NITSABIM-VAYELEJ: ¿Llevar o no llevar a los niños a la sinagoga?

En muchas casas judías, todas las semanas, se repite la misma conversación. ¿Llevamos o no llevamos a los niños a la sinagoga? Son horas de Tefilá. Se aburren. No entienden una palabra. Y pueden molestar a los adultos. Y muchas veces la decisión es: que se queden en casa. Cuando sean más grandes y entiendan, los llevaremos.

Esta semana la Torá responde esa pregunta. Y la respuesta tiene 3,500 años.

LA ÚLTIMA CONVOCATORIA DE MOSHÉ

La sección de Nitsabim-Vayelej ocurre cuando Moshé está por morir. Sabe que no va a entrar a la tierra de Israel. Y una de las últimas cosas que hace no es una advertencia ni una despedida: es convocar una reunión cada siete años.

Esa Mitsvá se llama Haqhel, “reúne”. Al terminar el año de Shemitá, en la fiesta de Sucot, todo el pueblo de Israel debía congregarse en el Bet HaMiqdash para escuchar la lectura de la Torá. Y la Torá especifica quiénes deben estar:

“Reúne al pueblo: los hombres, las mujeres, los niños pequeños (hataf) y el extranjero que vive en tus ciudades, para que escuchen y aprendan, y respeten a HaShem tu Dios, y cuiden de cumplir todas las palabras de esta Torá” (Debarim 31:12).

Los hombres, se entiende. Las mujeres, también. Pero hataf son los niños pequeños de 4 o 6 años, o los que todavía no hablan, o van en brazos o en cochecito. ¿Por qué la Torá ordena traerlos al Templo, a un evento que consiste en escuchar un texto que no pueden comprender?

NO ES UNA CLASE

Maimónides explica por qué (Mishné Torá, Hiljot Jaguigá 3:6), y su explicación cambia por completo el sentido del evento.

Haqhel no es una clase de Torá. Si fuera una clase, en la que hay que entender todo, el que no entiende el idioma no tendría nada que hacer ahí. Pero Maimónides escribe que incluso el extranjero o converso que no comprende hebreo tiene la obligación de presentarse, prestar atención y escuchar “…con la alegría y el temblor del día en que la Torá fue entregada en el Sinaí”. Y por el otro lado: incluso los grandes sabios que ya conocen la Torá entera deben escuchar con la máxima concentración. Cada persona, dice Maimónides, “debe verse a sí misma como si en este momento le estuviera siendo revelada la Torá, y la estuviera escuchando de la boca del Todopoderoso”.

Haqhel es la Mitsvá de estar presente en un acto espiritual colectivo. Volver a vivir la experiencia del Monte Sinaí, el día en que el pueblo de Israel entero, hombres, mujeres y niños, estuvo de pie al pie de la montaña. En el Sinaí nadie preguntó si los chicos entendían. Estaban ahí. Y eso es lo que importaba. Porque de eso depende la continuidad judía: no de lo que un niño entiende, sino de dónde estuvo presente.

UNA CUNA EN LA CASA DE ESTUDIO

El Talmud Yerushalmí (Yebamot 1:6) conserva un recuerdo sobre la infancia de Ribbí Yehoshúa ben Jananiá, uno de los grandes sabios de la Mishná, contado por Ribbí Dosa ben Harkinás, un sabio muy anciano que lo conoció de niño:

“Recuerdo que su madre llevaba su cuna a la casa de estudio, para que sus oídos se apegaran a las palabras de la Torá”.

La madre de Ribbí Yehoshúa no esperó a que su hijo entendiera. Llevaba el “cochecito” del bebé, y allí el bebé absorbía las melodías de la Torá y escuchaba las voces que discutían en un idioma que todavía no conocía. Ese bebé llegó a ser uno de los sabios más grandes de la Mishná, el hombre de quien Rabbán Yojanán ben Zakay dijo: “Dichosa la que lo dio a luz” (Abot 2:8).

Mi esposa Coty siempre cuenta la historia de un niño al que su mamá llevaba a una clase de Torá que, evidentemente, no entendía. Y al niño le brillaban los ojos de alegría de ir. Un día su mamá le preguntó: “¿Entiendes algo de lo que dice este rabino?”. Y el niño respondió: “No, ¡pero sus palabras tienen gusto a helado!”.

Si le preguntas a cualquier adulto qué recuerda de los Rosh HaShaná de su infancia, casi nadie se acuerda de la derashá del rabino. Pero todos recuerdan el sonido del Shofar. La melodía y las lágrimas del Oqued vehaneeqad. Los Cohanim en el Dujan, sin zapatos y con sus cabezas cubiertas. Estar bajo el talet del padre o del abuelo, y sus manos bendiciendo. Todo lo que un niño se lleva de la sinagoga entra por los oídos y por los ojos, no por el intelecto. Y esas son exactamente las cosas a las que va a querer volver veinte o treinta años después, cuando decida que quiere que sus propios hijos las experimenten.

Moshé no convocó a los niños al Templo por lo que fueran a aprender. Los convocó para que estén, lo disfruten, y quieran volver.

EL DILEMA DE LOS NIÑOS

La mayoría de los Baté Kenéset que conozco tiene un programa para niños, para que no corran por la sinagoga en los momentos de Tefilá o de lectura de la Torá en los que los adultos deben estar concentrados, y expuestos a la menor cantidad de ruido posible. Y no siempre funciona a la perfección, porque es imposible tener una sinagoga a prueba de ruidos cuando hay niños en el mismo edificio. Pero es indispensable que los niños vengan al Bet HaKenéset. Y que “la pasen bien”: que la experiencia de la sinagoga no sea la de un adulto que les grita, sino la de un lugar donde son bienvenidos, con premios y actividades pensadas para ellos.

Una sinagoga sin niños no tiene futuro. Ni presente. Los niños son en la sinagoga como las flores en el Bet HaMiqdash: le dan vida, color, alegría. Si en algún momento hay un poco más de ruido, es un precio pequeño por lo que significa tenerlos, y que experimenten Haqhel: reunirse con sus mayores frente a Dios, escuchando la Torá.

Hay que alentar los Minyanim para niños, con premios y regalos, para que se vayan de la sinagoga con ganas de volver. Que asocien la experiencia en el Bet HaKenéset con alegría y sentimientos positivos, y no al revés. No hay mejor fórmula para el futuro de una comunidad que alentar a los niños para que lean la Torá de chiquitos, que lean el Maftir a los 4 o 5 años (como hacemos en mi Bet HaKenéset, donde les hacemos una fiesta y regalos cada vez que un niño lee por primera vez).

El futuro de Am Israel depende de que nuestros hijos se conecten al Bet HaKenéset con alegría.

Rab Yosef Bitton




RESUMEN DE NITSABIM-VAYELEJ

Este Shabbat leemos dos Parashiyot juntas: Nitsabim y Vayelej.

EXILIO

Cuando la vida de Moshé está llegando a su fin, reúne a todo el pueblo de Israel —hombres, mujeres y niños de la nueva generación— para reafirmar el Pacto (berit) con HaShem que se había celebrado cuarenta años antes en el monte Sinaí, donde se estableció que el pueblo de Israel es la nación de Dios. Moshé les recordó que este Pacto seguirá por todas las generaciones, y les advirtió que no se dejaran tentar por el estilo de vida idólatra que conocieron en Egipto, en las naciones que encontraron durante su travesía por el desierto y en las que encontrarán en la tierra de Canaán. Moshé advirtió al pueblo sobre su responsabilidad comunitaria e indicó que si no siguen el camino de Dios, no podrán seguir habitando la tierra de Israel y serán exiliados a causa de sus pecados.

