Historia de la destrucción del segundo Bet HaMiqdash. Parte 1

APRENDER DE LA HISTORIA

Estamos en un periodo de duelo hasta el día 9 del mes de Ab (12 de agosto de 2024 a la noche hasta la noche siguiente). Estos son días en los que, como veremos más adelante, guardamos un grado de duelo que va creciendo a medida que nos acercamos al 9 de Ab, que es el día de duelo nacional del pueblo judío porque se destruyó el Bet HaMiqdash, Gran Templo de Jerusalem y comenzó un exilio que aun no ha terminado. Estos son  días de reflexión, no solo para conmemorar y recordar nuestra historia, sino especialmente para aprender de los errores que cometimos en el pasado y no repetirlos. La filosofía de nuestra Torá explica que hay una relación directa entre nuestro comportamiento religioso y el nivel de Protección Divina que merecemos, particularmente en el nivel colectivo, es decir, como pueblo. Como lo dice la Torá explícitamente en Parashat Bejuqotay (Levítico 26:14-46) y Perashat Ki-Tabó (28:15-69), cuando cumplimos nuestra parte del pacto y honramos nuestro compromiso con Dios, el Todopoderoso honra Su parte del pacto protegiéndonos contra nuestros enemigos.

CUANDO LOS HERMANOS SE PELEAN…

Nuestros Sabios analizaron, por ejemplo, qué fue lo que llevó a la destrucción del Segundo Templo (año 68 de la era común), y no atribuyeron nuestra derrota al enorme poderío militar de los romanos. Los Sabios, en lugar de eso, enseñaron a “mirarnos al espejo” y a preguntarnos: ¿Qué hicimos mal para no merecer la ayuda Divina? En este caso, la respuesta que nos brindaron es muy específica: nuestro pecado fue «sinat jinam». «Odio irracional entre hermanos». Es decir, divisiones entre los propios judíos: sectarismo político, religioso, social. Algo que todavía no hemos superado. Esta intolerancia entre nosotros mismos es irracional y muy peligrosa porque las divisiones nos debilitan y quedamos expuestos a nuestros implacables enemigos. En realidad, todo lo que se necesita saber acerca de las desastrosas consecuencias de “sinat jinam” se puede aprender de la historia de dos hermanos, Yojanán Hircano y Yehudá Aristóbulo. Lo ocurrido con ellos 130 años antes de la destrucción de nuestro Templo desencadenó en realidad ese trágico evento.

LOS JUDIOS INVITAN A ROMA

Recordemos que en el año 141 aec, los judíos finalmente recuperamos nuestro estado independiente y por primera vez desde la época del Reino de Yehudá, teníamos nuestro propio «ejército judío» que era muy poderoso y famoso por la bravura de sus soldados. Este fue un periodo de unión y fortaleza entre los Yehudim. Y bajo el liderazgo de Shimón, el último sobreviviente de los hijos de Matitiyahu, gozamos de un periodo de paz y prosperidad, viviendo de acuerdo a nuestra Torá.

Todo cambió en el año 65 aec.

Yojanán Hircano y Yehudá Aristóbulo, los descendientes de Shimón, reclamaban el trono luego de la muerte de Alexander Yanai y no se podían poner de acuerdo. La enemistad y el odio entre estos dos hermanos se reflejaban también en sus seguidores y adeptos políticos que no dudaron en aliarse militarmente con pueblos no judíos para reforzar sus propios ejércitos. La situación era tan mala que el estado judío estaba al borde de una guerra civil por el odio entre estos dos hermanos y sus adeptos. En esos años, los romanos, que estaban creciendo militarmente, habían enviado al famoso comandante Pompeyo al Mediterráneo para proteger a sus barcos de los piratas que los atacaban y los saqueaban. Una vez en el Medio Oriente, Pompeyo vio que la situación política en Judea era muy frágil y decidió aprovecharse de la situación. Se ofreció para arbitrar entre los dos hermanos y decidir quién debería asumir el cargo. Los judíos, distraídos con sus sangrientas batallas internas, aceptaron la intermediación sin darse cuenta de que estaban cayendo en una trampa política devastadora, abriéndole las puertas a los romanos para apoderarse de Jerusalem. Con mucha astucia política, Pompeyo decidió que Yojanán, el menos poderoso de los dos hermanos, debía ser el nuevo monarca. No conforme con el veredicto, Aristóbulo reunió un ejército en Yerushalayim. Pompeyo, con el beneplácito de Yojanán, trajo a su ejército y comenzó una guerra civil que duró más de tres meses. Murieron más de 12,000 soldados judíos. Una vez vencido Aristóbulo, y con el ejército judío ya devastado, Pompeyo desplazó a Yojanán, se apoderó de la ciudad de Jerusalem y terminó así con el estado judío independiente. Los romanos se habían instalado en Jerusalem para quedarse, y nosotros, por nuestras luchas internas, les habíamos abierto las puertas.

Como dijeron los Sabios:

מקדש שני, שהיו עוסקין בתורה ובמצות וגמילות חסדים, מפני מה חרב? מפני שהיתה בו שנאת חינם!

HERODES, REY DE JUDEA

Alrededor del año 65 aec, Judea (Israel) pasó de ser un estado independiente a convertirse en un estado vasallo del Imperio Romano. En esta nueva situación, el emperador romano nombró un rey para gobernar sobre Judea. La lealtad de estos Reyes vasallos era principalmente hacia Roma, y no hacia sus ciudadanos o hermanos judíos. El más conocido de estos reyes fue sin duda Herodes (años 37 al año 4, antes de la era común). La familia de Herodes era originalmente edomita. En este sentido, los romanos se aseguraban la lealtad del monarca al elegir un rey que, si bien había nacido en Judea, no era completamente judío.

La historia de los edomitas y su relación con Am Israel es bastante compleja. Edom descendía de Esav, el hermano de Ya’aqob. Esto normalmente significaría que los judíos y los edomitas deberían ser aliados cercanos. Sin embargo, durante mucho tiempo, especialmente en los días del rey David (año 1000 a.e.c.), Israel y Edom fueron enemigos. Lo mismo sucedió en el momento de la destrucción del primer Bet haMiqdash (Templo de Jerusalem, 586 a.e.c.), los edomitas se unieron a nuestros enemigos, los babilonios. La maldad y la crueldad indescriptible de los edomitas hacia los judíos se registra explícitamente en Tehilim, el Salmo ‘al neharot Babel (137: 7).

LOS EDOMITAS SE CONVIERTEN AL JUDAISMO

En la época de los Jashmonayim (150 a.e.c.), los edomitas se convirtieron al judaísmo, y muchos de ellos se integraron completamente al pueblo judío, lucharon en sus filas y compartieron su mismo destino. Pero este no fue el caso de Herodes. Su lealtad a los romanos era de la misma intensidad que su odio hacia los judíos. Herodes no solo colaboró plenamente con los romanos recaudando fuertes impuestos de los judíos, sino que también estableció templos paganos en varias ciudades de Israel, como Cesárea y otros lugares. Su mayor provocación fue colocar un águila de oro, el símbolo religioso y militar de Roma, en la puerta de entrada del Bet haMiqdash. Los rabinos alentaron a un grupo de jóvenes judíos a sacar el ídolo romano. Los jóvenes fueron capturados y llevados a Herodes. Flavio Josefo registra el diálogo que tuvo lugar en ese momento. Herodes les dijo: «¿Quién les ordenó destruir el águila?» Los jóvenes respondieron: «Las leyes de nuestros padres». Herodes les preguntó: “¿Y por qué parecen estar tan tranquilos y contentos? ¿No saben que los ejecutaré?». Los jóvenes judíos respondieron: «Lo sabemos, pero también sabemos que la vida eterna nos espera en el mundo venidero (‘olam haba). Herodes ordenó que ellos y sus cómplices, 40 jóvenes judíos, fueran ejecutados junto con dos grandes rabinos de Israel, quemándolos vivos en una hoguera pública.

DEL ESTADO VASALLO A PROVINCIA ROMANA

En el año 6 de la era común, 10 años después de la muerte de Herodes, Augusto, el primer emperador romano, abolió la monarquía «judía» y convirtió a Judea en una provincia romana. Es decir, desde ese momento, no habría más reyes o gobernadores judíos y Judea estaría directamente bajo la jurisdicción del emperador de Roma. Esto también significaba que la religión oficial de Roma se establecería más sólidamente en Judea. Los romanos, como los griegos 200 años antes, esperaban ahora que los judíos abandonaran su religión y adoptaran a los dioses romanos, «como lo hacía gustosamente todo el resto del imperio». Y desafortunadamente, como ya había sucedido en los tiempos del Imperio griego, muchos judíos acaudalados traicionaron su fe y a sus hermanos, para obtener exenciones de impuestos y otros beneficios que les fueron otorgados por colaborar con los romanos.

Para peor, ahora que Judea era una provincia romana, los romanos sentían que tenían el derecho de nombrar al sacerdote que serviría como el Sumo Sacerdote (Cohen Gadol) en el Bet haMiqdash. Entre otras cosas, esto significaba que los romanos tenían acceso ilimitado para robar del Bet haMiqdash sus valiosos artículos hechos de oro y plata (kele haqodesh). El conocido prefecto romano Poncio Pilato (26-36 de la era común), por ejemplo, robó valiosos artefactos del Bet haMiqdash y con esos fondos construyó un acueducto en Jerusalem.

