Biblioteca Española-Portugueza- Judaica de Meyer Kayserling 1890



CAPÍTULO 7
EL GIRO DECISIVO
VERSÍCULOS 1–6: LA ACUSACIÓN
El rey Ajashverosh acudió al segundo banquete junto con Hamán. Esta vez, la reina Ester se sentó con ellos y ocupó su lugar en el diván real. En aquella época no se comía sentado a mesas, sino reclinados sobre divanes o camas bajas.
El ambiente era elegante y formal. Hamán llegaba de un evento terrible: lo ocurrido con Mordejai. Su humillación había sido pública y profunda, y no parecía tener fin. Pensó que en ese banquete encontraría algún alivio a todas sus tensiones.
El rey, por su parte, llegaba intrigado por la naturaleza de este segundo banquete. Las dos personas más importantes de la escena estaban allí, y sin embargo él no entendía por qué. Algo no encajaba. Tenía la sensación de que se le estaba preparando una sorpresa desagradable. Tanto misterio lo ponía nervioso y a la defensiva.
Una vez más, el rey se dirigió a Ester y le repitió la pregunta que ya le había hecho el día anterior:
—¿Cuál es tu petición, reina Ester? Te será concedida. ¿Qué deseas? Aunque sea la mitad del reino, te será dado.
Esta vez, Ester sabía que había llegado el momento decisivo. Ya no podía postergarlo más. Había que arriesgarlo absolutamente todo. El rey podía escucharla o condenarla. Ester había repasado de memoria las palabras exactas que iba a decir. Sabía que necesitaba no solo precisión, sino también valentía. Se estaba jugando no solo su vida, sino la vida de su pueblo. Si algo salía mal, podía ser el final del pueblo judío.
—Si he hallado gracia ante los ojos del rey —dijo— y si al rey le parece bien, le ruego que me conceda vivir y que yo no sea ejecutada. Esa es mi única petición: mi vida y la vida de mi pueblo.
El rey quedó desconcertado. No comprendía aún a qué se refería, pero en ese momento comenzó a sentir empatía por Ester y, psicológicamente, ya se colocó de su lado.
—Mi pueblo y yo hemos sido condenados —continuó Ester— a ser destruidos, asesinados y exterminados: hombres y mujeres, niños y ancianos. Si hubiéramos sido vendidos como esclavos del rey, habría guardado silencio, porque eso habría beneficiado al reino. Pero ¿a quién beneficia mi asesinato y el exterminio de mi pueblo?
Ajashverosh reaccionó de inmediato, ofendido de no haber sido informado de lo que estaba ocurriendo:
—¿Quién es el responsable de esto? —preguntó—. ¿Quién se atrevió a hacer algo así?
Ester respondió con claridad y sin rodeos:
—Un hombre perverso y enemigo del rey: ¡el malvado Hamán! —dijo Ester, señalándolo.
Este es el momento más crítico de la historia de Ester y, en cierto sentido, uno de los momentos más decisivos de la historia del pueblo judío. La supervivencia o el exterminio de Israel quedaban definidos por la reacción de Ajashverosh ante las palabras de Ester.
Ajashverosh podía reaccionar de muchas maneras distintas. Podía decir que no quería que la reina interviniera en asuntos de Estado y asegurar protección solo a ella y a su familia. Podía respaldar a Hamán y explicar que, aunque él no estaba al tanto de lo sucedido, le había confiado su propio anillo para tomar decisiones ejecutivas. O quizá, lo más lógico, habría sido decir que necesitaba tiempo para consultar con sus consejeros, como ya había hecho en el pasado en el caso de Vashti. Todo eso era posible.
Pero el rey se puso nervioso, se levantó y salió del salón hacia el jardín —como quien sale a un balcón—, y es muy probable que haya considerado todas esas posibilidades.
Por otro lado, Hamán no se esperaba esto. Lo tomó absolutamente por sorpresa. Lo ocurrido confirmó que no tenía idea de que Ester era judía ni de que era pariente de Mordejai.
VERSÍCULOS 7–8
LA IRA DEL REY
Cuando el rey se levantó, Hamán reaccionó de manera impulsiva y cometió el peor error posible. Se quedó a solas con Ester y, aterrorizado y desesperado, comenzó a suplicarle que le perdonara la vida. Pero, impulsiva e imprudentemente, se acercó demasiado a la reina.
Cuando Ajashverosh regresó del jardín, vio a Hamán inclinado sobre el diván, a los pies de Ester, mientras le rogaba. A los ojos del rey —a quien ya conocemos como impulsivo y celoso— la escena pareció una falta de respeto imperdonable, o quizá le convenía interpretarla así para salir de la duda y determinar su decisión final.
Y ese acto desafortunado para Hamán inclinó definitivamente la balanza en su contra:
—¿Acaso pretendes abusar de la reina en mi propio palacio? —exclamó el rey.
Al oír esas palabras, Hamán comprendió que su destino había quedado sellado.
VERSÍCULOS 9–10
EL FIN DE HAMÁN
Para empeorar la situación, uno de los oficiales del rey —sin haber sido invitado a hablar— intervino y dijo en voz alta que en la casa de Hamán había sido levantado un enorme poste, de unos veinticinco metros de altura, para ejecutar allí a Mordejai, el hombre que había provisto la información que había salvado la vida del rey. Con ello dejó claro que Hamán intentaba eliminar a quien había protegido al monarca.
La respuesta de Ajashverosh fue inmediata:
—Ejecuten a Hamán en el mismo lugar donde él había querido ejecutar a Mordejai.
Hamán fue llevado de inmediato a su propia casa y allí fue ejecutado en el instrumento que había preparado para Mordejai.
Con su muerte, la ira del rey se calmó.
Así cayó Hamán, enemigo del pueblo judío, y comenzó un cambio profundo en el equilibrio del poder dentro del palacio real.

LA ELEVACIÓN DE MORDEJAI
Ese mismo día en que Hamán fue ejecutado, el rey Ajashverosh dio un paso radical. La casa de Hamán —sus propiedades, riquezas y posesiones— fue entregada a la reina Ester. Era el destino habitual de los bienes de un traidor ejecutado: pasaban al tesoro real o a quien el rey decidiera favorecer. En este caso, Ajashverosh decidió entregarlos a la reina Ester, la víctima directa del complot.
Fue entonces cuando Ester le reveló al rey algo que hasta ese momento había permanecido oculto: Mordejai era su pariente cercano. El rey comprendió que el hombre que había salvado su vida años atrás —el héroe que Hamán había querido ejecutar— era el primo de la reina.
Ajashverosh tomó el anillo real que le había confiado a Hamán y lo entregó a Mordejai. Este no era un gesto simbólico: el rey le transfería ahora la autoridad ejecutiva del imperio a Mordejai. Mordejai era el primer ministro, segundo después del rey.
Ester, por su parte, asignó a Mordejai la administración de la hacienda de Hamán, mientras ella continuaría viviendo en el palacio. En pocas horas, la situación se había revertido de manera total. Pero aunque el enemigo había caído, el peligro no había terminado.
