Lobos y Corderos

ראש הממשלה נתניהו בטקס המרכזי ביד ושם: “מתקפת הטרור ב-7 באוקטובר לא הייתה שואה – לא בגלל היעדר הכוונה להשמיד אותנו, אלא בגלל היעדר היכולת להשמיד אותנו”

El primer ministro de Israel, Binyamin Netanyahu, dijo ayer en la ceremonia de inauguración de Yom HaShoah, el día que recordamos el holocausto:  “El ataque terrorista del 7 de octubre no fue un holocausto, no por falta de intención de destruirnos, sino por falta de capacidad para hacerlo.”

La intención de Hamás no era matar a 1300 judíos, sino a todos los que pudiera. Miles, o millones si hubiera tenido la posibilidad de hacerlo. La sed de sangre judía de los nuevos nazis, los extremistas islámicos, no ha cambiado; en todo caso, se ha viralizado. Lo que sí cambió es que, gracias a Dios, ahora hay un Estado judío que protege a los judíos. Y hay un ejército, las Fuerzas de Defensa de Israel, que está allí para impedir que la horrorosa historia de la Shoah se repita.

El antisemitismo no cambia. En todo caso, ha aumentado. Cuando menos lo esperábamos, en un mundo obsesionado contra la discriminación; y donde menos lo hubiéramos imaginado: en las universidades más prestigiosas del mundo. Algo que dio sea de paso, deja sin mérito a los argumentos superficiales de que el antisemitismo surge por falta de educación. Al igual que los alemanes de 1940-1945, a los estudiantes de Harvard, MIT o Columbia, no les falta “educación” o medios para informarse mejor. Este argumento cayó.

Pero entonces, ¿qué podemos hacer los judíos para evitar el antisemitismo?

Hace una semana atrás, el último día de Pésaj, leímos la Haftará de Isaías, capítulo 11, donde se refiere al Mesías y a los tiempos mesiánicos. Allí el gran profeta de Israel afirma que en os tiempos mesiánicos “el lobo vivirá con el cordero”, el cordero es la cría de la oveja. Los rabinos explicaron que no hay que tomar esta idea de manera literal: el profeta se refiere a la convivencia entre Israel, un cordero frágil, débil y presa fácil para cualquier depredador, y sus vecinos, los lobos que están siempre persiguiendo a su presa favorita. En los tiempos del Mesías, promete Isaías, los que buscan la destrucción de Israel vivirán en paz con Israel.

Pero volvamos atrás por un minuto a la metáfora de Yeshayahu, porque me parece que encierra el secreto para por fin comprender los motivos del antisemitismo. Creo que la metáfora del lobo y el cordero lo dice todo: el antisemita es como el lobo, y los judíos como un cordero. ¿Por qué el lobo quiere comerse al cordero? Porque es parte de su naturaleza. Está en su ADN. SI EL CORDERO SE PORTA BIEN O INCLUSO SI SE ACERCA AMISTOSAMENTE AL LOBO, NO VA A CALMAR EL HAMBRE Y LA VORACIDAD DEL FEROZ ANIMAL. Muchos corderos se engañan a sí mismos —y hasta hacen causa común con los enemigos de Israel—pensando que el cordero puede hacerse amigo del lobo a través del diálogo y la persuasión: el astuto lobo, accederá a conversar con el cordero, porque sabe que así tendrá que esforzarse menos para comérselo.  No hay nada que pueda persuadir al lobo de no atacar al cordero, con un sola excepción: si el cordero madura, crece y se transforma en un poderoso carnero con cuernos letales capaz de defenderse y dañar letalmente al lobo. Eso es que dice Netanyahu: el 7 de octubre Hamás nos hirió, pero el 8 de octubre se encontró con un carnero que maduró, aprendió la historia de la Shoah y ya no se deja comer.

Rab Yosef Bittón




La asimilación como solución al antisemitismo

Cada año, en Yom haShoá, me vuelvo a preguntar lo mismo: ¿por qué nos odian? Los argumentos siempre son distintos. A veces nos acusan de ser comunistas, otras veces de ser capitalistas. Nos declaran vagabundos —errantes— o elitistas. Influyentes o insignificantes. Ricos o sucios. Poderosos o animalescos –con rabos y cuernos. El judío, como lo dijo Emmanuel Levinas, es “el otro”. El anormal. El que se viste diferente. Tiene un calendario diferente. Y piensa diferente. Así lo vieron y lo sigue viendo buena parte del mundo.

Seguimos escuchando argumentos que, aunque disfrazados de análisis, son tan antiguos como peligrosos: que los judíos se aíslan demasiado, que son cerrados, que no se integran, que mantienen costumbres distintas, ropa distinta, lenguaje distinto.

Y muchos de los que abrazan esta crítica sugieren una “solución” tentadora: si el antisemitismo persiste, es porque no nos hemos abierto lo suficiente. Que si fuéramos más como “ellos”, tal vez dejarían de odiarnos. Que si abandonáramos nuestras tradiciones, si nos mezcláramos más, si fuéramos más “normales”… el odio desaparecería.

Pocos libros exponen con tanta claridad la falsedad de este argumento como The Pity of It All (“Qué lástima por todo esto”), de Amos Elon. Este libro traza la historia de los judíos en Alemania desde mediados del siglo XVIII hasta el ascenso de Hitler al poder en 1933. Y lo que allí se relata no es solo la más inimaginable tragedia, sino también la paradoja de esta dinámica con los gentiles.

El libro comienza con la llegada de un adolescente judío de 14 años llamado Moshe Mendelssohn a Berlín, en 1743. En ese entonces, los judíos eran literalmente contados junto con el ganado. Elon cita un registro del Rosenthal Gate que dice: “Hoy entraron a la ciudad seis vacas, siete cerdos y un judío”. Las personas comunes, incluso otras minorías religiosas o étnicas, no eran registradas.

Mendelssohn era un superdotado. En su niñez solo había estudiado Torá y hebreo, y sin haber asistido a una universidad, dominó perfectamente el alemán, el latín, las matemáticas y la filosofía. Publicó obras que lo consagraron como uno de los grandes pensadores de la Ilustración. Tanto que su apodo fue “el Sócrates de Alemania”. Su libro Fédon, sobre la inmortalidad del alma, fue un éxito inmediato. Se convirtió en una celebridad intelectual en Alemania. Por primera vez en Europa, un judío llegaba al reconocimiento no por su dinero, sino por su conocimiento.

Claro que para ser aceptado, Mendelssohn hizo muchas concesiones, especialmente religiosas. Si bien nunca se convirtió —a pesar de que tuvo mucha presión para hacerlo— su parcha religiosa (esa mezcla entre su práctica y filosofía) encendió una idea en los judíos de su generación: se podía llegar alto, un judío podía asimilar la cultura alemana. Esta era la puerta de entrada mágica a la normalidad.

A partir de entonces, comenzó el experimento más ambicioso de asimilación judía en la historia de la diáspora. Decenas de miles de judíos siguieron el camino de Mendelssohn: abandonaron la Torá, la reformaron, dejaron de lado todos los preceptos rituales y solo conservaron los preceptos sociales, es decir, aquellos valores como amar y ayudar al prójimo, que no generaban diferencia alguna entre judío y gentil. De esta forma, reformaron el judaísmo adaptándolo a una forma más cristiana.

El abandono del judaísmo observante solo fue el primer paso. Los judíos alemanes se integraron a las universidades, los conservatorios, los parlamentos y se hicieron adictos al arte, la música, el teatro. Y muchos se convirtieron al cristianismo —entre ellos los propios descendientes de Mendelssohn— no por oportunismo, sino por idealismo.

