Purim y la Shoah

LA SENTENCIA DE MUERTE
Purim tuvo lugar en el año 474 a.e.c., que corresponde al año 12 del emperador persa Ajashverosh o Jerjes. Todos los judíos del mundo vivíamos en ese entonces bajo un mismo techo político: el imperio persa. Estaban diseminados por todo el imperio y se dedicaban con mucho éxito al comercio internacional. Pero ahora, todos los judíos del imperio habían sido sentenciados a muerte y el mundo sería Judenrein, “libre de judíos”, esta era la “solución final” de Hamán, y fue el objetivo de los los nazis י”ש en la segunda guerra mundial.  El método de Hamán para asesinar a los judíos era mucho más efectivo que el de los nazis. Hamán no tenía que reclutar ningún ejército ni gastar una bala del imperio. Su malévolo método se resumía en dos palabras incluidas en el edicto: USHLALAM LABOZ, lo que significa: “El 13 de Adar, todo ciudadano del impero persa podrá matar a un judío y quedarse con todos sus bienes: sus propiedades, su dinero, sus negocios”. Así, Hamán incentivaba a los propios vecinos a matar a sus conocidos judíos, ofreciéndoles la garantía de que todo iba a ser legal y los ejecutores NO sufrirían ninguna consecuencia por sus crímenes: por el contrario, podrían quedarse con los bienes de los judíos que matasen.  El ejército imperial, así parece, estaría del lado de los represores, impidiendo que los judíos pudieran defenderse. Todo esto está expresado directa o indirectamente en el edicto que Hamán firmó y envió en nombre del rey Ajashverosh. El decreto establecía que el genocidio de los judíos, la mega-ejecución de cientos de miles de judíos, incluyendo los cerca de 50,000 judíos que vivían en Israel –que también pertenecía al imperio Persa– se llevaría a cabo el 13 de Adar de ese año. Las cartas que contenían el edicto real fueron enviadas 11 meses antes, el 13 de Nisán. Luego de que Ester y Mordejai desbarataran el siniestro plan de Hamán y el malvado ministro persa fuera ejecutado , se enviaron nuevas cartas oficiales anunciando que los judíos podían defenderse de sus enemigos, y la ley estaría de su lado. Estas cartas fueron despachadas el 23 de Siván, es decir, 70 días después que se enviaron las primeras cartas.
¿PODÍAN ESCAPAR LOS JUDÍOS?
Uno de los temas que más cuesta visualizar en la historia de Purim es lo que tienen que haber pasado los judíos una vez que escucharon la sentencia de muerte y durante los próximos 70 días, hasta que llegó la nueva decisión del rey. Los Midrashim cuentan que muchos vecinos gentiles se deleitaban mostrando sus cuchillos afilados a las pobres madres judías, y les advertían que con esas armas iban a matar a sus pequeños hijitos. El Midrash también explica que los represores celebraban por anticipado la masacre y se repartían por anticipado los bienes y las posesiones de los judíos. El rab Yom Tob Tsahalón (1559 -1619) en su libro leqaj tob dice —cuando se refiere a la urgencia de Mordejai por anular el decreto de Hamán, a pesar de que faltaban 9 meses para su implementación— que los judíos habían sido “detenidos” o “esclavizados” ( משועבדים) con la colaboración del ejército imperial, para evitar que pudieran escapar del imperio o liquidar sus bienes, o salvar sus vidas antes del 13 de Adar.  Pensando en la Europa de 1940-1945 no es difícil imaginar los “campos de detención” donde concentraban a miles de judíos a la espera del día de su ejecución. Los Yehudim no podían hacer nada más que rezar y esperar un milagro, que al final ocurrió.  El Rab Tsahalon menciona también una opinión que dice que los enemigos de los judíos habían comenzado a matar a los judíos ni bien recibieron el edicto, interpretando la palabra «velo ya’abor» como que estaban autorizados a matar judíos «hasta» el 13 de Adar.  Y de allí la urgencia de Mordejai y Ester.
¿QUIÉNES ERAN LOS ENEMIGOS DE LOS JUDÍOS?
El rab Abraham Saba (1440-1508) en su libro Eshkol haKofer sugiere otra teoría: para asesinar a los judíos, Hamán reclutó a su propio pueblo, los agaguitas, descendientes étnicos de Amaleq. Estos antiguos “antisemitas” concebían, al igual que los nazis, que su misión existencial era destruir al pueblo judío. Los Agaguitas se transformaron así en el brazo ejecutor, como una SS, de su máximo representante: Hamán.   El Rab Saba explica que una vez que Hamán fue ajusticiado por traición, por haberle ocultado al rey los detalles de su diabólico plan, todos aquellos que colaboraron con Hamán correrían con la misma suerte que Hamán: ejecución por orden del rey, ya que se consideraban cómplices del crimen de “traición a la patria” cometido por Hamán. Es muy posible que los enemigos de los judíos fueran “oportunistas”, personas comunes y corrientes que respondían a la irresistible invitación de Hamán de “matar a un judío y quedarse con sus bienes”. Durante la Segunda Guerra Mundial, miles de ciudadanos comunes de Polonia, Ucrania, Hungría, etc. delataron a sus vecinos judíos para que cayeran en manos de los nazis y así quedarse con sus casas y posesiones. Una vez más, lo ocurrido en la Shoah nos deja imaginar con más realismo lo que seguramente aconteció en Persia 2.500 años atrás.
En Purim celebramos que al final todo “resultó al revés”. Es decir, no solo nos salvamos milagrosamente de una muerte segura, sino que también nos pudimos liberar de aquellos que buscaban nuestra destrucción. El elevado número de represores que murieron –75.800– nos ofrece una idea aproximada de la magnitud del genocidio judío que, gracias a Dios, pudo ser evitado.



TAANIT ESTER: ¿Por qué ayunamos este día?

El ayuno de Ester comenzará este lunes 2 de marzo, desde el amanecer hasta el anochecer.

כל עבדי המלך ועם מדינות המלך יודעים אשר כל איש ואשה אשר יבוא אל המלך אל החצר הפנימית אשר לא יקרא אחת דתו

¿QUIÉN CONTRA QUIÉN?

Cuando la reina Ester se entera del edicto de Hamán, que decretaba el exterminio del pueblo judío, decide hablar con el rey Ajashverosh, el emperador persa, para persuadirlo de revocar ese terrible decreto. Pero esta no era una misión sencilla.

