Rab Yehuda Alqalai (1798–1878) y los orígenes del Sionismo moderno

¿Qué es el Sionismo?

El Sionismo es el movimiento que propugna el retorno del pueblo judío a la tierra de Israel para fundar allí un Estado judío. Aunque el término fue acuñado por Nathan Birnbaum en 1890, la idea misma nació varias décadas antes, en la mente y en el corazón de dos rabinos sefaradíes: el rabino Yehudá Bibas y su discípulo y continuador, el rabino Yehudá Jai Alqalai.

El rabino Yehudá Bibas: el primer visionario

El rabino Yehudá Bibas (1776–1852) nació en Gibraltar, entonces colonia inglesa. Por parte de madre era nieto del célebre rabino marroquí Rabenu Jaím ben Attar, el Or haJaím haQadosh (1696–1743). Su familia paterna pertenecía a la ilustre familia Bibas de rabinos, dayanim y shojtim de Tetuán, Marruecos español. Durante muchos años fue el rabino de la prominente comunidad judía de Corfú, la bella isla griega.

Desde Corfú, el rabino Bibas fue testigo directo de la revolución griega contra el Imperio Otomano y de la fundación del Estado griego independiente. Aquello lo marcó profundamente. En 1835, con el Imperio Otomano cada vez más debilitado política y militarmente, el rabino Bibas llegó a una conclusión audaz: al igual que los griegos habían reconquistado su tierra de manos de los turcos, los judíos podían —y debían— hacer lo mismo. Viajó por toda Europa y el norte de África —Turquía, los Balcanes, Viena, Londres, Alemania, Hungría, Praga y muchas otras comunidades— predicando en todas partes el mismo mensaje: Teshubá. No la teshubá individual del judío que vuelve a HaShem, sino la teshubá nacional: el retorno del pueblo judío como nación a su tierra.

El rabino Bibas señaló que en el libro de Debarim (capítulo 30, versículos 1–11) la palabra teshubá aparece nada menos que ocho veces, y siempre en clave colectiva y nacional: primero como arrepentimiento del pueblo, luego como reconciliación nacional con HaShem, y finalmente como el retorno físico a la tierra de Israel. El exilio, explicaba el Rab, no es una condición neutral. Vivir fuera de Israel es, en cierto sentido, darle la espalda a HaShem. Como enseñaban nuestros sabios: el judío que vive fuera de Israel es como un judío sin Dios.

Lamentablemente, el rabino Bibas no logró publicar sus ideas o sus escritos no han llegado hasta nosotros. Fue su discípulo, el rabino Yehudá Jai Alqalai, quien llevó esta visión al papel y la difundió al mundo.

El rabino Yehudá Jai Alqalai: del ideal a la acción

El rabino Yehudá Jai Alqalai nació en Sarajevo, Bosnia, en 1798. Llegó a Eretz Israel con sus padres a los once años, y allí recibió su ordenación rabínica del célebre rabino Eliezer Pappo, autor del Pelé Yo’etz. Fue enviado desde Israel para servir como rabino de la importante comunidad sefaradí de Zemun (cerca de Belgrado, Serbia).

En 1839, el rabino Alqalai se encontró con el rabino Yehudá Bibas, quien lo inspiró profundamente y compartió con él su visión apasionada del retorno judío a la tierra de Israel.

Un año después, en 1840, el mundo judío quedó sacudido por el libelo de sangre de Damasco. Los judíos de esa ciudad fueron acusados de haber asesinado a un gentil para usar su sangre en rituales religiosos. Lo que resultó particularmente desmoralizador no fue solo la acusación en sí —tan absurda como primitiva— sino que las autoridades francesas en Damasco la tomaron en serio, y los medios de comunicación modernos de la época la repitieron como si fuera un hecho verificado, en lugar de desmentirla. El mundo judío había creído que la sociedad occidental moderna había superado esos prejuicios medievales. El libelo de Damasco demostró que se equivocaban.

Aquel suceso fue un punto de inflexión en la vida del rabino Alqalai. Comprendió con claridad que la seguridad y la dignidad del pueblo judío solo podían garantizarse en su propia tierra, y que era hora de actuar.

Sus libros y su plan

En 1841 publicó su primer libro, Minjat Yehudá, escrito en ladino. En él delineó las bases prácticas para el retorno judío a Israel. Propuso tres medidas concretas: primero, enseñar y revivir el hebreo como idioma nacional unificador de todas las comunidades judías del mundo; segundo, crear un banco o fondo judío mundial destinado a comprar tierras en Israel; y tercero, establecer una sociedad entre ese fondo y el Imperio Otomano —a través de alguna empresa ferroviaria o naviera— que indujera al Sultán a transformar Palestina en un principado judío tributario, similar a como funcionaban los principados del Danubio respecto al Imperio Otomano.

En 1857 publicó en Viena su obra más completa, Goral laHaShem, en la que formuló los fundamentos religiosos de su visión y los pasos prácticos para restablecer la nación judía en Israel. El libro tuvo tres ediciones y fue traducido a múltiples idiomas, entre ellos el inglés. Es fascinante leer las haskamot —cartas de recomendación— de importantes rabinos que acompañaron esta obra. La más notable es la del filántropo Sir Moses Montefiore (1784–1885), el líder judío más influyente del siglo XIX, quien escribió su carta originalmente en hebreo.

Una visión más profunda que el antisemitismo

Es importante subrayar que el rabino Alqalai —al igual que su maestro el rabino Bibas— no concibió el retorno a Israel simplemente como una solución al eterno problema del antisemitismo. Lo entendía, antes que nada, como el cumplimiento de la aspiración judía más profunda: la normalización del pueblo judío, viviendo en su tierra, gobernado por su ley, la Torá. Y comprendía que el pueblo de Israel no debía esperar pasivamente al Mashíaj. Por el contrario, el retorno activo a la tierra de los antepasados es precisamente el camino para facilitar y adelantar su llegada.

Su conexión con Herzl

Hay un dato histórico de enorme importancia que suele pasarse por alto: el abuelo paterno de Teodoro Herzl, Simón Loeb Herzl, era feligrés de la sinagoga del rabino Alqalai en Zemun, y ambos se trataban con frecuencia. El abuelo Herzl tuvo en sus manos una de las primeras copias del libro de 1857 del rabino Alqalai. Los estudiosos concluyen hoy que la visión sionista de Herzl estuvo, sin duda, influida por esa relación familiar.

Su Aliá y su muerte

En 1874, a los 76 años, el rabino Alqalai hizo Aliá a Israel. Se estableció en Yafo y, junto con otros judíos del Imperio Otomano y del norte de África, participó en la fundación de la comunidad de Mikvé Israel. Murió cuatro años después, en 1878, y fue enterrado en Har haZetim, en Jerusalem.

El rabino Yehudá Jai Alqalai fue un visionario que, décadas antes que Herzl, formuló con precisión los principios y los mecanismos del Estado judío moderno —desde la revitalización del hebreo hasta la compra de tierras y la búsqueda de apoyo internacional— todo ello desde una perspectiva profundamente judía y halájica.




TAZRIA-METZORA: ¿Qué es Lashón haRá?

“No difundas rumores entre tu pueblo.

La mayoría de la gente piensa en el Lashon Hará como “chisme” — conversación ociosa, rumores, cosas que se dicen a espaldas de alguien. Pero la definición de la Torá es mucho más amplia y, francamente, más exigente de lo que la mayoría de nosotros reconoce.

Lashon Hará — en hebreo correcto, Leshon HaRá — significa literalmente “la lengua del individuo malvado.” Se refiere a cualquier declaración negativa hecha sobre otra persona, incluso cuando lo que se dice es completamente verdad. Este es quizás el elemento más sorprendente de la prohibición: la verdad no es una excusa. Con algunas excepciones que discutiremos más adelante, si tus palabras dañan la reputación de alguien, hacen que otros lo vean con menos respeto, lo avergüenzan, o perjudican sus relaciones o su sustento — es Lashon Hará, independientemente de si los hechos son exactos.

Pero el Lashon Hará es solo una de tres prohibiciones relacionadas que la Torá nos impone sobre el habla.

El Motsi Shem Rá es la difusión deliberada de información falsa y negativa sobre una persona — una difamación directa. Dado que combina el discurso dañino con la deshonestidad, se considera aún más grave que el Lashon Hará.

