TERCER MANDAMIENTO: No invocarás el nombre de Dios en vano

“No invocarás el nombre de HaShem tu Dios en vano; porque no será perdonado por HaShem aquel que invoque Su nombre en vano.”
Para Maimónides, invocar el nombre de Dios en vano se circunscribe a 4 categorías, todas relacionadas con juramentos “triviales” hechos en el nombre de Dios.
MT, Hiljot Shebu’ot 1:4-7:
1. Uno invoca el nombre de HaShem en vano cuando jura por el nombre de HaShem sobre algo que es obvia y visiblemente falso: por ejemplo, si jura que algo negro es blanco o que algo blanco es negro.
2. Cuando una jura por algo que es obvio y visible, ya que el juramento es superfluo: por ejemplo, jura que algo blanco es blanco.
3. Cuando uno jura que una Mitzvá de la Torá no será más aplicable para él: jura por HaShem que nunca se pondrá el Tefilin, etc.  Las Mitsvot siguen siendo aplicables para él.
4. Cuando uno jura por el nombre de HaShem hacer algo que es humanamente  imposible: p.e., jura que no beberá agua ni cualquier otro líquido por una semana.   Éste sería un juramento trivial.
El Rab Jayim Pereira-Mendes, un gran rabino Sefaradí del siglo pasado, extendió el alcance de este mandamiento a los criterios de la sociedad moderna:
1. Invocamos el nombre de HaShem en vano cuando pronunciamos Su nombre de forma  irrespetuoso. Y también cuando decimos Su nombre o nos referimos a Él en nuestras oraciones, sin pensar en lo que estamos diciendo.
2. Invocamos Su nombre en vano cuando decimos que Dios es bueno, justo, misericordioso, etc., pero no tratamos nosotros mismos de ser buenos, justos, misericordiosos, etc. Porque si “realmente” creemos en lo que decimos de Dios, que representa el máximo grado de moralidad, deberíamos hacer todo nuestro esfuerzo por imitar Sus cualidades. Actuar de otra manera se consideraría como si lo que dijimos de Dios, lo dijimos “en vano”. Por lo tanto, debemos desarrollar una predisposición positiva y noble hacia el prójimo. Actuar con flexibilidad, comprensión y tolerancia. Y ser tan indulgente con los demás como HaShem es con nosotros.
3. Como pueblo elegido por Dios, los judíos somos llamados por Su nombre: el pueblo de HaShem. Y cuando hacemos algo malo, deshonramos y profanamos Su nombre. Y al igual que todos los miembros de una familia sienten ninguna vergüenza cuando cualquiera de ellos incurre en una ofensa, cuando un Yehudí  hace algo mal, el dolor es sentido por todos los judíos.
4.  Invocamos Su nombre en vano si nos llamamos a nosotros mismos “judíos”, pero vivimos como paganos. Trivializamos nuestra condición de pueblo de HaShem. Por ejemplo: cuando no rezamos a HaShem, reconociendo Su poder, o para declararle nuestras necesidades o para darle gracias por todo lo que nos da. Otro ejemplo:  cuando adoptamos hábitos morales o celebraciones que no pertenecen al pueblo de HaShem.
5. Invocamos Su nombre en vano cuando inventamos excusas para justificar nuestra negligencia o la desobediencia de Sus leyes, como si nuestra sabiduría fuera mayor que la suya. En estos dos últimos casos no hay consistencia entre lo que decimos y lo que hacemos, y a eso se lo considera invocar Su nombre en vano.
Estos ejemplos fueron traídos, con mínimas modificaciones, del libro del Rab Pereira Mendes “Jewish Religion Ethically Presented”, (New York, 1905)