En 1845, en Frankfurt del Meno, los rabinos reformistas afirmaron que renunciaban a toda aspiración irredentista. Se redefinieron no como judíos, sino como “alemanes de religión mosaica”. Renunciaron explícitamente a la idea mesiánica de regresar a Sion, declararon que Berlín era su Jerusalem, y prácticamente juraron lealtad a su amada Madre Patria: Alemania.
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Confiaban en la razón, en el progreso, en el humanismo del alemán común, que seguramente vería en ellos a un alemán más. Porque querían, honestamente, ser parte de esa nación.

Este proyecto pareció funcionar. Alemania no solo toleró a sus judíos: los admiró. Judíos fueron poetas, músicos, empresarios, médicos, ministros. La cultura alemana del siglo XIX no se entiende sin sus judíos.

Los judíos se desesperaban por demostrar su lealtad. En la Primera Guerra Mundial, 100.000 judíos lucharon por el káiser, y 12.000 murieron en combate.

¿Qué más tenían que hacer para demostrar su lealtad a Alemania y ser aceptados por el alemán común?

Pero en 1933, todo eso desapareció.

Con la llegada de Hitler al poder, cada uno de esos logros fue destruido. Médicos, profesores, juristas, científicos, parlamentarios: todos fueron expulsados. No importó cuánto se habían integrado, cuán alemanes eran. Bastaba con ser judío. Y no hubo distinciones. El nazismo no preguntó si uno era ortodoxo o reformista, si comía kosher o tocaba en la ópera. Todos fueron arrastrados por igual al abismo.

Como explicó años después el Rab Soloveitchik: “El que odia al judío no distingue entre el asimilado y el observante. Para él, todos son portadores del mismo mensaje eterno”.

Esa es la paradoja más cruel. Los judíos alemanes creyeron que habían encontrado el equilibrio perfecto entre su identidad judía “light” y su ciudadanía. Que podían dar lo mejor de sí a Alemania y ser aceptados como judíos, o incluso como descendientes de judíos.

Pero fueron traicionados. Y no por haber sido diferentes, sino por haber sido demasiado parecidos. Su presencia pública, su éxito, su integración, no los protegieron. Al contrario: los convirtió en un blanco más visible, más deseado. Y junto a ellos fueron arrastrados también los judíos que no se habían asimilado. Nadie quedó a salvo.

El mensaje de Elon no es religioso. No está escrito como una obra de Teshuvá. Pero, leída con ojos abiertos, su historia deja una enseñanza profundamente judía: que el antisemitismo no desaparece con concesiones. Que estas concesiones no abren la puerta a la aceptación. Que para muchos gentiles, el judío o el descendiente de judíos siempre será “el otro”.

La asimilación no nos salvó: nos hizo más apetitosos para el insaciable antisemita.

La próxima vez que alguien sugiera que debemos “adaptarnos más”, “mezclarnos más”, o “dejar de insistir tanto en nuestra diferencia”, recordemos esta historia.

No fue la fidelidad a la Torá lo que nos puso en peligro. Fue, en la mayoría de las veces, la renuncia a ella y la fantasía de la “normalización” lo que nos dejó sin ancla cuando llegó la tormenta.

Nunca nadie fue perseguido por ser demasiado judío. Pero millones murieron por haber pensado que ya no lo eran.

 

 

 

 

 

 

 

 

Tenía 24 años. Llevaba solo un mes como rabino en la comunidad “Chalom” de Colegiales. Era mi primera ceremonia de Bar Mitsvá. Cuando me tocó hablar, me dirigí hacia el joven Bar Mitsvá, le expliqué sus nuevas responsabilidades y, lógicamente, lo alenté al cumplimiento de la Torá y sus Mitsvot.

Recuerdo que, un poco antes de terminar la fiesta, se me acercó un señor visiblemente molesto. Era un familiar del joven del Bar Mitsvá y llevaba una vida completamente asimilada: matrimonio mixto incluido. Estaba enojado u ofendido por mi mensaje sobre las virtudes de una mayor observancia religiosa. Y entonces me reprochó, en privado pero casi gritándome: “¿No te das cuenta que es la religión lo que provoca el antisemitismo? Si fuéramos más parecidos a los demás, nos dejarían en paz.”

No le contesté. No me acuerdo si fue por el shock, porque no me lo esperaba o porque no tenía experiencia. Fue la primera vez que escuché ese argumento, que nunca me enseñaron a debatir en la Yeshivá. Y si mal no recuerdo, fue también la última.

Hace tres semanas, en nuestra Seudá Shelishit, donde siempre tenemos oradores invitados, habló un joven que mencionó y describió brevemente un libro que yo no conocía: The Pity of It All, de Amos Elon, sobre la historia de los judíos en Alemania desde 1743 hasta 1933. Esa misma noche lo encargué por Amazon. Y desde que llegó, no lo he cerrado.

El libro comienza con la llegada de un joven judío de 14 años a Berlín, en 1743. Su nombre: Moshe Mendelssohn. En esa época, los judíos eran literalmente contados junto al ganado, algo que los alemanes no hacían con ninguna otra minoría religiosa o étnica. Elon cita el registro oficial de la Puerta Rosenthal que dice: “Hoy ingresaron a la ciudad seis vacas, siete cerdos y un judío.” La sociedad europea en ese entonces veía al judío como una subespecie humana.

Pero el destino de Mendelssohn fue diferente. Era brillante y autodidacta. Aprendió el idioma alemán a la perfección. También el latín, las matemáticas y la filosofía, y escribió obras como Phaedon, que lo convirtieron en una celebridad que llegó a codearse con los intelectuales alemanes gentiles. A Mendelssohn se lo conoce como “el Sócrates alemán”. El caso de Mendelssohn era una revolución. La primera vez que un judío era reconocido y aceptado públicamente en el mundo filosófico y cultural alemán.

¿Cómo logró Mendelssohn ser aceptado por los alemanes?

Aunque nunca se convirtió al cristianismo, a pesar de sufrir enormes presiones, Mendelssohn hizo muchísimas concesiones religiosas y represeento al jduaismo desde un outno de vista de etcia unievrala, dspsojado de su “riytaules” .

Su adaptación religiosa a la sociedad gentil despertó una nueva idea entre los judíos de su generación: si un judío se secularizaba, las puertas hacia la “normalidad” y la aceptación se abrirían mágicamente.

Y así comenzó el experimento de asimilación judía más grande, ambicioso y más trágico de toda la historia de la diáspora.
Decenas de Miles de judíos siguieron el camino trazado por Mendelssohn y no pararon allí.

Abandonaron progresivamente la observancia, reinterpretaron la Torá y la adaptaron a la sociedad gentil, descartando los preceptos rituales y conservando solo aquellas normas “éticas” que no marcaban ninguna diferencia entre judíos y gentiles. Por primera vez, el judaísmo fue despojado de la observancia y convertido en una moralidad civil sin identificadores religiosos.

Y no terminó allí. También tenían que dar en claro que no practicaban una doble lealtad política. Así que renunciaron a la tierra de Israel y a la idea de pueblo judío. En 1845, en Frankfurt, un grupo de rabinos reformistas liderados por Samuel Holdheim proclamaron oficialmente que ya no se consideraban judíos alemanes, sino alemanes de fe mosaica. Renunciaron a cualquier reclamo o esperanza de retorno a Sion, porque Berlín era su nueva Jerusalem. Y afirmaron con orgullo que su única lealtad era, , literalmente, hacia su amada madre patria, Alemania.

Los judíos alemanes se integraron a las universidades, los conservatorios y hasta el parlamento. Se destacaron en música, medicina, ciencia, literatura, teatro. Muchos, incluyendo a los propios hijos de Mendelssohn, se convirtieron al cristianismo —no por oportunismo, sino por idealismo. Confiaban en que la razón, el progreso y el humanismo del alemán promedio acabarían con la idea del judío como “el otro” y los normalizarían.

