QUEDOSHIM: ¿Honrar o respetar a los padres?

Cuando la Torá se refiere a nuestro relacionamiento con los padres, no nos indica un solo mandamiento — ¡nos da dos! Dos preceptos distintos en su contenido, en su orientación y en la etapa de la vida a la que se aplican. Confundirlos, o reducirlos a uno solo, empobrece nuestra comprensión de ambos. Vale la pena detenerse y examinarlos con cuidado.

Las diferencias fundamentales

El primero es el quinto de los Diez Mandamientos y dice: Kabed et avija ve’et imeja — “Honra a tu padre y a tu madre.” La palabra clave aquí es kabed, relacionada con kavod. Que no significa estrictamente “respetar”, sino honrar mediante acciones concretas: ocuparse de los padres, atender sus necesidades, y asistirlos cuando no se pueden valer por sí mismos.

El segundo mandamiento aparece en nuestra parasha, Kedoshim, y dice: Ish imo ve’aviv tira’u — “Uno debe respetar a su madre y a su padre.” La palabra clave aquí es tira’u, del verbo lira — “temer”. Pero no se trata de miedo, sino de “temor reverencial”: reconocer y respetar la autoridad de los padres en nuestras decisiones y comportamiento.

¿Cuáles son las diferencias entre ambos preceptos?

Primera diferencia: lo que se debe hacer vs. lo que no se debe hacer. El honor (kabed) se expresa en acciones positivas: ayudar, visitar, acompañar. El respeto (tira’u) se expresa principalmente en lo que no se hace: no desobedecer, no contradecir, no invadir el lugar de los padres.

Segunda diferencia: dos etapas distintas de la vida. El respeto se aplica principalmente cuando los hijos son niños o adolescentes y dependen de sus padres. El honor se aplica cuando los roles se invierten: cuando los padres envejecen y son ellos quienes dependen de sus hijos.

Tercera diferencia: ¿quién depende de quién? El mandamiento de tira’u pertenece al mundo de la educación y la crianza: parenting. Los padres deben mostrarse como autoridad, para que los hijos la internalicen como tal.

La Mitzvá del respeto: parenting

Esto se traduce en conductas concretas. Lo que los hijos no deben hacer respecto a sus padres:

  • No llamar a los padres por su nombre propio — la manera correcta es con títulos afectivos como “mamá” o “papá”
  • No desobedecerlos
  • No contradecirlos
  • No ocupar su lugar en situaciones que son símbolos de autoridad: en la cabecera de la mesa, en su silla, o en el asiento del padre en la sinagoga

Este mandamiento establece una sana distancia que inspira respeto a la autoridad paterna y materna: “Yo soy tu padre, tú eres mi hijo. Te quiero, pero no somos iguales.” Esa distinción no existe para alimentar el ego de los padres, sino para generar seguridad emocional en los hijos. Sin límites claros y sin una autoridad reconocida, no hay verdadera educación. Un niño que aprende a respetar la autoridad de sus padres se prepara, eventualmente, para reconocer la autoridad de HaShem. Quien no ha aprendido a respetar a sus padres difícilmente podrá respetar al Creador.

La Mitzvá del honor: gratitud

El mandamiento de kabed pertenece a otra dimensión emocional y a otro momento de la vida — cuando los padres necesitan ser cuidados, atendidos, asistidos. Aquí la Torá nos exige una gratitud activa. Nuestros padres nos cuidaron, alimentaron, educaron y protegieron cuando éramos completamente dependientes de ellos. Ahora es nuestro turno — y la Torá nos pide cerrar ese círculo con amor y dedicación, no por obligación fría, sino como reconocimiento genuino de lo que recibimos. Honrarlos significa, de manera muy concreta:

  • Acompañarlos
  • Ayudarlos en sus necesidades cotidianas: trámites, documentación, papeleo
  • Llevarlos a sus citas médicas
  • Darles de comer si es necesario.
  • Ayudarlos a vestirse, si es necesario. Y mucho más… .

Reflexión final

El respeto se aplica cuando los hijos dependen de los padres; el honor es asistencia física, práctica. Y obviamente llega cuando los padres dependen de los hijos. Juntos, estos dos mandamientos describen una relación padres – hijos que abarca toda la vida — desde la infancia hasta la vejez — y que está fundada en dos valores esenciales: inspirar autoridad y actuar con gratitud.

Estas dos Mitzvot son el corazón de la estructura familiar judía. En una familia judía, los hijos aprenden a respetar la autoridad, y los padres ancianos son honrados y cuidados con dedicación. Esa estructura ha sido, a lo largo de los siglos, uno de los secretos más profundos de nuestra continuidad y supervivencia como pueblo judío.




Quedoshim y Los Diez Mandamientos

 


 

En la Perashá Quedoshim (Vayikrá 19–20) encontramos un número notable de Mitsvot. Cuando las analizamos en profundidad, vemos que muchas de ellas reflejan, desarrollan o detallan los preceptos expresados en los Diez Mandamientos.

La diferencia está en el enfoque: los Diez Mandamientos representan el momento solemne de la revelación divina en el monte Sinaí. Quedoshim, en cambio, traduce esa santidad a la vida diaria. Compararemos ambos textos y mostraremos cómo las Mitsvot de Quedoshim explican, complementan o expanden los principios del Decálogo.


1. “Yo soy HaShem su Dios”
Vayikrá 19:2 – Kedoshim tihiyu ki kadosh ani HaShem Elohejem
La Perashá comienza reafirmando la base espiritual de toda la Torá: la identidad del pueblo de Israel como una nación consagrada a Dios. HaShem es el Legislador supremo, cuya autoridad no está basada en el poder o el miedo, sino en la santidad. Sus leyes no son caprichosas ni opresivas, como las del faraón, sino que están orientadas al bien y dignidad del ser humano.


2. “No tendrás otros dioses”
Vayikrá 19:4 – Lo tifnu el ha’elilim
No se debe acudir a ídolos ni a supuestos poderes sobrenaturales. No se puede creer ni invocar ningún tipo de “superpoder”, energía mágica o fuerza espiritual fuera de HaShem. Esta Mitsvá es una declaración contra la superstición, el ocultismo y cualquier forma de idolatría moderna o antigua.


3. “No tomarás el nombre de HaShem en vano”
Vayikrá 19:12 – Ve’lo tishabe’u bishmi la’sheker
Aquí se detalla el uso indebido del nombre divino, especialmente en contextos legales. No se puede jurar en falso, ni utilizar el nombre de HaShem para justificar una mentira. Esta Mitsvá es una continuación directa del principio de reverencia absoluta por el Creador.


4. “Santifica el Shabbat”
Vayikrá 19:30 – Et Shabtotai tishmoru
Quedoshim menciona el Shabbat brevemente, en el mismo contexto que el respeto a los padres. Aun así, el solo hecho de mencionarlo como una orden divina refuerza su centralidad en la vida judía. Observar el Shabbat es un acto de emuná y un reconocimiento semanal de la creación divina.


5. “Honra a tu padre y a tu madre”
Vayikrá 19:3 – Ish imo ve’aviv tira’u
Aquí no se menciona el “honor” sino el “temor reverencial”. Los Sabios explican que honrar se refiere a asistir y cuidar físicamente a los padres, especialmente en su vejez. Temor, en cambio, implica no contradecirlos, no llamarlos por su nombre, no sentarse en su lugar. Ambas actitudes son necesarias para una relación sana con nuestros progenitores.


6. “No asesinarás”
Vayikrá 19:16 – Lo ta’amod al dam re’eja
Quedoshim no repite literalmente la prohibición de asesinar, pero da un paso más allá: prohíbe la indiferencia ante el peligro de vida del prójimo. Si alguien está en riesgo y tú puedes hacer algo para salvarlo, estás obligado a intervenir. La vida humana es sagrada, y no actuar ante el peligro también es una forma de violencia.


7. “No cometerás adulterio”
Vayikrá 20:10 – Ve’ish asher yinaf et eshet ish
Quedoshim aborda de manera directa las relaciones prohibidas. El adulterio se menciona con claridad y se establecen sus consecuencias. La santidad también se expresa en el ámbito familiar y conyugal.


8. “No robarás”
Vayikrá 19:11 – Lo tignovu
La misma palabra aparece, pero en un contexto diferente. En Quedoshim se refiere al robo de bienes materiales —propiedad, dinero, pertenencias—, mientras que en otros contextos se refiere al secuestro. Además, aquí se amplía la prohibición a todo tipo de fraude: mentir en los negocios, engañar al cliente, retener el salario del trabajador. El mensaje es claro: una sociedad justa se construye sobre la integridad económica.


9. “No darás falso testimonio”
Vayikrá 19:16 – Lo telej rajil be’ameja
Aunque no se menciona directamente el juicio, esta Mitsvá prohíbe el chisme, la calumnia y la difamación. Hablar mal del otro, divulgar rumores o crear divisiones dentro del pueblo también es una forma de dañar la verdad y la justicia, como lo es el falso testimonio.


