¿Qué celebramos el 15 de Ab?

עוד ישמע בערי יהודה ובחוצות ירושלם קול ששון קול שמחה קול חתן קול כלה

Hemos dejado atrás un período de luto por el Bet haMiqdash que finalizó este pasado domingo 3 de agosto por la noche, cuando terminó el ayuno del 9 de Ab. Durante todo este tiempo no hemos tenido casamientos ni otras celebraciones. Una vez finalizado Tishá BeAb, retornamos a las festividades y a las alegrías.

Este Shabbat cae en una fecha que, aunque no muy conocida, es muy significativa: el 15 del mes de Ab. Según el tratado de Ta’anit, Rabbán Shimón ben Gamliel dijo: «No hubo días más alegres para el pueblo de Israel que el 15 de Ab… porque en esos días las jóvenes solteras de Jerusalem salían vestidas de blanco a bailar en los viñedos… y decían a los jóvenes solteros: ‘Considera a quién elegirás [para ser tu esposa]’, y luego destacaban sus propias cualidades: sus buenas familias, sus virtudes, su belleza». En este día, muchas parejas se conocían por primera vez y así comenzaban nuevos matrimonios.

Para explicar por qué este día fue seleccionado para un evento tan alegre y significativo, «el día de los shidujim» (o formación de parejas), los Sabios mencionan lo que sucedió el 15 de Ab a lo largo de la historia judía.

Poco después de salir de Egipto, cuando el pueblo de Israel se negó a entrar en la tierra de Israel, todos los mayores de 20 años fueron condenados a morir en el desierto. Cuarenta años después, el 15 de Ab, este decreto fue cancelado. Si recordamos que el primer evento que conmemoramos en Tishá BeAb es que fue decretada la muerte de la generación que salió de Egipto, en ese contexto, el 15 de Ab es el “cierre”, la finalización de ese decreto.

Cuando el pueblo judío comenzó a establecerse en Israel en los tiempos de Yehoshúa y aseguraron la división ordenada de la Tierra de Israel entre las doce tribus, que se establecieron en doce «provincias» o «estados» (אחוזות או נחלות), los Sabios solo permitieron matrimonios entre miembros de la misma tribu o provincia (Bamidbar, capítulo 36). Si, por ejemplo, una mujer había heredado la tierra de su padre en el territorio de Yehudá, no podía casarse con una persona de la tribu de Binyamín, porque esto causaría la transferencia de tierras de una tribu a otra. Estas restricciones se levantaron el 15 de Ab, cuando se permitieron los matrimonios entre las diferentes tribus.

El 15 de Ab también nos recuerda que la tribu de Binyamín fue readmitida al pueblo de Israel. Sus miembros habían sido excomulgados por su participación en el terrible episodio de la violación de una mujer en la Gib’ah (Jueces 19-21), un evento que no era común en la sociedad judía y que sacudió al pueblo de Israel durante décadas.

Hay un último evento que ocurrió el 15 de Ab. Los Sabios dicen que ese día se permitió al pueblo de Israel enterrar a los muertos de Betar (Bit-ter): אמר רב חונה משניתנו הרוגי ביתר לקבורה נקבעה הטוב והמטיב. הטוב שלא נסרחו והמטיב שניתנו לקבורה. ¿Qué significa esto y qué tiene que ver con la celebración de matrimonios?

Para entenderlo mejor, voy a presentar una breve reseña histórica:

Desde que se destruyó el Templo de Jerusalem en el año 68 de la era común, la tierra de Israel ya no pertenecía al pueblo judío: «Judea» fue convertida en una provincia del Imperio romano. Algunos emperadores fueron flexibles con los judíos y otros no. Pero hubo un emperador que fue el peor enemigo de los judíos: Adriano, י”ש. Este malvado gobernante se obsesionó con exterminar a nuestro pueblo en un nivel similar al de Hitler י”ש. Su «sueño» era la solución final: destruir al pueblo judío y borrar para siempre su memoria. Comenzó por Yerushalayim. Destruyó lo que quedaba de las ruinas del Templo para que los judíos dejáramos de llorar por Jerusalem (como lo hacemos hoy cuando visitamos el Kotel) y nos olvidáramos para siempre de reconstruir la ciudad y el Templo. Para asegurarse el éxito de su misión, mandó a construir una ciudad sobre las ruinas de Jerusalem y le cambió el nombre a Aelia Capitolina. Como si esto fuera poco, también le cambió el nombre a la tierra de Israel y le puso el nombre «Palestina».

Los judíos, liderados por Bar Kojbá, decidieron sublevarse, pero luego de unos tres años de heroicas batallas, en el año 135, Adriano derrotó a los rebeldes. Se estima que alrededor de 400,000 judíos que habitaban en Betar, el último bastión de resistencia judío, fueron masacrados por los romanos «hasta que su sangre llegó al mar Mediterráneo». Y como castigo adicional, Adriano emitió un decreto especial: no permitió enterrar los cuerpos de estos judíos asesinados, e instruyó a sus tropas a no dejar sobrevivientes. Todos los judíos debían ser asesinados, incluso aquellos hombres y mujeres que podían ser vendidos como esclavos. En ese desesperante momento, algunos Sabios expresaron que debían cancelarse las bodas y los matrimonios. ¿Para qué casarse y traer hijos al mundo, si esos niños estaban condenados a muerte desde el momento de su nacimiento?

Finalmente, el 15 de Ab (10 de julio) del año 138, el emperador Adriano murió. En aquellos tiempos, cuando un rey o emperador fallecía, sus decretos se cancelaban automáticamente. La primera acción que realizaron los judíos fue dar sepultura a sus muertos. Según la tradición talmúdica, los cuerpos, milagrosamente, no se descompusieron durante un período de tres años.

Para los judíos de esa época, la muerte de aquel monstruoso emperador fue comparable a la culminación de la Segunda Guerra Mundial en 1945 o la muerte de Hitler, yemaj shemó. Para conmemorar el final de ese trágico período —al que los Sabios llamaron shemad («genocidio»), la palabra hebrea más cercana a shoá («holocausto»)—, tomaron una decisión de gran alcance y relevancia: formularon una nueva bendición (berajá) de agradecimiento a Dios por el fin del genocidio sistemático del pueblo judío e incorporaron esta bendición, llamada Hatob Vehametib, en el Bircat haMazón, la oración que recitamos diariamente después de comer, ¡justo luego de expresar nuestro anhelo por la reconstrucción de Jerusalem! Esta bendición nos recuerda que nunca debemos perder la esperanza de que nuestro destino como pueblo judío, por difícil que parezca, siempre puede mejorar.

