¿Cómo se evitó el 11 de septiembre de Israel?

הוֹד֣וּ לַה֣׳ כִּי־ט֑וֹב כִּ֖י לְעוֹלָ֣ם חַסְדּֽוֹ
Inspirado en información obtenida de @YBCisrael.
Recién ahora, a partir de la confesión del terrorista omaní, comenzamos a comprender la magnitud de la tragedia que, B”H, no pasó.
Para apreciar el milagro y la intervención Divina que nos salvó, los invito por un momento a acompañarme a un escenario muy oscuro. Es el escenario que, según lo comprobado por los servicios de seguridad de Israel, tendría que haber ocurrido.
Cierren los ojos e imaginen la siguiente escena. Un vuelo de rutina de Flydubai se acerca para aterrizar en el aeropuerto Ben Gurión. Desde que el avión salió de los Emiratos Árabes Unidos, en las pantallas de radar del aeropuerto de Dubái todo parece absolutamente normal. También dentro del avión: nadie nota nada raro. Es un vuelo sin pena ni gloria. Pero dentro de la cabina cerrada hay un solo piloto que controla el avión: el copiloto, Hamam al-Hammami, un terrorista omaní. Hace unos minutos asesinó al capitán y piloto principal, Smit Machchhar, que ahora yace en el suelo, muerto y cubierto de sangre.
El terrorista lo mató con el hacha que se guarda en la cabina para casos de emergencia, cuando hay que romper una ventanilla o las paredes del avión desde adentro. Hamam se levantó de su asiento y le dijo al capitán que iba a rezar. Cuando el capitán se descuidó, lo atacó por la espalda, lo golpeó en la cabeza con el hacha y lo apartó de los controles. Nadie escuchó nada raro en la cabina, cuya puerta, por razones de seguridad, debe estar totalmente cerrada. Ni los tripulantes ni los pasajeros notaron nada extraño ni se dieron cuenta de lo que estaba pasando.
Una vez neutralizado el capitán, el terrorista tomó los controles y condujo el vuelo con toda naturalidad hacia su objetivo: el aeropuerto Ben Gurión. No hubo pánico ni ninguna señal de alerta, ni dentro del avión ni hacia las torres de control, ya que el capitán Smit Machchhar no tuvo tiempo de reaccionar ni de activar ninguna alarma.
La Terminal 3 del aeropuerto de Tel Aviv está llena de gente. Es Jol Hamoed Sucot, y el aeropuerto está repleto de viajeros que llegan a Israel y que salen del país. Según el diario Israel Hayom, en estas fechas pasan por el aeropuerto unas 100.000 personas por día. Se estima que, en cualquier momento del día, hay en la terminal de Ben Gurión como mínimo entre 15.000 y 20.000 personas, entre viajeros y trabajadores.
Al acercarse a Ben Gurión, el terrorista suicida lleva a cabo la operación para la cual se preparó durante años: estrellar el avión contra la terminal de pasajeros. Al mejor estilo del 11 de septiembre, el avión lleno de pasajeros israelíes será usado como arma.
Esto habría sido el 11 de septiembre de Israel, pero multiplicado por muchas más veces. Nos salvamos. Por el heroísmo del capitán Smit y por una serie de milagros, con protagonistas israelíes y un protagonista Divino. Bore Olam intervino para salvarnos de una tragedia cuyas proporciones recién ahora empezamos a comprender.
En pleno Sucot, y a días de Simjat Torá, a tres años del 7 de octubre, estaríamos de duelo, ante un escenario de, Dios libre, miles de muertos y decenas de miles de heridos en Medinat Israel.
Tenemos que dar gracias a Dios por habernos salvado y pedirle que, por favor, siga estando con nosotros.
Eso es lo que hicimos estos días en Sucot, cuando repetimos varias veces en el Halel la fórmula bíblica extendida de agradecimiento a Dios. Es una frase que, en este caso particular, tiene aún más significado que “Baruj HaShem”. La acuñó el rey David para dar gracias a Dios en hebreo: ¡Hodú la-A-donay ki tob, ki le’olam jasdó! “Agradezcamos a Dios porque estamos bien [a salvo], y que Su bondad para con nosotros [el pueblo de Israel] sea para siempre.”
Con estas palabras no solo agradecemos a Dios porque estamos a salvo, sino que también le pedimos —y afirmamos con optimismo judío— que siga estando con nosotros, protegiéndonos de nuestros enemigos.