TESHUBÁ: Soy lo que haga con mi vida en los próximos 5 minutos

Estamos en Elul, el mes del balance. Y para hablar de balances, nadie mejor que Maimónides.

En el tercer capítulo de Hiljot Teshubá, Maimónides explica que en términos de comportamiento hay tres categorías de personas: el tsadiq, el rashá y el benoní. El tsadiq (la persona justa) es aquel que ha hecho más bien que mal. El rashá (la persona mala) es aquel cuyo balance de buenas y malas acciones es negativo. Y el benoní —la persona promedio, algo así como “el hombre mediocre” de José Ingenieros— es aquel cuyas buenas y malas acciones están en equilibrio.

Hasta acá, nada sorprendente: parece un cuadro de puntaje. Puntos azules, puntos rojos, y una suma al final.

Pero unas líneas más adelante Maimónides desarma el cuadro.

LA CUENTA QUE NADIE PUEDE HACER

Este cálculo, dice Maimónides, es inaccesible para nosotros. No depende de la “cantidad” de preceptos observados o transgresiones cometidas. La evaluación real solo la conoce Dios.

¿Por qué? Porque solo Dios conoce, por ejemplo, el verdadero potencial de cada uno. Si mi potencial para hacer el bien es 10 —porque tengo los medios, el tiempo, la salud, el conocimiento— pero llegué apenas a 7, tengo menos mérito que la persona cuyo potencial era 5, porque no tuvo mis posibilidades, y llegó a 5. En la aritmética del Cielo, 5 puede valer más que 7.

Y solo Dios conoce las fuerzas psicológicas que empujan a cada persona. Para alguien que creció en un ambiente donde mentir era la norma, decir la verdad es una batalla diaria y cada victoria vale muchísimo. Para otro, criado en una casa donde jamás se escuchó una mentira, decir la verdad no tiene demasiado mérito: le sale solo.

Conclusión: el saldo de mis méritos es inaccesible. No solo para mi vecino, que me juzga por lo que ve. También para mí mismo.

LA PREGUNTA INCÓMODA

Este pensamiento conduce a Maimónides a una pregunta muy práctica: si no puedo saber si a los ojos de Dios soy una buena o una mala persona, ¿cómo tengo que verme a mí mismo?

Las dos respuestas obvias son dos trampas.

Si me veo como un tsadiq, me estanco. Ya está, ya cumplí, tengo mérito acumulado. Es más: empiezo a sentir que tengo “crédito” para permitirme algunos pecados, como el de hacer dieta toda la semana y premiarme el domingo.

Si me veo como un rashá, es peor. Los rabinos le pusieron nombre a ese estado: yeush, el abandono psicológico. Ya está, ya soy así, no tengo remedio, ¿para qué intentar? El que se declara irrecuperable queda liberado de mejorar.

Una respuesta produce inercia. La otra produce parálisis. Las dos matan la Teshubá.

EL SECRETO: 50/50

Maimónides, que además de sabio era un genial educador, propone entonces algo que hoy llamaríamos psicología conductista: una persona debe percibirse a sí misma, siempre, en un perfecto estado de equilibrio. 50 y 50. Como si mis méritos y mis faltas estuvieran en un balance exacto, delicadísimo — y la próxima acción que realice fuera a inclinar la balanza hacia un lado o hacia el otro.

Mi próxima decisión moral —hacer una Mitsvá o dejarla pasar, cometer una transgresión o frenar— no es un punto más en una lista larga. Es LA decisión. La que define, ahora mismo, si soy una buena o una mala persona.

Y Maimónides agrega algo más audaz todavía: no solo yo estoy en equilibrio. El mundo entero lo está. Con una sola buena acción, escribe, una persona puede inclinar la balanza propia — y la del mundo entero — hacia el lado del mérito.

Pensalo la próxima vez que estés por decidir algo pequeño: según Maimónides, en ese instante tenés el mundo en las manos.

LOS PRÓXIMOS 5 MINUTOS

Fijate lo que Maimónides logró con este planteo. La pregunta “¿soy una buena persona?” mira hacia atrás, hacia una cuenta que no podemos hacer ni nosotros. Maimónides la da vuelta: no importa el saldo, que solo Dios conoce. Importa el próximo movimiento, que depende solo de mí.

Por eso Elul no nos pregunta quiénes fuimos. Nos pregunta otra cosa, mucho más urgente y mucho más generosa: ¿qué vas a hacer en los próximos cinco minutos?

Yo soy eso. Soy lo que haga con mi vida en los próximos cinco minutos.




Rab Isaac Arama (1452-1515), y los 6 principios de la fe judía

Aragón, España. Segunda mitad del siglo XV. Cada tanto, los pregoneros de la iglesia recorren el barrio judío con un anuncio: este domingo, asistencia obligatoria al sermón.

Y los judíos van. No tienen opción: es la ley. Entran a la iglesia, se sientan en los bancos, y escuchan a un fraile explicarles, durante una hora, por qué su religión es falsa, por qué sus abuelos estaban equivocados, por qué deberían abandonar la Torá.

Entre los que están obligados a escuchar, semana tras semana, está el rabino de la comunidad: Rab Yitzhak Arama.

Pensemos un momento en su situación. Su gente sale de esos sermones confundida, humillada, llena de preguntas que nadie le enseñó a responder. Algunos empiezan a dudar. Otros, agotados por la presión, terminan convirtiéndose.

¿Qué hace un rabino en esa situación?

Rab Arama respondió con lo que tenía: pronunciar mejores sermones.

EL INVENTOR DE LA DERASHÁ

El Rab Arama entendió algo que hoy nos parece obvio, pero que en su época fue una revolución: no basta con explicar el texto de la Torá. Hay que conquistar la mente y el corazón del que escucha.

Su método era así. Primero tomaba una gran idea —la fe y la razón, el sufrimiento, la libertad— y la desarrollaba sola, sin tocar todavía el versículo. El público escuchaba lo que parecía una reflexión sobre la vida. Recién después abría el texto de la parashá, mostraba todos sus ángulos y resolvía con una hermosa explicación la idea que había planteado. Y de pronto, todo cerraba. El que escuchaba no se llevaba solo una explicación: se llevaba una experiencia intelectual y emocional. Salía de la sinagoga con una respuesta para el sermón que estaba obligado a escuchar el domingo en la iglesia.

Sus sermones se convirtieron en un libro: Aqedat Yitzhak, “la atadura de Yitzhak” — un juego con su propio nombre. El libro fue tan influyente que durante siglos los predicadores judíos de todo el mundo lo usaron como modelo de sus Derashot o sermones rabínicos.

SEIS PRINCIPIOS

Tres siglos antes, Maimónides había formulado los famosos trece principios de la fe judía. Arama los conocía perfectamente, y los respetaba.

Pero Maimónides escribió para comunidades que discutían ideas dentro de un ambiente más o menos amistoso. El Rab Arama predicaba para gente acorralada, que volvía cada domingo de un sermón proselitista y hostil, que veía a sus vecinos convertirse, que necesitaba saber —en pocas palabras, palabras que se pudieran llevar puestas— ¿qué era exactamente lo innegociable? ¿Lo que ni siquiera se podría disimular?

Entonces hizo algo muy práctico: resumió. No corrigió a Maimónides; adaptó. Redujo la fe judía a seis principios. Seis ideas que un judío de a pie pudiera recordar, defender y transmitir a sus hijos en el peor momento de la historia de los judíos de España.

Y si los miramos de cerca, cada uno responde a una pregunta que su comunidad se estaba haciendo:

  1. El mundo fue creado por Dios. No es eterno, no es un accidente. Tiene un Autor — y por lo tanto, un propósito.
  2. Dios hace milagros. Interviene. El mundo no es una máquina cerrada donde nada puede cambiar. El que creó las reglas puede intervenir. Para un pueblo que necesitaba un milagro, no era un detalle técnico.
  3. La Torá es Divina. Lo que el fraile atacaba cada domingo no era una tradición humana más: era la palabra de Dios. No se negocia. Ni se reinterpreta a conveniencia.
  4. Dios supervisa el mundo. La providencia. Dios no creó el mundo para después desentenderse. Ve, sabe, acompaña. El judío humillado del banco de la iglesia no estaba abandonado.
  5. La Teshubá. Siempre se puede volver. Palabras enormes para una generación en la que tantos habían cedido a la presión: la puerta no se cierra nunca, para nadie.
  6. El alma es inmortal. Te pueden quitar la casa, el dinero, la tierra. Hay algo que no te pueden quitar. La historia no termina acá. Tu sufrimiento aquí tiene un significado. Y tus enemigos pagarán por lo que hicieron.

Creación, milagros, Torá, providencia, Teshubá, inmortalidad. Seis anclas para no ser arrastrado por la tormenta de la Inquisición.

1492

En 1492, los Reyes Católicos expulsaron a los judíos de España. Arama, ya anciano, salió con su comunidad al exilio y llegó a Nápoles, Italia.

Allí lo esperaba un amigo: Don Yitzhak Abarbanel, el gran comentarista y ex ministro de los reyes de España, expulsado de la Península como él. Los dos sabios pasaron juntos esos últimos años, estudiando. Dos de las mentes más brillantes del judaísmo español, refugiados los dos, sosteniéndose el uno al otro con lo único que se habían podido llevar: la Torá.

Rab Yitzhak Arama murió en Nápoles en 1494, dos años después de la expulsión.

La España judía que él conoció desapareció. Pero cada vez que un rabino, en cualquier lugar del mundo, empieza una derashá con una historia o una pregunta de la vida antes de llegar al versículo — está usando el método que inventó un rabino de Aragón para defender a su gente.




