RESUMEN DE JAYE SARA

Nuestra Parashá comienza relatando que Sará fallece a los 127 años. Abraham, decidido a honrar a su esposa con la máxima dignidad, identifica una parcela de tierra en la ciudad de Hebron para su entierro. El terreno contenía una cueva ubicada en el campo de Majpela, en lo que hoy es la ciudad de Kiryat Arba y Hebron. La tierra pertenecía a Efron, miembro de los hititas, un pueblo que formó una de las civilizaciones más influyentes del Medio Oriente y cuya presencia se extendía hasta Turquía.

Abraham solicita comprar la cueva y el campo adjunto. Efron le ofrece que entierre a Sará gratuitamente. Abraham insiste en adquirir la parcela formalmente y paga por el terreno unos 400 shekel de plata, una cifra elevada. Así, Abraham establece un vínculo jurídico con la Tierra Prometida por Dios, que constituye el primer título de propiedad judío documentado en la historia, localizado precisamente en Hebron.

Después de enterrar a Sará, Abraham encomienda a su hombre de confianza, Eliezer, que encuentre una esposa adecuada para su hijo Isaac en la región de Jaran, situada en el sureste de la actual Turquía, que era de donde Abraham era originario. Además, evitaría que Isaac se asimilara a la familia de una mujer local canaanita. La insistencia en preservar la identidad espiritual y evitar la asimilación se convierte desde ese mismo momento en el tema central del legado de Abraham y sus descendientes.

Eliezer llega a Jaran y reza a Dios por el éxito de su misión. Le pide a Dios una señal clara para reconocer a la mujer destinada a Isaac: que la joven a quien él pida agua no solo le ofrezca de beber a él, sino que, por iniciativa propia, también dé agua a sus camellos. Este gesto revelaría no solo la hospitalidad acostumbrada, sino también el jesed, la generosidad característica de Abraham y su familia.

En el pozo de agua aparece una joven que cumple exactamente con esa conducta. Su nombre es Ribká (Rebeca), hija de Betuel y nieta de Najor, hermano de Abraham.

Ribká corre a su casa para contar la noticia. Su hermano Labán sale a recibir al visitante y lo hospeda. Durante la cena, Eliezer relata detalladamente su misión, la plegaria que elevó, la señal que pidió y cómo Ribká cumple con todos los requisitos. La familia reconoce que este encuentro no es casual, sino parte de la providencia divina. Aceptan el compromiso matrimonial y autorizan que Ribká parta con Eliezer.

Tras una emotiva despedida, la delegación emprende el regreso. Cuando Isaac ve a Ribká, la toma como esposa.

Abraham vuelve a casarse con Keturá y tiene varios hijos más. Sin embargo, para evitar conflictos hereditarios, Abraham les entrega algunos bienes en vida y los envía hacia “la tierra del oriente”. A Isaac le deja todas sus posesiones, incluidos sus asentamientos en la tierra de Israel, consolidando la continuidad espiritual y territorial de la Promesa Divina.

Abraham muere a los 175 años. Isaac e Ishmael se reúnen para enterrarlo juntos en la cueva de Majpelá, junto a Sará.




JAYE SARA: Aprendiendo a Rezar

UN SOLO CREADOR

Abraham Abinu descubrió a Dios observando la Creación. “Debe existir un Creador Inteligente”, razonó Abraham, Alguien que trajo este mundo maravilloso a la existencia (yesh adón labirá). Esta idea, ya de por sí muy innovadora, fue seguida por otra declaración aún más revolucionaria de Abraham: “Hay un solo Dios”. En contra de toda la lógica de su tiempo, Abraham afirmó que las fuerzas naturales opuestas no reflejan dioses que luchan entre sí. Para Abraham, la luz y la oscuridad, la salud y la enfermedad, la vida y la muerte provienen de una misma Fuente. Creer en un solo Dios era una locura. Tal vez blasfemia y falta de respeto hacia los otros dioses, porque el Dios de Abraham demandaba exclusividad.

DIOS ES INVISIBLE

Y como si eso no fuera suficiente, Abraham también afirmó que los ídolos eran representaciones falsas de Dios. “El verdadero Dios no puede verse. No tiene cuerpo. Es invisible”, enseñó Abraham. Esta fue, quizá, la afirmación más dramática.

Hoy, en 2025, entendemos la invisibilidad de Dios sin mayores dificultades. Sabemos, por ejemplo, que las ondas de radio, los microondas, el WiFi, la tecnología celular, etc., son energías poderosísimas, pero invisibles a nuestros ojos. Muchas cosas que no vemos existen en una dimensión que no podemos percibir.

Pero hace 4.000 años, ¿quién iba a creer en algo que no podía verse, tocarse o representarse? ¿Quién iba a aceptar que algo —o alguien— invisible es responsable de la existencia de todo lo visible? Yo diría que esta fue la innovación más espectacular del monoteísmo de Abraham y la idea más difícil de transmitir a los demás.

LE IMPORTAMOS Y NOS ESCUCHA

Pero hay un aspecto del monoteísmo judío (o de la teología judía) que, según la lectura literal del texto bíblico (peshat), Abraham Abinu descubrió solo con el tiempo: que el Creador sí se preocupa por los seres humanos, e interviene en nuestras vidas, e incluso puede cambiar el curso natural de los acontecimientos cuando se lo pedimos.

Parece que, al comienzo, Abraham no era plenamente consciente de esto, y por eso nunca rezó cuando necesitó intervención divina. Por ejemplo: Abraham abandona la vida cómoda de Harán. Emigra a Israel, y cuando llega, la tierra sufre una sequía severa; decide entonces emigrar a Egipto, y allí su esposa Sará es secuestrada. En ambos episodios Abraham no elevó una plegaria: no pidió a Dios por la bendición de la lluvia ni imploró por la liberación de su esposa Sará. ¿Por qué?

SUFRIR SIN REZAR

El silencio del texto parece indicar que Abraham no imaginaba que un ser humano pudiera pedirle a Dios Su intervención para intervenir y cambiar un evento natural o personal. Si nos colocamos en el contexto de la generación de Abraham, los paganos nunca esperaban que los dioses se preocuparan por los humanos. La relación hombre-dioses paganos era transaccional. Los dioses demandaban regalos y sacrificios, y no mostraban empatía ni interés por las personas. Esos dioses mitológicos estaban siempre ocupados peleando entre sí, sin ningún deseo de ayudar a los hombres. Al contrario, a veces competían con los seres humanos por recursos naturales como la lluvia, la luz o incluso las mujeres. En medio de una sociedad pagana, rezar “pedir un favor” a los dioses debía de ser totalmente contraintuitivo, algo que Abraham no podía deducir por simple observación o inteligencia. Abraham tuvo que ser instruido por Dios para rezar.

