VAYIGGASH: La prueba de hermandad




“לא בחיל ולא בכח כי אם ברוחי אמר ה
Ni con el ejército ni con la fuerza, sino con Mi espíritu, dice el Eterno
Zejaria 4:6
EL COMIENZO DE LA REBELIÓN
En el año 167 a.e.c., Matitiyahu y sus hijos El’azar, Yehudá, Shimón, Yojanán y Yehonatán, junto con otros valientes judíos leales a la Torá, lanzaron lo que se conoce como Mered haJashmonayim, la rebelión armada que esta familia judía lideró contra el ejército de Antiojus Epifanes que pretendía obligar a los judíos a abandonar sus prácticas religiosas. La rebelión de Matitiyahu no consistió en una confrontación frontal contra los griegos en el campo de batalla. Los guerreros judíos, a pesar de ser muy valientes, eran muy pocos comparados con los griegos, y no tenían ni armas ni preparación militar. Los Jashmonayim se vieron obligados a atacar por sorpresa a pequeños grupos de soldados griegos seléucidas y luego huir a las montañas o al desierto, ya que los enemigos habían puesto precio a sus cabezas.
LA ESPADA DE APOLONIO
Yehudá era el tercer hijo de Matitiyahu. Después de la muerte de su padre, Yehudá tomó el mando de la resistencia judía con un objetivo final muy preciso: liberar Jerusalem y recuperar el Bet haMiqdash, el gran Templo de Yerushalayim. Yehudá era muy consciente de la superioridad numérica de las fuerzas seléucidas. Su primera misión fue reclutar al mayor número posible de judíos fieles a la Torá para unirse a su ejército. Los ataques de Yehudá tenían lugar generalmente por la noche. En su primera batalla, Yehudá, que se escondía con sus hombres en las montañas de Judea, emboscó a las fuerzas griegas dirigidas por Apolonio. Apolonio había sido enviado por Antiojus con instrucciones muy claras: sofocar la incipiente rebelión de los judíos y no dejar sobrevivientes. Sin embargo, Yehudá los tomó por sorpresa, y los griegos fueron derrotados fácilmente. Los guerreros judíos, que no fabricaban sus propias armas, contaban ahora con las espadas de los griegos derrotados. Yehudá tomó la espada de Apolonio y luchó con ella por el resto de su vida, como lo hizo el rey David con la espada de Goliat.
LA BATALLA DE BET HORON
Cuando Antiojus se enteró de la derrota de Apolonio, decidió enviar a Judea al general Serón con un ejército mucho más grande que el de Apolonio. Serón se dirigió a las montañas del desierto de Judea para capturar a Yehudá y derrotar a los rebeldes judíos. Los hombres de Yehudá vieron el gran ejército seléucida, y se asustaron y se desmoralizaron. Esta fue la gran hora de Yehudá como líder de Israel. Inspirado en las famosas palabras del profeta Zejariá (ver arriba) , Yehudá alentó a sus guerreros: “Es posible [para Dios ] que los muchos sean entregados en manos de los pocos, y no hay impedimento para que los Cielos salven con muchos guerreros o con pocos. Porque la victoria en la guerra no depende de la multitud de soldados, sino que la fuerza proviene de los Cielos”.
ויאמר יהודה נקל כי יסגרו רבים בידי מעטים ואין מעצור לפני שמים להושיע ברבים או במעטים כי לא ברוב חיל נצחון המלחמה ומן השמים הגבורה
“Nosotros luchamos por nuestro pueblo y por nuestra Ley (la Torá), mientras que ellos están aquí movidos solo por sus ambiciones materiales [sus salarios, el botín de guerra] y su orgullo excesivo. El Dios de nuestros padres no nos abandonará. Él hará caer a nuestros enemigos derrotados ante nosotros”.
Los soldados de Yehudá lucharon con un valor increíble. Atacaron a Serón por sorpresa y eliminaron a unos 800 de sus soldados. Los demás, incluyendo a Serón, escaparon.
LA BATALLA DE EMAÚS
Después de la derrota de Serón, Antiojus envió a casi la mitad del ejército del Imperio seléucidas: unos 40,000 soldados y 7,000 jinetes altamente entrenados, comandados por tres de los mejores generales: Nicanor, Ptolomeo y Gorgias. Nicanor mostró su excesivo orgullo y confianza invitando a varios compradores de esclavos a que lo acompañaran en la campaña militar para capturar y vender a las mujeres y los niños judíos que iban a ser tomados como cautivos, una vez que mataran a los hombres.
Era el año 166 a.e.c. Los seléucidas acamparon en Emaús. Los judíos se escondieron en Mitzpah, la ciudad del profeta Shemuel. Allí ayunaron, leyeron la Torá y rezaron durante todo el día. Esa noche, Yehudá recibió una información muy importante de sus espías: Gorgias había salido de su campamento con 5,000 soldados y 1,000 jinetes para intentar atraparlo a él y a sus hombres en Mitzpah. Esto significaba que el campamento militar de Emaús, a mando de Nicanor, se había quedado con menos soldados. Yehudá entendió que era la oportunidad perfecta para atacarlos por sorpresa.
Abandonó el campamento de Mitzpah y se dirigió a Emaus evitando cruzarse con Gorgias. Reunió a todos sus guerreros, unos 3,000 hombres, y los dividió en cuatro batallones. Al amanecer, mientras los soldados griegos dormían, atacó por sorpresa al campamento de Emaús desde los cuatro flancos. Los seléucidas fueron presa del pánico al ver la extraordinaria valentía de los guerreros judíos. Yehudá y sus hombres lograron eliminar a cerca de 9,000 soldados.
