SHELAJ LEJA: El miedo a la libertad


LA MISIÓN

Los hijos de Israel están en el desierto, a pocas semanas de llegar a la Tierra Prometida. Para asegurar el éxito de su expedición militar, Moshé envía a 12 hombres como espías en una misión de inteligencia. Estos hombres, que eran los líderes de las tribus, tenían que identificar las fortalezas y las debilidades de las personas que vivían allí y a las que pronto tendrían que enfrentar. La información que traerían con ellos sería crucial para el éxito militar.

Después de cuarenta días explorando la tierra de sur a norte, y de este a oeste, los espías finalmente regresan al campamento.

La información debía ser transmitida solo a Moshé, que era el comandante en jefe del ejército de Israel. Pero ocurrió algo inesperado: cuando la gente se enteró del regreso de los espías, a los que estaban esperando ansiosamente, rodearon a los espías y se quedaron allí a escuchar su reporte.

Sin pensar en las consecuencias de este pequeño cambio de planes, los espías, en lugar de informar privadamente a Moshé —y naturalmente motivados por la tentación de ser escuchados por cientos de miles de personas— presentaron su informe en público, lo que inició una cadena de eventos trágicos que nadie pudo anticipar.

EL INFORME DE INTELIGENCIA

Al principio, los espías elogiaron la tierra y hasta mostraron con orgullo las enormes frutas del lugar, que todos vieron con asombro. Pero luego, el discurso cambió. La mayoría de los espías, diez de los doce, comenzaron a verbalizar sus dudas sobre la posibilidad de proceder con el plan de conquistar la tierra de Canaán.

La larga lista de dudas incluye lo siguiente:

“Los hombres contra los que tendremos que luchar son gigantes… nos veíamos a nosotros mismos como langostas, y así nos veían”.

Cuando uno está poseído por el miedo, ve, ¡necesita ver!, la realidad a través de lentes negativos, los lentes de lo imposible. Es decir: la óptica que, lejos de disipar el miedo, lo justifica. No mencionaron que ellos eran mucho más numerosos que sus enemigos. Y en lugar de enfatizar esta ventaja, se describieron a sí mismos como subhumanos (insectos) y al enemigo como superhumanos (gigantes).

LANGOSTAS

Este derrotismo psicológico también se pone de manifiesto en un detalle que yo nunca antes había notado: si te ves pequeño como un insecto, ¿por qué no te describes como una hormiga, una abeja o una avispa (la famosa Tzir‘a que la Torá otras veces menciona)? ¿Por qué usar a la “langosta” o el “saltamontes” como metáfora? Me parece que eligieron compararse con un insecto como la langosta porque “no tiene aguijón”, es decir: no puede defenderse ni defender su colonia. En cierta manera, y con mucha sofisticación, admitían su superioridad numérica, ya que las langostas vienen en plagas de millones. Pero fuera de su gran número, se veían a sí mismos incapaces de defenderse y, mucho menos, de triunfar. Si queremos analizarlo más sofisticadamente todavía: según la cultura gastronómica de aquellos tiempos, las langostas eran comestibles (muchas especies son kosher) y quizás inconscientemente se estaban describiendo a sí mismos como “comida” para el enemigo.

AL-QAEDA Y AMALEQ

Los israelitas no conocían a los enemigos con los que se iban a enfrentar, con excepción de uno de ellos: Amalek, que si bien fue derrotado en una guerra anterior, creó y dejó un trauma y un miedo psicológico en el pueblo judío, ya que fueron los primeros en atacar a Israel, no de frente sino por la retaguardia: Amalek atacó a las mujeres, los niños y los ancianos. Amalek no mostró misericordia ni se inmutó de que Israel es el pueblo protegido de Dios. Los espías mencionaron a Amalek porque proyectaban sus propios miedos hacia un enemigo que no duda en infligir dolor y muerte y que practica el terrorismo más que la guerra. Mencionar a Amalek aterroriza. Sería como mencionar a ISIS o Al Qaeda a las víctimas del terror en Medio Oriente.

LA TIERRA QUE TRAGA

También mencionaron a la tierra de Israel. Primero positivamente: la leche —producto de la ganadería— y la miel, el sirope de los dátiles —producto de la agricultura. Pero inmediatamente después, la narrativa cambió. Y las palabras que los espías utilizan para describir a Israel son: “una tierra que se traga a sus habitantes”. ¿Qué estaban tratando de decir con esta descripción totalmente falsa de la topografía de Israel? Creo que el mensaje subliminal de esta demonización geográfica era el siguiente: incluso si, en el mejor de los casos, conseguimos derrotar a los pueblos antiguos, la tierra ¡no vale la pena!, ya que “se traga a sus habitantes”. Los espías pintaron una imagen irreal, horrorífica y falsa de Israel, asemejándola a una región volcánica y seca, no apta para la agricultura y propensa a la actividad sísmica. En otras palabras, y este es el mensaje fundamental de los espías: ¡Israel, como tierra, es peor que el desierto en el que vivimos ahora… así que es mejor que nos quedemos aquí!

LA REACCIÓN

Al escuchar este informe, las cosas se salieron completamente de control: la gente se puso a llorar, a gritar y a protestar. De nada sirvió que Yehoshua y Caleb trataran de hacerlos entrar en razón. La turba quería matarlos. Dios tuvo que intervenir directamente para evitar la sublevación. Hubo víctimas —los 10 espías y muchos más. Dios los castigó de la peor manera posible. Si no querían ir a la Tierra Prometida, aquí se quedarán hasta morir. Tendrán que quedarse en el desierto hasta que haya un cambio generacional.

Fue una noche tan trágica que la recordamos en luto todos los años en el 9 del mes de Ab.

¿PERO POR QUÉ?

Confieso que durante muchos años adopté la opinión de los comentaristas que responsabilizan a los 10 espías y los ven como instigadores políticos, con sus propias agendas personales: no “querían” conquistar Israel y preferían volver a Egipto y ser recibidos allí como héroes, etc.

Este año, estoy ensayando un enfoque diferente. Quizás los espías fueron víctimas de su propio pánico. Un miedo incontrolable que se apoderó de ellos incluso antes de que la operación de espionaje hubiese comenzado. Quizás cuando dieron su informe no tuvieron la intención de desalentar al pueblo y simplemente se estaban “desahogando” de sus miedos personales, pero en el escenario incorrecto: frente a todos los demás.

ESCAPE A LA LIBERTAD

Lo que me llevó a pensar de esta manera es haber releído recientemente el libro de Erich Fromm, Escape from Freedom (o en español con el título “El miedo a la libertad”, que irónicamente capta mejor la idea que estoy tratando de expresar).

Los espías eran “líderes de Israel”, pero no podemos olvidar ni por un segundo que hasta hace un par de años eran “esclavos”: habían nacido y crecido en un sistema de abuso físico y mental. Habían sido entrenados por sus amos por generaciones a no defenderse: a no luchar por sus derechos o por sus sueños. Fueron programados para “no soñar” con un futuro mejor. Para reprimir cualquier deseo de libertad.

Probablemente, debido a este “trastorno de personalidad”, los espías verbalizaron su pánico, actuando con el instinto más importante de un esclavo: la supervivencia, que incluye “no asumir ningún riesgo innecesario”.

Siguiendo las ideas de Erich Fromm, los esclavos judíos no pudieron ejercer completamente su libertad, que incluye la responsabilidad de luchar y arriesgar la vida por ella. Sin darse cuenta, estaban aterrorizados de la libertad e irónicamente, hicieron lo posible para no conseguirla. Quizás en un lapsus freudiano se describieron a sí mismos como “saltamontes” y no como “hormigas” porque estaban eligiendo inconscientemente “huir”, “volar” en lugar de “luchar con el aguijón hasta la muerte”.

Como sudamericano, puedo escuchar los ecos subconscientes de esta situación mental en los himnos de Argentina o de Uruguay: “Libertad o con gloria morir”. Estas palabras quizás no expresan lo que sentían los libertadores del siglo XIX, sino las arengas formuladas para convencer a los subyugados de que debían asumir con valentía el precio de la libertad. Y estar dispuestos a correr el riesgo de “morir con gloria” en el campo de batalla. Algo que la generación del desierto no supo conseguir. El miedo a la libertad, como afirma Fromm, los llevó a la autodestrucción.