10. “No codiciarás”
Vayikrá 19:18 – Lo tikom velo titor
Quedoshim nos advierte contra el deseo de venganza y el rencor, emociones emparentadas con la codicia. La Torá no solo exige control sobre las acciones, sino también sobre los sentimientos destructivos. Y concluye con una orden revolucionaria:
Ve’ahavta lere’aja kamoja – Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Una invitación a vivir en empatía, generosidad y solidaridad.



Quedoshim  amplía,  desarrolla, y baja a la tierra a  los Diez Mandamientos. Nos enseña que la santidad no es solo un concepto espiritual o teórico, sino una práctica diaria que se refleja en nuestras relaciones humanas, en el respeto, la justicia, la compasión y la verdad.




TAZRIA-METSORA: ¿Qué hago cuando los demás hablan mal de alguien?

Estás sentado en la mesa de una fiesta o en una recepción cuando, de repente, las personas a tu alrededor comienzan a hablar mal de alguien. En el judaísmo, hablar negativamente de otras personas es una transgresión muy grave conocida como Lashón Hará — literalmente, “la lengua del mal.”

Tu primer impulso es correcto: no voy a decir ni una palabra. Pero el problema es que escuchar Lashón Hará es tan grave como hablarlo — porque al escuchar en silencio, estás dando tu aprobación tácita. Es más: algunos consideran que escuchar es incluso peor que hablar, ya que le estás brindando una audiencia al que habla, alentándolo a continuar.

¿Cómo salir de esta situación sin cometer una transgresión?


Tienes varias opciones, en orden de preferencia:

1. Intervenir respetuosamente

La primera opción — y la más valiente — es recordarles a quienes están hablando que el Lashón Hará es una prohibición seria de la Torá, y pedirles con respeto que cambien el tema. Esto debe hacerse con calma y sin arrogancia, de manera que no genere una confrontación innecesaria. No siempre es fácil, pero cuando se hace con tacto, puede ser muy efectivo — y transforma un momento incómodo en una oportunidad de enseñanza.

2. Levantarse y retirarse

Si estás seguro de que tus palabras no serán escuchadas — que la conversación continuará de todas formas — entonces la opción correcta es levantarte cortésmente y alejarte de la mesa. No hace falta dar explicaciones elaboradas. Una disculpa breve y natural es suficiente. Alejarte físicamente de la conversación es una forma clara y honesta de no participar en ella.

3. Permanecer, pero sin aprobar

Si levantarte resulta imposible por alguna razón — ya sea por el contexto social, por no querer ofender al anfitrión, o por cualquier otra circunstancia — entonces debes prepararte mentalmente para no ser cómplice de lo que se está diciendo. Para ello, es indispensable cumplir con dos condiciones:

Primera: haz un esfuerzo real por no prestar atención al contenido de la conversación. Y si algo llega a tus oídos, decide con firmeza en tu mente que no le darás crédito a ningún comentario negativo sobre ninguna persona. Lo que escuchas en ese momento no constituye evidencia de nada.

Segunda: cuida tu expresión facial. Tu rostro no debe transmitir ninguna señal de aprobación — ni una sonrisa, ni un gesto de asentimiento, ni una mirada cómplice. Si es posible, que tu expresión transmita claramente la incomodidad que sientes con la situación. A veces, un gesto de desaprobación silencioso dice más que mil palabras.


Una distinción importante

Todo lo anterior aplica cuando uno está sentado inocentemente en su lugar y la conversación de Lashón Hará surge a su alrededor de manera inesperada. Esa es una situación en la que uno se encuentra atrapado sin haberlo buscado.

Pero hay una situación muy diferente: la de quien pasa por un lugar, escucha casualmente que se está hablando mal de alguien — y en lugar de seguir caminando, se detiene a escuchar. En ese caso, aunque no diga una sola palabra y aunque no apruebe lo que se está diciendo, su detención deliberada ya constituye una transgresión voluntaria. Nadie lo obligó a quedarse. Tuvo la opción de alejarse — y eligió no hacerlo.


La próxima vez que te encuentres en una de estas situaciones, recuerda que tienes opciones. Y que la más sencilla de todas — levantarte y alejarte — suele ser también la más sabia. 🙏




Sandwich de atún y mayonesa

El vuelo a Shanghai

Fabián, más allá de ser un experto mundial en informática telefónica, es un joven   judío que, a pesar de no usar Kippá, tiene un compromiso religioso total con Shabbat y Kashrut. Su empresa lo sabe y lo deja libre los sábados y las festividades, y la secretaria de la empresa siempre se preocupa de encargarle comidas Kosher en vuelos y hoteles. Pero por las dudas, Fabián lleva consigo sándwiches de atún envueltos en papel de aluminio, que antes le preparaba su mamá y ahora los prepara Leah.

Hace algunos años, en uno de esos innumerables viajes, abordó en Nueva York un avión rumbo a Shanghai. Fabián descubrió que la aerolínea había cometido un error: no le subieron la comida kosher para él. Resignado, sacó su paquetito con papel de aluminio, que desentonaba totalmente en business class. En ese preciso instante, una agradable chica que estaba sentada detrás, Leah, notó la situación y se dio cuenta de que ella no había sido la única que se había quedado sin Kosher. Sin dudarlo, le ofreció compartir sus frutas. Fabián le ofreció uno de sus sándwiches. Y luego de compartir ese largo viaje juntos, se prometieron volver a verse. Y así, lo que comenzó como una comida accidental en un vuelo se transformó en una propuesta de matrimonio y en la formación de una hermosa familia judía, “por culpa” de un simple sándwich de atún.

La conferencia en Suiza

En otro de sus viajes, Fabián asistió a un congreso en Suiza organizado por su empresa. El evento culminó en un lujoso restaurante, donde cientos de empleados de distintos países se deleitaban con manjares como caviar y buey Wagyu. A pesar de que la empresa usualmente es muy considerada, ese día olvidaron solicitar una vianda kosher para Fabián. Sin hacer alarde y con discreción, Fabián no probó nada. Y a la hora de los postres, Fabián sacó su fiel sándwich de atún que le había preparado Leah y lo disfrutó en un discreto rincón del amplio salón.

Lo que Fabián no esperaba es que el fundador y CEO de la empresa lo estuviera observando. Tras la cena, se acercó a Fabián no solo para disculparse por el error con su comida, sino también para ofrecerle un ascenso a un puesto ejecutivo de mayor prestigio. Fabián, sorprendido, pensó que el dueño estaba siendo excesivamente cortés con él por la omisión de la comida Kosher. Sin embargo, el magnate le aclaró: “No busco compensarte por una comida. Busco tener en mi equipo a alguien que, incluso en los detalles más pequeños, muestre convicción y personalidad. Tu lealtad y tu compromiso con tus principios son admirables, y eso es lo que nuestra empresa necesita en sus líderes. Creo que encontré a la persona indicada”.

Moraleja

No todas las historias de observancia de Kashrut terminan así: el 99% de casos, como los que mencionamos , cuidar Kasher es sacrificado y no siempre acompañado de una gratificación inmediata o recompensa. Pero lo que rescato de estas historias de vida reales es que el Kashrut va más allá de una dieta. Kashrut es identidad. Es lo que hace que personas judías se conecten y se conozcan en los lugares más remotos del mundo. Y además, la observancia de Kashrut es un ejemplo de convicción en un mundo donde lo que prima es la conveniencia. En la conferencia de Zúrich, Fabián no era el único judío presente. Pero era el único judío absolutamente leal a sus principios religiosos, en una actividad que a veces es la más mundana y otras veces la más importante en el plano social: el acto de comer.

 

Rab Yosef Bittón




VAYAQHEL: ¿Puedes dejar de pensar en el dinero?

Es imposible —e incluso poco realista— no pensar en el dinero cuando a una persona le faltan las cosas esenciales: comida, abrigo, un techo que la proteja de la lluvia o acceso a medicinas.

Pero ¿qué ocurre cuando una persona, gracias a Dios,  tiene lo suficiente para cubrir sus necesidades básicas y aun así no puede dejar de pensar en el dinero?

La mayoría de quienes leen estas líneas en su computadora o en su teléfono viven en una sociedad  privilegiada. Así lo explica muy bien “Superabundance”, un libro que considero casi de lectura obligatoria para entender que vivimos en una realidad extraordinariamente generosa.

En tiempos de superabundancia, nuestra relación con las cosas materiales puede volverse complicada. Si padecemos el “síndrome del rey Ajashverosh”, nos resultará imposible sentirnos satisfechos, incluso cuando no nos falte nada. Consciente o inconscientemente, tener más, consumir más y mejor —y mostrarle al mundo que tenemos más que nuestro vecino— termina convirtiéndose en una necesidad social.

Nos hemos acostumbrado tanto a esta mentalidad de acumulación que ya forma parte de nuestro estilo de vida. Y aun cuando queremos desconectarnos mentalmente del trabajo y del dinero, muchas veces descubrimos que no podemos hacerlo.

Nuestra Parashá Vayaqhel aborda este tema de manera sutil, pero muy clara.

El versículo que introduce el Shabbat se parece al de los Diez Mandamientos:
“Durante seis días trabajarás…” (ta’ase melajá).

