VAYERA: Abraham y el oportunismo positivo

HACER EL BIEN SIN MIRAR A QUIEN
Esta Parashá nos invita a conocer algunos detalles de la personalidad de Abraham Abinu. Ya cerca de sus 100 años de edad,¿A que dedica su vida Abraham? ¿En qué invierte su valioso tiempo este hombre que descubrió a Dios? Abraham, nos cuenta la Torá esta semana, está sentado en su carpa buscando con su mirada gente que necesite ayuda.

La historia de los 3 huéspedes de Abraham la conocemos, pero quizás no llegamos a absorber su enorme magnitud. Permítanme explicarme: Abraham levanta sus ojos y ve a 3 extranjeros, gente totalmente desconocida para él, y que aparentemente no tenían nada de especial. La Torá los describe como caminantes –que era un signo de pobreza–y no como viajeros comerciantes montados en sus burros o camellos. Abraham obviamente vio esto, pero lejos de desanimarlo, el hecho que estas personas eran (o parecían) humildes era la oportunidad que Abraham estaba esperando. Abraham –que por lo que nos describe la Torá tenía casa, comida, ganado, trabajadores, hacienda, etc.– vivía una vida holgada en cuanto a lo material. Al ver a estos hombres se pone de pie y los invita a hospedarse en su tienda, desinteresadamente.

Abraham estaba en la puerta de su tienda literalmente a la espera de una oportunidad para ayudar a los demás. La conducta de Abraham es completamente anormal.

OPORTUNISMO, PERO AL REVES
Cuando una persona está a la espera de un extraño, de alguien a quien jamás ha visto antes y ni siquiera conoce su nombre, podemos asumir que sus intenciones no son buenas. Generalmente los extranjeros son víctimas de embaucadores o estafadores que los engañan, roban y abusan sin temor a represalias. Los estafadores están a la espera de este tipo de oportunidades, o las fabrican, para encontrar alguien débil, humilde e indefenso. Son las víctimas perfectas porque no se pueden defender.
La misma palabra “oportunismo”, se utiliza siempre de manera negativa. Cuando decimos que alguien es un oportunista, en español o en inglés, nos referimos a una persona indecente que busca la oportunidad de abusar, robar o engañar.

El oportunismo de Abraham es completamente diferente. Abraham estaba pendiente de alguien que necesitara ayuda. Piensen los lectores si alguna vez han conocido a alguien como Abraham Abinu. Alguien que esté a la salida de un supermercado esperando la oportunidad de ayudar desinteresadamente a las personas que necesiten ayuda para llevar sus compras a su auto, o algo así. ¿Existen individuos así? ¿Ángeles humanos que dedican su tiempo a “esperar proactivamente la oportunidad de poder ayudar desinteresadamente a los humildes y necesitados» y ni siquiera reclaman crédito por su ayuda.

¿CUANTAS VECES ABRAHAM RECIBIO HUESPEDES?
Otro detalle importante es que Abraham es proactivo en su generosidad, no se queda esperando en la puerta de su casa a que alguien venga a pedir su ayuda. Los caminantes ni siquiera se aproximaron a la casa de Abraham. Fue él quien se puso de pie, “corrió” (literalmente) al encuentro de los caminantes y les ofreció agua, comida y sombra. La Torá nos cuenta que esta historia en particular porque al final estos hombres que eran mensajeros Divinos, le anuncian a Abraham que Sara daría a luz a su hijo, pero debemos entender que esta acción de Abraham no era la excepción sino la regla. Abraham dedicaba su vida a este preceder. Si bien no está escrito explícitamente en la Torá, los Sabios dan cuenta de múltiples veces que Abraham invitaba a extranjeros a su casa y agregan por ejemplo, que cuando al terminar de comer los huéspedes querían agradecerle a Abraham, él les decía” No me tienen que agradecer a mí, sino al Creador, que nos ha proveído esta comida» (nebarej sheajalnu misheLo). Abraham es de otro planeta.

Nuestros Sabios dice que nosotros, los descendientes de Abraham Abinu, hemos heredado de el esta virtud. Los Sabios afirman que los judíos poseemos tres características hereditarias transmitidas por nuestros ancestros. Tan fuerte (e importante) es esta carga genética que aquel judío que no posee estas tres virtudes puede que no sea en realidad judío: la primera de estas características es la de Guemilut Jasadim, la inclinación de los judíos a asistir a los demás, ayudar a quien lo necesiten, desinteresadamente.




LEJ LEJA: Lot y el sueño de la casa propia

LA POBREZA

Abraham fue puesto a prueba diez veces —los conocidos asará nisiyonot. Estas “pruebas” o experiencias, obviamente, no tenían como finalidad que Dios verificara algo que desconocía sobre Abraham. Fueron crisis intencionales que ayudaron a Abraham a crecer, madurar, aprender sobre Dios y alcanzar su máximo potencial.

Hay un detalle que descubrí este año y que no había percibido antes: la cuarta crisis a la cual se enfrenta Abraham es exactamente opuesta a la segunda.

Veamos. Abraham llega a la tierra de Canaán —“invitado por Dios”— con la promesa de bendición (berajá). Pero apenas llega, comienza la segunda prueba: una terrible hambruna. Tan severa, que Abraham se ve obligado a emigrar temporalmente a Egipto. Fue una prueba durísima: ¿abandonar o no abandonar a Dios cuando no me da lo que quiero? Abraham supera la crisis. Permanece leal a su misión, confía y sobrevive la crisis del hambre. Esa hambruna puso a prueba también su paciencia.

Después de un tiempo, Abraham regresa de Egipto con una enorme riqueza: oro, plata y animales. Literalmente «Gracias a Dios», Abraham había prosperado enormemente. Junto a él estaba Lot, su sobrino, que al quedar huérfano fue adoptado por Abraham. Lot era, hasta entonces, el candidato a heredarle y continuar su camino, ya que Abraham no tenía hijos propios. Abraham compartía con Lot toda su riqueza.

Y es aquí donde se genera la nueva crisis, la cuarta prueba, opuesta a la anterior. La Torá, sin mencionarlo explícitamente, introduce por primera vez un tema que se repetirá a lo largo de las generaciones: los riesgos y peligros de la riqueza. El dinero en abundancia, ¿nos hace más vanidosos o seguimos conservando nuestra humildad? ¿Usamos lo que nos sobra solo para elevar nuestro confort o también para ayudar a los que tienen menos?

LAS DOS CARAS DE LAS MONEDAS

La riqueza no hace a Abraham más materialista. Nuestro patriarca, la Torá lo dice explícitamente (Gen. 13:3), regresa a su propia carpa, símbolo de humildad y desapego. Decide usar su fortuna para hacer el bien en nombre del Creador y difundir así Su existencia. Abraham se siente como el administrador de un dinero que es más de Dios que suyo. Cuando los pobres o los extranjeros que se alojan en su tienda quieren pagarle por la comida, Abraham rechaza el pago y los invita a agradecer juntos a Dios (zimún): “Aquel que nos ha dado lo que hemos comido.” Por eso, los vecinos lo llaman Nesí Eloqim, “representante de Dios”, en la tierra de Canaán.

