PRIMER MANDAMIENTO: El dios de las emergencias

La segunda mitad del versículo

En el artículo anterior vimos qué nos ordena el Primer Mandamiento: reconocer a HaShem como nuestro ELOQEJA, nuestro Soberano. Pero el versículo no termina ahí. Dios se presenta con una credencial: “…que te rescató de la tierra de Egipto, de la casa de esclavos.”

Detengámonos en esto, porque es extraño. Si Dios quería presentarse con Su título más imponente, tenía uno mejor: Creador de los cielos y de la tierra. ¿Por qué eligió presentarse, en cambio, con una intervención puntual en la historia — la liberación de un pueblo de esclavos?

Porque el Primer Mandamiento no está describiendo quién es Dios. Está describiendo qué clase de Soberano es. Y para eso, la audiencia importaba: hombres y mujeres que acababan de salir de Egipto y que sólo conocían un modelo de autoridad suprema — el Faraón.

El soberano que se sirve de ti

En el mundo antiguo, la distancia entre los dioses y los gobernantes era mínima. El Faraón se proclamaba divino, benefactor supremo de la humanidad, y disponía a voluntad del trabajo, del tiempo y de la vida de sus súbditos. No hace falta imaginación para entenderlo: el Egipto de hace 3,500 años funcionaba como Corea del Norte en nuestros días, donde el régimen prohíbe todas las religiones porque el líder supremo no tolera otra divinidad que él mismo. Stalin ensayó lo mismo con una generación de judíos rusos: borrar a Dios de la memoria para ocupar Su lugar.

Ese es el modelo del dios-faraón: demanda obediencia y lealtad incondicional para su propio beneficio. Sus súbditos existen para servirlo.

El Soberano que te liberó

Frente a ese modelo, la presentación del Primer Mandamiento es una revolución. Dios no dice “obedéceme porque te creé” ni “obedéceme porque puedo destruirte.” Dice: obedéceme a Mí, que te liberé. La credencial que Dios elige es la prueba de que Su soberanía funciona al revés que la del Faraón: el Faraón te esclavizó para su beneficio; Dios te liberó para el tuyo.

Y por eso las leyes que vienen a continuación — no matarás, no robarás, no mentirás, no envidiarás — no son tributos que Dios cobra. Dios no gana nada con que yo no robe. El beneficiario de los Diez Mandamientos no es el Legislador: somos nosotros, y la sociedad que construimos entre todos. Un padre que le pone reglas a sus hijos no las pone para sí mismo.

Usar a Dios

Esto nos permite entender algo que el Primer Mandamiento vino a prevenir, y que sigue tan vigente como hace 3,500 años.

Imaginemos a alguien que declara creer en Dios, pero ignora Sus mandamientos y no tiene interés en conocer Su voluntad. Se acuerda de Dios solamente en las emergencias. Le interesa, fundamentalmente, lo que Dios puede hacer por él. Si le preguntan si cree, responde que sí — con total sinceridad.

¿Pero en qué dios cree? En un dios-para-emergencias: una proyección de la necesidad humana, un servicio al que se recurre cuando algo falla. Ese no es un Dios al que uno sirve; es un dios que me sirve a mí. Y ese dios — conviene decirlo con claridad — no es el Dios de los Diez Mandamientos. Es, en el fondo, una versión educada del pensamiento supersticioso: el amuleto, la fórmula mágica, el rito que “funciona.” Exactamente aquello de lo que la Torá vino a sacarnos.

Por eso la pregunta “¿usted cree en Dios?” — que los periodistas repiten como si fuera la pregunta definitiva — dice tan poco. La respuesta verbal es casi irrelevante. La pregunta judía es otra: ¿quién es el Soberano de tu conducta? ¿Quién define, en tu vida real, lo que está bien y lo que está mal?

Libertad

Queda una última pieza. Apenas terminó de mencionar la libertad — “te rescató de la casa de esclavos” — Dios dictó leyes, reglas y prohibiciones. ¿No es una contradicción? ¿Liberar a un pueblo para inmediatamente legislarlo?

Sólo si pensamos que ser libre es hacer lo que uno quiere. La Torá propone otra definición: libre es el que gobierna sus propios impulsos, el que no está esclavizado ni a un faraón ni a sus instintos. Para eso sirven las leyes que siguen. La libertad del Primer Mandamiento no es la libertad de toda autoridad: es la libertad de elegir al Soberano correcto.

Servir a Dios, al final, no consiste en la coherencia entre lo que decimos y lo que creemos. Consiste en la coherencia entre lo que creemos y lo que hacemos.




PRIMER MANDAMIENTO: ¿Un mandamiento que no manda nada?

¿Qué nos ordena el Primer Mandamiento?

Un mandamiento que no ordena nada

“Yo soy HaShem, tu Dios, que te rescató de la tierra de Egipto, de la casa de esclavos” (Shemot 20:2).

El Primer Mandamiento es, paradójicamente, el más difícil de entender de los diez. ¿Por qué? Porque no está formulado como una orden. No comienza con “No,” como “No matarás.” No contiene ningún verbo imperativo. No nos dice que hagamos ni que dejemos de hacer nada. Parece, más bien, una presentación: la forma en que el Creador se da a conocer antes de pronunciar Sus leyes.

De ahí la pregunta que los rabinos debatieron durante siglos: ¿es esto un mandamiento, o es un preámbulo?

El debate

El Rab Jasdai Crescas (Barcelona, siglo 14) escribió en su libro Or HaShem que no puede existir un mandamiento que nos obligue a creer en Dios. ¿Por qué no? Porque toda ley presupone un legislador. Aceptar que existe el Legislador no puede ser el contenido de una de sus leyes: es el prerrequisito de todas. Para Crescas, entonces, el Primer Mandamiento es la introducción solemne a los demás.

Maimónides sostuvo lo contrario: es una Mitsvá — la primera de las 613. Y se apoyó en la Guemará (Makot 23b–24a): de los 613 preceptos, 611 fueron transmitidos por intermedio de Moshé — 611 es el valor numérico de la palabra תורה, “Torá tsivá lanu Moshé” — y dos fueron escuchados por todo el pueblo directamente de Dios: los dos primeros mandamientos, los únicos formulados en primera persona. “Yo soy HaShem tu Dios”… “No tendrás otros dioses delante de .” Del tercero en adelante, la Torá habla de Dios en tercera persona.

Lo que Maimónides dijo realmente

Ahora bien: ¿qué nos ordena esta Mitsvá? La respuesta habitual es “creer en la existencia de Dios.” Pero esa palabra, creer, no es la que usa Maimónides.

El Mishné Torá comienza así: Yesod hayesodot ve’amud hajojmot leida’ sheyesh sham matsuy rishón — “El fundamento de los fundamentos y el pilar de toda sabiduría es saber que existe un Ser primero” (Yesodé HaTorá 1:1). Saber. Conocer. No “creer.”

La diferencia no es un tecnicismo. Creer es aceptar algo que no puedo verificar. Saber es haber llegado a una conclusión — por la evidencia, por la razón, por el testimonio heredado de quienes estuvieron al pie del Sinaí. Para Maimónides, el judío no está obligado a un salto de fe: está invitado a un acto de conocimiento. La formulación “creer en Dios” pertenece, en realidad, al vocabulario de otras religiones. La nuestra dice leida’.

La palabra clave: ELOQEJA

Y hay algo más. Miremos las tres primeras palabras: Anojí HaShem Eloqeja. En hebreo, el verbo “ser” en presente no se escribe: la palabra “soy” no está en el versículo — la agregamos al traducir. Eso permite dos lecturas. La habitual: “Yo soy HaShem, tu Dios.” Y otra, igualmente literal: “Yo, HaShem, soy tu ELOQEJA.”

¿Qué significa Eloqim? En el relato de la Creación, donde aparece 35 veces, significa Dios, el Creador. Pero unas páginas después la misma palabra cambia de sentido. Cuando la serpiente tienta a Javá le dice: el día que comas del fruto “serás como Eloqim, conocedora del bien y del mal” (Bereshit 3:5). La serpiente no le promete superpoderes ni milagros. Le promete otra cosa: no necesitarás que nadie te diga qué está bien y qué está mal — lo decidirás tú. Eloqim, aquí, no es el Creador: es la Autoridad. El Referente de lo correcto y lo incorrecto. El Legislador.

Ese es el Eloqim del Primer Mandamiento. Y por eso este mandamiento no nos ordena creer que Dios existe — eso, como escribió Crescas, se da por sentado. Nos ordena algo mucho más exigente: aceptar que Él es quien define el bien y el mal. Es exactamente lo que declaramos cada día en el Shemá — “HaShem es nuestro Eloqim” — y que nuestros Sabios llamaron qabalat ‘ol maljut shamayim, aceptar el yugo de la Soberanía Divina.

Así entendido, el viejo debate se disuelve: Crescas tiene razón en que la existencia de Dios no puede ser una ley, y Maimónides tiene razón en que aquí hay una Mitsvá — porque la Mitsvá nunca fue creer que existe, sino reconocerlo como Soberano.

Conocerlo y aceptarlo

La distinción no es teórica. Muchas personas hoy dicen creer en un Dios Creador, pero no aceptan que ese Dios tenga autoridad sobre sus vidas — un Dios que existe, pero no manda. El Primer Mandamiento fue formulado, hace 3,500 años, exactamente para esa persona.

Y quien lo escuchó por primera vez fue una nación de esclavos: cuatro generaciones programadas para obedecer al Faraón, que decidía sobre su tiempo, su trabajo y sus vidas. A ellos — y a nosotros — les dice el versículo: Yo te rescaté de la casa de esclavos. Ya no estás bajo la jurisdicción de Egipto. Ahora, Yo soy tu Soberano.

De un Soberano al otro. Pero con una diferencia, que veremos en el próximo artículo: el Faraón te esclavizó para su beneficio. Dios te liberó para el tuyo.




INTRODUCCION: El juego de los 10 Mandamientos

El juego

Cuando enseño los Diez Mandamientos, el título de mi clase suele ser “El juego de los Diez Mandamientos”. El juego es muy sencillo. Primero explico los mandamientos, uno por uno. Y luego pregunto a mi audiencia: ¿Cuál de estos preceptos ha expirado? ¿Cuál pasó de moda, cuál ya no es relevante ni necesario?