KI TABO: Las calumnias del Faraón y del NYTimes

El 11 de mayo de este año, el New York Times publicó una columna de Nicholas Kristof sobre abusos sexuales contra prisioneros palestinos. Entre las acusaciones había una en particular: que Israel usa perros para violar a los detenidos.

Kristof es un periodista con una carrera larga y premiada. Reportó el genocidio de Darfur y el tráfico de personas. No es un panfletista.

Un experto en conducta canina consultado por la agencia JTA —policía retirado, vinculado al proyecto de cerebro canino de Harvard— dijo que es imposible entrenar a un perro para cometer una agresión sexual.

Lo más interesante no es la acusación. Es el camino que recorrió hasta llegar ahí.

EL PROCESO

Un analista de código abierto llamado Travis Hawley lo reconstruyó paso a paso.

Junio de 2024: la cuenta en árabe de Al Jazeera publica una entrevista con un funcionario del ministerio de salud de Gaza, administrado por Hamás, que dice que los perros del ejército de Israel —perros que ese ejército, como todos los ejércitos del mundo, emplea para tareas de vigilancia y detección de rutina— cometieron “actos viles” contra los detenidos.

Días después, una cuenta anónima en X la traduce al inglés y agrega una palabra que no estaba allí: “violación”. Ahí empieza a circular el rumor. Lo levantan algunos influencers, una ex vocera de campaña antiisraelí, un periodista.

Semanas más tarde, una ONG con sede en Ginebra publica un informe que promueve la acusación. Es la misma organización que sostuvo que Israel exhuma palestinos para robarles órganos.

Días después, un israelí residente en Estados Unidos, “activista antiisraelí”, escribe que una fuente israelí le confirmó la historia. No dice quién. No aporta nada más. Según Hawley, ese fue el momento decisivo: ¡ahora hay israelíes que lo confirman!

Todos los medios alimentan la acusación. Ni siquiera X, que tantas veces agrega una nota de advertencia a sus lectores cuando circula una información falsa, intervino en este caso.

Y después vino el New York Times.

De una cuenta anónima a la página de opinión del diario más influyente del mundo. Sin que nadie, en ninguno de los eslabones, pidiera ninguna evidencia.

Si exactamente la misma acusación hubiera sido dicha sobre el ejército de Canadá o Japón o incluso Corea del Norte, el editor del New York Times exigiría documentación. Pediría el nombre de la prisión donde se cometió este acto, un informe forense, un testigo identificado, un video o por lo menos una fotografía. Es el procedimiento normal de verificación de una información.

Pero con Israel —y con los judíos— el proceso de verificación se saltea. No es necesario. La acusación no necesita probarse. No requiere evidencias. Con Israel es todo lo opuesto a “uno es inocente hasta que se demuestre lo contrario.” Y lo peor: ¡el público lo cree!

IMPUNIDAD

El antisemitismo verbal moderno tiene además otra característica: nadie paga por las mentiras que dice sobre Israel y los judíos. A nadie se le exige la renuncia, ni se le cancela la cuenta de X o Instagram. ¡Es el único odio, la única discriminación, que está normalizada en el mundo occidental! Antes, por lo menos, había una disculpa en una página interior del diario, o en un rincón del website que nadie mira y que era totalmente ineficaz contra el daño ya causado. En el caso del NYT, por ejemplo, ni siquiera hubo esa disculpa escondida. Preguntado específicamente por la acusación de los perros, el diario no respondió.

La demonización contra los judíos funciona porque en una gran parte del mundo occidental existe una predisposición de los consumidores a creer todo lo malo que se diga sobre los judíos. Hay un antisemitismo mental, cultural, inconsciente que precede al verbal, que consume con cierto “placer” la validación de sí mismo.

Me siento indignado por las increíbles, falsas y ridículas acusaciones que cada semana se escuchan de influencers norteamericanos con millones de seguidores, como Tucker Carlson o Candace Owens: sobre el “genocidio”, o que Israel mandó a matar a Charlie Kirk, o que Israel es capaz de haber promovido la invasión de los marroquíes a Ceuta, como venganza contra España. Y la lista, como todos los judíos sabemos, es horrorosamente interminable.

¿POR QUÉ FUNCIONA?

La primera razón: la historia ya está escrita. Los envenenadores de pozos, la sangre de los niños cristianos, los Protocolos, ya son parte del subconsciente de una gran parte del mundo. Una acusación nueva contra cualquier otro pueblo tiene que construirse desde cero. Contra los judíos encaja en un molde de dos mil años, y la mente no requiere evaluar evidencia porque identifica un patrón conocido.

La segunda: al acusado, Israel o los judíos, se lo describe como poderosísimo, superinfluyente, satánico. Entonces creer lo peor de él no se siente como prejuicio sino como “coraje”. En inglés se le dice VIRTUE SIGNALING, o señal de virtud: es decir, el demonizador se siente bien al repetir la acusación contra los poderosos porque siente que proteje a los más débiles. El que difunde la demonización de los judíos se ve a sí mismo como alguien que se anima a decir la verdad frente al poder. Y nadie verifica aquello que lo hace sentirse valiente.

La tercera: impunidad. Hablar mal de los judíos es automáticamente validado por el subconsciente de muchas personas “normales”, es aceptado sin requerir verificación, y no tiene ningún costo. Los difusores de calumnias contra los judíos no pagan las consecuencias de haberlas difundido. La demonización hacia los judíos es gratuita.

VAYARE’U OTANU

Nada de esto es nuevo. La Torá lo documentó desde el primer caso, cuando Israel recién nacía como pueblo y sin que hubiera hecho nada para merecerlo.

En nuestra parashá, Ki Tabo, cuando el campesino lleva las primicias al Bet-HaMiqdash recita la historia nacional desde sus comienzos en Egipto, y entonces dice:

וַיָּרֵעוּ אֹתָנוּ הַמִּצְרִים

Las traducciones convencionales dicen: “los egipcios nos hicieron mal”. Pero para decir “nos hicieron mal” la Torá tenía que haber escrito vayare’u lanu. El texto cuidadosamente dice vayare’u otanu: “nos hicieron malos”. “Hablaron mal de nosotros” = Nos demonizaron.

El Faraón instaló la imagen negativa: son muy numerosos, muy poderosos, se llevaron nuestro dinero, y si viene una guerra se van a unir a nuestros enemigos. Ningún hecho, ninguna evidencia, ninguna justificación para estas mentiras: pura tiranía verbal.

ATAQUE CONTRA DIOS

Las causas de la demonización no dependen de lo que hagamos o dejemos de hacer. Creo que tienen que ver con algo más profundo: que somos los recipientes de la bendición Divina.

Pensemos por un momento en el profundo trauma del antisemita. Abre sus propias Escrituras y encuentra que el Dios en el que dice creer eligió bendecir al pueblo judío. Levanta la vista de la página y ve que esa bendición se está cumpliendo delante de sus ojos: un país diminuto que vence una guerra en siete frentes — guerras que, según toda lógica militar, debería perder. Que prospera en Medio Oriente mientras los países que lo rodean, con más territorio, más población y más petróleo, fracasan. Ve una moneda judía que es la más fuerte del mundo, la bolsa judía subiendo, y todo esto en plena guerra, un ejército que asombra al mundo, una población que no deja de crecer, una inteligencia que produce más ciencia por habitante que ninguna otra nación.

Nada de eso debería estar pasando. Israel debería estar tan mal o peor que otros países en guerra, como Siria, Irán o Ucrania. Y sin embargo Israel prospera, mes tras mes, año tras año. Ese es el trauma insoportable del antisemita: la evidencia. Y como no puede negar la evidencia, solo le queda reinterpretarla. Convierte nuestra supervivencia en conspiración, nuestra defensa en genocidio, nuestra fortaleza en poder satánico y nuestros logros en una forma de dominación. La demonización funciona como un mecanismo de alivio psicológico: le permite al antisemita contemplar la bendición sin tener que reconocerla como milagrosa. Es el analgésico del que no soporta ver el favor de Dios hacia Israel.

El campesino judío que traía los Bikurim al Bet-HaMiqdash entendía esto. Recitaba los hechos — la calumnia de Egipto incluida — y después rezaba para que Dios continuara bendiciendo al pueblo judío y a la tierra de Israel, aunque sabía que esa bendición iba a provocar a los que nos envidian:

הַשְׁקִיפָה מִמְּעוֹן קָדְשְׁךָ מִן־הַשָּׁמַיִם וּבָרֵךְ אֶת־עַמְּךָ אֶת־יִשְׂרָאֵל וְאֵת הָאֲדָמָה אֲשֶׁר נָתַתָּה לָנוּ כַּאֲשֶׁר נִשְׁבַּעְתָּ לַאֲבֹתֵינוּ אֶרֶץ זָבַת חָלָב וּדְבָשׁ

“Observa [protégenos] desde Tu santa morada, desde los cielos, y sigue bendiciendo a Tu pueblo Israel y a la tierra que nos has dado, como juraste a nuestros padres — una tierra que mana leche y miel.”

El campesino judío no pide venganza. ¡Pide Su protección y Su bendición!

La demonización antisemita — y particularmente anti-israel o anti-sionista — es el precio a pagar por ser recipientes de la bendición de Dios.




KI TETSÉ: ¿Esperar o no esperar al Mashíaj?