EL COMIENZO DE LA TEFILÁ

Siguiendo estrictamente el sentido literal del texto, es Dios quien menciona por primera vez el concepto de oración (lehitpalel). Cuando Sará fue secuestrada por segunda vez, esta vez por el monarca de Gerar, Abimelej, Dios castigó al rey con severas aflicciones y se le reveló en un sueño. Allí Dios le dice al rey que Sará es una mujer casada. Abimelej responde que él no lo sabía, y entonces Dios le indica qué debe hacer (Bereshit 20:7): “Ahora devuelve la mujer a su marido, él es profeta, y [pídele] que rece por ti, y no morirás.”

Más adelante vemos que (20:17): “Entonces Abraham rezó a Dios, y Dios curó a Abimelej.”

Esta es la primera oración formal en la Torá.

Antes de esto, Abraham invocaba el nombre de Dios (vayiqra beshem HaShem; nebarej sheakhalnu mishelo; tiqén tefilat Shajarit, etc.) para reconocer a Dios y anunciar Su existencia al mundo. O cuestionó la justicia divina y negoció por la vida de los justos, pero técnicamente no rezó.

Parece que Dios le enseñó a Abraham a rezar (del mismo modo en que enseñaría a Moshé las 13 middot). Abraham aprendió entonces que era posible rezar y esperar, por ejemplo, que Dios cambiara el curso natural de una enfermedad y curara a un ser humano —como Abimelej— gracias a la tefilá.

APRECIAR LA TEFILÁ

Nosotros estamos familiarizados con la idea de rezar, y nos parece natural que Dios nos escuche. Pero que el Creador del universo escuche las plegarias humanas no es algo que deberíamos dar por sentado. La tefilá es un privilegio increíble, un regalo que recibimos porque HaShem nos ama como un padre ama a sus hijos.

Abraham y sus descendientes aprendieron esta lección muy rápido.

En nuestra Parashá de la semana, Jaye Sará, encontramos a Eliézer —el siervo de Abraham— rezando y pidiendo la ayuda del Creador para encontrar una esposa adecuada para Yitsjaq.

Más adelante vemos a Yitsjaq rezando por un hijo.

Y luego a Yaaqob rezando por protección divina.

Y el resto es historia…




VAYERA: Los juegos de Ishmael

ESCRITO EN 2020
Abraham y Sará no tienen hijos. HaShem les promete una gran descendencia, que heredará la tierra de Canaan.  Sará  le propone a Abraham tomar a Hagar como concubina y adoptar a su hijo como propio. Así es como nace Ishmael, el primer hijo de Abraham.
En nuestra Parashá, finalmente, y milagrosamente, nace Itsjaq,  hijo de Abraham y Sará. HaShem le dice a Abraham כי ביצחק יקרא לך זרע, Gen. 21:12 “tu descendencia vendrá de itsjaq”, no de Ishmael. Aunque a Ishmael, por ser tu hijo,  לגוי אשימנו, “lo convertiré en una nación”.
La Torá continúa relatado lo que sucedía ahora entre los hermanos, Ishmael e Itsjaq.  El pasuq 21:9 dice así: “Y Sará vio que el hijo de Hagar la Egipcia [Ishma’el] …se estaba divirtiendo/jugando. Y le dijo a Abraham, despide a esta mujer y a su hijo…”.
¿Qué pasó aquí? ¿Sará ve a Ishmael “jugando” y decide que lo tiene que expulsar? ¿Por qué esa reacción aparentemente tan exagerada? Todo tiene que ver con el significado de la palabra מצחק “divirtiéndose, jugando”. ¿A que juegos se refiere aquí la Torá?
Hay varias opiniones. Veamos dos.
Según una primera opinión Ishmael estaba jugando con Itsjaq al “arco y flecha”, al estilo William Tell, practicando su puntería con el pequeño itsjaq, como si quisiera “matarlo  accidentalmente” . Al ver esto, obviamente, Sará expulsa a ishmael.
Hay una segunda interpretación según la cual los juegos de Ishmael no amenazaban la integridad física de Itsjaq sino su integridad moral.  El Midrash no dice que Ishmael jugaba con Legos o autitos de carrera. La diversión de Ishmael era: “Idolatría, promiscuidad y asesinato”. Comencemos por el final. ¿Es posible que un niño juegue juegos de asesinato?   Bueno, hoy sabemos mejor que nunca que esto es muy posible. Pensemos en algunos videojuegos modernos donde se ganan puntos por matar gente mientras uno conduce un auto; o disparar a matar inmigrantes (¡y hay extra puntos por matar mujeres embarazadas!).  Sará entendía que los juegos que se juegan de niños, se hacen parte de la personalidad del adulto.  Sará no podía permitir que su hijo Itsjaq, quien estaba destinado a seguir el camino de Abraham, fuera educado con “los juegos de Ishmael”. Sará sabia el poder de la influencia que los amigos, la calle y los juegos tienen sobre nuestros hijos.
Y Sará también entendió que Ishmael no iba a cambiar. ¿Por qué? Porque Hagar, la madre biológica de Ishmael, no compartía la preocupación de Sará. Una vez más los Jajamim iluminan las palabras de la Torá.    Dicen que Sará cuestionó a Hagar por la conducta de Ishmael y sus juegos. Y le dijo: “¿No te das cuenta de lo que tu hijo está haciendo? ¿No ves cómo esos juegos van a influir en su personalidad?”  A lo que Hagar contestó: “metsajeq”, “Ishmael está jugando”, en otras palabras: “¡Son solo juegos de niños! No hay que tomarlos en serio”.  Hagar es una madre permisiva, que por ingenuidad (o por comodidad) elige no entrometerse con los juegos de sus hijos, sus amistades e influencias. Y se dice a sí misma:  “Ishmael sólo se está divirtiendo. Son cosas de niños.”
Creo que ahora, gracias a este Midrash, nuestra perspectiva de la drástica decisión de Sará es un poco más amplia.  Sará no sólo ve en el futuro la mala (y posiblemente “irreversible”) influencia de Ishmael sobre Itsjaq, Sará también comprende que Hagar no comparte ni entiende su preocupación.   A Hagar tampoco le molestan los juegos promiscuos de Ishmael (“que se haga hombre” diría Hagar), ni tampoco parece importarle que “juegue” con lo opuesto de lo que su padre predica, la Abodá Zará  (“que Ishmael, cuando sea grande, decida si quiere seguir el camino de Abraham o ser una persona normal, como el resto del mundo” diría quizás Hagar).  La filosofía educativa de Hagar no era diferente, sino totalmente opuesta a la de Sará. Sará no tenía con quién hablar…
Y al final vemos que Sará tuvo mucha razón…. En el pasuq 21:20 vemos cual fue el destino de Ishmael ויהי רובה קשת “un arquero” (de arco y flecha).   El hijo de Abraham no se convirtió en un hombre de Dios, como su padre. Ni tampoco en un comerciante o un profesional. Ishmael terminó siendo lo que jugó de chico: un violento cazador.
Tenemos mucho que aprender de Sará. Entre otras cosas.
1. Saber que los juegos violentos o promiscuos, las malas compañías y las malas amistades, pueden ejercer sobre nuestros hijos una influencia que supere la de nuestras palabras.
2. Recordar que lo juegos que juegan nuestros hijos en su niñez, lo que maman a una edad temprana, será parte de su personalidad (para bien o para mal, como dijeron los Jajamim: גרסא דינקותא לא זזה ממקומה)
3. Y finalmente, que a veces hay que tomar medidas drásticas para proteger a nuestros hijos y educarlos como verdaderos descendientes de Abraham Abinu (y Sará!)



