internacional. Las vacas israelíes producen en promedio más de 12,000 litros por año. Las siguen Dinamarca y Holanda, con poco más de 10,000; y otros países verdes, húmedos y de pasturas infinitas, como Argentina, con unos 6,500.

¿Saben dónde vive la vaca con el récord absoluto de producción de leche del planeta? Ni en los Alpes suizos ni en la quebrada de Humahuaca. ¡Vive en un kibutz! Sa’ad, a pocos kilómetros de la franja de Gaza (dairyschool.co.il/world-record-holder-milking-cow). No es el pasto ni las llanuras. Es la berajá que HaShem le da a esta tierra.

Las berajot que la Torá prometió hace 3,500 años y que nunca pudimos percibir ¡se están cumpliendo hoy — literalmente, HOY — frente a nuestros ojos!

 

LA MIEL

¿Y la miel? Aclaremos primero que cuando la Torá habla de miel no se refiere a la miel de abejas, sino al “almíbar dulce” que se produce de los dátiles. Cuando el dátil del Medio Oriente madura, se vuelve blando, almibarado y pegajoso: al tocarlo, prácticamente exuda un jugo que se pega en la piel como la miel.

El Medjool es el dátil más famoso del mundo: grande, dulce y carnoso — el rey de los dátiles. ¿Y adivinen qué país es el primer exportador mundial de dátiles Medjool? (Ajústense otra vez los cinturones): ¡Israel! Exporta estos sabrosos dátiles a unos 60 países y concentra ¡la mitad de las exportaciones globales! Crecen en el valle del Arabá y a lo largo del valle del Jordán. Y este imperio del dátil es una industria relativamente nueva, que despegó en los 90 como un start-up.

La tierra que mana miel de dátiles hoy exporta su miel a los cinco continentes.

 

MÁS QUE LECHE Y MIEL

La leche y los dátiles son solo dos ejemplos de algo más grande. Israel es un país con más de la mitad de su territorio desértico, sin ríos importantes, sin lluvias durante seis meses al año, rodeado de enemigos y en guerra desde su fundación. Pero tiene BERAJÁ. Y no solo se alimenta a sí mismo: también exporta comida al mundo entero. Frutas, verduras, semillas, tecnología agrícola. ¡Hasta el agua se produce en Israel! Se desaliniza el mar para beber y se reciclan las aguas para regar los campos, en proporciones que ningún otro país del mundo se le acerca.

אֲשֶׁר לֹא בְמִסְכֵּנֻת תֹּאכַל בָּהּ לֶחֶם “El pan que comas en Israel no lo comerás con escasez” (Debarim 8:9). La generación del desierto que escuchó esta promesa no pudo imaginarla. Cien generaciones la leyeron y no la pudieron ver. Incluso nuestros abuelos tenían que comprar la leche con cupones. Y nosotros, sin darnos cuenta, somos quizás la primera generación en miles de años que ve esta berajá cumplida.

La tierra prometida que durante siglos estuvo destruida, desolada y estéril es hoy la tierra de la superabundancia: produce más leche que todo el planeta y exporta sus dátiles, con sabor a miel, al mundo entero.

Rab Yosef Bitton




VAETJANAN: No le des a tus hijos todo lo que quieren; dales todo lo que necesitan

“Cuando HaShem tu Dios te haya traído a la tierra que prometió entregar a tus padres Abraham, Isaac y Jacob… una tierra con grandes ciudades que tú no edificaste; con casas llenas de todo tipo de cosas buenas, que tú no trabajaste por ellas; con pozos de agua que tú no cavaste y con viñas y olivares que tú no plantaste, entonces cuando comas y te sientas satisfecho (ve’ajaltá vesabá’ta), ¡ten cuidado de no olvidarte de HaShem, tu Dios, que te sacó de Egipto de la casa de servidumbre!” (Debarim 6:10-12)

EL PELIGRO DE TENERLO TODO

La Parashá de esta semana nos cuenta que el pueblo de Israel está por entrar a la Tierra Prometida. Y curiosamente, lo que le preocupa a Moshé no es la guerra —HaShem ya le prometió la victoria— sino la paz. Y especialmente, ¡la prosperidad! Porque el pueblo va a heredar una tierra totalmente equipada: pozos cavados y llenos de agua, casas edificadas, viñedos que ya dan fruto. Es como recibir las llaves de una casa totalmente amueblada, con la heladera llena y un negocio funcionando. Todo listo. Y sin haber hecho ningún esfuerzo.

Moshé sabe que esta prosperidad “heredada” es muy peligrosa desde el punto de vista emocional y espiritual. Y lo dice: cuando comas y te sientas satisfecho… ¡ten cuidado! No te vayas a olvidar de Quien te brindó todo lo que tienes. Todos conocemos la escena: el abuelo llegó sin nada, durmió en el piso de un depósito, levantó un negocio trabajando dieciséis horas por día. Se comportó con humildad, trató a los demás con respeto, y jamás se olvidó de agradecer a Dios. El hijo o el nieto hereda la empresa, el apellido, el dinero de más y la casa de verano… y vive quejándose. ¿Cómo puede ser que el que tuvo menos agradecía más? Los psicólogos norteamericanos le pusieron nombre a este fenómeno: «affluenza», la enfermedad de la abundancia. La Torá la describió hace más de tres mil años, en un solo versículo.

ANTES DE COMER: APRECIAR

¿Cuál es el antídoto? La respuesta está escondida en una pregunta que me hice muchas veces: ¿cuál es la diferencia entre las berajot que decimos ANTES de comer y el Birkat haMazón que decimos DESPUÉS? ¿Para qué dos berajot? ¿No alcanza con una, antes o después de comer?

La respuesta: hay que aprender a apreciar, y apreciar me lleva a agradecer.

