Maimónides y Lord Voldemort

La Torá dedica tres capítulos enteros a un hechicero pagano, contratado por el rey de Moab para maldecir a Israel con sus hechizos. Aparentemente es una prueba de que la adivinación y la hechicería existen y funcionan…

Pero la clave para entender lo que la Torá piensa de este individuo radica en cómo el texto se refiere a él. Contrario a la opinión popular, la Torá y nuestros Sabios no llamaron a Bil’am profeta, sino “Bil’am hijo de Beor, el hechicero (o adivino).” En el libro de Yehoshúa (13:22) se usa la palabra hebrea qosem — que es el mismo término que aparece en la lista de prácticas ocultas de adivinación que presenta la Parashá de esta semana (Debarim 18:10). Y los Sabios lo dicen explícitamente en el Talmud (Sanhedrín 106a): Bil’am qosem hayá, “era un hechicero.”

Para Maimónides, Bil’am era como el personaje de Voldemort en Harry Potter: el mago oscuro más temido de su mundo, el nombre que todos pronunciaban con miedo, el hechicero al que se le atribuía el poder de maldecir y destruir con palabras. Con una diferencia fundamental: Voldemort es un personaje de ficción en un mundo de ficción ¡donde la magia funciona! Bil’am era un personaje real en un mundo real, donde la magia no funciona. Su reputación era la de Voldemort; su “poder”, el de cualquier ilusionista y manipulador. Su oficio, su fama internacional y los honorarios que Balaq estaba dispuesto a pagarle pertenecían a la industria del engaño y el ilusionismo que acabamos de describir. Y Balaq era el cliente perfecto: un rey aterrado, dispuesto a pagar cualquier precio para intentar destruir a Israel.

¿Y entonces, cómo se explica que sus palabras se cumplieran? Maimónides lo responde en la Guía de los Perplejos (Moré Nebujim, II:45). La Torá dice: “Vayásem HaShem dabar befí Bilam” — “Y HaShem puso las palabras en la boca de Bilam” (Bamidbar 23:5). El texto bíblico no dice que HaShem se le reveló a Bilam, ni que Bilam vio o entendió nada. Dice que le puso palabras en la boca. Los trucos y el ilusionismo de Bilam no produjeron absolutamente nada: HaShem lo utilizó como instrumento, a pesar de sus artes, no gracias a ellas.

Y el mensaje sutil pero claro para los que leen con atención la Torá, lo pronuncia el propio Bil’am, en medio de su bendición forzada: “Ki lo nájash beYaaqob veló qésem beYisrael” — “[ahora me doy cuenta, dice Bil’am] que no hay magia en Yaaqob ni hechicería en Israel” (Bamidbar 23:23). El hechicero más famoso del mundo antiguo, contratado por una fortuna para maldecir a Israel, ¡termina anunciando públicamente que su propio oficio no funciona! La Torá no necesitó un sermón contra la industria de la adivinación: citó al hechicero más prestigioso del mercado, quien confesó que su producto no existía.




EDICIÓN ESPECIAL : Robots, en el ejército de Israel

Por Dr. Guy Bechor, de “Gplanet”, 13 de agosto de 2026

Israel necesita más soldados. Esta es probablemente una de las conclusiones más evidentes de los últimos 3 años de guerra. Miles de israelíes han pasado una parte enorme de sus vidas en miluim, lejos de sus trabajos, sus negocios, sus estudios y, sobre todo, de sus familias. Hay soldados que han acumulado 300, 400 o incluso 500 días de servicio de reserva. Es admirable, pero también es tremendamente injusto y, a largo plazo, insostenible. No se puede esperar que las mismas familias continúen pagando indefinidamente el precio de defender al país.

Este es el contexto en el que una nueva revolución tecnológica puede adquirir una importancia extraordinaria: el desarrollo de un “ejército de robots” israelí.

No estamos hablando de ciencia ficción. Durante la guerra en Gaza y el Líbano, Tzahal ya comenzó a utilizar a gran escala sistemas no tripulados: drones, vehículos terrestres manejados a distancia, pequeños robots que ingresan en túneles y edificios, plataformas para transportar equipos y evacuar heridos y, entre otros, el enorme bulldozer D9 “Panda”, que puede abrir caminos y operar en zonas peligrosas sin exponer directamente a sus operadores. El objetivo es muy sencillo: que, cuando sea posible, la máquina entre primero y el soldado después.

El Dr. Bechor explica que Israel enfrenta actualmente una escasez aproximada de 12.000 soldados de servicio obligatorio, incluidos miles de combatientes, mientras aumenta la presión sobre quienes ya están sirviendo en las reservas. Los robots no harán desaparecer esa falta de personal. Pero sí pueden transformarse en un extraordinario multiplicador de fuerza: permitir que menos soldados realicen determinadas misiones y, sobre todo, evitar que seres humanos se expongan innecesariamente al peligro.

Los robots ya pueden abrir rutas sospechosas de contener explosivos, inspeccionar túneles, realizar patrullajes, transportar municiones y provisiones bajo fuego y participar en operaciones de reconocimiento. Cada una de estas tareas que realiza una máquina significa, potencialmente, varios soldados menos expuestos al enemigo y más personal disponible para misiones que realmente requieren inteligencia, criterio y decisión humanas.

El próximo paso será mucho más ambicioso. El nuevo programa  de Tzahal contempla integrar robótica e inteligencia artificial de manera sistemática en las fuerzas de tierra, aire y mar. En un futuro cercano, grupos de robots y drones podrán compartir información entre sí, reconocer obstáculos y operar de forma coordinada, mientras los seres humanos conservarán el control de las decisiones fundamentales.

Pero hay una advertencia esencial. La tecnología nunca puede reemplazar al ser humano. El 7 de octubre demostró que cámaras, sensores y sofisticados sistemas electrónicos no sirven de mucho cuando fallan en la interpretación, la vigilancia o la toma de decisiones. Hay que reconocer  que incluso un ejército robótico probablemente no habría impedido por completo la invasión desde Gaza . Los robots pueden detectar amenazas más rápidamente y salvar vidas, pero no pueden reemplazar el liderazgo ni la responsabilidad humana.

Para Israel, entonces, esta revolución no consiste en sustituir a nuestros soldados. Consiste en protegerlos, multiplicar su capacidad y permitir que muchos de ellos puedan finalmente regresar antes a sus trabajos, a sus esposas, a sus hijos y a sus hogares.




SHOFETIM: ¿Cuánto me cobrás por adivinarme el futuro?

LOS DOS DESEOS

Hay dos cosas que el ser humano siempre quiso y nunca pudo tener. La primera es saber qué pasará en el futuro. La segunda es controlarlo. Y alrededor de esos dos deseos —o ansiedades— se construyó, desde la antigüedad, una industria entera: los embusteros que decían que podían ver el futuro, y los que vendían soluciones que supuestamente lo modificaban.

Nuestra parashá se ocupa de ambas cosas. Y lo hace con una lista. La Torá no se limita a una advertencia general: enumera una práctica tras otra. “No se hallará entre ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique la adivinación, ni agorero, ni el que interprete señales, ni hechicero, ni encantador, ni quien consulte espíritus, ni adivino, ni quien pregunte a los muertos” (Debarim 18:10–11). El primer elemento de la lista sorprende: pasar a un hijo por el fuego no parece un acto de adivinación. ¿Qué hace encabezando una lista de adivinos y hechiceros? Maimónides lo explica en la Guía de los Perplejos (III:37), y su explicación es una radiografía de cómo funcionaba este mecanismo. Los promotores de este culto difundían una amenaza aterradora: si un padre no pasaba a su hijo por el fuego, ese hijo moriría. Era corrupción religiosa en su forma más brutal: fabricar miedo y luego presentarse como el dueño de la solución. Un padre no sometía a su hijo a ese ritual necesariamente por fanatismo pagano. Lo hacía por miedo, para salvarlo. La práctica más monstruosa de toda la lista no nacía entonces del deseo de saber el futuro, sino del otro deseo: el de controlarlo. Era el caso extremo del amuleto. Habían descubierto que el miedo de un padre por su hijo es una de las fuerzas más fáciles de explotar. Y la lógica que aparece después se repite una y otra vez: identificar el miedo de una persona y ofrecerle una solución que nadie puede comprobar.