RESUMEN DE LA PARASHA VAYERA

Dios se revela a Abraham en una visión, cuando él estaba sentado a la entrada de su tienda. Abraham nota que tres viajeros pasan cerca de él y como era su costumbre, corre a invitarlos a su casa. Los hombres aceptan la invitación y Abraham les prepara un banquete suntuoso. Estos hombres, enviados por Dios, le revelan a Abraham que  Sará dará a luz a un niño en el término de un año. Sara que ya tenía casi 90 años, escuchó esto y se puso a reír.  Dios se enoja con Sará y le hace saber a Abraham que para Él nada es imposible.
Los hombres / ángeles parten y se dirigen a Sodoma para destruir las cinco ciudades de esa región por su tremenda corrupción.  Dios le informa a Abraham de Su intención de destruir Sodoma y en otra muestra de su bondad sin límites, Abraham trata de disuadir a Dios y le pide que no destruya la ciudad si viven allí cincuenta personas justas. Dios acepta pero como parece que no habían muchos hombres justos, Abraham “negocia” con Dios y finalmente le pide que perdonase a Sodoma aunque hubiesen allí solo diez personas justas.
Los hombres llegaron a Sodom. Lot, siguiendo el ejemplo que aprendió de Abraham,  los invita a su casa para descansar y comer. Pero la noticia de que hay extranjeros en la casa de Lot se extiende por toda la ciudad, y la gente reacciona mal. Acostumbrados a abusar de los extranjeros, los indignados residentes de Sodoma rodearon la casa de Lot con la intención de asaltar a sus huéspedes. Lot trata de protegerlos pero los sodomitas intentan derribar la puerta. Los ángeles ciegan a todos los que rodeaban la casa y apresuran a Lot para huir de Sodoma con su esposa y sus hijas.
 
Dios hizo caer del cielo fuego y azufre sobre Sodoma, que destruyó toda la región . La mujer de Lot miró hacia atrás y se quedó petrificada, como una escultura de sal. Lot y sus hijas se refugian en una cueva y piensan que el mundo entero fue destruido y que ellos y son los últimos sobrevivientes. Las hijas embriagan a su padre con vino y lo seducen para repoblar el mundo. Las dos dieron a luz y cada una tuvo un niño que con el tiempo fueron los patriarcas de los amonitas y los moabitas.
Abraham se muda a la ciudad filistea de Gerar por la hambruna. Abimelej, el rey de los filisteos, captura a Sará, que fue presentada como hermana de Abraham. Pero Dios castigó a Abimelej y los miembros de su palacio. Dios se le aparece a Abimelej en un sueño advirtiéndole que Sara es la esposa de Abraham. Abimelej obedece a Dios, libera a Sará y colma de regalos a Abraham como indemnización por los daños causados.
Tal como lo habían anticipado los ángeles que visitaron a Abraham, Sara concibe y da a luz un hijo a la edad de noventa años. El niño se llama Isaac, “el que reirá” (o el que hará reír de felicidad a sus padres). Abraham circuncidó a Isaac a los ocho días.
Isaac crece y Sará se da cuenta que Ishmael, el medio hermano mayor de Isaac, ejerce una influencia negativa en su pequeño hijo y le exige a Abraham que expulse de su casa a Ismael, junto con su madre Hagar.  Dios le indica a Abraham que debe escuchar a Sará . Hagar e Ishmael se quedan sin agua en el desierto y estuvieron a punto de morir de sed. Pero un ángel “abre los ojos de Hagar” y le ayuda a ver un pozo de agua. Ishmael se cría en el desierto y se convirtió en un hábil cazador.
Abimelej viendo que Abraham es el elegido de Dios le pide hacer un pacto de no agresión con él: ninguno de los dos trataría de conquistar al otro por tres generaciones. Abraham estuvo de acuerdo, pero le indicó a Abimelej que sus hombre le habían robado a Abraham un pozo de agua que sus hombres habían cavado. Abraham tomó siete ovejas y se las dio a Abimelej que las tomara como testimonio de que él, Abraham, había cavado el pozo. Abraham se establece en la ciudad de Beer Sheba y proclama el nombre de Dios a todos los que encuentra
En la última Aliyá Dios le ordena a Abraham que tome a su hijo único Isaac y lo ofrezca como sacrificio en una montaña. Abraham parte hacia la montaña con Isaac y dos de sus sirvientes. Cuando llega a la montaña, Abraham sube con Isaac y construye allí un altar. Ata a Isaac de pies y manos y se dispone a cumplir la inexplicable orden Divina. En ese momento oye a un ángel de Dios que le ordena detenerse. Abraham ve un carnero atrapado en un matorral por sus cuernos. Lo toma y lo ofrece como sacrificio a Dios. Dios bendice a Abraham y a sus descendientes por su lealtad y obediencia. 
Abraham escucha que su cuñada Milka había dado a luz. Uno de sus hijos, Betuel, fue el padre de Rivká, la futura esposa de su hijo Isaac.



VAYERA. El sacrificio de Isaac; la última prueba.

Adaptado del libro “Encounters” del Rab Aryeh Kaplan z”l

Abraham escucha una Voz.  La Voz es familiar. Es la misma Voz que le ordenó que abandonara la tierra de sus padres y emigrara hacia la tierra de Canaan. La misma Voz que le prometió que él iba a ser bendecido y que su descendencia iba a ser tan numerosa como las estrellas del cielo.  Esa voz, la Voz de Dios le prometió muchas cosas y nunca lo defraudó. A veces tuvo dudas, como cuando al llegar a la tierra prometida se encontró con una terrible sequía. O cuando su esposa Sará fue secuestrada. Pero Abraham aprendió que no todas las promesas Divinas se materializan en el momento. A veces hay que esperar. Y así, la paciencia, se transformó en parte de su fe. Abraham aprendió a obedecer y confiar en su interlocutor: El Creador de los cielos y la tierra.  Esa Voz, es la misma que le prometió a él y a Sará que finalmente iban a tener un hijo, a la edad 100 años. Y ese hijo llegó y se llamó Yitzjaq, que significa : el [niño] que hará reír [de felicidad a sus padres desde su nacimiento, y por todos los días de su existencia].  

