Nosotros, los rabinos



La Parashá de esta semana, Vaetjanán, contiene dos textos cardinales de la fe judía: Los Diez Mandamientos y la primera parte del Shemá Israel. Hoy analizaremos brevemente el primer versículo del Shemá (Para aprender un poco más acerca de Los Diez Mandamientos, consulta el enlace a continuación).
Para empezar, recordemos que el Shemá Israel no es formalmente una plegaria. No es un texto en el que alabamos a Dios o pedimos Su ayuda. El Shemá que recitamos todos los días contiene nuestra declaración de fe en la existencia y unidad de Dios, nos educa a amar a Dios, nos insta a cumplir Sus mandamientos y nos exhorta a comportarnos con moralidad y decencia.
¿CÓMO SE DICE «DIOS EXISTE» EN HEBREO?
El primer versículo del Shemá Israel contiene las tres ideas que constituyen los principios de nuestra fe:
שמע ישראל ה אלוקינו ה אחד
«Escucha, Israel, HaShem es nuestro Dios, HaShem es uno»
La palabra más significativa en este tema, irónicamente, no está explícitamente escrita en el pasuq (versículo bíblico). Nuestro versículo dice literalmente: «Escucha Israel, HaShem nuestro Dios, HaShem uno». Pero la traducción correcta es: «Escucha Israel, HaShem ES nuestro Dios, HaShem ES uno». ¿Por qué estos dos verbos no están explícitamente incluidos en este versículo? Porque en hebreo bíblico los verbos no se conjugan en el presente de la manera que ocurre en otros idiomas. Para indicar el presente, en hebreo solo se usa el pronombre y el sustantivo. Cuando digo, por ejemplo, ANI QORE, que generalmente se traduce como «yo leo», en realidad estoy diciendo «en este momento, ‘soy’ un lector». Es por eso que cuando se quiere decir el verbo «ser» en presente, «es» o «soy», ¡no se dice nada! Si quiero decir «esta silla ES blanca» diré «hakisé laban» = «la silla… blanca». Y cuando quiero decir «HaShem ES nuestro Dios» diré «HaShem… nuestro Dios».
Irónicamente, la idea de «SER» que está escondida entre la palabra “HaShem” y la palabra “nuestro” transmite el mensaje más importante de todo el Shemá Israel: la afirmación de que Dios «ES», es decir, que Dios «EXISTE», lo cual constituye el principio número uno de la fe judía.
¿CÓMO SABEMOS QUE DIOS EXISTE?
La respuesta a esta pregunta se presenta en la segunda parte de este versículo: «HaShem es ‘nuestro Dios’». Aquí el énfasis no está en la palabra «es» sino en la palabra «nuestro».
En el judaísmo, la creencia en Dios se basa, en primer lugar, en el hecho de que los judíos somos los únicos testigos de la Revelación Divina (אתם עדי). En el Monte Sinaí, cuando Dios nos eligió entre todas las naciones, y nos dio Su Tora, se reveló a nuestros antepasados transmitiendo los primeros dos mandamientos. La revelación Divina no se manifestó a través de imágenes. De hecho, la Torá nos advierte seriamente de no crear imágenes visuales imaginarias de la revelación Divina, como hacen otras religiones. La revelación de Dios (en hebreo: ma’amad har sinai) se describe así: «y todo el pueblo veía las voces [que llegaban de Dios]». La Tora utiliza un lenguaje excepcional, «ver las voces», para indicar un evento extrasensorial, sobrenatural, una especie de telepatía profética. Este evento “impactante” (incluso “traumático”) quedó grabado en nuestra memoria genética, y nos convertimos así en el único grupo humano que ha experimentado directa y colectivamente la Revelación Divina. El rabino Yehuda haLeví mencionó hace unos 1.000 años que otras religiones ni siquiera han pretendido falsamente haber experimentado una revelación colectiva, algo que es imposible de sostener. Las religiones gentiles se adjudican, en cambio, supuestas revelaciones “privadas” a individuos como Yeshu, Mahoma o Joseph Smith.
Ahora podemos entender mejor el segundo mensaje del Shemá Israel: “HaShem es NUESTRO Dios”. Dios se reveló a nosotros, todo el pueblo de Israel, y esta experiencia de la revelación divina nos ha transformado hasta el día de hoy en los privilegiados testigos de Su existencia.
Claro que esta fe genética debe ser desarrollada por nosotros mismos, procurando un conocimiento más personal de Dios, el cual se incrementa a través de estudiar Su Torá y observar y admirar Su creación. Ambos “libros”: la Torá y la Creación, revelan una Sabiduría que no es humana y dirigen así nuestra mente y nuestro corazón hacia un reconocimiento más profundo del Autor/Creador de ambas obras.
¿QUÉ SIGNIFICA QUE DIOS ES UNO?
El monoteísmo judío, la creencia de que solo hay un Dios y que no existe ningún otro poder independiente de Él, es probablemente la idea más revolucionaria de la Torá. ¿Por qué? Porque el monoteísmo era una idea totalmente contra intuitiva. Veamos. Para el hombre antiguo, era imposible pensar que solo existía un Dios. Los seres humanos naturalmente percibimos la realidad en términos de eventos conflictivos y opuestos: vida y muerte; guerra y paz; alegría y dolor, etc. Para la mente pagana era imposible concebir que el complejo espectro de esta realidad ¡proviene de un solo Dios! La conclusión más normal, intuitiva y lógica es que el mundo está gobernado por múltiples dioses, cada uno a cargo de un determinado poder: este el dios del bien y el dios del mal; el dios de la luz y el dios de la oscuridad. Y esos dioses están en un conflicto permanente entre sí y se pelean para sobreponerse el uno al otro. Desde el aspecto psicológico, el politeísmo también es la forma más natural de proyectar lo mas violento de la realidad humana: los dioses poseen los mismos conflictos, intereses y apetitos que los seres humanos que se pelean entre sí para imponerse uno al otro .
Concebir UN SOLO DIOS de quien derivan todos los aspectos contradictorios y opuestos de nuestra compleja realidad humana, es absolutamente revolucionario y casi «insano».
Puede ser difícil para nosotros percibir hoy la magnitud y el increíble impacto de la idea del monoteísmo en la humanidad, simplemente porque la mayoría del mundo civilizado ha rechazado el politeísmo y ha adoptado el principio establecido en el Shemá Israel.
Para resumir: El primer versículo del Shemá Israel no es una oración que rezamos a Dios. Es un texto bíblico dirigido hacia nosotros (Escucha Israel). Nos recuerda los tres principios más importantes del judaísmo y nos exhorta a recordarlos todos los días, recitándolos como una proclamación de lealtad hacia nuestro Dios.