En ese momento, los Sabios también alentaron a los sobrevivientes —nuestros ancestros— a casarse y traer nuevamente hijos al mundo.

Y así fue que el 15 de Ab del año 138, el pueblo judío renació de sus cenizas. Y en las ciudades de Judea y en las calles de Jerusalem se volvieron a escuchar las voces de alegría de los novios y las novias que celebraban sus bodas y formaban sus nuevas familias.




El Bet haMiqdash en las paredes de Gaza

Los soldados israelíes que lucharon en Gaza relataron lo que encontraron en las casas de los palestinos antes de que estas fueran demolidas por estar completamente minadas. Descubrieron, por ejemplo, ejemplares del libro Mein Kampf de Hitler. También hallaron documentos con el plan maestro del 7 de octubre: ese plan no se limitaba a que Hamas asesinara y secuestrara en un solo día a la mayor cantidad posible de judíos indefensos, sino que contemplaba el inicio de una guerra total, a la que se sumarían Hezbollah, los hutíes, los árabes de Yehudá y Shomrón, y eventualmente los árabes ciudadanos de Israel, y finalmente Irán. Es decir, atacar simultáneamente y por todos los frentes. ¿Objetivo final? El genocidio del pueblo judío.

Pero lo que más sorprendió a los soldados judíos fue encontrar en la mayoría de las casas palestinas fotografías y posters de la mezquita de Al-Aqsa, es decir, del Monte del Templo en Jerusalem, pegadas en las paredes de Gaza. Esto forma parte de una campaña y estrategia bien diseñada por Hamas: educar a los palestinos para que su objetivo supremo e irrenunciable no sea la creación de un Estado o la liberación de un territorio, sino “Jerusalem”, la capital —el corazón— de Israel. Hamas quiere borrar el pasado judío y también evitar que, en un futuro, a los judíos se les ocurra reconstruir el Bet haMiqdash. Cuando lo que se demanda es el corazón, cualquier arreglo pacífico con Israel resulta imposible. Y así Hamas perpetúa lo que quiere: el conflicto ad eternum contra Israel.

Para los soldados fue un shock. Pero también una lección importante: una advertencia de que los judíos —en Israel y especialmente en la diáspora— de que debemos concientizarnos más acerca del Bet haMiqdash para tener el mérito de verlo reconstruido.

Conservar la conciencia del Bet haMiqdash significa no resignarse a su pérdida: era un tema que preocupaba a nuestros rabinos en la época de la destrucción del Templo y que hoy vuelve a estar en el centro de la conciencia del pueblo judío, irónicamente, al darnos cuenta de cómo el enemigo lo tiene como su objetivo estratégico.

¿COMO NO OLVIDARNOS DEL BET HAMIQDASH?

La destrucción del Bet haMiqdash fue un shock psicológico y espiritual sin precedentes. Los sobrevivientes judíos estaban de duelo. Cientos de miles de Yehudim habían sido asesinados o esclavizados, y la nación de Israel había desaparecido del mapa, ya que el territorio estaba gobernado por los romanos. Muchos querían rendirse y no seguir adelante. Pensaban que, si el Bet haMiqdash había sido destruido, ya no tenía sentido celebrar fiestas ni experimentar alegrías. El pueblo judío debería vivir en estado de duelo por el resto de su historia.

Pero uno de los grandes líderes de la época, Ribbí Yehoshua ben Jananyá (alrededor del año 100 de la era común), explicó que la vida debía continuar. Que el dolor por la destrucción del Templo no debía transformarse en un estado permanente de duelo y depresión, y que lo más apropiado era encontrar un equilibrio para vivir con dignidad y la vez mantener el recuerdo del Bet haMiqdash.

Para eso, los Jajamim formularon numerosos textos litúrgicos que leemos todos los días en nuestras plegarias. Son textos que describen a Jerusalem y a los servicios divinos que se llevaban a cabo en el Bet haMiqdash, y que nos inspiran a recordarlo y anhelar su reconstrucción.

Pero allí no terminaron: también indicaron que, en nuestra vida diaria, incluyamos elementos simbólicos en recuerdo del Templo —zejer laJurban— que nos ayuden a tenerlo presente y así tener el mérito de ver su reconstrucción.

Lo primero que indicaron es que el Bet haMiqdash esté presente en las paredes de una casa judía.

EL BET HAMIQDASH EN LAS PAREDES JUDIAS

La Guemará en Babá Batrá 60b enseña que, cuando una familia judía construye su casa, debe dejar un segmento de pared sin terminar, sin revestir ni pintar, como recordatorio de que el Bet haMiqdash aún no está reconstruido. La idea es muy poderosa: ¿cómo podría yo vivir en una casa completa y perfecta, mientras la Casa de Dios no está incompleta?

Maimónides indica que esa parte sin revestir sea de una amá por una amá (aproximadamente 0,5 m de lado).

Ese cuadrado sin revestir debe dejarse en un lugar visible para que, al entrar a la casa, sea lo primero que se vea. Generalmente, se coloca frente a la puerta de entrada, pero el diseño de las casas modernas no siempre permite esa ubicación, así que uno puede ser más flexible, siempre y cuando esté a la vista al ingresar (ver artículo en el enlace para más detalles).

En la antigüedad, era común que cada familia construyera su propia casa y revocara sus paredes. Hoy, por lo general, uno compra una vivienda ya construida por alguna compañía. En lo posible, sería ideal pedirle a quien se encarga de la construcción —el arquitecto o pintor— que deje intencionalmente un cuadrado sin revocar al terminar la obra. Pero cuando esto no es posible, sea porque vivimos en una casa alquilada o porque no se puede hacer de forma estructural, deberíamos, por lo menos, colgar un cuadro de Yerushalayim o del Bet haMiqdash, y mejor aún si incluye las palabras:
אם אשכחך ירושלים — “Si me olvidare de ti, ¡oh Yerushalayim, que se olvide mi diestra!”.

Esto es muy importante, especialmente para quienes no tenemos todavía el mérito de vivir en Israel. He visto hogares —especialmente en la diáspora— donde todas las pinturas y cuadros del salón principal son del Bet haMiqdash o de Yerushalayim. Creo que es un gesto muy educativo para que nuestros hijos y nietos crezcan viendo y anhelando esa conexión.

Si realmente queremos tener el Bet haMiqdash, y si nos importa su reconstrucción, no podemos permitir que el Monte del Templo esté en las paredes de Gaza y no esté en las paredes de nuestras casas.