Pero ahora, cuando Abraham se levanta a rezar y agradecer al Creador por Sus bendiciones  esa Voz se dirige a él con el familiar llamado “Abraham, Abraham” .  La Voz se escucha físicamente, como si alguien le estuviera hablando muy cerca de él. Abraham una vez más mira a su alrededor para estar seguro que ninguna hombre lo está llamando y cuando esta seguro responde: “Hineni”. “Aquí estoy, listo para cumplir Tus órdenes”.   Y entonces escucha nuevamente la Voz, que esta vez le dice algo terrible: “Toma a tu hijo, a tu único hijo, al que tú tanto amas: Yitzjaq. Y ve con él a la tierra de Moriá (Jerusalem) y ofrécelo allí como un sacrificio para Mí”.   La Voz desaparece. Abraham se queda solo. Confundido. Siente vértigo. Va a colapsar. Es  como que su mundo se está derrumbando a su alrededor. Está por desfallecer.  Se apoya en un árbol para no caerse.  Su corazón palpita muy rápido. “Oh, Creador del mundo, esto no es posible –puede haber pensado Abraham–  Tú no puedes haberme ordenado que sacrifique a mi hijo Yitzjaq. El hijo que tuve en mi vejez, el que trajo infinita alegría a mí y  a mi esposa Sará. Esto es un error. Es una alucinación. Una pesadilla ”. 

Abraham se da cuenta que no puede engañarse a sí mismo. La Voz que siempre lo ha guiado y bendecido le ha dado una orden al más leal de todos sus siervos. Al hombre que le enseñó al mundo que existe un Creador, que no se ve, que es invisible, que se comunica con sus criaturas, y al que hay que obedecer hasta el final. Y ahora llegó el momento de la prueba más difícil para testear la lealtad de Abraham Abinu a Dios. Abraham, ¿solo obedece a Dios cuando le conviene? ¿Cuándo Dios le promete bendiciones y gloria? ¿Será Abraham capaz de obedecer a Dios, de no abandonarlo, de seguir con Él si va a perder lo que más quiere en su vida?  

Abraham sigue sin moverse de su lugar. Espera escuchar nuevamente la Voz con alguna clarificación. O una contraorden.  Pero con el pasar de las horas, las dudas acerca de la identidad de la Voz se disipan y el horror crece en el corazón de Abraham.  La orden no fue una alucinación. La Voz fue tan clara como cuando le prometió un hijo, al que ahora ama más que ninguna cosa en este mundo. Mucho más que a sí mismo.   ¡Que fácil sería obedecer esta orden —pensaba Abraham— si la Voz le hubiera ordenado ofrecerse a sí mismo como sacrificio! A Abraham se le pide hacer más de lo que a ningún otro hombre se le ha pedido hasta ese entonces.    

Después de una noche de terror y cuando a Abraham ya no le quedan más dudas acerca del origen de la Voz, se da cuenta que no puede negarle nada a Dios. El Creador lo dio a su hijo y ahora, por alguna razón que a Abraham le resulta incomprensible , se lo está pidiendo de regreso. Por la mañana Abraham se levanta muy temprano de su cama y se dispone a cumplir la inexplicable orden Divina. Sin pronunciar palabra ni explicar a dónde van o para qué, Abraham le pide a su amado hijo Isaac y a sus dos sirvientes que lo ayuden a cargar una pila de madera en el burro de carga. Y entonces los 4 hombres parten en silencio. Ninguno se anima a cuestionar a Abraham, que siempre hace lo correcto. Caminan durante 3 días por los bosques y los campos. 

Su anciano rostro está tieso como una piedra. Su mirada, elusiva, fija en el frente del camino.   Sus ojos reflejan la luz pero ocultan algún secreto. Nadie le pregunta a Abraham dónde están yendo. Abraham permanece en silencio no pronuncia una palabra, ni siquiera a su hijo. Por fin, ven el monte Moriah. Abraham le ordena a sus sirvientes que descargan la madera y la carguen en la fuerte espalda del joven Isaac. Abraham toma las piedras para encender un fuego y debajo de su túnica, esconde un largo cuchillo. 

Ahora padre e hijo caminan juntos montaña arriba. Sin palabras.  Isaac, por fin rompe el silencio. Se arma de valor y le pregunta a Abraham: “ Padre, parece como que vamos a ofrecer un sacrificio. Veo que llevamos la madera y que tu tienes las piedras para encender el fuego. Pero, ¿dónde está el animal que vamos a sacrificar?”   Abraham cierra sus ojos y llora por dentro. ¿Le puede contestar a su amado hijo que él ha sido elegido por Dios para ser sacrificado?.  “Dios proveerá el animal para el sacrificio” ,  dice Abraham con la voz entrecortada.  Isaac sigue caminando junto a su amado padre y ya no dice nada más. No se puede imaginar la inconcebible verdad.  Isaac confía totalmente que su padre estará cumpliendo alguna orden divina. y así, padre e hijo, juntos en mente y corazón, siguen escalando el monte hasta que llegan cerca de la cima. Allí Isaac observa como su padre trae unas pesadas rocas para construir un altar y cuando termina, lo ayuda a colocar la madera sobre el altar recién construido.   

Abraham, pálido y temblando, le pide a su hijo que estreche sus manos y ata sus muñecas con unas tiras de cuero. Una vez que las manos están restringidas, Abraham ata sus pies. Isaac no entiende qué está pasando.   ¿Se trata  de algún juego que mi padre está jugando? Mira a su padre, pero su padre no lo está mirando. Solo hay lágrimas en sus ojos y un llanto ahogado. Algo terrible está pasando.  “¿Dónde está el cordero para el sacrificio?” Pregunta  Isaac. Y de pronto se da cuenta que ¡el cordero es él!   Isaac palidece y comienza a temblar, pero el respeto hacia su padre es tan grande como el de Abraham hacia Dios, y no ofrece resistencia.  El anciano patriarca toma al joven con sus fuertes brazos, lo levanta y lo acuesta suavemente sobre el altar. Issac lo mira incrédulo. Su padre sigue eludiendo su mirada. Isaac ve como su padre saca el cuchillo que llevaba escondido debajo de sus ropas y siente el frío metal sobre su garganta.  