Creo que si en lugar de haber presentado su informe al pueblo, los espías hubieran hablado primero con Moisés, él podría haberlos disuadido. Les habría transmitido con calma la Emuná, la certeza de que Dios estaba con ellos, y les hubiera demostrado que todo lo que el Todopoderoso les había prometido lo había cumplido. Quizás si hubieran hablado primero con Moshé, como indicaba el plan original, esta tragedia se hubiera evitado. Pero trágicamente, una vez que verbalizaron sus miedos en público, las cosas se salieron completamente de control, porque el pánico es contagioso y el miedo hizo que toda una generación olvidara su fe.


 




RESUMEN DE LA PARASHA BEHA’ALOTEJA

Primera Aliá:  Aharon recibe instrucciones de encender la Menorá, el candelabro de 7 brazos que iluminaba el interior del Tabernáculo, y se repasa la construcción y la función de la misma. La Menorá estaba hecha de una sola pieza, fundida de oro puro. Todas las velas de la Menorá se inclinarían hacia la vela del medio, mientras que la vela del medio se inclinaría hacia el lugar central mas sagrado, o Kodesh haKodashim.

Segunda Aliá: A Moshé se le ordenó preparar a los Leviyim (levitas) para el servicio religioso del Tabernáculo, el templo construido en el desierto.  Los Leviyim son instalados en su servicio que duraba desde los 25 hasta los 50 años.

Tercera Aliá: El pueblo de Israel mantiene su segundo Pésaj desde que salió de Egipto. Las leyes de Pésaj Shení – el segundo Pésaj (un mes después de Pésaj) se establece para aquellos que no pudieron traer el sacrificio de Pésaj en el momento apropiado. Nuestros sabios dicen que las personas que estaban impuras en ese momento eran las que habian cargado el sarcófago de Yosef.  Yosef les había hecho prometer a sus familiares que lo enterraran en la tierra de Israel. Cuando estas personas acudieron a Moshe para preguntarle qué hacer, Moshé no sabía que contestar. Moshe tuvo que pedirle instrucciones a Hashem, porque todo lo que Moshé hizo o dijo fue a través de la comunicación directa con Dios

Cuarta Aliá: Esta Aliá  relata el comienzo de la tan esperada travesía hacia la tierra prometida. El Tabernáculo o Mihskán estaba ya terminado  y ya se había delgado todas las tareas relacionadas al mismo a los Leviyim y a los Cohanim. Ahora, finalmente ¡era el momento de partir! ¡Antes de eso, los Yehudim necesitaban algún tipo de referencia (un GPS!) para saber cuándo partir y hacia donde ir. Recordemos que eran aproximadamente tres millones de personas.   HaShem les ordena que elaboren trompetas de plata para avisar a todo el campamento cuándo tenían que partir.  Además, la nube que se posaba sobre el Tabernáculo en todo momento se elevaría repentinamente y se movería en la dirección en la que tenían que ir.

Quinta Aliá: La nube del Mishkán se levanta el 20 de Iyar y así comienza la travesía que debía haber llevado meses y término llevando 40 años. La Aliá también nos habla de Yitró que se había unido a nosotros antes de la entrega de la Tora y ahora, un año y medio después, decide regresar a su tierra en Midyán.  Finalmente, la Torá nos cuenta que el Aron ha’Edut , el Arca del Pacto, siempre viajaría delante de todos. Eso es muy interesante porque indica que  principio, el Pueblo de Israel debe encaminarse siguiendo el Aron, es decir, la Torá. 

Sexta Aliá: El famoso versículo  “Vayhi Binso’a haAron” que  cantamos antes de sacar la Tora es lo que da comienzo a esta Aliya que describe las quejas del pueblo ante las condiciones de vida en el desierto. La Torá describe el “man” y lo hace para dejar en claro que tenían comida suficiente aunque estaban en pleno desierto y así dejar en claro que los que se quejaban no lo hacían por una necesidad real. Moshé expresa su gran frustración por el comportamiento de la gente. Dios, sin embargo,  promete esta vez satisfacer sus deseos y envía un contingente de “selav”,  codornices, para que erl pueblo coma carne. Moshé recibe instrucciones de nombrar un tribunal o Sanhedrín para ayudarlo a gobernar y enseñar la Torá a la nación.  Moshé, el profeta más grande de todos los tiempos, no puede liderar solo a todo un pueblo. El mensaje de la Torá es que siempre se debe tratar de liderar junto a otras personas capacitadas.

Séptima Aliá: Las codornices descienden sobre el campamento en una gran cantidad, por lo que la carne alcanzó y sobró. Por supuesto que este comportamiento obsesivo con la comida, tal desesperación por la carne cuando tenían el “man”, no era apropiado para el Pueblo de Dios. E inmediatamente después de comer en exceso enormes cantidades de carne, muchos mueren.

Aharón y Miriam hablan acerca de Moshé en forma negativa (Lashon Hara) diciendo que Moshé estaba casado con Tzipporá pero estaba tan ocupado ocupándose de su misión con el pueblo que nunca estaba en su casa.  Aharón y Miriam también pensaron que no era correcto que solamente Moshé tuviera acceso a la comunicación con Dios o profecía, ya que ¡ellos también eran profetas y aparte tenían una vida normal con sus familias! HaShem responde que no pueden compararse con Moshé. Moshé era un profeta “de tiempo completo” que estaba en comunicación directa con Dios las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. No era posible que tuviera una vida familiar normal. Por supuesto, Moshe fue la única excepción en toda la historia que estuvo exento de tener una familia. Y aún así, ¡estaba casado e incluso tenía dos hijos! Miriam es castigada con una especie de lepra por hablar contra Moshé, pero Moshé intercede por ella y se cura.

By Rab Jacob Bitton




BEHAALOTEJA: ¿Quién era Moisés?

וְהָאִ֥ישׁ מֹשֶׁ֖ה עָנָ֣ו מְאֹ֑ד מִכֹּל֙ הָֽאָדָ֔ם אֲשֶׁ֖ר עַל־פְּנֵ֥י הָאֲדָמָֽה

¿DE QUÉ ESTÁN HECHOS LOS HÉROES JUDIOS?

Los pueblos de la antigüedad no exaltaban las virtudes morales de su heroes, como la integridad personal o la humildad. Las civilizaciones antiguas admiraban el poder físico de sus líderes, como en el caso de Hércules, o su ingenio militar, como Alejandro Magno, o su astucia para engañar al enemigo, como Hermes. La humildad nunca fue vista como una virtud por los paganos. Por el contrario, la humildad se asociaba con la debilidad. La Torá, sin embargo, no enfatiza la fuerza militar o el poder físico nuestros  líderes: el buen líder judío —como el rey David, por ejemplo— es aquel atribuye la victoria en el campo de batalla, en última instancia, a Dios.

EL GENERAL MOSHÉ

Esta es la razón por la cual muy pocas personas recuerdan que Moshé fue un poderoso líder militar y que derrotó a sus multiples enemigos:

Moshé enfrentó al Faraón, el hombre más poderoso del mundo en ese momento y llevó de la esclavitud a la libertad a tres millones de personas.

Moshé también lideró y triunfó en las gloriosas batallas contra Sijón y ‘Og en trans-jordania.

Mientras que otros pueblos y culturas harían culto a Moshé por su proezas militares, lo que la Torá destaca no de él no son su victorias militares ni su habilidad política, sino su carácter y su personalidad. Particularmente, su humildad. ¿Qué es la humildad de un líder judío? ¿Y por qué es tan importante?

TORÁ Y POLÍTICA

Un líder puede tener dos tipos de objetivos: sus aspiraciones públicas y sus objetivos personales. Las aspiraciones públicas consisten en lo que el líder quiere hacer por el bien de su comunidad, su pueblo o su nación. Las aspiraciones personales consisten en lo que el líder quiere hacer para su beneficio personal: su riqueza, su imagen y su prestigio. A veces estas dos dimensiones coexisten armoniosamente. Y otras veces, estas dimensiones se vuelven inversamente proporcionales. En este último caso, cuando el principal objetivo de un líder político es su beneficio personal, el líder estará dispuesto a sacrificar el bien de su comunidad o su país para alcanzar sus objetivos personales. Hay muchos ejemplos de este tipo de liderazgo: ayer , hoy y mañana. Lo que no hay es muchos ejemplos de situaciones inversas, es decir: cuando un líder está dispuesto a sacrificar sus aspiraciones personales, su honor, sus bienes y hasta su dignidad personal por el bien de su pueblo.

Es por eso que Moshé era un líder excepcional.   

Veamos ahora algunos ejemplos del liderazgo de Moshé Rabbenu para descubrir este aspecto de su vida.  