NO ES PELIGROSO. ES MENTIRA

Mucha gente piensa que estas prácticas estaban prohibidas porque se consideraban “peligrosas”. Que era magia negra, que funcionaba, que tenía un poder real y que ese poder provenía de un lugar oscuro del que convenía mantenerse alejado. Maimónides dice exactamente lo contrario, y lo dice sin ninguna diplomacia. En el Mishné Torá, en las leyes de Abodá Zará (capítulo 11), después de describir una por una estas prácticas, se escribe que “todas estas prácticas son mentira y falsedad”. Y agrega que quien cree en ellas, y piensa que son verdaderas y sabias pero que la Torá las prohibió de todos modos, “no es más que un tonto, falto de entendimiento”.

Para Maimónides, el adivino pagano no era un enemigo espiritual con poderes oscuros. No había ahí un poder que viniera del lado equivocado: no había ningún poder. Y cuando uno entiende eso, el tema deja de ser sobrenatural y se vuelve profundamente humano. El adivino era un embustero del peor tipo porque se aprovechaba precisamente de los momentos de mayor vulnerabilidad: un diagnóstico que asusta, un matrimonio que se está cayendo, un negocio que se hunde, un hijo que está perdido. Aparecía cuando alguien estaba dispuesto a creer cualquier cosa y a pagar cualquier precio por recuperar la esperanza. Lo que vendía no era información sobre el futuro. Vendía una falsa esperanza a alguien que desesperadamente necesitaba una verdadera.

CÓMO SE HACÍA EL TRUCO

Conviene entender de dónde proviene la impresión de que el adivino “acertaba”. Hay gente con un talento natural enorme para leer a otra persona: observar una cara, detectar un gesto que dura una fracción de segundo, notar dónde se le corta la respiración a alguien, escuchar cómo cambia el tono de voz cuando se menciona un tema. Esa habilidad existe y es real, pero no tiene nada de sobrenatural. También la tienen los buenos vendedores y los buenos jugadores de póker. Y a eso se le suma la sugestión. El que leía las manos, las cartas o el fondo de una taza no necesitaba decir nada preciso. Le alcanzaba con frases amplias, que pueden aplicarse a muchísima gente: “Veo un problema con alguien cercano”, “Hay algo del pasado que quedó sin cerrar”, “Veo un cambio grande que se viene”. El que escuchaba completaba los espacios en blanco con su propia vida. Después recordaba los “aciertos” del adivino y se olvidaba de todo lo que no había acertado. El trabajo lo hacía la víctima, no el adivino.

En 1949, el psicólogo Bertram Forer demostró experimentalmente algo muy similar. A 39 estudiantes se les dio un supuesto análisis personalizado de su personalidad. En realidad, todos recibieron exactamente el mismo texto, compuesto principalmente por frases tomadas de un libro de astrología: afirmaciones lo suficientemente generales como para que casi cualquiera pudiera reconocerse en ellas. Los estudiantes quedaron impresionados con la supuesta precisión del análisis. Solo más tarde, Forer les informó que todos habían obtenido el mismo resultado. Este fenómeno se conoce hoy como efecto Forer o efecto Barnum: nuestra tendencia a interpretar afirmaciones vagas y generales como si describieran específicamente nuestra vida. Para un adivino, esa tendencia humana ¡es oro puro!

LOS AMULETOS

El segundo deseo, el de controlar el futuro, tenía su propio mercado: los amuletos, los objetos con “poder”, los remedios metafísicos. Y acá Maimónides es todavía más duro, porque ya no habla de los paganos de Canaán. Habla de una práctica que existió entre Yehudim y que, afortunadamente, ya desapareció: en aquellos tiempos, algunos embusteros escribían dentro del pergamino de la mezuzá nombres de ángeles y supuestos nombres sagrados, para reforzar la “protección” de la casa. Maimónides dice que esa gente está entre quienes no tienen parte en el mundo venidero. Y explica por qué: “No les alcanza con haber anulado la mitsvá [la mezuzá queda pesulá, invalidada], sino que convierten una gran mitsvá —que expresa la unidad del Nombre del Santo, bendito sea, el amor a Él y Su servicio— en un amuleto para su propio provecho, porque piensan en su necedad que esto les servirá para las vanidades de este mundo”.

En el mismo capítulo 11 de Abodá Zará se dice algo parecido sobre el uso de versículos de la Torá para curar el cuerpo: quien hace eso está entre los que niegan la Torá, porque convierte las palabras de la Torá en un remedio para el cuerpo, cuando son un remedio para el alma. La lógica de Maimónides es siempre la misma. La mezuzá no es un seguro contra robos. Y en el momento en que una mitsvá se convierte en un truco para conseguir algo, deja de ser una mitsvá y se transforma en un amuleto de paganos.

EL SOÑADOR DE SUEÑOS QUE VISITÓ MI COMUNIDAD

Creo que nunca antes escribí sobre esto, entre otras cosas, para proteger la dignidad de las personas involucradas. Por eso voy a ser deliberadamente impreciso con los detalles. Hace unos veinte años apareció en mi comunidad en NY un hombre que venía de Israel y que se presentaba como víctima de múltiples tragedias: su casa, decía, se había quemado, mostraba fotos de niños con las manos vendadas y, para colmo, uno de sus siete hijos estaba enfermo de cáncer. Necesitaba dinero imperiosamente.

Justo en esos días, nuestra comunidad atravesaba una tragedia enorme: un hombre joven, padre de varios hijos, acababa de morir de cáncer. El hombre que llegó de Israel empezó a asistir al Minyan en el que estábamos conmemorando la semana de duelo por el fallecido. A los dos días, el hijo adolescente del fallecido —un joven de unos quince años, completamente devastado, con los ojos rojos de llorar y de no dormir— vino a verme a mi oficina, llorando desconsoladamente. Y me dijo que yo tenía que ayudar al hombre que había venido de Israel. Le pregunté: ¿Qué tienes que ver tú con ese hombre? Entonces me contó. Esa mañana, después de la Tefilá, el hombre se le había acercado y le había dicho que la noche anterior había visto a su padre en un sueño. Y que su padre, en el sueño, le pidió que su hijo “lo ayudara a recaudar fondos para su familia”. El hombre le aclaró, además, que no quería hablar con nadie más: tenía que ser él quien se encargara de conseguir esos fondos.

Ahí estaba, frente a mí, un adolescente absolutamente vulnerable, que acababa de enterrar a su padre, que daría cualquier cosa por escucharlo una vez más, rogándome que ayudara a un hombre que le aseguró haber soñado con su padre. No hay pensamiento crítico posible a esa edad y en esas circunstancias. Y el hombre lo sabía perfectamente. Por eso eligió a ese chico y no a otro. A mí me daba mucho dolor el abuso que estaba viendo. Pero no podía explicárselo a un joven en pleno duelo: no me iba a creer y, encima, iba a sufrir más. Entonces se me ocurrió un plan.