La Rekhilut — frecuentemente traducida como “chisme malicioso” — se refiere a repetir información sobre personas de una manera que genera conflicto o discordia, incluso cuando la información en sí no es particularmente negativa. Contarle a la persona A lo que la persona B dijo sobre ella, por ejemplo, es Rekhilut — aunque lo que B dijo haya sido leve — porque aviva el resentimiento y daña relaciones que de otro modo habrían permanecido intactas.

Juntas, estas tres prohibiciones — Lashon Hará, Motsí Shem Rá y Rejilut — abarcan prácticamente todas las formas de discurso dañino.

¿Por qué la Torá trata todo esto con tanta severidad? Porque el daño es real y, con frecuencia, irreversible. Nuestros Sabios compararon el Lashon Hará con matar — y la comparación no es hipérbole. Destruir la reputación, la carrera, el matrimonio o el buen nombre de alguien es, en ciertos aspectos, como quitarle la vida. El nombre de una persona es su posesión más preciada. A diferencia de una pérdida económica, que a veces puede recuperarse, una reputación arruinada puede no sanar jamás del todo.

El Talmud añade una observación llamativa: el Lashon Hará no daña a una sola persona sino a tres simultáneamente — al sujeto, al oyente y al hablante. Exploraremos esto en un artículo aparte. Por ahora, basta señalar que nadie sale ileso del discurso dañino.

También es importante entender que el Lashon Hará no se limita a las palabras habladas. Escribir una publicación negativa en redes sociales, enviar un mensaje dañino por WhatsApp, reenviar una imagen humillante, dejar un comentario malintencionado — todas estas son formas de Lashon Hará. La plataforma es irrelevante. Lo que importa es el daño causado. El acoso — ya sea en persona, en un chat grupal o en línea — es una de las formas más destructivas de Lashon Hará en nuestro tiempo, y la preocupación de la Torá por la dignidad de cada ser humano es tan urgente hoy como lo ha sido siempre.

Comprender qué es el Lashon Hará — y qué no lo es — es el primer paso para cuidar nuestras palabras. En los próximos artículos exploraremos por qué se lo compara con un arma mortal, cuándo hablar es en realidad una obligación, y cómo protegernos de participar en el discurso dañino incluso cuando quienes nos rodean lo hacen.

 

Las grandes personas hablan de ideas. Las personas promedio hablan de eventos. Las personas bajas hablan de otras personas. 




La solución de los dos estados (1918-1922).

שִׁיר הַמַּעֲלוֹת לְדָוִד לוּלֵי ה’ שֶׁהָיָה לָנוּ יֹאמַר-נָא יִשְׂרָאֵל: לוּלֵי ה’ שֶׁהָיָה לָנוּ בְּקוּם עָלֵינוּ אָדָם

LA LIGA DE LAS NACIONES 

Una vez finalizada la Primera guerra mundial se creó la Liga de las Naciones, el primer organismo internacional en la historia, creado para mantener la paz mundial y evitar el surgimiento de otros conflictos bélicos. Esta Liga estaba encabezada por las naciones que triunfaron en la primera guerra mundial: Gran Bretaña, Francia, Italia, etc. El 23 de Abril de 1920, hace casi 100 años atrás, la Liga de las Naciones se reunió en la ciudad italiana de San Remo para reorganizar el “orden mundial” y promover la paz. Uno de los temas que trataron fue la division y administración de las tierras de Medio Oriente. Hasta 1918 el medio oriente era parte del imperio Otomano, que otorgaba el mandato local a diferentes jefes de grupos étnicos, clanes y tribus árabes. La Liga de la Naciones estableció un plan para reemplazar la estructura de gobierno del imperio Otomano. Los diferentes territorios se mantendrían bajo el mandato o protectorado de los franceses o ingleses. ¿Por qué? En realidad, hasta antes que terminara la primera guerra mundial las grandes potencias no tenían mucho interés en estas zonas áridas, prácticamente desocupadas, sin agua suficiente e inútiles para la agricultura.  Sin embargo, hacia finales de la guerra se descubrió que estas tierras eran ricas en reservas de petróleo, y así surgió un mayor interés en medio oriente. Francia obtuvo el mandato de lo que hoy es Siria y Líbano. Gran Bretaña tenía el mandato de Mesopotamia, esto es hoy Irak, y Palestina, esto es hoy: Israel y Jordania; y también tenía el protectorado de Egipto.

 
SAN REMO Y LOS DOS LADOS DEL RIO JORDAN

En la declaración Balfour de 1917, Inglaterra se había comprometido a la creación de un Hogar Nacional para los judíos en la tierra de Israel, que comenzaba a llamarse ahora “Palestina” (¡nadie pudo haber soñado en ese entonces con el nombre “Israel”!). La declaración Balfour también fue ratificada legalmente por Francia (14 Febrero de 1918) , Italia (9 de Mayo de 1918 , y los Estado unidos (31 de agosto de 1918). Ahora en San Remo se le daba a la declaración Balfour su reconocimiento internacional definitivo. Creo que lo más destacable es que ese Hogar Judío en Palestina incluía lo que es hoy el estado Israel –con Gaza, Jerusalem, Judea, Samaria, etc– y también incluía todo el territorio de lo que hoy es Jordania.  Arriba se puede ver el mapa del territorio concebido por la Liga de las Naciones en San Remo, 1921, para establecer allí el Estado Judío. En San Remo, las naciones le asignaron a Gran Bretaña la función de implementar el establecimiento del hogar nacional judío. Para esto, Inglaterra asignó a un Alto comisionado (gobernador) inglés: Sir Herbert Samuel (1870-1963), que fue también el primer judío observante que llegó a ser miembro del gabinete británico (ver aquí)

CHURCHILL y EL LIBRO BLANCO

Pero los líderes árabes no estaban contentos. No aceptaron la decisión de la Liga de las Naciones y comenzaron a atacar y matar civiles judíos en Tel Jai, Yerushalayim, Yafo, etc. Esta táctica terrorista les “dio resultado”: el día 3 de junio de 1922 se firmó lo que se conoce como :”El libro blanco ” (White Paper) Este documento fue firmado por Winston Churchill , que visitó Jerusalem en 1921 y se reunió con representantes árabes y judíos (ver video abajo). Churchill decidió que “Palestina” se iba a dividir en dos estados: uno, en el margen oriental del rio Jordan, que se le cedería al clan árabe Hashemita para que estableciera allí su reinado y gobernara sobre los árabes de la región, y el otro estado, en el margen occidental del rio Jordán, que sería el territorio destinado para todos los judíos del mundo. La Organización Sionista se quejó amargamente ante las autoridades inglesas que habían cedido a la presión y a la violencia árabe, estableciendo así un peligrosísimo precedente, cuyos ecos siguen hasta nuestros días. Una de las voces que denunciaron esta traición fue la del célebre líder judío Zeev Jabotisnky. En esos días se escuchaba la canción que hizo famoso al movimiento BETAR, predecesor del moderno partido Likud: שתי גדות לירדן, זו שלנו זו גם כן “El rio Jordán tiene dos orillas (el territorio oriental y el occidental), una es nuestra y la otra también” .  Esta división que cedía a los árabes dos tercios del territorio designado para los judíos, fue finalmente ratificada por la Liga de las Naciones, como una forma de llegar a un “acuerdo pacifico y negociado que permitiría, de ahora en adelante, a las dos naciones a vivir en paz”. 
Los judíos no tuvimos más remedio que aceptar “la solución de los dos estados”, con la (ingenua) esperanza de que por fin viviríamos en paz y armonía con nuestros vecinos árabes….

¡Espero que hayamos aprendido la lección!

Continuará…

[Para clarificar, “Palestina” es el nombre que en esos tiempos se le daba a la tierra de Israel y al Hogar nacional Judío bajo el mandato Británico. Nunca existió allí un estado palestino árabe, ni una nación o un pueblo palestino, ni nada que se le parezca. En todo caso, de acuerdo a lo que escribimos hoy, “el estado designado para los árabes en Palestina es Jordania“].

