MEGUILAT ESTER – CAPÍTULO CINCO

VERSÍCULOS 1-4

Luego de haber ayunado —y rezado— por tres días, Ester se vistió con su vestimenta real. Se acercó a la corte del rey  y accedió a la sala interior del palacio, frente al trono. El acceso a este perímetro estaba prohibido y aquellos que ingresaban sin ser citados por el rey eran ejecutados.

El rey estaba sentado en su trono real, y vio a la reina Ester de pie muy cerca de él. Ester halló gracia ante sus ojos. Es decir, lejos de que el rey pensara que Ester representaba un peligro para su seguridad, al rey le gustó ver a Ester y extendió hacia ella su cetro para evitar que fuera ejecutada. Con esto, Ester alcanzó su primer objetivo: llamar la atención del rey: tener una comunicación con él y no morir en el intento. Como era de esperar, el rey le preguntó a Ester por qué había arriesgado su vida para verlo.  “¿Qué te trae por aquí, reina Ester? ¿Cuál es tu petición? Y le hace una elegante oferta de cortesía, “Pídeme lo que quieras, incluso la mitad de mi reino, y te lo concederé”.

Lo más lógico hubiera sido que Ester, en ese momento, le contara al rey por qué quería verlo: “Estoy aquí para pedir por mi pueblo, que va a ser ejecutado, y quiero solicitarte que los salves”. Sin embargo, Ester no lo hizo. Sabía que solo tenía una oportunidad y no quería desperdiciarla. Si Ester le hubiera revelado al rey su petición, quizás el rey le hubiera dicho que él no dejaría que le pase nada malo a ella y a su familia, pero que el resto ¡es un tema de Estado!, un asunto político, reservado para los hombres.

Aparte, Ester no dijo nada en ese momento porque tenía planeado evitar ese posible argumento del rey —“no te metas en asuntos de estado”— creando de la nada un conflicto “personal” entre el rey y Hamán.

Ester le respondió al rey que su único pedido era que el rey asistiera esa misma noche a un banquete, un encuentro personal, menos oficial, donde Ester le revelaría su petición.  Pero Ester sorprende al rey pidiéndole que, junto con él, ¡venga Hamán! El rey tiene que haber quedado perplejo: ¿para qué traer a una cena íntima un tercero en discordia? Esto ya generaba una gran confusión en el rey. Y sospechas. “¿De quién habrá sido la idea de esta cena para tres? ¿Qué interés puede tener Ester? ¡La idea tiene que haber sido de Hamán! ¡Que convenció a la reina de arriesgar su vida por él!” Este punto, de quién fue la idea del banquete, queda más enfatizado cuando Ester dice: —“Si le place al rey, que venga hoy el rey con Hamán al banquete que he preparado para él”, es decir, para Hamán, porque no utiliza las palabraspara el rey”, como usualmente se expresa la Meguilá.

La trampa psicológica estaba tendida.

VERSÍCULOS 5-8

Y el rey y Hamán fueron al banquete que había preparado Ester.  Durante el banquete, entre copas,  el rey le pregunta a Ester:
—Dime, ¿cuál es tu deseo y te será concedido, cuál es tu petición? Me puedes pedir hasta la mitad del reino que te lo concederé”.

La respuesta de Ester es muy misteriosa:
“Mi deseo y mi petición son los siguientes”. Y aquí el texto sorprendentemente se detiene. Como si Ester estaba a punto de decirle al rey lo que quería, pero a último momento no pudo hacerlo. Quizás tuvo miedo. No era para menos porque esa conversación determinaría la supervivencia o el exterminio del pueblo judío.

Ester lo deja para mañana. “Si soy favorable a los ojos del rey y si al rey le place conceder mi deseo y atender mi petición, que el rey y Hamán vengan mañana al banquete que les voy a preparar; y allí haré lo que el rey me pide.”

El rey estaba inquieto, confundido. “¿Para qué otra cena? ¿Qué quiere Ester? ¿Qué está planeando junto con Hamán?”. Su descontento se nota en su silencio. El texto no menciona ninguna respuesta del rey al pedido de Ester.