Me acerqué al hombre y le dije que lo iba a ayudar “en todo lo que necesitara”, y que viniera a mi oficina. Vino, con el joven presente. Le dije: “Dime qué necesitas, que yo te voy a ayudar”. Me dijo: “Necesito dinero para pagar unos medicamentos muy caros”. Le pregunté para qué eran los medicamentos. “Mi hijo está enfermo y el remedio no está cubierto por el seguro médico de Israel. Y es muy caro”. Le dije: “Muy bien. Dame el nombre del medicamento. Tenemos médicos que se especializan en cáncer en nuestra comunidad, y te lo voy a conseguir gratis, todas las dosis que necesites”. No le mentí. El hombre entonces dejó de hablar de los medicamentos y me dijo: “Necesito dinero para comida. No tenemos qué comer”. Le dije: “No hay ningún problema. Organizo ahora mismo a unas familias en Israel para que te lleven comida a tu casa. ¿Me das tu dirección?”. No le mentí. Entonces dejó de lado el tema de la comida. “La comida no es el problema principal. Tengo que pagar el alquiler de mi casa. Tengo varios meses de atraso y me quieren echar”. Le dije: “Perfecto. Dame el número de teléfono del propietario. Yo lo llamo ahora mismo y lo arreglo con él para que te pague el alquiler”. No le mentí.

En ese momento su rostro cambió. Ya no era el rostro de alguien que daba lástima. Ahora tenía una expresión de ira. Me preguntó agresivamente: “¿Me vas a dar dinero como me prometiste, o no?”. Le contesté: “Yo te aseguré que te iba a dar todo lo que necesitabas. Medicamentos, comida, alquiler: todo menos efectivo”. El hombre rechazó toda la ayuda que le ofrecí. Solo quería cash. Y cuando vio que no lo iba a conseguir, se levantó y se fue. Nunca lo volvimos a ver.

Este caso, que viví personalmente, fue una vergonzosa escena de abuso: un hombre disfrazado de persona religiosa, que se presentaba como alguien que recibía visiones en sueños, explotando a un joven en su momento de máxima vulnerabilidad, quien acababa de perder a su padre. Para mí fue una lección muy importante, y desde entonces la enseño: Cuando existen dudas sobre un pedido de Tsedaqá, la forma más responsable de ayudar es ofrecer ayuda directa—comida, alquiler, medicamentos—en lugar de entregar efectivo. Así, uno puede ayudar de verdad sin entregar el control de la situación a alguien cuya historia todavía no ha podido verificar.

TAMIM, ¿CON QUIÉN?

Algo más que aprendí de aquella situación es un ángulo diferente del pasuq de nuestra parashá: Tamim tihyé im HaShem Eloqeja. “Íntegro serás con HaShem tu Dios” (Debarim 18:13). La palabra tamim significa íntegro, pero también puede expresar la idea de ser confiado, casi ingenuo (naive, en inglés) —así se usa en el hebreo moderno. Y el pasuq aclara con quién uno puede ser tamim: Im HaShem Eloqeja. Con HaShem tu Dios. 

Con HaShem puedes confiar en tu futuro y en todo lo que Él tiene destinado para ti en tu vida: lo bueno y lo no tan bueno, sabiendo que HaShem a veces nos educa, nos fuerza a crecer con desafíos y pruebas.  Es exactamente lo que Rashi explica sobre este versículo: camina con Él con integridad, espera en Él, no investigues el futuro y todo lo que te venga, acéptalo con simplicidad. La Torá rechaza los canales alternativos de información sobre lo que ocurrirá. Pero hay algo todavía más profundo. La Torá tampoco dice: “No consultes adivinos porque Yo te voy a avisar lo que va a pasar”. No. La Torá nos dice que vamos a caminar sin saber lo que viene. Y que igual vamos a estar bien.

Ese chico que perdió a su padre fue tamim con la persona equivocada. Le creyó a un hombre que le habló de un sueño porque estaba destrozado y porque quería con toda su alma que fuera verdad. La Torá nos pide ser tamim hacia arriba, con HaShem, pero no ingenuos hacia los costados. Con HaShem, confianza. Con las personas, prudencia. Y especialmente con quien aparece en nuestros momentos de miedo asegurando que conoce el futuro, interpreta sueños o posee una solución que nadie más tiene: preguntas, verificación y sentido común.

 

La relación con HaShem es y debe ser directa, sin intermediarios. Frente al futuro, lo único que está en mis manos es hacer las cosas bien, con todo mi esfuerzo, rezar para que HaShem me ayude y dejar el resultado en Sus manos. Esto es exactamente lo que significa Tamim tihyé im HaShem Eloqeja.    

La Torá no nos promete adivinos para  saber qué ocurrirá mañana. Nos pide algo mucho más difícil: tener el coraje de vivir sin saberlo. No necesitamos comprar certezas, perseguir señales ni buscar a alguien que nos venda una ventana al mañana. Tenemos que hacer nuestro mayor esfuerzo ( hishtadlut), rezar, confiar y aceptar . El futuro pertenece a HaShem. Y no está a la venta.

 

 

 

 

מסכת דרך ארץ רבה, פרק ה

לְעוֹלָם יִהְיוּ כָּל בְּנֵי אָדָם חֲשׁוּבִין לְפָנֶיךָ כְּלִסְטִים, וֶהֱוֵי מְכַבְּדָן כְּרַבָּן גַּמְלִיאֵל.

וּמַעֲשֶׂה בְּרַבִּי יְהוֹשֻׁעַ שֶׁהִשְׁכִּים אֶצְלוֹ אָדָם, וְנָתַן לוֹ אֲכִילָה וּשְׁתִיָּה, וְהֶעֱלָהוּ לַגַּג לִשְׁכַּב, וְנָטַל סֻלָּם מִתַּחְתָּיו.

מֶה עָשָׂה אוֹתוֹ הָאִישׁ? עָמַד בַּחֲצִי הַלַּיְלָה וְנָטַל אֶת הַכֵּלִים וּכְרָכָן בְּטַלִּיתוֹ. וּכְשֶׁבִּקֵּשׁ לֵירֵד, נָפַל מִן הַגַּג וְנִשְׁבְּרָה מַפְרַקְתּוֹ.

לְשַׁחֲרִית הִשְׁכִּים רַבִּי יְהוֹשֻׁעַ וּמְצָאוֹ. אָמַר לוֹ: רֵיקָה, כָּךְ עוֹשִׂין בְּנֵי אָדָם שֶׁכְּמוֹתְךָ? אָמַר לוֹ: רַבִּי, לֹא הָיִיתִי יוֹדֵעַ שֶׁנָּטַלְתָּ אֶת הַסֻּלָּם מִתַּחְתַּי. אָמַר לוֹ: רֵיקָה, אִי אַתָּה יוֹדֵעַ שֶׁמֵּאֶמֶשׁ הָיִינוּ זְהִירִין בְּךָ?

 




RESUMEN DE LA PARASHA SHOFETIM

La Torá ordena nombrar jueces en todas las ciudades de Israel. Los jueces deben ser justos e imparciales y no pueden aceptar ningún tipo de soborno.

La idolatría, en todas sus formas, está prohibida y debe ser castigada con pena capital. Los sacrificios ofrecidos a Dios deben estar libres de defectos.

Los judíos están obligados a seguir las decisiones del Sanhedrín, que es la Corte Suprema judía. Un sabio con autoridad legal que enseñe públicamente en contra de una decisión del Sanhedrín —y no un ciudadano común que simplemente discrepa— comete un delito capital.

