HALAJOT de la SEMANA DE TISHÁ BEAB

|
|
|

|
|
|

|
|

Este Shabbat por la mañana comenzaremos la lectura del libro de Debarim y al finalizar leeremos una Haftará especial del libro de Yesha’ayahu (Isaías). A esta Haftará se la conoce como “Jazón” (por su primera palabra) y por extensión al Shabbat antes del 9 de Ab se lo llama Shabbat Jazón.
Este texto de la Haftará se encuentra en el libro de Isaías 1: 1-27, y es una visión profética en la que este gran profeta de Israel reprende a los habitantes de Jerusalem por su falta de integridad y su corrupción. La Haftará describe los pecados que provocaron que Dios ignorara nuestras oraciones y plegarias y eventualmente llevaron a la destrucción de nuestro primer Bet haMiqdash. Al leer y recordar los errores de nuestros antepasados, podemos reflexionar sobre nuestro propio comportamiento, mejorar nuestras acciones y merecer ver nuestro Bet haMiqdash reconstruido muy pronto, en nuestros días.
Entre los muchos puntos que denunció el profeta, vale la pena recordar su criticismo sobre la hipocresía religiosa.
Así dijo a la gente de Yerushalayim en nombre de haShem: 15. [Así dice Dios], cuando extiendas tus manos en oración, apartaré Mis ojos de ti; aun cuando Me ofrezcas muchas oraciones, no te escucharé, [porque] tus manos están llenas de sangre.
Yesha’ayahu denunció a las personas corruptas que mataban, robaban, engañaban en sus negocios, practicaban el soborno, corrompían la justicia y simultáneamente ¡rezaban a Dios! Y no solamente eso: también pretendían que Dios escuchara sus oraciones y respondiera sus pedidos! Como dice el profeta Yesha’ayahu: estos feligreses llegaban al Templo, “con sus manos manchadas de sangre”, y ofrecían sacrificios, como si Dios pudiera ser sobornado con regalos u ofrendas para ignorar sus malas acciones. Estos individuos, que quizás no eran pocos, tenían una idea muy infantil, inmadura y pagana de Dios.
Yesha’ayahu les explicó que NO existe el divorcio entre lo que uno hace y cómo uno reza. Un judío no puede practicar todo tipo de inmoralidades, y luego ir al Templo y a rezar ¡como si nada hubiera pasado! Como si todo estuviera bien. Como si Dios no supiera lo que realmente hicieron y la maldad de su corazón. Yesha’ayahu les explica que eso es inaceptable: que la honestidad y la moralidad, la no explotación de los más débiles, es una obligación religiosa imperiosa. Y que cuando una persona se comporta piadosamente en el Templo y es un corrupto en sus negocios, ¡es un hipócrita! Y HaShem detesta la hipocresía religiosa más que la no religiosidad. Dios no está recluido en el Templo. Él sabe lo que hacemos. Rechaza la oración de los corruptos y demanda que nuestra vida sea honesta y virtuosa no solo en el Templo, sino también (o especialmente) fuera del Templo!
Yesha’ayahu también les dice que no están condenados para siempre a ser ignorados por Dios. Les explica que si una persona corrupta se arrepiente, mejora su comportamiento y se vuelve honesta, HaShem lo aceptará nuevamente. Para que esa situación se revierta y Dios esté dispuesto a escuchar sus oraciones, Yesha’ayahu les dice lo que tiene que hacer:
(1: 16-17)
“…Purifíquense [de sus malas acciones]. Dejen de hacer el mal, aprendan a practicar la justicia, busquen la rectitud, defiendan a los oprimidos, luchen por la causa del huérfano, y defiendan a las viudas “.
Cuando HaShem ve nuestro arrepentimiento nos acepta nuevamente y escucha nuestras oraciones. Y así tendremos el mérito de ver nuevamente nuestro Bet haMiqdash reconstruido.

Moshé se dirige al pueblo de Israel, la nueva generación de israelitas que está a punto de ingresar a la tierra de Israel, en un extenso discurso que comienza recordando los eventos que ocurrieron desde la salida de Egipto, 40 años atrás, hasta el presente.
Moshé también menciona la designación de líderes y jueces para ayudarlo a guiar al pueblo. Esta medida sería tomada luego como el ejemplo de cómo organizar el sistema judicial en el pueblo de Israel.
Luego relata lo acontecido con los espías y cómo –con la excepción de Yehoshua y Caleb– desalentaron al pueblo judío y generaron una crisis que impidió a esa generación ingresar a la tierra Prometida. Esta grave crisis provocó que el pueblo de Israel tuviera que deambular 40 años en el desierto.
Dios le dice a Moshé que ya habían estado en esa región montañosa el tiempo suficiente y que ahora finalmente deben dirigirse hacia la tierra prometida e instruye al pueblo a no enfrentarse con los descendientes de Esav, la nación de Se’ir, y no provocarlos. Además, les ordena que compren de ellos, y no tomen por la fuerza, la comida y el agua que necesiten, ya que Dios no les concederá ninguna parte de la tierra de Se’ir. También le indicó a Moshé que no hostiguen ni provoquen a los Moabitas y Amonitas, ya que Dios ha otorgado su tierra como posesión a los descendientes de Lot.
El pueblo de Israel pasó 38 años viajando desde Kadesh-Barnea hasta cruzar el río Zared, y toda la generación anterior pereció en el desierto, tal como Dios lo había indicado.
