VAYETSE: Ángeles entre nosotros

La Perashá de esta semana comienza con el exilio de Ya’aqob Abinu, nuestro tercer patriarca. Ya’aqob huye de la tierra de Israel ya que su hermano Esav planea asesinarlo. Ya’aqob se encamina entonces hacia Jarán, una ciudad en la frontera de lo que hoy es Siria y Turquía. Allí viven los parientes de Abraham: Labán, el tío de Ya’aqob, con su familia.
Ya’aqob no va en una caravana con guardias y plebeyos, como en el pasado fue Eli’ezer, el siervo de Abraham. Ya’aqob va solo, con un bastón, y lo que lleva puesto.  Ya’aqob, también a diferencia de Eli’ezer, no va por unos días. Ya’aqob va por un tiempo indeterminado (que terminó siendo ¡20 años!).
La primera noche, cuando Ya’aqob aún no había cruzado la frontera de Erets Israel, tiene un sueño. Sueña con una escalera apoyada sobre el suelo pero que llega hasta el cielo. Y ve ángeles. Los ángeles suben al cielo y bajan del cielo.  Y aquí nos encontramos con un desafío que el texto de la Torá nos presenta. Se supone que los ángeles están en el cielo, y por lo tanto, primero deberían descender y luego ascender ¿Por qué, aunque se trate de un sueño, el orden está invertido?  Veamos la interpretación más famosa sobre este punto, proporcionada por Rashí.
¿QUE SON LOS ANGELES?
En primer lugar debemos saber que los ángeles en la Torá no son como los ángeles en otras religiones. El Creador no actúa “directamente” sobre la Creación (hay sólo dos excepciones a esta regla).  Lo hace a través de Sus “ángeles”. Esto es, fuerzas naturales, instancias “fortuitas” o individuos que cumplen una misión Divina. En Tehilim (104:4) el viento, por ejemplo, es considerado un angel del Creador, ya que HaShem utiliza el viento para crear la lluvia.  Los ángeles que visitaron a Abraham y a Lot eran (o según otras interpretaciones: se veían) como seres humanos. Lo que tienen en común el viento y esas personas es que ambos “cumplen estrictamente la voluntad de Dios”, la misión para la cual fueron consagrados.
En hebreo la palabra “angel” (mal-aj) en realidad quiere decir: emisarios, representante, agente…. de HaShem. Y algo más. En la Torá se mencionan ángeles en un contexto muy especifico: Protección Divina . Nuevamente, los “ángeles” no son seres independientes. No adoramos “ángeles” ni le rezamos a los “ángeles”. Hablamos de ángeles cuando nos referimos a la intervención Divina a través de un sinnúmero de factores: naturales o humanos, milagrosos o cotidianos. Y especialmente en el contexto de “protección”. En el caso de Ya’aqob los ángeles que vio en su sueño vienen a asegurarle la protección de HaShem.
YAAQOB EN LA CASA DE LABAN
Una vez que entendimos que “ángeles” se refiere a Protección Divina, podemos abordar la segunda pregunta: ¿Por qué los ángeles primero suben y luego bajan? ¿No debería ser al revés?  Rashí responde con un hermoso Midrash. Lo que Ya’aqob vio en su sueño fue “un cambio de guardia” entre los ángeles que protegen a Ya’aqob en la tierra de Israel y los ángeles que protegerán a Ya’aqob fuera de la tierra de Israel, en Jarán, la tierra de Labán. Hasta aquí el Midrash. Pero ¿Por qué hace falta un cambio de guardia? En el palacio de Buckingham el relevo se hace porque los soldados deben descansar comer, etc. Pero ¿por qué razón los ángeles tienen que cambiar la guardia? Porque los peligros en estos dos lugares son diferentes. En la tierra de Israel, en su casa, Ya’aqob estaba amenazado de muerte por Esav. Ahora en su futuro destino, la tierra de Labán, a Ya’aqob no le aguardaba ninguna amenaza física. Sin embargo los valores y las creencias de Ya’aqob estaban en peligro. Ya’aqob esta yendo a vivir en el seno de una familia idólatra. Va con la intención de casarse con alguna de las hijas de Labán y convertirse en parte de esa familia. La posibilidad de que Ya’aqob olvidara todo lo que había aprendido de su papá y de su abuelo Abraham, y se transformara completamente en un miembro más de la familia de Labán, era muy real.  Esta nueva situación requiere un nuevo tipo de protección, Divina y especialmente humana. Este sueño le promete a Ya’aqob la protección Divina. Pero el inusual cambio de guardia también le advierte a Ya’aqob de los nuevos peligros que va a enfrentar. Así, Ya’aqob toma conciencia de un peligro hasta ahora desconocido: la asimilación.
ISRAEL Y LA DIASPORA
En 2002 nos visitó el ex gran rabino de Israel, el rab Eliyahu Baqshi-Doron.
El Rab nos habló y nos explicó que nuestra supervivencia como pueblo judío, aún en nuestros días, está amenazada. Pero los peligros a los que estamos expuestos son muy diferentes para los judíos de Israel y para los de la diáspora. En Israel, también el día de hoy, el peligro fundamental es la integridad física. Las permanentes guerras, las intifadas y los atentados (ese año en Israel hubo 135 ataques terroristas , 452 muertos y 2.248 heridos).
En la diaspora, nos recordó, los peligros que enfrentamos son los mismos que encontraría Ya’aqob en su nuevo destino: la asimilación a los valores de Labán y a la sociedad de Jarán. Este es un desafío mas sutil. Y que es en algún sentido más difícil de enfrentar porque ocurre sin que nos demos cuenta. Al igual que Ya’aqob debemos tomar conciencia de los desafíos que enfrentamos. Y actuar. Educar a la próxima generación, los “milenios” , para que la Torá siga siendo relevante para ellos, y loa vean como la más hermosa fuente de su inspiración y su guía.

NOTA : El rabino Shelomo Ibn Gabirol (1022-1051) dijo que los ángeles representan a los Talmidé Jajamim, los estudiosos de la Torá, como Ya’aqob, que ascienden a un nivel espiritual muy alto para estudiar la Torá. Pero no se quedan allí, sino que regresan al plano terrenal, trayendo con ellos lo que aprendieron, es decir, haciendo la Torá accesible al resto de la gente, conectando así «el cielo con la tierra».




VAYETSE: ¿Qué dicen nuestros sueños de nosotros?