El rabino Moshe Almosnino explica que Ester no sabía si Ajashverosh y Hamán, su primer ministro, pensaban igual y ambos querían llevar a cabo el genocidio contra el pueblo judío, o si Hamán había engañado al rey para que firmara ese edicto, ocultándole que se trataba de los judíos.

Ester decidió entonces invitar al rey y a Hamán a un banquete privado (capítulo 5, versículo 4) para tratar de obtener la información vital que necesitaba: si descubría que Ajashverosh estaba en complicidad con Hamán, intentaría disuadir a Hamán ella misma; pero si se enteraba de que Hamán había engañado a Ajashverosh —que fue lo que realmente ocurrió—, entonces expondría a Hamán frente al rey, esperando que Ajashverosh estuviera de su lado. Sin duda, esta era una misión muy arriesgada para Ester.

DISTANCIAMIENTO NO SOCIAL

Pero había un paso previo a esta misión que era aún más arriesgado: Ester tenía que “hablar” con el rey. Podríamos pensar que para Ester esta era la parte más fácil de su misión; después de todo, ella era la reina y vivía en el palacio. Pero en el Imperio persa nadie podía acercarse al rey sin ser invitado.

¿Por qué? Porque era la prerrogativa exclusiva del rey convocar a sus súbditos, y esto incluía a la reina. Ester no había sido llamada por el rey durante un mes (4:11), y la única opción que le quedaba era ingresar directamente al recinto real de manera irreverente e ilegal. ¡Y esto era sumamente arriesgado!

Si alguien entraba al área de máxima seguridad (jatser hapenimit) del rey sin haber sido llamado, los guardias tenían órdenes de ejecutar a los intrusos por razones de seguridad. Los reyes persas contaban con su guardia pretoriana, armada con largas hachas, lista para ejecutar en el acto a cualquier persona que cruzara el perímetro de seguridad del rey.

LA OBSESIÓN DE AJASHVEROSH

Los emperadores persas estaban obsesionados con su seguridad personal, y con buena razón. El propio Ajashverosh fue asesinado por uno de sus guardaespaldas más leales, Artabano.

La ley persa establecía que cualquier persona que ingresara a la zona de seguridad del emperador debía ser ejecutada (4:11), a menos que el rey detuviera a sus guardias antes de la ejecución y extendiera su cetro real como señal de clemencia, perdonando la vida del transgresor. Como se explicó anteriormente, esta regla también se aplicaba a la reina, ya que no era raro que las reinas o personas cercanas al rey fueran parte de un complot para asesinarlo.

Ester era consciente de que Ajashverosh ya había destronado y ejecutado a la reina anterior, Vashti (1:19), y no dudaría en condenarla si sospechaba que ella representaba una amenaza.

AYUNO NO INTERMITENTE

Acercarse al rey e ingresar a la “zona de la muerte” para hablar con él y conseguir una audiencia era, en sí misma, una misión suicida. Ester, con razón, temía por su vida y por el éxito de su misión: salvar a su pueblo del genocidio. Pero no tenía otra opción. No había nadie más que pudiera hablar con el rey y detener el decreto de Hamán.

Ester decidió arriesgar su vida (4:16) y emprender esta misión. Pero antes de hacerlo, pidió que todos los judíos de Shushán ayunaran por ella y rezaran por el éxito de su misión. Los judíos ayunaron durante tres días seguidos, día y noche (4:16), buscando la intervención divina en estas circunstancias tan difíciles.

Ayunar y rezar es lo que nuestra Torá y nuestros rabinos nos indican hacer en momentos de adversidad. Como todos sabemos, con la ayuda de HaShem, la “misión imposible” de Ester finalmente fue exitosa.

Once meses después, el 13 de Adar, cuando los judíos tuvieron que luchar y defenderse de los enemigos ansiosos por eliminarlos, también oraron a HaShem y ayunaron por el éxito de su batalla. La tradición de ayunar antes de un enfrentamiento militar es muy antigua y, según nuestros sabios, se remonta a las guerras libradas por Moshé Rabenu.

¿Por qué ayunar antes de la batalla, cuando más necesitamos nuestra fuerza física? Para demostrar y proclamar nuestra fe en que la victoria no depende de nuestra fortaleza, sino del apoyo de HaShem, nuestro Dios.

En conmemoración de los días de ayuno mencionados en la Meguilá (דברי הצומות וזעקתם), observaremos el ayuno de Ester.




NEW: Meguilat Ester para niños

INTRODUCCION A MEGUILAT ESTER 

La mayoría de las versiones infantiles de la Meguilat Ester presentan la historia con elementos imaginativos y expansiones midráshicas coloridas que resultan muy atractivas para los niños. Sin embargo, a largo plazo, esto suele producir un efecto educativo no deseado: los alumnos crecen recordando la Meguilá como una fantasía, en lugar de como un acontecimiento histórico real vivido por el pueblo judío.

Cuando crecen, muchos alumnos recuerdan las escenas legendarias que dibujaron — Vashtí con rabo, Ester de color verde, o la hija de Hamán arrojando basura desde una terraza— pero no pueden reconstruir en su mente la secuencia básica del relato bíblico ni situarlo en su contexto histórico. Purim queda así asociado más a un cuento de hadas que a la historia judía en el Imperio persa.

Este librito fue creado a partir de esa preocupación y adopta un enfoque diferente: presenta la Meguilá como lo que es, un episodio histórico real, ocurrido cuando el Imperio persa se hallaba en su máxima expansión y en estrecha relación con la vida de los judíos en la diáspora persa.

Esta narración está escrita en un lenguaje accesible para niños, pero sigue fielmente el texto bíblico (peshat) e incluye solo aquellos midrashim que ayudan a aclararlo, sin crear relatos paralelos.

Creemos que la educación judía debe comenzar con un conocimiento auténtico de las fuentes y algunas interpretaciones deben estudiarse más adelante y con mayor profundidad. Sin esta base textual, la Meguilá corre el riesgo de quedar reducida a un simple “cuento de Purim”, que los alumnos podrían terminar desvalorizando al crecer.

Nuestro texto busca asegurar que, desde temprana edad, los estudiantes comprendan con claridad que la historia de Purim es real, que forma parte de la historia continua del pueblo judío a lo largo de las generaciones, y que su mensaje sigue siendo relevante hoy, más que nunca.

