RESUMEN DE PARASHAT EQUEB

Esta Parashá continúa con el discurso de Moshé Rabbenu antes de despedirse definitivamente del pueblo judío, ya que Dios no le permitirá ingresar a Israel con el resto del pueblo. Moshé habla de las bendiciones que Dios brindará a Israel por cumplir la Torá. Y estas bendiciones, a su vez, le van a permitir al pueblo cumplir con la Torá en paz y sin sufrir persecuciones o pobreza material. Moshé les recuerda que HaShem es quien los asistirá en la guerra contra los enemigos y los ayudará a conquistar la tierra desplazando a los habitantes de Canaán.

Moshé también les advierte del peligro de olvidarse de Dios cuando uno se cree fuerte y poderoso, o cuando tiene su estómago lleno y piensa que ya no necesita de la asistencia divina. Una de las formas de recordar a Dios es la recitación del Birkat HaMazón, la mitsvá de agradecer a Dios después de comer.

Moshé advierte al pueblo sobre el peligro de la prosperidad y cómo la riqueza puede llevarlos a olvidarse de Dios y practicar la idolatría. La idolatría siempre se asoció con la superstición. Cuando uno tiene riquezas y no se concentra en darle el crédito a Dios por lo que uno tiene y agradecerle por Su generosidad, tiende a buscar “métodos mágicos de protección”, directa o indirectamente asociados a la idolatría, ya que invocan poderes ajenos a la Torá. Esta adicción a la superstición termina alejando al hombre de Dios. Los judíos debemos ser humildes en tiempos de prosperidad económica y éxitos militares y recordar que es Dios, y no nuestro propio poder, quien nos concede el triunfo y el bienestar.

El pueblo está por ingresar a la tierra de Israel, que tendrán que conquistar militarmente. De las palabras de Moshé se puede percibir que tenían miedo de no ser merecedores de la asistencia divina en la difícil batalla que les espera, por culpa de los pecados de sus padres. Moshé les explica que, luego del pecado del becerro de oro, el pueblo judío perdió parte de su mérito. Pero les asegura que esto no debe desmoralizarlos en sus próximas batallas, ya que HaShem les otorgará la victoria y con Su ayuda derrotarán a los habitantes de Canaán. Moshé les cuenta que los habitantes de esa tierra merecen ser expulsados de la tierra santa por sus propias malas acciones, como la idolatría, el asesinato y la promiscuidad.

Luego les presenta otros factores que también contribuirán a la futura victoria de Israel, a pesar de no ser completamente merecedores de la misma: en primer lugar, que Dios le prometió a Abraham, Yitsjaq y Ya’aqob que sus descendientes heredarán su tierra. Y en segundo lugar, que si Dios no les concede la victoria, el nombre de Dios será profanado entre las naciones, ya que cuestionarían Su poder para proteger a Su nación y cumplir Su promesa con ellos.

Moshé plantea la famosa pregunta: “¿Qué quiere Dios de nosotros?” Y su respuesta es que Dios quiere que sigamos los caminos de rectitud, ayuda al prójimo y justicia, por nuestro propio bien.

Gran parte de esta Parashá está dedicada a describir las hermosas características de la tierra de Israel. Y también se explica, en lo que hoy conocemos como el segundo párrafo del Shemá Israel, que la tierra de Israel, supervisada directamente por Dios, “reaccionará” por instrucción divina a nuestro comportamiento: por un lado, recompensará con abundantes lluvias nuestra lealtad a Dios. Por el otro lado, los cielos se cerrarán, no habrá lluvias y nuestra permanencia en la tierra será imposible si traicionamos nuestro pacto con Él. Como consecuencia de la pobreza, tendremos que abandonar la tierra prometida y escapar como refugiados a un exilio hostil.

El pueblo de Israel obtendrá la victoria sobre sus enemigos, logrará conquistar la tierra prometida y podrá habitar en ella para siempre si escucha los mandamientos y sigue los caminos de HaShem.




EQUEB: “Comerás, te saciarás y bendecirás a HaShem tu Dios”

וְאָכַלְתָּ וְשָׂבָעְתָּ וּבֵרַכְתָּ אֶת ה׳ אֱלֹקֶיךָ

Frente a toda esta superabundancia bíblica que disfrutamos hoy, la Torá nos pide una sola cosa: agradecer a Dios. Reconocer que la abundancia viene de Él. Así lo dice el pasuq: cuando estés en la tierra de Israel, “comerás, te saciarás y bendecirás a HaShem tu Dios por la tierra buena que te concedió” (Debarim 8:10).

Literalmente la Torá nos indica “bendecir al Creador”. Pero bendecir a Dios no significa desearle algo a Dios — como cuando bendecimos a una persona pobre o enferma, deseándole que tenga lo que le falta. A Dios no le falta nada. Bendecir a Dios significa RECONOCERLO, IDENTIFICARLO, atribuirle a Él lo que tenemos. Ese reconocimiento es el prerrequisito de todo acto de gratitud. Cuando decimos “Baruj” declaramos que Él es el origen de todo lo que tenemos.

Y este sencillo reconocimiento transforma la experiencia material de comer en un acto espiritual: descubrir al Creador cada vez que nos alimentamos.




EQUEB Vacas Lecheras y Dátiles Medjool

אֶרֶץ זָבַת חָלָב וּדְבָשׁ

 

El Creador te ha concedido “una tierra que mana leche y miel” —

Debarim 11:9

LA PROMESA

Nuestra Parashá llama a Israel “la tierra que mana (= que produce) leche y miel”. Es quizás la descripción más famosa de toda la Torá. Y durante miles de años fue también la más difícil de creer: los judíos, generación tras generación, leímos estas palabras sin ver ni la leche ni la miel. Sonaban a fantasía. Hasta ahora…

Moshé Rabbenu le describe al pueblo la tierra de Israel: “una tierra… de arroyos, de manantiales y de agua potable que brotan en el valle y en la montaña; tierra de trigo y cebada, de vid, higuera y granada; tierra de olivos de aceite y de miel” (Debarim 8:7-8).

 

Pensemos en quiénes escuchaban estas palabras. La mayoría, una generación que nació en el desierto. Gente que jamás vio un campo de trigo ni un olivo. Que no sabía lo que era una fruta fresca. Que nunca cosechó nada. Que comió, toda su vida, el maná que bajaba del cielo, racionado, como “comida de astronauta” (con un poco más de sabor). A ellos, Moshé les habla de arroyos, de uvas, de higos, de pan en abundancia — y de algo que ni podían visualizar: leche y miel (Debarim 11:9).

Pero no solo para la generación del desierto la leche y la miel de Israel fueron una utopía inalcanzable: durante los últimos 2,000 años, ¡esta descripción siguió sonando a fantasía para todas las generaciones que vinieron después!

 

LA LIBRETA DE RACIONAMIENTO

Durante siglos, los que visitaron la tierra de Israel vieron exactamente lo contrario de lo que describe nuestra Parashá: pantanos, malaria, piedras, desolación. Los pocos judíos que vivían allí dependían, en gran parte, de la caridad de las comunidades de la diáspora. El rab Obadiá de Bertinoro, que llegó a Israel en 1488, cuenta que el rabino de Jerusalem era Ya’aqob de Colombano: era tan pobre que únicamente se permitía comer un pedazo de pan durante Shabbat, mientras que durante la semana se alimentaba de las vainas secas de algarrobo que los productores árabes desechaban después de producir la miel de algarrobo. ¡Ni esa miel barata podían probar los judíos!

Pero no hace falta ir tan atrás. Vayamos a 1950, dos años después de la fundación del Estado de Israel. El país no producía comida suficiente para su población, y el gobierno impuso un régimen de austeridad: la tzena’ (צנע, “austeridad” en hebreo). Cada familia recibía una libreta de racionamiento. La ración mensual por persona era de: 12 huevos, 200 gramos de queso, 750 gramos de carne. ¿Y la leche? La leche fresca escaseaba tanto que las cuotas se fijaban por edad — los niños primero — y buena parte del país hacía fila para comprar leche en polvo importada.

