LA AMIDÁ: Introducción

Eliézer reza junto al pozo y encuentra a Ribká. Abraham, según nuestros Jajamim, fue el primero en establecer Shajarit, la oración de la mañana. Y en la Parashá de esta semana encontramos a Yitsjaq rezando Minjá por la tarde. Nuestra Parashá nos invita a reflexionar sobre la Tefilá.

Es, entonces, el momento ideal para comenzar una nueva sección en Halaja of the Day: entender la Amidá, paso a paso, una berajá por semana.

Comenzamos hoy con una introducción.

QUÉ ES LA AMIDÁ

La Amidá es la oración más importante. Nuestros Sabios la llaman, simplemente, «Tefilá», como si dijéramos: la plegaria por excelencia.

La recitamos tres veces al día: por la mañana, por la tarde y por la noche. Fue compuesta por los Hombres de la Gran Asamblea, Anshé Keneset haGuedolá, en el siglo V antes de la era común. Sus palabras provienen de los textos de la Torá, los Profetas y el libro de Tehilim.

La Amidá consta de diecinueve berajot (bendiciones), cada una dedicada a un tema específico. De su estructura y del significado de su orden hablaremos la semana que viene.

Hoy nos concentraremos en algo previo: cómo prepararnos para comenzar la Amidá.

ANTES DE EMPEZAR

Hay tres aspectos fundamentales que debemos tener presentes:

KOBED ROSH (seriedad). No podemos comenzar la Amidá con la cabeza en otro lado, distraídos o con frivolidad. Debemos tomar conciencia del extraordinario privilegio de estar frente a Dios. Es como tener una audiencia privada con el Rey o el Presidente. En ese momento, nada debe ocupar nuestra mente excepto Aquel ante quien estamos parados.

ARTICULACIÓN. Las palabras de la Amidá deben pronunciarse, no simplemente pensarse. Se articulan en voz baja, en lajash: lo suficientemente bajo como para que quien está a nuestro lado no las escuche, pero con voz suficiente para escucharnos a nosotros mismos.

KAVANÁ (atención). La palabra viene de lekhavén: apuntar, dirigir. Significa dirigir conscientemente nuestra atención hacia las palabras que pronunciamos, concentrándonos en su significado y evitando que nuestros pensamientos se desvíen.

HASHEM, ABRE MIS LABIOS

Antes de comenzar la Amidá, nuestros Jajamim nos indicaron recitar un versículo de Tehilim (51:17):

ה׳ שְׂפָתַ֣י תִּפְתָּ֑ח וּ֝פִ֗י יַגִּ֥יד תְּהִלָּתֶֽךָ׃

“HaShem, abre mis labios, para que mi boca proclame Tu alabanza.”

Para entender por qué eligieron justamente este versículo, hay que verlo en su contexto. El Mizmor 51 es el salmo de Teshubá que David haMélej compuso después del episodio con Bat Sheba. David está consumido por la culpa y la vergüenza. Confiesa su pecado, pide que lo purifiquen, pide un corazón nuevo. Reza con el corazón quebrado. Y entonces, casi al final del salmo, pasa algo extraño. El Rey de Israel, el poeta más elocuente que tuvo el pueblo judío, ¡se queda sin palabras! El fluir del salmo se detiene. Como si David, al sentirse tan cerca de HaShem, de pronto no encontrara cómo seguir hablándole. Y lo que dice es: HaShem, quiero seguir rezando, pero al acercarme a Ti me doy cuenta de lo pequeño que soy y de lo infinito que eres Tú. Necesito Tu ayuda para estar de pie frente a Ti y no colapsar: ¡HaShem! Abre mis labios, para que pueda dirigirme a Ti.

David, abrumado por la sensación de cercanía con Dios, pide la asistencia de Dios para rezarle a Dios.

Este extraordinario versículo nos prepara mentalmente para comprender que la Amidá no es una oración más. En todas las demás Tefilot hablamos “de” Dios; pero en la Amidá le hablamos “a” Dios. Si nos tomamos eso en serio, si visualizamos que al recitar la Amidá estamos literalmente frente a Dios, en una audiencia privada, vamos a sentir lo mismo que sintió David: una sensación abrumadora, una profunda humildad y hasta un temor reverencial, que nos debería dejar sin voz. Por eso recitamos este versículo justo antes de comenzar la primera berajá. No es una simple introducción: es una invitación a tomar conciencia de lo que está por suceder. Nos ayuda a visualizar que estamos a punto de dirigirnos personalmente a Dios y nos inspira a experimentar la humildad, el asombro y el temor reverencial que debería despertar en nosotros ese encuentro con el Todopoderoso.

Rab Yosef Bitton