Jerusalem y los gallos de riña

Un día, el sultán de Turquía —el hombre más poderoso de la tierra— mandó llamar a un rabino y le dijo:
—Ustedes, los judíos, son pocos y débiles. No tienen país ni gobierno propio. No tienen soldados ni ejército, y son perseguidos por todos. ¿Cómo es posible que sigan creyendo en las profecías que anuncian que algún día regresarán a Jerusalem? Jerusalem es la ciudad más importante del mundo. Todos la desean. Nosotros, los otomanos, luchamos durante siglos contra los cristianos para gobernarla. Lo que ustedes pretenden —regresar a Jerusalem y gobernarla— es absurdo… y arrogante. Quiero que me expliques cómo, según tú, esas profecías podrían llegar a materializarse. Y no quiero que me hables de milagros. Explícamelo desde un punto de vista militar, terrenal, natural.
El sabio pensó unos instantes y respondió:
—Necesito tres días para preparar mi respuesta. Pero antes debo pedirte algo: si mis argumentos no te gustan o te resultan ofensivos, prométeme que no me castigarás.
El sultán, intrigado, aceptó.
Tres días después, el rabino regresó al palacio y pidió que prepararan un pequeño ring para gallos. Había traído cinco gallos de riña, a los que había dejado sin comer durante dos días, y también un pequeño pollito, débil e indefenso.
Colocó a los gallos y al pollito dentro del ring. Luego sacó de su bolsillo unos granos de maíz y los arrojó al centro.
De inmediato, los gallos comenzaron a pelear con una furia increíble. Se picoteaban ferozmente, se herían sin piedad. Uno tras otro fueron cayendo, exhaustos y ensangrentados. El último gallo, cubierto de heridas, cayó finalmente al suelo, sin fuerzas para moverse.
Entonces, desde un rincón, apareció el tímido pollito. Y sin que ningún gallo lo molestara, comenzó tranquilamente a comer el maíz.
El rabino se volvió hacia el sultán y le dijo:
—Jerusalem es el maíz. Las grandes potencias son los gallos de riña que luchan entre sí con violencia para dominarla. Se desgastan, se hieren y se destruyen unas a otras. Y cuando ya no les quedan fuerzas, el pueblo de Israel —la nación más pequeña y aparentemente más vulnerable— aparece en escena como el tímido pollito… y al final se queda con el maíz.
El sultán guardó silencio. Porque entendió que hay pueblos que no se levantan de sus cenizas por la fuerza de las armas, sino por la fuerza de su persistencia, su fe y su esperanza.