Antes de comer todavía no recibimos nada, así que la berajá previa —por ejemplo: “boré perí ha’ets”— no puede ser un “gracias”. Es otra cosa: es un reconocimiento. Cuando digo “boré perí ha’ets” recuerdo y afirmo de dónde viene lo que estoy por disfrutar. Si bien la compré yo, con mi dinero, esta manzana no existiría si Dios no la hubiera creado. Y la creó ¡PARA MÍ! Es un segundo de pausa y reflexión antes del primer bocado. La manzana pasó por la tierra, la lluvia, el sol, el agricultor, el camión, el mercado… y llegó a mi mesa. Puedo comerla sin registrar nada. O puedo detenerme un instante y reconocer al Dueño de toda esa cadena. Esto es “apreciar”: entender que nada de lo que tengo es obvio. Y apreciar es exactamente el antídoto contra el “olvido” del que habla nuestro pasuq: es imposible olvidarse de HaShem si Lo nombramos antes de cada bocado.

DESPUÉS DE COMER: AGRADECER

Después de comer, con el estómago lleno, llega el agradecimiento: el Birkat haMazón. Y no es casualidad que la Torá lo formule con las mismas palabras de nuestra Parashá: “ve’ajaltá vesabá’ta —uberajtá—”, “comerás, te saciarás… y bendecirás” (Debarim 8:10).

Fijémonos en el detalle, porque es brillante. La Torá no nos pide agradecer cuando tenemos hambre y nos sirven el plato: cualquiera agradece en ese momento. Nos pide agradecer después, una vez saciados, ¡cuando la comida ya no nos hace falta! Es fácil decir “gracias” al mozo o a quien sirve la mesa cuando trae el plato; el mérito es decírselo al final, cuando ya estamos satisfechos y pensando en otra cosa. El mismo “ve’ajaltá vesabá’ta” que en Vaetjanán es una advertencia —¡cuidado con olvidar!— se convierte una parashá después, en Equeb, en el momento de bendecir. La abundancia, y la saciedad, es una encrucijada: puede terminar en olvido o puede terminar en berajá. La diferencia entre ambos caminos es una sola: la gratitud.

NUESTROS HIJOS

Y esto nos lleva de vuelta a nuestros hijos. Como los judíos que heredaron una tierra equipada con todo, nuestros hijos muchas veces heredan un mundo que no construyeron. Nadie les preguntó si querían una casa cómoda, colegio privado y vacaciones: lo encontraron todo servido, como Israel encontró los pozos ya cavados. No podemos —ni queremos— dejar de darles. Pero miremos la escena de cualquier cumpleaños de ricos: el chico abre el regalo, lo deja a un costado y pregunta “¿hay algo más?”. Ahí está la «affluenza» en acción. No es un chico malo: es un chico al que nadie le enseñó la secuencia: apreciación, agradecimiento.

La Torá nos da el método, y es el mismo que usamos en la mesa: primero apreciar —saber que esto viene de algún lado, que alguien lo trabajó, que Alguien lo hizo para mí— y después agradecer, decirlo, expresarlo. Un chico que aprende a hacer una pausa antes de comer y a decir “gracias” después de recibir está vacunándose, varias veces por día, contra la enfermedad de la «affluenza».

La mejor herencia para nuestros hijos no es regalarles todo lo que quieren, sino enseñarles a apreciar y agradecer por lo que tienen. Los pozos de agua, después de todo, ya los van a heredar. Lo que no se hereda es la gratitud: esa se enseña.




I ❤️ ISRAEL: Har HaMenujot, y un cartel que te deja pensando

נְקֹם נִקְמַת בְּנֵי יִשְׂרָאֵל מֵאֵת הַמִּדְיָנִים אַחַר תֵּאָסֵף אֶל־עַמֶּיךָ׃

Dios le dice a Moshé: “Lidera la batalla de los hijos de Israel contra los midianitas; después te reunirás con [las almas de] tu pueblo” (Bamidbar 31:2).

MISIÓN Y SACRIFICIO

En la parashá de esta semana, Moshé Rabenu nos enseña una gran lección: cómo combinar dos sentimientos opuestos que se complementan.

Por un lado, HaShem le dice: ve y lucha contra los midianitas, y después “te reunirás con tus antepasados”. Es decir: vas a fallecer. Esta guerra será tu última misión. Moshé lo entiende. Sabe que su cuerpo va a regresar al polvo, y que su alma se unirá a sus antepasados. Y no se resiste ni negocia. Reconoce su naturaleza efímera y acepta, con humildad, su mortalidad.

Por el otro lado, Moshé también sabe que él es imprescindible como líder. No le dice a HaShem: dale esta misión a Yehoshúa, yo estoy cansado, que la haga otro. Moshé sabe su valor. Sabe que él es irreemplazable. Insustituible. Pero no siente vanidad. Asume su rol protagónico y toma sobre sí la responsabilidad hasta el último día.

En Moshé, estas dos ideas opuestas —humildad y autovaloración— se complementan.

BET VAAD LEJOL JAI

Ayer, jueves, visité Har Hamenujot, el cementerio judío más grande de Yerushalayim. Está en Guivat Shaul. Tiene unas 58 hectáreas (como referencia, son unos 80 estadios de fútbol). Hay más de 200.000 tumbas. Y allí descansan algunos de los más grandes rabinos de las últimas generaciones: el Rab Jayim Yosef David Azulai; el Rab Mordejai Eliyahu; el Rab Shalom Messas; y el Rab Yaakob Yosef, entre muchos otros.

Debo confesar algo: generalmente no visito cementerios. Sigo la opinión de Maimónides, que escribe que uno no debe frecuentar las tumbas (Hiljot Ébel 4:4). Y allí mismo enseña que no es el texto grabado en la piedra (nefesh) lo que los recuerda, sino sus enseñanzas. Sus palabras y acciones, cuando las recordamos, son su verdadero monumento. En lo personal, creo que la mejor forma de honrar la memoria de nuestros Jajamim es, como dice Maimónides: leer, estudiar y enseñar sus ideas.