SEGUNDO MANDAMIENTO: No serás supersticioso

המניח ספר תורה או תפילין על התינוק כדי שיישן
Estamos analizando el segundo mandamiento, “No tendrás otros dioses delante de Mí”. La Torá nos advierte que no debemos creer en otros dioses o poderes –objetos o fuerzas sobrenaturales– que supuestamente son independientes de HaShem.
Si bien la mayoría del mundo moderno ha superado la idolatría clásica, es decir, la adoración a dioses de piedra o madera, todavía sobreviven ciertos hábitos íntimamente conectados con las prácticas idólatras. Me refiero a las supersticiones.
¿A qué nos referimos con supersticiones?  A la creencia o la fe en el poder de algo que NO es HaShem, una perfecta ilustración de lo prohibido en el segundo mandamiento.
Ejemplos: la creencia en el poder, bueno o malo, de ciertos objetos. Digamos un espejo roto, un anillo o un libro con poderes, una cinta roja, agua bendecida por un “santo”, etc.
La humanidad, especialmente los sectores menos educados de la población, siempre se sintieron tentados a creer en supersticiones, y atribuir ciertos poderes a objetos o fenómenos naturales. Como ya explicamos, es mucho más fácil servir a un objeto que no exige nada de nosotros, que servir a HaShem que nos demanda aprender, estudiar, y nos exige disciplina, integridad,  generosidad, etc. También está el efecto “control”. Puedo comprar una “cinta roja” y tener la sensación que al poseerla la controlo, y controlo su poder, como el anillo del “Lord of the Rings”….
De un total de 613 mandamientos, la Torá dedicó más de 50 a la negación de la idolatría, para enseñarle el pueblo judío a rechazar toda creencia y culto a poderes mágicos o supersticiosos, o como lo llama la Torá, Abodá Zará.
El segundo mandamiento nos enseña que no hay nadie ni nada que tenga un “poder” o un influencia sobrenatural en nuestras vidas, más que HaShem.
Es muy grave, pero debemos reconocer que lamentablemente, aún personas creyentes u observantes pueden caer en las supersticiones.  Pareciera ser que es compatible creer en Dios y ser supersticioso al mismo tiempo. Especialmente si los objetos de superstición son objetos rituales.
Este fenómeno no es nuevo. Veamos un ejemplo. Hay poco artículos religiosos más sagrado que  el Tefilin , las filacterias que los hombres judíos vestimos todos los días para rezar. El Tefilin tiene obviamente QUEDUSHÁ, “santidad”, lo cual significa que debe ser tratado con muchísimo cuidado. No se lo puede llevar a lugares inapropiados, etc.
Pero no hay que confundir “quedushá”, que como lo ejemplifica el caso del Tefilín, nos demanda cuidar de estos artículos, con la falsa creencia de que el Tefilin, como objeto ritual,  tiene superpoderes. Maimónides escribió sobre este tema. Imaginemos que un niño pequeño llora sin parar. Y ya tratamos todo para calmarlo. La pregunta que explora Maimónides es ¿podemos colocar en la cama de este niño un Tefilin, para que con el “poder de la santidad del Tefilin” ese bebé deje de llorar y pueda dormir? Lo mismo podríamos hacer con un Sefer Torá, un rollo de Torá, el único objeto que tiene una quedushá / santidad mayor a la del tefilin. ¡No existen objetos más sagrados! Por lo tanto, si la santidad de un objeto religioso proyecta algún poder sobrenatural que ese objeto posee, estos dos artículo deberían estar en lo más alto de la lista de efectividad.
Maimónides, que menciona explícitamente estos dos artículos, considera esta práctica como una forma de idolatría, y lo condena con palabras muy pero muy severas
MT, Abodá Zará 11:12: “… asimismo, si alguien coloca un Tefilin o un Sefer Torá en [la cama de] un niño pequeño para que se quede dormido, no solo que es culpable de [dos formas de idolatría:] encantamiento y hechicería, sino que también es culpable de herejía….”. 
Como vemos, no es un nuevo fenómeno que algunas personas un poco confundidas quieran “usar” artículos rituales  para prácticas supersticiosas.
El segundo mandamiento nos enseña que no existen otros “poderes” independientes de Dios.  No importa que tan sagrados sean esos objetos.
Lejos de apelar a objetos o amuletos, lo que debo hacer en caso de enfermedad o de cualquier otro problema, es en primer lugar realizar mi mayor esfuerzo por resolver el problema, y a la vez REZAR, pedirle directamente a HaShem que nos ayude. Sabiendo que en última instancia, todo está EXCLUSIVAMENTE bajo Su poder.



