MIQUETZ: Tener presente a Dios, también cuando nos va bien

MIQUETS: La verdadera Emuná se mide en las buenas

“Emuná” suele traducirse como “fe” y entenderse como “creer en la existencia de Dios”. Pero en el caso de Yosef, la Emuná fue mucho más que una creencia pasiva. La Emuná de Yosef consistía en tener presente a Dios tanto en las malas como en las buenas. Su Emuná guiaba sus pasos, lo detenía antes de hacer algo incorrecto y lo motivaba a hacer el bien.

Existe una diferencia fundamental entre Yosef y sus antepasados. HaShem habló, se comunicó e instruyó de manera directa a Abraham, Itsjaq y Ya’aqob. Pero HaShem nunca habló directamente con Yosef. En ese sentido, Yosef se parece mucho más a nosotros, que no tenemos el privilegio de una revelación directa de HaShem. Al igual que Yosef, nosotros también debemos buscar a HaShem activamente, pensar en Él, tenerlo en cuenta y, principalmente, dejar —o invitar— a que guíe nuestros pasos.

VIVIR BAJO SU MIRADA

Cuando fue provocado por la esposa de Potifar (Bereshit 39:9), Yosef tuvo presente a HaShem. En ese momento, vio la imagen de su padre, que le recordó que lo que estaba por suceder no era correcto a los ojos del Creador. La manifestación más importante de la Emuná ocurre en el plano moral. Emuná es sentirse observado por HaShem y evitar hacer aquello que está mal a Sus ojos.

Más adelante vemos que su Emuná también llevó a Yosef a perdonar a sus hermanos. Yosef les dijo (Bereshit 50:19): “Ustedes pensaron hacerme mal, pero HaShem transformó ese mal en un gran bien, para lograr lo que hoy estamos viendo: salvar la vida de mucha gente”. La Emuná de Yosef le permitió entender que, muchas veces, lo que hoy nos parece un gran problema, mañana termina siendo una gran solución.

FE EN LAS MALAS

Cuando la esposa de Potifar lo acusó falsamente de acoso sexual, Yosef fue llevado al calabozo. Fue privado de su libertad durante mucho tiempo por un crimen que no cometió. Yosef no tenía ninguna esperanza visible de salir de esa cárcel. No tenía familia que lo buscara ni nadie influyente que intercediera por él. Muchas personas, en esas circunstancias, no hubieran perseverado en su fe.

Uno podría pensar: “Si HaShem no me ayuda, ¿para qué seguir creyendo en Él y guiándome por Sus leyes?”, o incluso: “Si una injusticia tan grande me sucede a mí, quizás Dios no exista; Dios no lo permitiría”. Cuando una persona es víctima de una gran injusticia, es muy fácil sentir que HaShem lo abandonó o, jas veshalom, dudar de Su existencia. Pero Yosef no abandonó al Creador. Perseveró, tuvo a Dios presente y nunca dejó de creer en Él (Bereshit 40:8).

FE Y HUMILDAD

En la perashá de esta semana leemos el desenlace de esta larga historia. El faraón necesita a alguien que interprete sus sueños, manda a sacar a Yosef de la cárcel y le relata lo que soñó. Yosef escucha atentamente y comprende el significado de los sueños.

La Torá no dice que HaShem le reveló directamente a Yosef el significado del sueño del faraón, como ocurrió, por ejemplo, con Daniel y el emperador Nebujadnetsar muchos siglos más tarde. Yosef interpreta el sueño usando su entendimiento, y también se da cuenta de que esta es una oportunidad providencial para salir de prisión. Sin embargo, de manera sorprendente, Yosef no pide nada a cambio. Tampoco se atribuye a sí mismo ningún poder especial ni sabiduría sobrenatural.

“Dios —y no yo— es quien revela el significado del sueño del faraón”, dice Yosef (Bereshit 41:16). Esta combinación de sabiduría, humildad y reconocimiento de HaShem, precisamente en el momento de mayor exposición pública de Yosef, causa una profunda impresión en el faraón, quien termina ofreciéndole el cargo político más importante de Egipto: convertirse, en la práctica, en el responsable de la economía del imperio.

LA FE SE MIDE EN LAS BUENAS

Es fundamental recordar que la Emuná de una persona se mide, sobre todo, cuando todo está bien: cuando uno goza de salud y estabilidad económica. La fe de muchas personas, que se expresa de manera intensa en momentos de angustia, dolor o duelo, a veces se debilita en tiempos de bienestar y prosperidad. En esos momentos, uno puede olvidarse del Creador porque siente que ya no lo necesita, jas veshalom.

Aprendamos de Yosef esta gran lección de Emuná. Nuestros Jajamim nos advirtieron sobre este fenómeno cuando enseñaron: גדול נסיון העושר מנסיון העוני, que “el desafío de la prosperidad es mayor que el desafío de la pobreza”. Tener presente a Dios, reconocer Su intervención y agradecerle cuando uno vive con salud y abundancia, es muchas veces más difícil que hacerlo cuando uno atraviesa necesidad o sufrimiento.




RESUMEN DE PARASHAT VAYESHEB

Jacob (Ya’aqob) finalmente se establece en la tierra de Israel. Yosef es el hijo favorito de Jacob. El padre, incorrectamente, expresa su favoritismo regalándole a Yosef una túnica especial de colores. Sus hermanos lo envidian. Yosef, aparentemente sin saber de este sentimiento, le cuenta a sus hermanos acerca de sus sueños de grandeza, despertando así el odio de los hermanos hacia él.

Los hermanos de Yosef estaban cuidando el rebaño de su padre. Jacob envía a Yosef a visitarlos. Cuando los hermanos lo ven , planean matarlo. Reuben sugiere tirarlo a un pozo, pensando en que más tarde lo rescataría. Cuando Yosef llega, los hermanos le quitan la túnica, lo tiran al pozo y Yosef es vendido como esclavo a unos comerciantes que viajaban hacia Egipto. Los hermanos toman la túnica de Yosef, la manchan de sangre y se la muestran al padre desconsolado. Jacob asume que Yosef fue atacado por una bestia salvaje y comienza un luto de 22 años por la presunta muerte de su hijo querido.

Yehudá se casa con la hija de un individuo local y tiene tres hijos. Su primer hijo, Er, se casa con una mujer llamada Tamar, y muere sin tener hijos. Yehudá le da a su segundo hijo Onan a Tamar, pero también muere sin hijos. Yehudá no le da su tercer hijo a Tamar. Tamar lo engaña vestida de mujer indecente. Yehudá no la reconoce, yace con ella y queda embarazada. Tamar da a luz a gemelos, Zéraj y Perets.