Leamos esto de nuevo, despacio: ¡en la tierra de la leche y la miel, la leche estaba racionada! Y no en la época de los romanos ni de los otomanos. Hace solo 70 años. Conozco abuelos en nuestras comunidades que hicieron la fila con esa libreta. ¿Qué habrán pensado, en los años 50, de la promesa de leche y miel? ¿Que era una metáfora?

LA LECHE

Hoy vivimos tiempos absolutamente privilegiados en Israel: tiempos de una abundancia desproporcionada que, si eres judío, puedes llamarla sin vergüenza: ¡”abundancia bíblica”! Es decir: prometida por la Torá.

Tomemos por ejemplo la leche. Israel produce leche en números récord. Y las vacas israelíes — ¡ajústense los cinturones! — producen más leche que las vacas del mundo entero. No es una exageración: son los datos oficiales de la industria láctea internacional. Las vacas israelíes producen en promedio más de 12,000 litros por año. Las siguen Dinamarca y Holanda, con poco más de 10,000; y otros países verdes, húmedos y de pasturas infinitas, como Argentina, con unos 6,500.

¿Saben dónde vive la vaca con el récord absoluto de producción de leche del planeta? Ni en los Alpes suizos ni en la quebrada de Humahuaca. ¡Vive en un kibutz! Sa’ad, a pocos kilómetros de la franja de Gaza (dairyschool.co.il/world-record-holder-milking-cow). No es el pasto ni las llanuras. Es la berajá que HaShem le da a esta tierra.

Las berajot que la Torá prometió hace 3,500 años y que nunca pudimos percibir ¡se están cumpliendo hoy — literalmente, HOY — frente a nuestros ojos!

 

LA MIEL

¿Y la miel? Aclaremos primero que cuando la Torá habla de miel no se refiere a la miel de abejas, sino al “almíbar dulce” que se produce de los dátiles. Cuando el dátil del Medio Oriente madura, se vuelve blando, almibarado y pegajoso: al tocarlo, prácticamente exuda un jugo que se pega en la piel como la miel.

El Medjool es el dátil más famoso del mundo: grande, dulce y carnoso — el rey de los dátiles. ¿Y adivinen qué país es el primer exportador mundial de dátiles Medjool? (Ajústense otra vez los cinturones): ¡Israel! Exporta estos sabrosos dátiles a unos 60 países y concentra ¡la mitad de las exportaciones globales! Crecen en el valle del Arabá y a lo largo del valle del Jordán. Y este imperio del dátil es una industria relativamente nueva, que despegó en los 90 como un start-up.

La tierra que mana miel de dátiles hoy exporta su miel a los cinco continentes.

 

MÁS QUE LECHE Y MIEL

La leche y los dátiles son solo dos ejemplos de algo más grande. Israel es un país con más de la mitad de su territorio desértico, sin ríos importantes, sin lluvias durante seis meses al año, rodeado de enemigos y en guerra desde su fundación. Pero tiene BERAJÁ. Y no solo se alimenta a sí mismo: también exporta comida al mundo entero. Frutas, verduras, semillas, tecnología agrícola. ¡Hasta el agua se produce en Israel! Se desaliniza el mar para beber y se reciclan las aguas para regar los campos, en proporciones que ningún otro país del mundo se le acerca.

אֲשֶׁר לֹא בְמִסְכֵּנֻת תֹּאכַל בָּהּ לֶחֶם “El pan que comas en Israel no lo comerás con escasez” (Debarim 8:9). La generación del desierto que escuchó esta promesa no pudo imaginarla. Cien generaciones la leyeron y no la pudieron ver. Incluso nuestros abuelos tenían que comprar la leche con cupones. Y nosotros, sin darnos cuenta, somos quizás la primera generación en miles de años que ve esta berajá cumplida.

La tierra prometida que durante siglos estuvo destruida, desolada y estéril es hoy la tierra de la superabundancia: produce más leche que todo el planeta y exporta sus dátiles, con sabor a miel, al mundo entero.

Rab Yosef Bitton




Rab Shemuel HaNaguid (993-1056): Talmudista, poeta y militar

VIDA Y OBRA

Cordoba, España, y la era de oro de Sefarad.
Durante el siglo X, mientras Europa apenas sabía leer, Córdoba era la capital cultural e intelectual del mundo civilizado. Y dentro de esa ciudad florecía la comunidad judía más brillante que el exilio había conocido: es lo que se conoce como la Edad de Oro de España. El arquitecto de ese milagro fue Jasday ibn Shaprut (915–970), médico personal del Califa —el rey musulmán—, diplomático de confianza del imperio y líder de los judíos de España. Jasday entendió algo que pocos entienden: que el poder sirve para construir. Con su fortuna mantuvo a poetas, gramáticos y sabios, y estableció en Córdoba una gran academia de Talmud, dirigida por el rabino Moshé ben Janoj. Hasta entonces, cada pregunta seria de halajá tenía que ser enviada en barco hasta las academias de Babel, y volvía meses después con la respuesta. Con la academia de Córdoba, por primera vez en la historia de Sefarad, la Torá se respondía en casa.
De esas mismas cortes salió otra revolución: la escuela de gramática hebrea, donde se formalizó la lingüística bíblica, y donde el hebreo, que era una lengua de rezo, volvió a ser una lengua viva, utilizada para crear poesía, con maestros como Menajem ben Saruq y Dunash ben Labrat.
En esa ciudad, en el año 993, nació Shemuel ben Yosef ibn Nagrela. Le tocó heredar ese mundo entero. Y le tocó verlo arder.
Córdoba en llamas
En el año 1013 los soldados que el Califa de Córdoba había traído del norte de África se rebelaron contra la ciudad y la saquearon durante días. Escuelas, bibliotecas, la corte de justicia y la judería: todo dejó de existir en unas semanas.
Entre los que huyeron hacia el sur estaba Shemuel ben Yosef ibn Nagrela, que tenía apenas 20 años y llevaba consigo la Torá que había aprendido de su maestro, el rabino Janoj ben Moshé, que dirigía la yeshibá de la ciudad. Shemuel era un experto en Talmud y gramática hebrea bíblica. Además, conocía y escribía el árabe clásico (najauí) a la perfección, algo que por lo general solo sabían los hombres de la corte.
Llegó a Málaga sin nada y allí abrió una humilde tienda de especias para mantenerse.
Las cartas
La tienda estaba pegada al palacio del gobernador. Una sirvienta que trabajaba allí no sabía escribir y necesitaba mandarle cartas a su patrón, el ministro del rey de Granada. Contrató al vendedor de especias de la esquina para que se las redactara.
Cuando el ministro leyó esas cartas, preguntó quién las había escrito: la caligrafía, el estilo, la elegancia del texto no eran de una sirvienta. Mandó traer al judío a Granada y lo nombró su secretario personal.
El judío que gobernaba Granada
El ministro murió poco después y, antes de morir, le dijo al rey de Granada, Habús, que ninguno de sus consejeros valía lo que aquel judío. Habús le hizo caso y lo incorporó a su corte.
En pocos años Shemuel se transformó en el hombre que manejaba el reino de Granada: administraba el cobro de los impuestos, negociaba los tratados comerciales con los reinos vecinos y firmaba decretos en nombre del rey. Cuando Habús murió en 1038 y sus dos hijos se pelearon por el trono, Shemuel apoyó a Badís, que fue el que ganó y se convirtió en el nuevo rey.
Dieciocho años en una tienda de campaña
Después ocurrió lo que no tiene ningún otro caso parecido en toda la historia judía del exilio: durante dieciocho años, un judío observante comandó el ejército musulmán de Granada. Un judío que se lavaba las manos antes de comer pan y no montaba a caballo en Shabbat estaba al mando de varios miles de jinetes musulmanes.
Salía en campaña con las lluvias de la primavera y volvía en el otoño. Peleaba contra los reinos vecinos que se habían repartido el sur de España después de la caída de Córdoba: Almería, Sevilla, Málaga.
La batalla que lo definió fue en 1038, en un paraje llamado Alfuente. El rey de Almería marchó sobre Granada con su ministro, un hombre que llevaba años escribiéndoles cartas a los otros reyes musulmanes para exigir que ningún judío tuviera autoridad sobre creyentes, y que había prometido en público crucificar a Shemuel cuando lo tuviera enfrente. El rey de Almería murió en la retirada. El ministro fue capturado vivo y ejecutado.
Presidente de la comunidad judía
En 1027 la comunidad judía de Granada le dio el título con el que quedó en la memoria: Naguid, jefe o presidente de los judíos de España. Usó su fortuna para hacer jésed y difundir la Torá. Pagaba a copistas para reproducir el Talmud y repartía los ejemplares gratis entre estudiantes sin dinero. Mandaba dinero a las escuelas de Babel, de Jerusalem y del norte de África. Mantuvo durante años a un poeta joven, huérfano, enfermo y de difícil carácter llamado Shelomó ibn Gabirol, que le dedicó versos de admiración y después lo insultó en público.
Murió en 1056, después de una vida entera de guerra. Su hijo Yosef heredó el cargo. Pero diez años más tarde, en 1066, una turba asaltó el palacio de Granada y lo asesinó.
Y sin embargo, lo que quedó de Shemuel HaNaguid para la posteridad judía no fueron sus impresionantes victorias militares.