TESHUBÁ (= REGRESO A ISRAEL)

Esta increíble sección de la Torá también anticipa que, finalmente, desde el exilio, el pueblo de Israel volverá a Dios con todo su corazón, y Él los ayudará a regresar a Israel desde los rincones más lejanos del planeta y los devolverá a la tierra de sus antepasados, donde vivirán bajo Su protección y con Su bendición. Cuando HaShem reúna a los exiliados de Su pueblo, los judíos volverán a servirle y serán bendecidos con abundancia en el trabajo de sus manos, en el fruto de su vientre, de su tierra y de su ganado.

LA TORÁ ES ACCESIBLE

Moshé exhortó al pueblo a seguir los preceptos del Pacto (= la Torá), informándoles que “no es inalcanzable ni está fuera de tu alcance. No está en el cielo… ni al otro lado del mar… más bien, está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas”. Moshé le dice al pueblo de Israel que tiene la libertad para elegir entre el bien y el mal, la vida y la muerte. Su elección determinará si serán o no beneficiarios de las bendiciones de HaShem. Moshé imploró al pueblo de Israel que eligiera la vida.

LOS ÚLTIMOS DÍAS DE MOSHÉ

Moshé informa al pueblo que ya tiene 120 años y que no se le permitirá cruzar el río Jordán para acompañarlos a la tierra de Israel. En su lugar, Yehoshúa los guiará, y HaShem irá delante de ellos y destruirá a sus enemigos en la conquista de Canaán. Moshé exhortó a los israelitas a ser fuertes y no temer a sus enemigos. Moshé convocó a Yehoshúa y le dijo que sea fuerte y valiente, porque HaShem irá delante de él y no lo abandonará.

Luego, Moshé escribió toda la Torá, los Cinco Libros o Pentateuco, y la entregó a los Cohanim (sacerdotes) y a los ancianos de Israel. Moshé le ordenó al pueblo que se reúna cada siete años, durante la festividad de Sucot: todos los hombres, mujeres y niños, para escuchar al rey leer públicamente la Torá. (Con el pasar del tiempo, se estableció que la Torá se leería públicamente todos los lunes, jueves y Shabbat, por la mañana y por la tarde, y también en las festividades).

ÚLTIMA ADVERTENCIA

HaShem le ordenó a Moshé que entrara al Ohel Moed junto con Yehoshúa. HaShem se presentó a ambos y les informó que, en el futuro, los Yehudim abandonarían el camino de Dios, traicionarían el Pacto y seguirían a los dioses paganos. En ese momento, HaShem ocultará Su rostro —es decir, Su protección— y quedarán a merced de sus enemigos. Por lo tanto, HaShem dice: “Escriban este poema”, que será un canto testimonial en sus bocas, para que recuerden que cuando Dios no los está protegiendo no es porque Él no existe, sino porque el pueblo se ha alejado de Él. Este cántico es la lectura de la Torá de la semana que viene, Shabbat Shubá: Parashat Haazinu.

LA TORÁ ES RECIBIDA POR EL PUEBLO

Moshé tomó el libro de la Torá recién concluido y lo entregó a los levitas. Les instruyó que lo colocaran junto al Arca que contenía las Tablas. Luego, Moshé reunió a toda la nación para que escuche el cántico, en el que invocará a los cielos y a la tierra como testigos de que los judíos fueron advertidos sobre las consecuencias de sus acciones.




La sinagoga y la casa de los abuelos

Siempre que veo a un niño o una niña jugando en los escalones que suben al Arón HaQódesh me acuerdo de este cuento, que creo que es una historia verídica.

Se cuenta que, en la España de la Inquisición, el rey, que quería convencer a Don Isaac Abravanel de convertirse al cristianismo, le preguntó un día: “¿Cómo me explicas que en la iglesia reine un respeto y un silencio absoluto, tanto los grandes como los chicos, mientras que en tu sinagoga hay siempre niños corriendo por los pasillos?”.

Abravanel le respondió sin eufemismos: “Majestad, en un velorio la gente se comporta ante un muerto en silencio, con temor y con la máxima reverencia. Todo es muy formal y nadie se mueve de su asiento. Pero en la casa de los abuelos, los niños se sienten como en su propia casa y a veces saltan o juegan y la pasan bien. Para nuestros niños —le dijo— la sinagoga no es una casa de duelo: es como la casa de los abuelos”.




TESHUBÁ: Soy lo que haga con mi vida en los próximos 5 minutos

Estamos en Elul, el mes del balance. Y para hablar de balances, nadie mejor que Maimónides.

En el tercer capítulo de Hiljot Teshubá, Maimónides explica que en términos de comportamiento hay tres categorías de personas: el tsadiq, el rashá y el benoní. El tsadiq (la persona justa) es aquel que ha hecho más bien que mal. El rashá (la persona mala) es aquel cuyo balance de buenas y malas acciones es negativo. Y el benoní —la persona promedio, algo así como “el hombre mediocre” de José Ingenieros— es aquel cuyas buenas y malas acciones están en equilibrio.

Hasta acá, nada sorprendente: parece un cuadro de puntaje. Puntos azules, puntos rojos, y una suma al final.

Pero unas líneas más adelante Maimónides desarma el cuadro.

LA CUENTA QUE NADIE PUEDE HACER

Este cálculo, dice Maimónides, es inaccesible para nosotros. No depende de la “cantidad” de preceptos observados o transgresiones cometidas. La evaluación real solo la conoce Dios.

¿Por qué? Porque solo Dios conoce, por ejemplo, el verdadero potencial de cada uno. Si mi potencial para hacer el bien es 10 —porque tengo los medios, el tiempo, la salud, el conocimiento— pero llegué apenas a 7, tengo menos mérito que la persona cuyo potencial era 5, porque no tuvo mis posibilidades, y llegó a 5. En la aritmética del Cielo, 5 puede valer más que 7.

Y solo Dios conoce las fuerzas psicológicas que empujan a cada persona. Para alguien que creció en un ambiente donde mentir era la norma, decir la verdad es una batalla diaria y cada victoria vale muchísimo. Para otro, criado en una casa donde jamás se escuchó una mentira, decir la verdad no tiene demasiado mérito: le sale solo.

Conclusión: el saldo de mis méritos es inaccesible. No solo para mi vecino, que me juzga por lo que ve. También para mí mismo.

LA PREGUNTA INCÓMODA

Este pensamiento conduce a Maimónides a una pregunta muy práctica: si no puedo saber si a los ojos de Dios soy una buena o una mala persona, ¿cómo tengo que verme a mí mismo?

Las dos respuestas obvias son dos trampas.

Si me veo como un tsadiq, me estanco. Ya está, ya cumplí, tengo mérito acumulado. Es más: empiezo a sentir que tengo “crédito” para permitirme algunos pecados, como el de hacer dieta toda la semana y premiarme el domingo.

Si me veo como un rashá, es peor. Los rabinos le pusieron nombre a ese estado: yeush, el abandono psicológico. Ya está, ya soy así, no tengo remedio, ¿para qué intentar? El que se declara irrecuperable queda liberado de mejorar.

Una respuesta produce inercia. La otra produce parálisis. Las dos matan la Teshubá.

EL SECRETO: 50/50

Maimónides, que además de sabio era un genial educador, propone entonces algo que hoy llamaríamos psicología conductista: una persona debe percibirse a sí misma, siempre, en un perfecto estado de equilibrio. 50 y 50. Como si mis méritos y mis faltas estuvieran en un balance exacto, delicadísimo — y la próxima acción que realice fuera a inclinar la balanza hacia un lado o hacia el otro.