Durante un tiempo, este experimento parecía funcionar. Alemania no solo toleraba a sus judíos: los admiraba. A principios del siglo XX, representaban menos del 1% de la población, pero tenían una presencia desproporcionadamente grande en todas las esferas culturales y académicas.

En la Primera Guerra Mundial, entre 1915 y 1918, cerca de 100,000 judíos, desesperados por demostrar su lealtad y patriotismo, lucharon por el káiser, y 12,000 murieron en combate. ¿Qué más podían hacer para probar su lealtad?

Pero en 1933, todo eso desapareció. Con el ascenso de Hitler al poder, todos esos logros fueron borrados. No importaba si no era ortodoxo sino reformista, o si no comía kasher o si iba a la ópera, si descendía de dos generaciones de conversos al cristianismo o si daba clases en la Universidad de Berlín. Todos fueron denigrados, despojados, perseguidos, deportados y asesinados.

Y ahí está la paradoja más cruel de todas. Los judíos alemanes creían haber encontrado el equilibrio perfecto: una identidad judía light, diluida, simbólica… y una ciudadanía alemana plena. Pero fueron traicionados. No por su diferencia, sino por su semejanza.

Como sugiere Elon, no fue la religiosidad la que despertó el antisemitismo. Fue la integración, el éxito y la visibilidad de esos judíos que, literalmente, quisieron ser más alemanes que los alemanes.

La asimilación fue un boomerang. Los judíos asimilados no fueron el “daño colateral” de la persecución de los judíos religiosos. La envidia y el resentimiento estaban dirigidos principalmente a los más asimilados.

Aquella experiencia de hace 40 años en mi primer Bar Mitsvá en Chalom ya la había olvidado. Pero cuando empecé a leer este libro, ese encuentro me volvió a la memoria. Y así, sin querer, encontré un closure, un cierre emocional de ese argumento que quedó dormido en mi mente por tantos años.

No fue la fidelidad a la Torá lo que nos puso en más peligro: fue su abandono —y la fantasía de la normalización— lo que nos dejó sin anclas cuando llegó la tormenta.




¿Qué hago cuando los demás hablan mal de alguien?

Estás sentado en la mesa de una fiesta o en una recepción cuando, de repente, las personas a tu alrededor comienzan a hablar mal de alguien. En el judaísmo, hablar negativamente de otras personas es una transgresión muy grave conocida como Lashón Hará — literalmente, “la lengua del mal.”

Tu primer impulso es correcto: no voy a decir ni una palabra. Pero el problema es que escuchar Lashón Hará es tan grave como hablarlo — porque al escuchar en silencio, estás dando tu aprobación tácita. Es más: algunos consideran que escuchar es incluso peor que hablar, ya que le estás brindando una audiencia al que habla, alentándolo a continuar.

¿Cómo salir de esta situación sin cometer una transgresión?


Tienes varias opciones, en orden de preferencia:

1. Intervenir respetuosamente

La primera opción — y la más valiente — es recordarles a quienes están hablando que el Lashón Hará es una prohibición seria de la Torá, y pedirles con respeto que cambien el tema. Esto debe hacerse con calma y sin arrogancia, de manera que no genere una confrontación innecesaria. No siempre es fácil, pero cuando se hace con tacto, puede ser muy efectivo — y transforma un momento incómodo en una oportunidad de enseñanza.

2. Levantarse y retirarse

Si estás seguro de que tus palabras no serán escuchadas — que la conversación continuará de todas formas — entonces la opción correcta es levantarte cortésmente y alejarte de la mesa. No hace falta dar explicaciones elaboradas. Una disculpa breve y natural es suficiente. Alejarte físicamente de la conversación es una forma clara y honesta de no participar en ella.

3. Permanecer, pero sin aprobar

Si levantarte resulta imposible por alguna razón — ya sea por el contexto social, por no querer ofender al anfitrión, o por cualquier otra circunstancia — entonces debes prepararte mentalmente para no ser cómplice de lo que se está diciendo. Para ello, es indispensable cumplir con dos condiciones:

Primera: haz un esfuerzo real por no prestar atención al contenido de la conversación. Y si algo llega a tus oídos, decide con firmeza en tu mente que no le darás crédito a ningún comentario negativo sobre ninguna persona. Lo que escuchas en ese momento no constituye evidencia de nada.

Segunda: cuida tu expresión facial. Tu rostro no debe transmitir ninguna señal de aprobación — ni una sonrisa, ni un gesto de asentimiento, ni una mirada cómplice. Si es posible, que tu expresión transmita claramente la incomodidad que sientes con la situación. A veces, un gesto de desaprobación silencioso dice más que mil palabras.


Una distinción importante

Todo lo anterior aplica cuando uno está sentado inocentemente en su lugar y la conversación de Lashón Hará surge a su alrededor de manera inesperada. Esa es una situación en la que uno se encuentra atrapado sin haberlo buscado.

Pero hay una situación muy diferente: la de quien pasa por un lugar, escucha casualmente que se está hablando mal de alguien — y en lugar de seguir caminando, se detiene a escuchar. En ese caso, aunque no diga una sola palabra y aunque no apruebe lo que se está diciendo, su detención deliberada ya constituye una transgresión voluntaria. Nadie lo obligó a quedarse. Tuvo la opción de alejarse — y eligió no hacerlo.


La próxima vez que te encuentres en una de estas situaciones, recuerda que tienes opciones. Y que la más sencilla de todas — levantarte y alejarte — suele ser también la más sabia. 🙏




LA SHOAH QUE NO FUE: Cuando los nazis intentaron destruir Israel, en 1942

“Doscientos Días de Terror” es el nombre con el que se conoce a un período de la historia de la comunidad judía en la Tierra de Israel durante la Segunda Guerra Mundial. Este período se extendió desde la primavera de 1942 hasta el 3 de noviembre de ese mismo año, cuando las unidades del ejército alemán bajo el mando del General Erwin Rommel avanzaban hacia el este, en dirección al Canal de Suez, desde el norte de África.

LOS PLANES DE LOS NAZIS

En abril de 1942, la unidad del ejército alemán Afrika Korps bajo el mando del general Erwin Rommel comenzó a avanzar en el norte de África hacia el Canal de Suez en Egipto. El terror se apoderó del “Yishub”. Parecía que después de las grandes victorias de los nazis en el norte de África, no había fuerza que pudiera detenerlos. Si llegaban al Canal de Suez, el camino hacia la Tierra de Israel estaría abierto para ellos. En ese momento, el exterminio de los judíos europeos estaba en pleno apogeo, y las noticias al respecto comenzaron a infiltrarse en los líderes del Yishub. Existía la certeza de que si los alemanes llegaban exterminarían a todos los judíos de la Tierra de Israel: hombres, mujeres y niños, como lo habían hecho en Europa. Y no estaban equivocados…

Los alemanes establecieron una unidad especial en Egipto: Einsatzgruppe Egypt, compuesta por 24 soldados de las SS bajo el mando de Walter Rauf. Rauf era el infame inventor de los camiones de la muerte, que tenían los gases de escape conectados al recinto interior sellado del vehículo, en el que las víctimas —que ingresaban pensando que serían transportadas— morían al inhalar los gases tóxicos. Los camiones de la muerte ya estaban esperando en Egipto.

