La Primera Media Hora de la Guerra



ויחן שם ישראל נגד ההר, כאיש אחד בלב אחד
En unos pocos días más, el próximo viernes 28 de Iyar (19 de mayo), celebraremos los 56 años de Yom Yerushalayim, el día en que los judíos recuperamos Jerusalem . Este hecho histórico de proporciones bíblicas fue la culminación de una epopeya militar que incluso el menos creyente considera un milagro: la Guerra de los Seis Días.
En los próximos días, veremos cómo la unidad y la valentía del pueblo judío merecieron la intervención divina que nos concedió la victoria.
LA PROVOCACIÓN
Los estados árabes nunca aceptaron la existencia del estado de Israel. Desde su establecimiento en 1948, los árabes rechazaron toda posibilidad de convivencia e hicieron todo lo posible por destruirlo y «echar a los judíos al mar», el eufemismo favorito de los vecinos de Israel para referirse a un segundo Holocausto. En 1964, Israel creó lo que en hebreo se llama «hamobil haartzí», una compañía que administra el agua desde el río Jordán hasta el desierto del Negev. A pesar de que la cantidad de agua que utilizaba Israel era la acordada en tratados internacionales, Siria comenzó a sabotear esta compañía desviando el caudal del río Jordán, que provee de agua a Israel. Así comenzó lo que se llamó la guerra del agua (miljemet hamayim), que duró un par de años. En 1967, Egipto, bajo la presidencia de Gamal Abdel Nasser, se unió a Siria y comenzó sus provocaciones contra Israel. El 15 de mayo de 1967, las tropas egipcias ingresaron a la península del Sinaí. Recordemos que en 1957 Israel había conquistado el desierto del Sinaí, y al finalizar la guerra hizo «lo que ningún otro país hizo y lo que a ningún otro país se le exige»: Israel aceptó retirarse de la zona conquistada en la guerra, con el fin de llegar a un acuerdo de paz con Egipto (vale la pena aclarar que, de acuerdo a la ley internacional, los territorios conquistados en una guerra, especialmente provocada por el enemigo, son considerados legalmente parte del territorio del vencedor. ¡Pregúntenle a Rusia!). Las condiciones que impuso Israel para la retirada fueron que la zona se mantuviera desmilitarizada y que las fuerzas de paz de las Naciones Unidas estuvieran apostadas en la península para evitar el paso de tropas egipcias. Estados Unidos y otras poderosas naciones europeas se habían comprometido a garantizar este acuerdo.
¿QUÉ ACUERDO DE PAZ?
Pero cuando en mayo de 1967 las fuerzas egipcias violaron este acuerdo, cruzaron el canal de Suez e invadieron el Sinaí, los estados garantes ignoraron sus promesas y compromisos y no reaccionaron. Y la gota que colmó el vaso fue que Egipto también bloqueó el estrecho de Tirán, impidiendo la salida de embarcaciones israelíes por el Mar Rojo. Esto se consideraba ahora un acto de guerra. Nuevamente, ninguna nación del mundo salió en defensa de Israel. Nadie hizo nada contra Nasser: ni sanciones internacionales ni embargos. Las fuerzas de paz de las Naciones Unidas fueron formalmente invitadas por Egipto a retirarse del Sinaí, y sorprendentemente, esas fuerzas internacionales que estaban allí para impedir una incursión egipcia, ¡se retiraron de la zona de conflicto! Qué gran lección para nuestros días: recordar cuánto puede confiar Israel en sus aliados o en las fuerzas internacionales de paz cuando más los necesita…
Como ya había ocurrido en 1948, la pequeña nación de Israel quedaba una vez más sola y abandonada. La pasividad de las superpotencias dio más entusiasmo a Nasser y al ver que ningún organismo internacional se oponía a las provocaciones de Egipto, y que nadie acudía en ayuda de Israel, y completamente seguros de su victoria debido a su impresionante superioridad numérica, los países árabes liderados por Egipto anunciaron la inminente guerra y declararon a viva voz que el final de Israel estaba cerca. La radio de El Cairo transmitió el siguiente mensaje en hebreo: «El presidente Nasser anuncia que nuestro objetivo es apoderarnos de Israel y… liberar Palestina. ¡Oh, sionistas! ¡100 millones de soldados los destruirán! Prepárense, porque 100 millones de árabes van a cavar vuestras tumbas».