LA GUERRA Y LOS POEMAS
A Shemuel le encantaba escribir. Y lo hacía muy bien. Escribía por la noche antes de la batalla, escribía después de la victoria, escribía cuando volvía a Granada. No publicó sus poemas: eran hojas sueltas, cientos, acumuladas a lo largo de cuarenta años.
Su hijo Yosef, siendo todavía un chico, se puso a copiarlas y ordenarlas. Las dividió en tres libros y les puso nombres que son una declaración de lealtad a su padre: Ben Tehilim, Ben Mishlé y Ben Qohélet —”el hijo —o el descendiente— de los Salmos”, “hijo de los Proverbios”, “hijo de Kohélet”.
Ben Tehilim
Es el libro más importante. Y contiene algo que no existía en hebreo desde el tiempo de David HaMelej: poesía de guerra escrita por un hombre de fe plena en Dios en el campo de batalla.Varios de estos poemas vienen precedidos por una introducción en prosa que explica la ocasión: quién atacó, cuándo, qué pasó. Exactamente como los encabezados de los Salmos de David: “al director del coro, salmo de David, el día en que HaShem lo salvó de la mano de todos sus enemigos y de la mano de Shaúl”. Shemuel adoptó esa misma forma como para continuar el estilo del poeta, el rey David, jefe de los ejércitos judíos. Uno de esos encabezados dice que Shemuel compuso los versos y los fijó “en lugar de la Tefilá de Minjá de aquel día”.El poema de la batalla de Alfuente, la más decisiva de su vida, es el más largo: 149 versos. Describe los ejércitos en formación, la tierra que tiembla, las lanzas como relámpagos, las flechas como gotas de lluvia, el polvo que tapa el sol, la tierra que bebe sangre. “El día fue día de niebla y oscuridad —escribe— y el sol, como mi corazón, negro.” Y en medio del combate, Shemuel reza: “Los que me odian derraman sangre como agua, y yo derramo plegaria.” El poema termina con un canto de agradecimiento construido en base a Shirat HaYam y el canto de Deborá. Aquí está el link donde se puede leer: https://benyehuda.org/read/6877
Hizo algo más, y es de las cosas más conmovedoras que se saben de él: cada vez que salió vivo de una batalla, lo celebró y lo instituyó para su familia como un día de conmemoración, un Purim privado, en el que leía y repetía el poema conmemorativo.

LA GUERRA Y EL TALMUD
Shemuel HaNaguid también escribió obras de halajá, como el Hiljetá Gabratá, un código completo de toda la ley del Talmud: un antecedente de lo que unas décadas más tarde haría el Rif. Pero la obra se perdió. La conocemos solo porque los grandes rabinos de los siglos siguientes lo citan con respeto. También escribió un diccionario monumental de hebreo bíblico, que también se perdió; y las notas de sus debates sobre diqduq con Rabí Yoná ibn Janaj, de Zaragoza, sobre algunas raíces de palabras de la Torá.
De todos sus escritos rabínicos sobrevivió una pieza breve pero fundamental: Mebó haTalmud, “Introducción al Talmud”. Son pocas páginas, escritas con una economía militar, que explican cómo está armado el Talmud por dentro: qué es una Mishná y qué es una Beraitá, cómo se distingue la voz del Tanaíta de la del Amoraíta, qué significan las fórmulas que abren y cierran una discusión talmúdica, cómo se reconoce cuándo el Talmud está preguntando de verdad y cuándo está preguntando para enseñar. Es un manual para entrar en un texto que, de otra manera, es difícil de entender.

Nadie había escrito nada así antes. Y no lo escribió pensando en especialistas, sino para el estudiante que abre el Talmud y no entiende qué está mirando.
Siglos después de la muerte de su autor, cuando se fijó el formato de la página del Talmud de Vilna que seguimos usando hasta el día de hoy, los editores lo pusieron al final de masejet Berajot, el primer tratado del Talmud. Y sigue ahí, ¡en todas las ediciones estándar!

De un hombre que gobernó un reino, comandó ejércitos durante dieciocho años y sostuvo con su bolsillo las academias rabínicas de tres continentes, quedó su herencia literaria y rabínica: los hermosos poemas que copió su hijo y unas pocas pero importantísimas páginas al final de Berajot que un estudiante común abre y lee sin tener idea de a quién está leyendo.




EASY GOING: la cualidad más importante en un shidduj

Cuando alguien me consulta qué es lo más importante en un shidduj, más allá de una familia decente y valores religiosos y morales compatibles, para mí es que esa persona sea “easy going”. No sé cómo se dice exactamente en español, pero es lo contrario de “complicado”.

Easy going es alguien que sabe dejar pasar, en hebreo: מעביר על מדותיו. Que es capaz de decirle que sí a una idea distinta de la suya. Y capaz de cambiar de opinión de manera inteligente.

Piensen en lo que a veces consume a un matrimonio. No son las grandes decisiones — esas llegan cada tanto. Son las discusiones chicas que se hacen infinitas: adónde vamos la primera noche de Pésaj, cómo se va a llamar el bebé, si vamos o no a este casamiento, y quién tiene razón sobre lo que se dijo en la cena del sábado. Un matrimonio puede ser 50 años de desacuerdos menores. Con una persona easy going, cada uno de esos desacuerdos es simplemente una conversación. Con una persona “complicada”, cada una de esas conversaciones ¡se puede convertir en un juicio! Hay que presentar pruebas, llamar testigos, y esperar el veredicto — que nunca llega, porque la apelación queda abierta para siempre.

La psicología moderna tiene un nombre para el easy going. De los cinco grandes rasgos que definen una personalidad, el psicólogo Jordan Peterson insiste en uno que llama agreeableness: la disposición a cooperar, a ceder, a priorizar la paz sobre la razón. Su contrario, la persona disagreeable, es la que necesita ganar. Y ahí está la definición más corta que conozco de lo que hay que evitar: alguien a quien le importa más ganar la discusión que llegar a la verdad.

Con esa persona, cada desacuerdo se convierte en una batalla que alguien tiene que perder. Y en un matrimonio no existe eso de que uno gane: cuando uno de los dos pierde, pierden los dos. Ganaste la discusión y perdiste la noche.

Nuestros Sabios lo dijeron primero, y en cuatro palabras. En Pirqué Abot describen cuatro temperamentos, y al mejor de todos lo llaman jasid: kashé lij’os venóaj lirtsot — difícil de enojarse, fácil de aplacarse. Es exactamente la definición de “easy going”. No es un concepto americano: estaba en la Mishná hace mil ochocientos años. Y la Mishná no pide no enojarse nunca. Eso no existe, y el que dice que nunca se enoja, miente. Pide dos cosas medibles: que el enojo tarde en llegar, y que se vaya rápido.

La primera protege a tu esposa o a tu marido; la segunda protege al matrimonio.