EL BECERRO DE ORO

Moshé reacciona con indignación cuando desciende del monte Sinaí y ve al pueblo judío adorando al becerro de oro. Habían reemplazado a Dios con un ídolo egipcio y lo estaban adorando. La ira de Moshé en ese momento fue tan severa que rompió las Tablas.

LA GENTE SE QUEJA

En la Parashá de esta semana, beha’alotekha, cuando el pueblo se queja diciendo con insolencia que “solo tenían el maná para comer en el desierto” y comienzan a decir en voz alta que extrañan lo que comían en Egipto, Moshé también se ofende  (ובעיני משה רע). Recordemos que esas quejas de ingratitud estaban dirigidas hacia Dios, y no hacia la persona de Moshé …

MÁS QUEJAS

En el desierto, el pueblo nuevamente se quejó y manifestó su profunda falta de apreciación hacia Dios«¿Por qué Dios nos sacó de Egipto y nos trajo a este desierto? ¿Para hacernos morir de sed y hambre?” Moshé se ofendió y llamó al pueblo de Israel “rebeldes” (שמעו נא המורים).

En estos tres casos en los que Moshé reacciona con enojo y se ofende hay algo en común: las quejas no están dirigidas hacia Moshé; el pueblo se estaba comportando con desagradecimiento hacia Dios.

Ahora que vemos que Moshé es capaz de reaccionar y ofenderse en estas situaciones veamos otro tipo de casos que normalmente hubieran merecido una reacción por lo menos similar, si no mayor, de parte de Moshé.

COMPETENCIA

En la Parashá de esta semana, dos individuos, Eldad y Medad, estaban profetizando en el campamento de Israel. «Profetizar» era una prerrogativa exclusiva de Moshé, hasta ese entonces. Este aparente desafío al liderazgo espiritual de Moshé, una afrenta personal,  fue notado por Yehoshua, quien inmediatamente informa a Moshé y le propone neutralizar a estos dos hombres que le hacían la competencia» a Moshé. ¿Cuál fue la respuesta de Moshé a Yehoshua? (Bamidbar 11:29): «Y Moisés respondió (a Yehoshua): ¿Acaso estás celoso por mí? [yo no me ofendo. Es más:] ¡Ojalá todo el pueblo de Dios se volviera profeta!

OFENSAS PERSONALES

En otro episodio, también en nuestra Parashá (Bamidbar 12: 1-2), «Miriam y Aharón hablan en contra de Moshé…». En esta ocasión, nuevamente, Moshé no se enoja, no se ofende, no reacciona. No hay celos ni reproches ni contraataques. Moshé lo deja pasar y permanece en silencio.

¿Y POR QUE?

Moshé tiene un mecanismo de defensa emocional selectivo. Muy distinto, opuesto, al que tenemos los seres humanos normales. Moshé se «ofende» y reacciona, y no lo deja pasar cuando se trata de defender el honor Divino. Moshé se preocupa apasionadamente por la causa y el honor de Dios.  SU MAYOR AMBICIÓN Y DESEO ES QUE EL PUEBLO DE ISRAEL SE COMPORTE COMO EL PUEBLO DE DIOS. Y esa aspiración de Moshé, se transformó en la «única» que merece ser defendida.

Por eso, cuando se trata de temas personales, que afectan su propio honor, Moshé no se molesta ni se ofende, ni actúa con arrogancia,  PARA MOSHÉ LAS ASPIRACIONES PERSONALES SON UNA DISTRACCION DE LAS ASPIRACIONES QUE TIENE COMO LIDER: EL BIEN DE SU PUEBLO!  

La “Humildad” de un líder judío se manifiesta cuando ese líder  se despreocupa por su ego y sus aspiraciones personales.    

Por eso la Torá dice en la Parashá de esta semana acerca de Moshé : 

Y Moshé, el líder [del pueblo judío], era extremadamente humilde, más [humilde] que cualquier otro ser humano [que habita] en la faz de la tierra  

Bamidbar 12:3




Ribbi Eliyahu de Luna Montalto (1567-1616), médico del Rey de Francia

DE PORTUGAL A PISA

Eliyahu de Luna Montalto nació alrededor del año 1567 en la ciudad de Castelo Branco, en el Reino de Portugal. Fue bautizado oficialmente el 6 de octubre de 1567 como Felipe Rodrigues de Castelo Branco. Era hijo de Antonio y Catarina Aires, que eran anusim , judíos forzados a convertirse al cristianismo.
Estudió medicina en la Universidad de Salamanca y, más tarde, en la Universidad de Coímbra, en Portugal. Se estableció como médico en Lisboa, donde se casó con Jerónima de Fonseca, hija de una familia de médicos. El padre de Jerónima, Manuel de Fonseca, había sido forzado a convertirse al cristianismo en Portugal en 1497.
A fines del siglo XVI, el Dr. Montalto se trasladó a Italia. Primero se instaló en Livorno. Desde 1593, gracias al edicto de Ferdinando I de Medici, Livorno ofrecía residencia y libertad profesional a judíos y conversos provenientes de España y Portugal, sin cuestionamientos acerca de su pasado religioso. Allí, Montalto comenzó a ejercer la medicina profesionalmente, y su reputación creció tanto entre cristianos como entre judíos. Poco a poco, y a medida que se reconectaba con sus raíces judías, fue acercándose cada vez más a una vida de observancia religiosa. Su nombre original, Felipe (que significa “amante de los caballos”), lo cambió por Philotheo, que significa “amante de Dios”.

En 1606 publicó su primer tratado médico: Optica intra philosophiae et medicinae aream, una obra científica sobre los procesos visuales en la que combinaba observaciones médicas con referencias filosóficas y bíblicas. Por ejemplo: desarrolló una teoría innovadora sobre la visión, afirmando que esta se genera en el cerebro —y no en los ojos—, basándose en una lectura literal del versículo de Éxodo 20:18: “Todo el pueblo veía las voces”.
Durante ese mismo período enseñó medicina en la Universidad de Pisa, donde fue considerado como candidato para ocupar la cátedra de Girolamo Mercuriali, decano de la facultad, tras su fallecimiento en 1606. Sin embargo, a pesar de su preparación y prestigio, su nombramiento no se concretó.

EN EL GUETO DE VENECIA

En 1607, Montalto tomó la decisión más crítica de sus vida: abandonó Pisa y se trasladó al Gueto de Venecia, donde renunció a su identidad cristiana y comenzó a practicar abiertamente el judaísmo. Allí fue acogido por la comunidad judía, que contaba con unos 6.000 miembros que sufrían la pobreza y necesitaban desesperadamente la asistencia de un ben médico. En Venecia adoptó el nombre hebreo Eliyahu, y su esposa, Jerónima, asumió el nombre hebreo Rajel. A partir de entonces, vivió como judío practicante durante toda su vida. Su primer maestro fue Daniel Franco, quien eventualmente fue quemado en la hoguera en un auto de fe por su fe judía al regresar a Portugal.
Durante su residencia en Venecia, Montalto se dedicó al estudio de la Halajá (ley judía) y también a la filosofía judía, sin dejar de ejercer la medicina. Participó activamente en la vida del gueto, mantuvo relaciones con rabinos e intelectuales, y redactó sus principales escritos en defensa del judaísmo. Según diversas fuentes, formó parte del liderazgo de la comunidad y escribió extensamente tanto sobre temas médicos como religiosos. En su tumba se lo denomina “Rab” (rabino), lo que permite suponer que en algún momento recibió formalmente ese título.
En 1612 representó a la comunidad judía en un debate público en Padua frente a un fraile dominico. El encuentro terminó con la sorpresiva retirada del fraile y consolidó la reputación de Montalto como polemista y defensor del judaísmo. Su alto nivel cultural y profundo conocimiento del cristianismo le permitieron debatir con los no judíos en condiciones de igualdad y con argumentos sólidos.