TSAV SHMONE
En Israel, se convocó a todas las fuerzas de reserva a presentarse (גיוס כללי). El estado de ánimo de los judíos era muy pesimista. Todos conocían la diferencia de fuerzas entre los países árabes e Israel. En ese entonces, Israel contaba con 2 millones y medio de habitantes, mientras que los países árabes que enfrentaban a Israel (Egipto, Siria, Jordania e Irak) tenían más de 100 millones. Los ejércitos árabes tenían 4 veces más tanques que Israel y 3 veces más aviones, incluyendo los modernos MiG de fabricación soviética que en ese momento se consideraban invencibles. Israel solo contaba con aviones franceses que ya estaban obsoletos. Y nadie ignoraba que esta guerra se definiría en las batallas aéreas. En Israel se estaban cavando trincheras y también miles de tumbas en los kibutzim y en los parques nacionales, en espera de lo peor. Los ataúdes ataúdes de madera ya estaban preparados…
LA UNIDAD DE ISRAEL
El 22 de Iyar del calendario hebreo, que correspondía al 1 de junio de 1967, tuvo lugar un evento muy especial, único y sumamente positivo. Tan positivo que me atrevería a sugerir que fue este evento lo que nos hizo merecer el milagroso triunfo en la guerra de los Seis Días: los judíos dejaron de lado sus diferencias políticas y se unieron. No solo en las calles, en los cafés y en las sinagogas, sino también en el lugar más dividido del mundo judío: la Keneset, el parlamento de Israel. Por primera vez desde la creación del Estado de Israel, «todos» los partidos políticos, que hasta hoy siguen muy divididos, se unieron en un «gobierno de unidad nacional». Judíos religiosos y no religiosos, sefaradíes y ashkenazíes, de izquierda y de derecha, todos, como dice el Midrash, «como un solo hombre, con un mismo corazón». Ese gobierno unido y unificado tomó una decisión absolutamente audaz y valiente: no íbamos a esperar a ser atacados, actuaríamos de inmediato.
Y al estar unidos, HaShem estuvo con nosotros…
Continuará

Algunos hombres son más ángeles que hombres. Es el caso de Ribbí Saadiá Benzaquén z”l, mi primer maestro. Lideraba la hermosa sinagoga de la calle Piedras, que sólo se llenaba en Rosh Hashaná y Yom Kipur, porque su amada comunidad marroquí argentina, a la cual pertenecían mi padre y mi abuelo, no contaba con numerosos feligreses que concurrieran asiduamente a las Tefilot diarias o semanales. El Rabino Benzaquén era un gran líder, un visionario con grandes ambiciones para el pueblo judío. Pensaba que la comunidad de Argentina necesitaba imperiosamente rabinos jóvenes y bien capacitados, que pudieran enfrentar los desafíos del presente; que manejaran un vocabulario lo suficientemente sofisticado como para comunicarse con los jóvenes profesionales que se asimilaban cada vez más y no entendían a los rabinos mayores. Quería formar líderes rabínicos que fueran elocuentes y capaces de expresar las eternas ideas de la Torá en un lenguaje moderno. Corría la mitad de la década del ’70. Me parece que Ribbí Saadiá, como muchos otros genios, fue un adelantado. No contó con el apoyo de instituciones que lo ayudaran a crear un semillero rabínico ortodoxo, pero eso no lo hizo desistir de su sueño. Lejos de rendirse, se dedicó a preparar en persona a sus propios alumnos: los motivó a cursar estudios de Torá dirigidos a la obtención de la ordenación rabínica.
Yo fui uno de esos privilegiados. En 1980 Ribbí Saadiá se enteró de que el Rab Yaakob Eljarrar z”l oriundo de Marruecos español estaba comenzando un Kolel de Dayanim —una escualos de altos estudios rabínicos— y le pidió que organizara un programa especial de Rabinato para tres de sus alumnos. Con 19 años tuve el privilegio de ocupar uno de esos lugares. Dejé por la mitad mis estudios en Yeshivá University y me fui a Israel, al Kolel de la calle HaTurim 4, al lado del mercado Majané Yehudá, en Jerusalem. El Kolel se llamaba, creo, Zejor Ledavid y contenía la biblioteca del célebre Ribbí Itzjak Bengualid, la luminaria de la judería de Tetuán, ciudad donde habían nacido mis abuelos y Ribbí Saadiá. Por insistencia de Ribbí Saadiá, el Rab Eljarrar nos consiguió el mejor maestro posible, el hoy famosísimo Rabino de Baqaa, Jerusalem, y candidato a Rab HaRashi de Israel, el Rab Eliyahu Abergel Shelita. Bajo la dirección del Rab Abergel y del Rab Eljarrar y con la constante supervisión de Ribbí Saadiá, su hijo Rab Abraham Benzaquén, el Rab Mijael Acrich y yo estudiamos intensamente durante unos cuantos años. Pasamos cuatro exámenes en la Rabanut Harashit de Israel y obtuvimos la ordenación rabínica, cumpliendo así uno de los sueños de Ribbí Saadiá.
