MEGUILAT ESTER – CAPITULO CUATRO

VERSICULO 1 – 4

Mordejai se enteró del nuevo decreto que condenaba al pueblo judío a la exterminación.  Al recibir la terrible noticia, rasgó sus vestiduras y se vistió de arpillera (tela de costal) y ceniza, señales de duelo tanto en el pueblo judío como entre los gentiles, tal como lo vimos en la ciudad de Ninevé (Libro de Yoná).

Mordejai sabe que la única persona que puede tener acceso al rey es, justamente, su sobrina e hija adoptiva, la reina Ester. También sabe que esta relación familiar es un secreto que nadie puede saber. Por eso, Mordejai no puede comunicarse directamente con Ester.  Entonces, sale a la ciudad clamando con gran amargura por la tragedia inminente y llega frente al palacio con la intención de llamar la atención de Ester y de toda la corte para que no pasara desapercibido el decreto de Hamán. Parte del plan de Hamán era que en Shushán no se supiera que las víctimas serían los judíos, para que el rey —y ningún miembro de la corte que pudiera influir en el rey —se llegara a enterar .  Mordejai no ingresa con su ropa de duelo al palacio, ya que estaba prohibido entrar así a la corte del rey.

A todo esto, en cada ciudad donde se recibía la noticia de que los judíos iban a ser exterminados —desde las colonias judías en la India hasta la comunidad judía de Yerushalayim — hubo una gran conmoción entre los judíos, con ayunos, llantos, lamentaciones y rezos. Muchos vestían arpillera y ceniza en señal de duelo aflicción.

Las damas de compañía de Ester y sus sirvientes le informaron a la reina que Mordejai estaba semidesnudo frente al palacio. El pasaje anterior nos revela que los judíos se habían vestido de luto y nos aclara así que Mordejai estaba “vestido de judío”.

Ester, que no tenia idea del decreto de Hamán, se estremeció profundamente y, pensando que Mordejai había sido atacado o robado (Leqaj Tob), le envió ropas con sus damas para que se vistiera, pero él no las aceptó. Ester comprendió entonces que su estado de duelo no era por una causa personal.

Versículos 5 – 11

Entonces, Ester llamó a su consejero de mayor confianza, Hataj, quien sabía sobre el origen judío de la reina y su parentesco con Mordejai. Lo pidió que averiguara qué había sucedido y por qué Mordejai vestía de esa manera.

Hataj se encontró con Mordejai en la plaza de la ciudad, frente a la puerta del palacio. Mordejai le contó todo lo que había sucedido entre él y Hamán: que él se había negado a postrarse ante Hamán y que, en represalia, Hamán había ofrecido dinero al rey a cambio de la destitución del pueblo judío (le-abedam). Además, Mordejai le entregó a Hataj una copia del texto completo del decreto (patsheguen) para que se lo mostrara a Ester. Allí se veía claramente el plan genocida de Hamán: el rey había sido engañado; el decreto no ordenaba solo la destitución de los judíos, es decir, la confiscación de todos sus bienes y pertenencias, sino su exterminio total (lehashmidam).

Finalmente, Mordejai le indicó a Hataj que Ester debía presentarse ante el rey para interceder y suplicarle por su pueblo.

Hataj le transmite a la reina el mensaje de Mordejai y Ester le pide a Hataj que le explique a Mordejai que lo que espera de ella es imposible:

“Todos los súbditos del rey saben que cualquier persona del reino, sea hombre o mujer, que se acerque al perímetro de seguridad del rey sin ser llamado será ejecutado” de inmediato. Esto se hacía por razones de seguridad: nadie podía acercarse demasiado al rey, y los guardias, que portaban largas hachas, tenían órdenes directas de ejecutar a cualquiera que cruzara el área de seguridad (Jatser haPenimit) sin autorización.

Esta medida no era excepcional. Ya vamos a Bigtan y Teresh que habían hecho un complot para matar al rey. También recordemos que Ajashverosh fue asesinado por uno de sus propios hombres de la guardia real, Artabano, en el año 465 a.e.c. Los emperadores eran extremadamente cuidadosos, al punto de la obsesión. El rey no tenía que dar la orden de ejecutar a quien traspasara la zona de seguridad, esto ocurrirá automáticamente,  a menos que el rey impidiera la ejecución extendiendo su cetro de oro y tocando al individuo que había ingresado sin ser llamado.

Ester le explica convincentemente a Mordejai que, por más que ella quisiera, no existe la oportunidad de encontrase con el rey. Si esto ocurriera, se entiende que el rey no dudaría en ejecutar a Ester. De hecho, ya había ejecutado a la reina Vashti por haber violado la ley. No hay razón para que este patrón no se repita. Ester también le confiesa a Mordejai que el rey tampoco la había llamado a la intimidad de sus aposentos en los últimos 30 días. No había, entonces, nada que ella pudiera hacer.

Versículos 12 – 17

Las palabras de Ester fueron transmitidas a Mordejai. Pero Mordejai sabe que si la reina no hace nada, el plan de Hamán se llevará a cabo.  Y, en cierta manera, le dice a Ester que deberá arriesgar su vida.

Las palabras inmortales de Mordejai son de las más emblemáticas de la Meguilá, ya que sugieren que cada uno de nosotros tiene una misión en la vida que no podemos desperdiciar.

“Ester, no pienses solo en salvar tu propia vida gracias a que estás en el palacio. Si no haces nada en esta oportunidad, la salvación y la supervivencia de los judíos llegarán por otra via— ya que Dios nos protegerá–  pero tú habrás perdido la oportunidad de salvar a Am Israel y de que tu acción sea recordada por siempre en tu honor y en el de tu familia. ¿Quién sabe si no has llegado a ser la reina precisamente para que actúes en esta ocasión?”