SEGUNDO MANDAMIENTO: Lo más importante, es invisible a los ojos

  לא תעשה לך פסל
Previamente explicamos que la primera parte del Segundo Mandamiento, “No tendrás otros dioses delante de Mí”, significa que no debemos concebir la existencia de poderes divinos, inteligentes, independientes de HaShem.
La segunda parte incluye 3 prohibiciones: la de hacer ídolos, arrodillarse ante ellos y/o servirlos o adorarlos de alguna otra manera.
Desde los inicios de la humanidad siempre existió esa necesidad de representar a Dios. Hasta el da de hoy sigue siendo muy difícil creer en un Dios que no se lo puede ver. Y si aún para nosotros, que vivimos en un mundo donde lo invisible (la energía, las ondas de radio o TV, los rayos X, etc.) es parte de nuestra realidad, imaginemos lo difícil que habrá sido miles de años atrás,  en la cultura pagana donde lo que no se ve no existe, aceptar que “Dios” es invisible. La revolución de Abraham Abinu no fue sólo la negación del politeísmo, lo más difícil de digerir para el mundo que rodeaba a Abraham , era que a ese Dios no se lo podía ver.
Cuando HaShem nos entregó la Torá ascendimos otros escalón en nuestra comprensión. Tampoco podemos representar a Dios. Y de eso justamente se trata esta segunda parte del segundo mandamiento.
David haMelej en el Mizmor 104 de Tehilim, Barejí nafshí que leímos justamente esta mañana por ser Rosh Jódesh, se planteó este interrogante  ¿Cómo es que no vemos a Dios, el Creador Todopoderoso? HaShem es Omnipresente. Él creó el mundo, lo controla, y  lo guía constantemente. Entonces, ¿cómo es posible que no lo veamos en ningún lado? El Rey David dedicó los primeros versículos de Barejí Nafshí para responder por qué no podemos ver a Dios o, más precisamente, qué caminos debemos elegir para encontrarlo.
Salmo 104:1: Tú, HaShem, infinitamente grandioso, [Te ocultas de nosotros] revistiéndote de gloria y esplendor.
El Rey David  nos explica que HaShem maneja el mundo mientras permanece oculto. Dios permanece invisible para nosotros porque opera en forma “encubierta”. HaShem tiene control absoluto sobre Su universo, pero maneja este mundo a través de un sinnúmero de agentes o “ángeles”. Estos ángeles no son cupidos o bebés con alas y aureolas. David afirma que los ángeles de HaShem son lo que llamamos  fuerzas naturales -el viento, el sol, el clima, etc.- y que estas fuerzas son activadas de manera continua por el Creador para mantener Su Creación. Piensen por ejemplo en la lluvia: “HaShem hace que el viento sople, para comenzar el mecanismo que resultará en la lluvia”. HaShem permanece oculto y simultáneamente en pleno control de Su universo, al actuar a través de Sus agentes.
Salmo 104:2 [Dios] se viste con un ropaje de luz ; [Él] extiende los cielos como una cortina.
Este versículo explica otras razones por las que no vemos al Creador del universo. HaShem se vuelve invisible, ocultándose detrás de un ropaje de luz y un velo compuesto de cielos. En otras palabras, desde nuestra perspectiva como habitantes de la tierra, la luz y los cielos son una pantalla que esconde la presencia de Dios. Cuando alzamos la vista en búsqueda de HaShem,  todo lo que vemos es el sol luminoso y los cielos. Nuestra vista no puede atravesar las múltiples cortinas (hoy diríamos “dimensiones”) que ocultan la presencia de Dios. El Creador del universo permanece recóndito; fuera de la vista. “Voluntariamente” eclipsado.
La luz, al igual que muchos agentes de Dios,  puede ser tan abrumadora para un ser humano que su inalcanzabilidad nos deja en claro por qué observar a su Creador va más allá de nuestros límites. El Talmud Yerushalmi (Jolin 59b) relata una disputa entre un hombre pagano y un erudito judío. El emperador romano le demandó a Rabí Yehoshúa ben Jananiá (segundo siglo E.C.) ver al Dios de Israel. “Eso es imposible”, replicó el sabio judío. Dado que el emperador insistía, R. Yehoshúa lo hizo salir a la luz del sol de verano y le pidió que mirara fijamente al sol. “No puedo”, le contestó el emperador. Rabí Yehoshúa había argumentado el caso convincentemente. “Si no puedes tolerar mirar a uno de Sus sirvientes – ¡¿cómo podrías contemplar Su propia gloria?!”
El Rey David enseña que una persona no debe confundir la invisibilidad de Dios con Su ausencia. De este versículo podemos comprender mejor por qué nosotros, o la ciencia y los científicos, al analizar la Creación, jamás nos encontraremos con Dios en forma directa; más bien – inevitablemente – nos encontraremos con cualquiera de Sus numerosos agentes. Dios es invisiblemente omnipresente. No lo podemos encontrar con los ojos, sino con nuestra mente y corazón.
 לע”נ הלל יפה אריאל והרב מיכאל מרק , ז”ל
הי”ד
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SEGUNDO MANDAMIENTO: No desplazarás a Dios