Rab Yosef Bittón

Este Shabbat por la mañana comenzaremos la lectura del libro de Debarim y al finalizar leeremos una Haftará especial del libro de Yesha’ayahu (Isaías). A esta Haftará se la conoce como “Jazón” (por su primera palabra) y por extensión al Shabbat antes del 9 de Ab se lo llama Shabbat Jazón.
Este texto de la Haftará se encuentra en el libro de Isaías 1: 1-27, y es una visión profética en la que este gran profeta de Israel reprende a los habitantes de Jerusalem por su falta de integridad y su corrupción. La Haftará describe los pecados que provocaron que Dios ignorara nuestras oraciones y plegarias y eventualmente llevaron a la destrucción de nuestro primer Bet haMiqdash. Al leer y recordar los errores de nuestros antepasados, podemos reflexionar sobre nuestro propio comportamiento, mejorar nuestras acciones y merecer ver nuestro Bet haMiqdash reconstruido muy pronto, en nuestros días.
Entre los muchos puntos que denunció el profeta, vale la pena recordar su criticismo sobre la hipocresía religiosa.
Así dijo a la gente de Yerushalayim en nombre de haShem: 15. [Así dice Dios], cuando extiendas tus manos en oración, apartaré Mis ojos de ti; aun cuando Me ofrezcas muchas oraciones, no te escucharé, [porque] tus manos están llenas de sangre.
Yesha’ayahu denunció a las personas corruptas que mataban, robaban, engañaban en sus negocios, practicaban el soborno, corrompían la justicia y simultáneamente ¡rezaban a Dios! Y no solamente eso: también pretendían que Dios escuchara sus oraciones y respondiera sus pedidos! Como dice el profeta Yesha’ayahu: estos feligreses llegaban al Templo, “con sus manos manchadas de sangre”, y ofrecían sacrificios, como si Dios pudiera ser sobornado con regalos u ofrendas para ignorar sus malas acciones. Estos individuos, que quizás no eran pocos, tenían una idea muy infantil, inmadura y pagana de Dios.
Yesha’ayahu les explicó que NO existe el divorcio entre lo que uno hace y cómo uno reza. Un judío no puede practicar todo tipo de inmoralidades, y luego ir al Templo y a rezar ¡como si nada hubiera pasado! Como si todo estuviera bien. Como si Dios no supiera lo que realmente hicieron y la maldad de su corazón. Yesha’ayahu les explica que eso es inaceptable: que la honestidad y la moralidad, la no explotación de los más débiles, es una obligación religiosa imperiosa. Y que cuando una persona se comporta piadosamente en el Templo y es un corrupto en sus negocios, ¡es un hipócrita! Y HaShem detesta la hipocresía religiosa más que la no religiosidad. Dios no está recluido en el Templo. Él sabe lo que hacemos. Rechaza la oración de los corruptos y demanda que nuestra vida sea honesta y virtuosa no solo en el Templo, sino también (o especialmente) fuera del Templo!
Yesha’ayahu también les dice que no están condenados para siempre a ser ignorados por Dios. Les explica que si una persona corrupta se arrepiente, mejora su comportamiento y se vuelve honesta, HaShem lo aceptará nuevamente. Para que esa situación se revierta y Dios esté dispuesto a escuchar sus oraciones, Yesha’ayahu les dice lo que tiene que hacer:
(1: 16-17)
“…Purifíquense [de sus malas acciones]. Dejen de hacer el mal, aprendan a practicar la justicia, busquen la rectitud, defiendan a los oprimidos, luchen por la causa del huérfano, y defiendan a las viudas “.
Cuando HaShem ve nuestro arrepentimiento nos acepta nuevamente y escucha nuestras oraciones. Y así tendremos el mérito de ver nuevamente nuestro Bet haMiqdash reconstruido.

Moshé se dirige al pueblo de Israel, la nueva generación de israelitas que está a punto de ingresar a la tierra de Israel, en un extenso discurso que comienza recordando los eventos que ocurrieron desde la salida de Egipto, 40 años atrás, hasta el presente.
Moshé también menciona la designación de líderes y jueces para ayudarlo a guiar al pueblo. Esta medida sería tomada luego como el ejemplo de cómo organizar el sistema judicial en el pueblo de Israel.
Luego relata lo acontecido con los espías y cómo –con la excepción de Yehoshua y Caleb– desalentaron al pueblo judío y generaron una crisis que impidió a esa generación ingresar a la tierra Prometida. Esta grave crisis provocó que el pueblo de Israel tuviera que deambular 40 años en el desierto.
Dios le dice a Moshé que ya habían estado en esa región montañosa el tiempo suficiente y que ahora finalmente deben dirigirse hacia la tierra prometida e instruye al pueblo a no enfrentarse con los descendientes de Esav, la nación de Se’ir, y no provocarlos. Además, les ordena que compren de ellos, y no tomen por la fuerza, la comida y el agua que necesiten, ya que Dios no les concederá ninguna parte de la tierra de Se’ir. También le indicó a Moshé que no hostiguen ni provoquen a los Moabitas y Amonitas, ya que Dios ha otorgado su tierra como posesión a los descendientes de Lot.
El pueblo de Israel pasó 38 años viajando desde Kadesh-Barnea hasta cruzar el río Zared, y toda la generación anterior pereció en el desierto, tal como Dios lo había indicado.
Moshé le recuerda al pueblo que envió mensajeros al rey Sijón ofreciéndole la paz y pidiéndole permiso para pasar por su tierra. Pero Sijón se negó a dejar pasar a los israelitas. El pueblo judío se enfrento a Sijón, el emorita, rey de Jeshbón, y conquistó su tierra. La Torá entonces detalla la conquista de las tierras de Sijón y Og, en el lado oriental del río Jordán. Estas tierras serán adjudicadas a las tribus de Ruben, Gad y una parte de la tribu de Menashé

APRENDER DE LA HISTORIA
Estamos en un periodo de duelo hasta el día 9 del mes de Ab (12 de agosto de 2024 a la noche hasta la noche siguiente). Estos son días en los que, como veremos más adelante, guardamos un grado de duelo que va creciendo a medida que nos acercamos al 9 de Ab, que es el día de duelo nacional del pueblo judío porque se destruyó el Bet HaMiqdash, Gran Templo de Jerusalem y comenzó un exilio que aun no ha terminado. Estos son días de reflexión, no solo para conmemorar y recordar nuestra historia, sino especialmente para aprender de los errores que cometimos en el pasado y no repetirlos. La filosofía de nuestra Torá explica que hay una relación directa entre nuestro comportamiento religioso y el nivel de Protección Divina que merecemos, particularmente en el nivel colectivo, es decir, como pueblo. Como lo dice la Torá explícitamente en Parashat Bejuqotay (Levítico 26:14-46) y Perashat Ki-Tabó (28:15-69), cuando cumplimos nuestra parte del pacto y honramos nuestro compromiso con Dios, el Todopoderoso honra Su parte del pacto protegiéndonos contra nuestros enemigos.
