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VAYERA: Las elecciones en Israel y el síndrome de Hagar

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Nuestra parashá, Vayerá, nos cuenta sobre los hijos de Abraham: Yishmael e Isaac. La historia de Isaac continuará en las próximas parashiyot, con sus hijos y sus nietos. Pero la historia bíblica de Yishmael, en cierta medida, se cierra aquí.

Yishmael era hijo de Abraham, pero no de Sará, su legítima y única esposa. Hasta entonces, Abraham nunca había tomado otra mujer, un tema fascinante, ya que en esos tiempos la poligamia era completamente natural. Sará no podía tener hijos y decidió darle a Abraham a su sirvienta personal, Hagar: “Tal vez tendré hijos a través de ella” (Bereshit 16:2). La idea era que Sará adoptara al hijo de Hagar como propio. Sería, salvando las distancias, como hoy alquilar un vientre.

Aunque ni la Torá ni el Midrash se refieren directamente a este tema, podemos suponer, casi con certeza, que Abraham y Sará trataban muy bien a Hagar. Basta ver cómo trataba Abraham a Eliezer, su sirviente: le confiaba todos sus bienes y, según nuestros Jajamim, le enseñaba Torá. No lo trataba como a un esclavo, sino como a un familiar, con el mismo respeto. Así también tuvo que tratar Sará a Hagar.

Pero algo sucedió. Apenas Hagar quedó embarazada, dice la Torá, “vatekal gevirtá be’eneha”: Sará perdió valor ante sus ojos (16:4). Es decir, Hagar comenzó a mirar a Sará desde arriba y a faltarle el respeto. Según el Midrash, primero dejó de llamarla “mi señora” y empezó a llamarla por su nombre: “Sará”. Luego la humilló en público. Ante las amigas de Sará decía: “Si fuera realmente justa, Dios le habría dado hijos. Yo, en cambio, ¡quedé embarazada enseguida!”. Hagar no quiso ser igual a Sará: quiso ser “la patrona”.

Si bien la historia de Hagar y Yishmael prácticamente culmina en Vayerá, la historia de la descendencia de Yishmael continúa. De acuerdo con nuestras fuentes y con la tradición islámica, Yishmael es el patriarca de los pueblos árabes. Tal como lo predijo la Torá, Yishmael se convirtió en una gran nación, en una civilización. Pero también, como lo anticipó la Torá, los descendientes de Yishmael se destacan por su afán de conquistar otros pueblos y de transformarse en los patrones allí donde viven.

La Torá lo indica con mucha sutileza en estas palabras: “Yadó bakol veyad kol bo”. Literalmente: “su mano (la de Yishmael) sobre todos, y la mano de todos sobre él”. Mi interpretación es que Yishmael, como su madre, solo conoce dos maneras de relacionarse con los demás. O su mano está sobre los demás, o la mano de los demás está sobre él. Puede estar abajo o arriba, ser dominado o dominador. Lo que no sabe es estar a la par. No puede vivir en paz al lado de los demás. Es el síndrome de Hagar.

EUROPA, EUROPA

La gran tragedia de Europa, y si no se cuida, también de Estados Unidos, es no querer ver ni entender que la sociedad árabe islamista no tolera la igualdad, la horizontalidad. Acepta estar dominada, acepta bajar la cabeza y vivir bajo la mano de otros. Pero, y este “pero” es crítico, solo de manera temporaria. Es una paciencia estratégica. El ideal de los inmigrantes islamistas no es integrarse. Su aspiración no es gozar de los mismos derechos que los ciudadanos del país que los recibió: eso ya lo tienen en Europa, en Israel y en Estados Unidos, donde cuentan con las mismas oportunidades que cualquiera. No buscan poder político para ser iguales a los demás. Su aspiración final es religiosa: quieren, necesitan, estar arriba. Controlar, dominar, imponerse a los demás.

Es la historia fundacional del islam. Mahoma pasó trece años en La Meca como líder de una minoría débil, y en ese período fue estratégicamente paciente, muy conciliador y hasta pacifista. Pero cuando se trasladó a Medina y obtuvo número y poder militar, comenzó el período de la guerra y el dominio. Y los juristas musulmanes explican que “los versículos posteriores del Corán anulan a los anteriores”. Es decir: la tolerancia hacia el infiel (cualquiera que no sea musulmán) se practica cuando los islamistas son débiles, pero cuando son fuertes hay que imponer el dominio. Así vivieron los judíos y los cristianos durante siglos bajo el islam. La ley musulmana, la Sharía, fijaba hasta el último detalle de ese “estar abajo”: no podían construir casas más altas que las de los musulmanes, debían cederles el asiento y no podían montar a caballo. Islam no es “sumisión”: es, por definición, el sometimiento del infiel.

Los occidentales no pueden entender esto, porque no piensan con una mente religiosa. Solo conciben la enemistad como respuesta a una provocación o a una opresión. Piensan que si los reciben bien, si les dan todo lo que piden y más, los islamistas van a vivir en paz con ellos, en una relación de horizontalidad. Gravísimo error. El islamista no quiere someterte a su ley porque le hiciste algo malo, sino porque someterte, cuando tiene el poder, es su obligación religiosa. “No es personal.” Es religioso. Y cultural. Es el síndrome de Hagar: si no estás abajo, tienes que estar arriba.

Los líderes europeos no leyeron con atención nuestra parashá.