La Torá establece las leyes del rey judío. El principio general para el rey judío es que debe actuar con el conocimiento de que Dios es el verdadero Rey de Israel. El rey humano tiene limitaciones, para asegurarse de que permanezca consciente de su verdadero rol. No debe acumular caballos —símbolo del poder militar—, tener muchas esposas ni amasar grandes riquezas personales. El rey está obligado a escribir su propio Sefer Torá, que es la constitución del pueblo judío, y llevar esa copia consigo en todo momento (como si, en el contexto actual, el presidente de un país estuviera obligado a llevar una copia de la Constitución Nacional permanentemente en su bolsillo). Esto garantiza que el monarca permanezca humilde y recuerde constantemente que su deber principal es observar la Torá y hacer cumplir la Ley de Dios en su dominio.

Dios elige a los Cohanim para servirle en Su Santuario. “Dios es su herencia”, lo que significa que el Bet Hamiqdash será “su territorio” (como su segundo hogar). Por lo tanto, su tribu, los Levitas, no recibirá un territorio específico en la Tierra de Israel como las otras tribus. Entonces, ¿cómo se sostendrán los Cohanim y los Levitas? Los Sacerdotes y los descendientes de la tribu de Leví se dedicarían a la enseñanza de la Torá y se mantendrían de una serie de contribuciones que el pueblo les entrega (en hebreo, matenot kehuná: “regalos sacerdotales”): ciertas porciones de la carne de sacrificios específicos, la terumá de la cosecha, las primicias de los frutos de la tierra, una parte de la esquila, etc. Los Levitas, por su parte, reciben el diezmo del pueblo.

La Torá prohíbe estrictamente la adivinación, las prácticas ocultas y las predicciones del futuro. Maimónides sostiene que todas estas prácticas de adivinación, como la astrología, son ilusorias, simplemente trucos y engaños, ya que los fenómenos paranormales son ficticios y a menudo manipulados por charlatanes para engañar y explotar a la gente común. En tiempos antiguos, estas prácticas estaban profundamente arraigadas en la idolatría y la cultura pagana. La Torá nos instruye a que pongamos nuestra fe y confianza en el Creador en lugar de intentar descifrar el futuro.

Nosotros, los judíos, tenemos el privilegio de ser guiados por la Torá. Dios también nos envía a Sus profetas para transmitirnos Sus palabras, tal como lo hizo Moshé. Los profetas que Dios envía tienen la misión de advertir al pueblo cuando se desvía del camino de la Torá. Naturalmente, sus palabras deben ser escuchadas. Sin embargo, la Torá también advierte sobre aquellos que falsamente pretenden hablar en nombre de Dios. Estos falsos profetas no advierten al pueblo de sus malas acciones. En cambio, al igual que hábiles demagogos, lo tranquilizan y critican a los verdaderos profetas, acusándolos de alarmistas y pesimistas. Se puede reconocer a un falso profeta cuando aboga por suspender o alterar algún mandamiento de la Torá.

La Torá subraya la obligación de establecer ciudades de refugio para los casos de homicidio involuntario (un equivalente moderno sería si alguien mata a otro sin intención, en un accidente de tránsito). Moshé ordena separar tres ciudades más, que se suman a las tres que él ya había designado del otro lado del Jordán: seis en total.

Para que un juicio civil o criminal resulte en una condena, es necesario el testimonio de al menos dos testigos. Aquellos que den falso testimonio recibirán el mismo castigo que buscaban para el acusado.

Hacia el final de esta Parashá, la Torá describe algunas de las leyes de la guerra y los protocolos de campaña militar. Por ejemplo, ¿quién está exento del servicio militar? Cuando los soldados se acercan al campo de batalla, uno de los Cohanim debe dirigirse a ellos, asegurándoles que no teman al enemigo, ya que Dios apoya al ejército de Israel en sus conflictos. Luego los oficiales enumeran a las personas que deben regresar a casa: alguien que recientemente se comprometió y está por casarse; alguien que ha construido una nueva casa y aún no la ha habitado; o alguien que ha plantado un viñedo y aún no ha disfrutado de sus frutos. Los oficiales además aconsejan a cualquiera que sufra de ansiedad o pánico que se retire del campo de batalla para no desmoralizar a los demás soldados. Antes de enfrentarse al enemigo, se debe hacer una propuesta de paz. Solo si el enemigo rechaza esta oferta, comienza el conflicto. En el caso de las naciones cananeas, la Torá ordena que estas poblaciones sean erradicadas por completo para evitar la asimilación en culturas paganas; Maimónides aclara, sin embargo, que también a ellas se les ofrecía primero la paz: si aceptaban abandonar la idolatría y sus prácticas, no eran atacadas.

Esta Parashá concluye con una descripción del procedimiento legal a seguir cuando se encuentra un cadáver a campo abierto y el perpetrador permanece sin identificar: los ancianos de la ciudad más cercana deben declarar públicamente que no son responsables de esa muerte.




Rab Abraham Zacuto (1452-1515), el rabino que llegó a la luna

El 29 de febrero de 1504, Cristóbal Colón estaba varado en Jamaica y se le estaba quedando sin comida. Era su cuarto viaje y le había ido mal. Los gusanos de mar perforaron los cascos de los barcos. Perdió dos y tuvo que encallar los otros dos en la costa de la isla. Llevaba ocho meses ahí. Los nativos lo habían recibido bien y le traían comida, pero dejaron de hacerlo. Colón tenía a sus hombres con hambre y sin manera de retirarse.

Entonces reunió a los jefes del lugar y les dijo que su Dios estaba enojado con ellos. Que esa misma noche, como castigo, les iba a quitar la luna.

Y esa noche la luna se apagó.

Los nativos se asustaron y le pidieron que la devolviera. Colón se metió en su barco a “rezar”. En realidad no estaba rezando: estaba mirando un reloj de arena y contando los minutos. Cuando calculó que el eclipse ya estaba por terminar, salió y les dijo que estaban perdonados. La luna volvió a aparecer. Desde ese día no le faltó comida.

Lo que Colón no les dijo a los jefes es de dónde había obtenido la fecha. La sacó de un libro de tablas astronómicas que llevaba a bordo. Según el historiador Meyer Kayserling, ese libro era el famoso almanaque solar del rabí Abraham Zacuto.

El apellido hebreo original era Zacut (de zejut = mérito). En portugués se cambió a Zacuto y, en italiano, a Zagut.

Un rabino enseñando en Salamanca

Abraham Zacuto nació en Salamanca en 1452. Estudió Torá con su padre y con el Rab Yitsjaq Abohab, al que llamaban el Gaón de Castilla. Fue un gran erudito del Talmud y de la ley judía, y rabino de su comunidad.

Y al mismo tiempo estudió y enseñó astronomía en la Universidad de Salamanca, y después en la de Zaragoza. Un rabino dando clases de ciencia en universidades cristianas, en plena España de la Inquisición.

Para él, las dos cosas no se contradicen. Al contrario. Es la idea que enseña Maimónides: cuanto más entendemos cómo funciona el mundo, más admiramos a Quien lo hizo.

Las tablas y el astrolabio

Zacuto les dio a los navegantes las dos herramientas que necesitaban para salir a mar abierto.

Corrigió y mejoró las tablas astronómicas que se usaban hasta entonces, y las suyas fueron tan superiores que reemplazaron a todas. Él mismo lo escribió, sin la menor modestia: “Yo, Abraham Zacuto, el autor, he corregido todos los libros y mis tablas circulan por todas las tierras cristianas y musulmanas”.