Lot se había criado con los mismos valores espirituales de Abraham. Pero ahora, que se había vuelto millonario, se ve transformado por su fortuna. Sus valores cambian. Ya no le interesa seguir el camino de su tío. Ahora quiere dedicarse a business, invertir su capital y hacer crecer su portafolio. Sus ojos están puestos en generar más dinero, no en compartirlo con los pobres.

La crisis llega a su punto de ebullición cuando los pastores de Lot y los de Abraham se pelean, porque las enormes llanuras de Canaán ahora les quedaban chicas.

Abraham entiende que su sobrino no va a seguir su camino y le da a Lot la opción de trabajar de manera independiente.

Lot, quizás para sorpresa de Abraham, no se opone a separarse de él.

¿Cuál era la mayor aspiración de Lot? Comprarse una casa.

Los pobres, los nómadas, vivían en tiendas de campaña. Pero los ricos podían permitirse el lujo de vivir en una casa sólida, con techos, puertas y paredes de piedra.

Una casa era el símbolo más importante del estatus social.

Lot quiere mudarse a un barrio privado, un country club exclusivo, una gated community —donde no hay pobres y se paga a un guardia para evitar el ingreso de extranjeros.

Así comenzó la distancia no solo geográfica, sino también de valores, entre Abraham y Lot.

La riqueza, como ocurre tantas veces, terminó dividiendo a la familia.

LO PEOR ESTÁ POR VENIR

Pero allí no termina su nueva vida de rico: Lot decide que su nuevo estatus social le permite –o le demanda– aspirar a vivir rodeado de “gente como uno”. Y toma la peor decisión de su vida. Decide establecerse en Sedom (Sodoma), una ciudad próspera y poderosa, pero absolutamente corrupta.

En Sedom los valores estaban invertidos: a diferencia de Abraham, que dedicaba su fortuna a ayudar a los extranjeros, en Sedom se abusaba de ellos y le quitaban lo poco que tenían.

La caridad era considerada un crimen, porque —al mejor estilo de Nietzsche— ayudar al pobre perjudicaba la “supervivencia y el crecimiento del más fuerte”.

Lot había vivido y superado junto con Abraham la crisis de la pobreza, la orfandad, el exilio de Jarán a Canaán, los problemas en Egipto. Todas esas situaciones lo habían acercado a Abraham. Su tío era su role model. Lot quería ser Abraham.

Pero ahora, cuando enfrenta la prueba de la abundancia, Lot colapsa. Solo le interesa tener una casa cómoda en un barrio privado y dedicarse a jugar al golf.

Cuando Dios quiere educarnos, no nos hace caer regalos del cielo: nos desafía. Nos hace vivir experiencias y situaciones que nos obligan a redefinirnos. Algunos, como Lot, colapsan. Otros, como Abraham, se hacen más fuertes y se elevan con cada crisis que superan.

SHABBAT SHALOM




RESUMEN DE LEJ LEJA

ABRAM LLEGA A CANAAN

Dios le ordena a Abram que deje la tierra de sus padres y que se traslade a la tierra que Él le mostrará. Dios promete convertir a Abram en el patriarca de una gran nación. Abram obedece y se muda a Canaan (Israel) llevando con él a su esposa Saray y a su sobrino, e hijo adoptivo, Lot. Una vez que Abram llega a Canaan, Dios le promete que le dará esa tierra a sus descendientes. Abram, a sus 75 años, todavía no tenía hijos.

EGIPTO
Abram busca establecerse en Canaan, pero una gran hambruna, producto de la sequía, lo obliga a trasladarse a Egipto, donde hay comida. Cuando llega, y por temor a que los egipcios lo maten para tomar a Saray, pretende ser su hermano. Tal como Abram lo sospechaba, debido a su extraordinaria belleza, Saray es llevada por la fuerza al Faraón. Pero Dios castiga al Faraón y a los miembros de su palacio con plagas, lo que lleva al Faraón a liberar apresuradamente a Saray y a recompensar a Abram con generosas riquezas «por las molestias causadas». Abram regresa a Canaan con Saray sana y salva y con una gran fortuna.

LOT LLEGA A SEDOM
Lot también hizo fortuna en Egipto y nos cuenta la Torá que los pastores de Lot se peleaban con los pastores de Abram por cuestiones de territorio. Abram le ofrece a Lot separarse y Lot entonces se traslada a la ciudad de Sodoma, que era famosa por sus despiadados e inmorales habitantes. Dios le vuelve a prometer a Abram que sus descendientes heredarán esa tierra y que llegarán a ser tan numerosos como el polvo de la tierra.

LA GUERRA Y EL BOTÍN
La tierra de Canaan es invadida por varios reyes del medio oriente que peleaban entre sí. Los reyes arrasaron con la región de Sodoma y se llevaron cautivos, entre ellos a Lot. Al enterarse, Abram arma un ejército de más de 300 hombres, derrota al contingente que llevaba a los cautivos, los libera y le devuelve a botín al rey de Sodoma. El rey le agradece por los cautivos y le ofrece a Abram quedarse con el botín de la guerra. Pero Abram rechaza la generosa y merecida oferta argumentado que no quería que ningún hombre dijera» “yo fui quien hizo rico a Abram”. La intención  de Abram es que su riqueza y su bendición sea atribuida únicamente a Dios.

LA PROMESA MÁS HERMOSA
Dios le habla nuevamente a Abram y le promete que será recompensado por su rectitud. Por primera vez, Abram menciona entonces que no tiene hijos y le pregunta a Dios ¿quién me heredará entonces,  si a mi avanzada edad todavía no tengo ni un solo hijo? Dios le asegura a Abram que tendrá un hijo y le promete que sus descendientes serán tan numerosos como las estrellas del cielo. Dios y Abram celebran un pacto como testimonio de que en un futuro sus descendientes heredarían la tierra de Israel. Pero que primero serán exiliados y sufrirán la esclavitud y recién despues regresarán y heredarán la tierra de Canaan.

ADAPTAR AL HIJO DE HAGAR
Al ver que no podía tener hijos con Abram, Saray sugiere que Abram tuviera un hijo con su sierva egipcia, Hagar. Hagar quedo embarazada  y entonces comenzó a ser despectiva con Saray, quien respondió con mano dura, e hizo que Hagar se escapara de allí. Un ángel animó a Hagar a regresar a la casa de Saray, prometiéndole que su hijo se convertiría en una gran nación. Hagar obedeció y regresó y al poco tiempo dio a luz a Yshmael.

CAMBIOS Y MÁS CAMBIOS
Dios agregó la letra hebrea “HE” ה al nombre de Abram, convirtiéndolo de ahora en más en “Abraham”, que significa: el Padre de numerosas naciones. Dios hace otro pacto con Abraham y sus descendientes: la circuncisión de todos los niños varones a los ocho días. El nombre de Saray es reemplazado por Sara, que significa “Princesa”, en el sentido de Matriarca.

Dios le promete a Abraham que tendrá otro hijo, pero esta vez de su propia esposa Sara.
A la edad de 99 años, Abraham se circuncida a sí mismo, a su hijo Yishmael y a todos los miembros de su hacienda.