CUANDO LOS HERMANOS SE PELEAN…
Nuestros Sabios analizaron, por ejemplo, qué fue lo que llevó a la destrucción del Segundo Templo (año 68 de la era común), y no atribuyeron nuestra derrota al enorme poderío militar de los romanos. Los Sabios, en lugar de eso, enseñaron a “mirarnos al espejo” y a preguntarnos: ¿Qué hicimos mal para no merecer la ayuda Divina? En este caso, la respuesta que nos brindaron es muy específica: nuestro pecado fue «sinat jinam». «Odio irracional entre hermanos». Es decir, divisiones entre los propios judíos: sectarismo político, religioso, social. Algo que todavía no hemos superado. Esta intolerancia entre nosotros mismos es irracional y muy peligrosa porque las divisiones nos debilitan y quedamos expuestos a nuestros implacables enemigos. En realidad, todo lo que se necesita saber acerca de las desastrosas consecuencias de “sinat jinam” se puede aprender de la historia de dos hermanos, Yojanán Hircano y Yehudá Aristóbulo. Lo ocurrido con ellos 130 años antes de la destrucción de nuestro Templo desencadenó en realidad ese trágico evento.
LOS JUDIOS INVITAN A ROMA
Recordemos que en el año 141 aec, los judíos finalmente recuperamos nuestro estado independiente y por primera vez desde la época del Reino de Yehudá, teníamos nuestro propio «ejército judío» que era muy poderoso y famoso por la bravura de sus soldados. Este fue un periodo de unión y fortaleza entre los Yehudim. Y bajo el liderazgo de Shimón, el último sobreviviente de los hijos de Matitiyahu, gozamos de un periodo de paz y prosperidad, viviendo de acuerdo a nuestra Torá.
Todo cambió en el año 65 aec.
Yojanán Hircano y Yehudá Aristóbulo, los descendientes de Shimón, reclamaban el trono luego de la muerte de Alexander Yanai y no se podían poner de acuerdo. La enemistad y el odio entre estos dos hermanos se reflejaban también en sus seguidores y adeptos políticos que no dudaron en aliarse militarmente con pueblos no judíos para reforzar sus propios ejércitos. La situación era tan mala que el estado judío estaba al borde de una guerra civil por el odio entre estos dos hermanos y sus adeptos. En esos años, los romanos, que estaban creciendo militarmente, habían enviado al famoso comandante Pompeyo al Mediterráneo para proteger a sus barcos de los piratas que los atacaban y los saqueaban. Una vez en el Medio Oriente, Pompeyo vio que la situación política en Judea era muy frágil y decidió aprovecharse de la situación. Se ofreció para arbitrar entre los dos hermanos y decidir quién debería asumir el cargo. Los judíos, distraídos con sus sangrientas batallas internas, aceptaron la intermediación sin darse cuenta de que estaban cayendo en una trampa política devastadora, abriéndole las puertas a los romanos para apoderarse de Jerusalem. Con mucha astucia política, Pompeyo decidió que Yojanán, el menos poderoso de los dos hermanos, debía ser el nuevo monarca. No conforme con el veredicto, Aristóbulo reunió un ejército en Yerushalayim. Pompeyo, con el beneplácito de Yojanán, trajo a su ejército y comenzó una guerra civil que duró más de tres meses. Murieron más de 12,000 soldados judíos. Una vez vencido Aristóbulo, y con el ejército judío ya devastado, Pompeyo desplazó a Yojanán, se apoderó de la ciudad de Jerusalem y terminó así con el estado judío independiente. Los romanos se habían instalado en Jerusalem para quedarse, y nosotros, por nuestras luchas internas, les habíamos abierto las puertas.
Como dijeron los Sabios:
מקדש שני, שהיו עוסקין בתורה ובמצות וגמילות חסדים, מפני מה חרב? מפני שהיתה בו שנאת חינם!
HERODES, REY DE JUDEA
Alrededor del año 65 aec, Judea (Israel) pasó de ser un estado independiente a convertirse en un estado vasallo del Imperio Romano. En esta nueva situación, el emperador romano nombró un rey para gobernar sobre Judea. La lealtad de estos Reyes vasallos era principalmente hacia Roma, y no hacia sus ciudadanos o hermanos judíos. El más conocido de estos reyes fue sin duda Herodes (años 37 al año 4, antes de la era común). La familia de Herodes era originalmente edomita. En este sentido, los romanos se aseguraban la lealtad del monarca al elegir un rey que, si bien había nacido en Judea, no era completamente judío.
La historia de los edomitas y su relación con Am Israel es bastante compleja. Edom descendía de Esav, el hermano de Ya’aqob. Esto normalmente significaría que los judíos y los edomitas deberían ser aliados cercanos. Sin embargo, durante mucho tiempo, especialmente en los días del rey David (año 1000 a.e.c.), Israel y Edom fueron enemigos. Lo mismo sucedió en el momento de la destrucción del primer Bet haMiqdash (Templo de Jerusalem, 586 a.e.c.), los edomitas se unieron a nuestros enemigos, los babilonios. La maldad y la crueldad indescriptible de los edomitas hacia los judíos se registra explícitamente en Tehilim, el Salmo ‘al neharot Babel (137: 7).
LOS EDOMITAS SE CONVIERTEN AL JUDAISMO
En la época de los Jashmonayim (150 a.e.c.), los edomitas se convirtieron al judaísmo, y muchos de ellos se integraron completamente al pueblo judío, lucharon en sus filas y compartieron su mismo destino. Pero este no fue el caso de Herodes. Su lealtad a los romanos era de la misma intensidad que su odio hacia los judíos. Herodes no solo colaboró plenamente con los romanos recaudando fuertes impuestos de los judíos, sino que también estableció templos paganos en varias ciudades de Israel, como Cesárea y otros lugares. Su mayor provocación fue colocar un águila de oro, el símbolo religioso y militar de Roma, en la puerta de entrada del Bet haMiqdash. Los rabinos alentaron a un grupo de jóvenes judíos a sacar el ídolo romano. Los jóvenes fueron capturados y llevados a Herodes. Flavio Josefo registra el diálogo que tuvo lugar en ese momento. Herodes les dijo: «¿Quién les ordenó destruir el águila?» Los jóvenes respondieron: «Las leyes de nuestros padres». Herodes les preguntó: “¿Y por qué parecen estar tan tranquilos y contentos? ¿No saben que los ejecutaré?». Los jóvenes judíos respondieron: «Lo sabemos, pero también sabemos que la vida eterna nos espera en el mundo venidero (‘olam haba). Herodes ordenó que ellos y sus cómplices, 40 jóvenes judíos, fueran ejecutados junto con dos grandes rabinos de Israel, quemándolos vivos en una hoguera pública.