Abraham sujeta el cuchillo y toma valor para terminar la misión más difícil que ningún hombre de fe haya tenido que cumplir. Pero de pronto, justo antes del acto final, escucha nuevamente la Voz que lo llama con urgencia y le dice:  “Abraham, Abraham”. Abraham baja el cuchillo y responde: “Aquí estoy”.  La Voz, ahora más fuerte y clara que nunca le ordena: “No dirijas tu mano contra tu hijo. No le hagas ningún daño. Ahora has demostrado tu completa lealtad a Dios y que no le has negado nada a Él,  ni siquiera a tu único hijo”.    Y la Voz ya no dice más. Los ojos de Abraham se llenan nuevamente de lágrimas pero esta vez son de alegría. Abraham desata a su hijo y ve que allí en la montaña, muy cerca de donde están, hay un carnero con su cuerno atrapado en un arbusto.  Abraham toma al animal, lo lleva al altar que construyó para Isaac y lo ofrece como sacrificio a Dios. La prueba ha terminado.




VAYERA: Los arqueólogos han encontrado a Sedom y Amorá

Un equipo multidisciplinario de científicos ha presentado una teoría fascinante que explica cómo la civilización que habitaba en las orillas del Mar Muerto hace unos 3,700 años desapareció abruptamente. El análisis arqueológico de este desastre coincide con asombrosa precisión en el texto bíblico, y puede compararse con un evento similar ocurrido hace más de un siglo en Rusia.

En 1908, una explosión en Tunguska, Siberia, arrasó cerca de 2,000 kilómetros cuadrados de bosque deshabitado. Sorprendentemente, no se encontró un cráter de impacto. Los científicos explican este fenómeno como un “airburst,” o la explosión de un meteorito a 5-10 kilómetros por encima de la superficie terrestre.

El evento de Tunguska proporciona un modelo que ayuda a entender lo que ocurrió en las ciudades de Sedom y Gomorra, donde ha ocurrido un fenómeno devastador pero no se ha encontrado ningún crater que señale la caída de un meteorito.   Las excavaciones arqueológicas en Tall el-Hammam, en la actual Jordania, han descubierto evidencias de un evento explosivo de “alta temperatura” que arrasó con aproximadamente 500 kilómetros cuadrados al norte del Mar Muerto. Esta explosión habría destruido completamente la civilización de la zona, eliminando a unas 50,000 personas que habitaban una llanura circular de 25 kilómetros de ancho.

Impacto devastador

El calor extremo generado por el fenómeno despojó al suelo fértil de sus nutrientes, dejando la región cubierta de una capa de cenizas y sales. Estas sales, producidas por la reverberación de la explosión en el Mar Muerto, descendieron sobre la región llevadas por vientos abrasadores. La evidencia de este fenómeno se encuentra en los granos minerales incrustados en cerámicas halladas en Tall el-Hammam.

Según la revista Science News, restos arqueológicos indican que las cinco ciudades “desaparecieron repentinamente hace unos 3,700 años, dejando solo cimientos de piedra”. Fragmentos de cerámica revelan signos de haber sido sometidos a temperaturas tan altas “quizás tan calientes como la superficie del sol”, s que transformaron las cerámicas en vidrio, señaló el profesor Phillip Silvia.  Los hallazgos en Tall el-Hammam incluyen cerámica hecha vidrio, cimientos chamuscados y varios metros de cenizas mezcladas con escombros, una imagen que refleja el relato bíblico de la destrucción de las ciudades.

De vergel a desierto

La Torá describe la región donde Lot se asentó tras separarse de Abraham como un vergel, irrigado por abundantes aguas, comparable en prosperidad al fértil valle del Nilo en Egipto. Y durante siglos estas tierras fértiles habían sostenido prósperas civilizaciones. Sin embargo, tras el desastre, la tierra idílica quedó transformada en un desierto estéril, una imagen que la Torá presenta con precisión.   

Resolviendo un misterio

La Torá detalla la destrucción de Sedom y Gomorra en Génesis 19:24-25: “Entonces Dios hizo llover azufre ardiente sobre Sedom y Gomorra —desde el cielo y por voluntad de Dios—. Así destruyó aquellas ciudades y toda la llanura, incluidos todos los que vivían en las ciudades, y también la vegetación de la tierra”. Abraham, desde su residencia, observó cómo la región se transformaba en una nube de cenizas, “como la humareda de un horno ardiente”, según el texto bíblico.

La estatua de sal

El relato bíblico también menciona la famosa “estatua de sal” en la que se convirtió la esposa de Lot, quien quedó rezagada durante la huida. Este detalle encuentra una explicación natural en los hallazgos arqueológicos. Las sales arrastradas por el Mar Muerto, combinadas con las altas temperaturas, cubrieron a los habitantes de la región y los fosilizaron de manera similar a las figuras petrificadas de Pompeya como consecuencia de las cenizas volcánicas, aunque en el caso de Sedom  se trataría de sales que se mezclaban con cenizas de la explosión del meteorito.

La evidencia física en Tall el-Hammam y sus alrededores muestra señales de un impacto térmico y conclusivo altamente destructivo, compatible con la narrativa de la Torá. Este hallazgo no solo confirma la magnitud del evento, sino también la fidelidad del texto bíblico en su descripción.

Un hallazgo que confirma la precisión bíblica

A veces la Torá detalla exactamente cómo se producen eventos de intervención divina, y otras veces no. La Torá describe cómo sucedió el diluvio, menciona, por ejemplo,  lluvias torrenciales durante mucho tiempo y también que simultáneamente las ganas surgieron desde la superficie terrestre, pero no explica por ejemplo, cómo sucedió este segundo evento: si fue un fenómeno de movimientos sísmicos o impactos de meteoritos, etc.

Las plagas de Egipto, la mayoría son explícitas: Dios hace llegar sapos del río, o langostas desde el oeste, o enfermedades, o pestes, o granizo. Sin embargo, no explica, por ejemplo, qué fenómeno natural “utilizó” Dios para oscurecer Egipto, un eclipse or bulo que parece ser mas preciso: una tormenta de arena , polvo o ambos. La misma duda surge cerca si hubo algún fenómeno  natural, dirigido por Dios,  para enrojecer con sangre el Nilo. Esta es la idea entre otros del Rab Isaac Abarbanel.

En la apertura del Mar Rojo, por ejemplo, la Torá menciona de manera explicita  que Dios trajo un fuerte viento para secar el mar.

De todos estos ejemplos vemos que para la Torá no es absolutamente necesario resaltar  “cómo” suceden los hechos milagrosos de intervención Divina sino enfatizar el “Quién”.

Maimonides, Radaq y otros comentaristas bíblico explican que Dios interviene  o interactúa con la humanidad a través de fenómenos naturales. A diferencia de TODOS los mitos y leyendas de esa época y lugar, la Torá nunca habla de monstruos o seres mitológicos que soplan y secan el mar Rojo, por ejemplo. O serpientes de siete cabezas que invaden Egipto en las plagas, ni de las fuerzas demoniacas que en sus luchas entre si producen un Diluvio.