¿La respuesta? Un largo silencio.

Hace 3,500 años que estos preceptos fueron proclamados en el Monte Sinaí, y ni uno solo ha vencido. No hay otro texto legal en la historia de la humanidad del que pueda decirse lo mismo.

Las primeras palabras del pacto

Los Diez Mandamientos no son un texto más de la Torá. Son las primeras palabras del pacto (berit) entre Dios y el pueblo de Israel: la única vez que HaShem se reveló ante todo el pueblo colectivamente, en el evento que conocemos como ma’amad har Sinai. Los términos completos de ese pacto se expondrán a lo largo de toda la Torá — 613 preceptos, nuestra Constitución Nacional — pero la ceremonia inaugural fueron estas diez declaraciones.

Uno esperaría, entonces, que los Diez Mandamientos fueran el primer texto que se estudie (¡y se memorice!) en toda escuela judía. Y sin embargo, no es así. Los estudiamos, por supuesto — pero no lo suficiente. No como deberían estudiarse las palabras con las que comenzó todo.

¿Por qué?

Un poco de historia

En los tiempos del Bet HaMiqdash, los Diez Mandamientos se recitaban todos los días como parte de la liturgia, junto con el Shemá Israel (Mishná, Tamid 5:1). En los siglos 3 y 4, varios rabinos trataron de reinstituir esa recitación diaria en Babel, y las cortes rabínicas no lo autorizaron. La Guemará (Berajot 12a) explica el motivo con tres palabras crípticas: mippené tar’omat haminim — “por los argumentos escandalosos de los herejes”.

¿Quiénes eran esos herejes? El cristianismo naciente presentaba a los Diez Mandamientos como los únicos preceptos revelados directamente por Dios — y por lo tanto, los únicos obligatorios. Todo lo demás — Shabbat, kashrut, la circuncisión — quedaba derogado. Una versión del judaísmo desprovista de casi todas sus obligaciones. Frente a esa doctrina, nuestros Sabios tomaron una decisión defensiva: retirar los Diez Mandamientos del rezo diario, para que nadie pudiera decir que los judíos mismos los consideraban la única palabra divina.

Maimónides

Siglos después, la misma discusión reapareció en otra forma: ¿debemos ponernos de pie cuando los Diez Mandamientos se leen públicamente en la sinagoga?

Maimónides dijo que NO. Los Diez Mandamientos son una parte esencial de la Torá, pero no son más importantes que los demás preceptos bíblicos. Todas las Mitsvot tienen el mismo origen Divino y la misma jerarquía. Ponerse de pie ante estos mandamientos — y quedarse sentado ante todos los demás — sugeriría exactamente la doctrina contra la cual nuestros Sabios lucharon durante siglos.

Lo que hace únicos a los Diez Mandamientos no es su jerarquía: es la forma en que fueron entregados. Directamente. Ante todo el pueblo. Como apertura del pacto.

Lo que sigue

Aquella decisión defensiva de nuestros Sabios fue necesaria. Pero tuvo un costo: el texto con el que comenzó nuestro pacto con Dios terminó siendo menos estudiado de lo que merece. En las próximas semanas quisiera remediar un poco esta situación, estudiando juntos cada mandamiento, uno por uno.

El juego sigue abierto: si encuentran uno que haya vencido, me avisan.




EQUEB Vacas Lecheras y Dátiles Medjool

אֶרֶץ זָבַת חָלָב וּדְבָשׁ

 

El Creador te ha concedido “una tierra que mana leche y miel” —

Debarim 11:9

LA PROMESA

Nuestra Parashá llama a Israel “la tierra que mana (= que produce) leche y miel”. Es quizás la descripción más famosa de toda la Torá. Y durante miles de años fue también la más difícil de creer: los judíos, generación tras generación, leímos estas palabras sin ver ni la leche ni la miel. Sonaban a fantasía. Hasta ahora…

Moshé Rabbenu le describe al pueblo la tierra de Israel: “una tierra… de arroyos, de manantiales y de agua potable que brotan en el valle y en la montaña; tierra de trigo y cebada, de vid, higuera y granada; tierra de olivos de aceite y de miel” (Debarim 8:7-8).

 

Pensemos en quiénes escuchaban estas palabras. La mayoría, una generación que nació en el desierto. Gente que jamás vio un campo de trigo ni un olivo. Que no sabía lo que era una fruta fresca. Que nunca cosechó nada. Que comió, toda su vida, el maná que bajaba del cielo, racionado, como “comida de astronauta” (con un poco más de sabor). A ellos, Moshé les habla de arroyos, de uvas, de higos, de pan en abundancia — y de algo que ni podían visualizar: leche y miel (Debarim 11:9).

Pero no solo para la generación del desierto la leche y la miel de Israel fueron una utopía inalcanzable: durante los últimos 2,000 años, ¡esta descripción siguió sonando a fantasía para todas las generaciones que vinieron después!

 

LA LIBRETA DE RACIONAMIENTO

Durante siglos, los que visitaron la tierra de Israel vieron exactamente lo contrario de lo que describe nuestra Parashá: pantanos, malaria, piedras, desolación. Los pocos judíos que vivían allí dependían, en gran parte, de la caridad de las comunidades de la diáspora. El rab Obadiá de Bertinoro, que llegó a Israel en 1488, cuenta que el rabino de Jerusalem era Ya’aqob de Colombano: era tan pobre que únicamente se permitía comer un pedazo de pan durante Shabbat, mientras que durante la semana se alimentaba de las vainas secas de algarrobo que los productores árabes desechaban después de producir la miel de algarrobo. ¡Ni esa miel barata podían probar los judíos!

Pero no hace falta ir tan atrás. Vayamos a 1950, dos años después de la fundación del Estado de Israel. El país no producía comida suficiente para su población, y el gobierno impuso un régimen de austeridad: la tzena’ (צנע, “austeridad” en hebreo). Cada familia recibía una libreta de racionamiento. La ración mensual por persona era de: 12 huevos, 200 gramos de queso, 750 gramos de carne. ¿Y la leche? La leche fresca escaseaba tanto que las cuotas se fijaban por edad — los niños primero — y buena parte del país hacía fila para comprar leche en polvo importada.

Leamos esto de nuevo, despacio: ¡en la tierra de la leche y la miel, la leche estaba racionada! Y no en la época de los romanos ni de los otomanos. Hace solo 70 años. Conozco abuelos en nuestras comunidades que hicieron la fila con esa libreta. ¿Qué habrán pensado, en los años 50, de la promesa de leche y miel? ¿Que era una metáfora?

LA LECHE

Hoy vivimos tiempos absolutamente privilegiados en Israel: tiempos de una abundancia desproporcionada que, si eres judío, puedes llamarla sin vergüenza: ¡”abundancia bíblica”! Es decir: prometida por la Torá.

Tomemos por ejemplo la leche. Israel produce leche en números récord. Y las vacas israelíes — ¡ajústense los cinturones! — producen más leche que las vacas del mundo entero. No es una exageración: son los datos oficiales de la industria láctea internacional. Las vacas israelíes producen en promedio más de 12,000 litros por año. Las siguen Dinamarca y Holanda, con poco más de 10,000; y otros países verdes, húmedos y de pasturas infinitas, como Argentina, con unos 6,500.

¿Saben dónde vive la vaca con el récord absoluto de producción de leche del planeta? Ni en los Alpes suizos ni en la quebrada de Humahuaca. ¡Vive en un kibutz! Sa’ad, a pocos kilómetros de la franja de Gaza (dairyschool.co.il/world-record-holder-milking-cow). No es el pasto ni las llanuras. Es la berajá que HaShem le da a esta tierra.

Las berajot que la Torá prometió hace 3,500 años y que nunca pudimos percibir ¡se están cumpliendo hoy — literalmente, HOY — frente a nuestros ojos!

 

LA MIEL

¿Y la miel? Aclaremos primero que cuando la Torá habla de miel no se refiere a la miel de abejas, sino al “almíbar dulce” que se produce de los dátiles. Cuando el dátil del Medio Oriente madura, se vuelve blando, almibarado y pegajoso: al tocarlo, prácticamente exuda un jugo que se pega en la piel como la miel.

El Medjool es el dátil más famoso del mundo: grande, dulce y carnoso — el rey de los dátiles. ¿Y adivinen qué país es el primer exportador mundial de dátiles Medjool? (Ajústense otra vez los cinturones): ¡Israel! Exporta estos sabrosos dátiles a unos 60 países y concentra ¡la mitad de las exportaciones globales! Crecen en el valle del Arabá y a lo largo del valle del Jordán. Y este imperio del dátil es una industria relativamente nueva, que despegó en los 90 como un start-up.

La tierra que mana miel de dátiles hoy exporta su miel a los cinco continentes.

 

MÁS QUE LECHE Y MIEL

La leche y los dátiles son solo dos ejemplos de algo más grande. Israel es un país con más de la mitad de su territorio desértico, sin ríos importantes, sin lluvias durante seis meses al año, rodeado de enemigos y en guerra desde su fundación. Pero tiene BERAJÁ. Y no solo se alimenta a sí mismo: también exporta comida al mundo entero. Frutas, verduras, semillas, tecnología agrícola. ¡Hasta el agua se produce en Israel! Se desaliniza el mar para beber y se reciclan las aguas para regar los campos, en proporciones que ningún otro país del mundo se le acerca.

אֲשֶׁר לֹא בְמִסְכֵּנֻת תֹּאכַל בָּהּ לֶחֶם “El pan que comas en Israel no lo comerás con escasez” (Debarim 8:9). La generación del desierto que escuchó esta promesa no pudo imaginarla. Cien generaciones la leyeron y no la pudieron ver. Incluso nuestros abuelos tenían que comprar la leche con cupones. Y nosotros, sin darnos cuenta, somos quizás la primera generación en miles de años que ve esta berajá cumplida.

La tierra prometida que durante siglos estuvo destruida, desolada y estéril es hoy la tierra de la superabundancia: produce más leche que todo el planeta y exporta sus dátiles, con sabor a miel, al mundo entero.