Moshé le recuerda al pueblo que envió mensajeros al rey Sijón ofreciéndole la paz y pidiéndole permiso para pasar por su tierra. Pero Sijón se negó a dejar pasar a los israelitas. El pueblo judío se enfrento a Sijón, el emorita, rey de Jeshbón, y conquistó su tierra. La Torá entonces detalla la conquista de las tierras de Sijón y Og, en el lado oriental del río Jordán. Estas tierras serán adjudicadas a las tribus de Ruben, Gad y una parte de la tribu de Menashé

El 17 de Tamuz es un día de ayuno público (תענית ציבור). En este día, también inauguramos un período de tres semanas, hasta el 9 del mes de Ab, dedicado a mantener un duelo parcial por la destrucción de nuestro Bet haMiqdash (Templo de Jerusalén) y otras tragedias sufridas por el pueblo judío.
Cinco tragedias sucedieron al pueblo judío el 17 de Tamuz:
• Las Tablas de la Ley fueron destruídas
• Un ídolo fue colocado en el Bet haMiqdash.
• La ofrenda del sacrificio diario fue interrumpida.
• Apostomus quemó públicamente un Sefer Torá.
• La primera brecha en la muralla de la ciudad de Jerusalem
El ayuno comienza al amanecer y termina al anochecer.
• Menores: los niños menores de 13 años y las niñas menores de 12 están completamente exentos de este ayuno.
• Las mujeres embarazadas están exentas de este ayuno.
• Mujeres lactantes: en muchas comunidades sefardíes, la tradición es que después de dar a luz, las mujeres están exentas de ayunar durante 24 meses, incluso cuando ya no están amamantando a su bebé. En otras comunidades sefardíes, y en la mayoría de las comunidades asquenazíes, una mujer está excusada de ayunar durante 24 meses solo si todavía está amamantando a su bebé.
• Una persona que se siente enferma, con síntomas de gripe o fiebre, o una persona con una enfermedad crónica, como diabetes, no debe ayunar.
• Los ancianos deben consultar con sus médicos para determinar si el ayuno afectaría su salud, en cuyo caso están exentos de ayunar.
Además, en zonas de verano, toma precauciones extremas y trata de mantenerte en interiores protegido del calor. En caso de cualquier signo de deshidratación, náuseas, vómitos, boca muy seca, etc., NO DUDES EN ROMPER EL AYUNO.
El 17 de Tamuz ocurre cuarenta días después de Shabuot. Moshe ascendió al Monte Sinaí el 6 de Sivan y permaneció allí durante cuarenta días. El pueblo de Israel hizo el becerro de oro en la noche del 16 de Tamuz, cuando pensaron que Moshe ya no iba a regresar. Cuando Moshe descendió del Monte Sinaí y vio a los Yehudim adorando al becerro de oro, rompió las tablas que contenían los Diez Mandamientos.
Hay muchos comentarios muy interesantes sobre este episodio. Algunos explican que Moshe destruyó las Tablas para proteger al pueblo de Israel. ¿Cómo así? El Segundo Mandamiento dice: “No tendrás otros dioses delante de Mí… no te harás imagen [de idolatría]…” Los rabinos explicaron que al romper las tablas, Moshe destruyó la evidencia escrita que documentaba la terrible “traición” del pueblo judío a HaShem, al adorar a otros dioses. Los rabinos presentaron la siguiente metáfora:
“Imagina una mujer que se casó y, después de unos días, hubo comentarios muy negativos sobre el comportamiento de esta mujer (sospecha de adulterio). ¿Qué hizo uno de sus parientes? Tomó la Ketubá, el certificado de matrimonio, y lo destruyó. Dijo: es mejor que esta mujer sea considerada soltera que casada.”
Del mismo modo, Moshe, al romper las tablas, dijo: “Si no destruyo este documento [incriminador], el pueblo de Israel no tendrá esperanza de ser perdonado.” Así que rompió las Tablas y luego le dijo a HaShem, tratando de abogar por el pueblo de Israel: ¡Perdónalos! ¡Nunca llegaron a leer lo que estaba escrito en las Tablas!”
De cualquier manera, la destrucción de las Tablas de la Ley significó una gran tragedia. En primer lugar, porque significaba no tener más las Tablas del Testimonio escritas “directamente” por HaShem, que una vez rotas fueron reemplazadas por tablas escritas por Moshe. Y en segundo lugar, porque la destrucción de las Tablas nos recuerda la causa de esta desgracia: la adoración del becerro de oro.
Finalmente, los rabinos del Midrash también nos enseñan un aspecto positivo de recordar la destrucción de las Tablas de la Ley el 17 de Tamuz. Ribbí Yehoshua ben Levi (Masejet Aboda Zara 4b) dijo que del episodio del becerro de oro aprendemos que HaShem está dispuesto a perdonar incluso las ofensas más graves. Así que nunca debemos perder la esperanza y decir: “He cometido demasiados pecados. HaShem nunca me perdonará. Estoy definitivamente en un punto más allá de la redención.”
Según Ribbí Yehoshua ben Levi, ninguna transgresión puede ser más grave que la idolatría practicada con el becerro de oro. Y vemos que al final, después del arrepentimiento y las Tefilot (oraciones), HaShem perdonó a Am Israel.
Este es un mensaje muy adecuado para un día de ayuno, que debe dedicarse a hacer Teshubá: arrepentirnos de nuestras malas acciones y acercarnos a HaShem.