DEL ESTADO VASALLO A PROVINCIA ROMANA
En el año 6 de la era común, 10 años después de la muerte de Herodes, Augusto, el primer emperador romano, abolió la monarquía «judía» y convirtió a Judea en una provincia romana. Es decir, desde ese momento, no habría más reyes o gobernadores judíos y Judea estaría directamente bajo la jurisdicción del emperador de Roma. Esto también significaba que la religión oficial de Roma se establecería más sólidamente en Judea. Los romanos, como los griegos 200 años antes, esperaban ahora que los judíos abandonaran su religión y adoptaran a los dioses romanos, «como lo hacía gustosamente todo el resto del imperio». Y desafortunadamente, como ya había sucedido en los tiempos del Imperio griego, muchos judíos acaudalados traicionaron su fe y a sus hermanos, para obtener exenciones de impuestos y otros beneficios que les fueron otorgados por colaborar con los romanos.
Para peor, ahora que Judea era una provincia romana, los romanos sentían que tenían el derecho de nombrar al sacerdote que serviría como el Sumo Sacerdote (Cohen Gadol) en el Bet haMiqdash. Entre otras cosas, esto significaba que los romanos tenían acceso ilimitado para robar del Bet haMiqdash sus valiosos artículos hechos de oro y plata (kele haqodesh). El conocido prefecto romano Poncio Pilato (26-36 de la era común), por ejemplo, robó valiosos artefactos del Bet haMiqdash y con esos fondos construyó un acueducto en Jerusalem.
Este nuevo escenario se estaba volviendo cada vez más insoportable, y una nueva idea, desesperad y casi suicida, comenzó a fermentar en las mentes y los corazones de los judíos: debemos rebelarnos contra el Imperio Romano y recuperar nuestra autonomía política y religiosa, antes de que el judaísmo desaparezca. Los ecos de una rebelión imposible contra el ejército más poderoso de la historia de la humanidad se podían sentir en el aire de Yerushalayim…
LOS ROMANOS Y LA RELIGIÓN JUDÍA
Judea (יהודה = Israel) dejó de ser un estado vasallo y fue convertida en provincia romana por el emperador Augusto. Al igual que los griegos 100 años antes, Roma trató de acabar con el judaísmo e imponer su culto. Los judíos obviamente resistieron. Pero los romanos, que eran tolerantes con otros pueblos paganos, no aceptaban la religión judía. Nunca entendieron la “cláusula de exclusividad” del monoteísmo: por qué los judíos eran tan “arrogantes” y no estaban dispuestos a aceptar otros dioses en su Templo junto con su propio Dios, como lo hacían todos los demás pueblos del mundo. Además, para los romanos el judaísmo era excesivamente aburrido: imponía reglas y límites. Mientras que las otras religiones consistían en socializar, entregarse a la glotonería y a la embriaguez y, sobre todo, a normalizar la promiscuidad, haciéndola parte de los ritos religiosos.
LA PRUEBA DE CALÍGULA
La presión para persuadir a los judíos a abandonar su ya obsoleta y aburrida religión era incesante. Y en un momento se tornó peligrosa. Esto ocurrió en los tiempos de Calígula, que gobernó el imperio entre los años 37 y 41 de la era común. Calígula fue probablemente el peor emperador de la historia romana y cruzó los límites de la sanidad cuando se proclamó a sí mismo “dios” y demandó ser adorado como tal. Su obsesión narcisista lo llevó a hacer cortar las cabezas de las estatuas de los otros ídolos romanos y reemplazarlas por su propio busto. En Roma construyó dos templos dedicados a su culto. Y también quiso poner a prueba su divinidad con el examen más riguroso: el de los judíos. Primero mandó erigir y colocar su estatua en las sinagogas de Alejandría, donde había una importante comunidad judía. Los judíos se opusieron con vehemencia, e incluso el procurador romano Flacus (o Flaco) se negó a obligar a los judíos a erigir estatuas de Calígula. Pero Calígula reaccionó destituyendo a Flacus de su puesto y ejecutándolo.
¿CALÍGULA EN JERUSALEM?
La siguiente historia está relatada por el famoso historiador judío Filón de Alejandría (37 – 100 de la era común). Filón cuenta que Calígula envió una orden para que se construyeran estatuas suyas y fueran instaladas en todo Judea. Los judíos decidieron resistir. Calígula envió entonces a su mejor hombre para esta misión: el Procurador de Siria, Petronio, y le aportó dos legiones del ejército romano —más de 10,000 soldados— para llevar a cabo la tarea, cueste lo que cueste. Petronio desembarcó en el puerto de Aco y allí fue interceptado por una delegación de decenas de miles de judíos que habían llegado desde todos los confines de Israel. Le explicaron a Petronio que la Torá prohíbe terminantemente esculpir imágenes de nuestro propio Dios y, obviamente, de un ídolo humano, y que adorar o incluso erigir estatuas de Calígula constituiría el acto más ofensivo en nuestra religión. “¿Estáis preparados entonces para enfrentaros a una guerra con el emperador romano?” preguntó Petronio. A lo que los judíos le respondieron: “Si el emperador persiste en su deseo de erigir sus estatuas, deberá matar primero a la totalidad de la nación judía. Ningún judío va a dejar de sacrificar su vida para evitar esta afrenta.” Acto seguido, todos los judíos se presentaron ante Petronio, con sus esposas y sus hijos, desnudaron sus cuellos y le dijeron que estaban dispuestos a defender el honor del Dios de Israel con sus propias vidas. Petronio, conmovido por la convicción de los judíos, trató de postergar al máximo la ejecución de su misión. A finales del año 40, cuando ya no pudo ganar más tiempo, escribió una carta a Calígula tratando de disuadirlo. Enojadísimo, Calígula le ordenó a Petronio quitarse la vida y redobló su apuesta con los judíos: mandaría construir su estatua en Roma y la llevaría personalmente a Jerusalem para ser erigida en el Gran Templo judío de Jerusalem. Y entonces ocurrió un gran milagro: el 24 de enero del año 41, Calígula fue asesinado en una histórica conspiración organizada por su propia guardia imperial, y la pesadilla que podía habernos llevado al final, gracias a Dios terminó (Petronio no llegó a suicidarse). Los judíos nos mantuvimos unidos y firmes en nuestros principios, y HaShem estuvo de nuestro lado.