Tuve el zejut de escribir las biografías y las ideas de más de 120 Jajamim sefaradim “ignorados”. Y publiqué dos libros sobre ellos que llamé “Gigantes Olvidados”. Cada vez que escribo sobre uno de estos rabinos me acuerdo de lo que dijo HaRambam, y Jazal, sobre el versículo de Shir haShirim: “dobeb sifté yeshenim” — cuando uno repite, ¡cuando uno enseña!, las palabras de un Jajam que ya falleció, “sus labios se mueven en su sepultura” (Yebamot 97a). Invocar su memoria es un acto de tejiyat hametim. Desde este punto de vista, visitar los libros de los Jajamim tiene más impacto en la elevación de su memoria que visitar sus tumbas.

EL CARTELITO QUE TE HACE PENSAR

Fui a Har Hamenujot pensando en nuestros patriarcas. Abraham adquirió en vida la Meará de Majpelá en Jebrón (Bereshit 23). Negoció, pagó, y aseguró su lugar y el de Sará. No esperó, ni dejó esa tarea para sus hijos. Pensar en el final es parte de vivir con lucidez, y es señal de humildad ante la propia mortalidad.

Al llegar al cementerio, un pequeño cartel me hizo detenerme y pensar. Era muy simple. Citaba dos textos famosos.

El primero, una frase de la Mishná: “Bishvilí nibrá haolam” — “El mundo fue creado para mí” (Sanhedrín 4:5).

El segundo, las palabras de Abraham Abinu: “Veanojí afar vaéfer” — “Yo solo soy polvo y ceniza” (Bereshit 18:27).

Dos ideas opuestas. Pero la sabiduría está en la combinación de las dos.

Comencemos por la segunda idea, que expresa nuestra increíble pequeñez. Somos átomos, polvo que vuelve a la tierra. Cuanto más conocemos el universo, más pequeños nos vemos. En el espacio, nuestro planeta entero es apenas un punto azul pálido, un “pale blue dot”, como decía Carl Sagan. En julio de 1994 el cometa Shoemaker-Levy 9 impactó contra Júpiter, y destruyó una superficie más grande que toda la Tierra. Fue algo casi trivial en nuestro pequeño sistema solar, pero que te deja pensando —y temblando— acerca de nuestra fragilidad cósmica. Somos pequeños en el espacio, y efímeros en el tiempo. Una ilusión de no más de 120 años. Moshé Rabenu reconocía que su reducción al polvo de la tierra era inevitable, y eso lo mantenía humilde. Pero también tenía conciencia de su misión existencial, que era más importante que su supervivencia.

La primera idea es que “el mundo fue creado para mí”. A primera vista suena narcisista. ¡Pero no lo es! La Mishná nos enseña a vernos como protagonistas centrales en los planes del Creador. Como en The Truman Show: donde todas las cámaras están enfocadas en una sola persona. Es la forma en que los Jajamim nos enseñan a mirarnos, para tomar conciencia de un rol único y central en los planes del Creador, y darnos cuenta de nuestra trascendencia y potencial.

LOS DOS PAPELITOS

El Rab Simjá Bunim enseñó que estas dos ideas hay que llevarlas como dos papelitos, uno en cada bolsillo, toda la vida. En un bolsillo: “el mundo fue creado para mí”. En el otro: “yo soy polvo y ceniza”. Los dos papelitos dicen una verdad. La grandeza está en saber cuál leer, y cuándo.

Cuando uno se siente deprimido, “aplastado” por la vida, debe meter la mano en el primer bolsillo. Fui creado con talentos únicos, y no los debo desperdiciar. No dejar pasar un solo día sin utilizarlos: para Am Israel, para acercarme al Creador, para influir positivamente en los demás. Cuando uno se siente insignificante, olvidado, tiene que recordar esta idea: el mundo fue creado para mí. Solo yo soy capaz de hacer algo que ningún otro ser humano puede hacer.

Y si uno empieza a sentirse superior a los demás, hay que sacar el segundo papelito del bolsillo. Polvo y ceniza, como dice esa canción en inglés que yo escuchaba de joven, sobre la fugacidad de la vida: “All we are is dust in the wind.” Todo lo que somos es polvo, arrastrado por el viento. Pequeñez y efemeridad. Los 120 años pasan volando.

Ninguna de las dos verdades alcanza por sí misma: la humildad sin sentido de propósito te hunde; el sentido de propósito, el reconocer cuánto uno vale, sin humildad, te hace vanidoso. La sabiduría es saber cuál sacar del bolsillo en cada momento.

Y por eso el cartel está justo allí, en la entrada del cementerio. Porque es el único lugar donde los dos papelitos se abren al mismo tiempo. Cada tumba declara que uno es “afar vaéfer”: polvo que regresó al polvo. Pero cada tumba es también un testimonio de “bishvilí nivrá haolam”: que aquí descansa un ser humano único, con talentos divinos, que marcó una diferencia en el mundo.




PINEJAS: Judaismo y Nepotismo

TODO POR MIS HIJOS
Moshé Rabenu sabe que su vida pronto va a terminar. También sabe que su pueblo, Am Israel, necesitará un líder que lo reemplace. ¿Quiénes eran los candidatos para tomar el puesto de Moshé? Lo más natural en esa época y en esas circunstancias hubiera sido que los hijos de Moshé lo reemplazaran.  Al fin y al cabo “todo nuestro sacrificio es para nuestros hijos”.  Y Moshé podría haber pensado que él se ganó el derecho de que sus hijos hereden su puesto y tomen el liderazgo del pueblo. Aparte del punto de vista formal, y tal como lo vieron y vivieron por siglos en Egipto, Moshé, que era desde todo punta de vista práctico  “el Monarca” de los judíos: merecía establecer su propia dinastía.
 