Para más detalles sobre este tema y otras Halajot que nos inspiran a recordar el Bet HaMiqdash ver aquí 




VAETJANAN: ¿Cómo sabemos que Dios existe?

La Parashá de esta semana, Vaetjanán, contiene dos textos cardinales de la fe judía: Los Diez Mandamientos y la primera parte del Shemá Israel. Hoy analizaremos brevemente el primer versículo del Shemá (Para aprender un poco más acerca de Los Diez Mandamientos, consulta el enlace a continuación).

Para empezar, recordemos que el Shemá Israel no es formalmente una plegaria. No es un texto en el que alabamos a Dios o pedimos Su ayuda. El Shemá que recitamos todos los días contiene nuestra declaración de fe en la existencia y unidad de Dios, nos educa a amar a Dios, nos insta a cumplir Sus mandamientos y nos exhorta a comportarnos con moralidad y decencia.

¿CÓMO SE DICE «DIOS EXISTE» EN HEBREO?

El primer versículo del Shemá Israel contiene las tres ideas que constituyen los principios de nuestra fe:

שמע ישראל ה אלוקינו ה אחד

«Escucha, Israel, HaShem es nuestro Dios, HaShem es uno»

  1. Que Dios existe.
  2. Que somos los únicos testigos de Su revelación.
  3. Que Dios es uno.

La palabra más significativa en este tema, irónicamente, no está explícitamente escrita en el pasuq (versículo bíblico). Nuestro versículo dice literalmente: «Escucha Israel, HaShem nuestro Dios, HaShem uno». Pero la traducción correcta es: «Escucha Israel, HaShem ES nuestro Dios, HaShem ES uno». ¿Por qué estos dos verbos no están explícitamente incluidos en este versículo? Porque en hebreo bíblico los verbos no se conjugan en el presente de la manera que ocurre en otros idiomas. Para indicar el presente, en hebreo solo se usa el pronombre y el sustantivo. Cuando digo, por ejemplo, ANI QORE, que generalmente se traduce como «yo leo», en realidad estoy diciendo «en este momento, ‘soy’ un lector». Es por eso que cuando se quiere decir el verbo «ser» en presente, «es» o «soy», ¡no se dice nada! Si quiero decir «esta silla ES blanca» diré «hakisé laban» = «la silla… blanca». Y cuando quiero decir «HaShem ES nuestro Dios» diré «HaShem… nuestro Dios».

Irónicamente, la idea de «SER» que está escondida entre la palabra “HaShem” y la palabra “nuestro” transmite el mensaje más importante de todo el Shemá Israel: la afirmación de que Dios «ES», es decir, que Dios «EXISTE», lo cual constituye el principio número uno de la fe judía.

¿CÓMO SABEMOS QUE DIOS EXISTE?

La respuesta a esta pregunta se presenta en la segunda parte de este versículo: «HaShem es ‘nuestro Dios’». Aquí el énfasis no está en la palabra «es» sino en la palabra «nuestro».

En el judaísmo, la creencia en Dios se basa, en primer lugar, en el hecho de que los judíos somos los únicos testigos de la Revelación Divina (אתם עדי). En el Monte Sinaí, cuando Dios nos eligió entre todas las naciones, y nos dio Su Tora, se reveló a nuestros antepasados transmitiendo los primeros dos mandamientos. La revelación Divina no se manifestó a través de imágenes. De hecho, la Torá nos advierte seriamente de no crear imágenes visuales imaginarias de la revelación Divina, como hacen otras religiones. La revelación de Dios (en hebreo: ma’amad har sinai) se describe así: «y todo el pueblo veía las voces [que llegaban de Dios]». La Tora utiliza un lenguaje excepcional, «ver las voces», para indicar un evento extrasensorial, sobrenatural, una especie de telepatía profética. Este evento “impactante” (incluso “traumático”) quedó grabado en nuestra memoria genética, y nos convertimos así en el único grupo humano que ha experimentado directa y colectivamente la Revelación Divina. El rabino Yehuda haLeví mencionó hace unos 1.000 años que otras religiones ni siquiera han pretendido falsamente haber experimentado una revelación colectiva, algo que es imposible de sostener. Las religiones gentiles se adjudican, en cambio, supuestas revelaciones “privadas” a individuos como Yeshu, Mahoma o Joseph Smith.

Ahora podemos entender mejor el segundo mensaje del Shemá Israel: “HaShem es NUESTRO Dios”. Dios se reveló a nosotros, todo el pueblo de Israel, y esta experiencia de la revelación divina nos ha transformado hasta el día de hoy en los privilegiados testigos de Su existencia.

Claro que esta fe genética debe ser desarrollada por nosotros mismos, procurando un conocimiento más personal de Dios, el cual se incrementa a través de estudiar Su Torá y observar y admirar Su creación. Ambos “libros”: la Torá y la Creación, revelan una Sabiduría que no es humana y dirigen así nuestra mente y nuestro corazón hacia un reconocimiento más profundo del Autor/Creador de ambas obras.

¿QUÉ SIGNIFICA QUE DIOS ES UNO?

El monoteísmo judío, la creencia de que solo hay un Dios y que no existe ningún otro poder independiente de Él, es probablemente la idea más revolucionaria de la Torá. ¿Por qué? Porque el monoteísmo era una idea totalmente contra intuitiva. Veamos. Para el hombre antiguo, era imposible pensar que solo existía un Dios. Los seres humanos naturalmente percibimos la realidad en términos de eventos conflictivos y opuestos: vida y muerte;  guerra y paz; alegría y dolor, etc. Para la mente pagana era imposible concebir que el complejo espectro de esta realidad ¡proviene de un solo Dios! La conclusión más normal, intuitiva y lógica es que el mundo está gobernado por múltiples dioses, cada uno a cargo de un determinado poder: este el dios del bien y el dios del mal;  el dios de la luz y el dios de la oscuridad. Y esos dioses están en un conflicto permanente entre sí y se pelean para sobreponerse el uno al otro. Desde el aspecto psicológico, el politeísmo también es la forma más natural de proyectar lo mas violento de la realidad humana: los dioses poseen los mismos conflictos, intereses y apetitos que los seres humanos que se pelean entre sí para imponerse uno al otro .

Concebir UN SOLO DIOS de quien derivan todos los aspectos contradictorios y opuestos de nuestra compleja realidad humana, es absolutamente  revolucionario y casi «insano».

Puede ser difícil para nosotros percibir hoy la magnitud y el increíble impacto de la idea del monoteísmo en la humanidad, simplemente porque la mayoría del mundo civilizado ha rechazado el politeísmo y ha adoptado el principio establecido en el Shemá Israel.