Pero esto fue solo un aspecto de lo que hizo por nosotros. También nos proporcionó una gran preparación en un área clave para un rabino comunitario: nos enseñó a hablar en público. Esto ocurrió un poco antes, cuando yo tenía 15 años. Mi niñez había transcurrido en Castelar, provincia de Buenos Aires. Luego de mi Bar Mitzvá, celebrado en el templo de Piedras, el santuario del Ribbí, mis padres decidieron mudarse a la Capital: estaban preocupados porque mis hermanas y yo estuviéramos en un ambiente judío. Compraron un pequeño departamento en la calle Chacabuco, en el barrio de San Telmo. Eligieron ese lugar exclusivamente por la cercanía con el templo de Piedras. Los encuentros donde nos preparaba para hablar en público tenían lugar los Shabbatot por la tarde. No es fácil describir lo que era compartir un Shabbat con Ribbí Saadiá. Luego de almorzar con mi familia me apresuraba a llegar a su casa en la calle Sargento Garay. Entrar al edificio era una aventura, porque el portero nunca estaba disponible. Me veo a mí mismo gritando a todo pulmón desde la planta baja hasta el segundo piso: “¡Alberto! ¡Albertoooo! ¡Albertooooooo!”. Seguía así hasta que Abraham bajaba a abrir la puerta. Ya dentro de la casa estudiábamos Guemará y Mishná Berurá hasta la hora de seudá shelishit, que por razones de fuerza mayor teníamos que hacer antes de Minjá. Ribbí Saadiá se sentaba a la cabecera de la mesa, durante muchos años junto a su padre Abraham y su querida esposa Rajel, que pasaba más tiempo de pie que sentada, atendiendo a sus invitados de honor: el puñado de alumnos de Ribbí Saadiá. Doña Raquel nos servía unas deliciosas rosquitas dulces, almibaradas y esponjosas y un embriagante té con yerba luisa. En ocasiones especiales también nos deleitábamos con fiyuleas, unas masas crocantes de hojaldre enrolladas, también almibaradas. Luego de la majestuosa seudá shelishit caminábamos todos juntos a la sinagoga de Piedras. El tiempo normal hasta llegar debía ser diez minutos, pero nunca demorábamos menos de media hora. ¿Por qué? Porque Ribbí Saadiá se detenía a saludar a todos los vecinos que encontraba en su camino. Todos: el diariero, el farmacéutico, el verdulero, las vecinas que limpiaban las veredas y los señores que estaban sentados en la mesita de afuera de un bar jugando al truco. Conocía a todos por su nombre. Y su saludo no era un formal “buenas tardes”, sino toda una conversación en la que el tema siempre eran ellos: los vecinos, sus padres, sus hijos, sus familiares. Ribbí Saadiá les preguntaba por todos con mucho interés. Los vecinos, como no podía ser de otra manera, demostraban un gran respeto y mucha admiración por ese hombre tan especial que se interesaba por todos ellos. Era media hora de Quidush HaShem.
Cuando por fin llegábamos a la sinagoga, Ribbí Saadiá nos hacia sentar arriba, en los asientos reservados para los “futuros rabinos” y para Samuel Chocrón, su secretario, jazán asistente y prácticamente su hijo adoptivo. Meldábamos (rezábamos) Minjá y luego llegaba el momento esperado. Teníamos que hablar en público. Éramos tres o cuatro oradores. La derashá (el discurso rabínico) debía durar unos cinco o diez minutos. Nos preparábamos lo mejor que podíamos tratando de seguir las indicaciones de Ribbí Saadiá: que lo que habláramos sea claro y relevante y que nuestro discurso tuviera un mensaje aplicable a la compleja vida moderna. Dicen que hablar en público es el miedo humano número uno, más intenso que el miedo a la muerte o a las serpientes. Obligarnos a hacerlo era la mejor (o la única) manera de ayudarnos a superar ese temor. Contábamos con dos ventajas estratégicas fundamentales. Primero, que en la sinagoga no había una gran cantidad de público. De hecho, aparte de nosotros había allí unos siete u ocho hombres más, todos de una edad bien avanzada y con mucha facilidad para quedarse dormidos. En ese laboratorio ideal de oratoria nos podíamos arriesgar a hablar sin temor a pasar un papelón, porque aunque nuestro discurso fuese un desastre —lo cual no era poco común— “no pasaba nada”. Recuerdo que una vez mientras daba mi derashá sufrí una laguna. Mi cerebro se bloqueó, se paralizó por completo, y no me sabía cómo seguir. Hay que tener en cuenta que parte de la privilegiada preparación que tuvimos fue que, por ser Shabbat, estábamos forzados a memorizar nuestro discurso y no podíamos leerlo ni tener notas. Estuve sin hablar durante un interminable minuto. Pasé un poco de vergüenza, pero al rato todo se olvidó. Porque la intensidad del papelón era tan baja como el número de oyentes.