LA SÚPLICA DE ESTER
Ester volvió a presentarse ante el rey. Con profunda urgencia emocional, cayó a sus pies, lloró y le suplicó que revocara el edicto que Hamán había decretado contra los judíos.
El rey extendió nuevamente el cetro de oro, esta vez en señal de aceptación.
Ester se levantó y le dijo al rey:
—Si al rey le parece bien, y si he hallado gracia ante sus ojos, que se escriba un nuevo edicto que cancele el que escribió Hamán para destruir a los judíos que viven a lo largo de todo el imperio. Porque, aunque yo quede con vida, ¿cómo podría ver el mal que sufrirá mi pueblo? ¿Cómo podría contemplar la destrucción de mi propia familia?
Ajashverosh escuchó. Pero aquí surgía un inconveniente técnico y legal.
EL PROBLEMA DEL DECRETO IRREVERSIBLE
El rey respondió a Ester y a Mordejai:
—Ya he concedido la casa de Hamán a Ester, y a él lo han colgado por haber extendido su mano contra los judíos. Ahora escriban en nombre del rey el decreto que les parezca conveniente a los judíos, y séllenlo con el anillo real. Pero sepan que el edicto que se escribió en nombre del rey y fue sellado con el anillo del rey ¡no puede ser revocado!
Ajashverosh reconocía la injusticia del decreto de Hamán, pero al mismo tiempo afirmaba algo que ya habíamos visto en el caso de Vashti: un edicto real, una vez emitido, no puede ser cancelado.
Sin embargo, sí se podía emitir un nuevo edicto que no anulara formalmente el anterior. Mordejai y Ester debían tener la creatividad política de redactar ese nuevo decreto para salvar a los judíos.
LAS NUEVAS CARTAS
Los escribas del rey fueron convocados de inmediato, en el tercer día del mes de Siván. Mordejai dictó el nuevo decreto.
El contenido era claro y preciso: se concedía a los judíos, en todas las ciudades, el derecho de defender sus vidas. Podían tomar armas, destruir y aniquilar a cualquiera de sus enemigos que planearan atacarlos —hombres, mujeres y niños— y confiscar sus bienes, en ese mismo día fijado por el decreto anterior: el 13 de Adar.
El nuevo decreto no cancelaba el anterior: lo neutralizaba. Creaba una autorización paralela que permitía a los judíos resistir legalmente a quienes intentaran ejecutar la orden de Hamán.
El peligro seguía existiendo, pero ahora los judíos podían defenderse, algo que el primer decreto prohibía.
Las cartas fueron selladas con el anillo real y enviadas por mensajeros montados en los caballos más veloces del servicio imperial. La urgencia era evidente: todo el imperio debía conocer el nuevo decreto antes del día señalado.
LA REVERSIÓN DE LA FORTUNA
Una vez que el nuevo edicto fue redactado y enviado, Mordejai salió de la presencia del rey y se presentó en público vestido con atuendo real: vestiduras de violeta y púrpura, una gran corona de oro y un manto de lino fino y púrpura. Mordejai —el judío que antes se sentaba a la puerta del palacio— era ahora una figura de poder imperial.
La ciudad de Shushán, donde residían muchos judíos, estalló en alegría. Para los judíos que habían vivido bajo la amenaza del exterminio, por fin apareció la luz: alegría, gozo y un nuevo honor —Mordejai como primer ministro—.
En todas las provincias y ciudades, dondequiera que llegaba la palabra del rey y su decreto, los judíos festejaban con alegría y regocijo, con banquetes y celebraciones. Y muchos de los pueblos del imperio, que antes se habían entusiasmado con el edicto de Hamán, se alineaban ahora con los judíos, porque el temor hacia ellos había caído sobre todos.

ÉXITO Y FRACASO EN LA CRIANZA DE LOS HIJOS
Nuestros sabios nunca ignoraron los pequeños y grandes errores de cálculo en algunos actos de nuestros antepasados. Especialmente cuando la Torá aún no había sido revelada, y la mayoría de sus acciones y decisiones tuvieron que ser tomadas sin instrucción Divina explícita. Y precisamente, al des-cubrir sus errores, los Sabios enfatizaron la credibilidad de la Torá, que no cree en superhéroes ni supervillanos. Y nos enseñó el concepto de evolución: en la especie judía, los hijos corrigen los errores de sus padres, y así es como evolucionamos. La lección que aprenderemos hoy proviene del rabino y educador Shimshón Rafael Hirsch (Hamburgo, hoy Alemania, 1808-1888), a quien se considera el fundador de la ortodoxia europea moderna. La idea es muy atrevida. Y puede malinterpretarse fácilmente si se lee superficialmente. Así que la explicaremos con cuidado.
El rabino Hirsch compara dos modelos de “parenting” o educación de los hijos: el modelo de Isaac y el modelo de Jacob. Isaac tuvo dos hijos, Jacob y Esav. Los dos tenían personalidades muy diferentes y opuestas. Uno de ellos, Esav, se desvió y abandonó por completo el camino de Abraham. Por otro lado, Jacob fue un éxito total: continuó el legado de Abraham, tuvo 12 hijos (y una hija), y todos siguieron su camino. La familia que Jacob formó se convirtió en el pueblo de Israel.
CUANDO LO MISMO ES DIFERENTE, Y LO DIFERENTE ES LO MISMO
Ahora, pasemos a los comentarios del rabino Hirsch. Su pregunta es: ¿por qué Isaac y Ribqá no lograron educar a Esav? ¿Qué hizo que Esav abandonara el judaísmo? ¿Acaso sus padres le dieron a Esav una educación diferente a la que le dieron a Jacob? La respuesta del rabino Hirsch es sorprendente: “La continuidad de Esav fracasó porque sus padres le dieron la misma educación que a su hermano Jacob”. Con base en el Midrash que citamos abajo, el rabino Hirsch indica que Isaac y Ribqa no se dieron cuenta a tiempo de las profundas diferencias entre sus dos hijos ¡Y pensaron ingenuamente que obtendrían los mismos resultados si le brindaban a los dos la misma educación judía! No sabían que Esav necesitaba una instrucción diferente — personalizada– para continuar en el camino religioso judío. Esav necesitaba un sistema escolar–o un buen maestro- que tomara en cuenta que a Esav no le gustaban las bibliotecas ni los libros. O que tenía algún tipo de ADD, y por lo tanto precisaba una educación religiosa que contemplara sus dificultades de aprendizaje y lo ayudara a canalizar sus talentos hacia el objetivo correcto.