לא יהיה לך
El segundo mandamiento contiene 4 preceptos.  1. La prohibición de creer en cualquier dios o entidad, mitológica o natural, a la que se le atribuya inteligencia o un poder divino.  2. La prohibición de hacer ídolos. 3 La prohibición de postrarse ante ídolos  4. La prohibición de adorar o servir ídolos o falsos dioses.
El primero de estos 4 preceptos, en hebreo לא יהיה לך consiste según lo define Maimónides (Mishné Torá 1:6) en “concebir” que existen otros poderes divinos, independientes de HaShem.
Para ser más claros, no se trata aquí de no creer en Dios. Ni se trata de adorar o servir a algún otro dios o ídolo (eso vendrá en los próximos 3 preceptos de este mismo mandamiento). Esta Mitsvá, al igual que el primer mandamiento, se circunscribe al universo de las ideas y creencias. En este caso, aceptar, concebir o declarar que existe otro dios u otro poder independiente de HaShem.
En el contexto histórico de la Torá, los pueblos paganos de la antigüedad aceptaban y declaraban la existencia de multiples poderes “divinos”, dotados de inteligencia y autonomía. Por ejemplo: en el mundo pagano, los astrólogos aseguraban que los planetas ejercen una influencia en los acontecimientos de la vida humana. Los  griegos y los romanos representaban dioses antropomórficos que supuestamente dominaban el mar, la tierra, la fertilidad, etc.
Uno podría pensar que en la actualidad, el hombre moderno ha llegado a un conocimiento muy avanzado que le permite entender la realidad sin prejuicios medievales. Aunque eso no quiere decir que la humanidad haya superado totalmente la tentación de reemplazar a Dios. Esa tentación, como tratamos de explicar ayer, no se debe a un deseo de no “creer” en Dios. El mayor desafío de una persona liberal es aceptar lo que declara el primer mandamiento: al “autoridad” de Dios.   En la antigüedad, como en el famoso caso del rey Nimrod,  aceptar la autoridad de Dios implicaba una gran limitación a la autoridad del rey. Por eso, la gran necesidad de desplazar a Dios y reemplazarlo por al autoridad del monarca de turno. Pero éste no es un fenómeno que ocurrió sólo en el pasado. Los individuos que tienen un problema con el concepto de Dios como autoridad van a hacer todos los esfuerzos posibles para seguir “desplazando a HaShem” y reemplazarlo por otros “dioses” que no demandan nada de nuestra conducta.
Estuve viendo un maravilloso documental de “Nature”  realizado por PBS, donde se presentan los increíbles trucos que desarrollan ciertos animales para engañar a sus depredadores. Creo que vale la pena verlo porque me parece que  refuerza nuestra Emuná en la infinita Sabiduría de HaShem, que permite a cada especie desarrollar una estrategia diferente para que se pueda conservar, cambiado sus colores, disimulando su olor, o fingiendo su propia muerte (ver aquí el trailer ).
Claro que la productora PBS, fiel a su filosofía liberal, no va a estar diciendo lo que dijo el rey David en Tehilim cuando hablo de la naturaleza , ” ‘מה רבו מעשיך ה”, “Qué grandes son Tus obras, HaShem!”. PBS pone mucho cuidado en aclarar cada vez que presenta alguno de estos increíble trucos (algunos de los cuales PBS llama “milagrosos”) que estos increíbles trucos son el resultado de “millones de años de evolución”. Como si la evolución fuera una entidad inteligente, independiente de Dios, que por mecanismos aleatorios maneja todo el sistema ecológico de nuestro planeta.
Creo que la atribución de esta Sabiduría e Inteligencia a la naturaleza constituye ejemplo moderno del desplazamiento de Dios y su reemplazo por un supuesto super-poder al que no se lo llama “Dios” o “Creador”, pero se lo trata como tal.