El otro elemento estratégico era el señor Moisés Gozar. Una persona muy especial. Socio, o sospecho que cómplice, de Ribbí Saadiá en nuestra preparación para la oratoria. El señor Gozar (no sé si alguna vez conocí su nombre de pila) era una persona mayor, pero de muchísimo porte. Alto, delgado, energético, impecablemente vestido con un elegante sombrero marrón. Lo más parecido que recuerdo a un caballero inglés. El señor Gozar tenía una mirada penetrante y prestaba total atención a lo que decíamos. Pero no así nomás, sino de manera activa: sus ojos nunca se desviaban del orador de turno y a veces se abrían más que de costumbre, elevando sus frondosas cejas, en un gesto de aprobación a las ideas que estábamos articulando. Claro que yo, y creo que a todos nos pasaba lo mismo, no podía dejar de mirar al señor Gozar. Prácticamente le hablaba a él. Trataba de ir por el premio mayor: su sonrisa de beneplácito, equivalente a sentir un gran aplauso o una ovación emanada de su rostro. Los permanentes gestos aprobatorios del señor Gozar eran increíblemente estimulantes para nosotros, los aprendices de oratoria. Para nuestra satisfacción, cuando todos habíamos terminado nuestros discursos, se reunían los expertos: Ribbí Saadiá y el señor Gozar, a repasar en voz alta, analizar e, inevitablemente, elogiar frente a nosotros la gran calidad de los discursos, el altísimo valor de las ideas y la brillantez de los oradores. Era un desborde de loas, que nosotros ingenuamente nos la creíamos, y así nos ayudaba a inflar nuestros egos, nos hacía perder el miedo a hablar en público y nos estimulaba a esmerarnos aún más el siguiente Shabbat. Así fue como Ribbí Saadiá Benzaquén nos preparó para disertar en público y para ser mejores rabinos de cara a un mundo con un ritmo de vida cada vez más complejo.
Rab Yosef Bitton

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Quién es rico? Quien disfruta de lo que tiene. ¿TENER MAS O NECESITAR MENOS? La riqueza no se mide por lo que uno tiene sino por lo que uno necesita. El hombre rico no es el que tiene más, sino el que necesita menos. Sin importar lo mucho que yo tengo, cuando siento que me falta , cuando mentalmente necesito más, soy una persona pobre…. El nivel de mi pobreza lo determina la diferencia entre lo que tengo y lo que siento que necesito tener. Si tengo 10 (diez pesos o diez millones de dólares) pero quiero y deseo tener 20, de acuerdo a Pirqué Abot ¡soy una persona pobre! Nuestro rabinos explicaron que la pobreza es esencialmente un estado mental (en aniyut ela mida’at) que consiste en creer y sentir que no tengo todo lo que preciso. Mientras que para ser rico, materialmente rico, lo más importante es valorar y disfrutar de lo que tengo y sentir que no me falta nada. RIQUEZA Y FRACCIONES La plenitud, 10/10 o 2/2 , no consiste en tener todo lo que quiero sino en querer todo lo que tengo. Permítanme explicarlo con números. ¿Se acuerdan de las fracciones? ¿del numerador, el número de arriba, y el denominador, el de abajo? En nuestro caso, el numerador es «lo que tengo», y el denominador es «lo que deseo tener». Normalmente, las personas tratan de aumentar su numerador para alcanzar al denominador. Y se supone que el éxito se alcanza al llegar a 10/10. Pero muchas veces, cuando uno llega al denominador, el denominador ¡sube otra vez! Y consecuentemente algunas personas viven en un permanente estado de «pobreza» mental. EL PASTO DEL VECINO El denominador puede cambiar por muchas razones. Imaginemos que trabajé varios años para comprar un auto. Tengo un coche modelo 2022 que funciona la perfección. ¡Mi nivel de plenitud es total:10/10! perfectamente bien. Pero un día, veo que mi vecino o mi amigo acaba de comprarse un hermoso auto modelo 2023. Y de pronto, mi denominador sube, se exapnade, de 10 pasa a 12 o a 15… sin que nada, ¡excepto la percepción de mi propia realidad! haya cambiando. Pero ahora siento que tengo menos. Y me afecta. Y voy a convencerme que no soy, ni voy a ser, lo suficientemente feliz hasta que no tenga ese auto… he permitido que el deseo de tener ese auto se haya transformado en mi mente en una nueva necesidad material que si no la puedo satisfacer me hará sentir incompleto, infeliz, pobre …. Para Pirqué Abot, si quiero ser rico tengo que estar en control total de mi denominador: el número de abajo. Aprendiendo a apreciar y amar lo que tengo, y sentir que poseo todo lo que preciso. |
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לע»נ מר אבי יעקב בן יהודה ז»ל |

הוא היה אומר, יפה שעה אחת בתשובה ומעשים טובים בעולם הזה, מכל חיי העולם הבא
Rabbi Yaaqob dice, en esta vida nos preparamos para la vida que viene.
Hoy vamos ampliar un poco más esta idea.