Rab Yosef Bitton




Rab Shemuel HaNaguid (993-1056): Talmudista, poeta y militar

VIDA Y OBRA

Cordoba, España, y la era de oro de Sefarad.
Durante el siglo X, mientras Europa apenas sabía leer, Córdoba era la capital cultural e intelectual del mundo civilizado. Y dentro de esa ciudad florecía la comunidad judía más brillante que el exilio había conocido: es lo que se conoce como la Edad de Oro de España. El arquitecto de ese milagro fue Jasday ibn Shaprut (915–970), médico personal del Califa —el rey musulmán—, diplomático de confianza del imperio y líder de los judíos de España. Jasday entendió algo que pocos entienden: que el poder sirve para construir. Con su fortuna mantuvo a poetas, gramáticos y sabios, y estableció en Córdoba una gran academia de Talmud, dirigida por el rabino Moshé ben Janoj. Hasta entonces, cada pregunta seria de halajá tenía que ser enviada en barco hasta las academias de Babel, y volvía meses después con la respuesta. Con la academia de Córdoba, por primera vez en la historia de Sefarad, la Torá se respondía en casa.
De esas mismas cortes salió otra revolución: la escuela de gramática hebrea, donde se formalizó la lingüística bíblica, y donde el hebreo, que era una lengua de rezo, volvió a ser una lengua viva, utilizada para crear poesía, con maestros como Menajem ben Saruq y Dunash ben Labrat.
En esa ciudad, en el año 993, nació Shemuel ben Yosef ibn Nagrela. Le tocó heredar ese mundo entero. Y le tocó verlo arder.
Córdoba en llamas
En el año 1013 los soldados que el Califa de Córdoba había traído del norte de África se rebelaron contra la ciudad y la saquearon durante días. Escuelas, bibliotecas, la corte de justicia y la judería: todo dejó de existir en unas semanas.
Entre los que huyeron hacia el sur estaba Shemuel ben Yosef ibn Nagrela, que tenía apenas 20 años y llevaba consigo la Torá que había aprendido de su maestro, el rabino Janoj ben Moshé, que dirigía la yeshibá de la ciudad. Shemuel era un experto en Talmud y gramática hebrea bíblica. Además, conocía y escribía el árabe clásico (najauí) a la perfección, algo que por lo general solo sabían los hombres de la corte.
Llegó a Málaga sin nada y allí abrió una humilde tienda de especias para mantenerse.
Las cartas
La tienda estaba pegada al palacio del gobernador. Una sirvienta que trabajaba allí no sabía escribir y necesitaba mandarle cartas a su patrón, el ministro del rey de Granada. Contrató al vendedor de especias de la esquina para que se las redactara.
Cuando el ministro leyó esas cartas, preguntó quién las había escrito: la caligrafía, el estilo, la elegancia del texto no eran de una sirvienta. Mandó traer al judío a Granada y lo nombró su secretario personal.
El judío que gobernaba Granada
El ministro murió poco después y, antes de morir, le dijo al rey de Granada, Habús, que ninguno de sus consejeros valía lo que aquel judío. Habús le hizo caso y lo incorporó a su corte.
En pocos años Shemuel se transformó en el hombre que manejaba el reino de Granada: administraba el cobro de los impuestos, negociaba los tratados comerciales con los reinos vecinos y firmaba decretos en nombre del rey. Cuando Habús murió en 1038 y sus dos hijos se pelearon por el trono, Shemuel apoyó a Badís, que fue el que ganó y se convirtió en el nuevo rey.
Dieciocho años en una tienda de campaña
Después ocurrió lo que no tiene ningún otro caso parecido en toda la historia judía del exilio: durante dieciocho años, un judío observante comandó el ejército musulmán de Granada. Un judío que se lavaba las manos antes de comer pan y no montaba a caballo en Shabbat estaba al mando de varios miles de jinetes musulmanes.
Salía en campaña con las lluvias de la primavera y volvía en el otoño. Peleaba contra los reinos vecinos que se habían repartido el sur de España después de la caída de Córdoba: Almería, Sevilla, Málaga.
La batalla que lo definió fue en 1038, en un paraje llamado Alfuente. El rey de Almería marchó sobre Granada con su ministro, un hombre que llevaba años escribiéndoles cartas a los otros reyes musulmanes para exigir que ningún judío tuviera autoridad sobre creyentes, y que había prometido en público crucificar a Shemuel cuando lo tuviera enfrente. El rey de Almería murió en la retirada. El ministro fue capturado vivo y ejecutado.
Presidente de la comunidad judía
En 1027 la comunidad judía de Granada le dio el título con el que quedó en la memoria: Naguid, jefe o presidente de los judíos de España. Usó su fortuna para hacer jésed y difundir la Torá. Pagaba a copistas para reproducir el Talmud y repartía los ejemplares gratis entre estudiantes sin dinero. Mandaba dinero a las escuelas de Babel, de Jerusalem y del norte de África. Mantuvo durante años a un poeta joven, huérfano, enfermo y de difícil carácter llamado Shelomó ibn Gabirol, que le dedicó versos de admiración y después lo insultó en público.
Murió en 1056, después de una vida entera de guerra. Su hijo Yosef heredó el cargo. Pero diez años más tarde, en 1066, una turba asaltó el palacio de Granada y lo asesinó.
Y sin embargo, lo que quedó de Shemuel HaNaguid para la posteridad judía no fueron sus impresionantes victorias militares.

LA GUERRA Y LOS POEMAS
A Shemuel le encantaba escribir. Y lo hacía muy bien. Escribía por la noche antes de la batalla, escribía después de la victoria, escribía cuando volvía a Granada. No publicó sus poemas: eran hojas sueltas, cientos, acumuladas a lo largo de cuarenta años.
Su hijo Yosef, siendo todavía un chico, se puso a copiarlas y ordenarlas. Las dividió en tres libros y les puso nombres que son una declaración de lealtad a su padre: Ben Tehilim, Ben Mishlé y Ben Qohélet —”el hijo —o el descendiente— de los Salmos”, “hijo de los Proverbios”, “hijo de Kohélet”.
Ben Tehilim
Es el libro más importante. Y contiene algo que no existía en hebreo desde el tiempo de David HaMelej: poesía de guerra escrita por un hombre de fe plena en Dios en el campo de batalla.Varios de estos poemas vienen precedidos por una introducción en prosa que explica la ocasión: quién atacó, cuándo, qué pasó. Exactamente como los encabezados de los Salmos de David: “al director del coro, salmo de David, el día en que HaShem lo salvó de la mano de todos sus enemigos y de la mano de Shaúl”. Shemuel adoptó esa misma forma como para continuar el estilo del poeta, el rey David, jefe de los ejércitos judíos. Uno de esos encabezados dice que Shemuel compuso los versos y los fijó “en lugar de la Tefilá de Minjá de aquel día”.El poema de la batalla de Alfuente, la más decisiva de su vida, es el más largo: 149 versos. Describe los ejércitos en formación, la tierra que tiembla, las lanzas como relámpagos, las flechas como gotas de lluvia, el polvo que tapa el sol, la tierra que bebe sangre. “El día fue día de niebla y oscuridad —escribe— y el sol, como mi corazón, negro.” Y en medio del combate, Shemuel reza: “Los que me odian derraman sangre como agua, y yo derramo plegaria.” El poema termina con un canto de agradecimiento construido en base a Shirat HaYam y el canto de Deborá. Aquí está el link donde se puede leer: https://benyehuda.org/read/6877
Hizo algo más, y es de las cosas más conmovedoras que se saben de él: cada vez que salió vivo de una batalla, lo celebró y lo instituyó para su familia como un día de conmemoración, un Purim privado, en el que leía y repetía el poema conmemorativo.

LA GUERRA Y EL TALMUD
Shemuel HaNaguid también escribió obras de halajá, como el Hiljetá Gabratá, un código completo de toda la ley del Talmud: un antecedente de lo que unas décadas más tarde haría el Rif. Pero la obra se perdió. La conocemos solo porque los grandes rabinos de los siglos siguientes lo citan con respeto. También escribió un diccionario monumental de hebreo bíblico, que también se perdió; y las notas de sus debates sobre diqduq con Rabí Yoná ibn Janaj, de Zaragoza, sobre algunas raíces de palabras de la Torá.
De todos sus escritos rabínicos sobrevivió una pieza breve pero fundamental: Mebó haTalmud, “Introducción al Talmud”. Son pocas páginas, escritas con una economía militar, que explican cómo está armado el Talmud por dentro: qué es una Mishná y qué es una Beraitá, cómo se distingue la voz del Tanaíta de la del Amoraíta, qué significan las fórmulas que abren y cierran una discusión talmúdica, cómo se reconoce cuándo el Talmud está preguntando de verdad y cuándo está preguntando para enseñar. Es un manual para entrar en un texto que, de otra manera, es difícil de entender.

Nadie había escrito nada así antes. Y no lo escribió pensando en especialistas, sino para el estudiante que abre el Talmud y no entiende qué está mirando.
Siglos después de la muerte de su autor, cuando se fijó el formato de la página del Talmud de Vilna que seguimos usando hasta el día de hoy, los editores lo pusieron al final de masejet Berajot, el primer tratado del Talmud. Y sigue ahí, ¡en todas las ediciones estándar!

De un hombre que gobernó un reino, comandó ejércitos durante dieciocho años y sostuvo con su bolsillo las academias rabínicas de tres continentes, quedó su herencia literaria y rabínica: los hermosos poemas que copió su hijo y unas pocas pero importantísimas páginas al final de Berajot que un estudiante común abre y lee sin tener idea de a quién está leyendo.




¡TRES SEGULOT PARA ENCONTRAR TU SHIDDUJ PERFECTO!

1. Bajar un escalón

Los jóvenes de todo el mundo tienen cada vez más dificultad para casarse. Y frente a esa dificultad aparece toda clase de ayuda metafísica: segulot, amuletos, listas de Tehilim con garantía. Pero no siempre funcionan.

Hoy quiero compartir una segulá que “sí” funciona, y viene garantizada por más de dos mil años de sabiduría. Está en la Guemará, Masejet Yebamot 63, y consiste en cuatro palabras: נחית דרגא ונסיב איתתאnajit dargá unsib itetá— “baja un escalón y toma a tu esposa”.

