¿Cómo se celebraba Shabuot en el Gran Templo de Jerusalem?

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En el Tanaj (Biblia Hebrea) hay 5 libros “pequeños” llamados Meguilot (literalmente: “rollos”). Una de estas “Meguilot”, cuenta la historia de Rut, una mujer moabita que se convirtió al judaísmo. Rut llegó a Israel y se estableció en Bet Lejem, en la provincia de Yehudá en Israel, para acompañar y ayudar a su suegra, Naomí, una mujer mayor que había perdido a su marido y a sus dos únicos hijos. Rut sabía que a Naomí le sería muy difícil, sino imposible, pedir o esperar ayuda de los habitantes de Bet Lejem, ya que 10 años atrás, según nos explica el Midrash, su marido Elimélej abandonó Bet Lejem y se exilió en Moab, para no ayudar a los pobres en tiempos de sequía… Ahora Naomí regresaba en tiempos de abundancia, sola, viuda, sin hijos, pobre, emocionalmente destruida, y absolutamente avergonzada.
Cuando Rut decidió acompañar a Naomí y quedarse a vivir con ella, lo hizo consciente de que abandonaba la comodidad su hogar, de su familia, de su pueblo etc. Y todo ese sacrificio con la única intención de ayudar a una pobre mujer viuda a sobrevivir en la absoluta indigencia. En el segundo capitulo de la Meguilá vemos las condiciones en las cuales vivían Naomi y Rut, quienes al parecer, ni siquiera tenían un techo para protegerse. Rut, también viuda pero más joven que Naomí, tuvo que salir a juntar comida (lequet) en los campos, como hacían los pobres y los extranjeros (guer toshab), y proveer así pan de cebada para ella y su suegra Naomí. Sin la ayuda de Rut, Naomí probablemente hubiera preferido morir de hambre que salir a pedir ayuda… .Lo que hizo Rut fue un increíble acto de altruismo: dejar toda su vida atrás para ayudar a que una viuda no se muriese de hambre y vergüenza.
La Meguilá también nos cuenta sobre Bo’az, un familiar de Elimélej, el esposo de Naomí. De acuerdo a la ley judía, cuando alguien empobrece, pierde su tierra o tiene que empeñar su libertad para sobrevivir, la obligación de ayudar y rescatar a esta persona y su familia recae sobre el familiar más cercano. En hebreo a este familiar se lo llama GOEL, el que debe rescatar de la indigencia a su familia. Esta regla, en cierta manera, rige hasta el día de hoy. La Torá establece que en términos de Tsedaqá, ayuda económica, existe un orden de prioridades. Nuestra primera obligación es asistir a nuestros familiares (hermanos, primos, etc. y por supuesto padres e hijos), luego a los pobres de mi ciudad y recién al final a los pobres de otra ciudad (la excepción son los pobres de la tierra de Israel, que siempre tienen prioridad!). Al principio no vemos que Bo’az se haya apresurado a ayudar a Naomí. Pero luego sí. Rut fue a recoger cebada “de casualidad” en un campo que pertenecía a Boaz. Cuando Boaz se enteró, se comportó con mucha generosidad con Rut. Mientras que lo normal era que los pobres buscaran su propia agua, y que se sentaran en el piso a comer lo que recogían, Bo’az le permitió a Rut compartir el agua y la comida con sus empleadas, y le encargó a todos los trabajadores que trataran con mucho respeto a Rut. Bo’az se comportó con Rut, y por extensión con Naomí, con extrema generosidad excepcional. Al final, Rut terminó convirtiéndose al judaísmo y Bo’az se casó con ella. Bo’az así restableció la familia de su pariente Elimélej, que de otra manera hubiera desaparecido para siempre. Tanto Rut como Bo’az tuvieron la oportunidad de actuar con generosidad, y no la desaprovecharon.
De Rut y Bo’az nació ‘Obed. De ‘Obed nació Yshai y de Yshai nació David, el gran rey de Israel. Como podemos apreciar la más importante dinastía judía, la dinastía mesiánica, no se caracteriza por surgir de guerreros o gladiadores sino de un hombre y una mujer que se caracterizaron por su Jesed, un altruismo excepcional.
Creo que de la sencilla y hermosa historia de Rut y Bo’az debemos aprender, entre otras cosas, que muchas veces HaShem nos presenta con situaciones donde podemos actuar con generosidad y bondad. Estas situaciones ponen a prueba (nisionot) nuestra moralidad. Son oportunidades para hacer el bien que no debemos dejar pasar.

Parashat Bamidbar marca la apertura del cuarto libro de la Torá. Comienza con el relato de un censo ordenado por Dios, en el que Moisés recibió instrucciones de llevar a cabo entre el pueblo. Además, se designa a un líder o máximo delegado de cada tribu, conocido como «nasí», para guiar y representar a sus respectivas tribus.
Se describe el número de hombres mayores de 20 años de cada tribu, lo cual también sirve como un censo militar. También se asignan deberes especiales a los levitas, quienes no participan en la guerra, sino que se ocupan de todos los aspectos religiosos y logísticos, como la construcción, el mantenimiento y el transporte del Mishkan, o Tabernáculo, como se verá a continuación.
La Torá presenta los resultados del censo de cada tribu, excluyendo a la Tribu de Leví, que se contará por separado:
El total de hombres en edad de servir en el ejército era de 603,550.
Dios encomienda una tarea especial a los hombres de la tribu de Leví: cuidar del Mishkán (Tabernáculo) y sus utensilios. Esta responsabilidad implica desmontar y transportar el Mishkán cuando el pueblo se muda de un lugar a otro, así como reconstruirlo cuando acampan. A los levitas se les ordena ubicar sus tiendas en el centro del campamento, más cerca del Mishkán, mientras que las demás tribus residen a su alrededor, organizadas de acuerdo a sus respectivos grupos y formación militar.
Luego, Dios le pide a Moisés que realice un censo separado de la Tribu de Leví, y el recuento final fue de 22,000 individuos. La Torá también proporciona detalles sobre las tareas específicas asignadas a cada una de las tres familias de la tribu de Leví: las familias de Guereshón, Quehat y Merarí.
Al final de la Parashá se menciona que HASHEM establecerá a los levitas como Sus sacerdotes en lugar de los primogénitos, como era la costumbre en aquellos tiempos. Se lleva a cabo una «ceremonia de redención» llamada «pidyon», que sigue siendo una práctica observada para «dispensar» del servicio sacerdotal a los primogénitos varones hasta el día de hoy.