Una aclaración importante: easy going no significa débil. No significa no tener opiniones ni convicciones, ni decir que sí a todo para evitar el conflicto — eso tiene otro nombre, y tampoco es bueno para un matrimonio, porque el que se calla todo durante diez años explota en el año once. La persona easy going tiene posiciones y las defiende. La diferencia está en el objetivo: discute para entender, no para ganar. Puede decir “tienes razón” sin sentir que perdió algo. Puede decir “me equivoqué” sin que colapse su autoestima. Esa es, quizás, la prueba más simple de todas: fíjate cuánto le cuesta a la persona con la que sales pronunciar esas dos palabras, “me equivoqué”. Hay gente encantadora, brillante, exitosa, que no las dijo jamás en su vida.

¿Y cómo se detecta esto en tres o cuatro salidas, cuando todo el mundo te muestra su mejor versión? Porque el easy going no se pregunta — nadie contesta “no, yo soy complicado”. Se observa. Cambia tus planes a último momento y mira qué pasa: el restaurante cerró, llueve, se canceló lo que tenían pensado. La reacción ante el plan arruinado dice más que tres horas de conversación. Mira cómo trata al mozo cuando la comida tarda, y cómo habla del que lo cortó en el tráfico. Y sobre todo: contradícelo en algo menor. No para provocar — para ver. ¿Puede sostener un desacuerdo chico sin que se convierta en algo grande? ¿Te escuchó, o estuvo esperando su turno para responder?

Con quien pasa esas pruebas sin saber que eran pruebas, ya se puede empezar a hablar en serio.




¡TRES SEGULOT PARA ENCONTRAR TU SHIDDUJ PERFECTO!

1. Bajar un escalón

Los jóvenes de todo el mundo tienen cada vez más dificultad para casarse. Y frente a esa dificultad aparece toda clase de ayuda metafísica: segulot, amuletos, listas de Tehilim con garantía. Pero no siempre funcionan.

Hoy quiero compartir una segulá que “sí” funciona, y viene garantizada por más de dos mil años de sabiduría. Está en la Guemará, Masejet Yebamot 63, y consiste en cuatro palabras: נחית דרגא ונסיב איתתאnajit dargá unsib itetá— “baja un escalón y toma a tu esposa”.

Lo que los Sabios están diciendo es esto: no busques a alguien que esté por encima de ti. Busca a alguien a quien tú le gustes.

Le pregunté a un joven soltero de más de treinta años por qué seguía soltero, teniendo B”H tantas candidatas alrededor. Y me dio la misma respuesta que me dan todos: “Rabino, necesito sentirme atraído hacia la muchacha. Y las muchachas por las que yo me siento atraído ¡no me prestan atención!”

Lo que está diciendo, sin darse cuenta, es que necesita a alguien que esté un escalón por encima de él. Un nivel de belleza más alto que el suyo, que sea más dulce que él, más simpática, de mejor humor, de mejor familia. Y nunca se le ocurre pensar que la muchacha que está un escalón por encima de él puede estar esperando exactamente lo mismo: está mirando a los muchachos que están por encima de ella, o en su mismo escalón.

Ahí está el círculo vicioso. Y destructivo. Si todos buscan una versión mejorada de sí mismos, entonces nadie está mirando a la gente buena que sí está disponible. No faltan candidatos; el problema es que todos están mirando en la misma dirección, demasiado hacia arriba.

Hay una frase paradójica que lamentablemente no es rara, y que resume el problema entero: “Perdí el interés por ella cuando me di cuenta de que yo le gustaba.”

Ese es exactamente el mecanismo que esta segulá viene a romper. La persona que se interesa por ti no vale menos por interesarse. No tiene ningún sentido seguir el instinto del conquistador e ir detrás de la muchacha imposible.

Así que si de verdad quieres casarte, repítete estas cuatro palabras tres veces, todas las noches —najit dargá unsib itetá— y empieza a buscar en la dirección correcta: alguien de tu nivel, a quien tú ya le gustas.

De golpe vas a descubrir que los candidatos no son pocos.

SEGULÁ 2 — No te enamores de una foto

Nuestros Sabios entendieron la belleza al revés de como la entiende el mundo moderno.

Para la cultura griega —y para la contemporánea, que en esto es heredera de la griega— la belleza es un dato objetivo que ya está ahí antes de que uno se enamore. Uno se enamora porque encontró la belleza.

Pero para la mente judía es exactamente al revés: la percepción de la belleza es el resultado del amor, no su causa.

“No te quiero porque te encuentro hermosa. Te encuentro hermosa porque te amo.”

El mejor ejemplo son nuestros hijos. La niña de cuatro años del vecino puede ser preciosa. Pero para mí no hay en el universo criatura más hermosa que mi hija. O mi nieta. ¿Por qué? Porque la amo. Y al quererla, me parece la nena más hermosa del mundo. No puedo verla de otra manera.

Esto es completamente diferente a la actitud moderna materialista. Si la belleza viene después, la pregunta correcta en una primera salida no es “¿me atrae?”, sino “¿es alguien a quien podría llegar a querer?”.

La mayoría de las parejas que conozco, en las primeras salidas, no sintieron ni atracción fatal ni rechazo automático. Estaban emocionalmente parve. Y como la cabeza decía que sí, invirtieron tiempo en la relación. Las emociones se alimentaron de la convivencia, del conocimiento mutuo, de compartir algunas cosas y debatir otras. Y ahí llegó la atracción.

Eso es lo normal. Lo otro es lo que se ve en las películas.

De aquí sale una segulá muy práctica: si sales con alguien de buenas middot y de buena familia, dale tiempo a la atracción. El tiempo, y el conocer a la otra persona, hacen su trabajo.

SEGULÁ 3 — Luces rojas y virtudes VIP

La persona con la que uno piensa casarse tiene que tener buenas middot, venir de una familia decente, y tener valores religiosos y morales compatibles.

También hay que desconfiar de la persona que vive criticando a los demás. El que siempre tiene algo que decir sobre todo el mundo. Los Sabios lo resumieron en cuatro palabras, kol hapoesel bemumó posel: el que descalifica, descalifica proyectando en los demás su propio defecto. El que insiste obsesivamente en que los demás roban suele ser el que roba. El que anda revisando la legitimidad ajena suele tener un problema con la propia. Es un principio que sirve mucho más allá del shidduj.

VIRTUDES VIP

El Shulján Aruj describe los tres rasgos que identifican al pueblo judío: rajmanim, baishanim, gomlé jasadim — compasivos, con vergüenza sana o timidez (exactamente lo contrario de la jutzpá), y que disfrutan de hacer el bien a los demás.

Estas virtudes son tan centrales que los Sabios llegaron a decir algo muy punzante: quien es cruel, o desvergonzado, o impasible ante el sufrimiento ajeno, ¡quizás no sea judío! Literalmente dijeron que es imposible que alguien tenga sangre judía sin estas tres virtudes: sus antepasados no estuvieron en el Monte Sinai el día en que se entregó la Torá y nació el pueblo judío.

EASY GOING

Para mí —con años de experiencia en Shalom Bayit— la característica más importante a verificar en la personalidad de quien consideramos para compartir el resto de nuestras vidas es que ese hombre o esa mujer sean “easy going”. No sé cómo se dice exactamente en español, pero es lo contrario de “complicado”. Easy going es alguien que sabe dejar pasar. Que no se enoja para la eternidad: que tarda en enojarse y perdona enseguida. Que es capaz de decirle que sí a una idea distinta de la suya. Y capaz de cambiar de opinión de manera inteligente: entrar en una conversación pensando una cosa y terminar pensando otra.

Lo contrario de easy going es alguien a quien le importa más ganar la discusión que llegar a la verdad.




TU BEAB: ¿Qué celebraremos el 15 de Ab?

עוד ישמע בערי יהודה ובחוצות ירושלם קול ששון וקול שמחה קול חתן וקול כלה

Hemos dejado atrás un período de luto por el Bet haMiqdash que finalizó este pasado jueves 23 de julio por la noche, cuando terminó el ayuno del 9 de Ab. Durante todo este tiempo no hemos tenido casamientos ni otras celebraciones. Una vez finalizado Tishá BeAb, retornamos a las festividades y a las alegrías.