Los rabinos discrepan sobre este punto en cuanto a su ´poca exacta : ¿recordamos lo que ocurrió en tiempos del rey Menashe en el siglo VII antes de la era común (AEC) o lo que ocurrió en tiempos de Apostomus, un general romano que ofendió públicamente a los judíos alrededor del año 68 de la era común?
Este trágico evento podría haber ocurrido dos veces. De cualquier manera, voy a explicar aquí la primera interpretación.
El Reino de Israel se dividió en dos reinos: Israel y Yehudá. El reino de Israel, las diez tribus perdidas, fue destruido en el año 722 AEC. El reino de Yehudá es el que sobrevivió. Nosotros, los judíos, Yehudim, descendemos del reino de Yehudá.
Menashe, rey de Yehudá, vivió desde el 709 AEC hasta el 642 AEC. Hay dos hechos que caracterizaron su reinado:
• Fue el rey que reinó más tiempo en la historia judía: 55 años.
• Probablemente fue el peor rey en la historia de Am Israel. Indudablemente, el peor rey del Reino de Yehudá.
Su padre fue un gran Tsadiq, Jizqiyahu, y según nuestra tradición, su abuelo fue el profeta Yeshayahu. Menashe convirtió a Yehudá en un estado vasallo de Asiria (אשור). Y esto significó que los Yehudim no solo obedecieron al rey asirio, sino que también adoptaron su religión. Menashe se dedicó a la eliminación sistemática del judaísmo, incluyendo todo el servicio sagrado en el Bet haMiqdash. Introdujo el culto a Baal, Asherá y todas las constelaciones del cielo, que eran las prácticas idolátricas de Asiria. Trajo a Israel los obot y ide’onim, es decir, adivinos, hechiceros, magos idólatras y todo tipo de supersticiones. Ordenó matar y asesinar a miles de Yehudim, especialmente a aquellos que se oponían a sus reformas religiosas. Algunos dicen que Menashe asesinó a su propio abuelo, el profeta Yeshayahu. Menashe hizo que la Torá fuera completamente olvidada durante dos generaciones.
En el capítulo 21 de II Reyes vemos en detalle lo que hizo Menashe.
Melajim II 21:2-6:
“Menashe hizo todo lo que ofendía a HaShem: practicó las prácticas idólatras abominables de las naciones que HaShem había expulsado ante los israelitas. Reconstruyó los altares paganos que su padre Jizqiyahu había destruido. Levantó altares en honor a Baal e hizo una imagen de la diosa Asherá. Se postró ante todas las estrellas del cielo y las adoró… En ambos atrios del Templo de HaShem construyó altares en honor a las estrellas del cielo. Sacrificó a su propio hijo en el fuego, practicó la magia y la hechicería, y consultó a nigromantes y espiritistas. Continuamente hizo lo que ofendía al Señor, provocando así Su ira.”
Veamos ahora el texto que nos cuenta lo que sucedió, según la primera versión, el 17 de Tamuz.
Melajim II 21:7:
“[Menashe] tomó la imagen de la diosa Asherá, que había mandado hacer, y la colocó en el Santuario [del Templo], en el lugar donde HaShem había dicho a David y a su hijo Shelomó: ‘En este Templo en Jerusalem, la ciudad que he elegido de todas las tribus de Israel, he decidido morar para siempre.’”
Cuando Menashe falleció, fue sucedido por su hijo, Amón, que siguió sus malos caminos. Después de dos años, Amón fue asesinado, y su hijo, Yoshiyahu, el nieto de Menashe, fue coronado rey. Yoshiyahu fue uno de los mejores monarcas de Yehudá. En sus días, mientras realizaban reparaciones en el Templo de Jerusalem, los trabajadores encontraron un Sefer Torá que había sido escondido en tiempos de Menashe. Después de leer la Torá, que había sido prácticamente olvidada durante más de 50 años, el rey Yoshiyahu decidió regresar a HaShem con todo su corazón, y por primera vez en dos generaciones, los judíos volvieron a la observancia y práctica de la Torá y las mitsvot. Yoshiyahu erradicó toda idolatría y restauró el servicio a HaShem en el Bet haMiqdash.
Pero en algunos aspectos, el daño que Menashe había causado ya era irreparable. A pesar de los esfuerzos del rey Yoshiyahu, muchas personas ya habían asimilado la idolatría de los goyim. Muchos rabinos creían que la destrucción del primer Bet haMiqdash (586 AEC) se debió indirectamente a las acciones de Menashe.
El 17 de Tamuz, cuando recordamos la colocación de un ídolo en el Bet haMiqdash, también deberíamos lamentarnos y hacer nuestra propia Teshubá por las malas acciones de nuestros antepasados en tiempos del rey Menashe.
אֶת-הַכֶּ֥בֶשׂ אֶחָ֖ד תַּעֲשֶׂ֣ה בַבֹּ֑קֶר וְאֵת֙ הַכֶּ֣בֶשׂ הַשֵּׁנִ֔י תַּעֲשֶׂ֖ה בֵּ֥ין הָֽעַרְבָּֽיִם
Los rabinos mencionaron cinco eventos trágicos que ocurrieron el 17 de Tamuz. Uno de ellos fue que el sacrificio diario en el Templo fue interrumpido.