Este nuevo escenario se estaba volviendo cada vez más insoportable, y una nueva idea, desesperad y casi suicida, comenzó a fermentar en las mentes y los corazones de los judíos: debemos rebelarnos contra el Imperio Romano y recuperar nuestra autonomía política y religiosa, antes de que el judaísmo desaparezca. Los ecos de una rebelión imposible contra el ejército más poderoso de la historia de la humanidad se podían sentir en el aire de Yerushalayim…

LOS ROMANOS Y LA RELIGIÓN JUDÍA

Judea (יהודה = Israel) dejó de ser un estado vasallo y fue convertida en provincia romana por el emperador Augusto. Al igual que los griegos 100 años antes, Roma trató de acabar con el judaísmo e imponer su culto. Los judíos obviamente resistieron. Pero los romanos, que eran tolerantes con otros pueblos paganos, no aceptaban la religión judía. Nunca entendieron la “cláusula de exclusividad” del monoteísmo: por qué los judíos eran tan “arrogantes” y no estaban dispuestos a aceptar otros dioses en su Templo junto con su propio Dios, como lo hacían todos los demás pueblos del mundo. Además, para los romanos el judaísmo era excesivamente aburrido: imponía reglas y límites. Mientras que las otras religiones consistían en socializar, entregarse a la glotonería y a la embriaguez y, sobre todo, a normalizar la promiscuidad, haciéndola parte de los ritos religiosos.

LA PRUEBA DE CALÍGULA

La presión para persuadir a los judíos a abandonar su ya obsoleta y aburrida religión era incesante. Y en un momento se tornó peligrosa. Esto ocurrió en los tiempos de Calígula, que gobernó el imperio entre los años 37 y 41 de la era común. Calígula fue probablemente el peor emperador de la historia romana y cruzó los límites de la sanidad cuando se proclamó a sí mismo “dios” y demandó ser adorado como tal. Su obsesión narcisista lo llevó a hacer cortar las cabezas de las estatuas de los otros ídolos romanos y reemplazarlas por su propio busto. En Roma construyó dos templos dedicados a su culto. Y también quiso poner a prueba su divinidad con el examen más riguroso: el de los judíos. Primero mandó erigir y colocar su estatua en las sinagogas de Alejandría, donde había una importante comunidad judía. Los judíos se opusieron con vehemencia, e incluso el procurador romano Flacus (o Flaco) se negó a obligar a los judíos a erigir estatuas de Calígula. Pero Calígula reaccionó destituyendo a Flacus de su puesto y ejecutándolo.

¿CALÍGULA EN JERUSALEM?

La siguiente historia está relatada por el famoso historiador judío Filón de Alejandría  (37 – 100 de la era común). Filón cuenta que Calígula envió una orden para que se construyeran estatuas suyas y fueran instaladas en todo Judea. Los judíos decidieron resistir. Calígula envió entonces a su mejor hombre para esta misión: el Procurador de Siria, Petronio, y le aportó dos legiones del ejército romano —más de 10,000 soldados— para llevar a cabo la tarea, cueste lo que cueste. Petronio desembarcó en el puerto de Aco y allí fue interceptado por una delegación de decenas de miles de judíos que habían llegado desde todos los confines de Israel. Le explicaron a Petronio que la Torá prohíbe terminantemente esculpir imágenes de nuestro propio Dios y, obviamente, de un ídolo humano, y que adorar o incluso erigir estatuas de Calígula constituiría el acto más ofensivo en nuestra religión. “¿Estáis preparados entonces para enfrentaros a una guerra con el emperador romano?” preguntó Petronio. A lo que los judíos le respondieron: “Si el emperador persiste en su deseo de erigir sus estatuas, deberá matar primero a la totalidad de la nación judía. Ningún judío va a dejar de sacrificar su vida para evitar esta afrenta.” Acto seguido, todos los judíos se presentaron ante Petronio, con sus esposas y sus hijos, desnudaron sus cuellos y le dijeron que estaban dispuestos a defender el honor del Dios de Israel con sus propias vidas. Petronio, conmovido por la convicción de los judíos, trató de postergar al máximo la ejecución de su misión. A finales del año 40, cuando ya no pudo ganar más tiempo, escribió una carta a Calígula tratando de disuadirlo. Enojadísimo, Calígula le ordenó a Petronio quitarse la vida y redobló su apuesta con los judíos: mandaría construir su estatua en Roma y la llevaría personalmente a Jerusalem para ser erigida en el Gran Templo judío de Jerusalem. Y entonces ocurrió un gran milagro: el 24 de enero del año 41, Calígula fue asesinado en una histórica conspiración organizada por su propia guardia imperial, y la pesadilla que podía habernos llevado al final, gracias a Dios terminó (Petronio no llegó a suicidarse). Los judíos nos mantuvimos unidos y firmes en nuestros principios, y HaShem estuvo de nuestro lado.

CLAUDIO Y LOS JUDÍOS

El nuevo emperador romano, Claudio (41-54 EC), fue un poco mejor con los judíos. Restauró la autonomía de Judea y en el año 41 les permitió a los judíos tener su propio rey, Agripas. Agripas (llamado por los historiadores “Herodes Agripa I”) era muy respetuoso de la Torá y de sus leyes y protegió al Bet haMiqdash. Su reinado fue recordado por los judíos como muy positivo y favorable. Pero duró muy poco. Agripas murió en el año 44. Luego de la muerte de Agripas comienza un período muy amargo y difícil para Am Israel, que culminó con la destrucción del Bet haMiqdash en el año 68.

Continuará




TISHA BEAB: El día que Jerusalem fue cancelada

Este miércoles 22 de julio  por la noche, comenzaremos el ayuno del 9 de Ab (Tish’a BeAb), que es el día de duelo nacional del pueblo judío.  

Consulta aquí https://www.myzmanim.com/search.aspx los horarios del ayuno en tu ciudad de residencia.

כֹּה אָמַר הצִיּוֹן שָׂדֶה תֵחָרֵשׁ, וִירוּשָׁלַיִם עִיִּים תִּהְיֶה

En Tish’a BeAb recordamos cinco eventos trágicos que sucedieron en nuestra larga historia y tratamos de reflexionar sobre nuestra responsabilidad en ellos.

La menos conocida de estas tragedias es también una de las más relevantes, ya que de cierta manera la relevancia de este acto sigue vigente. Me refiero al «arado de la ciudad» de Jerusalem (חרישת העיר), en el año 130 de la era común.

Para comprender por qué fue arada la ciudad –y lo que esto significaba en esos tiempos– debemos repasar un poco lo que ocurrió luego de que el Segundo Templo fue destruido por los romanos (año 68 de la era común).

Cuando Adriano se convierte en el nuevo emperador romano, la situación de los judíos en Judea comenzó a empeorar. Uno de los momentos más tensos fue cuando el emperador viajó al Medio Oriente, en los años 129 y 130 de la era común, para visitar las tierras «más exóticas» de su imperio, como Egipto, Libia, Nubia, etc. El emperador se horrorizó ante una de las prácticas más comunes que llevaban a cabo los gentiles en esa región: la castración de esclavos y sirvientes (eunucos), que se practicaba para “domesticar” a los esclavos y hacerlos más dóciles, como se hace con los animales. En Roma, esa práctica estaba prohibida. Adriano decidió que todos los pueblos de su imperio adoptarían esta prohibición. Aclaremos que esto no ocurría en la tierra de Israel, la provincia romana de Judea, porque la castración está terminantemente prohibida por la Torá. No solo la castración humana, sino también la de animales, algo que era (y sigue siendo) totalmente aceptado en el mundo no judío. Adriano penalizó la castración humana con la pena de muerte.

El gran problema fue que los enemigos de los judíos y del judaísmo, que nunca faltan, convencieron a Adriano de que la circuncisión judía también debía ser penalizada, por ser considerada una forma de castración. A nuestros enemigos no les fue difícil convencer al emperador, ya que éste no era muy amigo de los judíos. Y así fue que Adriano decidió penalizar la circuncisión judía con la pena de muerte. De nada sirvió que una delegación de Sabios judíos se reuniera con los representantes romanos para que le explicaran al emperador que la circuncisión no tiene nada que ver con la castración. Algunos historiadores especulan que Adriano fue influenciado por los primeros cristianos, que como sabemos, a fin de reemplazar la práctica judía, habían abolido la circuncisión reemplazándola por el bautismo. La nueva postura antijudía de Adriano representaba una gran victoria para su causa.