Hoy es una fecha que, aunque no muy conocida, es muy significativa: el 15 del mes de Ab. Según el tratado de Ta’anit, Rabbán Shimón ben Gamliel dijo: “No hubo días más alegres para el pueblo de Israel que el 15 de Ab… porque en esos días las jóvenes solteras de Jerusalem salían vestidas de blanco a bailar en los viñedos… y decían a los jóvenes solteros: ‘Considera a quién elegirás [para ser tu esposa]’, y luego destacaban sus propias cualidades: sus buenas familias, sus virtudes, su belleza”. En este día, muchas parejas se conocían por primera vez y así comenzaban nuevos matrimonios.

Para explicar por qué este día fue seleccionado para un evento tan alegre y significativo, «el día de los shidujim» (o formación de parejas), los Sabios mencionan lo que sucedió el 15 de Ab a lo largo de la historia judía.

1. Poco después de salir de Egipto, cuando el pueblo de Israel se negó a entrar en la tierra de Israel, todos los mayores de 20 años fueron condenados a morir en el desierto. Cuarenta años después, el 15 de Ab, este decreto fue cancelado. Si recordamos que el primer evento que conmemoramos en Tishá BeAb es que fue decretada la muerte de la generación que salió de Egipto, en ese contexto, el 15 de Ab es el “cierre”, la finalización de ese terrible decreto. La supervivencia de la nueva generación.

2. Cuando el pueblo judío comenzó a establecerse en Israel en los tiempos de Yehoshúa y aseguraron la división ordenada de la Tierra de Israel entre las tribus, que se establecieron en doce «provincias» o «estados» (אחוזות או נחלות), los Sabios solo permitieron los matrimonios entre miembros de la misma tribu (Bamidbar, capítulo 36). Si, por ejemplo, una mujer había heredado la tierra de su padre en el territorio de Yehudá, no podía casarse con una persona de la tribu de Binyamín. ¿Por qué? Porque un casamiento intertribal causaría la transferencia de tierras de una tribu a otra, de una “provincia” a otra. Estas restricciones se levantaron el 15 de Ab, cuando se permitieron los matrimonios entre las diferentes tribus.

3. El 15 de Ab también nos recuerda que la tribu de Binyamín fue readmitida al pueblo de Israel. Sus miembros habían sido excomulgados por su participación en el terrible episodio de la violación de una mujer en la Gib’ah (Jueces 19-21), un evento que no era común en la sociedad judía y que sacudió al pueblo de Israel durante décadas.

4. Hay un  evento adicional que ocurrió el 15 de Ab. Los Sabios dicen que ese día se permitió al pueblo de Israel enterrar a los muertos de Betar (Bit-ter): אמר רב חונה משניתנו הרוגי ביתר לקבורה נקבעה הטוב והמטיב. הטוב שלא נסרחו והמטיב שניתנו לקבורה. ¿Qué significa esto y qué tiene que ver con la celebración de matrimonios?

Para entenderlo mejor, voy a presentar una breve reseña histórica: Desde que se destruyó el Templo de Jerusalem en el año 68 de la era común, la tierra de Israel ya no pertenecía al pueblo judío: «Judea» fue convertida en una provincia del Imperio romano. Algunos emperadores fueron flexibles con los judíos y otros no. Pero hubo un emperador que fue el peor enemigo de los judíos: Adriano, יש. Este malvado gobernante se obsesionó con exterminar a nuestro pueblo en un nivel similar al de Hitler יש. Su «sueño» era la solución final: destruir al pueblo judío y borrar para siempre su memoria. Comenzó por Yerushalayim. Destruyó lo que quedaba de las ruinas del Templo para que los judíos dejáramos de llorar por Jerusalem (como lo hacemos hoy cuando visitamos el Kotel) y nos olvidáramos para siempre de reconstruir la ciudad y el Templo. Para asegurarse el éxito de su misión, mandó a construir una ciudad sobre las ruinas de Jerusalem y le cambió el nombre a Aelia Capitolina. Como si esto fuera poco, también le cambió el nombre a la tierra de Israel y le puso el nombre «Palestina».

Los judíos, liderados por Bar Kojbá, decidieron sublevarse, pero luego de unos tres años de heroicas batallas, en el año 135, Adriano derrotó a los rebeldes. Se estima que alrededor de 400,000 judíos que habitaban en Betar, el último bastión de resistencia judío, fueron masacrados por los romanos «hasta que su sangre llegó al mar Mediterráneo». Y como castigo adicional, Adriano emitió un decreto especial: no permitió enterrar los cuerpos de estos judíos asesinados. Los judíos eran asesinados sin piedad, incluso aquellos hombres y mujeres que podían ser vendidos como esclavos. 90% de los judíos de Judea fueron exterminados. En ese desesperante momento, algunos Sabios expresaron que debían cancelarse las bodas y los matrimonios. ¿Para qué traer hijos al mundo, si esos niños estaban condenados a muerte desde el momento de su nacimiento?

Finalmente, el 15 de Ab (10 de julio) del año 138, el emperador Adriano murió. En aquellos tiempos, cuando un rey o emperador fallecía, sus decretos se cancelaban automáticamente. La primera acción que realizaron los judíos fue dar sepultura a sus muertos. Según la tradición talmúdica, los cuerpos, milagrosamente, no se descompusieron durante un período de tres años.

Para los judíos de ese tiempo, la muerte de este monstruoso emperador era similar a la culminación de la Segunda Guerra Mundial en 1945. Para conmemorar el final de este trágico período, que los Sabios llamaron shemad («genocidio»), la palabra hebrea más cercana a shoá («holocausto»), los Sabios tomaron una decisión de gran alcance y relevancia: formularon una nueva bendición (berajá) de agradecimiento a Dios por haber sobrevivido el genocidio sistemático de Adriano e incorporaron esta bendición llamada Hatob Vehametib en el Bircat haMazón, la oración que recitamos diariamente después de comer una comida con pan.

En ese momento, los Sabios también alentaron a los sobrevivientes —nuestros ancestros— a traer nuevamente hijos al mundo. De alguna manera, tal como había ocurrido en el desierto, los judíos dejaron de morir, sobrevivieron el decreto de muerte, y podían ahora comenzar de nuevo.

El 15 de Ab del año 138 de la era común, el pueblo judío renació de sus cenizas. Y en las ciudades de Judea y en las calles de Jerusalem se volvieron a escuchar las voces de alegría de los novios y las novias que celebraban sus bodas y formaban sus nuevas familias.




I ❤️ ISRAEL: NAJAMU, NAJAMU AMÍ — 15 razones para estar contentos por Israel

Este Shabbat, el primero después de Tishá BeAb, se llama Shabbat Najamu por las palabras que abren la Haftará: “Najamu, najamu amí” — “Consuelen, consuelen a Mi pueblo” (Yeshayahu 40:1). Nuestros Sabios se preguntaron: ¿por qué el consuelo está duplicado? Porque la destrucción fue doble: dos Templos, dos exilios, persecuciones sin fin. Un pueblo herido tantas veces necesita ser consolado más de una vez.

Durante casi dos mil años leímos estas palabras como una promesa para un futuro lejano. Nuestra generación, hoy, las lee en las noticias que nos llegan del Estado de Israel. Después del 7 de octubre, y más de 1000 días después del comienzo de una guerra en siete frentes, el Estado judío no colapsó sino que salió más fuerte que en cualquier otro momento de su historia. El analista israelí Dr. Guy Bechor (Gplanet) viene documentando esta transformación.