Cada día, en el Bet haMiqdash, se ofrecían dos sacrificios, uno en la mañana y otro en la tarde. El sacrificio diario era tan importante que también se ofrecía en Shabbat e incluso en Yom Kipur. Esta mitsvá se cumplió ininterrumpidamente desde que se le ordenó a Moshe Rabbenu hasta el día 17 de Tamuz en el año 586 AEC, es decir, durante unos 700 años.
En la época del primer Bet haMiqdash, el ejército babilonio invadió Jerusalem. Las murallas de la ciudad fueron destruidas el 9 de Tamuz. Pero el Bet haMiqdash, que estaba protegido por murallas internas, continuó operando, y la ofrenda del sacrificio diario era la mejor evidencia de ello. El Guemará dice que el 13 de Tamuz los Cohanim, los sacerdotes que estaban a cargo de los sacrificios públicos, comenzaron a quedarse sin animales. Los Cohanim intentaron sobornar a los soldados del ejército invasor y obtener los animales a cualquier costo. Esto funcionó durante cuatro días, hasta el 17 de Tamuz. Ese día, por primera vez en 700 años, el sacrificio diario no se realizó. Y el Bet haMiqdash, aunque aún se mantenía en pie durante tres semanas más, prácticamente dejó de funcionar como tal.
El Guemará (Yerushalmí Ta’anit, capítulo 4) nos dice que algo similar ocurrió en los días del segundo Bet haMiqdash (año 68 de la era común). Los Cohanim estaban tratando de adquirir animales del ejército enemigo. Dos cubos llenos de monedas de oro estaban siendo entregados a través del muro. Y a cambio, los romanos les daban dos animales kosher para el sacrificio diario. Hasta que un día, los romanos tomaron el oro y en los cubos colocaron dos cerdos, que afortunadamente saltaron del cubo antes de llegar al otro lado del muro. Este evento, sin embargo, quedó en la memoria de la gente como un trauma nacional.
En el famoso libro La Guerra de los Judíos (volumen 6), el autor Flavio Josefo escribe:
“Tito, el general romano que dirigió la conquista de Jerusalén en el año 68, ordenó a su ejército abrir una brecha en el muro de la ciudad para que sus soldados pudieran acceder a ella sin dificultades. Ese día, Tito escuchó que el sacrificio diario no se había ofrecido [por primera vez desde el 516 AEC], y el pueblo judío, al escuchar esta triste noticia, quedó completamente desmoralizado.”
Hoy, desafortunadamente, no tenemos el Bet haMiqdash. Pero según la indicación de nuestros profetas, los sacrificios han sido reemplazados por las Tefilot (oraciones). La primera Tefilá que decimos en el día se llama Shaharit, que viene a reemplazar el sacrificio de la mañana (tamid shel shajar), y la segunda Tefilá de la tarde, Minha, reemplaza el sacrificio de la tarde (tamid shel ben ha’arbayim).
También recitamos en las mañanas un texto de Tehilim, poemas religiosos escritos por el rey David, llamado Shir Shel Yom. Cada día de la semana recitamos un texto diferente. Y antes de la recitación, decimos: “Esta era la canción que los Leviim cantaban en el dukhan.” Los levitas, que eran los asistentes de los Cohanim, estaban a cargo, entre otras cosas, de la música y las canciones que se cantaban en el Bet haMiqdash. Estos poemas de Tehilim eran cantados por los Leviim, un coro de un mínimo de doce hombres, en el dukhan, que era una plataforma con tres escalones, en el momento en que se ofrecía el sacrificio diario, en la mañana y en la tarde.
El 17 de Tamuz es uno de los cuatro días de ayuno en los que recordamos los eventos que llevaron a la destrucción de nuestro primer Bet haMiqdash (Templo de Jerusalem) en el 586 AEC y el consiguiente exilio.
• Ayunamos el 10 de Tebet, cuando el enemigo comenzó el asedio de Jerusalem, lo que provocó una gran hambruna, epidemias, etc.
• Observamos un día de ayuno el 17 de Tamuz porque este es el día en que los babilonios hicieron la primera brecha en las murallas de la ciudad, es decir, cuando entraron en la ciudad.
• Después de tres semanas de batalla y agonizante resistencia, el enemigo finalmente prevaleció. Por eso, tres semanas después del 17 de Tamuz, observamos el 9 de Ab, el día nacional de duelo para el pueblo judío. En este trágico día, el primer Bet haMiqdash fue destruido y quemado (el segundo Bet haMiqdash también fue destruido un 9 de Ab, en el año 68 de la era común). Miles de judíos fueron asesinados o murieron de hambre y el resto fueron llevados cautivos a Babilonia. Una pequeña población judía permaneció en Israel como vasallos de los babilonios.
• Unos años después, un grupo de judíos asesinó al delegado babilonio, Gedaliá ben Ajiqam, el 3 de Tishrí. Las consecuencias fueron devastadoras. El emperador babilonio interpretó este asesinato como una rebelión contra su reino y ordenó que la pequeña población judía que había permanecido en Israel después de la destrucción del Templo también fuera asesinada o exiliada.
Estas cuatro fechas: 10 de Tebet, 17 de Tamuz, 9 de Ab y 3 de Tishrí fueron establecidas por nuestros profetas como días de ayuno para recordar la destrucción del Bet haMiqdash y nuestra responsabilidad, alentándonos a reflexionar y arrepentirnos.
Es interesante notar que alrededor del año 516 AEC, 70 años después del exilio, alrededor de 40,000 judíos regresaron a Israel y construyeron el segundo Bet haMiqdash. En ese momento, el profeta Zacarías y Anshe Kneset haGuedolá (el Primer Congreso Judío) cancelaron estos días de ayuno y los declararon días de alegría y celebración.