Este decreto, que tuvo lugar alrededor del año 129, afectó tremendamente los ánimos de los judíos, que declararon estar dispuestos a sacrificar sus vidas a fin de cumplir el primer precepto que le corresponde a un niño judío. Ribbí Yishmael ben Elishá llegó a decir: “Quizás haya llegado el momento de que dejemos de casarnos y traer hijos al mundo (Babá Batrá 60b)” ya que si los romanos descubrían que un niño fue circuncidado, lo matarían a él y a sus padres. Pero la anulación del Berit Milá fue solo el preludio de otras tragedias que estaban por suceder…

En ese fatídico viaje por Medio Oriente, Adriano tomó otra terrible determinación que resultaría atroz para el pueblo judío: el emperador, que continuamente recibía peticiones de los judíos para que les permitieran reconstruir el Bet HaMiqdash, decidió “prevenir para siempre” que el Templo fuese reconstruido y declaró que planeaba remover las ruinas de la Ciudad Santa, a fin de eliminar cualquier vestigio de memoria judía de su destrucción.

Para eso, Adriano ordenó hacer tres cosas:

1. Jerusalem sería reconstruida, «reseteada», al estilo romano, como una ciudad romana. Esto se hace removiendo las viejas ruinas de la ciudad y «arando el terreno para fundar los cimientos de la nueva ciudad”, creando los nuevos surcos que demarcaban los nuevos límites de la flamante metrópolis.

2. Cambiar el nombre de la ciudad. Desde ese entonces, Jerusalem se llamaría “Aelia Capitolina”. “Aelia”, en honor a Adriano, ya que su segundo nombre era «Aelio», y “Capitolina”, en honor al ídolo romano, Júpiter Capitolino.

3. Construir en el terreno del Templo de Jerusalem un templo pagano para Júpiter Capitolino, el dios romano favorito de Adriano.

El día que la ciudad de Jerusalem fue arada, con el fin de ser erradicada para siempre de la memoria judía, fue el 9 de Ab del año 130 de la era común.

También el nombre de «Jerusalem» fue cambiado y por siglos los romanos y luego muchos cristianos llamaron a Jerusalem Aelia o Capitolina (la construcción del templo pagano en el área del Bet HaMiqdash, nunca se llevó a cabo).

Este evento fue celebrado por los romanos, como era su costumbre, acuñando una moneda ilustrativa. El texto de la moneda que vemos en la imagen abajo dice: «Col(onia) Ael(ia) Capit(olina)». En esta moneda se ve claramente a Adriano, representando a Roma, arando/erradicando la Ciudad Santa.

El arado de la ciudad de Jerusalem y el cambio de su nombre demuestran que los gentiles hicieron todo lo posible, y más, para borrar la memoria de la Jerusalem judía y que perdiésemos cualquier esperanza de reconstruir nuestra ciudad capital.

Baruj HaShem, ya nadie se acuerda de Adriano, ni del nombre «Aelia Capitolina», que solo se encuentra en los libros de historia antigua.

Pero por el otro lado, milagrosamente, y después de 1900 años, no hay ser humano en la tierra que no haya escuchado acerca de JERUSALEM. Que ahora no es romana, ni cristiana, ni árabe, sino JUDÍA. ¡Es nuestra eterna ciudad capital y está más hermosa, feliz y llena de vida que nunca!

Adriano no solo intentó que el mundo olvidara a Jerusalem. Este terrible emperador, uno de los enemigos más obsesionados contra el pueblo judío en la historia, también cambió el nombre de Israel. En ese entonces, los judíos teníamos dos nombres para Israel, uno era “Judea”, el territorio donde vivían los descendientes del Reino de Yehudá (que sobrevivió el asedio de los asirios, al tiempo que las otras 10 tribus fueron exiliadas) y también “Erets Israel”, la tierra de Israel. Para estar seguro de que los judíos nunca más volverían a reclamar la tierra de sus antepasados o incluso soñar con ella, Adriano cambió el nombre de Israel y la llamó: «Palestina», recordando que los pueblos invasores (pelisthim, significa en hebreo invasores extranjeros) se habían apoderado ahora de la tierra y ya no le pertenecía más a los judíos.

Adriano fracasó en su obsesionado intento de borrar la memoria judía de Jerusalem. E irónicamente (o estratégicamente) fue gracias a la observancia de Tish’a BeAb —el día de duelo por Jerusalem— que nunca nos permitimos dejar de recordar, llorar y rezar por la ciudad sagrada y su Templo. Y milagrosamente, hoy estamos viviendo el PRIVILEGIO de ver a Yerushalayim «lista» para que B»H pronto veamos allí nuestro Bet HaMiqdash.

Por otro lado, el plan de Adriano de erradicar el nombre de Israel y cambiarlo por Palestina sigue siendo una de las batallas que, después de 2.000 años, todavía seguimos enfrentando en foros internacionales. Los enemigos de Israel ya no son los romanos. Ahora tienen un nombre diferente y una religión distinta, pero siguen con la misma agenda: erradicar a los judíos de su tierra y que no se recuerde más el nombre “Israel”. Pero no lo están logrando y no lo van a lograr.

Quiera el Todopoderoso que este sea el último Tish’a BeAb que tengamos que llorar por la destrucción de nuestro Bet HaMiqdash y que el próximo año veamos a Jerusalem totalmente reconstruida. AMEN.




HALAJOT de la SEMANA DE TISHÁ BEAB

Como ya lo explicamos, durante las tres semanas entre el 17 de Tamuz y el 9 de Ab observamos ciertas restricciones asociadas al duelo por la destrucción del Bet Hamikdash.

Por ejemplo: no se celebran bodas ni casamientos durante estas tres semanas.

Shehejeyanu: evitamos consumir una fruta nueva o estrenar una ropa nueva, que requieren la berajá de Shehejeyanu.

Música: nos abstenemos de escuchar música instrumental o de participar en eventos con música.

DESDE ROSH JODESH AB

Desde el comienzo del mes de Ab no comemos carne ni bebemos vino, con excepción de ese Shabbat.

LA SEMANA DE TISHÁ BEAB (שבוע שחל בו)

El duelo llega a un punto mayor durante la “semana de Tishá BeAb”: desde la salida de Shabbat Jazón hasta el ayuno. Este año, esa semana comienza el sábado 18 de julio por la noche y se extiende hasta el miércoles 22, cuando empieza el ayuno.

Aparte de las costumbres ya mencionadas, tampoco podemos lavar o vestir ropa que haya sido lavada o limpiada. En otras palabras: solo podemos vestir ropa que esté “en uso”, con excepción de la ropa interior. ¿Cómo hacemos entonces para tener qué ponernos? Se puede “preparar” la ropa usándola por un rato breve, para que se considere “en uso”. Incluso se puede vestir una ropa limpia durante Shabbat y reservarla para la semana, y no se considera “preparar en Shabbat para después de Shabbat”.

Corte de pelo y afeitado: no nos cortamos el pelo ni nos afeitamos durante esta semana, hasta después del ayuno.

Baños: no nos bañamos por placer, como tomar una ducha con agua caliente, hasta después del ayuno. Pero uno puede higienizarse lavándose el cuerpo por partes con una ducha de mano, y con agua tibia.

El ayuno: Tishá BeAb comienza el miércoles 22 de julio por la noche (8:20 pm en NY) y finaliza el jueves 23 por la noche (8:49 pm).




SHABBAT JAZÓN: El profeta que vio lo que nadie quería ver

Al Shabbat anterior a Tishá BeAb se lo llama Shabbat Jazón, “la visión”, por la primera palabra de la Haftará que leeremos: la visión de Yeshayahu (Isaías 1:1-27).

¿Qué vio Yeshayahu?

Vio una ciudad próspera. Un Templo lleno de gente. Sacrificios, oraciones, celebraciones religiosas. Cualquier observador habría dicho que Yerushalayim atravesaba un momento de esplendor.

Pero el profeta vio lo que había debajo: jueces que aceptaban sobornos, comerciantes que engañaban a sus clientes, poderosos que ignoraban al huérfano y a la viuda. Y algo peor: ¡esas mismas personas corruptas iban al Templo a rezar, convencidas de que Dios recibiría sus ofrendas, como un rey pagano que recibe sobornos de sus súbditos!

En nombre de Dios, Yeshayahu les dijo: “Cuando extienden sus manos en oración, apartaré Mis ojos de ustedes… [porque] esas manos están llenas de sangre” (1:15). Y les advirtió a los corruptos: dejen de venir a Mi Templo, dejen de ofrecerme sacrificios, dejen de celebrar Mis festividades.

En el judaísmo no existe el divorcio entre lo que hacemos dentro y fuera del Templo. La honestidad, la justicia y la protección de los más débiles no son “valores” civiles: son obligaciones religiosas. Y Dios, dice el profeta, detesta la hipocresía religiosa incluso más que la falta de observancia.

Yeshayahu también indicó el camino de regreso: “aprendan a practicar la justicia, defiendan a los oprimidos, luchen por la causa del huérfano y la viuda” (1:16-17).

Nuestros Sabios eligieron esta visión para el Shabbat previo a Tishá BeAb. Ese día no lloramos solamente por un Templo destruido: lloramos por la sociedad que no supo verse a sí misma a tiempo. Yeshayahu la vio, y nos enseñó a ver lo que él vio, para no repetir los errores del pasado.




I ❤️ HAR HABAYIT: El 9 de Ab y la teología del basural

ADVERTENCIA: El presente artículo es un poco más largo que de costumbre (más de 2.000 palabras, cuando por lo general mis artículos son de 800-900 palabras). Pero les pido que tengan paciencia y lo lean hasta el final, para que puedan comprender mucho más y mejor un aspecto fundamental del antisemitismo histórico y moderno, y que el antisionismo no es una nueva forma del antisemitismo: ¡es la causa original del antisemitismo! Y la más consecuente.