 

MÉDICO DE LA CORTE EN PARÍS

Años antes, en 1605, Montalto había pasado por París en su camino de regreso desde los Países Bajos. Allí fue convocado por la corte para tratar a Leonora Galigai, dama de compañía y amiga de infancia de María de Médici, esposa del rey Enrique IV. Galigai padecía un cuadro diagnosticado entonces como bulbus hystericus , un trastorno psicosomático. Las enfermedades mentales en esa época solían ser tratadas por religiosos cristianos mediante exorcismos, ya que se creía que la persona afectada estaba “poseída” por un espíritu maligno. El Rab Montalto ordenó que los prelados cesaran con sus exorcismo y procedió a tratar a la paciente con un propio enfoque médico. Le prescribió a Galigai un tratamiento basado en dieta, aire fresco, caminatas, ejercicios y abstinencia durante seis semanas. Según los expertos George M. Weisz y Donatella Lippi este método podría considerarse hoy como una forma temprana de psicoterapia . Con el tiempo, la paciente mejoró significativamente, y la reputación del Dr. Montalto creció aún más. Se difundió su fama y aumentó la expectativa de que fuese designado como médico oficial de la corte parisina.
Sin embargo, el rey Enrique IV se opuso férreamente a su nombramiento formal debido a que Montalto era judío. Aunque lo respetaban por su saber y sus logros, no le permitió permanecer en la corte. Tras el asesinato de Enrique IV en 1610, la reina María de Médici —ahora regente del joven Luis XIII— volvió a convocarlo a París. En una carta fechada el 6 de mayo de 1611, Montalto expresó claramente las condiciones para aceptar ese cargo:
Permiso papal para residir como judío y practicar abiertamente el judaísmo en Francia
Autorización para llevar consigo a diez judíos, a fin de asegurar un minyan diario, incluyendo un shojet
Exención de trabajar en Shabbat
Derecho a practicar libremente su religión y consumir alimentos kasher tanto él como sus acompañantes
Indicó además que ya había rechazado cargos similares en Bolonia, Messina y Pisa, e incluso la oferta de servir como médico personal del Gran Duque de Toscana, porque no se le habían concedido esas condiciones. Era la primera vez que un médico de su prestigio presentaba una solicitud de esta naturaleza, lo cual marcó un precedente histórico respecto a los derechos religiosos de un judío observante en la Europa del Renacimiento.
Estas audaces condiciones —sin precedentes para la época— fueron aceptadas por la reina, y a su pedido el Papa le extendió a Montalto una “dispensación” (heter) para practicar el judaísmo y traer a sus asistentes. Uno de ellos era Shaul HaLevi Mortera, que luego se trasnformó en el rabino principal de Amsterdam . El 19 de septiembre de 1612, Montalto fue nombrado oficialmente Consiliarus et Medicus (consejero y médico de la corte real). Ademas, fue el primer judío en ejercer públicamente —y notoriamente— su fe en París desde la expulsión de los judíos en 1394.

DEFENSOR DE LOS ANUSIM

Durante su tiempo en la corte, Montalto protegió a los conversos judíos, que eran permanentemente atacados y discriminados. En 1615 evitó la disolución de la comunidad de conversos en Burdeos, e intervino también para frenar la expulsión de varios conversos que fueron descubiertos celebrando el Séder de Pésaj en París.
En 1614, publicó en París su segunda obra médica: Archipathologia, dedicada a María de Médici. Este tratado psicológico, de 817 páginas, aborda 18 tipos de trastornos mentales y neurológicos como la melancolía, la epilepsia, el insomnio, el vértigo y el coma.
En esos años de intensa actividad médica y filosófica, Montalto redactó también dos tratados polémicos en defensa del judaísmo, respondiendo a ataques cristianos. El primero fue un tratado escrito en portugués sobre Isaías 53, capítulo que describe al “siervo fiel de Dios” que sufre persecuciones y dolor por su apego a Él. La literatura rabínica siempre enseño que el “Siervo de Dios” se refiere al pueblo de pueblo Israel. Pero la Iglesia lo interpretó como una referencia a Yeshu. Al presentar los argumentos judíos, el rab Montalto no solo buscaba refutar esa lectura cristiana, sino principalmente educar a los conversos —adoctrinados por curas y maestros católicos— que pro primera vez en sus vidas comprender correctamente ese texto fundamental.
Su segundo libro, titulado Proposiciones convenientes e inconcusas, escrito en italiano, rechaza la noción cristiana de redención mediante un sacrificio vicario, es decir, a través del sufrimiento de Yeshu. Montalto explica que, de acuerdo a la Torá, cuando una persona comete una transgresión, es personalmente responsable por su falta, y solo puede ser perdonada si reconoce su error, lo confiesa —no ante un religioso, sino directamente ante Dios— y decide corregir su conducta. De esta manera, el judaísmo subraya la responsabilidad individual del pecado y la esencia de la Teshubá (arrepentimiento) como camino de redención personal.

MUERTE Y ENTIERRO

En noviembre de 1615, Montalto acompañó a la familia real en su viaje a España para la boda de Luis XIII con Ana de Austria, hija del rey Felipe III. De regreso a Francia, al llegar a las cercanías de Tours, Montalto se contagió de una plaga y falleció. Era el 17 de febrero de 1616, correspondiente al 29 de Shebat del año 5376.
En Francia no existía un cementerio judío, y por eso, en su testamento, Montalto dispuso que su cuerpo fuera trasladado a Ámsterdam, donde vivían sus hijos, para ser enterrado en el cementerio judío de Beth Haim. La reina María de Médici ordenó embalsamar su cuerpo —una medida excepcional— y financió personalmente su traslado.
Su hijo Moshé de Luna Montalto y su discípulo, el rabino Shaul Levi Mortera, acompañaron su cuerpo en el trayecto fúnebre hasta Ámsterdam. El lugar de su sepultura aparece representado en una pintura del artista Jacob van Ruisdael, realizada entre 1650 y 1655, en la que su tumba figura en el centro del lienzo.
Las palabras inscritas en su lápida habrían sido redactadas por su maestro principal en Tora, el célebre Rab Yehuda Aryeh de Modena (1571–1648).

 

 

לישראל כהריאל והר תלול הלא זה הוא
יהי זכרו ואור שחרו באמרם לו פאר דור הוא
הרק עמו שמו עמו הלא שרים יבקשו הוא
והוא להם בחצריהם בקול יקרא ואלי-יה הוא
ה”ה האלוף הקצין הרב הכולל כמוהרר אליהו מונטאלטו זצוקל
שהיה יועץ ורופא למלך ולמלכת צרפת ויצוו לחנוט אותו
ויישם בארון הזה ויתהלך את האלהים בכ’ט בשבט שנת שלום




¿Cómo y cuándo comenzó el judaísmo?

Hace 3.500 años, el pueblo de Israel en el desierto del Sinaí experimentó el evento más importante de la historia humana: una alianza, un pacto formal entre la nación hebrea y Dios. Este pacto es único en la historia de la humanidad y se describe en detalle en el capítulo 20 y el capítulo 24 del libro Shemot (Éxodo).

En el primer día del mes de Siván, Moisés ascendió al Monte Sinaí y recibió este mensaje divino (Éxodo 19: 3-6): “Le dirás esto a la casa de Ya’aqob y así le hablarás a los hijos de Israel: ustedes han visto lo que hice a los egipcios [las diez plagas, etc.], y [también han visto] cómo los he guiado [protegiéndolos] como un águila [que protege a sus polluelos] en sus alas, y los he traído hacia Mí. Y ahora, si ustedes [están dispuestos a] obedecer Mi voz y a cumplir Mi pacto, se convertirán en una posesión preciosa para Mí [segulá] entre todas las naciones, un pueblo especial… serán para mí un Reino de Sacerdotes y una nación consagrada [por Mí]”.

Dios propuso al pueblo de Israel establecer un pacto con Él. Ofreció convertirnos en una nación de sacerdotes (cohanim), es decir, un pueblo consagrado a Dios. Sirviendo a Dios, aprendiendo y enseñando Sus Leyes, y dando testimonio de Su existencia y Su voluntad revelada. La condición de ser una Nación de Sacerdotes implica el privilegio de la cercanía con Dios y gozar de Su “atención”. Pero, por otro lado, este privilegio exige un mayor nivel de moralidad y un número considerable de obligaciones y preceptos a seguir.

Moisés descendió del monte Sinaí y presentó los términos del pacto al pueblo de Israel. La gente escuchó la propuesta y acordó entrar en un pacto con Dios, y así nos convertimos en “una nación a Su servicio” al declarar con una sola voz: “Estamos listos para hacer todo lo que Dios ha proclamado”. Sin embargo, esta no fue la aceptación final del Pacto, sino la aceptación de la propuesta de entrar en un pacto con Él. El mejor ejemplo para comprender esta fase de nuestra alianza con Dios es el de “un compromiso” en el marco del casamiento. En el compromiso, la novia y el novio acuerdan casarse. El pueblo de Israel declarará su voluntad de entrar en el pacto. Esto sucederá después de escuchar los 10 mandamientos y finalizará cuando el pueblo verbaliza su consentimiento final (“Sí, quiero”) al decir las famosas palabras: “Todo lo que Dios ha dicho, haremos y escucharemos”. Después de esa tercera y última declaración, el “matrimonio”, nuestro pacto con Dios, comenzó formalmente.