Nuestra Parashá abarca veinte años en la vida de Ya’aqob Abinu. Veinte años que transcurrieron entre dos sueños. El primer sueño tuvo lugar cuando Ya’aqob salía de la tierra de Israel y se dirigía hacia Jarán.  Ya’aqob soñó con ángeles que subían y bajaban de la tierra al cielo.
El rabino Shelomo Ibn Gabirol (1022-1051) dijo que ángeles representan los Talmidé Jajamim, los estudiosos de la Torá, como Ya’aqob, que primero ascienden a un nivel espiritual muy alto para estudiar la Torá. Pero no se quedan allí, sino que regresan al plano terrenal, trayendo con ellos lo que aprendieron, es decir, haciendo la Torá accesible al resto de la gente, conectando así «el cielo con la tierra».
Lo importante de este sueño, más allá de las diferentes interpretaciones, es que al salir de Israel Ya’aqob soñó con ángeles. Y con una escalera (¡un elemento simbólico no menos importante!) que le recordó que estamos en este mundo para crecer y elevarnos hacia lo divino. Los sueños no vienen de la nada. Los sueños no mienten. El sueño de Ya’aqob es profundamente espiritual.
Somos lo que soñamos. Y soñamos lo que somos.
El contenido de nuestros sueños refleja nuestras vidas. Las pasiones, deseos, miedos que experimentamos en nuestra rutina diaria. Si uno sueña que está volando, es probable porque está aspirando a avanzar en su vida, tener un mejor trabajo, etc. pero siente que está encadenado, atrapado. Soñar con «volar» libera al soñador de esas cadenas que lo atan.   Si uno sueña que está conduciendo un vehículo y los frenos no funcionan, probablemente será que uno siente que no está en control de su vida. Cuando uno sueña que está en público sin ropa, es probablemente un reflejo del miedo a que la gente descubra algo vergonzoso que uno desea ocultar. Los sueños dicen mucho de nosotros.
Ya’aqob Abinu vio ángeles en su sueño porque esa era su realidad. Vivía entre ellos: su madre, su padre, su abuelo Abraham, Shem y Eber. Ya’aqob se escapa de la tierra de sus padres por miedo a que su hermano Esav lo mate. Huye a la casa de su tío Labán. Allí tiene que trabajar muy duramente. Labán, por años, se abusa de él.  Ya’aqob le dice a Laban   Gen. 31:38-40  «Durante estos veinte años que he estado contigo, tus ovejas y tus cabras no se han accidentado, nunca me he beneficiado de los carneros de tu rebaño, nunca te traje un animal despedazado por las fieras, y si alguna vez algo malo les sucedía, yo asumía las pérdidas, que tú siempre demandabas de mi mano. Lo mismo si un animal era robado de día o de noche. [Trabajé sin parar], durante el día me consumía el calor y de noche la helada, y así el sueño huía de mis ojos.»
Al final de esos veinte años Ya’aqob sueña otra vez. Pero  esta vez tiene un sueño muy diferente. En este segundo sueño no hay ángeles que suben una escalera, sino animales apareándose, subiendo uno encima del otro. «Los machos se subían a los rebaños, produciendo animales con rayas, con puntos o con manchas» (Gen. 31: 10-11). Los animales representan los bienes materiales. Este segundo sueño no es un sueño «espiritual» sino material. Tiene que ver exclusivamente con ganar dinero. Un ángel le habla a Ya’aqob, pero solamente para enseñarle a ser más astuto que Labán en los negocios. Este es un sueño materialista, impropio de Ya’aqob.
En ese mismo sueño HaShem le da una orden directa a Ya’aqob y le dice (31; 11) «ki raiti et asher laban ‘ose imaj. «Porque Yo he visto lo que Labán ha hecho de ti».  Es como que HaShem le dice a Ya’aqob: Veo lo que trabajar veinte años para Labán ha hecho de ti. Has cambiado. Se puede ver en tus sueños. Hace veinte años soñabas con ángeles y con una escalera que unía a la tierra con el cielo.  Ahora, tus sueños se han hecho horizontales. Los ángeles fueron reemplazados por ovejas y las escaleras por establos. ¡Estos sueños son dignos de Labán, no de Ya’aqob!
Ya’aqob entonces recibe una orden directa de HaShem, sin ambigüedades. Es hora de volver a casa (31:11):«Ahora sal de esta tierra y regresa a tu tierra natal.»  Tienes que regresar para que cambien tus sueños y vuelvas a ser Ya’aqob.   Tienes que regresar para que sueñes con ángeles y escaleras. Y eso lo lograrás viviendo una vida que consista en construir esa conexión entre la tierra y los cielos. Tú tienes el potencial de convertirte en uno de esos ángeles que suben al cielo y traen la Torá a la tierra.
Y funcionó. En el último pasuq de esta Parashá 32: 1, tan pronto como Ya’aqob llega a Eretz Israel, Ya’aqob nuevamente visualiza a los ángeles que viene a su encuentro en Majanayim.
Ya’aqob, y nosotros sus descendientes, aprendemos esta gran lección: Debemos vivir una vida con la espiritualidad suficiente para que soñemos con ángeles y escaleras que unen el cielo con la tierra. Si soñamos con ovejas, será hora de despertar y cambiar el rumbo de nuestras vidas.



RESUMEN DE PARASHAT VAYETSE

Jacob deja Beer-Sheba y se encamina a Harán, Siria. Está huyendo de su hermano Esav, que se propuso matarlo. También va a Harán con la intención de encontrar una esposa en la ciudad natal de su madre. Al poco tiempo de iniciar su largo viaje, cuando llega a Bet El, Jacob tiene un hermoso sueño: ángeles subiendo y bajando por una escalera. Dios le promete a Jacob Su bendición y protección y le garantiza que él y su descendencia heredarán la tierra de Israel.

Después de varios días, Jacob llega a Harán y se dirige hacia el pozo de agua. Allí conoce a una joven que resulta ser su prima hermana, Rajel, y se enamora de ella. Rajel lo lleva a su casa. Jacob es recibido por su tío Labán. Rápidamente llegan a un acuerdo: Jacob trabajará para Labán durante siete años y, a cambio, Labán le permitirá casarse con su hija. Pero cuando llega el momento de la boda, Labán le da a Jacob a su hija Leá en lugar de a Rajel, algo que Jacob solo descubre al día siguiente. ¿Cómo es posible que Jacob no reconociera a Leá? Hay varias explicaciones, pero la más simple es que 1. Rajel y Leá eran hermanas, y deben haber sido muy parecidas físicamente y en su voz. 2. Las mujeres en la antigüedad usaban un velo muy grueso, como el burka que usan las mujeres en Afganistán. 3. Todo sucedió a la sombra de la noche. 4. Jacob no lo esperaba. Muchos comentaristas explican que Jacob ahora fue víctima de un caso de “robo de identidad” similar al que él había causado cuando se disfrazó de su hermano Esav para recibir su bendición de su padre Isaac, que era ciego. Las similitudes entre estos dos episodios no puede ser una mera coincidencia.

Jacob tuvo que trabajar durante otro largo período de tiempo para casarse también con Rajel. Antes de que se diera la Torá, no había una  prohibición de casarse con dos hermanas. Leá, Bilha y Zilpa le dan varios hijos a Jacob. Rajel era estéril, pero al final dio a luz a un hijo llamado Yosef. Jacob ahora tiene once hijos , Rubén, Shimón, Levi, Yehudá, Yissajar, Zebulún, Dan, Naftalí, Gad, Asher, Yosef, y una hija: Diná. El nacimiento de su duodécimo hijo, Binyamín, se mencionará recién en la Parasha de la próxima semana. Cada uno de sus hijos establecerá una de las tribus de Israel. Hay una diferencia muy importante entre los hijos de Yishmael y los hijos de Jacob: leímos un poco antes que Yishmael también tuvo 12 hijos,  cada uno de esos hijos creó una nación aparte (shenem asar nesiim lumotam). Jacob sin embargo, logró que todos sus hijos formaran 12 tribus de un mismo pueblo.