VERSÍCULOS 9-14

Quien sí estaba contento era Hamán.
“Hamán salió contento y con el corazón alegre. Pero cuando vio a Mordejai sentado a la puerta del palacio y que este no se levantó ni mostró respeto ante él, Hamán se llenó de furia contra él”.

Hamán venía de un banquete donde él y el rey estaban en igualdad de condiciones. Su autoestima y arrogancia habían alcanzado su punto más alto. Y entonces vio a Mordejai, el Yehudí: la única persona del imperio que no se arrodillaba ante él.  Y se llenó de furia.   Pero se contuvo y fue a su casa. Mandó llamar a sus amigos y a su esposa Zéresh, para hacer una especie de catarsis.  Se vanaglorió de su inmensa riqueza, de sus numerosos y leales hijos, y de su cargo en la corte real: el rey lo había elevado por encima de todos los ministros y asistentes del rey.

“Y lo que es más”, agregó Hamán, hoy “la reina Ester preparó un banquete y solo invitó al rey y a mí. Y también mañana estoy invitado por ella junto con el rey”.

Y aquí su tremenda confesión: “Pero todo esto no vale de nada para mí cada vez que veo a Mordejai, el judío, sentado en la puerta del palacio”, que ni siquiera se pone de pie ante mí.

Entonces su esposa Zéresh y todos sus amigos le dijeron. No hace falta que esperes hasta el 13 de Adar para deshacerte de él. Ordena que se erija un poste de 25 metros de altura y, por la mañana, pídele al rey que ordene empalar a Mordejai y luego, podrás ir feliz y satisfecho al banquete con el rey.

¿Por qué Hamán no había matado a Mordejai hasta ese momento? Porque la megavenganza de Hamán consistía en que Mordejai sufra por meses de culpa ante el inminente genocidio de su pueblo que él había causado. Pero ahora, se decidió que, para su propia salud mental, era una buena idea no esperar para ejecutarlo y mandó a preparar un alto poste para el empalamiento de Mordejai.




MEGUILAT ESTER- CAPITULO SEIS

 

VERSÍCULOS 1–3

Esa misma noche, entre el primer y el segundo banquete de Ester, el rey Ajashverosh no pudo dormir. La Meguilá no da explicaciones, pero la tradición judía atribuye este desvelo del rey a la intervención Divina. Para distraerse, el rey ordenó que le trajeran el Libro de las Crónicas Reales, donde se registran los acontecimientos históricos importantes del imperio: victorias, traiciones, actos heroicos, etc.

El libro fue leído en voz alta ante el rey, como si se tratara de una lectura para inducir el sueño. Pero ocurrió lo contrario. Entre los registros apareció el episodio de Mordejai, quien había denunciado un complot para asesinar al rey, organizado por Bigtán y Teresh, dos oficiales encargados de custodiar el tesoro real. El atentado había sido frustrado gracias a la información aportada por Mordejai. Los conspiradores fueron ejecutados y el asunto quedó cerrado.

Ajashverosh quedó inquieto ante esta omisión y le preguntó a sus hombres:
—¿Qué recompensa y reconocimiento se le otorgó a Mordejai por haber salvado la vida del rey?

La respuesta fue tan simple como alarmante: no se hizo nada por él.

La recompensa por la lealtad no era solo un gesto de gratitud. Un rey que premiaba a quienes lo protegían inspiraba y estimulaba a otros ciudadanos a actuar de la misma manera. Este acto heroico de Mordejai no podía seguir siendo ignorado. El rey decidió actuar de inmediato y reparar esa grave omisión.

VERSÍCULOS 4–9

El rey notó que en ese momento alguien había llegado al palacio y estaba esperando verlo. Debía tratarse de uno de sus funcionarios más cercanos, ya que nadie más podía acceder al recinto real a esa hora. Ajashverosh preguntó a sus guardias quién se encontraba en el jatzér, el patio exterior, que funcionaba como una sala de espera. La respuesta fue inmediata: Hamán, el primer ministro.

Hamán había llegado muy temprano, concentrado en su nueva obsesión: ya no esperaría para deshacerse de Mordejai, debía ejecutarlo de inmediato. Pero una ejecución pública requería el permiso directo del rey. Hasta ahora, todo lo que Hamán había solicitado al rey le había sido concedido. Por eso estaba seguro de que esta vez no sería diferente.  Pero para su sorpresa, antes de que pudiera pedirle nada al rey, Ajashverosh lo hizo entrar y le planteó una pregunta inesperada:
—¿Qué debería hacerse con un hombre a quien el rey desea honrar y recompensar?