Los inmigrantes musulmanes que llegaron a Europa, al principio “bajaron la cabeza”. Les resultó muy conveniente, porque en Francia, Inglaterra, España y Alemania obtuvieron todos los beneficios sociales, o más que eso: ¡la ciudadanía! Fueron tratados con la misma amabilidad con la que Abraham y Sará trataron a Hagar, hasta que ella levantó la cabeza. Pero poco a poco, en lugar de integrarse, los movimientos islamistas se hicieron más fuertes, numérica y políticamente. Y una vez fuertes, ya no buscan la integración sino el dominio.

Y lo peor es que ya no lo disimulan: lo dicen abiertamente. El primer precedente tuvo lugar el 27 de abril de 2024, cuando más de mil islamistas se manifestaron en Hamburgo pidiendo el establecimiento de un califato, es decir, un Estado islámico. Llevaban carteles con la consigna “El califato es la solución” y reclamaban la introducción de la Sharía. Me explico mejor: no pedían que se les permitiera a ellos practicar la Sharía. ¡Exigían que Alemania se transformara en un califato!

El instituto MEMRI, que traduce y difunde lo que se dice en mezquitas y canales árabes, documentó, y sigue documentando, cientos de sermones pronunciados en árabe en el corazón de Europa, donde imanes y líderes político-religiosos anuncian abiertamente que Roma será conquistada por el islam. En los Países Bajos, el jeque Abdelhamid Aynelhayat predicó que la democracia, el gobierno de los hombres por sí mismos, es la causa de la discordia, y que la solución es imponer la Sharía. En Copenhague, el imán Mundhir Abdallah dijo a sus seguidores que, después de establecer el califato y eliminar a Israel, la solución final pasaría por la conquista de Europa.

Y por la misma razón por la que la integración de los islamistas no es posible, tampoco es posible la paz con ellos. A menos que sea en los términos de la Sharía: “Les ofrecemos vivir en paz con nosotros, con una condición: si no quieren convertirse, nosotros controlamos la sociedad y ustedes serán dhimmis, una minoría que, a cambio de un pequeño impuesto por cabeza, la yizia, gozará de nuestra ‘protección’. Y así viviremos en paz”. Es el mismo principio: o estás abajo, o estás arriba. No hay integración real. Solo simulada, hasta que se adquiere más poder. Esa es la estrategia. Y la estúpida ingenuidad de Europa, y su ignorancia deliberada, le van a costar su identidad.

LAS ELECCIONES EN ISRAEL

Como todos los judíos del mundo, estoy siguiendo muy de cerca las elecciones en Israel y el masivo incremento del voto árabe, que duplicó sus bancas en la Knéset. En este momento se está investigando si se puede probar que hubo fraude en esa votación, ya que hay evidencias de influencia de países extranjeros que habrían usado dinero para comprar votos. No tengo la bola de cristal para saber cómo ni cuándo va a terminar el proceso de armado de coaliciones para formar gobierno. Pero hay una posibilidad que me aterra: una coalición con los partidos árabes de Israel.

Los árabes de Israel que votan por estos partidos, en su gran mayoría, no son “israelíes de otra religión”: son antisionistas. No son como los judíos de Argentina, digamos: argentinos que quieren el bien y la prosperidad de la República Argentina, la patria que los recibió y que aman. Los judíos, dondequiera que vayamos, aspiramos a tener los mismos derechos, libertad de culto, y nada más. No tenemos ninguna intención de conquistar el país que nos recibe ni de convertir a los demás. Los árabes que votan por estos partidos tampoco son como Yoseph Haddad o la capitana Ella, árabes israelíes que aman a Israel. Ellos son la excepción. Los tres partidos árabes son nacionalistas palestinos antiisraelíes, como la Meshutefet, o de la Hermandad Musulmana, como Ra’am. Y ahora que se sienten más fuertes, porque duplicaron su representación, ya expresan más abiertamente su aspiración de controlar el país, de conquistarlo, de tener “autonomía” en el Galil, y de que Israel deje de ser un Estado judío. Comenzó la yihad política de los árabes de Israel.

No creo que se vaya a formar un gobierno con ellos. Eisenkot, Bennett y Liberman prometieron asociarse solo con partidos sionistas, que reconozcan a Israel como Estado judío y declaren a Hamás organización terrorista, condiciones que la mayoría de los diputados árabes nunca aceptaría. Así que lo más seguro es que haya segundas elecciones. Pero hay una posibilidad maquiavélica e imperdonable, que sería una pesadilla y dañaría a Israel por muchos años: se habla de acuerdos temporarios de votación entre los partidos árabes y los partidos de la oposición para echar a Netanyahu de su cargo y, de alguna forma, junto con la Corte Suprema de Justicia, “inhabilitarlo” políticamente para que no pueda presentarse a las próximas elecciones.

Espero y rezo para que esto no suceda.

Pero hay una cosa que estoy seguro de que sí va a ocurrir. Independientemente de los resultados de la investigación de fraude, los árabes de Israel van a empezar a mirar a “Sará” de arriba para abajo. Van a ser más desafiantes. Van a disimular menos su hostilidad hacia Israel. Es el punto de inflexión entre estar abajo y la sed de estar arriba.

Pero al mismo tiempo, los judíos de Israel, que ya aprendieron que no pueden confiar en los palestinos de Gaza, van a conocer mejor las verdaderas aspiraciones de sus vecinos árabes. Porque cuando levantan la cabeza, dejan de disimular. Puede ser un momento para despertar y entender que, por cultura y por religión, los islamistas no quieren paz. No buscan igualdad ni derechos. Y no pueden vivir por mucho tiempo en un estado de horizontalidad. O están abajo, o están arriba. Es más fuerte que ellos. Es el síndrome de Hagar.

Rab Yosef Bitton

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