Estoy de vuelta en NY. Dejé Israel hace dos días, pero me traje algo muy importante conmigo: un libro nuevo. Un inesperado regalo de mi hijo Jacob, que conoce mis gustos literarios y mi curiosidad. El libro se llama “HaBayit” (literalmente, “La Casa”), escrito por Arnon Segal. No conocía al autor, y tampoco el libro, a pesar de que fue publicado en 2021. Me siento culpable de no haberlo leído antes… Desde este pasado Shabbat que lo recibí, ¡no lo puedo dejar! Creo que debería ser traducido a todos los idiomas posibles. El tema es el “Har Habayit”, en español: el Monte del Templo.

El libro comienza por la estructura interna subterránea del Monte, donde estaba el Bet Hamikdash, el lugar más sagrado del mundo para el pueblo judío. Es impactante. Me di cuenta de que no sabía nada sobre este tema. Hay una enorme cantidad de cuevas y pasadizos subterráneos, la mayoría cerrados, o a 30, 50 o 100 metros bajo la superficie. Y unos 48 pozos o cisternas de agua (sic!). La cisterna número 8, por ejemplo, tiene capacidad para varios millones de litros. Y el agua le llegaba desde las piscinas de Shelomó, cerca de Bet Léjem, por un acueducto de unos 20 kilómetros, que fue hecho sin ningún instrumento moderno de medición.

La Mishná (en Midot y Pará) menciona algunos de estos sistemas de agua para el servicio del Bet Hamikdash. Los arqueólogos encontraron lo que las fuentes judías dijeron hace dos mil años. Ver en este video una introducción a este tema:

https://www.youtube.com/watch?v=kK1wk3UYa-k

El libro va repasando los descubrimientos arqueológicos de los últimos siglos. No es fácil de entender para los que somos ignorantes en este tema, así que lo voy a tener que leer una segunda vez, por lo menos.

HISTORIA

Luego el autor se enfoca en lo que a mí más me apasiona: la historia del Monte del Templo. Me parece un tema muy indicado para repasar en la semana de Tishá BeAb.

Voy a comenzar por una de las ideas que más me impactaron, y que aparece al principio del libro. Tan impactante y reveladora ha sido esta idea para mí, que de pronto, por primera vez, comprendí “la razón original del antisemitismo europeo cristiano”. De pronto encontré la respuesta a muchas preguntas pendientes: ¿por qué los bizantinos nunca construyeron una iglesia en el lugar del Templo? (Por muchos años lo consideré un milagro, y recién ahora lo entendí.) ¿Por qué el Vaticano se opuso, y se opone, con tanta tenacidad a reconocer una Yerushalayim judía, que protege el derecho de culto de todas las religiones? ¿Por qué la hostilidad de todos los Papas hacia Israel? ¿Por qué el Papa Francisco habló “con desesperación” cuando EEUU reconoció a Yerushalayim como capital de Israel? (Ver mi artículo aquí, donde se ve claramente que yo aún no entendía el tema de fondo: https://halaja.org/2017/12/jerusalen-la-desesperacion-del-papa/ ) ¿Por qué el Vaticano condena obsesivamente al Estado judío, ¡cuando Israel se defiende!, y se queda callado ante los innumerables ataques de musulmanes extremistas a cristianos que son torturados y asesinados (por ejemplo: Nigeria)? Todo esto, y mucho más, me quedó en claro al entender UNA SOLA IDEA, mencionada en el libro incidentalmente: “una profecía” del Nuevo Testamento.

Lo comparto porque entenderlo nos va a ayudar a los Yehudim a abrir los ojos, comprender el origen del antisemitismo y pensar qué deberíamos hacer al respecto.

LA PROFECÍA

El texto de Mateo (24:2) pone en boca de Yeshú una profecía sobre el Bet Hamikdash: “No quedará aquí [en el Monte del Templo] piedra sobre piedra, que no sea derribada”.

Cuando los romanos destruyeron el Templo, la Iglesia que recién nacía leyó en esa destrucción la confirmación de su nueva fe. Las ruinas de Yerushalayim probaban, para ellos, que la Presencia Divina había abandonado definitivamente a los judíos, y demostraban que el “Viejo Testamento” (la Torá) había caducado ante el Nuevo, y que el “viejo Israel” (el pueblo judío) había sido sustituido definitivamente por el “nuevo Israel”, la iglesia. Esta doctrina se conoce como la “teología del reemplazo”.

Para que la profecía acerca de las ruinas del Monte del Templo siguiera siendo el testimonio de la cancelación del estatus del pueblo judío como pueblo elegido, los bizantinos, los primeros cristianos, lo convirtieron deliberadamente “en el basural de Yerushalayim”. Esto no es metafórico: consagraron el Monte del Templo como el lugar donde se tiraba y se quemaba la basura de la ciudad. El Har Habayit quedó como la más humillante evidencia del “desplazamiento” del pueblo judío.

LA HISTORIA DE LA PROFECÍA

Eusebio de Cesarea (siglo IV), el primer historiador oficial de la Iglesia, escribió que las ruinas del Templo en el Har Habayit eran el testimonio visible del castigo divino a los judíos. Juan Crisóstomo (386-387) señalaba al basural de Yerushalayim como la mejor prueba de la teología del reemplazo: si Dios no hubiera abandonado a los judíos, decía, el Templo estaría en pie.

Jerónimo (c. 347-420), que vivía en Bet Léjem, dejó la descripción más gráfica. En su comentario a Tsefaniá habla de los judíos que llegaban, humillados, cada 9 de Ab a llorar sobre las ruinas del Templo. Bajo el dominio romano y bizantino, que duró unos 500 años, los judíos tenían prohibido “residir” en Yerushalayim. Un solo día al año se les permitía entrar, pagando por el acceso, para lamentar la destrucción. Jerónimo describe sin compasión a los ancianos y mujeres en harapos, llorando sobre las piedras. “El pueblo que compró la sangre de Yeshú”, escribe, “tiene que pagar ahora por sus propias lágrimas: ni siquiera el llanto les es gratuito”. Para Jerónimo, esa escena era teología en vivo: el pueblo rechazado, llorando frente a la prueba de su rechazo.

¡Para los primeros cristianos, la “santidad” del Monte del Templo consistía específicamente en que quedara en ruinas! Era la “evidencia” irrefutable de la nueva religión, que clamaba, nada menos, que el Pacto original entre Dios e Israel debía ser aplicado ahora a los nuevos elegidos de Dios: la iglesia.

La obsesión con mantener las ruinas como testimonio fundacional del cristianismo era tan fuerte que la cristiandad bizantina ni siquiera se permitió construir una iglesia en ese predio. De hecho, los emperadores levantaron iglesias monumentales, como la del Santo Sepulcro de Constantino o la Nea de Justiniano, pero “fuera del Monte”, en lo que es hoy la ciudad vieja de Yerushalayim. Todo para que el Har Habayit quedara deliberadamente cubierto de escombros y basura. El Monte en ruinas se transformó en la prueba viviente del cristianismo.

Y viceversa.

JULIANO: ¿CÓMO ELIMINAR AL CRISTIANISMO?

En el año 363 ocurrió algo extraordinario. El emperador romano Juliano se propuso restaurar el paganismo. Para eso, debía dar un golpe teológico mortal al dogma cristiano. Y la mejor manera de probar que el cristianismo era falso ¡era reconstruir el Templo judío en el Har Habayit! Y así, les ordenó a los judíos hacerlo. No era amor de Juliano por los judíos, sino su obsesión por refutar la profecía de Mateo, el argumento fundacional de la Iglesia. El plan de Juliano, finalmente, no funcionó. La obra se interrumpió por un terremoto, y Juliano murió pocas semanas después en su campaña contra Persia. Las ruinas del Templo quedaron más abandonadas que nunca, y el Monte volvió a ser usado como un quemadero de basura.

Esta situación terminó recién con el fin del dominio bizantino, cuando el califa Omar tomó Yerushalayim en el año 638. Las crónicas relatan que Omar pidió ver el sitio del Templo de Shelomó y lo encontró sepultado bajo montañas de desperdicios. Ordenó limpiarlo, y según la tradición participó él mismo, cargando escombros en su manto. En esos tiempos, los musulmanes eran más afines a los judíos que a los cristianos. Y el islam no tenía la necesidad teológica de que las ruinas siguieran siendo ruinas. Por eso construyeron allí las mezquitas que están hasta el día de hoy.

LA PEOR PESADILLA

Aclaremos aquí dos cosas: 1. La teología del basural concierne, en estos días, a ciertas corrientes católicas, fieles al Vaticano o aun más extremistas que el Vaticano. Los cristianos evangelistas, sin embargo, esperan exactamente lo contrario: ¡desean que se construya el Tercer Templo! Para entender ese tema interesantísimo hace falta otro artículo aparte. 2. No me estoy refiriendo aquí al antisemitismo islamista; no porque no exista, sino porque es también un tema para otra conversación.