Continuará 

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JERUSALEM 1921

En este video se pueden ver a los Grandes Rabinos de Israel que salen de una conferencia con Winston Churchill. Rab Abraham Isaac Kuk, Rabino Principal de la comunidad  Ashkenazí en Israel (con sombrero de piel); Rab Yosef Jaim Zonnenfeld, Rabino de la Eidah Jaridit (con larga barba blanca);  Rab Yaacob Meir, Rabino principal de la comunidad Sefaradí (con turbante circular). 

VER VIDEO AQUI



Jayim Weizmann y un Sefer Torá en la Casa Blanca

EL PLAN UGANDA
Weizmann nació en el seno de una familia ortodoxa en Belarus, Rusia, en 1874. Era uno de 15 hermanos. Estudió química en Alemania y se destacó como un alumno superdotado. Aparte de su genialidad mental, Weizmann también tenía un gran carisma y una personalidad encantadora, algo no muy común en intelectuales y científicos. Desde su juventud Weizmann se interesó por el movimiento Sionista y participó en los congresos que lideraba Teodoro Herzl.
En el congreso de 1903, Herzl hizo una declaración muy controversial: pensando que ya había agotado todas las demás opciones, aceptó la oferta Británica de establecer ”un hogar nacional para el pueblo judío” … en Uganda, Africa, territorio que le pertenecía en ese momento a Inglaterra. Cuando Herzl anunció su aceptación a este plan, Weizmann abandonó en protesta el congreso junto con toda la delegación de Rusia.
CIUDADANO INGLES
En 1904 Weizmann fue invitado a enseñar en la universidad de Manchester, en Inglaterra.  Al cabo de algunos años, y luego de obtener su ciudadania británica, conoció allí a Lord Arthur Balfour político inglés muy influyente. Balfour trato de convencer a Weizmann de que apoyara la oferta de Uganda. Pero lejos de cambiar su opino, Balfour fue persuadido por Weizmann de que Israel (en ese entonces llamada “Palestina”) era el único hogar nacional y espiritual del pueblo judío: “Si yo te ofreciera ir a Paris, tu no irías allí, porque Londres es tu casa”, le dijo a Balfour: “Jerusalem es nuestro hogar desde los tiempos que Londres no era más que un pantano”.  Tan apasionada y contagiosa era la convicción de Weizmann que desde ese momento Lord Balfour se transformó en un gran aliado del movimiento Sionista y apoyó durante el resto de su vida el regreso de los judíos a Sión (Jerusalem).
LA GUERRA Y LA ACETONA
En 1914 Inglaterra declaró la guerra al imperio aleman y a sus aliados, lo que dio comienzo a la Primera Guerra Mundial. Inglaterra tenía un problema técnico muy serio: no tenía acetona, un solvente esencial para poder activar el fuego de artillería y la dinamita. Por muchos años Inglaterra importó la acetona de Alemania, algo que no era posible hacer ahora. Winston Churchill acudió a Weizmann en carácter de urgencia y le pidió que trabajara en la formula para producir acetona en grandes cantidades. Hasta ese entonces la acetona se fabricaba de la madera, y hacia falta cientos de toneladas de madera y un proceso muy difícil para destilarla.  Weizmann, quien ya era conocido en los círculos científicos como “el padre de la fermentación industrial” comenzó a trabajar día en su misión y finamente desarrolló la formula para obtener el preciado solvente a partir del maíz y la papa, materiales que era mucho más fácil obtener. Si Jayim Weizmann no hubiera descubierto la fórmula para producir acetona, Inglaterra no hubiera triunfado en la primera guerra mundial. Esto lo sabía muy bien Lloyd George, quien fue Ministro de Defensa durante la primera guerra y luego fue Primer Ministro de Gran Bretaña.
¿QUÉ PUEDE HACER INGLATERRA POR TI?
Hacia el final de la guerra, y cuando Inglaterra ya había desalojado a los Otomanos del Medio Oriente, Lloyd George le agradeció enormemente a Jayim Weizmann por los servicios prestados y le preguntó: “¿Qué puede hacer Inglaterra por ti?” Jayim Weizmann le contestó: “No quiero nada para mí, pero mi pueblo necesita su propia tierra”. Y así fue cómo en 1917 Lloyd George y Arthur Balfour redactaron el documento conocido como la Declaración Balfour, donde Inglaterra le cede a los judíos “el primer hogar nacional”, ni en Uganda ni en Entre Ríos, sino en la tierra de Israel. Este fue el principio de lo que eventualmente culminó con el milagro del nacimiento de Medinat Israel en 1948, donde como veremos en un próximo mensaje, Jayim Weizmann también cumplió un rol decisivo. Hay mucho más que decir acerca de lo que Jayim Weizmann hizo durante los próximos años. Pero les voy a contar una historia que se refiere más a Yom Haatzmaut y la independencia de Medinat Israel.
EL VOTO AMERICANO
El 29 de noviembre de 1947, las Naciones Unidas votaron dividir Palestina y crear dos estados, uno árabe y otro judío. Pero los estado árabes vecinos advirtieron que no aceptarían un estado judío y le declararían la guerra. E hicieron todo lo posible para que las naciones no aceptaran un estado judío. Los británicos se mantendrían neutrales. Y el gobierno estadounidense, que había votado a favor de la partición, comenzó a tener sus dudas y planeaba pedir que se postergara cualquier solución. Esto significaba que si el estado judío declaraba su independencia , EEUU, su aliado más importante, se opondría o en el mejor de los casos se abstendría de votar y así, la creación de un estado judío podría quedar suspendida. En EEUU todo estaba en manos del presidente Harry Truman. En los primeros meses de 1948, Truman se negó a reunirse con ningún líder sionista estadounidense porque quería mantener la neutralidad de Estados Unidos, cediendo así a la tremenda presión de los países árabes, ricos en petróleo. Se acercaba el 15 de mayo, fecha en la que los ingleses iban a abandonar el territorio de Israel, y el apoyo de Truman a la futura declaración de independencia era absolutamente necesario. Weizmann había viajado a los EEUU para este propósito, pero Truman se negó a recibirlo.
MILLONARIOS PIDIENDO MONEDAS
El 12 de marzo de 1948, Dewey D. Stone de Brockton, pasó el día en la ciudad de Nueva York con su amigo Jayim Weizmann, quien le manifestó su preocupación por la negativa de Truman a reunirse con él. Stone era un apasionado judío estadounidense que se convertiría en presidente de United Jewish Appeal y la Agencia Judía. Esa noche, regresó a Boston y se encontró con Frank Goldman, presidente de B’nai B’rith, y le contó que no había manera de que Truman aceptara reunirse con Weizmann. Goldman dijo que “de casualidad” había visitado en Kansas a Eddie Jacobson, quien recibió un premio de la B’nai B’rith y que Jacobson le contó que él era amigo personal de Truman, y que fue su socio en algunos negocios. Goldman se ofreció a llamar por teléfono a Jacobson en ese mismo momento e invitarlo urgente a ver a Truman. Pero se encontraron con un problema: no tenían suficientes monedas para hacer un llamado de larga distancia. Los dos millonarios, Stone y Goldman, pasaron mesa por mesa pidiendo monedas de 25 centavos hasta que tuvieron lo necesario para llamar a Jacobson. Jacobson, dijo que convencer al presidente iba a ser imposible. Stone invitó a Jacobson a Nueva York y allí lo llevó a ver a Jayim Weizmann. Como sucedió con Balfour y con tantas otras personas antes que él, Jacobson quedó absolutamente cautivado por la personalidad y los apasionados argumentos de Weizmann, y al cabo de la reunión Stone le dijo “todo lo que tienes que pedirle a Truman es que acepte reunirse con Weizmann. Weizmann se encargará del resto”.
REUNION DE AMIGOS
Cuando Jacobson llegó a la Casa Blanca, “sin avisar”, el presidente Truman estaba muy feliz de verlo, pero le advirtió que no aceptaría hablar de Palestina o la partición. Jacobson asintió y le dijo a Truman, señalado un busto de Andrew Jackson: “No voy a hablar de Palestina. Solo te quiero pedir que recibas a Jayim Weizmann, un líder nacional con el mismo molde y temperamento que Jackson” a quien Truman veneraba. Truman se rió porque cayó en la trampa de su amigo y no tuvo más remedio que ceder. Truman y Weizmann finalmente se reunieron en Washington y al final de la reunión Truman quedó tan convencido que le prometió a Weizmann que cuando expirara el mandato británico, el 14 de mayo de 1948, Estados Unidos reconocería de inmediato al Estado de Israel.
EL SEFER TORA EN LA CASA BLANCA
Y Baruj HaShem así fue. Cuando los británicos se retiraron y Ben Gurión declaró la creación de Israel, Truman, fiel a su promesa a Jayim Weizmann, extendió inmediatamente su reconocimiento a Israel en nombre de los Estados Unidos. Jayim Weizmann fue nombrado Presidente del Estado de Israel, cargo que ejerció hasta su muerte en noviembre de 1952.
Una de las primeras cosas que hizo Weizmann luego de ser elegido presidente fue visitar a su nuevo amigo, Harry Truman, a quien le entregó de regalo un Sefer Torá (ver fotografía) en reconocimiento a su amistad con el pueblo de Israel.
Rab Yosef Bittón



RESUMEN DE TAZRIA-METZORA

Esta semana leemos 2 secciones de la Torá de una vez: Tazria’ y Metzorá. Veamos de qué temas tratan estas 2 parashiyot.