Por otro lado, cuando Gorgias llego al campanero de Mitzpah y no vio a los judíos, pensó que Yehudá y sus hombres se habían escapado a los montes y salió a buscarlos. Luego de una larga búsqueda, regresó al campamento de Emaus, pero allí lo estaba esperando Yehudá, con sus hombres preparados para pelear. Cuando Gorgias vio a los soldados judíos y, detrás de ellos, el campamento griego en llamas, escapó junto con sus soldados.
EL MEJOR SHABBAT DE LA HISTORIA
Después de esta heroica batalla de Emaus, los judíos regresaron a sus escondites en el desierto de Judea. Era viernes por la tarde, y ese Shabbat fue celebrado con muchísima alegría, con oraciones y cantos de agradecimiento a Dios por el gran milagro de haber obtenido la victoria contra el ejército más poderoso de aquellos tiempos. Liderados por Yehudá, todos los presentes expresaron su gratitud al Creador, lloraron de alegría y le rogaron a Dios que los ayudara a alcanzar el objetivo mayor: liberar Yerushalayim y volver a dedicar el Bet haMiqdash nuevamente al servicio Divino.
Cabe destacar que los soldados judíos eran absolutamente piadosos, los libros de historia los llaman “Jasidim”porque estaban dispuestos a sacrificar sus vidas por mantener sus principios religiosos. Voy a citar del libro de los Macabbim cómo se describe esta batalla, y quiero que vean los actos de Tsedaqá que hacían los soldados de Yehudá con el botín de guerra, que era distribuido entre los pobres, los huérfanos y las viudas, algo sin precedentes en el mundo militar pagano.
TEXTO DE JASHMONAYIM
וא–ל ש–די היה להם לעזר, ויכו מן האויבים יותר מתשעת אלפים, וגם פצועים ומושחתים היו ברוב חיל ניקנור, ואת כלם הניסו ואת הבאים לקנותם לקחו מהם את כספם, וירדפו אחריהם דרך רב, וישובו, כי השעה דחקתם. כי ערב שבת היה, ולא יכלו לרדף אחריהם עוד, וכאספם את הנשק, וכפשטם את השלל מעל האויבים, ויקבילו את השבת ויודו וישבחו לה‘ אשר הושיעם ביום ההוא, ויראם ראשית חסדו. ואחר השבת חילקו מן השלל לפצועים ולאלמנות וליתומים, ואת השאר חילקו ביניהם ובין בניהם, ואחרי עשותם הדבר הזה התפללו בציבור, ויתחננואלאלהיהרחמיםלהתנחםעלעבדיועדהסוף
“Y Dios Todopoderoso les ayudó, y derrotaron a más de nueve mil enemigos… todos se dieron a la fuga… y los persiguieron por un largo camino, pero tuvieron que regresar porque la hora les apremiaba. Era la víspera de Shabbat, y no podían continuar la persecución. Reunieron las armas y tomaron el botín de los enemigos y recibieron el Shabbat, alabando y dando gracias a Dios, quien les había salvado ese día y les mostró Su bondad. Después del Shabbat, distribuyeron parte del botín entre los heridos, las viudas y los huérfanos, y lo restante lo dividieron entre los soldados y sus hijos. Una vez hecho esto, oraron juntos y suplicaron al Dios que les mostrara consuelo hacia Sus siervos hasta el final.” (Macabeos II, 8:8-25)

Después de la muerte de Alejandro Magno en el 323 AEC, el imperio griego comenzó a imponer su cultura helénica, pero no por la fuerza sino de manera pacífica y persuasiva, ofreciendo derechos sin precedentes a todos aquellos que se unieran al imperio. Y tuvieron un gran éxito. Lograron que la mayoría de las religiones de la antigüedad desaparecieran. Este proceso universal de aculturación se conoció como helenización.
La difusión de las modernas ideas culturales y religiosas griegas también afectó a los judíos. Aquellos que vivían fuera de Israel, en Alejandría, por ejemplo, fueron los que más rápido se asimilaron. Esta nueva religión o sincretismo era una combinación de judaísmo light, una minimización de los rituales judíos, y las ideas de cultura y estética helenistas. Los judíos de la diáspora y de las ciudades de Israel que vivían junto a una población gentil se asimilaban en masa, mientras que los judíos que vivían en los poblados de la periferia y en las zonas más desérticas mantenían sus tradiciones y religión.
Cuando el nuevo rey seléucida, Antiojus Epífanes, llegó al gobierno en el año 175 AEC, la situación para estos judíos empeoró.
Antiojus fue más agresivo que sus predecesores en su deseo de helenizar a todos sus súbditos judíos como una señal de “lealtad” hacia su reinado.
Y contaba con el apoyo moral, cultural y hasta militar de los judíos Mityavnim que estaban desesperados por ser aceptados plenamente por los gentiles griegos, a quienes admiraban, y estaban dispuestos a sacrificar las antiguas leyes de sus ancestros. Las estrictas leyes dietéticas de kashrut creaban muchos obstáculos para los asimilacionistas y su integración con los ciudadanos griegos, porque si no podían compartir la mesa con sus vecinos gentiles, razonaban, no los aceptarían como iguales. Algo parecido ocurría con el Shabbat, ya que se consideraban prácticas anticuadas y divisivas.