La intervención Divina o Milagro consiste en que un fenómeno natural se produce o se desencadena en el tiempo y el lugar que Dios determina. Y también, muy importante aclarar,  que ese evento no termina solo, por sí mismo, sino cuando el Creador lo decide, mostrando así Su control sobre la física y la naturaleza.

Descubrimientos científicos como el que acabamos de relatar nos ayudan a visualizar cómo Dios pudo haber destruido esas ciudades, es decir, que fenómeno  natural utilizó.

Y por otro lado, nos demuestra  una vez más,  la exquisita precisión del breve texto bíblico.




VAYERA: Abraham y el oportunismo positivo

HACER EL BIEN SIN MIRAR A QUIEN
Esta Parashá nos invita a conocer algunos detalles de la personalidad de Abraham Abinu. Ya cerca de sus 100 años de edad,¿A que dedica su vida Abraham? ¿En qué invierte su valioso tiempo este hombre que descubrió a Dios? Abraham, nos cuenta la Torá esta semana, está sentado en su carpa buscando con su mirada gente que necesite ayuda.

La historia de los 3 huéspedes de Abraham la conocemos, pero quizás no llegamos a absorber su enorme magnitud. Permítanme explicarme: Abraham levanta sus ojos y ve a 3 extranjeros, gente totalmente desconocida para él, y que aparentemente no tenían nada de especial. La Torá los describe como caminantes –que era un signo de pobreza–y no como viajeros comerciantes montados en sus burros o camellos. Abraham obviamente vio esto, pero lejos de desanimarlo, el hecho que estas personas eran (o parecían) humildes era la oportunidad que Abraham estaba esperando. Abraham –que por lo que nos describe la Torá tenía casa, comida, ganado, trabajadores, hacienda, etc.– vivía una vida holgada en cuanto a lo material. Al ver a estos hombres se pone de pie y los invita a hospedarse en su tienda, desinteresadamente.

Abraham estaba en la puerta de su tienda literalmente a la espera de una oportunidad para ayudar a los demás. La conducta de Abraham es completamente anormal.

OPORTUNISMO, PERO AL REVES
Cuando una persona está a la espera de un extraño, de alguien a quien jamás ha visto antes y ni siquiera conoce su nombre, podemos asumir que sus intenciones no son buenas. Generalmente los extranjeros son víctimas de embaucadores o estafadores que los engañan, roban y abusan sin temor a represalias. Los estafadores están a la espera de este tipo de oportunidades, o las fabrican, para encontrar alguien débil, humilde e indefenso. Son las víctimas perfectas porque no se pueden defender.
La misma palabra “oportunismo”, se utiliza siempre de manera negativa. Cuando decimos que alguien es un oportunista, en español o en inglés, nos referimos a una persona indecente que busca la oportunidad de abusar, robar o engañar.

El oportunismo de Abraham es completamente diferente. Abraham estaba pendiente de alguien que necesitara ayuda. Piensen los lectores si alguna vez han conocido a alguien como Abraham Abinu. Alguien que esté a la salida de un supermercado esperando la oportunidad de ayudar desinteresadamente a las personas que necesiten ayuda para llevar sus compras a su auto, o algo así. ¿Existen individuos así? ¿Ángeles humanos que dedican su tiempo a “esperar proactivamente la oportunidad de poder ayudar desinteresadamente a los humildes y necesitados” y ni siquiera reclaman crédito por su ayuda.

¿CUANTAS VECES ABRAHAM RECIBIO HUESPEDES?
Otro detalle importante es que Abraham es proactivo en su generosidad, no se queda esperando en la puerta de su casa a que alguien venga a pedir su ayuda. Los caminantes ni siquiera se aproximaron a la casa de Abraham. Fue él quien se puso de pie, “corrió” (literalmente) al encuentro de los caminantes y les ofreció agua, comida y sombra. La Torá nos cuenta que esta historia en particular porque al final estos hombres que eran mensajeros Divinos, le anuncian a Abraham que Sara daría a luz a su hijo, pero debemos entender que esta acción de Abraham no era la excepción sino la regla. Abraham dedicaba su vida a este preceder. Si bien no está escrito explícitamente en la Torá, los Sabios dan cuenta de múltiples veces que Abraham invitaba a extranjeros a su casa y agregan por ejemplo, que cuando al terminar de comer los huéspedes querían agradecerle a Abraham, él les decía” No me tienen que agradecer a mí, sino al Creador, que nos ha proveído esta comida” (nebarej sheajalnu misheLo). Abraham es de otro planeta.

Nuestros Sabios dice que nosotros, los descendientes de Abraham Abinu, hemos heredado de el esta virtud. Los Sabios afirman que los judíos poseemos tres características hereditarias transmitidas por nuestros ancestros. Tan fuerte (e importante) es esta carga genética que aquel judío que no posee estas tres virtudes puede que no sea en realidad judío: la primera de estas características es la de Guemilut Jasadim, la inclinación de los judíos a asistir a los demás, ayudar a quien lo necesiten, desinteresadamente.




LEJ LEJA: Lot y el sueño de la casa propia

LA POBREZA

Abraham fue puesto a prueba diez veces —los conocidos asará nisiyonot. Estas “pruebas” o experiencias, obviamente, no tenían como finalidad que Dios verificara algo que desconocía sobre Abraham. Fueron crisis intencionales que ayudaron a Abraham a crecer, madurar, aprender sobre Dios y alcanzar su máximo potencial.

Hay un detalle que descubrí este año y que no había percibido antes: la cuarta crisis a la cual se enfrenta Abraham es exactamente opuesta a la segunda.

Veamos. Abraham llega a la tierra de Canaán —“invitado por Dios”— con la promesa de bendición (berajá). Pero apenas llega, comienza la segunda prueba: una terrible hambruna. Tan severa, que Abraham se ve obligado a emigrar temporalmente a Egipto. Fue una prueba durísima: ¿abandonar o no abandonar a Dios cuando no me da lo que quiero? Abraham supera la crisis. Permanece leal a su misión, confía y sobrevive la crisis del hambre. Esa hambruna puso a prueba también su paciencia.

Después de un tiempo, Abraham regresa de Egipto con una enorme riqueza: oro, plata y animales. Literalmente “Gracias a Dios”, Abraham había prosperado enormemente. Junto a él estaba Lot, su sobrino, que al quedar huérfano fue adoptado por Abraham. Lot era, hasta entonces, el candidato a heredarle y continuar su camino, ya que Abraham no tenía hijos propios. Abraham compartía con Lot toda su riqueza.

Y es aquí donde se genera la nueva crisis, la cuarta prueba, opuesta a la anterior. La Torá, sin mencionarlo explícitamente, introduce por primera vez un tema que se repetirá a lo largo de las generaciones: los riesgos y peligros de la riqueza. El dinero en abundancia, ¿nos hace más vanidosos o seguimos conservando nuestra humildad? ¿Usamos lo que nos sobra solo para elevar nuestro confort o también para ayudar a los que tienen menos?