Al escuchar esto, la reina persa Ester se transformó en Hadasá, la mujer judía. Y se convenció de que debía arriesgar su vida para intentar salvar a su pueblo.

Entonces, le mandó decir a Mordejai que convoque a todos los judíos de la ciudad de Shushán y que ayunen —en señal de arrepentimiento (ver Yoel 4:3) y recen por ella. Que no coman ni beban durante tres días y tres noches. También Ester y sus damas de compañía ayunarán —y rezarán— del mismo modo.

Al cabo de esos tres días, Ester se presentará ante el rey, violando la ley al ingresar al perímetro de seguridad, dispuesta a morir en el intento por salvar a su pueblo.

Mordejai hizo correr la voz (vaya’abor) entre todos los judíos de Shushán e hizo todo lo que Ester le había indicado.




El Rab Jayim haCohen (1585-1655) los piratas, y sus libros

El Rab Hayim haCohen nació en Egipto en el año 1585. Su padre, el rabino  Abraham haCohen, pertenecía a una distinguida familia de Cohanim, descendientes de Don Yosef haCohen de España.

Desde muy temprana edad,  el joven Rab Hayim demostró cualidades excepcionales. Junto a un profundo amor por el estudio de la Torá, poseía un carácter moral refinado y una sensibilidad espiritual elevada. Mientras otros niños dedicaban su tiempo libre al juego, Hayim solía acudir a la sinagoga, entregándose al estudio de la Torá y al aprendizaje del servicio a Dios. Ya en su juventud era reconocido por su seriedad y devoción.

Durante su adolescencia, cuando la comunidad se reunía en la sinagoga en Shabbat, el joven Rab Hayim subía al púlpito y pronunciaba derashot sobre la parashá semanal, las leyes relacionadas con las festividades próximas y enseñanzas de musar (ética judía). Sus palabras conmovían profundamente a sus oyentes y le dieron tempranamente fama como maestro y predicador destacado.

En busca de estudios avanzados,  se trasladó más tarde a la ciudad de Safed (Tsefat), en la Tierra de Israel, donde estudió durante aproximadamente tres años con el Rab Hayim Vital, alumno del Rab Yosef Caro. Allí absorbió tanto las dimensiones reveladas como las internas de la Torá, características del singular ambiente espiritual de Safed. Este período lo preparó para las responsabilidades mayores que le aguardaban.

Desde Safed,   se trasladó hacia Aram Tsoba (Alepo), donde se estableció de forma permanente. Tras el fallecimiento del Rab Mordejai haCohen —yerno del célebre Rab Shemuel Laniado— el Rab Hayim fue nombrado rabino y presidente del tribunal rabínico de la comunidad de Alepo.

Bajo su liderazgo, la vida de Torá en Alepo floreció notablemente. Se fundaron nuevas escuelas elementales (ketab) y academias rabínicas (bate midrash), se añadieron nuevos bancos en la sinagoga y la vida comunitaria se centró cada vez más en el estudio y la erudición. El Rab Hayim sirvió a la comunidad durante décadas, período en el cual su autoridad halájica fue ampliamente reconocida. Consultas rabínicas sobre asuntos legales complejos le llegaban desde comunidades judías lejanas.

A lo largo de los años,  compuso una vasta obra escrita. Entre sus trabajos más importantes se encuentra su comentario al Shulján Aruj, el gran código de la ley judía redactado por el Rab Yosef Caro, maestro del maestro de Rabí Hayim. También escribió comentarios sobre Shir haShirim, Ejá (Lamentaciones), Meguilat Rut, el libro de Daniel y otras obras, todas en forma de manuscrito.

Aunque la imprenta ya se había difundido en Europa, todavía no había llegado a Alepo ni al Medio Oriente . La única opción real para publicar libros hebreos era Italia, en particular Venecia, que se había convertido en el principal centro de impresión hebrea. El Rab Hayim envió allí uno de sus manuscritos —un comentario al libro de Ester— pero al pasar los años sin que fuera publicado, decidió viajar personalmente para supervisar el proceso.

El Rab Hayim zarpó hacia Venecia junto a su hijo, llevando consigo todos sus manuscritos,  probablemente superaban la veintena. Pero antes de arribar a Italia,   el barco fue atacado por piratas que operaban desde la isla de Malta, un conocido centro de corsarios mediterráneos en el siglo XVII. Los piratas saqueaban cargamentos y capturaban personas y las vendían.  En medio del ataque,  el Rab Hayim y su hijo se tiraron al mar y milagrosamente salvaron sus vidas. Los manuscritos, sin embargo, quedaron a bordo del barco capturado. Los manuscritos hebreos eran considerados objetos de valor para los piratas, porque sabían qeu tarde o temprano encontrarían comunidades judías dispuestas a rescatarlos.

Pero para el Rabinio la pérdida fue devastadora. Décadas de estudio, enseñanza y escritura —la obra de toda una vida— se habían desvanecido en un instante. En su dolor,  elevó una plegaria a HaShem, pidiendo que sus libros le fueran devueltos o que se le concediera la fuerza y la claridad necesarias para reescribirlos. El rab Hayim nunca mas vió sus manuscritos , pero El Cielo le concedió la segunda petición.

Reescribir sus obras desde la memoria fue un desafío intelectual y emocional inmenso. No se trataba de apuntes sino de comentarios cuidadosamente estructurados, llenos de análisis halájico, precisión textual y profundidad conceptual. Durante varios años en Italia, el Rab se dedicó a la ardua tarea de reconstruir sus escritos perdidos, apoyándose únicamente en su memoria, disciplina y firme devoción a la Torá.

El primer libro que logró publicar fue Torat Jajam, una recopilación de sermones sobre las parashiot semanales, editada por Rabí Moshe Zacuto y publicada en Venecia en 1654. Ese mismo año, con la ayuda del Rab Shemuel Abohab, publicó el primer volumen de Meqor Hayim, su comentario al Shulján Aruj, desde el principio de Oraj Jayim hasta Hiljot Shabbat .

