Historias de valentía del 7 de octubre, para leer a los niños.
En el sur de Israel, no lejos de la ciudad de Ofakim, hay un pueblito de agricultores que se llama Moshav Patish. La gente de ahí cultiva verduras y cría animales, y todos se conocen, como suele pasar en los lugares chicos. Uno de ellos es un agricultor llamado Rami Davidian. El 7 de octubre tenía 58 años. Tiene esposa, hijas grandes y yernos. No es soldado. No es policía. Siembra la tierra y vende lo que cosecha.
A pocos minutos de Patish, cerca del kibutz Reím, hay un campo abierto y enorme. En la noche del 6 de octubre se habían reunido allí miles de jóvenes de todo Israel para un festival de música. Bailaron toda la noche bajo las estrellas. Muchos seguían bailando cuando salió el sol la mañana de Simjat Torá.
A las seis y media empezaron los misiles. Minutos después llegaron camionetas y motos llenas de terroristas que habían cruzado la cerca de Gaza y se dirigían directamente hacia donde estaban los jóvenes. Los jóvenes corrieron para todos lados. A los sembrados. A los huertos. A las zanjas al costado de la ruta. A cualquier lugar donde pudieran esconderse.
A las siete menos cuarto de la mañana sonó el teléfono de Rami. Era un amigo del norte de Israel. Su hijo estaba en el festival. Estaba escondido. No podía salir. ¿Podía Rami ir a buscarlo?
Rami no se detuvo a pensar. No buscó un arma, porque no tenía. No buscó un casco ni un chaleco. Estaba en pantuflas. Se quedó con las pantuflas puestas, subió al auto y manejó hacia donde se escuchaban los disparos.
Encontró al hijo de su amigo escondido cerca de la ruta. Al lado había otros catorce jóvenes, aterrados, agachados en la tierra. Rami abrió las puertas del auto y dijo: “Suban. Todos”. Quince personas en un auto para cinco. Se apilaron unos encima de otros, y Rami los llevó de vuelta al Moshav Patish.
Entonces uno de ellos le hizo una pregunta: “¿Podemos darles tu número de teléfono a nuestros amigos? Todavía están allá”.
Rami dijo que sí.
En minutos, su teléfono empezó a sonar. Y no paró. Los jóvenes escondidos en los campos se pasaban su número unos a otros por mensaje. Padres de Tel Aviv, de Haifa y de Jerusalem, que hacía horas no sabían nada de sus hijos, llamaban al agricultor de Patish y le rogaban que los encontrara. Cada llamada le daba una ubicación. Un grupo de árboles. Un caño de desagüe. Un rincón en un huerto. Rami manejaba hasta allí, encontraba a la gente, la subía al auto, la llevaba a Patish y salía otra vez.
Llamó a sus familiares. Llamó a los vecinos. “Traigan los autos. Hay mucho trabajo”. Pronto había varios autos del moshav entrando y saliendo de la zona de peligro, y Rami era el que los dirigía, con el teléfono en una mano y el volante en la otra.
A veces, los que estaban escondidos tenían demasiado miedo para salir, aunque escucharan un auto. Entonces Rami inventó un juego. Les pedía que se quedaran en el teléfono y escucharan. Y tocaba la bocina de una manera especial. “¿La escuchan? ¿Me acerco o me alejo?”. Más cerca, más cerca, más cerca, hasta que veían su auto y corrían hacia él.
Una de las llamadas era por una chica llamada Amit. Dos amigas suyas, que Rami ya había rescatado, le rogaron que volviera a buscarla. Ella le mandó su ubicación. Rami manejó hasta allí y encontró algo que le heló la sangre. Amit estaba rodeada por un grupo de hombres armados que habían venido de Gaza. Rami no tenía arma. Tenía un auto y tenía su voz.
Rami habla árabe. Trabajó toda la vida con agricultores y comerciantes árabes. Se bajó del auto, caminó hasta los hombres, se hizo pasar por uno de ellos y les habló en su idioma. Les dijo que el ejército israelí venía justo detrás y que más les valía irse mientras pudieran. Le creyeron. Soltaron a la chica. Rami la subió al auto y se fue.
Volvió. Y volvió otra vez. Todo el sábado. Toda la noche del sábado. Todo el domingo. No durmió. No comió. Su familia le rogaba que parara. No paró hasta que no quedó nadie sin encontrar.
Cuando todo terminó, Rami Davidian, con su auto, su teléfono y sus pantuflas, había rescatado a unas setecientas personas.
Hoy Rami viaja por el mundo y cuenta su historia. La gente lo llama héroe. Él siempre dice lo mismo: es agricultor, tenía un auto y le sonó el teléfono. ¿Qué otra cosa iba a hacer?
Pero todos los que lo escuchan entienden. La valentía no es solo para los soldados. A veces la valentía es un agricultor en pantuflas que decide, setecientas veces seguidas, volver una vez más