Yosef Bittón    

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¿La Tierra de Israel o el Estado de Israel?

LA TIERRA DE ISRAEL

Jerusalem no siempre fue la capital vibrante del Estado judío que conocemos hoy. Durante siglos, los pocos Yehudim que lograban llegar a la Tierra de Israel eran apenas una minoría indefensa, sin soberanía, viviendo bajo el dominio de potencias extranjeras.
Durante generaciones, visitar Jerusalem era un sueño utópico, casi irrealizable: un acto de fe. Y contemplar las ruinas de la ciudad —no solo del Templo (Bet HaMiqdash)— provocaba un dolor tan profundo que nuestros Sabios establecieron que quien las viera debía rasgar sus vestiduras en señal de duelo.

Pienso en Yehudá HaLeví, el gran poeta y filósofo quien —según la tradición— murió trágicamente asesinado a las puertas de Jerusalem en 1141, recitando su poema Tzión halo tishalí. O en Maimónides, que al llegar a la Tierra de Israel unos 50 annos mas tarde  pudo visitar Jebrón, pero no logró siquiera entrar a Jerusalem debido a las sangrientas cruzadas entre cristianos y musulmanes.
Durante más de 1800 años, la presencia judía en Jerusalem estuvo constantemente amenazada. No teníamos ejército, gobierno ni autoridad. Éramos perseguidos por musulmanes y cristianos por igual, víctimas de los caprichos del poder de turno.


¿RELIGIÓN O NACIÓN?

En su razonamiento acerca de por qué, en tiempos contemporáneos, ya no sería necesario rasgar las vestiduras —algo que los Sefaradim, sin embargo, seguimos haciendo— el rabino Tzvi Yehudá Kook z”l desarrolla un argumento basado en una interesante interpretación del Bet Yosef.
Sostiene que el duelo pleno por Jerusalem no depende únicamente de la existencia o no del Templo, sino de quién gobierna Israel y Jerusalem. Si la ciudad está bajo dominio extranjero, entonces sí, debemos lamentar nuestra pérdida. Pero desde 1967, Jerusalem está en nuestras manos y se reconstruye día a día. Jerusalem ya no es solo parte de la Tierra de Israel: es la capital del Estado de Israel.

Esta distinción entre “Tierra” y “Estado” es fundamental para comprender Purim. En la época de Mordejai y Ester, unos 50.000 judíos vivían en Jerusalem y sus alrededores, y el Bet HaMiqdash estaba construido y funcionando. Esto fue posible gracias al decreto del emperador persa Ciro en 538 a.e.c., que proclamó la libertad de culto para los judíos y los autorizó a reconstruir el Templo.
Pero aun con la posibilidad de vivir en Jerusalem, los judíos seguían siendo súbditos del Imperio persa. No tenían soberanía ni ejército propio, y tras la muerte de Ciro ni siquiera pudieron obtener permiso imperial para reconstruir las murallas de la ciudad (algo que solo logró Nejemiá bajo Artajshasta, hijo de Ajashverosh).
Al carecer de soberanía, cualquier decreto imperial podía sellar el destino del pueblo judío. El mejor ejemplo es el edicto de Hamán: la aniquilación de todos los judíos del Imperio persa, que habría alcanzado también a los judíos de la propia Tierra de Israel.


NO NOS DAMOS CUENTA DE LO BIEN QUE ESTAMOS

Hoy, gracias a Dios, “Tierra” y “Estado” coinciden. Ya no dependemos del favor de reyes o gobernantes ajenos. Seguimos teniendo enemigos como Hamán, que desde la misma región siguen llamando a nuestra destrucción. Pero hoy podemos protegernos —con la ayuda de Boré Olam y el valor extraordinario de los soldados de nuestro ejército—.
Construimos y reconstruimos nuestras ciudades, y garantizamos que ningún Hamán moderno pueda decidir nuestro destino.
Dios obró milagros en Purim a través de Mordejai y Ester. Hoy, Su Providencia se manifiesta a través de quienes defienden la existencia de Medinat Israel.

Para comprender mejor la importancia contemporánea de esta idea, basta observar brevemente la visión musulmana sobre el “Estado” frente a la “Tierra” de Israel. Incluso los árabes más moderados —no yihadistas— sostienen que los judíos podrían vivir en la Tierra de Israel, pero no tener un Estado.

Según esa visión, los judíos podrían residir en la Tierra Santa como minoría protegida, pagando un impuesto especial (jizya), pero sin soberanía ni ejército propio; es decir, dependiendo de la buena voluntad de quienes gobiernen.
En términos prácticos: si Israel depusiera las armas, incluso los sectores árabes más moderados estarían dispuestos a conceder a los judíos el derecho a residir y practicar su religión, pero no el derecho a la autodeterminación. Se repetiría así el mismo escenario que vivimos bajo el Imperio persa y durante siglos en países musulmanes: quedaríamos a merced del poder de turno.


LA TRAMPA DEL DESAGRADECIMIENTO

Por eso, cada vez que un judío habla de la “Tierra de Israel” y omite mencionar el “Estado de Israel”, sin querer refuerza ese mismo discurso.
Quizás algunos no se sienten plenamente identificados con el Estado judío porque aún no es lo suficientemente religioso, etc. Pero al negar la idea del Estado judío y repetir ese lenguaje galútico, uno actúa —aunque sea involuntariamente— con ingratitud hacia Boré Olam, que nos ha concedido este privilegio histórico extraordinario.

En los tiempos mesiánicos, según Maimónides, el primer paso será precisamente la restauración de la soberanía judía sobre la Tierra de Israel, bajo el liderazgo del Mélej HaMashíaj: un rey soberano que el propio pueblo judío unge, no un gobernante designado por potencias extranjeras.
Cada vez que afirmamos que tenemos un Estado de Israel, declaramos también que nuestras aspiraciones mesiánicas están más cerca de realizarse.

La lección de Purim es clara: sin un Estado propio, sin capacidad de defensa propia, el pueblo judío siempre estará en peligro. No importa cuán libres seamos para practicar nuestra religión, ni siquiera si vivimos en Israel o en la diáspora: sin soberanía, siempre puede surgir un Hamán que nos encuentre indefensos, incluso en la propia Tierra Santa.

Hoy, en un sentido profundo, todos los Yehudim del mundo son potencialmente ciudadanos de Israel.