La doctrina cristiana original sobrevivió al basural bizantino por siglos. Y en la época moderna se reencarnó en el rechazo de la Iglesia católica a cualquier movimiento que alentara el regreso de los judíos a Israel.

En enero de 1904, Theodor Herzl fue a visitar al Papa Pío X. Herzl quería pedirle su apoyo para el retorno judío a Erets Israel. La respuesta del Papa, registrada por Herzl en su diario, resume la teología del reemplazo en una frase: “Los judíos no han reconocido a nuestro Señor; por lo tanto, nosotros no podemos reconocer al pueblo judío”. No sea que los judíos, Dios libre, vuelvan a Sion y reconstruyan allí el Templo.

Pero como, a pesar de todas las guerras y embargos, Israel no desaparecía, al Vaticano no le quedó otra… Para salvar la teología original, que sostenía que el pueblo deicida estaba condenado a vivir sin estado (“el dogma del judío errante”), tuvo que convocar su Segundo Concilio y modificar su propia teología con la declaración Nostra Aetate de 1965, que “absuelve” al colectivo judío contemporáneo por el deicidio de sus padres.

Pero muy poco después, en junio de 1967, llegó la peor pesadilla teológica que la Iglesia sufrió en 2.000 años: ¡el ejército de Israel conquistó Yerushalayim!

LA OBSESIÓN DE LOS NUEVOS TEÓLOGOS

Y esta es la batalla final para el Vaticano. Es lo que la teología cristiana llama ‘el Anticristo’, como la llama Carlson, el poder demónico que llega para luchar contra su teología. Por lo tanto, jamás reconocerá la soberanía judía sobre Yerushalayim. Por lo tanto, jamás reconocerá la soberanía judía sobre Yerushalayim. Como no se puede ser más explícito, la “posición” oficial del Vaticano es reclamar un estatuto especial para que Yerushalayim sea una ciudad internacional, donde “haya lugar para todas las religiones”. El problema es que en Yerushalayim hay total libertad de culto. En realidad, parece que al Vaticano no le molestaría que Yerushalayim fuera musulmana. Un dato importante lo demuestra: entre 1948 y 1967, Jordania ocupaba la ciudad vieja de Yerushalayim. Destruía las sinagogas del barrio judío, profanaba el cementerio del Monte de los Olivos y les prohibía a los judíos el acceso al Kotel. En esos años, el Vaticano nunca organizó una campaña para internacionalizar Yerushalayim. Su activismo por el “estatuto especial” se despertó recién cuando la Ciudad Santa pasó a la soberanía específicamente judía. Porque todo es tolerable, menos que los judíos intenten reconstruir el Tercer Templo.

APOCALIPSIS “NOW”

Este mismo sentimiento se refleja, directa e indirectamente, en el obsesivo antisemitismo de muchos influencers modernos en 2025 y 2026, que, confieso, recién ahora comprendo en profundidad.

Tomemos como ejemplo a Nick Fuentes: un influencer antisemita norteamericano que, desafortunadamente, tiene cientos de miles de seguidores. Fuentes es católico, de la corriente que se autodenomina “tradicionalista”: el sector más conservador de la iglesia, que rechaza el Concilio Vaticano II y sus reformas, específicamente la declaración que “absolvió a los judíos del deicidio”. Nunca comprendí por qué Fuentes se obsesiona tanto con el tema del Tercer Templo. Hasta que leí este libro.

Veamos solo un par de ejemplos:

En marzo de 2024, cuando el presidente argentino Javier Milei visitó Israel y habló de reconstruir el Tercer Templo, Fuentes reaccionó así en su programa: “[Milei] reza y llora en el Muro Occidental con un rabino al lado, y con una kipá puesta. Después da un discurso y dice que Israel debería destruir el santuario llamado la Mezquita (esto no lo dijo Milei, YB)… y reconstruir el tercer Templo… Esto es una ‘judiada’ total. Es el Anticristo, una acción totalmente hostil contra Jesucristo y contra Dios”.

Luego, Fuentes resumió 2.000 años de teología del reemplazo en una sola frase: “Todo intento de los judíos de reconstruir el tercer Templo ha sido frustrado por Dios, porque fue Dios el que destruyó su segundo templo. Fue Dios el que expulsó a los judíos, cuando llegó Yeshú… [y fue rechazado por los judíos]”.

https://youtu.be/jgp1e__sa-Y?si=KP2d7jb-kxFQkoGX

En este otro video, en plena guerra de EEUU e Israel contra Irán, en marzo de 2026, Fuentes vuelve a hablar de la posibilidad del Tercer Templo con terror: “Tengo más miedo de que EEUU gane que de que pierda. Si perdemos, honestamente, me voy a sentir aliviado. Si ganamos… ¡van a construir el tercer Templo! ¿Y qué pasa entonces? ¿Habrá otro terremoto [como en los tiempos de Juliano, YB]? ¿Lo van a lograr? Y si lo logran, creo que es el final del planeta”. Es el fin del mundo, dice:

El fin del Mundo = ¿El final del catolicismo tradicional?

Solo ahora puedo comprenderlo.

Algo parecido ocurre con otro norteamericano antisemita explícito, mucho más influyente que Fuentes, con decenas de millones de viewers, llamado Tucker Carlson. Este video es la acusación de Carlson a los cristianos que apoyan el Tercer Templo, y su argumento de que el Tercer Templo es la mayor ofensa posible al cristianismo. Vean solo los primeros segundos: https://youtu.be/rGKUm95Qvb0?si=2asA6WtYauE78SAf

Ahí Carlson dice, con todas las letras, que un templo judío en Yerushalayim “negaría a Yeshú”, sería “el Anticristo”, y que un cristiano que apoye su reconstrucción es “más que un apóstata”.

Solo ahora entiendo lo que dicen.

La doctrina del Templo-basural necesita que no se cumpla la visión judía de la reconstrucción del Bet Hamikdash. Que permanezca el statu quo actual: el Monte del Templo en las manos musulmanas del Waqf. Es un juego de todo o nada para el cristianismo. El Tercer Templo es su más terrible pesadilla. El apocalipsis. El fin del mundo. Como dijo explícitamente Fuentes.

TISHÁ BEAB

El 9 de Ab, los judíos lloramos por la destrucción del Templo y rogamos a Dios por el Tercer Templo. Nuestras profecías son exactamente contrarias a la mencionada por Mateo. Mateo dijo que “no quedará piedra sobre piedra”. Y nuestros profetas dijeron que al final de los días el Todopoderoso reinará sobre todo el planeta, desde Su Bet Hamikdash en el Monte de Sion, Har Habayit, Yerushalayim.

Las piedras del Bet Hamikdash las estamos juntando y las vamos a volver a poner, una sobre otra.

Lo que para Fuentes y Carlson es el fin del mundo, para nosotros será la Gueulá: el fin de nuestro largo exilio.

SHABBAT SHALOM

Rab Yosef Bitton




SHABBAT JAZON: El 9 de Ab y la hipocresía religiosa

Este Shabbat por la mañana comenzaremos la lectura del libro de Debarim y al finalizar leeremos una Haftará especial del libro  de Yesha’ayahu (Isaías). A esta  Haftará se la conoce como “Jazón” (por su primera palabra)  y por extensión al Shabbat antes del 9 de Ab se lo llama Shabbat Jazón.

Este texto de la Haftará se encuentra en el libro de Isaías 1: 1-27, y es una visión profética en la que este gran profeta de Israel reprende a los habitantes de Jerusalem por su falta de integridad y su corrupción. La Haftará describe los pecados que provocaron que Dios ignorara nuestras oraciones y plegarias y eventualmente llevaron a la destrucción de nuestro primer Bet haMiqdash. Al leer y recordar los errores de nuestros antepasados, podemos reflexionar sobre nuestro propio comportamiento, mejorar nuestras acciones y merecer ver nuestro Bet haMiqdash reconstruido muy pronto, en nuestros días.

Entre los muchos puntos que denunció el profeta, vale la pena recordar su criticismo sobre la hipocresía religiosa.

Así dijo a la gente de Yerushalayim en nombre de haShem: 15. [Así dice Dios], cuando extiendas tus manos en oración, apartaré Mis ojos de ti; aun cuando Me ofrezcas muchas oraciones, no te escucharé, [porque] tus manos están llenas de sangre.

Yesha’ayahu denunció a las personas corruptas que mataban, robaban, engañaban en sus negocios, practicaban el soborno, corrompían la justicia y simultáneamente ¡rezaban a Dios! Y no solamente eso: también pretendían que Dios escuchara sus oraciones y respondiera sus pedidos! Como dice el profeta Yesha’ayahu: estos feligreses llegaban al Templo, “con sus manos manchadas de sangre”, y ofrecían sacrificios, como si Dios pudiera ser sobornado con regalos u ofrendas para ignorar sus malas acciones. Estos individuos, que quizás no eran pocos, tenían una idea muy infantil, inmadura y pagana de Dios.