Cito las duras palabras del rabino Hirsch, dirigidas a nosotros, los padres:
Un padre que hace que Jacob y Esav [dos hijos de carácter diferente: Jacob era naturalmente más estudioso, mientras que Esav pasaba su tiempo cazando en el campo] se sienten en el mismo banco de la escuela y les instruye de la misma manera, seguramente arruinará a uno de ellos. [Mientras que el niño que es como] Jacob disfrutará estudiando, como alguien sediento al que se le ofrece agua de un manantial, el niño que es como Esaú solo pensará en el día en que pueda deshacerse de todos esos libros viejos… y dejar atrás el estilo de vida [religioso]…
[Isaac y Ribqá no comprendieron] que la fuerza y el coraje [para la batalla que caracterizaban a Esav] no eran menos importantes que el pensamiento y los sentimientos [que caracterizaban a Jacob]. Nosotros, los padres, necesitamos trabajar con todos nuestros hijos ,con sus diferentes talentos… para lograr el ideal colectivo de Am Yisrael. *
EVOLUCIÓN
Según este célebre Rabino, al ver el fracaso de su hermano Esav, Jacob aprendió la lección y educó a sus propios hijos teniendo en cuenta el carácter, la naturaleza, la personalidad y los TALENTOS de cada uno de ellos. Entendió que aunque son hermanos y se han criado bajo el mismo techo, puede haber diferencias significativas entre un niño y otro. Y una de nuestras misiones como padres, ¡quizás la más difícil!, es identificar en qué área en particular sobresale mi hijo o mi hija y guiarlos hacia un camino de Torá sin ignorar su personalidad, talentos y rasgos de carácter específicos.
El rabino Hirsch detecta esta actitud en las bendiciones de Jacob a sus hijos, mencionadas en la Parashá de esta semana.
“Cuando los hijos de Jacob, las futuras 12 tribus, se reunieron para recibir la bendición de su padre, Jacob visualiizó en ellos a la futura nación de Israel: vio sacerdotes y rabinos (la tribu de Levi e Issajar), pero también vio líderes políticos y gobernantes (Yehudá), vio la tribu de aquellos que, en el futuro, se convertirían en grandes comerciantes (Zebulún), la tribu que se destacaría en la agricultura (Asher), y la tribu que produciría los mejores soldados (Gad), o jueces (Dan), etc. … Los bendijo a todos, pero NO con una sola y misma bendición, sino que bendijo a cada uno de ellos con una bendición diferente [deseando que, con la ayuda de Dios, cada uno desarrolle] sus propias virtudes אִישׁ אֲשֶׁר כְּבִרְכָתוֹ בֵּרַךְ אֹתָם (מ”ט, כח) (Génesis 49:28)….Jacob sabía que el pacto de Dios con Abraham implicaba la creación de una nación completa, sana y autosuficiente. Cada individuo tiene que desempeñar un papel diferente hacia el mismo gran objetivo Divino: establecer una nación que mantenga el camino de Dios, practicando e inspirando a otros a practicar la bondad y la justicia.
CONCLUSIÓN
Si Isaac y Ribqa hubieran entendido la profundidad del alma de Esav y se hubieran preguntado qué se debe hacer para que el coraje y la energía física de Esav se canalicen hacia el servicio Divino, entonces seguramente Esav no habría terminado siendo un “cazador valiente” sino un ” valiente soldado de Dios”. Con sus diferentes tendencias y talentos, Jacob y Esav podrían haber sido mellizos [=socios] también en su vida espiritual y forma de vida… La espada de Esav hubiera estado al servicio de Jacob, y quién sabe cómo la historia [del pueblo de Israel] se habría desarrollado con esa fuerte sociedad entre Jacob y Esav. Pero esto no sucedió, como indica el verso ‘Y los niños crecieron’: sólo cuando los niños ‘se hicieron adultos’, [cuando ya era demasiado tarde] los padres se sorprendieron al ver que sus mellizos… ¡eran tan diferentes! y ahora, opuestos en su estilo de vida y sus acciones.
Creo que la intención del rabino Hirsch no es criticar a Yitzjaq y su esposa, sino enseñarnos esa lección de vida crítica: que como padres judíos, cuyo principal objetivo en la vida es educar a TODOS nuestros hijos para que sigan el camino de la Torá, debemos reconocer –y aceptar–sus talentos individuales y orientarlos hacia una educación religiosa que no mida a todos con la misma vara, sino que reconozca sus límites y sus dones y les ayude a encauzar sus talentos particulares hacia el mismo noble objetivo: Abodat HaShem.
MIDRASH
וַיִּגְדְּלוּ הַנְּעָרִים (בראשית כה, כז), רַבִּי לֵוִי אָמַר מָשָׁל לַהֲדַס וְעִצְבוֹנִית שֶׁהָיוּ גְּדֵלִים זֶה עַל גַּבֵּי זֶה, וְכֵיוָן שֶׁהִגְדִּילוּ וְהִפְרִיחוּ זֶה נוֹתֵן רֵיחוֹ וְזֶה חוֹחוֹ, כָּךְ כָּל י”ג שָׁנָה שְׁנֵיהֶם הוֹלְכִים לְבֵית הַסֵּפֶר וּשְׁנֵיהֶם בָּאִים מִבֵּית הַסֵּפֶר, לְאַחַר י”ג שָׁנָה זֶה הָיָה הוֹלֵךְ לְבָתֵּי מִדְרָשׁוֹת וְזֶה הָיָה הוֹלֵךְ לְבָתֵּי ע”ז
Bereshit Rabba 63:9
TEXTOS DEL RAB HIRSCH
. המושיב את יעקב ועשו על ספסל לימודים אחד , ובאותם הרגלי החיים מחנך אותם כאחד לחיי לימוד ומחשבה – מובטח לו שאת האחד מהם הוא מקלקל . יעקב ישאב ממעיין החכמה בחפץ גובר והולך , ואילו עשו רק יצפה ליום , בו ישליך מאחורי גבו את הספרים הישנים , ויחד אתם תעודת חיים גדולה , שהכיר אותה רק באופן חד צדדי , ובדרך שמעצם טבעו הוא סולד בה . . (
כאשר נקבצו בני יעקב לשמוע את ברכת אביהם , והלה ראה בהם את שבטי ישראל שלעתיד , לא ראה רק כוהנים ומורי הוראה ; הנה עמד שם שבט הלוויה ושבט המלוכה , שבט הסוחרים , שבט האיכרים , ושבט הלוחמים ; עמד שם לנגד עיניו העם כולו , על כל סגולותיו הרבגוניות , ועל כל דרכי התפתחותו ; את כולם הוא ברך , ‘איש אשר כברכתו ברך אתם’ ( בראשית מ”ט , כח , ( איש איש בסגולותיו המיוחדות לו . כי ברית ה’ הכרותה עם אברהם , חפצה באומה בריאה , שלמה ורעננה ; מטרתה לבנות חיי עם שלמים על כל צורותיהם הרבגוניות , על מנת לכוון אותם אל התפקיד הגדול האחד : לשמור דרך ה’ לעשות צדקה ומשפט . הכוח והאומץ , לא פחות מהמחשבה והרגש , ימצאו שם את גיבוריהם העובדים לה , ‘ ובמקצועות שונים יקיימו כולם את התפקיד הגדול של הכלל . דווקא משום כך – ‘חנוך לנער על פי דרכו , ‘ חנכהו למטרה הגדולה האחת על פי דרכו המיוחדת לו , בהתאם לעתיד הצפוי לו מנטיותיו
אילו העמיקו יצחק ורבקה לחדור לנפש עשו , אילו הקדימו לשאול את עצמם , היאך יכולים גם האומץ , הכוח והגמישות הרדומים בנפש עשו – היאך יכולים כל אלה להטות שכם לעבודת , ‘ה כי אז ‘הגיבור’ שלעתיד לא היה הופך ל’גיבור ציד , ‘ אלא ל’גיבור לפני ה’ ‘ באמת . יעקב ועשו , על כל נטיותיהם השונות , היו נשארים אחים תאומים ברוחם ובדרך חייהם ; עוד מראשית הייתה חרבו של עשו כורתת ברית עם רוחו של יעקב ; ומי יודע איזה שינוי היה צפוי לקורות הימים על ידי כך . אך לא כן היה : ‘ויגדלו הנערים , ‘ רק משגדלו הנערים והיו לגברים , הופתעו הכל לראות , כי אלה אשר מרחם אחד יצאו , ויחד נתגדלו , נתחנכו ולמדו , היו כה שונים בטבעם ומנוגדים במעשיהם

Este Shabbat terminaremos de leer el libro de Bereshit (Génesis).