Hamán, en la más clara demostración de su narcisismo extremo, no dudó ni un segundo en asumir que el rey se refería a él. ¿A quién más podría querer honrar el rey sino a Hamán mismo?

La respuesta de Hamán no fue calculada ni estratégica, sino espontánea. Hamán no sugirió una recompensa de  dinero, ni tierras, ni cargos: todo eso ya lo tenía. Lo que Hamán quería revelaba su ambición ilimitada de poder y reconocimiento  público. Por eso sugirió que la mejor manera de recompensar a un individuo sería otorgándole las investiduras del rey por un día.

Sugirió que se vistiera a ese hombre con ropas que el rey mismo había usado; montándolo en uno de los caballos del rey; y que colocaran sobre su cabeza la corona real y fuese conducido en un desfile público por la ciudad, encabezado por un alto funcionario que proclamara en voz alta: “Así se hará con el hombre a quien el rey desea honrar”.

Hamán deseaba la gloria pública, algo que en el Imperio Persa era un acto de devoción reservado exclusivamente para el rey.

VERSÍCULOS 10–11

La respuesta del rey fue fulminante:
—¡Muy buena idea! Ahora quiero que hagas exactamente todo lo que has dicho con Mordejai, el judío, el que se sienta a la entrada del palacio real. No omitas absolutamente nada de todo lo que dijiste.

En una sola frase, impredecible e incomprensible para el primer ministro, el mundo de Hamán se dio vuelta y comenzó su caída libre. Hamán había llegado para pedir la ejecución de su archi-enemigo y ahora recibía la orden de organizarle un homenaje, una idea que irónicamente él mismo había sugerido.

Hamán no comprendía lo que estaba pasando. De hecho, desde ese momento hasta su ejecución, los acontecimientos se sucederían con tanta rapidez que no tendría respiro ni tiempo para pensar o asimilar lo que ocurría. Hamán estaba ahora en un estado de vértigo.

Para pero, Hamán no podía protestar, discutir ni debatir ya que las órdenes reales eran absolutas. Así que, muy a pesar suyo, tomó las vestiduras, el caballo y la corona del rey, vistió a Mordejai con atuendo real y lo condujo personalmente por la plaza principal de la ciudad, proclamando exactamente las palabras que él mismo había sugerido: “Así se hará con el hombre a quien el rey desea honrar”.

VERSÍCULOS 12–14

Después del desfile de honor, Mordejai regresó tranquilamente a su lugar habitual: la entrada del palacio.

Hamán, en cambio, volvió a su casa abatido, dolido y humillado.  Al llegar, relató todo lo ocurrido a su esposa Zéresh y a sus amigos. Y por primera vez comprendieron que la persona contra la cual Hamán estaba obsesionado era judía.

Y entonces le advirtieron:
—Si ese enemigo del que nos hablas pertenece al pueblo judío, no podrás vencerlo. Sino que caerás ante él.

Pero ya era demasiado tarde. Antes de que Hamán pudiera reaccionar, llegaron los oficiales del rey para llevarlo de inmediato al segundo banquete de Ester. Hamán no sabía lo que le esperaba allí y lo que estaba a punto de ocurrirle.




MEGUILAT ESTER – CAPÍTULO SIETE

CAPÍTULO 7
EL GIRO DECISIVO

VERSÍCULOS 1–6: LA ACUSACIÓN

El rey Ajashverosh acudió al segundo banquete junto con Hamán. Esta vez, la reina Ester se sentó con ellos y ocupó su lugar en el diván real. En aquella época no se comía sentado a mesas, sino reclinados sobre divanes o camas bajas.

El ambiente era elegante y formal. Hamán llegaba de un evento terrible: lo ocurrido con Mordejai. Su humillación había sido pública y profunda, y no parecía tener fin. Pensó que en ese banquete encontraría algún alivio a todas sus tensiones.

