I ❤️ HAR HABAYIT: El 9 de Ab y la teología del basural

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Este Shabbat por la mañana comenzaremos la lectura del libro de Debarim y al finalizar leeremos una Haftará especial del libro de Yesha’ayahu (Isaías). A esta Haftará se la conoce como “Jazón” (por su primera palabra) y por extensión al Shabbat antes del 9 de Ab se lo llama Shabbat Jazón.
Este texto de la Haftará se encuentra en el libro de Isaías 1: 1-27, y es una visión profética en la que este gran profeta de Israel reprende a los habitantes de Jerusalem por su falta de integridad y su corrupción. La Haftará describe los pecados que provocaron que Dios ignorara nuestras oraciones y plegarias y eventualmente llevaron a la destrucción de nuestro primer Bet haMiqdash. Al leer y recordar los errores de nuestros antepasados, podemos reflexionar sobre nuestro propio comportamiento, mejorar nuestras acciones y merecer ver nuestro Bet haMiqdash reconstruido muy pronto, en nuestros días.
Entre los muchos puntos que denunció el profeta, vale la pena recordar su criticismo sobre la hipocresía religiosa.
Así dijo a la gente de Yerushalayim en nombre de haShem: 15. [Así dice Dios], cuando extiendas tus manos en oración, apartaré Mis ojos de ti; aun cuando Me ofrezcas muchas oraciones, no te escucharé, [porque] tus manos están llenas de sangre.
Yesha’ayahu denunció a las personas corruptas que mataban, robaban, engañaban en sus negocios, practicaban el soborno, corrompían la justicia y simultáneamente ¡rezaban a Dios! Y no solamente eso: también pretendían que Dios escuchara sus oraciones y respondiera sus pedidos! Como dice el profeta Yesha’ayahu: estos feligreses llegaban al Templo, “con sus manos manchadas de sangre”, y ofrecían sacrificios, como si Dios pudiera ser sobornado con regalos u ofrendas para ignorar sus malas acciones. Estos individuos, que quizás no eran pocos, tenían una idea muy infantil, inmadura y pagana de Dios.
Yesha’ayahu les explicó que NO existe el divorcio entre lo que uno hace y cómo uno reza. Un judío no puede practicar todo tipo de inmoralidades, y luego ir al Templo y a rezar ¡como si nada hubiera pasado! Como si todo estuviera bien. Como si Dios no supiera lo que realmente hicieron y la maldad de su corazón. Yesha’ayahu les explica que eso es inaceptable: que la honestidad y la moralidad, la no explotación de los más débiles, es una obligación religiosa imperiosa. Y que cuando una persona se comporta piadosamente en el Templo y es un corrupto en sus negocios, ¡es un hipócrita! Y HaShem detesta la hipocresía religiosa más que la no religiosidad. Dios no está recluido en el Templo. Él sabe lo que hacemos. Rechaza la oración de los corruptos y demanda que nuestra vida sea honesta y virtuosa no solo en el Templo, sino también (o especialmente) fuera del Templo!
Yesha’ayahu también les dice que no están condenados para siempre a ser ignorados por Dios. Les explica que si una persona corrupta se arrepiente, mejora su comportamiento y se vuelve honesta, HaShem lo aceptará nuevamente. Para que esa situación se revierta y Dios esté dispuesto a escuchar sus oraciones, Yesha’ayahu les dice lo que tiene que hacer:
(1: 16-17)
“…Purifíquense [de sus malas acciones]. Dejen de hacer el mal, aprendan a practicar la justicia, busquen la rectitud, defiendan a los oprimidos, luchen por la causa del huérfano, y defiendan a las viudas “.
Cuando HaShem ve nuestro arrepentimiento nos acepta nuevamente y escucha nuestras oraciones. Y así tendremos el mérito de ver nuevamente nuestro Bet haMiqdash reconstruido.

Moshé se dirige al pueblo de Israel, la nueva generación de israelitas que está a punto de ingresar a la tierra de Israel, en un extenso discurso que comienza recordando los eventos que ocurrieron desde la salida de Egipto, 40 años atrás, hasta el presente.
Moshé también menciona la designación de líderes y jueces para ayudarlo a guiar al pueblo. Esta medida sería tomada luego como el ejemplo de cómo organizar el sistema judicial en el pueblo de Israel.
Luego relata lo acontecido con los espías y cómo –con la excepción de Yehoshua y Caleb– desalentaron al pueblo judío y generaron una crisis que impidió a esa generación ingresar a la tierra Prometida. Esta grave crisis provocó que el pueblo de Israel tuviera que deambular 40 años en el desierto.
Dios le dice a Moshé que ya habían estado en esa región montañosa el tiempo suficiente y que ahora finalmente deben dirigirse hacia la tierra prometida e instruye al pueblo a no enfrentarse con los descendientes de Esav, la nación de Se’ir, y no provocarlos. Además, les ordena que compren de ellos, y no tomen por la fuerza, la comida y el agua que necesiten, ya que Dios no les concederá ninguna parte de la tierra de Se’ir. También le indicó a Moshé que no hostiguen ni provoquen a los Moabitas y Amonitas, ya que Dios ha otorgado su tierra como posesión a los descendientes de Lot.
El pueblo de Israel pasó 38 años viajando desde Kadesh-Barnea hasta cruzar el río Zared, y toda la generación anterior pereció en el desierto, tal como Dios lo había indicado.
Moshé le recuerda al pueblo que envió mensajeros al rey Sijón ofreciéndole la paz y pidiéndole permiso para pasar por su tierra. Pero Sijón se negó a dejar pasar a los israelitas. El pueblo judío se enfrento a Sijón, el emorita, rey de Jeshbón, y conquistó su tierra. La Torá entonces detalla la conquista de las tierras de Sijón y Og, en el lado oriental del río Jordán. Estas tierras serán adjudicadas a las tribus de Ruben, Gad y una parte de la tribu de Menashé

En ocasión del 250.º aniversario de la independencia de los EE. UU., escribí este artículo donde se habla de un tema muy poco conocido: cómo dos rabinos, uno sefaradí y otro ashkenazí, en los turbulentos años previos al siglo XX, colaboraron para la creación del fin de semana —sábado y domingo— que hoy damos por entendido.
En este artículo se puede observar también cómo los principios religiosos inamovibles y no negociables, al final, son los que permanecen: se transmiten de generación en generación y dejan su conciencia positiva en la sociedad y en el mundo. ¡Una gran lección! El artículo lo escribí en inglés y fue publicado por la revista Tablet. Aquí comparto mi traducción al español.
Este 4 de julio, Estados Unidos celebra 250 años de libertad. Entre las más norteamericanas de esas libertades está el derecho de la Primera Enmienda a practicar la propia religión como uno elija. Solemos pensar en ese derecho como una protección pasiva, una línea que el Estado no cruzará. Pero la libertad religiosa en Estados Unidos rara vez fue tan simple. De hecho, en dos batallas famosas y decisivas, esa libertad se jugó gracias al esfuerzo de dos rabinos que, negándose a entregar el Shabbat judío, le dieron a Estados Unidos una de sus instituciones más apreciadas: el fin de semana.
Para entender cómo, hay que volver al comienzo del siglo XX. En ese entonces, la observancia del Shabbat en Estados Unidos se derrumbaba. La semana laboral era de seis días, de lunes a sábado, y casi ningún empleador —ni siquiera muchas fábricas de dueños judíos— daba el sábado libre. Al inmigrante judío que se negaba a trabajar en Shabbat lo despedían, muchas veces, antes del lunes por la mañana.