Pero en nuestra Parashá aparece una diferencia pequeña y hermosa: al cambiar solo una vocal, el texto pasa a voz pasiva:
“Durante seis días se hará  [tu] trabajo” (te’ase melajá).

Es como si la Torá nos dijera: el trabajo ya está hecho, terminado, completado; relájate, deja de pensar en negocios o dinero, no te queda nada más por hacer. Cuando entramos en el modo de Shabbat, debemos asumir y sentir que nuestro trabajo ya está resuelto —y dejar de pensar en él.

Abstenerse de la preocupación económica es una de las formas más elevadas de espiritualidad: la capacidad de concentrarnos en aquello que trasciende este mundo y que sobrevive a la vida material.

Como escribe Jorge Luis Borges en Siete Noches, después de nuestros 120 años en este mundo, una de las experiencias más dolorosas en el mundo por venir será “anhelar elementos materiales”.      Por eso necesitamos entrenarnos para desconectarnos mentalmente del trabajo y del dinero y no necesitar más de lo que tenemos frente a nuestros ojos. Por este motivo es conocido  como Me’en Olam HaBa —un anticipo –una simulacion  — del Mundo Venidero.




VAYAQHEL-PEQUDE: Shabbat y mi teléfono celular

La adicción a los dispositivos electrónicos es una preocupación creciente en nuestra sociedad. Porque nunca nos separamos de ellos. Cuando terminamos nuestro trabajo y volvemos a casa para relajarnos, seguimos conectados a nuestras computadores, cables, y Wi-Fi. Los teléfonos celulares son particularmente problemáticos, especialmente para los niños y adolescentes. Los maestros no saben qué hacer para controlar su uso. Muchos padres ya se han rendido, y un día se dan cuanta que sus pequeños hijos prefieran tener un iPhone en sus manos que darle la mano a su padres. El síndrome de “ansiedad por separación” que en el pasado reciente se refería al miedo de separarse de los padres, se ha convertido hoy en el pánico que sienten los adolescentes cuando no tienen sus teléfonos celulares a su alcance.

Poder desconectarse de esta adicción es hoy más importante que nunca. Pero parece que nadie sabe cómo hacerlo, excepto por el pueblo judío.En la primera parte de esta Parashá,  la Torá nos habla sobre el “descanso sabático”. El Shabbat es un regalo Divino cuya relevancia no es moderna:  es eterna. Milagrosamente, no tengo otra manera de explicarlo, el significado del Shabbat siempre se fue transformando, se fue adaptando,  a lo que más necesitamos en esos momentos. En los tiempos de esclavitud, cuando salimos de Egipto, el Shabbat nos ayudaba a sentirnos libres y experimentar el descanso que por generaciones no tuvimos.   En tiempos difíciles, en el exilio, el reposo sabático fue un refugio emocional, un espacio familiar, una identidad comunitaria, una isla de paz. En tiempos de pobreza, la mesa de Shabbat con sus “dos” panes obligatorios nos ayudó a recuperar el sentido de la dignidad.  

En los tiempos modernos, el Shabbat una vez más revela su mágica relevancia. Al punto que a mí me hace pensar que el Shabbat NUNCA fue más necesario que en 2023. Durante un poco más de 24 horas, desde el viernes por la tarde hasta el sábado por la noche, se suspende todo contacto con el mundo electrónico. En Shabbat, re-aprendemos a disfrutar de los verdaderos placeres del mundo real. Nos sentamos a conversar, ¡no a chatear! con nuestras queridas familias. No escuchamos música digital: cantamos junto a nuestros hijos. Hablamos de Torá sin la intervención de Alexa o Siri: nuestros hijos no escuchan un podcast, sino palabras que salen desde pulmones humanos y cuerdas vocales.

Las imágenes de nuestra familia alrededor de la mesa de Shabbat, no van a ser compartidas en chat de la familia ni van a terminar en una nube virtual: serán almacenadas en el corazón de nuestros hijos y crearán las memorias que se convertirán en identidad. Y en sentimientos que unirán padres e hijos por generaciones. El Shabbat nos invita a practicar la desconexión con el mundo virtual para construir una familia real.

Nunca fue tan necesario.




VAYAQHEL: De la prohibición de encender un fuego al uso del celular en Shabbat

לא תבערו אש בכל מושבותיכם ביום השבת
 
¿QUÉ NO SE PUEDE HACER EN SHABBAT?
Hay 39 categorías de actividades prohibidas en Shabbat. Estas actividades son llamadas en hebreo melajot o en singular melajá . Las melajot no son necesariamente trabajos lucrativos o actividades que requieren un esfuerzo físico, como popularmente se cree. Las melajot son en realidad tareas o actividades materiales o físicas que incluyen un esfuerzo mental o creativo (מלאכת מחשבת). Y curiosamente, muchas de estas son realizadas por hombres mujeres y niños, en sus residencias, luego del trabajo diario: por ejemplo, cocinar, coser, escribir, pintar, etc.
Una de las 39 melajot, tal vez la más conocida, está mencionada en la Perashá de esta semana (Shemot 35:3):
“No encenderéis ningun fuego, en todas tus residencias, en el día de Shabbat”.
Lo que tiene de especial esta tarea o melajá es que fue mencionada  explícitamente  en la Torá, mientras que todas las demas melajot se deducen directa o indirectamente de las actividades realizadas para la construcción del Mishkán, el Templo o Tabernáculo que se construyó en el desierto: para construir el Tabernáculo 
Cada una de estas melajot se considera una “categoría” de actividad (אבות). Pero en Shabbat también se prohiben los derivados o extensiones de cada una de estas categorías. Es decir que las melajot no se limitan a una tarea específica, sino que incluyen otras actividades similares en su esencia a dicha categoría .
 
ESCRIBIR y sus EXTENSIONES
Vamos a dar un ejemplo sencillo. Una de las 39 categorías es “escribir” (hakoteb). En la construcción del Mihshkán se escribían letras en las vigas de madera para señalar su ubicación en la construcción del “esqueleto” del Mishkán.Los tradición Talmúdica incluye en la categoría de escribir otras actividades derivadas o similares, por ejemplo, dibujar o sellar (usar un sello con tinta), etc. Ahora bien: basados en este principio, que las melajot incluyen también sus derivados, los rabinos contemporáneos entendieron que la melajá de “escribir” también se debe extender hoy a: imprimir, escribir en un teclado, escribir un mensaje de texto, usar el método speech-text, etc (esto es, aparte del tema de electricidad). Con la aclaración que algunas de estas “nuevas” prohibiciones serán consideradas de orden rabínico y no bíblico. Ahora que quizás entendimos mejor el concepto de las extensiones de una melajá, podemos comprender más acabadamente por qué encender una luz o la activación de un artefacto eléctrico, se considera una extensión de la prohibición bíblica de encender un fuego.
 
UN FUEGO SIN LLAMA
El fuego es uno de los agentes más importante a la hora de modificar o mejorar algo. Los metales son modificados por el fuego; los alimentos se preparan usando fuego; el frío se combate con el fuego. Usando el mismo principio del fuego, es decir calor y energía, el hombre moderno inventó máquinas activadas y movidas por vapor, carbón, combustibles y en nuestros días: electricidad. Pero, ¿son estas formas modernas de energía similares al encendido de un fuego? La pregunta es más visual cuando entendemos que a diferencia del encendido de un fuego, las fuentes modernas de energía no siempre producen calor o energía visible, o una llama, una chispa o algo así. ¿Debemos entonces incluir la activación de una forma de energía no visible dentro de la categoría de “encender un fuego”?
 
FUEGO y ELECTRICIDAD
Si bien los Rabinos contemporáneos discuten el carácter halájico de estas actividades (Bíblicas, rabínicas, hab’ará, beniyá, etc) hay un consenso rabínico acerca de la prohibición de la activación de cualquier forma de energía eléctrica en Shabbat. Esta consideración está basada en el hecho que en la Guemará (siglo V de la era común) se discutió un caso muy interesante: ¿qué pasa si se calienta una barra de metal, que luego se utilizará, por ejemplo, para hervir agua? Los rabinos de ese tiempo entendieron que si bien no se trata del fuego mismo, y obviamente no hay una llama visible, esa barra metálica incandescente actúa de la misma manera que el fuego, como una fuente de energía, y por lo tanto hace 1500 años atrás determinaron que esa barra caliente se considere como una forma de “fuego” en Shabbat (Ver Masejet Shabbat 41a).
 
Basado en esta consideración y en otras fuentes talmúdicas que definen a algo caliente o a una fuente de energía como “fuego”, Maimónides (1135-1204) afirmó: “El que calienta una barra de metal para templar el agua en ella ha violado la prohibición bíblica de encender un fuego” (MT, Shabbat 12:1). Esta barra incandescente se considera definitivamente una extensión de la melajá de “fuego”, aunque no produce una llama. Por lo tanto, el uso de un automóvil, un electrodoméstico, un celular o cualquier otro aparato electrónico, también esta incluido en la categoría primaria de “encender un fuego” y no está permitido en Shabbat.
 