Mi próxima decisión moral —hacer una Mitsvá o dejarla pasar, cometer una transgresión o frenar— no es un punto más en una lista larga. Es LA decisión. La que define, ahora mismo, si soy una buena o una mala persona.

Y Maimónides agrega algo más audaz todavía: no solo yo estoy en equilibrio. El mundo entero lo está. Con una sola buena acción, escribe, una persona puede inclinar la balanza propia — y la del mundo entero — hacia el lado del mérito.

Pensalo la próxima vez que estés por decidir algo pequeño: según Maimónides, en ese instante tenés el mundo en las manos.

LOS PRÓXIMOS 5 MINUTOS

Fijate lo que Maimónides logró con este planteo. La pregunta “¿soy una buena persona?” mira hacia atrás, hacia una cuenta que no podemos hacer ni nosotros. Maimónides la da vuelta: no importa el saldo, que solo Dios conoce. Importa el próximo movimiento, que depende solo de mí.

Por eso Elul no nos pregunta quiénes fuimos. Nos pregunta otra cosa, mucho más urgente y mucho más generosa: ¿qué vas a hacer en los próximos cinco minutos?

Yo soy eso. Soy lo que haga con mi vida en los próximos cinco minutos.




Rab Isaac Arama (1452-1515), y los 6 principios de la fe judía

Aragón, España. Segunda mitad del siglo XV. Cada tanto, los pregoneros de la iglesia recorren el barrio judío con un anuncio: este domingo, asistencia obligatoria al sermón.

Y los judíos van. No tienen opción: es la ley. Entran a la iglesia, se sientan en los bancos, y escuchan a un fraile explicarles, durante una hora, por qué su religión es falsa, por qué sus abuelos estaban equivocados, por qué deberían abandonar la Torá.

Entre los que están obligados a escuchar, semana tras semana, está el rabino de la comunidad: Rab Yitzhak Arama.

Pensemos un momento en su situación. Su gente sale de esos sermones confundida, humillada, llena de preguntas que nadie le enseñó a responder. Algunos empiezan a dudar. Otros, agotados por la presión, terminan convirtiéndose.

¿Qué hace un rabino en esa situación?

Rab Arama respondió con lo que tenía: pronunciar mejores sermones.

EL INVENTOR DE LA DERASHÁ

El Rab Arama entendió algo que hoy nos parece obvio, pero que en su época fue una revolución: no basta con explicar el texto de la Torá. Hay que conquistar la mente y el corazón del que escucha.

Su método era así. Primero tomaba una gran idea —la fe y la razón, el sufrimiento, la libertad— y la desarrollaba sola, sin tocar todavía el versículo. El público escuchaba lo que parecía una reflexión sobre la vida. Recién después abría el texto de la parashá, mostraba todos sus ángulos y resolvía con una hermosa explicación la idea que había planteado. Y de pronto, todo cerraba. El que escuchaba no se llevaba solo una explicación: se llevaba una experiencia intelectual y emocional. Salía de la sinagoga con una respuesta para el sermón que estaba obligado a escuchar el domingo en la iglesia.

Sus sermones se convirtieron en un libro: Aqedat Yitzhak, “la atadura de Yitzhak” — un juego con su propio nombre. El libro fue tan influyente que durante siglos los predicadores judíos de todo el mundo lo usaron como modelo de sus Derashot o sermones rabínicos.

SEIS PRINCIPIOS

Tres siglos antes, Maimónides había formulado los famosos trece principios de la fe judía. Arama los conocía perfectamente, y los respetaba.

Pero Maimónides escribió para comunidades que discutían ideas dentro de un ambiente más o menos amistoso. El Rab Arama predicaba para gente acorralada, que volvía cada domingo de un sermón proselitista y hostil, que veía a sus vecinos convertirse, que necesitaba saber —en pocas palabras, palabras que se pudieran llevar puestas— ¿qué era exactamente lo innegociable? ¿Lo que ni siquiera se podría disimular?

Entonces hizo algo muy práctico: resumió. No corrigió a Maimónides; adaptó. Redujo la fe judía a seis principios. Seis ideas que un judío de a pie pudiera recordar, defender y transmitir a sus hijos en el peor momento de la historia de los judíos de España.

Y si los miramos de cerca, cada uno responde a una pregunta que su comunidad se estaba haciendo:

  1. El mundo fue creado por Dios. No es eterno, no es un accidente. Tiene un Autor — y por lo tanto, un propósito.
  2. Dios hace milagros. Interviene. El mundo no es una máquina cerrada donde nada puede cambiar. El que creó las reglas puede intervenir. Para un pueblo que necesitaba un milagro, no era un detalle técnico.
  3. La Torá es Divina. Lo que el fraile atacaba cada domingo no era una tradición humana más: era la palabra de Dios. No se negocia. Ni se reinterpreta a conveniencia.
  4. Dios supervisa el mundo. La providencia. Dios no creó el mundo para después desentenderse. Ve, sabe, acompaña. El judío humillado del banco de la iglesia no estaba abandonado.
  5. La Teshubá. Siempre se puede volver. Palabras enormes para una generación en la que tantos habían cedido a la presión: la puerta no se cierra nunca, para nadie.
  6. El alma es inmortal. Te pueden quitar la casa, el dinero, la tierra. Hay algo que no te pueden quitar. La historia no termina acá. Tu sufrimiento aquí tiene un significado. Y tus enemigos pagarán por lo que hicieron.

Creación, milagros, Torá, providencia, Teshubá, inmortalidad. Seis anclas para no ser arrastrado por la tormenta de la Inquisición.

1492

En 1492, los Reyes Católicos expulsaron a los judíos de España. Arama, ya anciano, salió con su comunidad al exilio y llegó a Nápoles, Italia.

Allí lo esperaba un amigo: Don Yitzhak Abarbanel, el gran comentarista y ex ministro de los reyes de España, expulsado de la Península como él. Los dos sabios pasaron juntos esos últimos años, estudiando. Dos de las mentes más brillantes del judaísmo español, refugiados los dos, sosteniéndose el uno al otro con lo único que se habían podido llevar: la Torá.

Rab Yitzhak Arama murió en Nápoles en 1494, dos años después de la expulsión.

La España judía que él conoció desapareció. Pero cada vez que un rabino, en cualquier lugar del mundo, empieza una derashá con una historia o una pregunta de la vida antes de llegar al versículo — está usando el método que inventó un rabino de Aragón para defender a su gente.




KI TABO: Las calumnias del Faraón y del NYTimes

El 11 de mayo de este año, el New York Times publicó una columna de Nicholas Kristof sobre abusos sexuales contra prisioneros palestinos. Entre las acusaciones había una en particular: que Israel usa perros para violar a los detenidos.

Kristof es un periodista con una carrera larga y premiada. Reportó el genocidio de Darfur y el tráfico de personas. No es un panfletista.

Un experto en conducta canina consultado por la agencia JTA —policía retirado, vinculado al proyecto de cerebro canino de Harvard— dijo que es imposible entrenar a un perro para cometer una agresión sexual.

Lo más interesante no es la acusación. Es el camino que recorrió hasta llegar ahí.

EL PROCESO

Un analista de código abierto llamado Travis Hawley lo reconstruyó paso a paso.

Junio de 2024: la cuenta en árabe de Al Jazeera publica una entrevista con un funcionario del ministerio de salud de Gaza, administrado por Hamás, que dice que los perros del ejército de Israel —perros que ese ejército, como todos los ejércitos del mundo, emplea para tareas de vigilancia y detección de rutina— cometieron “actos viles” contra los detenidos.