El milagro de Medinat Israel ocurre ante nuestros ojos.
Solo hace falta abrirlos para verlo.




Resumen TERUMA

Esta Parasha describe las instrucciones de Dios a Moshé para invitar al pueblo a contribuir con lo que pudieran o quisieran para la construcción del Tabernáculo. Los materiales necesarios incluían metales preciosos, telas, pieles, lino, madera, especias, piedras preciosas, entre otros. Dios le dio instrucciones detalladas a Moshé sobre la construcción y las dimensiones del Tabernáculo y sus artefactos.

En primer lugar, el texto describe el Arca que contendría las tablas de la Ley. El Arca debía ser construida de madera de acacia y recubierta de oro, con anillos en sus esquinas donde se insertarían varas para su transporte. El Arca estaría cubierta con una tapa de oro puro, y de esta tapa se harían dos querubines de oro.

Luego se dieron instrucciones para la construcción de la Mesa para el Pan de la Presencia, que también sería de madera de acacia y recubierta de oro. A continuación, se describió la construcción de la Menorá, el candelabro de siete brazos que debía ser hecho de un solo bloque de oro puro con terminaciones decorativas.

La Tora luego describe la construcción del Santuario del Tabernáculo. La cubierta del Santuario consistiría en varias capas de tapices: la primera sería una combinación de lana de colores y lino, y la segunda capa estaría hecha de pelo de cabra. Estas dos grandes cubiertas también cubrirían las paredes exteriores del Tabernáculo. La parte superior del Tabernáculo estaría recubierta con pieles de carnero teñidas y pieles de “tajash” (un animal cuya identificación es objeto de debate). Las paredes del Tabernáculo debían estar hechas de vigas de madera de acacia recubiertas de oro. La base de cada viga debía insertarse en dos bases de plata. El lado este del Tabernáculo estaría abierto, y los lados norte y sur tendrían 20 vigas cada uno, mientras que la pared occidental tendría ocho. Las vigas estarían unidas por varias barras transversales.

El Santuario del Tabernáculo constaba de dos secciones: la cámara más interna era el espacio más sagrado donde se colocaría el Arca. La cámara exterior, Hejal o Qodesh, albergaría la Menorá, la Mesa de Oro y el Altar del Incienso.

Luego, Moshé recibió instrucciones para la construcción del Altar. Este altar debía ser de madera de acacia recubierta de bronce y debía tener cuatro protuberancias verticales en sus esquinas. También debía tener anillos y varas para su transporte.

El patio del Tabernáculo debía medir 100 codos (aproximadamente 50 metros) por 50 codos y estaría delimitado por cortinas de lino. La entrada al patio estaría en su lado oriental, cubierta por una cortina tejida de lana y lino.




El Rab Ya’acob Yehuda León y los colores del Mishkán 

El Rab Yahacob Yehudá León (1603–1675) fue conocido en su época como “León Hebreo” y más comúnmente como “León Templo” o “Yehudá Templo”. Fue un rabino sefaradí del siglo XVII que vivió en Ámsterdam y Middelburg.

Su nombre “Templo” quedó inseparablemente asociado al Bet haMiqdash y al Mishkán debido a un proyecto único: la reconstrucción visual, en maquetas y dibujos, del Santuario bíblico y de todos sus kelim o utensilios. En una época en la que el Templo de Jerusalem y el Tabernáculo de Moshé existían solo en textos y en la imaginación, el Rab León logró hacerlos visibles y comprensibles para públicos judíos e incluso para el público gentil de toda Europa.

Nació en Portugal en el seno de una familia que, como muchas otras, había vivido generaciones de conversión forzada durante la Inquisición. Más tarde se estableció en la República Holandesa, donde la comunidad sefaradí —formada por judíos anusim provenientes de la Península Ibérica que retornaban abiertamente al judaísmo— vivía un período de florecimiento cultural y religioso. Era un erudito rabínico, pero también era un genio artista. Era dibujante y diseñador especializado en heráldica, es decir, el arte de diseñar escudos de armas, que exigía precisión geométrica, proporción y conocimiento simbólico. Estas habilidades visuales serían decisivas para su obra judía posterior.

Su primer proyecto, y el más conocido, fue la construcción de una maqueta tridimensional del Bet haMiqdash de Jerusalem. Para realizarla,  reunió y comparó todas las fuentes judías disponibles sobre la arquitectura del santuario: los pasajes bíblicos de Reyes, Crónicas y Ezequiel; el tratado talmúdico Middot, que describe las medidas del Templo; las descripciones históricas de Flavio Josefo; y la codificación arquitectónica de Maimónides en el Mishné Torá. A partir de la reconciliación de estas fuentes, en 1641 completó una maqueta del Templo a escala aproximada de 1:300, de unos 1,30 × 1,20 × 0,60 metros, que incluía todas las áreas y espacios del Templo: el altar de los sacrificios, el Santuario, el Kodesh haKodashim con el Arca y los querubines, y las columnas Yajín y Boaz. No era un objeto decorativo, sino una representación del Templo según la tradición bíblica y rabínica.

En 1642 el Rab León publicó su obra “Retrato del Templo de Shelomó”, que acompañaba la maqueta del Templo. En la portada, el propio autor explica que el libro describe el Templo y todos sus utensilios e instrumentos, cuyo modelo podía verse en posesión del autor. El texto servía como guía para quienes visitaban la maqueta, conduciéndolos conceptualmente por los distintos recintos y utensilios. Aunque escrito originalmente en español —la lengua de los sefaradíes occidentales—, el libro despertó gran interés y fue traducido al hebreo, neerlandés, francés, alemán y latín. El proyecto del Rab León trascendió así el ámbito judío y entró en el mundo erudito cristiano europeo.

La maqueta del Templo se exhibió inicialmente en la casa del Rab León en Ámsterdam y se convirtió en una atracción conocida. En 1642 recibió visitantes ilustres: Enriqueta María de Francia, reina consorte de Inglaterra y esposa de Carlos I, acompañada por el príncipe Guillermo de Orange y María Estuardo. La visita de la realeza europea a la casa de un rabino sefaradí para ver una reconstrucción del Templo refleja el interés cristiano por la arquitectura bíblica y la posición cultural de la comunidad sefaradí de Ámsterdam en el siglo XVII.