Lo que los Sabios están diciendo es esto: no busques a alguien que esté por encima de ti. Busca a alguien a quien tú le gustes.

Le pregunté a un joven soltero de más de treinta años por qué seguía soltero, teniendo B”H tantas candidatas alrededor. Y me dio la misma respuesta que me dan todos: “Rabino, necesito sentirme atraído hacia la muchacha. Y las muchachas por las que yo me siento atraído ¡no me prestan atención!”

Lo que está diciendo, sin darse cuenta, es que necesita a alguien que esté un escalón por encima de él. Un nivel de belleza más alto que el suyo, que sea más dulce que él, más simpática, de mejor humor, de mejor familia. Y nunca se le ocurre pensar que la muchacha que está un escalón por encima de él puede estar esperando exactamente lo mismo: está mirando a los muchachos que están por encima de ella, o en su mismo escalón.

Ahí está el círculo vicioso. Y destructivo. Si todos buscan una versión mejorada de sí mismos, entonces nadie está mirando a la gente buena que sí está disponible. No faltan candidatos; el problema es que todos están mirando en la misma dirección, demasiado hacia arriba.

Hay una frase paradójica que lamentablemente no es rara, y que resume el problema entero: “Perdí el interés por ella cuando me di cuenta de que yo le gustaba.”

Ese es exactamente el mecanismo que esta segulá viene a romper. La persona que se interesa por ti no vale menos por interesarse. No tiene ningún sentido seguir el instinto del conquistador e ir detrás de la muchacha imposible.

Así que si de verdad quieres casarte, repítete estas cuatro palabras tres veces, todas las noches —najit dargá unsib itetá— y empieza a buscar en la dirección correcta: alguien de tu nivel, a quien tú ya le gustas.

De golpe vas a descubrir que los candidatos no son pocos.

SEGULÁ 2 — No te enamores de una foto

Nuestros Sabios entendieron la belleza al revés de como la entiende el mundo moderno.

Para la cultura griega —y para la contemporánea, que en esto es heredera de la griega— la belleza es un dato objetivo que ya está ahí antes de que uno se enamore. Uno se enamora porque encontró la belleza.

Pero para la mente judía es exactamente al revés: la percepción de la belleza es el resultado del amor, no su causa.

“No te quiero porque te encuentro hermosa. Te encuentro hermosa porque te amo.”

El mejor ejemplo son nuestros hijos. La niña de cuatro años del vecino puede ser preciosa. Pero para mí no hay en el universo criatura más hermosa que mi hija. O mi nieta. ¿Por qué? Porque la amo. Y al quererla, me parece la nena más hermosa del mundo. No puedo verla de otra manera.

Esto es completamente diferente a la actitud moderna materialista. Si la belleza viene después, la pregunta correcta en una primera salida no es “¿me atrae?”, sino “¿es alguien a quien podría llegar a querer?”.

La mayoría de las parejas que conozco, en las primeras salidas, no sintieron ni atracción fatal ni rechazo automático. Estaban emocionalmente parve. Y como la cabeza decía que sí, invirtieron tiempo en la relación. Las emociones se alimentaron de la convivencia, del conocimiento mutuo, de compartir algunas cosas y debatir otras. Y ahí llegó la atracción.

Eso es lo normal. Lo otro es lo que se ve en las películas.

De aquí sale una segulá muy práctica: si sales con alguien de buenas middot y de buena familia, dale tiempo a la atracción. El tiempo, y el conocer a la otra persona, hacen su trabajo.

SEGULÁ 3 — Luces rojas y virtudes VIP

La persona con la que uno piensa casarse tiene que tener buenas middot, venir de una familia decente, y tener valores religiosos y morales compatibles.

También hay que desconfiar de la persona que vive criticando a los demás. El que siempre tiene algo que decir sobre todo el mundo. Los Sabios lo resumieron en cuatro palabras, kol hapoesel bemumó posel: el que descalifica, descalifica proyectando en los demás su propio defecto. El que insiste obsesivamente en que los demás roban suele ser el que roba. El que anda revisando la legitimidad ajena suele tener un problema con la propia. Es un principio que sirve mucho más allá del shidduj.

VIRTUDES VIP

El Shulján Aruj describe los tres rasgos que identifican al pueblo judío: rajmanim, baishanim, gomlé jasadim — compasivos, con vergüenza sana o timidez (exactamente lo contrario de la jutzpá), y que disfrutan de hacer el bien a los demás.

Estas virtudes son tan centrales que los Sabios llegaron a decir algo muy punzante: quien es cruel, o desvergonzado, o impasible ante el sufrimiento ajeno, ¡quizás no sea judío! Literalmente dijeron que es imposible que alguien tenga sangre judía sin estas tres virtudes: sus antepasados no estuvieron en el Monte Sinai el día en que se entregó la Torá y nació el pueblo judío.

EASY GOING

Para mí —con años de experiencia en Shalom Bayit— la característica más importante a verificar en la personalidad de quien consideramos para compartir el resto de nuestras vidas es que ese hombre o esa mujer sean “easy going”. No sé cómo se dice exactamente en español, pero es lo contrario de “complicado”. Easy going es alguien que sabe dejar pasar. Que no se enoja para la eternidad: que tarda en enojarse y perdona enseguida. Que es capaz de decirle que sí a una idea distinta de la suya. Y capaz de cambiar de opinión de manera inteligente: entrar en una conversación pensando una cosa y terminar pensando otra.

Lo contrario de easy going es alguien a quien le importa más ganar la discusión que llegar a la verdad.




TU BEAB: ¿Qué celebraremos el 15 de Ab?

עוד ישמע בערי יהודה ובחוצות ירושלם קול ששון וקול שמחה קול חתן וקול כלה

Hemos dejado atrás un período de luto por el Bet haMiqdash que finalizó este pasado jueves 23 de julio por la noche, cuando terminó el ayuno del 9 de Ab. Durante todo este tiempo no hemos tenido casamientos ni otras celebraciones. Una vez finalizado Tishá BeAb, retornamos a las festividades y a las alegrías.

Hoy es una fecha que, aunque no muy conocida, es muy significativa: el 15 del mes de Ab. Según el tratado de Ta’anit, Rabbán Shimón ben Gamliel dijo: “No hubo días más alegres para el pueblo de Israel que el 15 de Ab… porque en esos días las jóvenes solteras de Jerusalem salían vestidas de blanco a bailar en los viñedos… y decían a los jóvenes solteros: ‘Considera a quién elegirás [para ser tu esposa]’, y luego destacaban sus propias cualidades: sus buenas familias, sus virtudes, su belleza”. En este día, muchas parejas se conocían por primera vez y así comenzaban nuevos matrimonios.

Para explicar por qué este día fue seleccionado para un evento tan alegre y significativo, «el día de los shidujim» (o formación de parejas), los Sabios mencionan lo que sucedió el 15 de Ab a lo largo de la historia judía.

1. Poco después de salir de Egipto, cuando el pueblo de Israel se negó a entrar en la tierra de Israel, todos los mayores de 20 años fueron condenados a morir en el desierto. Cuarenta años después, el 15 de Ab, este decreto fue cancelado. Si recordamos que el primer evento que conmemoramos en Tishá BeAb es que fue decretada la muerte de la generación que salió de Egipto, en ese contexto, el 15 de Ab es el “cierre”, la finalización de ese terrible decreto. La supervivencia de la nueva generación.

2. Cuando el pueblo judío comenzó a establecerse en Israel en los tiempos de Yehoshúa y aseguraron la división ordenada de la Tierra de Israel entre las tribus, que se establecieron en doce «provincias» o «estados» (אחוזות או נחלות), los Sabios solo permitieron los matrimonios entre miembros de la misma tribu (Bamidbar, capítulo 36). Si, por ejemplo, una mujer había heredado la tierra de su padre en el territorio de Yehudá, no podía casarse con una persona de la tribu de Binyamín. ¿Por qué? Porque un casamiento intertribal causaría la transferencia de tierras de una tribu a otra, de una “provincia” a otra. Estas restricciones se levantaron el 15 de Ab, cuando se permitieron los matrimonios entre las diferentes tribus.

3. El 15 de Ab también nos recuerda que la tribu de Binyamín fue readmitida al pueblo de Israel. Sus miembros habían sido excomulgados por su participación en el terrible episodio de la violación de una mujer en la Gib’ah (Jueces 19-21), un evento que no era común en la sociedad judía y que sacudió al pueblo de Israel durante décadas.

4. Hay un  evento adicional que ocurrió el 15 de Ab. Los Sabios dicen que ese día se permitió al pueblo de Israel enterrar a los muertos de Betar (Bit-ter): אמר רב חונה משניתנו הרוגי ביתר לקבורה נקבעה הטוב והמטיב. הטוב שלא נסרחו והמטיב שניתנו לקבורה. ¿Qué significa esto y qué tiene que ver con la celebración de matrimonios?

Para entenderlo mejor, voy a presentar una breve reseña histórica: Desde que se destruyó el Templo de Jerusalem en el año 68 de la era común, la tierra de Israel ya no pertenecía al pueblo judío: «Judea» fue convertida en una provincia del Imperio romano. Algunos emperadores fueron flexibles con los judíos y otros no. Pero hubo un emperador que fue el peor enemigo de los judíos: Adriano, יש. Este malvado gobernante se obsesionó con exterminar a nuestro pueblo en un nivel similar al de Hitler יש. Su «sueño» era la solución final: destruir al pueblo judío y borrar para siempre su memoria. Comenzó por Yerushalayim. Destruyó lo que quedaba de las ruinas del Templo para que los judíos dejáramos de llorar por Jerusalem (como lo hacemos hoy cuando visitamos el Kotel) y nos olvidáramos para siempre de reconstruir la ciudad y el Templo. Para asegurarse el éxito de su misión, mandó a construir una ciudad sobre las ruinas de Jerusalem y le cambió el nombre a Aelia Capitolina. Como si esto fuera poco, también le cambió el nombre a la tierra de Israel y le puso el nombre «Palestina».