RESUMEN DE NOAJ

Noaj (Noé) era un hombre justo y recto que “caminaba con Dios”. Mientras la humanidad se hundía en la anarquía, corrupción y violencia, Noaj permaneció fiel a los caminos de Dios. Dios le dijo a Noaj que iba a destruir la tierra debido a la maldad y el robo que se habían normalizado: “Voy a traer un mabbul (diluvio) sobre la tierra para destruir toda criatura con vida”. Pero Dios también le prometió a Noaj que establecería un pacto (de protección) con él y su familia, y le ordenó construir una tebá (arca) de madera con compartimientos para animales y depósitos para almacenar alimentos para todos los seres vivos a bordo.

Dios instruyó a Noaj que llevara al arca siete pares de los animales puros (kosher) y dos pares de los animales impuros, macho y hembra. Noaj hizo todo según lo que Dios le había ordenado. La lluvia comenzó a caer sobre la tierra y las fuentes de agua subterránea en las profundidades se abrieron y desbordaron, de manera que el agua llegaba por todos lados. Noaj, su familia y todos los seres vivos, por parejas, sobrevivieron en el arca.

El diluvio duró 40 días, cubriendo incluso las montañas más altas y destruyendo toda forma de vida. Durante los próximos 150 días, las aguas cubrieron la tierra. Dios envió poderosos vientos y las aguas comenzaron a descender y la tierra a secarse. Noaj envió un cuervo, que no encontró lugar sin agua para reposar y regresó. Luego envió una paloma, que también regresó. Siete días después, la paloma regresó con una hoja de olivo en su pico, señalando que las aguas habían bajado y ya había árboles—¡comida!—sobre la tierra. Después de otros siete días, la paloma no regresó, y Noaj supo que la tierra ya se había secado. Dios entonces le dijo a Noaj: «Sal del arca junto con tu familia y todos los seres vivos que están contigo. Fructificad y multiplicaos sobre la tierra».

Noaj construyó un altar a Dios y ofreció sacrificios de cada animal y ave pura. Dios se complació con los sacrificios y prometió no volver a destruir a la humanidad, reconociendo que la inclinación del corazón del hombre es mala desde su juventud. Dios bendijo a Noaj y a sus hijos, Shem, Jam y Yafet, y les permitió que comieran carne animal, pero les prohibió comer carne de un animal que aún no había sido sacrificado (eber min hajai, o consumir la carne de un animal mutilado). También prohibió explícitamente el asesinato. Además, estableció que el arco iris sería la señal de este pacto eterno entre Dios y la tierra. Noaj se convirtió en agricultor, plantó una viña, bebió vino, se embriagó y se desnudó en su tienda.

El hijo de Noaj, Jam, vio su desnudez —o quizás esto sea un eufemismo para no expresar explícitamente algo más serio— y se lo contó a sus dos hermanos. Shem y Yafet, respetuosamente, ingresaron a la tienda y cubrieron la desnudez de su padre. Después del diluvio, Noaj vivió 350 años, muriendo a la edad de 950 años. Tanto él como sus hijos tuvieron muchísimos descendientes, que se dispersaron por toda la tierra.

La humanidad hablaba un solo idioma y tenía un proyecto unificado: construir una ciudad con una torre —o pirámides escalonadas o zigurats—que llegara hasta el cielo para hacerse un nombre y evitar ser dispersados por toda la tierra. (O para desafiar a Dios, o para sobrevivir otro posible diluvio: las interpretaciones de la intención de la Torre de Babel varían). Dios confundió su lenguaje, es decir, los hizo hablar un idioma diferente a cada familia, y los dispersó por toda la tierra. Cada pueblo, cada nación, estará de ahora en adelante diferenciada de las otras por su lenguaje.

Esta Parashá concluye enumerando los descendientes de Shem, finalizando con Téraj, el padre de Abram, quien estaba casado con Sarai y aún no habían tenido hijos. Téraj y su familia habían salido de Ur Casdim, una ciudad en Babilonia (a 200 km de Baghdad), y habían llegado a Harán, en el sur de Turquía, en camino a la tierra de Canaán (Israel).




BERESHIT: Cain y Abel y la terapia equivocada

 

La historia de Caín y Abel es breve, pero muy precisa donde tiene que ser. Es el relato de la envidia, la rivalidad, la frustración y también —como quiero enfocarlo hoy— de la victimización y, tal vez, de la mala terapia.

Caín y Abel vivían en una constante conciencia de la bondad de Dios. La humanidad estaba todavía en un maravilloso estado de plena percepción de la presencia del Creador, invisible pero tangible, que proveía todo lo necesario para vivir. Esa conciencia llevó a los hermanos a comprender que, de alguna manera, debían agradecer a Dios por lo que recibían de Él. Así, según Shadal (Shemuel David Luzzato), nació la idea del sacrificio: una ofrenda —un regalo ofrecido a Dios— como expresión de gratitud.

Caín fue el primero en entregar su ofrenda. Trajo frutos de su cosecha, pues era agricultor. Luego llegó Hebel (Abel), que era pastor, y ofreció un animal. Dios aceptó la ofrenda de Hebel y rechazó la de Caín. ¿Por qué? De acuerdo con nuestros Sabios, porque Caín ofreció los frutos que ya no servían, los que habian sobrado o no tenían buen gusto, mientras que Hebel trajo la mejor parte de la carne que tenía: el mejor corte, y se lo ofreció a Dios.

Imaginemos dos personas que deben llevar un regalo a alguien que las ha ayudado mucho. Ambas tienen en su casa dos botellas de vino: una muy fina y cara, y otra de vino común, barato. El primero decide llevar como regalo la botella más barata: “Sé que tengo que regalarle algo al anfitrión —piensa—, pero no le voy a dar la mejor botella. Esa me la guardo para mí. Total, él no sabe que tengo otra”. El segundo, en cambio, razona: “Le debo tanto a mi anfitrión que quiero llevarle lo mejor que tengo”, y le lleva el vino más fino. Esa fue la diferencia entre Caín y Hebel.

Pero esta es solo la primera parte de la historia. Lo más interesante viene ahora.

Cuando Caín se dio cuenta de que su ofrenda fue rechazada, “se enojó mucho y se deprimió”. Entonces el Creador se acercó y le dijo: “¿Por qué estás enojado? ¿Por qué estás deprimido?”. Dios sabía perfectamente lo que le pasaba, pero aun así le preguntó. Fue un momento de terapia divina. La pregunta buscaba validar sus sentimientos, pero también ayudarlo a reflexionar, a expresarse, a hacer catarsis.

Y luego vino el consejo: “Si te esfuerzas un poco más, tu ofrenda será aceptada por Mí”. Con esas palabras, Dios le enseñó el valor del esfuerzo y de la gratitud. No porque Dios necesite sacrificios, sino porque el ser humano necesita ser agradecido para valorar lo que tiene y poder crecer. Le ofreció no solo consuelo, sino también una oportunidad de superación. Caín tendría que haber respondido con humildad, agradeciendo ese consejo invaluable.

Pero eso no fue lo que pasó. Caín no escuchó a Dios. Yo creo que fue a ver a otro psicólogo.
A un terapeuta que validó sus sentimientos y lo invitó a “rumiar” su miseria. Que lo escuchó, lo comprendió, lo abrazó emocionalmente y le dio la razón en todo. Tal vez le dijo: “Lo que te pasó es terrible, es una injusticia. Todos somos iguales ante Dios”. Y quizás insinuó que el verdadero culpable era Hebel, que había hecho una ofrenda ostentosa para dejarlo mal parado. “Hebel te humilló”, le dijo.