Rabbi Yaaqob dice en la próxima Mishna algo que parece sorprendente. Compara esta vida con la vida después de la muerte y dice que, en un sentido, esta vida es más importante que la próxima.
Así dice: «Es más valioso un momento de arrepentimiento y buenas acciones en este mundo que toda la vida del mundo por venir».
¿A qué se refiere Rabbi Yaaqob?
La virtud más esencial del ser humano, lo que distingue al hombre de los animales y de los ángeles, es su libre albedrío. El hombre puede elegir hacer el bien o practicar el mal, progresar espiritualmente o estancarse. Ser egoísta o altruista. Es con esta libertad que tomamos decisiones morales: ¿Voy o no voy a ayudar a quién me necesita? ¿Voy o no voy a hablar mal de fulano de tal? ¿Voy o no voy a: robar, herir, curar, acompañar, pedir perdón, perdonar?
El libre albedrío es una característica exclusiva de los mortales. En el mundo por venir no tomamos decisiones morales. Allí no hay pobres a quienes ayudar, enfermos a quien visitar, ni personas físicas de las cuales hablar mal o contra las cuales conspirar, ni dinero que robar, ni la posibilidad de ser fieles o infieles, crueles o compasivos.
El mensaje principal es que nuestro desarrollo y crecimiento espiritual consiste en esas decisiones morales que tomamos en esta vida. Somos lo que decidimos. Cuanto mejores son esas decisiones, más crecen nuestras almas y viceversa.
Rabbi Ya’aqob también menciona la Teshubá: en el mundo por venir no hay posibilidad de arrepentimiento. Solo aquí, en esta vida podemos pedir perdón a HaShem por haber violado Su voluntad, y sólo en esta vida podemos pedir perdón a quienes ofendimos. En el mundo por venir no hay posibilidad de cambios, progreso y arrepentimiento, que es una de las formas más elevadas del crecimiento espiritual. Es por eso que, en este sentido, la vida en este mundo es incomparablemente más significativa que la vida en el mundo por venir.
Un ejemplo: Imagine usted que la vida en el mundo por venir es una biblioteca, que contiene libros, sólo libros. Los libros más hermosos del mundo están en esta biblioteca. Antes de ingresar a la biblioteca uno tiene la posibilidad de aprender a leer y así llegar a la biblioteca preparado para disfrutar de las obras más grandes de la literatura humana. Pero esa biblioteca tiene algunas imitaciones: no hay audiolibros y no enseñan a leer. Sólo se puede aprender a leer antes que uno ingresa a la Biblioteca… El ejemplo de la Biblioteca nos sirve para entender lo que dice Rabbi Ya’aqob respecto a la mayor importancia de este mundo, comparado con el mundo por venir. Sólo aquí podemos decidir aprender a leer. Allí, disfrutaremos o experimentaremos las consecuencias de lo que hicimos o no hicimos en esta vida.
Incidentalmente el ejemplo de la biblioteca nos puede servir para entender por qué originalmente la Mishná no habla de un paraíso o un infierno, sino de un mismo lugar para todos: el mundo por venir (‘olam habba). Veamos: dos personas llegan a la Biblioteca. La primera persona aprendió a leer en varios idiomas, y aprendió también a disfrutar de la lectura. Ahora tiene la posibilidad de acceder a todos los libros que quiera. ¡Está en el paraíso! La otra persona sabe mucho de videojuegos, le encantan las telenovelas y es un experto en jugar al poker. Pero es analfabeto. Nunca quiso esforzarse en aprender a leer. Las dos personas están en el mismo lugar… pero no están en el mismo lugar. El que sabe leer está en el paraíso. El otro, no.

LA INICIACION MISTICA
Ribbí Shimón era un Sabio del tiempo de la Mishná (aproximadamente, año 150 de la era común) . Estaba más conectado con el mundo Divino que con el terrenal. Para Ribbí Shimón no había nada más importante que el estudio de la Torá. La Torá es la conexión más tangible con el Creador. Compenetrarse con la Ley Divina era para Ribbí Shimón la forma más directa de conectarse con Dios, el propósito excluyente de nuestras vidas. Ribbí Shimón una vez explicó que la razón por la cual Dios no condujo al pueblo de Israel directamente hacia a la tierra prometida cuando los rescató de Egipto no fue porque no estuviesen preparados para la guerra, sino porque el Creador quería que los judíos tuviésemos la oportunidad de estar más tiempo en el desierto, alimentados con el maná –un alimento que caía del cielo– y así, sin preocupaciones materiales, pudiéramos dedicarnos exclusivamente a la Torá. ¡El ideal de Ribbí Shimón era vivir en los tiempos del maná!.