LA TIENDA VACÍA

La Haftará de esta semana, Roní Aqará (Yeshayahu 54), presenta una imagen extraordinaria de la redención, la Gueulá. El profeta se dirige a Yerushalayim, que durante el exilio que siguió a la destrucción del Bet Hamiqdash había quedado desolada, como una madre que de pronto se queda en su tienda —en su casa— sola, sin sus hijos. Pero ahora —le dice Yeshayahu a Yerushalayim— ¡todo está por cambiar! Tus hijos van a regresar, y serán tantos que vas a necesitar hacer algunas reformas en la casa: “Harjibi meqom aholej”, “ensancha el espacio de tu tienda”. Es decir: saca las estacas, ubícalas mucho más lejos unas de otras, agranda tu casa y extiende sus límites, que ya llegan…

El profeta le da esa instrucción, pero nadie regresa… La pobre mujer sigue sin hijos; la ciudad está totalmente vacía y desolada y, ahora, completamente desilusionada. Pero Yeshayahu le dice: al tajsoji, “No achiques tu tienda”. No pierdas la esperanza de que tus hijos algún día regresen. Yeshayahu sabe que, después de una pérdida, la tentación es hacerse chiquito: achicar la carpa, no ilusionarse, no arriesgar de más, no alimentar falsas expectativas. El profeta le pide, en nombre de Boré Olam, que prepare una casa más grande y espere. Sus hijos “ya” regresarán. En multitudes. Pero ese “ya” tuvo que esperar mucho tiempo para hacerse realidad.

Durante siglos leímos esta profecía como una utopía, un sueño más allá de los sueños. Los judíos rezábamos para regresar a Sión, dispersos por todo el mundo.

Pero finalmente nuestras tefilot fueron respondidas: tenemos nuevamente nuestro Estado de Israel, la tienda extendida que profetizó Yeshayahu.

Muchas olas de Aliá fueron provocadas por circunstancias terribles: pogroms, persecuciones, antisemitismo, guerras. Millones de judíos llegaron a Israel porque ya no podían permanecer donde estaban. No fue una elección: alguien o algo los perseguía y los empujaba —¡los expulsaba!— hacia Israel.

REGRESAR POR ELECCIÓN

Pero existe también otra clase de Aliá, mucho más meritoria: la Aliá por elección. Cuando un Yehudí no se escapa a Israel, sino que se dirige a Israel. Cuando deja voluntariamente una vida buena y estable porque quiere y desea que Medinat Israel sea su hogar y el de sus hijos.

Esta clase de Aliá —la Aliá por convicción y no por conveniencia— es la que experimentamos en mi comunidad hace un par de semanas. ¡Un grupo de siete familias, con sus hijos, hizo Aliá a Israel! Conozco a estas familias a la perfección: son mis congregantes, mis alumnos, mis amigos. Todos ellos son profesionales o empresarios exitosos que viven en Great Neck —los famosos suburbios de Nueva York—, en mansiones que no tienen nada que envidiarles a una casa en Olivos, Punta del Este o Lomas. Tienen sus familias formadas aquí, muy buenas escuelas, trabajos estables y una extraordinaria vida comunitaria.

Como buenos sefaradíes, el valor y la importancia de la familia son supremos. El dolor de alejarse físicamente de sus hermanos y de sus padres —y llevarse a sus nietos— ha sido el aspecto más difícil, doloroso y desgarrador de todo este proceso. Pero cuando la convicción es tan grande, uno siente que está haciendo enormes sacrificios y que BE”H está preparando el camino para que algún día el resto de la familia llegue a Israel. Y cuando eso suceda, les resultará más fácil integrarse teniendo un familiar ya establecido allá.

Pagando el altísimo precio de sacrificar comodidad y confort, y enfrentar el desarraigo, estas jóvenes familias de nuestra comunidad decidieron convertirse en la profecía de Yeshayahu y regresar a la tienda extendida de Israel. Eligieron Raanana: una ciudad hermosa, con muy buenas escuelas para sus hijos y servicios de salud de primer nivel. Allí van a empezar a construir su futuro.

¿CÓMO EMPEZÓ TODO?

Creo que el comienzo de este despertar llegó, irónicamente, a partir del 7 de octubre, cuando comenzó la guerra —que aún no terminó—. Fuimos testigos de un despertar religioso entre la gente menos religiosa y de un despertar sionista entre la gente ya religiosa. La decisión fue madurando en el corazón. Pero, claro, desde el corazón hasta la acción hay una enorme distancia.

Y entonces llegó Golán.

Me refiero al coronel (aluf mishné) Golán Vach, comandante de la Unidad Nacional de Rescate del Ejército de Israel —el hombre que dirigió las delegaciones israelíes que rescataron con vida a personas de los escombros en México, Haití y Turquía, y en el derrumbe de Surfside, en Miami—. En 2024, en plena guerra de Gaza, lo invitamos a visitar nuestra comunidad. Iba a hablar de la guerra, y habló de la guerra y de todo lo increíble que hizo allá, que es tema para horas de conversación.

Golán Vach es, además, un hombre religioso, muy espiritual y amante de Israel hasta la última fibra. Y se le ocurrió organizar una Habdalá musical. Jordan Karmeli, un joven padre de seis hijas, que nunca había visto a Golán hasta ese momento, ofreció su casa. Invitó a último momento a varias parejas de amigos: unas quince o veinte parejas jóvenes que llenaron la casa para esa Habdalá improvisada, junto a un héroe de Israel reconocido en el mundo entero.

Lo que ocurrió esa noche, de la que participé, no lo puedo describir con palabras. Pero voy a tratar.

Poco a poco fuimos descubriendo aspectos de Golán que no conocíamos. Primero, que además de coronel del ejército de Israel y experto internacional en rescate en zonas de terremotos y otros desastres naturales, es compositor: toca la guitarra y le canta canciones a Boré Olam. Todos decían lo mismo: es como David Hamélej —militar, poeta y músico—. Empezó con su hermosa Habdalá de Carlebach. Pero después comenzó a cantar y a enseñarnos canciones nuevas, sobre Israel, sobre Tehilim, algunas compuestas por él. Y cada una venía acompañada de una historia que nos sacudía hasta lo más profundo.

Esa noche parecía que uno estaba en una película. O en un trance. Estuvimos, creo, unas tres horas; era tarde y los padres jóvenes tienen hijos pequeños. Pero nadie se quería ir. Entre canción y canción, Golán hablaba de Israel: de las profecías que se están cumpliendo, de cómo Israel está creciendo a pesar de la guerra, del increíble Jésed que está teniendo lugar allá, de las victorias bíblicas del ejército de HaShem y de los milagros que él mismo presenció.

Y mientras hablaba —sin reprocharle a nadie no estar en Israel— algo empezaba a moverse en el corazón de todos los presentes. Era como si se escuchara en el aire la misma voz que le dijo “Lej Lejá” (“ve a la tierra que te mostraré”) a Abraham Abinu.

Creo que esa noche todas las parejas jóvenes que estaban en esa casa decidieron, en su corazón, hacer Aliá. Fue como una inspiración bíblica, imposible de ignorar: como cuando Saúl mandó mensajeros a buscar a David y, al llegar donde estaban los profetas, los mensajeros empezaron a profetizar ellos también; mandó un segundo grupo, y les pasó lo mismo; mandó un tercero, y lo mismo; hasta que fue él en persona, y también él profetizó (1 Samuel 19:20-24). Era algo contagioso. No lo puedo explicar racionalmente.

Después, Golán nos contó que hacía más de treinta años su padre, Shalom Vach, había fundado en Francia una organización dedicada a un tipo muy particular de Aliá: la Aliá en grupo. No familias sueltas, sino grupos de familias que hacen Aliá juntas y son recibidas por una comunidad que las espera. Golán tomó ese modelo francés y lo abrió al mundo de habla hispana y a los británicos con una nueva organización que llamó “ISRAELA” (Israelah, con la letra hebrea hé de dirección = “hacia Israel”). Por esa organización ya hicieron Aliá unas 2.200 familias, y lo más impresionante es que el 98% se quedaron en Israel.

Y esa misma noche invitó a las parejas que quisieran a viajar a Israel por una semana, con los gastos de estadía cubiertos.

Así empezó. Y lo demás es historia.

Yo nunca pensé que esto iba a ocurrir. Porque —como dije— son familias que “están muy bien”, en una situación económica muy buena. Y Great Neck es uno de los lugares con mayor porcentaje de población judía de todo EEUU; un lugar donde, cuando uno camina por aquí, ve que el 90% de las casas tienen mezuzá. Un lugar donde no falta absolutamente nada para una vida judía plena. Nada. Excepto todo: Israel.

TRES IDEAS QUE ME QUEDARON GRABADAS

Cuando estas jóvenes familias se despidieron, los maridos dieron un Debar Torá en Seudá Shelishit y, directa o indirectamente, explicaron qué los llevó a tomar esta decisión.

Voy a repetir algunas de estas ideas con mis propias palabras.

“Las mitsvot que solo existen allá”

Hay 613 mitsvot en la Torá. Hoy solo podemos cumplir 297: 316 quedaron fuera de servicio —la enorme mayoría— porque no tenemos Bet Hamiqdash: todo el orden de los qorbanot, el servicio de los kohanim, las leyes de tumá y tahará, etc.

Y de esas 297 que sí podemos cumplir, hay 26 que solo se pueden cumplir en la tierra de Israel: las mitsvot hateluyot baárets —terumot, maasrot, jalá, peá, léquet, shijejá, orlá, kilé hakérem, shemitá.

Esas 26 mitsvot no son “difíciles” de cumplir en Great Neck. Sencillamente no existen fuera de Israel. Un hombre con un jardín pequeño en Raanana puede cumplir mitsvot de la Torá que ningún judío de Nueva York puede cumplir, por más rico, más observante y más estudioso que sea.