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PRIMER MANDAMIENTO: El becerro de oro

אנכי ה’ אלקיך
Cuando el pueblo de Israel vio que Moshé tardaba en regresar del Monte Sinaí hicieron un ídolo, un becerro de oro. En la inauguración oficial de esa nueva “religión”, similar a la religión de los egipcios que adoraban animales,  declararon: “Ele ELOQUEJA Israel”, “Este es tu Dios, Israel”.
Es interesante observar que, consciente o inconscientemente, utilizaron la misma expresión que HaShem utilizó en el primer mandamiento cuando dijo “Anojí HaShem, ELOQUEJA”, Yo HaShem, soy tu Dios”.
Evidentemente la intención NO era reemplazar a HaShem por un becerro de oro. El pueblo judío seguía creyendo en Dios. Pero no todos estaban conformes con que HaShem sea “ELOQUEJA”: un Dios al que uno “sirve” comportándose con integridad y con una conducta moral intachable…
El becerro de oro era un “ELOQUEJA” completamente diferente. Para “servirlo” el pueblo se emborrachó y se entregó a la lujuria y a la promiscuidad. Esa es la forma de adorar a los ídolos paganos.
Este detalle es revelador y muy relevante para comprender la naturaleza de nuestra Emuná o fe judía.    Más allá de lo obvio, la principal diferencia entre servir a HaShem y servir al becerro es que el becerro de oro NO habla, no se revela, no demanda nada, no se mete en lo hago o dejo de hacer. Mientras que HaShem exige que practiquemos la quedushá, que obedezcamos elevandonos y controlando nuestros impulsos, al becerro de oro se lo adora justamente obedeciendo a los más bajos instintos. El becerro de oro NO se entromete en mi vida privada.  No tiene demandas éticas ni espirituales.  Al igual que los dioses griegos o romanos, sólo me pide que de vez en cuando le ofrezca algún sacrificio, para satisfacer SUS apetitos…
Yo leí un poco sobre la vida de Albert Einstein, un gran científico y alguien que ayudó al Estado de Israel.  Siempre me interesó comprender su filosofía religiosa.   Lo que aprendí es que Einstein creía en Dios, pero a su manera. No creía en el Dios de Abraham Itsjaq y Yaaqob, un Dios “personal”, es decir, que nos indica qué debemos hacer con nuestras vidas.
El dios de Einstein y de muchos individuos progresistas o liberales, es el sabio creador del mundo, pero no se mete en lo que yo hago o dejo de hacer. Es como el dios de Aristóteles que creó el mundo y luego lo abandonó a su suerte. O el dios pasivo que Espinoza que es todo (o nada) a la vez, pero que no tiene una voluntad específica, o si la tiene no la manifiesta.  La paradoja es que millones de individuos creen en Dios, pero se relacionan con Él ח”ו como si se tratara del becerro de oro:  no piensan que necesariamente hay que obedecer Su voluntad.
El primer mandamiento, por el otro lado, deja muy en claro que HaShem no es sólo el Creador. Él es también quien define qué está bien y qué está mal.  La forma judía de relacionarnos con Dios pasa en primer lugar por la obediencia a Sus mandamientos. Por observar el código de conducta que Él estableció. Nuestra relación con HaShem, tal como la relación entre esposos o entre padres e hijos, consiste en una serie de derechos y obligaciones.
Siguiendo el primer mandamiento, nosotros, el pueblo de Israel, demostramos nuestra creencia y amor por Dios, obedeciendo Su voluntad.
 לע”נ הלל יפה אריאל , ז”ל