Según diversas fuentes, el Rab León llevó la maqueta a Londres hacia 1671, con una carta de recomendación del erudito holandés Constantijn Huygens dirigida al rey Carlos II. La maqueta permaneció en Inglaterra durante décadas y fue exhibida por sus descendientes, entre ellos Isaac León y Moshe de Castro. Un anuncio en el Diario de la Corte de 1729 informaba que podía verse en el Royal Exchange el modelo del Templo con todos sus recintos y utensilios: el altar, el Arca y los querubines, el altar de incienso, el candelero y las columnas Yajín y Boaz. La reconstrucción del Rab León siguió funcionando como instrumento educativo casi un siglo después de su creación.

En 1647 publicó en neerlandés un tratado sobre el Arca de la Alianza, con descripciones y dibujos del Arón haBerit. También escribió en latín un tratado sobre los querubines, explicando su forma y simbolismo según las fuentes judías.

El interés del Rab León no se limitó al Templo de Jerusalem. De hecho, en relación con la Perashá que leemos esta semana, Terumá, el Rab León publicó en Ámsterdam en 1654 su obra “Retrato del Tabernáculo de Moshé”, un libro ilustrado que describe en detalle la estructura portátil del santuario del desierto y todos sus elementos: el atrio, el altar exterior, la fuente de cobre, la tienda, el Kodesh, el Kodesh haKodashim, el Arca, la mesa de los panes, el candelabro y el altar de incienso. El libro presenta no solo descripciones textuales, sino dibujos en color realizados por el propio autor, que muestran la disposición exacta de cada componente según la tradición bíblica y rabínica.

El enfoque del Rab León respecto del Mishkán fue metodológico, reconstruido a partir de las medidas y descripciones de la Torá, complementadas por la literatura rabínica. Su objetivo era pedagógico: permitir que el lector y el observador comprendieran espacial y visualmente lo que el texto describe de forma verbal. El Mishkán, que en la lectura bíblica puede resultar abstracto, se convertía así en una estructura visual concreta, con proporciones, materiales y ubicación de utensilios. Este método anticipa, en cierto modo, la arquitectura experimental moderna: una reconstrucción basada en fuentes textuales.

Al reconstruir visualmente el Tabernáculo, el Rab León permitió comprender la continuidad entre el santuario del desierto y el de Jerusalem. En este sentido, su obra sobre el Mishkán no es secundaria, sino la base conceptual de su reconstrucción del Templo.

El Rab Yahacob Yehudá León falleció en 1675. Sus maquetas y libros constituyen uno de los primeros intentos documentados en la Europa moderna de reconstruir el santuario bíblico a partir de fuentes judías y de presentarlo públicamente mediante modelos, maquetas e ilustraciones.

El presente dibujo que aquí presento lo realicé con la ayuda de inteligencia artificial, combinando dos páginas que en el original del Rab León aparecen separadas. Los colores son los originales que utilizó el Rab en su obra original Retrato del Tabernáculo, en español, que se encuentra aquí:
https://www.nli.org.il/he/books/NNL_ALEPH990010119110205171/NLI




MISHPATIM: Inteligencia artificial en modo Shabbat

La negligencia

La perashá de esta semana, Mishpatim, contiene un código de 53 leyes que se aplican en lo comercial, civil y penal. Entre los casos que la Torá presenta, encontramos el siguiente:

כִּי־תֵצֵא אֵשׁ וּמָצְאָה קֹצִים… שַׁלֵּם יְשַׁלֵּם הַמַּבְעִיר אֶת־הַבְּעֵרָה

“Cuando se produce un fuego y se extiende –accidentalmente– sobre arbustos secos, incendiando el campo o la cosecha del vecino, aquel que inició el fuego deberá pagar por los daños causados.

(Shemot / Éxodo 22:5)

En este caso, la Torá no está hablando de un pirómano que quiso destruir el campo de su vecino. Se refiere a una persona común que encendió un fuego —quizás para cocinar o quemar basura— sin intención de causar daño. Sin embargo, el fuego se expandió y provocó perjuicios. La responsabilidad de este “accidente” recae sobre quien lo inició. Aquí la Torá introduce un concepto que hoy forma parte de cualquier sistema jurídico moderno, pero que fue absolutamente revolucionario en su época: no solo somos responsables por los daños que causamos con mala intención; también somos responsables por las consecuencias de nuestras acciones —o de nuestra pasividad— cuando no hubo intención de dañar. En hebreo, este concepto se denomina peshí’á; en términos legales modernos: negligencia. Existen fuerzas que, una vez liberadas, ya no controlamos plenamente. Por eso somos responsables de prever, anticipar y establecer límites antes de que se vayan de las manos.

El fuego: la gran revolución de la humanidad

El fuego fue uno de los descubrimientos más transformadores de la historia humana. Gracias a él, los seres humanos pudimos protegernos del frío, iluminar la oscuridad, cocinar, producir herramientas de metal y, en definitiva, desarrollar la civilización tal como la conocemos. Pero ese mismo instrumento —sin el cual seguiríamos en la edad de piedra— posee un poder destructivo enorme. El fuego puede destruir bosques, casas, ciudades, bibliotecas y millones de vidas humanas, directa o indirectamente. Cuanto más poderoso es el instrumento, mayor es el daño potencial que puede causar. Por eso el fuego debe ser controlado antes de que se expanda. Y si no lo controlamos, somos responsables de lo que ocurra, aun cuando no haya existido mala intención.

El nuevo fuego

Hoy vivimos una revolución que cambiará el mundo como en su momento lo hizo el fuego —o seguramente más—: la inteligencia artificial. Los sistemas modernos de IA, como ChatGPT, son extraordinariamente beneficiosos para aprender, escribir, traducir, analizar datos, diagnosticar, diseñar o crear. En muchos sentidos, la IA amplifica la capacidad humana. Es una herramienta que pone casi todo el conocimiento disponible al alcance inmediato y gratuito. Con el tiempo tendremos más automatización, más ayuda en el hogar, asistencia a personas mayores, autos autónomos, menos esfuerzo físico y, potencialmente, mejor calidad de vida. Pero cuanto más poderosa es una herramienta, mayor es su peligro potencial y más urgente se vuelve hablar de responsabilidad y de negligencia. Aquí negligencia significa algo muy concreto: no hacer nada. Dejar que las cosas sigan su curso sin control, como un fuego que se expande solo. Los riesgos globales de la IA son enormes y exceden el marco de este artículo. Aquí me referiré solo a un aspecto que considero especialmente importante para nosotros: el impacto en nuestros hijos.