UN SUEÑO CUMPLIDO
Y Ribbí Shimón Bar Yojai vio cumplido su sueño de una forma inesperada e involuntaria. Luego de hablar críticamente de los romanos fue sentenciado a muerte. Tuvo que escaparse a una cueva, escondida en las montañas de Merón, donde vivió con su hijo por 12 años. En esa larguísima cuarentena sobrevivió comiendo semillas de algarrobo y tomando agua de un manantial. La Guemará atribuye la presencia del algarrobo y del manantial a un acto Providencial. Era lo más parecido a recibir el maná del cielo. De más esta decir que la aspiración a dedicarse exclusivamente al estudio de la Torá implicaba un renunciamiento a todo confort material. Vivir con un minimalismo extremo. Era parte de un paquete que Ribbí Shimón bar Yojai aceptaba con gusto.
LA REPROGAMACION
Durante todo ese tiempo Ribbí Shimón se dedicó a estudiar con su hijo El’azar. Hasta que le fue anunciado que podía salir de su confinamiento y regresar a la vida normal. Irónicamente, regresar a la vida normal fue lo más difícil para Ribbí Shimón. Al principio, criticaba todo lo que veía, porque no toleraba, por ejemplo, ver que la gente interrumpiera su estudio para dedicarse al trabajo. Una voz Divina lo reprimió y le ordenó regresar a la cueva por doce meses más. Ribbí Shimón y su hijo Ribbí El’azar tenían que “reprogramarse”. Cuando salió de la cueva por segunda vez Ribbí Shimón había aprendido la lección que él mismo alguna vez había enseñado: ראיתי בני עלייה והן מועטין , “He visto que los individuos que ‘viven en las alturas’ [=en un estado de elevación espiritual permanente] son muy pocos”. Ribbí Shimón se dio cuenta que a las personas comunes les era muy difícil mantener una relación ininterrumpida con Dios, como la que tenían él y su hijo. Ribbí Shimón se dio cuenta que él no era la regla sino la excepción. Y se volvió más tolerante hacia los demás.La experiencia de ir a la cueva por segunda vez lo transformó. Y una vez que llegó a la ciudad, Ribbí Shimón Bar Yojai se acercó a la gente, comenzó a ayudar a los demás y encontró en lo mundano una segunda forma de servir a Dios: ayudando a los demas. .
CRECER EN UNA CUEVA
Ribbí Shimón Bar Yojai falleció en Lag laOmer y es una costumbre muy aceptada celebrar su partida de este mundo. ¿Por qué? Porque hay mucho que aprender de Ribbí Shimón Bar Yojai.
Por ejemplo.
Si bien en la cueva Ribbí Shimón representa un ideal utópico e inalcanzable, reflejarnos en ese super-hombre nos motiva a redescubrir nuestro propósito existencial. No se puede vivir sin pensar en el sustento. Pero tampoco se puede estar arraigado solo a lo terrenal. La historia de Ribbí Shimón nos recuerda que podemos estar peligrosamente atrapados en una sociedad en la que lo urgente no deja tiempo para lo importante.
Cuando Ribbí Shimón sale por segunda vez de la cueva alcanza el delicado balance. En el judaísmo hay una gran diferencia entre el hombre elevado y el que vive en las nubes. El ideal está representado por el sueño de Yaakob Abinu: subir la escalera que lleva al cielo y luego descender. Ascender a las alturas de la Torá para luego bajar, trayendo algo del cielo – lo que aprendimos, lo que absorbimos- y compartirlo con el resto de la sociedad.

Durante los días de Sefirat haOmer se acostumbra estudiar Pirqué Abot, los «Capítulos de los Patriarcas», un tratado de la Mishná compuesto alrededor del siglo II de la Era común. Pirqué Abot no trata los detalles técnicos de las Mitzvot, como por lo general hace la Mishná. Pirqué Abot es una colección de consejos prácticos, morales y éticos, basados en la sabiduría judía de los Principales Sabios (Abot = Patriarcas) de la Mishná.
Hay muchas traducciones y comentarios de Pirqe Abot en español (mi favorita es «Ética del Sinai»). En este caso voy a basarme en Me’am Lo’ez, un comentario sobre Pirqe Abot escrito en ladino por el rabino Ytzjaq Magriso (Turquia, Siglo 18).
Esta Mishná (1:7) (ניתאי הארבלי אומר הרחק משכן רע ואל תתחבר לרשע) habla de vecinos y amigos. Y nos invita a tener cuidado cuando elegimos nuestra compañía.
* El Rab Magriso explica los peligros de las malas influencias. Las influencias, positivas o negativas, no se perciben mientras están pasando. Las malas compañías son como fumar de segunda mano. El daño para uno es prácticamente inevitable y lo que es peor, a veces nos damos cuenta de los efectos de las malas influencias sobre nosotros o nuestros hijos, cuando ya es demasiado tarde.