En la literatura rabínica se habla de la Jerusalem de arriba y la Jerusalem de abajo (Yerushalayim shel ma‘alá veYerushalayim shel matá). El significado clásico o convencional de esta expresión es que la Jerusalem de abajo es la ciudad que conocemos y recuperamos milagrosamente en 1967, y Jerusalem de arriba es la ciudad celestial, platónica, “Jerusalem virtual”. Pero creo que hoy esta expresión se puede expandir o incluso reinterpretar: hay una Jerusalem de arriba, la que caminamos hoy: la Ciudad Vieja y la explanada del Muro de los Lamentos (Kotel HaMa’araví), y hay otra Jerusalem: la que se está excavando en estos días debajo de la explanada del Kotel.
No me refiero a los ya famosos túneles del Kotel (Minharot haKotel) o a las fascinantes ruinas de Ir David (ver acá: https://cityofdavid.org.il/en/), sino a una nueva excavación de Jerusalem subterránea, un sitio arqueológico muchísimo más grande, que comenzó a ser excavado en los días del COVID, cuando la explanada del Kotel estaba virtualmente vacía, sin gente rezando ni turistas, y esta peligrosa tarea finalmente se pudo llevar a cabo. El sitio todavía no está abierto al público ni oficializado y por eso no existen videos oficiales del lugar.
En este sitio arqueológico se han erigido cuidadosamente columnas de contención, y la explanada del Kotel hoy está literalmente “flotando” por encima de esta ciudad subterránea. Ya se han encontrado miles de piezas arqueológicas que aún no han sido clasificadas ni estudiadas.
En estos años han reconstruido parcialmente algunos niveles históricos de Jerusalem. Y los mejores arqueólogos e ingenieros de Israel están buscando la forma de seguir excavando y llegar a niveles más profundos y antiguos, pero preservando los sitios más “modernos”.
Comparto con ustedes un par de ejemplos:
1. Aelia Capitolina y los graneros incendiados
El primer nivel de la ciudad que se está quedando al descubierto debajo de la explanada del Kotel es “Aelia Capitolina”, la ciudad que los romanos construyeron cuando בעווה״ר destruyeron Jerusalem en el 68 de la era común y transformaron la ciudad judía en una colonia romana.
Uno de los descubrimientos más impactantes y emotivos de este nivel ha sido el de los “graneros” de Jerusalem, preservados en toda su integridad, que datan de los días de la destrucción del Segundo Templo. Corría el año 67 de la era común. Los romanos habían sitiado Jerusalem. Su estrategia era clara: mantener la ciudad aislada hasta que el hambre doblegara a sus habitantes. Ya lo habían hecho en Galia y Britania con muchos éxito. Pero los judíos de Jerusalem estaban preparados. Habían construido enormes cisternas de agua y sistemas de irrigación. Y, sobre todo, tenían graneros, depósitos de granos, llenos de trigo y cebada que podían abastecer a la ciudad por años. El ejército romano, aunque poderoso, no podía sostener indefinidamente un sitio demasiado prolongado por los altísimos costos. Así que existía la posibilidad de que el tiempo jugara a favor de los judíos atrincherados en Jerusalem.
Pero había profundas divisiones internas respecto a cómo luchar contra los romanos. Algunos pensaban que lo más sabio era resistir desde dentro y, en último caso, negociar una rendición. Otros opinaban que había que salir a atacar a los romanos. Algunos partidarios de esta última opción quisieron imponer su idea y obligar al pueblo a salir a luchar. ¿Y qué hicieron? ¡Quemaron los graneros! —Sarfú et haAsamim—, incendiaron las reservas de alimento de toda la ciudad. Ese acto terminó siendo un acto de autodestrucción. Ya que no todos salieron a pelear y los que hicieron fueron derrotados, y los que quisieron resistir no pudieron, y murieron de hambre. El resultado fue la caída total de Jerusalem. No en vano dijeron nuestros Sabios que Jerusalem fue destruida por el odio gratuito (sin’at jinam), esto es: “el odio político” entre los propios judíos.
Creo que el descubrimiento de estos “graneros quemados” posee un simbolismo muy importante, porque lamentablemente hoy, en Israel, hay quienes están dispuestos a «quemar los graneros» para imponer su ideología, sin darse cuenta del daño que esa actitud destructiva causa a la unidad del pueblo y al futuro de Medinat Israel.
2. Desde las ruinas te reconstruiré, oh Jerusalem (מחורבותיך אבנך)
El rey Uziyahu ascendió al trono a los 16 años, alrededor del año 775 antes de la era común, y reinó por 52 años. Su reinado comenzó en medio de una tragedia nacional: un terremoto devastador, estimado en 8 grados en la escala de Richter. La destrucción fue tal que incluso el profeta Zacarías, 250 años más tarde, lo mencionó como símbolo de la peor catástrofe natural que vivió Jerusalem.
Frente a ese desastre, Uziyahu tenía dos opciones: abandonar Jerusalem y trasladar la capital a otra ciudad o quedarse y reconstruirla desde las ruinas. Eligió lo segundo. En lugar de huir, decidió actuar. Fortificó la ciudad, construyó torres de vigilancia en puntos estratégicos, restauró los sistemas de irrigación y modernizó las defensas de la ciudad. Excavó cisternas, promovió el cultivo en las areas desérticas y desarrolló tecnología militar avanzada. En lugar de rendirse ante el dolor y el caos, Uziyahu trajo paz, crecimiento económico y estabilidad a Israel. Lo más impresionante no es solo lo que construyó, sino cuándo lo hizo: después del colapso. Su historia nos recuerda que reconstruir tras un desastre no solo es posible, sino un deber del liderazgo judío.
Muchas de las estructuras halladas en estas excavaciones en el nivel de más profundidad que se ha excavado hasta ahora evidencian una reconstrucción posterior a un colapso sísmico, y se atribuyen al legado de Uziyahu.
El ejemplo del rey de Yehudá no podia ser más apropiado para estos días. Israel enfrenta una crisis profunda tras la tragedia del 7 de octubre, y BeEzrat HaShem, el legado del rey Uziyahu nos inspirará para reconstruir desde las ruinas. Israel se levanta de su duelo no solo para sobrevivir, sino para estar más firme y más alto que antes. Como en los tiempos de Uziyahu, Israel se pone de pie con determinación, transformando el dolor en fuerza y la destrucción en un nuevo comienzo.
Que las lecciones de estas antiguas ruinas inspiren a Israel y que HaShem nos ilumine para construir una sociedad más fuerte y más unida que nunca.