La intolerancia al aburrimiento

Uno de los efectos más visibles de la nueva realidad tecnológica —y de los medios digitales en general— es la creciente incapacidad de los niños para tolerar el aburrimiento. El cerebro infantil está siendo reentrenado para el scrolling: deslizar la pantalla continuamente y pasar al próximo estímulo, inmediato y personalizado. Ya no se trata solo de estar frente a una pantalla, sino de la imposibilidad de permanecer unos segundos sin novedad. La inteligencia artificial agrega un nivel adicional: provee respuestas instantáneas, sin esfuerzo, sin búsqueda, sin reflexión. El niño pregunta y obtiene. No espera. No procesa. No se ejercita mentalmente. Leer, imaginar, pensar y construir ideas desde adentro desarrolla la inteligencia, la paciencia y la personalidad. Pero cuando todo el estímulo es externo, visual e inmediato, el cerebro se acelera y la creatividad interna se atrofia. En las escuelas observamos una realidad clara: cada año disminuye la capacidad de escuchar, concentrarse y sostener la atención. El ADD ya no es marginal.

“Terapia” gratis y peligrosa

Con los adolescentes aparece otro riesgo. La IA permite mantener diálogos ilimitados con una máquina diseñada para validar y acompañar. Para un joven vulnerable, conversar horas con una inteligencia artificial puede resultar emocionalmente adictivo: nunca contradice, no corrige, no exige, valida y responde con empatía simulada. Un caso real: una joven de 13 años sentía que todos la odiaban —padres, hermanos y familia—. Su conducta era conflictiva, pero no toleraba críticas. Comenzó a hablar con ChatGPT y le contó que todos la odiaban. El sistema validó su dolor sin cuestionar su percepción ni invitar a la autocrítica. Confirmó su narrativa de víctima. La joven se distanció más de su familia y desarrolló dependencia de esa “voz” artificial que siempre la hacía sentir bien. El resultado fue un aislamiento social profundo y difícil de revertir. Estas son solo algunas consecuencias de la nueva era de la inteligencia artificial.

Ni fuego ni ChatGPT

No conozco la solución total a este desafío, que será cada vez más complejo. La única receta completamente efectiva sería eliminar toda tecnología del hogar. Pero quienes viven así no están leyendo estas líneas. Por eso me dirijo a la mayoría de los padres, para proponer una idea —no para resolver el problema— sino para controlarlo y minimizarlo. Los judíos tenemos el privilegio —y la obligación— de desconectarnos un día a la semana de lo electrónico. El Shabbat, en términos contemporáneos, es un detox semanal: sin pantallas, sin celulares, sin redes, sin inteligencia artificial. Cuando comienza Shabbat entramos en otro mundo. Estamos en otro planeta. Mucho más humano. En la mesa de Shabbat no hay TikTok ni ChatGPT. Somos quizá la única civilización que detiene voluntariamente la tecnología para priorizar la conexión humana: padres e hijos conversando, cantando, enseñando, aprendiendo, presentes sin interrupciones. Nunca en la historia el Shabbat fue tan necesario como hoy. Tal como dejamos de usar fuego en Shabbat, en Shabbat tampoco hay ChatGPT. El Shabbat es desintoxicación de pantallas. En Shabbat volvemos a ser familia. Volvemos a ser humanos.

Mi refrigerador

Mi refrigerador tiene una función especial: Shabbat Mode. Cuando está activado en este modo, no se enciende la luz ni se activa el termostato al abrir la puerta. La responsabilidad de activarlo es mía. Si no lo hago, es mi negligencia. Pero hay algo más profundo: aunque lo activo solo los viernes, en realidad podría activarlo cualquier día. Y esta es la propuesta: crear un Shabbat Mode familiar durante la semana. Significa que cada noche —por ejemplo, desde la cena— toda la casa entra en Shabbat Mode: sin dispositivos electrónicos, incluyendo a los padres. Cenamos en familia, conversamos, estudiamos, leemos, jugamos, dibujamos y los niños hacen la tarea sin pantallas. Cada noche puede ser un pequeño viernes por la noche.

La bendición oculta

En el Birkat HaMazón de Shabbat decimos:

הרחמן הוא ינחילנו יום שכולו שבת ומנוחה

“Que el Todopoderoso nos conceda una época que sea toda Shabbat y reposo”.

Siempre entendí esta frase como una imagen del mundo venidero. Pero quizá también sea una instrucción para este mundo: llevar la bendición del Shabbat a los días de semana. Activar Shabbat Mode tanto como sea posible. Establecer límites claros a la tecnología no es fácil, pero es parte de nuestra responsabilidad como padres. No hacer nada es negligencia. Es dejar un fuego encendido, a merced del viento, en un campo seco.

SHABBAT SHALOM

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El Rab Ya’aqob Ibn Habib (1460–1516) y su introducción al Talmud

Rabbi Ya’aqob ibn Habib nació en Zamora, España, alrededor del año 1460. Fue uno de los grandes talmudistas sefardíes de finales del siglo XV y se desempeñó como Rosh Yeshivá en Salamanca, uno de los centros judíos más importantes de Castilla antes de la expulsión.

Tras el decreto de expulsión de los judíos de España en 1492, Rabbi Ya’aqob y su familia se refugiaron inicialmente en Portugal. Sin embargo, en 1496 los judíos portugueses fueron obligados a elegir entre la conversión al cristianismo o un segundo exilio. Fiel a su Torá y a su Dios, Rabbi Ya’aqob volvió a partir, estableciéndose finalmente en Salónica (hoy Grecia), ciudad que pronto se convertiría en uno de los principales centros del judaísmo sefardí durante varios siglos. Allí fundó la congregación de los Megorashé Castilla (“refugiados españoles”), integrada por judíos expulsados de Castilla, y participó activamente en la reorganización comunitaria y educativa de los exiliados.

En Salónica, Rabbi Ya’aqob encontró el apoyo decisivo de Don Yehuda Benveniste, un destacado mecenas que puso a su disposición una biblioteca excepcional, rica en manuscritos talmúdicos y comentarios clásicos. Este acceso a fuentes rabínicas, poco común en ese entonces, permitió a Rabbi Ya’aqob emprender la obra que lo convertiría en una figura central de la historia intelectual judía: Ein Ya‘aqob (עין יעקב).