Para resumir: El primer versículo del Shemá Israel no es una oración que rezamos a Dios. Es un texto bíblico dirigido hacia nosotros (Escucha Israel). Nos recuerda los tres principios más importantes del judaísmo y nos exhorta a recordarlos todos los días, recitándolos como una proclamación de lealtad hacia nuestro Dios.




VAETJANAN: La fe en Dios y la envidia por el prójimo

EMUNA NIVEL UNO

En nuestra Parashá Vaetjanan, Moshé Rabenu nos presenta una vez más los Diez Mandamientos, tal como él los relata a la nueva generación que está a punto de ingresar a la Tierra Prometida, 40 años después de haber sido revelados. El primer mandamiento es la declaración fundamental de la fe judía: “Yo, HaShem, soy tu Dios, que te ha rescatado de la tierra de Egipto, de la prisión en la que eras esclavo.” Si este primer mandamiento tuviera que ser resumido en una sola palabra, esa palabra sería Emuná, que se suele traducir superficialmente como “fe”, creencia en Dios. Un poco más profundamente, y pensando en el contexto de este mandamiento, Emuná significa saber que Dios está en control de todo, especialmente de lo que nosotros no controlamos—como por ejemplo, haber sido esclavizados por los Egipcios—y también reconocer su intervención permanente, por ejemplo, habernos sacado de Egipto.

NIVEL DOS

La Emuná con un poco más de matices incluye reconocer y apreciar a Dios y no sentir envidia. Para comprenderlo mejor nos ayudaremos con el último mandamiento: “No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni desearás la casa de tu prójimo, ni sus propiedades, ni sus numerosos siervos… ni sus posesiones… no envidiarás ninguna cosa que sea de tu prójimo.” Se me ocurrió que hay una relación fundamental entre el último y el primer mandamiento. ¿Qué es lo contrario de Emuná? En este nivel, lo contrario de la Emuná no es el ateísmo, ¡es la envidia!

Si soy observante, me dedico a la oración diariamente y obviamente me declaro como creyente, pero soy envidioso y estoy siempre pensando en cuanto quiero tener lo que tiene mi amigo, mi primo o mi hermano, en realidad, no tengo Emuná: ¡no estoy ejerciendo mi fe! No tengo la convicción que Dios está en control de lo que yo no controlo. La Emuná entonces, no termina con creer en Dios. Emuná es actuar sabiendo y teniendo en cuenta que Dios existe y que Él está en control de lo que tengo, o de lo me queda. Que no se malinterprete: esto no significa que uno se quede con los brazos cruzados, le rece a Dios y espere que el dinero le caiga del cielo sin trabajar. Emuná significa que, una vez que he hecho todo mi esfuerzo: me he levantado temprano, he trabajado con honestidad, no he malgastado mi dinero y aun así no tengo todo lo que quiero o no tengo tanto como mi vecino, no me obsesiono con la envidia. No se trata de resignación, derrotismo o conformismo barato: la ausencia —o el control — de la envidia es la expresión de mi convicción de que Dios existe.

NIVEL TRES

Y si queremos avanzar más: No hay nada más profundo y terapéutico que aprender a agradecerle a Dios no solo por lo que tengo, sino también por lo que NO tengo. Lo dijeron los Sabios: כל עכבה לטובה, “todo lo bueno que no me ocurre (tengo que interpretarlo) como que Dios lo hace por mi bien.” Esta se podría considerar la “Super-Emuná”. Algunos tsadiquim la practican y son las personas más felices, mas fuertes, emocionalmente y mentalmente más sanas que conozco. Creo que a ellos se refirieron las palabras que dicen: אנשי אמונה אבדו, los hombres de una Emuná completa ya no existen más, o van quedando muy pocos. Comportarse con Emuná en sus niveles más avanzados no es fácil y no se logra por decisión. Pero se empieza por decisión. Es un largo camino de aprendizaje y experiencias, buenas y de las otras.

Comencemos por repasar la siguiente regla matemática: El sentimiento de envidia y la Emuná son inversamente proporcionales. Cuanto más envidio a los demás, menos Emuná ejerzo. Y cuanto más Emuná tengo, menos envidia debo sentir en mi corazón.




TU BEAB: ¿Qué celebraremos el 15 de Ab?

עוד ישמע בערי יהודה ובחוצות ירושלם קול ששון קול שמחה קול חתן קול כלה
Hemos dejado atrás un período de luto por el Bet haMiqdash que finalizó este pasado domingo 3 de agosto por la noche, cuando terminó el ayuno del 9 de Ab. Durante todo este tiempo no hemos tenido casamientos ni otras celebraciones. Una vez finalizado Tishá BeAb, retornamos a las festividades y a las alegrías.

Este Shabbat cae en una fecha que, aunque no muy conocida, es muy significativa: el 15 del mes de Ab. Según el tratado de Ta’anit, Rabbán Shimón ben Gamliel dijo: «No hubo días más alegres para el pueblo de Israel que el 15 de Ab… porque en esos días las jóvenes solteras de Jerusalem salían vestidas de blanco a bailar en los viñedos… y decían a los jóvenes solteros: ‘Considera a quién elegirás [para ser tu esposa]’, y luego destacaban sus propias cualidades: sus buenas familias, sus virtudes, su belleza». En este día, muchas parejas se conocían por primera vez y así comenzaban nuevos matrimonios.
Para explicar por qué este día fue seleccionado para un evento tan alegre y significativo, «el día de los shidujim» (o formación de parejas), los Sabios mencionan lo que sucedió el 15 de Ab a lo largo de la historia judía.

Poco después de salir de Egipto, cuando el pueblo de Israel se negó a entrar en la tierra de Israel, todos los mayores de 20 años fueron condenados a morir en el desierto. Cuarenta años después, el 15 de Ab, este decreto fue cancelado. Si recordamos que el primer evento que conmemoramos en Tishá BeAb es que fue decretada la muerte de la generación que salió de Egipto, en ese contexto, el 15 de Ab es el “cierre”, la finalización de ese decreto.

Cuando el pueblo judío comenzó a establecerse en Israel en los tiempos de Yehoshúa y aseguraron la división ordenada de la Tierra de Israel entre las doce tribus, que se establecieron en doce «provincias» o «estados» (אחוזות או נחלות), los Sabios solo permitieron matrimonios entre miembros de la misma tribu o provincia (Bamidbar, capítulo 36). Si, por ejemplo, una mujer había heredado la tierra de su padre en el territorio de Yehudá, no podía casarse con una persona de la tribu de Binyamín, porque esto causaría la transferencia de tierras de una tribu a otra. Estas restricciones se levantaron el 15 de Ab, cuando se permitieron los matrimonios entre las diferentes tribus.