Isaac Cardoso, cuyo nombre original era Fernando Cardoso, nació en el año 1604 en Beira, Portugal, en el seno de una familia de judíos conversos, conocidos como “marranos”. Como muchas otras familias sefardíes en la Península Ibérica, los Cardoso vivieron bajo la presión de la Inquisición y mantuvieron la observancia del judaísmo en secreto durante varias generaciones.
Desde joven, Fernando demostró aptitudes intelectuales notables. Se trasladó a España, donde ingresó a la Universidad de Salamanca, una de las más prestigiosas de Europa en ese entonces. Allí estudió medicina, filosofía y ciencias naturales. Su formación fue rigurosa, y pronto se convirtió en una figura destacada en los círculos médicos e intelectuales de su tiempo.
En 1632, Cardoso fue nombrado médico principal de Madrid, cargo de gran prestigio en la corte de Felipe IV. Su actividad no se limitó a la medicina: publicó un tratado científico sobre el monte Vesubio —un volcán situado en Nápoles— en el cual analizaba las causas geológicas de los terremotos, un tema audaz para la época. También escribió una elegía fúnebre dedicada al célebre poeta Lope de Vega, y un ensayo médico sobre los usos terapéuticos del agua fría, dirigido al propio rey.
A pesar de su éxito profesional, Fernando Cardoso vivía una vida dividida: externamente cristiano, pero interiormente fiel a la tradición judía de sus antepasados. Finalmente, en 1648, decidió abandonar España y buscar un entorno donde pudiera vivir como judío libre. Se instaló en Venecia, una ciudad que ofrecía a los judíos cierta libertad y autonomía comunitaria. Fue allí donde adoptó públicamente la fe judía, cambiando su nombre por Isaac.
En Italia, Cardoso vivió primero en Venecia y luego en Verona. Continuó ejerciendo la medicina, pero dedicó cada vez más tiempo al estudio y a la escritura. En 1673 publicó en latín su obra más extensa y ambiciosa desde el punto de vista científico y filosófico: Philosophia Libera in Septem Libros Distributa (“Filosofía libre dividida en siete libros”), impresa en Venecia. Este tratado abordaba temas de cosmología, física, medicina, teología y ciencias naturales. Allí Cardoso se posiciona frente a corrientes filosóficas como el escepticismo de Gassendi y el racionalismo de Descartes, proponiendo una visión integradora entre ciencia, religión y razón.
Sin embargo, su legado más perdurable se encuentra en un libro que escribió en español, dirigido tanto a los judíos como a los lectores cristianos: Las Excelencias y Calumnias de los Hebreos, publicado en Ámsterdam en 1679.
Este libro está dividido en dos partes: los primeros diez capítulos presentan las “excelencias”, es decir, las virtudes del pueblo judío. Cardoso describe allí la singularidad del judaísmo: su carácter de pueblo elegido, la observancia de leyes específicas que lo distinguen de las demás naciones, su ética de la compasión, la práctica de la filantropía, el recato, la vida familiar, la fe profunda en un Dios único y la transmisión intergeneracional del conocimiento y los valores.
En los diez capítulos siguientes, Cardoso refuta con firmeza y elegancia las “calumnias” que durante siglos fueron dirigidas contra los judíos. Entre ellas: la acusación de idolatría, el prejuicio grotesco de que los judíos tienen cola o mal olor, el mito de que odian a los cristianos o que han alterado las Escrituras, y, especialmente, la infame acusación del llamado “ritual de sangre”, que afirmaba —sin base alguna— que los judíos asesinaban niños cristianos con fines rituales.
Una de las citas más elocuentes de su introducción dice:
“El pueblo de Ysrael, al mismo passo amado de Dios que perseguido de los hombres, ha dos mil años desde el tiempo de Nebuhadnezar que anda esparzido en las naciones…. de unas maltratado, de otras herido, y de todas desespreciado, sin que haya monarquía o reyno que no haya desenvainado contra él la espada…”
Cardoso responde a estos ataques con argumentos racionales, históricos y teológicos, demostrando que no hay base en la realidad para tales acusaciones y que ellas nacen de la ignorancia, la superstición o el fanatismo religioso. Su estilo combina erudición con claridad, ironía con profundidad, y está impregnado de un profundo amor por el pueblo judío.
La obra fue presentada al gran rabino de Venecia, Rabbí Shemuel Abohab, quien elogió calurosamente el texto y agradeció a Cardoso por su defensa brillante y valiente del judaísmo. El libro se convirtió en una referencia para las comunidades sefardíes de Europa occidental, especialmente en Ámsterdam, Londres y Livorno, que vivían entonces un renacimiento cultural y espiritual tras siglos de clandestinidad.
La acusación del “ritual de sangre” —una de las más crueles y absurdas jamás formuladas— afirmaba que los judíos mataban niños cristianos para usar su sangre en rituales religiosos. Aunque totalmente infundada, fue repetida por siglos y usada para justificar persecuciones y matanzas. Cardoso la refutó en su época con argumentos tan claros que hoy nos parecen evidentes, pero que entonces eran valientes y necesarios.
Hoy, el antisemitismo ha adoptado formas nuevas. La más reciente y dañina es la acusación de que el Estado de Israel comete “genocidio” en Gaza. Esta acusación, como la del ritual de sangre, ignora los hechos, pervierte el lenguaje moral, y presenta a la víctima como victimario.
Israel, al igual que el pueblo judío en los tiempos de Cardoso, se ve forzado a defenderse de quienes desean su destrucción. En este caso, de la organización terrorista Hamas, que no solo dispara desde zonas civiles, sino que se esconde deliberadamente detrás de civiles —usando hospitales, escuelas y mezquitas como escudos humanos. Israel se esfuerza de forma excepcional por minimizar víctimas inocentes, incluso arriesgando la vida de sus propios soldados. La muerte de civiles —dolorosa y trágica— ocurre precisamente porque Hamas retiene a rehenes, no entrega a los secuestrados, y lanza ataques desde entornos poblados.
Decir que Israel comete genocidio no solo es una calumnia sin base, sino un agravio a la memoria de las verdaderas víctimas del genocidio en la historia. Y al igual que la acusación medieval del ritual de sangre, esta mentira moderna busca deslegitimar al pueblo judío como colectivo moral y político.
Rab Isaac Cardoso, con su voz desde el siglo XVII, nos recuerda que los judíos han sido acusados falsamente por siglos. Pero también nos enseña que la respuesta a la mentira es la palabra, la razón y la verdad. Así como él escribió su obra en español para que también los no judíos pudieran comprender la injusticia de las acusaciones, hoy también se necesita levantar voces que respondan con inteligencia y ética a quienes difaman a Israel.