Yosef trabaja como esclavo en la casa de Potifar, un importante funcionario de Faraón. Yosef tiene mucho éxito en todo lo que hace, porque Dios lo bendice. Yosef era un hombre atractivo. La esposa de Potifar provoca a Yosef, pero Yosef rechaza delicadamente sus avances. Al no lograr su objetivo, la mujer acusa falsamente a Yosef de abuso sexual. A pesar de insistir en su inocencia, Yosef es enviado a prisión.

En la cárcel, Yosef conoce a dos funcionarios del Faraón cuyas sentencias están pendientes. Una noche ambos tienen un sueño extraño. Yosef interpreta los sueños y anticipa que uno de ellos, el oficial encargado de la bebida del Faraón, será declarado inocente y regresará a su trabajo. Mientras que el otro oficial, el encargado de la comida de Faraón, será ejecutado. Yosef le solicita al primero que cuando esté libre y vea al Faraón, le cuente acerca de él y le pida que lo libere. Pero este funcionario, una vez que regresa a sus funciones, borra a Yosef de su mente.




VAYISHLAJ: Shimon, Levi y el ejército de Israel

ABRAHAM E ISAAC

En los inicios de la historia judía, cuando aún no éramos ni un pueblo ni una tribu, sino apenas un pequeño núcleo familiar, un patrón doloroso se repitió más de una vez: el abuso. Nuestros dos primeros patriarcas, Abraham e Isaac, tuvieron que enfrentar amenazas existenciales cuando, debido a la sequía y al hambre, abandonaron su lugar de residencia y se convirtieron en refugiados vulnerables. Cuando Abraham emigró a Egipto, sabía que los locales podían asesinarlo para apoderarse de su esposa Sará. Por eso tuvo que simular que era su hermana. Abraham había cortado los vínculos con su familia en Harán; no pertenecía a una nación poderosa ni tenía una familia extensa. No había nadie que lo defendiera ni que vengara su sangre en caso de ser atacado. Era completamente vulnerable. Abusable. Lo mismo sucedió en otra ciudad, Guerar, que se repitio una generación más tarde con Isaac. También él tuvo que ocultar que Rivká era su esposa. Dios intervino de manera directa y protegió a nuestras matriarcas.

El abuso, que en su expresión máxima –tomar mujeres por la fuerza– había sentenciado a la extinción a la generación del diluvio— seguía vigente. Aparentemente, Sodoma y Gomorra no eran los únicos pueblos que abusaban de los extranjeros: la falta total de derechos humanos mínimos para los pobres y refugiados era la norma, no la excepción.

Dicho sea de paso, a la luz de esta terrible normalización del abuso del desprotegido en esa época podemos valorar infinitamente más la extraordinaria revolución de la Torá, que ordena no solo no abusar sino “amar al extranjero”, ocuparse activamente del no judío —el guer toshab— que viene a refugiarse en nuestra tierra. Esta mitzvá constituye una inversión total del orden moral pagano antiguo, donde imperaba la ley de la selva.

JACOB

En la Parashá de esta semana leemos acerca de un episodio no idéntico, pero muy similar, que ocurrió con Jacob. Cuando nuestro tercer patriarca y su familia llegaron a Shejem, el poderoso príncipe local, tomó a Diná, la hija de Jacob, se la llevó, abusó de ella y la retuvo por la fuerza.

Jacob no reaccionó. Quedó obviamente devastado pero se mantuvo pasivo, como su padre Isaac y su abuelo Abraham. Tal vez tuvo miedo porque sabía que el enemigo tenía una ventaja numérica. O quizás pensó que, del mismo modo que había ocurrido con sus antepasados, la intervención Divina “directa” era inminente. Pero no hubo intervención divina. Dios no se le apareció en sueños a Jamor ni a su hijo para advertirles que no tocaran a la hija de Jacob.

Quienes sí reaccionan son dos de los hijos de Jacob. Entendían perfectamente que en el Medio Oriente regía la ley del más fuerte y que no podían sobrevivir si mostraban debilidad. Tampoco era realista esperar milagros de forma pasiva. En somejim al hanés; “los milagros no están garantizados”. Las reglas del juego habían cambiado. Quizás porque ahora podían defenderse.

Mediante una estrategia inteligentemente planificada, engañaron a los agresores, los incapacitaron, los atacaron sorpresivamente, destruyeron la ciudad y rescataron a su hermana Diná.

Jacob, sorprendido por esta operación militar sin precedentes, recriminó a sus hijos por lo que hicieron. Temía la represalia de los pueblos vecinos, que eran mucho más numerosos que su familia. Pero la operación militar de Shimón y Leví produjo un efecto inesperado. La Torá dice explícitamente que “un miedo Divino” (jittat Eloquím) se apoderó de los pueblos vecinos y los disuadió de atacar a los hijos de Jacob. Ese miedo sobrenatural, milagroso, hizo sentir a los locales que los judíos eran imprevisibles y que no era prudente meterse con ellos.   La intervención de Dios se manifestó, pero solo una vez que ellos actuaron.

SHIMÓN Y LEVÍ

Abraham tenía una familia muy pequeña: eran tres. Isaac, cuatro. Ninguno de los dos podía prescindir de la intervención divina directa para rescatar a sus mujeres: simplemente no contaban con el mínimo número de personas para hacerlo.

Shimón y Leví, en cambio, son plenamente conscientes de que, si bien el enemigo posee una ventaja numérica, no es imposible derrotarlo. Tienen tanta autoestima y Emuná que se lanzan a combatir incluso sin la ayuda de sus otros hermanos, que permanecen a la espera en la retaguardia.

Shimón y Leví representan la nueva generación: una generación que no se somete, y que utiliza su inteligencia para compensar su desventaja numérica y defenderse con determinación.

No esperan milagros pasivamente, sino que buscan otro tipo de intervención Divina: que acompañe la operación militar, no que la reemplace.

Y a la larga, este se convierte en el modus operandi normal de la intervención Divina en la lucha del pueblo de Israel contra el enemigo. Como lo dice la Torá sin ambigüedad (Debarim 20:4):

כִּי ה׳ אֱלֹ-הֵיכֶם הַהֹלֵךְ עִמָּכֶם לְהִלָּחֵם לָכֶם עִם־אֹיְבֵיכֶם לְהוֹשִׁיעַ אֶתְכֶם

HaShem irá con ustedes (הֹלֵךְ עִמָּכֶם) cuando salgan a pelear contra sus enemigos, y les concederá la victoria.