ENCENDER, PRENDER y APAGAR LA LUZ
Para que al lector hispanoparlante le sea más sencillo entender por qué la utilización de un aparato electrónico se considera una extensión de la categoría de “encender un fuego”, hay que prestar atención al lenguaje que utilizamos cuando nos referimos, por ejemplo,  a la activación de un aparato electrónico o un automóvil y empleamos el mismo verbo que la Torá usó en la Perashá de esta semana para hablarnos del fuego: “encender” o “prender”. Decimos en castellano moderno: encender o apagar la luz, aunque no se trata de un fuego real; prender el motor, aunque no hay llamas visibles; prender la radio, prender el celular, encender o prender y apagar la computadora, etc.
Curiosamente, el lenguaje que utilizamos refleja esta relación que establece la ley judía entre el fuego, la primera forma de energía, y la tecnología moderna.
 

RABINO SAADIA GAON vs. JUDAISMO REFORMISTA

En la época de la haskala (iluminismo europeo, mediados del siglo XIX), muchos judíos reformistas argumentaron que la razón por la que la Torá prohibe encender un fuego era porque en la antigüedad encender un fuego representaba un trabajo agotador: el fuego se encendía con piedras en un largo y largo tiempo. proceso agotador. Y por eso estaba prohibido encender fuego en el día de descanso. Y es por eso que, razonaron los primeros reformadores, debería permitirse hoy, cuando podemos encender un fuego con un simple fósforo.

La tradición judía, sin embargo, nunca identificó melakhot con prohibiciones asociadas con el esfuerzo físico o con la idea de descanso físico. Al contrario: la ley judía dice que si vives en el piso 12 de un edificio de apartamentos, debes subir las escaleras, lo que obviamente implica un gran esfuerzo físico, en lugar de usar el ascensor, lo que definitivamente aumentará tu estado de descanso.

Es la naturaleza de la acción o tarea, especialmente su conexión con la idea de “crear algo”, lo que define una actividad como melakha, no el esfuerzo físico que exige.

El rabino Sa’adia Gaon (882-942) se refirió a esta idea, irónicamente, cuando escribió sobre “encender un fuego”.
Cuando tradujo al árabe el pasuq “No enciendáis fuego en vuestras residencias en el día de Shabat” (Shemot 35:3) escribió “Ni siquiera encendáis fuego en Shabat…”. ¿Por qué dijo “incluso”? Porque hab’ara (la palabra que la Torá usaba para “encender” el fuego) no significa “encender”, iniciar un fuego de la nada. Significa: transferir un fuego de una fuente de fuego existente. Y transferir un fuego, es posiblemente la melakha más fácil concebible, el epítome de una actividad creativa mínima y sin esfuerzo.

En su opinión, la Torá destacó “hab’ara” para transmitir precisamente que incluso un acto sin esfuerzo, pero mínimamente creativo, todavía está prohibido en Shabat.

SHABBAT SHEQALIM

En la época del Bet haMiqdash, el Templo de Jerusalén, se ofrecían sacrificios comunitarios diarios (qorbanot) en nombre de todo el pueblo judío. Esta representación nacional no era solo teórica o dependía solo de la intención correcta de los encargados de realizar los sacrificios, es decir, los Cohanim. La participación de toda la nación de Israel en los sacrificios diarios se llevaba a cabo de una manera muy práctica: cada año en el mes de Adar se recaudaba un impuesto especial: majatsit hasheqel o “medio sheqel”. El medio sheqel era un impuesto fijo, la misma cantidad para pobres y ricos. Y como todos daban la misma cantidad, la colecta de sheqalim (plural de sheqel) también servía como censo demográfico anual. El dinero recaudado en este fondo comunal se usaba para comprar los animales para los qorbanot o sacrificios, y de esta manera cada uno tenía una participación similar en los sacrificios comunitarios diarios y festividades musafim (Shabat, Rosh Jodesh, etc.)

El medio siclo se recaudaba durante el mes de Adar, porque el año fiscal del Templo comenzaba en el mes siguiente: Nisán. El dinero recaudado también se utilizaba para el mantenimiento y los gastos generales del Templo. Pero no para la construcción del mismo: como leemos en Perashat Terumá los fondos para construir el Mishkan (el Santuario en el desierto) y más tarde, para construir el BethaMiqdash estaba basado en donaciones voluntarias.

En otras palabras, las finanzas comunales dependían de un sistema de donaciones combinado con un impuesto fijo (una especie de cuota de membresía) que se recaudaba en el mes de Adar. Para recordar la colecta de los sheqalim 1. Leemos perashat sheqalim un Shabat antes de Rosh Jodesh Adar y 2. Durante el mes de Adar (o Adar II) damos una donación fija, solo como un acto simbólico, para recordarnos el majatzit hashequel.




KI TISA: ¿Qué le preguntarías a Dios?

La parashá de esta semana, Ki Tisá, trata de varios temas. Entre ellos se encuentra el episodio del becerro de oro. El pueblo, impaciente por la ausencia de Moshé durante cuarenta días, piensa que ha muerto y decide reemplazarlo con un becerro que los guiaría en el desierto hacia la tierra prometida.

El becerro —la cría de la vaca— era uno de los ídolos adorados por los egipcios, debido a su extraordinario instinto de orientación: cuando necesita mamar, el becerro puede encontrar a su madre incluso si tuviera los ojos vendados.

Por supuesto, este episodio representó una gravísima traición a Dios y un regreso del pueblo de Israel a las formas más primitivas de idolatría. Y todo esto ocurrió apenas poco más de un mes después de haber presenciado la manifestación de HaShem en el monte Sinaí, cuando reveló los Diez Mandamientos.

HaShem le manifiesta entonces a Moshé que eliminará al pueblo judío. Moshé intercede, reza por ellos, los defiende y le dice a HaShem que, si decide destruir al pueblo, también tendría que eliminarlo a él. Finalmente, en el día de Kipur (10 de Tishréi), HaShem acepta la tefilá de Moshé y decide perdonar al pueblo de Israel.

Esto es, por supuesto, algo maravilloso que recordamos todos los años en Yom Kipur. Sin embargo, hay algo más —menos conocido— que ocurrió en ese mismo episodio.

Luego de que HaShem perdonara al pueblo de Israel, se desarrolla una “conversación” entre Dios y Moshé. En un momento, Moshé le dice a HaShem:

הראני נא את כבודך

lo que, más o menos, significa: “Enséñame Tu Gloria”.

Los rabinos explicaron que aquí ocurrió algo excepcional. Hasta ese momento, la comunicación de HaShem con los seres humanos había sido siempre unilateral: HaShem se manifiesta a los profetas o al mismo Moshé Rabenu y les transmite un mensaje o una visión. Pero en esta ocasión, por primera y única vez, es un ser humano quien inicia una especie de diálogo con Dios y se atreve a formularle una pregunta al Todopoderoso, sabiendo que puede esperar una respuesta de Su Interlocutor.

Moshé tuvo esta oportunidad única y, en cierta manera, representó a toda la humanidad frente a HaShem.

¿Qué le preguntó Moshé a Dios?
¿Cuál es la pregunta que más preocupa a la humanidad con respecto a Dios?

Los Sabios explican que Moshé le preguntó a Dios:

למה צדיק ורע לו

¿Por qué sufren las personas buenas?

En otras palabras: si Dios es Todopoderoso y absolutamente bueno, ¿por qué permite que les ocurran cosas malas a las personas buenas?

Para el hombre de fe, no existe una pregunta más crítica y más profunda.

A propósito, esta mañana, mientras escribía estas líneas, y por pura curiosidad, hice una breve búsqueda en Google. Escribí en inglés: “What would you ask God?” (¿Qué le preguntarías a Dios?). Lo que encontré me resultó sorprendente.

El primer artículo que apareció reportaba los resultados de una encuesta realizada a cientos de estudiantes universitarios (no judíos) a quienes se les preguntó:

“Si pudieras hacerle una pregunta a Dios, ¿qué le preguntarías?”

La pregunta número uno fue muy parecida a la de Moshé:

“¿Por qué hay tanto sufrimiento en el mundo? Si Dios es bueno y Todopoderoso, ¿no tiene los recursos para prevenir el mal y el sufrimiento?”

Estoy seguro de que muchos lectores quizá no compartan mi fascinación por esta “pregunta de Moshé” y estarán impacientes por saber cuál fue la respuesta de Dios a Moshé Rabenu.

El judaísmo es único en reconocer que esta pregunta no tiene una respuesta clara para el ser humano. Sin embargo, la Torá nos revela por qué no podemos obtenerla.

Comprender cómo Dios administra Su justicia supera nuestras posibilidades intelectuales y epistemológicas.

HaShem le respondió a Moshé —de manera breve y metafórica— que Moshé, o cualquier otro ser humano, nunca podrá ver “el frente” de la Presencia o de la intervención divina. Solo podrá ver “el dorso” de la intervención de Dios, la parte de atrás:

וראית את אחורי ופני לא יראו

El mejor ejemplo que puedo ofrecer es, irónicamente, un ejemplo visual: un tapiz.