Peor todavía: cada estado tenía sus “blue laws”, leyes del descanso dominical cristiano que obligaban a la mayoría de los comercios a cerrar el domingo. El propósito de esas leyes era abiertamente religioso: el mercado se detenía para que trabajadores y comerciantes pudieran ir a misa el domingo por la mañana. Pero para el judío observante del Shabbat, la cuenta era brutal: cerraba su negocio el sábado para cumplir con la ley de la Torá, y lo mantenía cerrado el domingo para cumplir con la ley del gobierno. Es decir: los comercios de judíos observantes podían abrir no más de cuatro días y medio a la semana, mientras que los de todos los demás abrían seis.
Había una salida obvia. En Alemania, en la década de 1840, el reformador radical Samuel Holdheim trasladó los servicios principales de su congregación al domingo. ¿Para qué insistir en el sábado —argumentaba— si lo esencial era simplemente tener un día de descanso espiritual? La idea cruzó el Atlántico. En 1885, la conferencia rabínica reformista de Pittsburgh declaró que la observancia no tenía por qué limitarse al séptimo día, y algunas congregaciones empezaron a hacer sus servicios el domingo por la mañana. El arreglo resolvía el problema económico de inmediato. No había peleas con los empleadores, ni choque con las blue laws, ni riesgo de quedar desempleado.
Pero los líderes rabínicos ortodoxos entendían que esa acomodación resolvía el problema equivocado. El Shabbat nunca fue solo un día libre. Era el día alrededor del cual giraba todo lo demás en la vida judía. Y una vez que la observancia del Shabbat se debilitara, también las festividades que él ancla empezarían a desvanecerse, y los ritmos de la vida judía se deshilacharían. Lo más grave de todo: la transmisión del judaísmo de padres a hijos quedaría en riesgo.
Y por eso, dos rabinos tomaron el otro camino. Se negaron a tratar el Shabbat como algo negociable, y pasaron el siguiente medio siglo defendiéndolo.
El Rab Hayim Pereira Mendes (1852-1937) —conocido en su vida norteamericana como Henry— fue una de las grandes voces sefaradíes de su generación. Nació en Birmingham, Inglaterra, en una distinguida familia rabínica sefaradí con raíces en Jamaica, Londres y Ámsterdam. Llegó a Nueva York en 1877 para servir como ministro y jazán de la Congregación Shearith Israel, la sinagoga española y portuguesa fundada en 1654, la congregación judía más antigua de Norteamérica.
Mendes le dio al judaísmo tradicional en Estados Unidos algo que necesitaba con urgencia: un inglés refinado y elocuente. No fue casualidad. Su abuelo materno, el Rab David Aaron de Sola, jazán de la sinagoga Bevis Marks de Londres, pronunció allí el primer sermón en inglés que se escuchó en ese templo, en 1831. Su padre, el Rab Abraham Pereira Mendes, fue el primer judío sefaradí en publicar un volumen de sermones en inglés. Mendes llevó esa tradición del otro lado del Atlántico y tradujo un judaísmo normativo, sin concesiones, a un inglés norteamericano digno. En un momento en que muchos rabinos ortodoxos todavía predicaban sobre todo en ídish o alemán, Mendes llevó una voz inglesa del judaísmo tradicional directamente a los tribunales, las legislaturas, las universidades y los diarios, sin diluirla.
No fue un caso aislado. Para los judíos sefaradíes, la respuesta a la asimilación nunca fue comprometer los principios. Fue la traducción: no solo hablar en un idioma familiar, sino adoptar todo lo de la cultura circundante que no contradijera la observancia de la Torá, tratando al mismo tiempo la ley judía como completamente innegociable.
Ese era el mundo de Maimónides, que escribió su mayor obra filosófica en árabe, el idioma de sus vecinos, y defendió el judaísmo en los mismos términos que usaban sus contemporáneos musulmanes, sin entregar un solo principio judío. Era el mundo de los judíos españoles y portugueses de Ámsterdam y Londres, que se vestían, hablaban y se comportaban como los principales ciudadanos de sus ciudades sin dejar de ser completamente fieles a la Torá. Y era también el mundo de Mendes. Cuando escribió su libro más famoso, The Jewish Religion Ethically Presented, explicó cada ley y cada ceremonia del judaísmo en el lenguaje que sus lectores norteamericanos respetaban —el lenguaje de la ética, el carácter y la razón— y no cambió nada de la ley misma. Porque venía de esa tradición sefaradí, no creía que un judío tuviera que elegir entre ser plenamente judío y estar plenamente en su casa en Estados Unidos: se podía ser las dos cosas. La Torá y la observancia del Shabbat no eran negociables, pero la forma de explicarlas sí.
Su compañero ashkenazí en esta lucha fue el Rab Bernard Drachman (1861-1945). Nació en la ciudad de Nueva York, hijo de padres inmigrantes de Galitzia y Baviera, y se graduó en Columbia College en 1882. Una congregación reformista financió sus estudios en Alemania, esperando que volviera como rabino reformista. En cambio, tras encontrarse con la piedad y la seriedad intelectual de la ortodoxia de Europa del Este, regresó a Estados Unidos convertido en un judío ortodoxo comprometido, para asombro de quienes lo habían patrocinado.
Drachman fue el primer rabino ortodoxo nacido en Estados Unidos en predicar en inglés en ese país. Durante más de 50 años lideró la Congregación Zichron Ephraim, en la calle 67 Este, y más tarde la Park East Synagogue. Juntos, Mendes y Drachman demostraron que el judaísmo tradicional no era una reliquia del Viejo Mundo, sino que podía volverse norteamericano sin entregar sus principios.
Los dos construyeron instituciones. En 1898, Mendes fundó la Union of Orthodox Jewish Congregations of America —la Orthodox Union de hoy— y fue su primer presidente. Drachman fue el segundo, entre 1908 y 1920. Mendes dirigió la Jewish Sabbath Observance Society, y Drachman la Jewish Sabbath Alliance of America, un grupo dedicado a ayudar a los judíos a guardar el Shabbat sin sufrir consecuencias insostenibles.
Su trabajo era muchas veces poco glamoroso e intensamente personal. Mendes mantenía una oficina junto a Shearith Israel abierta de la mañana a la noche. Día tras día llegaban judíos observantes del Shabbat que habían perdido su empleo por negarse a trabajar el sábado. Una y otra vez, Mendes los ayudaba personalmente a encontrar un nuevo trabajo. Viajó repetidas veces a Albany para testificar contra las leyes de cierre dominical, luchó para que se eximiera a los estudiantes judíos de los exámenes fijados en días festivos judíos, y peticionó al gobierno para que se les diera a los soldados judíos permiso en Yom Tov. Drachman puso a su propio hermano Gustave, abogado, como asesor legal de tiempo completo de la Sabbath Alliance, defendiendo durante décadas a comerciantes judíos procesados bajo las leyes de cierre dominical.
Durante años presionaron su causa, sin éxito, a través de las legislaturas, los tribunales y las apelaciones directas a los empleadores. Organizaciones sabatarias cristianas como la Lord’s Day Alliance derrotaban una y otra vez los pedidos judíos de excepción, mientras los comerciantes no judíos argumentaban que permitir que los judíos cerraran el sábado en lugar del domingo les daba una ventaja comercial injusta.
Después de décadas de no lograr convencer a los norteamericanos de que honraran el Shabbat judío, Drachman propuso algo audaz. En lugar de forzar a cada ciudadano al mismo calendario religioso, ¿por qué no crear dos días de descanso? Que los judíos observaran el sábado y los cristianos el domingo, y que se alentara a Estados Unidos a adoptar una semana laboral más corta.