Ein Ya‘aqob es una recopilación sistemática de todos los pasajes aggádicos del Talmud, es decir, aquellos textos no halájicos que incluyen relatos, enseñanzas éticas, reflexiones teológicas y material narrativo de los Sabios. La obra incorpora además comentarios del propio autor, conocidos como Pirush ha-Mejabber. La primera edición fue impresa en Salónica en 1516, pocos meses después del fallecimiento de Rabbi Ya’aqob. El autor alcanzó a trabajar solo sobre dos de los seis órdenes del Talmud (Zera‘im y Mo‘ed); el resto fue completado por su hijo, Rabbi Levi ibn Habib (el Ralbaj), una figura rabínica de gran relevancia por mérito propio.


LA IMPORTANCIA DE SU OBRA

La importancia de Ein Ya‘aqob va mucho más allá de su valor como antología. Es un libro concebido con el propósito de responder a las profundas transformaciones que vivía el judaísmo sefardí tras la Expulsión de 1492. Hay tres crisis centrales a las que Rabbi Ya’aqob ibn Habib dio respuesta a través de esta obra.

La primera fue la crisis de autoridad rabínica. La expulsión destruyó instituciones educativas consolidadas, desmanteló yeshivot y fragmentó comunidades. Muchos judíos —especialmente conversos forzados que ahora regresaban al judaísmo— quedaron alejados del estudio formal del Talmud y de sus complejas discusiones legales. Ein Ya‘aqob ofreció una alternativa novedosa: estudiar el Talmud sin exigir dominio halájico avanzado. Al centrarse en la Aggadá, el libro permitió mantener un vínculo directo con el Talmud y con la tradición rabínica, incluso fuera del marco clásico de una academia rabínica formal.

La segunda fue una crisis de fe. Tras la catástrofe de 1492, los judíos se enfrentaban a preguntas teológicas fundamentales: ¿por qué ocurrió esta tragedia?, ¿cómo entender el sufrimiento colectivo?, ¿qué significado tiene seguir viviendo como judíos después de múltiples exilios? Ein Ya‘aqob aborda estas inquietudes al poner en primer plano temas como la justicia divina, el dolor humano, la redención, la teshuvá y la esperanza. La elección de la Aggadá no fue casual: este tipo de discurso permite reflexionar sobre el sufrimiento y la resistencia espiritual de una manera que el lenguaje legal no siempre puede ofrecer.

La tercera fue la crisis de la transmisión educativa. Ein Ya‘aqob fue concebido como una herramienta pedagógica. El libro funcionó históricamente como una “Introducción al Talmud”, enseñando a los principiantes el lenguaje talmúdico, los modos de razonamiento rabínico, el mundo de los Sabios —sus nombres, sus lugares de origen— y la sensibilidad ética de los rabinos del Talmud. Durante siglos, en las comunidades sefardíes, Ein Ya‘aqob fue estudiado por niños antes de comenzar la Guemará, y se convirtió en un texto habitual en hogares, sinagogas y círculos de estudio.

No se trata de una simplificación del Talmud, y mucho menos de un reemplazo, sino de una clara estrategia educativa.

El contexto histórico de la obra incluye también las polémicas de los no judíos contra el Talmud, la censura y la quema pública de estos libros. Al destacar la dimensión ética y espiritual del Talmud, Ein Ya‘aqob ofrecía una defensa implícita frente a acusaciones de blasfemia o inmoralidad.

En 1555, Ein Ya‘aqob fue quemado junto con el Talmud Bavlí y Yerushalmí por orden de la Inquisición, y su reedición fue prohibida. Sin embargo, años más tarde, el libro reapareció bajo el nombre alternativo de Ein Israel.

Cinco siglos después de su composición, Ein Ya‘aqob sigue siendo una fuente fundamental para comprender cómo un rabino sefardí supo reorganizar el estudio, la fe y la educación tras una de las mayores crisis de la historia judía. La vigencia de este hermoso libro demuestra que la tradición rabínica no solo preserva el pasado, sino que también sabe adaptarse creativamente a nuevas realidades históricas.




MISHPATIM: ¿Cuándo y cómo comenzó el judaísmo?


ויקח ספר הברית ויקרא באזני העם ויאמרו כל אשר דבר ה’ נעשה ונשמע
(Shemot / Éxodo 24:7)

EL BERIT

Hace tres mil quinientos años, el pueblo de Israel vivió el acontecimiento más decisivo de la historia humana: un pacto, una alianza formal entre una Nación y Dios. Estos hechos, que tuvieron lugar en el Sinaí, se conocen en hebreo como Ma’amad Har Sinai, la revelación de Dios al pueblo judío en el Monte Sinaí.

Lo que ocurrió en ese evento puede describirse en tres actos:

  1. הצעת הברית – La propuesta del Pacto
    HaShem nos ofreció convertirnos en Su pueblo elegido mediante una alianza con Él. Nosotros aceptamos. Dios prometió adoptarnos como Su “tesoro especial”, am segulá.

  2. מתן תורה – La entrega de la Torá
    Dios nos dio la Torá, el “documento” que contiene las directrices y condiciones del Pacto entre Dios e Israel.

  3. קבלת התורה – La aceptación de la Torá
    El pueblo judío aceptó cumplir las leyes de la Torá. Desde ese momento, la Torá se convirtió en nuestra ley nacional, en nuestra constitución.

Este Pacto entre Dios y un pueblo es único en la historia de la humanidad y está descrito en detalle en los capítulos 20 y 24 del libro de Shemot.


הצעת הברית

LA PROPUESTA

El primer día del mes de Siván, Moshé ascendió al Monte Sinaí. Allí recibió un mensaje Divino (Shemot 19:3–6):

“Así hablarás a la casa de Ya’aqob y anunciarás a los hijos de Israel: ‘Ustedes han visto lo que hice a los egipcios [las diez plagas, etc.], y cómo los conduje, protegiéndolos como un águila que lleva a sus crías sobre sus alas, y los traje hacia Mí. Ahora, si obedecen Mi voz y cumplen Mi Pacto, serán para Mí un tesoro especial entre todas las naciones. Serán para Mí un Reino de Sacerdotes y una nación consagrada.’”