Solo HaShem ve el tapiz desde el frente. Nosotros, los seres humanos —limitados por el corto tiempo de nuestras vidas y por el espacio de esta dimensión física— solo vemos la parte de atrás del tapiz: los hilos, los trazos que parecen aleatorios y caóticos, los colores, los nudos, los bucles.

Para nosotros, todos esos zigzagueos del tejido parecen carecer de sentido. Sin embargo, son precisamente esos hilos los que hacen posible la imagen perfecta que se ve en el frente del tapiz… una imagen a la que solo Dios tiene acceso.




MISHPATIM: Inteligencia artificial en modo Shabbat

La negligencia

La perashá de esta semana, Mishpatim, contiene un código de 53 leyes que se aplican en lo comercial, civil y penal. Entre los casos que la Torá presenta, encontramos el siguiente:

כִּי־תֵצֵא אֵשׁ וּמָצְאָה קֹצִים… שַׁלֵּם יְשַׁלֵּם הַמַּבְעִיר אֶת־הַבְּעֵרָה

“Cuando se produce un fuego y se extiende –accidentalmente– sobre arbustos secos, incendiando el campo o la cosecha del vecino, aquel que inició el fuego deberá pagar por los daños causados.

(Shemot / Éxodo 22:5)

En este caso, la Torá no está hablando de un pirómano que quiso destruir el campo de su vecino. Se refiere a una persona común que encendió un fuego —quizás para cocinar o quemar basura— sin intención de causar daño. Sin embargo, el fuego se expandió y provocó perjuicios. La responsabilidad de este “accidente” recae sobre quien lo inició. Aquí la Torá introduce un concepto que hoy forma parte de cualquier sistema jurídico moderno, pero que fue absolutamente revolucionario en su época: no solo somos responsables por los daños que causamos con mala intención; también somos responsables por las consecuencias de nuestras acciones —o de nuestra pasividad— cuando no hubo intención de dañar. En hebreo, este concepto se denomina peshí’á; en términos legales modernos: negligencia. Existen fuerzas que, una vez liberadas, ya no controlamos plenamente. Por eso somos responsables de prever, anticipar y establecer límites antes de que se vayan de las manos.

El fuego: la gran revolución de la humanidad

El fuego fue uno de los descubrimientos más transformadores de la historia humana. Gracias a él, los seres humanos pudimos protegernos del frío, iluminar la oscuridad, cocinar, producir herramientas de metal y, en definitiva, desarrollar la civilización tal como la conocemos. Pero ese mismo instrumento —sin el cual seguiríamos en la edad de piedra— posee un poder destructivo enorme. El fuego puede destruir bosques, casas, ciudades, bibliotecas y millones de vidas humanas, directa o indirectamente. Cuanto más poderoso es el instrumento, mayor es el daño potencial que puede causar. Por eso el fuego debe ser controlado antes de que se expanda. Y si no lo controlamos, somos responsables de lo que ocurra, aun cuando no haya existido mala intención.

El nuevo fuego

Hoy vivimos una revolución que cambiará el mundo como en su momento lo hizo el fuego —o seguramente más—: la inteligencia artificial. Los sistemas modernos de IA, como ChatGPT, son extraordinariamente beneficiosos para aprender, escribir, traducir, analizar datos, diagnosticar, diseñar o crear. En muchos sentidos, la IA amplifica la capacidad humana. Es una herramienta que pone casi todo el conocimiento disponible al alcance inmediato y gratuito. Con el tiempo tendremos más automatización, más ayuda en el hogar, asistencia a personas mayores, autos autónomos, menos esfuerzo físico y, potencialmente, mejor calidad de vida. Pero cuanto más poderosa es una herramienta, mayor es su peligro potencial y más urgente se vuelve hablar de responsabilidad y de negligencia. Aquí negligencia significa algo muy concreto: no hacer nada. Dejar que las cosas sigan su curso sin control, como un fuego que se expande solo. Los riesgos globales de la IA son enormes y exceden el marco de este artículo. Aquí me referiré solo a un aspecto que considero especialmente importante para nosotros: el impacto en nuestros hijos.

La intolerancia al aburrimiento

Uno de los efectos más visibles de la nueva realidad tecnológica —y de los medios digitales en general— es la creciente incapacidad de los niños para tolerar el aburrimiento. El cerebro infantil está siendo reentrenado para el scrolling: deslizar la pantalla continuamente y pasar al próximo estímulo, inmediato y personalizado. Ya no se trata solo de estar frente a una pantalla, sino de la imposibilidad de permanecer unos segundos sin novedad. La inteligencia artificial agrega un nivel adicional: provee respuestas instantáneas, sin esfuerzo, sin búsqueda, sin reflexión. El niño pregunta y obtiene. No espera. No procesa. No se ejercita mentalmente. Leer, imaginar, pensar y construir ideas desde adentro desarrolla la inteligencia, la paciencia y la personalidad. Pero cuando todo el estímulo es externo, visual e inmediato, el cerebro se acelera y la creatividad interna se atrofia. En las escuelas observamos una realidad clara: cada año disminuye la capacidad de escuchar, concentrarse y sostener la atención. El ADD ya no es marginal.

“Terapia” gratis y peligrosa

Con los adolescentes aparece otro riesgo. La IA permite mantener diálogos ilimitados con una máquina diseñada para validar y acompañar. Para un joven vulnerable, conversar horas con una inteligencia artificial puede resultar emocionalmente adictivo: nunca contradice, no corrige, no exige, valida y responde con empatía simulada. Un caso real: una joven de 13 años sentía que todos la odiaban —padres, hermanos y familia—. Su conducta era conflictiva, pero no toleraba críticas. Comenzó a hablar con ChatGPT y le contó que todos la odiaban. El sistema validó su dolor sin cuestionar su percepción ni invitar a la autocrítica. Confirmó su narrativa de víctima. La joven se distanció más de su familia y desarrolló dependencia de esa “voz” artificial que siempre la hacía sentir bien. El resultado fue un aislamiento social profundo y difícil de revertir. Estas son solo algunas consecuencias de la nueva era de la inteligencia artificial.

Ni fuego ni ChatGPT

No conozco la solución total a este desafío, que será cada vez más complejo. La única receta completamente efectiva sería eliminar toda tecnología del hogar. Pero quienes viven así no están leyendo estas líneas. Por eso me dirijo a la mayoría de los padres, para proponer una idea —no para resolver el problema— sino para controlarlo y minimizarlo. Los judíos tenemos el privilegio —y la obligación— de desconectarnos un día a la semana de lo electrónico. El Shabbat, en términos contemporáneos, es un detox semanal: sin pantallas, sin celulares, sin redes, sin inteligencia artificial. Cuando comienza Shabbat entramos en otro mundo. Estamos en otro planeta. Mucho más humano. En la mesa de Shabbat no hay TikTok ni ChatGPT. Somos quizá la única civilización que detiene voluntariamente la tecnología para priorizar la conexión humana: padres e hijos conversando, cantando, enseñando, aprendiendo, presentes sin interrupciones. Nunca en la historia el Shabbat fue tan necesario como hoy. Tal como dejamos de usar fuego en Shabbat, en Shabbat tampoco hay ChatGPT. El Shabbat es desintoxicación de pantallas. En Shabbat volvemos a ser familia. Volvemos a ser humanos.

Mi refrigerador

Mi refrigerador tiene una función especial: Shabbat Mode. Cuando está activado en este modo, no se enciende la luz ni se activa el termostato al abrir la puerta. La responsabilidad de activarlo es mía. Si no lo hago, es mi negligencia. Pero hay algo más profundo: aunque lo activo solo los viernes, en realidad podría activarlo cualquier día. Y esta es la propuesta: crear un Shabbat Mode familiar durante la semana. Significa que cada noche —por ejemplo, desde la cena— toda la casa entra en Shabbat Mode: sin dispositivos electrónicos, incluyendo a los padres. Cenamos en familia, conversamos, estudiamos, leemos, jugamos, dibujamos y los niños hacen la tarea sin pantallas. Cada noche puede ser un pequeño viernes por la noche.

La bendición oculta

En el Birkat HaMazón de Shabbat decimos:

הרחמן הוא ינחילנו יום שכולו שבת ומנוחה

“Que el Todopoderoso nos conceda una época que sea toda Shabbat y reposo”.

Siempre entendí esta frase como una imagen del mundo venidero. Pero quizá también sea una instrucción para este mundo: llevar la bendición del Shabbat a los días de semana. Activar Shabbat Mode tanto como sea posible. Establecer límites claros a la tecnología no es fácil, pero es parte de nuestra responsabilidad como padres. No hacer nada es negligencia. Es dejar un fuego encendido, a merced del viento, en un campo seco.

SHABBAT SHALOM

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MISHPATIM: ¿Cuándo y cómo comenzó el judaísmo?


ויקח ספר הברית ויקרא באזני העם ויאמרו כל אשר דבר ה’ נעשה ונשמע
(Shemot / Éxodo 24:7)

EL BERIT

Hace tres mil quinientos años, el pueblo de Israel vivió el acontecimiento más decisivo de la historia humana: un pacto, una alianza formal entre una Nación y Dios. Estos hechos, que tuvieron lugar en el Sinaí, se conocen en hebreo como Ma’amad Har Sinai, la revelación de Dios al pueblo judío en el Monte Sinaí.