El primero de los cinco libros de la Torá incluye una fascinante historia, entre las lineas de la narrativa principal, que vale la pena analizar. Se trata de la historia de la fraternidad, la relación entre hermanos. A lo largo de Bereshit esta relación se va desarrollando, va evolucionando, desde el asesinato hasta la armonía .
EL PECADO ORIGINAL
La historia de los primeros hermanos de la Torá, como ya sabemos, terminó muy mal. Abel ofreció un sacrificio a Dios, como agradecimiento por todo lo que recibió del Creador. Ofreció lo mejor que tenía, y su sacrifico fue aceptado. Cain, por el otro lado, quiso imitar a su hermano y también hizo una ofrenda. Pero se comportó con más avaricia. Le ofeció a Dios lo que a él le sobraba y no necesitaba. Y su sacrificio fue rechazado (Aclaremos por las dudas que el Todopoderoso «no necesita» las ofrendas humanas; es el hombre el que se beneficia con ofrecerle a Dios, ya que gracias a ese gesto de gratitud, reconoce e identifica de Quién le llega todo lo que tiene). Cuando Caín vio que su ofrenda no fue recibida, se deprimió. HaShem trató de hacerle entender a Cain su error. Y para evitar que repitiera el error de su padre Adam, es decir: la transferencia de culpa, le explicó lo que tenía que hacer, «halo im tetib, se’et«, «Si te esfuerzas más, tu sacrifico será aceptado». Pero Cain no quiso escuchar. Y en lugar de reflexionar en lo que él había hecho mal y mejorar, ¡se ensañó contra Abel, como si su hermano tuviera la culpa de su propio fracaso. Su frustración personal se trasformó en una profundísima envidia, que lo llevó a asesinar a su hermano Abel.
SEGUIR EN LA MISMA
En las próximas generaciones, la relación entre hermanos no mejoró mucho. En realidad, en el libro de Bereshit la fraternidad parece la relación humana más difícil de mantener…. Ishmael envidió –y de acuerdo a los Sabios, intentó matar– a su hermano Itsjac. Las situación no mejoró con Ya’aqob y Esav, quienes se enfrentaron desde el vientre materno. Luego llegan los hijos de Ya’aqob, donde nuevamente encontramos conflictos entre hermanos. Celos, envidias y una nueva lamentable dimensión: «vaisneu oto», «y los hermanos odiaban a Yosef». Aquí la amenaza del fratricidio (=el asesinato entre hermanos) fue parte de un plan real, que Providencialmente se evitó.
CAMBIA TODO CAMBIA
La semana pasada la historia empieza a cambiar. Leíamos como Yosef, luego de recrear un escenario en el cual sus hermanos tuvieron que optar una vez más por abandonar o proteger a uno de sus hermanos (Biniamin) está vez se rectificaron y actuaron diferente. Hicieron Teshubá y Tiqún (reparación), como lo explica Ramban. Yosef, por su lado, demostró el altruismo a su máximo nivel, donde no sólo no existieron reproches, sino que el perdón total diciendoles: «No se sientan mal (=culpables). No fueron Ustedes quienes me enviaron aquí. Fue HaShem. Ustedes fueron parte de un plan Divino para evitar que mucha gente muriera de hambre.» .
Estas palabras de Yosef cambiaron para siempre el tema de la fraternidad, y trajeron el final del ciclo de celos, odio y competencia entre hermanos que había desencadenado Cain. Las palabras de Yosef cicatrizaron las viejas heridas y abrieron la posibilidad de una nueva y sana relación entre hermanos.
EVOLUCION
El altruismo de Yosef tuvo su efecto inmediato. Cuando Yaaqob llama a los hijos de Yosef, bendijo al menor antes que al mayor. Este acto podía haber abierto nuevamente el ciclo de celos, envidias y hasta fratricidio entre Efraim y Menashé. Sin embargo, no escuchamos celos, reproches ni tensiones de parte de Menashé, el hermano mayor «que recibió menos». Los dos hermanos viven en paz, armoniosamente. Sin envidia.
Cuando bendecimos a nuestros hijos, la costumbre es desearles que HaShem los bendiga como a Efraim y Menashe. ¿Por qué? ¿Por qué no los bendecimos como Abraham, Itsjac, Yaaqob, Yosef, o Yehuda? Una vez escuche que la razón es justamente porque por un lado queremos que nuestros hijos sean Tsadiqiim, rectos e íntegros hacia HaShem, como nuestros antepasados. Pero también queremos que sean buenos hermanos, no separados por la envidia sino unidos, y felices, uno por el éxito del otro, como Efraim y Menashé.
SHABBAT SHALOM

VERSÍCULOS 1–5: EL DÍA SEÑALADO
Llegó el día trece del mes de Adar, la fecha que había sido fijada en el decreto original de Hamán. Era el día en que los enemigos de los judíos esperaban someterlos y destruirlos. La situación ahora se había invertido: eran los judíos quienes tenían autorización real para tomar las armas y defenderse.
En todas las provincias del imperio, los judíos se organizaron. Se reunieron en sus ciudades y comunidades, preparados para proteger sus vidas y sus familias. Nadie podía impedirlo, porque el nuevo decreto del rey les daba ese derecho.
El temor había cambiado de lado. Ahora los enemigos de los judíos —que ya se habían identificado como tales y habían anunciado que estaban dispuestos a matar a sus vecinos y quedarse con sus bienes— comenzaron a temer. Sabían que Mordejai ocupaba una posición elevada en el palacio. Por eso, los funcionarios del rey, los gobernadores y los administradores provinciales comenzaron a apoyar y asistir a los judíos, pues comprendían que el favor real estaba ahora con ellos.