El 15 de Ab también nos recuerda que la tribu de Binyamín fue readmitida al pueblo de Israel. Sus miembros habían sido excomulgados por su participación en el terrible episodio de la violación de una mujer en la Gib’ah (Jueces 19-21), un evento que no era común en la sociedad judía y que sacudió al pueblo de Israel durante décadas.

Hay un último evento que ocurrió el 15 de Ab. Los Sabios dicen que ese día se permitió al pueblo de Israel enterrar a los muertos de Betar (Bit-ter): אמר רב חונה משניתנו הרוגי ביתר לקבורה נקבעה הטוב והמטיב. הטוב שלא נסרחו והמטיב שניתנו לקבורה. ¿Qué significa esto y qué tiene que ver con la celebración de matrimonios?

Para entenderlo mejor, voy a presentar una breve reseña histórica:
Desde que se destruyó el Templo de Jerusalem en el año 68 de la era común, la tierra de Israel ya no pertenecía al pueblo judío: «Judea» fue convertida en una provincia del Imperio romano. Algunos emperadores fueron flexibles con los judíos y otros no. Pero hubo un emperador que fue el peor enemigo de los judíos: Adriano, י”ש. Este malvado gobernante se obsesionó con exterminar a nuestro pueblo en un nivel similar al de Hitler י”ש. Su «sueño» era la solución final: destruir al pueblo judío y borrar para siempre su memoria. Comenzó por Yerushalayim. Destruyó lo que quedaba de las ruinas del Templo para que los judíos dejáramos de llorar por Jerusalem (como lo hacemos hoy cuando visitamos el Kotel) y nos olvidáramos para siempre de reconstruir la ciudad y el Templo. Para asegurarse el éxito de su misión, mandó a construir una ciudad sobre las ruinas de Jerusalem y le cambió el nombre a Aelia Capitolina. Como si esto fuera poco, también le cambió el nombre a la tierra de Israel y le puso el nombre «Palestina».
Los judíos, liderados por Bar Kojbá, decidieron sublevarse, pero luego de unos tres años de heroicas batallas, en el año 135, Adriano derrotó a los rebeldes. Se estima que alrededor de 400,000 judíos que habitaban en Betar, el último bastión de resistencia judío, fueron masacrados por los romanos «hasta que su sangre llegó al mar Mediterráneo». Y como castigo adicional, Adriano emitió un decreto especial: no permitió enterrar los cuerpos de estos judíos asesinados, e instruyó a sus tropas a no dejar sobrevivientes. Todos los judíos debían ser asesinados, incluso aquellos hombres y mujeres que podían ser vendidos como esclavos. En ese desesperante momento, algunos Sabios expresaron que debían cancelarse las bodas y los matrimonios. ¿Para qué casarse y traer hijos al mundo, si esos niños estaban condenados a muerte desde el momento de su nacimiento?

Finalmente, el 15 de Ab (10 de julio) del año 138, el emperador Adriano murió. En aquellos tiempos, cuando un rey o emperador fallecía, sus decretos se cancelaban automáticamente. La primera acción que realizaron los judíos fue dar sepultura a sus muertos. Según la tradición talmúdica, los cuerpos, milagrosamente, no se descompusieron durante un período de tres años.

Para los judíos de ese tiempo, la muerte de este monstruoso emperador era similar a la culminación de la Segunda Guerra Mundial en 1945 o al día que murió Hitler. Para conmemorar el final de este trágico período, que los Sabios llamaron shemad («genocidio»), la palabra hebrea más cercana a shoá («holocausto»), los Sabios tomaron una decisión de gran alcance y relevancia: formularon una nueva bendición (berajá) de agradecimiento a Dios por el final del genocidio sistemático de los judíos e incorporaron esta bendición llamada Hatob Vehametib para la posteridad en el Bircat haMazón, la oración que recitamos diariamente después de comer una comida con pan.

Y en ese momento, los Sabios también alentaron a los sobrevivientes —nuestros ancestros— a traer nuevamente hijos al mundo.

Y así fue que el 15 de Ab del año 138, el pueblo judío renació de sus cenizas. Y en las ciudades de Judea y en las calles de Jerusalem se volvieron a escuchar las voces de alegría de los novios y las novias que celebraban sus bodas y formaban sus nuevas familias.




RESUMEN DE LA PARASHA VAETJANAN

LA SÚPLICA DE MOSHÉ Y LA RESPUESTA DE DIOS
Moshe Rabbenu nos cuenta, en primera persona, que le suplicó a Dios que le permitiera entrar a la tierra de Israel. Pero Dios no aceptó su pedido y le indicó a Moshé que subiera a una montaña desde donde pudiera ver la Tierra Prometida antes de morir. Moshé instruye al pueblo judío a seguir las leyes de Dios, sin agregar ni quitar nada a los preceptos ordenados por Él. Moshé también menciona lo que  sucedió con Pinejás en Baal Pe’or para mostrarle a la gente que aquellos que son fieles a Dios fueron protegidos de la epidemia y sobrevivieron.

SER EL PUEBLO ELEGIDO
Moshé le pide al pueblo que observe cuidadosamente la Torá y aprecie la sabiduría de sus preceptos y mandamientos.  Moshé también exhorta al pueblo a no olvidar el día en que Dios hizo un pacto con nosotros en el Monte Sinaí. Les pide que los padres relaten este evento a sus hijos y a sus nietos: Dios no se apareció en una imagen o de forma visual: sólo percibimos Su voz. Hacer o adorar imágenes que representen a Dios es un pecado muy grave, que puede llevar al pueblo judío a perder su derecho a la tierra de Israel e ir al exilio. Pero Moshé prevé que incluso cuando el pueblo sea exiliado, Dios no lo abandonará. El pueblo finalmente se arrepentirá y volverá a Dios. La nación de Israel es la única que ha sido liberada de la esclavitud por Dios, y es el único pueblo que Dios ha escogido para revelarle Sus mandamientos. Moshé designa tres ciudades de refugio en el lado este del río Jordán. Estas ciudades proporcionaban refugio a un individuo que había matado a otra persona involuntariamente.