La ayuda llega a partir de que Israel se defiende, sale a luchar y no está dispuesto a convertirse en víctima.

MEDINAT ISRAEL

Resulta imposible ignorar el paralelo entre lo que ocurrió con Shimón y Leví y lo que sucede hoy en Medinat Israel.

Shimón y Leví representan un cambio generacional: son los jóvenes valientes que perdieron el miedo a enfrentar al enemigo, que ya no son una minoría indefensa, y que usan no solo su fuerza, sino también su inteligencia judía para derrotar a quienes buscan nuestra destrucción.

Una reflexión final, un poco interpretativa:

Shimón representa entre las tribus a la menos observante, como lo vimos en la Torá ,  sobre todo en el episodio de Bilam.

Leví representa lo contrario: es la tribu más observante, la que dará origen a los Cohanim que servirán en el Bet HaMiqdash, pero que cuando hay una guerra de supervivencia (miljemet mitzvá) se suman al ejército.  Y Shimón y Leví luchan juntos.

En el Israel post 7 de octubre está ocurriendo un proceso social y cultural muy significativo: cada vez más jóvenes religiosos jaredim, que estudian Torá, se preparan en academias o institutos tecnológicos con salida laboral. Y también, poco a poco,  se están enrolando cada vez más en el ejército, especialmente en unidades especiales donde la observancia es más estricta.

De acuerdo con Shlomó Filber, analista demográfico, si bien la población jaredí constituye hoy en Israel alrededor del 15 %, su crecimiento demográfico es, B”H, el más alto del mundo occidental o primer mundo (sic.), con más de seis niños por familia (ver aquí el artículo en hebreo de Filber con traducción al español: https://x.com/RYosefBitton/status/1996786525082644596).

Según Filber, el nuevo ejército de Israel, en los próximos años, contará  por lo menos con 50 % de soldados religiosos, dati leumi y jaredí. Es decir, que será una versión moderna y milagrosa de la sociedad entre Shimón y Leví.

Como la familia de Jacob, Israel está creciendo demográficamente de una manera milagrosa, y su ejército se prepara para incorporar a miles de jóvenes estudiosos de la Torá que, como Shimón y Leví, entienden que deben defender a sus “familias” y que la intervención Divina los acompañará y les concederá la victoria cuando enfrentan a sus enemigos.

Las Fuerzas de Defensa de Israel en un futuro inmediato, no son solo un “ejército con más judíos”, sino un “ejército con más judaísmo”.




VAYESHEB: La paciencia como parte de la fé

וכל אשר הוא עושה ה’ מצליח בידו

YOSEF, EL CAPATAZ

Yosef fue vendido por sus hermanos y fue llevado al mercado de esclavos en Egipto, donde Potifar, un ministro de la corte de Faraón, lo adquirió. En la casa de Potifar, Yosef se destacó por su gran trabajo. Su amo se dio cuenta de que el esclavo que había adquirido era un genio en la administración y también inspiraba confianza. Potifar dejó todos sus bienes y su hacienda, probablemente cientos de personas, en manos de Yosef. Aparentemente, Yosef había encontrado su destino final; aunque estaba lejos de su familia, al menos estaba en una posición privilegiada. Ser ascendido a “manager” era el último sueño, la utopía, de cualquier esclavo. Sin embargo, todo comenzó a empeorar para Yosef. La esposa de Potifar lo provocó, pero Yosef no sucumbió y rechazó sus avances con sutileza pero con firmeza. Trató de razonar con la mujer y le explicó que lo que ella quería hacer era un gran pecado contra su esposo y, sobre todo, contra Dios. “¿Cómo podría yo hacer algo tan malo y pecar contra Dios?” (Gén. 39:9). Pero la esposa de Potifar no tomó bien el rechazo de Yosef: ¡se sintió ofendida de que un hombre, un esclavo bajo su mando, la haya rechazado! Y acusó falsamente a Yosef de abuso sexual. Potifar, creo, no le creyó a su esposa. Si le hubiera creído hubiese matado a Yosef en el acto. Por el otro lado, no podía ignorarla ya que afectaría el honor de su familia. Por lo tanto, decidió enviar a Yosef a un calabozo.

YOSEF, DENTRO Y FUERA DE LA PRISIÓN

La situación de Yosef era ahora desesperada. La sentencia era por vida. Yosef pasó de ser un gerente exitoso y con privilegios, al nivel más bajo que podía llegar un ser humano en Egipto: “un esclavo condenado a prisión”. En Egipto, el valor de la vida de un esclavo era probablemente menor que el de un caballo o un perro. ¿Qué se puede decir entonces del insignificante valor de un esclavo en prisión? Sin embargo, gracias a su personalidad y carácter, Yosef también se ganó la confianza del jefe de la prisión, quien, al igual que Potifar, dejó la administración de la cárcel en manos de Yosef.

Yosef cuidó a dos prisioneros VIP, ministros del faraón. Ambos tuvieron sueños muy extraños. Y Yosef, que sabía mucho de sueños, le aseguró a uno de los dos ministros, el encargado de lo que bebía del Faraón –la persona de confianza que se aseguraba de que las bebidas que le llegaban al monarca egipcio no estuvieran envenenadas– que sería liberado y restituido a la corte. Yosef aprovechó esta circunstancia fortuita y le pidió al ministro que se acordara de él, y como pago por haber interpretado positivamente su sueño, le rogó que le dijera al Faraón que lo liberara de la prisión, ¡ya que era inocente!

UN FINAL FELIZ

Pero a medida que pasaban los días o las semanas, Yosef se dio cuenta de que su esperanza era una fantasía. El ministro del Faraón se olvidó de Yosef y conscientemente lo borró de su memoria. Porque, naturalmente, lo último que hubiera querido el ministro era recordarle a su jefe, que le había dado una segunda oportunidad, sus días en la cárcel. Un día, sin embargo, el Faraón tuvo un sueño inquietante y nadie pudo interpretarlo. En ese momento, el ministro, sabiendo que ahora no estaba “pidiendo” sino “haciendo” un favor al Faraón, le informó que había un joven hebreo en la cárcel que sabía interpretar los sueños. Yosef fue llevado al palacio y luego, como todos sabemos, se convirtió en la mano derecha del Faraón, lo que le permitió encontrar a sus hermanos y eventualmente reconciliarse con ellos.

¿QUÉ HUBIERA PASADO SI…?