Los judíos, liderados por Bar Kojbá, decidieron sublevarse, pero luego de unos tres años de heroicas batallas, en el año 135, Adriano derrotó a los rebeldes. Se estima que alrededor de 400,000 judíos que habitaban en Betar, el último bastión de resistencia judío, fueron masacrados por los romanos «hasta que su sangre llegó al mar Mediterráneo». Y como castigo adicional, Adriano emitió un decreto especial: no permitió enterrar los cuerpos de estos judíos asesinados. Los judíos eran asesinados sin piedad, incluso aquellos hombres y mujeres que podían ser vendidos como esclavos. 90% de los judíos de Judea fueron exterminados. En ese desesperante momento, algunos Sabios expresaron que debían cancelarse las bodas y los matrimonios. ¿Para qué traer hijos al mundo, si esos niños estaban condenados a muerte desde el momento de su nacimiento?

Finalmente, el 15 de Ab (10 de julio) del año 138, el emperador Adriano murió. En aquellos tiempos, cuando un rey o emperador fallecía, sus decretos se cancelaban automáticamente. La primera acción que realizaron los judíos fue dar sepultura a sus muertos. Según la tradición talmúdica, los cuerpos, milagrosamente, no se descompusieron durante un período de tres años.

Para los judíos de ese tiempo, la muerte de este monstruoso emperador era similar a la culminación de la Segunda Guerra Mundial en 1945. Para conmemorar el final de este trágico período, que los Sabios llamaron shemad («genocidio»), la palabra hebrea más cercana a shoá («holocausto»), los Sabios tomaron una decisión de gran alcance y relevancia: formularon una nueva bendición (berajá) de agradecimiento a Dios por haber sobrevivido el genocidio sistemático de Adriano e incorporaron esta bendición llamada Hatob Vehametib en el Bircat haMazón, la oración que recitamos diariamente después de comer una comida con pan.

En ese momento, los Sabios también alentaron a los sobrevivientes —nuestros ancestros— a traer nuevamente hijos al mundo. De alguna manera, tal como había ocurrido en el desierto, los judíos dejaron de morir, sobrevivieron el decreto de muerte, y podían ahora comenzar de nuevo.

El 15 de Ab del año 138 de la era común, el pueblo judío renació de sus cenizas. Y en las ciudades de Judea y en las calles de Jerusalem se volvieron a escuchar las voces de alegría de los novios y las novias que celebraban sus bodas y formaban sus nuevas familias.




Historia de la destrucción del segundo Bet HaMiqdash. Parte 2

En la primera parte de esta historia (ver aquí) explicamos cómo las divisiones internas le abrieron las puertas de Jerusalem a los romanos, cómo Judea pasó de ser un estado independiente a una provincia romana, y cómo, tras la muerte del rey Agripas en el año 44, comenzó el período más amargo de nuestra historia bajo Roma, que culminó con la destrucción del Bet haMiqdash en el año 68.

DE MAL EN PEOR

Tras la muerte de Agripas (año 44 de la era común), que fue el mejor gobernador que tuvo Judea, se inició un período muy difícil para Am Israel. Los romanos impulsaron a los paganos a establecerse en Israel, los eximieron de impuestos y los favorecieron con sus leyes. Por otro lado, cuando un judío no pagaba los exorbitantes impuestos a los romanos, su tierra era confiscada y entregada gratuitamente a los paganos. La población judía se sentía cada vez más desplazada y privada de su tierra. En el plano religioso la situación no era mejor: las provocaciones y humillaciones contra los judíos seguían creciendo.

CUMANO Y FÉLIX

Maimónides indica que la terrible ofensa de Apostomus, que quemó públicamente un Sefer Torá, tuvo lugar en la época del gobernador Cumanus (48-52). Luego vino Marco Antonio Félix, que gobernó Judea durante 8 terribles años (52-60). Félix fue un esclavo en su juventud, guardaba rencor a los judíos y abusaba de su poder. El historiador romano Tácito denunció su actitud diciendo que Félix “practicó toda clase de crueldades y abusos, ejerciendo su poder de procurador con la mentalidad de un esclavo”. Los romanos hicieron todo lo posible para anexar Judea y exigían a los judíos que se convirtieran en ciudadanos “normales” del imperio o que abandonaran Israel. La situación era desesperante.

FLORUS

La agresión de los romanos contra los judíos alcanzó su punto máximo en tiempos del procurador Florus, del 64 al 66 de la era común. Florus fue designado por el extravagante y tiránico emperador romano Nerón, que reinó del 54 al 68. El objetivo de Florus era saquear el Bet haMiqdash y robar los objetos sagrados del Templo que estaban hechos de oro puro. En el año 66, Florus llegó a Yerushalayim y robó doce talentos de plata del Bet haMiqdash, alegando que actuaba en nombre del emperador romano. También exigió que todos los judíos de la ciudad fueran a saludarlo y bendecirlo. Muchos lo hicieron por temor a la impredecible reacción de Florus. Al día siguiente, Florus exigió que todos los líderes judíos que no habían estado allí fueran ejecutados por faltarle el respeto. Y ordenó a sus soldados que tomaran represalias matando a todos los judíos que encontraran en las calles de Jerusalem. En un solo día, Florus asesinó a 3.600 judíos: hombres, mujeres y niños. Y ordenó crucificar a los líderes judíos (vale aclarar que la crucifixión era el método de ejecución utilizado por los romanos, no por los judíos).

PROVOCACIÓN CON FINES DE LUCRO

Como si esto fuera poco, Florus convocó a los líderes rabínicos y a los Cohanim del Bet haMiqdash para “calmar la situación”. Los líderes judíos aceptaron ingenuamente las demandas de Florus con la esperanza de que esto detuviera las masacres, pero cuando llegaron, el ejército de Florus los atacó y mató a muchos de ellos. Algunos historiadores creen que Florus estaba provocando deliberadamente a los judíos sabiendo que eventualmente se rebelarían. Y planeó usar esta rebelión como excusa para saquear el oro del Bet haMiqdash.

COMIENZA LA GRAN REVUELTA

Flavio Josefo escribe que el líder judío Agripas II trató de evitar una rebelión alegando que el problema era Florus, no los romanos. Trataba de convencer a los judíos de que luchar contra los romanos sería un acto suicida, sin posibilidad de éxito. Los esfuerzos tenían que ser diplomáticos, no militares: el emperador tenía que reemplazar a Florus. Pero muchos sintieron que habían llegado a un punto de no retorno y que si no se rebelaban, desaparecerían. Así, en el año 66 de la era común se inició la Gran Revuelta de los judíos contra los romanos (המרד הגדול). Cuando Nerón se enteró de la insurrección, envió a Judea la poderosa legión 12ª, llamada “Fulminata”. Pero antes de que pudiera llegar a Jerusalem, la legión fue emboscada y destruida por las milicias judías dirigidas por El’azar ben Shimón en Bet Jorón. Los líderes romanos quedaron atónitos: no creían que los judíos, famosos por su pacifismo, pudieran luchar con tanto coraje.

LA VENGANZA SERÁ TERRIBLE

Los judíos se atrincheraron en la ciudad de Yerushalayim, que estaba protegida por muros muy poderosos. Los romanos, sorprendidos, abandonaron la ciudad. Pero para vengarse atacaron a los judíos que vivían en otras ciudades de Israel: Aco, Ashquelón, Cesárea, etc. Flavio Josefo reporta que decenas de miles de Yehudim fueron masacrados por los romanos en este período. Para detener la rebelión, Roma envió un gran ejército de 40.000 soldados al mando de Casius Galus, que mientras avanzaba desde el norte arrasaba e incendiaba toda ciudad y pueblo judío que encontraba en su camino. Esto hizo que la rebelión judía contra Roma se expandiera fuera de Yerushalayim y contara con más apoyo interno.

LA HISTORIA SE REPITE

Cuando llegaron a Jerusalem, los romanos sitiaron la ciudad y se organizaron en formación de ataque. Los Yehudim estaban decididos a defender la ciudad con sus vidas. Los romanos atacaron durante seis días consecutivos. Trataban de escalar el muro con torres especiales, pero los Yehudim resistieron y repelieron el ataque. Flavio Josefo cuenta que los romanos hacían una formación militar llamada “la tortuga”, para protegerse con sus escudos de cualquier ataque desde arriba de la muralla, mientras azotaban con terribles golpes la puerta de la ciudad, tratando de derribarla e incendiarla. Casius también intentó debilitar con sus arqueros las defensas judías apostadas en las altas torres de la muralla, pero los judíos resistieron. Durante una semana el ejército de Casius lo intentó todo, y no pudo quebrar las defensas judías. Y entonces ocurrió lo que nadie esperaba: tal como había sucedido unos 800 años antes, en los tiempos del rey Jizquiyahu y el general asirio Sanjerib que sitió la capital judía, Casius sorpresivamente emprendió la retirada. Los historiadores no están seguros si esto se debió a que Casius subestimó la capacidad de los judíos para defender la ciudad, o a que su ejército no contaba con los suministros necesarios, ya que las milicias judías comandadas por Shimón ben Guiorá se encargaban de emboscar y destruir las caravanas que traían refuerzos y provisiones. Esta retirada fue un verdadero milagro. Y si hubiéramos permanecido unidos, dijeron nuestros Sabios, nunca nos hubieran vencido.

LA VICTORIA EN LAS MONEDAS

La victoria de los judíos —haber resistido y vencido al ejército más poderoso del mundo— se manifestó, entre otras cosas, con la acuñación de una nueva moneda judía, “el shequel”, símbolo de la nueva autonomía. Mientras que las monedas romanas, como los denarios, estaban ilustradas con imágenes de Hércules o de dioses paganos, las monedas judías se ilustraban con una copa, que representaba al Bet haMiqdash y sus objetos sagrados, o con un lulab, un etrog o una granada, uno de los frutos especiales de la tierra de Israel. El texto, escrito en hebreo antiguo, decía: ALEF LEJERUT TSION, “Año 1 de la independencia de Tsion”, y mencionaba el lugar donde estas monedas fueron acuñadas: YERUSHALAYIM QUEDOSHÁ, “Jerusalem, la [ciudad] santa”.