En ningún momento ese terapeuta habló de responsabilidad personal, ni de cambiar la actitud, ni de cómo mejorar. En esa terapia, Caín no aprendió nada. Pero le encantó. Salió convencido de que no había hecho nada malo. Que no tenía que cambiar en nada. Que no debía mejorar ni esforzarse más. Y ahora lo veía todo con mucha claridad: el problema no era él, era su hermano.

Hebel ya no era un ejemplo a seguir, alguien de quien aprender e inspirarse, sino un enemigo. El éxito de Hebel se transformó en una amenaza. Y en su mente, Caín justificó todo: “Mi hermano fue arrogante, ostentoso, capitalista. Me humilló con su ofrenda. Quiso mostrar que él es mejor que yo”.

Y un día, cuando estaban en el campo, tras una discusión, Caín, lleno de ira, golpeó a su hermano y lo mató.

La historia de Caín y Hebel se repite desde entonces. Es cierto que algunos seres humanos fracasan a pesar de su esfuerzo, por circunstancias fuera de su control. Pero muchos fracasan porque no hacen todo lo que podrían hacer. Y desde la comodidad de su ineficacia, miran a los que triunfan y, en vez de aprender de ellos o inspirarse, se llenan de envidia y resentimiento, y se declaran víctimas. Nunca miden el esfuerzo, solo los resultados. Y si el resultado del otro es mejor, lo interpretan como una injusticia.

Encima encuentran validación en amigos, ideologías, discursos políticos o incluso ciertas terapias —la llamo “la terapia de Caín”— que hacen más daño que progreso. Esa terapia que solo valida, comprende y consuela, pero no exige un cambio de actitud cuando es necesario. Esa terapia no ayuda: encierra a la persona en su propio laberinto emocional. La convierte en adicta a la validación y dependiente de quien se la da.

El terapeuta que nunca desafía, que nunca incomoda, puede mantener al paciente agradecido y fiel por años… pero sin crecer.

Caín no necesitaba sentirse mejor. Necesitaba ser mejor.

Y esa sigue siendo, miles de años después, la diferencia entre la terapia divina y la bad therapy: una te ayuda a crecer, la otra solo te da la razón.




NOAJ: ¿Por qué no convertirse al judaísmo?

Creo que una de las mayores contribuciones del Rab Eliyahu Benamozegh (1823- 1900) al judaísmo moderno fue su actitud hacia la conversión al judaísmo. En ese entonces, a mediados y fines del siglo XIX, no había muchos no judíos interesados en convertirse al judaísmo. Todo lo contrario: los judíos europeos se bautizaban en masa para ser aceptados en la sociedad cristiana. Ser judío no acarreaba ningún privilegio. Todo lo contrario: en Europa, ser judío era muy peligroso. Recordemos que entre 1881 y 1905 hubo más de doscientos pogroms en Kiev, Varsovia y Odessa. Decenas de miles de judíos fueron masacrados. Y no existía un Estado de Israel que acogiera y protegiera a los judíos, como B»H existe hoy.

Sin embargo, a lo largo de la historia siempre hubo casos individuales de gentiles, por lo general estudiosos de la Biblia, que entendían que el judaísmo es la “religión original”: el primero, último y único pacto de un pueblo con Dios. Y estos individuos estuvieron dispuestos a tomar la impopular y peligrosa decisión de convertirse a la religión de Moshé.

LA BÚSQUEDA DE AIMÉ PALLIÈRE

Uno de los casos más célebres de este deseo de convertirse al judaísmo fue Aimé Pallière. Nacido en Lyon, Francia, en 1868, Pallière se crió en el seno de una familia católica muy devota y, desde una temprana edad, demostró una gran inclinación por la religión. Primero se interesó por el catolicismo y luego por el protestantismo. Pero sus inquisitivos estudios, sus dudas acerca de la doctrina de la trinidad (¿un Dios = tres dioses?) y una visita a la sinagoga de Lyon en Yom Kippur lo inspiraron a buscar convertirse al judaísmo.

Así fue como decidió comunicarse, primero por carta, con el rabino Eliyahu Benamozegh. Más tarde viajó a Livorno, Italia, donde se encontró con el ya anciano rab Benamozegh en persona y le manifestó su voluntad de convertirse. Pero el rabino Benamozegh, fiel a la tradición no misionera del judaísmo, lo disuadió de la idea de la conversión. Le explicó que, si un individuo no judío cree en la verdad de la Torá y su deseo es hacer la voluntad de Dios, basta con que cumpla las siete mitsvot de Bene Noaj, es decir, los “Siete Preceptos Universales”.

El rab Benamozegh, que conocía muy bien otras religiones, le explicó al joven Pallière que observando estas siete leyes un no judío obtiene lo que en otras confesiones se llama “salvación”, lo que en hebreo se conoce como jayé haolam habbá, la vida en el mundo venidero.

LA MISIÓN DE BENE NOAJ

Para el joven Pallière, las palabras del rab Benamozegh tuvieron mucho sentido. Pallière, por un lado, descreía de las religiones que pretendían reemplazar al judaísmo —cristianismo e islam—, como si el judaísmo original, el de los cinco libros de Moshé, ya hubiera desaparecido. Por otro lado, estaba profundamente apegado a su madre, a sus parientes y a sus amigos. ¿Cómo podría separarse de todos ellos convirtiéndose al judaísmo?

Los argumentos del rab Benamozegh, según los cuales cuando una persona no judía desea hacer la voluntad del Dios de Israel no tiene la necesidad de convertirse sino de adoptar la “alianza” o “pacto” de Dios con Noaj cumpliendo esas siete leyes, tenían absoluto sentido, tanto en términos prácticos como filosóficos.

EL FUTURO DE LA HUMANIDAD

Pallière nunca había conocido una religión que ofreciera “la salvación” también a quienes no formaban parte de ella. En otras religiones no se concibe este tipo de alternativas. En el cristianismo, por ejemplo, para alcanzar la salvación uno necesariamente tiene que convertirse por completo a esa religión.

Pallière se dio cuenta de que solo la fe judía poseía la amplitud de criterio y la convicción suficientes como para ofrecer esa alternativa. El rabino Benamozegh también le dijo a Pallière que el futuro de la humanidad se basa en la observancia de los preceptos noájicos y lo motivó a promover los Siete Preceptos de Noaj entre los gentiles:

“Si te convences de esto y lo promueves, serás mucho más valioso para Dios que si te conviertes a la religión de Israel, ya que te transformarás en un instrumento de la Divina Providencia para toda la humanidad.”

La simple solución que aportó el rab Benamozegh es extremadamente importante, especialmente en nuestros tiempos, cuando tantos individuos no judíos descubren la verdad del judaísmo y se dan cuenta de que la Biblia carece de sentido sin el protagonismo del pueblo judío. Muchos estudiosos ven hoy que, a pesar de los enormes esfuerzos que han hecho otras religiones durante siglos para eliminar al judaísmo y a los judíos con el fin de justificar así su teología de reemplazo, el pacto bíblico original ¡nunca ha sido reemplazado!