* También nos ofrece su versión sobre «la verdadera amistad». Un «buen amigo» se define principalmente por su carácter. Un buen amigo es una persona que es capaz de ser feliz por tu felicidad. Una persona que no está celosa de ti cuando las cosas te van bien. Un mal amigo, por el contrario, es quien de alguna manera sufre o siente envidia de tu éxito. Debemos rodearnos de amigos que no son envidiosos y evitaremos así muchos problemas. Esta es una gran lección, no sólo para identificar quién es un buen amigo (lo cual no es una tarea sencilla, ya que los celos no siempre son fáciles de detectar) sino también para mejorar nuestro propio carácter: Debemos aprender a ser emocionalmente generosos y nunca sentir envidia o resentimiento por el éxito de nuestros colegas y amigos.
* El Rabino se pregunta: ¿Cuál es la mejor forma de evaluar el carácter de una persona? ¿O, cómo podemos saber si nuestros hijos están bien encaminados? Y responde: cuando quieras evaluar a una persona, observa su círculo de amigos. Quiénes son tus amigos es el mejor indicador de quién eres, o de quién estás a punto de ser.

Treinta días después de Pésaj conmemoramos Pésaj Shení o el segundo Pésaj.
Este día no es un día de fiesta formal, en hebreo Yom Tob. Hoy no tenemos que privarnos de trabajar o hacer cualquier melajá. Pésaj Shení es mencionado por la Torá en Bamidbar 9: 1-14 cuando Moshé anuncia que el Qorbán Pésaj, el sacrificio de Pésaj, un cordero, solo podía ser ofrecido por personas que estuvieran ritualmente puras.
Algunos hombres se acercaron a Moisés y le comunicaron que habían estado en contacto con un cuerpo sin vida lo que los hacía «impuros» e imposibilitados de participar del Qorbán Pésaj, el día que correspondía, es decir, el 14 de Nisán. Entonces Dios le indicó a Moshé que en el futuro, si alguien no puede participar del sacrificio de Pésaj en el momento debido, debido a la impureza, o por no encontrarse en el lugar del Tabernáculo o del Bet haMiqdash, debería realizar el sacrificio de Pésaj 30 días después de Pésaj, es decir, el 14 de Iyar. Todo esto se aplica cuando tenemos el Bet haMiqdash, el gran Templo de Yerushalayim, en pie. Pero cuando no tenemos el Templo no existe ninguna observancia práctica de Pésaj Sheni porque de cualquier manera, ya no podemos realizar el sacrificio original de Pésaj el 14 de Nisán.
En la mayoría de las comunidades celebramos Pésaj Shení de la siguiente manera:
1. En algún momento del día comemos Matzá, que nos recuerda el Qorbán Pésaj. La costumbre sefardí es recitar la bendición mezonot por la Matsá y la costumbre Askenazí es decir Hamotzí. No hay ningún requisito respecto a cantidad mínima de Mataá que uno debe consumir. También podemos comer Jametz como lo hacemos regularmente.
2. Decimos yehí shem en lugar del viduy (o confesión, una oración que se suspende en ocasiones alegres) desde la oración de Minjá del día anterior.


EL PADRE DEL TALMUD
La Mishná, la Toseftá, la Sifrá y el Sifré, los textos seminales de la literatura rabínica, tienen su origen directa o indirectamente en la obra de un solo hombre: Ribbí Akiva (en hebreo correcto se dice: Aquibá), considerado el padre de la literatura talmúdica. Nació alrededor del año 50 de la era común. En su juventud, trabajó como pastor del hombre más rico de Jerusalén: Kalba Sabua, un judío muy generoso que se destacó por su solidaridad con los pobres y por abastecer de alimentos a toda la ciudad cuando Jerusalem fue sitiada por los romanos en el año 68. No se sabe mucho sobre la infancia de Aquiba. Sabemos que a la edad de cuarenta años, Aquiba era un simple trabajador y ni siquiera sabía leer. Además, no simpatizaba mucho con la religión. De hecho, tenía una actitud hostil hacia los Sabios. ¿Cómo sucedió entonces que un hombre analfabeto que no sentía simpatía por los estudios de Torá se convirtió en el rabino más influyente de todos los tiempos?
EL DESCUBRIMIENTO DEL SIGLO
Kalba Sabua tenía una hija: su nombre era Rajel. Era la joven soltera más solicitada de Jerusalem, y podía haber elegido casarse con el candidato de su elección: el hombre de mayor sabiduría, o que proviniera de la familia más prestigiosa. Nadie le hubiera dicho “no” a la hija de Kalba Sabua. Pero sucedió algo extraordinario. La Guemará nos cuenta que Rajel —quien poseía una destacada percepción femenina— observó algo especial en Aquiba. Los Sabios describieron lo que vio con dos pequeñas palabras que no siempre van juntas: צנוע וּמעלי. La primera palabra tsanua significa “discreto”, pero también significa: “tímido” o en este contexto: “oculto”. La segunda palabra ma’ale significa «talentoso», «por encima de lo común», o en este contexto: «superdotado». De alguna manera, la joven Rajel descubrió que este pastor poseía una capacidad intelectual fuera de lo común, y también se dio cuenta de que ese talento estaba “escondido”: Aquiba usaba sus dones para cuidar el ganado o para administrar la hacienda de su padre. Eso no pareció molestar a nadie más. Pero Rajel pensó que la genialidad de Aquiba estaba desperdiciada. ¡Y visualizó que si se dedicara a estudiar, podría convertirse en uno de los más grandes Sabios de su generación!