Cuando llegó el momento, los judíos atacaron a quienes habían amenazado públicamente levantarse contra ellos. Sometieron a sus enemigos y derrotaron a quienes intentaron dañarlos.
VERSÍCULOS 6–10: LO QUE OCURRIÓ EN SHUSHÁN
En la ciudad de Shushán, la capital, el enfrentamiento fue especialmente intenso. Allí los judíos eliminaron a quinientos hombres que habían actuado como sus enemigos.
Entre los que cayeron estaban también los diez hijos de Hamán: Parshandatá, Dalfón, Aspatá, Poratá, Adaliá, Aridatá, Parmashatá, Arisai, Aridai y Vaizatá.
Todos ellos pertenecían a la casa y al poder de Hamán.
El texto subraya un detalle muy importante: los judíos solo se defendieron, pero no tomaron los bienes de sus enemigos, aunque tenían autorización para hacerlo. Esto deja claro que, a diferencia de sus adversarios, actuaron únicamente en defensa propia, sin intención de lucro ni de aumentar su riqueza.
VERSÍCULOS 11–15: UN SEGUNDO DÍA EN SHUSHÁN
Ese mismo día, el número de muertos en Shushán fue informado al rey Ajashverosh.
El rey dijo a la reina Ester:
—En Shushán los judíos han matado a quinientos hombres y han ejecutado a los diez hijos de Hamán. ¿Qué se hizo en las demás provincias? ¿Cuál es ahora tu petición? Pídeme lo que quieras, que te será concedido.
Ester, con prudencia, pidió dos cosas.
Primero, que a los judíos de Shushán se les permitiera defenderse también al día siguiente, el día catorce de Adar, como ya habían hecho el trece, porque sus enemigos en Shushán —los más poderosos— aún no habían sido totalmente neutralizados.
Segundo, que los diez hijos de Hamán fueran expuestos en el mismo instrumento donde habían sido ejecutados, como señal pública de que su poder había terminado.
El rey aceptó. Y así, los judíos de Shushán se organizaron nuevamente el día catorce de Adar y eliminaron a otros trescientos enemigos, sin tomar sus bienes.
VERSÍCULOS 16–19: EL DESCANSO Y LA ALEGRÍA
En las demás provincias del imperio, los judíos se habían organizado para defenderse el día trece de Adar. Allí derrotaron a quienes los atacaron y eliminaron a setenta y cinco mil de sus enemigos. Y en todas partes se comportaron con el mismo principio excepcional de nobleza: no se apoderaron del dinero de sus adversarios.
El día catorce de Adar ya no hubo más combate. El peligro había pasado. Ese día se transformó en jornada de alegría y celebración.
En Shushán, en cambio, como el enfrentamiento continuó también el día catorce, el descanso y la celebración ocurrieron el día quince.
Por eso se estableció una diferencia:
los judíos de las ciudades comunes celebran el catorce de Adar;
los judíos de ciudades fortificadas —como Shushán— celebran el quince.
VERSÍCULOS 20–23: EL ESTABLECIMIENTO DE PURIM
Mordejai registró todos estos acontecimientos y envió cartas a todos los judíos del imperio, cercanos y lejanos.
En estas cartas estableció que cada año los judíos debían celebrar estos días —el catorce y el quince de Adar— y recordar cómo habían pasado de la angustia a la celebración, del duelo a la alegría.
Se dispuso que fueran días de alegría, banquetes, envío de alimentos a los amigos y ayuda a los pobres.
Los judíos aceptaron esta práctica y la asumieron como tradición permanente.
VERSÍCULOS 24–28: EL NOMBRE PURIM
Hamán, hijo de Hamedatá el agaguita, enemigo de los judíos, había planeado destruirlos. Para fijar la fecha del ataque había echado el pur, es decir, el “sorteo”, y así había elegido al azar el día trece de Adar.
Por eso estos días fueron llamados Purim, en recuerdo de ese sorteo que había intentado determinar su destrucción.
Pero la historia se había invertido: el decreto de muerte se transformó en salvación; el temor en alegría; el duelo en celebración.
Por eso Mordejai y Ester establecieron que estos días debían ser recordados y observados por todas las generaciones judías, en todas las comunidades y en todos los lugares donde vivieran.
VERSÍCULOS 29–32: CONFIRMACIÓN DE ESTER
La reina Ester, junto con Mordejai, confirmó oficialmente la institución de Purim. Se enviaron nuevas cartas con autoridad real, estableciendo definitivamente la observancia de estos días y sus prácticas: los ayunos recordatorios previos y los días de alegría de Purim.
Así quedó fijada la celebración en el registro oficial del imperio y en la memoria del pueblo judío.
CAPÍTULO DIEZ
Después de los acontecimientos de Purim y de la caída de Hamán, el rey Ajashverosh impuso tributo sobre su territorio continental y también sobre las islas que estaban bajo su dominio.
Los actos de poder del rey y su grandeza, así como la elevación de Mordejai como primer ministro, quedaron registrados en el libro de las crónicas de los reyes de Media y Persia.
Mordejai se convirtió en el visir del rey Ajashverosh, el funcionario más alto del imperio después del monarca.
Mordejai era muy respetado entre los judíos y apreciado por la mayoría de su pueblo. Y mientras estuvo en el palacio de Ajashverosh, hizo todo lo posible para beneficiar a su pueblo y promover el bienestar y la paz para las generaciones futuras.

Yosef reconoce a sus hermanos. Llegaron a Egipto desde la tierra de Canaan en busca de alimento. Ahora, Yosef debe decidir qué hacer con sus hermanos que lo traicionaron hace 20 años y lo vendieron como esclavo.: ¿vengarse, ignorarlos o perdonarlos?
La primera opción, y probablemente la más común, habría sido buscar venganza. Yosef sufrió enormemente durante todos esos años lejos del hogar de su padre. La tristeza y el dolor de la esclavitud fueron sin duda abrumadores. Cuando sus hermanos llegan a Egipto, Yosef está en una posición de poder y podría “hacerlos pagar por todo el sufrimiento que le causaron”. Pero la venganza no fue lo que motivó a Yosef. Él había superado su resentimiento “unilateralmente”, como veremos mas adelante. ¿Cómo lo sabemos? Cuando nace su primer hijo, Yosef lo llama “Menashé”, que significa: “Dios me ha bendecido tanto que me hizo olvidar (nashani) todo el sufrimiento” que me causaron mis hermanos. Yosef no permitió que el dolor y la ira del pasado definieran su futuro. No pensaba en venganza. Había superado ese sentimiento autodestructivo.