Aquí van los 15 logros más impresionantes — que quiero presentar como el comentario de este año a “Najamu, Najamu”:

  1. La amenaza de Irán, neutralizada. El régimen que durante décadas prometió borrar a Israel del mapa perdió su capacidad de destrucción. Lo que fue destruido no volverá — y el mundo quedó atónito ante la capacidad militar de Israel.
  2. El Monte Hermón en manos de Israel. Toda la cadena — 24 kilómetros de nieve a 2.814 metros de altura, la “corona de la guerra” — está en manos de Israel, con planes de poblarla.
  3. Territorio nuevo más allá de la vieja frontera. Tierras bajo control israelí en lo que alguna vez fue “Siria”, y una zona de influencia israelí que llega hasta Irak — con reconocimiento americano del derecho de Israel sobre ese territorio.
  4. Una realidad nueva en Gaza. Más del 70% de la Franja está bajo control israelí y limpio de infraestructura terrorista — reconocido por una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU.
  5. Una zona de seguridad reconocida en el sur del Líbano, libre de presencia hostil, establecida por un acuerdo internacional firmado por el propio gobierno de Beirut.
  6. UNIFIL, las fuerzas de la ONU, ¡se va del sur del Líbano! En medio año — después de décadas de mirar cómo el terror de Hezbollah crecía delante de sus narices y no hacer nada para impedirlo.
  7. UNRWA, desmantelada. La organización de la ONU cuyo mandato de hecho era perpetuar la guerra contra Israel fue desmantelada, y las ONG “de derechos humanos” hostiles, expulsadas.
  8. Al Jazeera, expulsada de Israel.
  9. Turquía, devuelta a su tamaño real. El acuerdo de los F-35 para Erdogan fue bloqueado, y las ambiciones regionales del sultán Erdogan se desinflaron.
  10. El precio saudita de la energía nuclear: paz plena con Israel. Energía nuclear civil (sin enriquecimiento) — solo a través de la normalización y el ingreso pleno a los Acuerdos de Abraham.
  11. Se construye Jerusalem. Aprobada la construcción en E1 — que conecta Jerusalem hacia el este — mientras se demuelen miles de estructuras ilegales de los árabes.
  12. Un crecimiento sin precedentes en Yehudá y Shomrón, que incluye la posibilidad de que cualquier israelí compre una propiedad allí como en cualquier otro lugar del país. Se están construyendo entre 18 y 22 nuevas ciudades. En pocos años habrá, con la ayuda de Dios, ¡un millón de judíos en Yehudá y Shomrón!
  13. El “descubrimiento de América del Sur”. Según Bechor, todo el continente sudamericano está pasándose al lado de Israel — gobierno tras gobierno, la región que durante décadas votó automáticamente en contra de Israel en la ONU se convierte en zona amiga.
  14. Los drusos. En lo que alguna vez fue “Siria” está tomando forma un estado druso de facto, bajo protección israelí — la materialización de un viejo sueño israelí-druso, y un cinturón amigo entre Israel e Irak.
  15. ¿Y la economía? Israel rompió en 2025 su récord histórico de exportaciones — en medio de una guerra en siete frentes. Bechor lo compara con la Venecia histórica: una potencia pequeña en territorio, gigante en comercio, tecnología e influencia. Hi-tech, industrias de defensa, gas, y representaciones comerciales israelíes en todo el mundo. Hace veinte años Bechor escribió sobre la “flota mercante” de Israel como una visión de futuro; hoy, dice, es simplemente la realidad.

El mundo ya no boicotea a Israel: el mundo necesita a Israel cada vez más.

Las palabras de Yeshayahu no eran un sueño. Eran un cronograma. “Najamu, najamu amí”: el consuelo es doble porque el dolor fue doble — y este año lo podemos ver con nuestros propios ojos.




VAETJANAN: No le des a tus hijos todo lo que quieren; dales todo lo que necesitan

“Cuando HaShem tu Dios te haya traído a la tierra que prometió entregar a tus padres Abraham, Isaac y Jacob… una tierra con grandes ciudades que tú no edificaste; con casas llenas de todo tipo de cosas buenas, que tú no trabajaste por ellas; con pozos de agua que tú no cavaste y con viñas y olivares que tú no plantaste, entonces cuando comas y te sientas satisfecho (ve’ajaltá vesabá’ta), ¡ten cuidado de no olvidarte de HaShem, tu Dios, que te sacó de Egipto de la casa de servidumbre!” (Debarim 6:10-12)

EL PELIGRO DE TENERLO TODO

La Parashá de esta semana nos cuenta que el pueblo de Israel está por entrar a la Tierra Prometida. Y curiosamente, lo que le preocupa a Moshé no es la guerra —HaShem ya le prometió la victoria— sino la paz. Y especialmente, ¡la prosperidad! Porque el pueblo va a heredar una tierra totalmente equipada: pozos cavados y llenos de agua, casas edificadas, viñedos que ya dan fruto. Es como recibir las llaves de una casa totalmente amueblada, con la heladera llena y un negocio funcionando. Todo listo. Y sin haber hecho ningún esfuerzo.

Moshé sabe que esta prosperidad “heredada” es muy peligrosa desde el punto de vista emocional y espiritual. Y lo dice: cuando comas y te sientas satisfecho… ¡ten cuidado! No te vayas a olvidar de Quien te brindó todo lo que tienes. Todos conocemos la escena: el abuelo llegó sin nada, durmió en el piso de un depósito, levantó un negocio trabajando dieciséis horas por día. Se comportó con humildad, trató a los demás con respeto, y jamás se olvidó de agradecer a Dios. El hijo o el nieto hereda la empresa, el apellido, el dinero de más y la casa de verano… y vive quejándose. ¿Cómo puede ser que el que tuvo menos agradecía más? Los psicólogos norteamericanos le pusieron nombre a este fenómeno: «affluenza», la enfermedad de la abundancia. La Torá la describió hace más de tres mil años, en un solo versículo.

ANTES DE COMER: APRECIAR

¿Cuál es el antídoto? La respuesta está escondida en una pregunta que me hice muchas veces: ¿cuál es la diferencia entre las berajot que decimos ANTES de comer y el Birkat haMazón que decimos DESPUÉS? ¿Para qué dos berajot? ¿No alcanza con una, antes o después de comer?

La respuesta: hay que aprender a apreciar, y apreciar me lleva a agradecer.

Antes de comer todavía no recibimos nada, así que la berajá previa —por ejemplo: “boré perí ha’ets”— no puede ser un “gracias”. Es otra cosa: es un reconocimiento. Cuando digo “boré perí ha’ets” recuerdo y afirmo de dónde viene lo que estoy por disfrutar. Si bien la compré yo, con mi dinero, esta manzana no existiría si Dios no la hubiera creado. Y la creó ¡PARA MÍ! Es un segundo de pausa y reflexión antes del primer bocado. La manzana pasó por la tierra, la lluvia, el sol, el agricultor, el camión, el mercado… y llegó a mi mesa. Puedo comerla sin registrar nada. O puedo detenerme un instante y reconocer al Dueño de toda esa cadena. Esto es “apreciar”: entender que nada de lo que tengo es obvio. Y apreciar es exactamente el antídoto contra el “olvido” del que habla nuestro pasuq: es imposible olvidarse de HaShem si Lo nombramos antes de cada bocado.

DESPUÉS DE COMER: AGRADECER

Después de comer, con el estómago lleno, llega el agradecimiento: el Birkat haMazón. Y no es casualidad que la Torá lo formule con las mismas palabras de nuestra Parashá: “ve’ajaltá vesabá’ta —uberajtá—”, “comerás, te saciarás… y bendecirás” (Debarim 8:10).

Fijémonos en el detalle, porque es brillante. La Torá no nos pide agradecer cuando tenemos hambre y nos sirven el plato: cualquiera agradece en ese momento. Nos pide agradecer después, una vez saciados, ¡cuando la comida ya no nos hace falta! Es fácil decir “gracias” al mozo o a quien sirve la mesa cuando trae el plato; el mérito es decírselo al final, cuando ya estamos satisfechos y pensando en otra cosa. El mismo “ve’ajaltá vesabá’ta” que en Vaetjanán es una advertencia —¡cuidado con olvidar!— se convierte una parashá después, en Equeb, en el momento de bendecir. La abundancia, y la saciedad, es una encrucijada: puede terminar en olvido o puede terminar en berajá. La diferencia entre ambos caminos es una sola: la gratitud.

NUESTROS HIJOS

Y esto nos lleva de vuelta a nuestros hijos. Como los judíos que heredaron una tierra equipada con todo, nuestros hijos muchas veces heredan un mundo que no construyeron. Nadie les preguntó si querían una casa cómoda, colegio privado y vacaciones: lo encontraron todo servido, como Israel encontró los pozos ya cavados. No podemos —ni queremos— dejar de darles. Pero miremos la escena de cualquier cumpleaños de ricos: el chico abre el regalo, lo deja a un costado y pregunta “¿hay algo más?”. Ahí está la «affluenza» en acción. No es un chico malo: es un chico al que nadie le enseñó la secuencia: apreciación, agradecimiento.