“SINAT JINAM” Y SUS CONSECUENCIAS

Mientras los Yehudim celebrábamos esta milagrosa victoria, el emperador Nerón preparaba una nueva ofensiva contra la ciudad, esta vez al mando del experimentado comandante Vespasiano. Nuestro mayor problema para luchar contra los romanos era que no teníamos un frente unido. Por el contrario: estábamos más divididos que nunca. Al mismo tiempo que enfrentábamos al ejército romano, también peleábamos entre nosotros mismos. Por un lado estaba Menajem haGuelilí, que al mando de un gran número de combatientes había derrotado a los romanos y eliminado a todos los soldados apostados en Jerusalem. Por otro lado estaban los saduceos y Agripas II, con unos 3.000 soldados, que se negaban a rebelarse contra Roma. Menajem había atacado la famosa fortaleza de Metsadá (Masada) y se había hecho con muchas armas capturadas de los romanos. Y una vez que terminó con los romanos, comenzó a utilizar su ejército y sus nuevas armas para luchar contra Agripas. Esta guerra civil, que dejó miles de muertos, duró una semana y finalizó con la victoria de Menajem.

Del otro lado se organizó un nuevo comando judío liderado por El’azar, hijo del gran sacerdote Jananiyá. El’azar había ordenado que no se ofrecieran más sacrificios en el Bet haMiqdash en honor al emperador romano: una clara señal de que los judíos ya no aceptaban la autoridad de Roma y se declaraban un estado independiente. De haberse unido, estos dos líderes podrían haber resistido al ejército romano. ¡Pero ocurrió lo peor que podía haber pasado! Una vez que los romanos fueron vencidos, comenzaron los conflictos internos: quién iba a liderar la contraofensiva. Menajem asesinó a Jananiyá, el padre de El’azar. Y El’azar se enfrentó con Menajem: “No queremos cambiar a un tirano [el emperador de Roma] por otro tirano [Menajem]”, dijo. Los ejércitos de ambos, y luego el de Shimón ben Guiorá, se enfrentaron en sangrientas batallas internas. Y así, enfrentados y sin un liderazgo que nos uniera, nosotros mismos preparamos el terreno para nuestra derrota.

TODOS CONTRA TODOS

A diferencia de lo que ocurrió en los tiempos de Janucá (165 a.e.c.), cuando los judíos se sometieron todos al mando de Matitiyahu y sus hijos y así vencieron al poderoso ejército griego, en este caso no había un líder que todos aceptaran al comando de la revuelta. Y el pueblo judío en esa época era MUY NUMEROSO: probablemente más de 3 millones de habitantes, sin contar a los judíos de la diáspora. Era posible resistir y repeler el ataque de los romanos, tal como lo habíamos hecho con un ejército mucho menos numeroso en la época de los Jashmonayim. Pero muchos judíos, especialmente los aristócratas saduceos que tenían un buen pasar político y económico con los romanos, se oponían a luchar. La mayoría del pueblo, los campesinos y la gente más humilde que había sufrido los abusos de los romanos, quería pelear por su libertad. El cabecilla de este grupo era Yojanán miGush Jalab, un hombre del norte de Israel que había vivido personalmente la crueldad sin límites de los romanos. Yojanán se autoproclamó líder de la rebelión y mandó ejecutar a cualquier judío sospechoso de colaborar con Roma. Para reforzar su ejército, Yojanán invitó a los edomitas —que se habían convertido al judaísmo en la época de los Jashmonayim— a pelear junto a él. Unos 20.000 guerreros edomitas se presentaron voluntariamente. Pero cuando llegaron a Jerusalem, el sacerdote saduceo Janán ben Janán hizo cerrar las puertas de la ciudad y los dejó, literalmente, durmiendo afuera. Muchos edomitas, humillados, regresaron a sus tierras. Al otro día, los hombres de Yojanán abrieron las puertas, hicieron entrar a los edomitas y se enfrentaron a los hombres de Janán. Los edomitas asesinaron a Janán junto a muchos de sus hombres. Según Flavio Josefo, el asesinato de Janán marcó el comienzo de la guerra civil judía.

LOS JUEGOS DEL HAMBRE

Pero las divisiones recién comenzaban. Aprovechando el caos que esta guerra civil generaba, otro caudillo judío, Shimón ben Guiorá, llegó a Yerushalayim con un ejército de unos 12.000 hombres. Shimón también aspiraba al liderazgo y enfrentó abiertamente a Yojanán miGush Jalab. Los edomitas, decepcionados del carácter narcisista de Yojanán, se unieron a Shimón. Y algo más sucedió: el segundo hombre más importante del ejército de Yojanán, El’azar ben Shimón, se separó, formó su propio ejército y se enfrentó a Yojanán y a Shimón, con la intención de liderar la rebelión. Cada uno de estos tres hombres dominaba una parte de la ciudad de Yerushalayim, y sus ejércitos se enfrentaban a muerte unos contra otros. Estas batallas duraron 3 años y produjeron la muerte de miles de Yehudim. La Guemará en Masejet Guitín (56a) cuenta que los rabinos de esos tiempos, entre ellos Rabbán Shimón ben Gamliel y Rabbán Yojanán ben Zakay, cuando vieron estas feroces guerras internas entendieron que así sería imposible enfrentar a los romanos, y sugirieron negociar la rendición. Los rebeldes, a los que la Guemará llama “biryonim”, se opusieron a los rabinos. Y cuando comenzó el sitio a la ciudad hicieron lo impensable: incendiaron los depósitos donde había grano, madera y aceite suficientes para sobrevivir el sitio romano por varios años, para así forzar a los judíos a pelear. La falta de comida trajo una terrible hambruna en Yerushalayim que cobró decenas de miles de víctimas.

¿CÓMO VENCER A LOS JUDÍOS?

Mientras tanto, Nerón envió al general Vespasiano a sofocar la rebelión y recuperar el control de Jerusalem. Los hombres de Vespasiano le contaron acerca de las guerras internas entre los judíos y le aconsejaron atacar la ciudad de inmediato. Vespasiano se rehusó, y explicó por qué: los judíos no estaban fabricando armas, ni reforzando las fortificaciones, ni asegurando las murallas de la ciudad. Los judíos se estaban debilitando solos, matándose unos a otros. Y si él atacaba, lo único que lograría sería unir a los bandos enemigos. Lamentablemente, Vespasiano tuvo razón. La guerra entre Yojanán, Shimón y El’azar solamente se detuvo cuando el ejército romano derribó las puertas de la ciudad y entró en Yerushalayim. Recién entonces las tres facciones, a regañadientes, se unieron para defender la ciudad. Pero ya era demasiado tarde.

¿APRENDIMOS LA LECCIÓN?

Los romanos no destruyeron Jerusalem. Los romanos encontraron una ciudad que ya estaba destruida por dentro, y le prendieron fuego. Fuimos nosotros mismos quienes no supimos estar unidos cuando más lo necesitábamos; quienes nos dejamos llevar por “sinat jinam”, una rivalidad banal entre hermanos. Un odio absolutamente innecesario que nos cegó y nos impidió ver y prevenir el mal. Una hostilidad injustificada e ilógica entre miembros de la misma familia, por la que pagamos el precio más caro: la destrucción de Jerusalem y el exilio, del cual recién estamos saliendo. Espero y rezo para que este Tishá BeAb aprendamos la lección y seamos más tolerantes y respetuosos unos con otros. Dijeron nuestros Sabios: si el Bet haMiqdash fue destruido por un odio irracional (sinat jinam) entre hermanos judíos, el próximo Bet haMiqdash será reconstruido cuando nos comportemos con amor incondicional (ahabat jinam) los unos hacia los otros.




Historia de la destrucción del segundo Bet HaMiqdash. Parte 1

APRENDER DE LA HISTORIA

Estamos en un periodo de duelo hasta el día 9 del mes de Ab (12 de agosto de 2024 a la noche hasta la noche siguiente). Estos son días en los que, como veremos más adelante, guardamos un grado de duelo que va creciendo a medida que nos acercamos al 9 de Ab, que es el día de duelo nacional del pueblo judío porque se destruyó el Bet HaMiqdash, Gran Templo de Jerusalem y comenzó un exilio que aun no ha terminado. Estos son  días de reflexión, no solo para conmemorar y recordar nuestra historia, sino especialmente para aprender de los errores que cometimos en el pasado y no repetirlos. La filosofía de nuestra Torá explica que hay una relación directa entre nuestro comportamiento religioso y el nivel de Protección Divina que merecemos, particularmente en el nivel colectivo, es decir, como pueblo. Como lo dice la Torá explícitamente en Parashat Bejuqotay (Levítico 26:14-46) y Perashat Ki-Tabó (28:15-69), cuando cumplimos nuestra parte del pacto y honramos nuestro compromiso con Dios, el Todopoderoso honra Su parte del pacto protegiéndonos contra nuestros enemigos.

CUANDO LOS HERMANOS SE PELEAN…

Nuestros Sabios analizaron, por ejemplo, qué fue lo que llevó a la destrucción del Segundo Templo (año 68 de la era común), y no atribuyeron nuestra derrota al enorme poderío militar de los romanos. Los Sabios, en lugar de eso, enseñaron a “mirarnos al espejo” y a preguntarnos: ¿Qué hicimos mal para no merecer la ayuda Divina? En este caso, la respuesta que nos brindaron es muy específica: nuestro pecado fue «sinat jinam». «Odio irracional entre hermanos». Es decir, divisiones entre los propios judíos: sectarismo político, religioso, social. Algo que todavía no hemos superado. Esta intolerancia entre nosotros mismos es irracional y muy peligrosa porque las divisiones nos debilitan y quedamos expuestos a nuestros implacables enemigos. En realidad, todo lo que se necesita saber acerca de las desastrosas consecuencias de “sinat jinam” se puede aprender de la historia de dos hermanos, Yojanán Hircano y Yehudá Aristóbulo. Lo ocurrido con ellos 130 años antes de la destrucción de nuestro Templo desencadenó en realidad ese trágico evento.

LOS JUDIOS INVITAN A ROMA

Recordemos que en el año 141 aec, los judíos finalmente recuperamos nuestro estado independiente y por primera vez desde la época del Reino de Yehudá, teníamos nuestro propio «ejército judío» que era muy poderoso y famoso por la bravura de sus soldados. Este fue un periodo de unión y fortaleza entre los Yehudim. Y bajo el liderazgo de Shimón, el último sobreviviente de los hijos de Matitiyahu, gozamos de un periodo de paz y prosperidad, viviendo de acuerdo a nuestra Torá.