Lo que ocurrió en ese evento puede describirse en tres actos:

  1. הצעת הברית – La propuesta del Pacto
    HaShem nos ofreció convertirnos en Su pueblo elegido mediante una alianza con Él. Nosotros aceptamos. Dios prometió adoptarnos como Su “tesoro especial”, am segulá.

  2. מתן תורה – La entrega de la Torá
    Dios nos dio la Torá, el “documento” que contiene las directrices y condiciones del Pacto entre Dios e Israel.

  3. קבלת התורה – La aceptación de la Torá
    El pueblo judío aceptó cumplir las leyes de la Torá. Desde ese momento, la Torá se convirtió en nuestra ley nacional, en nuestra constitución.

Este Pacto entre Dios y un pueblo es único en la historia de la humanidad y está descrito en detalle en los capítulos 20 y 24 del libro de Shemot.


הצעת הברית

LA PROPUESTA

El primer día del mes de Siván, Moshé ascendió al Monte Sinaí. Allí recibió un mensaje Divino (Shemot 19:3–6):

“Así hablarás a la casa de Ya’aqob y anunciarás a los hijos de Israel: ‘Ustedes han visto lo que hice a los egipcios [las diez plagas, etc.], y cómo los conduje, protegiéndolos como un águila que lleva a sus crías sobre sus alas, y los traje hacia Mí. Ahora, si obedecen Mi voz y cumplen Mi Pacto, serán para Mí un tesoro especial entre todas las naciones. Serán para Mí un Reino de Sacerdotes y una nación consagrada.’”

Dios ofreció establecer una alianza con el pueblo de Israel. Les propuso convertirse en una nación de sacerdotes (cohanim), un pueblo consagrado a Su servicio: aprender y enseñar Sus leyes, y dar testimonio vivo de Su existencia, Su presencia y Su voluntad revelada.

Ser una Nación de Sacerdotes implica el privilegio de una cercanía especial con Dios, una supervisión Divina directa. Pero ese privilegio exige también un nivel más alto de moralidad, mayores responsabilidades y numerosas obligaciones.


EL “COMPROMISO”

Moshé descendió del Monte Sinaí y presentó al pueblo los términos del Pacto. El pueblo escuchó la propuesta y aceptó entrar en alianza con Dios, declarando al unísono (Shemot 19:8):

“Haremos todo lo que HaShem ha dicho.”

Sin embargo, esta no fue todavía la aceptación final del Pacto, sino la aceptación de la propuesta, algo similar a un “compromiso” previo al matrimonio. En un compromiso matrimonial, los novios acuerdan casarse. Del mismo modo, el pueblo de Israel declaró su disposición a entrar en el Pacto.

Esta declaración se repetiría después de escuchar los Diez Mandamientos y las leyes de Mishpatim. Finalmente, el pueblo expresaría su consentimiento definitivo con las famosas palabras: “Todo lo que HaShem ha dicho, haremos y escucharemos” (Naasé veNishmá). Con esa tercera declaración, el “matrimonio” —nuestro Pacto con Dios— comenzó formalmente.


PREPARACIÓN PARA EL DÍA MÁS GRANDE

Después de la primera aceptación, HaShem anunció que se revelaría ante toda la nación en el plazo de tres días, es decir, en Shavuot. Dios dijo a Moshé (Shemot 19:10–12):

“Ve y consagra al pueblo hoy y mañana. Que se purifiquen, que laven sus vestiduras y que se preparen para el tercer día, porque ese día descenderé sobre el Monte Sinaí ante los ojos de todo el pueblo.”

Nuestros Sabios explican que la purificación y el lavado de las vestiduras implicaban la inmersión en una Mikvé, el baño ritual judío, similar a la preparación de una novia antes de su boda. Durante los días 3, 4 y 5 de Siván, el pueblo se purificó y se preparó para entrar en el Pacto.


מתן תורה

LOS TÉRMINOS DEL PACTO

En esta alianza, Dios tomó al pueblo de Israel como Su pueblo. Esto significa que ejercerá una supervisión directa sobre él, que no permitirá su desaparición y que jamás anulará ni modificará este Pacto ni la condición de Israel como nación elegida.

El pueblo de Israel, por su parte, se comprometió a regirse por la Ley Divina, la Torá. HaShem sería su Rey. Israel sería una Nación de Sacerdotes, consagrada al servicio Divino.

Los términos del Pacto están detallados extensamente en la Torá, los cinco libros de Moshé, y están organizados en 613 preceptos.


LA NOCHE DEL PACTO

En la noche del 6 de Siván (entre el 5 y el 6), la ceremonia continuó con la proclamación de los Diez Mandamientos. Dios comenzó a pronunciar directamente, sin mediación de Moshé, los dos primeros mandamientos.

La Torá relata que el pueblo no pudo soportar el impacto de la revelación Divina. La “voz” de Dios no es una voz física producida por cuerdas vocales; es una experiencia indescriptible. La Torá describe este momento con una expresión única: “Y el pueblo veía las voces”. Vieron las palabras en su mente mientras HaShem hablaba.

Nuestros Sabios explican que la intensidad de la revelación fue tal que quienes estaban presentes sintieron que podían morir. Esta experiencia quedó grabada en la memoria colectiva del pueblo judío, moldeando su carácter, sus valores y su fe.


A PETICIÓN DEL PUEBLO

Después del segundo mandamiento, el pueblo pidió a Moshé que actuara como intermediario para transmitir el resto. Esa misma noche, tras escuchar las leyes de los capítulos 21 al 23, el pueblo declaró por segunda vez su disposición a cumplirlas (Shemot 24:3):

“Moshé transmitió todas las palabras de HaShem y todas las leyes al pueblo, y el pueblo respondió a una voz: Todo lo que HaShem ha dicho, lo cumpliremos.”

Moshé permaneció despierto toda la noche escribiendo lo que Dios le había transmitido, en un documento que la Torá llama Séfer HaBerit, el Libro del Pacto.


קבלת התורה

EL DÍA DEL PACTO

A la mañana siguiente, el 6 de Siván, Moshé erigió un altar que representaba la Presencia Divina y doce pilares que representaban a las doce tribus de Israel. Los jóvenes ofrecieron sacrificios, y Moshé tomó la sangre y la dividió en dos partes: una fue vertida sobre el altar y la otra sobre los pilares.

Luego tomó el Libro del Pacto y lo leyó ante el pueblo. El pueblo proclamó:

“Todo lo que HaShem ha dicho, haremos y obedeceremos.”

Con ello aceptaron cumplir no solo lo ya escuchado, sino también todas las leyes que recibirían en el futuro.

Moshé roció entonces la sangre sobre el altar y sobre los pilares y declaró:

“Esta es la sangre del Pacto que HaShem ha establecido con ustedes, basado en todas estas palabras.”

Con esta ceremonia formal quedó establecido nuestro Pacto eterno con Dios, comprometiéndonos a obedecer la Torá, la Constitución eterna de nuestro pueblo.




MISHPATIM: Los derechos de una esposa judía

La Ketubá, acta de matrimonio judío,  establece las obligaciones del marido hacia su mujer (ver más aquí) Cuando el novio declara a su futura esposa que la está tomando legalmente como su esposa “de acuerdo con la ley de Moisés e Israel”, el novio acepta todas las responsabilidades de un honorable marido judío.

En la Perashá de esta semana, Mishpatim,  la Torá establece las tres obligaciones principales del marido hacia su esposa

1. she-erah: proporcionar a su esposa su sustento

2. kesutah: abastecer a su esposa de su ropa y su residencia

3. ‘onatah: convivir con ella.

1. Sheerah. La primera responsabilidad del marido es mantener a su esposa económicamente. Este es el primero de los 3  deberes establecidos por la Torá (Éxodo 21:10), que en el lenguaje de los rabinos se llama “mezonot” (“comida”, la pensión alimenticia).

Algunas ilustraciones de Maimónides sobre este punto, tomando en cuenta los usos y costumbres de la época del Talmud:

MT, Ishut 12:10-11: “El marido está obligado a suministrar comida a su esposa y a sus hijos de acuerdo a sus medios materiales. Una persona pobre solamente deberá proporcionar dos comidas basicas al día. Mientras que un marido en buena posición debe proveer a su mujer y familia alimentos nutritivos (carne, pescado, o lo que sea la costumbre local de las personas afluentes) todos los días.”

MT, Ishut 12:16-17: “Si el esposo se va de su casa por un viaje de negocios en el extranjero (en la antigüedad la gente viajaba al extranjero durante meses o años, y prácticamente no había ninguna posibilidad de comunicación. YB) y la esposa se queda sin medios materiales para obtener sus alimentos, la corte rabínica puede confiscar y vender las propiedades del marido, sin su consentimiento explícito,  para proveer de alimentos a su esposa e hijos, con la condición que hayan pasado por lo menos tres meses desde que el marido salió de su casa. La corte rabínica asume en principio que cuando un marido judío responsable sale de viaje generalmente deja a su familia lo necesario para mantenerse por lo menos por 90 días.

