ROSH HASHANÁ: El Juego del Palacio

וְרָאוּ אוֹתוֹ כָּל הַבְּרִיּוֹת וְנִתְיָרְאוּ מִלְּפָנָיו, סְבוּרִין שֶׁהוּא בּוֹרְאָן, וּבָאוּ לְהִשְׁתַּחֲווֹת לְפָנָיו. אָמַר לָהֶם אָדָם: לָמָּה בָּאתֶם לְהִשְׁתַּחֲווֹת לִי? בּוֹאוּ אֲנִי וְאַתֶּם וְנֵלֵךְ וְנַלְבִּישׁ גֵּאוּת וָעֹז וְנַמְלִיךְ עָלֵינוּ לְמִי שֶׁבְּרָאָנוּ. וְהִלְבִּישׁוּ גֵּאוּת וָעֹז וְהִמְלִיכוּ עֲלֵיהֶן לְיוֹצְרָן, וְאָמְרוּ: ה׳ מָלָךְ גֵּאוּת לָבֵשׁ.
Un hermoso Midrash en Pirqué de Rabí Eliézer anota que en el sexto día de la creación, el 1 de Tishrí, los animales se acercaron a Adam haRishón, el primer hombre: [vieron que producía fuego, fabricaba armas y herramientas,] y [su inteligencia] les dio miedo. Pensaron que Adam era su creador, se arrodillaron ante él y quisieron coronarlo como su rey. En un hermoso gesto de humildad y grandeza, Adam les dijo: “¿Por qué vienen a arrodillarse ante mí? Vamos juntos a coronar al verdadero Rey, el Creador.” Y así proclamaron todos que HaShem es el Rey, el Creador que da la vida y la retira a voluntad.
Rosh Hashaná, el 1 de Tishrí, el día que conmemora la creación del primer hombre, es una reproducción de ese glorioso evento donde la humanidad proclama a Dios como su Rey o, en hebreo, MÉLEJ.
En Rosh Hashaná cambiamos una palabra clave en la Amidá, la oración principal. Durante todo el año decimos “haE-l haQadosh”: que HaShem es el Dios santo. Pero desde Rosh Hashaná hasta Yom Kippur decimos “haMélej haQadosh”: nos dirigimos a Él como al “Rey” santo. Aclaremos que, en este contexto, “santo” significa “oculto”: es decir, omnipresente y, al mismo tiempo, inaccesible a nuestros sentidos. No podemos ver ni tocar a Dios. Las herramientas que poseemos para acceder a Dios no son nuestros ojos ni nuestras manos, sino nuestra mente y nuestro pensamiento.
Pero ¿qué significa la afirmación de que Dios es el Rey? ¿Qué importancia tiene reconocerlo? ¿Y por qué tenemos que enfatizar esto en Rosh Hashaná?
Para entender Rosh Hashaná, y cómo durante ese primer día del año debemos reorientar nuestras vidas, analizaremos una hermosa parábola de Maimónides en Moré Nebujim, la “Guía de los Perplejos”, tercera parte, capítulo 51. Quizás la parábola más importante de toda su obra. Allí explica con claridad y profundidad la dinámica entre el Rey, Dios, y nosotros, sus súbditos.
LA PARÁBOLA
Esta parábola explica cómo relacionarnos con Dios: dónde buscarlo, cómo alejarnos de Él y cómo acercarnos a Él. Para Maimónides esta búsqueda no es un tema más entre muchos. Es nuestra misión existencial. Si avanzamos, incluso parcialmente, nuestra vida tiene sentido. Y viceversa.
Para Maimónides, “conocer” a Dios no es una experiencia “mística” en la que hay que imaginar que uno habla con Dios o algo así. Dios permanece oculto. Invisible. En la parábola de Maimónides, “haMélej haQadosh”, el Rey reside en Su palacio, en la cámara real, y somos nosotros quienes debemos ir a buscarlo. La meta no es encontrarlo o verlo. La meta es acercarse.
El Rey mora en la cámara interior de Su palacio. El palacio está en una ciudad particular. Algunos súbditos viven en esa ciudad; otros prefieren vivir fuera de ella.
- Los que viven fuera de la ciudad se desconectan del Rey a propósito. No les interesa nada que tenga que ver con el Rey. No quieren ser considerados súbditos de este Rey ni someterse a Sus leyes. No tienen ningún interés en buscar un palacio; por el contrario, la idea de un rey les incomoda.
- Luego están los súbditos que viven en la ciudad pero que están de espaldas al palacio y caminan en dirección contraria. Dicen o piensan que buscan al Rey, pero, como van hacia el otro lado, se alejan de Él permanentemente.
- Hay un tercer grupo que sabe que el palacio existe, pero no lo ha visto. No ha podido encontrar el camino y da vueltas por la ciudad sin saber por dónde acceder al palacio.