Pero hay algo más: lo más importante. Rashí explica que todas las mitsvot que cumplimos en el exilio son para practicar, señales para el camino de regreso:

וְשַׂמְתֶּם אֶת־דְּבָרַי — אַף לְאַחַר שֶׁתִּגְלוּ הֱיוּ מְצֻיָּנִים בַּמִּצְווֹת, הַנִּיחוּ תְּפִלִּין, עֲשׂוּ מְזוּזוֹת, כְּדֵי שֶׁלֹּא יִהְיוּ לָכֶם חֲדָשִׁים כְּשֶׁתַּחְזְרוּ. וְכֵן הוּא אוֹמֵר (ירמיהו ל”א): הַצִּיבִי לָךְ צִיֻּנִים.

“Vesamtem et debaray” — Aun después de que sean exiliados, sigan distinguiéndose con las mitsvot: pónganse tefilín, hagan mezuzot, para que no les resulten nuevas cuando regresen. Y así dice Yirmeyahu (31): hatsibí laj tsiyunim, “ponete señales en el camino”.

El Rambán lleva esta idea hasta el final.

כִּי עִיקַּר כָּל הַמִּצְוֹת לַיּוֹשְׁבִים בְּאֶרֶץ ה׳

“Porque el cumplimiento esencial de todas las mitsvot es para los que habitan en la tierra de HaShem.” (Rambán, Vayiqrá 18:25)

Fuera de Israel seguimos plenamente obligados a cumplir las mitsvot —tefilín, mezuzá, Shabbat—, pero su lugar propio, el lugar donde alcanzan su sentido completo, es Erets Israel. El Yehudí en el exilio es una flor en un invernadero. El bosque, el campo natural de esa flor, es la tierra de Israel.

Quiero ir a Israel porque es el lugar natural donde todas las mitsvot se pueden cumplir como el Todopoderoso quiso que se cumplieran.

¿Rezar o hacer?

Tres veces por día pedimos a HaShem que nos reúna “que nuestros ojos vean Tu regreso a Tsión”.

Pero rezar sin hacer nada es como pedirle a HaShem parnasá (sustento) en Barejenu y no esforzarse por trabajar. Nosotros rezamos para que HaShem corone nuestros esfuerzos, no para reemplazarlos. Cuando decimos refaenu (cúranos de nuestras enfermedades), no estamos rezando en lugar de ir al médico: rezamos y hacemos todo lo que está en nuestras manos (hishtadlut) para curarnos. Si solo rezamos y no vamos al médico, ¡somos culpables de lo que nos pase!

¿Qué diferencia hay, entonces, entre rezar por sustento y salud y rezar por la Gueulá?

Todos los días le pedimos a HaShem en teqá beshofar gadol lejerutenu: “reúnenos desde los cuatro extremos de la tierra”. ¡HaShem ya ha escuchado nuestras plegarias y nos ha concedido nuestra petición! Las puertas están abiertas y se puede volver a Israel.

Seguir rezando por lo que ya me fue concedido, sin hacer nada al respecto, no es rezar: es postergar.

Quiero ir a vivir a Israel porque HaShem ya respondió a nuestras palabras. Ahora me toca a mí hacer mi parte.

¿Actuar o esperar al Mashíaj?

El gran mérito de ir a Israel, como el de cualquier otra mitsvá, es la bejirá hofshit: la libertad de elección. Y cuanto más le cuesta a uno, más mérito tiene esa elección. Si alguien me obligara —o me pagara— a ir al minyán todas las mañanas, no sería lo mismo que si yo eligiera ir al Minyán. Y si para ir al minyán tengo que sacrificar mi comodidad, porque duermo un poco menos, o pierdo algo de mi sustento, porque trabajo un poco menos, más mérito tiene todavía. Cuanto más sacrificio hay en elegir hacer una mitsvá, mayor es el mérito de cumplirla. Es lo que dice Ben He He en Pirqué Abot (5:23): lefum tsaará agrá, “según el esfuerzo, la recompensa”.

Yo quiero ir a Israel por propia elección. Por convicción. Aunque me cueste. No quiero irme porque algún día pueda ser peligroso quedarme en Great Neck. No quiero escapar de donde vivo porque no puedo pagar el seguro médico y allá es gratis. Porque en ese caso no sería mi elección: sería mi conveniencia.

El Rab Yehudá haLevi (1075-1141), en su famoso libro “El Cuzarí”, formula una advertencia muy dura y vergonzosa para los judíos que podían, pero no querían, regresar a Israel. El rey de los Cazares le pregunta al Rabino: ¿Qué sucedió en los tiempos del Segundo Templo, cuando los judíos le rezaban a Dios para que los regresara a Israel, y cuando esto fue posible, en los tiempos de Ciro (o de Ajashverosh Y.B.), los judíos optaron por permanecer en el exilio, “pero [irónicamente] seguían rezando para que Dios los regresara a Sión”?

La respuesta del Cuzarí a esta actitud de los Yehudim fue muy dura:

“Este pecado, el no haber regresado a la tierra de Israel [cuando tuvimos la oportunidad], es lo que impidió completar el plan Divino en el Segundo Templo. El profeta Zejariá anticipó que todos los judíos regresarían: ‘Canta y alégrate, hija de Sión’ [que Dios está nuevamente en Su tierra, Zacarías 2:14], y que cuando la mayoría de los judíos estuvieran de regreso en Israel, la SHEJINÁ, la Presencia Divina, y la profecía ¡regresarían a Israel! Se esperaba que los Yehudim regresaran voluntariamente a su tierra. Pero, increíblemente, esto no sucedió y solo algunos judíos regresaron [los más pobres]. La gran mayoría permaneció en Babilonia [Persia], en un exilio voluntario, ya que no querían separarse de sus asuntos mundanos, de sus mansiones y de sus negocios.”

Esto no puede suceder una segunda vez. Quiero llegar a Israel antes de que llegue el Mashíaj. Quiero ir a Israel por mérito propio, por elección y por amor a Boré Olam.

LA PARTIDA QUE SE CELEBRA

Para quienes quedamos aquí, la partida de estas hermosas familias y sus hijos (52 personas en total) nos provoca sentimientos encontrados. Los vamos a extrañar y, aunque nuestra comunidad sea de 1.200 familias, ¡su ausencia se va a notar! Pero, al mismo tiempo, sentimos orgullo y alegría de que estén ahora en la tienda de Yeshayahu. Es la única despedida que se debe celebrar. Porque están abriendo camino para los que quieran llegar allá algún día —por elección, o incluso por la fuerza—.

A estas siete familias, y a todos los que regresan a la tierra de nuestros patriarcas, les deseamos que HaShem los acompañe en este enorme paso, que su adaptación sea fácil, que encuentren en Israel un verdadero hogar y que sus hijos y nietos crezcan profundamente conectados con Am Israel y Erets Israel.

“Harjibi meqom aholej”. Agrandá tu tienda, Israel. Tus hijos están regresando a casa. Por voluntad propia.




KI TETSE: El pecado de la postergación

Escondida entre las setenta y cuatro mitsvot de Ki Tetsé —la Parashá con más preceptos de toda la Torá— hay una que casi nunca se lee como lo que es:

כִּי־תִדֹּר נֶדֶר לַה’ אֱלֹהֶיךָ לֹא תְאַחֵר לְשַׁלְּמוֹ, כִּי־דָרֹשׁ יִדְרְשֶׁנּוּ ה’ אֱלֹהֶיךָ מֵעִמָּךְ וְהָיָה בְךָ חֵטְא

“Cuando hagas una promesa a HaShem tu Dios, no demores en cumplirla, porque HaShem tu Dios te la va a reclamar, y habrá en ti pecado.” (Debarim 23:22)

La Torá está hablando de nedarim, de promesas. Pero fijémonos dónde pone exactamente el pecado. No dice: “si no cumplís, pecaste”. Dice lo teajerno demores. La demora misma es la transgresión. Hay una prohibición explícita de la Torá contra postergar.

Esto merece que nos detengamos un segundo. Nosotros hablamos de la postergación como si fuera un defecto de carácter: un problema de organización, de disciplina, de personalidad. Algo que se arregla con una app o con una lista. La Torá, por lo menos cuando se trata de una promesa, no la trata así. La trata como una falta. Una transgresión.

LA MISMA TÉCNICA, EN LA DIRECCIÓN CONTRARIA

Y acá aparece algo fascinante, porque hay otro lugar en esta misma Parashá donde la Torá hace exactamente lo opuesto: obliga a postergar.

Es la ley del soldado y la mujer cautiva, con la que empieza Ki Tetsé. Rashí explica: lo dibberá Torá ela kenegued yétser hará —la Torá no habló sino frente a la inclinación al mal. La Torá está atenta al estado mental de un soldado en pleno campo de batalla y sabe que, frente a un impulso extremadamente poderoso, un “NO” absoluto quizás no sea suficiente. Entonces introduce una demora. “Sí. Pero ahora no”. Antes de poder casarse con esa mujer, el soldado debe llevarla a su casa y atravesar todo el proceso que la Torá establece. Para entonces, el impulso inicial puede haberse enfriado.

Hoy llamaríamos a esta técnica delayed gratification: gratificación postergada. En lugar de enfrentar frontalmente un deseo intenso, uno posterga su satisfacción. El impulso escucha “sí”, baja la guardia y deja de pelear con la misma intensidad. Y mañana, si hace falta, volvemos a postergar.

O sea que, según Rashí, la postergación puede convertirse en un arma contra el impulso de hacer lo que no corresponde.

El problema es que el yétser hará también conoce esta técnica. Y la utiliza exactamente en la dirección contraria: nos ayuda a postergar todo lo bueno que queremos hacer.