Una de las grandes lecciones de vida que nos enseña la historia de Yosef es que a menudo queremos que algo suceda AHORA. Oramos y suplicamos desesperadamente a HaShem para lograrlo… y al final, puede ser que NO suceda. Pero después de un tiempo, miramos nuestras vidas hacia atrás y quizás nos demos cuenta de que GRACIAS A DIOS,  ¡LO QUE QUERÍAMOS QUE SUCEDIERA NO SUCEDIÓ! Y que ahora tenemos una mejor oportunidad, estamos en una mejor posición, etc.

Yosef deseaba desesperadamente que el ministro del Faraón ejerciera toda su influencia para sacarlo de prisión. Supongo que Yosef debió haber esperado con impaciencia día y noche a que alguien viniera a sacarlo de la cárcel en nombre del ministro de Faraón. Pero imagínese por un segundo si eso hubiera sucedido: Yosef estaría ahora fuera de la cárcel, sin dinero, sin familia y con el historial de un ex-convicto. No hubiese podido llegar muy lejos… Hubiera terminado como esclavo por segunda vez. Y en el mejor de los casos, habría culminado su carrera siendo un buen capataz en la hacienda de algún poderoso funcionario egipcio …

LA PACIENCIA COMO FORMA DE FE

Yosef aprende ¡y nos enseña! que la paciencia es parte integral de nuestra Emuná o fe. Porque muchas veces, las cosas que nos pasan o no nos pasan son al final para nuestro propio bien. Todas las experiencias negativas que vivió Yosef al principio lo hicieron bajar cada vez más, hasta el punto de la desesperación. Pero cuando Yosef toca fondo, inesperadamente, y sin que Yosef haya soñado con tal escenario, la vida de Yosef mejora meteoricamente.

No todos tenemos el mismo privilegio que Yosef. No siempre es posible ver una excelente resolución final para todos nuestros problemas en la vida. Sin embargo, esta lección es muy importante. Prácticamente todos los días escucho de alguien que no consiguió el trabajo que tanto deseaba o que fracasó en una cita potencial (Shidduj) o en un negocio. Uno puede sentir en ese momento que Dios lo ha abandonado. Pero luego, escucho a mucha gente decir: “¡Gracias a Dios que no sucedió lo que yo tanto deseaba que sucediera! Hubiera sido un gran problema, o al final pude conseguir algo mejor… Ahora me doy cuenta de que, al no acceder a mis plegarias, Dios me protegió de un terrible error  negocio/trabajo/shidduj, etc.

Esta es una actitud importantísima que una persona de fe debe cultivar en su vida. Saber que (y “actuar estratégicamente como si…” ) cuando lo que le pido a Dios en mis rezos no sucede, en última instancia, es porque algo mejor podría estar esperándome a la vuelta de la esquina.




El Rab Moshé Hefets y el Segundo Día de la Creación

El Rab Moshé Hefets (1663-1711) fue una de las figuras más notables del judaísmo italiano. Nacido en Trieste y educado en Venecia, desde muy joven fue reconocido como un niño prodigio. Se formó con el gran rabino italiano Shelomó Nitzza y se mantuvo como tutor y maestro privado, enseñando Talmud y Midrash, mientras cultivaba la poesía, la filosofía, las matemáticas y las ciencias naturales. Su formación, amplia y sólida, combinaba la tradición rabínica con una genuina fascinación por las ciencias de su tiempo, algo muy característico de los sabios sefaradíes de la diáspora italiana.

Entre sus obras destacan dos libros fundamentales. El primero, Janukkat HaBayit, publicado en Venecia en 1696, describe con minuciosidad la estructura del Segundo Bet HaMiqdash, sus utensilios y sus medidas. El libro incluye tablas y dibujos realizados por el propio autor, lo que muestra su dominio técnico y su capacidad para unir tradición con conocimiento práctico. Esta obra es tan precisa que hoy puede compararse con estudios arquitectónicos modernos sobre el Templo de Jerusalem.

El segundo libro, y sin duda su obra maestra, es Melejet Majashebet (primera edición, Venecia 1710), un hermoso comentario de la Torá. El Rab Hefets, al mejor estilo sefaradí, se concentra en la semántica y en la lingüística del texto bíblico más que en las agadot, buscando siempre descubrir el peshat, el sentido literal del texto. Lo que hace especial a este libro es que el rabino Hefets examinó también las fuentes bíblicas con la ayuda de los conocimientos científicos de su época. Amaba la ciencia y se especializaba en algunas disciplinas como la óptica y la física. Su libro contiene varios elementos inusuales para un texto hebreo del siglo XVIII: láminas con geometría, e ilustraciones y representaciones que hoy llamaríamos modelos de la materia, es decir, la unidad física más pequeña e indivisible que se conocía entonces.

Una de sus explicaciones más importantes —y lamentablemente ignorada por prácticamente todos los estudiosos del tema que yo conozco— es su interpretación del Segundo Día de la Creación. En Bereshit 1:6-8, la Torá describe que Dios “separó entre las aguas superiores y las aguas inferiores” mediante el raquia. Aunque parezca increíble, y aunque el mismo Salmo que parafrasea la Creación (Tehilim 104) lo dice de una manera explícita, muchos comentaristas modernos interpretan esta división como una separación metafísica o como un concepto cosmológico antiguo. Algunos, incluso, como el profesor Aviezer en su libro Bereshit Bara, aluden a aguas en el espacio exterior o en meteoritos. Sin embargo, siguiendo la explicación de Maimónides en la Guía de los Perplejos y varias discusiones talmúdicas, el rabino Hefets describe el Segundo Día de la Creación con un lenguaje científico absolutamente comprensible para el lector moderno. En este día se describe claramente el establecimiento del ciclo del agua: evaporación, condensación y precipitación.

Siguiendo su indispensable exposición acerca de los homónimos en la Torá, es decir, palabras con un amplio campo semántico, Maimónides ya había señalado que raquia o shamayim, en el contexto del segundo día, no se refiere al universo, como en el primer versículo de la Creación, sino al cielo visible, donde se forman las nubes (Guía de los Perplejos 2:30). El rabino Hefets desarrolla esta idea con una claridad sorprendente. En Melejet Majashebet (pp. 10-11 de la edición de Varsovia, 1914) afirma que las “aguas” que se separan de las inferiores se refieren al vapor que asciende, se separa del agua de los océanos y se transforma en nubes o “aguas superiores”. Y explica que la etimología talmúdica de la palabra shamayim como esh más mayim alude al producto del calor que actúa sobre el agua del océano.