“Así dice HaShem, Señor de los Ejércitos: El ayuno del cuarto mes, el ayuno del quinto, el ayuno del séptimo y el ayuno del décimo serán [ahora y] para la casa de Yehudá temporadas de alegría y regocijo y fiestas alegres…”
(Zacarías 8:19)
Cuando el segundo Bet haMiqdash fue destruido, en el año 68 de la era común, comenzamos a ayunar nuevamente.
BeEzrat HaShem, cuando se construya el Tercer Bet haMiqdash, במהרה בימינו, estos días de ayuno se convertirán nuevamente en días de celebración.
Un comando judío atacó una expedición de romanos que traían armas y suministros al ejército invasor. El gobernador romano, Komanos, sitió la ciudad de Bet-Horón, desde donde se organizó este ataque, y ordenó que los atacantes fueran capturados y llevados ante él. Los soldados romanos cumplieron con las órdenes del gobernador, pero las excedieron. Un militar romano llamado Apostomus tomó un Sefer Torá y lo quemó públicamente. Esto ocurrió el 17 de Tamuz. Los Yehudim escucharon esta gran tragedia —fue la primera vez que sucedió, pero desafortunadamente, no la última— y comenzaron una gran revuelta, que solo se apaciguó cuando los romanos ejecutaron al soldado que había cometido esta aberración.
La rebelión de los judíos contra los romanos no prosperó, y los romanos terminaron destruyendo el Bet haMiqdash en el año 68 de la era común. Los judíos que vivían dentro de Yerushalayim se defendieron detrás de las murallas, que fueron originalmente construidas en los días del rey Shelomó. Las murallas del segundo Bet haMiqdash fueron construidas por Nejemiá, en el siglo V AEC. Estas murallas estaban allí obviamente para mantener a los enemigos fuera de la ciudad y eran especialmente fuertes. La gente luchó con valentía e ingenio para defender la ciudad y repeler a los poderosos enemigos.
Pero los romanos, la superpotencia mundial más poderosa de ese tiempo, tenían tecnología militar muy avanzada. Utilizaron catapultas para lanzar rocas muy pesadas que golpeaban y rompían las murallas. También construyeron torres para escalar las murallas y debilitar las defensas judías. Los soldados enemigos llevaban en estas torres un “ariete”, un tronco enorme con una punta de hierro con la imagen de una cabeza de carnero, para golpear y dañar las murallas y las puertas de la ciudad.
El 17 de Tamuz, una de las murallas de Yerushalayim —la fortaleza de Antonia, construida por Herodes 40 años antes, en honor del emperador Marco Antonio— cedió, y los soldados romanos comenzaron a entrar en la ciudad. Este fue el comienzo del fin de Yerushalayim.
Los judíos lucharon ferozmente desde dentro de las murallas, pero no estaban unidos y estaban peleando entre ellos. Y como explicaron nuestros sabios, cuando esto sucede (sinat jinam), HaShem no está con nosotros.
El 17 de Tamuz es uno de los cuatro días de ayuno en los que recordamos los eventos que llevaron a la destrucción de nuestro primer Bet haMiqdash (Templo de Jerusalem) en el 586 AEC y el consiguiente exilio.
• Ayunamos el 10 de Tebet, cuando el enemigo comenzó el asedio de Jerusalem, lo que provocó una gran hambruna, epidemias, etc.
• Observamos un día de ayuno el 17 de Tamuz porque este es el día en que los babilonios hicieron la primera brecha en las murallas de la ciudad, es decir, cuando entraron en la ciudad.
• Después de tres semanas de batalla y agonizante resistencia, el enemigo finalmente prevaleció. Por eso, tres semanas después del 17 de Tamuz, observamos el 9 de Ab, el día nacional de duelo para el pueblo judío. En este trágico día, el primer Bet haMiqdash fue destruido y quemado (el segundo Bet haMiqdash también fue destruido un 9 de Ab, en el año 68 de la era común). Miles de judíos fueron asesinados o murieron de hambre y el resto fueron llevados cautivos a Babilonia. Una pequeña población judía permaneció en Israel como vasallos de los babilonios.
• Unos años después, un grupo de judíos asesinó al delegado babilonio, Gedaliá ben Ajiqam, el 3 de Tishrí. Las consecuencias fueron devastadoras. El emperador babilonio interpretó este asesinato como una rebelión contra su reino y ordenó que la pequeña población judía que había permanecido en Israel después de la destrucción del Templo también fuera asesinada o exiliada.
Estas cuatro fechas: 10 de Tebet, 17 de Tamuz, 9 de Ab y 3 de Tishrí fueron establecidas por nuestros profetas como días de ayuno para recordar la destrucción del Bet haMiqdash y nuestra responsabilidad, alentándonos a reflexionar y arrepentirnos.
Es interesante notar que alrededor del año 516 AEC, 70 años después del exilio, alrededor de 40,000 judíos regresaron a Israel y construyeron el segundo Bet haMiqdash. En ese momento, el profeta Zacarías y Anshe Kneset haGuedolá (el Primer Congreso Judío) cancelaron estos días de ayuno y los declararon días de alegría y celebración.