Y perfeccionó el astrolabio. El instrumento existía desde la antigüedad griega, pero se fabricaba de madera y en el mar no servía: en la cubierta de un barco en movimiento no hay manera de tomar una medición precisa con un disco de madera. Zacuto lo mejoró y lo rehizo en cobre. Recién entonces los barcos pudieron salir al mar abierto, sabiendo dónde estaban. Hasta ese momento los barcos navegaban pegados a la costa. Con las tablas y el astrolabio de Zacuto se podía cruzar un océano.

Toda la época de los grandes descubrimientos a través del mar abierto comenzó allí, gracias a este astrolabio.

Zacuto y Colón

Colón lo fue a consultar antes de salir. Zacuto le dijo que el viaje era posible, aunque peligroso.

Y según Kayserling, hizo bastante más que eso. En esa época, Colón era un desconocido, sin dinero ni contactos en la corte. Zacuto fue clave para obtener el préstamo que financió la expedición. Y fue él quien presentó a ese desconocido ante el Rab Don Yitsjaq Abarbanel, el judío de mayor influencia en el reino, quien le consiguió la primera audiencia con los reyes de España. Sin esa reunión no había viaje.

El 3 de agosto de 1492

Ese día Colón zarpó del puerto de Palos. El día anterior, el 2 de agosto, se había vencido el plazo para que los judíos se fueran de España.

El Rab Zacuto se fue con ellos. Cruzó a Portugal, y el rey lo nombró astrónomo de la corte. Cuando Portugal preparó el viaje de Vasco da Gama a la India, fue Zacuto el que hizo los cálculos, y fue Zacuto el que les enseñó personalmente a Da Gama y a sus marineros a usar las tablas y el astrolabio antes de que zarparan, en julio de 1497.

Los dos viajes más importantes de esa época se hicieron con los instrumentos de un judío al que esos mismos reyes estaban echando.

En 1496, el rey de Portugal obligó a todos los judíos del país a convertirse. Zacuto tuvo que escapar de nuevo. Perdió su cargo, su casa y su biblioteca. Él y su hijo Shemuel fueron tomados prisioneros en dos ocasiones antes de llegar a Túnez.

Volvamos a 1504

La noche del eclipse, mientras Colón usaba las tablas para engañar a los nativos de Jamaica, Zacuto estaba en Túnez terminando un libro.

Se llama Séfer Yojasín. Es la historia del pueblo judío desde la Creación hasta nuestros días. Zacuto la escribió sin biblioteca, de memoria y con lo poco que pudo conseguir, refugiado en un país extranjero. Y la escribió alguien que vio con sus propios ojos la Inquisición, la expulsión y el exilio. Es una de las fuentes más importantes que tenemos sobre 1492, porque es el relato de un testigo.

Un hombre al que le sacaron todo dos veces, que estuvo preso y terminó refugiado en el norte de África, podría haber pasado sus últimos años amargado. Se sentó a escribir la historia de su pueblo para que no se perdiera.

De sus últimos años se sabe poco. Según algunas opiniones, llegó a Yerushalayim, estuvo en la yeshibá del Rab Obadiá de Bertinoro y preparó ahí el complejo almanaque hebreo perpetuo, que requiere el conocimiento exacto de los ciclos lunar y solar, y murió en Yerushalayim en 1515.

Pero el historiador Cecil Roth demostró, en su libro Los últimos días de Zacuto, que vivió bastante más. El Rab Zacuto llegó a Yerushalayim, y allí estudió en la yeshibá del Rab Yitsjaq Sholal, el último Naguid de los judíos de Egipto, quien se trasladó a Yerushalayim cuando los otomanos conquistaron Egipto en 1517. Había sido el líder de los judíos de Egipto y, al llegar a Yerushalayim, estableció allí su academia.

En Yerushalayim, Zacuto escribió también un almanaque en hebreo, calculado para los años 1518 a 1524. Y en 1524 lo encontramos en Damasco, donde murió poco después, con más de setenta años.

Ciento cincuenta años más tarde, un astrónomo italiano hizo el primer mapa detallado de la Luna y les puso a los cráteres los nombres de los grandes astrónomos de la Antigüedad y de la Edad Media. A uno de ellos, de casi ochenta kilómetros de diámetro, lo llamó Zagut, en honor al Rab Abraham Zacuto. (El Rab Zacuto escribía su apellido en hebreo ZACUT y en latín “Zagut”).

Su nombre llegó a la Luna.

¿Cómo se orientaba un barco en el medio del mar?

En el mar no hay señales. No hay una montaña, ni un camino, ni un cartel. Cuando un barco perdía de vista la costa, el capitán no tenía forma de saber dónde estaba.

Los navegantes encontraron la solución mirando al cielo. La altura del sol sobre el horizonte al mediodía varía según la distancia al ecuador. Si uno mide esa altura, y sabe qué altura le corresponde a ese día del año, puede calcular en qué punto del planeta está.

Para eso hacían falta dos cosas.

Uno era el instrumento para medir: el astrolabio. Un disco de metal que se colgaba de una argolla para que quedara derecho, con un brazo móvil que se apuntaba al sol o a una estrella, y una escala grabada alrededor del borde que marcaba la altura.

Las otras eran las tablas. Un libro que dijera, para cada día del año y durante muchos años, dónde tenía que estar el sol. Sin ese libro, la medición del astrolabio no significaba nada: era un número aislado. Las tablas convertían ese número en una posición.

Durante más de un siglo, las mejores tablas del mundo fueron las del Rab Abraham Zacuto.




Rab Ben-Zion Meir Hai Uziel (1880-1953), el rabino que soñaba con un pueblo unido

Su vida

El Rab Ben-Zion Meir Hai Uziel nació en Yerushalayim el 23 de mayo de 1880. Su padre, el Rab Yosef Refael Uziel, era el ab bet din (presidente del tribunal rabínico) de la comunidad sefaradí de Yerushalayim, de manera que el joven Ben-Zion creció entre los grandes sabios sefaradíes de la ciudad. Muy pronto se destacó como un talmid excepcional, y a los 20 años ya había fundado su propia yeshibá, “Majaziqué Torá”, dedicada a la formación de jóvenes sefaradíes.

En 1911, con apenas 31 años, fue nombrado Jajam Bashí (rabino principal) de Yafo y su distrito. Allí ocurrió uno de los encuentros más importantes de su vida: el rabino de la comunidad ashkenazí de Yafo era nada menos que el Rab Abraham Yitsjaq haCohen Kook. Entre los dos hombres —el joven rabino sefaradí y el futuro primer Gran Rabino ashkenazí— nació una amistad y una colaboración que ayudó a acercar a las dos comunidades, en una época en la que sefaradíes y ashkenazíes vivían prácticamente en mundos separados.

Durante la Primera Guerra Mundial, el Rab Uziel defendió con valentía a los judíos de Erets Israel ante las autoridades del Imperio Otomano — al punto que los turcos lo exiliaron a Damasco. Regresó al finalizar la guerra, y en 1921 aceptó un cargo de enorme responsabilidad: rabino principal de Salónica, Grecia, la comunidad sefaradí más grande del mundo en ese momento, con decenas de miles de judíos que hablaban ladino. Sirvió allí tres años y regresó en 1923 para convertirse en rabino principal de Tel Aviv, la primera ciudad hebrea moderna, que crecía a un ritmo vertiginoso.

En 1939, al fallecer el Rab Yaakob Meir, el Rab Uziel fue elegido Rishón LeTsión, Gran Rabino Sefaradí de Erets Israel. Y en 1948, con la creación del Estado, se convirtió en el primer Gran Rabino Sefaradí del Estado de Israel, cargo que ocupó hasta su muerte. Le tocó guiar al pueblo judío en los años más dramáticos del siglo XX: la Shoá, la lucha por la independencia, la guerra de 1948 y la absorción de cientos de miles de inmigrantes. En 1936 declaró ante la Comisión Peel —la comisión británica que estudiaba el futuro del país— y aprovechó la ocasión para dirigir un llamado público a la paz con los árabes, en nombre de la Torá de Israel.