2. Kesutah. Literalmente significa “su ropa, o su vestuario”. El marido judío está obligado a proporcionar a su mujer la ropa adecuada, los muebles necesarios y un lugar de residencia.

Ilustraciones: Vestimenta: El marido tiene que suministrar a su mujer la ropa apropiada para cada estación del año. En cuanto a la calidad del vestuario , la regla es que el marido debe proveer a su esposa con un nivel de ropa de acuerdo con: a) lo que el marido puede permitirse, y b) la costumbre local. Por ejemplo, las necesidades sociales de una mujer que vive en el campo no son las mismas necesidades de una mujer que vive en la ciudad (Maimónides, MT ishut 13: 2). Esta categoría también incluye la obligación del marido de proporcionar a su esposa artículos que no son de primera necesidad (o superfluos), tales como joyas, cosméticos, etc., a un nivel que resulte del balance entre las posibilidades financieras del marido y las necesidades sociales de la esposa (13:4).

Lugar de residencia: El lugar de residencia a veces se registra por escrito en la Ketubá, si el marido y la mujer lo han acordado de antemano. Si el marido desea cambiar el lugar de residencia acordado, se espera que la esposa no se oponga. Algunas excepciones son:  1. Un barrio de mala reputación (13:15): la esposa puede negarse a trasladarse a una ciudad o un vecindario violento o corrupto. 2. Israel: si la pareja acordó vivir en Israel, la esposa puede negarse a salir de Israel; o si viven en Jerusalem, ella puede negarse a salir de Jerusalem. (13: 19-20). En este caso, no have falta ninguna otra razón de parte de la esposa para justificarlo.  

3. ‘Onatah. En la Ley bíblica, se conceden de manera explícita los derechos conyugales a la esposa. La Torá indica en Éxodo 21:10 que el marido “no debe privar a su esposa de su comida, su ropa y sus derechos conyugales”. En las palabras de Maimónides, un marido que priva a su mujer de intimidad, deliberada o maliciosamente, transgrede la obligación de ‘onatah, y es un causal válido de divorcio. Esto no se aplica, sin embargo, cuando por ejemplo, hay temas de salud de por medio. ( MT, ishut 14:7).  El Talmud también analiza la frecuencia esperada de los deberes conyugales del marido, en base a su ocupación y trabajo (14: 1). También se espera que la esposa cumpla con sus deberes conyugales. Y una mujer que sin una razón justificada (kede letsa’aro) niega permanentemente a su marido de sus derechos conyugales, se considera una esposa rebelde (moredet) y pierde el derecho a la compensación establecida en la Ketubá en caso de divorcio (14: 9).

Es importante aclarar que el propósito principal de Mitsva de  ‘ona es reforzar el vínculo de amor entre esposo y esposa, y que el esposo nunca deje de prestarle la atención debida a su esposa. En una Mitsvá separada, la Torá indica el mandamiento de tener hijos (perú urbú). Vale aclarar que la Mitsvá de ‘ona, intimidad (el eufemismo hebreo dice literalmente: “pasar tiempo con ella”) es independiente de la intención de procreación. Por lo tanto, incluso cuando la concepción no es posible –durante el embarazo o cuando la mujer está bajo tratamiento por control de la natalidad, o cuando la esposa ya no puede tener hijos– se espera que la pareja siga manteniendo una relación íntima activa.

 

DE LA ENCYCLOPEDIA JUDAICA

ACTO DEL MATRIMONIO Y SUS EFECTOS EN EL DERECHO JUDÍO

El acto del matrimonio crea ciertos derechos y deberes entre el marido y la mujer. En el cumplimiento de estos, ambas partes deben conducirse conforme a las siguientes normas, que constituyen los principios fundamentales de la relación conyugal en el derecho judío:

«Así establecieron los Sabios que el hombre debe honrar a su esposa más que a sí mismo y amarla como se ama a sí mismo, y procurar constantemente su bienestar conforme a sus posibilidades; que no debe imponerle su autoridad de manera excesiva y debe hablarle con suavidad; que no sea triste ni irritable. Del mismo modo establecieron que la esposa debe honrar en gran medida a su marido, aceptar su autoridad y conducirse conforme a sus deseos en todas sus actividades…» (Maimónides, Mishné Torá, Hiljot Ishut 15:19–20).

DERECHOS Y DEBERES GENERALES

El marido tiene diez obligaciones hacia su esposa (o sus descendientes) y cuatro derechos respecto de ella.

Las obligaciones son:
(a) proveerle sustento o manutención;
(b) proporcionarle vestimenta y vivienda;
(c) convivir con ella maritalmente;
(d) otorgarle la ketubá (la suma fijada por la ley para la esposa);
(e) procurarle atención y cuidado médico durante su enfermedad;
(f) rescatarla si fuese tomada cautiva;
(g) proporcionarle sepultura adecuada tras su fallecimiento;
(h) garantizar su sustento después de su muerte y su derecho a habitar en su casa mientras permanezca viuda;
(i) asegurar el sustento de las hijas del matrimonio con cargo a su herencia después de su muerte, hasta que se comprometan en matrimonio o alcancen la mayoría de edad;
(j) disponer que los hijos varones del matrimonio hereden la ketubá de su madre, además de su parte correspondiente en la herencia paterna junto con los hijos de otras esposas.

Los derechos del marido son:
(a) beneficiarse del trabajo manual de su esposa;
(b) recibir sus hallazgos o ganancias fortuitas;
(c) disfrutar del usufructo de sus bienes;
(d) heredar su patrimonio.

Estos derechos y deberes derivan de la ley misma y no simplemente de un acuerdo entre las partes:

«El hombre, al casarse con una mujer, queda obligado hacia ella en diez aspectos y adquiere cuatro derechos respecto de ella, aun si no fueron consignados por escrito.»

Es decir, tales derechos y deberes se generan por el mero acto del matrimonio, exista o no documento de ketubá, y su redacción no añade ni su omisión disminuye nada.

DETALLE DE LOS DERECHOS Y DEBERES

DERECHOS DE LA ESPOSA

SUSTENTO

Incluye la manutención en sentido amplio.

VESTIMENTA Y VIVIENDA

Comprende el derecho a utensilios domésticos y mobiliario, y a una vivienda de nivel razonable conforme a la costumbre local. El alcance de este derecho se rige por las normas relativas a la manutención, ya que, para efectos legales, la manutención en sentido amplio incluye también estos aspectos. Del mismo modo, cuando la esposa pierde su derecho a manutención, pierde también su derecho a reclamar vestimenta.

El lugar de residencia (ciudad o aldea) es determinado por el marido, presumiéndose que así lo acordaron de antemano. La esposa no puede oponerse a un cambio de residencia salvo que exista acuerdo expreso o implícito en contrario. Sin embargo, el marido debe tener razones razonables para decidir un cambio contra la voluntad de su esposa, por ejemplo, motivos de salud, sustento económico o perturbación de la paz conyugal por familiares.

La esposa no está obligada a aceptar un cambio de residencia si este perjudica su situación, por ejemplo, si tiene motivos razonables para no alejarse de sus familiares, si la nueva vivienda es inferior, o si no desea trasladarse de ciudad a campo o viceversa.

Estas reglas no se aplican plenamente respecto a la Tierra de Israel frente a otros países, ni respecto a Jerusalén frente a otros lugares en la Tierra de Israel. En tales casos, quien genuinamente desea establecerse en la Tierra de Israel o en Jerusalén, o permanecer allí, no está obligado a ceder ante el otro cónyuge. La ley favorece a quien desea residir allí, incluso si ello implica pérdida de oportunidades económicas, salvo que exista riesgo real de caer en la indigencia. Si, no obstante, el asentamiento implicara peligro, ninguno puede obligar al otro.

Dentro de la misma localidad, el marido determina el domicilio específico, pero cada cónyuge debe atender solicitudes razonables del otro para mudarse si existen causas justificadas, como vecinos ofensivos o ambiente moralmente perjudicial.

Si la esposa se niega injustificadamente a residir con su marido conforme a estas reglas, puede perder su derecho a manutención y eventualmente ser considerada “moredet” (rebeldía), lo que podría conducir a un divorcio. Asimismo, si el marido se niega injustificadamente a residir en la Tierra de Israel cuando su esposa lo solicita legítimamente, puede ser obligado a mantenerla aun viviendo separados y eventualmente conceder el divorcio con pago de la ketubá.

COHABITACIÓN

La obligación del marido de convivir maritalmente con su esposa deriva de la ley bíblica (Éxodo 21:10). Debe cumplirla conforme a sus capacidades físicas y las exigencias de su ocupación. Si no puede cumplirla, la esposa puede solicitar el divorcio, salvo que exista expectativa razonable de curación.

MARIDO REBELDE (MORED)

El marido que, sin causa justificada, se niega a cohabitar es considerado mored. Si se prueba tal conducta, la esposa puede exigir que se le obligue a otorgar el divorcio. Mientras persista la negativa, la esposa puede solicitar que se aumente progresivamente el monto de su ketubá.