Cuando el pueblo de Israel expresó su disposición de entrar en un pacto con Dios, HaShem anunció que se revelaría a toda la nación dentro de tres días, es decir, en Shabu’ot. Dios le dijo a Moisés (Éxodo 19: 10-12): “Consagra a la gente hoy y mañana. Diles que se purifiquen, que laven su ropa y se preparen para el tercer día, porque ese día descenderé al Monte Sinaí a la vista de todos”. Según nuestros sabios, la purificación y el lavado de la ropa mencionados en este versículo se refieren a la inmersión en un mikvé, el baño ritual judío (lo mismo que hace una novia antes de la boda). Los hijos de Israel se purificaron durante esos tres días (3, 4 y 5 de Siván) y estaban listos para entrar en un pacto con Dios al día siguiente.

En este pacto, Dios ofreció adoptar al pueblo de Israel como “Su” pueblo. Esto significa que Él supervisará directamente a Israel; no permitirá que el pueblo de Israel desaparezca y nunca cancelará ni modificará este pacto. El pueblo de Israel, por su parte, acepta ser gobernado por la Ley Divina, la Torá, transformándose así en una Nación de Sacerdotes, es decir, consagrada al servicio de Dios. El pueblo judío también es testigo directo, “privilegiado”, de la existencia de Dios, ya que experimentó Su Revelación directa en Sinaí (ma’amad har Sinai). El judío, entonces, tiene el derecho y el deber de escuchar a Dios cuando estudia la Torá y dirigirse a Dios cuando reza, sin intermediarios. Los términos de este pacto, que no son pocos, se detallan ampliamente en la Torá, los 5 libros de Moisés, y están organizados en 613 preceptos.

En la noche del 6 de Siván (entre el 5 y el 6 de Siván), la ceremonia del pacto continuó con Dios anunciando los 10 Mandamientos. Esta fue la única vez que Dios se reveló a una nación entera. Dios comenzó a enunciar directamente, y sin la mediación de Moisés, los dos primeros mandamientos. La Torá nos cuenta que la gente no pudo tolerar (¿físicamente?) el impacto de la Revelación Divina. Dios no habla con una voz producida por cuerdas vocales. La “voz Divina” y su efecto son indescriptibles. La Torá expresó esta experiencia sobrehumana y única con una frase muy singular (¿poética?): “Y la gente ‘veía’ las palabras [de Dios]”. Vieron las “palabras”, probablemente en su mente, cuando HaShem se dirigía a ellos. Los sabios explican que la experiencia de la Revelación fue tan intensa que se hizo parte de la memoria genética judía, ha moldeado nuestro carácter y ha reforzado principalmente nuestra creencia en Dios.

Después de escuchar el segundo mandamiento, los judíos piden la mediación de Moisés para transmitir el resto de los mandamientos. Esa misma noche, después de escuchar todos estos preceptos (Éxodo 21-23), la gente declaró por segunda vez su disposición a celebrar el pacto y comprometerse a obedecer las leyes que se presentaron hasta ese momento. Esto es lo que dice la Torá (Éxodo 24: 3): “Moisés… transmitió al pueblo todas las palabras de Dios y todas las leyes. Y la gente respondió con una sola voz diciendo: Todo lo que HaShem dijo, lo cumpliremos”. Moisés permaneció despierto toda esa noche y escribió lo que Dios le había transmitido en un documento que la Torá llama sugestivamente: Sefer HaBerit, el libro del Pacto.

Al día siguiente, el 6 de Siván al amanecer, Moisés erigió un altar que representa la Presencia Divina, y 12 pilares que representan las doce tribus de Israel. Luego, envió a los jóvenes a ofrecer sacrificios. Moisés tomó la sangre de los sacrificios y la dividió en dos. Vertió la primera mitad en los receptáculos de los 12 pilares y la otra mitad en el altar. La Torá describe así la ceremonia de la celebración formal del pacto (Éxodo 24: 7): “Entonces Moisés tomó el libro del pacto y lo leyó en los oídos de la gente. Y la gente declaró: ‘Todo lo que HaShem ha dicho, lo haremos y obedeceremos'”. Esto significa, literalmente, que las personas aceptaron obedecer todo lo que ya habían escuchado y se comprometían a aceptar todas las demás leyes y directivas que escucharían en el futuro. Entonces, Moisés tomó la sangre de los sacrificios y la roció sobre el altar, que representa la presencia Divina, y sobre los pilares que representan al pueblo. Moisés dijo entonces (24: 8): “Esta es la sangre del pacto que HaShem estableció con todos ustedes; (el pacto) que consiste en todas estas palabras (o leyes que han escuchado)”.

Con esta ceremonia formal se estableció nuestro pacto eterno con Dios. Desde este momento, los judíos nos comprometimos, para siempre, a obedecer la Ley Divina, la Torá, la Constitución de nuestra nación.




¿Cómo se celebraba Shabuot en el Gran Templo de Jerusalem?

רֵאשִׁית, בִּכּוּרֵי אַדְמָתְךָ, תָּבִיא בֵּית ה’ אֱלֹקיך
Shabu’ot, el día que celebramos la entrega de la Torá y el comienzo de nuestro pacto con Dios, es también conocido como Jag haQatsir, o la fiesta de la cosecha, y Jag haBikkurim, la fiesta de las primicias. Veamos por qué.
En este periodo, entre la primavera y el verano de Israel, comenzaba la cosecha de las plantas, granos y frutas que ya estaban madurando. Y lo primero que hacíamos los Yehudim era agradecer a HaShem por habernos dado nuestra tierra de Israel y habernos bendecido con sus frutos.
La parte más importante de la celebración de Shabu’ot en los tiempos de nuestro Bet haMiqdash era la ofrenda de los Bikkurim, las primicias, los primeros frutos y granos.
Los Yehudim llegaban desde todos los poblados de Israel y traían unas canastas con los primeros frutos. Pero, ¿cómo sabían cuales habían sido los primeros frutos?
El siguiente fue el método de selección de frutas para la ofrenda: Al visitar su campo y ver un higo, o una uva, o una granada que estaba madura, el propietario ataba una fibra alrededor de la fruta, diciendo: “Esto estará entre los bikkurim “.
La Mishná cuenta que cuando los campesinos iban a inspeccionar sus campos, prestaban mucha atención a los primeros frutos que crecían. Y cuando descubrían un higo, o una uva, o una granada la marcaban haciendo un nudo con una cinta de fibra vegetal alrededor de la fruta.
Luego, cerca de Shabu’ot, cuando llegaba el momento de ir a Yerushalayim, esas frutas ya maduras se recogían y se colocaban en una canasta. En cada ciudad y pueblo se organizaba una caravana de varias familias para ir juntos al Bet haMiqdash. Aparte de las frutas también llevaban palomas y por lo general, un toro, que solía estar adornado. Cuando pasaban por algún pueblo, la gente de esos pueblos salía a recibirlos, homenajearlos y ofrecerles reposo, alojamiento o agua, si era necesario. Cuando se acercaban a la ciudad, mandaban una persona para anunciar su llegada. Una delegación de Cohanim (sacerdotes) del Bet haMiqdash salía a recibirlos con todos los honores y los acompañaban. Por lo general las caravanas llegaban la víspera de Shabu’ot. Pasaban la noche en un lugar especial asignado por los Cohanim fuera de la ciudad. Al amanecer los Cohanim acompañaban a la caravan a ingresar a la ciudad de Yerushalayim, con canciones e instrumentos musicales (flautas).
En Yerushalayim eran recibidos por los dignatarios de la ciudad, quienes los acompañaban hasta el Monte del Templo y el Bet haMiqdash. En este punto la alegría se mezclaba con la emoción de ingresar en el Gran Templo de Yerushalayim, verlo en todo su esplendor y escuchar las hermosas canciones de los Leviim (levitas). Una vez allí, los Yehudim presentaban individualmente sus canastas ante a los Cohanim y mientras mantenían la cesta sobre sus hombros recitaban la siguiente declaración: “Hoy vengo a declarar [en agradecimiento] ante HaShem…, que he llegado a la tierra que Él nos dio, tal como lo juró a nuestros antepasados”. La canasta con frutos era recibida por el Cohen mientras el que que la ofrecía recitaba la siguiente Tefilá de agradecimiento: “Mi padre [Abraham Abinu] fue un arameo nómada, [su descendencia luego] descendió a Egipto con muy poca gente y residió allí hasta llegar a ser una gran nación, fuerte y numerosa. Los egipcios nos maltrataron, nos hicieron sufrir y nos sometieron a trabajos forzados. Y entonces clamamos HaShem, el Dios de nuestros padres. Él escuchó nuestra plegaria y vio nuestra miseria, los trabajos forzados y la opresión que nos habían impuesto. Y HaShem nos sacó de Egipto con milagros y un gran despliegue de Su poder.… Y nos trajo hasta este lugar y nos dio esta tierra, donde abundan la leche y la miel. Y por eso [en señal de agradecimiento] traigo ahora las primicias de la tierra que tu HaShem, mi Dios, me has concedido”.
Quiera HaShem renovar Su Presencia en Yerushalayim, pronto, en nuestros días, AMEN.