El rey, por su parte, llegaba intrigado por la naturaleza de este segundo banquete. Las dos personas más importantes de la escena estaban allí, y sin embargo él no entendía por qué. Algo no encajaba. Tenía la sensación de que se le estaba preparando una sorpresa desagradable. Tanto misterio lo ponía nervioso y a la defensiva.

Una vez más, el rey se dirigió a Ester y le repitió la pregunta que ya le había hecho el día anterior:

—¿Cuál es tu petición, reina Ester? Te será concedida. ¿Qué deseas? Aunque sea la mitad del reino, te será dado.

Esta vez, Ester sabía que había llegado el momento decisivo. Ya no podía postergarlo más. Había que arriesgarlo absolutamente todo. El rey podía escucharla o condenarla. Ester había repasado de memoria las palabras exactas que iba a decir. Sabía que necesitaba no solo precisión, sino también valentía. Se estaba jugando no solo su vida, sino la vida de su pueblo. Si algo salía mal, podía ser el final del pueblo judío.

—Si he hallado gracia ante los ojos del rey —dijo— y si al rey le parece bien, le ruego que me conceda vivir y que yo no sea ejecutada. Esa es mi única petición: mi vida y la vida de mi pueblo.

El rey quedó desconcertado. No comprendía aún a qué se refería, pero en ese momento comenzó a sentir empatía por Ester y, psicológicamente, ya se colocó de su lado.

—Mi pueblo y yo hemos sido condenados —continuó Ester— a ser destruidos, asesinados y exterminados: hombres y mujeres, niños y ancianos. Si hubiéramos sido vendidos como esclavos del rey, habría guardado silencio, porque eso habría beneficiado al reino. Pero ¿a quién beneficia mi asesinato y el exterminio de mi pueblo?

Ajashverosh reaccionó de inmediato, ofendido de no haber sido informado de lo que estaba ocurriendo:

—¿Quién es el responsable de esto? —preguntó—. ¿Quién se atrevió a hacer algo así?

Ester respondió con claridad y sin rodeos:

—Un hombre perverso y enemigo del rey: ¡el malvado Hamán! —dijo Ester, señalándolo.

Este es el momento más crítico de la historia de Ester y, en cierto sentido, uno de los momentos más decisivos de la historia del pueblo judío. La supervivencia o el exterminio de Israel quedaban definidos por la reacción de Ajashverosh ante las palabras de Ester.

Ajashverosh podía reaccionar de muchas maneras distintas. Podía decir que no quería que la reina interviniera en asuntos de Estado y asegurar protección solo a ella y a su familia. Podía respaldar a Hamán y explicar que, aunque él no estaba al tanto de lo sucedido, le había confiado su propio anillo para tomar decisiones ejecutivas. O quizá, lo más lógico, habría sido decir que necesitaba tiempo para consultar con sus consejeros, como ya había hecho en el pasado en el caso de Vashti. Todo eso era posible.

Pero el rey se puso nervioso, se levantó y salió del salón hacia el jardín —como quien sale a un balcón—, y es muy probable que haya considerado todas esas posibilidades.

Por otro lado, Hamán no se esperaba esto. Lo tomó absolutamente por sorpresa. Lo ocurrido confirmó que no tenía idea de que Ester era judía ni de que era pariente de Mordejai.

VERSÍCULOS 7–8
LA IRA DEL REY

Cuando el rey se levantó, Hamán reaccionó de manera impulsiva y cometió el peor error posible. Se quedó a solas con Ester y, aterrorizado y desesperado, comenzó a suplicarle que le perdonara la vida. Pero, impulsiva e imprudentemente, se acercó demasiado a la reina.

Cuando Ajashverosh regresó del jardín, vio a Hamán inclinado sobre el diván, a los pies de Ester, mientras le rogaba. A los ojos del rey —a quien ya conocemos como impulsivo y celoso— la escena pareció una falta de respeto imperdonable, o quizá le convenía interpretarla así para salir de la duda y determinar su decisión final.

Y ese acto desafortunado para Hamán inclinó definitivamente la balanza en su contra:

—¿Acaso pretendes abusar de la reina en mi propio palacio? —exclamó el rey.

Al oír esas palabras, Hamán comprendió que su destino había quedado sellado.