PRIMER MANDAMIENTO: La diferencia entre “Dios” y “Soberano”

אנכי ה’ אלקיך
Ya explicamos que la declaración inicial de los Diez Mandamientos “Yo soy HaShem tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de esclavos” (Ex. 20: 2) puede ser visto como una introducción a los 10 Mandamientos, o como un precepto, una Mitsvá, independiente. Siguiendo esta segunda opinión, la de Maimónides, debemos preguntamos ¿cuál es la obligación específica que este mandamiento nos está indicando?
Tradicionalmente se entiende que este mandamiento expresa nuestro deber de creer en “la existencia” de Dios. Lo cual, como vimos, fue cuestionado por algunos rabinos que opinaban que nuestra creencia en Dios no puede ser objeto de una “ordenanza” bíblica.
Puede haber, sin embargo, una forma un poco más profunda de entender este mandamiento que creo que nos ayudará a comprenderlo mejor y nos facilitará armonizar entre las dos opiniones en conflicto.
Para comenzar, debemos leer con mucha atención las breves pero muy precisas palabras de Maimónides en el Sefer HaMitsvot y en Mishné Torá, Yesodé haTora 1: 5-6, donde se ve que Maimónides se refiere a la creencia en Dios como un ‘iqar, un principio de nuestra fe, más que como una “orden” a cumplir. Nosotros, el pueblo judío, hemos adquirido el conocimiento de la existencia de Dios, en primer lugar, por nuestros ancestros, quienes fueron testigos presenciales de la revelación de HaShem en el monte Sinaí. Nosotros “heredamos”  su experiencia, y así nos convertimos también en “testigos” de Su existencia. Basados en esta experiencia heredada también desarrollamos nuestra propia percepción intelectual y nuestra vivencia personal.
De ser así, si este mandamiento NO expresa la orden de creer en la “existencia” de Dios, ¿qué es lo que nos está ordenando?
Tendríamos que examinar en profundidad 2 palabras. La primera es el verbo “ser” en presente (Yo soy) y la segunda la palabra hebrea ELOQUEJA (convencionalmente traducida como “tu Dios”).
SOY
Leamos de nuevos las tres primeras palabras del Primer mandamiento:  “אנכי ה’ אלקיך” . Tradicionalmente se traducen como “Yo soy HaShem ELOQUEJA (=tu Dios)”. Pero aquí podemos identificar una ambigüedad. En hebreo el verbo “ser”en tiempo presente no se escribe. La palabra “soy”, en hebreo, no existe. Está implícita en esta frase. Este hecho, por lo tanto, nos da lugar a intentar una traducción diferente, sin desviarnos en absoluto del significado literal de este versículo. En lugar de “Yo soy HaShem ELOQUEJA” , podríamos traducirlo como: “Yo, HaShem, soy  ELOQUEJA” . ¿Cual es la diferencia?

Entendido como una orden “Yo soy HaShem ELOQUEJA” nos estaría indicando la obligación de creer en la existencia de Dios. Mientras que “Yo, HaShem, soy ELOQUEJA” , nos indicaría que HaShem, a Quien ya conocemos y en Quien ya creemos, es nuestro ELOQUEJA. En esta segunda traducción  la existencia de Dios se da como un hecho conocido y la obligación que de aquí se desprende es la de afirmar y comportarnos sabiendo que HaShem es nuestro ELOQUEJA.