Todo cambió en el año 65 aec.

Yojanán Hircano y Yehudá Aristóbulo, los descendientes de Shimón, reclamaban el trono luego de la muerte de Alexander Yanai y no se podían poner de acuerdo. La enemistad y el odio entre estos dos hermanos se reflejaban también en sus seguidores y adeptos políticos que no dudaron en aliarse militarmente con pueblos no judíos para reforzar sus propios ejércitos. La situación era tan mala que el estado judío estaba al borde de una guerra civil por el odio entre estos dos hermanos y sus adeptos. En esos años, los romanos, que estaban creciendo militarmente, habían enviado al famoso comandante Pompeyo al Mediterráneo para proteger a sus barcos de los piratas que los atacaban y los saqueaban. Una vez en el Medio Oriente, Pompeyo vio que la situación política en Judea era muy frágil y decidió aprovecharse de la situación. Se ofreció para arbitrar entre los dos hermanos y decidir quién debería asumir el cargo. Los judíos, distraídos con sus sangrientas batallas internas, aceptaron la intermediación sin darse cuenta de que estaban cayendo en una trampa política devastadora, abriéndole las puertas a los romanos para apoderarse de Jerusalem. Con mucha astucia política, Pompeyo decidió que Yojanán, el menos poderoso de los dos hermanos, debía ser el nuevo monarca. No conforme con el veredicto, Aristóbulo reunió un ejército en Yerushalayim. Pompeyo, con el beneplácito de Yojanán, trajo a su ejército y comenzó una guerra civil que duró más de tres meses. Murieron más de 12,000 soldados judíos. Una vez vencido Aristóbulo, y con el ejército judío ya devastado, Pompeyo desplazó a Yojanán, se apoderó de la ciudad de Jerusalem y terminó así con el estado judío independiente. Los romanos se habían instalado en Jerusalem para quedarse, y nosotros, por nuestras luchas internas, les habíamos abierto las puertas.

Como dijeron los Sabios:

מקדש שני, שהיו עוסקין בתורה ובמצות וגמילות חסדים, מפני מה חרב? מפני שהיתה בו שנאת חינם!

HERODES, REY DE JUDEA

Alrededor del año 65 aec, Judea (Israel) pasó de ser un estado independiente a convertirse en un estado vasallo del Imperio Romano. En esta nueva situación, el emperador romano nombró un rey para gobernar sobre Judea. La lealtad de estos Reyes vasallos era principalmente hacia Roma, y no hacia sus ciudadanos o hermanos judíos. El más conocido de estos reyes fue sin duda Herodes (años 37 al año 4, antes de la era común). La familia de Herodes era originalmente edomita. En este sentido, los romanos se aseguraban la lealtad del monarca al elegir un rey que, si bien había nacido en Judea, no era completamente judío.

La historia de los edomitas y su relación con Am Israel es bastante compleja. Edom descendía de Esav, el hermano de Ya’aqob. Esto normalmente significaría que los judíos y los edomitas deberían ser aliados cercanos. Sin embargo, durante mucho tiempo, especialmente en los días del rey David (año 1000 a.e.c.), Israel y Edom fueron enemigos. Lo mismo sucedió en el momento de la destrucción del primer Bet haMiqdash (Templo de Jerusalem, 586 a.e.c.), los edomitas se unieron a nuestros enemigos, los babilonios. La maldad y la crueldad indescriptible de los edomitas hacia los judíos se registra explícitamente en Tehilim, el Salmo ‘al neharot Babel (137: 7).

LOS EDOMITAS SE CONVIERTEN AL JUDAISMO

En la época de los Jashmonayim (150 a.e.c.), los edomitas se convirtieron al judaísmo, y muchos de ellos se integraron completamente al pueblo judío, lucharon en sus filas y compartieron su mismo destino. Pero este no fue el caso de Herodes. Su lealtad a los romanos era de la misma intensidad que su odio hacia los judíos. Herodes no solo colaboró plenamente con los romanos recaudando fuertes impuestos de los judíos, sino que también estableció templos paganos en varias ciudades de Israel, como Cesárea y otros lugares. Su mayor provocación fue colocar un águila de oro, el símbolo religioso y militar de Roma, en la puerta de entrada del Bet haMiqdash. Los rabinos alentaron a un grupo de jóvenes judíos a sacar el ídolo romano. Los jóvenes fueron capturados y llevados a Herodes. Flavio Josefo registra el diálogo que tuvo lugar en ese momento. Herodes les dijo: «¿Quién les ordenó destruir el águila?» Los jóvenes respondieron: «Las leyes de nuestros padres». Herodes les preguntó: “¿Y por qué parecen estar tan tranquilos y contentos? ¿No saben que los ejecutaré?». Los jóvenes judíos respondieron: «Lo sabemos, pero también sabemos que la vida eterna nos espera en el mundo venidero (‘olam haba). Herodes ordenó que ellos y sus cómplices, 40 jóvenes judíos, fueran ejecutados junto con dos grandes rabinos de Israel, quemándolos vivos en una hoguera pública.

DEL ESTADO VASALLO A PROVINCIA ROMANA

En el año 6 de la era común, 10 años después de la muerte de Herodes, Augusto, el primer emperador romano, abolió la monarquía «judía» y convirtió a Judea en una provincia romana. Es decir, desde ese momento, no habría más reyes o gobernadores judíos y Judea estaría directamente bajo la jurisdicción del emperador de Roma. Esto también significaba que la religión oficial de Roma se establecería más sólidamente en Judea. Los romanos, como los griegos 200 años antes, esperaban ahora que los judíos abandonaran su religión y adoptaran a los dioses romanos, «como lo hacía gustosamente todo el resto del imperio». Y desafortunadamente, como ya había sucedido en los tiempos del Imperio griego, muchos judíos acaudalados traicionaron su fe y a sus hermanos, para obtener exenciones de impuestos y otros beneficios que les fueron otorgados por colaborar con los romanos.

Para peor, ahora que Judea era una provincia romana, los romanos sentían que tenían el derecho de nombrar al sacerdote que serviría como el Sumo Sacerdote (Cohen Gadol) en el Bet haMiqdash. Entre otras cosas, esto significaba que los romanos tenían acceso ilimitado para robar del Bet haMiqdash sus valiosos artículos hechos de oro y plata (kele haqodesh). El conocido prefecto romano Poncio Pilato (26-36 de la era común), por ejemplo, robó valiosos artefactos del Bet haMiqdash y con esos fondos construyó un acueducto en Jerusalem.

Este nuevo escenario se estaba volviendo cada vez más insoportable, y una nueva idea, desesperad y casi suicida, comenzó a fermentar en las mentes y los corazones de los judíos: debemos rebelarnos contra el Imperio Romano y recuperar nuestra autonomía política y religiosa, antes de que el judaísmo desaparezca. Los ecos de una rebelión imposible contra el ejército más poderoso de la historia de la humanidad se podían sentir en el aire de Yerushalayim…

LOS ROMANOS Y LA RELIGIÓN JUDÍA

Judea (יהודה = Israel) dejó de ser un estado vasallo y fue convertida en provincia romana por el emperador Augusto. Al igual que los griegos 100 años antes, Roma trató de acabar con el judaísmo e imponer su culto. Los judíos obviamente resistieron. Pero los romanos, que eran tolerantes con otros pueblos paganos, no aceptaban la religión judía. Nunca entendieron la “cláusula de exclusividad” del monoteísmo: por qué los judíos eran tan “arrogantes” y no estaban dispuestos a aceptar otros dioses en su Templo junto con su propio Dios, como lo hacían todos los demás pueblos del mundo. Además, para los romanos el judaísmo era excesivamente aburrido: imponía reglas y límites. Mientras que las otras religiones consistían en socializar, entregarse a la glotonería y a la embriaguez y, sobre todo, a normalizar la promiscuidad, haciéndola parte de los ritos religiosos.

LA PRUEBA DE CALÍGULA

La presión para persuadir a los judíos a abandonar su ya obsoleta y aburrida religión era incesante. Y en un momento se tornó peligrosa. Esto ocurrió en los tiempos de Calígula, que gobernó el imperio entre los años 37 y 41 de la era común. Calígula fue probablemente el peor emperador de la historia romana y cruzó los límites de la sanidad cuando se proclamó a sí mismo “dios” y demandó ser adorado como tal. Su obsesión narcisista lo llevó a hacer cortar las cabezas de las estatuas de los otros ídolos romanos y reemplazarlas por su propio busto. En Roma construyó dos templos dedicados a su culto. Y también quiso poner a prueba su divinidad con el examen más riguroso: el de los judíos. Primero mandó erigir y colocar su estatua en las sinagogas de Alejandría, donde había una importante comunidad judía. Los judíos se opusieron con vehemencia, e incluso el procurador romano Flacus (o Flaco) se negó a obligar a los judíos a erigir estatuas de Calígula. Pero Calígula reaccionó destituyendo a Flacus de su puesto y ejecutándolo.

¿CALÍGULA EN JERUSALEM?