Antes de que Antiojus estableciera sus decretos, estos judíos veían la circuncisión, por ejemplo, como algo vergonzoso frente a los griegos, que exaltaban la perfección del cuerpo, y sentían que era humillante participar de los juegos olímpicos públicos, algo que les brindaba prestigio, donde la norma era practicar estos deportes desnudos.
Los judíos que observaban la Tora eran, en la práctica, los únicos ciudadanos del imperio seléucida que rechazaban abiertamente la cultura helénica.
Antiojus estableció alianzas con los judíos asimilacionistas y nombró como Sumo Sacerdote del Templo en Jerusalem a un judío asimilado y corrupto llamado Jasón o Yasón (172-175 AEC). Este sumo sacerdote asimilado introdujo prácticas que promovieron la helenización y alteraron el carácter judío de Jerusalem y del propio Bet HaMiqdash. Pidió a las autoridades griegas que se estableciera un gimnasio, una escuela de artes y una academia militar en Jerusalem. En el gimnasio, hizo que los jóvenes judíos practicasen los deportes griegos desnudos, usando el petasos, el sombrero del dios Hermes. También llevó a los otros sacerdotes del Templo para participar de actividades deportivas como la lucha y el lanzamiento de disco, todo esto, claro está, a expensas de la actividad en el templo y el cumplimiento de los sacrificios rituales. Su objetivo era transformar Jerusalem en una polis de estilo griego, lo que significaba abandonar en parte las leyes y tradiciones judías en favor de una cultura helénica.
Los falsos sacerdotes, Yasón y más tarde Menelao, no solo alteraron las prácticas judías, sino también los principios religiosos y creencias, como el monoteísmo judío. La doctrina de creer en un solo Dios fue modificada para ser más “abierta”: los judíos helenizados validaban a los dioses griegos y aceptaban que los griegos adoraran a sus dioses en el Bet HaMiqdash. De lo contrario, argumentaban los sacerdotes corruptos, el “fanatismo” monoteísta de los antiguos judíos ofendería la sensibilidad de los griegos. Los judíos debían ser más “tolerantes” y adorar al Dios judío al estilo griego. Esto llevó a Menelao a profanar el Altar judío en el año 170 AEC, ofreciendo un cerdo como sacrificio en el Bet HaMiqdash.
Pero en el año 169 AEC ocurrió un evento que cambió el curso de la historia. Antiojus Epífanes perdió la paciencia con los pocos judíos que aún rechazaban la asimilación, y decidió helenizarlos por la fuerza: prohibió oficialmente la práctica judía e impuso la pena de muerte a quienes lo desobedecieran. Era la primera vez en la historia que se imponían restricciones en la práctica religiosa.
Pero los decretos de Antiojus tuvieron el efecto contrario al que él deseaba. Sus crueles edictos despertaron el orgullo judío incluso en aquellos que se habían inclinado progresivamente por sí mismos hacia la asimilación. Sin darse cuenta, Antiojus provocó lo que se conoció como la rebelión armada de los Jashmonayim, quienes lucharon contra los griegos y los judíos helenizados.
El rabino Eliezer Melamed, director de la Yeshivá Har Berajá, argumenta que si Antiojus Epífanes no hubiera perdido la paciencia, la asimilación de los judíos habría continuado sin resistencia. Sin este impulso, el pueblo judío podría haber desaparecido para siempre, integrándose dentro de las otras naciones del imperio griego, como ocurrió con la mayoría de las demás civilizaciones de la antigüedad.
En las textuales palabras del rabino Melamed: “Es evidente que si los griegos hubieran sido más pacientes, Judea habría sucumbido al helenismo, al igual que lo hicieron otras naciones. Pero la mano de Dios, que se oculta en el proceso histórico, generó el conflicto. Así como endureció el corazón del faraón durante el Éxodo, también endureció el corazón de Antiojus [que estableció este edicto], y en el proceso ayudó a revelar la fe, el orgullo, el autosacrificio y la valentía del pueblo judío.” Peniné Halacha https://ph.yhb.org.il/en/05-11-03/

¿QUÉ SIGNIFICA JANUCÁ?
Janucá es la festividad que nos recuerda lo que ocurrió hace un poco más de 2.000 años, cuando los judíos derrotamos al imperio griego-seleúcida, que decidió poner fin al judaísmo. Fue la primera vez en la que un pueblo se rebeló, no para preservar su vida, sino para mantener sus valores religiosos. Los judíos que se resistieron, conocidos como Jashmonayim o Macabeos, se alzaron contra los griegos, lucharon contra ellos y, milagrosamente, los vencieron. Cuando recuperaron el Bet haMiqdash, el gran Templo de Jerusalem, que había sido transformado en un santuario pagano para la adoración de los dioses griegos, los Jashmonayim lo purificaron y procedieron a su reinauguración, es decir, a dedicarlo nuevamente al servicio divino. La palabra “Janucá” significa literalmente “inauguración” y nos recuerda este evento.
EL ACEITE Y LA ESPADA
Cuando se inauguró el Templo, los judíos sólo encontraron una pequeña vasija de aceite puro que necesitaban para encender la Menorá, es decir: el candelabro, indicando que el Templo estaba operando normalmente. Esta pequeña cantidad de aceite duró más de lo esperado y alcanzó hasta que se pudo preparar y transportar un nuevo aceite. Por este motivo, la celebración de Janucá se hace a través del encendido de 8 velas, una por cada noche de la festividad, como explicaremos más adelante.