VERSÍCULOS 9–10
EL FIN DE HAMÁN

Para empeorar la situación, uno de los oficiales del rey —sin haber sido invitado a hablar— intervino y dijo en voz alta que en la casa de Hamán había sido levantado un enorme poste, de unos veinticinco metros de altura, para ejecutar allí a Mordejai, el hombre que había provisto la información que había salvado la vida del rey. Con ello dejó claro que Hamán intentaba eliminar a quien había protegido al monarca.

La respuesta de Ajashverosh fue inmediata:

—Ejecuten a Hamán en el mismo lugar donde él había querido ejecutar a Mordejai.

Hamán fue llevado de inmediato a su propia casa y allí fue ejecutado en el instrumento que había preparado para Mordejai.

Con su muerte, la ira del rey se calmó.
Así cayó Hamán, enemigo del pueblo judío, y comenzó un cambio profundo en el equilibrio del poder dentro del palacio real.




MEGUILAT ESTER — CAPÍTULO OCHO

VERSÍCULOS 1–2

LA ELEVACIÓN DE MORDEJAI

Ese mismo día en que Hamán fue ejecutado, el rey Ajashverosh dio un paso radical. La casa de Hamán —sus propiedades, riquezas y posesiones— fue entregada a la reina Ester. Era el destino habitual de los bienes de un traidor ejecutado: pasaban al tesoro real o a quien el rey decidiera favorecer. En este caso, Ajashverosh decidió entregarlos a la reina Ester, la víctima directa del complot.

Fue entonces cuando Ester le reveló al rey algo que hasta ese momento había permanecido oculto: Mordejai era su pariente cercano. El rey comprendió que el hombre que había salvado su vida años atrás —el héroe que Hamán había querido ejecutar— era el primo de la reina.

Ajashverosh tomó el anillo real que le había confiado a Hamán y lo entregó a Mordejai. Este no era un gesto simbólico: el rey le transfería ahora la autoridad ejecutiva del imperio a Mordejai. Mordejai era el primer ministro, segundo después del rey.

Ester, por su parte, asignó a Mordejai la administración de la hacienda de Hamán, mientras ella continuaría viviendo en el palacio. En pocas horas, la situación se había revertido de manera total. Pero aunque el enemigo había caído, el peligro no había terminado.

VERSÍCULOS 3–6

LA SÚPLICA DE ESTER

Ester volvió a presentarse ante el rey. Con profunda urgencia emocional, cayó a sus pies, lloró y le suplicó que revocara el edicto que Hamán había decretado contra los judíos.

El rey extendió nuevamente el cetro de oro, esta vez en señal de aceptación.

Ester se levantó y le dijo al rey:

—Si al rey le parece bien, y si he hallado gracia ante sus ojos, que se escriba un nuevo edicto que cancele el que escribió Hamán para destruir a los judíos que viven a lo largo de todo el imperio. Porque, aunque yo quede con vida, ¿cómo podría ver el mal que sufrirá mi pueblo? ¿Cómo podría contemplar la destrucción de mi propia familia?

Ajashverosh escuchó. Pero aquí surgía un inconveniente técnico y legal.

VERSÍCULOS 7–8

EL PROBLEMA DEL DECRETO IRREVERSIBLE

El rey respondió a Ester y a Mordejai:

—Ya he concedido la casa de Hamán a Ester, y a él lo han colgado por haber extendido su mano contra los judíos. Ahora escriban en nombre del rey el decreto que les parezca conveniente a los judíos, y séllenlo con el anillo real. Pero sepan que el edicto que se escribió en nombre del rey y fue sellado con el anillo del rey ¡no puede ser revocado!

Ajashverosh reconocía la injusticia del decreto de Hamán, pero al mismo tiempo afirmaba algo que ya habíamos visto en el caso de Vashti: un edicto real, una vez emitido, no puede ser cancelado.

Sin embargo, sí se podía emitir un nuevo edicto que no anulara formalmente el anterior. Mordejai y Ester debían tener la creatividad política de redactar ese nuevo decreto para salvar a los judíos.

VERSÍCULOS 9–12

LAS NUEVAS CARTAS

Los escribas del rey fueron convocados de inmediato, en el tercer día del mes de Siván. Mordejai dictó el nuevo decreto.