En 1915, Drachman llevó ese argumento directamente a territorio hostil cuando viajó al Lord’s Day Congress en Oakland, California, una reunión nacional de los mismos sabatarios cristianos que durante tanto tiempo se habían opuesto a los pedidos judíos. De pie ante hombres que habían rechazado sus apelaciones una y otra vez, Drachman habló con respeto pero sin disculparse. El Shabbat judío, les recordó, estaba en los Diez Mandamientos. No era negociable. Pero si cada comunidad religiosa podía preservar su propio día sagrado con dignidad, mientras los trabajadores ganaban más tiempo para la familia y el descanso, la propia sociedad norteamericana saldría beneficiada.
A diferencia del mes y del año, la semana de siete días no tiene base en la astronomía ni en la naturaleza. El ciclo continuo de seis días de trabajo seguidos de un séptimo sagrado entró en la civilización mundial a través de la propia Biblia hebrea. Dos rabinos ortodoxos le estaban pidiendo ahora a la nación industrial más poderosa de la tierra que reorganizara el trabajo moderno en torno a ese antiguo ritmo bíblico.
Es cierto que los rabinos ortodoxos no establecieron solos la semana laboral de cinco días: los sindicatos, los reformadores industriales y las nuevas teorías sobre la productividad contribuyeron todos a su surgimiento. Pero ellos ayudaron a construir el argumento moral y político años antes de que se volviera práctica habitual, y lo hicieron precisamente porque se habían negado a dejar que la distinción judía se disolviera en la cultura circundante.
Drachman pudo dar ese argumento en Oakland justamente porque no había movido el Shabbat al domingo. Fue la insistencia en el sábado —lo mismo que hacía que los judíos observantes resultaran incómodos para el sistema existente— lo que con el tiempo pasó a formar parte de un replanteo más amplio del trabajo, el descanso y la libertad religiosa en Estados Unidos.
La idea se difundió despacio al principio, y después con una velocidad notable. A partir de 1919, la Sabbath Alliance unió fuerzas con sindicatos liderados por judíos. En 1920, la Amalgamated Clothing Workers of America respaldó la semana laboral de cinco días. En 1924, una convención de rabinos ortodoxos de Nueva York, Nueva Jersey y Connecticut respaldó formalmente el fin de semana de dos días; ese mismo año, 50.000 trabajadores textiles fueron a la huelga en apoyo de la medida. Dos años después, el número se duplicó: 100.000 trabajadores textiles en Nueva York y Filadelfia. Para 1927, la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos declaró que la semana de cinco días era prácticamente el estándar en la industria de la confección, y de ahí se extendió por toda la economía norteamericana.
Mendes fue testigo de esa transformación antes de morir en 1937. Drachman vivió hasta 1945, lo suficiente para ver el Shabbat observado de nuevo en el séptimo día por miles de judíos norteamericanos, por primera vez en casi un siglo.
Hoy, cuando Estados Unidos celebra su cumpleaños histórico, el fin de semana se volvió tan común que casi nadie se pregunta de dónde vino. La respuesta, en parte, son dos rabinos ortodoxos que se negaron a mover el Shabbat al domingo. Lo que hacían, sin saberlo del todo, era la tarea inconclusa de la libertad religiosa norteamericana. No se propusieron darle a Estados Unidos el fin de semana. Simplemente no estaban dispuestos a renunciar al Shabbat. Y precisamente porque no se doblegaron, Estados Unidos terminó adaptándose a sus principios.

נְקֹם נִקְמַת בְּנֵי יִשְׂרָאֵל מֵאֵת הַמִּדְיָנִים אַחַר תֵּאָסֵף אֶל־עַמֶּיךָ׃
Dios le dice a Moshé: “Lidera la batalla de los hijos de Israel contra los midianitas; después te reunirás con [las almas de] tu pueblo” (Bamidbar 31:2).
En la parashá de esta semana, Moshé Rabenu nos enseña una gran lección: cómo combinar dos sentimientos opuestos que se complementan.
Por un lado, HaShem le dice: ve y lucha contra los midianitas, y después “te reunirás con tus antepasados”. Es decir: vas a fallecer. Esta guerra será tu última misión. Moshé lo entiende. Sabe que su cuerpo va a regresar al polvo, y que su alma se unirá a sus antepasados. Y no se resiste ni negocia. Reconoce su naturaleza efímera y acepta, con humildad, su mortalidad.
Por el otro lado, Moshé también sabe que él es imprescindible como líder. No le dice a HaShem: dale esta misión a Yehoshúa, yo estoy cansado, que la haga otro. Moshé sabe su valor. Sabe que él es irreemplazable. Insustituible. Pero no siente vanidad. Asume su rol protagónico y toma sobre sí la responsabilidad hasta el último día.
En Moshé, estas dos ideas opuestas —humildad y autovaloración— se complementan.
Ayer, jueves, visité Har Hamenujot, el cementerio judío más grande de Yerushalayim. Está en Guivat Shaul. Tiene unas 58 hectáreas (como referencia, son unos 80 estadios de fútbol). Hay más de 200.000 tumbas. Y allí descansan algunos de los más grandes rabinos de las últimas generaciones: el Rab Jayim Yosef David Azulai; el Rab Mordejai Eliyahu; el Rab Shalom Messas; y el Rab Yaakob Yosef, entre muchos otros.
Debo confesar algo: generalmente no visito cementerios. Sigo la opinión de Maimónides, que escribe que uno no debe frecuentar las tumbas (Hiljot Ébel 4:4). Y allí mismo enseña que no es el texto grabado en la piedra (nefesh) lo que los recuerda, sino sus enseñanzas. Sus palabras y acciones, cuando las recordamos, son su verdadero monumento. En lo personal, creo que la mejor forma de honrar la memoria de nuestros Jajamim es, como dice Maimónides: leer, estudiar y enseñar sus ideas.
Tuve el zejut de escribir las biografías y las ideas de más de 120 Jajamim sefaradim “ignorados”. Y publiqué dos libros sobre ellos que llamé “Gigantes Olvidados”. Cada vez que escribo sobre uno de estos rabinos me acuerdo de lo que dijo HaRambam, y Jazal, sobre el versículo de Shir haShirim: “dobeb sifté yeshenim” — cuando uno repite, ¡cuando uno enseña!, las palabras de un Jajam que ya falleció, “sus labios se mueven en su sepultura” (Yebamot 97a). Invocar su memoria es un acto de tejiyat hametim. Desde este punto de vista, visitar los libros de los Jajamim tiene más impacto en la elevación de su memoria que visitar sus tumbas.
Fui a Har Hamenujot pensando en nuestros patriarcas. Abraham adquirió en vida la Meará de Majpelá en Jebrón (Bereshit 23). Negoció, pagó, y aseguró su lugar y el de Sará. No esperó, ni dejó esa tarea para sus hijos. Pensar en el final es parte de vivir con lucidez, y es señal de humildad ante la propia mortalidad.
Al llegar al cementerio, un pequeño cartel me hizo detenerme y pensar. Era muy simple. Citaba dos textos famosos.
El primero, una frase de la Mishná: “Bishvilí nibrá haolam” — “El mundo fue creado para mí” (Sanhedrín 4:5).
El segundo, las palabras de Abraham Abinu: “Veanojí afar vaéfer” — “Yo solo soy polvo y ceniza” (Bereshit 18:27).
Dos ideas opuestas. Pero la sabiduría está en la combinación de las dos.