Todo esto es muy conocido, pero es solo una parte muy pequeña de la historia completa de Janucá. El significado de esta festividad es muy profundo –y relevante– ya que se relaciona con la lucha de nuestros antepasados y el enfrentamiento armado contra el enemigo para preservar la Torá en un momento en que el judaísmo estuvo a punto de desaparecer.
La heroica rebelión armada de Matitiyahu y sus hijos, sus milagrosos triunfos militares y cómo renacieron de las cenizas en esos tiempos tan difíciles no se enseña en nuestras comunidades y escuelas. ¿Por qué? Durante 200 años, desde que los Jashmonayim establecieron un estado judío independiente en el año 145 antes de la era común y hasta el año 68 de la era común, que perdieron la independencia y pasaron a ser súbditos del imperio romano, los judíos celebrábamos todas estas festividades en las fechas indicadas.
Pero una vez que perdimos nuestra independencia, estas festividades, registradas en Meguilat Ta’anit, fueron canceladas, y solo preservamos la festividad de Janucá y el milagro del aceite, que puede ser visto desde un sentido más espiritual que “nacional”. El recuerdo de la milagrosa gesta y victoria militar de los Macabeos fue preservado en la oración “al hanisim”, que mencionamos en nuestra Tefilá durante Janucá. En esa oración expresamos nuestra convicción de que todas nuestras victorias militares fueron posibles gracias a la intervención divina.
Relataré la historia de Janucá en ocho capítulos, enfatizando los detalles de la epopeya militar de los Jashmonayim. Recomiendo que durante Janucá se lea un capítulo cada noche después de encender las velas, y así nuestros corazones se llenarán de orgullo. Nos inspiramos a agradecer al Creador “al hanisim” por los milagros que hizo a nuestros antepasados y rezar para que siga haciéndolo con nosotros y nuestros hermanos en Medinat Israel.
1. No se debe tolerar que los judíos no acepten la coexistencia de su Dios con otros dioses “¿Qué tiene de malo que nuestro dios esté junto con el Dios de los judíos?”, razonaban. “¡Ningún otro dios pagano exigía exclusividad! ¿Por qué tolerar que los judíos se comporten de esa manera?” La negativa de los judíos a aceptar otros dioses era interpretada o como un signo de rebelión o en el mejor de los casos como un gesto de arrogancia, y esa falsa interpretación generaba odio y resentimiento contra los judíos.
2. Los judíos no solamente se niegan a aceptar a los dioses del vencedor, reclamaban los asesores de Alejandro, sino que también quieren seguir obedeciendo las leyes de su propio Dios ¡y se niegan a reemplezarlas por las leyes de los soberanos griegos! Esto también era algo que los fastidiaba a los griegos. En tods las demas culturas paganas a los dioses se los consultaba para adivinar el futuro o se le ofrecían sacrificios para apaciguarlos, pero los dioses paganos no revelaban leyes o mandamientos. ¡Dictaminar leyes era la prerrogativa “del rey”, no de los dioses! Los judíos, sin embargo, rechazaban las leyes de los reyes humanos y seguían una Ley que Divina proclamando a Dios como su rey. Los asesores de Alejandro aconsejaban convencer a los judíos a obedecer las leyes de los vencedores amenazándolos con la pena de muerte, como hizo 140 años más tarde Antiojus Epifanes.
PROTECTOR DE LOS JUDÍOS
Contra toda lógica contemporánea, Alejandro Magno no escuchó a sus consejeros. Aceptó la explicación de los judíos y no los castigó por su desobediencia. Por el contrario, el monarca griego comenzó a estudiar la Torá, el monoteísmo y la naturaleza del Bet haMiqdash, guiado por su maestro Shimón HaTsadiq. Y lejos de buscar persuadir a los judíos para que dejaran su religión, les otorgó derechos especiales para que pudiesen seguir respetando su religión en todos los ámbitos de su imperio.
Así, Alejandro Magno se convirtió en el protector de nuestro pueblo.
Algunos ejemplos,
1. Como todo emperador, Alejandro exigía que cada nación sometida a su imperio enviase refuerzos militares para servir en sus ejércitos. Los judíos, que también fueron reclutados, tenían su propio batallón que servía en las filas del ejército griego. Para acomodar las ncesidades de los soldados judíos, Alejandro ordenó que se les permitiera practicar su religión en términos de su dieta alimenticia –Kashrut –y la observancia del descanso sabático (Shabbat).
2. Se ha encontrado una carta en la que Alejandro solicita que se entregue un aceite especial “kosher” a los soldados judíos en Antioquia; ya que los judíos no podían consumir el aceite común (considerado en ese entonces impuro o tamé).
3. También se encontró documentación donde Alejandro Magno instruye a sus generales a que eximan a los soldados judíos de participar en la construcción de un templo pagano en Babilonia (Bickerman).