MERITO vs. FAMILIA
Pero sorprendentemente, los hijos de Moshé no son mencionados en la Torá ni siquiera como candidatos a la sucesión de Moshé. Y los Sabios del Midrash afirman que Moshé en un principio sí pensó en sus hijos como sus sucesores naturales. ¿Cómo lo sabemos? Los sabios dedujeron esta idea de la yuxtaposición del texto que habla de Tselofjad, y el texto que habla de quién reemplazará a Moshé.  Tselofjad no tenían hijos varones. Las hijas expresaron a Moshé que ellas tenían el derecho legal de heredar las tierras de su padre. Al final, la Torá les da la razón y las hijas de Tselofjad obtuvieron su herencia. Los Sabios indican que en ese momento Moshé pensó: “Si las hijas de Tselofjad heredan la tierra de su padre, mis hijos, deberían heredar mi posición de liderazgo”. En este punto, los Sabios, con una inusual ausencia de eufemismos, reconstruyen la respuesta teórica que Dios le manifestó a Moshé: “¡Tus hijos no hicieron nada (ישבו להם) para merecer heredarte! No asistieron a la casa de estudios y no se esforzaron para aprender Torá!” En otras palabras, la Torá, el estudio, la capacitación intelectual y espiritual, no se recibe por herencia como un pedazo de tierra. Si no existió el esfuerzo personal por parte de los hijos, heredar automáticamente un puesto de liderazgo, sería simplemente “nepotismo”.
 
TRÁMITES DE SUCESIÓN
Pero aquí no termina el tema. HaShem, al final, le transmite a Moshé que quien lo sucederá será Yehoshua, el asistente de Moshé. Los Sabios dicen que HaShem le transmitió su decisión a Moshé de esta manera: “Yehoshúa, si bien no es ni tu hijo ni tu sobrino, [es tu discípulo] y se esforzó en todo lo que pudo. Durante los años que te asistió, Yehoshua se levantaba muy temprano por la mañana y se presentaba en la casa de estudios de Torá (בית ועד). Allí, y antes de que llegara cualquier otra persona, Yehoshua limpiaba el piso, extendía las alfombras en el piso y arreglaba los bancos… estuvo dispuesto a realizar cualquier trabajo que fuera necesario, sin importarle que ese fuera o no fuera acorde a su prestigio. etc.…. Además,  se quedaba en la casa de estudio hasta altas horas de la noche, y solo se marchaba cuando ya todos se habían marchado.”  La comparación entre Yehoshúa y los hijos de Moshé no deja lugar a ambigüedades. HaShem le enseña a Moshé –y por su intermedio a todos nosotros– que los judíos pertenecemos a una sociedad “meritocrática”: los méritos propios tienen más valor que los méritos heredados. Lo que se valora es el esfuerzo personal. Las posiciones de liderazgo son asignadas en base al mérito, en virtud del talento, la educación, la competencia y la aptitud específica del individuo para ese determinado puesto.  
 
LA TIERRA Y EL LIDERAZGO
A diferencia de un pedazo de tierra o una gran fortuna, la Torá — el liderazgo en el ámbito de Torá– NO se hereda automáticamente de padres a hijos. El hecho de que mi padre sea o haya sido un gran sabio o un gran líder, no me convierte a mí, su hijo, en un gran sabio. Y viceversa. Es posible que un gran sabio haya tenido un padre que no era un gran sabio. En última instancia, la posición depende del esfuerzo propio. Así se lo explicó el gran erudito judío Aqabiyá ben Mahalalel a su hijo. Cuando Aqabiyá estaba por morir, su hijo le pidió que “lo recomendara” a sus colegas, que eran los más prominentes rabinos y líderes del pueblo judío. “Con tu recomendación, papá, muchas puertas se van a abrir, y yo voy a poder pertenecer a ese grupo de elite que me va a facilitar el acceso a cargos muy importantes”.  Pero su padre se negó “a recomendarlo”. Su hijo le preguntó: ¿Acaso encontraste algo malo en mí? Y su padre le respondió una frase que quedó para la historia: “Hijo mío, no es mi recomendación la que te va a otorgar prestigio y un puesto de liderazgo, sino tus acciones.  מעשיך יקרבוך ומעשיך ירחקוך  “Tu conducta te va a acercar a ellos o te va a alejar de ellos”. Tu éxito no va a depender de mi recomendación sino de tus propios méritos.    
 
 



PINEJAS: Yehoshúa y el poder de la empatía

CARACTERÍSTICAS DE UN LÍDER JUDÍO

Cuando Moshé se entera de que su vida está por acabar, le ruega a HaShem nombrar al sucesor adecuado para dirigir al pueblo de Israel. Y dice (Bamidbar 27:16): “Eloqe harujot lejol basar” (Dios, Tú que conoces los espíritus de cada ser vivo). El Midrash explica que Moshé imploró a HaShem que asignara un líder con esa característica: un hombre “asher rúaj bo”, capaz de conocer el espíritu de todo ser vivo. Esto significa: un hombre que comprenda el carácter de cada individuo. El líder ideal de Israel debe ser paciente, de mente abierta, y debe estar preparado para lidiar con distintos tipos de personalidades. Con aquellos que necesitan una mano fuerte, y con aquellos que necesitan un enfoque más sensible. Con los que pueden escuchar una opinión distinta y con aquellos que presentan más resistencia al cambio. O con aquellos que requieren explicaciones adicionales o una estrategia de persuasión no convencional.