Cardoso murió en Verona alrededor del año 1683, dejando tras de sí un legado intelectual y espiritual de gran valor. Su figura representa el renacimiento de la identidad judía en tiempos modernos, el coraje de quienes abandonaron posiciones de prestigio para volver a sus raíces, y la dignidad de quienes, como él, decidieron responder al odio con sabiduría.
Hoy, Las Excelencias y Calumnias de los Hebreos está disponible en línea gracias a HebrewBooks.org, junto con más de 52.000 obras judías antiguas. Este texto, escrito en un castellano antiguo pero accesible, es una lectura fundamental para comprender cómo la lucha contra el antisemitismo moderno comenzó —al menos en parte— con la pluma de un judío sefardí que se atrevió a hablar en voz alta cuando otros callaban.

En la primera Perashá de esta semana, Behar, encontramos una Mitsvá muy interesante: Shemitá. Esto significa que los campos de cultivo en la tierra de Israel deben reposar durante el séptimo año. En el séptimo año no se ara la tierra. No se siembra ni se cosecha. La razón de esta Mitsvá fue explicada de diferentes maneras. Lo primero que viene a la mente es que dejar reposar la tierra por un año contribuye a la conservación del suelo y le permite mejorar su fertilidad (esto fue discutido por Maimónides en Moré Nebujim 3:39).
CRECIMIENTO
Creo que la mejor manera de comprender la Mitsvá de la Shemitá, es comparándola con el Shabbat. En Shabbat también debemos “reposar” y uno de los beneficios del reposo es que nos permite renovar nuestras fuerzas físicas para trabajar mejor durante la próxima semana.
Sin embargo, el sentido del Shabbat va mucho más allá del descanso material. El reposo físico no es el propósito del Shabbat, sino una consecuencia incidental (y ni siquiera absolutamente necesaria, ya que si por ejemplo, vivo en el piso 12 de un edificio tengo que subir y bajar por las escaleras cada vez que llego o salgo de mi casa, lo cual no colabora mucho con mi descanso físico…).
El sentido del Shabbat y de la Shemitá, de acuerdo al Rab Abraham Kook, debe ser buscado en el efecto “mental” que deja en el trabajador, y no en el efecto de esta Mitsvá en el suelo o en el cuerpo. Una vez cada 7 años (o días, en el caso de sahbbat) el trabajador judío deja de arar y cosechar para dedicarse a otra actividad completamente diferente. En Shabbat dejamos nuestras ocupaciones mundanas y nos dedicamos a rezar, escuchar la Torá y estudiarla junto a nuestra familia y nuestra congregación. En Yerushalayim, por ejemplo, el año de Shemitá coincidía con la Mitsvá de Haqhel, donde todo el pueblo se congregaba para escuchar y estudiar la Torá de boca de los reyes de Israel, de los Cohanim, etc.
En este sentido la Shemitá y el Shabbat nos presentan un escenario idéntico: en Shabbat dejamos de trabajar y de “crecer económicamente”, no para dedicarnos al descanso físico, sino al desarrollo de nuestra vida espiritual: crecer en el conocimiento de la Torá y en nuestro acercamiento a HaShem. En el año de Shemitá dejamos de dedicarnos al crecimiento de las plantas y los frutos para dedicarnos a nuestro propio crecimiento.
EL MUNDO ACADÉMICO DESCUBRE LA SHEMITA
Este concepto de crecimiento y renovación intelectual es reconocido hoy en día en el mundo entero. Las universidades más importantes del planeta le conceden a sus profesores “un año sabático”, un año de “descanso“ cada siete años de trabajo. La universidad le paga al profesor su salario completo para que se dedique por doce meses a estudiar, investigar y escribir más. Y sin la carga del trabajo de enseñanza, el catedrático puede renovar exponencialmente su conocimiento, crecer intelectualmente y luego así volcar toda su nueva riqueza intelectual en sus estudiantes.
El año sabático académico es quizás la mejor ilustración de la naturaleza y los beneficios del Shabbat y del año de la Shemitá. Presento AQUI artículo FENOMENAL que me envió hace unos años un lector de Halajá of the Day desde Bogota, Colombia. El sugestivo título dice: “El año sabático no tiene nada que ver con descansar”. Las universidades colombianas ven en esta estrategia [es decir, pagar un año de salario sin que los profesores trabajen] la oportunidad ideal para mejorar la calidad de la educación de sus profesores y aumentar el número de artículos, investigaciones y libros académicos [que producen].”
EMUNA
Hay un elemento más, muy profundo, que tienen en común el Shabbat y el año de Shemitá: La Emuná, nuestra fe, de que nuestro sustento viene de HaShem.
Comencemos por Shabbat. Todos sabemos del malicioso prejuicio antisemita que acusa a los judíos de ser avaros o coidicosos con el dinero. En realidad, la mejor forma de desenmascarar esta falsa acusación es comprendiendo lo que es el Shabbat: Cuando un judío observa el Shabbat ¡está sacrificando significativamente sus ingresos!. Cuántas veces escuché que para los comercios minoristas por ejemplo, “los sábados” , “representan el día de mayor ingresos“. Para un judío, como vemos, el beneficio económico queda en un plano secundario.
En el año de Shemitá ocurre algo parecido pero a mayor escala y prácticamente milagroso. La Torá le garantiza al Yehudí que observa la Shemitá que nada le faltará. Así dice en Vaiqrá, capitulo 25: “(20)Y si acaso te preguntaras: “¿Qué comeremos en el séptimo año si no plantamos ni cosechamos nuestros productos [durante ese año]?”. (21) [Por eso, deberás saber que] en el sexto año Yo les enviaré una bendición tan grande que la tierra producirá [lo suficiente] para tres años. (22) Cuando ustedes siembren durante el octavo año, todavía estarán comiendo de la cosecha anterior [del sexto año], y continuarán comiendo de ella hasta la cosecha del año siguiente.”
Cuando la tierra reposa durante el séptimo año, hay que trabajarla durante el octavo año para comenzar a tener frutos recién al final del octavo año . El productor judío debe “confiar” que la producción agrícola del sexto año, alcanzará para el sexto, para el séptimo, y para el octavo año.
La observancia del Shabbat y la observancia de la Shemitá se trasforman así en un testimonio de nuestra Emuná: cuando observamos el “reposo sabático” testificamos con nuestras acciones (con nuestro reposo y con nuestro sacrificio económico) la convicción que HaShem, el Creador del Mundo, es el responsable final por nuestro sustento.