Dios ofreció establecer una alianza con el pueblo de Israel. Les propuso convertirse en una nación de sacerdotes (cohanim), un pueblo consagrado a Su servicio: aprender y enseñar Sus leyes, y dar testimonio vivo de Su existencia, Su presencia y Su voluntad revelada.

Ser una Nación de Sacerdotes implica el privilegio de una cercanía especial con Dios, una supervisión Divina directa. Pero ese privilegio exige también un nivel más alto de moralidad, mayores responsabilidades y numerosas obligaciones.


EL “COMPROMISO”

Moshé descendió del Monte Sinaí y presentó al pueblo los términos del Pacto. El pueblo escuchó la propuesta y aceptó entrar en alianza con Dios, declarando al unísono (Shemot 19:8):

“Haremos todo lo que HaShem ha dicho.”

Sin embargo, esta no fue todavía la aceptación final del Pacto, sino la aceptación de la propuesta, algo similar a un “compromiso” previo al matrimonio. En un compromiso matrimonial, los novios acuerdan casarse. Del mismo modo, el pueblo de Israel declaró su disposición a entrar en el Pacto.

Esta declaración se repetiría después de escuchar los Diez Mandamientos y las leyes de Mishpatim. Finalmente, el pueblo expresaría su consentimiento definitivo con las famosas palabras: “Todo lo que HaShem ha dicho, haremos y escucharemos” (Naasé veNishmá). Con esa tercera declaración, el “matrimonio” —nuestro Pacto con Dios— comenzó formalmente.


PREPARACIÓN PARA EL DÍA MÁS GRANDE

Después de la primera aceptación, HaShem anunció que se revelaría ante toda la nación en el plazo de tres días, es decir, en Shavuot. Dios dijo a Moshé (Shemot 19:10–12):

“Ve y consagra al pueblo hoy y mañana. Que se purifiquen, que laven sus vestiduras y que se preparen para el tercer día, porque ese día descenderé sobre el Monte Sinaí ante los ojos de todo el pueblo.”

Nuestros Sabios explican que la purificación y el lavado de las vestiduras implicaban la inmersión en una Mikvé, el baño ritual judío, similar a la preparación de una novia antes de su boda. Durante los días 3, 4 y 5 de Siván, el pueblo se purificó y se preparó para entrar en el Pacto.


מתן תורה

LOS TÉRMINOS DEL PACTO

En esta alianza, Dios tomó al pueblo de Israel como Su pueblo. Esto significa que ejercerá una supervisión directa sobre él, que no permitirá su desaparición y que jamás anulará ni modificará este Pacto ni la condición de Israel como nación elegida.

El pueblo de Israel, por su parte, se comprometió a regirse por la Ley Divina, la Torá. HaShem sería su Rey. Israel sería una Nación de Sacerdotes, consagrada al servicio Divino.

Los términos del Pacto están detallados extensamente en la Torá, los cinco libros de Moshé, y están organizados en 613 preceptos.


LA NOCHE DEL PACTO

En la noche del 6 de Siván (entre el 5 y el 6), la ceremonia continuó con la proclamación de los Diez Mandamientos. Dios comenzó a pronunciar directamente, sin mediación de Moshé, los dos primeros mandamientos.

La Torá relata que el pueblo no pudo soportar el impacto de la revelación Divina. La “voz” de Dios no es una voz física producida por cuerdas vocales; es una experiencia indescriptible. La Torá describe este momento con una expresión única: “Y el pueblo veía las voces”. Vieron las palabras en su mente mientras HaShem hablaba.

Nuestros Sabios explican que la intensidad de la revelación fue tal que quienes estaban presentes sintieron que podían morir. Esta experiencia quedó grabada en la memoria colectiva del pueblo judío, moldeando su carácter, sus valores y su fe.


A PETICIÓN DEL PUEBLO

Después del segundo mandamiento, el pueblo pidió a Moshé que actuara como intermediario para transmitir el resto. Esa misma noche, tras escuchar las leyes de los capítulos 21 al 23, el pueblo declaró por segunda vez su disposición a cumplirlas (Shemot 24:3):

“Moshé transmitió todas las palabras de HaShem y todas las leyes al pueblo, y el pueblo respondió a una voz: Todo lo que HaShem ha dicho, lo cumpliremos.”

Moshé permaneció despierto toda la noche escribiendo lo que Dios le había transmitido, en un documento que la Torá llama Séfer HaBerit, el Libro del Pacto.


קבלת התורה

EL DÍA DEL PACTO

A la mañana siguiente, el 6 de Siván, Moshé erigió un altar que representaba la Presencia Divina y doce pilares que representaban a las doce tribus de Israel. Los jóvenes ofrecieron sacrificios, y Moshé tomó la sangre y la dividió en dos partes: una fue vertida sobre el altar y la otra sobre los pilares.

Luego tomó el Libro del Pacto y lo leyó ante el pueblo. El pueblo proclamó:

“Todo lo que HaShem ha dicho, haremos y obedeceremos.”

Con ello aceptaron cumplir no solo lo ya escuchado, sino también todas las leyes que recibirían en el futuro.

Moshé roció entonces la sangre sobre el altar y sobre los pilares y declaró:

“Esta es la sangre del Pacto que HaShem ha establecido con ustedes, basado en todas estas palabras.”

Con esta ceremonia formal quedó establecido nuestro Pacto eterno con Dios, comprometiéndonos a obedecer la Torá, la Constitución eterna de nuestro pueblo.




Yoshua Bengio y el tigre de Bengala

 El científico judío canadiense Yoshua Bengio, considerado el padre de la inteligencia artificial y el investigador más citado en este campo, comparó la IA en nuestros días con tener en la casa un cachorro de tigre de Bengala. Por ahora, mientras es un bebé, el tigre es simpático, divertido y parece inofensivo. No puede causar mucho daño. Pero el tigre va a crecer. Y si no ha sido entrenado muy cuidadosamente, puede volverse extremadamente peligroso para su dueño, su familia y sus vecinos.

Así también ocurre con esta nueva fuerza tecnológica: la IA que está hoy en pañales es divertida, útil y fascinante, y no es tan peligrosa. Pero hay que recordar que es un bebé. Y que tiene un potencial “destructivo” que puede superar nuestra capacidad de control, si no actuamos con responsabilidad.

Bengio recorre el mundo advirtiendo sobre los riesgos de la IA agéntica y presenta su nueva concientización sobre los altos riesgos de una inteligencia artificial descontrolada.