EL MAESTRO

HaShem entonces designa a Yehoshúa como sucesor de Moshé. Yehoshúa era “un maestro” de la empatía, y entendía que hay diferentes tipos de inteligencias y que, en el tema de la comunicación, un líder debe adaptarse a los demás. El futuro líder judío, antes de reaccionar y enojarse, debe tomarse el tiempo para entender las razones de la opinión del otro. Yehoshúa era capaz de ponerse en la piel del otro y entender no solo lo que su interlocutor dice, sino lo que está tratando de decir. En TODAS las relaciones humanas necesitamos de la empatía. De la capacidad de aceptar que, a pesar de que todos venimos de los mismos ancestros, Adam y Eva, todos somos muy diferentes. Como dijeron nuestros Sabios: “keshem shepartsufehem shonot…”, del mismo modo que no hay dos personas con caras idénticas, tampoco existen dos personas con la misma forma de pensar o comunicarse (Berajot 58a).

LA MIOPÍA: ¿ES CONTAGIOSA?

La empatía es fundamental en un líder. Por empatía me refiero a la capacidad de percibir los sentimientos del otro e internalizarlos sin negarlos ni ignorarlos. Es la capacidad de suspender por un momento nuestro propio punto de vista, y no juzgar el comportamiento de los demás de acuerdo con la forma en que “uno” siente o se comporta. No me puedo molestar con mi esposo si sus gustos respecto a la comida son diferentes a los míos. No puedo decirle a mi hija adolescente que es ridículo tener miedo de subirse a una montaña rusa en un parque de diversiones, solo porque yo no le tengo miedo a las alturas. Tenemos diferentes temperamentos, formas de percibir la vida, miedos, gustos y sensibilidades. Todo el mundo ha vivido experiencias distintas que han afectado a sus personalidades. Mis lentes son personalizados. A mí me ayudan a leer mejor y a ver mejor. ¡Pero mis anteojos no le sirven a los demás! De hecho, si alguien usa mis anteojos, ¡no va a poder ver!

PARENTING Y EMPATÍA

En nuestro papel de padres, la empatía es absolutamente necesaria. Cualquier padre con más de un hijo sabe que los niños son muy diferentes entre sí, incluso cuando fueron criados en el mismo hogar y por los mismos progenitores. Nosotros, los padres, debemos prestar mucha atención y entender a cada uno de nuestros hijos según su personalidad e individualidad, con el fin de ser empáticos con sus necesidades, y saber cuál es el mejor enfoque para cada uno de ellos en particular. Comencemos por convencernos de que nuestros hijos son diferentes. ¡Cada uno tiene un espíritu distinto!

En hebreo llamamos al preescolar “Gan Yeladim”, literalmente “un jardín de niños” o “jardín de infantes”. Pero ¿te preguntaste alguna vez por qué se llama “jardín”? Porque, a fin de brindar a los pequeños las bases correctas en los comienzos de su educación, hay que ser como un jardinero, que sabe que cada una de sus plantas tiene necesidades diferentes. Algunas plantas necesitan agua una vez al día. Otras, irónicamente, se marchitarán si las regamos a diario. Hay plantas que necesitan mucho sol, y otras, sombra. Al igual que las plantas, todos nuestros hijos necesitan atención. Pero esa atención debe ser personalizada. Adaptada a cada uno de nuestros hijos en particular.

Tenemos que ser para nuestros hijos lo que Yehoshúa fue para el pueblo de Israel: entender que cada uno de ellos tiene su propio universo mental.

Rabbanit Coty Bitton

 




BEHAALOTEJA: Cuidar las palabras

Al final de la parashá de esta semana, Miriam habla acerca de su hermano Moshé. Obviamente Miriam lo quería: lo había cuidado desde que era un bebé en el río.

¿Qué fue lo que dijo? Miriam vio que Moshé ya no llevaba una vida familiar normal con su esposa, Tzipora. Pensó que eso no era necesario: ella y Aharón también eran profetas, y seguían viviendo con sus familias, ¿por qué Moshé no? Lo que Miriam no entendía es que Moshé no era como cualquier otro profeta. HaShem hablaba con Moshé todo el tiempo, de día y de noche, así que Moshé siempre tenía que estar listo. No podía vivir exactamente como los demás seres humanos.

Miriam tenía buenas intenciones, pero aun así fue responsabilizada por haber hablado negativamente de Moshé. Había hablado de la vida privada de su hermano y juzgado una decisión que no comprendía del todo. Fue afectada por tzaraat, una afección de la piel, y tuvo que permanecer fuera del campamento durante siete días. Y Moshé —el mismo hermano del que ella había hablado— rezó por su curación.

Si Miriam, que amaba a Moshé y tenía buenas intenciones, fue responsabilizada por sus palabras, cuánto más cuidadosos debemos ser cuando hablamos acerca de los demás. El lashón haRá no es solo decir cosas falsas. Incluso si uno dice palabras verdaderas, incluso sobre alguien a quien amamos, un familiar, pueden causar daño.

La Torá nos instruye a recordar lo ocurrido con Miriam y aprender a cuidar nuestras palabras.   Antes de hablar de otra persona, vale la pena preguntarse tres cosas: ¿Estoy seguro de que es verdad? ¿Es necesario que lo diga? ¿Tiene algún fin positivo? Si la respuesta a cualquiera de estas tres es “no”, es mejor callar.




NASO: La bendición de los Cohanim

יברכך ה׳ וישמרך

יאר ה׳ פניו אליך ויחנך

ישא ה׳ פניו אליך וישם לך שלום

El texto de Bircat Cohanim, la bendición de los Sacerdotes, se encuentra en la Perashá de esta semana, Nasó. Este texto contiene las palabras con las cuales Dios instruye a los Cohanim bendecir a la congregación de Israel. Vale aclarar que si bien los Cohanim son los que “recitan” esta plegaria, es el Creador, y no los Cohanim, quien nos concede estas bendiciones.

Antes de examinar su profundísimo contenido, cabe destacar que el texto está presentado en una progresión matemática que sorprende por su impecable diseño: el primer versículo tiene 3 palabras y 15 letras. El segundo, 5 palabras y 20 letras. Y el tercero, 7 palabras y 25 letras.