Para publicar el segundo volumen, titulado Tur Pitda, que inbluye las Halajot de Shabbat y Erubín, el Rab Hayim viajó a Livorno, Italia.   Pero allí falleció en el año 1655, durante la semana de la parashá Qedoshim.

Tras su muerte, algunos de los manuscritos que habían sido capturados por los piratas fueron finalmente recuperados. El Rab Yosef Hayim David Azulai (el Jid”a), en su obra bibliográfica Shem haGedolim, testimonia que tuvo en sus propias manos el manuscrito de Ateret Zahav, el comentario al libro de Ester escrito de puño y letra por el Rab Hayim haCohen.

Otra de sus obras , Migdal David, un comentario sobre Meguilat Rut, también fue recuperada, aunque posteriormente fue impresa en Ámsterdam en 1680 por un impostor que se atribuyó falsamente su autoría.

En tiempos más recientes, han salido a la luz otros escritos de Rabí Hayim.

Sus comentarios agadáicos al tratado Berajot fueron publicados en 1983 por la editorial israelí Qovets Bet Aharon veYisrael.

Varias de las obras de Rabí Hayim haCohen aún permanecen  en forma de manuscrito, a la espera de su publicación.

Hacer click AQUI para bajar el libro Torat Jajam.  




MEGUILAT ESTER – CAPÍTULO CINCO

VERSÍCULOS 1-4

Luego de haber ayunado —y rezado— por tres días, Ester se vistió con su vestimenta real. Se acercó a la corte del rey  y accedió a la sala interior del palacio, frente al trono. El acceso a este perímetro estaba prohibido y aquellos que ingresaban sin ser citados por el rey eran ejecutados.

El rey estaba sentado en su trono real, y vio a la reina Ester de pie muy cerca de él. Ester halló gracia ante sus ojos. Es decir, lejos de que el rey pensara que Ester representaba un peligro para su seguridad, al rey le gustó ver a Ester y extendió hacia ella su cetro para evitar que fuera ejecutada. Con esto, Ester alcanzó su primer objetivo: llamar la atención del rey: tener una comunicación con él y no morir en el intento. Como era de esperar, el rey le preguntó a Ester por qué había arriesgado su vida para verlo.  “¿Qué te trae por aquí, reina Ester? ¿Cuál es tu petición? Y le hace una elegante oferta de cortesía, “Pídeme lo que quieras, incluso la mitad de mi reino, y te lo concederé”.

Lo más lógico hubiera sido que Ester, en ese momento, le contara al rey por qué quería verlo: “Estoy aquí para pedir por mi pueblo, que va a ser ejecutado, y quiero solicitarte que los salves”. Sin embargo, Ester no lo hizo. Sabía que solo tenía una oportunidad y no quería desperdiciarla. Si Ester le hubiera revelado al rey su petición, quizás el rey le hubiera dicho que él no dejaría que le pase nada malo a ella y a su familia, pero que el resto ¡es un tema de Estado!, un asunto político, reservado para los hombres.

Aparte, Ester no dijo nada en ese momento porque tenía planeado evitar ese posible argumento del rey —“no te metas en asuntos de estado”— creando de la nada un conflicto “personal” entre el rey y Hamán.

Ester le respondió al rey que su único pedido era que el rey asistiera esa misma noche a un banquete, un encuentro personal, menos oficial, donde Ester le revelaría su petición.  Pero Ester sorprende al rey pidiéndole que, junto con él, ¡venga Hamán! El rey tiene que haber quedado perplejo: ¿para qué traer a una cena íntima un tercero en discordia? Esto ya generaba una gran confusión en el rey. Y sospechas. “¿De quién habrá sido la idea de esta cena para tres? ¿Qué interés puede tener Ester? ¡La idea tiene que haber sido de Hamán! ¡Que convenció a la reina de arriesgar su vida por él!” Este punto, de quién fue la idea del banquete, queda más enfatizado cuando Ester dice: —“Si le place al rey, que venga hoy el rey con Hamán al banquete que he preparado para él”, es decir, para Hamán, porque no utiliza las palabraspara el rey”, como usualmente se expresa la Meguilá.

La trampa psicológica estaba tendida.

VERSÍCULOS 5-8

Y el rey y Hamán fueron al banquete que había preparado Ester.  Durante el banquete, entre copas,  el rey le pregunta a Ester:
—Dime, ¿cuál es tu deseo y te será concedido, cuál es tu petición? Me puedes pedir hasta la mitad del reino que te lo concederé”.

La respuesta de Ester es muy misteriosa:
“Mi deseo y mi petición son los siguientes”. Y aquí el texto sorprendentemente se detiene. Como si Ester estaba a punto de decirle al rey lo que quería, pero a último momento no pudo hacerlo. Quizás tuvo miedo. No era para menos porque esa conversación determinaría la supervivencia o el exterminio del pueblo judío.

Ester lo deja para mañana. “Si soy favorable a los ojos del rey y si al rey le place conceder mi deseo y atender mi petición, que el rey y Hamán vengan mañana al banquete que les voy a preparar; y allí haré lo que el rey me pide.”

El rey estaba inquieto, confundido. “¿Para qué otra cena? ¿Qué quiere Ester? ¿Qué está planeando junto con Hamán?”. Su descontento se nota en su silencio. El texto no menciona ninguna respuesta del rey al pedido de Ester.

VERSÍCULOS 9-14

Quien sí estaba contento era Hamán.
“Hamán salió contento y con el corazón alegre. Pero cuando vio a Mordejai sentado a la puerta del palacio y que este no se levantó ni mostró respeto ante él, Hamán se llenó de furia contra él”.