Después de trabajar para Labán durante muchos años, Jacob expresa su deseo de regresar a la tierra de sus padres, Erets Israel. Pero Labán lo convence de quedarse más tiempo y le ofrece pagarle con parte del rebaño para que Jacob pudiera tener su patrimonio propio. Después de unos años, el rebaño de Jacob aumenta de manera milagrosa, y nuestro patriarca decide regresar a su tierra natal sin buscar el consentimiento de Labán: Reúne a su familia y les dice que Dios se le reveló en un sueño y le anunció que era hora de irse.

Jacob y su familia prácticamente huyen sin el conocimiento de Labán. Y cuando Labán se entera, va tras Jacob con las peores intenciones. Dios se revela a Labán y le advierte que no le haga daño a Jacob. Labán reprime a Jacob por haberle quitado a sus hijas y nietos. Jacob y Labán finalmente se reconcilian y hacen un tratado de paz en Gal’ed. Jacob continúa su camino, con destino a la tierra de Canaán, y llega a la ciudad de Majanayim. El próximo desafío de Jacob será enfrentar a su hermano Esav, que 20 años atrás había decidido matarlo.




VAYETSE Breve historia de la palabra «judío».

JUDIOS Y JUDIADAS

La palabra «Yehudí» se traduce al español como «judío». Pero en cuanto a su función, estos términos a veces son opuestos: «Yehudí» es un título honorífico, como explicaremos más adelante , mientras que la palabra «judío» en varias culturas gentiles se usa (o se usaba) como un insulto. Comencemos por esto último. Por siglos, el idioma español no se pudo liberar de sus prejuicios antisemitas.  La connotación ofensiva de la palabra «judío» demuestra la profundidad de ese sentimiento. Los diccionarios españoles, hasta 1983, si no me equivoco, definían «judío» como «avaro», «usurero». Lo más insultante era otra palabra, menos usada en la modernidad, pero con más peso discriminatorio: «judiada». El diccionario decía:  «acción inhumana» . Increíblemente, y a pesar de los malabarismos intelectuales que hacen algunos lingüistas para defenderla (ver aquí) , la real academia española todavía preserva esta definición, aunque un poco más suavizada.

Hago Copy & Paste:  «Judiada» 1.f coloq. Mala pasada o acción que perjudica a alguien».  

MI BUENOS AIRES QUERIDO

En mi Buenos Aires natal la connotación negativa «natural» de la palabra judío se podía ver muy claramente. Décadas atrás (no estoy seguro si esto continúa, ¡pero no me extrañaría!) he sido insultado  muchas veces con gritos despectivo desde un camión o una motocicleta. Me gritaban:  “¡judíoooo!» y los que me gritaban   sentían para que yo me sintiera insultado no tenían que agregar ni «judío de esto» ni «judío de lo otro»: en el vocabulario del antisemita la palabra “judío» cargaba por sí misma la condición de insulto, sin necesidad de ningún epíteto adicional.

La historia de esta palabra no comenzó en Buenos Aires. Ni en el siglo XX. Los primeros cristianos al principio se referían a los judíos como hebreos (como “Epístola a los Hebreos»), pero luego en su afán persecutorio la iglesia prefirió referirse a nosotros como “judíos”. ¿Por qué? Por la asociación despectiva entre el patronímico “judío” y “Judas”, quien según el nuevo testamento traicionó a Yeshu. Así, cada vez que se referían a un judío, o decían la palabra «judío», inmediatamente se asociaba con la traición y el deicidio.  En algunos lugares de España—por ejemplo Melilla, el lugar de nacimiento de mi esposa—los judíos se llamaban a sí mismos “hebreos”. Es posible que lo hacían para protegerse, o tratar de minimizar la connotación demonizante que el término “judío” inspiraba (¿inspira?) en la mente de muchos hispano-parlantes que cargan con 15 siglos de antisemitismo sistematizado en sus subconscientes.

¿ YEHUDI, ISRAEL O HEBREO?

.»Yehudí»  no es la primera ni la única palabra para definir al pueblo judío.

El patronímico bíblico original de nuestro pueblo es: «Israel».  Somos bené Israel, descendientes de Yaaqob, que fue también llamado Israel. ¿Por qué Yaaqob fue el elegido para representarnos  y no por ejemplo Abraham?  Porque pese a los conflictos entre los hermanos, al final todos los hijos de Jacob terminaron unidos y crearon un solo pueblo con 12 tribus. A diferencia de los hijos de Abraham, por ejemplo, o los hijos de Ytsjaq,   que no formaron «tribus» sino «naciones» diferentes.

Hay otro patronímico que también menciona la Torá: «hebreo», que originalmente significa, «el que viene del otro lado [del rio]”, la  primera vez lo dice en referencia a Abraham, pero también a Yosef y a sus descendientes. La Torá menciona varias veces la palabra “hebreo” cuando los egipcios se refieren a algún miembro de los hijos de Israel (Yosef, Moshé, las parteras, etc.). Es muy interesante también que en los documentos de El Amarna, las cartas del Faraón Amenhotep IV (1350-1330 antes de la era común) que es el documento no bíblico más antiguo donde se menciona a los judíos, los egipcios también se refieren a los judíos como “hebreos” (habiru o habriu).

JUDIOS Y JUDEA

Luego de la muerte del rey Salomón, alrededor del año 900 antes de la era común, el reino de Israel se dividió en dos: por un lado, estaba el reino de Yehudá con su capital Jerusalem, que continuó la dinastía del rey David, y por otro lado, el reino de Israel, también conocido como las 10 tribus, con su capital en Samaria. Alrededor del año 720 a.e.c., el imperio Asirio invadió y destruyó Samaria, asesinó y exilió a sus ciudadanos llevándolos como prisioneros de guerra a su reino, donde Sanjerib por la fuerza los asimiló. Lo que quedó del pueblo de Israel fue el reinado de Yehudá, llamado en español «Judea». Desde ese momento, adquirimos el nombre de Yehudim o judíos. Uno de los ejemplos más famosos del uso de este nombre está en el Meguilat Esther, donde a Mordejai y al pueblo judío en general, no se les llama ya ni hebreos ni israelitas, sino Yehudí o Yehudim.

YEHUDI

El origen de este nombre lo encontramos en la Parashá de esta semana, Vayetsé. Jacob y Lea ya tenían 3 hijos, que eran más de los que ella esperaba tener. Cuando nace su cuarto hijo, Lea desbordó de alegría y gratitud y lo llamó Yehudá, y al hacerlo dijo:  «ahora [que he dado luz a 4 hijos] agradeceré a Dios». Cada vez que Lea mencionaba el nombre de su hijo, Yehudá, inmediatamente recordaba que tenía que agradecer a Dios.

El nombre Yehudá, entonces, deriva de la raíz hebrea YDH que es la raíz de una de las palabras más conocidas en hebreo: TODÁ, que significa gracias.

Cuando me preguntan qué representa la palabra «judío» para mí, es muy claro:  YEHUDI es aquel ser humano que se conecta con Dios y se acuerda de Dios no solo cuando necesita a Dios, sino, sobre todo, para agradecerle a Dios. 