CLAUDIO Y LOS JUDÍOS
El nuevo emperador romano, Claudio (41-54 EC), fue un poco mejor con los judíos. Restauró la autonomía de Judea y en el año 41 les permitió a los judíos tener su propio rey, Agripas. Agripas (llamado por los historiadores “Herodes Agripa I”) era muy respetuoso de la Torá y de sus leyes y protegió al Bet haMiqdash. Su reinado fue recordado por los judíos como muy positivo y favorable. Pero duró muy poco. Agripas murió en el año 44. Luego de la muerte de Agripas comienza un período muy amargo y difícil para Am Israel, que culminó con la destrucción del Bet haMiqdash en el año 68.
Continuará

“Cuando comienza el mes de Ab, minimizamos nuestra alegría”
Los primeros días del mes de Ab deben ser dedicados a prepararnos para el duelo por la destrucción del Bet haMiqdash y por otros tristes acontecimientos que recordamos en el 9 de Ab. Con esta finalidad, minimizamos nuestra alegría evitando celebraciones (casamientos, compromisos) y también nos abstenemos del consumo de carne y vino. ¿Por qué carne y el vino? Porque se ofrecían en el Bet haMiqdash como parte de los sacrificios animales diarios (qorbanot) y las libaciones (nisujin), de manera que al abstenernos de estos alimentos expresamos nuestro anhelo por ver al Bet haMiqdash reconstruido en nuestros días.
La Mishná en Taanit (26b) menciona la prohibición de comer carne y beber vino en la Se’udat haMafseqet, es decir, durante la comida justo antes de que comience el ayuno de Tisha Beab. Y esta es la costumbre de los judíos del Yemen hasta el día de hoy: evitan comer carne y beber vino sólo durante la comida antes del ayuno.
Con el tiempo, la mayoría de las comunidades judías extendieron la restricción de comer carne y beber vino durante un período de tiempo más largo. El Shulján Aruj (551:9) menciona tres costumbres diferentes: abstenerse de carne y el vino 1.desde el 17 de Tamuz. 2. desde el comienzo del mes de Ab. 3. sólo durante la semana del 9 de Ab (.
En las siguientes líneas vamos a explicar las tradiciones más aceptadas en este tema.
CARNE
En la mayoría de las comunidades Sefaradíes la tradición es evitar comer carne desde el principio del mes de Ab. El rabino Obadia Yosef z”l menciona que en la mayoría de las comunidades sefaradíes la restricción de la carne comienza sólo después de Rosh Jodesh . En las comunidades Ashkenazíes, y en algunas comunidades Sefaradíes (en Yerushalayim, por ejemplo), se evita comer carne también durante el día de Rosh Jodesh siguiendo la tradición del Ari z”l (Peniné Halajá). Algunas comunidades sirias (shmami, Damasco) siguen la costumbre de privarse de carne solamente durante la semana de Tish’a beAb.
La restricción de la carne incluye también evitar el consumo de aves (pollo, pavo, etc.). El consumo de pescado está permitido durante los nueve días.
Estas restricciones no se aplican en Shabbat, por el contrario, durante Shabbat debemos comer carne para celebrar al Séptimo Día.
Una persona que está enferma o débil, o una mujer durante los primeros treinta días después de dar a luz, pueden comer carne en estos días. Los rabinos aconsejan que en estos casos, si es posible, se consuma pollo en lugar de carne roja.
Los niños no están sujetos a la restricción de la carne. Pero el Rab Obadia Yosef recomienda que un año antes del Bar o Bat Mitsva, una vez que los niños están capacitados para entender mejor el significado del luto por el Templo, también deben evitar comer carne.
Si una Se’udat Mitsva, por ejemplo un Berit Milá, se lleva a cabo durante estos días, se permite servir carne en la comida. En el pasado reciente, en muchas comunidades no se servía carne en estas celebraciones porque la Shejitá, la matanza kosher de animales, se suspendía una vez que el mes de Ab comenzaba, y la carne fresca, por lo tanto, no se podía conseguir.
VINO
La costumbre Ashkenazi es abstenerse también de beber vino durante los nueve días. Los sefardíes tienen tres tradiciones diferentes. 1. Hay quienes incluyen el vino de restricción de los Nueve Días. 2. Hay aquellos que evitan el vino solo durante la semana de Tish’a beAb. 3. Hay comunidades que no incluyen en absoluto la restricción del vino durante los Nueve Días. La tradición de la comunidad Siria y otras comunidades Sefaradíes es abstenerse de comer carne y beber vino una vez que comienza el mes de Ab, con excepción de Rosh Jodesh Ab y Shabbat. Otras bebidas alcohólicas, como la cerveza, no están prohibidas durante los nueve días.
CORTARSE EL PELO Y AFEITARSE
La costumbre Ashkenazi es prohibir afeitarse y cortarse el cabello durante las tres semanas. En la mayoría de las comunidades sefardíes, los hombres evitan afeitarse y cortarse el cabello solo durante la semana de Tish’a beAb. Esta es la opinión de Shulchan Arukh. En algunas comunidades sefardíes, los hombres no se cortan el pelo desde Rosh Jodesh Ab, pero se les permite afeitarse hasta la semana de Tish’a BeAb. Las mujeres no están sujetas a estas restricciones respecto a cortarse o arreglarse el cabello. Cada persona debe seguir la tradición de su comunidad.
LOS 9 DIAS SE CUENTAN DESDE ESTA NOCHE, 5 de DE AGOSTO HASTA FINALIZADO EL DIA DE TISHA BEAB, MARTES 13 DE AGOSTO
Consulte con el rabino de su comunidad sobre la tradición y las costumbres a seguir.



LOS ROMANOS Y LA RELIGIÓN JUDÍA
La semana pasada explicamos cómo Judea (יהודה = Israel) dejó de ser un estado independiente y fue convertida en provincia romana por el emperador Augusto. Al igual que los griegos 100 años antes, Roma trató de acabar con el judaísmo e imponer su culto. Los judíos obviamente resistieron. Pero los romanos, que eran tolerantes con otros pueblos paganos, no aceptaban la religión judía. Nunca entendieron la “cláusula de exclusividad” del monoteísmo: por qué los judíos eran tan “arrogantes” y no estaban dispuestos a aceptar otros dioses en su Templo junto con su propio Dios, como lo hacían todos los demás pueblos del mundo. Además, para los romanos el judaísmo era excesivamente aburrido: impone reglas y límites. Mientras que las otras religiones consistían en socializar: entregarse a la glotonería y a la embriaguez y, sobre todo, a normalizar la promiscuidad, haciéndola parte de los ritos religiosos.