Así lo explica: por el efecto del calor se produce en el agua un cuerpo sutil, movible y que se expande, el vapor de agua, que asciende por su liviandad. Sobre YEHI RAQIA BETOJ HAMAYIM escribe:
“יהי בתוך המים אויר וגוף מתנועע דק ומתפשט”,
“Que se produzca dentro del agua un vapor y un cuerpo liviano y expansivo que se expande [hacia arriba]”.

Tal como ocurre en la experiencia cotidiana:
“כאשר יעשו המים על האש בנקל יתהפכו לאויר והאויר ההוא הנהפך אם ימצא קור בנקל ישוב למים כבראשונה”,
“Cuando el agua es expuesta al fuego se transforma fácilmente en vapor, y ese vapor, al encontrar frío, se condensa y vuelve a ser agua como al principio”.

A partir de esta lectura, se entiende mejor que la separación entre aguas superiores e inferiores describe el establecimiento del ciclo del agua potable, esencial para la existencia de la vida en nuestro planeta. El milagro de la lluvia es un fenómeno que admiramos verbalmente todos los días, desde que termina la fiesta de Sukkot, alabando al Creador por este maravilloso proceso, único en el universo, diciendo en la Amidá: “Mashiv haruaj uMorid hageshem”, que el Creador hace que sople el viento y así produce la lluvia.

Otros sabios posteriores, cuando ya contaban con un lenguaje más científicamente desarrollado, describieron el segundo día de la Creación como el día en que fue creada la atmósfera terrestre. Con esa precisa palabra lo explicó Ribbí Menashé ben Israel. De modo similar, Ribbí Itzjak Samuel Reggio escribió que “una parte de las aguas del océano se concentró en el espacio y se convirtió en las nubes”, explicando que la división del segundo día conduce directamente a la formación de la lluvia.

Sorprendentemente —o no— la ciencia moderna utiliza exactamente la misma terminología para definir a las nubes, que no son otra cosa que masas visibles de gotas de agua o cristales de hielo suspendidos en la atmósfera. El geógrafo John Lynch lo expresó con una claridad que parece tomada de Bereshit: “Vivimos en un planeta de agua; hay un océano a nuestro alrededor y otro océano encima de nosotros”. La frase original en inglés, de su libro The Weather (Oxford University Press, 1997), dice: “We live on a planet of water. There is an ocean around us and an ocean above us.” Lynch utiliza esta terminología para explicar la increíble formación de la atmósfera terrestre: las “aguas superiores” y “aguas inferiores” del segundo día de la Creación.

La interpretación de Ribbí Moshé Hefets transforma el Segundo Día de la Creación en algo profundamente cercano: la instauración del mecanismo que hace posible la vida en la tierra. No un misterio lejano e inexplicable, sino la descripción bíblica del ciclo del agua, ese proceso continuo y vital que conecta los mares, el cielo y la lluvia que sostiene toda la existencia.

Su obra Melejet Majashebet incluye un retrato del propio autor. Ese retrato, el primero que aparece en un libro hebreo, incluye la famosa inscripción ben meá shaná, que muchos entendieron literalmente como que el autor tenía “cien años”, pero en realidad alude al valor numérico de la palabra hebrea meá, que es 46, la edad real de Hefets en ese momento.

La vida de Hefets estuvo marcada por el dolor. En 1699 falleció su hijo Gershom durante una epidemia. Ribbí Moshé falleció muy joven, a los 48 años, el 30 de Jeshván de 1711, dejando tras de sí la impresión de un sabio brillante cuya obra había superado en poco tiempo las fronteras de Italia.




VAYISHLAJ: Ni la espada de Esav ni la mano de Esav

Ya’aqob Abinu regresa a Erets Israel después de 20 años.  Tiene muchas dudas. Una de esas dudas es si su hermano Esav aún le guarda rencor. Recordemos que 20 años atrás Esav decidió matar a Ya’aqob (Gen. 27:41). La pregunta del millón ¿Seguirá Esav odiando a Ya’aqob, 20 años después?
Ya’aqob no puede estar seguro. Y se prepara para lo peor: enfrentar militarmente a Esav.  También manda mensajeros a llevarle un generoso regalo a Esav. Para desmotarle que, de su parte, no hay rencores.  Y también reza a HaShem.  En esa Tefilá nos damos cuenta que Ya’aqob no solo temía por su vida y la vida de su familia. Ya’aqob también temía la integración con Esav.  El “judaísmo” de ese entonces, la creencia en un único e invisible Dios, no era lo que practicaba Esav y su familia. Ya’aqob sabe que la integración con Esav implicaría el final del camino de Abraham Abinu.
Entonces Ya’aqob formulo una Tefilá que resuena tan relevante en nuestros días.Ya’aqob le pide a HaShem que lo salve “de la mano de su hermano; de la mano de ESAV”. Esta Tefilá es un poco misteriosa porque aparentemente es innecesariamente  repetitiva.  Ya’aqob tenía un solo hermano: ESAV. Hubiera alcanzado con que Yaa’qob dijera: “Sálvame de la mano de Esav” o “Sálvame de la mano de mi hermano.”
La lucha de Ya’aqob con Esav es la misma lucha que libran los descendientes de Ya’aqob con las descendientes de Esav.
Esav a veces aparece como el enemigo de Ya’aqob o Israel. Esta actitud de Esav se llama “antisemitismo” y viene en todos lo tamaños y colores. No conoce fronteras de tiempo ni geográficas. Puede ocurrir en una parada de autobuses en Tel Aviv, en un supermercado de Givat Shaul o  incluso dentro de una Sinagoga en Har Nof. Pero la espada de Esav no sólo mata en Israel. También ataca en Francia, Bélgica, Argentina o Estados Unidos.
Anticipando esta actitud de Esav, Ya’aqob le pide ayuda a HaShem para liberarse Esav, de su espada mortal.
Pero, ¿Qué significa, “Sálvame de la mano de mi hermano”?
Esav no siempre se muestra como el enemigo de Ya’aqob.
¿Qué pasa si Esav me recibe amistosamente, se pregunta Ya’aqob, y me invita a vivir con él? Al fin y al cabo, somos hermanos….
Ya’aqob sabe que las dos opciones, la espada de Esav y la mano abierta de Esav, lo van a llevar a un resultado muy parecido. Su perdición. Física o espiritual.  Porque si Esav “lo perdona” y no lo mata, va a querer que Ya’aqob viva con él, y entonces, inevitable , la Torá de Abraham y de Ytshaq desaparecerá por completo.
HaShem intervino en el corazón de Esav. Y (a ultimo momento?) Esav decide no matar a Ya’aqob.    Y entonces ocurre lo que Ya’aqob también anticipó. Después de introducir a la familia, Esav invita a Ya’aqob a ir con él, asentarse donde está Esav y vivir como buenos hermanos. Esav le ofrece su mano a Ya’aqob.  (33:12)  nis’a veneleja veeleja lenegdeja”, “Vamos, comencemos a viajar, yo iré adelante [para protegerte y mostrarte el camino hacia mi casa]” Tus niños van a poder jugar con mis niños. Tengo algunas sobrinas que les quiero presentar a tus hijos mayores. Y conozco un excelente candidato para Diná, tu única hija.
 HaShem lo salvo a Ya’aqob de la “espada” de Esav. Ahora, de la “mano” de Esav Ya’aqob tiene que salvarse solo,  Y Ya’aqob, muy seguro de que su destino depende de las próximas palabras que vaya a pronunciar le dice a Esav: “NO”. Muy diplomáticamente, le explica: “Tu comienza a ir y yo voy a ir muy despacio… los niños están un poco débiles,  las mujeres están muy cansadas…por favor, adelántate. No me esperes”.
Esav entiende y finalmente se va.
HaShem salvó a Ya’aqob de la amenaza antisemita.   Pero del peligro de la asimilación, Ya’aqob tuvo que salvarse por sí mismo. Tuvo que decir “NO” cuando entendió que su relación con Esav podría pasar de la cordialidad y el respeto hacia un plano social,  en el cual perdería su identidad.
Nosotros, los descendientes de Ya’aqob Abinu vivimos una situación muy parecida. A veces enfrentamos a un Esav que nos quiere destruir y a veces a un Esav que nos quiere asimilar.   Son dos batallas totalmente distintas.  Que se luchan con armas y estrategias diferentes.Con la ayuda de HaShem y con nuestra convicción religiosa, y especialmente a través la educación judía que brindemos a nuestros hijos, podremos, como Ya’aqob Abinu, vencer los desafíos que nos presenta el Esav de turno.SHABBAT SHALOM