LOS DIEZ MANDAMIENTOS
La Torá reitera los Diez Mandamientos, recordando que el pacto del Monte Sinaí no se limita a aquellos que estuvieron físicamente presentes en el desierto, sino también a sus descendientes. Moshé le recuerda al pueblo que cuando experimentaron la revelación de Dios, escuchando la voz de Dios durante los dos primeros mandamientos se paralizaron de miedo y le pidieron a Moshé que Dios no les hablara directamente, porque no podían tolerar física o mentalmente esa experiencia sobrenatural y sentían que iban a morir. Moshé actuó como intermediario y a partir del tercer Mandamiento él le transmite al pueblo las palabras de Dios.

EL SHEMA ISRAEL
También leemos en esta Parashá el Shemá Israel. El primer párrafo contiene los principios fundamentales de nuestra Torá: la existencia y unidad de Dios; el amor que debemos tener por Dios; la obligación de enseñar la Torá a nuestros hijos; y recordar nuestros deberes hacia Dios a través de Tefillin y Mezuza.

LOS PELIGROS DE LA RIQUEZA

Dios le promete al pueblo que heredaría una tierra de bendición y abundancia (Israel). Pero Moshé le advierte al pueblo que cuando hereden esa abundancia, no deben olvidar al Creador que les proporcionó esa riqueza. Los padres también deben enseñar a sus hijos a observar todos los mandamientos de la Torá. Los judíos éramos esclavos del Faraón hasta que Dios nos sacó de Egipto para servirlo a Él. La gran diferencia entre servir al Faraón y servir a Dios es que el Faraón quería que le sirviéramos para su propio beneficio. HaShem, sin embargo, es como un padre que ama a sus hijos y les pide que lo obedezcas y sigan sus instrucciones por su propio bien. Dios quiere de nosotros lo que un padre quiere de sus hijos: la felicidad que le otorga a un individuo una vida basada en principios, rectitud y generosidad.




Las cenizas sobre la cabeza del novio judío

Una de las costumbres que nuestros Jajamim instituyeron para recordar la destrucción del Bet haMiqdash —especialmente en momentos de gran alegría— es la colocación de cenizas sobre la cabeza del jatán (novio) antes de entrar a la jupá, el palio nupcial.

Fuente talmúdica

El Talmud, en Baba Batra 60b, relata:

אמר רבא: בשעה שחרב בית המקדש גזרו חכמים שלא ישא אדם אשה, ולא יוליד בנים…
אמרו לו: נניח ישראל בלא פריה ורביה?! אלא כך אמרו: סד אדם ביתו בסיד, ומשייר דבר מועט…
עושה אדם כל צרכי סעודה ומשייר דבר מועט…
עושה אדם תכשיטי אשה ומשייר דבר מועט…
עושה אדם חתונה לבנו ומשייר דבר מועט.
מאי היא? אמר רב פפא: אפר מקלה בראש חתן.

Traducción:
Rabá dijo: Cuando fue destruido el Bet haMiqdash, los Jajamim establecieron restricciones para limitar la alegría… Una de ellas: “Un hombre puede celebrar una boda para su hijo, pero debe dejar algo incompleto”.
¿Qué es lo que se omite? Rav Pappa respondió: se colocan cenizas del fuego sobre la cabeza del jatán.


Codificación halájica

Esta tradición está registrada en el Shulján Aruj, Oraj Jayim 560:2:

נוהגים לשום אפר מקלה בראש החתן במקום הנחת תפילין…

Traducción:
Es costumbre colocar cenizas sobre la cabeza del jatán, en el lugar donde se colocan los tefilín (es decir, en la parte superior de la frente).


Detalles de la práctica

Las cenizas utilizadas tradicionalmente son éfer miklé, es decir, cenizas comunes de un horno, leña o chimenea, que en tiempos antiguos se obtenían fácilmente en cualquier hogar.
También puede utilizarse cualquier ceniza de madera común —incluso la de fósforos usados.

En nuestros días, muchas personas acostumbran a usar cenizas o polvo traído de la ciudad de Yerushalayim. No es obligatorio hacerlo, pero tiene un valor simbólico muy profundo.

Las cenizas se colocan específicamente en el lugar de los tefilín shel rosh —la parte más sagrada de la cabeza— para recordarnos que, incluso en el punto más alto de alegría, el judío no olvida la destrucción del Templo.
Este gesto se realiza con una pequeña cantidad de ceniza, de forma discreta y sin afectar la apariencia del novio.

En algunas comunidades se acostumbra recitar en ese momento el versículo de Tehilim 137:6:

אִם אֶשְׁכָּחֵךְ יְרוּשָׁלָ‍ִם, תִּשְׁכַּח יְמִינִי.
תִּדְבַּק לְשׁוֹנִי לְחִכִּי, אִם לֹא אֶזְכְּרֵכִי;
אִם לֹא אַעֲלֶה אֶת יְרוּשָׁלַ‍ִם, עַל רֹאשׁ שִׂמְחָתִי.

Traducción literal al español:
Si te olvido, oh Jerusalem, que mi mano derecha olvide su destreza.
Que mi lengua se pegue a mi paladar, si no me acuerdo de ti;
si no elevo a Jerusalem por encima de mi mayor alegría.

También nos recuerda otro versículo que menciona el profeta Yeshayahu 61:3:

לָשׂוּם לַאֲבֵלֵי צִיּוֹן, לָתֵת לָהֶם פְּאֵר תַּחַת אֵפֶר

Traducción:
Para consolar a los dolientes de Tzión, y que puedan tener [en sus cabezas] un adorno (el tefilín) en lugar de ceniza.


La práctica en la actualidad

Muchas comunidades sefaradíes y ashkenazíes siguen conservando esta antigua costumbre.

En algunos casos, las cenizas son colocadas por el rabino o quien oficia la ceremonia, justo antes de que el jatán camine hacia la jupá.
En otras comunidades, el mismo novio o sus amigos se colocan las cenizas previamente, en un momento privado y más informal, antes del inicio de la ceremonia.

Cabe señalar que esta costumbre está mencionada explícitamente en la Guemará, y desde una perspectiva talmúdica, tiene una base más clara y antigua que la famosa costumbre de romper una copa bajo la jupá, la cual aparece en Berajot 30b como una expresión general de tristeza dentro de la alegría.




Recordando a Jerusalem en comidas y celebraciones

Los Sabios que vivieron durante la generación en la que se destruyó el Bet haMiqdash instituyeron ciertos decretos rabínicos (taqanot) relacionados con el duelo, que nos hacen recordar —incluso en momentos de celebración— que nuestro Bet haMiqdash aún está en ruinas. Por ejemplo, la costumbre de colocar cenizas en la cabeza del novio el día de su boda, o la costumbre de dejar una pared de la casa con un segmento sin revestir.