TOLEDOT: La envidia, el odio y el antisemitismo

1 de Kislev de 5783

ויקנאו אותו פלשתים

LA BENDICION COMO RESPUESTA AL ESFUERZO

Esta Perashá nos presenta a Isaac (itsjaq), el hijo de Abraham. Nos cuenta sobre las dificultades que tuvo Isaac para tener hijos, el nacimiento de sus mellizos, la relación entre los dos hermanos, etc. Luego nos cuenta acerca del enfrentamiento entre Isaac y sus vecinos: los filisteos. En Génesis capítulo 26 leemos lo siguiente:  «Isaac sembró en aquella tierra, y cosechó aquel año cien por uno [cien veces mas de lo que había sembrado]: ¡HaShem lo había bendecido! Isaac gozó de prosperidad y siguió engrandeciéndose hasta que llegó a ser muy rico, llegó a tener ovejas, vacas y mucha servidumbre. Pero los filisteos le tuvieron envidia. Y todos los pozos [de agua] que los siervos de su padre [Abraham ] habían cavado … los filisteos los inutilizaron, llenándolos de tierra.»

Si bien HaShem lo bendijo, la riqueza no le llovió del cielo. Isaac era muy trabajador. Tuvo que esforzarse muchísimo para sembrar en esa zona árida, y tal como la Torá nos cuenta, tuvo que cavar una y otra vez sin pereza y sin darse por vencido para obtener el elemento más escaso y preciado en el Medio Oriente: agua.

UNA LECCIÓN QUE NUNCA EXPIRA

Pero los habitantes de aquel lugar, los «Pelishitim» o Filisteos no simpatizaron con Isaac. Y la Torá aquí usa por primera vez la palabra quin’a (ויקנאו אותו פלשתים) que significa: «envidia». Los filisteos tuvieron envidia de Isaac. Y es my interesante observar a qué los llevó la envidia. Uno podría pensar que los Filisteos imitarían a Isaac: iban a trabajar más, se iban a levantar más temprano, se emborracharían menos, ahorrarían más, no gastarían tanto, etc, etc. pero nada de eso sucedió…. Los Filisteos decidieron canalizar su envidia de la manera más destructiva y cobarde: ¡Tapando con tierra los pozos de agua que había cavado Isaac!  La consecuencia de la envidia fue la destrucción.  La envidia los llevó a hacer lo más irracional que un habitante del medio oriente puede hacer: destruir los pozos de agua en el desierto. Lo cual, obviamente, los perjudicaba a ellos también.

LA DIFERENCIA ENTRE CELOS Y ENVIDIA

Hay una gran diferencia entre dos palabras hebreas que son parecidas: Jemdá o Ta’avá (לא תתאוה), celos y quin’a, envidia. «Celos» siempre se refiere a un objeto: estoy celoso de lo que tienes, y quisiera tenerlo yo. La «envidia» es un sentimiento mucho más profundo que los celos, más complicado y, principalmente, imposible de complacer. Y que no se trata de mis sentimiento positivos hacia un objeto, sino de mis sentimientos negativos hacia la persona que lo posee. Te envidio por lo que tienes, y voy a tratar de quitarte lo que tú tienes, y si no puedo, me alcanza con que TÚ no lo tengas. Así, y a diferencia de los celos, la envidia fácilmente se convierte en «odio». La envidia es ad hominem, apunta hacia la persona. Y a diferencia de los celos, es insaciable! El objeto de la envidia cambia. Pero nunca cambia el sujeto. La envidia también es destructiva. Y autodestructiva. Por eso, con mucha sutileza, la Torá yuxtapone la envidia y la destrucción: Los filisteos le tuvieron envidia a Isaac, ¿y qué hicieron? ¡Taparon los pozos de agua!

LA HISTORIA SE REPITE

Rambán, Najmánides, nos aclara que la razón por la cual la Torá se excede en los detalles sobre estos eventos es para enseñarnos que מעשה אבות סימן לבנים , lo que le ocurrió a nuestros no es sólo historia, sino que marca un patrón de conducta que se repetirá con sus descendentes. Es increíble observar como esta historia vuelve a ser relevante en nuestros días. El 15 de agosto de 2005, 8.000 judíos israelíes fueron desterrados de sus casas en Gush Qatif (Israel). Esa tierra, que había sido conquistada militarmente por Israel en respuesta a la guerra iniciada por los egipcios, fue «regalada» a la autoridad Palestina (se dice que este evento precipitó la elección del Hamas en el 2006). Hay un dato interesante que se relaciona con la Parashá de esta semana, y que no se conoce mucho ya que los medios de difusión, como es de esperar, no han demostrado un gran interés en hacerlo conocer. En Gush Qatif, los judíos que vivían allí, hicieron un esfuerzo extraordinario y construyeron «greenhouses» (invernaderos, viveros) con una tecnología ultra-moderna. Allí plantaban vegetales «sin insectos» que se vendían en todo el mundo, y flores, especialmente tulipanes, que se exportaban al mercado de flores de Amsterdam. En total, las ganancias de estos invernaderos llegaban a más de 100 millones de dólares anuales (ver este artículo aquí). Cuando los Yehudim se vieron forzados a abandonar Gush Qatif, el presidente del World Bank, James Wolfenson y algunos judíos americanos (ingenuos) donaron 14 millones de dólares para que no se destruyeran estos invernaderos y que los pobres habitantes de Gaza, que tanto se quejan de su pobreza «causada por Israel», pudieran aprovechar estos invernaderos y brindarle un trabajo honesto y rentable a cientos o a miles de personas y generar un ingreso de 100 millones anuales. Para la sorpresa de muchos (pero no para los que conocen esta Parashá) , ni bien los palestinos recibieron estos modernos invernaderos los destruyeron totalmente, ¡»los taparon llenándolos de tierra»! y establecieron allí bases para lanzar misiles y atacar a Israel. Tal como ocurrió con los filisteos en el tiempo de Isaac, a estos enemigos de Israel les importó muy poco su propia prosperidad: lo que más les importó fue intentar destruir a Israel.

ATENTADOS EN ISRAEL

Estas últimas semanas la historia se ha repetido en una de sus más sangrientas variantes: una vez mas los judíos de Israel, hombres mujeres y niños, han sido atacados con explosivos, balas o siendo atropellados por autos. Lamentablemente, muchos palestinos, algunos de ellos árabes que viven en Israel, se regocijan con esta noticia (ver aquí). A diferencia de los celos, que terminan una vez que la persona «celosa» obtiene lo que desea, la envidia nunca se acaba. Y cuanto más triunfa el envidiado, el envidioso más tratará de destruirlo. Mike Pence, el exvicepresidente de Estados Unidos, formuló con muy pocas palabras esta idea de la envidia / odio hacia Israel de una manera muy simple y profunda. Pence dijo: «Israel no es odiada por sus vecinos por lo que hace mal, Israel es odiada por lo que hace bien» .

Quiera HaShem seguir bendiciendo y quiera Dios proteger a nuestro amado país de las manso de quienes quieren destruirlo, así como bendijo y protegió a nuestro patriarca Isaac y a nuestros antepasados.




¿COMO MORIR?