Hamán venía de un banquete donde él y el rey estaban en igualdad de condiciones. Su autoestima y arrogancia habían alcanzado su punto más alto. Y entonces vio a Mordejai, el Yehudí: la única persona del imperio que no se arrodillaba ante él.  Y se llenó de furia.   Pero se contuvo y fue a su casa. Mandó llamar a sus amigos y a su esposa Zéresh, para hacer una especie de catarsis.  Se vanaglorió de su inmensa riqueza, de sus numerosos y leales hijos, y de su cargo en la corte real: el rey lo había elevado por encima de todos los ministros y asistentes del rey.

“Y lo que es más”, agregó Hamán, hoy “la reina Ester preparó un banquete y solo invitó al rey y a mí. Y también mañana estoy invitado por ella junto con el rey”.

Y aquí su tremenda confesión: “Pero todo esto no vale de nada para mí cada vez que veo a Mordejai, el judío, sentado en la puerta del palacio”, que ni siquiera se pone de pie ante mí.

Entonces su esposa Zéresh y todos sus amigos le dijeron. No hace falta que esperes hasta el 13 de Adar para deshacerte de él. Ordena que se erija un poste de 25 metros de altura y, por la mañana, pídele al rey que ordene empalar a Mordejai y luego, podrás ir feliz y satisfecho al banquete con el rey.

¿Por qué Hamán no había matado a Mordejai hasta ese momento? Porque la megavenganza de Hamán consistía en que Mordejai sufra por meses de culpa ante el inminente genocidio de su pueblo que él había causado. Pero ahora, se decidió que, para su propia salud mental, era una buena idea no esperar para ejecutarlo y mandó a preparar un alto poste para el empalamiento de Mordejai.




SHEMOT: La historia de la envidia

Terminamos el libro de Bereshit, y esta semana comenzamos el libro de Shemot.  La historia es más o menos conocida. Bereshit cuenta cómo se formó la primera “familia” judía, bene Israel , mientras que el libro de Shemot nos cuenta cómo se formó el “pueblo” judío, am Israel.
La Torá no es un libro común. Entre las cosas que hacen que la Torá sea un libro único es que “detrás” de la trama principal se esconden sub-historias entretejidas con la trama principal, pero de alguna forma independientes de ella. Les cuento una. Hermandad vs.envidia.
La tensión entre hermanos ya se nota desde el comienzo, Cain y Abel. En este caso la envidia se genera por la atención Divina. HaShem aceptó el sacrificio de Abel y rechazó el de Cain. Y Cain, en lugar de esforzarse para hacerlo mejor como le sugirió su creador, decidió que era más fácil matar (literalmente!) a la competencia.
Veinte generaciones después, Yishma’el, de acuerdo al Midrash, trató de matar a su hermano Isaac, el favorito de Abraham.
Los hijos de Isaac, Ya’aqob y Esav, que eran mellizos, compiten desde el vientre materno por la primogenitura. Después de lo que sucedió con la bendición de Isaac, Esav amenaza de muerte a Ya’aqob. Al final hay una reconciliación, pero para que la fraternidad se mantenga, los hermanos, irónicamente, tienen que vivir separados.
El punto máximo de tensión entre hermanos llega con los hijos de Ya’aqob. Yosef, que goza del favor de su papá, despierta la envidia de sus hermanos. Y esta envidia se transforma en odio. Y este odio en planear el asesinato de Yosef. Al final, terminan vendiéndolo como esclavo, que era casi una sentencia de muerte, y lo dan por “desaparecido”.
Después de 20 años, los hermanos expresan su arrepentimiento por lo que hicieron y en un enorme acto de altruismo Yosef los perdona. Y así, aparentemente, se cierra el capítulo de envidia y resentimiento entre hermanos que comenzó con los primeros habitantes de la tierra.
Pero Bereshit aún no terminó. Y la historia de la hermandad continúa. Pero ahora va en ascenso. Los últimos hermanos mencionados en Bereshit son los hijos de Yosef: Efraim y Menashé. Por primera vez es el abuelo y no el padre el que les otorga la primogenitura y decide a quién le corresponde. Ya’aqob los bendice “poniendo a Efraim, el menor, antes que al mayor, Menashé”.
Y cuando parece que las heridas se van a volver a abrir, y que Menashé va a amenazar, matar o vender a Efraim… nada de eso sucede. Menashé, a pesar de tener razones para envidiar a su hermano, que ahora es más o tiene más que él, vive en paz con él. Por primera vez el amor entre hermanos superó el poder de la envidia. Menashé pasa con éxito la prueba de la envidia fraternal y así termina el libro de Bereshit (digamos de paso que por esta razón bendecimos a nuestros hijos con la bendición de Efraim y Menashé. Para desearles que aparte de buenos hijos, sean también buenos hermanos).
Ahora comienza el otro libro, Shemot. Que también tiene sub-historias entretejidas con la historia principal. La historia principal cuenta que Moshé es asignado como el enviado de HaShem para rescatar a Israel del cautiverio. Moshé pide ayuda para su misión y HaShem le envía como asistente a … ¡su hermano Aharón! Esto es un gran problema potencial Aharón es el hermano mayor. Y según las normas de esos días Aharón debería ser el líder de la familia, para lo que fuera necesario…. Ahora en cambio, Aharón va a ser el asistente de Moshé, su sombra…
Ahora todos sospechamos que la envidia se va a sobreponer a la hermandad.  Los más optimistas pueden suponer que Aharón no se va a enfadar. Y que siguiendo los pasos de Menashé, controlará su envidia.
Pero la Torá nos tiene reservada una sorpresa, muy hermosa.
La reacción de Aharón no tenía precedentes y nos demuestra lo mejor del ser humano. Aharón no sólo que no envidia la posición de Moshé. Aharón se alegra por Moshé!   וראך ושמח בליבו, “Y cuando Aharón te vea, se alegrará en su corazón”.
El libro de Bereshit comenzó con el fratricidio: un hermano matando al otro. Y progresó hasta llegar a la harmonía fraternal ¿Qué podría ser más elevado que la aceptación del éxito del otro? Aharón cambia la historia de la rivalidad entre hermanos en 180 grados. Y nos regaló una de las lecciones más hermosas de la vida. Alegrarse por el éxito de un hermano. Aprender a estar felices de la felicidad del otro.
Shabbat Shalom!