Y que los judíos hemos hecho enormes sacrificios y pagado con nuestras vidas —persecuciones, pogroms y holocaustos— para mantener este Pacto Eterno.     Aimé Pallière se transformó así en un “Ben Noaj”: un observante no judío de la Torá.





Noaj, y los 7 Mandamientos Universales

LA GENERACIÓN DEL DILUVIO
Cuando Dios creó al hombre, le concedió la neshamá, es decir, su alma, su inteligencia, su capacidad de pensar y de elegir. Estas facultades, con las cuales el Creador dotó al ser humano, fueron definidas por el texto bíblico como “la imagen y semejanza de Dios.” El hombre, efectivamente, no fue creado como los otros seres vivos que habitan el planeta. Fue concebido como un ser sobrenatural, con la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, de seguir los dictámenes del Creador o los deseos insaciables de su terrenalidad.

Diez generaciones después de ser creado, el hombre, colectivamente, eligió el camino del mal. La humanidad comenzó a declinar. La Tora nos cuenta que, en esa generación, la corrupción y la violencia se habían «normalizado». Los más fuertes abusaban de los más débiles (Génesis 6), y la ley que imperaba era la ley de la selva: la supervivencia del más fuerte. El hombre se degradó, sacrificó su imagen divina y se transformó en un ser que solo buscaba satisfacer sus instintos naturales. A esta generación se la conoce como Dor haMabbul, la generación (corrupta) que mereció ser borrada de la faz de la tierra con el Diluvio.

Pero el Diluvio no sería el final de la humanidad. Un hombre llamado Noaj (Noé) resultó ser la excepción a la regla. Noaj era un individuo que, en relación con el resto del mundo (o a pesar de la corrupción generalizada, según otra opinión), se comportaba con integridad y vivía consciente de la existencia de Dios, algo que ya había pasado de moda para el resto de los hombres. Dios salva a Noaj para darle otra oportunidad a la humanidad. Noaj construye el arca, y él, su esposa, sus tres hijos y sus esposas —un total de ocho personas— sobreviven el devastador Diluvio.

LA PRIMERA LEY
Al descender del arca, Noaj construye un altar y ofrece sacrificios a Dios en un claro gesto de gratitud por haberle salvado la vida. Dios bendice a Noaj, le insta a reproducirse y repoblar la tierra, y le presenta un código que contiene dos leyes. La primera ley tiene que ver con los animales. Dios autoriza a Noaj y a sus hijos a comer carne animal (Génesis 9:3), lo cual hasta ese entonces no estaba permitido, ya que la dieta que Dios indicó a los primeros humanos, Adam y Eva, consistía únicamente en plantas: semillas, vegetales y frutas. Ahora Dios le permite a Noaj y a sus descendientes disponer de la vida de los animales. Sin embargo, el Creador establece un prerrequisito que deberá ser cumplido antes de consumir carne animal: no se puede mutilar a un animal vivo para consumir su carne, como hacen los depredadores carnívoros con sus presas. El hombre, antes de consumir la carne de un animal, debe sacrificarlo.

LA SEGUNDA LEY
La segunda ley que Dios le ordena a Noaj también tiene que ver con el acto de matar: el asesinato, es decir, quitar la vida a otro ser humano. Esta ley está formulada de una forma muy básica y elemental. En lugar de “No matarás,” como dice en los Diez Mandamientos, esta ley determina que el asesinato será castigado con la pena capital: “Si un hombre derrama la sangre de otro hombre, su sangre será derramada, porque el ser humano ha sido creado a imagen de Dios” (Génesis 9:6). Esta ley llega en gran medida para evitar que se repita el estado de corrupción generalizada que la Tora denunció en Génesis 6, cuando explicó que los hombres poderosos (bene elohim) abusaban de los más débiles (bene adam). Aquí Dios le recuerda a la humanidad que, más allá de posiciones o posesiones, todo ser humano merece ser tratado con respeto por haber sido creado a imagen y semejanza de Dios.

EL PACTO ENTRE DIOS Y NOAJ
En los próximos versículos (Génesis 9:8 a 9:17), Dios establece un pacto con Noaj y sus hijos. Por un lado, los seres humanos respetarán la vida de otros seres humanos y el derecho de un animal a una muerte digna, con un mínimo sufrimiento. El Creador, por su parte, se compromete voluntariamente a no traer un diluvio u otro cataclismo universal que destruya a la humanidad. El arco iris será el recordatorio de que la lluvia se detendrá y Dios no borrará a la humanidad de la faz de la tierra.

Para resumir: la fórmula divina para evitar nuevamente la corrupción de la humanidad y su destrucción es el establecimiento de la ley y el orden. Estas dos leyes básicas que recién mencionamos son el principio de lo que se conoce como las Siete Leyes de Noaj.

Aclaremos que, de acuerdo a la tradición judía, Dios ya le había ordenado a Adam, el primer hombre, seis leyes básicas: la prohibición del asesinato, la prohibición de la idolatría, de la blasfemia, del robo y del incesto, y la obligación de establecer un mecanismo de justicia.

En los tiempos de Noaj, Dios:

  1. Estableció estas leyes como un pacto con la humanidad.
  2. Determinó la pena de muerte por el asesinato.
  3. Agregó la ley que prohíbe el consumo de un animal mutilado.

Las Siete Leyes de los hijos de Noaj constituyen el primer código bíblico de Ley Divina que Dios concibió para toda la humanidad.




Noaj y el descubrimiento de la muerte

¿Qué causó el diluvio universal? ¿Un meteorito? ¿Un evento de cambio climático? La Tora no es un libro común. Es un libro divino. Y como tal, exige una lectura poco convencional. Este tipo de lectura implica, entre otras cosas, leer los silencios del texto, leer entre las líneas y, sobre todo, saber que no hay nada superfluo en una obra Divina.
En el quinto capítulo de Bereshit (Génesis) en la Parashá de la semana pasada, leemos la primera genealogía humana: una lista aparentemente innecesaria de los años que vivió cada uno de los descendientes de Adam, el primer hombre. La Torá menciona nueve generaciones: Adam, Seth, Enosh, Kenan, Mahalalel, Yared, Janoj, Metushelaj y Lemej, el padre de Noé. Todos vivieron una larga vida. El récord de longevidad (hasta ahora …) es el de Metushelaj, que vivió 969 años.
De cualquier manera, la pregunta sigue allí: más allá de satisfacer nuestra curiosidad, ¿qué nos enseña este registro civil de edades pre-diluvianas? ¿Por qué necesitamos tantos detalles sobre la edad de los primeros humanos?
Si observamos con atención, descubriremos algo maravilloso.

¿CUANDO Y POR QUE MURIO ADAM?