Comencemos por la segunda idea, que expresa nuestra increíble pequeñez. Somos átomos, polvo que vuelve a la tierra. Cuanto más conocemos el universo, más pequeños nos vemos. En el espacio, nuestro planeta entero es apenas un punto azul pálido, un “pale blue dot”, como decía Carl Sagan. En julio de 1994 el cometa Shoemaker-Levy 9 impactó contra Júpiter, y destruyó una superficie más grande que toda la Tierra. Fue algo casi trivial en nuestro pequeño sistema solar, pero que te deja pensando —y temblando— acerca de nuestra fragilidad cósmica. Somos pequeños en el espacio, y efímeros en el tiempo. Una ilusión de no más de 120 años. Moshé Rabenu reconocía que su reducción al polvo de la tierra era inevitable, y eso lo mantenía humilde. Pero también tenía conciencia de su misión existencial, que era más importante que su supervivencia.
La primera idea es que “el mundo fue creado para mí”. A primera vista suena narcisista. ¡Pero no lo es! La Mishná nos enseña a vernos como protagonistas centrales en los planes del Creador. Como en The Truman Show: donde todas las cámaras están enfocadas en una sola persona. Es la forma en que los Jajamim nos enseñan a mirarnos, para tomar conciencia de un rol único y central en los planes del Creador, y darnos cuenta de nuestra trascendencia y potencial.
El Rab Simjá Bunim enseñó que estas dos ideas hay que llevarlas como dos papelitos, uno en cada bolsillo, toda la vida. En un bolsillo: “el mundo fue creado para mí”. En el otro: “yo soy polvo y ceniza”. Los dos papelitos dicen una verdad. La grandeza está en saber cuál leer, y cuándo.
Cuando uno se siente deprimido, “aplastado” por la vida, debe meter la mano en el primer bolsillo. Fui creado con talentos únicos, y no los debo desperdiciar. No dejar pasar un solo día sin utilizarlos: para Am Israel, para acercarme al Creador, para influir positivamente en los demás. Cuando uno se siente insignificante, olvidado, tiene que recordar esta idea: el mundo fue creado para mí. Solo yo soy capaz de hacer algo que ningún otro ser humano puede hacer.
Y si uno empieza a sentirse superior a los demás, hay que sacar el segundo papelito del bolsillo. Polvo y ceniza, como dice esa canción en inglés que yo escuchaba de joven, sobre la fugacidad de la vida: “All we are is dust in the wind.” Todo lo que somos es polvo, arrastrado por el viento. Pequeñez y efemeridad. Los 120 años pasan volando.
Ninguna de las dos verdades alcanza por sí misma: la humildad sin sentido de propósito te hunde; el sentido de propósito, el reconocer cuánto uno vale, sin humildad, te hace vanidoso. La sabiduría es saber cuál sacar del bolsillo en cada momento.
Y por eso el cartel está justo allí, en la entrada del cementerio. Porque es el único lugar donde los dos papelitos se abren al mismo tiempo. Cada tumba declara que uno es “afar vaéfer”: polvo que regresó al polvo. Pero cada tumba es también un testimonio de “bishvilí nivrá haolam”: que aquí descansa un ser humano único, con talentos divinos, que marcó una diferencia en el mundo.
Ayer fue el 17 de Tamuz, un día de ayuno que inaugura un período de duelo que irá creciendo hasta el día 9 de Ab. Recordamos las cinco tragedias que golpearon al pueblo judío en esta fecha: el quiebre de las Tablas de la Ley, la traición de Menashé, la cancelación de los sacrificios y la brecha en las murallas de Yerushalayim.
En la diáspora, incluso en los lugares más cómodos del mundo judío, cada vez es menos difícil sentir el duelo. Para experimentar estos ayunos correctamente, uno debe sentirse “exiliado”; fuera de su casa; demonizado y odiado por los anfitriones. Pero aquí en Israel, ¿cómo se hace para sentir este tipo de duelo? Y no porque a Israel le falten amenazas externas o problemas internos. Es que acá cuesta estar triste, disfrutando de la extraordinaria oportunidad que HaShem le da a nuestra generación: vivir en Su país y servirlo a Él en Su lugar de residencia.
Este sentimiento “contagioso” de felicidad que se siente aquí no es pura teoría o subjetividad. Aquí también hay números.
En el índice internacional de felicidad de 2026 —el World Happiness Report, que mide 147 países— Israel ocupa el puesto 8 del mundo. Por segundo año consecutivo. ¡En plena guerra con Irán y compañía!
Y el dato más notable: son los israelíes menores de 25 años, la generación del futuro, los que ocupan el tercer lugar del mundo. Los jóvenes que hacen el servicio militar, que corren a los refugios, que sufrieron el trauma de los secuestrados, que enterraron amigos. Terceros en felicidad, muy por delante de sus pares de Occidente. En Estados Unidos, por ejemplo, los jóvenes rondan el puesto 60. Y los vecinos de Israel, como Egipto: puesto 139. O Líbano: 144.
Y esto no es solo estadística: ¡uno lo ve en la calle! En los shoppings. Restaurantes llenos, familias con muchos hijos, gente que disfruta el presente y planea el futuro.
Es el milagro más grande: que el país más amenazado del mundo sea el país más alegre de Occidente.
¿Cómo se explica? Los investigadores hablan de lazos familiares, de cohesión social. Todo cierto. Pero yo creo que hay algo más: aquí hay un sentido de propósito.
El israelí común —el soldado, el agricultor, la madre que cría cinco hijos— sabe que su vida diaria es parte de algo más grande que él. No está simplemente “viviendo su vida”: está cuidando la casa. La casa de todo el pueblo judío del mundo. Cada judío del planeta, lo sepa o no, tiene aquí su casa. Y si alguna vez la necesita —si algún día su país de residencia deja de ser 100% seguro— aquí lo esperan su refugio, su seguridad y su futuro. Los israelíes son los guardianes de esa casa. Y el que cuida la casa de todo un pueblo no tiene tiempo para el vacío existencial.
La psicología moderna lo confirma: la felicidad no viene del confort, viene del propósito. Por eso los jóvenes israelíes, que saben lo que hacen, por qué lo hacen y para quién lo hacen, con todo lo que cargan sobre los hombros, son más felices que los jóvenes que tienen todas las comodidades y ninguna misión en la vida —ninguna forma de impactar con sus acciones el destino de una nación.
Por eso el 17 de Tamuz en Israel tiene otro sabor. Ayunamos por las murallas que se quebraron, mientras estamos rodeados de las murallas que se están construyendo.
La Mishná (Taanit 4:8) nos recuerda claramente que algún día estos ayunos se convertirán en jornadas de alegría. Aquí en Israel, no parece que estemos muy lejos de ese día.
Desde la cima de Har Ebal, mirando hacia Shejem y las poblaciones árabes de alrededor, nuestro guía, Israel, señaló justo frente a nosotros la colina de Tammun. “¿Ven esa casita en la cima? Es una javá, una granja judía.” Para verla había que usar binoculares: se veía una casita, un corral y un camino de tierra. Nada más.
El proyecto de las javot (granjas) es de una simpleza genial y de una importancia estratégica y mesiánica. Una familia joven, con niños pequeños, se instala con mucho sacrificio en una colina vacía, y allí crían 20, 30 o 50 animales: cabras, ovejas o vacas. Los animales salen a pastar cada mañana, y el vasto territorio que recorren se le adjudica ahora a esa familia judía. Una familia con un rebaño abarca más territorio del que cualquier nuevo asentamiento puede lograr.
Veamos los números.
En Yehudá y Shomrón —Judea y Samaria— viven hoy alrededor de medio millón de judíos, en más de cien comunidades. Toda el área construida de esas comunidades —todas las casas, las calles, las escuelas, desde 1967 hasta hoy— se extiende en unas 8.000 hectáreas.
En estos territorios hay ahora unas 150 nuevas granjas, habitadas por unos pocos cientos de personas. ¿Cuánto terreno abarcan con sus animales que pastorean? Unas 78.600 hectáreas. El 14% de todo Yehudá y Shomrón.