MAS SOBRE SHABUOT




¿QUE APRENDEMOS DE LA HISTORIA DE RUT?

En el Tanaj (Biblia Hebrea) hay 5 libros “pequeños” llamados Meguilot (literalmente: “rollos”). Una de estas “Meguilot”, cuenta la historia de Rut, una mujer moabita que se convirtió al judaísmo. Rut llegó a Israel y se estableció en Bet Lejem, en la provincia de Yehudá en Israel, para acompañar y ayudar a su suegra, Naomí, una mujer mayor que había perdido a su marido y a sus dos únicos hijos. Rut sabía que a Naomí le sería muy difícil, sino imposible, pedir o esperar ayuda de los habitantes de Bet Lejem, ya que 10 años atrás, según nos explica el Midrash, su marido Elimélej abandonó Bet Lejem y se exilió en Moab, para no ayudar a los pobres en tiempos de sequía…  Ahora Naomí regresaba en tiempos de abundancia, sola, viuda, sin hijos, pobre, emocionalmente destruida, y absolutamente avergonzada.

Cuando Rut  decidió acompañar a Naomí y quedarse a vivir con ella, lo hizo consciente de que abandonaba la comodidad su hogar, de su familia, de su pueblo etc. Y todo ese sacrificio con la única intención de ayudar a una pobre mujer viuda a sobrevivir en la absoluta indigencia. En el segundo capitulo de la Meguilá vemos las condiciones en las cuales vivían Naomi y Rut, quienes al parecer, ni siquiera tenían un techo para protegerse. Rut, también viuda pero más joven que Naomí,  tuvo que salir a juntar comida (lequet) en los campos, como hacían los pobres y los extranjeros (guer toshab), y proveer así pan de cebada para ella y su suegra Naomí. Sin la ayuda de Rut, Naomí probablemente hubiera preferido morir de hambre que salir a pedir ayuda… .Lo que hizo Rut fue un increíble acto de altruismo: dejar toda su vida atrás para ayudar a que una viuda no se muriese de hambre y vergüenza.

La Meguilá también nos cuenta sobre Bo’az, un familiar de Elimélej, el esposo de Naomí. De acuerdo a la ley judía, cuando alguien empobrece, pierde su tierra o tiene que empeñar su libertad para sobrevivir, la obligación de ayudar y rescatar a esta persona y su familia recae sobre el familiar más cercano. En hebreo a este familiar se lo llama GOEL, el que debe rescatar de la indigencia a su familia. Esta regla, en cierta manera, rige hasta el día de hoy. La Torá establece que en términos de Tsedaqá, ayuda económica, existe un orden de prioridades. Nuestra primera obligación es asistir a nuestros familiares (hermanos, primos, etc. y por supuesto padres e hijos), luego a los pobres de mi ciudad y recién al final a los pobres de otra ciudad (la excepción son los pobres de la tierra de Israel, que siempre tienen prioridad!).  Al principio no vemos que Bo’az se haya apresurado a ayudar a Naomí.  Pero luego sí. Rut fue a recoger cebada “de casualidad” en un campo que pertenecía a Boaz. Cuando Boaz se enteró, se comportó con mucha generosidad con Rut. Mientras que lo normal era que los pobres buscaran su propia agua, y que se sentaran en el piso a comer lo que recogían,  Bo’az le permitió a Rut compartir el agua y la comida con sus empleadas, y le encargó a todos los trabajadores que trataran con mucho respeto a Rut.  Bo’az se comportó con Rut, y por extensión con Naomí, con extrema generosidad excepcional.  Al final, Rut terminó convirtiéndose al judaísmo y Bo’az se casó con ella. Bo’az así restableció la familia de su pariente Elimélej, que de otra manera hubiera desaparecido para siempre. Tanto Rut como Bo’az tuvieron la oportunidad de actuar con generosidad, y no la desaprovecharon.

De Rut y Bo’az nació ‘Obed. De ‘Obed nació Yshai y de Yshai nació David, el gran rey de Israel. Como podemos apreciar la más importante dinastía judía, la dinastía  mesiánica, no se caracteriza por surgir de guerreros o gladiadores sino de un hombre y una mujer que se caracterizaron por su Jesed, un altruismo excepcional.

Creo que de la sencilla y hermosa historia de Rut y Bo’az debemos aprender, entre otras cosas, que muchas veces HaShem nos presenta con situaciones donde podemos actuar con generosidad  y bondad.   Estas situaciones ponen a prueba (nisionot) nuestra moralidad. Son oportunidades para hacer el bien que no debemos dejar pasar.




LA JERUSALEM SUBTERRÁNEA: El sitio arqueológico más importante del mundo


En la literatura rabínica se habla de la Jerusalem de arriba y la Jerusalem de abajo (Yerushalayim shel ma‘alá veYerushalayim shel matá). El significado clásico o convencional de esta expresión es que la Jerusalem de abajo es la ciudad que conocemos y recuperamos milagrosamente en 1967, y Jerusalem de arriba es la ciudad celestial, platónica, “Jerusalem virtual”. Pero creo que hoy esta expresión se puede expandir o incluso reinterpretar: hay una Jerusalem de arriba, la que caminamos hoy: la Ciudad Vieja y la explanada del Muro de los Lamentos (Kotel HaMa’araví), y hay otra Jerusalem: la que se está excavando en estos días debajo de la explanada del Kotel.

No me refiero a los ya famosos túneles del Kotel (Minharot haKotel) o a las fascinantes ruinas de Ir David (ver acá: https://cityofdavid.org.il/en/), sino a una nueva excavación de Jerusalem subterránea, un sitio arqueológico muchísimo más grande, que comenzó a ser excavado en los días del COVID, cuando la explanada del Kotel estaba virtualmente vacía, sin gente rezando ni turistas, y esta peligrosa tarea finalmente se pudo llevar a cabo. El sitio todavía no está abierto al público ni oficializado y por eso no existen videos oficiales del lugar.

En este sitio arqueológico se han erigido cuidadosamente columnas de contención, y la explanada del Kotel hoy está literalmente “flotando” por encima de esta ciudad subterránea. Ya se han encontrado miles de piezas arqueológicas que aún no han sido clasificadas ni estudiadas.

En estos años han reconstruido parcialmente algunos niveles históricos de Jerusalem. Y los mejores arqueólogos e ingenieros de Israel están buscando la forma de seguir excavando y llegar a niveles más profundos y antiguos, pero preservando los sitios más “modernos”.

Comparto con ustedes un par de ejemplos:

1. Aelia Capitolina y los graneros incendiados

El primer nivel de la ciudad que se está quedando al descubierto debajo de la explanada del Kotel es “Aelia Capitolina”, la ciudad que los romanos construyeron cuando בעווה״ר destruyeron Jerusalem en el 68 de la era común y transformaron la ciudad judía en una colonia romana.

Uno de los descubrimientos más impactantes y emotivos de este nivel ha sido el de los “graneros” de Jerusalem, preservados en toda su integridad, que datan de los días de la destrucción del Segundo Templo. Corría el año 67 de la era común. Los romanos habían sitiado Jerusalem. Su estrategia era clara: mantener la ciudad aislada hasta que el hambre doblegara a sus habitantes. Ya lo habían hecho en Galia y Britania con muchos éxito. Pero los judíos de Jerusalem estaban preparados. Habían construido enormes cisternas de agua y sistemas de irrigación. Y, sobre todo, tenían graneros, depósitos de granos, llenos de trigo y cebada que podían abastecer a la ciudad por años. El ejército romano, aunque poderoso, no podía sostener indefinidamente un sitio demasiado prolongado por los altísimos costos. Así que existía la posibilidad de que el tiempo jugara a favor de los judíos atrincherados en Jerusalem.