En el año 930, contando desde la Creación, tuvo lugar un hecho extraordinario. Adam, el primer hombre, finalmente murió. Los hombres, los miles o cientos de miles de descendientes de Adán, ya sabían que se podía “matar” a un ser humano, como sucedió con Abel. Pero ahora, por primera vez, se enfrentaban a la muerte «natural». HaShem ya le había dicho a Adán que no vivirá para siempre. Pero esa advertencia tardó más de nueve siglos en materializarse. Tiempo suficiente para que los humanos se olvidasen de la mortalidad. Adam, Set, Enosh, etc., dada su avanzada edad, fueron vistos como inmortales. La muerte natural de Adam fue un evento sin precedentes y provocó un estado de conmoción y pánico. Lo único que podía aliviar este miedo, el terrible miedo a la muerte, era asumir que la mortalidad solo afectaría a Adam por haber desobedecido a Dios al comer del fruto prohibido.

Pero en 987 (¡tienes que calcular los años tú mismo a partir del texto, porque esta fecha no está explícita en la Torá!) se registra la segunda muerte natural: Janoj muere a la relativamente temprana edad de 365 años … Esta segunda muerte ya no se podía atribuir a la desobediencia. La Tora declara explícitamente que Janoj era un hombre justo, que caminó por el Sendero Divino (Gén. 5:24) … La muerte de Janoj fue un evento devastador. La Torá lo describe con palabras que parecen reflejar la sorpresa y el terror generalizados de los humanos de esa generación, enfrentados a un evento que no entendían muy bien. “Fallecer” de muerte natural era algo tan novedoso que los hombres aún no podían definirlo con palabras convencionales. El texto, por lo tanto, no dice que Janoj «murió», sino que lo dice con la misma inocencia que un niño describe la muerte, «y Janoj ya no está… porque Dios se lo llevó». La tercera muerte natural fue la de Set, el hijo de Adam. Esto sucedió en el año 1042. Ahora la muerte era un hecho confirmado. Y estaba allí para quedarse.

EL FIN DEL MUNDO

La reacción de la humanidad ante la inevitabilidad de la muerte no fue muy positiva… La conciencia de la mortalidad provocó un pánico que reveló lo peor del ser humano. Tal como se ve en esas situaciones de Hollywood en las que los humanos reaccionan con violencia y desesperación al enterarse de la inminente caída de un meteorito que destruirá la tierra… cuando los hombres comprendieron que iban a morir, se dedicaron a satisfacer sus bajos instintos, recurriendo la violencia. Se concentraron en sobrevivir y matar al otro para quitarle too lo que se pueda. Como dijo Yesha’ayahu (22:13), citando describió la filosofía de los hombres materialistas: “Comamos y bebamos [tanto como podamos], ya que mañana [de todos modos] vamos a morir».

Una frase del texto de la Torá revela algo sobre esa nueva condición humana: “Y los hombres poderosos vieron a las mujeres [de otras familias, tribus. etc.] y se las llevaron [por la fuerza] …». Nuestros rabinos agregaron que la generación anterior al diluvio no solo fue culpable de asesinato y violencia sexual, sino también de corrupción, opresión de los débiles y un rechazo total a la ley el orden. En esa situación, HaShem decide dos cosas: 1. Acortar la vida humana. Algo que como veremos sucederá de forma paulatina. Diez generaciones después de Noé, la vida útil alcanza apenas 150 a 200 años, y en las generaciones posteriores continúa disminuyendo. Una vida más corta podría ayudar a la humanidad a tomar una mejor conciencia sobre la mortalidad y la necesidad de vivir una vida con propósito. 2. Dios también trae el diluvio, para hacer una especie de «reinicio» de la civilización humana con Noé y sus hijos.
Ahora entendemos que lo que provocó el diluvio no fue un meteorito ni un cambio climático: fue ese estado de anarquía, caos y corrupción de los hombres que reaccionaban violentamente al descubrimiento de su inevitable mortalidad.

Noaj, el protagonista de nuestra Parasha, nació en el año 1056. Es el primer hombre que nace en un mundo de hombres conscientes de su mortalidad. Al final del diluvio, Noé recibió el primer código de leyes. Siete reglas básicas que condenan el asesinato, el robo, la promiscuidad, etc. y ordenan el establecimiento de tribunales de justicia para evitar la anarquía y la impunidad. Todo esto traerá un nuevo clima de ley y orden.

Pero tendremos que esperar otras diez generaciones a que otro hombre, Abraham Abinu —y sus descendientes— hagan un segundo descubrimiento. 1. Aunque limitada y relativamente corta, la vida es una oportunidad que nos da HaShem para acercarnos a Él por nuestra propia voluntad y esfuerzo. 2. Que no fuimos creados por Dios para explotar al prójimo, sino para ayudarlo. 3. Y finalmente, que la mortalidad afecta el cuerpo del hombre, pero su espíritu Divino, la neshamá, sobrevive a la muerte si se la nutre adecuadamente.




CONTÁMELO OTRA VEZ: ¿Qué creó Dios el Cuarto Día?

Luego de escribir mi primer libro, “Creacion”, que trata acerca de los 3 primeros versículos bíblicos que narran la creación de nuestro planeta, comencé mi nuevo libro acerca de lo que Dios creo en el Quinto Día: los primeros animales, incluyendo los dinosaurios (de aquí el nombre de mi nuevo libro “Dinosaurios en la Biblia” , que todavía no he publicado en español).   

En las próximas lineas voy a compartir con los lectores de Halajá of the Day un texto de la introducción de mi nuevo libro. En esta introducción describo brevemente el proceso de creación que, increíblemente, es totalmente discernible  para el hombre y el pensamiento contemporáneo. Elegí compartir el tema del Cuarto Día de la creación, porque creo que es el menos entendido.  En el jardín de infantes nos enseñan que en el Cuarto Día Dios “creó” el sol, la luna y las estrellas. Pero esta idea tan popular no sigue la opinión de la gran mayoría de los Sabios judíos, especialmente aquellos como Rashí, o Radaq que se especializan en la parte textual y gramatical (peshat), es decir, en la interpretación no-mística de la Torá. 

Aparte, sería un gran desafío intelectual suponer que las plantas creadas  en el Tercer Día pudieron existir sin la luz solar, o que al atmósfera terrestre creada el Segundo Día, no dependía del sol. O incluso que la transición día / noche del Primer Día no se produjo a través del sol. Hoy sabemos que la existencia de un planeta depende de la estella alrededor de la cual orbita, y que todos los planetas que conocemos existen, obviamente, dentro de un sistema solar.  

En las siguientes lineas este tema va a quedar aclarado. Aunque estoy seguro que  muchos lectores se van a sorprender porque será la primera vez que lean esto.  Me tengo que disculpar porque el texto que voy a copiar es un poco más extenso que de costumbre, pero espero que los ayude a comprender mejor el texto de la Creación y apreciar que cuando más entendemos la ciencia, más admiramos la exquisita precisión de nuestra Torá.     

Génesis 1:14

Y dijo Dios (en el Cuarto Día): Que haya luMINARIAS en el firmamento CELESTE, Y Que separen el día de la noche; Y que sEan señales de lOS TIEMPOS, de los días y de los años. 