En memoria de mi querida suegra Oro bat Esther z»l

שיעשה כל ימיו תשובה כי לא ידע האדם יום מותו ולפיכך כל ימיו יהיה בתשובה

VIVIR NUESTRA MORTALIDAD

La idea de la muerte siempre me cautivó. Fue el concientizarme de la muerte, y su irremediable inevitabilidad, lo que me hizo pensar más profundamente en la vida, en el propósito de mi existencia, y me acercó más a la Torá. Le debo a la explicación de Ribbí Meir sobre lo positivo de la mortalidad (טוב מות) el haberme ayudado a entender que la muerte es lo que le da a la vida el sentido de lo irrecuperable. Dos monedas —como explicó Borges en el cuento Los Inmortales— pueden ser idénticas, intercambiables. Pero dos horas, o dos días, nunca pueden ser iguales. El día que pasó es un día único que murió. Que ya no volverá jamás. El dinero malgastado, eventualmente, se puede recuperar, pero un día desperdiciado es irreparable.

Podemos arrepentirnos, hacer Teshubá, y corregir muchos errores: si tomamos plata que no nos corresponde, la podemos devolver; si ofendimos a alguien, le podemos pedir perdón. Pero no hay forma de compensar por el tiempo inutilizado. Imagino que no hay peor forma de morir que saber o sentir que nuestra vida no tuvo trascendencia, que nuestra misión no fue cumplida. Que nuestros días fueron vacíos.

Esa es la muerte que debería darnos miedo…

Los Tsadiqim, los hombres y mujeres justos y rectos, no esperan hasta el momento de su muerte para entender el valor del tiempo. Y por eso, no pierden la oportunidad de hacer el bien. ¿El secreto? Considerar que cada día puede ser el último. Y que este pensamiento, la permanente conciencia de nuestra mortalidad, lejos de infundir miedo, nos motive a vivir y elevarnos espiritualmente con la intensidad de lo que se sabe irrepetible. Los justos dejan este mundo con la satisfacción existencial más elevada: la de haber cumplido su misión en este mundo.

En este mail que escribo en su memoria, quiero contarles acerca de los últimos días de Oro bat Esther, que en mi opinión fue un evento de características bíblicas, que representa una especie de ideal acerca de cómo despedirse de este mundo.

MORIR CON LOS SALMOS

Mi querida suegra tuvo el mérito de fallecer en su casa, no en un hospital, y rodeada de sus 8 hijas, su hijo, y casi todos sus nietos y bisnietos. En sus últimos días, lo que más lamentó es que ya no le quedaban fuerzas para rezar, alabar al Todopoderoso, y leer su Tehilim.

Los Salmos del Rey David eran su libro favorito. Su sostén. Su fuente de inspiración. Su conexión con HaShem. Y por eso, en sus últimas horas, su familia se encargó de que Oro bat Esther partiera de este mundo escuchando la recitación de Tehilim por sus voces favoritas: la de su querido hijo y sus nietos. Su alma se separó de su cuerpo mientras escuchaba la melodía más hermosa del mundo. No imagino una forma más solemne de dejar esta vida…

TUYO SOY Y TUYO SERÉ

Es muy significativo que mi querido cuñado, el rab Asher Meir Carciente שליט״א, también haya elegido recitar en las últimas horas de la vida de su madre el famoso poema “Leja Eli Teshuqatí” escrito por el Rab Abraham Eben Ezra. Este poema es muy significativo en la liturgia Sefaradí, ya que lo recitamos nada menos que para dar inicio al día de Yom Kippur. Me llevaría varias horas describir sus más de 100 versos. Pero quiero traducir 3 versos para mostrarles de qué se trata esta hermosa composición.

En su primera parte este poema expresa nuestra declaración de lealtad incondicional a Dios. Dice, entre otras cosas:

לְךָ אֵלִי תְּשׁוּקָתִי בְּךָ חֶשְׁקִי וְאַהֲבָתִי
לְךָ רוּחִי וְנִשְׁמָתִי
לְךָ אֶזְעַק בְּךָ אֶדְבַּק עֲדֵי שׁוּבִי לְאַדְמָתִי
לְךָ אֲנִי בְּעוֹדִי חַי וְאַף כִּי אַחֲרֵי מוֹתִי

Mi alma solo te desea a Ti, mi Dios; Tú eres lo que más anhelo y a Quien amo. Tuya es mi alma, tuyo es mi espíritu. Sólo a ti habré de rezar y solo a ti me intentaré acercar hasta el día que al polvo de la tierra habré de regresar. Soy tuyo mientras vivo, y tuyo seré también después de morir.

Luego, el poema nos invita a admitir que nuestro deseo de hacer la voluntad de Dios no siempre se lleva a cabo. Que somos débiles, falibles, nos equivocamos y nos dejamos llevar por nuestros impulsos. O somos lentos y perezosos. Esta parte es el Viduy, la confesión, y por eso recitamos este poema en Kippur. Lo que no muchos saben es que por esta misma razón, la tradición entre los judíos Sefaradim era (y debería ser) recitar “Leja Eli Teshuqatí” también en las horas finales de la vida. Y dejar este mundo con nuestra declaración de lealtad hacia Dios y nuestra confesión final.

לְךָ אוֹדֶה וְאֶתְוַדֶּה עֲלֵי חֶטְאִי וְרִשְׁעָתִי
לְךָ יִשְׁעִי
סְלַח רִשְׁעִי וְאֶת פִּשְׁעִי וְאַשְׁמָתִי

Ante Ti habré de admitir y confesar mis errores, mi iniquidad. Dios, sé que mi salvación está en Tus manos, por lo tanto te pido que perdones mis transgresiones, mi rebeldía y mi culpa…

Este extenso poema concluye con una plegaria muy especial, que describe la elevación del alma y su arribo al mundo por venir.

וְיוֹם לֶכְתִּי לְפָנֶיךָ
רְצֵה נָא אֶת הֲלִיכָתִי
וְתִשְׁלַח מַלְאֲכֵי הַחֵן
וְיֵצְאוּ נָא לְעֻמָּתִי
יְבִיאוּנִי לְגַן עֶדְנָךְ
וְשָׁם תִּהְיֶה יְשִׁיבָתִי
וְאֶתְעַדֵּן בְּאוֹרֶךָ
וְשִׂים כָּבוֹד מְנוּחָתִי

“Y cuando [en el momento de mi muerte] me esté encaminando hacia Ti, por favor, recíbeme con Tu amor: envía a Tus ángeles de la Gracia para que salgan a mi encuentro y me acompañen a Tu Jardín del Edén. Y que allí, junto a Tu Presencia, sea establecida mi morada [celestial]; y que [mi alma] disfrute de Tu esplendor, y me concedas la gloria de mi descanso [eterno].”

MORIR COMO NUESTRO PATRIARCA YAAKOB

El ideal judío es morir como Yaakob Abinu. En el momento de su muerte, rodeado de sus hijos, nietos y bisnietos, Yaakob quiso asegurarse de que todos sus descendientes eran leales al pacto de Abraham, que ninguno había abandonado la senda del Todopoderoso. Y en ese momento les preguntó a todos sus descendientes en voz alta y con sus últimas fuerzas si TODOS seguían fielmente comprometidos con su fe. La respuesta de sus hijos no pudo ser mejor:

“Escucha, oh Israel: HaShem es nuestro Dios, HaShem es Uno.”

Oro bat Esther, al igual que Yaakob Abinu, dejó este mundo con la incomparable satisfacción de haber visto su misión cumplida. Sabiendo que TODOS sus descendientes seguían su mismo camino, la Torá de Yaakob Abinu.