ELOQUEJA
Ahora, la pregunta del millón: ¿Que significa ELOQUEJA? El nombre Eloquim, traducido generalmente como “Dios”, significa en realidad “Juez Supremo y Soberano”, en otras palabras: la Autoridad Máxima. Entendiéndolo así, este mandamiento NO estaría indicando nuestra obligación de “creer” en la existencia de Dios (¡eso se da por entendido!) , sino en aceptarlo como la Autoridad Suprema que rige nuestras vidas, nuestro Soberano.
La diferencia entre estas dos lecturas del Primer Mandamiento pueden parecer insignificantes. Pero piensen en esto: muchas personas con valores liberales “creen” en la existencia de un Dios Creador pero no están dispuestos a aceptar que ese Dios es Alguien a quien debemos obedecer.  Al decir que HaShem es nuestro ELOQUIM, estamos afirmando que Él tiene la autoridad para establecer lo que está bien y lo que está mal.
Para concluir, podríamos parafrasear el primer Mandamiento de la siguiente manera:  “Tu debes saber que Yo, HaShem, Soy tu ELOQUEJA, tu Soberano. Yo te liberé de la esclavitud en Egipto, y ahora ya NO estás más bajo la autoridad del Faraón. Ahora estás exclusivamente bajo MI jurisdicción.



PRIMER MANDAMIENTO: ¿Mandamiento o preámbulo?

Comenzaremos a analizar el primero de los Diez Mandamientos. Como veremos inmediatamente, comprender lo que este mandamiento dice no es sencillo.  ¿Por qué?   Principalmente porque el primer mandamiento no está formulado en el modo imperativo. Así dice la Torá: “Yo soy HaShem, tu Dios, que te rescató de la tierra de Egipto, de la casa de esclavos”. Aquí no hay, aparentemente, una orden específica como en el caso por ejemplo de “NO ROBARÁS”. Este Mandamiento NO nos dice que tenemos que hacer o dejar de hacer algo…
Esta es la primera pregunta que tenemos que abordar: si este Mandamiento es un precepto, una orden a cumplir, o es un preámbulo a los demás mandamientos. Es decir, la forma que el Creador se presenta ante el pueblo antes de pronunciar sus mandamientos.
A través de la historia los rabinos debatieron largamente la naturaleza del primer mandamiento.   Para Maimónides, por ejemplo,  el primer mandamiento, a pesar de no estar formulado en el modo imperativo, expresa una orden a seguir. Como lo veremos en más detalle BH mañana este mandamiento nos ordena “creer en Dios”.
Para otros rabinos, como Najmánides o el Rab Jasdai Crescas, el primer mandamiento NO expresa un  precepto específico. El Rab Crescas escribe en su libro “Or HaShem” que no puede haber un mandamiento que nos obligue a creer en la existencia de Dios. Reconocer la existencia de Dios no puede ser una “ley”, sino un prerrequisito “filosófico’ (por llamarlo de alguna manera) para todos los demás  mandamientos.  Por lo tanto, explica, el primer mandamiento, que enfatiza la existencia de Dios, es como un preámbulo para todos los demás mandamientos que se presentan  a continuación,  no es un mandamiento en sí.
Ahora trataremos de entender a haRambam, Maimónides. Maimónides por lo general no se mueve un ápice de lo que dice la Guemará. Y la Guemará en Masejet Makot explica que de los 613 preceptos de la Torá, 611 fueron dados por intermedio de Moshé Rabenu, y los dos restantes fueron transmitidos “directamente” por HaShem.   Y esos dos preceptos transmitidos por haShem son el primero y el segundo mandamiento ( אנכי ולא יהיה לך). Esto queda claro también porque solamente los dos primeros Mandamientos están expresados en la primera persona del singular  (“Yo soy HaShem tu Dios” … “No tendrás otros dioses delante de Mí”) mientras que a partir del tercer mandamiento es Moshé quien se Dirige al pueblo de Israel, y se refiere a HaShem en la tercera persona ( el texto bíblico dice: “No pronunciarás el Nombre de Dios en vano” y no dice “no pronunciarás Mi nombre en vano”). De acuerdo a este texto Talmúdico, el primer mandamiento es una Mitsvá,  un precepto Bíblico, no un preámbulo. Y así, en su famoso libro Sefer haMitsvot, un libro que presenta los 613 preceptos de la Torá, Maimónides menciona el Primer Mandamiento como la primera Mitsvá de la Torá.
Siguiendo esta última opinión, nuestra próxima pregunta es: ¿Cuál es específicamente la orden, el precepto, que se nos ordena seguir y cumplir en este mandamiento que dice “Yo soy haShem tu Dios”? Sobre esto hablaremos, BH mañana.