Yesha’ayahu les explicó que NO existe el divorcio entre lo que uno hace y cómo uno reza. Un judío no puede practicar todo tipo de inmoralidades, y luego ir al  Templo y a rezar ¡como si nada hubiera pasado! Como si todo estuviera bien. Como si Dios no supiera lo que realmente hicieron y la maldad de su corazón. Yesha’ayahu les explica que eso es inaceptable: que la honestidad y la moralidad, la no explotación de los más débiles, es una obligación religiosa imperiosa. Y que cuando una persona se comporta piadosamente en el Templo y es un corrupto en sus negocios, ¡es un hipócrita! Y HaShem detesta la hipocresía religiosa más que la no religiosidad. Dios no está recluido en el Templo. Él sabe lo que hacemos. Rechaza la oración de los corruptos y demanda que nuestra vida sea honesta y virtuosa no solo en el Templo, sino también (o especialmente) fuera del Templo!

Yesha’ayahu también les dice que no están condenados para siempre a ser ignorados por Dios. Les explica que si una persona corrupta se arrepiente, mejora su comportamiento y se vuelve honesta, HaShem lo aceptará nuevamente. Para que esa situación se revierta y Dios esté dispuesto a escuchar sus oraciones, Yesha’ayahu les dice lo que tiene que hacer:

(1: 16-17)

“…Purifíquense [de sus malas acciones]. Dejen de hacer el mal, aprendan a practicar la justicia, busquen la rectitud, defiendan a los oprimidos, luchen por la causa del huérfano, y defiendan a las viudas “.

Cuando HaShem ve nuestro arrepentimiento nos acepta nuevamente y escucha nuestras oraciones. Y así tendremos el mérito de ver nuevamente nuestro Bet haMiqdash reconstruido.




RESUMEN DE LA PARASHA DEBARIM

Moshé se dirige al pueblo de Israel, la nueva generación de israelitas que está a punto de ingresar a la tierra de Israel, en un extenso discurso que comienza recordando los eventos que ocurrieron desde la salida de Egipto, 40 años atrás, hasta el presente.

Moshé también menciona la designación de líderes y jueces para ayudarlo a guiar al pueblo. Esta medida sería tomada luego como el ejemplo de cómo organizar el sistema judicial en el pueblo de Israel.

Luego relata lo acontecido con los espías y cómo –con la excepción de Yehoshua y Caleb– desalentaron al pueblo judío y generaron una crisis que impidió a esa generación ingresar a la tierra Prometida. Esta grave crisis provocó que el pueblo de Israel tuviera que deambular 40 años en el desierto.

Dios le dice a Moshé que ya habían estado en esa región montañosa el tiempo suficiente y que ahora finalmente deben dirigirse hacia la tierra prometida e instruye al pueblo a no enfrentarse con los descendientes de Esav, la nación de Se’ir, y no provocarlos. Además, les ordena que compren de ellos, y no tomen por la fuerza, la comida y el agua que necesiten, ya que Dios no les concederá ninguna parte de la tierra de Se’ir. También le indicó a Moshé que no hostiguen ni provoquen a los Moabitas y Amonitas, ya que Dios ha otorgado su tierra como posesión a los descendientes de Lot.

El pueblo de Israel pasó 38 años viajando desde Kadesh-Barnea hasta cruzar el río Zared, y toda la generación anterior pereció en el desierto, tal como Dios lo había indicado.

Moshé le recuerda al pueblo que envió  mensajeros al rey Sijón ofreciéndole la paz y pidiéndole permiso para pasar por su tierra. Pero Sijón se negó a dejar pasar a los israelitas. El pueblo judío se enfrento a Sijón, el emorita, rey de Jeshbón, y conquistó su tierra. La Torá entonces detalla la conquista de las tierras de Sijón y Og, en el lado oriental del río Jordán. Estas tierras serán adjudicadas a las tribus de Ruben, Gad y una parte de la tribu de Menashé




Los dos rabinos que le regalaron a Estados Unidos el fin de semana

En ocasión del 250.º aniversario de la independencia de los EE. UU., escribí este artículo donde se habla de un tema muy poco conocido: cómo dos rabinos, uno sefaradí y otro ashkenazí, en los turbulentos años previos al siglo XX, colaboraron para la creación del fin de semana —sábado y domingo— que hoy damos por entendido.

En este artículo se puede observar también cómo los principios religiosos inamovibles y no negociables, al final, son los que permanecen: se transmiten de generación en generación y dejan su conciencia positiva en la sociedad y en el mundo. ¡Una gran lección! El artículo lo escribí en inglés y fue publicado por la revista Tablet. Aquí comparto mi traducción al español.

Cómo dos rabinos ortodoxos se negaron a comprometer la ley judía y ayudaron a rediseñar la vida norteamericana

Este 4 de julio, Estados Unidos celebra 250 años de libertad. Entre las más norteamericanas de esas libertades está el derecho de la Primera Enmienda a practicar la propia religión como uno elija. Solemos pensar en ese derecho como una protección pasiva, una línea que el Estado no cruzará. Pero la libertad religiosa en Estados Unidos rara vez fue tan simple. De hecho, en dos batallas famosas y decisivas, esa libertad se jugó gracias al esfuerzo de dos rabinos que, negándose a entregar el Shabbat judío, le dieron a Estados Unidos una de sus instituciones más apreciadas: el fin de semana.

Para entender cómo, hay que volver al comienzo del siglo XX. En ese entonces, la observancia del Shabbat en Estados Unidos se derrumbaba. La semana laboral era de seis días, de lunes a sábado, y casi ningún empleador —ni siquiera muchas fábricas de dueños judíos— daba el sábado libre. Al inmigrante judío que se negaba a trabajar en Shabbat lo despedían, muchas veces, antes del lunes por la mañana.

Peor todavía: cada estado tenía sus “blue laws”, leyes del descanso dominical cristiano que obligaban a la mayoría de los comercios a cerrar el domingo. El propósito de esas leyes era abiertamente religioso: el mercado se detenía para que trabajadores y comerciantes pudieran ir a misa el domingo por la mañana. Pero para el judío observante del Shabbat, la cuenta era brutal: cerraba su negocio el sábado para cumplir con la ley de la Torá, y lo mantenía cerrado el domingo para cumplir con la ley del gobierno. Es decir: los comercios de judíos observantes podían abrir no más de cuatro días y medio a la semana, mientras que los de todos los demás abrían seis.

Había una salida obvia. En Alemania, en la década de 1840, el reformador radical Samuel Holdheim trasladó los servicios principales de su congregación al domingo. ¿Para qué insistir en el sábado —argumentaba— si lo esencial era simplemente tener un día de descanso espiritual? La idea cruzó el Atlántico. En 1885, la conferencia rabínica reformista de Pittsburgh declaró que la observancia no tenía por qué limitarse al séptimo día, y algunas congregaciones empezaron a hacer sus servicios el domingo por la mañana. El arreglo resolvía el problema económico de inmediato. No había peleas con los empleadores, ni choque con las blue laws, ni riesgo de quedar desempleado.

Pero los líderes rabínicos ortodoxos entendían que esa acomodación resolvía el problema equivocado. El Shabbat nunca fue solo un día libre. Era el día alrededor del cual giraba todo lo demás en la vida judía. Y una vez que la observancia del Shabbat se debilitara, también las festividades que él ancla empezarían a desvanecerse, y los ritmos de la vida judía se deshilacharían. Lo más grave de todo: la transmisión del judaísmo de padres a hijos quedaría en riesgo.

Y por eso, dos rabinos tomaron el otro camino. Se negaron a tratar el Shabbat como algo negociable, y pasaron el siguiente medio siglo defendiéndolo.

El Rab Hayim Pereira Mendes (1852-1937) —conocido en su vida norteamericana como Henry— fue una de las grandes voces sefaradíes de su generación. Nació en Birmingham, Inglaterra, en una distinguida familia rabínica sefaradí con raíces en Jamaica, Londres y Ámsterdam. Llegó a Nueva York en 1877 para servir como ministro y jazán de la Congregación Shearith Israel, la sinagoga española y portuguesa fundada en 1654, la congregación judía más antigua de Norteamérica.

Mendes le dio al judaísmo tradicional en Estados Unidos algo que necesitaba con urgencia: un inglés refinado y elocuente. No fue casualidad. Su abuelo materno, el Rab David Aaron de Sola, jazán de la sinagoga Bevis Marks de Londres, pronunció allí el primer sermón en inglés que se escuchó en ese templo, en 1831. Su padre, el Rab Abraham Pereira Mendes, fue el primer judío sefaradí en publicar un volumen de sermones en inglés. Mendes llevó esa tradición del otro lado del Atlántico y tradujo un judaísmo normativo, sin concesiones, a un inglés norteamericano digno. En un momento en que muchos rabinos ortodoxos todavía predicaban sobre todo en ídish o alemán, Mendes llevó una voz inglesa del judaísmo tradicional directamente a los tribunales, las legislaturas, las universidades y los diarios, sin diluirla.

No fue un caso aislado. Para los judíos sefaradíes, la respuesta a la asimilación nunca fue comprometer los principios. Fue la traducción: no solo hablar en un idioma familiar, sino adoptar todo lo de la cultura circundante que no contradijera la observancia de la Torá, tratando al mismo tiempo la ley judía como completamente innegociable.