CÓMO FUNCIONA LA TRAMPA

Postergar un proyecto positivo y saludable, que sabemos que es necesario para mejorar nuestras vidas, es una de las trampas psicológicas más comunes que nos tendemos a nosotros mismos. Pensemos en alguien que sabe que tiene que bajar de peso. En lugar de empezar la dieta YA, la posterga semana tras semana. Nunca le dice “NO” a la dieta. Se dice a sí mismo: “¡Sí a la dieta! Pero no hoy, frente a este delicioso postre. Empiezo mañana”.

Para nuestras metas espirituales la trampa es idéntica. Llega Elul, se acerca Rosh HaShaná, y tomamos resoluciones: “Este año voy a estudiar Torá una hora todos los días”. Pero el proyecto se nos hace un poco difícil y, día a día, lo postergamos. “Claro que voy a estudiar Torá, pero todavía no”. Obsérvese que no renunciamos al proyecto por completo. Nos decimos, con esa voz interna y defensora que los Sabios llamaron yétser hará, que solo lo estamos retrasando “momentáneamente”, hasta encontrar un mejor momento. “Ahora estoy muy ocupado, el trabajo está difícil… cuando las cosas mejoren, lo hago”.

¿Y por qué no renunciamos directamente? Porque si renunciamos categóricamente nos vamos a sentir tremendamente culpables. En cambio, al postergarlo “hasta que las cosas mejoren”, nos resulta mucho menos traumático. Casi sin darnos cuenta, el proyecto muere. ¿Causa del fallecimiento? Muerte por postergación.

Ese es el punto exacto del pasuq. La Torá no espera a que la promesa muera para considerar que hubo una transgresión. La considera una falta mientras la promesa todavía está viva, pero nosotros demoramos en cumplirla. Lo teajer. La demora es la falta.

Y quizás por eso la postergación es tan difícil de detectar: nunca se presenta como una decisión. No nos dice: “No lo hagas”. Al contrario: nos asegura que lo vamos a hacer. Solamente agrega dos palabras: “ahora no”. Y justamente por eso suena tan razonable, tan inocente, tan parecida a nuestra propia voz.

Esta mañana me tengo que levantar muy temprano para Selijot, y mi cuerpo me dice que quiere seguir en la cama. Mi imaginación me ofrece la solución de siempre: “Quedate hoy, y vamos a Selijot a partir de mañana”. Y mañana va a decir exactamente lo mismo.

Pero ahora podemos usar contra el yétser hará su propia herramienta. Cuando el cuerpo pide quedarse, uno le dice: “Sí. Está bien, nos quedamos en la cama… pero no hoy. Mañana. Hoy vamos a Selijot”.

Estamos en Elul. Es el mes en que hacemos cuentas. Y hay una cuenta que casi nunca hacemos: no la de lo que hicimos mal, sino la de todo lo bueno que decidimos hacer, que nunca cancelamos y que sigue esperando.

Quizás este Elul sea el momento de revisar esa lista invisible: el libro que íbamos a estudiar, la clase a la que íbamos a asistir, la persona a la que íbamos a pedir perdón, la mitsvá que queríamos empezar a cumplir, el cambio que sabemos que tenemos que hacer.

Porque a veces el yétser hará no necesita convencernos de hacer algo malo. Le alcanza con convencernos de hacer lo bueno mañana.

Lo teajer. No demores.




Maimónides y Lord Voldemort

La Torá dedica tres capítulos enteros a un hechicero pagano, contratado por el rey de Moab para maldecir a Israel con sus hechizos. Aparentemente es una prueba de que la adivinación y la hechicería existen y funcionan…

Pero la clave para entender lo que la Torá piensa de este individuo radica en cómo el texto se refiere a él. Contrario a la opinión popular, la Torá y nuestros Sabios no llamaron a Bil’am profeta, sino “Bil’am hijo de Beor, el hechicero (o adivino).” En el libro de Yehoshúa (13:22) se usa la palabra hebrea qosem — que es el mismo término que aparece en la lista de prácticas ocultas de adivinación que presenta la Parashá de esta semana (Debarim 18:10). Y los Sabios lo dicen explícitamente en el Talmud (Sanhedrín 106a): Bil’am qosem hayá, “era un hechicero.”

Para Maimónides, Bil’am era como el personaje de Voldemort en Harry Potter: el mago oscuro más temido de su mundo, el nombre que todos pronunciaban con miedo, el hechicero al que se le atribuía el poder de maldecir y destruir con palabras. Con una diferencia fundamental: Voldemort es un personaje de ficción en un mundo de ficción ¡donde la magia funciona! Bil’am era un personaje real en un mundo real, donde la magia no funciona. Su reputación era la de Voldemort; su “poder”, el de cualquier ilusionista y manipulador. Su oficio, su fama internacional y los honorarios que Balaq estaba dispuesto a pagarle pertenecían a la industria del engaño y el ilusionismo que acabamos de describir. Y Balaq era el cliente perfecto: un rey aterrado, dispuesto a pagar cualquier precio para intentar destruir a Israel.

¿Y entonces, cómo se explica que sus palabras se cumplieran? Maimónides lo responde en la Guía de los Perplejos (Moré Nebujim, II:45). La Torá dice: “Vayásem HaShem dabar befí Bilam” — “Y HaShem puso las palabras en la boca de Bilam” (Bamidbar 23:5). El texto bíblico no dice que HaShem se le reveló a Bilam, ni que Bilam vio o entendió nada. Dice que le puso palabras en la boca. Los trucos y el ilusionismo de Bilam no produjeron absolutamente nada: HaShem lo utilizó como instrumento, a pesar de sus artes, no gracias a ellas.

Y el mensaje sutil pero claro para los que leen con atención la Torá, lo pronuncia el propio Bil’am, en medio de su bendición forzada: “Ki lo nájash beYaaqob veló qésem beYisrael” — “[ahora me doy cuenta, dice Bil’am] que no hay magia en Yaaqob ni hechicería en Israel” (Bamidbar 23:23). El hechicero más famoso del mundo antiguo, contratado por una fortuna para maldecir a Israel, ¡termina anunciando públicamente que su propio oficio no funciona! La Torá no necesitó un sermón contra la industria de la adivinación: citó al hechicero más prestigioso del mercado, quien confesó que su producto no existía.




EDICIÓN ESPECIAL : Robots, en el ejército de Israel

Por Dr. Guy Bechor, de “Gplanet”, 13 de agosto de 2026

Israel necesita más soldados. Esta es probablemente una de las conclusiones más evidentes de los últimos 3 años de guerra. Miles de israelíes han pasado una parte enorme de sus vidas en miluim, lejos de sus trabajos, sus negocios, sus estudios y, sobre todo, de sus familias. Hay soldados que han acumulado 300, 400 o incluso 500 días de servicio de reserva. Es admirable, pero también es tremendamente injusto y, a largo plazo, insostenible. No se puede esperar que las mismas familias continúen pagando indefinidamente el precio de defender al país.

Este es el contexto en el que una nueva revolución tecnológica puede adquirir una importancia extraordinaria: el desarrollo de un “ejército de robots” israelí.

No estamos hablando de ciencia ficción. Durante la guerra en Gaza y el Líbano, Tzahal ya comenzó a utilizar a gran escala sistemas no tripulados: drones, vehículos terrestres manejados a distancia, pequeños robots que ingresan en túneles y edificios, plataformas para transportar equipos y evacuar heridos y, entre otros, el enorme bulldozer D9 “Panda”, que puede abrir caminos y operar en zonas peligrosas sin exponer directamente a sus operadores. El objetivo es muy sencillo: que, cuando sea posible, la máquina entre primero y el soldado después.

El Dr. Bechor explica que Israel enfrenta actualmente una escasez aproximada de 12.000 soldados de servicio obligatorio, incluidos miles de combatientes, mientras aumenta la presión sobre quienes ya están sirviendo en las reservas. Los robots no harán desaparecer esa falta de personal. Pero sí pueden transformarse en un extraordinario multiplicador de fuerza: permitir que menos soldados realicen determinadas misiones y, sobre todo, evitar que seres humanos se expongan innecesariamente al peligro.

Los robots ya pueden abrir rutas sospechosas de contener explosivos, inspeccionar túneles, realizar patrullajes, transportar municiones y provisiones bajo fuego y participar en operaciones de reconocimiento. Cada una de estas tareas que realiza una máquina significa, potencialmente, varios soldados menos expuestos al enemigo y más personal disponible para misiones que realmente requieren inteligencia, criterio y decisión humanas.

El próximo paso será mucho más ambicioso. El nuevo programa  de Tzahal contempla integrar robótica e inteligencia artificial de manera sistemática en las fuerzas de tierra, aire y mar. En un futuro cercano, grupos de robots y drones podrán compartir información entre sí, reconocer obstáculos y operar de forma coordinada, mientras los seres humanos conservarán el control de las decisiones fundamentales.

Pero hay una advertencia esencial. La tecnología nunca puede reemplazar al ser humano. El 7 de octubre demostró que cámaras, sensores y sofisticados sistemas electrónicos no sirven de mucho cuando fallan en la interpretación, la vigilancia o la toma de decisiones. Hay que reconocer  que incluso un ejército robótico probablemente no habría impedido por completo la invasión desde Gaza . Los robots pueden detectar amenazas más rápidamente y salvar vidas, pero no pueden reemplazar el liderazgo ni la responsabilidad humana.

Para Israel, entonces, esta revolución no consiste en sustituir a nuestros soldados. Consiste en protegerlos, multiplicar su capacidad y permitir que muchos de ellos puedan finalmente regresar antes a sus trabajos, a sus esposas, a sus hijos y a sus hogares.




SHOFETIM: ¿Cuánto me cobrás por adivinarme el futuro?