Los Jajamim dijeron de Moshe Rabbenu que al morir no sufrió, que su muerte fue suave y dulce “como un beso” (mitat neshiká — מיתת נשיקה).

Mi Iytén veNizké!!!




RESUMEN DE PARASHAT TOLEDOT

TENER UN HIJO… O DOS…

La parashá Toledot nos cuenta que nuestro segundo patriarca, Isaac, rezó para que su esposa, Ribká, quien era estéril, pudiera concebir. Dios respondió a sus oraciones, y Ribká quedó embarazada. A través de una revelación profética, Ribká supo que esperaba mellizos, quienes se convertirían en fundadores de dos naciones: «uno se impondrá al otro, y el mayor servirá al menor». Cuando dio a luz, el primer bebé nació cubierto de cabello, y lo llamaron Esav. El segundo nació agarrado al talón de su hermano (‘eqeb), por lo que lo llamaron Ya’aqob.


¡VIVA LA DIFERENCIA!

Los niños crecieron y sus vidas tomaron caminos diferentes: Esav se convirtió en un cazador, mientras que Ya’aqob “habita en la tienda”, es decir, pasaba más tiempo en casa que en el campo. Las personalidades de estos mellizos eran muy distintas. Estas diferencias nos enseñan una lección importante sobre la crianza de los hijos: a pesar de tener los mismos padres, la misma carga genética y una educación similar, los niños pueden tener un carácter completamente diferente o incluso opuesto. La Torá también nos revela que Isaac prefería a Esav, mientras que Ribká amaba más a Ya’aqob.


¿PRESENTE O FUTURO?

Un día, Esav volvió agotado de cazar. Al ver que Ya’aqob estaba cocinando un guiso de lentejas, le pidió un plato. Ya’aqob accedió, pero a cambio pidió la primogenitura de Esav. Este aceptó. Antes de darle el guiso, Ya’aqob le ofreció pan, para que Esav, al estar satisfecho, pudiera reflexionar y reconsiderar su decisión. Sin embargo, a Esav no le importó el futuro y sacrificó su primogenitura por un placer inmediato. A diferencia de Esav, Ya’aqob representa la idea de hacer sacrificios en el presente –estudiar, ahorrar, esforzarse– para garantizar un mejor futuro.


ISAAC EN GUERAR

Una hambruna azotó la tierra de Canaán, y Isaac trasladó a su familia a Guerar, gobernada por el rey filisteo Abimelej. Dios le ordenó a Isaac que no fuera a Egipto, convirtiéndolo en el único de nuestros patriarcas que nunca abandonó la tierra de Israel. En Guerar, cuando los hombres del lugar preguntaron por su bella esposa, Ribká, Isaac dijo que era su hermana por miedo a ser asesinado. Sin embargo, Abimelej descubrió la verdad y lo reprendió por el engaño.

Superado este incidente, Isaac prosperó económicamente en Guerar, pero los filisteos, envidiosos de su éxito, lo obligaron a irse. Isaac cavó varios pozos en los alrededores y encontró agua, pero los pastores filisteos reclamaron esos pozos y los destruyeron. Finalmente, Isaac se estableció en Be’er Sheba, donde hizo un pacto de no agresión con Abimelej.


DIME CON QUIÉN TE CASAS Y TE DIRÉ QUIÉN SERÁS…

Volviendo a los hijos de Isaac y Ribká, Esav, desobedeciendo los valores familiares, se casó con dos mujeres hititas, algo equivalente a casarse con mujeres no judías en la actualidad. Esta decisión causó un profundo sufrimiento a sus padres.

Cuando Isaac envejeció y llegó el momento de bendecir a sus hijos, acto que incluía asignar el liderazgo espiritual para continuar el legado de Abraham, llamó a Esav y le pidió que fuera a cazar y preparara una comida. Así, Isaac le daría esta bendición antes de morir. Ribká, al escuchar esto, ideó un plan para que Ya’aqob recibiera la bendición: ella preparó la comida, y Ya’aqob, disfrazado con la ropa de Esav, se la llevó a su padre. Isaac, quien estaba ciego, no lo reconoció y bendijo a Ya’aqob.

Cuando Esav regresó y descubrió lo sucedido, juró matar a su hermano. Ribká, temiendo por la vida de Ya’aqob, le aconsejó que se refugiara en casa de su familia en Harán, Siria, hasta que el enojo de Esav se calmara.

Antes de partir, Isaac despidió a Ya’aqob y, esta vez, lo bendijo conscientemente con la bendición de la tierra de Israel y la continuidad del legado de Abraham.


 




TOLEDOT: Jacob, Esav y el ejército de Israel

LA NUEVA GENERACION

En la Parashá de esta semana nos encontramos con la nueva generación del pueblo judío: Isaac, Ribqá y sus hijos. En el centro de esta Parashá está el famoso episodio de la bendición que Isaac quería otorgarle a Esav, pero gracias a la intervención de Ribqá, terminó otorgándosela a Yaaqob.

Comencemos por el principio.

Isaac y Ribqá tuvieron dos hijos: Yaaqob y Esav. Yaaqob era un hombre de su casa, dócil, íntegro, estudioso. Esav, era todo lo contrario. Adrenalina pura. Un hombre de batalla. Un luchador. Un gran cazador.

Cuando Isaac envejece llega el momento de elegir al heredero. No se trata de quién heredaría los bienes materiales de Isaac, sino de algo mucho más importante: ¿Quién iba a continuar, liderar y promover el camino y los valores de Abraham Abinu?  ¿Cuál de los dos hijos era el más indicado para ser el futuro patriarca del pueblo judío?

Isaac y Ribqá tenían opiniones diferentes. Para Isaac, el candidato indiscutido era Esav. Pero para Ribqá, el más indicado era Jacob.

En las próximas líneas vamos a tratar de entender por qué pensaban así.

¿POR QUÉ ELEGIR A ESAV?

Isaac sabía que la fe de Abraham iba a ser inevitablemente atacada por los pueblos idólatras, que seguramente tratarían de erradicar a sus descendientes. ¿Por qué? En el mundo politeísta cada pueblo tenía y servía a sus dioses locales. Aceptaban que otros pueblos tuvieran sus propios dioses, y creían que los poderes de esos dioses eran verdaderos. Esos dioses podían convivir unos con otros. A veces los pueblos intercambiaban sus dioses, o incluso forjaban alianzas entre ellos.

Pero la fe deAbraham, el monoteísmo, es diferente. Al afirmar que existe un solo “y único” Dios, el monoteísmo “excluye” a todas las demás confesiones. Y expresa directa o indirectamente que los demás dioses son falsos. Con este mensaje tan revolucionario y valiente, Isaac sabía que para que sus descendientes pudieran seguir firmes en la fe de Abraham iban a tener que luchar y defenderse contra infinidad de enemigos

¡Y no se equivocó!

Isaac sabía que su hijo Esav poseía las virtudes ideales para defender la fe de Abraham. Basándonos en un famoso Midrash podemos afirmar que Esav era un experto a la hora de identificar las debilidades de sus adversarios. Era un guerrero astuto, que conocía el lenguaje del enemigo, un talento muy importante a la hora de la guerra. Isaac sabía que Esav sería capaz de organizar y liderar un ejército. ¡Y no se equivocó! En Vayishlaj vemos que Esav lidera un ejército de 400 hombres.