La Torá nos da el método, y es el mismo que usamos en la mesa: primero apreciar —saber que esto viene de algún lado, que alguien lo trabajó, que Alguien lo hizo para mí— y después agradecer, decirlo, expresarlo. Un chico que aprende a hacer una pausa antes de comer y a decir “gracias” después de recibir está vacunándose, varias veces por día, contra la enfermedad de la «affluenza».

La mejor herencia para nuestros hijos no es regalarles todo lo que quieren, sino enseñarles a apreciar y agradecer por lo que tienen. Los pozos de agua, después de todo, ya los van a heredar. Lo que no se hereda es la gratitud: esa se enseña.




Historia de la destrucción del segundo Bet HaMiqdash. Parte 2

En la primera parte de esta historia (ver aquí) explicamos cómo las divisiones internas le abrieron las puertas de Jerusalem a los romanos, cómo Judea pasó de ser un estado independiente a una provincia romana, y cómo, tras la muerte del rey Agripas en el año 44, comenzó el período más amargo de nuestra historia bajo Roma, que culminó con la destrucción del Bet haMiqdash en el año 68.

DE MAL EN PEOR

Tras la muerte de Agripas (año 44 de la era común), que fue el mejor gobernador que tuvo Judea, se inició un período muy difícil para Am Israel. Los romanos impulsaron a los paganos a establecerse en Israel, los eximieron de impuestos y los favorecieron con sus leyes. Por otro lado, cuando un judío no pagaba los exorbitantes impuestos a los romanos, su tierra era confiscada y entregada gratuitamente a los paganos. La población judía se sentía cada vez más desplazada y privada de su tierra. En el plano religioso la situación no era mejor: las provocaciones y humillaciones contra los judíos seguían creciendo.

CUMANO Y FÉLIX

Maimónides indica que la terrible ofensa de Apostomus, que quemó públicamente un Sefer Torá, tuvo lugar en la época del gobernador Cumanus (48-52). Luego vino Marco Antonio Félix, que gobernó Judea durante 8 terribles años (52-60). Félix fue un esclavo en su juventud, guardaba rencor a los judíos y abusaba de su poder. El historiador romano Tácito denunció su actitud diciendo que Félix “practicó toda clase de crueldades y abusos, ejerciendo su poder de procurador con la mentalidad de un esclavo”. Los romanos hicieron todo lo posible para anexar Judea y exigían a los judíos que se convirtieran en ciudadanos “normales” del imperio o que abandonaran Israel. La situación era desesperante.

FLORUS

La agresión de los romanos contra los judíos alcanzó su punto máximo en tiempos del procurador Florus, del 64 al 66 de la era común. Florus fue designado por el extravagante y tiránico emperador romano Nerón, que reinó del 54 al 68. El objetivo de Florus era saquear el Bet haMiqdash y robar los objetos sagrados del Templo que estaban hechos de oro puro. En el año 66, Florus llegó a Yerushalayim y robó doce talentos de plata del Bet haMiqdash, alegando que actuaba en nombre del emperador romano. También exigió que todos los judíos de la ciudad fueran a saludarlo y bendecirlo. Muchos lo hicieron por temor a la impredecible reacción de Florus. Al día siguiente, Florus exigió que todos los líderes judíos que no habían estado allí fueran ejecutados por faltarle el respeto. Y ordenó a sus soldados que tomaran represalias matando a todos los judíos que encontraran en las calles de Jerusalem. En un solo día, Florus asesinó a 3.600 judíos: hombres, mujeres y niños. Y ordenó crucificar a los líderes judíos (vale aclarar que la crucifixión era el método de ejecución utilizado por los romanos, no por los judíos).

PROVOCACIÓN CON FINES DE LUCRO

Como si esto fuera poco, Florus convocó a los líderes rabínicos y a los Cohanim del Bet haMiqdash para “calmar la situación”. Los líderes judíos aceptaron ingenuamente las demandas de Florus con la esperanza de que esto detuviera las masacres, pero cuando llegaron, el ejército de Florus los atacó y mató a muchos de ellos. Algunos historiadores creen que Florus estaba provocando deliberadamente a los judíos sabiendo que eventualmente se rebelarían. Y planeó usar esta rebelión como excusa para saquear el oro del Bet haMiqdash.

COMIENZA LA GRAN REVUELTA

Flavio Josefo escribe que el líder judío Agripas II trató de evitar una rebelión alegando que el problema era Florus, no los romanos. Trataba de convencer a los judíos de que luchar contra los romanos sería un acto suicida, sin posibilidad de éxito. Los esfuerzos tenían que ser diplomáticos, no militares: el emperador tenía que reemplazar a Florus. Pero muchos sintieron que habían llegado a un punto de no retorno y que si no se rebelaban, desaparecerían. Así, en el año 66 de la era común se inició la Gran Revuelta de los judíos contra los romanos (המרד הגדול). Cuando Nerón se enteró de la insurrección, envió a Judea la poderosa legión 12ª, llamada “Fulminata”. Pero antes de que pudiera llegar a Jerusalem, la legión fue emboscada y destruida por las milicias judías dirigidas por El’azar ben Shimón en Bet Jorón. Los líderes romanos quedaron atónitos: no creían que los judíos, famosos por su pacifismo, pudieran luchar con tanto coraje.

LA VENGANZA SERÁ TERRIBLE

Los judíos se atrincheraron en la ciudad de Yerushalayim, que estaba protegida por muros muy poderosos. Los romanos, sorprendidos, abandonaron la ciudad. Pero para vengarse atacaron a los judíos que vivían en otras ciudades de Israel: Aco, Ashquelón, Cesárea, etc. Flavio Josefo reporta que decenas de miles de Yehudim fueron masacrados por los romanos en este período. Para detener la rebelión, Roma envió un gran ejército de 40.000 soldados al mando de Casius Galus, que mientras avanzaba desde el norte arrasaba e incendiaba toda ciudad y pueblo judío que encontraba en su camino. Esto hizo que la rebelión judía contra Roma se expandiera fuera de Yerushalayim y contara con más apoyo interno.

LA HISTORIA SE REPITE

Cuando llegaron a Jerusalem, los romanos sitiaron la ciudad y se organizaron en formación de ataque. Los Yehudim estaban decididos a defender la ciudad con sus vidas. Los romanos atacaron durante seis días consecutivos. Trataban de escalar el muro con torres especiales, pero los Yehudim resistieron y repelieron el ataque. Flavio Josefo cuenta que los romanos hacían una formación militar llamada “la tortuga”, para protegerse con sus escudos de cualquier ataque desde arriba de la muralla, mientras azotaban con terribles golpes la puerta de la ciudad, tratando de derribarla e incendiarla. Casius también intentó debilitar con sus arqueros las defensas judías apostadas en las altas torres de la muralla, pero los judíos resistieron. Durante una semana el ejército de Casius lo intentó todo, y no pudo quebrar las defensas judías. Y entonces ocurrió lo que nadie esperaba: tal como había sucedido unos 800 años antes, en los tiempos del rey Jizquiyahu y el general asirio Sanjerib que sitió la capital judía, Casius sorpresivamente emprendió la retirada. Los historiadores no están seguros si esto se debió a que Casius subestimó la capacidad de los judíos para defender la ciudad, o a que su ejército no contaba con los suministros necesarios, ya que las milicias judías comandadas por Shimón ben Guiorá se encargaban de emboscar y destruir las caravanas que traían refuerzos y provisiones. Esta retirada fue un verdadero milagro. Y si hubiéramos permanecido unidos, dijeron nuestros Sabios, nunca nos hubieran vencido.