Días después, una cuenta anónima en X la traduce al inglés y agrega una palabra que no estaba allí: “violación”. Ahí empieza a circular el rumor. Lo levantan algunos influencers, una ex vocera de campaña antiisraelí, un periodista.

Semanas más tarde, una ONG con sede en Ginebra publica un informe que promueve la acusación. Es la misma organización que sostuvo que Israel exhuma palestinos para robarles órganos.

Días después, un israelí residente en Estados Unidos, “activista antiisraelí”, escribe que una fuente israelí le confirmó la historia. No dice quién. No aporta nada más. Según Hawley, ese fue el momento decisivo: ¡ahora hay israelíes que lo confirman!

Todos los medios alimentan la acusación. Ni siquiera X, que tantas veces agrega una nota de advertencia a sus lectores cuando circula una información falsa, intervino en este caso.

Y después vino el New York Times.

De una cuenta anónima a la página de opinión del diario más influyente del mundo. Sin que nadie, en ninguno de los eslabones, pidiera ninguna evidencia.

Si exactamente la misma acusación hubiera sido dicha sobre el ejército de Canadá o Japón o incluso Corea del Norte, el editor del New York Times exigiría documentación. Pediría el nombre de la prisión donde se cometió este acto, un informe forense, un testigo identificado, un video o por lo menos una fotografía. Es el procedimiento normal de verificación de una información.

Pero con Israel —y con los judíos— el proceso de verificación se saltea. No es necesario. La acusación no necesita probarse. No requiere evidencias. Con Israel es todo lo opuesto a “uno es inocente hasta que se demuestre lo contrario.” Y lo peor: ¡el público lo cree!

IMPUNIDAD

El antisemitismo verbal moderno tiene además otra característica: nadie paga por las mentiras que dice sobre Israel y los judíos. A nadie se le exige la renuncia, ni se le cancela la cuenta de X o Instagram. ¡Es el único odio, la única discriminación, que está normalizada en el mundo occidental! Antes, por lo menos, había una disculpa en una página interior del diario, o en un rincón del website que nadie mira y que era totalmente ineficaz contra el daño ya causado. En el caso del NYT, por ejemplo, ni siquiera hubo esa disculpa escondida. Preguntado específicamente por la acusación de los perros, el diario no respondió.

La demonización contra los judíos funciona porque en una gran parte del mundo occidental existe una predisposición de los consumidores a creer todo lo malo que se diga sobre los judíos. Hay un antisemitismo mental, cultural, inconsciente que precede al verbal, que consume con cierto “placer” la validación de sí mismo.

Me siento indignado por las increíbles, falsas y ridículas acusaciones que cada semana se escuchan de influencers norteamericanos con millones de seguidores, como Tucker Carlson o Candace Owens: sobre el “genocidio”, o que Israel mandó a matar a Charlie Kirk, o que Israel es capaz de haber promovido la invasión de los marroquíes a Ceuta, como venganza contra España. Y la lista, como todos los judíos sabemos, es horrorosamente interminable.

¿POR QUÉ FUNCIONA?

La primera razón: la historia ya está escrita. Los envenenadores de pozos, la sangre de los niños cristianos, los Protocolos, ya son parte del subconsciente de una gran parte del mundo. Una acusación nueva contra cualquier otro pueblo tiene que construirse desde cero. Contra los judíos encaja en un molde de dos mil años, y la mente no requiere evaluar evidencia porque identifica un patrón conocido.

La segunda: al acusado, Israel o los judíos, se lo describe como poderosísimo, superinfluyente, satánico. Entonces creer lo peor de él no se siente como prejuicio sino como “coraje”. En inglés se le dice VIRTUE SIGNALING, o señal de virtud: es decir, el demonizador se siente bien al repetir la acusación contra los poderosos porque siente que proteje a los más débiles. El que difunde la demonización de los judíos se ve a sí mismo como alguien que se anima a decir la verdad frente al poder. Y nadie verifica aquello que lo hace sentirse valiente.

La tercera: impunidad. Hablar mal de los judíos es automáticamente validado por el subconsciente de muchas personas “normales”, es aceptado sin requerir verificación, y no tiene ningún costo. Los difusores de calumnias contra los judíos no pagan las consecuencias de haberlas difundido. La demonización hacia los judíos es gratuita.

VAYARE’U OTANU

Nada de esto es nuevo. La Torá lo documentó desde el primer caso, cuando Israel recién nacía como pueblo y sin que hubiera hecho nada para merecerlo.

En nuestra parashá, Ki Tabo, cuando el campesino lleva las primicias al Bet-HaMiqdash recita la historia nacional desde sus comienzos en Egipto, y entonces dice:

וַיָּרֵעוּ אֹתָנוּ הַמִּצְרִים

Las traducciones convencionales dicen: “los egipcios nos hicieron mal”. Pero para decir “nos hicieron mal” la Torá tenía que haber escrito vayare’u lanu. El texto cuidadosamente dice vayare’u otanu: “nos hicieron malos”. “Hablaron mal de nosotros” = Nos demonizaron.

El Faraón instaló la imagen negativa: son muy numerosos, muy poderosos, se llevaron nuestro dinero, y si viene una guerra se van a unir a nuestros enemigos. Ningún hecho, ninguna evidencia, ninguna justificación para estas mentiras: pura tiranía verbal.

ATAQUE CONTRA DIOS

Las causas de la demonización no dependen de lo que hagamos o dejemos de hacer. Creo que tienen que ver con algo más profundo: que somos los recipientes de la bendición Divina.

Pensemos por un momento en el profundo trauma del antisemita. Abre sus propias Escrituras y encuentra que el Dios en el que dice creer eligió bendecir al pueblo judío. Levanta la vista de la página y ve que esa bendición se está cumpliendo delante de sus ojos: un país diminuto que vence una guerra en siete frentes — guerras que, según toda lógica militar, debería perder. Que prospera en Medio Oriente mientras los países que lo rodean, con más territorio, más población y más petróleo, fracasan. Ve una moneda judía que es la más fuerte del mundo, la bolsa judía subiendo, y todo esto en plena guerra, un ejército que asombra al mundo, una población que no deja de crecer, una inteligencia que produce más ciencia por habitante que ninguna otra nación.

Nada de eso debería estar pasando. Israel debería estar tan mal o peor que otros países en guerra, como Siria, Irán o Ucrania. Y sin embargo Israel prospera, mes tras mes, año tras año. Ese es el trauma insoportable del antisemita: la evidencia. Y como no puede negar la evidencia, solo le queda reinterpretarla. Convierte nuestra supervivencia en conspiración, nuestra defensa en genocidio, nuestra fortaleza en poder satánico y nuestros logros en una forma de dominación. La demonización funciona como un mecanismo de alivio psicológico: le permite al antisemita contemplar la bendición sin tener que reconocerla como milagrosa. Es el analgésico del que no soporta ver el favor de Dios hacia Israel.

El campesino judío que traía los Bikurim al Bet-HaMiqdash entendía esto. Recitaba los hechos — la calumnia de Egipto incluida — y después rezaba para que Dios continuara bendiciendo al pueblo judío y a la tierra de Israel, aunque sabía que esa bendición iba a provocar a los que nos envidian:

הַשְׁקִיפָה מִמְּעוֹן קָדְשְׁךָ מִן־הַשָּׁמַיִם וּבָרֵךְ אֶת־עַמְּךָ אֶת־יִשְׂרָאֵל וְאֵת הָאֲדָמָה אֲשֶׁר נָתַתָּה לָנוּ כַּאֲשֶׁר נִשְׁבַּעְתָּ לַאֲבֹתֵינוּ אֶרֶץ זָבַת חָלָב וּדְבָשׁ

“Observa [protégenos] desde Tu santa morada, desde los cielos, y sigue bendiciendo a Tu pueblo Israel y a la tierra que nos has dado, como juraste a nuestros padres — una tierra que mana leche y miel.”