Se suponía que el exterminio de los 500.000 judíos en Israel se llevaría a cabo por los mismos medios y métodos con los que se perpetró el asesinato de los judíos europeos. Y los alemanes aprovecharían la ayuda de la población local árabe para llevar a cabo el asesinato sistemático de los judíos, bajo la guía y el mando de ese pequeño equipo alemán. Este plan se correspondía con la promesa que los alemanes le habían hecho al líder de los árabes palestinos y amigo de Hitler: Haj Amin al-Husseini, que se encontraba exiliado en Berlín. Muchos árabes esperaban la llegada de los ejércitos de Hitler, a quien llamaban “Abu Ali”, con la esperanza de que los alemanes derrotaran a los británicos y así ellos podrían exterminar a los judíos.

LOS PLANES DE LOS JUDÍOS

El 17 de abril de 1942, el jefe del departamento político de la Agencia Judía, Moshe Sharet, se dirigió al General Claude Auchinleck, comandante del Octavo Ejército Británico, con las siguientes palabras: «No hay duda de que si los nazis invaden la Tierra de Israel, todos los judíos de esta tierra seremos asesinados. El exterminio de la raza judía es una premisa básica de la ideología nazi. Las noticias oficiales publicadas recientemente indican que esta política se está implementando con una crueldad que no se puede describir con palabras. Cientos de miles de judíos perecieron en Polonia, los países balcánicos, Rumanía y en todos los distritos invadidos por los alemanes en la Unión Soviética, como resultado de las ejecuciones en masa, las deportaciones forzosas y la propagación del hambre y la enfermedad en guetos y campos de concentración. Hay razón para temer que una destrucción mucho más rápida caerá sobre los judíos de Israel si caemos en manos de los nazis.»

RENDIRSE

Algunos judíos, con mucha ingenuidad, proponían hacer lo que hicieron otras naciones ocupadas en Europa: rendirse a los nazis y tratar de llegar a algún acuerdo con ellos. Esta ingenuidad se basaba en la creencia de que “los nazis que llegarían a Israel no tratarían a los judíos locales como trataron a los judíos de Polonia y Alemania. Primero, porque no habían perturbado a nadie en Europa, y aparte porque los judíos de Israel no eran empresarios exitosos sino judíos sencillos, dedicados al trabajo… así que tendrán más respeto por estos judíos”. También advertían que resistirse y pelear podría provocar o aumentar el odio de los alemanes hacia los judíos, y que “quizás con la reconciliación y el esfuerzo lograremos más”. Estas ideas fueron criticadas por aumentar el derrotismo y disuadir a los judíos de luchar por sus vidas.

En la práctica, se intentó algún arreglo diplomático del lado de los británicos: el plan era solicitar que se otorgara a los judíos de Israel —que en ese entonces estaba bajo el Mandato Británico— el estatus de “prisioneros de guerra ingleses” si fuesen capturados, gozando de los mismos derechos que los prisioneros británicos. También se pedía, por vía diplomática, que los ingleses amenazaran a los nazis con que, si exterminaban a los judíos, los británicos también matarían a los prisioneros alemanes en su posesión. Estas ideas terminaron siendo una fantasía, ya que Inglaterra nunca accedió a otorgar ninguno de esos derechos a los judíos de Israel.

Es más, los británicos se prepararon para la posibilidad de verse obligados a evacuar la Tierra de Israel y retirarse hacia el este —Irak e India—. Estos planes de evacuación no incluían a los judíos de la Tierra de Israel. Si los alemanes invadían Israel, los judíos tendrían que enfrentarse solos a ellos, sin la ayuda del ejército británico.

El Yishub —así se llamaba al asentamiento judío antes de que se declarara la independencia de Israel en 1948— contaba con unos 500.000 judíos. Yitzjak Tabenkin, quien más adelante fue miembro de la Knéset de Israel, dijo:

«No tenemos más remedio que pelear esta guerra con todas las fuerzas que tenemos. … debemos defender este Yishub y nuestra bandera con uniforme o sin uniforme… si nuestro espíritu está en nosotros, nos apoyaremos en él con todas nuestras fuerzas, o también caeremos con todas nuestras fuerzas. Estamos listos para mantenernos de pie y listos para el sacrificio. No venceremos a las fuerzas del enemigo con fatalismo, sino con mucha responsabilidad. No hay alternativa…»

ESCONDERSE

Muchos judíos trataron de esconderse, o al menos esconder a los niños, en iglesias, monasterios y hospicios europeos —incluso alemanes— que había en Israel, especialmente en Jerusalem, o contactar a árabes amistosos dispuestos a recibir una recompensa material para ocultar a los niños judíos hasta que terminase la guerra.

Había diferencias de opinión en caso de que el país cayera en manos de los alemanes. Por un lado, estaba la posición pragmática de David Ben-Gurion, quien insistía en que los soldados improvisados del Yishub no podrían vencer al ejército de Hitler, no podrían lograr lo que no habían logrado los franceses, los holandeses y todos los países europeos derrotados por los nazis. En opinión de Ben-Gurion, ante una invasión alemana y una retirada británica, las fuerzas de combate de la Haganá y el liderazgo del Yishub deberían tratar de integrarse al ejército británico, retirarse a la India y regresar a Israel cuando cambiase el rumbo de la guerra.

LUCHAR HASTA LA MUERTE

En el extremo opuesto estaba la postura más nacionalista expresada por Yitzjak Tabenkin, quien dijo: «…tenemos que quedarnos aquí hasta el final, por nuestro futuro, por respeto a nosotros mismos y por lealtad a nuestra historia». Esta segunda posición proponía concentrar a toda la población judía en el área de Haifa y Galilea, trasladarse allí cuando los británicos se retirasen del país, y luchar hasta el último hombre. Haifa y la cadena de montañas del Carmel están en un área que brinda la oportunidad de resistir y rechazar al invasor, que se trasladaba en fuerzas blindadas pesadas y tendría dificultades para moverse en esa zona montañosa. El plan de Tabenkin fue denominado la “Masada del Carmel”. Según este plan, la población judía civil se protegería en esos enclaves mientras los comandos y las unidades de guerrilla saldrían a atacar para contener el avance del enemigo.

Los miembros de la organización militar “Etzel” concibieron un plan similar, pero con un simbolismo más significativo: en caso de que los alemanes invadieran Israel, los judíos se refugiarían en la Ciudad Vieja de Jerusalem, fortificándose dentro de las murallas y librando desde allí la batalla “final”. Y antes del final, ¡declararían con mucho orgullo y patriotismo la soberanía judía sobre el Monte del Templo (Har-HaBayit) en Jerusalem!

Para los líderes de estos planes —ya fuera en Haifa o en Jerusalem— estaba claro que si los alemanes llegaban, podrían quizás retrasar el avance del invasor, pero el terrible final de la población civil era inevitable. El mismo nombre, “Masada del Carmel”, expresaba la creencia de que no había ninguna posibilidad de que el asentamiento judío pudiera sobrevivir si los alemanes invadían Israel. Recordemos que Masada, o Metsadá, es el nombre de uno de los últimos refugios de los judíos que se resistieron al ejército romano en el siglo I, y que cuando vieron que el enemigo no podía ser detenido, procedieron al suicidio colectivo.

VICTORIA PROVIDENCIAL

El 1 de julio de 1942, los británicos lograron frenar el avance de Rommel a 180 kilómetros del Canal de Suez. Allí establecieron una nueva línea de defensa y nombraron un nuevo comandante, el general Bernard Montgomery, quien ordenó cancelar todos los planes de retirada británicos de Israel y prepararse para enfrentar frontalmente a los alemanes en Egipto. Ambos bandos sabían que esa batalla sería decisiva para el destino de Oriente Medio.

Y gracias a Dios, luego de meses de una durísima batalla, el 3 de noviembre de 1942, las fuerzas de Montgomery lanzaron el ataque final y derrotaron a las fuerzas de Rommel en la Batalla de El-Alamein, en Egipto.