Otra opción para Yosef era ignorar a sus hermanos. Si no quería vengarse, podría haber optado por ser indiferente, fingir que no los veía y continuar con su extraordinaria vida y brillante carrera en Egipto, el país más poderoso de la antigüedad. ¿Por qué querría Yosef reconstruir su relación con hermanos que se comportaron con él peor que sus enemigos? ¡No los necesitaba en su vida! Sin embargo, Yosef no los ignoró. Al verlos, ideó un plan maestro con varias etapas: los acusó de espionaje y les exigió que trajeran a Binyamín, su hermano menor. Cuando Binyamín llegó, lo encarceló bajo una acusación falsa y propuso a los hermanos que regresaran a casa “sanos y salvos”, dejando a Binyamín como su esclavo en Egipto. De este modo, muy sofisticadamente, Yosef recreó y reconstruyó –de la mejor o única manera posible– un escenario similar ¡al que ocurrió 20 años atrás! que les permitiría redimirse. Y el plan resultó bien. Esta vez demostraron que estaban dispuestos a sacrificarse unos por otros. Cuando Yosef se dio cuenta de que sus hermanos habían aprendido la lección y habían aprendido de su terrible error, les reveló su identidad y los perdonó.
El nivel de perdón que vemos en la historia de Yosef es excepcional y casi sobrehumano. Yosef no perdona con un discurso lleno de reproches o resentimientos. Su perdón es total, un verdadero acto de reconciliación. En lugar de acusar a sus hermanos los consuela. Hace todo lo posible por aliviar su sentimiento de culpa y trata de convencerlos –con una versión más suave de los hechos– de que las acciones trágicas del pasado “no fueron la responsabilidad de ellos”. Según Yosef, esos eventos fueron orquestados por Dios para salvar a millones de egipcios y a su propia familia del hambre. Lejos de buscar distanciamiento, Yosef ofrece a sus hermanos vivir “con él” en la prestigiosa zona de Goshen, en el delta del Nilo. Yosef logra lo que parecía imposible: reunir a una familia completamente rota.
El rabino Haim Sabato, de la Yeshivá Birkat Moshe, explica que Yosef es llamado Yosef haTzadiq, Yosef el Justo, no solo por su ejemplar comportamiento en el caso de la mujer de Potifar, sino por su increíble capacidad para perdonar a sus hermanos.
El Dr. Stephen Marmer, psiquiatra de la Universidad de California (UCLA), describe tres tipos de perdón: Liberación, tolerancia y exoneración (Nota: Nos referimos aquí al perdón social, entre familiares, amigos y compañeros, y no al perdón de crímenes, terrorismo, etc.).
Liberación es un acto unilateral. El agresor no se disculpa ni muestra intención de reparar el daño, pero la víctima elige “olvidar” el incidente para evitar que la memoria tóxica del agresor siga presente en su mente. No hay reconciliación, y las partes permanecen distanciadas.
Tolerancia ocurre cuando la víctima recibe una disculpa parcial o insincera porque el agresor no asume completamente su responsabilidad. Sin embargo, la víctima decide perdonar y reconstruir la relación, ya que la considera importante, pero ahora actuará con mayor precaución.
Exoneración es el nivel más alto de perdón. Se busca restaurar la relación al nivel previo a la ofensa. La exoneración ocurre cuando la víctima comprende (o elige asumir) que la ofensa fue un accidente, un momento de impulso, sin malas intenciones, o cuando el agresor muestra un sincero arrepentimiento, asume plenamente su responsabilidad y se disculpa por sus acciones.
Volviendo a Yosef. Antes de ver a sus hermanos, Yosef ya había decidido unilateralmente perdonarlo y, como acto de libre albedrío, se liberó del resentimiento. Luego, decidió no ignorar a sus hermanos y buscó reconectarse con ellos. Pero su nobleza no terminó allí. Yosef eligió asumir que ellos actuaron impulsivamente y ahora se arrepintieron y cambiaron. Yosef no se limitó a pasar la página. Sino que empezó un nuevo libro. La nueva relación entre los hermanos no sería como la del pasado. ¡Sería mejor! Este tipo de reconciliación y exoneración entre hermanos, amigos o esposos puede ser “mágica” y tiene el poder de llevarnos de las profundidades de la hostilidad a un nivel de relación inimaginable, más elevado que antes, donde el cielo es el límite.
SHABBAT SHALOM
Rab Yosef Bitton

אני הוא שאמרתי לאביך אל תרד מצרימה אני הוא שאומר אליך אל תירא מרדה מצרימה אתה וזה כי לגוי גדול אשימך שם כי אמנם אם היו בניך יושבים פה היו מתחתנים בכנענים ומתערבים עמהם אבל במצרים לא יקרה זה כי לא יוכלון המצריים לאכול את העברים לחם כאמרם רז״ל ויהי שם לגוי מלמד שהיו מצוינים שם
“Yo soy el que le dijo a tu padre (Isaac): ‘No desciendas a Egipto’. Y Yo soy el que ahora te dice a ti: ‘No temas descender a Egipto’, porque allí te convertiré en una gran nación. Pues, en verdad, si tus hijos se quedaran aquí (en Israel), se casarían con los cananeos y se mezclarían con ellos. Pero en Egipto esto no sucederá, ya que los egipcios no pueden comer pan con los hebreos, como dijeron nuestros sabios. ‘Y allí se convirtió en una nación’: esto enseña que allí vivieron como un pueblo distinguido y diferenciado.”
Rab Obadiá Sforno — Génesis 46:3
En la parashá de esta semana, Vayiggash, Yosef finalmente revela su identidad a sus hermanos:
—«Yo soy Yosef». Los hermanos no pueden creerlo. Están en estado de shock. Tomados por sorpresa, no pueden responder. Permanecen en silencio, asustados, y de pronto se les despierta la culpa: hace veintidós años vendieron a Yosef como esclavo y fingieron su muerte ante su padre, causándoles a ambos un sufrimiento inimaginable.
Ahora Yosef, consciente del remordimiento de sus hermanos y en una muestra inigualable de nobleza y altruismo, los consuela y les dice:
—«Quiero que sepan que no fueron ustedes los que me vendieron a Egipto: fue Dios quien me hizo llegar aquí». Uno podría pensar que Yosef les está diciendo una “mentira piadosa” para aliviar su culpa. Pero sus palabras son mucho más profundas que una farsa diplomática o superficial. Yosef, cuya vida fue una verdadera montaña rusa de eventos impredecibles —aunque con un final feliz— comprendió que los seres humanos somos simples piezas de un juego de ajedrez.
Jorge Luis Borges describió a las piezas del ajedrez como seres que creen moverse por voluntad propia y que “no saben que la mano designada del jugador gobierna su destino, no saben que un rigor adamantino somete su voluntad y su viaje”.
En el tablero de la vida, el Creador es el Gran Maestro invisible que mueve las piezas. En el juego de la vida, los seres humanos somos piezas conscientes e, irónicamente, dotadas de libre albedrío (o de la ilusión del mismo), responsables de las acciones que elegimos.
La intervención divina aparentemente no interfiere con la elección humana. Pero a veces, con el correr del tiempo, percibimos esa intervención con claridad, como veremos en el caso de Yosef.