El campesino judío no pide venganza. ¡Pide Su protección y Su bendición!

La demonización antisemita — y particularmente anti-israel o anti-sionista — es el precio a pagar por ser recipientes de la bendición de Dios.




ROSH HASHANA: Transformarnos en Abraham

Escuchar el Shofar es la Mitsvá central de Rosh Hashaná. El propósito del Shofar es claro: declarar que Dios es el Rey y Soberano del universo, y que nosotros, como Sus súbditos leales, lo reconocemos. En Rosh Hashaná celebramos la creación del primer ser humano, Adán, y por eso reconocemos a Dios como nuestro Creador y dueño (en hebreo, “Abinu”, padre). Dios nos regaló la vida. Pero, al mismo tiempo, el Shofar nos confronta con otra verdad inescapable: Dios, como Soberano (en hebreo “Malkenu”), es el “dueño” de nuestras vidas, tiene el derecho y el poder de tomar de regreso ese regalo en cualquier momento.

Cuando escuchamos el Shofar, experimentamos esta poderosa dualidad: por un lado, agradecemos a Dios por el regalo de nuestra existencia y, por el otro lado, reconocemos Su Soberanía, Su jurisdicción para decidir el destino de nuestras vidas. Este es el sofisticado punto de conciencia al que debemos llegar cuando escuchamos el Shofar. Pero, ¿cómo podemos alcanzar este nivel de agradecimiento, lealtad y entrega?

El Sacrificio de Isaac

Los Sabios nos enseñan que el Shofar nos conecta con la Aquedá, el sacrificio de Isaac, una de las historias más conmovedoras de nuestra tradición. Abraham, nuestro patriarca, había anhelado un hijo durante toda su vida. Su esposa, Sara, era estéril y había pasado ampliamente la edad de concebir y dar a luz. Sin embargo, Dios hizo un milagro: Sara concibió y dio a luz a Isaac. Si lo pensamos con profundidad, el nacimiento de Isaac fue una repetición del evento que recordamos en Rosh HaShaná: un nuevo acto de creación de Adam. La alegría de Abraham era suprema, insuperable. Y su lealtad a Dios se multiplicó.

Pero un día, sin previo aviso, Dios le pide a Abraham algo inconcebible: que sacrifique a Isaac, que le devuelva el regalo que recibió de Él. Abraham está devastado, confundido y lleno de dolor. Está enfrentando una prueba que desafiaba toda lógica humana. ¿Por qué Dios le pedía que renunciara a lo que él más amaba? A pesar de su angustia, Abraham eligió obedecer a Dios, demostrando la máxima lealtad incondicional al Creador. Este acto de obediencia no solo mostró su lealtad, sino que estableció un ejemplo eterno para sus descendientes: aceptar la voluntad divina, incluso cuando exige el mayor de los sacrificios.

Sin embargo, y como bien lo sabemos, la Aquedá terminó siendo una prueba “teórica” de lealtad. Su disposición a sacrificar a Isaac demostró que Abraham no solo obedecía a Dios cuando era bendecido con riquezas o éxito. También era fiel al Soberano cuando se requería una entrega absoluta.

Un Final Feliz

La historia de la Aquedá podría haber terminado con Isaac sacrificado y Abraham aceptando, como Job, la pérdida de lo que más quería y diciendo: “Dios me lo dio, y Dios lo tomó… bendito sea Su nombre para siempre”. Pero, en un giro inesperado, Dios interviene en el último momento y detiene el sacrificio de Isaac. Le dice a Abraham que no sacrifique a su hijo, que Isaac vivirá. En ese instante, cuando Abraham confirma a Dios como Rey, Dios le confirma a Abraham Su amor como Padre. Que lo ama, que valora su felicidad y que desea seguir bendiciéndolo con el regalo de la vida.

La Transformación Abrahámica

Cuando escuchamos el Shofar en Rosh Hashaná, nos transformamos en Abraham Abinu. Comprometidos a obedecerle y a cuidar el pacto que tenemos con Él, incluso cuando esto implica sacrificios. Pero también nos damos cuenta de que Dios quiere lo mejor para nosotros. Que este Rosh HaShaná, cuando escuchemos el Shofar, tengamos el mérito de declarar a HaShem como nuestro Rey, y que Él nos declare como sus hijos.

SHANA TOBA!!!
Rab Yosef Bittón




KI TETSÉ: ¿Esperar o no esperar al Mashíaj?

LA TIENDA VACÍA

La Haftará de esta semana, Roní Aqará (Yeshayahu 54), presenta una imagen extraordinaria de la redención, la Gueulá. El profeta se dirige a Yerushalayim, que durante el exilio que siguió a la destrucción del Bet Hamiqdash había quedado desolada, como una madre que de pronto se queda en su tienda —en su casa— sola, sin sus hijos. Pero ahora —le dice Yeshayahu a Yerushalayim— ¡todo está por cambiar! Tus hijos van a regresar, y serán tantos que vas a necesitar hacer algunas reformas en la casa: “Harjibi meqom aholej”, “ensancha el espacio de tu tienda”. Es decir: saca las estacas, ubícalas mucho más lejos unas de otras, agranda tu casa y extiende sus límites, que ya llegan…

El profeta le da esa instrucción, pero nadie regresa… La pobre mujer sigue sin hijos; la ciudad está totalmente vacía y desolada y, ahora, completamente desilusionada. Pero Yeshayahu le dice: al tajsoji, “No achiques tu tienda”. No pierdas la esperanza de que tus hijos algún día regresen. Yeshayahu sabe que, después de una pérdida, la tentación es hacerse chiquito: achicar la carpa, no ilusionarse, no arriesgar de más, no alimentar falsas expectativas. El profeta le pide, en nombre de Boré Olam, que prepare una casa más grande y espere. Sus hijos “ya” regresarán. En multitudes. Pero ese “ya” tuvo que esperar mucho tiempo para hacerse realidad.

Durante siglos leímos esta profecía como una utopía, un sueño más allá de los sueños. Los judíos rezábamos para regresar a Sión, dispersos por todo el mundo.

Pero finalmente nuestras tefilot fueron respondidas: tenemos nuevamente nuestro Estado de Israel, la tienda extendida que profetizó Yeshayahu.

Muchas olas de Aliá fueron provocadas por circunstancias terribles: pogroms, persecuciones, antisemitismo, guerras. Millones de judíos llegaron a Israel porque ya no podían permanecer donde estaban. No fue una elección: alguien o algo los perseguía y los empujaba —¡los expulsaba!— hacia Israel.

REGRESAR POR ELECCIÓN

Pero existe también otra clase de Aliá, mucho más meritoria: la Aliá por elección. Cuando un Yehudí no se escapa a Israel, sino que se dirige a Israel. Cuando deja voluntariamente una vida buena y estable porque quiere y desea que Medinat Israel sea su hogar y el de sus hijos.

Esta clase de Aliá —la Aliá por convicción y no por conveniencia— es la que experimentamos en mi comunidad hace un par de semanas. ¡Un grupo de siete familias, con sus hijos, hizo Aliá a Israel! Conozco a estas familias a la perfección: son mis congregantes, mis alumnos, mis amigos. Todos ellos son profesionales o empresarios exitosos que viven en Great Neck —los famosos suburbios de Nueva York—, en mansiones que no tienen nada que envidiarles a una casa en Olivos, Punta del Este o Lomas. Tienen sus familias formadas aquí, muy buenas escuelas, trabajos estables y una extraordinaria vida comunitaria.