Este triunfo fue uno de los puntos de inflexión decisivos para la victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial, y significó el final de los doscientos días de terror que experimentó la joven colonia de Israel en los tiempos de la Shoah.




TAZRIA-METSORA: ¿Cómo mejorar tu calidad de vida?

Este Shabat leeremos dos secciones de la Torá: Tazriá y Metzorá. Uno de los temas más discutidos en estas dos parashiot es el del tzara’at — una afección de la piel generalmente asociada con la lepra. Una vez diagnosticada, se procedía a aislar al individuo y ponerlo en cuarentena hasta su curación.

Los Sabios dedujeron, del caso de Miriam — la hermana de Moshé, quien hizo un comentario negativo sobre él y contrajo el tzara’at — que existe una relación entre esta enfermedad y el hábito de hablar mal de otras personas, lo que se conoce como Lashón Hará. Así como una persona enferma debe estar en cuarentena para no contagiar a los demás, quienes se entregan a la adicción del chisme y el discurso destructivo deben ser, de alguna manera, “aislados” — para que su proceder no se “contagie” y su ejemplo no llegue a normalizarse en la sociedad judía.

Presentamos aquí una breve reflexión sobre una de las maneras más eficaces de evitar el Lashón Hará, de acuerdo a las enseñanzas de Pirké Abot:

והוי דן את כל האדם לכף זכות

“Yehoshúa ben Perajia solía decir: hazte un maestro, adquiere un amigo, y juzga a los demás con el beneficio de la duda.”


Una mitzvá de la Torá

Juzgar a los demás con el beneficio de la duda no es simplemente una actitud noble o una buena costumbre — es una mitzvá de la Torá. En Vayikrá 19:15 está escrito: betzédeq tishpot amitekha — “con justicia juzgarás a tu prójimo.” Los Jajamim explicaron este precepto de la siguiente manera.

Existen tres categorías de personas. Primero, el tsadik — el hombre justo, aquel cuyo historial de buenas acciones es impecable. Estas personas, que son casi más ángeles que humanos, no son la mayoría: representan quizás entre el 1% y el 5% de la población. En el extremo opuesto encontramos a los verdaderamente malvados — los resha’im — individuos egoístas, de malas intenciones y con un historial que los condena. Son también una minoría: probablemente no más del 4% o 5% de la población total (el libro The Sociopath Next Door sostiene que los sociópatas constituyen aproximadamente el 4% de la población). Y luego está la gran mayoría: las personas promedio — todos nosotros — que en general tenemos intenciones nobles, hacemos cosas buenas, pero también tenemos nuestros defectos. A veces actuamos con generosidad y a veces con egoísmo. Esta mayoría silenciosa representa alrededor del 90% de la humanidad.

La Torá nos enseña a relacionarnos con cada una de estas categorías de manera distinta.

Al tsadik — al hombre justo — hay que juzgarlo con indulgencia siempre. Incluso cuando no estés seguro si actuó bien o mal, incluso cuando percibas una situación sospechosa sin tener todas las evidencias: no lo condenes en tu corazón. Juzga su conducta de manera positiva y generosa.

Al malvado — al que ya tiene un historial de actuar con maldad deliberada — no puedes otorgarle el beneficio de la duda sin más, mientras no haya dado señales claras de arrepentimiento. Su proceder puede afectarte, y la prudencia aquí no es cinismo sino autoprotección legítima.

¿Y qué pasa con la persona promedio — la gran mayoría de nuestros amigos, familiares y conocidos? Aquí la Torá nos sorprende con una instrucción extraordinaria: debes juzgar a la persona promedio como si fuera un tsadik. Es decir, otórgale el beneficio de la duda a menos que tengas evidencias claras y concretas de lo contrario. Así leída, la mitzvá de “juzgarás a tu prójimo con justicia” significa en la práctica: “juzgarás a la gran mayoría de las personas con la misma generosidad con la que juzgas al justo.”


¿Por qué vale la pena practicar esta mitzvá?

Las razones son poderosas.

La primera es teológica: “Con la misma vara que juzgamos a los demás, seremos juzgados por ה׳.” ¿Cómo queremos ser juzgados por el Juez Supremo al final de nuestros días? Seguramente esperamos que encuentre atenuantes para nuestros errores, que nos juzgue con indulgencia y no con severidad. Los Jajamim enseñan que ה׳ nos tratará con la misma medida que nosotros usamos para tratar a los demás. Si aprendemos a juzgar a las personas con generosidad, así seremos juzgados por Él.

La segunda razón es social: nuestras actitudes se reflejan en quienes nos rodean. Las personas tienden a tratar a los demás como son tratadas. Si quieres que tus amigos, familiares y conocidos te otorguen a ti el beneficio de la duda — que no se apresuren a sospechar de ti, que no te condenen antes de tener toda la información — entonces empieza por otorgárselo tú a ellos.

La tercera razón — y quizás la más práctica — es que juzgar con el beneficio de la duda es el mejor antídoto contra el Lashón Hará. Hablamos mal de otras personas porque primero pensamos mal de ellas. Muchas veces escuchamos un comentario destructivo sobre alguien y simplemente lo creemos y lo repetimos — sin tener evidencias, sin conocer toda la historia, sin haber escuchado todas las versiones. Si cultivamos el hábito de buscar una explicación favorable antes de condenar, nos volveremos naturalmente más cuidadosos: no escucharemos con ligereza, no creeremos con precipitación y, sobre todo, no repetiremos comentarios negativos sobre los demás.

El resultado es doble: evitamos el Lashón Hará, y nuestra calidad de vida — y la de quienes nos rodean — se vuelve infinitamente más positiva.




Sandwich de atún y mayonesa

El vuelo a Shanghai

Fabián, más allá de ser un experto mundial en informática telefónica, es un joven   judío que, a pesar de no usar Kippá, tiene un compromiso religioso total con Shabbat y Kashrut. Su empresa lo sabe y lo deja libre los sábados y las festividades, y la secretaria de la empresa siempre se preocupa de encargarle comidas Kosher en vuelos y hoteles. Pero por las dudas, Fabián lleva consigo sándwiches de atún envueltos en papel de aluminio, que antes le preparaba su mamá y ahora los prepara Leah.

Hace algunos años, en uno de esos innumerables viajes, abordó en Nueva York un avión rumbo a Shanghai. Fabián descubrió que la aerolínea había cometido un error: no le subieron la comida kosher para él. Resignado, sacó su paquetito con papel de aluminio, que desentonaba totalmente en business class. En ese preciso instante, una agradable chica que estaba sentada detrás, Leah, notó la situación y se dio cuenta de que ella no había sido la única que se había quedado sin Kosher. Sin dudarlo, le ofreció compartir sus frutas. Fabián le ofreció uno de sus sándwiches. Y luego de compartir ese largo viaje juntos, se prometieron volver a verse. Y así, lo que comenzó como una comida accidental en un vuelo se transformó en una propuesta de matrimonio y en la formación de una hermosa familia judía, “por culpa” de un simple sándwich de atún.

La conferencia en Suiza

En otro de sus viajes, Fabián asistió a un congreso en Suiza organizado por su empresa. El evento culminó en un lujoso restaurante, donde cientos de empleados de distintos países se deleitaban con manjares como caviar y buey Wagyu. A pesar de que la empresa usualmente es muy considerada, ese día olvidaron solicitar una vianda kosher para Fabián. Sin hacer alarde y con discreción, Fabián no probó nada. Y a la hora de los postres, Fabián sacó su fiel sándwich de atún que le había preparado Leah y lo disfrutó en un discreto rincón del amplio salón.