SHABBAT SHALOM

LA RECOMPENSA
En esta Parashá, la Torá nos promete la bendición Divina de prosperidad y paz si observamos diligentemente la Torá, nuestro pacto con Dios. El Creador nos promete lluvias en su tiempo y que nos protegerá de nuestros implacables enemigos. La Torá detalla un poco más la intervención Divina a nuestro favor, garantizando la paz en la tierra, la eliminación de los animales salvajes y su intervención para permitirnos el éxito militar. El epítome de la Intervención Divina en esta área se manifiesta cuando la Torá menciona: “¡Cinco de ustedes perseguirán (derrotarán) a cien (del enemigo), y cien de ustedes perseguirán a diez mil!” En la tercera aliyá, por ejemplo, la Torá promete una sobreabundancia de cultivos y la permanente presencia de Dios entre nosotros.
EL CASTIGO
Pero luego llega la otra cara de la moneda. ¿Qué pasará si el pueblo de Israel se aleja de Dios y abandona Su pacto? La Torá menciona entonces que si nosotros nos alejamos de Dios, Él no intervendrá a nuestro favor y por nuestra propia decisión quedaremos expuestos entonces a merced de la naturaleza y de nuestros enemigos: el proceso, más o menos, es así. Al interrumpirse la bendición Divina de la lluvia en su tiempo, el hambre traerá debilidad y enfermedades a los habitantes de Israel. Los animales salvajes, que también sufren del hambre cuando no hay lluvias, nos acecharán en nuestras propias ciudades. Al estar débiles, no tendremos la fuerza y los medios para enfrentar al enemigo. Los gentiles, que siempre están al acecho, invadirán nuestra tierra y se apoderarán de ella. Y nosotros seremos expulsados al exilio. La no observancia del año sabático –cuando nos olvidamos de que la Tierra de Israel es territorio Divino–se señala como una de las principales razones por las cuales perderemos el mérito de seguir viviendo en nuestra tierra. En el exilio, seremos considerados como extranjeros non gratos, y estaremos totalmente expuestos a sus caprichos, a su saña y a su oído. No nos dejarán en paz. Nos humillarán y nos perseguirán con la espada. Nuestras vidas se tornarán en pánico y ansiedad. Sin embargo, cuando regresemos a Dios, Él recordará el mérito de nuestros ancestros y no dejará que el enemigo nos extermine.
MITSVOT FINALES
Luego de esta larga advertencia sobre las consecuencias de abandonar los mandamientos, la Torá pasa a un tema completamente diferente y no relacionado directamente con el anterior: las donaciones prometidas al BetHaMiqdash. Cómo evaluarlas y cómo cuantificarlas. Estas donaciones pueden ser tierras, animales y otras posesiones. También se describe el rol de los primogénitos animales y la forma de reemplazarlos o redimirlos. Al final se menciona brevemente los diezmos de la cosecha, que deben ser consumidos en Jerusalén, y las reglas del diezmo de animales.

La Parashá Behar Sinaí contiene 24 mandamientos o Mitzvot. Veremos a continuación brevemente algunas de las mismas.
SEPTIMO AÑO
Dios le ordena a Moshé la Mitzvá de la Shemitá o año sabático: “Cuando lleguen a la tierra que Yo les estoy dando, la tierra observará un año de reposo. Durante seis años podrás sembrar tu campo, podar tu viña y recoger la cosecha. Pero en el séptimo año la tierra tendrá un año de reposo … no sembrarás tu campo, ni podarás tu viña…”. Dios promete que si el pueblo de Israel observa Sus leyes fielmente, no faltarán alimentos. Yo “ordenaré Mi bendición para ti en el sexto año a fin de que la tierra de una cosecha suficiente para tres años”. Es decir, que el sexto año producirá alimentos suficiente para ese año, y los dos años siguientes (durante el octavo año, se ara la tierra y se siembra, pero recién se cosecha hacia el final del año. Por eso es necesario que el sexto año produzca para tres).
JUBILEO
La Torá también menciona el año de Jubileo o Yobel: Cada 50 años las tierras volvían a sus dueños originales. La tierra entonces, nunca se vendía a perpetuidad sino hasta un plazo máximo de 50 años. Las deudas también quedaban canceladas en este mismo proceso. Todo esto evitaba que a largo plazo algunas personas se empobrecieran demasiado y otras se enriquecieran demasiado. En el año de jubileo también y se liberaba a todos los esclavos, que en ese tiempo eran las personas que dada su pobreza, se empleaban como sirvientes para sobrevivir o para pagar sus deudas.
INTEGRIDAD
Se deben seguir las leyes de compra y venta de objetos y propiedad con absoluta integridad. Esta prohibido engañar o dañar al prójimo económicamente. La Torá también indica que hay que evitar dañar al prójimo con palabras que lo dañen emocionalmente.
JUSTICIA SOCIAL
Cuando uno de tus hermanos judíos está en problemas económicos y se ve obligado a vender parte de sus propiedades para mantenerse, el pariente más cercano que pueda redimir esa tierra, debe redimirla. Si un hombre no tiene quién lo redima o si carece de medios suficientes para recuperarlo, lo que vendió permanecerá con el comprador hasta el año del jubileo. La Parashá también expone el tema de la compasión y la justicia social refiriéndose a ayudar a un judío que tiene dificultades financieras. En primer lugar hay que evitar que alguien caiga en la indigencia, ofreciéndole un préstamo que lo pueda sostener económicamente. La Torá nos recuerda sin embargo, la prohibición de cobrar intereses sobre un préstamo a un hermano judío y el imperativo de tratar a los sirvientes de manera digna y respetuosa. “Porque los hijos de Israel, son Mis siervos, que rescaté de la tierra de Egipto. Yo soy el eterno Tu Dios”.
La Parashá concluye con una exhortación final a observar el día de shabbat y a guardar un máximo respeto por el Templo o Santuario.

El Rab Yssajar Shlomo Teichtal nació en Hungría en 1885 en el seno de una familia de rabinos y líderes jasídicos muy reconocidos. A los 13 años, comenzó sus estudios rabínicos. A los 15, se trasladó a Polonia, donde estudió con el Rab Shalom Unger. Regresó a Hungría y, a la temprana edad de 21 años, recibió la ordenación rabínica. En 1921, se convirtió en el Rabino Principal de Pishtian, Checoslovaquia, donde estableció su propia academia rabínica (Yeshibá).