Nos enfocaremos ahora en el contenido.

El primer pasuq dice:

“Que HaShem (= Dios) te bendiga y te proteja”.

TE BENDIGA: Esto quiere decir: quiera Dios concederme todas las bendiciones materiales que necesito: casa, comida, vestimenta, dinero, etc. Por supuesto que el hecho de que Dios me bendiga no quiere decir que yo no necesito trabajar para merecerlo. La bendición de Dios no reemplaza el esfuerzo humano. El hombre trabaja la tierra y planta las semillas. Y cuando Dios le concede Su bendición —por ejemplo: la lluvia, la salud, la ausencia de plagas, etc.— el hombre recoge los frutos. La bendición Divina, por lo tanto, implica una suerte de asociación entre el hombre, que debe esforzarse y trabajar, y Dios, que bendice ese esfuerzo para que culmine con éxito.

TE PROTEJA: Necesitamos la asistencia Divina para poder disfrutar de Sus bendiciones. ¿Cómo? Protegiéndonos de enfermedades, accidentes y tragedias. En este caso también tenemos la obligación de dar el primer paso y convertirnos en un receptor “merecedor” de esta bendición: si pedimos que HaShem proteja nuestra salud, tenemos que hacer todo lo que esté en nuestras manos para mantenernos sanos. Y debemos evitar correr riesgos innecesarios para no exponernos a accidentes, etc. Además, la protección Divina viene a complementar la bendición Divina. En cierta manera, aquí le estamos pidiendo a Dios que nos proteja de Su bendición material. En primer lugar, porque cuando todas mis necesidades materiales están cubiertas, mi carácter puede verse afectado negativamente. Puedo caer en la ostentación, la arrogancia, el desagradecimiento y el olvido de Dios.

Pedimos a HaShem que nos conceda generosamente lo que necesitamos y que nos proteja de los efectos adversos de la abundancia material.

El segundo pasuq dice:

“Que HaShem te ilumine con Su presencia y te agracie”.

TE ILUMINE: Este versículo no describe las bendiciones materiales, sino las espirituales, intelectuales y emocionales. ¿Cómo nos ilumina Dios? Concediéndonos la sabiduría para comprender Su Torá. Por nuestro lado, debemos esmerarnos en estudiar la Torá. Y el Todopoderoso nos bendecirá iluminando nuestra inteligencia, inspirándonos, abriendo nuestros ojos para que comprendamos la Torá y absorbamos sus valores. Pero la sabiduría no alcanza…

TE AGRACIE: De hecho, cuando una persona tiene demasiada sabiduría, a veces no posee “inteligencia emocional”. Un individuo puede ser muy sabio pero insensible hacia los demás. El niño más inteligente de la clase no siempre es el más popular. En esta bendición le pedimos a HaShem que “nos agracie”, es decir, que nos ayude a ser queridos por los demás. En hebreo se dice “encontrar gracia en los ojos de los demás”. Pedimos a HaShem que, además de la sabiduría, nos conceda inteligencia emocional.

El tercer pasuq dice:

“Que HaShem dirija Su presencia hacia ti y te conceda la paz”.

SE DIRIJA HACIA TI: Esta bendición significa “que Dios te favorezca”, que te preste una atención especial, particular. El mayor castigo para el pueblo judío es ser “abandonado” por Dios. De hecho, la Torá afirma que si el pueblo judío abandona la Torá, Dios retirará Su protección de los judíos, y estaremos expuestos a nuestros no pocos enemigos. Cuando la Torá describe este estado de abandono, producto de nuestro propio abandono de Dios, lo llama “hester panim”, “Dios oculta Su Faz de nosotros”. Esta bendición, en cambio, habla de la situación ideal: cuando Dios dirige Su Faz (Su Presencia, Su Protección, Su bendición) hacia nosotros. Este es un privilegio que también debemos merecer. Cuanto más nos acercamos a Dios, más se acercará Él a nosotros.

Y TE CONCEDA PAZ: La mejor forma de entender esta segunda parte es pensar en el Estado de Israel. Si Israel fuera un país tercermundista, corrupto, marginal —como los otros países de la región—, el mundo nos dejaría en paz. Pero Israel está bajo la permanente protección Divina. Israel sobrevive al constante ataque de sus incansables enemigos. Ganó todas las guerras. Crece y prospera. Esto es un mérito de los judíos que viven en Israel, que luchan para protegerla y para hacerla crecer. Pero esto no es suficiente. Israel también cuenta con la asistencia Divina. Los “ojos de Dios” supervisan permanentemente nuestra querida tierra y sus habitantes. Ahora bien: cuando el Creador nos concede el privilegio de Sus bendiciones, nuestros enemigos no lo pueden tolerar. Y harán todo lo posible para evitar que vivamos en paz y prosperidad. Por eso, en esta bendición le pedimos a HaShem que nos favorezca con Su Providencia, pero también le pedimos “paz”, es decir, que nuestra prosperidad “no despierte la envidia y la agresividad de nuestros enemigos”.

Esta es la situación ideal a la que aspiramos como individuos y como pueblo.




NASO: El arte de la fidelidad en el matrimonio

La fidelidad entre marido y mujer es uno de los cimientos sobre los que se sostiene una familia, y la infidelidad es una de las pocas cosas con poder suficiente para derribarla.

Uno de los temas que se mencionan en la Parashá de esta semana es el de la Sotá, un caso relacionado con la infidelidad en el matrimonio.

La Torá y los Sabios tratan este tema en profundidad y describen no solo las consecuencias del adulterio, sino también los factores que contribuyen a esa desviación o incluso a la sospecha fundada de infidelidad, y las conductas que la previenen y fortalecen la fidelidad.