La actitud amistosa de Alejandro Magno hacia el pueblo judío, y particularmente el hecho que haya aceptado que su dios no fuese introducido en el Templo de Jerusalem, debe ser considerado en mi opinión, como uno de los milagros de Janucá

ANTIOJUS Y LA HELENIZACIÓN
Después de la muerte de Alejandro Magno en 323 a.e.c., el imperio griego se propuso imponer su cultura helénica a todos los pueblos conquistados. Lo hicieron de manera pacífica , y no por la fuerza, como lo habían hecho otros imperios en el pasado, y a través de la persuasión tuvieron tanto éxito que causaron la desaparición de todas las religiones del imperio. Este proceso de adopción voluntaria de la cultura griega es conocido como “helenización” y también afectó a los judíos. Los que vivían fuera de Israel, en Alejandría, por ejemplo, fueron los que más rápido se asimilaron y comenzaron a practicar lo que algunos historiadores describen como un «judaísmo helénico», una combinación de algunas ideas judías «humanistas», despojada de rituales bíblicos, junto con elementos de la cultura helénica. Esta nueva forma de judaísmo-helénico se transformó en la nueva religión de muchos judíos de la diáspora. Los judíos de Israel, sin embargo, se mantenían fieles a sus tradiciones. Pero la llegada al poder del nuevo emperador Antiojus (Antíoco) Epífanes en 215 a.e.c. empeoró la situación de estos judíos ya que Antiojus quiso imponer el helenismo por la fuerza. La presión fue tan grande, que muchos judíos se asimilaron por completo al helenismo. Como sucedió muchas veces en la historia de nuestro pueblo, la asimilación religiosa no provenía desde un lugar teológico sino social: no existía una atracción hacia los valores griegos, sino que los judíos querían asimilarse ya que estaban desesperados por ser plenamente aceptados por los griegos, a quienes miraban con admiración. Y los rituales religiosos judíos eran una barrera para la integración social a la atractiva cultura griega, que era tan influyente como la cultura de Hollywood en EEUU y en el mundo entero el día de hoy.
¡QUEREMOS INTEGRACIÓN!
Veamos algunas ilustraciones. El Kashrut (kosher), que es la estricta dieta religiosa judía, creaba muchos obstáculos y barreras sociales, limitando la integración de los judíos asimilados con los ciudadanos griegos. Si la mesa no se podía compartir con los vecinos gentiles, no se podría esperar que los gentiles aceptaran a los judíos como sus pares. Y probablemente los gentiles no estarían dispuestos a casar a sus hijas con los jóvenes judíos. La práctica del Kashrut, entonces, comenzó a decaer. Se la mostraba como algo primitivo y negativo. Los judíos asimilados justificaban su abandono del judaísmo afirmando que “para sobrevivir, el judaísmo tenía que modernizarse“. Con este slogan , también el Shabbat y la circuncisión debían eliminarse porque se consideraban obsoletos. Eran rituales que causaban división. En este punto hay algo importante que debe ser aclarado. Todo este proceso de asimilación ocurría principalmente en las ciudades, especialmente en las zonas mixtas donde vivían judíos y no judíos. Los judíos más pobres, los campesinos que residían en pueblos y aldeas, estaban aislados de la influencia y de las presiones sociales de la sociedad gentil y seguían permaneciendo fieles a la Torá.
LAS REFORMAS DE JASON Y MENELAO
Sabiendo que algunos judíos todavía eran reacios a abandonar sus prácticas religiosas, Antiojus Epífanes se dispuso a helenizar a los judíos de las zonas rurales por la fuerza. ¿Por qué? Era una cuestión de principios. Aunque eran pocos y discretos, los judíos que aún observaban la Torá eran, prácticamente hablando, «los únicos ciudadanos del imperio griego que rechazaban abiertamente el helenismo». Antiojus buscó aliados entre los mismos judíos, aquellos que ya se habían helenizado voluntariamente y nombró como Sumo Sacerdote del Templo de Jerusalem, es decir, como representante máximo de la religión judía, a un judío asimilado y fácilmente corruptible: Jasón (175 a.e.c.). Más tarde, lo reemplazó por otro sacerdote que fue todavía más corrupto: Menelao (171 a.e.c ). Estos nuevos «sacerdotes» que estaban a cargo del Templo de Jerusalem lideraban la reforma del judaísmo. Jasón, por ejemplo, encabezó una delegación de judíos asimilados que, en lugar de asistir al servicio Bet haMiqdash en Shabbat, fueron al estadio olímpico para ver y participar en los juegos y competiciones. No solo la práctica ritual judía estaba siendo reformada. También los principios y creencias religiosas estaban sujetos a reformas por parte de estos falsos sacerdotes. El monoteísmo judío no fue la excepción. Los reformadores querían adaptar el principio judío más elemental, el monoteísmo, y fue así que formularon reglas religiosas más flexibles y como se dice hoy, más inclusivas, que reconocieran a los dioses griegos, para entonces aceptar que todos, judíos y no judíos, ofrecerían sacrificios a sus dioses en el Gran Templo de Jerusalem. Los sacerdotes corruptos argumentaban que el ”fanatismo” monoteísta era cosa de los antiguos judíos, y que si la práctica judía no se reformaba, los judíos iban a herir la sensibilidad de los griegos. Los judíos, argumentaban los asimilacionistas, también debían ser más «tolerantes» y ofrecer sacrificios al Dios de Israel de una manera un poco más griega. Por ejemplo: sacrificar también animales que se usaban en los ritos griegos. Esto llevó a Menelao, en nombre el nuevo multiculturalismo, a profanar el altar judío de una manera extrema: en el año 170 a.e.c este «sacerdote judío» ofreció un cerdo como sacrificio en el Bet haMiqdash.
¿CÓMO PROVOCAR LA REBELION JUDIA?