LAS DOS CARAS DE LAS MONEDAS

La riqueza no hace a Abraham más materialista. Nuestro patriarca, la Torá lo dice explícitamente (Gen. 13:3), regresa a su propia carpa, símbolo de humildad y desapego. Decide usar su fortuna para hacer el bien en nombre del Creador y difundir así Su existencia. Abraham se siente como el administrador de un dinero que es más de Dios que suyo. Cuando los pobres o los extranjeros que se alojan en su tienda quieren pagarle por la comida, Abraham rechaza el pago y los invita a agradecer juntos a Dios (zimún): “Aquel que nos ha dado lo que hemos comido.” Por eso, los vecinos lo llaman Nesí Eloqim, “representante de Dios”, en la tierra de Canaán.

Lot se había criado con los mismos valores espirituales de Abraham. Pero ahora, que se había vuelto millonario, se ve transformado por su fortuna. Sus valores cambian. Ya no le interesa seguir el camino de su tío. Ahora quiere dedicarse a business, invertir su capital y hacer crecer su portafolio. Sus ojos están puestos en generar más dinero, no en compartirlo con los pobres.

La crisis llega a su punto de ebullición cuando los pastores de Lot y los de Abraham se pelean, porque las enormes llanuras de Canaán ahora les quedaban chicas.

Abraham entiende que su sobrino no va a seguir su camino y le da a Lot la opción de trabajar de manera independiente.

Lot, quizás para sorpresa de Abraham, no se opone a separarse de él.

¿Cuál era la mayor aspiración de Lot? Comprarse una casa.

Los pobres, los nómadas, vivían en tiendas de campaña. Pero los ricos podían permitirse el lujo de vivir en una casa sólida, con techos, puertas y paredes de piedra.

Una casa era el símbolo más importante del estatus social.

Lot quiere mudarse a un barrio privado, un country club exclusivo, una gated community —donde no hay pobres y se paga a un guardia para evitar el ingreso de extranjeros.

Así comenzó la distancia no solo geográfica, sino también de valores, entre Abraham y Lot.

La riqueza, como ocurre tantas veces, terminó dividiendo a la familia.

LO PEOR ESTÁ POR VENIR

Pero allí no termina su nueva vida de rico: Lot decide que su nuevo estatus social le permite –o le demanda– aspirar a vivir rodeado de “gente como uno”. Y toma la peor decisión de su vida. Decide establecerse en Sedom (Sodoma), una ciudad próspera y poderosa, pero absolutamente corrupta.

En Sedom los valores estaban invertidos: a diferencia de Abraham, que dedicaba su fortuna a ayudar a los extranjeros, en Sedom se abusaba de ellos y le quitaban lo poco que tenían.

La caridad era considerada un crimen, porque —al mejor estilo de Nietzsche— ayudar al pobre perjudicaba la “supervivencia y el crecimiento del más fuerte”.

Lot había vivido y superado junto con Abraham la crisis de la pobreza, la orfandad, el exilio de Jarán a Canaán, los problemas en Egipto. Todas esas situaciones lo habían acercado a Abraham. Su tío era su role model. Lot quería ser Abraham.

Pero ahora, cuando enfrenta la prueba de la abundancia, Lot colapsa. Solo le interesa tener una casa cómoda en un barrio privado y dedicarse a jugar al golf.

Cuando Dios quiere educarnos, no nos hace caer regalos del cielo: nos desafía. Nos hace vivir experiencias y situaciones que nos obligan a redefinirnos. Algunos, como Lot, colapsan. Otros, como Abraham, se hacen más fuertes y se elevan con cada crisis que superan.

SHABBAT SHALOM




RESUMEN DE PARASHAT LEJ LEJA

ABRAM LLEGA A CANAÁN

Dios le ordena a Abram que deje la tierra de su familia y se dirija a la tierra que Él le mostrará. Esta orden no solo implica un cambio geográfico, sino también un acto de obediencia absoluta a Dios. Es la primera prueba a la cual Dios somete a Abram. El Creador le promete convertirlo en el patriarca de una gran nación, bendecirlo y transformar su nombre en símbolo de bendición.

Abram obedece sin dudar. A los setenta y cinco años parte de Jarán hacia Canaán —la futura tierra de Israel— acompañado por su esposa Saray, su sobrino e hijo adoptivo Lot, y todas las personas que se habían unido a su enseñanza del monoteísmo. Al llegar, Dios le promete que esa tierra será entregada a sus descendientes. Abram construye un altar y proclama el Nombre de Dios (Vayiqrá beshem Hashem), expresando gratitud y compromiso con Él.

EGIPTO

Abram busca establecerse en Canaán, pero enfrenta la segunda prueba: una gran hambruna —producto de una sequía generalizada— lo obliga a descender a Egipto, donde hay alimentos. Temiendo que los egipcios lo maten para apoderarse de su esposa, debido a su extraordinaria belleza, Abram le pide a Saray que diga que es su hermana.

Tal como Abram sospechaba, Saray es llevada por la fuerza al palacio del Faraón. Pero Dios interviene directamente: castiga al Faraón y a su casa con plagas, revelando así la gravedad de su acto. El Faraón devuelve a Saray intacta y, reconociendo la protección divina sobre Abram, lo despide con respeto y le entrega abundantes riquezas como compensación.

Abram regresa a Canaán con Saray sana y salva, y con una gran fortuna.

LOT LLEGA A SEDOM

Lot también posee parte de la fortuna de Abram. Al regresar juntos a Canaán, la Torá relata que surgieron conflictos entre los pastores de Lot y los de Abram por los pastizales. Para evitar la discordia, Abram propone separarse en paz: “Si tú vas a la izquierda, yo iré a la derecha”.

Lot elige la fértil llanura del Jordán, que en ese entonces era un paraíso con sus propios ríos, como un pequeño delta del río Jordán. Poco a poco se va acercando a la ciudad de Sedom, donde se instala buscando prosperidad material. Tras la separación, Dios vuelve a hablar con Abram y renueva Su promesa: tus descendientes heredarán este territorio y serán tan numerosos como el polvo de la tierra.

LA GUERRA Y EL BOTÍN

Poco tiempo después, se desata una guerra regional entre coaliciones de reyes de Mesopotamia y de Canaán. En el conflicto, Sedom es saqueada y muchos de sus habitantes, entre ellos Lot, son tomados prisioneros.

Al enterarse, Abram reúne a sus hombres y emprende una audaz operación de rescate. Derrota a los invasores y libera a los cautivos. A su regreso, el rey de Sedom le agradece y le ofrece quedarse con el botín de la guerra. Pero Abram rechaza la oferta diciendo: “No tomaré ni un hilo ni una correa, para que no digas: yo enriquecí a Abram”.