LA PRUEBA DE CALÍGULA
La presión para persuadir a los judíos a abandonar su ya obsoleta y aburrida religión era incesante. Y en un momento se tornó peligrosa. Esto ocurrió en los tiempos de Calígula, que gobernó el imperio entre los años 37 y 41 de la era común. Calígula fue probablemente el peor emperador de la historia romana, y cruzó los límites de la sanidad cuando se proclamó a sí mismo “dios”y demandó ser adorado como tal. Su obsesión narcisista lo llevó a hacer cortar las cabezas de las estatuas de los otros ídolos romanos y reemplazarlos por su propio busto. En Roma construyó dos templos dedicados a su culto. Y también quiso poner a prueba su divinidad con el examen más riguroso: el de los judíos. Primero mandó a erigir y colocar su estatua en las sinagogas de Alejandría, donde había una importante comunidad judía. Los judíos se opusieron con vehemencia, e incluso el procurador romano Flacus (o Flaco), se negó a obligar a los judíos a erigir estatuas de Calígula. Pero Calígula reaccionó destituyendo a Flacus de su puesto y ejecutándolo.
¿CALÍGULA EN JERUSALEM?
La siguiente historia está relatada por el famoso historiador judío Flavio Josefo (37 – 100 de la era común ). Josefo cuenta que Calígula envió una orden para que se construyeran estatuas suyas y fueran instaladas en todo Judea. Los judíos decidieron resistir. Calígula envió entonces a su mejor hombre para esta misión: el Procurador de Siria, Petronio, y le aportó dos legiones del ejército romano — más de 10.000 soldados– para llevar a cabo la tarea, cueste lo que cueste. Petronio desembarcó en el puerto de Aco y allí fue interceptado por una delegación de decenas de miles de judíos que habían llegado desde todos los confines de Israel. Le explicaron a Petronio que la Torá prohíbe terminantemente esculpir imágenes de nuestro propio Dios, y obviamente de un ídolo humano, y que adorar o incluso erigir estatuas de Calígula constituiría el acto más ofensivo en nuestra religión. “¿Estáis preparados entonces para enfrentarse a una guerra con el emperador romano?” preguntó Petronio. A lo que los judíos le respondieron: “Si el emperador persiste en su deseo de erigir sus estatuas, deberá matar primero a la totalidad de la nación judía. Ningún judío va a dejar de sacrificar su vida para evitar esta afrenta. “ Acto seguido, cuenta Josefo, todos los judíos se presentaron ante Petronio, con sus esposas y sus hijos, desnudaron sus cuellos y le dijeron que estaban dispuestos a defender el honor del Dios de Israel con sus propias vidas. Petronio, conmovido por la convicción de los judíos, trató de postergar al máximo la ejecución de su misión. A finales del año 40, cuando ya no pudo hacer más tiempo, escribió una carta a Calígula tratando de disuadirlo. Enojadísimo, Calígula le ordenó a Petronio quitarse la vida y redobló su apuesta con los judíos: mandaría a “construir su estatua en Roma y la llevaría personalmente a Jerusalem para ser erigida en el Gran Templo judío de Jerusalem”. Y entonces, ocurrió un gran milagro: el 24 de enero del año 41, Calígula fue asesinado en una histórica conspiración organizada por su propia guardia imperial, y la pesadilla que podía habernos llevado al final, finalmente terminó (y Petronio no llegó a suicidarse). Los judíos nos mantuvimos unidos y firmes en nuestros principios, y HaShem estuvo de nuestro lado.
CLAUDIO Y LOS JUDIOS
El nuevo emperador romano, Claudio. (41-54 EC), fue un poco mejor con los judíos. Restauró la autonomía de Judea y en el año 41 les permitió a los judíos tener su propio rey Agripas. Agripas (llamado por los historiadores “Herodes Agripa I”) era muy respetuoso de la Torá y de sus leyes y protegió al Bet haMiqdash. Su reinado fue recordado por los judíos como muy positivo y favorable. Pero duró muy poco…. Agripas murió en el año 44. Luego de la muerte de Agripas comienza un periodo muy amargo y difícil para Am Israel, que culminó con la destrucción del Bet haMiqdash en el año 68.

HERODES, REY DE JUDEA
Anteriormente, escribimos sobre el proceso que llevó a Judea (Israel) a convertirse en un estado vasallo del Imperio Romano (ver aquí) . En esta nueva situación, el emperador romano nombró un “Rey” para gobernar sobre Judea. La lealtad de estos Reyes vasallos era principalmente hacia Roma, y no hacia sus hermanos judíos. El más conocido de estos reyes fue sin duda Herodes (años 37 al año 4, antes de la era común). La familia de Herodes era originalmente edomita. En este sentido, los romanos se aseguraban la lealtad del monarca al elegir un rey que, si bien había nacido en Judea, no era completamente judío.
La historia de los edomitas y su relación con Am Israel es bastante compleja. Edom descendía de Esav, el hermano de Ya’aqob. Esto normalmente significaría que los judíos y los edomitas deberían ser aliados cercanos. Sin embargo, durante mucho tiempo, especialmente en los días del rey David (año 1000 a.e.c ), Israel y Edom fueron enemigos. Lo mismo sucedió en el momento de la destrucción del primer Bet haMiqdash (Templo de Jerusalem, 586 a.e.c), los edomitas se unieron a nuestros enemigos, los babilonios. La maldad y la crueldad indescriptible de los edomitas hacia los judíos se registra explícitamente en Tehilim, el Salmo ‘al neharot Babel (137: 7).
LOS EDOMITAS SE CONVIERTEN AL JUDAISMO
En la época de los Jashmonayim (150 a. C.), los edomitas se convirtieron al judaísmo, y muchos de ellos se integraron completamente al pueblo judío, lucharon en sus filas y compartieron su mismo destino. Pero este no fue el caso de Herodes. Su lealtad a los romanos era de la misma intensidad que su odio hacia los judíos. Herodes no solo colaboró plenamente con los romanos recaudando fuertes impuestos de los judíos, sino que también estableció templos paganos en varias ciudades de Israel, como Cesarea y otros lugares. Su mayor provocación fue colocar un águila de oro, el símbolo religioso y militar de Roma, en la puerta de entrada del Bet-haMiqdash. Los rabinos alentaron a un grupo de jóvenes judíos a sacar el ídolo romano. Los jóvenes fueron capturados y llevados a Herodes. Flavio Josefo registra el diálogo que tuvo lugar en ese momento. Herodes les dijo: “¿Quién les ordenó destruir el águila?” Los jóvenes respondieron: “Las leyes de nuestros padres”. Herodes les preguntó: “¿Y por qué parecen estar tan tranquilos y contentos? ¿No sabes que los ejecutaré? “. Los jóvenes judíos respondieron: “Lo sabemos, pero también sabemos que la vida eterna nos espera en el mundo venidero” (‘olam haba). Herodes ordenó que ellos y sus cómplices, 40 jóvenes judíos, fueran ejecutados junto con dos grandes rabinos de Israel, quemándolos vivos en una hoguera pública.