El Rab Uziel falleció en Yerushalayim el 4 de septiembre de 1953 (24 de Elul de 5713). Dos días antes de morir, ya sin fuerzas para escribir, dictó su testamento espiritual — un documento extraordinario del que hablaremos al final.

Sus escritos y sus ideas

La obra principal del Rab Uziel es Mishpeté Uziel (“Las leyes de Uziel”), una monumental colección de responsa (preguntas y respuestas halájicas) en múltiples volúmenes. Lo que distingue a esta obra no es solo su erudición, sino su agenda: el Rab Uziel enfrentó de lleno los problemas de la vida judía moderna — tecnología, medicina, el nuevo Estado, el lugar de la mujer — convencido de que la halajá tiene respuestas para cada generación. Escribió además Hegyoné Uziel (“Las reflexiones de Uziel”), sobre los fundamentos filosóficos del judaísmo, y numerosos ensayos en periódicos y revistas de la época.

Dos de sus posiciones halájicas lo convirtieron en un adelantado a su tiempo.

La primera: el voto femenino. Cuando en 1920 estalló en Erets Israel la polémica sobre si las mujeres podían votar y ser elegidas para cargos públicos —y varios de los más grandes rabinos de la época lo prohibieron— el Rab Uziel dictaminó que la mujer tiene pleno derecho a votar y también a ser elegida: “Es inconcebible”, escribió, “privar a la mujer de este derecho personal”, pues las leyes de la comunidad obligan también a ella (Mishpeté Uziel). Hoy su responsum se estudia como un clásico.

La segunda: una Torá capaz de administrar un Estado. Cuando nació el Estado de Israel, los rabinos se encontraron con preguntas que nadie había formulado en dos mil años de exilio: ¿cómo funciona un ejército judío? ¿Una economía judía? ¿Qué dice la halajá sobre los contratos de trabajo, los sindicatos, el derecho a la huelga, los tribunales de un Estado moderno? Muchos pensaban que la Torá solo regula la vida privada — el Shabbat, la kashrut, la familia. El Rab Uziel pensaba exactamente lo contrario, y dedicó volúmenes enteros de sus responsa a los derechos de los obreros, las relaciones laborales y la justicia social (Mishpeté Uziel, Joshen Mishpat). Para él, una Torá que no tiene qué decir sobre la plaza pública, la fábrica y el puerto es una Torá incompleta: el judaísmo no vino a refugiarse en la sinagoga sino a construir una sociedad entera.

Pero si hay una idea que define al Rab Uziel, es esta: un solo pueblo. Luchó toda su vida contra las divisiones internas del judaísmo — entre sefaradíes y ashkenazíes, entre religiosos y seculares, entre las distintas comunidades del exilio que se reencontraban en Israel. Soñaba con un rabinato unificado y con una Torá que abrazara a todo el pueblo. Y no era retórica: lo dictó, literalmente, con su último aliento. En su testamento, dos días antes de morir, resumió así su vida:

“He tenido siempre delante de mí estos objetivos: difundir la Torá entre los estudiantes, amar la Torá y sus preceptos, a Israel y su santidad; he enfatizado el amor por cada hombre y cada mujer de Israel y por el pueblo judío en su totalidad, el amor por HaShem, Dios de Israel; traer la paz entre cada hombre y cada mujer de Israel, traer la paz auténtica al hogar judío, a toda la asamblea de Israel en todas sus clases y sectores, y entre Israel y su Padre que está en los cielos.”

Setenta años después, en un pueblo judío donde parece que lo que nos separa es más de lo que nos une , el testamento del Rab Uziel se lee menos como un documento histórico y más como una tarea pendiente.




REE: El culto a los intermediarios

Gran parte de nuestra parashá, Reé, está dedicada a advertir al pueblo de Israel de que no imite los cultos de los pueblos de Canaán. Para entender esas advertencias, primero hay que comprender cómo funcionaban las religiones paganas.

El pagano creía que los dioses eran seres lejanos, caprichosos y, en general, hostiles a los humanos. Un hombre común no podía dirigirse a ellos directamente: necesitaba intermediarios. Sacerdotes que conocían los secretos del culto. Ídolos y estatuas que “contenían” a la divinidad. Y sobre todo: los muertos. En el mundo pagano contemporáneo del Israel bíblico se creía que los muertos habían cruzado al otro lado, al mundo de los dioses, y que por eso estaban más cerca de ellos que cualquier ser vivo. De ahí el culto a los antepasados fallecidos, las ofrendas y la comida que se llevaban a las tumbas, los oráculos que consultaban a los muertos. En el paganismo, los muertos eran los intermediarios perfectos: el puente hacia los dioses.

Según Maimónides, el objetivo principal de la Torá es la oposición a la Aboda Zará, la idolatría (Moré Nebujim 3:29) — una idolatría que, según el mismo Maimónides, nació como un culto a los intermediarios: la gente comenzó honrando a los “servidores” de Dios, hasta que el intermediario terminó reemplazando a Dios (Hiljot Aboda Zará 1:1–2). Detrás de la adoración de ídolos de piedra y madera, y de todos los rituales paganos, aparece siempre la muerte: los sacrificios humanos, la invocación a los muertos y la sacralización de un sepulcro.

“Ustedes son hijos del Eterno, su Dios”

Frente a ese universo de mediadores muertos, la Torá declara un capítulo después:

“Ustedes son hijos de HaShem, su Dios” (Debarim 14:1).

Banim atem laShem Eloquejem — Con cuatro palabras, la Torá elimina toda la burocracia religiosa del paganismo. Un hijo no necesita pedir audiencia, ni pagar peaje, ni contratar un representante para hablar con su padre. Ningún judío necesita intermediarios para dirigirse a Dios.

Los muertos no te acercan a Dios: te alejan

La Aboda Zará comenzó en el pasado, pero continúa, un poco más sutilmente, hasta el día de hoy. La lógica del paganismo no desapareció; reaparece cada vez que el ser humano siente que necesita intermediarios para llegar a Dios: se glorifica la muerte —o a un muerto— y se lo considera un dios, o un hijo de dios, un intermediario entre el hombre común y un Dios que tiene un solo hijo. El argumento bíblico contra esas creencias es absolutamente sencillo, y emocionante: TODOS somos los hijos de HaShem. No hay un hombre que sea exclusivamente el “hijo de Dios”, ni una persona “mesiánica” que oficie de intermediario: ¡cada uno de nosotros tiene el mismo nivel de cercanía con Dios!

Y Dios ama a Sus hijos. Y como un buen padre, quiere para ellos la vida. La Torá es absolutamente clara en el rechazo a la muerte en todo lo que tiene que ver con la instrucción religiosa. En el judaísmo, la muerte —un muerto, o un sepulcro— no es algo sagrado. Es tamé: lo opuesto a lo sagrado. En el lenguaje de la Torá, “impuro” no significa sucio, sino aquello de lo que hay que alejarse para acercarse a Dios. El mensaje no puede ser más claro: HaShem es el Dios de la vida. Los muertos no te acercan a Él: te alejan de Él.

El Cohen —el hombre consagrado por la Torá al servicio de Dios— tiene prohibido acercarse a un muerto (Vayiqrá 21:1–3). Exactamente al revés que en Egipto, donde los sacerdotes eran especialistas en cadáveres, las pirámides eran tumbas monumentales y el libro más importante de la religión se llamaba, precisamente, el “Libro de los Muertos”.