Como buenos sefaradíes, el valor y la importancia de la familia son supremos. El dolor de alejarse físicamente de sus hermanos y de sus padres —y llevarse a sus nietos— ha sido el aspecto más difícil, doloroso y desgarrador de todo este proceso. Pero cuando la convicción es tan grande, uno siente que está haciendo enormes sacrificios y que BE”H está preparando el camino para que algún día el resto de la familia llegue a Israel. Y cuando eso suceda, les resultará más fácil integrarse teniendo un familiar ya establecido allá.

Pagando el altísimo precio de sacrificar comodidad y confort, y enfrentar el desarraigo, estas jóvenes familias de nuestra comunidad decidieron convertirse en la profecía de Yeshayahu y regresar a la tienda extendida de Israel. Eligieron Raanana: una ciudad hermosa, con muy buenas escuelas para sus hijos y servicios de salud de primer nivel. Allí van a empezar a construir su futuro.

¿CÓMO EMPEZÓ TODO?

Creo que el comienzo de este despertar llegó, irónicamente, a partir del 7 de octubre, cuando comenzó la guerra —que aún no terminó—. Fuimos testigos de un despertar religioso entre la gente menos religiosa y de un despertar sionista entre la gente ya religiosa. La decisión fue madurando en el corazón. Pero, claro, desde el corazón hasta la acción hay una enorme distancia.

Y entonces llegó Golán.

Me refiero al coronel (aluf mishné) Golán Vach, comandante de la Unidad Nacional de Rescate del Ejército de Israel —el hombre que dirigió las delegaciones israelíes que rescataron con vida a personas de los escombros en México, Haití y Turquía, y en el derrumbe de Surfside, en Miami—. En 2024, en plena guerra de Gaza, lo invitamos a visitar nuestra comunidad. Iba a hablar de la guerra, y habló de la guerra y de todo lo increíble que hizo allá, que es tema para horas de conversación.

Golán Vach es, además, un hombre religioso, muy espiritual y amante de Israel hasta la última fibra. Y se le ocurrió organizar una Habdalá musical. Jordan Karmeli, un joven padre de seis hijas, que nunca había visto a Golán hasta ese momento, ofreció su casa. Invitó a último momento a varias parejas de amigos: unas quince o veinte parejas jóvenes que llenaron la casa para esa Habdalá improvisada, junto a un héroe de Israel reconocido en el mundo entero.

Lo que ocurrió esa noche, de la que participé, no lo puedo describir con palabras. Pero voy a tratar.

Poco a poco fuimos descubriendo aspectos de Golán que no conocíamos. Primero, que además de coronel del ejército de Israel y experto internacional en rescate en zonas de terremotos y otros desastres naturales, es compositor: toca la guitarra y le canta canciones a Boré Olam. Todos decían lo mismo: es como David Hamélej —militar, poeta y músico—. Empezó con su hermosa Habdalá de Carlebach. Pero después comenzó a cantar y a enseñarnos canciones nuevas, sobre Israel, sobre Tehilim, algunas compuestas por él. Y cada una venía acompañada de una historia que nos sacudía hasta lo más profundo.

Esa noche parecía que uno estaba en una película. O en un trance. Estuvimos, creo, unas tres horas; era tarde y los padres jóvenes tienen hijos pequeños. Pero nadie se quería ir. Entre canción y canción, Golán hablaba de Israel: de las profecías que se están cumpliendo, de cómo Israel está creciendo a pesar de la guerra, del increíble Jésed que está teniendo lugar allá, de las victorias bíblicas del ejército de HaShem y de los milagros que él mismo presenció.

Y mientras hablaba —sin reprocharle a nadie no estar en Israel— algo empezaba a moverse en el corazón de todos los presentes. Era como si se escuchara en el aire la misma voz que le dijo “Lej Lejá” (“ve a la tierra que te mostraré”) a Abraham Abinu.

Creo que esa noche todas las parejas jóvenes que estaban en esa casa decidieron, en su corazón, hacer Aliá. Fue como una inspiración bíblica, imposible de ignorar: como cuando Saúl mandó mensajeros a buscar a David y, al llegar donde estaban los profetas, los mensajeros empezaron a profetizar ellos también; mandó un segundo grupo, y les pasó lo mismo; mandó un tercero, y lo mismo; hasta que fue él en persona, y también él profetizó (1 Samuel 19:20-24). Era algo contagioso. No lo puedo explicar racionalmente.

Después, Golán nos contó que hacía más de treinta años su padre, Shalom Vach, había fundado en Francia una organización dedicada a un tipo muy particular de Aliá: la Aliá en grupo. No familias sueltas, sino grupos de familias que hacen Aliá juntas y son recibidas por una comunidad que las espera. Golán tomó ese modelo francés y lo abrió al mundo de habla hispana y a los británicos con una nueva organización que llamó “ISRAELA” (Israelah, con la letra hebrea hé de dirección = “hacia Israel”). Por esa organización ya hicieron Aliá unas 2.200 familias, y lo más impresionante es que el 98% se quedaron en Israel.

Y esa misma noche invitó a las parejas que quisieran a viajar a Israel por una semana, con los gastos de estadía cubiertos.

Así empezó. Y lo demás es historia.

Yo nunca pensé que esto iba a ocurrir. Porque —como dije— son familias que “están muy bien”, en una situación económica muy buena. Y Great Neck es uno de los lugares con mayor porcentaje de población judía de todo EEUU; un lugar donde, cuando uno camina por aquí, ve que el 90% de las casas tienen mezuzá. Un lugar donde no falta absolutamente nada para una vida judía plena. Nada. Excepto todo: Israel.

TRES IDEAS QUE ME QUEDARON GRABADAS

Cuando estas jóvenes familias se despidieron, los maridos dieron un Debar Torá en Seudá Shelishit y, directa o indirectamente, explicaron qué los llevó a tomar esta decisión.

Voy a repetir algunas de estas ideas con mis propias palabras.

“Las mitsvot que solo existen allá”

Hay 613 mitsvot en la Torá. Hoy solo podemos cumplir 297: 316 quedaron fuera de servicio —la enorme mayoría— porque no tenemos Bet Hamiqdash: todo el orden de los qorbanot, el servicio de los kohanim, las leyes de tumá y tahará, etc.

Y de esas 297 que sí podemos cumplir, hay 26 que solo se pueden cumplir en la tierra de Israel: las mitsvot hateluyot baárets —terumot, maasrot, jalá, peá, léquet, shijejá, orlá, kilé hakérem, shemitá.

Esas 26 mitsvot no son “difíciles” de cumplir en Great Neck. Sencillamente no existen fuera de Israel. Un hombre con un jardín pequeño en Raanana puede cumplir mitsvot de la Torá que ningún judío de Nueva York puede cumplir, por más rico, más observante y más estudioso que sea.

Pero hay algo más: lo más importante. Rashí explica que todas las mitsvot que cumplimos en el exilio son para practicar, señales para el camino de regreso:

וְשַׂמְתֶּם אֶת־דְּבָרַי — אַף לְאַחַר שֶׁתִּגְלוּ הֱיוּ מְצֻיָּנִים בַּמִּצְווֹת, הַנִּיחוּ תְּפִלִּין, עֲשׂוּ מְזוּזוֹת, כְּדֵי שֶׁלֹּא יִהְיוּ לָכֶם חֲדָשִׁים כְּשֶׁתַּחְזְרוּ. וְכֵן הוּא אוֹמֵר (ירמיהו ל”א): הַצִּיבִי לָךְ צִיֻּנִים.