DEL ESTADO VASAL A UNA PROVINCIA ROMANA
En el año 6 de la era común, 10 años después de la muerte de Herodes, Augusto, el primer emperador romano, abolió la monarquía “judía” y convirtió a Judea en una provincia romana. Es decir, desde ese momento, no habría más reyes o gobernadores judíos y Judea estaría directamente bajo la jurisdicción del emperador de Roma. Esto también significaba que la religión oficial de Roma se establecería más sólidamente en Judea. Los romanos, como los griegos 200 años antes, esperaban ahora que los judíos abandonaran su religión y adoptaran a los dioses romanos, “como lo hacia gustosamente todo el resto del imperio”. Y desafortunadamente, como ya había sucedido en los tiempos del Imperio griego, muchos judíos acaudalados traicionaron su fe y a sus hermanos, para obtener exenciones de impuestos y otros beneficios que les fueron otorgados por colaborar con los romanos.
Para peor, ahora que Judea era una provincia romana, los romanos sentían que tenían el derecho de nombrar al sacerdote que serviría como el Sumo Sacerdote (Cohen Gadol) en el Bet haMiqdash. Entre otras cosas, esto significaba que los romanos tenían acceso ilimitado para robar del Bet haMiqdash sus valiosos artículos hechos de oro y plata (kele haqodesh). El conocido prefecto romano Poncio Pilato (26-36 de la era común), por ejemplo, robó valiosos artefactos del Beth-haMiqdash y con esos fondos construyó un acueducto en Jerusalén.
Este nuevo escenario se estaba volviendo cada vez más insoportable, y una nueva idea (casi suicida) comenzó a fermentar en las mentes y los corazones de los judíos: debemos rebelarnos contra el Imperio Romano, y recuperar nuestra autonomía política y religiosa, antes de que el judaísmo desaparezca. Los ecos de una rebelión imposible contra el ejército más poderoso de la historia de la humanidad se podía sentir en el aire de Yerushalayim …
Continuará

APRENDER DE LA HISTORIA
Estamos en un periodo de tres semanas, desde el 17 de Tamuz hasta el día 9 del mes de Ab (12 de agosto de 2024 a la noche), conocido en hebreo como “Ben haMetsarim”, que significa “Entre las tragedias”, en alusión a los trágicos acontecimientos que recordamos el 17 de Tamuz y el 9 de Ab. Estos son días en los que, como veremos más adelante, guardamos un grado de duelo que va creciendo a medida que nos acercamos al 9 de Ab, que es el día de duelo nacional del pueblo judío. Estos son también días de reflexión, no solo para conmemorar y recordar nuestra historia, sino especialmente para aprender de los errores que cometimos en el pasado. La filosofía de nuestra Torá explica que hay una relación directa entre nuestro comportamiento religioso y el nivel de Protección Divina que merecemos, particularmente en el nivel colectivo, es decir, como pueblo. Como lo dice la Torá explícitamente en Parashat Bejuqotay (Levítico 26:14-46) y Perashat Ki-Tabó (28:15-69), cuando cumplimos nuestra parte del pacto y honramos nuestro compromiso con Dios, el Todopoderoso honra Su parte del pacto protegiéndonos contra nuestros enemigos.
CUANDO LOS HERMANOS SE PELEAN…
Cuando nuestros Sabios analizaron, por ejemplo, qué fue lo que llevó a la destrucción del Segundo Templo (año 68 de la era común), no atribuyeron nuestra derrota al enorme poderío militar de los romanos. Los Sabios, en lugar de eso, enseñaron a “mirarnos al espejo” y a preguntarnos: ¿Qué hicimos mal para no merecer la ayuda Divina? En este caso, la respuesta que nos brindaron es muy específica: nuestro pecado fue “sinat jinam”. “Odio irracional entre hermanos”. Es decir, divisiones entre los propios judíos: sectarismo político, religioso, social. Algo que todavía no hemos superado. Esta intolerancia entre nosotros mismos es irracional y muy peligrosa porque las divisiones nos debilitan y quedamos expuestos a nuestros implacables enemigos. En realidad, todo lo que se necesita saber acerca de las desastrosas consecuencias de “sinat jinam” se puede aprender de la historia de dos hermanos, Yojanán Hircano y Yehudá Aristóbulo. Lo ocurrido con ellos 130 años antes de la destrucción de nuestro Templo desencadenó en realidad ese trágico evento.
UN POCO DE HISTORIA
Recordemos que en el año 141 aec, los judíos finalmente recuperamos nuestro estado independiente y por primera vez desde la época del Reino de Yehudá, teníamos nuestro propio “ejército judío” que era muy poderoso y famoso por la bravura de sus soldados. Este fue un periodo de unión y fortaleza entre los Yehudim. Y bajo el liderazgo de Shimón, el último sobreviviente de los hijos de Matitiyahu, gozamos de un periodo de paz y prosperidad, viviendo de acuerdo a nuestra Torá.
Todo cambió en el año 65 aec.
Yojanán Hircano y Yehudá Aristóbulo, los descendientes de Shimón, reclamaban el trono luego de la muerte de Alexander Yanai y no se podían poner de acuerdo. La enemistad y el odio entre estos dos hermanos se reflejaban también en sus seguidores y adeptos políticos que no dudaron en aliarse militarmente con pueblos no judíos para reforzar sus propios ejércitos. La situación era tan mala que el estado judío estaba al borde de una guerra civil por el odio entre estos dos hermanos y sus adeptos. En esos años, los romanos, que estaban creciendo militarmente, habían enviado al famoso comandante Pompeyo al Mediterráneo para proteger a sus barcos de los piratas que los atacaban y los saqueaban. Una vez en el Medio Oriente, Pompeyo vio que la situación política en Judea era muy frágil y decidió aprovecharse de la situación. Se ofreció para arbitrar entre los dos hermanos y decidir quién debería asumir el cargo. Los judíos, distraídos con sus sangrientas batallas internas, aceptaron la intermediación sin darse cuenta de que estaban cayendo en una trampa política devastadora, abriéndole las puertas a los romanos para apoderarse de Jerusalem. Con mucha astucia política, Pompeyo decidió que Yojanán, el menos poderoso de los dos hermanos, debía ser el nuevo monarca. No conforme con el veredicto, Aristóbulo reunió un ejército en Yerushalayim. Pompeyo, con el beneplácito de Yojanán, trajo a su ejército y comenzó una guerra civil que duró más de tres meses. Murieron más de 12.000 soldados judíos. Una vez vencido Aristóbulo, y con el ejército judío ya devastado, Pompeyo desplazó a Yojanán, se apoderó de la ciudad de Jerusalem y terminó así con el estado judío independiente. Los romanos se habían instalado en Jerusalem para quedarse, y nosotros, por nuestras luchas internas, les habíamos abierto las puertas.