Leámoslo de nuevo: medio millón de personas construyendo durante sesenta años ocupan 8.000 hectáreas. Unas decenas de valientes familias judías con sus rebaños abarcan ¡diez veces más! El 70% de la tierra que volvió a manos judías en estas décadas volvió por el pastoreo, no por la construcción.
Y el ritmo se acelera: solo desde octubre de 2023 se establecieron unas 50 granjas nuevas.
Entonces, Israel, nuestro guía, dijo algo que yo escuchaba por primera vez.
Los árabes de estos territorios reciben muchísimo dinero. Miles de millones de dólares de Europa, de las Naciones Unidas y hasta de EEUU. ¿Por qué no construyen ellos? ¿Por qué no gobiernan más territorio, por qué no tienen mejor infraestructura, por qué no llenan estas colinas de casas y ciudades con esas fortunas?
La respuesta, dijo, es una palabra: “corrupción”.
La corrupción del liderazgo palestino es legendaria. Y hasta este pasado miércoles, me molestaba muchísimo. La familia de Arafat acumuló una fortuna de miles de millones de dólares. Lo mismo las familias de los dirigentes de la Autoridad Palestina y de Hamas.
El dinero internacional que debía construir ciudades terminó en cuentas personales. Pero en realidad, ahora comprendo que, mientras los líderes se llenaban los bolsillos, las colinas del Shomrón quedaban vacías — ¡esperando a los yehudim!
A veces Boré Olam interviene en las mentes de los Goyim: endurece sus corazones, como con el Faraón, o agranda sus egos y sus ambiciones materiales, como con estos líderes árabes. Gracias a su corrupción, podemos repoblar nuestra tierra.
Desde Har Ebal se ve el pasado: el altar de los sacrificios de Yehoshua. Y también, en los montes del Shomrón, las granjitas judías que, con un enorme sacrificio, se están erigiendo y recuperando la tierra de nuestros antepasados.
Que HaShem bendiga y proteja a todos los pioneros que tanto hacen por Am Israel, la Torá de Israel y la Tierra de Israel.

Mi esposa Coty y yo estamos aquí en Israel con nuestra familia, celebrando el Bar Mitzvá de nuestro nieto Yosef. Este miércoles pasado, 16 de Tamuz, salimos de Yerushalayim por la mañana hacia el norte. En menos de una hora el paisaje cambia: se terminan los edificios y empiezan las colinas del Shomrón (Samaria), terrazas de olivos y aldeas sobre las lomas. Es un paisaje bíblico. No hay que imaginarlo: está ahí, del otro lado de la ventana.
Nuestra primera parada fue Shiló.
En esta ciudad: “Se congregó toda la asamblea del pueblo de Israel en Shiló” (Yehoshua 18:1).
Aquí, Yehoshua bin Nun reunió a todas las tribus de Israel y se decidió por goral —sorteo— cómo se iba a repartir la tierra: qué tribu se asentaría en el norte, el sur, el centro, las costas.
En Shiló también se estableció el Mishkán, el Tabernáculo, el precursor del gran Templo de Yerushalayim, y estuvo allí por 369 años. Visitamos el sitio del Mishkán, que todavía se puede identificar: un predio de unos 50 metros de largo por 25 de ancho.
Fue allí, en el Tabernáculo de Shiló, donde Janá, la madre de Shemuel —el primer profeta de Israel—, le pidió a HaShem un hijo. Y luego compuso su famosa plegaria de agradecimiento, Tefilat Janá. Está escrita allí, y la leímos en voz alta con mucha emoción.
De Shiló fuimos a la bodega Tura, donde almorzamos. Nos dieron para probar tres vinos: blanco, rosado y tinto. Primero recitamos Haguefen, y luego dos veces Hatov veHametiv. Los vinos del Shomrón son famosos en el mundo entero. Han ganado premios internacionales en catas a ciegas, donde los jueces prueban los vinos sin saber de dónde vienen (si no, dudo que hubiéramos ganado).
Allí almorzamos con el hombre más famoso y activo de la región en estos días: Yosi Dagan, el gobernador del Shomrón, y responsable, junto con el extraordinario ministro Betzalel Smotrich, de la increíble y milagrosa reconstrucción y restablecimiento de 22 nuevas comunidades en el Shomrón, lo que los Goyim llaman West Bank.
Para el postre, mi hijo, el Rab David, dijo un hermoso Debar Torá. Empezó diciendo: אנחנו שותים נבואה — “Estamos bebiendo una profecía”. Se refería a las palabras del profeta Yirmiyahu que, mirando este territorio de Israel completamente despoblado y destruido, se animó a decir:
עוֹד תִּטְּעִי כְרָמִים בְּהָרֵי שֹׁמְרוֹן נָטְעוּ נֹטְעִים וְחִלֵּלוּ׃
En el futuro, los yehudim “volverán a plantar viñas en los montes del Shomrón… y disfrutarán de su fruto” (Yirmiyahu 31:4).
Fíjense en el detalle: el pasuq no dice “en Israel” en general, sino específicamente en los montes del Shomrón — el lugar exacto donde está esta bodega “Tura” y otras bodegas famosas, como “Shiloh”. Y la palabra final, vechilelu, es un término halájico que aplica solo a los yehudim: se refiere a redimir el fruto del cuarto año (neta revai) para poder consumirlo con una gran celebración. Es decir: la profecía no anuncia solamente viñas plantadas, sino a los judíos bebiendo con alegría del fruto de la viña de esos montes — ¡como lo estábamos haciendo en ese mismo momento!
Luego del vino, a mí me hacía falta un café turco Elite para mantenerme despierto y llegar sobrio a nuestro destino principal: el monte Ebal (הר עיבל).
Fue una hora de viaje para llegar al pasado: unos 3.500 años atrás. ¿Nuestro destino? El altar que construyó Yehoshua bin Nun:
אָז יִבְנֶה יְהוֹשֻׁעַ מִזְבֵּחַ לַה׳ אֱלֹ-הֵי יִשְׂרָאֵל בְּהַר עֵיבָל׃
“Entonces Yehoshua construyó un altar a ה׳, Dios de Israel, en Har Ebal” (Yehoshua 8:30).
Moshé le había indicado a Yehoshua que, al entrar a la tierra de Israel, realizara una ceremonia de confirmación del pacto entre Dios e Israel: que escribiese la Torá sobre piedras —no talladas, sino revestidas con cal—, que leyera las condiciones del Pacto frente a todo el pueblo y que allí, en ese mismo lugar, ofreciera sacrificios y ofrendas de agradecimiento a Dios.
En los años 80, el arqueólogo Adam Zertal identificó este altar. Se descubrieron miles de huesos quemados de animales considerados puros por la Torá —es decir, aptos para ser sacrificados—. El altar está hecho tal como indica la Torá: con una rampa en lugar de las escaleras que hacen los pueblos paganos, y está construido con piedras completas, que no fueron talladas con instrumentos de metal. ¡Es el sitio arqueológico identificable más antiguo de la historia de Israel en su tierra!
Fue muy emocionante estar allí y visualizar, desde ese lugar, a nuestros antepasados entre los dos montes, a los Kohanim y Leviim frente a nosotros en el valle, escuchando a Yehoshua bin Nun leyendo la Torá.
Pero no solamente pudimos ver el pasado. También vimos el futuro. Parados en la cima de Har Ebal, de espaldas al altar, el paisaje domina el norte del Shomrón: el monte Gerizim enfrente, el valle abajo, y colinas con numerosas aldeas y ciudades árabes, como Shejem —y creo que también Jenin— y otras poblaciones árabes.