Resumen de Parasha VAYISHLAJ

Jacob regresa a la tierra de Israel después de haber pasado veinte años en la casa de su tío Labán, en la ciudad de Jarán, al sur de Turquía. Apenas llega, envía emisarios a su hermano Esav para anunciar su retorno. Los mensajeros vuelven con noticias alarmantes: Esav, quien había jurado matarlo por haberle quitado la primogenitura, se aproxima acompañado de cuatrocientos hombres armados. Temiendo lo peor, Jacob actúa con plena estrategia. Divide a su familia para minimizar el riesgo de una tragedia, eleva una plegaria a Dios implorando Su protección y prepara un regalo extraordinariamente generoso para Esav: cientos de animales destinados a apaciguar su ira.

Esa noche, Jacob cruza una y otra vez el río para trasladar a su familia y sus pertenencias. Antes de cruzar por última vez, se encuentra de pronto frente a un misterioso ser —un ángel o un hombre enviado por Dios— y lucha con él hasta derrotarlo. De este encuentro emerge transformado y recibe un nuevo nombre, Israel, que simboliza a quien lucha contra fuerzas superiores y aun así prevalece.

Cuando Jacob y Esav finalmente se encuentran, Jacob se inclina siete veces ante su hermano, en un gesto de sumisión y máximo honor. Contra todo pronóstico, los hermanos se reconcilian y se abrazan. Esav invita a Jacob a acompañarlo y vivir junto a él, pero Jacob, con diplomacia y prudencia, rechaza la invitación.

Jacob continúa su viaje hacia Sukkot y luego llega a Shejem, donde adquiere un terreno cercano a la ciudad. Allí ocurre uno de los episodios más dolorosos de la Parashá: su hija Diná es secuestrada y abusada por el príncipe heredero de Shejem. Dos de sus hijos, Shimón y Leví, responden con astucia y ferocidad. Convencen a los habitantes de la ciudad de circuncidarse y, aprovechando su estado de convalecencia, destruyen Shejem y matan a todos sus hombres.

Tras este episodio, Jacob abandona la ciudad y se dirige a Bet-El. En ese lugar, Dios vuelve a revelarse y confirma Su promesa: la tierra que perteneció a Abraham e Isaac será heredada por Jacob y su descendencia. En agradecimiento, Jacob construye un altar.

En el camino, ocurre otra tragedia. Rajel, la esposa amada de Jacob, muere al dar a luz a su segundo hijo, Binyamín. Su tumba queda establecida en el camino, cerca de Bet Lejem, donde hasta hoy es recordada. Jacob sigue hacia Hebrón y se reúne con su padre Isaac, cuya vida llega a su fin a los ciento ochenta años. La Parashá concluye con una descripción de las esposas, hijos y once descendientes de Esav, quienes conforman el inicio de la nación de Edom.




VAYISHLAJ: Los “NO” que definen nuestra vida

«הצילני נא מיד אחי מיד עשו»

LA ESPADA DE ESAV

Ya’akov Abinu regresa a la tierra de Israel. Tiene muchas dudas. Una de esas dudas es si su hermano Esav aún le guarda rencor. Recordemos que hace 20 años Esav decidió matar a Ya’akov. Y Ya’akov ahora se cuestiona: ¿me sigue odiando Esav, 20 años después? A lo mejor sus sentimientos han cambiado y ya se olvidó de lo que pasó tanto tiempo atrás… pero Ya’akov no está seguro. Y encuentra una complicación más: escucha que Esav está llegando con una banda de 400 hombres, demasiada gente para un comité de bienvenida. Ya’akov teme lo peor y siente el peligro que acecha a él y a su familia.

Ya’akov reza y suplica por la intervención divina diciendo la famosa frase: «[HaShem], sálvame de la mano de mi hermano, de la mano de Esav».

Cuando finalmente se reencuentran, Esav no ataca a Ya’akov. Hay comentaristas bíblicos que explican que Esav tenía toda la intención de destruir a Ya’akov y quedarse con su familia y sus posesiones, pero que hubo un cambio emocional en el corazón de Esav. ¿Por qué? La noche anterior, Ya’akov luchó contra un enviado de HaShem (un «ángel», aunque la Torá lo describe como un «hombre»). Este individuo hirió a Ya’akov en su muslo y lo dejó herido. Cuando Esav vio a Ya’akov rengueando, se conmovió (o pensó que Ya’akov ya no era un adversario digno…) y, de acuerdo con esta interpretación, el perdón que no llegó en 20 años se transformó en una especie de «lástima» por la vulnerabilidad de Ya’akov, y los sentimientos de afecto regresaron. Así, de una manera directa o indirecta, HaShem salvó a Ya’akov de Esav al hacerlo luchar contra ese “ángel”.