LOS DOS DESEOS

Hay dos cosas que el ser humano siempre quiso y nunca pudo tener. La primera es saber qué pasará en el futuro. La segunda es controlarlo. Y alrededor de esos dos deseos —o ansiedades— se construyó, desde la antigüedad, una industria entera: los embusteros que decían que podían ver el futuro, y los que vendían soluciones que supuestamente lo modificaban.

Nuestra parashá se ocupa de ambas cosas. Y lo hace con una lista. La Torá no se limita a una advertencia general: enumera una práctica tras otra. “No se hallará entre ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique la adivinación, ni agorero, ni el que interprete señales, ni hechicero, ni encantador, ni quien consulte espíritus, ni adivino, ni quien pregunte a los muertos” (Debarim 18:10–11). El primer elemento de la lista sorprende: pasar a un hijo por el fuego no parece un acto de adivinación. ¿Qué hace encabezando una lista de adivinos y hechiceros? Maimónides lo explica en la Guía de los Perplejos (III:37), y su explicación es una radiografía de cómo funcionaba este mecanismo. Los promotores de este culto difundían una amenaza aterradora: si un padre no pasaba a su hijo por el fuego, ese hijo moriría. Era corrupción religiosa en su forma más brutal: fabricar miedo y luego presentarse como el dueño de la solución. Un padre no sometía a su hijo a ese ritual necesariamente por fanatismo pagano. Lo hacía por miedo, para salvarlo. La práctica más monstruosa de toda la lista no nacía entonces del deseo de saber el futuro, sino del otro deseo: el de controlarlo. Era el caso extremo del amuleto. Habían descubierto que el miedo de un padre por su hijo es una de las fuerzas más fáciles de explotar. Y la lógica que aparece después se repite una y otra vez: identificar el miedo de una persona y ofrecerle una solución que nadie puede comprobar.

NO ES PELIGROSO. ES MENTIRA

Mucha gente piensa que estas prácticas estaban prohibidas porque se consideraban “peligrosas”. Que era magia negra, que funcionaba, que tenía un poder real y que ese poder provenía de un lugar oscuro del que convenía mantenerse alejado. Maimónides dice exactamente lo contrario, y lo dice sin ninguna diplomacia. En el Mishné Torá, en las leyes de Abodá Zará (capítulo 11), después de describir una por una estas prácticas, se escribe que “todas estas prácticas son mentira y falsedad”. Y agrega que quien cree en ellas, y piensa que son verdaderas y sabias pero que la Torá las prohibió de todos modos, “no es más que un tonto, falto de entendimiento”.

Para Maimónides, el adivino pagano no era un enemigo espiritual con poderes oscuros. No había ahí un poder que viniera del lado equivocado: no había ningún poder. Y cuando uno entiende eso, el tema deja de ser sobrenatural y se vuelve profundamente humano. El adivino era un embustero del peor tipo porque se aprovechaba precisamente de los momentos de mayor vulnerabilidad: un diagnóstico que asusta, un matrimonio que se está cayendo, un negocio que se hunde, un hijo que está perdido. Aparecía cuando alguien estaba dispuesto a creer cualquier cosa y a pagar cualquier precio por recuperar la esperanza. Lo que vendía no era información sobre el futuro. Vendía una falsa esperanza a alguien que desesperadamente necesitaba una verdadera.

CÓMO SE HACÍA EL TRUCO

Conviene entender de dónde proviene la impresión de que el adivino “acertaba”. Hay gente con un talento natural enorme para leer a otra persona: observar una cara, detectar un gesto que dura una fracción de segundo, notar dónde se le corta la respiración a alguien, escuchar cómo cambia el tono de voz cuando se menciona un tema. Esa habilidad existe y es real, pero no tiene nada de sobrenatural. También la tienen los buenos vendedores y los buenos jugadores de póker. Y a eso se le suma la sugestión. El que leía las manos, las cartas o el fondo de una taza no necesitaba decir nada preciso. Le alcanzaba con frases amplias, que pueden aplicarse a muchísima gente: “Veo un problema con alguien cercano”, “Hay algo del pasado que quedó sin cerrar”, “Veo un cambio grande que se viene”. El que escuchaba completaba los espacios en blanco con su propia vida. Después recordaba los “aciertos” del adivino y se olvidaba de todo lo que no había acertado. El trabajo lo hacía la víctima, no el adivino.

En 1949, el psicólogo Bertram Forer demostró experimentalmente algo muy similar. A 39 estudiantes se les dio un supuesto análisis personalizado de su personalidad. En realidad, todos recibieron exactamente el mismo texto, compuesto principalmente por frases tomadas de un libro de astrología: afirmaciones lo suficientemente generales como para que casi cualquiera pudiera reconocerse en ellas. Los estudiantes quedaron impresionados con la supuesta precisión del análisis. Solo más tarde, Forer les informó que todos habían obtenido el mismo resultado. Este fenómeno se conoce hoy como efecto Forer o efecto Barnum: nuestra tendencia a interpretar afirmaciones vagas y generales como si describieran específicamente nuestra vida. Para un adivino, esa tendencia humana ¡es oro puro!

LOS AMULETOS

El segundo deseo, el de controlar el futuro, tenía su propio mercado: los amuletos, los objetos con “poder”, los remedios metafísicos. Y acá Maimónides es todavía más duro, porque ya no habla de los paganos de Canaán. Habla de una práctica que existió entre Yehudim y que, afortunadamente, ya desapareció: en aquellos tiempos, algunos embusteros escribían dentro del pergamino de la mezuzá nombres de ángeles y supuestos nombres sagrados, para reforzar la “protección” de la casa. Maimónides dice que esa gente está entre quienes no tienen parte en el mundo venidero. Y explica por qué: “No les alcanza con haber anulado la mitsvá [la mezuzá queda pesulá, invalidada], sino que convierten una gran mitsvá —que expresa la unidad del Nombre del Santo, bendito sea, el amor a Él y Su servicio— en un amuleto para su propio provecho, porque piensan en su necedad que esto les servirá para las vanidades de este mundo”.

En el mismo capítulo 11 de Abodá Zará se dice algo parecido sobre el uso de versículos de la Torá para curar el cuerpo: quien hace eso está entre los que niegan la Torá, porque convierte las palabras de la Torá en un remedio para el cuerpo, cuando son un remedio para el alma. La lógica de Maimónides es siempre la misma. La mezuzá no es un seguro contra robos. Y en el momento en que una mitsvá se convierte en un truco para conseguir algo, deja de ser una mitsvá y se transforma en un amuleto de paganos.

EL SOÑADOR DE SUEÑOS QUE VISITÓ MI COMUNIDAD

Creo que nunca antes escribí sobre esto, entre otras cosas, para proteger la dignidad de las personas involucradas. Por eso voy a ser deliberadamente impreciso con los detalles. Hace unos veinte años apareció en mi comunidad en NY un hombre que venía de Israel y que se presentaba como víctima de múltiples tragedias: su casa, decía, se había quemado, mostraba fotos de niños con las manos vendadas y, para colmo, uno de sus siete hijos estaba enfermo de cáncer. Necesitaba dinero imperiosamente.

Justo en esos días, nuestra comunidad atravesaba una tragedia enorme: un hombre joven, padre de varios hijos, acababa de morir de cáncer. El hombre que llegó de Israel empezó a asistir al Minyan en el que estábamos conmemorando la semana de duelo por el fallecido. A los dos días, el hijo adolescente del fallecido —un joven de unos quince años, completamente devastado, con los ojos rojos de llorar y de no dormir— vino a verme a mi oficina, llorando desconsoladamente. Y me dijo que yo tenía que ayudar al hombre que había venido de Israel. Le pregunté: ¿Qué tienes que ver tú con ese hombre? Entonces me contó. Esa mañana, después de la Tefilá, el hombre se le había acercado y le había dicho que la noche anterior había visto a su padre en un sueño. Y que su padre, en el sueño, le pidió que su hijo “lo ayudara a recaudar fondos para su familia”. El hombre le aclaró, además, que no quería hablar con nadie más: tenía que ser él quien se encargara de conseguir esos fondos.

Ahí estaba, frente a mí, un adolescente absolutamente vulnerable, que acababa de enterrar a su padre, que daría cualquier cosa por escucharlo una vez más, rogándome que ayudara a un hombre que le aseguró haber soñado con su padre. No hay pensamiento crítico posible a esa edad y en esas circunstancias. Y el hombre lo sabía perfectamente. Por eso eligió a ese chico y no a otro. A mí me daba mucho dolor el abuso que estaba viendo. Pero no podía explicárselo a un joven en pleno duelo: no me iba a creer y, encima, iba a sufrir más. Entonces se me ocurrió un plan.

Me acerqué al hombre y le dije que lo iba a ayudar “en todo lo que necesitara”, y que viniera a mi oficina. Vino, con el joven presente. Le dije: “Dime qué necesitas, que yo te voy a ayudar”. Me dijo: “Necesito dinero para pagar unos medicamentos muy caros”. Le pregunté para qué eran los medicamentos. “Mi hijo está enfermo y el remedio no está cubierto por el seguro médico de Israel. Y es muy caro”. Le dije: “Muy bien. Dame el nombre del medicamento. Tenemos médicos que se especializan en cáncer en nuestra comunidad, y te lo voy a conseguir gratis, todas las dosis que necesites”. No le mentí. El hombre entonces dejó de hablar de los medicamentos y me dijo: “Necesito dinero para comida. No tenemos qué comer”. Le dije: “No hay ningún problema. Organizo ahora mismo a unas familias en Israel para que te lleven comida a tu casa. ¿Me das tu dirección?”. No le mentí. Entonces dejó de lado el tema de la comida. “La comida no es el problema principal. Tengo que pagar el alquiler de mi casa. Tengo varios meses de atraso y me quieren echar”. Le dije: “Perfecto. Dame el número de teléfono del propietario. Yo lo llamo ahora mismo y lo arreglo con él para que te pague el alquiler”. No le mentí.