Lo que Fabián no esperaba es que el fundador y CEO de la empresa lo estuviera observando. Tras la cena, se acercó a Fabián no solo para disculparse por el error con su comida, sino también para ofrecerle un ascenso a un puesto ejecutivo de mayor prestigio. Fabián, sorprendido, pensó que el dueño estaba siendo excesivamente cortés con él por la omisión de la comida Kosher. Sin embargo, el magnate le aclaró: “No busco compensarte por una comida. Busco tener en mi equipo a alguien que, incluso en los detalles más pequeños, muestre convicción y personalidad. Tu lealtad y tu compromiso con tus principios son admirables, y eso es lo que nuestra empresa necesita en sus líderes. Creo que encontré a la persona indicada”.

Moraleja

No todas las historias de observancia de Kashrut terminan así: el 99% de casos, como los que mencionamos , cuidar Kasher es sacrificado y no siempre acompañado de una gratificación inmediata o recompensa. Pero lo que rescato de estas historias de vida reales es que el Kashrut va más allá de una dieta. Kashrut es identidad. Es lo que hace que personas judías se conecten y se conozcan en los lugares más remotos del mundo. Y además, la observancia de Kashrut es un ejemplo de convicción en un mundo donde lo que prima es la conveniencia. En la conferencia de Zúrich, Fabián no era el único judío presente. Pero era el único judío absolutamente leal a sus principios religiosos, en una actividad que a veces es la más mundana y otras veces la más importante en el plano social: el acto de comer.

 

Rab Yosef Bittón




Resumen de la Parasha SHEMINI

La revelación divina en el Mishkán

Moshé reúne a todos los judíos en el Mishkán, o Tabernáculo, para que estén presentes cuando la Presencia Divina se revele en el Santuario ese mismo día. Aharón, el hermano de Moshé y Sumo Sacerdote, ofrece varios sacrificios en preparación para este evento. Después de concluir los sacrificios, Aharón bendice al pueblo con la bendición sacerdotal (Birkat Cohanim). Moshé se une a Aharón y juntos bendicen nuevamente al pueblo de Israel, tras lo cual la Presencia Divina se percibe visiblemente sobre el Tabernáculo. ¿Cómo? Un fuego celestial (¿o rayo de luz?) desciende y consume las ofrendas que estaban sobre el altar. El pueblo estalla de emoción al percibir por parte del Todopoderoso esta señal de aceptación de los sacrificios ofrecidos.

La tragedia de los hijos de Aharón

Los dos hijos mayores de Aharón, Nadab y Abihú, traen una ofrenda de incienso o en hebreo quetoret que no había sido sancionada ni autorizada por Dios, y un fuego celestial los consume. Moshé ordena la remoción de sus cuerpos del Tabernáculo e instruye a Aharón y sus dos hijos restantes a no observar las leyes tradicionales del duelo, ya que tenían que continuar sirviendo en el Santuario. Se instruye a los sacerdotes que no beban vino antes de realizar el servicio del templo, aludiendo –segun algunas interpretaciones– a que posiblemente Nadab y Abihú habían participado del servicio Divino embriagados. Moshé se dirige a Aharón y a sus dos hijos, y les dice que deben consumir las ofrendas de ese día, a pesar de la muerte de sus familiares.

Moshé se da cuenta de que una de las ofrendas había sido quemada, en lugar de ser consumida. Cuando expresa su sorpresa, Aharón le explica su razonamiento para ordenar que se queme esa ofrenda en particular, y Moshé humildemente acepta la explicación de Aharón.

La dieta de los judíos

La Torá nos instruye acerca del Kashrut, es decir, la dieta alimenticia que debe observar el pueblo judío. La Torá menciona cómo distinguir las especies de animales, peces y aves que son puras de las que son impuras. Los animales terrestres puros (tahor) son rumiantes y  tienen sus patas hendidas, divididas en dos, como por ejemplo las vacas, ovejas y cabras. La Torá enumera cuatro animales excepcionales que tienen solo una de estas características y que por lo tanto no son puros, como por ejemplo, el cerdo, que tiene pezuñas o  patas hendidas pero no es rumiante.

Los peces para ser Kasher deben tener aletas y escamas. La Torá luego menciona una lista de especies de aves impuras, no kosher, y al final también menciona ciertos tipos de langostas (no se refiere a langostas marinas sino a 4 especies de ortópteros) que son consideradas aptas para el consumo.

Pureza y santidad

Se discute la impureza ritual causada por entrar en contacto con el cadáver de un animal impuro, o ciertas especies de roedores y criaturas anfibias. La Torá también indica que los alimentos puros y los utensilios que se usan para comer están expuestos a contraer impurezas rituales si entran en contacto con cualquiera de los animales impuros mencionados anteriormente. Asimismo, se describe la impureza que se puede contraer al entrar en contacto con el cadáver de un animal que, si bien es puro, no fue sacrificado ritualmente (nebelá o terefá). Insectos y reptiles no son aptos para el consumo. La Torá explica que al observar la dieta alimenticia del Kashrut seremos considerados “santos”, es decir, separados social y culturalmente de los pueblos y prácticas paganas. La santidad que se adquiere al abstenerse de consumir los alimentos prohibidos también se relaciona con el control de los impulsos y la autodisciplina.




El Himno Nacional Judío

Todas las naciones del mundo tienen sus himnos. Se entonan en ceremonias solemnes, celebraciones patrióticas o competencias deportivas. Cada himno tiene su propio estilo y mensaje, pero la mayoría comparten un tema central: la libertad. Esto es especialmente cierto en aquellos países que se liberaron de monarquías tiránicas. En Estados Unidos se canta a “la tierra de los libres”. El himno argentino inicia con un poderoso “¡Libertad, libertad, libertad!”. El de Francia proclama: “Liberté, liberté chérie, combats avec tes défenseurs” (Libertad, libertad querida, combate junto a tus defensores). Y el de Uruguay afirma: “Libertad o con gloria morir”.

Pero miles de años antes de que estos himnos fueran compuestos, el pueblo judío ya tenía el suyo. Un cántico que surgió espontáneamente de un pueblo que acababa de ser liberado de la esclavitud: Shirat Hayam.

El canto de la libertad

En el séptimo día de Pésaj conmemoramos el milagroso cruce del mar. En ese momento, al ver a sus opresores derrotados y sus cuerpos sin vida en la orilla, el pueblo de Israel se inspiró (shareta alehem ruaj haqodesh) y rompió en un canto colectivo. No fue una plegaria individual ni un poema escrito por un líder carismático. Fue una expresión nacional espontánea en la que, irónicamente, cada uno pronunciaba individualmente las mismas palabras: “Ashirá laShem ki gaó gaá” – “Cantaré a Hashem, pues [he visto que] se ha engrandecido por encima de los soberbios”.

Este es el primer cántico del pueblo judío como nación libre. No solo canta la victoria sobre el enemigo, sino que celebra la libertad recién obtenida —lo que en hebreo se llama gueulá o yeshuá — de una manera muy especial. Veamos.

La cultura judía

Shirat Hayam no glorifica generales ni celebra estrategas militares. La victoria no se atribuye a un ejército ni a un líder humano. Tal como afirmamos en la Hagadá de Pésaj: “Ani velo malaj” – fue Dios mismo quien intervino directamente en la salida de Egipto. Y lo mismo ocurrió en la apertura del mar.

Este himno es una declaración de Emuná, reconociendo que solo Hashem es el responsable de la salvación del pueblo. Es un acto de atribución total: el poder de redimir y liberar pertenece exclusivamente a Dios.