LA INVITACIÓN DE ESAV

Acto siguiente, y ahora en un clima de reencuentro familiar, Esav agradece los generosos regalos de Ya’akov y le dice: «No me hace falta nada, hermano mío, yo tengo demasiado». Vemos que Esav es un hombre materialmente exitoso. Es el patriarca, fundador y cabecilla del pueblo de Edom. Pero Esav, tal como su madre lo había anticipado, no siguió el camino de su abuelo Abraham ni de su padre Isaac. Los edomitas, liderados por Esav, se habían asimilado a los pueblos vecinos. Habían abandonado las creencias de Abraham Abinu y eran idólatras.

Ahora, Esav ya no ve más a Ya’akov como su enemigo, sino como su hermano.
Y aquí, irónicamente, comienza un problema enorme para Ya’akov.
Algo más delicado y más sutil que la espada de Esav, pero igualmente letal, amenaza el futuro de Ya’akov y el legado de Abraham. Como consecuencia de la nueva reconciliación fraternal, Esav invita a Ya’akov a unirse a él (Génesis 33:12). «Nis’a veneleja. Vamos juntos. Ven conmigo a Se’ir, y allí viviremos como una sola familia. Tus niños pequeños van a jugar con mis niños: sus primos. Y ya tengo en mente algunas de mis hijas y nietas que podrían ser muy buenas candidatas para casarse con tus hijos». Ya’akov sabe que si acepta la invitación de Esav, sus hijos terminarán asimilándose a Esav y formarán parte de su familia.

HAY MUCHO EN JUEGO: si Ya’akov se une a Esav sería el final del legado de Abraham Abinu (del «judaísmo» de ese entonces)… y no por la vía de la espada de Esav, sino por la disolución natural e inevitable de la «religión» que practicaba la familia de Ya’akov.

EL «NO» QUE CAMBIÓ LA HISTORIA

En ese momento decisivo para la posteridad, Ya’akov, heroicamente, le dijo a Esav “NO”. Lo hizo muy diplomáticamente. «Tú ve adelante y yo llegaré al ritmo de mis pequeños hijos», le dijo. Esav, que quizás no comprendió la indirecta de Ya’akov, insistió: «Si quieres, te dejo algunos hombres para que te protejan en el camino, hasta que llegues a mi casa». Ya’akov, estoicamente, soportó la tremenda presión psicológica de ese momento —en el que se podía cortar el aire con un cuchillo— y, con mucha incomodidad pero con mucha firmeza, rechazó nuevamente la oferta de Esav. «¿Por qué habré de hallar tanta gracia en tus ojos?». Esav finalmente entendió el mensaje y se marchó.

Si tuviéramos que describir con nuestras propias palabras lo que experimentó Ya’akov en su intenso encuentro con Esav, diríamos que en un mismo evento Ya’akov se enfrentó al antisemitismo y a la asimilación. En el primer caso, especialmente si seguimos la opinión que mencionamos, Dios intervino «directamente» para salvar a Ya’akov de Esav, «su enemigo». Pero cuando Ya’akov se enfrenta a Esav, «su amigo», allí no hubo intervención divina. Hubo una decisión humana determinante. Ya’akov debió actuar por su cuenta y decir —y asumir las consecuencias— del «NO». En esta segunda instancia, Dios no interviene y espera que Ya’akov tome la decisión correcta por sí mismo.

SI YA’AKOV NO HUBIERA DICHO «NO»…

La mejor manera de entender el impacto de los “NO” que definen nuestras vidas es visualizar qué hubiera pasado si no hubiéramos dicho “NO”. Hoy en día, nosotros, los descendientes de Ya’akov Abinu, seguimos enfrentando desafíos muy similares. La sociedad no judía nos invita a una integración cultural y social sin barreras ni diferencias. La asimilación se cobró ya millones de «almas» judías. Millones de instancias en las que los jóvenes o sus padres no tuvieron la fuerza, la inteligencia o la convicción de decir «NO» a Esav el amigo, antes de que fuera demasiado tarde.

El daño ha sido catastrófico.

Comparto con ustedes dos números que lo dicen todo: en el año 1927, la población judía en los Estados Unidos era de 4.2 millones de personas. ¿Cuántos judíos debería haber en los Estados Unidos en 2025, casi 100 años después? En EE. UU. no hubo una Shoah, ni campos de concentración, ni mega matanzas antisemitas; por el contrario, la inmigración judía a este país continuó ininterrumpidamente incluso durante la Shoah. No soy un genio de las matemáticas, pero mi intuición me dice que hoy debería haber no menos de 15 o 20 millones de judíos en los Estados Unidos… Pero en realidad hay menos de 6 millones… ¿Qué pasó entonces con los millones de judíos que ya no se cuentan como tal?

Dios nos ayuda en la lucha contra el enemigo, pero de la asimilación tenemos que salvarnos por nuestra cuenta. Mejorando en nuestra observancia y apreciación de los valores judíos. Educando a nuestros hijos en escuelas judías y especialmente con nuestro ejemplo personal. Teniendo la valentía y la convicción de decir «NO» si alguna vez la relación con Esav puede pasar de la cordialidad y el respeto hacia un plano social en el que arriesgamos perder nuestra identidad.




VAYETSE: Leá, Yehudá y el primer Thanksgiving

BREVE HISTORIA DE UN NOMBRE

El pueblo judío no siempre se llamó así. En la Biblia hebrea o Tanaj aparecen tres nombres que definen nuestra identidad: Israel, hebreo y Yehudí, cada uno con un trasfondo propio.

Israel es el patronímico más antiguo. Somos Bené Israel, los descendientes de Yaacob, quien recibió el nombre Israel después de luchar y vencer a un ángel. ¿Por qué nos llamamos con el nombre de Yaacob y no nos llamamos, por ejemplo, el pueblo de Abraham o de Yitsjaq? La respuesta más sencilla es que de Abraham surgieron varias naciones, lo mismo de Yitsjaq. Pero los hijos de Yaacob, a pesar de haber pasado por conflictos muy profundos, terminaron unidos. De ellos surgieron las doce tribus y un solo pueblo: Bené Israel.

“EL OTRO”

El segundo nombre es “hebreo” (ivri), que significa “el que viene del otro lado”, refiriéndose probablemente al otro lado del Éufrates, es decir, la Mesopotamia. Este término, que también tiene un significado cultural muy profundo,  aparece referido a Abraham, Yosef, Moshé y otros descendientes del pueblo judío. Los egipcios llamaban a los israelitas “hebreos”. Incluso en las cartas de El Amarna —documentos egipcios del siglo XIV a.e.c., los más antiguos fuera de la Torá que mencionan a nuestro pueblo— se los identifica como habiru (“hebreos” en antiguo egipcio).