En ese momento su rostro cambió. Ya no era el rostro de alguien que daba lástima. Ahora tenía una expresión de ira. Me preguntó agresivamente: “¿Me vas a dar dinero como me prometiste, o no?”. Le contesté: “Yo te aseguré que te iba a dar todo lo que necesitabas. Medicamentos, comida, alquiler: todo menos efectivo”. El hombre rechazó toda la ayuda que le ofrecí. Solo quería cash. Y cuando vio que no lo iba a conseguir, se levantó y se fue. Nunca lo volvimos a ver.

Este caso, que viví personalmente, fue una vergonzosa escena de abuso: un hombre disfrazado de persona religiosa, que se presentaba como alguien que recibía visiones en sueños, explotando a un joven en su momento de máxima vulnerabilidad, quien acababa de perder a su padre. Para mí fue una lección muy importante, y desde entonces la enseño: Cuando existen dudas sobre un pedido de Tsedaqá, la forma más responsable de ayudar es ofrecer ayuda directa—comida, alquiler, medicamentos—en lugar de entregar efectivo. Así, uno puede ayudar de verdad sin entregar el control de la situación a alguien cuya historia todavía no ha podido verificar.

TAMIM, ¿CON QUIÉN?

Algo más que aprendí de aquella situación es un ángulo diferente del pasuq de nuestra parashá: Tamim tihyé im HaShem Eloqeja. “Íntegro serás con HaShem tu Dios” (Debarim 18:13). La palabra tamim significa íntegro, pero también puede expresar la idea de ser confiado, casi ingenuo (naive, en inglés) —así se usa en el hebreo moderno. Y el pasuq aclara con quién uno puede ser tamim: Im HaShem Eloqeja. Con HaShem tu Dios. 

Con HaShem puedes confiar en tu futuro y en todo lo que Él tiene destinado para ti en tu vida: lo bueno y lo no tan bueno, sabiendo que HaShem a veces nos educa, nos fuerza a crecer con desafíos y pruebas.  Es exactamente lo que Rashi explica sobre este versículo: camina con Él con integridad, espera en Él, no investigues el futuro y todo lo que te venga, acéptalo con simplicidad. La Torá rechaza los canales alternativos de información sobre lo que ocurrirá. Pero hay algo todavía más profundo. La Torá tampoco dice: “No consultes adivinos porque Yo te voy a avisar lo que va a pasar”. No. La Torá nos dice que vamos a caminar sin saber lo que viene. Y que igual vamos a estar bien.

Ese chico que perdió a su padre fue tamim con la persona equivocada. Le creyó a un hombre que le habló de un sueño porque estaba destrozado y porque quería con toda su alma que fuera verdad. La Torá nos pide ser tamim hacia arriba, con HaShem, pero no ingenuos hacia los costados. Con HaShem, confianza. Con las personas, prudencia. Y especialmente con quien aparece en nuestros momentos de miedo asegurando que conoce el futuro, interpreta sueños o posee una solución que nadie más tiene: preguntas, verificación y sentido común.

 

La relación con HaShem es y debe ser directa, sin intermediarios. Frente al futuro, lo único que está en mis manos es hacer las cosas bien, con todo mi esfuerzo, rezar para que HaShem me ayude y dejar el resultado en Sus manos. Esto es exactamente lo que significa Tamim tihyé im HaShem Eloqeja.    

La Torá no nos promete adivinos para  saber qué ocurrirá mañana. Nos pide algo mucho más difícil: tener el coraje de vivir sin saberlo. No necesitamos comprar certezas, perseguir señales ni buscar a alguien que nos venda una ventana al mañana. Tenemos que hacer nuestro mayor esfuerzo ( hishtadlut), rezar, confiar y aceptar . El futuro pertenece a HaShem. Y no está a la venta.

 

 

 

 

מסכת דרך ארץ רבה, פרק ה

לְעוֹלָם יִהְיוּ כָּל בְּנֵי אָדָם חֲשׁוּבִין לְפָנֶיךָ כְּלִסְטִים, וֶהֱוֵי מְכַבְּדָן כְּרַבָּן גַּמְלִיאֵל.

וּמַעֲשֶׂה בְּרַבִּי יְהוֹשֻׁעַ שֶׁהִשְׁכִּים אֶצְלוֹ אָדָם, וְנָתַן לוֹ אֲכִילָה וּשְׁתִיָּה, וְהֶעֱלָהוּ לַגַּג לִשְׁכַּב, וְנָטַל סֻלָּם מִתַּחְתָּיו.

מֶה עָשָׂה אוֹתוֹ הָאִישׁ? עָמַד בַּחֲצִי הַלַּיְלָה וְנָטַל אֶת הַכֵּלִים וּכְרָכָן בְּטַלִּיתוֹ. וּכְשֶׁבִּקֵּשׁ לֵירֵד, נָפַל מִן הַגַּג וְנִשְׁבְּרָה מַפְרַקְתּוֹ.

לְשַׁחֲרִית הִשְׁכִּים רַבִּי יְהוֹשֻׁעַ וּמְצָאוֹ. אָמַר לוֹ: רֵיקָה, כָּךְ עוֹשִׂין בְּנֵי אָדָם שֶׁכְּמוֹתְךָ? אָמַר לוֹ: רַבִּי, לֹא הָיִיתִי יוֹדֵעַ שֶׁנָּטַלְתָּ אֶת הַסֻּלָּם מִתַּחְתַּי. אָמַר לוֹ: רֵיקָה, אִי אַתָּה יוֹדֵעַ שֶׁמֵּאֶמֶשׁ הָיִינוּ זְהִירִין בְּךָ?

 




RESUMEN DE LA PARASHA SHOFETIM

La Torá ordena nombrar jueces en todas las ciudades de Israel. Los jueces deben ser justos e imparciales y no pueden aceptar ningún tipo de soborno.

La idolatría, en todas sus formas, está prohibida y debe ser castigada con pena capital. Los sacrificios ofrecidos a Dios deben estar libres de defectos.

Los judíos están obligados a seguir las decisiones del Sanhedrín, que es la Corte Suprema judía. Un sabio con autoridad legal que enseñe públicamente en contra de una decisión del Sanhedrín —y no un ciudadano común que simplemente discrepa— comete un delito capital.

La Torá establece las leyes del rey judío. El principio general para el rey judío es que debe actuar con el conocimiento de que Dios es el verdadero Rey de Israel. El rey humano tiene limitaciones, para asegurarse de que permanezca consciente de su verdadero rol. No debe acumular caballos —símbolo del poder militar—, tener muchas esposas ni amasar grandes riquezas personales. El rey está obligado a escribir su propio Sefer Torá, que es la constitución del pueblo judío, y llevar esa copia consigo en todo momento (como si, en el contexto actual, el presidente de un país estuviera obligado a llevar una copia de la Constitución Nacional permanentemente en su bolsillo). Esto garantiza que el monarca permanezca humilde y recuerde constantemente que su deber principal es observar la Torá y hacer cumplir la Ley de Dios en su dominio.

Dios elige a los Cohanim para servirle en Su Santuario. “Dios es su herencia”, lo que significa que el Bet Hamiqdash será “su territorio” (como su segundo hogar). Por lo tanto, su tribu, los Levitas, no recibirá un territorio específico en la Tierra de Israel como las otras tribus. Entonces, ¿cómo se sostendrán los Cohanim y los Levitas? Los Sacerdotes y los descendientes de la tribu de Leví se dedicarían a la enseñanza de la Torá y se mantendrían de una serie de contribuciones que el pueblo les entrega (en hebreo, matenot kehuná: “regalos sacerdotales”): ciertas porciones de la carne de sacrificios específicos, la terumá de la cosecha, las primicias de los frutos de la tierra, una parte de la esquila, etc. Los Levitas, por su parte, reciben el diezmo del pueblo.

La Torá prohíbe estrictamente la adivinación, las prácticas ocultas y las predicciones del futuro. Maimónides sostiene que todas estas prácticas de adivinación, como la astrología, son ilusorias, simplemente trucos y engaños, ya que los fenómenos paranormales son ficticios y a menudo manipulados por charlatanes para engañar y explotar a la gente común. En tiempos antiguos, estas prácticas estaban profundamente arraigadas en la idolatría y la cultura pagana. La Torá nos instruye a que pongamos nuestra fe y confianza en el Creador en lugar de intentar descifrar el futuro.

Nosotros, los judíos, tenemos el privilegio de ser guiados por la Torá. Dios también nos envía a Sus profetas para transmitirnos Sus palabras, tal como lo hizo Moshé. Los profetas que Dios envía tienen la misión de advertir al pueblo cuando se desvía del camino de la Torá. Naturalmente, sus palabras deben ser escuchadas. Sin embargo, la Torá también advierte sobre aquellos que falsamente pretenden hablar en nombre de Dios. Estos falsos profetas no advierten al pueblo de sus malas acciones. En cambio, al igual que hábiles demagogos, lo tranquilizan y critican a los verdaderos profetas, acusándolos de alarmistas y pesimistas. Se puede reconocer a un falso profeta cuando aboga por suspender o alterar algún mandamiento de la Torá.

La Torá subraya la obligación de establecer ciudades de refugio para los casos de homicidio involuntario (un equivalente moderno sería si alguien mata a otro sin intención, en un accidente de tránsito). Moshé ordena separar tres ciudades más, que se suman a las tres que él ya había designado del otro lado del Jordán: seis en total.