Para más información sobre este periodo histórico, ver más abajo
Continuará
Halajot de las 3 semanas
Durante estas tres semanas, desde el 17 de Tamuz hasta el 9 de Ab, observamos ciertas restricciones de duelo. Estas costumbres difieren considerablemente de una comunidad a otra y se vuelven más estrictas a medida que nos acercamos al 9 de Ab.
Hay 4 niveles de duelo que guardamos:
Presentamos aquí algunos ejemplos del primer nivel, es decir, desde este pasado domingo hasta el comienzo del mes de Ab:
Casamientos: Los rabinos del Talmud, Maimónides, el Shulján Aruj, etc., no mencionaron ninguna restricción respecto a la celebración de bodas durante los días antes del comienzo del mes de Ab. La antigua costumbre sefardí, por lo tanto, no limitaba la celebración de un casamiento entre el 17 de Tamuz y el comienzo del mes de Ab. La costumbre asquenazí, sin embargo, es suspender la celebración de casamientos a partir del 17 de Tamuz. En el presente, y para mantener un nivel de uniformidad en el tema de casamientos entre las dos comunidades, las congregaciones sefardíes también han adoptado la costumbre de suspender los casamientos en estos días.
Shehejeianu: El Shulján Aruj menciona que es procedente evitar el consumo de una fruta de temporada nueva, lo cual requiere la recitación de la bendición Shehejeianu, durante estas tres semanas. La costumbre sefardí (Rab Ovadia Yosef) y asquenazí (Peninei Halajá) es reservar la recitación de Shehejeianu por una fruta nueva para Shabbat.
Corte de cabello: La costumbre para la mayoría de los sefardíes es permitir cortarse el cabello o afeitarse hasta la semana de Tish’a BeAb. La tradición asquenazí (Ramá 551:4) y la costumbre de algunos judíos sefardíes es diferente: cortarse el pelo o afeitarse está prohibido desde el 17 de Tamuz hasta después de Tish’a BeAb (las restricciones de corte de cabello no se aplican a las mujeres).
TEXTO DE WIKIPEDIA
Aristóbulo gobernó Judea durante cuatro años. Continuó con las conquistas de su padre Alejandro Janeo y buscó subyugar a los vecinos no judíos. Se hizo especialmente conocido por los barcos de guerra que colocó en las costas, que perseguían a los comerciantes y exigían el pago de impuestos. Antípatro (padre de Herodes), que residía en Jerusalén y pertenecía a una destacada familia idumea, se acercó a Yojanán (Hircano), que ocupaba la posición de “hermano del rey”, y le advirtió que Aristóbulo podría matarlo. En ayuda de Yojanán, reclutó a su aliado, el rey nabateo Aretas, y ambos salieron a luchar por Judea. Aristóbulo fue derrotado y se refugió en el templo. En el Talmud se conserva una historia de los días del asedio sobre cómo continuó la ofrenda de sacrificios:
“Cuando los reyes jasmoneos pelearon entre sí, Yojanán estaba afuera y Aristóbulo adentro. Cada día, los hombres de Aristóbulo bajaban dinares en una cesta y los de Yojanán les subían animales para los sacrificios. Había allí un anciano… que les dijo (a los hombres de Yojanán): ‘Mientras sigan con su trabajo no caerán en sus manos’. Al día siguiente, bajaron dinares en una cesta y ellos les subieron un cerdo. Cuando este llegó a la mitad del muro, clavó sus pezuñas en el muro e hizo temblar la tierra de Israel…”.
Mientras tanto, durante el prolongado asedio, en el año 65 a.C., llegó a la región de Siria el comandante romano Marco Emilio Escauro. Aristóbulo lo sobornó y por lo tanto lo apoyó. Con esta ayuda, Aristóbulo expulsó a Yojanán y a sus aliados árabes y los mató. Sus partidarios tomaron el control de Jerusalén, y él se estableció en la fortaleza de Alexandrion (en el valle del Jordán, al norte del Mar Muerto). Cuando Pompeyo, comandante de Escauro, llegó a Siria, los dos hermanos rivales fueron a Damasco y presentaron sus reclamaciones. Se cuenta que también llegó una tercera delegación, quizás de carácter fariseo, que no estaba contenta con la existencia de una monarquía en Judea y propuso restaurar la tradición del gobierno del sumo sacerdote. Pompeyo finalmente se inclinó hacia Yojanán. Según Josefo, esto se debió a que Aristóbulo era demasiado orgulloso para adularlo lo suficiente.
Aristóbulo, quizás porque comprendió hacia dónde soplaba el viento, o tal vez debido a su impulsividad, regresó a Jerusalén para defenderla, y provocó la ira de Pompeyo, quien marchó contra él. Al ver que su ejército era insuficiente en comparación con los romanos, prometió a Pompeyo grandes sobornos y entregar la ciudad en sus manos, junto con todas las fortalezas de Judea, pero sin cumplir con sus promesas. Pompeyo lo capturó. Sus partidarios intentaron defender la ciudad, pero el pueblo de Jerusalén, aterrorizado y dividido entre los partidarios de los dos hermanos, se rebeló y abrió las puertas al general romano. Los partidarios de Aristóbulo huyeron al Monte del Templo. Según Josefo, el monte estaba rodeado por un profundo foso que los romanos tuvieron dificultades para llenar, ya que los judíos se lo impedían. Sin embargo, en los sábados los judíos se abstenían de trabajar, y como resultado, los romanos lograron llenar el foso y penetrar en el monte.
Durante todo ese tiempo, el culto en el Templo continuó normalmente. Josefo escribe:
“Y muchos de los sacerdotes, al ver a los enemigos acercarse a ellos con espadas desenvainadas, no se atemorizaron, y permanecieron en sus puestos para servir a su Dios, y mientras derramaban la sangre del sacrificio y preparaban el incienso, fueron asesinados en sus altares, porque el servicio a Dios les importaba más que salvar sus propias vidas”.
Según su testimonio, murieron doce mil judíos, entre ellos algunos que “se arrojaron desde lo alto de las torres, y algunos enloquecieron al ver el desastre y prendieron fuego alrededor de la muralla y se quemaron vivos”.
Sin embargo, lo que más dolió al pueblo fue la profanación del Santo de los Santos. Pompeyo entró en él, el lugar donde solo se permitía entrar al sumo sacerdote en el Día de la Expiación, pero no se llevó los tesoros y renovó el culto como de costumbre. Nombró a Yojanán como sumo sacerdote.
Así, la disputa entre los hermanos puso fin al gobierno independiente Jasmoneo de Judea.
Adaptado de Wikipedia en hebreo, basado en la historia relatada por Flavio Josefo. (ver artículo completo en hebreo aquí Aristóbulo II)