Su intención es dejar claro que toda su riqueza y bendición provienen únicamente de Dios.

LA PROMESA MÁS HERMOSA

Después de la guerra, Dios vuelve a hablarle a Abram en una visión: “No temas, Abram, Yo soy tu escudo, y tu recompensa será muy grande”. Abram, con humildad, responde: “¿Qué me darás, si aún sigo sin tener un hijo?”.

Dios le promete que su heredero será un hijo propio y lo saca al exterior para mostrarle el cielo estrellado: “Así será tu descendencia”.

Entonces Dios establece con él un pacto solemne (Berit ben habetarim): le promete que sus descendientes heredarán la tierra de Canaán, pero antes pasarán por un largo exilio y esclavitud, de donde finalmente serán redimidos con grandes riquezas.

EL HIJO DE HAGAR

El tiempo pasa y Saray no logra concebir. Ella le sugiere a Abram que tenga un hijo con su sierva egipcia, Hagar. Era la forma habitual en esa época de “adoptar” un hijo. Abram acepta, y Hagar concibe.

Pero al quedar embarazada, Hagar cambia su actitud hacia Saray y se comporta con altivez: se siente superior, pues lleva en su vientre el hijo de Abram. Saray la reprende con severidad, y Hagar huye al desierto.

Allí, un ángel de Dios se le aparece y le ordena regresar, prometiéndole que su hijo será el padre de una gran nación. Hagar obedece y da a luz a Ishmael (Yishmael), cuando Abram tiene ochenta y seis años.

NUEVOS NOMBRES, NUEVOS PACTOS

A los noventa y nueve años, Dios se revela nuevamente a Abram y establece con él el pacto de la circuncisión (Berit Milá). Este pacto será la señal perpetua de la alianza entre Dios y los descendientes de Abraham.

Dios cambia el nombre de Abram a Abraham, añadiendo la letra ה (he) para simbolizar su nueva misión: ser “padre de una multitud de naciones”. Asimismo, cambia el nombre de Saray a Sará, que significa “princesa”, indicando su rol como matriarca de Israel.

Dios le promete a Abraham que, a pesar de su avanzada edad y de la esterilidad de Sará, tendrán un hijo propio. Abraham, en el mismo día, se circuncida a sí mismo, a su hijo Yishmael y a todos los varones de su casa.

Con este acto comienza una etapa de lealtad y obediencia a Dios sin precedentes, que sella desde el nacimiento el destino de cada miembro del pueblo de Israel.




RESUMEN DE PARASHAT NOAJ

Noaj (Noé) era un hombre justo y recto que “caminaba con Dios (ה’)”. Mientras la humanidad se hundía en la anarquía, la corrupción y la violencia, Noaj permaneció fiel a los caminos de Dios. Dios le dijo a Noaj que iba a destruir la tierra debido a la maldad y el robo que se habían normalizado: “Voy a traer un mabbul (diluvio) sobre la tierra para destruir toda criatura con vida”. Pero ה’ también le prometió a Noaj que establecería un pacto de protección con él y su familia, y le ordenó construir una tebá (arca) de madera con compartimientos para animales y depósitos para almacenar alimentos para todos los seres vivos a bordo.

ה’ instruyó a Noaj que llevara al arca siete pares de los animales puros (kasher) y dos pares de los animales impuros, macho y hembra. Noaj hizo todo según lo que Dios le había ordenado.

La lluvia comenzó a caer sobre la tierra y las fuentes de agua subterránea en las profundidades se abrieron y desbordaron, de manera que el agua llegaba por todos lados. Noaj, su familia y todos los seres vivos, por parejas, sobrevivieron en el arca. El diluvio duró cuarenta días, cubriendo incluso las montañas más altas y destruyendo toda forma de vida. Durante los siguientes ciento cincuenta días, las aguas cubrieron la tierra.

Dios envió poderosos vientos, y las aguas comenzaron a descender y la tierra a secarse. Noaj envió un cuervo, que no encontró lugar sin agua para reposar y regresó. Luego envió una paloma, que también regresó. Siete días después, la paloma regresó con una hoja de olivo en su pico, señalando que las aguas habían bajado y que ya había árboles —¡comida!— sobre la tierra. Después de otros siete días, la paloma no regresó, y Noaj supo que la tierra ya se había secado.

ה’ entonces le dijo a Noaj: “Sal del arca junto con tu familia y todos los seres vivos que están contigo. Fructificad y multiplicaos sobre la tierra”. Noaj construyó un altar a ה’ y ofreció sacrificios de cada animal y ave pura. Dios se complació con los sacrificios y prometió no volver a destruir a la humanidad, reconociendo que la inclinación del corazón del hombre es mala desde su juventud.

ה’ bendijo a Noaj y a sus hijos, Shem, Jam y Yafet, y les permitió comer carne animal, pero les prohibió comer carne de un animal que aún no había sido sacrificado (eber min hajai, es decir, consumir la carne de un animal mutilado). También prohibió explícitamente el asesinato. Además, estableció que el arco iris sería la señal de este pacto eterno entre Dios y la tierra.

Noaj se convirtió en agricultor, plantó una viña, bebió vino, se embriagó y se desnudó en su tienda. El hijo de Noaj, Jam, vio su desnudez —o quizás esto sea un eufemismo para no expresar explícitamente algo más serio— y se lo contó a sus dos hermanos. Shem y Yafet, respetuosamente, ingresaron a la tienda y cubrieron la desnudez de su padre.

Después del diluvio, Noaj vivió 350 años, muriendo a la edad de 950 años. Tanto él como sus hijos tuvieron muchísimos descendientes, que se dispersaron por toda la tierra.

La humanidad hablaba un solo idioma y tenía un proyecto unificado: construir una ciudad con una torre —o pirámide escalonada o zigurat— que llegara hasta el cielo para hacerse un nombre y evitar ser dispersados por toda la tierra (o para desafiar a Dios, o para sobrevivir a otro posible diluvio; las interpretaciones sobre la intención de la Torre de Babel varían). Dios confundió su lenguaje, es decir, los hizo hablar un idioma diferente a cada familia, y los dispersó por toda la tierra. Cada pueblo, cada nación, estaría de ahora en adelante diferenciada de las demás por su idioma.

Esta Parashá concluye enumerando los descendientes de Shem, finalizando con Téraj, el padre de Abram, quien estaba casado con Sarai y aún no había tenido hijos. Téraj y su familia habían salido de Ur Casdim, una ciudad en Babilonia (a unos 200 km de Baghdad), y habían llegado a Harán, en el sur de Turquía, en camino a la tierra de Canaán (Israel).