Primero, la Torá instruye al pueblo judío sobre la impureza ritual contraída por una mujer que da a luz. El tiempo de este período de impureza difiere dependiendo de si es un niño o una niña. Al final de este período, la mujer se sumerge en una mikvé, baño ritual, y debe traer ciertas ofrendas al Templo (hoy que no tenemos el Templo, no se observan este precepto). La Torá menciona la obligación de circuncidar a un niño varón en el octavo día de su vida. La Torá luego comienza a discutir las leyes de la tzara’at, una decoloración de la piel que convierte a una persona en ritualmente impura. En esta primera Aliyá se discuten varias formas de decoloraciones blancas de la piel. Si una persona tiene síntomas de tzara’at, debe ser vista por un sacerdote. Si la decoloración se considera “sospechosa” de acarrear lepra, el sacerdote declarará inmediatamente a la persona impura y la pondrá en cuarentena durante dos semanas. Al final del período de cuarentena, el sacerdote declarará a la persona pura o impura.

Luego la Torá describe las leyes de la tzara’at que aparece después de una quemadura en la piel, y se explica que la tzara’at también puede afectar las áreas del cuerpo cubiertas de pelo. Los síntomas y las leyes de este tipo de tzara’at son muy particulares y pueden aparecer áreas blancas y opacas en la piel.

La tercera Aliyá discute la tzara’at que aparece en un área del cuerpo sin pelo. También se discute el procedimiento seguido por una persona afectada por la tzara’at, siendo el requisito principal que debe permanecer fuera de la sociedad hasta que su condición se aclare. La Torá luego discute la “tzara’at de la ropa”, una decoloración verde o roja que puede afectar ciertos tipos de materiales. Se muestra la prenda a un sacerdote, quien la pone en cuarentena hasta por dos semanas para verificar su estado.

En la cuarta Aliyá, al final del período de cuarentena, según las circunstancias, la prenda se declara pura, o se quema completamente, o solo se quita y quema la parte que estaba descolorida. La Torá describe luego el procedimiento de purificación para una persona que contrajo la tzara’at. Después de que el sacerdote determine que la tzara’at ha sanado, se utiliza una ceremonia que implica la ofrenda de dos aves, una rama de cedro y agua pura para la etapa inicial de la purificación. La persona también se afeita todo el cuerpo. Después de una espera de siete días, la persona se afeita nuevamente y lleva tres animales y una ofrenda de aceite al Templo. El sacerdote procesa las ofrendas de la manera prescrita en esta sección. Con esto se completa el proceso de purificación.

En la quinta Aliyá, si el individuo que sufre de tzara’at no tiene los medios para traer las ofrendas mencionadas anteriormente, se pueden usar dos pájaros como sustitutos de dos de los animales. Esta sección describe el proceso de purificación ligeramente diferente reservado para un individuo de medios limitados.

La sexta Aliyá aclara que las casas también pueden estar afectadas por tzara’at. Si las piedras de una casa se decoloran adquiriendo un fuerte pigmento rojo o verde, se llama a un sacerdote. Si en efecto la decoloración parece ser tzara’at, el sacerdote pone en cuarentena la casa por hasta tres semanas. Dependiendo de la propagación de la decoloración, la casa se declara pura, se remueven las piedras específicas afectadas o, en las situaciones más extremas, se demuele la casa. La Torá luego describe el procedimiento de purificación para tal casa, que es similar a la etapa inicial de la purificación de la persona afectada por tzara’at. Después de concluir el tema de la tzara’at, la Torá discute la impureza ritual de un hombre que emite una descarga seminal de forma no natural, así como el método por el cual esta persona alcanza la pureza cuando la condición pasa.

En la séptima Aliyá se discute la impureza ritual contraída por un hombre que emite una descarga seminal normal, la impureza ritual de una mujer en su período y la de un hombre que, actuando incorrectamente, cohabite con ella. Todos estos individuos deben sumergirse en una mikvé (baño ritual) para ser purificados.




Lobos y Corderos

ראש הממשלה נתניהו בטקס המרכזי ביד ושם: “מתקפת הטרור ב-7 באוקטובר לא הייתה שואה – לא בגלל היעדר הכוונה להשמיד אותנו, אלא בגלל היעדר היכולת להשמיד אותנו”

El primer ministro de Israel, Binyamin Netanyahu, dijo ayer en la ceremonia de inauguración de Yom HaShoah, el día que recordamos el holocausto:  “El ataque terrorista del 7 de octubre no fue un holocausto, no por falta de intención de destruirnos, sino por falta de capacidad para hacerlo.”

La intención de Hamás no era matar a 1300 judíos, sino a todos los que pudiera. Miles, o millones si hubiera tenido la posibilidad de hacerlo. La sed de sangre judía de los nuevos nazis, los extremistas islámicos, no ha cambiado; en todo caso, se ha viralizado. Lo que sí cambió es que, gracias a Dios, ahora hay un Estado judío que protege a los judíos. Y hay un ejército, las Fuerzas de Defensa de Israel, que está allí para impedir que la horrorosa historia de la Shoah se repita.

El antisemitismo no cambia. En todo caso, ha aumentado. Cuando menos lo esperábamos, en un mundo obsesionado contra la discriminación; y donde menos lo hubiéramos imaginado: en las universidades más prestigiosas del mundo. Algo que dio sea de paso, deja sin mérito a los argumentos superficiales de que el antisemitismo surge por falta de educación. Al igual que los alemanes de 1940-1945, a los estudiantes de Harvard, MIT o Columbia, no les falta “educación” o medios para informarse mejor. Este argumento cayó.

Pero entonces, ¿qué podemos hacer los judíos para evitar el antisemitismo?

Hace una semana atrás, el último día de Pésaj, leímos la Haftará de Isaías, capítulo 11, donde se refiere al Mesías y a los tiempos mesiánicos. Allí el gran profeta de Israel afirma que en os tiempos mesiánicos “el lobo vivirá con el cordero”, el cordero es la cría de la oveja. Los rabinos explicaron que no hay que tomar esta idea de manera literal: el profeta se refiere a la convivencia entre Israel, un cordero frágil, débil y presa fácil para cualquier depredador, y sus vecinos, los lobos que están siempre persiguiendo a su presa favorita. En los tiempos del Mesías, promete Isaías, los que buscan la destrucción de Israel vivirán en paz con Israel.

Pero volvamos atrás por un minuto a la metáfora de Yeshayahu, porque me parece que encierra el secreto para por fin comprender los motivos del antisemitismo. Creo que la metáfora del lobo y el cordero lo dice todo: el antisemita es como el lobo, y los judíos como un cordero. ¿Por qué el lobo quiere comerse al cordero? Porque es parte de su naturaleza. Está en su ADN. SI EL CORDERO SE PORTA BIEN O INCLUSO SI SE ACERCA AMISTOSAMENTE AL LOBO, NO VA A CALMAR EL HAMBRE Y LA VORACIDAD DEL FEROZ ANIMAL. Muchos corderos se engañan a sí mismos —y hasta hacen causa común con los enemigos de Israel—pensando que el cordero puede hacerse amigo del lobo a través del diálogo y la persuasión: el astuto lobo, accederá a conversar con el cordero, porque sabe que así tendrá que esforzarse menos para comérselo.  No hay nada que pueda persuadir al lobo de no atacar al cordero, con un sola excepción: si el cordero madura, crece y se transforma en un poderoso carnero con cuernos letales capaz de defenderse y dañar letalmente al lobo. Eso es que dice Netanyahu: el 7 de octubre Hamás nos hirió, pero el 8 de octubre se encontró con un carnero que maduró, aprendió la historia de la Shoah y ya no se deja comer.