Para que un juicio civil o criminal resulte en una condena, es necesario el testimonio de al menos dos testigos. Aquellos que den falso testimonio recibirán el mismo castigo que buscaban para el acusado.

Hacia el final de esta Parashá, la Torá describe algunas de las leyes de la guerra y los protocolos de campaña militar. Por ejemplo, ¿quién está exento del servicio militar? Cuando los soldados se acercan al campo de batalla, uno de los Cohanim debe dirigirse a ellos, asegurándoles que no teman al enemigo, ya que Dios apoya al ejército de Israel en sus conflictos. Luego los oficiales enumeran a las personas que deben regresar a casa: alguien que recientemente se comprometió y está por casarse; alguien que ha construido una nueva casa y aún no la ha habitado; o alguien que ha plantado un viñedo y aún no ha disfrutado de sus frutos. Los oficiales además aconsejan a cualquiera que sufra de ansiedad o pánico que se retire del campo de batalla para no desmoralizar a los demás soldados. Antes de enfrentarse al enemigo, se debe hacer una propuesta de paz. Solo si el enemigo rechaza esta oferta, comienza el conflicto. En el caso de las naciones cananeas, la Torá ordena que estas poblaciones sean erradicadas por completo para evitar la asimilación en culturas paganas; Maimónides aclara, sin embargo, que también a ellas se les ofrecía primero la paz: si aceptaban abandonar la idolatría y sus prácticas, no eran atacadas.

Esta Parashá concluye con una descripción del procedimiento legal a seguir cuando se encuentra un cadáver a campo abierto y el perpetrador permanece sin identificar: los ancianos de la ciudad más cercana deben declarar públicamente que no son responsables de esa muerte.




Rab Abraham Zacuto (1452-1515), el rabino que llegó a la luna

El 29 de febrero de 1504, Cristóbal Colón estaba varado en Jamaica y se le estaba quedando sin comida. Era su cuarto viaje y le había ido mal. Los gusanos de mar perforaron los cascos de los barcos. Perdió dos y tuvo que encallar los otros dos en la costa de la isla. Llevaba ocho meses ahí. Los nativos lo habían recibido bien y le traían comida, pero dejaron de hacerlo. Colón tenía a sus hombres con hambre y sin manera de retirarse.

Entonces reunió a los jefes del lugar y les dijo que su Dios estaba enojado con ellos. Que esa misma noche, como castigo, les iba a quitar la luna.

Y esa noche la luna se apagó.

Los nativos se asustaron y le pidieron que la devolviera. Colón se metió en su barco a “rezar”. En realidad no estaba rezando: estaba mirando un reloj de arena y contando los minutos. Cuando calculó que el eclipse ya estaba por terminar, salió y les dijo que estaban perdonados. La luna volvió a aparecer. Desde ese día no le faltó comida.

Lo que Colón no les dijo a los jefes es de dónde había obtenido la fecha. La sacó de un libro de tablas astronómicas que llevaba a bordo. Según el historiador Meyer Kayserling, ese libro era el famoso almanaque solar del rabí Abraham Zacuto.

El apellido hebreo original era Zacut (de zejut = mérito). En portugués se cambió a Zacuto y, en italiano, a Zagut.

Un rabino enseñando en Salamanca

Abraham Zacuto nació en Salamanca en 1452. Estudió Torá con su padre y con el Rab Yitsjaq Abohab, al que llamaban el Gaón de Castilla. Fue un gran erudito del Talmud y de la ley judía, y rabino de su comunidad.

Y al mismo tiempo estudió y enseñó astronomía en la Universidad de Salamanca, y después en la de Zaragoza. Un rabino dando clases de ciencia en universidades cristianas, en plena España de la Inquisición.

Para él, las dos cosas no se contradicen. Al contrario. Es la idea que enseña Maimónides: cuanto más entendemos cómo funciona el mundo, más admiramos a Quien lo hizo.

Las tablas y el astrolabio

Zacuto les dio a los navegantes las dos herramientas que necesitaban para salir a mar abierto.

Corrigió y mejoró las tablas astronómicas que se usaban hasta entonces, y las suyas fueron tan superiores que reemplazaron a todas. Él mismo lo escribió, sin la menor modestia: “Yo, Abraham Zacuto, el autor, he corregido todos los libros y mis tablas circulan por todas las tierras cristianas y musulmanas”.

Y perfeccionó el astrolabio. El instrumento existía desde la antigüedad griega, pero se fabricaba de madera y en el mar no servía: en la cubierta de un barco en movimiento no hay manera de tomar una medición precisa con un disco de madera. Zacuto lo mejoró y lo rehizo en cobre. Recién entonces los barcos pudieron salir al mar abierto, sabiendo dónde estaban. Hasta ese momento los barcos navegaban pegados a la costa. Con las tablas y el astrolabio de Zacuto se podía cruzar un océano.

Toda la época de los grandes descubrimientos a través del mar abierto comenzó allí, gracias a este astrolabio.

Zacuto y Colón

Colón lo fue a consultar antes de salir. Zacuto le dijo que el viaje era posible, aunque peligroso.

Y según Kayserling, hizo bastante más que eso. En esa época, Colón era un desconocido, sin dinero ni contactos en la corte. Zacuto fue clave para obtener el préstamo que financió la expedición. Y fue él quien presentó a ese desconocido ante el Rab Don Yitsjaq Abarbanel, el judío de mayor influencia en el reino, quien le consiguió la primera audiencia con los reyes de España. Sin esa reunión no había viaje.

El 3 de agosto de 1492

Ese día Colón zarpó del puerto de Palos. El día anterior, el 2 de agosto, se había vencido el plazo para que los judíos se fueran de España.

El Rab Zacuto se fue con ellos. Cruzó a Portugal, y el rey lo nombró astrónomo de la corte. Cuando Portugal preparó el viaje de Vasco da Gama a la India, fue Zacuto el que hizo los cálculos, y fue Zacuto el que les enseñó personalmente a Da Gama y a sus marineros a usar las tablas y el astrolabio antes de que zarparan, en julio de 1497.

Los dos viajes más importantes de esa época se hicieron con los instrumentos de un judío al que esos mismos reyes estaban echando.

En 1496, el rey de Portugal obligó a todos los judíos del país a convertirse. Zacuto tuvo que escapar de nuevo. Perdió su cargo, su casa y su biblioteca. Él y su hijo Shemuel fueron tomados prisioneros en dos ocasiones antes de llegar a Túnez.

Volvamos a 1504

La noche del eclipse, mientras Colón usaba las tablas para engañar a los nativos de Jamaica, Zacuto estaba en Túnez terminando un libro.

Se llama Séfer Yojasín. Es la historia del pueblo judío desde la Creación hasta nuestros días. Zacuto la escribió sin biblioteca, de memoria y con lo poco que pudo conseguir, refugiado en un país extranjero. Y la escribió alguien que vio con sus propios ojos la Inquisición, la expulsión y el exilio. Es una de las fuentes más importantes que tenemos sobre 1492, porque es el relato de un testigo.

Un hombre al que le sacaron todo dos veces, que estuvo preso y terminó refugiado en el norte de África, podría haber pasado sus últimos años amargado. Se sentó a escribir la historia de su pueblo para que no se perdiera.

De sus últimos años se sabe poco. Según algunas opiniones, llegó a Yerushalayim, estuvo en la yeshibá del Rab Obadiá de Bertinoro y preparó ahí el complejo almanaque hebreo perpetuo, que requiere el conocimiento exacto de los ciclos lunar y solar, y murió en Yerushalayim en 1515.

Pero el historiador Cecil Roth demostró, en su libro Los últimos días de Zacuto, que vivió bastante más. El Rab Zacuto llegó a Yerushalayim, y allí estudió en la yeshibá del Rab Yitsjaq Sholal, el último Naguid de los judíos de Egipto, quien se trasladó a Yerushalayim cuando los otomanos conquistaron Egipto en 1517. Había sido el líder de los judíos de Egipto y, al llegar a Yerushalayim, estableció allí su academia.

En Yerushalayim, Zacuto escribió también un almanaque en hebreo, calculado para los años 1518 a 1524. Y en 1524 lo encontramos en Damasco, donde murió poco después, con más de setenta años.

Ciento cincuenta años más tarde, un astrónomo italiano hizo el primer mapa detallado de la Luna y les puso a los cráteres los nombres de los grandes astrónomos de la Antigüedad y de la Edad Media. A uno de ellos, de casi ochenta kilómetros de diámetro, lo llamó Zagut, en honor al Rab Abraham Zacuto. (El Rab Zacuto escribía su apellido en hebreo ZACUT y en latín “Zagut”).

Su nombre llegó a la Luna.

¿Cómo se orientaba un barco en el medio del mar?

En el mar no hay señales. No hay una montaña, ni un camino, ni un cartel. Cuando un barco perdía de vista la costa, el capitán no tenía forma de saber dónde estaba.

Los navegantes encontraron la solución mirando al cielo. La altura del sol sobre el horizonte al mediodía varía según la distancia al ecuador. Si uno mide esa altura, y sabe qué altura le corresponde a ese día del año, puede calcular en qué punto del planeta está.

Para eso hacían falta dos cosas.

Uno era el instrumento para medir: el astrolabio. Un disco de metal que se colgaba de una argolla para que quedara derecho, con un brazo móvil que se apuntaba al sol o a una estrella, y una escala grabada alrededor del borde que marcaba la altura.

Las otras eran las tablas. Un libro que dijera, para cada día del año y durante muchos años, dónde tenía que estar el sol. Sin ese libro, la medición del astrolabio no significaba nada: era un número aislado. Las tablas convertían ese número en una posición.

Durante más de un siglo, las mejores tablas del mundo fueron las del Rab Abraham Zacuto.