VIDEO Presentación del libro: “Gigantes Olvidados”, segundo tomo.




VAYIJI: Prepararse para morir

VIVIR COMO MORTALES

La idea de la muerte siempre me ha fascinado. Durante mi adolescencia, adquirir conciencia de mi propia mortalidad y su irremediable inevitabilidad, me llevó a reflexionar más profundamente sobre la vida y el propósito de mi existencia. Lejos de asustarme, la idea de nuestra mortalidad fue lo que me acercó más al Creador y a la Torá. Me impactó la explicación de Ribbí Meir (טוב מות) sobre cómo la mortalidad otorga «finalidad» a la vida. Y la invaluable metáfora de Borges en el cuento “Los Inmortales”, donde compara al tiempo con las monedas. Las monedas son idénticas una con la Otra, son reemplazables, intercambiables, completamente recuperables. El tiempo, sin embargo, no se puede recuperar ni reemplazar. Las horas o los días no son iguales: a diferencia de las monedas, un día que se perdió ya no se puede reemplazar. Porque los días no se pierden sino que expiran, «fallecen». Un día que pasó es un día que murió. Que no se repetirá y no volverá jamás.

LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL TIEMPO

Podemos corregir muchos errores y faltas. Si tomamos plata ajena, por ejemplo, eventualmente la podemos reemplazar. Pero no hay forma de recuperar el tiempo perdido, un día malgastado que faklecio,  Tomando prestada una metáfora bíblica, זה ספר תולדות אדם, nuestra vida es como un libro, un cuaderno que escribimos —que se escribe solo, como dice en «unetane toquef»— con cada acción que realizamos. Hay libros que están llenos de defectos y errores que cometemos una y otra vez. Uno intenta hacer lo mejor, e irremediablemente se equivoca. Y si hacemos Teshubá, si nos arrepentimos, podemconnerrores son corgibles, pero Las Hojas vacias no. os corregir y enmendar nuestras torpezas. Un cuaderno con correcciones no es necesariamente malo.  El cuaderno horrible, el que debe aterrar,  es un cuaderno con páginas «vacías». Días, semanas y meses que están en blanco, porque no hicimos nada relevante que valiera la pena registrarse en nuestro libro de la vida. La Hojas reo que no hay peor forma de enfrentar la muerte que morir sintiendo que la vida de uno fue un cuaderno vacío. Que desperdiciamos tiempo en sobrevivir y nos olvidamos de vivir con sentido. Esa es la única muerte que debería darnos miedo: la que llega después de una vida vacia. Sin cont ndio transcendental,

LA MUERTE CON OJOS EGIPCIOS

La Parashá de esta semana se dedica principalmente a la descripción de la muerte de nuestro patriarca Jacob. El énfasis del relato bíblico, juzgando por la cantidad de versículos que la Torá dedica a cada tema, se centra en la conmoción y el duelo vividos en Egipto cuando muere el padre de Yosef; en las delicadas negociaciones entre Yosef y el Faraón para que su padre pudiera ser enterrado en la tierra de Israel, tal como lo había solicitado antes de morir. En la preservación, la momificación y el traslado del cuerpo de Jacob. Su funeral; el impresionante cortejo que lo acompañó y su monumental entierro. Sobre el preciso momento de su muerte, el texto bíblico nos cuenta que Jacob bendijo a sus hijos. Y el Midrash agrega una historia de mucha profundidad, belleza y realismo, dejando claro que la vida de Ya’akov Avinu fue absolutamente significativa, y que así enfrentó su muerte sin miedo, con la convicción de haber cumplido su misión.

MORIR SATISFECHO

En el momento de su muerte, nuestro patriarca estaba en su cama, plenamente consciente y rodeado de sus hijos, y posiblemente de sus nietos y bisnietos. Estar consciente en los últimos momentos de la vida es un privilegio al cual hoy en día la mayoría de los pacientes moribundos no pueden acceder. La medicina moderna, en su afán por alargar la vida y disminuir el dolor, hace que irónicamente sean muy pocos los pacientes que «expiran» conscientes, alertas hasta el final y rodeados de sus seres queridos en lugar de estar conectados a máquinas, tubos y cables. (Sobre este delicadísimo tema recomiendo el extraordinario libro ”Being Mortal” del Dr. Atul Gawande). El Midrash enriquece la descripción de la muerte de nuestro patriarca aportando un detalle muy hermoso. Antes de morir, Ya’akob quiso asegurarse de que todos sus hijos seguían su camino: que eran, y seguirían siendo, leales al pacto de Abraham, que ninguno había abandonado ni pensaba abandonar la senda del Todopoderoso. No podemos culpar a Ya’akob por sus sospechas. Abraham e Isaac tuvieron hijos buenos, pero también aquellos que se alejaron de la senda de sus padres y se asimilaron a las familias de sus esposas. En los últimos minutos de su vida, con las últimas fuerzas que le quedaban, Ya’akob  habla por ultima vez con sus hijos. Los Sabios reconstruyen este profundo diálogo final. Jacob les pregunta si tienen alguna duda acerca de seguir el camino de Dios,  Creador de los cielos y la tierra. La respuesta de sus hijos no pudo ser mejor: “SHEMA ISRAEL HASHEM ELOQENU HASHEM EJAD”. “Escucha Israel [nuestro padre, Jacob e llamaba también Israel. Todos nosotros, tus hijos, afirmamos que] HaShem es nuestro Dios, y que HaShem es uno”.