Y esta impureza no afecta solamente el cuerpo de una persona que en vida fue espiritualmente baja, o poco observante. La tum’á del cadáver humano es proporcional a la grandeza de la vida que ese cuerpo albergó (ver Shulján Aruj, Yoré De’á 372:2; Jatam Sofer, Yoré De’á 338). La impureza relacionada con la muerte es la que nos impide ingresar a los sectores más sagrados de Har HaBayit, el Monte del Templo (Rambam, Hiljot Bet HaBejirá 7:15).

Lo que el paganismo y otras religiones “santifican”, la Torá lo considera impureza. Invocar la intermediación de un muerto es, de hecho —intencional o no intencionalmente—, una grave ofensa, un rechazo a esa relación padre e hijo que HaShem mismo estableció y que Él mismo desea. Es como menospreciar a un padre que ama a sus hijos y quiere que se acerquen a Él, y se comuniquen con Él, directamente.

“Mira, puse delante de ti la vida y la muerte”

Nuestra parashá abre así: “Mira (Reé): pongo hoy delante de ustedes la bendición y la maldición” (Debarim 11:26). Al final del libro de Debarim, en la parashá de Nitsabim, Moshé vuelve a usar la misma palabra con la que abre nuestra parashá:

“Mira (Reé): puse hoy delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal… Elegirás la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Debarim 30:15,19).

Es el eco exacto de nuestro pasuq inicial — y su traducción. Lo que en nuestra parashá se llama “bendición”, allá se llama por su verdadero nombre: vida. Lo que acá se llama “maldición”, allá se llama “muerte”.

Esa es la elección que Reé pone delante de nosotros: una religión de intermediarios o una relación directa con el Dios de la vida — la relación de un hijo con Su padre.

Shabbat Shalom




RESUMEN DE PARASHA REE

Moshé informa al pueblo de Israel que Dios les presenta la opción de recibir bendiciones o, por el contrario, maldiciones: las bendiciones llegarán si obedecen los mandamientos de Dios, y si no lo hacen, no recibirán estas bendiciones. Les indica que deberán proclamar las bendiciones en el Monte Guerizim y las maldiciones en el Monte Ebal. Moshé también les ordena destruir todos los ídolos paganos que encuentren al entrar en la Tierra de Israel, incluyendo los altares paganos, y les asegura que en el futuro, Dios designará un lugar específico (que será Jerusalem) donde se ofrecerán todos los sacrificios.

Está prohibido ofrecer sacrificios en cualquier lugar que no sea el designado por Dios. Sin embargo, está permitido sacrificar ganado para consumo, aunque la sangre no se puede consumir. También se aclara que el consumo de los diezmos y alimentos sagrados, de origen animal o vegetal, debe llevarse a cabo en la ciudad designada.

Moshé advierte a los israelitas que no se dejen seducir por las prácticas paganas de los cananeos y que permanezcan fieles a la Torá, sin agregar ni quitar nada de sus leyes. Si una persona se presenta como profeta y alega tener instrucciones de Dios para adorar ídolos o desviarse de la Torá, debe ser condenada a muerte, incluso si realiza actos sobrenaturales o predice eventos futuros. También se prescribe la pena de muerte para quien intente inducir a otros a la idolatría y se describe el destino catastrófico que deberá recaer sobre una ciudad que haya caído completamente en la idolatría.

Se prohíbe desfigurar nuestros cuerpos mediante diversas formas de mutilación, algo que era muy común entre los pueblos paganos. Se menciona una lista de animales y aves puros (kasher) e impuros, y se indica cuáles son las señales para distinguir entre animales y peces kasher y no kasher. Asimismo, se prohíbe comer carne de un animal que no haya sido sacrificado adecuadamente. También se menciona la prohibición de cocinar y comer carne con leche.

Después de dar un diezmo de los cultivos al Levita, se debe tomar un décimo de lo restante —el “Segundo Diezmo”— y consumirlo dentro de los límites de Jerusalem (esta ciudad, obviamente, no es mencionada explícitamente en el Pentateuco). Se hace una provisión para las personas que vivan lejos de Jerusalem, a quienes les sería poco práctico transportar los alimentos, y se explica que podrán redimir los alimentos por dinero, que luego llevarán a Jerusalem y lo gastarán allí en comida.

Hay un ciclo de diezmos de tres años. Al concluir cada ciclo, se ordena liquidar cualquier diezmo atrasado y entregarlo a sus destinatarios correspondientes. La Torá ordena a los judíos designar cada séptimo año como un año de Shemitá (año sabático). Durante este año, los acreedores deben perdonar los préstamos pendientes. La Torá menciona la importante mitzvá de ayudar a los pobres con un corazón generoso y de prestarles dinero si es necesario, incluso si se avecina el año de Shemitá (en el cual las deudas son perdonadas).

Un esclavo judío debe ser liberado después de seis años de servicio y debe recibir generosos regalos de parte del patrón cuando sale para rehacer su vida con dignidad. El primogénito macho del ganado debe ser consagrado y entregado al Cohén. Si el animal no tiene defectos, primero se ofrece como sacrificio en el Templo.

La Parashá concluye con la presentación de las tres festividades de peregrinación: Pésaj, Shabuot y Sucot, y se ordena regocijarse durante estas festividades, en las que todos los hombres deben presentarse en el Templo de Jerusalem durante estos días festivos.




PRIMER MANDAMIENTO: El dios de las emergencias

La segunda mitad del versículo

En el artículo anterior vimos qué nos ordena el Primer Mandamiento: reconocer a HaShem como nuestro ELOQEJA, nuestro Soberano. Pero el versículo no termina ahí. Dios se presenta con una credencial: “…que te rescató de la tierra de Egipto, de la casa de esclavos.”

Detengámonos en esto, porque es extraño. Si Dios quería presentarse con Su título más imponente, tenía uno mejor: Creador de los cielos y de la tierra. ¿Por qué eligió presentarse, en cambio, con una intervención puntual en la historia — la liberación de un pueblo de esclavos?

Porque el Primer Mandamiento no está describiendo quién es Dios. Está describiendo qué clase de Soberano es. Y para eso, la audiencia importaba: hombres y mujeres que acababan de salir de Egipto y que sólo conocían un modelo de autoridad suprema — el Faraón.

El soberano que se sirve de ti

En el mundo antiguo, la distancia entre los dioses y los gobernantes era mínima. El Faraón se proclamaba divino, benefactor supremo de la humanidad, y disponía a voluntad del trabajo, del tiempo y de la vida de sus súbditos. No hace falta imaginación para entenderlo: el Egipto de hace 3,500 años funcionaba como Corea del Norte en nuestros días, donde el régimen prohíbe todas las religiones porque el líder supremo no tolera otra divinidad que él mismo. Stalin ensayó lo mismo con una generación de judíos rusos: borrar a Dios de la memoria para ocupar Su lugar.

Ese es el modelo del dios-faraón: demanda obediencia y lealtad incondicional para su propio beneficio. Sus súbditos existen para servirlo.

El Soberano que te liberó

Frente a ese modelo, la presentación del Primer Mandamiento es una revolución. Dios no dice “obedéceme porque te creé” ni “obedéceme porque puedo destruirte.” Dice: obedéceme a Mí, que te liberé. La credencial que Dios elige es la prueba de que Su soberanía funciona al revés que la del Faraón: el Faraón te esclavizó para su beneficio; Dios te liberó para el tuyo.

Y por eso las leyes que vienen a continuación — no matarás, no robarás, no mentirás, no envidiarás — no son tributos que Dios cobra. Dios no gana nada con que yo no robe. El beneficiario de los Diez Mandamientos no es el Legislador: somos nosotros, y la sociedad que construimos entre todos. Un padre que le pone reglas a sus hijos no las pone para sí mismo.