Siguiendo esta línea de pensamiento, la pregunta que se nos presenta es:
¿cuál fue el propósito divino de la llegada de Yosef a Egipto, que trajo como consecuencia el arribo de toda su familia —el incipiente “pueblo de Israel”— a la tierra de los faraones? Yosef mismo explica que Dios lo envió para salvar a Egipto del hambre, lo cual no es poca cosa. Pero ¿hay algo más escondido en sus palabras?
Un comentarista italiano del siglo XVI, Rabí Ovadia Sforno, identificó un ángulo adicional de este interrogante. En el texto hebreo citado más arriba, Sforno señala que los hijos de Ya’aqob, irónicamente, corrían el peligro de asimilarse en la tierra de Israel.
Veamos por qué. Yehudá, el cuarto hermano y líder natural del grupo, se casó con una mujer cananea y también tomó para su hijo una esposa cananea. No había muchas alternativas. El peligro de asimilación, al menos desde la perspectiva de Ya’aqob, era inminente.
Según el comentarista Ibn Ezra, la razón principal por la cual Isaac y Ya’aqob fueron a buscar esposas a Harán, en el norte de Siria —a pesar de que allí también se practicaba la idolatría— fue la siguiente:
una mujer que llega desde tan lejos, sola y sin su familia, no ejerce una influencia pagana negativa sobre su marido y sus hijos. Por el contrario, al estar lejos de su sociedad y de su entorno idolátrico, debe adaptarse a los valores monoteístas y a la fe de Abraham. Si Isaac o Ya’aqob se hubieran casado con mujeres locales, como hizo Esav, las familias de esas esposas —madres, hermanas, primas— y el ambiente pagano circundante habrían ejercido una influencia devastadora sobre la fe de Abraham, imposible de neutralizar. El camino de Abraham no habría sobrevivido a la siguiente generación. Sforno nos hace notar que eso mismo estaba comenzando a ocurrir con los hijos de Ya’aqob: ellos y sus descendientes se estaban casando con mujeres cananeas locales y estaban en proceso de asimilarse a los valores paganos de las familias de sus esposas, abandonando gradualmente el camino de Abraham.
El destino del futuro pueblo de Israel estaba en peligro.
El mismo Sforno explica que, irónicamente, en Egipto la influencia de las esposas cananeas y de sus familias quedaría neutralizada. Allí, esas mujeres —lejos de sus propios clanes— serían extranjeras y se verían obligadas a fortalecer la “familia nuclear” (esposo e hijos), aprendiendo y transmitiendo el camino de Abraham, Yitsjaq y Ya’aqob a la próxima generación. La asimilación no tendría lugar porque la cultura egipcia era radicalmente diferente de la semítica. Estas diferencias funcionarían como una barrera protectora. La Torá menciona uno de estos factores culturales: para los egipcios, muchos animales eran sagrados y representaban fuerzas divinas. La ganadería les resultaba ofensiva. Comer animales era considerado to’evá, una abominación.
Los hermanos de Yosef, en cambio, eran pastores: criaban y comían ovejas. Los egipcios no podían sentarse a la misma mesa que los hebreos, ni compartir espacios sociales. Estas y otras diferencias culturales y religiosas, explica Sforno, impedían de hecho la integración social.
Por eso, cuando la familia de Yosef llega a Egipto, el monarca egipcio les ofrece importantes puestos en la cúpula militar egipcia, es decir, dentro de la aristocracia privilegiada, donde materialmente no les habría de faltar nada.
Sin embargo, Yosef le dice al faraón que sus hermanos son simples pastores y le solicita un lugar de residencia donde puedan seguir manteniendo sus costumbres.
El faraón acepta el pedido de Yosef y les asigna entonces una región especial, quizás sin comprender por qué Yosef renunciaba a la vida privilegiada que él mismo le ofrecía y prefería que su familia viviera como humildes pastores.
Misión cumplida: al no vivir en la misma zona que los egipcios, los hijos y nietos de Israel formarían una comunidad y preservarán así el camino y la fe de Abraham.
Los hermanos vendieron a Yosef a Egipto y, al hacerlo, crearon una situación que —según Sforno— terminó protegiendo a sus descendientes de un proceso de asimilación que habría sido peligroso en la tierra de Israel. Fue en Egipto donde el pueblo de Israel, en su etapa más frágil e incipiente, comenzó a forjar su identidad como un pueblo distinto, separado tanto de los egipcios como de los cananeos.
Los rabinos expresaron esta idea con una frase que leemos en la Hagadá de Pésaj:
מלמד שהיו מצוינים שם — “nos enseña que allí vivieron como un pueblo con identidad propia”.
Los hermanos de Yosef fueron culpables de haberlo vendido, pero también fueron —sin saberlo— responsables de salvar a sus descendientes de la asimilación. Tal como dijo Yosef explícitamente, fue Dios quien movió —o permitió que se movieran— las piezas del ajedrez en una dirección que terminó protegiendo a Su pueblo.
Pero tal como ocurre una y otra vez en la historia judía, la intervención Divina no opera independientemente de la acción humana: Yosef tuvo que actuar, renunciar a una vida de lujos y buscar un lugar de residencia separado para preservar a su familia.
Y así fue como, en Egipto, la familia de Ya’aqob se transformó en el pueblo de Israel.
Jaque mate.

Luego de haber acusado falsamente a Binyamín de robo, Yosef exige que sea esclavizado. Yehudá, el hermano que había garantizado a su padre Ya’aqob que traería a Binyamín sano y salvo, interviene y trata de convencer a Yosef de que lo libere, apelando al profundo amor que su padre siente por él tras haber perdido a su hijo mayor, Yosef. Yehudá explica que su padre no podría sobrevivir a otra pérdida y, si Yosef no accede a liberar a Binyamín, se ofrece él mismo para ser esclavizado en su lugar. Al ver este gesto, Yosef se quiebra emocionalmente, pide a los egipcios presentes que abandonen el lugar, rompe en llanto y revela su identidad a sus hermanos.
Al percibir la sorpresa, la vergüenza y el profundo pesar de sus hermanos por lo que habían hecho con él muchos años antes, Yosef los consuela y les explica que todo formó parte de un plan divino para salvar sus vidas, ya que aún quedaban varios años de hambruna. Yosef les pide que regresen a Canaán y traigan a Ya’aqob y a toda la familia a Egipto, donde él se encargará de proveerles sustento y todo lo necesario hasta que termine la crisis. Yosef abraza a sus hermanos y llora junto a ellos.
El faraón es informado de que la familia de Yosef llegará a Egipto y se suma a la invitación, prometiéndoles lo mejor de la tierra. Los hermanos regresan a Israel y le informan a Ya’aqob que Yosef sigue vivo y que gobierna en Egipto. Al escuchar estas palabras, el espíritu de Ya’aqob revive después de un larguísimo duelo por su hijo, a quien había dado por muerto. Ya’aqob y su familia parten hacia Egipto. En el camino se detienen en Beer Sheva, donde Dios le dice a Ya’aqob que no tema descender a Egipto, pues allí se convertirá en una gran nación y que, finalmente, Él los hará regresar a la tierra de Israel. La Torá menciona a los setenta miembros de la familia de Ya’aqob que descendieron a Egipto.