1. La tradición judía sostiene que las luminarias —es decir: el sol y la luna y los planetas de nuestro sistema solar—no fueron creadas en el Cuarto Día, sino en el Primer Día de la Creación. Para ser más precisos, Dios creó el sol, la luna y el universo durante el primer acto de Creación (Genesis 1:1) . El Cuarto Día, entonces, Dios estableció el posicionamiento definitivo del Sol y la Luna en sus respectivas órbitas celestiales (requia’ hashamayim).  Este detalle no puede ser visto como algo menor. Los científicos modernos insisten en que la temperatura de nuestro planeta, que permite la existencia del agua de los océanos en estado líquido; o el ciclo evaporación / precipitación que produce el agua dulce, etc., depende de la exquisitamente precisa distancia entre nuestro planeta y el sol.  Nuestro versículo dice: «Que haya luminarias en la expansión de los cielos”, pero en realidad debe ser entendido de esta manera:  “que ‘estén’ ,’que se ubiquen’ las luminarias en [su preciso lugar en] la expansión de los cielos”.  La orden Divina no se refiere a la aparición de la luminarias sino a su reubicación ”en la expansión de los cielos”, es decir, en su órbita celeste definitiva. Esta es la opinión de la mayoría de los rabinos del Talmud. De acuerdo a nuestros Sabios, entre otros Rashí (Gen. 1:14), el más famoso comentarista de la Torá, este versículo indica entonces la ubicación final y definitiva de las luminarias, (Rashí cita explícitamente la expresión de los Sabios: teliyat hameorot, “la suspensión de las luminarias” en sus respectivas órbitas) y no su creación. Uno de los elementos que nos ayuda a entender que este versículo no se refiere a la “creación “ de las luminarias es la ausencia del verbo bará, que en la Torá se usa para describir un acto de creación a partir de la nada. En este versículo, el texto Bíblico no utiliza la palabra bará sino la palabra yehí, que ya ha sido utilizada, por ejemplo, en la formación de la atmósfera (Génesis 1:6), y allí no se trataba de una creación a partir de la nada sino del establecimiento de una ley física, un mecanismo, producido a partir de algo creado previamente.  

2. Luego, nuestro texto anuncia la misión de las luminarias. Una vez ubicadas en sus órbitas definitivas, ya no se limitarán a la exclusiva tarea de determinar la transición entre el día y la noche, como lo estaban haciendo hasta ahora. Las luminarias, desde sus órbitas delicadamente calibradas, señalarán también otras unidades de tiempo más complejas, como meses, estaciones y años.  El ciclo de “la semana” (shabbat), sin embargo, es independiente de cualquier referencia astronómica y será establecido directamente por el Creador. 

Génesis 1:15

y que ACTUEN COMO LUMINARIAS DESDE el firmamento CELESTE para iluminar la tierra. Y así FUE.

Desde su nueva y cuidadosamente calculada distancia respecto a la tierra, lo que los científicos modernos llaman “la zona de habitabilidad galáctica”, la luz del sol beneficiará a los futuros habitantes de la tierra; los seres vivos que necesitan una temperatura ambiente muy específica y medida.  El astro rey tendrá una misión especial, explícitamente mencionada en este versículo: lehair ‘al haarets, irradiar la energía y el calor necesario para la vida, desde una distancia que no cause ni demasiado calor ni demasiado frio. La temperatura media de la Tierra, 14 grados centígrados, es increíblemente estable y está dentro de un rango muy estrecho y privilegiado. Esta temperatura delicadamente balanceada no permite que los océanos se congelen como ocurriría si la tierra tuviera la temperatura de Marte o Jupiter; ni que se evaporen, como ocurriría en el caso de Venus o Mercurio. El agua de los océanos terrestres podrá permanecer en un estado líquido estable y el sistema climático seguirá produciendo lluvia en la medida necesaria, gracias a la temperatura, exquisitamente sintonizada por el Creador, que resulta del posicionamiento definitivo de la tierra respecto del sol y también de la luna.  Esta es la zona de habitabilidad necesaria para que aparezca en el Quinto Día este fenómeno tan delicado y frágil que se llamará “vida”.  

Génesis 1:16

Y Dios hizo lAs dos grandes LUMINARIAS. LA LUMINARIA mayor para gobernar DURANTE el día, y LA LUMINARIA  menor para gobernar DURANTE la noche. Y las estrellas.

…La luna, es 400 veces más pequeña que el sol, pero está exactamente 400 veces más cerca de la tierra que el sol. Y se ubica a una distancia muy precisa con respecto a la Tierra, desde la cual ejerce la suficiente gravedad para mantener a nuestro planeta alineado en la zona habitable, manteniendo la inclinación del eje de la Tierra y la órbita elíptica que produce las cuatro estaciones y las mareas marítimas, que son responsables por la temperatura estable y la vida en los océanos.

Génesis 1:17

Y Dios LAS colocó en el firmamento CELESTE para alumbrar la tierra.

Los comentaristas bíblicos explicaron que las palabras, leha-ir ‘al ha-Aretz, que literalmente quieren decir: “para iluminar la tierra”, debe entenderse como: “en beneficio de la Tierra”. En su comentario, Rashí analiza el texto Bíblico y sugiere entender la palabra -arets, “tierra”,  como  ‘olam “mundo”. En hebreo, como en español,  “tierra” se refiere exclusivamente al planeta, mientras que “mundo” se puede referir también a los “habitantes de la tierra”. Sifté Jajamim, un comentario sobre el comentario de Rashí, explica que la intención de Rashí fue señalar que a partir del Cuarto Día las luminarias fueron reubicadas en beneficio de los habitantes del mundo (‘olam), y no sólo en beneficio del planeta físico (erets), que no necesita una energía solar tan delicadamente balanceada.  Esta opinión es consistente con la idea de que durante el Segundo y el Tercer Día de la Creación una luz solar más potente, guiada por el Creador, operaba para modificar la superficie de nuestro planeta.  Pero a partir del Cuarto Día, el sol fue reubicado en su nueva órbita para sustentar la vida, y beneficiar directamente a los animales y a las personas que vivirán en la Tierra. Este concepto fue desarrollado por el comentarista bíblico Seforno (Italia, 1475-1550), en su explicación al versículo de Génesis 1:15:  «Ahora [el Cuarto Día] la luz con una temperatura equilibrada (or memuzag) llegará desde las luminarias en la medida adecuada para los habitantes de la tierra.”  

Para resumir: nuestro texto aparentemente reporta dos acciones que tuvieron lugar durante el Cuarto Día (Génesis 1:16 – 1:17). Pero basándonos en las palabras de los rabinos, estas dos acciones deben ser vistas como una sola acción. Génesis 1:16 y 1:17 deben entenderse como un continuo: (Gen. 1:16) «Dios hizo [=modificó de forma definitiva] al sol (Gen. 1:17), ubicándolo en reqia’ haShamayim, la distancia desde el cual irradiará una luz templada y adecuada para los habitantes de la tierra «.

Génesis 1:18

para gobernar DURANTE el día y la noche, y para separar la luz de la OSCURIDAD.

Y Dios VIO QUE era bueno.

