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SIPUR GEBURA: Eljanán, el héroe que bajó de las montañas

Ilustración: un vehículo blindado de noche frente a una casa con la puerta iluminada, y tres figuras caminando hacia ella
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Historias de valentía del 7 de octubre, para leer a los niños. Segunda historia.

En lo alto de las montañas al sur de Jebrón hay una comunidad chica que se llama Otniel. El aire allí es fresco, y desde arriba de la colina se ve a lo lejos. En Otniel vivía un hombre llamado Eljanán Kalmanson. Tenía 41 años. Tenía esposa y cinco hijos. Estaba a cargo de la seguridad de la comunidad, y antes había servido muchos años en las fuerzas de seguridad y en el ejército de Israel. La gente de Otniel sabía que, si algo salía mal, Eljanán era el que había que llamar.

El sábado 7 de octubre era Simjat Torá. Esa mañana Eljanán se preparaba para la fiesta, como todos. Y entonces empezaron a llegar las noticias y los llamados de emergencia a su teléfono. Algo terrible estaba pasando en el sur, cerca de Gaza. Miles de terroristas habían roto la cerca. Estaban adentro de los pueblos y de los kibutzim. La gente pedía ayuda, y la ayuda no llegaba.

Otniel está lejos de Gaza. Muy lejos. Como dos horas de viaje, por montañas y rutas complicadas. Nadie llamó a Eljanán. Nadie le dio una orden. Él ya no estaba en el ejército. Podía haberse quedado en su casa con su familia, y nadie se lo habría reprochado.

Eljanán fue a ver a sus padres y a su esposa y les dijo: “Esto no se ve bien. Tengo que ir a ayudar a mis hermanos Yehudim.”

Se dio vuelta hacia su hermano menor, Menajem, que había venido de visita para la fiesta. Menajem no lo dudó. Los dos hermanos tomaron sus fusiles, subieron al auto y salieron hacia el sur. Su sobrino Itiel, un muchacho muy joven, fue detrás de ellos.

Las rutas eran peligrosas. Nadie sabía dónde estaban los terroristas. Pero los hermanos siguieron manejando hasta llegar a la zona del kibutz Beerí, un kibutz hermoso de unas mil personas, con pasto verde y casitas blancas. Ahora las casas estaban en llamas. Todavía había terroristas adentro del kibutz, caminando de calle en calle. Cientos de familias estaban encerradas en sus cuartos de seguridad, a oscuras, sosteniendo la manija de la puerta con las manos. Estaban ahí desde la mañana. Sin comida. Sin agua. Bebés que lloraban. Teléfonos a los que se les acababa la batería. Y el ejército todavía no llegaba.

Cerca del kibutz, Eljanán y Menajem encontraron un vehículo del ejército, un camión blindado pero chico, que unos soldados habían dejado atrás. Lo tomaron. Era para cuatro personas. No importaba. Entraron directamente con él a Beerí.

Y entonces empezaron la operación de rescate. Casa por casa. Calle por calle. Paraban frente a una casa, corrían hasta la puerta del cuarto de seguridad y golpeaban. Adentro, silencio. Los que estaban escondidos no sabían quién golpeaba. Los terroristas también habían golpeado puertas. Los terroristas también habían gritado en hebreo.

Entonces Eljanán hablaba bajito a través de la puerta. “Somos judíos. Vinimos a sacarlos. Ya están a salvo.”

Y cuando los de adentro todavía no le creían, cuando preguntaban: “¿Cómo sabemos que de verdad sos judío?”, Eljanán hacía la única cosa que ningún terrorista haría jamás. Decía el Shemá. “Shemá Israel, HaShem Elokenu, HaShem Ejad”.

Y la puerta se abría.

Salían madres con bebés en brazos. Abuelos que apenas podían caminar. Chicos que no habían hecho un solo ruido en doce horas. Eljanán, Menajem e Itiel los subían al camioncito blindado, diez, once, doce personas apretadas en un lugar hecho para cuatro, y los llevaban afuera del kibutz, adonde esperaban los soldados y las ambulancias. Después daban la vuelta y entraban otra vez, arriesgando sus vidas.

Se hizo de noche y los tres hombres no pararon. Catorce horas. Más de cien personas de Beerí salieron con vida porque tres hombres de las montañas siguieron golpeando puertas y las rescataron.

El domingo 8 de octubre a la mañana, el sol salió sobre Beerí. Eljanán y Menajem se acercaron a una casa más. Adentro estaba oscuro. Un terrorista estaba escondido ahí. Abrió fuego. Y los dos hermanos fueron alcanzados. Menajem quedó herido. Eljanán cayó en los brazos de su hermano, en el kibutz al que había venido desde tan lejos para salvar.

Eljanán Kalmanson dejó una esposa y cinco hijos en Otniel. Y también salvó la vida de más de cien personas en Beerí, que están vivas hoy porque él decidió, una mañana de Simjat Torá, que cuando hay judíos en peligro, “estar lejos” no es una excusa.

Unos meses después, el Estado de Israel les entregó a Menajem y a Itiel el Premio Israel, el honor más alto que el país puede otorgar, por lo valiente que hicieron los tres ese día. Menajem lo recibió en nombre de los tres.

Y en Beerí, los que se salvaron todavía les cuentan a sus hijos de la voz en la puerta que dijo el Shemá Israel para demostrar que era judío.

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