Ese era el mundo de Maimónides, que escribió su mayor obra filosófica en árabe, el idioma de sus vecinos, y defendió el judaísmo en los mismos términos que usaban sus contemporáneos musulmanes, sin entregar un solo principio judío. Era el mundo de los judíos españoles y portugueses de Ámsterdam y Londres, que se vestían, hablaban y se comportaban como los principales ciudadanos de sus ciudades sin dejar de ser completamente fieles a la Torá. Y era también el mundo de Mendes. Cuando escribió su libro más famoso, The Jewish Religion Ethically Presented, explicó cada ley y cada ceremonia del judaísmo en el lenguaje que sus lectores norteamericanos respetaban —el lenguaje de la ética, el carácter y la razón— y no cambió nada de la ley misma. Porque venía de esa tradición sefaradí, no creía que un judío tuviera que elegir entre ser plenamente judío y estar plenamente en su casa en Estados Unidos: se podía ser las dos cosas. La Torá y la observancia del Shabbat no eran negociables, pero la forma de explicarlas sí.

Su compañero ashkenazí en esta lucha fue el Rab Bernard Drachman (1861-1945). Nació en la ciudad de Nueva York, hijo de padres inmigrantes de Galitzia y Baviera, y se graduó en Columbia College en 1882. Una congregación reformista financió sus estudios en Alemania, esperando que volviera como rabino reformista. En cambio, tras encontrarse con la piedad y la seriedad intelectual de la ortodoxia de Europa del Este, regresó a Estados Unidos convertido en un judío ortodoxo comprometido, para asombro de quienes lo habían patrocinado.

Drachman fue el primer rabino ortodoxo nacido en Estados Unidos en predicar en inglés en ese país. Durante más de 50 años lideró la Congregación Zichron Ephraim, en la calle 67 Este, y más tarde la Park East Synagogue. Juntos, Mendes y Drachman demostraron que el judaísmo tradicional no era una reliquia del Viejo Mundo, sino que podía volverse norteamericano sin entregar sus principios.

Los dos construyeron instituciones. En 1898, Mendes fundó la Union of Orthodox Jewish Congregations of America —la Orthodox Union de hoy— y fue su primer presidente. Drachman fue el segundo, entre 1908 y 1920. Mendes dirigió la Jewish Sabbath Observance Society, y Drachman la Jewish Sabbath Alliance of America, un grupo dedicado a ayudar a los judíos a guardar el Shabbat sin sufrir consecuencias insostenibles.

Su trabajo era muchas veces poco glamoroso e intensamente personal. Mendes mantenía una oficina junto a Shearith Israel abierta de la mañana a la noche. Día tras día llegaban judíos observantes del Shabbat que habían perdido su empleo por negarse a trabajar el sábado. Una y otra vez, Mendes los ayudaba personalmente a encontrar un nuevo trabajo. Viajó repetidas veces a Albany para testificar contra las leyes de cierre dominical, luchó para que se eximiera a los estudiantes judíos de los exámenes fijados en días festivos judíos, y peticionó al gobierno para que se les diera a los soldados judíos permiso en Yom Tov. Drachman puso a su propio hermano Gustave, abogado, como asesor legal de tiempo completo de la Sabbath Alliance, defendiendo durante décadas a comerciantes judíos procesados bajo las leyes de cierre dominical.

Durante años presionaron su causa, sin éxito, a través de las legislaturas, los tribunales y las apelaciones directas a los empleadores. Organizaciones sabatarias cristianas como la Lord’s Day Alliance derrotaban una y otra vez los pedidos judíos de excepción, mientras los comerciantes no judíos argumentaban que permitir que los judíos cerraran el sábado en lugar del domingo les daba una ventaja comercial injusta.

Después de décadas de no lograr convencer a los norteamericanos de que honraran el Shabbat judío, Drachman propuso algo audaz. En lugar de forzar a cada ciudadano al mismo calendario religioso, ¿por qué no crear dos días de descanso? Que los judíos observaran el sábado y los cristianos el domingo, y que se alentara a Estados Unidos a adoptar una semana laboral más corta.

En 1915, Drachman llevó ese argumento directamente a territorio hostil cuando viajó al Lord’s Day Congress en Oakland, California, una reunión nacional de los mismos sabatarios cristianos que durante tanto tiempo se habían opuesto a los pedidos judíos. De pie ante hombres que habían rechazado sus apelaciones una y otra vez, Drachman habló con respeto pero sin disculparse. El Shabbat judío, les recordó, estaba en los Diez Mandamientos. No era negociable. Pero si cada comunidad religiosa podía preservar su propio día sagrado con dignidad, mientras los trabajadores ganaban más tiempo para la familia y el descanso, la propia sociedad norteamericana saldría beneficiada.

A diferencia del mes y del año, la semana de siete días no tiene base en la astronomía ni en la naturaleza. El ciclo continuo de seis días de trabajo seguidos de un séptimo sagrado entró en la civilización mundial a través de la propia Biblia hebrea. Dos rabinos ortodoxos le estaban pidiendo ahora a la nación industrial más poderosa de la tierra que reorganizara el trabajo moderno en torno a ese antiguo ritmo bíblico.

Es cierto que los rabinos ortodoxos no establecieron solos la semana laboral de cinco días: los sindicatos, los reformadores industriales y las nuevas teorías sobre la productividad contribuyeron todos a su surgimiento. Pero ellos ayudaron a construir el argumento moral y político años antes de que se volviera práctica habitual, y lo hicieron precisamente porque se habían negado a dejar que la distinción judía se disolviera en la cultura circundante.

Drachman pudo dar ese argumento en Oakland justamente porque no había movido el Shabbat al domingo. Fue la insistencia en el sábado —lo mismo que hacía que los judíos observantes resultaran incómodos para el sistema existente— lo que con el tiempo pasó a formar parte de un replanteo más amplio del trabajo, el descanso y la libertad religiosa en Estados Unidos.

La idea se difundió despacio al principio, y después con una velocidad notable. A partir de 1919, la Sabbath Alliance unió fuerzas con sindicatos liderados por judíos. En 1920, la Amalgamated Clothing Workers of America respaldó la semana laboral de cinco días. En 1924, una convención de rabinos ortodoxos de Nueva York, Nueva Jersey y Connecticut respaldó formalmente el fin de semana de dos días; ese mismo año, 50.000 trabajadores textiles fueron a la huelga en apoyo de la medida. Dos años después, el número se duplicó: 100.000 trabajadores textiles en Nueva York y Filadelfia. Para 1927, la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos declaró que la semana de cinco días era prácticamente el estándar en la industria de la confección, y de ahí se extendió por toda la economía norteamericana.

Mendes fue testigo de esa transformación antes de morir en 1937. Drachman vivió hasta 1945, lo suficiente para ver el Shabbat observado de nuevo en el séptimo día por miles de judíos norteamericanos, por primera vez en casi un siglo.

Hoy, cuando Estados Unidos celebra su cumpleaños histórico, el fin de semana se volvió tan común que casi nadie se pregunta de dónde vino. La respuesta, en parte, son dos rabinos ortodoxos que se negaron a mover el Shabbat al domingo. Lo que hacían, sin saberlo del todo, era la tarea inconclusa de la libertad religiosa norteamericana. No se propusieron darle a Estados Unidos el fin de semana. Simplemente no estaban dispuestos a renunciar al Shabbat. Y precisamente porque no se doblegaron, Estados Unidos terminó adaptándose a sus principios.




I ❤️ ISRAEL: Har HaMenujot, y un cartel que te deja pensando

נְקֹם נִקְמַת בְּנֵי יִשְׂרָאֵל מֵאֵת הַמִּדְיָנִים אַחַר תֵּאָסֵף אֶל־עַמֶּיךָ׃

Dios le dice a Moshé: “Lidera la batalla de los hijos de Israel contra los midianitas; después te reunirás con [las almas de] tu pueblo” (Bamidbar 31:2).

MISIÓN Y SACRIFICIO

En la parashá de esta semana, Moshé Rabenu nos enseña una gran lección: cómo combinar dos sentimientos opuestos que se complementan.

Por un lado, HaShem le dice: ve y lucha contra los midianitas, y después “te reunirás con tus antepasados”. Es decir: vas a fallecer. Esta guerra será tu última misión. Moshé lo entiende. Sabe que su cuerpo va a regresar al polvo, y que su alma se unirá a sus antepasados. Y no se resiste ni negocia. Reconoce su naturaleza efímera y acepta, con humildad, su mortalidad.

Por el otro lado, Moshé también sabe que él es imprescindible como líder. No le dice a HaShem: dale esta misión a Yehoshúa, yo estoy cansado, que la haga otro. Moshé sabe su valor. Sabe que él es irreemplazable. Insustituible. Pero no siente vanidad. Asume su rol protagónico y toma sobre sí la responsabilidad hasta el último día.

En Moshé, estas dos ideas opuestas —humildad y autovaloración— se complementan.

BET VAAD LEJOL JAI

Ayer, jueves, visité Har Hamenujot, el cementerio judío más grande de Yerushalayim. Está en Guivat Shaul. Tiene unas 58 hectáreas (como referencia, son unos 80 estadios de fútbol). Hay más de 200.000 tumbas. Y allí descansan algunos de los más grandes rabinos de las últimas generaciones: el Rab Jayim Yosef David Azulai; el Rab Mordejai Eliyahu; el Rab Shalom Messas; y el Rab Yaakob Yosef, entre muchos otros.