Los pasos desde la creación de nuestro planeta hasta su ajuste para sustentar la vida fueron magistralmente ilustrados por R. Menashé Ben Israel (1604-1657). El siguiente texto se basa en sus palabras.  “El Creador es el arquitecto, el constructor y el diseñador de interiores de nuestro mundo. Su proyecto, Planeta Tierra, se asemeja a la construcción de una casa. Primero, Dios crea los materiales más básicos: el esqueleto de la casa y sus paredes (Génesis 1: 1-2). Durante el Segundo Día (Génesis 1: 6-7), Dios construye el techo y el mecanismo de plomería que garantiza un suministro permanente de agua potable a los futuros habitantes de esta casa. En el Tercer Día (Génesis 1: 9-14) el Creador construye el piso de la casa y un sofisticado sistema de bio-ingeniería para producir una reserva constante de alimentos y oxígeno: las plantas. En el Cuarto Día (Génesis 1:16-19), una vez que todo lo demás está preparado, el Creador establece el sistema eléctrico de la casa: la iluminación, el aire acondicionado y la calefacción. La casa es ahora habitable. Las paredes, el techo, el piso y todos los sistemas esenciales están en su lugar y funcionando a la perfección. Y el alimento está preparado en la mesa esperando al invitado de honor: el hombre. 

Génesis 1:19

Y FUE LA TARDE y FUE LA MAÑANA,  CUARTO DÍA

Y el Quinto Día,  Dios creó la vida.




BERESHIT: Dinosaurios en la Biblia

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Este año, la Parashá de Bereshit, Génesis, que contiene el relato de la creación del mundo, nos dejó con solo un día para estudiarla —el Shabbat pasado—, así que antes de despedirnos de Bereshit hasta el año que viene, voy a compartir con ustedes una pequeña reflexión sobre algo nuevo que podemos aprender en esta Parashá. Unos 10 años atrás publiqué mi libro, «Creación» (Awesome Creation), donde explico la historia de la creación del mundo basada en una lectura fiel al hebreo bíblico y mostré que, cuando esta lectura literal (peshat) es ignorada —voluntaria o involuntariamente—, muchos temas clave de la Emuná (la fe judía) se ven afectados, y la Torá puede quedar desprestigiada, reduciéndola al nivel de fábulas o, jas veshalom, de un texto caduco. Hoy voy a mencionar un ejemplo sobre un tema que aún no he publicado. Este ejemplo, como verán, merece el primer premio a la ignorancia del hebreo bíblico y sus inesperadas consecuencias.

LOS PRMEROS ANIMALES

El primer capítulo de Bereshit (Génesis) menciona en el quinto día la creación a los primeros animales que aparecieron en nuestro planeta. El texto hebreo dice:
וַיִּבְרָ֣א אֱלֹקים אֶת־הַתַּנִּינִ֙ם֙ הַגְּדֹלִ֔ים וְאֵ֣ת כָּל־נֶ֣פֶשׁ הַֽחַיָּ֗ה הָֽרֹמֶשֶׂת֙

Y Dios creó los taninim guedolim y a todos los otros seres vivientes ….
¿Qué eran los taninim guedolim?

Comencemos por la primera palabra.   Tanin (singular de taninim) aparece unas 15 veces en el Tanaj y describe a un grupo de animales que incluye cocodrilos, lagartos, serpientes y víboras. En otras palabras, en hebreo bíblico   tanin significa «reptil». La siguiente palabra, guedolim, plural de gadol, no significa necesariamente «grande» en tamaño. Según el contexto también puede significar «terrible», «temible» o «poderoso». En mi libro menciono varios ejemplos de esta connotación, como cuando Dios castiga al Faraón por haber tomado a la esposa de Abraham, y dice nega’im guedolim  (Génesis 12:17), que se traduce como “terribles» plagas o enfermedades. En nuestro contexto, la mejor traducción de la palabra guedolim, una que exprese tanto el tamaño como el temor que estos animales inspiraban, podría ser «imponentes o gigantes».

Taninim guedolim, por lo tanto, debería traducirse como «grandes/gigantescos / o imponentes reptiles», pero INEXPLICABLEMENTE esta traducción ¡casi que no existe!

QUE LA IGNORANCIA TE VALGA 
Veamos, por ejemplo, la traducción no-judía clásica de Reina Valera, reeditada en 1960, que dice:
«Y creó Dios a los grandes monstruos marinos, y todo ser viviente etc.”


¿Por qué traducir taninim guedolim como «monstruos marinos», dos palabras que ¡no aparecen en el texto hebreo!
Aclaremos en primer lugar que en hebreo bíblico la palabra «monstruo» no existe (Nota 1), simplemente porque la Torá no cree en monstruos. A pesar de que TODAS las civilizaciones de la antigüedad creían en monstruos, y los mencionan permanentemente en sus mitos de creación (ver por ejemplo aquí). Y es por eso que una traducción que traduce taninim por «monstruos» en lugar de «reptiles» debería ser considerada como tendenciosa y hasta ofensiva ya que —voluntaria o involuntariamente— equipara a la Torá con las leyendas mitológicas paganas.

¿Cómo se debe traducir entonces la expresión taninim guedolim?

EN GRIEGO Y EN HEBREO
Richard Owen (1804–1892) fue un renombrado científico paleontólogo británico, conocido por su trabajo en la clasificación de restos fósiles de animales prehistóricos. En 1842 acuñó el término dinosaurio para describir un grupo de enormes reptiles extintos. Este término, dinosaurio, es la combinación de dos palabras de origen griego: deinos, que significa gigantesco, poderoso, imponente o temible, y sauro, que significa lagarto o reptil. Así, el término dinosaurio significa «los gigantescos reptiles” de la antigüedad. ¡Estas son, increíblemente, las mismas las palabras que la Torá usa para describir a estas las primeras criaturas creadas por Dios en el quinto día!

¿MONSTRUOS O MONSTRUOSIDADES?
La incorporación de la palabra «monstruos» en las traducciones de la Torá posiblemente deriva de comentarios gentiles escritos antes de que Owen clasificara estos fósiles como «dinosaurios». Los pueblos paganos suponían que esos gigantescos restos fósiles —que se descubrían por todas partes— pertenecían a monstruos o dragones, es decir, seres imaginarios dignos de la mitología pagana y esto explicaría porque en la edad media se haya usado la palabra «monstruo». Pero traducir en el siglo XX o XXI taninim guedolim como «monstruos marinos” (Nota 2) es imperdonable, porque fuerza una lectura mitológica de la Torá y le quita su credibilidad histórica.

La traducción de taninim guedolim por “dinosaurios” —o por lo menos por “grandes reptiles”— ES LA TRADUCCIÓN MAS LITERAL y aparte es testimonio que la Torá es el PRIMER y EL ÚNICO libro de la antigüedad que registra la existencia de estos animales prehistóricos —los primeros animales antiguos creados por Dios en la tierra—sin leyendas ni ficciones dignas de Harry Potter.

Próximamente, con la ayuda de Dios, publicaré mi  libro titulado Dinosaurios en la Biblia, donde explico con más detalle los tres versículos que hablan de la creación de los primeros animales (1:20-22), y entre ellos los dinosaurios.
Los que quieran apoyar o dedicar la edición de este libro en español, por favor, escriban directamente a rabbibitton@yahoo.com

Nota 1.  Nótese que la palabra mifletset que se utiliza en hebreo moderno como «monstruo», describe a un tótem de los pueblos paganos, como pesilim, ver Yirmiyahu 50:38).

Nota 2. La palabra “marino” tampoco aparece en el texto, que dicho sea de paso NO describe únicamente a los animales que habitan en el mar!