“Así dice HaShem, Señor de los Ejércitos: El ayuno del cuarto mes, el ayuno del quinto, el ayuno del séptimo y el ayuno del décimo serán [ahora y] para la casa de Yehudá temporadas de alegría y regocijo y fiestas alegres…”
(Zacarías 8:19)
Cuando el segundo Bet haMiqdash fue destruido, en el año 68 de la era común, comenzamos a ayunar nuevamente.
BeEzrat HaShem, cuando se construya el Tercer Bet haMiqdash, במהרה בימינו, estos días de ayuno se convertirán nuevamente en días de celebración.


CARACTERÍSTICAS DE UN LÍDER JUDÍO
Cuando Moshé se entera de que su vida está por acabar, le ruega a HaShem nombrar al sucesor adecuado para dirigir al pueblo de Israel. Y dice (Bamidbar 27:16): “Eloqe harujot lejol basar” (Dios, Tú que conoces los espíritus de cada ser vivo). El Midrash explica que Moshé imploró a HaShem que asignara un líder con esa característica: un hombre “asher rúaj bo”, capaz de conocer el espíritu de todo ser vivo. Esto significa: un hombre que comprenda el carácter de cada individuo. El líder ideal de Israel debe ser paciente, de mente abierta, y debe estar preparado para lidiar con distintos tipos de personalidades. Con aquellos que necesitan una mano fuerte, y con aquellos que necesitan un enfoque más sensible. Con los que pueden escuchar una opinión distinta y con aquellos que presentan más resistencia al cambio. O con aquellos que requieren explicaciones adicionales o una estrategia de persuasión no convencional.
EL MAESTRO
HaShem entonces designa a Yehoshúa como sucesor de Moshé. Yehoshúa era “un maestro” de la empatía, y entendía que hay diferentes tipos de inteligencias y que, en el tema de la comunicación, un líder debe adaptarse a los demás. El futuro líder judío, antes de reaccionar y enojarse, debe tomarse el tiempo para entender las razones de la opinión del otro. Yehoshúa era capaz de ponerse en la piel del otro y entender no solo lo que su interlocutor dice, sino lo que está tratando de decir. En TODAS las relaciones humanas necesitamos de la empatía. De la capacidad de aceptar que, a pesar de que todos venimos de los mismos ancestros, Adam y Eva, todos somos muy diferentes. Como dijeron nuestros Sabios: “keshem shepartsufehem shonot…”, del mismo modo que no hay dos personas con caras idénticas, tampoco existen dos personas con la misma forma de pensar o comunicarse (Berajot 58a).
LA MIOPÍA: ¿ES CONTAGIOSA?
La empatía es fundamental en un líder. Por empatía me refiero a la capacidad de percibir los sentimientos del otro e internalizarlos sin negarlos ni ignorarlos. Es la capacidad de suspender por un momento nuestro propio punto de vista, y no juzgar el comportamiento de los demás de acuerdo con la forma en que “uno” siente o se comporta. No me puedo molestar con mi esposo si sus gustos respecto a la comida son diferentes a los míos. No puedo decirle a mi hija adolescente que es ridículo tener miedo de subirse a una montaña rusa en un parque de diversiones, solo porque yo no le tengo miedo a las alturas. Tenemos diferentes temperamentos, formas de percibir la vida, miedos, gustos y sensibilidades. Todo el mundo ha vivido experiencias distintas que han afectado a sus personalidades. Mis lentes son personalizados. A mí me ayudan a leer mejor y a ver mejor. ¡Pero mis anteojos no le sirven a los demás! De hecho, si alguien usa mis anteojos, ¡no va a poder ver!
PARENTING Y EMPATÍA
En nuestro papel de padres, la empatía es absolutamente necesaria. Cualquier padre con más de un hijo sabe que los niños son muy diferentes entre sí, incluso cuando fueron criados en el mismo hogar y por los mismos progenitores. Nosotros, los padres, debemos prestar mucha atención y entender a cada uno de nuestros hijos según su personalidad e individualidad, con el fin de ser empáticos con sus necesidades, y saber cuál es el mejor enfoque para cada uno de ellos en particular. Comencemos por convencernos de que nuestros hijos son diferentes. ¡Cada uno tiene un espíritu distinto!
En hebreo llamamos al preescolar “Gan Yeladim”, literalmente “un jardín de niños” o “jardín de infantes”. Pero ¿te preguntaste alguna vez por qué se llama “jardín”? Porque, a fin de brindar a los pequeños las bases correctas en los comienzos de su educación, hay que ser como un jardinero, que sabe que cada una de sus plantas tiene necesidades diferentes. Algunas plantas necesitan agua una vez al día. Otras, irónicamente, se marchitarán si las regamos a diario. Hay plantas que necesitan mucho sol, y otras, sombra. Al igual que las plantas, todos nuestros hijos necesitan atención. Pero esa atención debe ser personalizada. Adaptada a cada uno de nuestros hijos en particular.
Tenemos que ser para nuestros hijos lo que Yehoshúa fue para el pueblo de Israel: entender que cada uno de ellos tiene su propio universo mental.