El tercer nombre, el más universal hoy, es Yehudí, y  aparece mucho más tarde. Tras la muerte del rey Shelomó, el reino de Israel se dividió en dos: el reino de Yehudá, con capital en Jerusalem, y el reino de Israel, también conocido como el reino de “las diez tribus”, con capital en Samaria o Shomerón. Cuando los asirios invadieron Samaria en el año 720 a.e.c., las diez tribus fueron destruidas y exiliadas. Solo sobrevivió el reino de Yehudá, que en español se llama Judea. Desde entonces fuimos conocidos como Yehudim, “judíos”. Así aparece en Meguilat Ester: Mordejai no es llamado hebreo ni israelita, sino Yehudí. Los griegos y los romanos también nos llamaron yehudim, y el territorio de Israel fue siempre conocido como Judea.

LA RAIZ DE YEHUDÍ

Pero hay algo más en este nombre. Aparte de su fascinante historia, el nombre Yehudí tiene un significado espiritual muy profundo. Y nació en un momento íntimo y especial que relata la parashá de esta semana, Vayetsé.

Yaacob llega a Jarán y se casa con Leá. Leá ya había tenido tres hijos, que era en cierta manera el número de hijos esperables. Recordemos que Sará tuvo un solo hijo y Rivká dos. Para Leá, tener tres hijos era la “evolución esperable” de la próxima matriarca. Pero, para su sorpresa y alegría, Leá da luz a un cuarto hijo y allí su alegría desbordó. En ese momento manifestó su sentimiento en palabras de agradecimiento a Dios. Leá declaró: “HaPaam odé et HaShem — Esta vez agradeceré a Dios” y así surgió el nombre Yehudá, que significa literalmente : “A Dios agradeceré”.

La raíz de Yehuda es yod–dalet–he que es la raíz de la palabra hebrea moderna todá , gracias, y de la palabra hebrea modé , te agradezco.

Esta es la primera instancia registrada en la Torá en la cual alguien expresa verbalmente su agradecimiento a Dios. Esa emoción— quedó sellada para siempre en el nombre de su cuarto hijo. Y cada vez que Leá pronunciaba el nombre de su hijo, repetía su deseo y necesidad de agradecer a Dios por la gran bendición que había recibido de Él.

¿Qué significa entonces “Yehudí”, más allá de consideraciones históricas?

En un mundo donde la espiritualidad suele “activarse” solo en momentos de crisis, o conveniencia, donde nos olvidamos a diario del Creador aun cuando disfrutamos de Sus bendiciones, nuestro nombre propio YEHUDI nos debe recordar que la conexión más genuina con Dios debe ser una relación de “gracias”, cuando no hay urgencias ni angustias.

IDENTIDAD JUDÍA

En los Estados Unidos, Thanksgiving ocurre una vez al año. En el pueblo judío, la gratitud es un acto diario. Desde Leá, que llamó Yehudá a su hijo para agradecer a Dios, la identidad judía quedó vinculada orgánicamente a ese gesto.

Por eso, cada mañana, al abrir los ojos, la primera palabra que pronunciamos es modé, “Te agradezco [Dios]”: Modé aní lefaneja melej jai veqayán —“Te agradezco, Dios, por seguir con vida, por la oportunidad de este nuevo día que comienza”—.

La identidad de un Yehudí se define por este acto: comenzar el día con una palabra de agradecimiento a Dios.




HAGOMEL: ¿Cómo se dice en hebreo Thanksgiving?

“Cuatro deben agradecer: los que descienden al mar, los que caminan por desiertos, quien estuvo enfermo y sanó, y quien estuvo preso – y salió.”

( Berajot 54b )

Nuestros Sabios enseñaron que hay cuatro circunstancias específicas en las que debemos expresar públicamente nuestra gratitud a HaShem por habernos salvado de situaciones potencialmente peligrosas. Esta obligación se deriva de Tehilim (Salmo 107). En los tiempos del Bet-haMiqdash, esta expresión pública de agradecimiento se cumplía a través del qorban todá, la ofrenda de agradecimiento. Hoy, hasta que el Bet-haMiqdash sea reconstruido בביא, expresamos nuestra gratitud con una bendición especial conocida como HaGomel. El texto de esta bendición es:

“Bendito eres Tú, HaShem, nuestro Dios, Rey del universo, que otorgas favores a quienes están en deuda [contigo], y Tú me has concedido todo lo bueno.”

Profundicemos en el significado de esta Berajá. La frase “HaGomel lajayabim tobot” (“Que concede favores a quienes están en deuda”) refleja nuestra comprensión del equilibrio entre nuestras deudas y nuestros méritos frente a nuestro Creador. Reconocemos que recibimos constantemente innumerables bendiciones y favores de HaShem. Incluso si poseemos ciertos méritos (zekhut) que podrían darnos “crédito,” estos son insignificantes frente a la inmensa bondad y bendiciones que debemos a HaShem. Además, cuando consideramos nuestras transgresiones y faltas (aberot), que disminuyen nuestro mérito, vemos con más claridad que el hecho de que HaShem nos salve es un acto de pura bondad (hesed) que no merecíamos.

Por esta razón un niño menor de edad no recita HaGomel. A su edad, todavía no es plenamente responsable de sus acciones y transgresiones. Por lo tanto, no puede ser clasificado como “jayabim” (deudor), lo cual es central para el significado de la Berajá (Rab Ovadia Yosef).

¿Cuándo se recita HaGomel?

Recitamos esta Berajá cuando una persona ha salido ilesa de cualquiera de las cuatro situaciones consideradas típicamente peligrosas, mencionadas en Tehilim (Salmo 107):

a) Al ser liberado de prisión (en tiempos antiguos, de un calabozo).

b) Después de viajar con seguridad por el océano.

c) Al recuperarse de una enfermedad grave.

d) Después de cruzar con éxito un desierto.

En hebreo, existe un mnemotécnico para recordar estas cuatro situaciones: la palabra חיים (Hayyim, “vida,” que aquí significa “ileso”). Corresponde a las iniciales de חבוש (prisón), ים (océano), יסורין (sufrimientos, refiriéndose a enfermedad), y מדבר (desierto).

La traducción clásica al inglés que aparece en la mayoría de los Sidurim para las palabras Birkat haGomel es: “Blessing of Thanksgiving.”