Rab Yosef Bittón




La asimilación como solución al antisemitismo

Cada año, en Yom haShoá, me vuelvo a preguntar lo mismo: ¿por qué nos odian? Los argumentos siempre son distintos. A veces nos acusan de ser comunistas, otras veces de ser capitalistas. Nos declaran vagabundos —errantes— o elitistas. Influyentes o insignificantes. Ricos o sucios. Poderosos o animalescos –con rabos y cuernos. El judío, como lo dijo Emmanuel Levinas, es “el otro”. El anormal. El que se viste diferente. Tiene un calendario diferente. Y piensa diferente. Así lo vieron y lo sigue viendo buena parte del mundo.

Seguimos escuchando argumentos que, aunque disfrazados de análisis, son tan antiguos como peligrosos: que los judíos se aíslan demasiado, que son cerrados, que no se integran, que mantienen costumbres distintas, ropa distinta, lenguaje distinto.

Y muchos de los que abrazan esta crítica sugieren una “solución” tentadora: si el antisemitismo persiste, es porque no nos hemos abierto lo suficiente. Que si fuéramos más como “ellos”, tal vez dejarían de odiarnos. Que si abandonáramos nuestras tradiciones, si nos mezcláramos más, si fuéramos más “normales”… el odio desaparecería.

Pocos libros exponen con tanta claridad la falsedad de este argumento como The Pity of It All (“Qué lástima por todo esto”), de Amos Elon. Este libro traza la historia de los judíos en Alemania desde mediados del siglo XVIII hasta el ascenso de Hitler al poder en 1933. Y lo que allí se relata no es solo la más inimaginable tragedia, sino también la paradoja de esta dinámica con los gentiles.

El libro comienza con la llegada de un adolescente judío de 14 años llamado Moshe Mendelssohn a Berlín, en 1743. En ese entonces, los judíos eran literalmente contados junto con el ganado. Elon cita un registro del Rosenthal Gate que dice: “Hoy entraron a la ciudad seis vacas, siete cerdos y un judío”. Las personas comunes, incluso otras minorías religiosas o étnicas, no eran registradas.

Mendelssohn era un superdotado. En su niñez solo había estudiado Torá y hebreo, y sin haber asistido a una universidad, dominó perfectamente el alemán, el latín, las matemáticas y la filosofía. Publicó obras que lo consagraron como uno de los grandes pensadores de la Ilustración. Tanto que su apodo fue “el Sócrates de Alemania”. Su libro Fédon, sobre la inmortalidad del alma, fue un éxito inmediato. Se convirtió en una celebridad intelectual en Alemania. Por primera vez en Europa, un judío llegaba al reconocimiento no por su dinero, sino por su conocimiento.

Claro que para ser aceptado, Mendelssohn hizo muchas concesiones, especialmente religiosas. Si bien nunca se convirtió —a pesar de que tuvo mucha presión para hacerlo— su parcha religiosa (esa mezcla entre su práctica y filosofía) encendió una idea en los judíos de su generación: se podía llegar alto, un judío podía asimilar la cultura alemana. Esta era la puerta de entrada mágica a la normalidad.

A partir de entonces, comenzó el experimento más ambicioso de asimilación judía en la historia de la diáspora. Decenas de miles de judíos siguieron el camino de Mendelssohn: abandonaron la Torá, la reformaron, dejaron de lado todos los preceptos rituales y solo conservaron los preceptos sociales, es decir, aquellos valores como amar y ayudar al prójimo, que no generaban diferencia alguna entre judío y gentil. De esta forma, reformaron el judaísmo adaptándolo a una forma más cristiana.

El abandono del judaísmo observante solo fue el primer paso. Los judíos alemanes se integraron a las universidades, los conservatorios, los parlamentos y se hicieron adictos al arte, la música, el teatro. Y muchos se convirtieron al cristianismo —entre ellos los propios descendientes de Mendelssohn— no por oportunismo, sino por idealismo.

En 1845, en Frankfurt del Meno, los rabinos reformistas afirmaron que renunciaban a toda aspiración irredentista. Se redefinieron no como judíos, sino como “alemanes de religión mosaica”. Renunciaron explícitamente a la idea mesiánica de regresar a Sion, declararon que Berlín era su Jerusalem, y prácticamente juraron lealtad a su amada Madre Patria: Alemania.
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Confiaban en la razón, en el progreso, en el humanismo del alemán común, que seguramente vería en ellos a un alemán más. Porque querían, honestamente, ser parte de esa nación.

Este proyecto pareció funcionar. Alemania no solo toleró a sus judíos: los admiró. Judíos fueron poetas, músicos, empresarios, médicos, ministros. La cultura alemana del siglo XIX no se entiende sin sus judíos.

Los judíos se desesperaban por demostrar su lealtad. En la Primera Guerra Mundial, 100.000 judíos lucharon por el káiser, y 12.000 murieron en combate.

¿Qué más tenían que hacer para demostrar su lealtad a Alemania y ser aceptados por el alemán común?

Pero en 1933, todo eso desapareció.

Con la llegada de Hitler al poder, cada uno de esos logros fue destruido. Médicos, profesores, juristas, científicos, parlamentarios: todos fueron expulsados. No importó cuánto se habían integrado, cuán alemanes eran. Bastaba con ser judío. Y no hubo distinciones. El nazismo no preguntó si uno era ortodoxo o reformista, si comía kosher o tocaba en la ópera. Todos fueron arrastrados por igual al abismo.

Como explicó años después el Rab Soloveitchik: “El que odia al judío no distingue entre el asimilado y el observante. Para él, todos son portadores del mismo mensaje eterno”.

Esa es la paradoja más cruel. Los judíos alemanes creyeron que habían encontrado el equilibrio perfecto entre su identidad judía “light” y su ciudadanía. Que podían dar lo mejor de sí a Alemania y ser aceptados como judíos, o incluso como descendientes de judíos.

Pero fueron traicionados. Y no por haber sido diferentes, sino por haber sido demasiado parecidos. Su presencia pública, su éxito, su integración, no los protegieron. Al contrario: los convirtió en un blanco más visible, más deseado. Y junto a ellos fueron arrastrados también los judíos que no se habían asimilado. Nadie quedó a salvo.

El mensaje de Elon no es religioso. No está escrito como una obra de Teshuvá. Pero, leída con ojos abiertos, su historia deja una enseñanza profundamente judía: que el antisemitismo no desaparece con concesiones. Que estas concesiones no abren la puerta a la aceptación. Que para muchos gentiles, el judío o el descendiente de judíos siempre será “el otro”.

La asimilación no nos salvó: nos hizo más apetitosos para el insaciable antisemita.

La próxima vez que alguien sugiera que debemos “adaptarnos más”, “mezclarnos más”, o “dejar de insistir tanto en nuestra diferencia”, recordemos esta historia.

No fue la fidelidad a la Torá lo que nos puso en peligro. Fue, en la mayoría de las veces, la renuncia a ella y la fantasía de la “normalización” lo que nos dejó sin ancla cuando llegó la tormenta.

Nunca nadie fue perseguido por ser demasiado judío. Pero millones murieron por haber pensado que ya no lo eran.

 

 

 

 

 

 

 

 

Tenía 24 años. Llevaba solo un mes como rabino en la comunidad “Chalom” de Colegiales. Era mi primera ceremonia de Bar Mitsvá. Cuando me tocó hablar, me dirigí hacia el joven Bar Mitsvá, le expliqué sus nuevas responsabilidades y, lógicamente, lo alenté al cumplimiento de la Torá y sus Mitsvot.

Recuerdo que, un poco antes de terminar la fiesta, se me acercó un señor visiblemente molesto. Era un familiar del joven del Bar Mitsvá y llevaba una vida completamente asimilada: matrimonio mixto incluido. Estaba enojado u ofendido por mi mensaje sobre las virtudes de una mayor observancia religiosa. Y entonces me reprochó, en privado pero casi gritándome: “¿No te das cuenta que es la religión lo que provoca el antisemitismo? Si fuéramos más parecidos a los demás, nos dejarían en paz.”