En las siguientes líneas me referiré brevemente a algunos temas relacionados, directa o indirectamente, con la preservación de la exclusividad sexual en el matrimonio judío.

Santificar la intimidad sexual

A diferencia de otras religiones, el judaísmo percibe la sexualidad como algo positivo e incluso sagrado. Nuestros Sabios explicaron que nuestra conducta debe aspirar a emular a Dios. Él es compasivo, bondadoso y generoso; del mismo modo, nosotros debemos incorporar esas cualidades a nuestro propio comportamiento. Esta “imitación de Dios” alcanza su punto más alto cuando marido y mujer se convierten en “creadores” de una nueva vida. La procreación nos ofrece una oportunidad —sin paralelo en ningún otro acto de la vida— imitar al Creador del mundo.

La sexualidad también nos completa: nos conduce a la plenitud física y emocional como individuos. La primera referencia bíblica a la sexualidad dice: “Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Génesis 2:24). De este versículo los Sabios dedujeron que el hombre y la mujer deben considerarse individualmente como media persona (pelag gufa), y que la plenitud humana solo puede alcanzarse a través de la intimidad conyugal.

La sexualidad es ciertamente sagrada, pero también es vulnerable. La Torá describe la generación del Diluvio, donde la corrupción sexual y la violación fueron los primeros síntomas de la decadencia moral de aquella generación perversa. El sexo dejó de ser un acto que acercaba a los seres humanos a lo Divino y entre sí. Trataban el sexo como si no tuviera relación alguna con el amor y la santidad, considerándolo casual, desligado y unilateral: un simple medio de explotación para satisfacer instintos primarios.

Por su importancia y por su poder creador (y destructor), la sexualidad necesita ser “santificada” (quiddushín). La santificación de la sexualidad consiste en que la intimidad se exprese “exclusivamente” dentro del marco del matrimonio”. El sexo fuera del matrimonio es destructivo. La infidelidad suele desempeñar un papel decisivo en la mayoría de los divorcios; el adulterio es, por lo general, la última línea roja que se cruza. La deslealtad aleja a la persona de Dios y de aquellos a quienes más ama.

Pero el judaísmo va más allá de “limitar” la sexualidad al ámbito del matrimonio. También enseña a la pareja a preservar la atracción sexual y 2. y evitar todo aquello que pueda llevar a la infidelidad .

 

Preservar la pasión

La Mitzvá de Niddá fortalece la fidelidad. Una pareja judía casada se abstiene de la actividad sexual durante aproximadamente dos semanas cada mes, correspondientes al ciclo menstrual de la mujer más siete días adicionales. Cuando los Sabios del Talmud, en particular Ribbí Meir, explicaron la razón de esta norma, dijeron que, luego de este período de separación física, marido y mujer anhelan reavivar el deseo del uno por el otro. En otras palabras, lejos de debilitar el deseo sexual, este período de separación lo intensifica y lo despierta de nuevo, evitando uno de los mayores desafíos que enfrentan los matrimonios: la monotonía sexual. Los psicólogos y sexólogos reconocen desde hace mucho este problema: como la intimidad dentro del matrimonio está siempre disponible, puede empezar a sentirse rutinaria, y esa monotonía puede llevar a una persona a buscar novedad fuera del matrimonio, lo que conduce a la infidelidad.

Ribbí Meir explicó que, durante los días de separación física, el marido judío desea a su mujer, y su atracción por ella se intensifica a medida que se acerca la noche del Mikvé (la inmersión ritual que concluye el período de abstinencia). Y cuando la mujer regresa del Mikvé —incluso en una pareja que lleva muchos años casada— el deseo entre ambos se renueva “con la pasión que sintieron en su noche de bodas”. El período de Niddá es un RESET sexual perfecto. Crea cada mes una nueva luna de miel. Si esta extraordinaria Mitzvá no existiera, habría que inventarla.

Este período de separación también promueve un nivel más profundo de interacción entre marido y mujer. La distancia física los obliga a comunicarse con afecto, en el plano de amistad, platónico. Toda pareja debería aspirar a alcanzar ese nivel de relación no física que fortalece al matrimonio para el resto de sus vidas. Especialmente con el paso de los años, cuando el deseo sexual naturalmente disminuye, florecerá la amistad entre marido y mujer, basada en esa “relación no sexual” construida a lo largo de los años durante los períodos de Niddá.

Preservar la fidelidad

La tradición judía enseña una serie de leyes y normas de conducta concebidas específicamente para resguardar la fidelidad y evitar todo lo que pueda atentar contra ella. Una de esas reglas se conoce como “Yijud”: evitar una situación en la que un hombre y una mujer se aíslen en un lugar apartado. Los Sabios mencionan el Yijud como uno de los errores cometidos por la Sotá, una mujer casada que se recluyó con otro hombre, dando lugar a sospechas fundadas de adulterio. La historia de Amnón y Tamar, en el libro de Samuel, ilustra la importancia de evitar el Yijud. Amnón, uno de los hijos del rey David, tenía una obsesión sexual con Tamar, su media hermana. Para quedarse a solas con ella, fingió estar enfermo y pidió su ayuda. Solicitó que todos salieran de su habitación y, una vez a solas con su media hermana, Amnón abusó de ella. Este devastador episodio impactó profundamente al rey David, que se sintió culpable por no haberse dado cuenta de lo que ocurría en su propia familia. Para impedir que casos semejantes se repitieran en el futuro, el rey David, junto con su tribunal de justicia, instituyó la ley del Yijud, que prohíbe a un hombre judío permanecer a solas, en una habitación cerrada, con una mujer que no es su esposa.

La prohibición del Yijud pertenece a la categoría de los “guedarim” o “siyagim”, que se traduce como “medidas de seguridad” o vallas halájicas, destinadas a evitar que las personas cedan a la tentación y a transgresiones más graves. Un equivalente de un “siyag” sería un guardabosques que levanta una valla a unos pasos de un precipicio, para proteger a los visitantes de acercarse demasiado y caer accidentalmente al vacío.