Aunque muchos judíos seguían siendo leales a su fe, eran cada vez más los que por las tremendas presiones sociales adoptaban la religión de los griegos. Pero en el año 169 a.e.c. tuvo lugar un evento providencial, un milagro, que cambiaría el curso de la historia judía. Antiojus Epífanes perdió la paciencia. Se ensañó contra los pocos judíos que aún rechazaban la asimilación, y decidió que era hora de dejar de ser amable, gentil y persuasivo con esos “obstinados campesinos” que se resistían al cambio y decretó entonces de manera oficial la prohibición de la práctica judía. Y ordenó a sus ejércitos que hicieran cumplir estas leyes imponiendo la pena de muerte para aquellos que practicaran el judaísmo.
La actitud de Antiojus, sin embargo, tuvo un efecto contrario a lo que él quiso lograr. Esta asimilación por decreto despertó el orgullo judío, incluso en aquellos que, tal vez inconscientemente, se estaban asimilando sin darse cuenta.
Involuntariamente, Antiojus provocó lo que más tarde se conoció como la rebelión armada de los Jashmonayim, que lucharon no solo contra los griegos sino también contra los judíos que habían liderado el movimiento asimilacionista.
Dice el rab Melamed que si Antiojus Epífanes no hubiera perdido la paciencia, la asimilación de los judíos habría continuado sin resistencia, la rebelión contra el imperio griego nunca hubiera sucedido, y el pueblo judío ח”ו quizás no se hubiera recuperado nunca más de la asimilación. Podría haber desaparecido para siempre, integrándose al imperio, como sucedió con todas las demás religiones y civilizaciones de la antigüedad.
«La impaciencia de Antiojus» fue absolutamente providencial y debería considerarse como uno de los milagros de Janucá.

En poco más de una semana, el miércoles 25 de diciembre al caer la noche (25 de Kislev), festejaremos Janucá. Celebramos el triunfo de los Jashmonayim o Macabim en sus enfrentamientos por proteger la libertad religiosa de los judíos y preservar el judaísmo luchando contras aquellos que querían destruirlo.
La historia conocida de Janucá se centra principalmente en el milagro del aceite que duró ocho días. Pero también hay un contexto histórico, menos conocido, que es fascinante y muy relevante, especialmente en relación con el Israel moderno y su lucha contra quienes como ayer buscan destruirnos.
En las próximas entregas voy a presentar una historia más amplia de Janucá, comenzando hoy con el primer contacto entre el mundo griego y el mundo judío, aproximadamente 150 años antes de la historia clásica de Janucá, cuando Alejandro Magno llegó a Israel y se encontró con el gran sacerdote de Jerusalem.
ALEJANDRO MAGNO EN JERUSALEM
Con poco más de 30 años, Alejandro Magno se convirtió en uno de los conquistadores más exitosos de la historia. Hacia el año 330 AEC (antes de la era común), los ejércitos griegos y macedonios bajo su mando derrotaron a las fuerzas del poderoso Imperio Persa, con quienes habían estado en guerra desde la época de Ajashverosh (Jerjes, 480 AEC). Los dominios de Alejandro se extendieron desde Grecia hasta la India, incluyendo todo el Medio Oriente y más allá.
Alejandro Magno llegó también a Israel, luego de haber conquistado por la fuerza la ciudad fenicia de Tiro, una de las fortalezas más importantes de la región. Después de esa victoria, derrotó a un pueblo pagano en la ciudad de Gaza y finalmente arribó a Jerusalem. Esta ciudad, con su Templo y su historia milenaria, representaba una conquista especial en el complejo mosaico de las tierras conquistadas.
Según una antigua tradición judía, relatada por Flavio Josefo en Antigüedades de los Judíos (Libro 11, Capítulo 8), se produjo un fascinante encuentro entre Alejandro Magno y el Sumo Sacerdote judío. Alejandro llegó a Jerusalem con la intención de someterla, pero el Sumo Sacerdote y otros dignatarios salieron a su encuentro, vestidos con sus atuendos ceremoniales. Al ver al Sumo Sacerdote —según la tradición rabínica se trataba de Shimón haTsadik— Alejandro descendió de su caballo y se inclinó ante él y le explicó que lo había visto en sus sueños y que le había anticipado su éxito y conquistas. Este encuentro, obviamente, representó un excelente inicio de las relaciones entre Alejandro Magno y el pueblo judío.
MONOTEISMO Y EXCLUSIVIDAD
Sin embargo, se esperaba de los judíos el gesto obligado de sumisión por parte de los nuevos súbditos: honrar al dios de Alejandro Magno, a quien los griegos atribuían sus victorias, ofreciendo sacrificios a ese dios o colocando su imagen en el Gran Templo de Jerusalem. Esto era considerado como un símbolo normal de reconocimiento y sumisión a la nueva autoridad, algo así como desplegar la bandera del ejército vencedor y retirar la del ejército vencido. Todas las naciones del nuevo imperio de Alejandro habían seguido esta práctica sin objeciones. Pero los judíos se resistieron.
¿Por qué? Porque el monoteísmo judío no solo afirma que hay un solo Dios, sino que exige exclusividad en su práctica religiosa. Mientras que los pueblos paganos no tenían inconveniente en agregar un dios más a su panteón, los judíos al resistirse, negaban la existencia —y el poder— de cualquier divinidad gentil. Este principio religioso se basa en el segundo de los Diez Mandamientos: “No tendrás otros dioses delante de Mí”.