No le contesté. No me acuerdo si fue por el shock, porque no me lo esperaba o porque no tenía experiencia. Fue la primera vez que escuché ese argumento, que nunca me enseñaron a debatir en la Yeshivá. Y si mal no recuerdo, fue también la última.

Hace tres semanas, en nuestra Seudá Shelishit, donde siempre tenemos oradores invitados, habló un joven que mencionó y describió brevemente un libro que yo no conocía: The Pity of It All, de Amos Elon, sobre la historia de los judíos en Alemania desde 1743 hasta 1933. Esa misma noche lo encargué por Amazon. Y desde que llegó, no lo he cerrado.

El libro comienza con la llegada de un joven judío de 14 años a Berlín, en 1743. Su nombre: Moshe Mendelssohn. En esa época, los judíos eran literalmente contados junto al ganado, algo que los alemanes no hacían con ninguna otra minoría religiosa o étnica. Elon cita el registro oficial de la Puerta Rosenthal que dice: “Hoy ingresaron a la ciudad seis vacas, siete cerdos y un judío.” La sociedad europea en ese entonces veía al judío como una subespecie humana.

Pero el destino de Mendelssohn fue diferente. Era brillante y autodidacta. Aprendió el idioma alemán a la perfección. También el latín, las matemáticas y la filosofía, y escribió obras como Phaedon, que lo convirtieron en una celebridad que llegó a codearse con los intelectuales alemanes gentiles. A Mendelssohn se lo conoce como “el Sócrates alemán”. El caso de Mendelssohn era una revolución. La primera vez que un judío era reconocido y aceptado públicamente en el mundo filosófico y cultural alemán.

¿Cómo logró Mendelssohn ser aceptado por los alemanes?

Aunque nunca se convirtió al cristianismo, a pesar de sufrir enormes presiones, Mendelssohn hizo muchísimas concesiones religiosas y represeento al jduaismo desde un outno de vista de etcia unievrala, dspsojado de su “riytaules” .

Su adaptación religiosa a la sociedad gentil despertó una nueva idea entre los judíos de su generación: si un judío se secularizaba, las puertas hacia la “normalidad” y la aceptación se abrirían mágicamente.

Y así comenzó el experimento de asimilación judía más grande, ambicioso y más trágico de toda la historia de la diáspora.
Decenas de Miles de judíos siguieron el camino trazado por Mendelssohn y no pararon allí.

Abandonaron progresivamente la observancia, reinterpretaron la Torá y la adaptaron a la sociedad gentil, descartando los preceptos rituales y conservando solo aquellas normas “éticas” que no marcaban ninguna diferencia entre judíos y gentiles. Por primera vez, el judaísmo fue despojado de la observancia y convertido en una moralidad civil sin identificadores religiosos.

Y no terminó allí. También tenían que dar en claro que no practicaban una doble lealtad política. Así que renunciaron a la tierra de Israel y a la idea de pueblo judío. En 1845, en Frankfurt, un grupo de rabinos reformistas liderados por Samuel Holdheim proclamaron oficialmente que ya no se consideraban judíos alemanes, sino alemanes de fe mosaica. Renunciaron a cualquier reclamo o esperanza de retorno a Sion, porque Berlín era su nueva Jerusalem. Y afirmaron con orgullo que su única lealtad era, , literalmente, hacia su amada madre patria, Alemania.

Los judíos alemanes se integraron a las universidades, los conservatorios y hasta el parlamento. Se destacaron en música, medicina, ciencia, literatura, teatro. Muchos, incluyendo a los propios hijos de Mendelssohn, se convirtieron al cristianismo —no por oportunismo, sino por idealismo. Confiaban en que la razón, el progreso y el humanismo del alemán promedio acabarían con la idea del judío como “el otro” y los normalizarían.

Durante un tiempo, este experimento parecía funcionar. Alemania no solo toleraba a sus judíos: los admiraba. A principios del siglo XX, representaban menos del 1% de la población, pero tenían una presencia desproporcionadamente grande en todas las esferas culturales y académicas.

En la Primera Guerra Mundial, entre 1915 y 1918, cerca de 100,000 judíos, desesperados por demostrar su lealtad y patriotismo, lucharon por el káiser, y 12,000 murieron en combate. ¿Qué más podían hacer para probar su lealtad?

Pero en 1933, todo eso desapareció. Con el ascenso de Hitler al poder, todos esos logros fueron borrados. No importaba si no era ortodoxo sino reformista, o si no comía kasher o si iba a la ópera, si descendía de dos generaciones de conversos al cristianismo o si daba clases en la Universidad de Berlín. Todos fueron denigrados, despojados, perseguidos, deportados y asesinados.

Y ahí está la paradoja más cruel de todas. Los judíos alemanes creían haber encontrado el equilibrio perfecto: una identidad judía light, diluida, simbólica… y una ciudadanía alemana plena. Pero fueron traicionados. No por su diferencia, sino por su semejanza.

Como sugiere Elon, no fue la religiosidad la que despertó el antisemitismo. Fue la integración, el éxito y la visibilidad de esos judíos que, literalmente, quisieron ser más alemanes que los alemanes.

La asimilación fue un boomerang. Los judíos asimilados no fueron el “daño colateral” de la persecución de los judíos religiosos. La envidia y el resentimiento estaban dirigidos principalmente a los más asimilados.

Aquella experiencia de hace 40 años en mi primer Bar Mitsvá en Chalom ya la había olvidado. Pero cuando empecé a leer este libro, ese encuentro me volvió a la memoria. Y así, sin querer, encontré un closure, un cierre emocional de ese argumento que quedó dormido en mi mente por tantos años.

No fue la fidelidad a la Torá lo que nos puso en más peligro: fue su abandono —y la fantasía de la normalización— lo que nos dejó sin anclas cuando llegó la tormenta.




TAZRIA-METSORA: ¿Qué hago cuando los demás hablan mal de alguien?

Estás sentado en la mesa de una fiesta o en una recepción cuando, de repente, las personas a tu alrededor comienzan a hablar mal de alguien. En el judaísmo, hablar negativamente de otras personas es una transgresión muy grave conocida como Lashón Hará — literalmente, “la lengua del mal.”

Tu primer impulso es correcto: no voy a decir ni una palabra. Pero el problema es que escuchar Lashón Hará es tan grave como hablarlo — porque al escuchar en silencio, estás dando tu aprobación tácita. Es más: algunos consideran que escuchar es incluso peor que hablar, ya que le estás brindando una audiencia al que habla, alentándolo a continuar.

¿Cómo salir de esta situación sin cometer una transgresión?


Tienes varias opciones, en orden de preferencia:

1. Intervenir respetuosamente

La primera opción — y la más valiente — es recordarles a quienes están hablando que el Lashón Hará es una prohibición seria de la Torá, y pedirles con respeto que cambien el tema. Esto debe hacerse con calma y sin arrogancia, de manera que no genere una confrontación innecesaria. No siempre es fácil, pero cuando se hace con tacto, puede ser muy efectivo — y transforma un momento incómodo en una oportunidad de enseñanza.

2. Levantarse y retirarse

Si estás seguro de que tus palabras no serán escuchadas — que la conversación continuará de todas formas — entonces la opción correcta es levantarte cortésmente y alejarte de la mesa. No hace falta dar explicaciones elaboradas. Una disculpa breve y natural es suficiente. Alejarte físicamente de la conversación es una forma clara y honesta de no participar en ella.

3. Permanecer, pero sin aprobar

Si levantarte resulta imposible por alguna razón — ya sea por el contexto social, por no querer ofender al anfitrión, o por cualquier otra circunstancia — entonces debes prepararte mentalmente para no ser cómplice de lo que se está diciendo. Para ello, es indispensable cumplir con dos condiciones:

Primera: haz un esfuerzo real por no prestar atención al contenido de la conversación. Y si algo llega a tus oídos, decide con firmeza en tu mente que no le darás crédito a ningún comentario negativo sobre ninguna persona. Lo que escuchas en ese momento no constituye evidencia de nada.