Existen mecanismos preventivos semejantes, por ejemplo, en el campo de las adicciones. A una persona que lucha contra el alcoholismo se le aconseja evitar los bares y las reuniones donde se sirve alcohol, y abstenerse de frecuentar a amigos que beben. Estas “vallas sociales” protegen a las personas de sus propios impulsos y les ahorran enfrentarse a tentaciones difíciles de controlar. Es más fácil evitar entrar en un bar que resistirse a beber una vez que la copa está al alcance de la mano.

Del mismo modo, los rabinos reconocieron el poder del instinto sexual y subrayaron que confiar únicamente en el sentido común y en la moral personal puede resultar insuficiente (אֵין אַפּוֹטְרוֹפּוֹס לַעֲרָיוֹת). Se requieren reglas y vallas adicionales para evitar situaciones potencialmente desastrosas. Al evitar el Yijud —la reclusión privada entre un hombre y una mujer— se elimina el escenario mismo en el que tiende a desarrollarse la infidelidad o la conducta sexual inapropiada.

El concepto de Yijud se reconoce y se practica cada vez más en nuestros días, incluso en la sociedad no judía. Los asesores legales recomiendan a terapeutas, médicos, abogados y otros profesionales no permanecer a solas, en una habitación cerrada, con un paciente o cliente del sexo opuesto, a fin de prevenir cualquier situación inapropiada, sospecha o acusación de mala conducta. Esto demuestra la sabiduría avanzada de la Torá y de nuestros Sabios, que establecieron estas leyes hace miles de años, leyes hoy ampliamente reconocidas, valoradas y adoptadas en todo el mundo civilizado.

Cercanía emocional

En el judaísmo, la sexualidad está reservada exclusivamente para la relación íntima entre marido y mujer. Esta idea, sencilla pero fundamental, se extiende también a ciertos tipos de interacción entre hombres y mujeres casados que deben evitarse —más allá de la reclusión— incluso en el terreno de la comunicación.

Las insinuaciones afectuosas, o el lenguaje y los comentarios sexuales de un hombre hacia una mujer que no es su esposa, son inapropiados. De igual modo, una esposa judía debe reservar su encanto físico para su marido, procurando que su comportamiento y su apariencia en público no sean provocativos y que reflejen esa exclusividad.

Estos principios de conducta moral no gozan de mucha popularidad en la sociedad occidental contemporánea, donde la sexualidad ha sido cosificada a través de la publicidad, la pornografía y los medios de comunicación. La explotación generalizada del sexo —y la cultura permisiva moderna— ha normalizado la conducta sexual inapropiada, y la intimidad ya no se percibe como algo exclusivo entre los cónyuges y ligado al matrimonio.

Y precisamente por eso, preservar nuestros códigos de conducta judíos mientras vivimos en una sociedad que promueve valores contrarios representa uno de los desafíos más difíciles que enfrentamos hoy los judíos. Pero es esencial hacerlo si buscamos la armonía en nuestro matrimonio y la felicidad de nuestra familia. Y para lograrlo, debemos reconocer las conductas que facilitan la infidelidad o que pueden provocar celos justificados en el cónyuge.

Consideremos un último ejemplo.

La Torá nos enseña que la infidelidad puede a veces desarrollarse de manera involuntaria, como consecuencia de la comunicación emocional entre un hombre y una mujer casados. La primera vez que la Torá describe las relaciones sexuales, emplea el verbo “conocer”: “Y Adam conoció a Eva, su mujer”. Ese “conocer” se refiere a la conexión emocional que precede —¡y conduce!— a la intimidad física. Cuando una pareja sale por primera vez, se tratan con respeto y cordialidad. Luego llega la amistad, que poco a poco se transforma en una relación emocional, reconocible cuando la comunicación entre el hombre y la mujer incluye el tema de los sentimientos. Cuando se alcanza ese nivel, la pareja está lista para la intimidad, es decir, para el matrimonio.

Si observamos esta progresión hacia la atracción y la intimidad, podemos comprender por qué los Sabios advirtieron que, más allá de mantenerse alejado del contacto físico o de la reclusión, una persona casada debe evitar repetir “iniciar”, incluso involuntariamente, una progresión semejante con una persona del sexo opuesto en su vida profesional o social. En otras palabras, la comunicación de una persona casada con alguien del sexo opuesto debe mantenerse cordial y respetuosa, sin cruzar hacia el afecto o la intimidad emocional.

Los Sabios describen esta cercanía emocional como “quiruv hada’at”: cuando una mujer y un hombre comparten y se comunican mutuamente sentimientos privados o información íntima. Aunque al principio el contenido de esa información no esté relacionado con el ámbito sexual, este nivel de comunicación emocional genera sentimientos de cercanía que podrían conducir a la intimidad. Un hombre o una mujer casados deben evitar este tipo de comunicación con una persona del sexo opuesto con la que interactúan de forma habitual, como un empleado o un colega en el trabajo. Por ejemplo, un esposo no debería compartir con una colega o compañera de trabajo los problemas que él tiene con su esposa. Estas interacciones emocionales, el quiruv hada’at, no se convierten en intimidad de la noche a la mañana, pero se desarrollan de forma gradual.

Preservar la fidelidad es la piedra angular de la familia judía y del bienestar emocional de nuestros seres queridos. Esto exige permanecer alerta y respetar los límites que impiden que ciertas situaciones se vuelvan, poco a poco, más difíciles de controlar. Las leyes de Niddá, Yijud y la prevención del quiruv hada’at —cada una desde una perspectiva diferente— contribuyen a salvaguardar la fidelidad, el aspecto más sagrado y esencial de nuestra vida familiar.