Pero desde ese lugar se veían también los nuevos asentamientos judíos: Har Berajá, sobre el mismo monte Gerizim. Elon More, muy cerca, hacia el este. Itamar.
Y ahora miren el mapa. En el cuadrado negro se ve el sitio del Mizbeaj (altar) de Yehoshua, sobre la cumbre noreste del monte. Y a poca distancia, sobre el mismo monte, hay un punto nuevo que no existía hace un año: el nuevo asentamiento con el nombre de este monte: Ebal (escrito: Eival).
Y Eival no es un caso aislado. En mayo de 2025 el gobierno de Israel, B”H, aprobó la creación de 22 asentamientos nuevos en Yehudá y Shomrón — algo que no ocurría en décadas. Los nombres son un mapa del Tanaj que vuelve a la vida, como se ve en las marcas anaranjadas en este mapa. Es parte del plan “Un millón en el Shomrón” de Yosi Dagan: llegar a un millón de residentes judíos en el Shomrón para 2050.
El asentamiento Eival se fundó en marzo de 2026, en plena guerra con Irán. Mientras caían misiles sobre Israel, unos camiones subían de noche las primeras caravanas al monte de Yehoshua. Medio año de preparativos — y el monte del pacto volvió a tener población judía después de miles de años.
Sin saberlo, estábamos parados sobre un túnel —o un puente— del tiempo. A nuestras espaldas, las antiguas piedras del altar que construyó Yehoshua. Y frente a nosotros, el territorio al que el pueblo está regresando en nuestros privilegiados días.

El 17 de Tamuz es un día de ayuno público (תענית ציבור). En este día, también inauguramos un período de tres semanas, hasta el 9 del mes de Ab, dedicado a mantener un duelo parcial por la destrucción de nuestro Bet haMiqdash (Templo de Jerusalén) y otras tragedias sufridas por el pueblo judío.
Cinco tragedias sucedieron al pueblo judío el 17 de Tamuz:
• Las Tablas de la Ley fueron destruídas
• Un ídolo fue colocado en el Bet haMiqdash.
• La ofrenda del sacrificio diario fue interrumpida.
• Apostomus quemó públicamente un Sefer Torá.
• La primera brecha en la muralla de la ciudad de Jerusalem
El ayuno comienza al amanecer y termina al anochecer.
• Menores: los niños menores de 13 años y las niñas menores de 12 están completamente exentos de este ayuno.
• Las mujeres embarazadas están exentas de este ayuno.
• Mujeres lactantes: en muchas comunidades sefardíes, la tradición es que después de dar a luz, las mujeres están exentas de ayunar durante 24 meses, incluso cuando ya no están amamantando a su bebé. En otras comunidades sefardíes, y en la mayoría de las comunidades asquenazíes, una mujer está excusada de ayunar durante 24 meses solo si todavía está amamantando a su bebé.
• Una persona que se siente enferma, con síntomas de gripe o fiebre, o una persona con una enfermedad crónica, como diabetes, no debe ayunar.
• Los ancianos deben consultar con sus médicos para determinar si el ayuno afectaría su salud, en cuyo caso están exentos de ayunar.
Además, en zonas de verano, toma precauciones extremas y trata de mantenerte en interiores protegido del calor. En caso de cualquier signo de deshidratación, náuseas, vómitos, boca muy seca, etc., NO DUDES EN ROMPER EL AYUNO.
El 17 de Tamuz ocurre cuarenta días después de Shabuot. Moshe ascendió al Monte Sinaí el 6 de Sivan y permaneció allí durante cuarenta días. El pueblo de Israel hizo el becerro de oro en la noche del 16 de Tamuz, cuando pensaron que Moshe ya no iba a regresar. Cuando Moshe descendió del Monte Sinaí y vio a los Yehudim adorando al becerro de oro, rompió las tablas que contenían los Diez Mandamientos.
Hay muchos comentarios muy interesantes sobre este episodio. Algunos explican que Moshe destruyó las Tablas para proteger al pueblo de Israel. ¿Cómo así? El Segundo Mandamiento dice: “No tendrás otros dioses delante de Mí… no te harás imagen [de idolatría]…” Los rabinos explicaron que al romper las tablas, Moshe destruyó la evidencia escrita que documentaba la terrible “traición” del pueblo judío a HaShem, al adorar a otros dioses. Los rabinos presentaron la siguiente metáfora:
“Imagina una mujer que se casó y, después de unos días, hubo comentarios muy negativos sobre el comportamiento de esta mujer (sospecha de adulterio). ¿Qué hizo uno de sus parientes? Tomó la Ketubá, el certificado de matrimonio, y lo destruyó. Dijo: es mejor que esta mujer sea considerada soltera que casada.”
Del mismo modo, Moshe, al romper las tablas, dijo: “Si no destruyo este documento [incriminador], el pueblo de Israel no tendrá esperanza de ser perdonado.” Así que rompió las Tablas y luego le dijo a HaShem, tratando de abogar por el pueblo de Israel: ¡Perdónalos! ¡Nunca llegaron a leer lo que estaba escrito en las Tablas!”
De cualquier manera, la destrucción de las Tablas de la Ley significó una gran tragedia. En primer lugar, porque significaba no tener más las Tablas del Testimonio escritas “directamente” por HaShem, que una vez rotas fueron reemplazadas por tablas escritas por Moshe. Y en segundo lugar, porque la destrucción de las Tablas nos recuerda la causa de esta desgracia: la adoración del becerro de oro.
Finalmente, los rabinos del Midrash también nos enseñan un aspecto positivo de recordar la destrucción de las Tablas de la Ley el 17 de Tamuz. Ribbí Yehoshua ben Levi (Masejet Aboda Zara 4b) dijo que del episodio del becerro de oro aprendemos que HaShem está dispuesto a perdonar incluso las ofensas más graves. Así que nunca debemos perder la esperanza y decir: “He cometido demasiados pecados. HaShem nunca me perdonará. Estoy definitivamente en un punto más allá de la redención.”
Según Ribbí Yehoshua ben Levi, ninguna transgresión puede ser más grave que la idolatría practicada con el becerro de oro. Y vemos que al final, después del arrepentimiento y las Tefilot (oraciones), HaShem perdonó a Am Israel.
Este es un mensaje muy adecuado para un día de ayuno, que debe dedicarse a hacer Teshubá: arrepentirnos de nuestras malas acciones y acercarnos a HaShem.
Los rabinos discrepan sobre este punto en cuanto a su ´poca exacta : ¿recordamos lo que ocurrió en tiempos del rey Menashe en el siglo VII antes de la era común (AEC) o lo que ocurrió en tiempos de Apostomus, un general romano que ofendió públicamente a los judíos alrededor del año 68 de la era común?
Este trágico evento podría haber ocurrido dos veces. De cualquier manera, voy a explicar aquí la primera interpretación.
El Reino de Israel se dividió en dos reinos: Israel y Yehudá. El reino de Israel, las diez tribus perdidas, fue destruido en el año 722 AEC. El reino de Yehudá es el que sobrevivió. Nosotros, los judíos, Yehudim, descendemos del reino de Yehudá.
Menashe, rey de Yehudá, vivió desde el 709 AEC hasta el 642 AEC. Hay dos hechos que caracterizaron su reinado:
• Fue el rey que reinó más tiempo en la historia judía: 55 años.
• Probablemente fue el peor rey en la historia de Am Israel. Indudablemente, el peor rey del Reino de Yehudá.