Eran tiempos caóticos. El estudio de la Torá, y especialmente la transmisión de la Tradición Oral, estaba en peligro. Los romanos que habían destruido el Bet haMiqdash, perseguían a los Sabios y tenían como objetivo destruir el judaísmo. El pueblo judío necesitaba genios que pudieran recuperar nuestras Tradiciones, organizarlas y rescatarlas del olvido. Rajel pensó que Aqiba podría ser uno de esos eruditos talentosos si desarrollaba su potencial y dedicaba su vida al estudio. ¡Y no se equivocó!
UNA OFERTA QUE NO SE PUEDE RECHAZAR
La joven Rajel entonces tomó una decisión que no solo redefiniría su vida personal sino que impactaría el destino del pueblo judío hasta el día de hoy. En un acto absolutamente trascendental, sumamente inusual y arriesgado, le ofreció a Aqiba casarse con ella. Le dijo: “Si me caso contigo, ¿me prometes que te dedicarás de lleno a estudiar Tora?”. No estoy seguro que Ribbí Aquiba tenía la misma confianza que Rajel tenia en él, y la convicción que podría convertirse en un gran erudito. Pero tal vez pensó que la condición que le impuso Rachel “dedícate a estudiar Tora” era razonable, ya que no expresaba ninguna otra expectativa. Y así fue que le dijo: “Sí, quiero”. Tal vez pensando que en términos de sustento, su futuro suegro seguramente los ayudaría. Pero nada estaba más lejos de eso. Kalba Sabua estaba furioso con su hija. Ella podría haberse casado con el mejor candidato… ¿por qué casarse con un pastor que no sabia leer y que ni siquiera proviene de una buena familia (de hecho, los Sabios dicen que los antepasados de Ribbí Aquibá eran conversos!). Kalba Sabua estaba tan enojado que expulsó a su hija y a su esposo de su hacienda, y no les dio ni un centavo.
LA PAJA Y EL ORO
Ahora, Aquiba estaba casado con la mejor mujer pero no tenía ni casa, ni dinero, ni trabajo. Durante los primeros meses, Aquiba y Rajel dormían en los campos. Y en invierno recogían paja del bosque para protegerse del frío. Y aunque ella nunca se quejó, Aquiba estaba muy triste de ver a su esposa viviendo en la idigencia. La Guemará dice que todas las mañanas, al despertar, Ribbí Aquiba arreglaba el cabello de su esposa, le quitaba las pajillas que habían quedado en su cabeza, y le decía: “Si alguna vez tengo la oportunidad, en lugar de estas pajitas, te regalaré una “Jerusalén de Oro” para adornar tu cabello”. Esto merece una aclaración. Las mujeres judías utilizaban una gran variedad de joyas para embellecerse: aretes, pulseras, collares, etc. Pero había una joya muy especial que era la más elaborada, la más exótica y la más cara. Se llamaba “‘ir shel zahab” o “Yerushalayim Shel Zahab” (Jerusalem de oro). Esta lujosa pieza era una corona, hecha con la forma de la Jerusalem original que tenía en el centro al Bet HaMiqdash, como se puede ver en esta reconstrucción. Esta tiara hecha de oro, era usada por las mujeres que pertenecían a las familias más pudientes. No creo que Rajel, ni el mismo Ribbí Aqiba, se imaginaron que algún día ese deseo se haría realidad…
Continuará…
¿HAY ALGUIEN MÁS POBRE QUE NOSOTROS?
Los Sabios también nos cuentan que para consolar a Ribbí Aqiba, que sufría emocionalmente por la extrema pobreza que estaba pasando, Dios les envió un visitante (Eliyahu haNabi): un individuo muy pobre que le hizo una extraña petición a Rabbi Aquiba: “ Por favor, señor, necesito ayuda. Mi esposa está a punto de dar a luz y necesita pajillas para acostarse y tener un parto más fácil. ¿Puede por favor darme un poco de paja?” . Aquiba inmediatamente le dio la pajita a este hombre, y con un poco más de confianza le dijo a su esposa. “Ya ves mi querida Rajel, nuestra situación no es tan mala. Hay gente que es más pobre que nosotros: al menos tenemos mucha paja para cubrirnos”.
Continuará…