El contenido era claro y preciso: se concedía a los judíos, en todas las ciudades, el derecho de defender sus vidas. Podían tomar armas, destruir y aniquilar a cualquiera de sus enemigos que planearan atacarlos —hombres, mujeres y niños— y confiscar sus bienes, en ese mismo día fijado por el decreto anterior: el 13 de Adar.

El nuevo decreto no cancelaba el anterior: lo neutralizaba. Creaba una autorización paralela que permitía a los judíos resistir legalmente a quienes intentaran ejecutar la orden de Hamán.

El peligro seguía existiendo, pero ahora los judíos podían defenderse, algo que el primer decreto prohibía.

Las cartas fueron selladas con el anillo real y enviadas por mensajeros montados en los caballos más veloces del servicio imperial. La urgencia era evidente: todo el imperio debía conocer el nuevo decreto antes del día señalado.

VERSÍCULOS 15–17

LA REVERSIÓN DE LA FORTUNA

Una vez que el nuevo edicto fue redactado y enviado, Mordejai salió de la presencia del rey y se presentó en público vestido con atuendo real: vestiduras de violeta y púrpura, una gran corona de oro y un manto de lino fino y púrpura. Mordejai —el judío que antes se sentaba a la puerta del palacio— era ahora una figura de poder imperial.

La ciudad de Shushán, donde residían muchos judíos, estalló en alegría. Para los judíos que habían vivido bajo la amenaza del exterminio, por fin apareció la luz: alegría, gozo y un nuevo honor —Mordejai como primer ministro—.

En todas las provincias y ciudades, dondequiera que llegaba la palabra del rey y su decreto, los judíos festejaban con alegría y regocijo, con banquetes y celebraciones. Y muchos de los pueblos del imperio, que antes se habían entusiasmado con el edicto de Hamán, se alineaban ahora con los judíos, porque el temor hacia ellos había caído sobre todos.




MEGUILAT ESTER – CAPÍTULOS NUEVE Y DIEZ

VERSÍCULOS 1–5: EL DÍA SEÑALADO
Llegó el día trece del mes de Adar, la fecha que había sido fijada en el decreto original de Hamán. Era el día en que los enemigos de los judíos esperaban someterlos y destruirlos. La situación ahora se había invertido: eran los judíos quienes tenían autorización real para tomar las armas y defenderse.
En todas las provincias del imperio, los judíos se organizaron. Se reunieron en sus ciudades y comunidades, preparados para proteger sus vidas y sus familias. Nadie podía impedirlo, porque el nuevo decreto del rey les daba ese derecho.
El temor había cambiado de lado. Ahora los enemigos de los judíos —que ya se habían identificado como tales y habían anunciado que estaban dispuestos a matar a sus vecinos y quedarse con sus bienes— comenzaron a temer. Sabían que Mordejai ocupaba una posición elevada en el palacio. Por eso, los funcionarios del rey, los gobernadores y los administradores provinciales comenzaron a apoyar y asistir a los judíos, pues comprendían que el favor real estaba ahora con ellos.
Cuando llegó el momento, los judíos atacaron a quienes habían amenazado públicamente levantarse contra ellos. Sometieron a sus enemigos y derrotaron a quienes intentaron dañarlos.

VERSÍCULOS 6–10: LO QUE OCURRIÓ EN SHUSHÁN
En la ciudad de Shushán, la capital, el enfrentamiento fue especialmente intenso. Allí los judíos eliminaron a quinientos hombres que habían actuado como sus enemigos.
Entre los que cayeron estaban también los diez hijos de Hamán: Parshandatá, Dalfón, Aspatá, Poratá, Adaliá, Aridatá, Parmashatá, Arisai, Aridai y Vaizatá.
Todos ellos pertenecían a la casa y al poder de Hamán.
El texto subraya un detalle muy importante: los judíos solo se defendieron, pero no tomaron los bienes de sus enemigos, aunque tenían autorización para hacerlo. Esto deja claro que, a diferencia de sus adversarios, actuaron únicamente en defensa propia, sin intención de lucro ni de aumentar su riqueza.