Algunos hombres que acompañaban a Alejandro —incluyendo a sus más leales generales— no veían con buenos ojos que los judíos se negaran a aceptar a sus dioses y les parecía una muestra de rebeldía o arrogancia, más que un “admirable” principio religioso. Ninguna otra nación vencida había rechazado a los dioses de Alejandro ya que la coexistencia de múltiples deidades era una práctica común y hasta una estrategia diplomática de supervivencia por parte de la nación derrotada. Esta incomprensión del Segundo Mandamiento generó odio hacia el pueblo hebreo, resentimiento y la acusación de que los judíos se consideran superiores a los demás.
PROTECTOR DE LOS JUDIOS
Pero sucedió algo extraordinario: Alejandro Magno mostró un inusual interés por el judaísmo y respetó las estrictas demandas del monoteísmo judío. Según nuestras tradiciones, Alejandro quiso aprender más sobre la Torá, y Shimón haTsadik se convirtió en su maestro. A Alejandro le fascinaba la idea de un Dios invisible, una concepción incomprensible para la mayoría de las culturas de su tiempo. El joven emperador decidió respetar las normas judías, renunció a su exigencia de erigir un monumento al dios griego en Jerusalem y desistió de obligar a los judíos a abandonar sus leyes.
Este acto de respeto y comprensión fue una excepción “milagrosa” en la historia de la antigüedad. Según una conocida tradición, los judíos honraron a Alejandro con un gesto especial de reconocimiento y admiración: todos los niños judíos nacidos ese año fueron llamados “Alejandro” en su honor.
Alejandro Magno fue considerado como el protector de los judíos en su imperio.
Algunos ejemplos:
Como todo emperador, Alejandro exigía que cada pueblo enviara hombres para servir en sus ejércitos. Los judíos, que también fueron reclutados, formaron su propio batallón para servir en las filas del ejército griego. Alejandro ordenó que a los soldados judíos se les permitiera practicar su religión, tanto en términos de comida (Kashrut) como de la observancia del Shabbat.
Los historiadores encontraron una carta en la que Alejandro solicitaba un aceite especial Kosher para los soldados judíos en Antioquía, ya que no podían consumir el aceite común, considerado impuro (E. J. Bickerman).
También se encontraron registros que muestran cómo Alejandro Magno instruyó a sus generales para que excusaran a los soldados judíos de participar en la construcción de un templo pagano en Babilonia.

Los detalles históricos de esta narración de la historia de Janucá se basan en una variedad de fuentes. Estas incluyen fuentes rabínicas sobre Janucá, el libro de los Jashmonaim, los escritos de Haggi Ben Artzi en su libro Meguilat Janucá, el rabino Eliezer Melamed en su libro Penine Halajá, y el libro de Elias J. Bickerman De Ezra al Último de los Macabeos.
Janucá, la festividad en la que familias judías alrededor del mundo encendemos velas durante ocho noches, es uno de los momentos más felices del calendario hebreo.
La celebración de Janucá conmemora un milagro que ocurrió hace más de 2,000 años: el aceite de la Menorá, que era suficiente solo para un día, ¡permaneció encendido durante ocho días! Esta historia es muy conocida, pero es solo una pequeña parte de toda la historia de Janucá.
Esta festividad tiene también, o sobre todo, un significado nacional, pues se relaciona con las batallas que nuestros antepasados tuvieron que enfrentar para preservar su libertad religiosa y preservar a nuestro pueblo en un momento en que estaba a punto de desaparecer como resultado de la total asimilación a la cultura helénica.
La historia de la heroica rebelión armada de Matitiyahu y sus hijos contra los soldados de Antiojus Epifanes (Antíoco) y los Mityavnim, es decir, los judíos asimilacionistas que luchaban activamente junto a los griegos para cancelar el judaísmo tradicional, lamentablemente, no es muy conocida. Y no se enseña lo suficiente en nuestras escuelas y comunidades. Sus increíbles triunfos y todos los milagros que nuestro pueblo experimentó en esos tiempos difíciles son parte esencial de esta festividad.
¿Pero por qué esta parte de la historia es menos conocida? En primer lugar, hay una razón práctica. Lo explicaré brevemente: una vez que los héroes Macabeos triunfaron y establecieron el estado judío independiente en el año 142 AEC, celebrábamos más de 30 festividades que conmemoraban nuestros milagrosos triunfos militares contra los griegos (ver nota detallada más abajo). Estas celebraciones, en las cuales agradecíamos a Dios por habernos ayudado en nuestra lucha, fueron suspendidas una vez que perdimos nuestra independencia nacional, es decir, cuando se destruyó el Bet HaMiqdash en el año 68 EC y los judíos quedamos bajo el gobierno de los romanos.
En esas circunstancias, no pudimos seguir celebrando nuestros triunfos militares. Además, hacerlo habría ofendido a los romanos. Es por eso que concentramos todos los triunfos y milagros de Janucá en la celebración del milagro del aceite, un evento de carácter religioso, mas que político. Nuestros sabios, sin embargo, de una manera delicada y diplomática, preservaron la memoria de las victorias obtenidas por los Jashmonayim, consideradas como milagrosas, en la famosa oración Al Hanisim, donde se habla exclusivamente de la intervención divina en nuestras batallas militares.
Creo que una vez que recuperamos nuestra independencia y se estableció, Baruj HaShem, el Estado de Israel, debemos recuperar la memoria de estos triunfos y celebrarlos en Janucá para honrar a nuestros antepasados por su sacrificio y expresar nuestra gratitud al Creador que, tal como acompaña hoy a los soldados de Israel en la presente guerra, acompañó a nuestros héroes Jashmonayim en cada batalla. A la luz de lo que se vive en Israel en estos días, desde el 7 de octubre, la historia completa de Jánuca es hoy más contemporánea que nunca.