Si el marido alega que su esposa le resulta repulsiva y declara estar dispuesto a divorciarla pagando la ketubá, no será considerado mored. Si la esposa rehúsa el divorcio en tales circunstancias, el marido queda exento de sus obligaciones, incluida la manutención.

ESPOSA REBELDE (MOREDET)

La esposa es considerada moredet únicamente cuando se niega persistentemente a cohabitar, no por incumplir otras obligaciones.

Existen dos categorías:

  1. La que se niega por enojo o disputa sin justificación legal.
  2. La que se niega porque sinceramente no puede mantener relaciones con su marido y puede demostrarlo ante el tribunal.

En ambos casos pierde inmediatamente su derecho a manutención y, en consecuencia, el marido pierde el derecho a su trabajo manual. Eventualmente puede perder también su ketubá, según condiciones que varían según la categoría.

Con el tiempo, la halajá estableció que solo después de persistir en la negativa durante doce meses, tras advertencias formales del tribunal, la esposa pierde definitivamente su ketubá y el marido puede divorciarla.

En el caso de incompatibilidad genuina aceptada por el tribunal, no se aplican procedimientos humillantes de advertencias públicas. Sin embargo, la mayoría de las autoridades no aceptaron la opinión de Maimónides que permitía forzar al marido a divorciar inmediatamente por alegación de repulsión.

KETUBÁ PRINCIPAL

La esposa no puede ser privada de la ketubá principal ni reducirla por debajo del mínimo legal, ya que la vida marital sin ketubá es considerada equivalente a una unión ilícita.

ATENCIÓN MÉDICA

Los gastos médicos forman parte de la manutención y deben ser asumidos por el marido.

RESCATE DE CAUTIVERIO

El marido debe rescatar a su esposa aun si el costo supera el monto de la ketubá, utilizando todos los medios a su alcance.

SEPULTURA

El marido debe cubrir los gastos funerarios y relacionados, incluso si terceros los adelantaron.

DERECHOS DEL MARIDO

TRABAJO MANUAL DE LA ESPOSA

La esposa debe realizar tareas domésticas conforme a su nivel social y costumbre local. Se aplica el principio de que “ella asciende con él, pero no desciende con él”: no está obligada a trabajos inferiores a su nivel previo si el marido pertenece a una clase superior.

El derecho del marido al trabajo de su esposa existe a cambio de su obligación de mantenerla. Si no la mantiene efectivamente, pierde ese derecho. La esposa puede renunciar voluntariamente a la manutención y, en consecuencia, retener sus ingresos.

HALLAZGOS

El marido tiene derecho a los hallazgos o ganancias fortuitas de su esposa.

USUFRUCTO DE LOS BIENES

El marido disfruta del usufructo de los bienes de la esposa.

DERECHO DE HERENCIA

La ley judía establece que el marido es heredero exclusivo de su esposa, incluso por encima de los hijos. La esposa no hereda al marido, pero tiene derecho a manutención de su herencia mientras permanezca viuda.

PACTOS CONTRARIOS A LA LEY

Las partes pueden estipular acuerdos distintos en materia monetaria, siempre que no contradigan principios generales de la halajá. En asuntos patrimoniales, una estipulación válida puede incluso contradecir la ley bíblica.

Sin embargo, no es válida una cláusula que prive a la esposa de la ketubá principal o que anule deberes que no sean de naturaleza monetaria, como la obligación bíblica de cohabitación del marido.

EN EL ESTADO DE ISRAEL

En general, la halajá rige los derechos y deberes matrimoniales. No obstante, el derecho sucesorio entre cónyuges está regulado por la Ley de Sucesiones de 1965, según la cual cada cónyuge hereda al otro junto con los descendientes en las proporciones establecidas por la ley civil. Los tribunales rabínicos deben aplicar esta legislación salvo acuerdo escrito de todas las partes interesadas, siempre que no se perjudiquen los derechos de menores o incapaces.




MISHPATIM: La Torá, Hammurabi y los derechos humanos

ואלה המשפטים אשר תשים לפניהם
     … כי תקנה עבד עברי
La Parashá de esta semana contiene un gran número de Mitsvot, 53. Casi todos estos preceptos se categorizan como   «Mishpatim» o leyes civiles. ¿Que tienen de especial estas leyes?
La primera letra de esta Parashá, la «VAV» en hebreo, cumple la función del nexo copulativo como «Y…» en español. Los Sabios siempre prestan atención a la presencia de esta letra y explican cuál puede ser la asociación entre el texto anterior a la «Y» y el texto que le sigue. Los Sabios del Midrash indican que así se confirma la continuación temática entre los Diez Mandamientos, mencionados en la Parashá anterior, y nuestra sección semanal, afirmando que las leyes que se van a mencionar en nuestra  Parashá  son, en cierta manera, una extensión (algunos dicen: ilustraciones prácticas) de los Diez Mandamientos.
Antes de que la Torá fuera entregada, Moshé juzgaba al pueblo de acuerdo a su propio criterio, que si bien (y sin duda) era un criterio de una moral intachable, seguía siendo en definitiva un criterio humano. Al iniciar esta Parashá HaShem le dice a Moshé que éstas leyes, las leyes que vienen de Dios, serán de ahora en más las reglas «que enseñarás y a través de la cuales juzgarás al pueblo judío» . Primera gran lección. El criterio humano, por más íntegro que sea, no es suficiente. Y tiene que ser reemplazado por el Divino, no solo porque puede ser subjetivo sino también porque es «relativo». Es decir, cambia de acuerdo a los tiempos, las modas, las culturas y muchísimos otros factores psicológicos, sociológicos, etc. Solo una ley Divina puede ser eterna, universal, y con valores morales que nunca pasan de moda.
Pero hay algo aún más fascinante. Un gran ejemplo de por qué los seres humanos «necesitamos» leyes Divinas. Las leyes aquí presentadas, constituyen el primer código legal bíblico. Una preconstitución con 53 artículos. Quisiera comparar un pequeño aspecto –que bien podría pasar desapercibido — entre el código de leyes presentado en Mishpatim y otros códigos de leyes modernos. La Constitución Americana o la Constitución Argentina (y estimo que es el mismo caso en la mayoría de las constituciones de los países civilizados) comienzan con temas relacionados al Gobierno: la conformación del congreso, la autoridad del senado, y todo lo relativo al presidente y a los ministros, etc. En la Torá también hay leyes del estado, del tribunal, de los sacerdotes, del rey. Pero, muy significativamente, el código de Mishpatim comienza por las leyes del individuo más débil y desprotegido: el עבד עברי, literalmente: el esclavo hebreo (conocido en inglés como «indentured servant»  que ChatGPT incorrectamente me lo traduce como «servidumbre contratada»). Este caso es el de hombres o mujeres que por su pobreza o sus deudas debían trabajar como sirvientes hasta pagar lo que debían. Era algo extremadamente común en el pasado. De cualquier manera , estos individuos con deudas, eran más pobres que los pobres, en términos de status, eran las personas «menos importantes» de la sociedad. Y por lo tanto, los más vulnerables y expuestos al abuso por parte de sus amos o patrones.
Increíblemente, el primer tema, la primera ley que presenta el código de Mishpatim no es el de los individuos poderosos o gobernantes, ¡sino la ley de los más vulnerables! ¿Y que dice esta ley? Mishpatim habla de los derechos del esclavo: el plazo de su servidumbre será ilimitado, se lo deberá tratar sin violencia ni abuso, no se lo podrá discriminar ni obligar a hacer trabajos humillantes, se lo deberá compensar al final de su trabajo e indemnizar si el patrón lo hiere, etc.  ¡ESTO ES ABSOLUTAMENTE SIN PRECEDENTES Y ÚNICO! Especialmente en las sociedades antiguas contemporáneas a la Torá, hace 3500 años atrás. Tomemos por ejemplo el famoso código de Hammurabi, que obviamente habla de los esclavos, pero no de sus derechos sino de sus obligaciones hacia sus amos, y los severos castigos por desobedecerlo. Por ejemplo, el último artículo del código de Hammurabi, el 282 dice así: «Si un esclavo es encontrado culpable de haberle dicho a su amo: ‘Tú no eres mi amo’, su amo le cortará la oreja» (ver otros ejemplos similares aquí ).
¿Por qué la Torá comienza por los derechos del más débil? Simplemente, porque fue escrita por Dios y no por el «soberano» o «tirano» de turno: . Y Dios, el verdadero Dios, ¡se concentra primero en los derechos de los más débiles! Como lo vemos claramente un poco más adelante en esta misma Parashá: La Torá enfatiza el castigo –a un empleador o patrón– por el abuso a los más desprotegidos, las viudas y los huérfanos. Shemot 22:21-23: «No abuses de la viuda o del huérfano. Porque si de alguna manera los explotas, cuando ellos clamen hacia Mí (en su dolor), te aseguro que oiré su clamor. Y mi enojo se encenderá contra ti…».
Sólo la Ley Divina, la Torá, se preocupa primero por los derechos de los más vulnerables y de los que menos tienen.