Usar a Dios

Esto nos permite entender algo que el Primer Mandamiento vino a prevenir, y que sigue tan vigente como hace 3,500 años.

Imaginemos a alguien que declara creer en Dios, pero ignora Sus mandamientos y no tiene interés en conocer Su voluntad. Se acuerda de Dios solamente en las emergencias. Le interesa, fundamentalmente, lo que Dios puede hacer por él. Si le preguntan si cree, responde que sí — con total sinceridad.

¿Pero en qué dios cree? En un dios-para-emergencias: una proyección de la necesidad humana, un servicio al que se recurre cuando algo falla. Ese no es un Dios al que uno sirve; es un dios que me sirve a mí. Y ese dios — conviene decirlo con claridad — no es el Dios de los Diez Mandamientos. Es, en el fondo, una versión educada del pensamiento supersticioso: el amuleto, la fórmula mágica, el rito que “funciona.” Exactamente aquello de lo que la Torá vino a sacarnos.

Por eso la pregunta “¿usted cree en Dios?” — que los periodistas repiten como si fuera la pregunta definitiva — dice tan poco. La respuesta verbal es casi irrelevante. La pregunta judía es otra: ¿quién es el Soberano de tu conducta? ¿Quién define, en tu vida real, lo que está bien y lo que está mal?

Libertad

Queda una última pieza. Apenas terminó de mencionar la libertad — “te rescató de la casa de esclavos” — Dios dictó leyes, reglas y prohibiciones. ¿No es una contradicción? ¿Liberar a un pueblo para inmediatamente legislarlo?

Sólo si pensamos que ser libre es hacer lo que uno quiere. La Torá propone otra definición: libre es el que gobierna sus propios impulsos, el que no está esclavizado ni a un faraón ni a sus instintos. Para eso sirven las leyes que siguen. La libertad del Primer Mandamiento no es la libertad de toda autoridad: es la libertad de elegir al Soberano correcto.

Servir a Dios, al final, no consiste en la coherencia entre lo que decimos y lo que creemos. Consiste en la coherencia entre lo que creemos y lo que hacemos.




PRIMER MANDAMIENTO: ¿Un mandamiento que no manda nada?

¿Qué nos ordena el Primer Mandamiento?

Un mandamiento que no ordena nada

“Yo soy HaShem, tu Dios, que te rescató de la tierra de Egipto, de la casa de esclavos” (Shemot 20:2).

El Primer Mandamiento es, paradójicamente, el más difícil de entender de los diez. ¿Por qué? Porque no está formulado como una orden. No comienza con “No,” como “No matarás.” No contiene ningún verbo imperativo. No nos dice que hagamos ni que dejemos de hacer nada. Parece, más bien, una presentación: la forma en que el Creador se da a conocer antes de pronunciar Sus leyes.

De ahí la pregunta que los rabinos debatieron durante siglos: ¿es esto un mandamiento, o es un preámbulo?

El debate

El Rab Jasdai Crescas (Barcelona, siglo 14) escribió en su libro Or HaShem que no puede existir un mandamiento que nos obligue a creer en Dios. ¿Por qué no? Porque toda ley presupone un legislador. Aceptar que existe el Legislador no puede ser el contenido de una de sus leyes: es el prerrequisito de todas. Para Crescas, entonces, el Primer Mandamiento es la introducción solemne a los demás.

Maimónides sostuvo lo contrario: es una Mitsvá — la primera de las 613. Y se apoyó en la Guemará (Makot 23b–24a): de los 613 preceptos, 611 fueron transmitidos por intermedio de Moshé — 611 es el valor numérico de la palabra תורה, “Torá tsivá lanu Moshé” — y dos fueron escuchados por todo el pueblo directamente de Dios: los dos primeros mandamientos, los únicos formulados en primera persona. “Yo soy HaShem tu Dios”… “No tendrás otros dioses delante de .” Del tercero en adelante, la Torá habla de Dios en tercera persona.

Lo que Maimónides dijo realmente

Ahora bien: ¿qué nos ordena esta Mitsvá? La respuesta habitual es “creer en la existencia de Dios.” Pero esa palabra, creer, no es la que usa Maimónides.

El Mishné Torá comienza así: Yesod hayesodot ve’amud hajojmot leida’ sheyesh sham matsuy rishón — “El fundamento de los fundamentos y el pilar de toda sabiduría es saber que existe un Ser primero” (Yesodé HaTorá 1:1). Saber. Conocer. No “creer.”

La diferencia no es un tecnicismo. Creer es aceptar algo que no puedo verificar. Saber es haber llegado a una conclusión — por la evidencia, por la razón, por el testimonio heredado de quienes estuvieron al pie del Sinaí. Para Maimónides, el judío no está obligado a un salto de fe: está invitado a un acto de conocimiento. La formulación “creer en Dios” pertenece, en realidad, al vocabulario de otras religiones. La nuestra dice leida’.

La palabra clave: ELOQEJA

Y hay algo más. Miremos las tres primeras palabras: Anojí HaShem Eloqeja. En hebreo, el verbo “ser” en presente no se escribe: la palabra “soy” no está en el versículo — la agregamos al traducir. Eso permite dos lecturas. La habitual: “Yo soy HaShem, tu Dios.” Y otra, igualmente literal: “Yo, HaShem, soy tu ELOQEJA.”

¿Qué significa Eloqim? En el relato de la Creación, donde aparece 35 veces, significa Dios, el Creador. Pero unas páginas después la misma palabra cambia de sentido. Cuando la serpiente tienta a Javá le dice: el día que comas del fruto “serás como Eloqim, conocedora del bien y del mal” (Bereshit 3:5). La serpiente no le promete superpoderes ni milagros. Le promete otra cosa: no necesitarás que nadie te diga qué está bien y qué está mal — lo decidirás tú. Eloqim, aquí, no es el Creador: es la Autoridad. El Referente de lo correcto y lo incorrecto. El Legislador.

Ese es el Eloqim del Primer Mandamiento. Y por eso este mandamiento no nos ordena creer que Dios existe — eso, como escribió Crescas, se da por sentado. Nos ordena algo mucho más exigente: aceptar que Él es quien define el bien y el mal. Es exactamente lo que declaramos cada día en el Shemá — “HaShem es nuestro Eloqim” — y que nuestros Sabios llamaron qabalat ‘ol maljut shamayim, aceptar el yugo de la Soberanía Divina.

Así entendido, el viejo debate se disuelve: Crescas tiene razón en que la existencia de Dios no puede ser una ley, y Maimónides tiene razón en que aquí hay una Mitsvá — porque la Mitsvá nunca fue creer que existe, sino reconocerlo como Soberano.

Conocerlo y aceptarlo

La distinción no es teórica. Muchas personas hoy dicen creer en un Dios Creador, pero no aceptan que ese Dios tenga autoridad sobre sus vidas — un Dios que existe, pero no manda. El Primer Mandamiento fue formulado, hace 3,500 años, exactamente para esa persona.

Y quien lo escuchó por primera vez fue una nación de esclavos: cuatro generaciones programadas para obedecer al Faraón, que decidía sobre su tiempo, su trabajo y sus vidas. A ellos — y a nosotros — les dice el versículo: Yo te rescaté de la casa de esclavos. Ya no estás bajo la jurisdicción de Egipto. Ahora, Yo soy tu Soberano.

De un Soberano al otro. Pero con una diferencia, que veremos en el próximo artículo: el Faraón te esclavizó para su beneficio. Dios te liberó para el tuyo.