La siguiente historia está relatada por el famoso historiador judío Filón de Alejandría  (37 – 100 de la era común). Filón cuenta que Calígula envió una orden para que se construyeran estatuas suyas y fueran instaladas en todo Judea. Los judíos decidieron resistir. Calígula envió entonces a su mejor hombre para esta misión: el Procurador de Siria, Petronio, y le aportó dos legiones del ejército romano —más de 10,000 soldados— para llevar a cabo la tarea, cueste lo que cueste. Petronio desembarcó en el puerto de Aco y allí fue interceptado por una delegación de decenas de miles de judíos que habían llegado desde todos los confines de Israel. Le explicaron a Petronio que la Torá prohíbe terminantemente esculpir imágenes de nuestro propio Dios y, obviamente, de un ídolo humano, y que adorar o incluso erigir estatuas de Calígula constituiría el acto más ofensivo en nuestra religión. “¿Estáis preparados entonces para enfrentaros a una guerra con el emperador romano?” preguntó Petronio. A lo que los judíos le respondieron: “Si el emperador persiste en su deseo de erigir sus estatuas, deberá matar primero a la totalidad de la nación judía. Ningún judío va a dejar de sacrificar su vida para evitar esta afrenta.” Acto seguido, todos los judíos se presentaron ante Petronio, con sus esposas y sus hijos, desnudaron sus cuellos y le dijeron que estaban dispuestos a defender el honor del Dios de Israel con sus propias vidas. Petronio, conmovido por la convicción de los judíos, trató de postergar al máximo la ejecución de su misión. A finales del año 40, cuando ya no pudo ganar más tiempo, escribió una carta a Calígula tratando de disuadirlo. Enojadísimo, Calígula le ordenó a Petronio quitarse la vida y redobló su apuesta con los judíos: mandaría construir su estatua en Roma y la llevaría personalmente a Jerusalem para ser erigida en el Gran Templo judío de Jerusalem. Y entonces ocurrió un gran milagro: el 24 de enero del año 41, Calígula fue asesinado en una histórica conspiración organizada por su propia guardia imperial, y la pesadilla que podía habernos llevado al final, gracias a Dios terminó (Petronio no llegó a suicidarse). Los judíos nos mantuvimos unidos y firmes en nuestros principios, y HaShem estuvo de nuestro lado.

CLAUDIO Y LOS JUDÍOS

El nuevo emperador romano, Claudio (41-54 EC), fue un poco mejor con los judíos. Restauró la autonomía de Judea y en el año 41 les permitió a los judíos tener su propio rey, Agripas. Agripas (llamado por los historiadores “Herodes Agripa I”) era muy respetuoso de la Torá y de sus leyes y protegió al Bet haMiqdash. Su reinado fue recordado por los judíos como muy positivo y favorable. Pero duró muy poco. Agripas murió en el año 44. Luego de la muerte de Agripas comienza un período muy amargo y difícil para Am Israel, que culminó con la destrucción del Bet haMiqdash en el año 68.

Continuará




TISHA BEAB: El día que Jerusalem fue cancelada

Este miércoles 22 de julio  por la noche, comenzaremos el ayuno del 9 de Ab (Tish’a BeAb), que es el día de duelo nacional del pueblo judío.  

Consulta aquí https://www.myzmanim.com/search.aspx los horarios del ayuno en tu ciudad de residencia.

כֹּה אָמַר הצִיּוֹן שָׂדֶה תֵחָרֵשׁ, וִירוּשָׁלַיִם עִיִּים תִּהְיֶה

En Tish’a BeAb recordamos cinco eventos trágicos que sucedieron en nuestra larga historia y tratamos de reflexionar sobre nuestra responsabilidad en ellos.

La menos conocida de estas tragedias es también una de las más relevantes, ya que de cierta manera la relevancia de este acto sigue vigente. Me refiero al «arado de la ciudad» de Jerusalem (חרישת העיר), en el año 130 de la era común.

Para comprender por qué fue arada la ciudad –y lo que esto significaba en esos tiempos– debemos repasar un poco lo que ocurrió luego de que el Segundo Templo fue destruido por los romanos (año 68 de la era común).

Cuando Adriano se convierte en el nuevo emperador romano, la situación de los judíos en Judea comenzó a empeorar. Uno de los momentos más tensos fue cuando el emperador viajó al Medio Oriente, en los años 129 y 130 de la era común, para visitar las tierras «más exóticas» de su imperio, como Egipto, Libia, Nubia, etc. El emperador se horrorizó ante una de las prácticas más comunes que llevaban a cabo los gentiles en esa región: la castración de esclavos y sirvientes (eunucos), que se practicaba para “domesticar” a los esclavos y hacerlos más dóciles, como se hace con los animales. En Roma, esa práctica estaba prohibida. Adriano decidió que todos los pueblos de su imperio adoptarían esta prohibición. Aclaremos que esto no ocurría en la tierra de Israel, la provincia romana de Judea, porque la castración está terminantemente prohibida por la Torá. No solo la castración humana, sino también la de animales, algo que era (y sigue siendo) totalmente aceptado en el mundo no judío. Adriano penalizó la castración humana con la pena de muerte.

El gran problema fue que los enemigos de los judíos y del judaísmo, que nunca faltan, convencieron a Adriano de que la circuncisión judía también debía ser penalizada, por ser considerada una forma de castración. A nuestros enemigos no les fue difícil convencer al emperador, ya que éste no era muy amigo de los judíos. Y así fue que Adriano decidió penalizar la circuncisión judía con la pena de muerte. De nada sirvió que una delegación de Sabios judíos se reuniera con los representantes romanos para que le explicaran al emperador que la circuncisión no tiene nada que ver con la castración. Algunos historiadores especulan que Adriano fue influenciado por los primeros cristianos, que como sabemos, a fin de reemplazar la práctica judía, habían abolido la circuncisión reemplazándola por el bautismo. La nueva postura antijudía de Adriano representaba una gran victoria para su causa.

Este decreto, que tuvo lugar alrededor del año 129, afectó tremendamente los ánimos de los judíos, que declararon estar dispuestos a sacrificar sus vidas a fin de cumplir el primer precepto que le corresponde a un niño judío. Ribbí Yishmael ben Elishá llegó a decir: “Quizás haya llegado el momento de que dejemos de casarnos y traer hijos al mundo (Babá Batrá 60b)” ya que si los romanos descubrían que un niño fue circuncidado, lo matarían a él y a sus padres. Pero la anulación del Berit Milá fue solo el preludio de otras tragedias que estaban por suceder…

En ese fatídico viaje por Medio Oriente, Adriano tomó otra terrible determinación que resultaría atroz para el pueblo judío: el emperador, que continuamente recibía peticiones de los judíos para que les permitieran reconstruir el Bet HaMiqdash, decidió “prevenir para siempre” que el Templo fuese reconstruido y declaró que planeaba remover las ruinas de la Ciudad Santa, a fin de eliminar cualquier vestigio de memoria judía de su destrucción.

Para eso, Adriano ordenó hacer tres cosas:

1. Jerusalem sería reconstruida, «reseteada», al estilo romano, como una ciudad romana. Esto se hace removiendo las viejas ruinas de la ciudad y «arando el terreno para fundar los cimientos de la nueva ciudad”, creando los nuevos surcos que demarcaban los nuevos límites de la flamante metrópolis.

2. Cambiar el nombre de la ciudad. Desde ese entonces, Jerusalem se llamaría “Aelia Capitolina”. “Aelia”, en honor a Adriano, ya que su segundo nombre era «Aelio», y “Capitolina”, en honor al ídolo romano, Júpiter Capitolino.

3. Construir en el terreno del Templo de Jerusalem un templo pagano para Júpiter Capitolino, el dios romano favorito de Adriano.

El día que la ciudad de Jerusalem fue arada, con el fin de ser erradicada para siempre de la memoria judía, fue el 9 de Ab del año 130 de la era común.

También el nombre de «Jerusalem» fue cambiado y por siglos los romanos y luego muchos cristianos llamaron a Jerusalem Aelia o Capitolina (la construcción del templo pagano en el área del Bet HaMiqdash, nunca se llevó a cabo).

Este evento fue celebrado por los romanos, como era su costumbre, acuñando una moneda ilustrativa. El texto de la moneda que vemos en la imagen abajo dice: «Col(onia) Ael(ia) Capit(olina)». En esta moneda se ve claramente a Adriano, representando a Roma, arando/erradicando la Ciudad Santa.

El arado de la ciudad de Jerusalem y el cambio de su nombre demuestran que los gentiles hicieron todo lo posible, y más, para borrar la memoria de la Jerusalem judía y que perdiésemos cualquier esperanza de reconstruir nuestra ciudad capital.

Baruj HaShem, ya nadie se acuerda de Adriano, ni del nombre «Aelia Capitolina», que solo se encuentra en los libros de historia antigua.

Pero por el otro lado, milagrosamente, y después de 1900 años, no hay ser humano en la tierra que no haya escuchado acerca de JERUSALEM. Que ahora no es romana, ni cristiana, ni árabe, sino JUDÍA. ¡Es nuestra eterna ciudad capital y está más hermosa, feliz y llena de vida que nunca!

Adriano no solo intentó que el mundo olvidara a Jerusalem. Este terrible emperador, uno de los enemigos más obsesionados contra el pueblo judío en la historia, también cambió el nombre de Israel. En ese entonces, los judíos teníamos dos nombres para Israel, uno era “Judea”, el territorio donde vivían los descendientes del Reino de Yehudá (que sobrevivió el asedio de los asirios, al tiempo que las otras 10 tribus fueron exiliadas) y también “Erets Israel”, la tierra de Israel. Para estar seguro de que los judíos nunca más volverían a reclamar la tierra de sus antepasados o incluso soñar con ella, Adriano cambió el nombre de Israel y la llamó: «Palestina», recordando que los pueblos invasores (pelisthim, significa en hebreo invasores extranjeros) se habían apoderado ahora de la tierra y ya no le pertenecía más a los judíos.

Adriano fracasó en su obsesionado intento de borrar la memoria judía de Jerusalem. E irónicamente (o estratégicamente) fue gracias a la observancia de Tish’a BeAb —el día de duelo por Jerusalem— que nunca nos permitimos dejar de recordar, llorar y rezar por la ciudad sagrada y su Templo. Y milagrosamente, hoy estamos viviendo el PRIVILEGIO de ver a Yerushalayim «lista» para que B»H pronto veamos allí nuestro Bet HaMiqdash.

Por otro lado, el plan de Adriano de erradicar el nombre de Israel y cambiarlo por Palestina sigue siendo una de las batallas que, después de 2.000 años, todavía seguimos enfrentando en foros internacionales. Los enemigos de Israel ya no son los romanos. Ahora tienen un nombre diferente y una religión distinta, pero siguen con la misma agenda: erradicar a los judíos de su tierra y que no se recuerde más el nombre “Israel”. Pero no lo están logrando y no lo van a lograr.

Quiera el Todopoderoso que este sea el último Tish’a BeAb que tengamos que llorar por la destrucción de nuestro Bet HaMiqdash y que el próximo año veamos a Jerusalem totalmente reconstruida. AMEN.