LA VICTORIA EN LAS MONEDAS

La victoria de los judíos —haber resistido y vencido al ejército más poderoso del mundo— se manifestó, entre otras cosas, con la acuñación de una nueva moneda judía, “el shequel”, símbolo de la nueva autonomía. Mientras que las monedas romanas, como los denarios, estaban ilustradas con imágenes de Hércules o de dioses paganos, las monedas judías se ilustraban con una copa, que representaba al Bet haMiqdash y sus objetos sagrados, o con un lulab, un etrog o una granada, uno de los frutos especiales de la tierra de Israel. El texto, escrito en hebreo antiguo, decía: ALEF LEJERUT TSION, “Año 1 de la independencia de Tsion”, y mencionaba el lugar donde estas monedas fueron acuñadas: YERUSHALAYIM QUEDOSHÁ, “Jerusalem, la [ciudad] santa”.

“SINAT JINAM” Y SUS CONSECUENCIAS

Mientras los Yehudim celebrábamos esta milagrosa victoria, el emperador Nerón preparaba una nueva ofensiva contra la ciudad, esta vez al mando del experimentado comandante Vespasiano. Nuestro mayor problema para luchar contra los romanos era que no teníamos un frente unido. Por el contrario: estábamos más divididos que nunca. Al mismo tiempo que enfrentábamos al ejército romano, también peleábamos entre nosotros mismos. Por un lado estaba Menajem haGuelilí, que al mando de un gran número de combatientes había derrotado a los romanos y eliminado a todos los soldados apostados en Jerusalem. Por otro lado estaban los saduceos y Agripas II, con unos 3.000 soldados, que se negaban a rebelarse contra Roma. Menajem había atacado la famosa fortaleza de Metsadá (Masada) y se había hecho con muchas armas capturadas de los romanos. Y una vez que terminó con los romanos, comenzó a utilizar su ejército y sus nuevas armas para luchar contra Agripas. Esta guerra civil, que dejó miles de muertos, duró una semana y finalizó con la victoria de Menajem.

Del otro lado se organizó un nuevo comando judío liderado por El’azar, hijo del gran sacerdote Jananiyá. El’azar había ordenado que no se ofrecieran más sacrificios en el Bet haMiqdash en honor al emperador romano: una clara señal de que los judíos ya no aceptaban la autoridad de Roma y se declaraban un estado independiente. De haberse unido, estos dos líderes podrían haber resistido al ejército romano. ¡Pero ocurrió lo peor que podía haber pasado! Una vez que los romanos fueron vencidos, comenzaron los conflictos internos: quién iba a liderar la contraofensiva. Menajem asesinó a Jananiyá, el padre de El’azar. Y El’azar se enfrentó con Menajem: “No queremos cambiar a un tirano [el emperador de Roma] por otro tirano [Menajem]”, dijo. Los ejércitos de ambos, y luego el de Shimón ben Guiorá, se enfrentaron en sangrientas batallas internas. Y así, enfrentados y sin un liderazgo que nos uniera, nosotros mismos preparamos el terreno para nuestra derrota.

TODOS CONTRA TODOS

A diferencia de lo que ocurrió en los tiempos de Janucá (165 a.e.c.), cuando los judíos se sometieron todos al mando de Matitiyahu y sus hijos y así vencieron al poderoso ejército griego, en este caso no había un líder que todos aceptaran al comando de la revuelta. Y el pueblo judío en esa época era MUY NUMEROSO: probablemente más de 3 millones de habitantes, sin contar a los judíos de la diáspora. Era posible resistir y repeler el ataque de los romanos, tal como lo habíamos hecho con un ejército mucho menos numeroso en la época de los Jashmonayim. Pero muchos judíos, especialmente los aristócratas saduceos que tenían un buen pasar político y económico con los romanos, se oponían a luchar. La mayoría del pueblo, los campesinos y la gente más humilde que había sufrido los abusos de los romanos, quería pelear por su libertad. El cabecilla de este grupo era Yojanán miGush Jalab, un hombre del norte de Israel que había vivido personalmente la crueldad sin límites de los romanos. Yojanán se autoproclamó líder de la rebelión y mandó ejecutar a cualquier judío sospechoso de colaborar con Roma. Para reforzar su ejército, Yojanán invitó a los edomitas —que se habían convertido al judaísmo en la época de los Jashmonayim— a pelear junto a él. Unos 20.000 guerreros edomitas se presentaron voluntariamente. Pero cuando llegaron a Jerusalem, el sacerdote saduceo Janán ben Janán hizo cerrar las puertas de la ciudad y los dejó, literalmente, durmiendo afuera. Muchos edomitas, humillados, regresaron a sus tierras. Al otro día, los hombres de Yojanán abrieron las puertas, hicieron entrar a los edomitas y se enfrentaron a los hombres de Janán. Los edomitas asesinaron a Janán junto a muchos de sus hombres. Según Flavio Josefo, el asesinato de Janán marcó el comienzo de la guerra civil judía.

LOS JUEGOS DEL HAMBRE

Pero las divisiones recién comenzaban. Aprovechando el caos que esta guerra civil generaba, otro caudillo judío, Shimón ben Guiorá, llegó a Yerushalayim con un ejército de unos 12.000 hombres. Shimón también aspiraba al liderazgo y enfrentó abiertamente a Yojanán miGush Jalab. Los edomitas, decepcionados del carácter narcisista de Yojanán, se unieron a Shimón. Y algo más sucedió: el segundo hombre más importante del ejército de Yojanán, El’azar ben Shimón, se separó, formó su propio ejército y se enfrentó a Yojanán y a Shimón, con la intención de liderar la rebelión. Cada uno de estos tres hombres dominaba una parte de la ciudad de Yerushalayim, y sus ejércitos se enfrentaban a muerte unos contra otros. Estas batallas duraron 3 años y produjeron la muerte de miles de Yehudim. La Guemará en Masejet Guitín (56a) cuenta que los rabinos de esos tiempos, entre ellos Rabbán Shimón ben Gamliel y Rabbán Yojanán ben Zakay, cuando vieron estas feroces guerras internas entendieron que así sería imposible enfrentar a los romanos, y sugirieron negociar la rendición. Los rebeldes, a los que la Guemará llama “biryonim”, se opusieron a los rabinos. Y cuando comenzó el sitio a la ciudad hicieron lo impensable: incendiaron los depósitos donde había grano, madera y aceite suficientes para sobrevivir el sitio romano por varios años, para así forzar a los judíos a pelear. La falta de comida trajo una terrible hambruna en Yerushalayim que cobró decenas de miles de víctimas.

¿CÓMO VENCER A LOS JUDÍOS?

Mientras tanto, Nerón envió al general Vespasiano a sofocar la rebelión y recuperar el control de Jerusalem. Los hombres de Vespasiano le contaron acerca de las guerras internas entre los judíos y le aconsejaron atacar la ciudad de inmediato. Vespasiano se rehusó, y explicó por qué: los judíos no estaban fabricando armas, ni reforzando las fortificaciones, ni asegurando las murallas de la ciudad. Los judíos se estaban debilitando solos, matándose unos a otros. Y si él atacaba, lo único que lograría sería unir a los bandos enemigos. Lamentablemente, Vespasiano tuvo razón. La guerra entre Yojanán, Shimón y El’azar solamente se detuvo cuando el ejército romano derribó las puertas de la ciudad y entró en Yerushalayim. Recién entonces las tres facciones, a regañadientes, se unieron para defender la ciudad. Pero ya era demasiado tarde.

¿APRENDIMOS LA LECCIÓN?

Los romanos no destruyeron Jerusalem. Los romanos encontraron una ciudad que ya estaba destruida por dentro, y le prendieron fuego. Fuimos nosotros mismos quienes no supimos estar unidos cuando más lo necesitábamos; quienes nos dejamos llevar por “sinat jinam”, una rivalidad banal entre hermanos. Un odio absolutamente innecesario que nos cegó y nos impidió ver y prevenir el mal. Una hostilidad injustificada e ilógica entre miembros de la misma familia, por la que pagamos el precio más caro: la destrucción de Jerusalem y el exilio, del cual recién estamos saliendo. Espero y rezo para que este Tishá BeAb aprendamos la lección y seamos más tolerantes y respetuosos unos con otros. Dijeron nuestros Sabios: si el Bet haMiqdash fue destruido por un odio irracional (sinat jinam) entre hermanos judíos, el próximo Bet haMiqdash será reconstruido cuando nos comportemos con amor incondicional (ahabat jinam) los unos hacia los otros.