Su padre fue un gran Tsadiq, Jizqiyahu, y según nuestra tradición, su abuelo fue el profeta Yeshayahu. Menashe convirtió a Yehudá en un estado vasallo de Asiria (אשור). Y esto significó que los Yehudim no solo obedecieron al rey asirio, sino que también adoptaron su religión. Menashe se dedicó a la eliminación sistemática del judaísmo, incluyendo todo el servicio sagrado en el Bet haMiqdash. Introdujo el culto a Baal, Asherá y todas las constelaciones del cielo, que eran las prácticas idolátricas de Asiria. Trajo a Israel los obot y ide’onim, es decir, adivinos, hechiceros, magos idólatras y todo tipo de supersticiones. Ordenó matar y asesinar a miles de Yehudim, especialmente a aquellos que se oponían a sus reformas religiosas. Algunos dicen que Menashe asesinó a su propio abuelo, el profeta Yeshayahu. Menashe hizo que la Torá fuera completamente olvidada durante dos generaciones.
En el capítulo 21 de II Reyes vemos en detalle lo que hizo Menashe.
Melajim II 21:2-6:
“Menashe hizo todo lo que ofendía a HaShem: practicó las prácticas idólatras abominables de las naciones que HaShem había expulsado ante los israelitas. Reconstruyó los altares paganos que su padre Jizqiyahu había destruido. Levantó altares en honor a Baal e hizo una imagen de la diosa Asherá. Se postró ante todas las estrellas del cielo y las adoró… En ambos atrios del Templo de HaShem construyó altares en honor a las estrellas del cielo. Sacrificó a su propio hijo en el fuego, practicó la magia y la hechicería, y consultó a nigromantes y espiritistas. Continuamente hizo lo que ofendía al Señor, provocando así Su ira.”
Veamos ahora el texto que nos cuenta lo que sucedió, según la primera versión, el 17 de Tamuz.
Melajim II 21:7:
“[Menashe] tomó la imagen de la diosa Asherá, que había mandado hacer, y la colocó en el Santuario [del Templo], en el lugar donde HaShem había dicho a David y a su hijo Shelomó: ‘En este Templo en Jerusalem, la ciudad que he elegido de todas las tribus de Israel, he decidido morar para siempre.’”
Cuando Menashe falleció, fue sucedido por su hijo, Amón, que siguió sus malos caminos. Después de dos años, Amón fue asesinado, y su hijo, Yoshiyahu, el nieto de Menashe, fue coronado rey. Yoshiyahu fue uno de los mejores monarcas de Yehudá. En sus días, mientras realizaban reparaciones en el Templo de Jerusalem, los trabajadores encontraron un Sefer Torá que había sido escondido en tiempos de Menashe. Después de leer la Torá, que había sido prácticamente olvidada durante más de 50 años, el rey Yoshiyahu decidió regresar a HaShem con todo su corazón, y por primera vez en dos generaciones, los judíos volvieron a la observancia y práctica de la Torá y las mitsvot. Yoshiyahu erradicó toda idolatría y restauró el servicio a HaShem en el Bet haMiqdash.
Pero en algunos aspectos, el daño que Menashe había causado ya era irreparable. A pesar de los esfuerzos del rey Yoshiyahu, muchas personas ya habían asimilado la idolatría de los goyim. Muchos rabinos creían que la destrucción del primer Bet haMiqdash (586 AEC) se debió indirectamente a las acciones de Menashe.
El 17 de Tamuz, cuando recordamos la colocación de un ídolo en el Bet haMiqdash, también deberíamos lamentarnos y hacer nuestra propia Teshubá por las malas acciones de nuestros antepasados en tiempos del rey Menashe.
אֶת-הַכֶּ֥בֶשׂ אֶחָ֖ד תַּעֲשֶׂ֣ה בַבֹּ֑קֶר וְאֵת֙ הַכֶּ֣בֶשׂ הַשֵּׁנִ֔י תַּעֲשֶׂ֖ה בֵּ֥ין הָֽעַרְבָּֽיִם
Los rabinos mencionaron cinco eventos trágicos que ocurrieron el 17 de Tamuz. Uno de ellos fue que el sacrificio diario en el Templo fue interrumpido.
Cada día, en el Bet haMiqdash, se ofrecían dos sacrificios, uno en la mañana y otro en la tarde. El sacrificio diario era tan importante que también se ofrecía en Shabbat e incluso en Yom Kipur. Esta mitsvá se cumplió ininterrumpidamente desde que se le ordenó a Moshe Rabbenu hasta el día 17 de Tamuz en el año 586 AEC, es decir, durante unos 700 años.
En la época del primer Bet haMiqdash, el ejército babilonio invadió Jerusalem. Las murallas de la ciudad fueron destruidas el 9 de Tamuz. Pero el Bet haMiqdash, que estaba protegido por murallas internas, continuó operando, y la ofrenda del sacrificio diario era la mejor evidencia de ello. El Guemará dice que el 13 de Tamuz los Cohanim, los sacerdotes que estaban a cargo de los sacrificios públicos, comenzaron a quedarse sin animales. Los Cohanim intentaron sobornar a los soldados del ejército invasor y obtener los animales a cualquier costo. Esto funcionó durante cuatro días, hasta el 17 de Tamuz. Ese día, por primera vez en 700 años, el sacrificio diario no se realizó. Y el Bet haMiqdash, aunque aún se mantenía en pie durante tres semanas más, prácticamente dejó de funcionar como tal.
El Guemará (Yerushalmí Ta’anit, capítulo 4) nos dice que algo similar ocurrió en los días del segundo Bet haMiqdash (año 68 de la era común). Los Cohanim estaban tratando de adquirir animales del ejército enemigo. Dos cubos llenos de monedas de oro estaban siendo entregados a través del muro. Y a cambio, los romanos les daban dos animales kosher para el sacrificio diario. Hasta que un día, los romanos tomaron el oro y en los cubos colocaron dos cerdos, que afortunadamente saltaron del cubo antes de llegar al otro lado del muro. Este evento, sin embargo, quedó en la memoria de la gente como un trauma nacional.
En el famoso libro La Guerra de los Judíos (volumen 6), el autor Flavio Josefo escribe:
“Tito, el general romano que dirigió la conquista de Jerusalén en el año 68, ordenó a su ejército abrir una brecha en el muro de la ciudad para que sus soldados pudieran acceder a ella sin dificultades. Ese día, Tito escuchó que el sacrificio diario no se había ofrecido [por primera vez desde el 516 AEC], y el pueblo judío, al escuchar esta triste noticia, quedó completamente desmoralizado.”
Hoy, desafortunadamente, no tenemos el Bet haMiqdash. Pero según la indicación de nuestros profetas, los sacrificios han sido reemplazados por las Tefilot (oraciones). La primera Tefilá que decimos en el día se llama Shaharit, que viene a reemplazar el sacrificio de la mañana (tamid shel shajar), y la segunda Tefilá de la tarde, Minha, reemplaza el sacrificio de la tarde (tamid shel ben ha’arbayim).
También recitamos en las mañanas un texto de Tehilim, poemas religiosos escritos por el rey David, llamado Shir Shel Yom. Cada día de la semana recitamos un texto diferente. Y antes de la recitación, decimos: “Esta era la canción que los Leviim cantaban en el dukhan.” Los levitas, que eran los asistentes de los Cohanim, estaban a cargo, entre otras cosas, de la música y las canciones que se cantaban en el Bet haMiqdash. Estos poemas de Tehilim eran cantados por los Leviim, un coro de un mínimo de doce hombres, en el dukhan, que era una plataforma con tres escalones, en el momento en que se ofrecía el sacrificio diario, en la mañana y en la tarde.
El 17 de Tamuz es uno de los cuatro días de ayuno en los que recordamos los eventos que llevaron a la destrucción de nuestro primer Bet haMiqdash (Templo de Jerusalem) en el 586 AEC y el consiguiente exilio.