Además, anticipa el impacto que esta intervención Divina tendrá en las naciones de Canaán, a quienes pronto los judíos deberán enfrentar y conquistar. El canto afirma que los pueblos de Canaán —e incluso los invasores que tratan de llegar desde el mar— oirán sobre este milagro, reconocerán la mano de Hashem, temblarán y se rendirán ante el poder de Dios, como ocurrió con Rajab en Yerijó. Este hermoso canto no solo narra el pasado, sino que también proyecta el futuro.

Elecciones libres

La culminación del himno no es menos extraordinaria. Es una proclamación sin precedentes: “Hashem imlokh leolam va’ed” – “Hashem reinará por siempre jamás”.

Esta declaración significa que, al quedar libres del Faraón, el pueblo judío elige por voluntad propia a HaShem como su único Rey.

Los judíos no pasamos de la esclavitud al caos ni a la anarquía. En el mismo instante en que proclamamos el fin de la opresión, aceptamos —más bien, requerimos — que Dios sea nuestro Soberano, y nos comprometemos a servir y obedecer únicamente al Creador.

Es una elección absolutamente libre, espiritual ¡y política! No hay en la historia universal —ni en la literatura humana— un momento tan cargado de solemnidad y compromiso.

El himno nacional

Shirat Hayam tiene todos los elementos de un himno nacional, y mucho más:

  • Nace en el instante mismo de la liberación.
  • Une a toda la nación en un mismo canto, con un mismo contenido.
  • Celebra la victoria, proclama la libertad y proyecta el futuro, con atribución total a Dios.
  • Reafirma los valores nacionales del pueblo: Emuná y sumisión a Dios.

Shirat Hayam es un cántico nacido de la ruptura de las cadenas de la esclavitud, que se eleva hacia la aceptación de Dios como única autoridad legítima.

Y, como todo himno nacional, se repite y se recuerda. En este caso, todos los días. Shirat Hayam forma parte de nuestra Tefilá matinal. Y en el séptimo día de Pésaj, se recita con especial solemnidad, evocando el cruce del mar.

¿Cómo recitar Shirat Hayam?

En la comunidad de Agudat Dodim de Buenos Aires, el séptimo día de Pésaj se vivía de una manera única. Recuerdo al señor David Soae z”l, cuya energía contagiosa llenaba el Kinis en las primeras luces del amanecer. Su intención era clara: hacernos sentir como si realmente estuviéramos cruzando el mar. Con gestos decididos nos invitaba a entrar al agua y a sentir los pies mojados. Entonces, don David se arremangaba los pantalones con solemnidad y, con una expresión de asombro en el rostro, y elevando sus manos, fingía ver el mar abrirse ante sus ojos. Daba unos pasos hacia adelante, como caminando con enorme sorpresa sobre el lecho seco del océano, y miraba a su derecha y a su izquierda las columnas transparentes del mar y nos mostraba a los peces, a los tiburones y a las ballenas nadando a su lado, como si estuviera en un enorme acuario submarino. Y señalaba con su índice diciendo “Ze Eli ve-anvehu” y afirmaba que todos los presentes —incluso hasta los niños en el vientre materno– podían identificar en ese momento y en ese lugar la Presencia de Boré Olam.

Transportados al Yam Suf por su teatralizada visualización, cantábamos la Shirá con una alegría desbordante, y quienes se concentraban con verdadera kavaná sentíamos “físicamente” la brisa marina en nuestras caras y el olor salado del mar. 🙂

JAG SAMEAJ

Rab Yosef Bitton

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¿Y Hatikva?

Una nota importante: Hatikva, el himno nacional moderno del Estado de Israel, también expresa un poderoso mensaje. No habla de la libertad sino del anhelo y la esperanza milenaria del pueblo judío de regresar a Israel y a su capital Yerushalayim, y vivir allí como nación libre (am jofshi) y soberana: que es una de las características de los tiempos mesiánicos.




ULTIMOS PREPARATIVOS PARA LA VISPERA DE PÉSAJ

Ereb Pésaj – 

Antes de que comience Pésaj, debemos asegurarnos de que no quede ningún comestible jametz en nuestros hogares.

Jametz son alimentos o bebidas (para humanos o para mascotas) hechos de, o que contienen algún elemento proveniente de, los cinco granos: trigo, cebada, avena, centeno y espelta. Como pan, torta, pasta, galletas y muchas bebidas alcohólicas como cerveza, whisky, vodka, etc.

La Torá enseña que durante Pésaj el jametz no puede ser comido y tampoco puede estar en nuestra posesión.

Los Rabinos también enseñaron que debemos sacar físicamente todo jametz comestible de nuestras propiedades. Esto incluye nuestras casas, autos, oficinas o cualquier otro lugar.

Por eso, antes de Pésaj limpiamos cuidadosamente nuestros hogares y sacamos de allí todos los productos jametz.

🔍 Martes 31 de marzo (por la noche)

Bedikat Jametz – Búsqueda del Jametz

La noche anterior a Ereb Pésaj, es decir, hoy martes 31 de marzo por la noche, realizamos la Bedikat Jametz, la búsqueda final del jametz.

Usando una linterna 🔦, revisamos cuidadosamente los lugares donde podría haber comida. (Antiguamente se usaban velas 🕯️, pero hoy muchos rabinos recomiendan usar linterna por temor a incendios).

📍 Lugares a revisar con mucho cuidado:
🍪 cocina
🧺 despensa
🧊 refrigerador y freezer
🛋 comedor
🚗 auto
🎒 mochilas, bolsos, bolsillos

Durante la búsqueda, buscamos principalmente jametz real, como:

🍪 galletas
🍫 dulces y snacks
🥨 crackers
🥣 cereales
🍺 bebidas hechas de granos
🥤 preparados líquidos, como protein shakes o multivitaminas
🐶 comida para mascotas (muchas contienen jametz y no se pueden usar ni dejar en Pésaj)

¿Qué es Se’or?

🫙 El se’or es la levadura o masa madre usada para hacer pan (ver aquí: https://tourdesabores.com/recetas/masa-madre-levadura-natural/)

Es un aditivo que no se come directamente, sino que se conserva en la casa (puede durar años) y se usa cada vez que uno quiere preparar pan casero (sourdough, en inglés).

La Torá prohíbe usar o mantener el se’or durante Pésaj. Por eso también debe ser sacado de la casa, y se tira o se regala antes de la festividad.

¿Qué NO es Jametz?

Algunos productos no se consideran jametz porque no son comida, incluso si contienen derivados de granos.

Por ejemplo:
🧴 cosméticos
🧽 productos de limpieza
💊 medicamentos en forma de pastillas duras, que se tragan

Estos pueden permanecer en nuestra posesión durante Pésaj.

La Berajá

Antes de comenzar la búsqueda decimos:

Baruj Ata A-donay, E-lohenu Melekh ha’Olam, asher quiddeshanu be-mitsvotav ve-tsivanu al bi’ur jametz.

Traducción:
“Bendito eres Tú, HaShem nuestro Dios, Rey del universo, que nos santificó con Sus mandamientos y nos ordenó sacar el jametz [de nuestras casas].”

Bitul Jametz – Primera declaración

Después de la búsqueda, guardamos el jametz encontrado en un lugar seguro para sacarlo de la casa al día siguiente.

Luego recitamos el Bitul Jametz, declarando que cualquier comestible jametz que podamos no haber encontrado durante esta inspección, ya no nos pertenece:

Kal jamira deika birshuti dela haziteh vedela biarteh, libtil veleheve hefker ke’afra de’ar’a

Esto significa:
“Todo jametz o se’or que esté en mi posesión y que no vi ni saqué de la casa, que sea considerado sin dueño como el polvo de la tierra.”

📅 Miércoles 1 de abril (por la mañana)

Ereb Pésaj

Bi’ur Jametz – Sacar el Jametz de la casa

Después del desayuno reunimos:

• el jametz encontrado la noche anterior
• cualquier resto de jametz

Y lo sacamos de la casa.