LA MUERTE QUE NO DA MIEDO

Jacob finaliza su vida escuchando de boca de sus hijos la declaración oficial de los principios judíos,  a promesa de lealtad al judaísmo que sus descendientes seguimos expresando diariamente. En ese momento, Jacob se da cuenta de que sus tremendas dificultades y sufrimientos —147 años de lucha literalmente desde el vientre materno— no habían sido en vano. En sus últimos minutos de vida, Ya’akov se da cuenta de que su familia, “los hijos de Israel”, unidos física y espiritualmente, y están ahora preparados para el próximo paso: transformarse en “el pueblo de Israel”. 

Los Tzadikim, los hombres y mujeres justos, se preparan toda su vida para morir. 




MEGUILAT ESTER- CAPITULO SEIS

 

VERSÍCULOS 1–3

Esa misma noche, entre el primer y el segundo banquete de Ester, el rey Ajashverosh no pudo dormir. La Meguilá no da explicaciones, pero la tradición judía atribuye este desvelo del rey a la intervención Divina. Para distraerse, el rey ordenó que le trajeran el Libro de las Crónicas Reales, donde se registran los acontecimientos históricos importantes del imperio: victorias, traiciones, actos heroicos, etc.

El libro fue leído en voz alta ante el rey, como si se tratara de una lectura para inducir el sueño. Pero ocurrió lo contrario. Entre los registros apareció el episodio de Mordejai, quien había denunciado un complot para asesinar al rey, organizado por Bigtán y Teresh, dos oficiales encargados de custodiar el tesoro real. El atentado había sido frustrado gracias a la información aportada por Mordejai. Los conspiradores fueron ejecutados y el asunto quedó cerrado.

Ajashverosh quedó inquieto ante esta omisión y le preguntó a sus hombres:
—¿Qué recompensa y reconocimiento se le otorgó a Mordejai por haber salvado la vida del rey?

La respuesta fue tan simple como alarmante: no se hizo nada por él.

La recompensa por la lealtad no era solo un gesto de gratitud. Un rey que premiaba a quienes lo protegían inspiraba y estimulaba a otros ciudadanos a actuar de la misma manera. Este acto heroico de Mordejai no podía seguir siendo ignorado. El rey decidió actuar de inmediato y reparar esa grave omisión.

VERSÍCULOS 4–9

El rey notó que en ese momento alguien había llegado al palacio y estaba esperando verlo. Debía tratarse de uno de sus funcionarios más cercanos, ya que nadie más podía acceder al recinto real a esa hora. Ajashverosh preguntó a sus guardias quién se encontraba en el jatzér, el patio exterior, que funcionaba como una sala de espera. La respuesta fue inmediata: Hamán, el primer ministro.

Hamán había llegado muy temprano, concentrado en su nueva obsesión: ya no esperaría para deshacerse de Mordejai, debía ejecutarlo de inmediato. Pero una ejecución pública requería el permiso directo del rey. Hasta ahora, todo lo que Hamán había solicitado al rey le había sido concedido. Por eso estaba seguro de que esta vez no sería diferente.  Pero para su sorpresa, antes de que pudiera pedirle nada al rey, Ajashverosh lo hizo entrar y le planteó una pregunta inesperada:
—¿Qué debería hacerse con un hombre a quien el rey desea honrar y recompensar?

Hamán, en la más clara demostración de su narcisismo extremo, no dudó ni un segundo en asumir que el rey se refería a él. ¿A quién más podría querer honrar el rey sino a Hamán mismo?

La respuesta de Hamán no fue calculada ni estratégica, sino espontánea. Hamán no sugirió una recompensa de  dinero, ni tierras, ni cargos: todo eso ya lo tenía. Lo que Hamán quería revelaba su ambición ilimitada de poder y reconocimiento  público. Por eso sugirió que la mejor manera de recompensar a un individuo sería otorgándole las investiduras del rey por un día.

Sugirió que se vistiera a ese hombre con ropas que el rey mismo había usado; montándolo en uno de los caballos del rey; y que colocaran sobre su cabeza la corona real y fuese conducido en un desfile público por la ciudad, encabezado por un alto funcionario que proclamara en voz alta: “Así se hará con el hombre a quien el rey desea honrar”.

Hamán deseaba la gloria pública, algo que en el Imperio Persa era un acto de devoción reservado exclusivamente para el rey.

VERSÍCULOS 10–11

La respuesta del rey fue fulminante:
—¡Muy buena idea! Ahora quiero que hagas exactamente todo lo que has dicho con Mordejai, el judío, el que se sienta a la entrada del palacio real. No omitas absolutamente nada de todo lo que dijiste.

En una sola frase, impredecible e incomprensible para el primer ministro, el mundo de Hamán se dio vuelta y comenzó su caída libre. Hamán había llegado para pedir la ejecución de su archi-enemigo y ahora recibía la orden de organizarle un homenaje, una idea que irónicamente él mismo había sugerido.

Hamán no comprendía lo que estaba pasando. De hecho, desde ese momento hasta su ejecución, los acontecimientos se sucederían con tanta rapidez que no tendría respiro ni tiempo para pensar o asimilar lo que ocurría. Hamán estaba ahora en un estado de vértigo.

Para pero, Hamán no podía protestar, discutir ni debatir ya que las órdenes reales eran absolutas. Así que, muy a pesar suyo, tomó las vestiduras, el caballo y la corona del rey, vistió a Mordejai con atuendo real y lo condujo personalmente por la plaza principal de la ciudad, proclamando exactamente las palabras que él mismo había sugerido: “Así se hará con el hombre a quien el rey desea honrar”.

VERSÍCULOS 12–14

Después del desfile de honor, Mordejai regresó tranquilamente a su lugar habitual: la entrada del palacio.