“Vesamtem et debaray” — Aun después de que sean exiliados, sigan distinguiéndose con las mitsvot: pónganse tefilín, hagan mezuzot, para que no les resulten nuevas cuando regresen. Y así dice Yirmeyahu (31): hatsibí laj tsiyunim, “ponete señales en el camino”.

El Rambán lleva esta idea hasta el final.

כִּי עִיקַּר כָּל הַמִּצְוֹת לַיּוֹשְׁבִים בְּאֶרֶץ ה׳

“Porque el cumplimiento esencial de todas las mitsvot es para los que habitan en la tierra de HaShem.” (Rambán, Vayiqrá 18:25)

Fuera de Israel seguimos plenamente obligados a cumplir las mitsvot —tefilín, mezuzá, Shabbat—, pero su lugar propio, el lugar donde alcanzan su sentido completo, es Erets Israel. El Yehudí en el exilio es una flor en un invernadero. El bosque, el campo natural de esa flor, es la tierra de Israel.

Quiero ir a Israel porque es el lugar natural donde todas las mitsvot se pueden cumplir como el Todopoderoso quiso que se cumplieran.

¿Rezar o hacer?

Tres veces por día pedimos a HaShem que nos reúna “que nuestros ojos vean Tu regreso a Tsión”.

Pero rezar sin hacer nada es como pedirle a HaShem parnasá (sustento) en Barejenu y no esforzarse por trabajar. Nosotros rezamos para que HaShem corone nuestros esfuerzos, no para reemplazarlos. Cuando decimos refaenu (cúranos de nuestras enfermedades), no estamos rezando en lugar de ir al médico: rezamos y hacemos todo lo que está en nuestras manos (hishtadlut) para curarnos. Si solo rezamos y no vamos al médico, ¡somos culpables de lo que nos pase!

¿Qué diferencia hay, entonces, entre rezar por sustento y salud y rezar por la Gueulá?

Todos los días le pedimos a HaShem en teqá beshofar gadol lejerutenu: “reúnenos desde los cuatro extremos de la tierra”. ¡HaShem ya ha escuchado nuestras plegarias y nos ha concedido nuestra petición! Las puertas están abiertas y se puede volver a Israel.

Seguir rezando por lo que ya me fue concedido, sin hacer nada al respecto, no es rezar: es postergar.

Quiero ir a vivir a Israel porque HaShem ya respondió a nuestras palabras. Ahora me toca a mí hacer mi parte.

¿Actuar o esperar al Mashíaj?

El gran mérito de ir a Israel, como el de cualquier otra mitsvá, es la bejirá hofshit: la libertad de elección. Y cuanto más le cuesta a uno, más mérito tiene esa elección. Si alguien me obligara —o me pagara— a ir al minyán todas las mañanas, no sería lo mismo que si yo eligiera ir al Minyán. Y si para ir al minyán tengo que sacrificar mi comodidad, porque duermo un poco menos, o pierdo algo de mi sustento, porque trabajo un poco menos, más mérito tiene todavía. Cuanto más sacrificio hay en elegir hacer una mitsvá, mayor es el mérito de cumplirla. Es lo que dice Ben He He en Pirqué Abot (5:23): lefum tsaará agrá, “según el esfuerzo, la recompensa”.

Yo quiero ir a Israel por propia elección. Por convicción. Aunque me cueste. No quiero irme porque algún día pueda ser peligroso quedarme en Great Neck. No quiero escapar de donde vivo porque no puedo pagar el seguro médico y allá es gratis. Porque en ese caso no sería mi elección: sería mi conveniencia.

El Rab Yehudá haLevi (1075-1141), en su famoso libro “El Cuzarí”, formula una advertencia muy dura y vergonzosa para los judíos que podían, pero no querían, regresar a Israel. El rey de los Cazares le pregunta al Rabino: ¿Qué sucedió en los tiempos del Segundo Templo, cuando los judíos le rezaban a Dios para que los regresara a Israel, y cuando esto fue posible, en los tiempos de Ciro (o de Ajashverosh Y.B.), los judíos optaron por permanecer en el exilio, “pero [irónicamente] seguían rezando para que Dios los regresara a Sión”?

La respuesta del Cuzarí a esta actitud de los Yehudim fue muy dura:

“Este pecado, el no haber regresado a la tierra de Israel [cuando tuvimos la oportunidad], es lo que impidió completar el plan Divino en el Segundo Templo. El profeta Zejariá anticipó que todos los judíos regresarían: ‘Canta y alégrate, hija de Sión’ [que Dios está nuevamente en Su tierra, Zacarías 2:14], y que cuando la mayoría de los judíos estuvieran de regreso en Israel, la SHEJINÁ, la Presencia Divina, y la profecía ¡regresarían a Israel! Se esperaba que los Yehudim regresaran voluntariamente a su tierra. Pero, increíblemente, esto no sucedió y solo algunos judíos regresaron [los más pobres]. La gran mayoría permaneció en Babilonia [Persia], en un exilio voluntario, ya que no querían separarse de sus asuntos mundanos, de sus mansiones y de sus negocios.”

Esto no puede suceder una segunda vez. Quiero llegar a Israel antes de que llegue el Mashíaj. Quiero ir a Israel por mérito propio, por elección y por amor a Boré Olam.

LA PARTIDA QUE SE CELEBRA

Para quienes quedamos aquí, la partida de estas hermosas familias y sus hijos (52 personas en total) nos provoca sentimientos encontrados. Los vamos a extrañar y, aunque nuestra comunidad sea de 1.200 familias, ¡su ausencia se va a notar! Pero, al mismo tiempo, sentimos orgullo y alegría de que estén ahora en la tienda de Yeshayahu. Es la única despedida que se debe celebrar. Porque están abriendo camino para los que quieran llegar allá algún día —por elección, o incluso por la fuerza—.

A estas siete familias, y a todos los que regresan a la tierra de nuestros patriarcas, les deseamos que HaShem los acompañe en este enorme paso, que su adaptación sea fácil, que encuentren en Israel un verdadero hogar y que sus hijos y nietos crezcan profundamente conectados con Am Israel y Erets Israel.

“Harjibi meqom aholej”. Agrandá tu tienda, Israel. Tus hijos están regresando a casa. Por voluntad propia.




KI TETSE: El pecado de la postergación

Escondida entre las setenta y cuatro mitsvot de Ki Tetsé —la Parashá con más preceptos de toda la Torá— hay una que casi nunca se lee como lo que es:

כִּי־תִדֹּר נֶדֶר לַה’ אֱלֹהֶיךָ לֹא תְאַחֵר לְשַׁלְּמוֹ, כִּי־דָרֹשׁ יִדְרְשֶׁנּוּ ה’ אֱלֹהֶיךָ מֵעִמָּךְ וְהָיָה בְךָ חֵטְא

“Cuando hagas una promesa a HaShem tu Dios, no demores en cumplirla, porque HaShem tu Dios te la va a reclamar, y habrá en ti pecado.” (Debarim 23:22)

La Torá está hablando de nedarim, de promesas. Pero fijémonos dónde pone exactamente el pecado. No dice: “si no cumplís, pecaste”. Dice lo teajerno demores. La demora misma es la transgresión. Hay una prohibición explícita de la Torá contra postergar.

Esto merece que nos detengamos un segundo. Nosotros hablamos de la postergación como si fuera un defecto de carácter: un problema de organización, de disciplina, de personalidad. Algo que se arregla con una app o con una lista. La Torá, por lo menos cuando se trata de una promesa, no la trata así. La trata como una falta. Una transgresión.