LA INVASIÓN NAZI
Checoslovaquia fue invadida por los nazis en 1938. El Rabino Teichtal, junto con 10 miembros de su familia, se escondieron en un Bet Midrash (casa de estudio de Torá) y fueron testigos de las atrocidades cometidas por los nazis y las deportaciones masivas a los campos de concentración. En 1942, él y su familia lograron escapar a Hungría y se establecieron precariamente en Budapest, donde permanecieron durante casi dos años. En 1944, cuando Hungría fue invadida por los nazis, fueron capturados y transportados a Auschwitz. En enero de 1945, los prisioneros de Auschwitz fueron llevados en tren a Mauthausen. El Rabino Teichtal fue asesinado por un grupo de ucranianos que estaban en ese tren cuando intentó defender a un judío al que le querían robar su pan.
SUS IDEAS
Al igual que la mayoría de los rabinos jasídicos europeos de su época, el Rabino Teichtal se oponía al sionismo, el movimiento judío que buscaba establecer un Estado judío independiente en Israel, y se pronunció explícitamente en contra de la emigración sionista a “Palestina”. En 1936, por ejemplo, escribió que “el movimiento sionista estaba profanando la tierra santa”.
Su oposición al sionismo se basaba en dos puntos fundamentales:
EL MÉRITO DE LA TIERRA
Sin embargo, durante el tiempo que estuvo escondido en Checoslovaquia y durante los años de reclusión en Hungría, el Rab Teichtal cambió radicalmente su forma de pensar. En esos años de reclusión, escribió sus reflexiones en un libro llamado “Em Habanim Semejá”, que refleja su nueva visión.
El versículo bíblico que inspiró su nueva forma de ver los esfuerzos del movimiento sionista se encuentra en la Parashá de esta semana, Behar-Bejuqotay, particularmente el siguiente versículo clave:
“Entonces recordaré mi pacto con Jacob, Isaac y Abraham, y también recordaré la tierra. “ (Vayiqra 26:42).
En este texto, la Torá dice que cuando los judíos sean perseguidos por su numerosos enemigos en el exilio, HaShem finalmente recordará el pacto que hizo con nuestros ancestros y rescatará a Su Pueblo de las manos de sus enemigos. La persecución que describe la Torá en ese texto es tan aterradora que el Rabino Teichtal pudo relacionarla con las atrocidades que los judíos experimentaban en el Holocausto. Esto lo llevó a preguntarse por qué Dios no recordó Su pacto y por qué no rescató a Su pueblo de la Shoah.
Sus reflexiones sobre este versículo lo hicieron pensar y darse cuenta del gravísimo error que había cometido al haberse opuesto sionismo.
El rabino observó dos elementos inusuales en este versículo.
Primero, que nuestros ancestros generalmente se mencionan en orden cronológico: Abraham, Isaac y Jacob. Pero en este versículo, por alguna razón, se mencionan en orden inverso.
Segundo, este versículo menciona al final a la Tierra de Israel.
¿Por qué?
DE MENOR A MAYOR
Basándose en el comentario de Rashi, el Rabino Teichtal escribió que para que Dios nos escuche y nos libere de nuestros enemigos, quizás el mérito de Jacob, el más joven de los patriarcas, sea suficiente. Sin embargo, si ese mérito no fuera suficiente, entonces Dios recordaría el mérito de Isaac, que es mayor que el de Jacob. Y finalmente, si el mérito del patriarca Isaac no fuera suficiente, Dios recordaría el mérito más grande, el de Abraham Abinu. Pero ¿qué sucede si, debido a la gravedad de nuestras malas acciones, como la asimilación y el abandono de nuestro Pacto con Dios, el mérito de nuestros patriarcas tampoco fuese suficiente?
El Rab comprendió finalmente el mensaje de este versículo: el último mérito, ¡el mayor! es el de regresar a la Tierra de Israel, tal como pretende el movimiento sionista. Los judíos deben dejar Europa y regresar a Dios regresando a Su Tierra.
SU NUEVA VISIÓN
El Rabi Teichtal concluyó que los esfuerzos de los pioneros sionistas que habían llegado desde fines del siglo 19 a la tierra prometida para construir un nuevo estado era absolutamente significativo en términos religiosos. El movimiento sionista, comprendió ahora el Rab, es una emprendimiento básicamente sagrado y religioso, aunque los judíos seculares que lo lideran, debido a su falta de acceso a una educación judía adecuada, no llevaban una vida observante. Sin saberlo o sin darse cuenta, esta judíos eran parte de un Plan Divino. Luchar para regresar específicamente a la tierra de nuestros ancestros —y no a lugares como Uganda o Entre Ríos — era la forma de”Teshubá” (retorno) de estos judíos: el sionismo era su regreso a Dios. ¿Por qué deberíamos quitarles este mérito? El sionismo es la realización de una visión profética y profundamente religiosa, que comenzó CINCUENTA AÑOS antes de que ocurriera el Holocausto.
Y finalmente , la confesión más dolorosa del Rab Teichtal:
¿Cuántos judíos que fueron asesinados en Europa podrían haberse salvados si hubieran regresado a la tierra de Israel antes de que comenzara el Holocausto?
SU NUEVO PLAN
En primer lugar, los rabinos y lideres religiosos debemos hacer todo lo posible para inspirar el despertar de la tradición y la observancia judía (Keruv) entre los pioneros sionistas seculares, eso que que sido justa excusa para no apoyar el sionismo, debe trasformarse en NUESTRA MISION. Y en segundo lugar, debemos hacer todo lo posible para que los judíos observantes se sumen al esfuerzo sionista y regrese a Israel. Si eso sucede, su presencia inspirará a los judíos seculares y el pueblo judío se salvará tanto física como espiritualmente, al vivir en nuestra tierra, y ayudar a que gradualmente todos nuestros hermanos judíos regresen al camino de nuestra Torá.
Para más información sobre el rab Teichtal y sus ideas ver este articulo de la Yeshivat Hesder Holon, Israel (hebreo)

El siguiente texto es la traducción de una parte del libro “La rebelión y la destrucción”, que narra la historia de la insurgencia judía contra el Imperio Romano. El libro fue escrito por el profesor Jagui Ben Artzí, de la Universidad de Bar Ilan. Ben Artzi es cuñado del primer ministro de Israel, Biniamín Netanyahu.
El emperador Adriano ascendió al trono tras la muerte de Trajano (117 EC).
Adriano había sido uno de los comandantes en el ejército de Trajano y Llegó a la conclusión de que su dominio no se establecería sin la represión definitiva y absoluta del pueblo judío.
Para lograr su objetivo, decidió completar lo que Tito había comenzado.