Hamán, en cambio, volvió a su casa abatido, dolido y humillado.  Al llegar, relató todo lo ocurrido a su esposa Zéresh y a sus amigos. Y por primera vez comprendieron que la persona contra la cual Hamán estaba obsesionado era judía.

Y entonces le advirtieron:
—Si ese enemigo del que nos hablas pertenece al pueblo judío, no podrás vencerlo. Sino que caerás ante él.

Pero ya era demasiado tarde. Antes de que Hamán pudiera reaccionar, llegaron los oficiales del rey para llevarlo de inmediato al segundo banquete de Ester. Hamán no sabía lo que le esperaba allí y lo que estaba a punto de ocurrirle.




Biblioteca Española-Portugueza- Judaica de Meyer Kayserling 1890

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MEGUILAT ESTER – CAPÍTULO SIETE

CAPÍTULO 7
EL GIRO DECISIVO

VERSÍCULOS 1–6: LA ACUSACIÓN

El rey Ajashverosh acudió al segundo banquete junto con Hamán. Esta vez, la reina Ester se sentó con ellos y ocupó su lugar en el diván real. En aquella época no se comía sentado a mesas, sino reclinados sobre divanes o camas bajas.

El ambiente era elegante y formal. Hamán llegaba de un evento terrible: lo ocurrido con Mordejai. Su humillación había sido pública y profunda, y no parecía tener fin. Pensó que en ese banquete encontraría algún alivio a todas sus tensiones.

El rey, por su parte, llegaba intrigado por la naturaleza de este segundo banquete. Las dos personas más importantes de la escena estaban allí, y sin embargo él no entendía por qué. Algo no encajaba. Tenía la sensación de que se le estaba preparando una sorpresa desagradable. Tanto misterio lo ponía nervioso y a la defensiva.

Una vez más, el rey se dirigió a Ester y le repitió la pregunta que ya le había hecho el día anterior:

—¿Cuál es tu petición, reina Ester? Te será concedida. ¿Qué deseas? Aunque sea la mitad del reino, te será dado.

Esta vez, Ester sabía que había llegado el momento decisivo. Ya no podía postergarlo más. Había que arriesgarlo absolutamente todo. El rey podía escucharla o condenarla. Ester había repasado de memoria las palabras exactas que iba a decir. Sabía que necesitaba no solo precisión, sino también valentía. Se estaba jugando no solo su vida, sino la vida de su pueblo. Si algo salía mal, podía ser el final del pueblo judío.

—Si he hallado gracia ante los ojos del rey —dijo— y si al rey le parece bien, le ruego que me conceda vivir y que yo no sea ejecutada. Esa es mi única petición: mi vida y la vida de mi pueblo.

El rey quedó desconcertado. No comprendía aún a qué se refería, pero en ese momento comenzó a sentir empatía por Ester y, psicológicamente, ya se colocó de su lado.

—Mi pueblo y yo hemos sido condenados —continuó Ester— a ser destruidos, asesinados y exterminados: hombres y mujeres, niños y ancianos. Si hubiéramos sido vendidos como esclavos del rey, habría guardado silencio, porque eso habría beneficiado al reino. Pero ¿a quién beneficia mi asesinato y el exterminio de mi pueblo?

Ajashverosh reaccionó de inmediato, ofendido de no haber sido informado de lo que estaba ocurriendo:

—¿Quién es el responsable de esto? —preguntó—. ¿Quién se atrevió a hacer algo así?

Ester respondió con claridad y sin rodeos:

—Un hombre perverso y enemigo del rey: ¡el malvado Hamán! —dijo Ester, señalándolo.

Este es el momento más crítico de la historia de Ester y, en cierto sentido, uno de los momentos más decisivos de la historia del pueblo judío. La supervivencia o el exterminio de Israel quedaban definidos por la reacción de Ajashverosh ante las palabras de Ester.

Ajashverosh podía reaccionar de muchas maneras distintas. Podía decir que no quería que la reina interviniera en asuntos de Estado y asegurar protección solo a ella y a su familia. Podía respaldar a Hamán y explicar que, aunque él no estaba al tanto de lo sucedido, le había confiado su propio anillo para tomar decisiones ejecutivas. O quizá, lo más lógico, habría sido decir que necesitaba tiempo para consultar con sus consejeros, como ya había hecho en el pasado en el caso de Vashti. Todo eso era posible.

Pero el rey se puso nervioso, se levantó y salió del salón hacia el jardín —como quien sale a un balcón—, y es muy probable que haya considerado todas esas posibilidades.

Por otro lado, Hamán no se esperaba esto. Lo tomó absolutamente por sorpresa. Lo ocurrido confirmó que no tenía idea de que Ester era judía ni de que era pariente de Mordejai.

VERSÍCULOS 7–8
LA IRA DEL REY

Cuando el rey se levantó, Hamán reaccionó de manera impulsiva y cometió el peor error posible. Se quedó a solas con Ester y, aterrorizado y desesperado, comenzó a suplicarle que le perdonara la vida. Pero, impulsiva e imprudentemente, se acercó demasiado a la reina.

Cuando Ajashverosh regresó del jardín, vio a Hamán inclinado sobre el diván, a los pies de Ester, mientras le rogaba. A los ojos del rey —a quien ya conocemos como impulsivo y celoso— la escena pareció una falta de respeto imperdonable, o quizá le convenía interpretarla así para salir de la duda y determinar su decisión final.

Y ese acto desafortunado para Hamán inclinó definitivamente la balanza en su contra:

—¿Acaso pretendes abusar de la reina en mi propio palacio? —exclamó el rey.

Al oír esas palabras, Hamán comprendió que su destino había quedado sellado.

VERSÍCULOS 9–10
EL FIN DE HAMÁN

Para empeorar la situación, uno de los oficiales del rey —sin haber sido invitado a hablar— intervino y dijo en voz alta que en la casa de Hamán había sido levantado un enorme poste, de unos veinticinco metros de altura, para ejecutar allí a Mordejai, el hombre que había provisto la información que había salvado la vida del rey. Con ello dejó claro que Hamán intentaba eliminar a quien había protegido al monarca.