Isaac quiere elegir a Esav porque sabe que con su ejército podrá conquistar la tierra de Israel y será capaz de defender militarmente a sus descendientes de sus futuros enemigos.

LA VISION DE UNA MADRE

Pero para Ribqá todas estas cualidades bélicas de Esav eran incompatibles con los valores humanos de Abraham ¿Podría Esav, un hombre dedicado a la guerra, ser bondadoso con los extranjeros como lo fue Abraham? ¿Podría ser diplomático con sus vecinos como lo fue Abraham con los Hititas? Para Ribqá el futuro sucesor de Abraham tenía que ser amable sensible y generoso como Abraham. Más inteligente que fuerte. Y sofisticado, más que violento. El sucesor de Abraham, se debía diferenciar de todos los demás hombres por su intelectualidad, y por darle prioridad al estudio ¡no a la guerra!. Y estas eran obviamente las características de Yaakob. De acuerdo a Ribqá era Ya’aqob y no Esav, quién debía ser el elegido para liderar el pueblo de Abraham.

Al final, y como sucede en las mejores familias, Ribqá se impuso, y el sucesor de Isaac fue Yaaqob.

Debemos reconocer que lo ideal hubiera sido una alianza de los dos hermanos: la espiritualidad de Jacob combinada con la fuerza de Esav. Pero para Ribqá esto era imposible, porque tal como lo menciona la Torá en el párrafo que antecede a este episodio, Esav se había distanciado de su familia, al haberse casado con mujeres Hititas.

JACOB, ESAV Y MEDINAT ISRAEL

Esta historia y esta interpretación que escribí hace un par de años acerca de las virtudes que Isaac y Ribqá buscaban en el futuro líder de Israel, es hoy muy relevante para entender nuestro presente.

Luego de 2.000 años de persecuciones de las cuales no podíamos defendernos por nuestros propios medios, Medinat Israel ha alcanzado hoy el balance entre las buenas virtudes de Esav y las cualidades de Jacob. Y me parece que la historia que nos cuenta nuestra Parashá por un lado nos ayuda a iluminar nuestro presente, y por el otro lado, se ilumina con nuestro presente. Solo hace falta ver la extraordinaria naturaleza de Medinat Israel: su gente, su espíritu y su ejército.

Israel, por un lado es un paraíso espiritual donde millones de judíos rezan y estudian Torá a diario. Nunca en la historia se escuchó la voz del estudio de Torá tanto como se escucha hoy en el Estado de Israel. Los Yehudim en Israel practican el Jesed, la bondad, la generosidad y la compasión. Israel es un país inteligente, con una devoción por el estudio, con una creatividad intelectual infinita.

Y por el otro lado, están las manos fuertes poderosísimas del ejército de Israel. Que le está demostrando al mundo que a quién se meta con los Yehudim le va a costar muy caro. Que no van a ser otras naciones las que nos defiendan, sino nosotros mismos. Nuestro propio ejército. Nuestra propias manos.

Medinat Israel representa el perfecto balance que buscaban nuestros patriarcas: la dulce voz de la Torá de Yaaqob que quería Ribqá y las poderosas manos de guerreros temerarios que buscaba Isaac, para que cuando fuera necesario adviertan, intimiden y castiguen al enemigo.

Todo en un mismo descendiente: Yaaqob / Israel.

Israel que siempre usó la voz de Yaaqob, también aprendió a usar las «manos de Esav» .

הַקֹּל קוֹל יַעֲקֹב וְהַיָּדַיִם יְדֵי עֵשָׂו

“La voz es la voz de Jacob, pero las manos son [como] las de Esav”




TOLEDOT: ¿Por qué Esav?

La historia es más o menos conocida. Antes de morir, nuestro segundo patriarca, Itsjak, desea designar a su hijo Esav como su heredero, como aquel que va a continuar su camino: el futuro líder de la familia y del pueblo que, de acuerdo con la promesa divina, surgirá de esta familia. La elección de Esav no es arbitraria; está basada en un razonamiento profundo. Itsjak ve en Esav las cualidades que serán esenciales para la supervivencia del pueblo judío: la fortaleza física, la valentía y la astucia para proteger a su familia y a su pueblo en un mundo hostil.

Itsjak comprende que el nuevo camino de Abraham —su “religión”— no es muy popular. De hecho, genera antagonismo en las personas, especialmente en aquellas con poder.

En el pasado he explicado que este resentimiento hacia Abraham y su descendencia tiene raíces teológicas. La creencia de Abraham era diferente a la adoración a otros dioses, algo que, en general, era tolerado por los pueblos paganos. Sin embargo, el monoteísmo de Abraham contradecía la idea de esos dioses, negaba su existencia y los consideraba falsos. Esto era profundamente ofensivo para los pueblos que adoraban y respetaban a sus propias deidades. Además, alteraba el orden jerárquico y, según Maimónides, incluso el equilibrio político de las sociedades paganas. Las ideas de Abraham, como ocurrió en el caso del rey Nimrod, eran muy peligrosas para la hegemonía religiosa de su tiempo.

Pero lo teológico era solo una parte del antagonismo que Abraham generaba. La conducta moral y ética de Abraham también era iconoclasta: rompía con las normas sociales de la época y atentaba contra el orden social de las castas contemporáneas. Me explico: hay evidencia explícita en el texto bíblico de que la humanidad, desde los tiempos del Diluvio hasta los relatos de Sedom y Amora, se regía por la «ley de la selva», la supervivencia del más fuerte, ya sea en términos físicos o económicos. Los que ostentaban el poder abusaban de los más débiles, los utilizaban o los esclavizaban. Nadie se preocupaba por hacer el bien con el necesitado de manera desinteresada.

Abraham fue el primero en introducir al mundo una idea revolucionaria: la bondad desinteresada, conocida como jesed. Antes de él, si alguien ofrecía comida o refugio a otro, lo hacía únicamente, en el mejor de los casos, como un acto comercial con fines lucrativos: un servicio a cambio de un beneficio. Abraham revolucionó este paradigma. En el famoso episodio en el que Abraham corre al encuentro de tres extranjeros necesitados que pasaban cerca de su tienda, les ruega que descansen en su hogar, laven sus pies, beban agua y coman, sin buscar ningún beneficio personal. Este acto fue un antes y un después en la historia de la humanidad. Por primera vez, veinte generaciones después de la creación del hombre, un ser humano actuó movido por bondad, voluntariamente, sin esperar recompensa ni siquiera ser solicitado.

Este gesto fue consecuencia directa del monoteísmo moral de Abraham, que cambiaba la percepción de la relación entre el hombre y Dios y, además, las relaciones humanas. Si existe un único Dios, todos los seres humanos somos criaturas del mismo creador y, por lo tanto, merecemos ser tratados con dignidad e igualdad.

Este concepto quizás representaba una revolución aún más peligrosa que la revolución religiosa en una época en la que las jerarquías de poder y las castas dominaban el mundo. La conducta de Abraham proponía una alternativa radical: una sociedad basada en la igualdad y la bondad. Su ejemplo desafiaba las bases mismas de la estructura social imperante. Abraham y su nueva creencia eran peligrosos para los que estaban en la cima del poder y del abuso.