Segunda: cuida tu expresión facial. Tu rostro no debe transmitir ninguna señal de aprobación — ni una sonrisa, ni un gesto de asentimiento, ni una mirada cómplice. Si es posible, que tu expresión transmita claramente la incomodidad que sientes con la situación. A veces, un gesto de desaprobación silencioso dice más que mil palabras.


Una distinción importante

Todo lo anterior aplica cuando uno está sentado inocentemente en su lugar y la conversación de Lashón Hará surge a su alrededor de manera inesperada. Esa es una situación en la que uno se encuentra atrapado sin haberlo buscado.

Pero hay una situación muy diferente: la de quien pasa por un lugar, escucha casualmente que se está hablando mal de alguien — y en lugar de seguir caminando, se detiene a escuchar. En ese caso, aunque no diga una sola palabra y aunque no apruebe lo que se está diciendo, su detención deliberada ya constituye una transgresión voluntaria. Nadie lo obligó a quedarse. Tuvo la opción de alejarse — y eligió no hacerlo.


La próxima vez que te encuentres en una de estas situaciones, recuerda que tienes opciones. Y que la más sencilla de todas — levantarte y alejarte — suele ser también la más sabia. 🙏




LA SHOAH QUE NO FUE: Cuando los nazis intentaron destruir Israel, en 1942

“Doscientos Días de Terror” es el nombre con el que se conoce a un período de la historia de la comunidad judía en la Tierra de Israel durante la Segunda Guerra Mundial. Este período se extendió desde la primavera de 1942 hasta el 3 de noviembre de ese mismo año, cuando las unidades del ejército alemán bajo el mando del General Erwin Rommel avanzaban hacia el este, en dirección al Canal de Suez, desde el norte de África.

LOS PLANES DE LOS NAZIS

En abril de 1942, la unidad del ejército alemán Afrika Korps bajo el mando del general Erwin Rommel comenzó a avanzar en el norte de África hacia el Canal de Suez en Egipto. El terror se apoderó del “Yishub”. Parecía que después de las grandes victorias de los nazis en el norte de África, no había fuerza que pudiera detenerlos. Si llegaban al Canal de Suez, el camino hacia la Tierra de Israel estaría abierto para ellos. En ese momento, el exterminio de los judíos europeos estaba en pleno apogeo, y las noticias al respecto comenzaron a infiltrarse en los líderes del Yishub. Existía la certeza de que si los alemanes llegaban exterminarían a todos los judíos de la Tierra de Israel: hombres, mujeres y niños, como lo habían hecho en Europa. Y no estaban equivocados…

Los alemanes establecieron una unidad especial en Egipto: Einsatzgruppe Egypt, compuesta por 24 soldados de las SS bajo el mando de Walter Rauf. Rauf era el infame inventor de los camiones de la muerte, que tenían los gases de escape conectados al recinto interior sellado del vehículo, en el que las víctimas —que ingresaban pensando que serían transportadas— morían al inhalar los gases tóxicos. Los camiones de la muerte ya estaban esperando en Egipto.

Se suponía que el exterminio de los 500.000 judíos en Israel se llevaría a cabo por los mismos medios y métodos con los que se perpetró el asesinato de los judíos europeos. Y los alemanes aprovecharían la ayuda de la población local árabe para llevar a cabo el asesinato sistemático de los judíos, bajo la guía y el mando de ese pequeño equipo alemán. Este plan se correspondía con la promesa que los alemanes le habían hecho al líder de los árabes palestinos y amigo de Hitler: Haj Amin al-Husseini, que se encontraba exiliado en Berlín. Muchos árabes esperaban la llegada de los ejércitos de Hitler, a quien llamaban “Abu Ali”, con la esperanza de que los alemanes derrotaran a los británicos y así ellos podrían exterminar a los judíos.

LOS PLANES DE LOS JUDÍOS

El 17 de abril de 1942, el jefe del departamento político de la Agencia Judía, Moshe Sharet, se dirigió al General Claude Auchinleck, comandante del Octavo Ejército Británico, con las siguientes palabras: «No hay duda de que si los nazis invaden la Tierra de Israel, todos los judíos de esta tierra seremos asesinados. El exterminio de la raza judía es una premisa básica de la ideología nazi. Las noticias oficiales publicadas recientemente indican que esta política se está implementando con una crueldad que no se puede describir con palabras. Cientos de miles de judíos perecieron en Polonia, los países balcánicos, Rumanía y en todos los distritos invadidos por los alemanes en la Unión Soviética, como resultado de las ejecuciones en masa, las deportaciones forzosas y la propagación del hambre y la enfermedad en guetos y campos de concentración. Hay razón para temer que una destrucción mucho más rápida caerá sobre los judíos de Israel si caemos en manos de los nazis.»

RENDIRSE

Algunos judíos, con mucha ingenuidad, proponían hacer lo que hicieron otras naciones ocupadas en Europa: rendirse a los nazis y tratar de llegar a algún acuerdo con ellos. Esta ingenuidad se basaba en la creencia de que “los nazis que llegarían a Israel no tratarían a los judíos locales como trataron a los judíos de Polonia y Alemania. Primero, porque no habían perturbado a nadie en Europa, y aparte porque los judíos de Israel no eran empresarios exitosos sino judíos sencillos, dedicados al trabajo… así que tendrán más respeto por estos judíos”. También advertían que resistirse y pelear podría provocar o aumentar el odio de los alemanes hacia los judíos, y que “quizás con la reconciliación y el esfuerzo lograremos más”. Estas ideas fueron criticadas por aumentar el derrotismo y disuadir a los judíos de luchar por sus vidas.

En la práctica, se intentó algún arreglo diplomático del lado de los británicos: el plan era solicitar que se otorgara a los judíos de Israel —que en ese entonces estaba bajo el Mandato Británico— el estatus de “prisioneros de guerra ingleses” si fuesen capturados, gozando de los mismos derechos que los prisioneros británicos. También se pedía, por vía diplomática, que los ingleses amenazaran a los nazis con que, si exterminaban a los judíos, los británicos también matarían a los prisioneros alemanes en su posesión. Estas ideas terminaron siendo una fantasía, ya que Inglaterra nunca accedió a otorgar ninguno de esos derechos a los judíos de Israel.

Es más, los británicos se prepararon para la posibilidad de verse obligados a evacuar la Tierra de Israel y retirarse hacia el este —Irak e India—. Estos planes de evacuación no incluían a los judíos de la Tierra de Israel. Si los alemanes invadían Israel, los judíos tendrían que enfrentarse solos a ellos, sin la ayuda del ejército británico.

El Yishub —así se llamaba al asentamiento judío antes de que se declarara la independencia de Israel en 1948— contaba con unos 500.000 judíos. Yitzjak Tabenkin, quien más adelante fue miembro de la Knéset de Israel, dijo:

«No tenemos más remedio que pelear esta guerra con todas las fuerzas que tenemos. … debemos defender este Yishub y nuestra bandera con uniforme o sin uniforme… si nuestro espíritu está en nosotros, nos apoyaremos en él con todas nuestras fuerzas, o también caeremos con todas nuestras fuerzas. Estamos listos para mantenernos de pie y listos para el sacrificio. No venceremos a las fuerzas del enemigo con fatalismo, sino con mucha responsabilidad. No hay alternativa…»

ESCONDERSE

Muchos judíos trataron de esconderse, o al menos esconder a los niños, en iglesias, monasterios y hospicios europeos —incluso alemanes— que había en Israel, especialmente en Jerusalem, o contactar a árabes amistosos dispuestos a recibir una recompensa material para ocultar a los niños judíos hasta que terminase la guerra.

Había diferencias de opinión en caso de que el país cayera en manos de los alemanes. Por un lado, estaba la posición pragmática de David Ben-Gurion, quien insistía en que los soldados improvisados del Yishub no podrían vencer al ejército de Hitler, no podrían lograr lo que no habían logrado los franceses, los holandeses y todos los países europeos derrotados por los nazis. En opinión de Ben-Gurion, ante una invasión alemana y una retirada británica, las fuerzas de combate de la Haganá y el liderazgo del Yishub deberían tratar de integrarse al ejército británico, retirarse a la India y regresar a Israel cuando cambiase el rumbo de la guerra.

