SIPURE SAVTA. La abuela Rajel y el plato de galletitas

Ilustración: una mesa con un plato de galletitas, una taza de café y una ventana de noche

Historias de valentía del 7 de octubre, para leer a los niños. Primera historia.

En la ciudad de Ofakim, en el sur de Israel, vivía una abuela llamada Rajel Edri. Tenía 65 años. Vivía en un departamento chico, en la planta baja, con su esposo David. Estaban casados desde hacía muchos años. Sus hijos ya eran grandes, y los nietos venían a visitarlos en Shabbat y en las fiestas. Y cada vez que venían, Savta Rajel tenía algo preparado para darles de comer. Así era ella. El que entraba a su casa no salía con hambre.

El sábado 7 de octubre de 2023 era Simjat Torá en Israel. Temprano a la mañana, antes de que el sol terminara de salir, empezaron a sonar las sirenas. Caían misiles sobre el sur de Israel. Rajel y su esposo David habían escuchado sirenas muchas veces en la vida. Hicieron lo de siempre y esperaron a que pasara.

Pero esta vez las sirenas no pararon. Y después se escuchó otro ruido. Disparos. En la calle. Cerca de la casa.

Rajel miró por la ventana. Había hombres armados corriendo por las calles de Ofakim. No eran soldados israelíes. Eran terroristas que habían roto la cerca de Gaza y habían llegado en auto hasta Ofakim. Algunos corrían hacia su edificio.

Golpearon la puerta. Una voz gritó en hebreo: “¡Policía! ¡Abran la puerta!”

David abrió. Pero no era la policía.

Cinco hombres entraron a los empujones. Tenían fusiles y granadas. Gritaban. Cerraron la puerta detrás de ellos. Rajel y David eran ahora prisioneros en su propia casa.

A Rajel le latía el corazón con fuerza. Estaba segura de que esos eran los últimos minutos de su vida. Pero, en medio del miedo, le vino una idea, clara y simple: estos hombres están alterados. Gritan, tienen miedo y pueden disparar. Si logro calmarlos, quizás, solo quizás, con la ayuda de Dios, David y yo podamos sobrevivir. Necesito distraerlos un poco, hasta que lleguen refuerzos de nuestro ejército y puedan rescatarnos.

Entonces Savta Rajel hizo algo que nadie esperaba en una situación así, pero que ella había hecho muchísimas veces con sus invitados: hizo lo que mejor sabía hacer en el mundo. Miró a los cinco terroristas que estaban en su living y les preguntó si querían tomar algo.

Se quedaron mirándola. Después uno dijo que sí.

Fue a la cocina y trajo agua y Coca-Cola. Preparó café. Sacó un plato con las galletitas que había horneado antes de la fiesta y lo puso sobre la mesa. “Coman”, les dijo. “Deben tener hambre.”

Comieron.

Rajel se sentó con ellos. Habló. Les preguntó de dónde eran. Les contó de su familia. Cuando uno le apuntó con el fusil, ella le pidió con calma que lo bajara, porque la ponía nerviosa y no podía servir bien el café con un fusil en la cara. El hombre lo bajó.

Rajel sabía algunas canciones en árabe de su infancia. Las cantó. Los hombres escucharon. Uno hasta cantó con ella. Rajel sonreía. Por dentro seguía muerta de miedo. Pero no lo dejó ver. Ni un segundo.

Afuera, la calle se había llenado de policías y soldados. Rodearon el edificio. Y entre los policías había un oficial joven llamado Evyatar Edri. ¡Era el hijo de Rajel! Sabía que sus padres estaban adentro con cinco terroristas. Conocía cada cuarto de ese departamento, cada puerta, cada ventana. Les dibujó todo a los comandantes de la unidad especial, para que supieran exactamente adónde ir cuando llegara el momento.

Pasaron las horas y se hizo de noche. Rajel seguía preparando café. Seguía trayendo galletitas. Seguía hablando. En un momento, cuando los terroristas no miraban, levantó la mano cerca de la ventana: cinco dedos, para que los policías de afuera supieran cuántos hombres había adentro. La vieron. Entendieron.

Los terroristas se fueron cansando. Rajel no. O, si se cansó, nadie se dio cuenta.

A las dos y media de la madrugada, la unidad especial de la policía entró al departamento. En segundos terminó todo. Rajel y David,  Baruj HaShem, salieron de la casa ilesos, directo a los brazos de su hijo.

Cuando la historia se conoció en Israel, la gente casi no lo podía creer. Una abuela con un plato de galletitas había mantenido a raya a cinco hombres armados durante muchas horas y había salvado su vida y la de su esposo. Los periodistas le preguntaron cómo lo había hecho. Rajel se encogió de hombros. “Les di galletitas”, dijo. “¿Qué otra cosa podía hacer?”

Pero todos entendieron lo que realmente había hecho. Cuando el miedo llenó la casa, ella no se paralizó ni entró en pánico. Pensó. Se mantuvo tranquila para que los demás se mantuvieran tranquilos. Buscó cada oportunidad para ayudar a los que venían a salvarla. Y nunca, ni un solo momento, dejó de creer que iban a venir.