Por lo tanto, no es sorprendente que el camino de Abraham, y las implicaciones sociales y políticas de sus valores, fueran vistas como una amenaza para las generaciones de su tiempo.

En el mejor de los casos, la rectitud moral de Abraham provocaba incomodidad en quienes lo rodeaban, porque revelaba su corrupción, su abuso y su falta de moralidad. Esto creaba una incómoda posibilidad en su entorno: o bien abrazaban su fe y cambiaban, o lo rechazaban, lo demonizaban y buscaban eliminarlo para acallar esa incomodidad interna. Creo que este fue el principio, la incepción del antisemitismo.

Regresemos ahora a la elección de Esav. A diferencia de Jacob, Esav es fuerte, valiente y guerrero. Según un comentario —que escuché, aunque no encontré su fuente—, Esav defendió y luchó contra los filisteos para proteger los pozos de agua de Isaac.

Para Itsjak, el liderazgo del pueblo judío necesita alguien así: un guerrero dispuesto a enfrentar a los enemigos y garantizar la supervivencia de su familia y su legado. Jacob, en ese aspecto, parece más frágil, menos apto para liderar a un pueblo que inevitablemente tendrá enemigos en el presente y en el futuro.




JAYE SARA: Historia de dos entierros

LA DIGNIDAD DEL CUERPO

Nuestra Parashá, Jayé Sara, comienza con un acto que define la visión del pueblo judío acerca de la dignidad de la vida y del cuerpo que la contuvo durante su estadía terrenal. Nuestro primer patriarca, Abraham, se ocupó personalmente del entierro de su esposa Sará y nos enseñó que se hace con la mayor dignidad posible: adquiriendo un lugar de sepultura y rechazando la cesión o el préstamo de esa parcela ofrecido por los hititas.
El primer título de propiedad judío en la historia no fue asignado a una casa ni a un campo: fue un cementerio, para enterrar el cuerpo de un ser querido con dignidad.

REGRESO A LA TIERRA

Resulta intrigante lo que parece ser una paradoja: el judaísmo, por un lado, le da enorme importancia al alma, a la vida espiritual; pero por otro lado, parece obsesionado con el cuerpo muerto, ya sin vida y separado de su alma. ¿Por qué?
Creemos en la superioridad del alma sobre el cuerpo. No nos definimos como cuerpos con almas, sino como almas contenidas en cuerpos. Ese contenedor, sin embargo, es el instrumento indispensable que permite a la neshamá conectarse con este mundo. La dignidad que se le presta al cuerpo sin vida es un acto de reconocimiento y gratitud, hakarat hatob, al cuerpo por haber servido al alma durante su paso terrenal.
La tradición judía enseña que el entierro correcto es la forma más elevada de beneficencia: jésed shel emet, un acto de bondad hacia alguien que ya no puede retribuir.

Y es también el cumplimiento de un deber. Cuando Dios toma el alma después de la vida y la regresa a su dimensión celestial, nosotros devolvemos el cuerpo a la tierra de la cual fue tomado: “Ki afar atah ve’el afar tashuv” — “porque polvo eres y al polvo volverás”. Así, entre lo que hace Dios y lo que hacemos nosotros, todo finalmente vuelve a su lugar de origen.

REGRESO A LA TIERRA DE ISRAEL

Abraham también nos enseña que el lugar donde se entierra a un ser querido es parte de la dignificación del cuerpo. Nuestro patriarca podía haber sepultado a Sará cerca de su hogar, como hacía todo el mundo. Sin embargo, elige un sitio especial: un cementerio donde, según nuestra tradición, descansan Adam y Javá.
Y así, el cuerpo, tal como lo hace el alma en el mundo venidero, no descansa en soledad, sino que se “reúne con los fallecidos de su pueblo” (vayeaséf el amav).

Cuando Abraham compra la cueva de Majpelá y entierra allí a Sará, nos dejó un legado eterno: la obligación de que el cuerpo sin vida de un Yehudí repose en un keber Israel, un cementerio judío, junto a los fallecidos de su pueblo.

EL REGRESO DE HADAR GOLDIN z”l

Con estas lecciones en mente, entendemos mejor la magnitud de lo ocurrido este martes pasado, 20 de Jeshván, en Israel: ese día fueron enterrados los restos de Hadar Goldin z”l. El joven teniente Goldin, de 23 años, fue asesinado por Hamas en 2014 al culminar la guerra de Tsuk Eitan. Su cuerpo sin vida fue secuestrado y quedó por más de once años sin sepultura en manos de sus asesinos, a pesar de los pedidos de Israel para su devolución.
El dolor de la familia Goldin fue indescriptible. No hay sufrimiento comparable al de perder un hijo. Pero lo único aún más insoportable es no poder enterrarlo.

La familia experimentó durante once años el dolor que la Torá describe con Yaacob cuando pensó que había perdido a su hijo Yosef. Pero sin cuerpo, no tuvo closure: el cierre emocional indispensable para comenzar el duelo. Porque cuando no hay un cuerpo que enterrar, siempre queda esa mínima posibilidad —por más irracional que sea— de que tal vez nuestro ser querido siga vivo.

Esto lo comprendí mejor en el basement de la calle Ayacucho 632 después del atentado a la AMIA en julio de 1994. Recuerdo las familias que, incluso tras dos semanas de espera, seguían imaginando que su ser querido podría estar en estado de shock, sin memoria, deambulando por la ciudad. La lógica negaba esa posibilidad, pero no había un cuerpo que permitiera el alivio del closure.
Cuando esa duda dura once años, se convierte en una tortura imposible de soportar. La familia Goldin vivió ese martirio: un duelo inconcluso —o que nunca comenzó—, una herida abierta que recién ahora pudo cerrarse.

UMI KEAMJÁ ISRAEL

En el relato del entierro de Sará, la palabra “libkotah”, “llorarla”, aparece con la letra KAF más pequeña. Nuestros sabios explican que Abraham lloró, pero no demasiado. ¿Por qué? Porque obviamente sintió el inmenso dolor por la pérdida de su esposa de toda la vida, pero al mismo tiempo experimentó la satisfacción de celebrar que la vida de Sará había sido plena y fructífera.

Algo similar ocurrió este martes en el entierro de Hadar Goldin: Israel experimentó un enorme dolor por una vida tan joven y significativa que se perdió. Pero al mismo tiempo, el pueblo judío recibió con una inmensa alegría la noticia de que, luego de once años de espera, Hadar Goldin regresaba a casa.

La moral del Estado y del ejército de Israel es única en el mundo: no se deja atrás a ningún soldado, ni siquiera sus cuerpos sin vida. Recuerdo cuando el presidente Trump dijo públicamente que no entendía por qué Israel estaba dispuesto a hacer tantos sacrificios para rescatar también los restos de sus soldados, y que eso lo impresionaba profundamente. No todos los pueblos del mundo lo entienden. Pero el pueblo judío sí.

Hadar Goldin z”l regresó a casa, a su tierra y a su pueblo, porque así lo estableció Abraham Abinu y lo reclama nuestra historia.
Lo que comenzó en la cueva de Majpelá con nuestra matriarca Sará continuó este martes con Hadar Goldin z”l.