Pero había profundas divisiones internas respecto a cómo luchar contra los romanos. Algunos pensaban que lo más sabio era resistir desde dentro y, en último caso, negociar una rendición. Otros opinaban que había que salir a atacar a los romanos.
Algunos partidarios de esta última opción quisieron imponer su idea y obligar al pueblo a salir a luchar. ¿Y qué hicieron? ¡Quemaron los graneros! —Sarfú et haAsamim—, incendiaron las reservas de alimento de toda la ciudad. Ese acto terminó siendo un acto de autodestrucción. Ya que no todos salieron a pelear y los que hicieron fueron derrotados, y los que quisieron resistir no pudieron, y murieron de hambre. El resultado fue la caída total de Jerusalem.
No en vano dijeron nuestros Sabios que Jerusalem fue destruida por el odio gratuito (sin’at jinam), esto es: “el odio político” entre los propios judíos.

Creo que el descubrimiento de estos “graneros quemados” posee un simbolismo muy importante, porque lamentablemente hoy, en Israel, hay quienes están dispuestos a «quemar los graneros» para imponer su ideología, sin darse cuenta del daño que esa actitud destructiva causa a la unidad del pueblo y al futuro de Medinat Israel.

2. Desde las ruinas te reconstruiré, oh Jerusalem (מחורבותיך אבנך)

El rey Uziyahu ascendió al trono a los 16 años, alrededor del año 775 antes de la era común, y reinó por 52 años. Su reinado comenzó en medio de una tragedia nacional: un terremoto devastador, estimado en 8 grados en la escala de Richter. La destrucción fue tal que incluso el profeta Zacarías, 250 años más tarde, lo mencionó como símbolo de la peor catástrofe natural que vivió Jerusalem.

Frente a ese desastre, Uziyahu tenía dos opciones: abandonar Jerusalem y trasladar la capital a otra ciudad o quedarse y reconstruirla desde las ruinas. Eligió lo segundo. En lugar de huir, decidió actuar. Fortificó la ciudad, construyó torres de vigilancia en puntos estratégicos, restauró los sistemas de irrigación y modernizó las defensas de la ciudad. Excavó cisternas, promovió el cultivo en las areas desérticas y desarrolló tecnología militar avanzada. En lugar de rendirse ante el dolor y el caos, Uziyahu trajo paz, crecimiento económico y estabilidad a Israel. Lo más impresionante no es solo lo que construyó, sino cuándo lo hizo: después del colapso. Su historia nos recuerda que reconstruir tras un desastre no solo es posible, sino un deber del liderazgo judío.

Muchas de las estructuras halladas en estas excavaciones en el nivel de más profundidad que se ha excavado hasta ahora evidencian una reconstrucción posterior a un colapso sísmico, y se atribuyen al legado de Uziyahu.

El ejemplo del rey de Yehudá no podia ser más apropiado para estos días. Israel enfrenta una crisis profunda tras la tragedia del 7 de octubre, y BeEzrat HaShem, el legado del rey Uziyahu nos inspirará para reconstruir desde las ruinas. Israel se levanta de su duelo no solo para sobrevivir, sino para estar más firme y más alto que antes. Como en los tiempos de Uziyahu, Israel se pone de pie con determinación, transformando el dolor en fuerza y la destrucción en un nuevo comienzo.

Que las lecciones de estas antiguas ruinas inspiren a Israel y que HaShem nos ilumine para construir una sociedad más fuerte y más unida que nunca.




Rab Isaac Cardoso (1604-1687) y el antisemitismo europeo

Isaac Cardoso, cuyo nombre original era Fernando Cardoso, nació en el año 1604 en Beira, Portugal, en el seno de una familia de judíos conversos, conocidos como “marranos”. Como muchas otras familias sefardíes en la Península Ibérica, los Cardoso vivieron bajo la presión de la Inquisición y mantuvieron la observancia del judaísmo en secreto durante varias generaciones.

Desde joven, Fernando demostró aptitudes intelectuales notables. Se trasladó a España, donde ingresó a la Universidad de Salamanca, una de las más prestigiosas de Europa en ese entonces. Allí estudió medicina, filosofía y ciencias naturales. Su formación fue rigurosa, y pronto se convirtió en una figura destacada en los círculos médicos e intelectuales de su tiempo.

En 1632, Cardoso fue nombrado médico principal de Madrid, cargo de gran prestigio en la corte de Felipe IV. Su actividad no se limitó a la medicina: publicó un tratado científico sobre el monte Vesubio —un volcán situado en Nápoles— en el cual analizaba las causas geológicas de los terremotos, un tema audaz para la época. También escribió una elegía fúnebre dedicada al célebre poeta Lope de Vega, y un ensayo médico sobre los usos terapéuticos del agua fría, dirigido al propio rey.

A pesar de su éxito profesional, Fernando Cardoso vivía una vida dividida: externamente cristiano, pero interiormente fiel a la tradición judía de sus antepasados. Finalmente, en 1648, decidió abandonar España y buscar un entorno donde pudiera vivir como judío libre. Se instaló en Venecia, una ciudad que ofrecía a los judíos cierta libertad y autonomía comunitaria. Fue allí donde adoptó públicamente la fe judía, cambiando su nombre por Isaac.

En Italia, Cardoso vivió primero en Venecia y luego en Verona. Continuó ejerciendo la medicina, pero dedicó cada vez más tiempo al estudio y a la escritura. En 1673 publicó en latín su obra más extensa y ambiciosa desde el punto de vista científico y filosófico: Philosophia Libera in Septem Libros Distributa (“Filosofía libre dividida en siete libros”), impresa en Venecia. Este tratado abordaba temas de cosmología, física, medicina, teología y ciencias naturales. Allí Cardoso se posiciona frente a corrientes filosóficas como el escepticismo de Gassendi y el racionalismo de Descartes, proponiendo una visión integradora entre ciencia, religión y razón.

Sin embargo, su legado más perdurable se encuentra en un libro que escribió en español, dirigido tanto a los judíos como a los lectores cristianos: Las Excelencias y Calumnias de los Hebreos, publicado en Ámsterdam en 1679.

Este libro está dividido en dos partes: los primeros diez capítulos presentan las “excelencias”, es decir, las virtudes del pueblo judío. Cardoso describe allí la singularidad del judaísmo: su carácter de pueblo elegido, la observancia de leyes específicas que lo distinguen de las demás naciones, su ética de la compasión, la práctica de la filantropía, el recato, la vida familiar, la fe profunda en un Dios único y la transmisión intergeneracional del conocimiento y los valores.

En los diez capítulos siguientes, Cardoso refuta con firmeza y elegancia las “calumnias” que durante siglos fueron dirigidas contra los judíos. Entre ellas: la acusación de idolatría, el prejuicio grotesco de que los judíos tienen cola o mal olor, el mito de que odian a los cristianos o que han alterado las Escrituras, y, especialmente, la infame acusación del llamado “ritual de sangre”, que afirmaba —sin base alguna— que los judíos asesinaban niños cristianos con fines rituales.

Una de las citas más elocuentes de su introducción dice:

“El pueblo de Ysrael, al mismo passo amado de Dios que perseguido de los hombres, ha dos mil años desde el tiempo de Nebuhadnezar que anda esparzido en las naciones…. de unas maltratado, de otras herido, y de todas desespreciado, sin que haya monarquía o reyno que no haya desenvainado contra él la espada…”

Cardoso responde a estos ataques con argumentos racionales, históricos y teológicos, demostrando que no hay base en la realidad para tales acusaciones y que ellas nacen de la ignorancia, la superstición o el fanatismo religioso. Su estilo combina erudición con claridad, ironía con profundidad, y está impregnado de un profundo amor por el pueblo judío.

La obra fue presentada al gran rabino de Venecia, Rabbí Shemuel Abohab, quien elogió calurosamente el texto y agradeció a Cardoso por su defensa brillante y valiente del judaísmo. El libro se convirtió en una referencia para las comunidades sefardíes de Europa occidental, especialmente en Ámsterdam, Londres y Livorno, que vivían entonces un renacimiento cultural y espiritual tras siglos de clandestinidad.