Rabbanit Coty Bitton

EL AIRE DE ISRAEL
Estoy en Yerushalayim, en Emek Refaim. Afuera hay mucho movimiento: grúas y trabajos de construcción por todos lados, calles cortadas, el tránsito reducido a una sola mano, vallas y obras a lo largo de toda la calle. ¡Yerushalayim no para de reconstruirse. Pero el ruido no llega adentro. Estoy en el café Kafit, un lugar precioso, lleno de gente, con aire acondicionado y buen wifi. Estoy solo, con mi computadora, tratando de terminar de escribir mi libro —Dinosaurios en la Torá—, donde analizo en profundidad cómo entendieron Jazal, Rishonim y Ajaronim sefaradim los pesukim 20, 21 y 22 del primer capítulo de Bereshit. No sé bien por qué, pero el ir y venir de la gente no me distrae: me acompaña. Me concentro mejor acá que en una biblioteca. Avanzo con mi libro como no podría en Nueva York. ¿Será lo que nuestros sabios enseñaron, que avirá de Erets Israel majkim, que el aire de la tierra de Israel te hace más inteligente? Te ayuda a pensar mejor. La mente está más liviana.
CONEXIÓN VÍA NEGATIVA
Pedí shakshuka y un jugo de zanahoria.
Suena el celular. Es un miembro de mi comunidad de Great Neck. Atiendo. Con voz preocupada me pregunta cómo estoy, cómo me siento, cómo se siente estar en Israel con la terrible situación con Irán, los mensajes confusos de Trump y de Vance, las amenazas de Turquía. Él sabe que Israel me importa mucho, y que vivo esas noticias con intensidad. Y da por hecho que debo estar sufriendo, pegado a las últimas novedades en Telegram.
Y yo no sé cómo explicarle que acá todo está tranquilo. Que la gente está contenta, que los restaurantes están llenos, y que el problema más grande de la mañana es encontrar una mesa libre para sentarse a tomar un café.
Es que hay dos países que se llaman “Israel”. Está el Israel de los titulares internacionales —el que aparece todos los días en todos los diarios del mundo, siempre al borde de algo, rodeado, amenazado, demonizado— y está el otro Israel, ese donde uno se siente protegido, se va a dormir con las ventanas abiertas, disfrutando de la brisa de Yerushalayim, y se despierta contento de estar en el mejor país del mundo.
DETOX DE NOTICIAS
Le respondí que no tenía idea de lo que estaba pasando. Y le dije, casi sin pensarlo: ¡No estoy siguiendo las noticias! Me sorprendí al escucharme. Y me di cuenta de algo. En Nueva York mi cabeza está más acá que allá; no lo puedo evitar. Un psicólogo me diría que es una mezcla de culpa por no estar en la tierra de mis padres y la necesidad de seguir conectado con Israel todo el tiempo. Sin querer, hice de la preocupación una forma de conexión con Medinat Israel. Pero acá eso no me hace falta: estoy adentro, y la conexión ya no pasa por las noticias.
Acá estoy en compañía de mi pueblo, donde quiera que vaya. En Kafit no conozco a nadie, pero los conozco a todos. Sé exactamente de dónde vienen, ellos y sus antepasados, y qué futuro quieren para sus hijos.
Y la conexión con Boré Olam se siente en el alma: En mi Amidá me hace falta mucho menos esfuerzo mental para dirigirme a Dios en segunda persona. La relación con Boré Olam ocurre con mucha más naturalidad. Creo que eso es lo que le da a uno tanta paz. Esa Presencia, inmanente en el aire de Israel, lo vuelve a uno más consciente de que hay Alguien que está a cargo de este lugar y de este pueblo. YESH RIBBON LABIRA. Y no es Trump, ni Vance, ni siquiera Netanyahu.
SOMBRAS
Los Jajamim enseñan que en el desierto el pueblo iba envuelto en los Anané Kavod, las nubes de gloria que lo rodeaban por todos los costados. Eran la señal de que HaShem estaba con ellos, que los protegía “desde arriba”. Y por eso podían irse a dormir tranquilos, sin montar guardia, en medio del desierto, aunque sabían que estaban rodeados de peligros. También sabían bajo Qué sombra estaban. Es la misma sombra que se siente acá. Es la que mencionaremos este viernes a la noche en la tefilá de Arbit: ufrós alenu sukkat shelomeja —extiende sobre nosotros la “sombra”, sukká de Tu paz—. Y agregamos una mención especial: que esa sombra de paz se extienda sobre todo el pueblo de Israel, y muy en particular sobre Yerushalayim, Su ciudad. Nuestro mayor deseo como nación es habitar bajo la Sombra Divina. Y eso es lo que hace especial a Israel. No es que afuera no haya peligro. Es que acá uno se entrega a la protección Divina, y todo lo demás queda afuera: las noticias, las amenazas, los titulares. El mundo sigue girando, pero el ruido se queda del otro lado de la Sombra.

JERUSALEM INTRATABLE
Por lo general, no venimos a Israel en enero. Mi esposa y yo solemos llegar en julio y disfrutar del verano. Esta vez vinimos en invierno, a pasar unos días con dos de nuestros hijos que viven en Jerusalem. El frío se siente un poco más —aunque nada comparado con Nueva York— y también hay más lluvia que en julio.
Es normal que cuando uno llega a Jerusalem después de algunos meses, note que la ciudad cambió. Hay nuevas construcciones, nuevos servicios, barrios que se estiran y edificios que crecen. Esta renovación urbana se conoce en Israel como Pinui u’Binui (“demolición y reconstrucción”): los edificios antiguos se tiran abajo dando lugar a construcciones más modernas, con ascensores nuevos, estacionamientos, espacios verdes y áreas comunitarias y residencias más seguras (cada departamento tiene un cuarto construido como “refugio”, en caso de necesidad). Barrios tradicionales como Katamon, Arnona, Talpiot y Bak’a —donde estamos ahora— están siendo transformados por completo.