Presentamos ahora otro ejemplo de estas tradiciones, una costumbre menos conocida y que posiblemente, en muchas comunidades, haya caído en desuso.

Maimónides y el Shulján Aruj escriben lo siguiente (H. Ta’aniyot 5:13):

וכן התקינו שהעורך שולחן לעשות סעודה לאורחים מחסר ממנו מעט ומניח מקום פנוי בלא קערה מן הקערות הראויות לתת לשם

«Y asimismo, [nuestros Sabios] decretaron que al preparar la mesa, cuando se sirve una comida para invitados, se deje algo de comida sin servir y se deje también un espacio libre en la mesa, sin una de las bandejas que normalmente se servirían allí.»

Vamos a explicar algunos detalles de esta halajá para entenderla mejor:

  1. Esta costumbre de no servir uno de los platos se limita a comidas de celebración en las que hay invitados, y no se refiere a las comidas diarias.

  2. También se excluyen las comidas de Shabbat o de las festividades judías, ya que en Shabbat y en Yom Tob no puede haber ninguna manifestación de duelo.

  3. Existe una discusión entre los rabinos si están incluidas también las comidas por celebraciones religiosas personales (se’udat mitsvá), como por ejemplo, un Berit Milá, un Bar Mitsvá, etc. Según el Rab Eliezer Melamed y otros, estas comidas están incluidas, y por lo tanto estos gestos recordatorios se deben aplicar. De acuerdo al Rab Mordejai Eliyahu z”l y otros rabinos, en estas comidas, donde se celebra una mitsvá, no debemos presentar ningún signo de duelo. Según esta segunda opinión, esta costumbre se aplicaría casi exclusivamente en una celebración “social”, donde uno invita a sus amigos un día no festivo del calendario judío a comer a casa, etc.

  4. Si bien se indicó la obligación de recordar el Bet haMiqdash, nuestros Sabios evidentemente no quisieron que hagamos una manifestación demasiado visible de duelo en una comida celebratoria, sino algo más bien discreto e indirecto. Por eso indicaron que este acto simbólico se presente a través de no servir una de las comidas que debería servirse en la mesa para esa ocasión.

Ahora bien, es muy posible que la razón por la cual esta tradición haya caído en desuso es que, en nuestros días, es muy difícil que los invitados puedan llegar a notar que hay «una comida ausente», un plato que debería haberse servido y no se sirvió. En tiempos pasados, el menú era absolutamente rígido y todos servían siempre las mismas comidas. Además, se servían todos los platos a la vez, ¡como en un buffet! En esas condiciones, la ausencia de uno de los platos principales, o el espacio vacío en la mesa donde debería haberse servido uno de los platos, no pasaba desapercibido para los comensales, y servía entonces al noble propósito de representar un delicado gesto de luto, de algo que está incompleto: el pueblo judío sin el Bet haMiqdash.

En nuestros días, sin embargo, ya no hay un solo menú estándar, sino una gran variedad de menús de comida, y muchas formas diferentes de preparar y servir la mesa. De manera que resulta imposible que nuestros invitados identifiquen por sí mismos la ausencia de un plato en particular, o que reconozcan que hay un lugar vacío en una parte de la mesa y lo asocien con el duelo por el Bet haMiqdash.

Ahora bien, siendo que este decreto fue mencionado explícitamente por los Sabios, muchos rabinos contemporáneos consideran que sigue siendo apropiado que lo practiquemos, aun en el caso de que este gesto recordatorio solo sea reconocible por los anfitriones. ¿Cómo se hace esto? Dice el rab Melamed que, por ejemplo, cuando los anfitriones programan preparar varios tipos de comidas para agasajar a sus invitados, deberían decidir no preparar o no servir una de las comidas principales en recuerdo al Bet haMiqdash.

También se puede dejar un lugar vacío en la mesa, sin comida, como lo indican Maimónides y el Shulján Aruj, aunque este gesto sea reconocido únicamente por los anfitriones.
Y si bien es muy posible que nuestros huéspedes no identifiquen este gesto, nuestros hijos seguramente lo harán.
Y los estaremos educando a añorar, tener en su corazón y rezar por nuestro Bet haMiqdash.

En algunos hogares he visto que, en ocasiones de comidas festivas durante la semana, se coloca un plato o una bandeja de ceramica decorativa que dice en hebreo: «Zéjer laMiqdash».




El delicado balance entre el duelo y la celebración

A raíz de la destrucción del Segundo Templo (año 68 de la Era Común), que dejó más de un millón de judíos muertos —un tercio de la población judía— cientos de miles de refugiados y un largo y tortuoso exilio, el estado de ánimo del pueblo judío sufrió un profundo cambio.  Parecía que después de la destrucción, los sobrevivientes  de Israel ya no serían capaces de seguir viviendo una vida normal, celebrar fiestas o poder disfrutar de cualquier tipo de alegría o  placer. Los Yehudim se sentían profundamente deprimidos por lo que habían presenciado, y de manera similar a lo que ocurrió con muchos sobrevivientes del Holocausto, se sentían «culpables» de haber sobrevivido. Muchos pensaron en practicar un estado de duelo permanente, por lo menos hasta que el nuevo Bet-haMiqdash fuera reconstruido…

El Talmud (Baba Batra 60b) describe el estado de ánimo de los sobrevivientes y la sabiduría de un gran líder de su tiempo, Ribbí Yehoshua ben Jananiá:

Los Sabios nos cuentan la siguiente historia:

«Cuando el Templo fue destruido, muchos judíos comenzaron a vivir como ascetas, privándose de comer carne o beber vino. Ribbí Yehoshua les dijo: ‘Hijos míos, ¿Por qué no comen carne ni beben vino? Ellos respondieron: ‘¿Cómo vamos a comer carne, que solía ser traída como ofrenda en el altar (mizbeaj), ahora que el altar está en ruinas? ¿Cómo vamos a beber vino, que solía ser vertido como libación sobre el altar, ahora que el altar está en ruinas?’ Ribbí Yehoshua les dijo: ‘Si es así, no comamos más pan, porque la ofrenda del pan (lejem hapanim) también se ha interrumpido .’ Ellos dijeron: ‘[Tienes razón, no vamos a comer más pan, y desde ahora] consumiremos solamente frutas!.  ‘ Pero ‘¡Tampoco podemos comer frutas! [les dijo Ribbí Yehoshua] porque en ausencia del Bet haMiqdash ya no se ofrecen más los primeros frutos (Bikurim).’.  ‘Entonces, comeremos otros frutos de la tierra [verduras, legumbres, etc.] dijeron.’.  ‘Pero, [dijo Ribbí Yehoshua ] tampoco podemos beber agua, porque la ceremonia del vertido del agua (nisuj hamayim) también se ha interrumpido.’  En este punto los ascetas [parushim] ya no encontraron ninguna respuesta posible, por lo que Ribbí Yehoshua les dijo: ‘Hijos míos, escuchadme. No llorar del todo por nuestro Bet haMiqdash, es imposible, pero llorar en exceso también es imposible, porque [si bien algunos pocos individuos pueden vivir una vida de privaciones] no se pueden imponer este tipo de restricciones, que la mayoría de las personas no son capaces de seguir.»