📚 Tradicionalmente se quema 🔥, porque antiguamente la basura se eliminaba así.

Pero también se puede:

🗑️ tirarlo a la basura fuera de la casa
🐦 dárselo a los animales

Bitul Jametz – Declaración Final

Después de sacar o quemar el jametz, repetimos la declaración, esta vez más amplia:

כָּל חֲמִירָא דְּאִיכָּא בִרְשׁוּתִי

Transliteración:
Kol jamira de’ika birshuti dehaziteh u’dela haziteh…

Significado:
“Todo jametz que me pertenece, lo haya visto o no, lo haya sacado de mi casa o no, que sea considerado sin dueño como el polvo de la tierra.”

Se puede comer jametz hasta el final de la cuarta hora del día y sacarlo de la casa hasta el final de la quinta hora.

En nuestra comunidad UMJCA, todos los años fijamos la misma hora:

🍞 Se puede comer jametz solo hasta las 10:00 a.m.
🕚 Debe sacarse de la casa antes de las 11:00 a.m.

Para los horarios de otra ciudades y lugares de residencia ver aquí: https://www.myzmanim.com/search.aspx?lang=es

 

 

 

📚 רֶגַע שֶׁל עִבְרִית – Mini Ulpán

 

La raíz hebrea ב־ע־ר (BET–AYIN–RESH) es polisémica: tiene varios significados diferentes, que cambian según el contexto. Lo mismo ocurre con la raíz ע־ר־ב (AYIN–RESH–BET), que tiene las mismas letras y múltiples significados.

La palabra Bi’ur (בִּעוּר) en este contexto no significa  “quemar” o “anular” o “transformarlo en polvo de manera mágica”. Viene de la raíz בער, que significa sacar algo de un lugar por completo, sin dejar nada.

Ejemplos:

וּבִעַרְתָּ הָרָע מִקִּרְבֶּךָ
“Eliminarás el mal de tu interior”

O mucho más parecido:

בִּעַרְתִּי הַקֹּדֶשׁ מִן הַבָּיִת
“He sacado [por completo] todo lo sagrado de la casa (ma’aser, etc.)” (Devarim 26:13)

👉 Bi’ur Jametz = sacar completamente el jametz de la casa. 




Todo sobre la Matzá

1️⃣ ¿Qué es la Matzá?
🫓 La Matzá es un pan especial que comemos durante Pésaj.
Está hecha solamente con dos ingredientes:
🌾 harina de trigo
💧 agua

A diferencia del pan común, la masa de la matzá no tiene levadura (ni masa madre) y no se deja fermentar.
En cambio, la matzá queda plana, fina y crocante.

2️⃣ ¿Por qué comemos Matzá?

La Torá nos ordena comer matzá en la noche del Seder.
La Matzá nos recuerda dos momentos muy importantes de nuestra historia.

🏃 El Pan de la Libertad
En la noche de la salida de Egipto, el Faraón ordenó que el pueblo judío se fuera inmediatamente.
⏳ No hubo tiempo para esperar que el pan leude.

Esto nos recuerda que fue HaShem —y no un ejército, una revolución o un evento humano— quien nos dio la libertad.

El pueblo preparó una masa simple y la horneó enseguida. En lugar de pan, salieron de Egipto con Matzá.
🫓 Sus Matzot viajaron con ellos al desierto.

Por eso la Torá nos ordena comer Matzá cada año en el Seder: para recordar la noche en que fuimos liberados por HaShem.

🧱 El Pan de la Esclavitud
“Lejem Oni” — לֶחֶם עֹנִי — Pan de Pobreza

La Hagadá nos enseña que cuando los judíos eran esclavos en Egipto, comían Matzá todo el tiempo:
🍽 desayuno • 🍽 almuerzo • 🍽 cena

Para los egipcios, la Matzá era el pan más barato y simple para alimentar a los esclavos.

No tenía:
❌ levadura
❌ sal
❌ ingredientes especiales

Se la daban porque era barata, rápida de preparar (sin esperar que la masa crezca) y llenaba por mucho tiempo.

El pan egipcio era suave, esponjoso y rico, pero los esclavos judíos recibían solo pan simple y plano: Matzá.

Por eso la Hagadá comienza:
“Ha Lajma Anya — Este es el pan de pobreza que comieron nuestros antepasados en Egipto.”

🫓 Cuando comemos Matzá, también recordamos nuestra vida como esclavos en Egipto.

Comparación del pan

🥖 Pan egipcio
suave • esponjoso • rico

🫓 Pan judío (Matzá)
plano • simple • crocante

🎭 Una hermosa costumbre sefardí

En muchas comunidades sefardíes, las familias representan la salida de Egipto durante el Seder.

Los niños colocan Matzá sobre sus hombros, como los judíos al salir de Egipto.

Luego se les pregunta:

👨🏻 “¿De dónde vienes?”
👦🏽 מֵאֵיפֹה אַתָּה בָּא?
👧🏾 “¡De Egipto!” — מִמִּצְרַיִם!

👨🏼 “¿A dónde vas?”
👦🏽 לְאָן אַתָּה הוֹלֵךְ?
👧🏾 “¡A Yerushalayim!” — לִירוּשָׁלַיִם!

👨🏿 “¿Qué llevas contigo?”
👦🏽 מַה אַתָּה לוקח ביד?
👧🏾 “¡Matzá y Maror!” — מַצָּה וּמָרוֹר!

Esta costumbre se basa en la descripción de la Torá:

מִשְׁאֲרֹתָם צְרוּרוֹת בְּשִׂמְלֹתָם עַל־שִׁכְמָם
“Llevaron su masa envuelta en sus ropas sobre sus hombros.”
(Shemot 12:34)

Esto ayuda a los niños a imaginar que ellos mismos están saliendo de Egipto.

3️⃣ ¿Cómo se hace la Matzá?

🧑‍🍳 La Matzá debe hacerse rápido y con mucho cuidado.

Desde el momento en que la harina toca el agua hasta que entra al horno, no pueden pasar más de 18 minutos.

¿Por qué?
Porque después de ese tiempo la masa puede fermentar y convertirse en Jametz, que no podemos comer en Pésaj.

El proceso

🌾 harina + 💧 agua

🥣 masa

📏 se estira muy fina

🔘 se le hacen agujeros

🔥 se hornea rápidamente

🫓 MATZÁ

4️⃣ Tipos de Matzá

🫓 Matzá regular
Está supervisada desde que se prepara la harina hasta que se hornea.

🌾 grano → harina → masa → 🔥 horno → 🫓 matzá

Generalmente es cuadrada y hecha a máquina.

⭐ Matzá Shemurá
“Shemurá” significa protegida o cuidada.

Esta Matzá es supervisada desde una etapa más temprana: desde la cosecha del trigo.

🌾 campo → grano → harina → masa → 🔥 horno → 🫓 matzá

Generalmente:
🫓 se hace a mano
🫓 suele ser redonda

Por el cuidado extra, la Matzá Shemurá es más costosa.
Muchas familias la usan en el Seder, cuando comer Matzá es una mitzvá especial.

5️⃣ ¿Cuándo comemos Matzá?

🫓 En la noche del Seder, comer Matzá es una mitzvá.

Durante el resto de Pésaj:
❌ No comemos Jametz.
🫓 Reemplazamos el pan común con Matzá.

Aunque no es obligatorio comer Matzá todos los días de Pésaj, la Matzá se convierte en nuestro “pan” durante toda la festividad. Por eso decimos HaMotzí cuando comemos Matzá en Pésaj, y el resto del anno Mezonot.