Ya’aqob y su familia llegan a Egipto y se establecen en la región de Goshen. Yosef se traslada allí para recibir a su padre y, lleno de emoción, se encuentra con él. Luego, Yosef prepara a su familia para presentarse ante el faraón e instruye a sus hermanos para que le digan que son pastores. El faraón recibe atentamente a los hermanos de Yosef y, más tarde, Ya’aqob es llevado ante él. El monarca egipcio se sorprende por la avanzada edad de Ya’aqob, y el patriarca de Israel lo bendice. Yosef se ocupa de que a su familia no le falte nada.
Mientras tanto, los ciudadanos egipcios se encuentran en una situación desesperada. Primero pagan con dinero la comida que Yosef les vende. Cuando el dinero se agota y el hambre persiste, pagan con su ganado. Finalmente, al no tener nada más, venden sus tierras y se ofrecen como siervos del faraón a cambio de alimento. En contraste, en la tierra de Goshen, la familia de Ya’aqob prospera y se multiplica.

El ayuno del Diez de Tebet nos recuerda tres eventos trágicos que sufrió el pueblo judío. El evento principal que recordamos en este día es el sitio a Yerushalayim, cuando Nebujadnetsar, rey de Babilonia, rodeó Jerusalem con su ejército, lo que concluyó con la destrucción del Templo en el año 586 a.e.c.
Hay otros dos eventos, menos conocidos, que también recordamos en este día: la traducción de la Torá al idioma griego (que ocurrió en un día como hoy, el 8 de Tebet) y la muerte de Ezrá haSofer (9 de Tebet).
El 8 de Tebet, aproximadamente en el año 260 a.e.c., en Alejandría, Egipto, el rey Ptolomeo ordenó a 72 eruditos judíos —seis por cada tribu de Israel— traducir la Torá al idioma griego. El rey Ptolomeo intentaba demostrar las inconsistencias entre las distintas traducciones —los rabinos siempre fuimos famosos por disentir entre nosotros— y la inexistencia de una tradición judía sólida y homogénea.
Esto le daría a Ptolomeo una buena excusa para deslegitimizar al judaísmo, humillar al pueblo de Israel y progresar en su campaña de helenización de los judíos que se resistían. Para este efecto, los 72 sabios judíos fueron asignados a 72 cuartos de trabajo separados. Así, pensó el monarca griego, sería imposible que todos tradujeran la Torá de la misma manera.
Sin embargo, todos los Sabios tradujeron cada palabra de la Torá de la misma forma, y la autenticidad de la tradición bíblica y rabínica quedó nuevamente reivindicada.
Pero, si al final todos los Sabios coincidieron en el mismo texto, ¿por qué se considera que la traducción de la Torá al griego fue una tragedia? Años pasados (ver aquí) me referí al impacto que tuvo esta traducción en el desarrollo del cristianismo, cuando la Iglesia tuvo acceso a la Biblia judía y quiso apropiarse de ella.
Recordemos que el cristianismo, basado en esta traducción de la Biblia, fue fundado con la idea de reemplazar al judaísmo y, con esa intención en mente, demonizó, persiguió y durante siglos hizo todo lo que estuvo en sus manos para destruir al pueblo judío y justificar su existencia como su «legítimo reemplazante».
Pero hay otras razones por las cuales nuestros Sabios consideraron la traducción de la Torá al griego como una tragedia: esta traducción contribuyó a la asimilación de los judíos al helenismo, lo cual derivó en la sangrienta guerra civil que dividió al pueblo judío en la época de los Jashmonayim.
Para comprender el desarrollo de estos eventos hay que recordar ciertas características del helenismo. Aristóteles (384–322 a.e.c.), según las palabras de uno de sus alumnos, Clearco de Solos, se encontró una vez con un sabio judío llamado Shimón (según nuestra tradición, este Sabio fue Shimón haTzadiq) y dijo sobre él que era tan brillante “que parecía griego”.
Los griegos veían su cultura como el referente universal exclusivo; juzgaban todas las demás civilizaciones a través del prisma de la cultura helénica y miraban con desprecio cualquier otro tipo de conocimiento o estilo de vida.
Luego de que Alejandro Magno conquistara el imperio persa, comenzó un proceso de adopción de la cultura griega que no conoció fronteras. Los judíos, como es sabido, nos resistimos. Y los griegos no podían debatir con los judíos, ya que no tenían acceso a nuestras fuentes. Esto fue así hasta la aparición de la Septuaginta.
Una vez que la Torá fue traducida al idioma griego, los griegos se sintieron con el derecho de «evaluarla» de acuerdo con los parámetros griegos.
Los griegos, que se destacaban en deportes, artes, estética, etc., cuestionaban la Torá porque descubrieron que no era un libro compatible con la cultura griega. El libro de los judíos no dice nada acerca de los beneficios de las competencias olímpicas. No incluye ningún elogio al teatro, a la comedia o a la escultura. No describe los detalles de la fisonomía de sus héroes: la belleza o la destreza física de Abraham, Itsjaq o Ya’aqob, y ni siquiera menciona los rasgos físicos de su héroe principal, Moisés.
Los griegos, acostumbrados a sus mitos y héroes legendarios, no podían comprender que el libro de los judíos no relatara, por ejemplo, los jugosos detalles de las derrotas del enemigo en las guerras que Moisés libró contra Sijón y Og. Para los griegos, la Torá era un libro aburrido: con historias reales, no mitológicas; con leyes que protegían al pobre —y no al poderoso— y con estrictas reglas de moralidad que ellos no tenían ningún interés en comprender.
Los griegos juzgaron a la Torá como anticuada, incompatible con la modernidad. Pero el problema principal no fue la forma en la que los griegos veían a la Torá. El mayor problema fue que, una vez que la Torá fue evaluada por los griegos bajo su prisma, “los judíos comenzaron a ver a la Torá con lentes griegos”.
Estos judíos, inconscientemente asimilados a la cultura helénica, sentían ahora que la Torá era un libro pasado de moda, con leyes anticuadas, y que había que abandonarla (¡y muchos lamentablemente lo hicieron!) o «reformarla» y adaptarla a los parámetros “universales y modernos de la cultura griega”. Así comenzó el proceso de asimilación profundo y devastador que afectó a cientos de miles de judíos que vivían en el imperio griego.
Este proceso continuó y fue creciendo hasta que los Jashmonayim reaccionaron en Janucá (175 a.e.c.) y milagrosamente lograron poner fin a este fenómeno. Recordemos una vez más que Janucá representa el triunfo del pueblo judío frente a la asimilación, no frente al antisemitismo.
De cualquier manera, y aunque al final el pueblo judío recuperó su identidad y sus valores, muchos judíos desaparecieron en el proceso de asimilación, como lamentablemente también sucede en nuestros días. Por este motivo, nuestros Sabios mencionaron la traducción de la Torá al griego como una de las tres tragedias por las cuales ayunamos en el 10 de Tebet.