El Rab Yehoshua continuó explicándoles que la vida normal debe continuar. No podemos permitir que nuestro gran dolor por la destrucción del Templo produzca un estado de duelo y depresión permanente. Y que mientras el Templo se encuentre en ruinas esté prohibido consumir carne o beber vino, que son los símbolos de celebración. Tenemos que encontrar el delicado balance entre el duelo nacional y la alegría personal o comunitaria. A través de algunos actos simbólicos podemos recordar la destrucción del Bet haMiqdash en momentos de celebración y así, mientras nuestro Templo esté en ruinas, nuestra alegría nunca será completa.

Los Sabios entonces establecieron por ejemplo, que cuando una persona construye su casa debe dejar un codo [approx. 50 cm] cuadrado en la pared frente a la entrada de su casa sin revocar [sin cal y sin pintura], en recuerdo a la destrucción del Templo. También dijeron que en el día de su boda, el día más feliz en la vida de una persona, el novio debe tener presente a Yerushalayim por encima de su alegría, y esto se hace colocando cenizas en su cabeza en señal de duelo por el Templo [hoy, además, también acostumbramos a romper una copa de vidrio al final de la Jupá]. Y cuando se prepara una comida de celebración, hay que dejar de lado uno de los platos vacíos, en recuerdo de la destrucción del Templo.

Con mucho tacto, sabiduría y sensibilidad Ribbí Yehoshua y los Sabios de su época, encontraron el delicado balance entre el duelo que debemos guardar por el Bet-haMiqdash y una vida lo más normal y feliz posible.




Recordando el Bet haMiqdash, dejando una pared sin terminar


Aunque nuestro luto oficial y colectivo por el Bet haMiqdash concluye formalmente el día después de Tish’á beAb, nuestros rabinos mencionaron algunas tradiciones de duelo que mantenemos individualmente, durante todo el año, como un recordatorio permanente de que nuestro Bet haMiqdash aún no ha sido reconstruido.

La Guemará en Babá Batrá 60b menciona que, cuando una familia judía construye su casa, no debe decorar sus paredes con tapices excéntricos u otros revestimientos de lujo u ostentosos. Así dice Maimónides:

משחרב בית המקדש, תיקנו חכמים שהיו באותו הדור שאין בונין לעולם בניין מסוייד ומכוייר כבניין המלכים; אלא טח ביתו בטיט, וסד בסיד, ומשייר מקום אמה על אמה כנגד הפתח בלא סיד.

«Cuando se destruyó el Bet haMiqdash, los rabinos de aquella generación decretaron que un judío no construya una edificación [=su residencia privada] decorada y revestida [lujosamente], como las residencias de los reyes. Lo que se debe hacer es lo siguiente: cuando uno [revoca las paredes y] aplica la arcilla y la cal, debe dejar un espacio de una amá [0,5 m] por una amá sin cal [sin terminar]».

De aquí aprendemos dos tradiciones que representan nuestro recuerdo por el Bet haMiqdash:

  1. No revestir las paredes de nuestras casas de una manera exagerada y ostentosa, por respeto al Bet haMiqdash.

  2. Dejar un espacio sin revestir en una pared cercana a la entrada principal de la casa (Bet Yosef, Shulján Aruj, OJ 560).

Otros rabinos, siguiendo la opinión del Tur (Rabbenu Yejiel ben Asher), fueron menos estrictos y no limitaron el tipo de revestimiento que puede tener una casa judía. Enseñaron que, al construir una casa particular, basta con dejar en la entrada, frente a la puerta principal, un segmento de la pared sin terminar ni pintar. Así, cada vez que entramos a nuestro hogar, recordamos que la casa de HaShem aún permanece en ruinas.

La mayoría de los rabinos contemporáneos siguen esta segunda opinión, menos estricta.

El tamaño de este cuadrado sin revestir es aproximadamente de medio metro por medio metro. Ese segmento de pared debe quedar sin revocar, sin cal y sin pintura. Del mismo modo, si uno cubre las paredes con papel tapiz en lugar de pintura, debe dejar también un cuadrado de medio metro sin empapelar.

De ser posible, este pedazo de pared sin terminar debe ubicarse en la pared opuesta a la entrada de la casa, o lo más cerca posible de la puerta principal. Así, cada vez que entramos a casa, vemos ese simbólico segmento de pared sin terminar y recordamos que Yerushalayim aún está incompleta.

Hay quienes acostumbran dejar ese segmento de pared sin terminar justo encima de la puerta de entrada, para que uno recuerde el Bet haMiqdash incluso al estar en casa.

Cuando uno compra una casa ya construida, ¿tiene que remover el revoque y descubrir un segmento de pared?

Depende. Si quien construyó y vivió en esa casa era una persona judía, tenía la obligación de dejar ese pedazo de pared sin terminar, y si no lo hizo, la obligación recae ahora sobre el nuevo dueño, quien deberá remover ese segmento de la pared. Sin embargo, si el propietario original no era judío, no estaba obligado a dejar un área de la pared sin revocar, y el nuevo propietario judío no está ahora obligado a hacerlo (Shulján Aruj, OJ 560:1), ya que técnicamente esta tradición fue establecida solo para quien construye su propia casa.

En este último caso —y en cualquier otra situación en la que técnicamente no existe la obligación de dejar un segmento de pared sin revocar (como en una casa alquilada, por ejemplo)— igual podemos hacerlo, o al menos podemos colgar un cuadro decorativo de Yerushalayim con las palabras:

אם אשכחך ירושלים…
«Si me olvidare de ti, ¡oh Yerushalayim!»

Esto nos ayuda a educarnos, y a educar a nuestros hijos, a recordar —cada vez que entramos en nuestra propia casa— que el Bet haMiqdash, la Casa de HaShem, todavía no ha sido reconstruido.