Pero la construcción de nuevos edificios no es el factor principal de la Jerusalem imposible de hoy, enero 2026. Esta vez, la situación es exageradamente grave. Jerusalem está imposible. El tráfico es infernal. Un trayecto que debería llevar diez o quince minutos —por ejemplo, de Bak’a a la estación de tren— me llevó más de cuarenta y cinco minutos. Ya no se puede estimar la hora de llegada a destino. Hay cortes por todos lados, desvíos inesperados y calles que se cierran de un día para el otro.
Hasta caminar se vuelve imposible. Las zonas céntricas de King George y Ben Yehuda, por ejemplo, están irreconocibles. En King George no se puede caminar. Hay vallas por todos lados, calles partidas en dos, carriles reducidos: donde había cuatro, ahora quedó uno. Nada fluye con normalidad. No hay un punto de la ciudad donde el movimiento —de autos o de peatones— se sienta natural o continuo.
La pregunta es inevitable: ¿qué le está pasando a Jerusalem?
El mayor responsable del nuevo balagán (=caos) en la ciudad es la construcción de tres nuevas líneas del famoso tranvía, el tren ligero (Rakevet Hakala). Lo que comenzó con una sola línea, la Línea Roja, que hoy transporta a más de 170.000 pasajeros diarios, se transformará en una red completa de transporte ferroviario, con tramos subterráneos, que atravesará Jerusalem de norte a sur y de este a oeste. Actualmente, se están construyendo dos nuevas líneas: la Línea Verde, con unas 35 estaciones y 20 kilómetros de extensión, y la más ambiciosa, la Línea Azul, de alrededor de 30 kilómetros y 50 estaciones, que unirá Ramot con Gilo. Y por último se construiría la Línea Violeta. El nuevo sistema será cuatro veces más grande que el actual: más líneas, más estaciones, más conexiones. Es una obra gigantesca, pensada para que millones de personas puedan desplazarse de un punto a otro de la ciudad sin necesidad de usar el auto. Esto explica los trabajos pesados, prolongados y ruidosos que hoy hacen sentir que Jerusalem está “bloqueada”.
Jerusalem no está bloqueada: Jerusalem está en plena transformación.
¿Para qué se prepara Jerusalem? En primer lugar, Yerushalayim muy pronto se convertirá en la ciudad más poblada de Israel, con más de un millón de habitantes. Pero hay algo más: Jerusalem también se prepara para la Gueulá: para la futura reconstrucción del Bet HaMiqdash, el Mashiaj y el arrivo de millones de judíos de la diáspora a Israel.
Una vez que el Gran Templo esté en funcionamiento y el pueblo judío esté de vuelta en su tierra, Yerushalayim estará lista para recibir cómodamente —al menos tres veces por año— a millones de familias que peregrinarán a esta ciudad en Pésaj, Shabuot y Sucot, como en los tiempos bíblicos.
Y cuando uno lo ve así, el balagán de la construcción, el tráfico infernal y los cortes de calles dejan de ser una molestia y se transforman en una hermosa fuente de inspiración.
Ver a Jerusalem reconstruyéndose, preparándose para funcionar como el centro espiritual del pueblo judío —y del mundo—, es la aspiración nacional más grande, y que durante casi dos mil años fue inalcanzable e inimaginable. Efectivamente, hasta hace muy poco tiempo, la Jerusalem que B”H tenemos hoy era una “Jerusalem utópica, imposible”.
El balagán de Yerushalayim “me encanta”. Me fascina y me emociona hasta las lágrimas. Jerusalem se está reconstruyendo frente a nuestros ojos. Y nos estará esperando.
SHABBAT SHALOM, desde Yerushalayim

La periodista y escritora judía estadounidense Abigail Shrier, en su libro Bad Therapy (2024), no niega que la terapia pueda ayudar e incluso salvar vidas; lo que advierte es que en ciertos círculos se ha vuelto rutinaria aun cuando no hace falta. Su crítica apunta a una cultura que, en nombre de la catarsis, hace que el chico se ponga a rumiar una y otra vez en su malestar —y la rumiación, lejos de aliviarlo, lo encierra en un ciclo de ansiedad que solo lo hunde más. Preguntarle sin parar “¿cómo te sentís?”, validar cada miedo, monitorear cada emoción: todo eso, dice Shrier, fabrica el problema que pretende curar.
Para esa ansiedad que nace de la abundancia y del no tener otra cosa en qué ocuparse, su receta no es el diván sino la vida real. Y es muy concreta. Darle al chico quehaceres en la casa, tareas que de verdad importen y que tenga que cumplir. Animarlo a conseguir un trabajo —de medio tiempo, de verano—, ganarse algo con su esfuerzo. Dejarlo moverse y resolver solo: hacer un mandado, ir a un lugar sin que un adulto lo vigile, jugar con otros chicos sin supervisión, negociar sus propios conflictos. Poner reglas claras en el hogar y sostenerlas, en lugar de discutir cada punto como si fueran dos adultos. Y, del otro lado, soltar: dejar de acolchar cada caída y de tratar cada tropiezo normal del crecer como una herida que necesita tratamiento.
Lo que forja un carácter sólido no es hurgar en los problemas pequeños hasta agrandarlos, sino la competencia: sentir que uno puede valerse por sí mismo, que sirve, que vale. El chico que carga una responsabilidad real está demasiado ocupado siendo capaz como para vivir pendiente de su propio malestar.