Después de la destrucción del segundo Templo , 70 e la era común, Jerusalem quedó en ruinas y el Monte del Templo desolado. En la fortaleza de la Puerta de Yafo, al oeste de la ciudad, se acantonó la décima legión, cuya función era impedir que los judíos regresaran a la ciudad y la reconstruyeran.
A los judíos solo se les permitió visitar Jerusalem para lamentar su destrucción.
Durante su visita a Eretz Israel, Adriano ordenó construir una ciudad romana pagana sobre las ruinas de Jerusalem.
En el centro de la ciudad, sobre el Monte del Templo, ordenó erigir un templo a Júpiter, donde se colocaría una estatua suya como uno de los dioses.
Llamó a la nueva ciudad “Aelia Capitolina”, por su propio nombre (Aelius Hadrianus) y por el de Júpiter Capitolino.
Para borrar todo vestigio del pasado judío de Jerusalem, ordenó arar la ciudad y eliminar los restos que aún quedaban.
Y para completar el borrado del pasado judío, cambió el nombre de Eretz Israel de “Yehudá” (la tierra de los judíos) a “Palestina” (la tierra de los filisteos).
La fundación de Aelia Capitolina causó un profundo impacto en todo el mundo judío.
Mientras Jerusalem estuviera en ruinas, no se apagaba la esperanza de reconstruirla y restaurar su Templo —pero ahora todo se había terminado .…
Fue como si una enorme daga se clavara en el corazón de la nación. Pero el corazón del pueblo judío no aceptó la derrota.
Adriano cruzó mas aun los limites con un decreto adicional: prohibió mediante un edicto imperial la circuncisión y aplicó la pena de muerte a quien circuncidara a su hijo.
Él sabía que sin el brit milá, el pueblo judío perdería su identidad y su carácter único.
El creía que el pueblo judío golpeado y quebrado se rendiría, aceptaría los decretos y se asimilaría entre los pueblos del Imperio. Pero el pueblo judío no se rindió, no levantó las manos, y no aceptó los decretos.
Los judíos de Eretz Israel se levantaron en una nueva rebelión contra el Imperio Romano alrededor del año 130 de la era común .
Esta fue la tercera rebelión contra los romanos en sesenta años y la novena en doscientos años —desde la conquista de Jerusalem por Pompeyo.
A la cabeza de la rebelión estaba Shimón ben Kusba, a quien Rabí Akiva llamó “Bar Kojbá”.
Rabí Akiva lo vio como el Mashiaj de Israel y recitó sobre él el versículo: “Ha surgido una estrella desde Yaakov”.
A su lado, como líder espiritual de la rebelión, se encontraba Elazar el kohen.
Esta vez, los judíos aprendieron la lección del fracaso de la Gran Rebelión, y antes de salir a la guerra hicieron una preparación fundamental.
En decenas de lugares en todo el país se excavaron sistemas de refugio sofisticados, donde se almacenaron armas, agua y alimentos.
Decenas de miles de soldados fueron reclutados, pasaron una rigurosa selección y entrenamiento agotador. Solo tras finalizar los preparativos, el ejército de Bar Kojba salió a la gran guerra.
En la primera etapa de la campaña, los rebeldes atacaron el campamento de la décima legión en Jerusalem, dispersaron a sus soldados y liberaron la ciudad.
Ese fue el primer objetivo de la rebelión: impedir la construcción de la ciudad pagana Aelia Capitolina.
En honor a su victoria, los rebeldes acuñaron monedas con los nombres de los líderes de la rebelión – Shimón y Elazar – y la inscripción: “Por la libertad de Jerusalem”.
En las monedas aparece el frente del Templo y sobre él una estrella, aparentemente símbolo de Bar Kojba.
Estas monedas no solo indican la liberación de Jerusalem y la expulsión del ejército romano, sino también la preparación para la reconstrucción del Beit Hamikdash.
Algunos investigadores estiman que, en memoria de la liberación de Jerusalem por parte de los rebeldes, se estableció el 33 del Omer – 18 de Iyar – como un día festivo y de agradecimiento para las generaciones.
El gobernador romano, Tinnius Rufus – conocido en la literatura de Jazal como Turnus Rufus HaRashá – llamó en su ayuda a legiones acantonadas en Egipto.
Pero los rebeldes también lograron derrotar ese refuerzo.
Al parecer, la victoria sobre las legiones romanas fue tan grande, que la legión 22 fue completamente destruida y ya no aparece en los registros imperiales.
Los rebeldes lograron esta victoria tanto gracias a sus sólidos preparativos como a los sistemas de escondite desde los cuales sorprendieron al ejército romano.
El éxito de la rebelión judía y la destrucción de las legiones provocaron agitación en todo el Imperio.
Adriano comprendió que debía traer todo el ejército romano y a sus mejores comandantes para reprimir la rebelión.
Convocó desde Britania a Julio Severo, quien concentró en Eretz Israel un gran ejército.
Además de las dos legiones acantonadas en el país – la sexta y la décima – se trajeron legiones de Siria, Cirenaica, Arabia, Capadocia y Egipto.
También se enviaron 33 unidades auxiliares, incluyendo 25 cohortes de infantería y 8 de caballería.
Julio Severo desplegó este enorme ejército alrededor del territorio liberado por los rebeldes – desde las montañas de Bet El en el norte hasta Hebrón en el sur, desde el mar Muerto y el valle de Yerijó en el este hasta la llanura de Lod en el oeste.
El ejército romano no se arriesgó en grandes batallas contra el ejército de Bar Kojba, sino que avanzó lentamente de aldea en aldea y de posición en posición.
Según el historiador romano Dion Casio, durante dos años de guerra cuidadosa y calculada, el ejército romano logró apoderarse de cincuenta fortalezas del ejército rebelde y destruir 985 aldeas y asentamientos judíos.
Es probable que los romanos lograran vencer los sistemas de escondite arrojando antorchas por los conductos de ventilación, obligando a los rebeldes a salir por el humo que llenaba las cavernas subterráneas.
Tras la caída de Jerusalem en manos del ejército romano, los rebeldes se retiraron a la ciudad de Betar, al suroeste de Jerusalem.
Betar fue fortificada durante la rebelión con una muralla fuerte y torres altas, y en su flanco sur se excavó un foso lleno de agua proveniente de manantiales circundantes.
Julio Severo rodeó la ciudad con su ejército y construyó un muro de asedio de cuatro kilómetros para evitar refuerzos a los sitiados.
Aquí también el ejército romano se vio obligado a enfrentar duras batallas contra los rebeldes, que a veces salían de la ciudad y destruían las rampas romanas.