De las calumnias medievales al discurso de odio moderno

La acusación del “ritual de sangre” —una de las más crueles y absurdas jamás formuladas— afirmaba que los judíos mataban niños cristianos para usar su sangre en rituales religiosos. Aunque totalmente infundada, fue repetida por siglos y usada para justificar persecuciones y matanzas. Cardoso la refutó en su época con argumentos tan claros que hoy nos parecen evidentes, pero que entonces eran valientes y necesarios.

Hoy, el antisemitismo ha adoptado formas nuevas. La más reciente y dañina es la acusación de que el Estado de Israel comete “genocidio” en Gaza. Esta acusación, como la del ritual de sangre, ignora los hechos, pervierte el lenguaje moral, y presenta a la víctima como victimario.

Israel, al igual que el pueblo judío en los tiempos de Cardoso, se ve forzado a defenderse de quienes desean su destrucción. En este caso, de la organización terrorista Hamas, que no solo dispara desde zonas civiles, sino que se esconde deliberadamente detrás de civiles —usando hospitales, escuelas y mezquitas como escudos humanos. Israel se esfuerza de forma excepcional por minimizar víctimas inocentes, incluso arriesgando la vida de sus propios soldados. La muerte de civiles —dolorosa y trágica— ocurre precisamente porque Hamas retiene a rehenes, no entrega a los secuestrados, y lanza ataques desde entornos poblados.

Decir que Israel comete genocidio no solo es una calumnia sin base, sino un agravio a la memoria de las verdaderas víctimas del genocidio en la historia. Y al igual que la acusación medieval del ritual de sangre, esta mentira moderna busca deslegitimar al pueblo judío como colectivo moral y político.

Rab Isaac Cardoso, con su voz desde el siglo XVII, nos recuerda que los judíos han sido acusados falsamente por siglos. Pero también nos enseña que la respuesta a la mentira es la palabra, la razón y la verdad. Así como él escribió su obra en español para que también los no judíos pudieran comprender la injusticia de las acusaciones, hoy también se necesita levantar voces que respondan con inteligencia y ética a quienes difaman a Israel.

Cardoso murió en Verona alrededor del año 1683, dejando tras de sí un legado intelectual y espiritual de gran valor. Su figura representa el renacimiento de la identidad judía en tiempos modernos, el coraje de quienes abandonaron posiciones de prestigio para volver a sus raíces, y la dignidad de quienes, como él, decidieron responder al odio con sabiduría.

Hoy, Las Excelencias y Calumnias de los Hebreos está disponible en línea gracias a HebrewBooks.org, junto con más de 52.000 obras judías antiguas. Este texto, escrito en un castellano antiguo pero accesible, es una lectura fundamental para comprender cómo la lucha contra el antisemitismo moderno comenzó —al menos en parte— con la pluma de un judío sefardí que se atrevió a hablar en voz alta cuando otros callaban.




BEHAR: Las universidades de Colombia y el año sabático

En la primera Perashá de esta semana, Behar, encontramos una Mitsvá muy interesante: Shemitá. Esto significa que los campos de cultivo en la tierra de Israel deben reposar durante el séptimo año. En el séptimo año no se ara la tierra. No se siembra ni se cosecha. La razón de esta Mitsvá fue explicada de diferentes maneras. Lo primero que viene a la mente es que dejar reposar la tierra por un año contribuye a la conservación del suelo y le permite mejorar su fertilidad  (esto fue discutido  por Maimónides en Moré Nebujim 3:39).

CRECIMIENTO

Creo que la mejor manera de comprender la Mitsvá de la Shemitá, es comparándola con el Shabbat. En Shabbat también debemos “reposar”  y uno de los beneficios del reposo es que nos permite renovar nuestras fuerzas físicas para trabajar mejor durante la próxima semana.

Sin embargo, el sentido del Shabbat va mucho más allá del descanso material. El reposo físico no es el propósito del Shabbat, sino una consecuencia incidental (y ni siquiera absolutamente necesaria, ya que si por ejemplo, vivo en el piso 12 de un edificio tengo que subir y bajar por las escaleras cada vez que llego o salgo de mi casa, lo cual no colabora mucho con mi descanso físico…).

El sentido del Shabbat y de la Shemitá, de acuerdo al Rab Abraham Kook, debe ser buscado en el efecto “mental” que deja en el trabajador, y no en el efecto de esta Mitsvá en el suelo o  en el cuerpo.  Una vez cada 7 años (o días, en el caso de sahbbat) el trabajador judío deja de arar y cosechar para dedicarse a otra actividad completamente diferente. En Shabbat dejamos nuestras ocupaciones mundanas y nos dedicamos a rezar, escuchar la Torá y estudiarla junto a nuestra familia y nuestra congregación. En Yerushalayim, por ejemplo, el año de Shemitá coincidía con la Mitsvá de Haqhel, donde todo el pueblo se congregaba para escuchar y estudiar la Torá de boca de los reyes de Israel, de los Cohanim, etc.

En este sentido la Shemitá y el Shabbat nos presentan un escenario idéntico: en Shabbat dejamos de trabajar y de “crecer económicamente”,  no para dedicarnos al descanso físico, sino al desarrollo de nuestra vida espiritual: crecer en el conocimiento de la Torá y en nuestro acercamiento a HaShem.  En el año de Shemitá dejamos de dedicarnos al crecimiento de las plantas y los frutos para dedicarnos a nuestro propio crecimiento.

EL MUNDO ACADÉMICO DESCUBRE LA SHEMITA

Este concepto de crecimiento y renovación intelectual es reconocido hoy en día en el mundo entero. Las universidades más importantes del planeta le conceden a sus profesores “un año sabático”, un año de “descanso“ cada siete años de trabajo. La universidad le paga al profesor su salario completo para que  se dedique por doce meses a estudiar, investigar y escribir más. Y sin la carga del trabajo de enseñanza, el catedrático puede renovar exponencialmente su conocimiento, crecer intelectualmente y luego así volcar toda su nueva riqueza intelectual en sus estudiantes.

El año sabático académico es quizás la mejor ilustración de la naturaleza y los beneficios del Shabbat y del año de la Shemitá.  Presento   AQUI artículo FENOMENAL que me envió hace unos años un lector de Halajá of the Day desde Bogota, Colombia. El sugestivo título dice:   “El año sabático no tiene nada que ver con descansar”. Las universidades colombianas ven en esta estrategia [es decir, pagar un año de salario sin que los profesores trabajen] la oportunidad ideal para mejorar la calidad de la educación de sus profesores y aumentar el número de artículos, investigaciones y libros académicos [que producen].”

EMUNA

Hay un elemento más, muy profundo, que tienen en común el Shabbat y el año de Shemitá: La Emuná, nuestra fe, de que nuestro sustento viene de HaShem.

Comencemos por Shabbat. Todos sabemos del malicioso prejuicio antisemita que acusa a los judíos de ser avaros o coidicosos con el dinero. En realidad, la mejor forma de desenmascarar esta falsa acusación es comprendiendo lo que es el Shabbat: Cuando un judío observa el Shabbat ¡está sacrificando significativamente sus ingresos!. Cuántas veces escuché que para los comercios minoristas por ejemplo, “los sábados” , “representan el día de mayor ingresos“. Para un judío, como vemos, el beneficio económico queda en un plano secundario.

En el año de Shemitá ocurre algo parecido pero a mayor escala y prácticamente milagroso.   La Torá le garantiza al Yehudí que observa la Shemitá que nada le faltará. Así dice en Vaiqrá, capitulo 25: “(20)Y si acaso te preguntaras: “¿Qué comeremos en el séptimo año si no plantamos ni cosechamos nuestros productos [durante ese año]?”. (21) [Por eso, deberás saber que] en el sexto año Yo les enviaré una bendición tan grande que la tierra producirá [lo suficiente] para tres años. (22) Cuando ustedes siembren durante el octavo año, todavía estarán comiendo de la cosecha anterior [del sexto año], y continuarán comiendo de ella hasta la cosecha del año siguiente.”

Cuando la tierra reposa durante el séptimo año, hay que trabajarla durante el octavo año para comenzar a tener frutos recién al final del octavo año . El productor judío debe “confiar” que la producción agrícola del sexto año, alcanzará para el sexto, para el séptimo, y para el octavo año.

La observancia del Shabbat y la observancia de la Shemitá se trasforman así en un testimonio de nuestra Emuná: cuando observamos el “reposo sabático” testificamos con nuestras acciones (con nuestro reposo y con nuestro sacrificio económico) la convicción que HaShem, el Creador del Mundo, es el responsable final por nuestro sustento.

SHABBAT SHALOM