• Ayunamos el 10 de Tebet, cuando el enemigo comenzó el asedio de Jerusalem, lo que provocó una gran hambruna, epidemias, etc.
• Observamos un día de ayuno el 17 de Tamuz porque este es el día en que los babilonios hicieron la primera brecha en las murallas de la ciudad, es decir, cuando entraron en la ciudad.
• Después de tres semanas de batalla y agonizante resistencia, el enemigo finalmente prevaleció. Por eso, tres semanas después del 17 de Tamuz, observamos el 9 de Ab, el día nacional de duelo para el pueblo judío. En este trágico día, el primer Bet haMiqdash fue destruido y quemado (el segundo Bet haMiqdash también fue destruido un 9 de Ab, en el año 68 de la era común). Miles de judíos fueron asesinados o murieron de hambre y el resto fueron llevados cautivos a Babilonia. Una pequeña población judía permaneció en Israel como vasallos de los babilonios.
• Unos años después, un grupo de judíos asesinó al delegado babilonio, Gedaliá ben Ajiqam, el 3 de Tishrí. Las consecuencias fueron devastadoras. El emperador babilonio interpretó este asesinato como una rebelión contra su reino y ordenó que la pequeña población judía que había permanecido en Israel después de la destrucción del Templo también fuera asesinada o exiliada.
Estas cuatro fechas: 10 de Tebet, 17 de Tamuz, 9 de Ab y 3 de Tishrí fueron establecidas por nuestros profetas como días de ayuno para recordar la destrucción del Bet haMiqdash y nuestra responsabilidad, alentándonos a reflexionar y arrepentirnos.
Es interesante notar que alrededor del año 516 AEC, 70 años después del exilio, alrededor de 40,000 judíos regresaron a Israel y construyeron el segundo Bet haMiqdash. En ese momento, el profeta Zacarías y Anshe Kneset haGuedolá (el Primer Congreso Judío) cancelaron estos días de ayuno y los declararon días de alegría y celebración.
“Así dice HaShem, Señor de los Ejércitos: El ayuno del cuarto mes, el ayuno del quinto, el ayuno del séptimo y el ayuno del décimo serán [ahora y] para la casa de Yehudá temporadas de alegría y regocijo y fiestas alegres…”
(Zacarías 8:19)
Cuando el segundo Bet haMiqdash fue destruido, en el año 68 de la era común, comenzamos a ayunar nuevamente.
BeEzrat HaShem, cuando se construya el Tercer Bet haMiqdash, במהרה בימינו, estos días de ayuno se convertirán nuevamente en días de celebración.
Un comando judío atacó una expedición de romanos que traían armas y suministros al ejército invasor. El gobernador romano, Komanos, sitió la ciudad de Bet-Horón, desde donde se organizó este ataque, y ordenó que los atacantes fueran capturados y llevados ante él. Los soldados romanos cumplieron con las órdenes del gobernador, pero las excedieron. Un militar romano llamado Apostomus tomó un Sefer Torá y lo quemó públicamente. Esto ocurrió el 17 de Tamuz. Los Yehudim escucharon esta gran tragedia —fue la primera vez que sucedió, pero desafortunadamente, no la última— y comenzaron una gran revuelta, que solo se apaciguó cuando los romanos ejecutaron al soldado que había cometido esta aberración.
La rebelión de los judíos contra los romanos no prosperó, y los romanos terminaron destruyendo el Bet haMiqdash en el año 68 de la era común. Los judíos que vivían dentro de Yerushalayim se defendieron detrás de las murallas, que fueron originalmente construidas en los días del rey Shelomó. Las murallas del segundo Bet haMiqdash fueron construidas por Nejemiá, en el siglo V AEC. Estas murallas estaban allí obviamente para mantener a los enemigos fuera de la ciudad y eran especialmente fuertes. La gente luchó con valentía e ingenio para defender la ciudad y repeler a los poderosos enemigos.
Pero los romanos, la superpotencia mundial más poderosa de ese tiempo, tenían tecnología militar muy avanzada. Utilizaron catapultas para lanzar rocas muy pesadas que golpeaban y rompían las murallas. También construyeron torres para escalar las murallas y debilitar las defensas judías. Los soldados enemigos llevaban en estas torres un “ariete”, un tronco enorme con una punta de hierro con la imagen de una cabeza de carnero, para golpear y dañar las murallas y las puertas de la ciudad.
El 17 de Tamuz, una de las murallas de Yerushalayim —la fortaleza de Antonia, construida por Herodes 40 años antes, en honor del emperador Marco Antonio— cedió, y los soldados romanos comenzaron a entrar en la ciudad. Este fue el comienzo del fin de Yerushalayim.
Los judíos lucharon ferozmente desde dentro de las murallas, pero no estaban unidos y estaban peleando entre ellos. Y como explicaron nuestros sabios, cuando esto sucede (sinat jinam), HaShem no está con nosotros.
El 17 de Tamuz es uno de los cuatro días de ayuno en los que recordamos los eventos que llevaron a la destrucción de nuestro primer Bet haMiqdash (Templo de Jerusalem) en el 586 AEC y el consiguiente exilio.
• Ayunamos el 10 de Tebet, cuando el enemigo comenzó el asedio de Jerusalem, lo que provocó una gran hambruna, epidemias, etc.
• Observamos un día de ayuno el 17 de Tamuz porque este es el día en que los babilonios hicieron la primera brecha en las murallas de la ciudad, es decir, cuando entraron en la ciudad.
• Después de tres semanas de batalla y agonizante resistencia, el enemigo finalmente prevaleció. Por eso, tres semanas después del 17 de Tamuz, observamos el 9 de Ab, el día nacional de duelo para el pueblo judío. En este trágico día, el primer Bet haMiqdash fue destruido y quemado (el segundo Bet haMiqdash también fue destruido un 9 de Ab, en el año 68 de la era común). Miles de judíos fueron asesinados o murieron de hambre y el resto fueron llevados cautivos a Babilonia. Una pequeña población judía permaneció en Israel como vasallos de los babilonios.
• Unos años después, un grupo de judíos asesinó al delegado babilonio, Gedaliá ben Ajiqam, el 3 de Tishrí. Las consecuencias fueron devastadoras. El emperador babilonio interpretó este asesinato como una rebelión contra su reino y ordenó que la pequeña población judía que había permanecido en Israel después de la destrucción del Templo también fuera asesinada o exiliada.
Estas cuatro fechas: 10 de Tebet, 17 de Tamuz, 9 de Ab y 3 de Tishrí fueron establecidas por nuestros profetas como días de ayuno para recordar la destrucción del Bet haMiqdash y nuestra responsabilidad, alentándonos a reflexionar y arrepentirnos.
Es interesante notar que alrededor del año 516 AEC, 70 años después del exilio, alrededor de 40,000 judíos regresaron a Israel y construyeron el segundo Bet haMiqdash. En ese momento, el profeta Zacarías y Anshe Kneset haGuedolá (el Primer Congreso Judío) cancelaron estos días de ayuno y los declararon días de alegría y celebración.
“Así dice HaShem, Señor de los Ejércitos: El ayuno del cuarto mes, el ayuno del quinto, el ayuno del séptimo y el ayuno del décimo serán [ahora y] para la casa de Yehudá temporadas de alegría y regocijo y fiestas alegres…”
(Zacarías 8:19)
Cuando el segundo Bet haMiqdash fue destruido, en el año 68 de la era común, comenzamos a ayunar nuevamente.
BeEzrat HaShem, cuando se construya el Tercer Bet haMiqdash, במהרה בימינו, estos días de ayuno se convertirán nuevamente en días de celebración.