LUCHAR HASTA LA MUERTE

En el extremo opuesto estaba la postura más nacionalista expresada por Yitzjak Tabenkin, quien dijo: «…tenemos que quedarnos aquí hasta el final, por nuestro futuro, por respeto a nosotros mismos y por lealtad a nuestra historia». Esta segunda posición proponía concentrar a toda la población judía en el área de Haifa y Galilea, trasladarse allí cuando los británicos se retirasen del país, y luchar hasta el último hombre. Haifa y la cadena de montañas del Carmel están en un área que brinda la oportunidad de resistir y rechazar al invasor, que se trasladaba en fuerzas blindadas pesadas y tendría dificultades para moverse en esa zona montañosa. El plan de Tabenkin fue denominado la “Masada del Carmel”. Según este plan, la población judía civil se protegería en esos enclaves mientras los comandos y las unidades de guerrilla saldrían a atacar para contener el avance del enemigo.

Los miembros de la organización militar “Etzel” concibieron un plan similar, pero con un simbolismo más significativo: en caso de que los alemanes invadieran Israel, los judíos se refugiarían en la Ciudad Vieja de Jerusalem, fortificándose dentro de las murallas y librando desde allí la batalla “final”. Y antes del final, ¡declararían con mucho orgullo y patriotismo la soberanía judía sobre el Monte del Templo (Har-HaBayit) en Jerusalem!

Para los líderes de estos planes —ya fuera en Haifa o en Jerusalem— estaba claro que si los alemanes llegaban, podrían quizás retrasar el avance del invasor, pero el terrible final de la población civil era inevitable. El mismo nombre, “Masada del Carmel”, expresaba la creencia de que no había ninguna posibilidad de que el asentamiento judío pudiera sobrevivir si los alemanes invadían Israel. Recordemos que Masada, o Metsadá, es el nombre de uno de los últimos refugios de los judíos que se resistieron al ejército romano en el siglo I, y que cuando vieron que el enemigo no podía ser detenido, procedieron al suicidio colectivo.

VICTORIA PROVIDENCIAL

El 1 de julio de 1942, los británicos lograron frenar el avance de Rommel a 180 kilómetros del Canal de Suez. Allí establecieron una nueva línea de defensa y nombraron un nuevo comandante, el general Bernard Montgomery, quien ordenó cancelar todos los planes de retirada británicos de Israel y prepararse para enfrentar frontalmente a los alemanes en Egipto. Ambos bandos sabían que esa batalla sería decisiva para el destino de Oriente Medio.

Y gracias a Dios, luego de meses de una durísima batalla, el 3 de noviembre de 1942, las fuerzas de Montgomery lanzaron el ataque final y derrotaron a las fuerzas de Rommel en la Batalla de El-Alamein, en Egipto.

Este triunfo fue uno de los puntos de inflexión decisivos para la victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial, y significó el final de los doscientos días de terror que experimentó la joven colonia de Israel en los tiempos de la Shoah.




TAZRIA-METSORA: ¿Cómo mejorar tu calidad de vida?

Este Shabat leeremos dos secciones de la Torá: Tazriá y Metzorá. Uno de los temas más discutidos en estas dos parashiot es el del tzara’at — una afección de la piel generalmente asociada con la lepra. Una vez diagnosticada, se procedía a aislar al individuo y ponerlo en cuarentena hasta su curación.

Los Sabios dedujeron, del caso de Miriam — la hermana de Moshé, quien hizo un comentario negativo sobre él y contrajo el tzara’at — que existe una relación entre esta enfermedad y el hábito de hablar mal de otras personas, lo que se conoce como Lashón Hará. Así como una persona enferma debe estar en cuarentena para no contagiar a los demás, quienes se entregan a la adicción del chisme y el discurso destructivo deben ser, de alguna manera, “aislados” — para que su proceder no se “contagie” y su ejemplo no llegue a normalizarse en la sociedad judía.

Presentamos aquí una breve reflexión sobre una de las maneras más eficaces de evitar el Lashón Hará, de acuerdo a las enseñanzas de Pirké Abot:

והוי דן את כל האדם לכף זכות

“Yehoshúa ben Perajia solía decir: hazte un maestro, adquiere un amigo, y juzga a los demás con el beneficio de la duda.”


Una mitzvá de la Torá

Juzgar a los demás con el beneficio de la duda no es simplemente una actitud noble o una buena costumbre — es una mitzvá de la Torá. En Vayikrá 19:15 está escrito: betzédeq tishpot amitekha — “con justicia juzgarás a tu prójimo.” Los Jajamim explicaron este precepto de la siguiente manera.

Existen tres categorías de personas. Primero, el tsadik — el hombre justo, aquel cuyo historial de buenas acciones es impecable. Estas personas, que son casi más ángeles que humanos, no son la mayoría: representan quizás entre el 1% y el 5% de la población. En el extremo opuesto encontramos a los verdaderamente malvados — los resha’im — individuos egoístas, de malas intenciones y con un historial que los condena. Son también una minoría: probablemente no más del 4% o 5% de la población total (el libro The Sociopath Next Door sostiene que los sociópatas constituyen aproximadamente el 4% de la población). Y luego está la gran mayoría: las personas promedio — todos nosotros — que en general tenemos intenciones nobles, hacemos cosas buenas, pero también tenemos nuestros defectos. A veces actuamos con generosidad y a veces con egoísmo. Esta mayoría silenciosa representa alrededor del 90% de la humanidad.

La Torá nos enseña a relacionarnos con cada una de estas categorías de manera distinta.

Al tsadik — al hombre justo — hay que juzgarlo con indulgencia siempre. Incluso cuando no estés seguro si actuó bien o mal, incluso cuando percibas una situación sospechosa sin tener todas las evidencias: no lo condenes en tu corazón. Juzga su conducta de manera positiva y generosa.

Al malvado — al que ya tiene un historial de actuar con maldad deliberada — no puedes otorgarle el beneficio de la duda sin más, mientras no haya dado señales claras de arrepentimiento. Su proceder puede afectarte, y la prudencia aquí no es cinismo sino autoprotección legítima.

¿Y qué pasa con la persona promedio — la gran mayoría de nuestros amigos, familiares y conocidos? Aquí la Torá nos sorprende con una instrucción extraordinaria: debes juzgar a la persona promedio como si fuera un tsadik. Es decir, otórgale el beneficio de la duda a menos que tengas evidencias claras y concretas de lo contrario. Así leída, la mitzvá de “juzgarás a tu prójimo con justicia” significa en la práctica: “juzgarás a la gran mayoría de las personas con la misma generosidad con la que juzgas al justo.”


¿Por qué vale la pena practicar esta mitzvá?

Las razones son poderosas.

La primera es teológica: “Con la misma vara que juzgamos a los demás, seremos juzgados por ה׳.” ¿Cómo queremos ser juzgados por el Juez Supremo al final de nuestros días? Seguramente esperamos que encuentre atenuantes para nuestros errores, que nos juzgue con indulgencia y no con severidad. Los Jajamim enseñan que ה׳ nos tratará con la misma medida que nosotros usamos para tratar a los demás. Si aprendemos a juzgar a las personas con generosidad, así seremos juzgados por Él.

La segunda razón es social: nuestras actitudes se reflejan en quienes nos rodean. Las personas tienden a tratar a los demás como son tratadas. Si quieres que tus amigos, familiares y conocidos te otorguen a ti el beneficio de la duda — que no se apresuren a sospechar de ti, que no te condenen antes de tener toda la información — entonces empieza por otorgárselo tú a ellos.

La tercera razón — y quizás la más práctica — es que juzgar con el beneficio de la duda es el mejor antídoto contra el Lashón Hará. Hablamos mal de otras personas porque primero pensamos mal de ellas. Muchas veces escuchamos un comentario destructivo sobre alguien y simplemente lo creemos y lo repetimos — sin tener evidencias, sin conocer toda la historia, sin haber escuchado todas las versiones. Si cultivamos el hábito de buscar una explicación favorable antes de condenar, nos volveremos naturalmente más cuidadosos: no escucharemos con ligereza, no creeremos con precipitación y, sobre todo, no repetiremos comentarios negativos sobre los demás.

El resultado es doble: evitamos el Lashón Hará, y nuestra calidad de vida — y la de quienes nos rodean — se vuelve infinitamente más positiva.