VERSÍCULOS 11–15: UN SEGUNDO DÍA EN SHUSHÁN
Ese mismo día, el número de muertos en Shushán fue informado al rey Ajashverosh.
El rey dijo a la reina Ester:
—En Shushán los judíos han matado a quinientos hombres y han ejecutado a los diez hijos de Hamán. ¿Qué se hizo en las demás provincias? ¿Cuál es ahora tu petición? Pídeme lo que quieras, que te será concedido.
Ester, con prudencia, pidió dos cosas.
Primero, que a los judíos de Shushán se les permitiera defenderse también al día siguiente, el día catorce de Adar, como ya habían hecho el trece, porque sus enemigos en Shushán —los más poderosos— aún no habían sido totalmente neutralizados.
Segundo, que los diez hijos de Hamán fueran expuestos en el mismo instrumento donde habían sido ejecutados, como señal pública de que su poder había terminado.
El rey aceptó. Y así, los judíos de Shushán se organizaron nuevamente el día catorce de Adar y eliminaron a otros trescientos enemigos, sin tomar sus bienes.

VERSÍCULOS 16–19: EL DESCANSO Y LA ALEGRÍA
En las demás provincias del imperio, los judíos se habían organizado para defenderse el día trece de Adar. Allí derrotaron a quienes los atacaron y eliminaron a setenta y cinco mil de sus enemigos. Y en todas partes se comportaron con el mismo principio excepcional de nobleza: no se apoderaron del dinero de sus adversarios.
El día catorce de Adar ya no hubo más combate. El peligro había pasado. Ese día se transformó en jornada de alegría y celebración.
En Shushán, en cambio, como el enfrentamiento continuó también el día catorce, el descanso y la celebración ocurrieron el día quince.
Por eso se estableció una diferencia:
los judíos de las ciudades comunes celebran el catorce de Adar;
los judíos de ciudades fortificadas —como Shushán— celebran el quince.

VERSÍCULOS 20–23: EL ESTABLECIMIENTO DE PURIM
Mordejai registró todos estos acontecimientos y envió cartas a todos los judíos del imperio, cercanos y lejanos.
En estas cartas estableció que cada año los judíos debían celebrar estos días —el catorce y el quince de Adar— y recordar cómo habían pasado de la angustia a la celebración, del duelo a la alegría.
Se dispuso que fueran días de alegría, banquetes, envío de alimentos a los amigos y ayuda a los pobres.
Los judíos aceptaron esta práctica y la asumieron como tradición permanente.

VERSÍCULOS 24–28: EL NOMBRE PURIM
Hamán, hijo de Hamedatá el agaguita, enemigo de los judíos, había planeado destruirlos. Para fijar la fecha del ataque había echado el pur, es decir, el “sorteo”, y así había elegido al azar el día trece de Adar.
Por eso estos días fueron llamados Purim, en recuerdo de ese sorteo que había intentado determinar su destrucción.
Pero la historia se había invertido: el decreto de muerte se transformó en salvación; el temor en alegría; el duelo en celebración.
Por eso Mordejai y Ester establecieron que estos días debían ser recordados y observados por todas las generaciones judías, en todas las comunidades y en todos los lugares donde vivieran.

VERSÍCULOS 29–32: CONFIRMACIÓN DE ESTER
La reina Ester, junto con Mordejai, confirmó oficialmente la institución de Purim. Se enviaron nuevas cartas con autoridad real, estableciendo definitivamente la observancia de estos días y sus prácticas: los ayunos recordatorios previos y los días de alegría de Purim.
Así quedó fijada la celebración en el registro oficial del imperio y en la memoria del pueblo judío.

CAPÍTULO DIEZ

Después de los acontecimientos de Purim y de la caída de Hamán, el rey Ajashverosh impuso tributo sobre su territorio continental y también sobre las islas que estaban bajo su dominio.
Los actos de poder del rey y su grandeza, así como la elevación de Mordejai como primer ministro, quedaron registrados en el libro de las crónicas de los reyes de Media y Persia.
Mordejai se convirtió en el visir del rey Ajashverosh, el funcionario más alto del imperio después del monarca.
Mordejai era muy respetado entre los judíos y apreciado por la mayoría de su pueblo. Y mientras estuvo en el palacio de Ajashverosh, hizo todo lo posible para beneficiar a su pueblo y promover el bienestar y la paz para las generaciones futuras.