Que HaShem nos siga protegiendo de nuestros enemigos y conceda la victoria y la paz para nuestro Estado y nuestro pueblo.
Breve reseña de las Festividades que celebrábamos de la época del Segundo Templo, reflejando principalmente las victorias de los Jashmonayim.
El texto está recopilado de la obra Peniné Halajá del Rab Eliezer Melamed.
Durante la era del Segundo Templo, los Sabios establecieron numerosas festividades para agradecer a Dios y regocijarse por las salvaciones que Él realizó para Israel. Todas estas festividades están mencionadas en la Meguilat Ta’anit, el documento que registra aquellos días en los cuales no se pida ayudar ya que eran días semi festivos.
El 13 de Adar es el “Día de Nicanor”, cuando los Jashmonayim derrotaron a un gran ejército griego y mataron a su comandante, Nicanor.
El 14 de Sivan es el día en que conquistaron Cesarea.
El 22 de Elul conmemora la fecha en que los Jashmonayim ejecutaron a los apóstatas que se negaron a arrepentirse.
El 23 de Marjeshván celebra la destrucción del burdel que los griegos habían construido cerca del Santo Templo.
El 25 de Marjeshván marca la conquista de Shomrón y el comienzo de su repoblación por parte de los Jashmonayim.
El 22 de Shevat recuerda un acontecimiento crucial durante la revuelta de los Jashmonayim: el malvado Antiojus viajó a Jerusalem con la intención de destruir la ciudad y aniquilar a sus habitantes judíos. Sin embargo, al recibir informes preocupantes de rebeliones en la parte oriental de su reino, se vio obligado a levantar el sitio de Jerusalem en esa fecha (año 167 a.e.c.). Finalmente, murió durante estas rebeliones.
El 3 de Kislev conmemora la eliminación de los ídolos que las tropas griegas habían colocado en el Santo Templo.
El 24 de Av celebra el restablecimiento de la ley de la Tora como sistema legal oficial, en lugar de la ley griega.
El 23 de Iyar recuerda la conquista de la fortaleza Ajra por parte de Shimón ben Matityahu, donde aún residía una guarnición griega después de la liberación de la ciudad.
El 27 de Iyar, los Jashmonayim(aparentemente durante el reinado de Yonatán ben Matityahu) prohibieron las imágenes idólatras que colgaban en las entradas de casas y tiendas.
Los días 15 y 16 de Siván conmemoran la conquista de Bet Sheán por los Jashmonayim y la expulsión de los gentiles que oprimían a los judíos.

Cuando nuestro patriarca Ya’aqob luchó con un ángel y lo derrotó, el ángel lo bendijo. Parte de esa bendición fue el cambio de su nombre. A partir de ese momento Ya’aqob dejó de llamarse Ya’aqob y su nombre fue ISRAEL. ¿Qué significa Israel? Los comentaristas bíblicos están divididos. Mi explicación favorita, que no voy a fundamentar exhaustivamente en este momento, es que Israel significa: “el que se enfrenta ( o es atacado, como le pasó a Ya’aqob) y pelea con hombres y comunes o poderosos, y prevalece, con la ayuda de HaShem” . (“Isra”: prevalecerá, “E-l”, con la ayuda de haShem”). Este es el nombre que alentó a Ya’aqob cuando tuvo que enfrentarse en lo que podría haber sido un combate a muerte con su hermano Esav. Israel pasó a ser no sólo el nuevo nombre de nuestro patriarca Ya’aqob sino que por extensión se transformó en el nombre de la nación judía. Nos llamamos el Pueblo de “Israel”. Y creo que pocos nombres podrían definir al pueblo de Israel de una manera tan precisa.
Pero más allá de este hermoso significado ¿Por qué el pueblo judío adoptó solamente el nombre del último patriarca? ¿Por qué no nos llamamos el pueblo de Abraham, en honor al fundador del pueblo judío ? O a lo mejor tendríamos que honrar a Itzjaq, que representa a la generación intermedia, la más difícil de mantener. Algo más: la judeidad de una persona se establece vía materna. O sea que para el judaísmo es la madre quien determina la religión de sus hijos. Y si la madre es tan importante en la determinación de la judeidad ¿por qué no nos llamamos el “Pueblo de Sará” o de Ribqá o de Rajel o de Leá? En otras palabras: ¿Por qué nos llamamos ISRAEL y dejamos de lado a todos los demás patriarcas y matriarcas?
Observemos cuidadosamente la palabra ISRAEL, en hebreo ישראל. Y encontraremos algo maravilloso (e increíblemente poco difundido) que difícilmente puede ser atribuido a una “interpretación” arbitraria o a una “casualidad”: El nombre ISRAEL, en hebreo, contiene las iniciales de TODOS nuestros 7 ancestros: los 3 patriarcas y las 4 matriarcas.
Veamos: La primera letra YOD es la inicial de Itzjaq y de Ya’aqob. La segunda letra, SIN, es la inicial del nombre de nuestra primera matriarca Sará. La RESH corresponde a la primera letra de Rajel y de Rivká. La letra ALEF es la inicial de Abraham y finalmente, la letra LAMED, es la primera letra de nuestra matriarca LEAH. Lejos de excluir a los nombres de los otros patriarcas ISRAEL es el nombre perfecto para nuestro pueblo, que incluye a nuestros 3 patriarcas y 4 matriarcas.