Tras un prolongado asedio, los romanos lograron llenar el foso y abrir brechas en las murallas de la ciudad.
En Tishá BeAv – el mismo día en que fueron destruidos el Primer y Segundo Templo – cayó Betar (135 EC).
Como venganza por sus grandes pérdidas durante la represión de la rebelión, los romanos perpetraron una masacre terrible contra toda la población judía de la ciudad – ningún sobreviviente quedó con vida.
Así terminó la rebelión de Bar Kojba.
Fue la más grande de todas, pero también la de las consecuencias más devastadoras.
Según Dion Casio, durante la rebelión fueron asesinados quinientos ochenta mil judíos, “y el número de muertos por hambre, pestes e incendios no se podía determinar”.
Decenas de miles fueron vendidos como esclavos en los mercados del Imperio, y el precio de un esclavo judío bajó tanto que equivalía al valor de una ración diaria de alimento para un caballo.
También nuestros Jajamim, de bendita memoria, describen la magnitud inconcebible de la matanza que acompañó la represión de la rebelión, y testifican que el mar de Eretz Israel se tiñó de rojo con la sangre de los muertos hasta una distancia de cuatro millas desde la costa.
La destrucción fue tan grande que, según Dion Casio, “como resultado de la rebelión, casi toda la tierra de Yehudá quedó despoblada”.
Pero también el ejército romano sufrió grandes pérdidas: legiones enteras fueron destruidas y disueltas, y la más destacada fue la legión 22.
Cuando Adriano regresó a Roma, no se le realizó la tradicional procesión triunfal. En su discurso ante el Senado, no usó la fórmula habitual: “Para mí y para mis legiones, paz”.
Fue la primera vez en la historia del Imperio que se omitió esta declaración de victoria.
Para cumplir su objetivo de aniquilar al pueblo judío, Adriano no se conformó con el decreto de prohibición del brit milá ni con la construcción de Aelia Capitolina, que precedieron al estallido de la rebelión.
Impuso duras prohibiciones religiosas – conocidas como “decretos de exterminio” – encabezadas por la prohibición de enseñar y estudiar Torá.
Sin Torá, el pueblo judío desaparecería.
Pero una vez más, el pueblo judío no se rindió.
Los Jajamim de Israel – encabezados por Rabí Akiva y Rabí Janina ben Teradion – continuaron congregando comunidades y enseñando Torá en público.
La furia de Adriano no conocía límites: ordenó llevar a los grandes Jajamim de Israel a Cesarea y ejecutarlos allí públicamente ante una multitud que festejaba.
Así murieron por santificación del Nombre Rabí Akiva y sus compañeros – los Diez Mártires del Reino – quienes incluso en sus últimos momentos proclamaron:
”Shemá Israel, HaShem Elokeinu, HaShem Ejad”.
¡Pero el pueblo judío venció!
Tres años después de la caída de Betar, Adriano murió en medio de grandes sufrimientos, y fue sucedido en el trono imperial por Antonino Pío (138 EC).
Él trajo un espíritu de reconciliación hacia el pueblo judío.
Comprendió que no tenía sentido continuar la guerra contra los judíos, ya que jamás se rendirían, y el Imperio seguiría sufriendo pérdidas, incluso de legiones enteras.
Por decreto imperial, revocó todas las prohibiciones impuestas por Adriano, incluyendo el decreto del brit milá.
Una vez más, los judíos pudieron estudiar Torá y circuncidar a sus hijos sin temor.
Declaró que la religión judía no solo era permitida, sino protegida.
”Quien dañe a un judío o le impida cumplir las mitsvot de su religión, será severamente castigado por el emperador”.
Así expresó Antonino Pío su protección sobre los judíos y permitió al pueblo judío en Eretz Israel reconstruirse, tanto en lo material como en lo religioso.
La política conciliadora de Antonino fue continuada por los emperadores que lo sucedieron, tanto de la dinastía Antonina como de la dinastía Severa.
El centro espiritual del pueblo pasó de Yehudá a la región de la Galilea – primero a Usha y Shefar’am, luego a Bet Shearim y Tzipori.
Allí, Rabí Yehudá Hanasi – amigo y protegido del emperador – compiló la Mishná, el libro fundamental de la Torá Oral.
Sus discípulos continuaron su obra y redactaron la Tosefta, el Midrash y el Talmud Yerushalmí, gracias a los cuales se preservó la Torá de Israel.
Tras casi dos mil años de exilio y dispersión – durante los cuales el pueblo judío mantuvo su identidad y su Torá – el pueblo regresó a su antigua patria, por la cual luchó con valentía sobrehumana y entrega sin límites.
Aquí estableció su Estado independiente, donde se renovó su libertad nacional.
Tras la fundación del Estado, se organizó una expedición de arqueólogos encabezada por el profesor Yigael Yadin hacia el desierto de Yehudá, con el fin de buscar los restos de los sobrevivientes de la rebelión de Bar Kojba.
Allí se habían refugiado del terrible exterminio y se habían ocultado en las cuevas del desierto.
Pero los romanos no los dejaron en paz: levantaron campamentos de asedio alrededor de las cuevas.
También allí, los rebeldes no se rindieron y prefirieron morir de hambre y sed antes que caer en manos de los crueles romanos.
Con gran emoción, la expedición descubrió restos de los rebeldes – huesos, utensilios, fragmentos de ropas y restos de alimentos.
Los restos óseos de los rebeldes fueron llevados a sepultura en un funeral estatal solemne y conmovedor.
Pero el hallazgo más importante fue la colección de cartas de Bar Kojba – Shimón ben Kusba en su nombre original – donde escribía a sus comandantes y soldados.
En plena guerra, se preocupaba por suministrar los Arbaat HaMinim – etrogim, lulavim, aravot y hadasim – a sus soldados para la festividad de Sucot.
También se descubrieron restos de rollos, con capítulos del Tanaj, que los rebeldes usaban para estudiar Torá y rezar.
Un capítulo sobrevivió casi completo – Tehilim capítulo 15:
(1) Salmo de David: ¿Quién habitará en Tu tienda, HaShem? ¿Quién morará en Tu monte sagrado?
(2) El que camina con integridad, obra con justicia y habla verdad en su corazón.
(3) El que no calumnia con su lengua, no hace mal a su prójimo, ni arroja oprobio contra su vecino.
(4) Aquel a cuyos ojos el malvado es despreciado, pero honra a los que temen a HaShem; quien aun jurando para mal, no cambia.
(5) Quien no da su dinero con usura, ni acepta soborno contra el inocente. El que se comporta de esta manera, nunca caerá.