LA MISMA TÉCNICA, EN LA DIRECCIÓN CONTRARIA

Y acá aparece algo fascinante, porque hay otro lugar en esta misma Parashá donde la Torá hace exactamente lo opuesto: obliga a postergar.

Es la ley del soldado y la mujer cautiva, con la que empieza Ki Tetsé. Rashí explica: lo dibberá Torá ela kenegued yétser hará —la Torá no habló sino frente a la inclinación al mal. La Torá está atenta al estado mental de un soldado en pleno campo de batalla y sabe que, frente a un impulso extremadamente poderoso, un “NO” absoluto quizás no sea suficiente. Entonces introduce una demora. “Sí. Pero ahora no”. Antes de poder casarse con esa mujer, el soldado debe llevarla a su casa y atravesar todo el proceso que la Torá establece. Para entonces, el impulso inicial puede haberse enfriado.

Hoy llamaríamos a esta técnica delayed gratification: gratificación postergada. En lugar de enfrentar frontalmente un deseo intenso, uno posterga su satisfacción. El impulso escucha “sí”, baja la guardia y deja de pelear con la misma intensidad. Y mañana, si hace falta, volvemos a postergar.

O sea que, según Rashí, la postergación puede convertirse en un arma contra el impulso de hacer lo que no corresponde.

El problema es que el yétser hará también conoce esta técnica. Y la utiliza exactamente en la dirección contraria: nos ayuda a postergar todo lo bueno que queremos hacer.

CÓMO FUNCIONA LA TRAMPA

Postergar un proyecto positivo y saludable, que sabemos que es necesario para mejorar nuestras vidas, es una de las trampas psicológicas más comunes que nos tendemos a nosotros mismos. Pensemos en alguien que sabe que tiene que bajar de peso. En lugar de empezar la dieta YA, la posterga semana tras semana. Nunca le dice “NO” a la dieta. Se dice a sí mismo: “¡Sí a la dieta! Pero no hoy, frente a este delicioso postre. Empiezo mañana”.

Para nuestras metas espirituales la trampa es idéntica. Llega Elul, se acerca Rosh HaShaná, y tomamos resoluciones: “Este año voy a estudiar Torá una hora todos los días”. Pero el proyecto se nos hace un poco difícil y, día a día, lo postergamos. “Claro que voy a estudiar Torá, pero todavía no”. Obsérvese que no renunciamos al proyecto por completo. Nos decimos, con esa voz interna y defensora que los Sabios llamaron yétser hará, que solo lo estamos retrasando “momentáneamente”, hasta encontrar un mejor momento. “Ahora estoy muy ocupado, el trabajo está difícil… cuando las cosas mejoren, lo hago”.

¿Y por qué no renunciamos directamente? Porque si renunciamos categóricamente nos vamos a sentir tremendamente culpables. En cambio, al postergarlo “hasta que las cosas mejoren”, nos resulta mucho menos traumático. Casi sin darnos cuenta, el proyecto muere. ¿Causa del fallecimiento? Muerte por postergación.

Ese es el punto exacto del pasuq. La Torá no espera a que la promesa muera para considerar que hubo una transgresión. La considera una falta mientras la promesa todavía está viva, pero nosotros demoramos en cumplirla. Lo teajer. La demora es la falta.

Y quizás por eso la postergación es tan difícil de detectar: nunca se presenta como una decisión. No nos dice: “No lo hagas”. Al contrario: nos asegura que lo vamos a hacer. Solamente agrega dos palabras: “ahora no”. Y justamente por eso suena tan razonable, tan inocente, tan parecida a nuestra propia voz.

Esta mañana me tengo que levantar muy temprano para Selijot, y mi cuerpo me dice que quiere seguir en la cama. Mi imaginación me ofrece la solución de siempre: “Quedate hoy, y vamos a Selijot a partir de mañana”. Y mañana va a decir exactamente lo mismo.

Pero ahora podemos usar contra el yétser hará su propia herramienta. Cuando el cuerpo pide quedarse, uno le dice: “Sí. Está bien, nos quedamos en la cama… pero no hoy. Mañana. Hoy vamos a Selijot”.

Estamos en Elul. Es el mes en que hacemos cuentas. Y hay una cuenta que casi nunca hacemos: no la de lo que hicimos mal, sino la de todo lo bueno que decidimos hacer, que nunca cancelamos y que sigue esperando.

Quizás este Elul sea el momento de revisar esa lista invisible: el libro que íbamos a estudiar, la clase a la que íbamos a asistir, la persona a la que íbamos a pedir perdón, la mitsvá que queríamos empezar a cumplir, el cambio que sabemos que tenemos que hacer.

Porque a veces el yétser hará no necesita convencernos de hacer algo malo. Le alcanza con convencernos de hacer lo bueno mañana.

Lo teajer. No demores.




Maimónides y Lord Voldemort

La Torá dedica tres capítulos enteros a un hechicero pagano, contratado por el rey de Moab para maldecir a Israel con sus hechizos. Aparentemente es una prueba de que la adivinación y la hechicería existen y funcionan…

Pero la clave para entender lo que la Torá piensa de este individuo radica en cómo el texto se refiere a él. Contrario a la opinión popular, la Torá y nuestros Sabios no llamaron a Bil’am profeta, sino “Bil’am hijo de Beor, el hechicero (o adivino).” En el libro de Yehoshúa (13:22) se usa la palabra hebrea qosem — que es el mismo término que aparece en la lista de prácticas ocultas de adivinación que presenta la Parashá de esta semana (Debarim 18:10). Y los Sabios lo dicen explícitamente en el Talmud (Sanhedrín 106a): Bil’am qosem hayá, “era un hechicero.”

Para Maimónides, Bil’am era como el personaje de Voldemort en Harry Potter: el mago oscuro más temido de su mundo, el nombre que todos pronunciaban con miedo, el hechicero al que se le atribuía el poder de maldecir y destruir con palabras. Con una diferencia fundamental: Voldemort es un personaje de ficción en un mundo de ficción ¡donde la magia funciona! Bil’am era un personaje real en un mundo real, donde la magia no funciona. Su reputación era la de Voldemort; su “poder”, el de cualquier ilusionista y manipulador. Su oficio, su fama internacional y los honorarios que Balaq estaba dispuesto a pagarle pertenecían a la industria del engaño y el ilusionismo que acabamos de describir. Y Balaq era el cliente perfecto: un rey aterrado, dispuesto a pagar cualquier precio para intentar destruir a Israel.

¿Y entonces, cómo se explica que sus palabras se cumplieran? Maimónides lo responde en la Guía de los Perplejos (Moré Nebujim, II:45). La Torá dice: “Vayásem HaShem dabar befí Bilam” — “Y HaShem puso las palabras en la boca de Bilam” (Bamidbar 23:5). El texto bíblico no dice que HaShem se le reveló a Bilam, ni que Bilam vio o entendió nada. Dice que le puso palabras en la boca. Los trucos y el ilusionismo de Bilam no produjeron absolutamente nada: HaShem lo utilizó como instrumento, a pesar de sus artes, no gracias a ellas.

Y el mensaje sutil pero claro para los que leen con atención la Torá, lo pronuncia el propio Bil’am, en medio de su bendición forzada: “Ki lo nájash beYaaqob veló qésem beYisrael” — “[ahora me doy cuenta, dice Bil’am] que no hay magia en Yaaqob ni hechicería en Israel” (Bamidbar 23:23). El hechicero más famoso del mundo antiguo, contratado por una fortuna para maldecir a Israel, ¡termina anunciando públicamente que su propio oficio no funciona! La Torá no necesitó un sermón contra la industria de la adivinación: citó al hechicero más prestigioso del mercado, quien confesó que su producto no existía.