La respuesta de Ajashverosh fue inmediata:

—Ejecuten a Hamán en el mismo lugar donde él había querido ejecutar a Mordejai.

Hamán fue llevado de inmediato a su propia casa y allí fue ejecutado en el instrumento que había preparado para Mordejai.

Con su muerte, la ira del rey se calmó.
Así cayó Hamán, enemigo del pueblo judío, y comenzó un cambio profundo en el equilibrio del poder dentro del palacio real.




MEGUILAT ESTER — CAPÍTULO OCHO

VERSÍCULOS 1–2

LA ELEVACIÓN DE MORDEJAI

Ese mismo día en que Hamán fue ejecutado, el rey Ajashverosh dio un paso radical. La casa de Hamán —sus propiedades, riquezas y posesiones— fue entregada a la reina Ester. Era el destino habitual de los bienes de un traidor ejecutado: pasaban al tesoro real o a quien el rey decidiera favorecer. En este caso, Ajashverosh decidió entregarlos a la reina Ester, la víctima directa del complot.

Fue entonces cuando Ester le reveló al rey algo que hasta ese momento había permanecido oculto: Mordejai era su pariente cercano. El rey comprendió que el hombre que había salvado su vida años atrás —el héroe que Hamán había querido ejecutar— era el primo de la reina.

Ajashverosh tomó el anillo real que le había confiado a Hamán y lo entregó a Mordejai. Este no era un gesto simbólico: el rey le transfería ahora la autoridad ejecutiva del imperio a Mordejai. Mordejai era el primer ministro, segundo después del rey.

Ester, por su parte, asignó a Mordejai la administración de la hacienda de Hamán, mientras ella continuaría viviendo en el palacio. En pocas horas, la situación se había revertido de manera total. Pero aunque el enemigo había caído, el peligro no había terminado.

VERSÍCULOS 3–6

LA SÚPLICA DE ESTER

Ester volvió a presentarse ante el rey. Con profunda urgencia emocional, cayó a sus pies, lloró y le suplicó que revocara el edicto que Hamán había decretado contra los judíos.

El rey extendió nuevamente el cetro de oro, esta vez en señal de aceptación.

Ester se levantó y le dijo al rey:

—Si al rey le parece bien, y si he hallado gracia ante sus ojos, que se escriba un nuevo edicto que cancele el que escribió Hamán para destruir a los judíos que viven a lo largo de todo el imperio. Porque, aunque yo quede con vida, ¿cómo podría ver el mal que sufrirá mi pueblo? ¿Cómo podría contemplar la destrucción de mi propia familia?

Ajashverosh escuchó. Pero aquí surgía un inconveniente técnico y legal.

VERSÍCULOS 7–8

EL PROBLEMA DEL DECRETO IRREVERSIBLE

El rey respondió a Ester y a Mordejai:

—Ya he concedido la casa de Hamán a Ester, y a él lo han colgado por haber extendido su mano contra los judíos. Ahora escriban en nombre del rey el decreto que les parezca conveniente a los judíos, y séllenlo con el anillo real. Pero sepan que el edicto que se escribió en nombre del rey y fue sellado con el anillo del rey ¡no puede ser revocado!

Ajashverosh reconocía la injusticia del decreto de Hamán, pero al mismo tiempo afirmaba algo que ya habíamos visto en el caso de Vashti: un edicto real, una vez emitido, no puede ser cancelado.

Sin embargo, sí se podía emitir un nuevo edicto que no anulara formalmente el anterior. Mordejai y Ester debían tener la creatividad política de redactar ese nuevo decreto para salvar a los judíos.

VERSÍCULOS 9–12

LAS NUEVAS CARTAS

Los escribas del rey fueron convocados de inmediato, en el tercer día del mes de Siván. Mordejai dictó el nuevo decreto.

El contenido era claro y preciso: se concedía a los judíos, en todas las ciudades, el derecho de defender sus vidas. Podían tomar armas, destruir y aniquilar a cualquiera de sus enemigos que planearan atacarlos —hombres, mujeres y niños— y confiscar sus bienes, en ese mismo día fijado por el decreto anterior: el 13 de Adar.

El nuevo decreto no cancelaba el anterior: lo neutralizaba. Creaba una autorización paralela que permitía a los judíos resistir legalmente a quienes intentaran ejecutar la orden de Hamán.

El peligro seguía existiendo, pero ahora los judíos podían defenderse, algo que el primer decreto prohibía.

Las cartas fueron selladas con el anillo real y enviadas por mensajeros montados en los caballos más veloces del servicio imperial. La urgencia era evidente: todo el imperio debía conocer el nuevo decreto antes del día señalado.

VERSÍCULOS 15–17

LA REVERSIÓN DE LA FORTUNA

Una vez que el nuevo edicto fue redactado y enviado, Mordejai salió de la presencia del rey y se presentó en público vestido con atuendo real: vestiduras de violeta y púrpura, una gran corona de oro y un manto de lino fino y púrpura. Mordejai —el judío que antes se sentaba a la puerta del palacio— era ahora una figura de poder imperial.

La ciudad de Shushán, donde residían muchos judíos, estalló en alegría. Para los judíos que habían vivido bajo la amenaza del exterminio, por fin apareció la luz: alegría, gozo y un nuevo honor —Mordejai como primer ministro—.

En todas las provincias y ciudades, dondequiera que llegaba la palabra del rey y su decreto, los judíos festejaban con alegría y regocijo, con banquetes y celebraciones. Y muchos de los pueblos del imperio, que antes se habían entusiasmado con el edicto de Hamán, se alineaban ahora con los judíos, porque el temor hacia ellos había caído sobre todos.