Debo confesar algo: generalmente no visito cementerios. Sigo la opinión de Maimónides, que escribe que uno no debe frecuentar las tumbas (Hiljot Ébel 4:4). Y allí mismo enseña que no es el texto grabado en la piedra (nefesh) lo que los recuerda, sino sus enseñanzas. Sus palabras y acciones, cuando las recordamos, son su verdadero monumento. En lo personal, creo que la mejor forma de honrar la memoria de nuestros Jajamim es, como dice Maimónides: leer, estudiar y enseñar sus ideas.

Tuve el zejut de escribir las biografías y las ideas de más de 120 Jajamim sefaradim “ignorados”. Y publiqué dos libros sobre ellos que llamé “Gigantes Olvidados”. Cada vez que escribo sobre uno de estos rabinos me acuerdo de lo que dijo HaRambam, y Jazal, sobre el versículo de Shir haShirim: “dobeb sifté yeshenim” — cuando uno repite, ¡cuando uno enseña!, las palabras de un Jajam que ya falleció, “sus labios se mueven en su sepultura” (Yebamot 97a). Invocar su memoria es un acto de tejiyat hametim. Desde este punto de vista, visitar los libros de los Jajamim tiene más impacto en la elevación de su memoria que visitar sus tumbas.

EL CARTELITO QUE TE HACE PENSAR

Fui a Har Hamenujot pensando en nuestros patriarcas. Abraham adquirió en vida la Meará de Majpelá en Jebrón (Bereshit 23). Negoció, pagó, y aseguró su lugar y el de Sará. No esperó, ni dejó esa tarea para sus hijos. Pensar en el final es parte de vivir con lucidez, y es señal de humildad ante la propia mortalidad.

Al llegar al cementerio, un pequeño cartel me hizo detenerme y pensar. Era muy simple. Citaba dos textos famosos.

El primero, una frase de la Mishná: “Bishvilí nibrá haolam” — “El mundo fue creado para mí” (Sanhedrín 4:5).

El segundo, las palabras de Abraham Abinu: “Veanojí afar vaéfer” — “Yo solo soy polvo y ceniza” (Bereshit 18:27).

Dos ideas opuestas. Pero la sabiduría está en la combinación de las dos.

Comencemos por la segunda idea, que expresa nuestra increíble pequeñez. Somos átomos, polvo que vuelve a la tierra. Cuanto más conocemos el universo, más pequeños nos vemos. En el espacio, nuestro planeta entero es apenas un punto azul pálido, un “pale blue dot”, como decía Carl Sagan. En julio de 1994 el cometa Shoemaker-Levy 9 impactó contra Júpiter, y destruyó una superficie más grande que toda la Tierra. Fue algo casi trivial en nuestro pequeño sistema solar, pero que te deja pensando —y temblando— acerca de nuestra fragilidad cósmica. Somos pequeños en el espacio, y efímeros en el tiempo. Una ilusión de no más de 120 años. Moshé Rabenu reconocía que su reducción al polvo de la tierra era inevitable, y eso lo mantenía humilde. Pero también tenía conciencia de su misión existencial, que era más importante que su supervivencia.

La primera idea es que “el mundo fue creado para mí”. A primera vista suena narcisista. ¡Pero no lo es! La Mishná nos enseña a vernos como protagonistas centrales en los planes del Creador. Como en The Truman Show: donde todas las cámaras están enfocadas en una sola persona. Es la forma en que los Jajamim nos enseñan a mirarnos, para tomar conciencia de un rol único y central en los planes del Creador, y darnos cuenta de nuestra trascendencia y potencial.

LOS DOS PAPELITOS

El Rab Simjá Bunim enseñó que estas dos ideas hay que llevarlas como dos papelitos, uno en cada bolsillo, toda la vida. En un bolsillo: “el mundo fue creado para mí”. En el otro: “yo soy polvo y ceniza”. Los dos papelitos dicen una verdad. La grandeza está en saber cuál leer, y cuándo.

Cuando uno se siente deprimido, “aplastado” por la vida, debe meter la mano en el primer bolsillo. Fui creado con talentos únicos, y no los debo desperdiciar. No dejar pasar un solo día sin utilizarlos: para Am Israel, para acercarme al Creador, para influir positivamente en los demás. Cuando uno se siente insignificante, olvidado, tiene que recordar esta idea: el mundo fue creado para mí. Solo yo soy capaz de hacer algo que ningún otro ser humano puede hacer.

Y si uno empieza a sentirse superior a los demás, hay que sacar el segundo papelito del bolsillo. Polvo y ceniza, como dice esa canción en inglés que yo escuchaba de joven, sobre la fugacidad de la vida: “All we are is dust in the wind.” Todo lo que somos es polvo, arrastrado por el viento. Pequeñez y efemeridad. Los 120 años pasan volando.

Ninguna de las dos verdades alcanza por sí misma: la humildad sin sentido de propósito te hunde; el sentido de propósito, el reconocer cuánto uno vale, sin humildad, te hace vanidoso. La sabiduría es saber cuál sacar del bolsillo en cada momento.

Y por eso el cartel está justo allí, en la entrada del cementerio. Porque es el único lugar donde los dos papelitos se abren al mismo tiempo. Cada tumba declara que uno es “afar vaéfer”: polvo que regresó al polvo. Pero cada tumba es también un testimonio de “bishvilí nivrá haolam”: que aquí descansa un ser humano único, con talentos divinos, que marcó una diferencia en el mundo.




I ❤️ ISRAEL: El desafío de ayunar en Israel

Ayer fue el 17 de Tamuz, un día de ayuno que inaugura un período de duelo que irá creciendo hasta el día 9 de Ab. Recordamos las cinco tragedias que golpearon al pueblo judío en esta fecha: el quiebre de las Tablas de la Ley, la traición de Menashé, la cancelación de los sacrificios y la brecha en las murallas de Yerushalayim.

En la diáspora, incluso en los lugares más cómodos del mundo judío, cada vez es menos difícil sentir el duelo. Para experimentar estos ayunos correctamente, uno debe sentirse “exiliado”; fuera de su casa; demonizado y odiado por los anfitriones. Pero aquí en Israel, ¿cómo se hace para sentir este tipo de duelo? Y no porque a Israel le falten amenazas externas o problemas internos. Es que acá cuesta estar triste, disfrutando de la extraordinaria oportunidad que HaShem le da a nuestra generación: vivir en Su país y servirlo a Él en Su lugar de residencia.

LOS NÚMEROS

Este sentimiento “contagioso” de felicidad que se siente aquí no es pura teoría o subjetividad. Aquí también hay números.

En el índice internacional de felicidad de 2026 —el World Happiness Report, que mide 147 países— Israel ocupa el puesto 8 del mundo. Por segundo año consecutivo. ¡En plena guerra con Irán y compañía!

Y el dato más notable: son los israelíes menores de 25 años, la generación del futuro, los que ocupan el tercer lugar del mundo. Los jóvenes que hacen el servicio militar, que corren a los refugios, que sufrieron el trauma de los secuestrados, que enterraron amigos. Terceros en felicidad, muy por delante de sus pares de Occidente. En Estados Unidos, por ejemplo, los jóvenes rondan el puesto 60. Y los vecinos de Israel, como Egipto: puesto 139. O Líbano: 144.

Y esto no es solo estadística: ¡uno lo ve en la calle! En los shoppings. Restaurantes llenos, familias con muchos hijos, gente que disfruta el presente y planea el futuro.

Es el milagro más grande: que el país más amenazado del mundo sea el país más alegre de Occidente.

EL SECRETO

¿Cómo se explica? Los investigadores hablan de lazos familiares, de cohesión social. Todo cierto. Pero yo creo que hay algo más: aquí hay un sentido de propósito.

El israelí común —el soldado, el agricultor, la madre que cría cinco hijos— sabe que su vida diaria es parte de algo más grande que él. No está simplemente “viviendo su vida”: está cuidando la casa. La casa de todo el pueblo judío del mundo. Cada judío del planeta, lo sepa o no, tiene aquí su casa. Y si alguna vez la necesita —si algún día su país de residencia deja de ser 100% seguro— aquí lo esperan su refugio, su seguridad y su futuro. Los israelíes son los guardianes de esa casa. Y el que cuida la casa de todo un pueblo no tiene tiempo para el vacío existencial.

La psicología moderna lo confirma: la felicidad no viene del confort, viene del propósito. Por eso los jóvenes israelíes, que saben lo que hacen, por qué lo hacen y para quién lo hacen, con todo lo que cargan sobre los hombros, son más felices que los jóvenes que tienen todas las comodidades y ninguna misión en la vida —ninguna forma de impactar con sus acciones el destino de una nación.

Por eso el 17 de Tamuz en Israel tiene otro sabor. Ayunamos por las murallas que se quebraron, mientras estamos rodeados de las murallas que se están construyendo.

La Mishná (Taanit 4:8) nos recuerda claramente que algún día estos ayunos se convertirán en jornadas de alegría. Aquí en Israel, no parece que estemos muy lejos de ese día.