- Otros han encontrado el palacio y quieren acceder a él. Dan vueltas alrededor de las murallas del palacio, pero no encuentran la puerta de entrada.
- Luego están quienes ya entraron al palacio, pero este es tan complejo que no han podido identificar la cámara interior donde está el Rey. Recorren los pasillos como si fuera un laberinto, buscando señales.
- Y por último están los que saben dónde está la cámara del Rey. No pueden entrar, pero ven un reflejo de luz que se filtra por debajo de la puerta.
Veamos ahora quiénes son los súbditos. Maimónides se refiere aquí al único pueblo que declara a Dios su rey: los judíos.
FUERA DE LA CIUDAD
En el primer grupo, los que viven fuera de la ciudad real, Maimónides menciona a quienes no tienen interés en conocer a Dios. Lo niegan; se definen como ateos. Y dedican sus mentes a otras cosas: objetivos materiales, placeres físicos, riquezas, prestigio. Buscar a Dios no se les cruza por la cabeza; eso los distraería de lo que realmente quieren. No es que no hayan encontrado el palacio. Es que no tienen interés en buscarlo.
DE ESPALDAS AL PALACIO
En la segunda categoría están los que sí saben que el Rey existe y que tiene un palacio, pero lo buscan en la dirección equivocada. Maimónides los describe con dureza: son personas que observan la Torá, creen en Dios y son inteligentes, pero abrazan ideas erróneas sobre Él. Porque razonan mal o porque siguen los pasos de alguien que los orientó mal. El resultado es el mismo: caminan con convicción, pero en dirección opuesta al palacio. Cuanto más avanzan en su camino, más se alejan.
Un ejemplo. Imaginemos a alguien observante, pero que cumple las Mitsvot por superstición o por interés propio. Alguien que especula que cada vez que hace una Mitsvá va a tener más dinero, más salud, o más suerte en sus negocios. Cada vez que cumple un precepto, piensa más en los beneficios que en servir a Dios. En este caso extremo, este individuo no está sirviendo a Dios. Se está sirviendo de Dios para su propio beneficio. Pertenece al grupo que se aleja del Creador porque tiene una imagen falsa de Dios: “utilitaria”. O se aprovechan de la Torá. O la usan para su propio beneficio. Invocan a Dios, pero lo que buscan son sus propios intereses, y así se alejan del palacio.
Maimónides agrega algo muy duro. Estos individuos son peores que los que viven fuera de la ciudad. Los de afuera no arrastran a nadie. Estos individuos, en cambio, pueden ser influyentes “en nombre de Dios” y así confundir a otros.
(Vale la pena aclarar que muchos ba’alé teshubá, muchos judíos que regresaron a la Torá, quizás empezaron su camino de regreso por interés o por una necesidad emocional, mitoj sheló lishmá, hasta que un día, B”H, descubren la verdadera dirección y se encaminan hacia el palacio del Rey.)
EN BUSCA DEL PALACIO
En la tercera categoría están quienes saben que el palacio existe, pero aún no lo han visto. Maimónides menciona, como ilustración, a los judíos observantes que se ocupan de las mitsvot y no son supersticiosos ni interesados, pero no se detienen a pensar en lo que hacen ni en lo que dicen. Saben que el palacio existe, es decir, que hay que acercarse a Dios. Están en la dirección correcta. Pero nunca lo vieron.
Ejemplo: alguien que dice bendiciones diariamente y reza la Amidá tres veces al día desde hace treinta o cuarenta años, pero nunca se detuvo a pensar en qué significa lo que está diciendo. O alguien que dice el Shemá Israel cada mañana y cada noche, pero nunca se preguntó en profundidad qué quiere decir “amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas”, ni cómo lograrlo. O quien lee Tehilim sin esforzarse por entender lo que dice, como si bastara pronunciar las palabras para que produzcan algún efecto mágico.
Las palabras de Tehilim o de la Tefilá son perlas preciosas que, cuando las comprendemos, nos elevan y nos inspiran espiritualmente. Son palabras que deben entenderse, meditarse y absorberse para que afecten y mejoren nuestras ideas y nuestra personalidad.
Maimónides no critica a este grupo. Están en la ciudad, caminan hacia el palacio, y eso ya es mucho. Pero les falta comprender cómo las Mitsvot actúan sobre nosotros. Recitar el Shemá Israel sin entender lo que decimos es desaprovechar (casi menospreciar, aunque sea sin intención) el mensaje y el efecto que la Tefilá debe ejercer en nosotros. Las mitsvot deben acercarnos a Yedi’at HaShem, a “conocer a Dios”, es decir, acercarnos mentalmente a Él.
Para Maimónides, Yedi’at HaShem es enfocarse en Dios y alejar el pensamiento de lo material. ¡No abandonar lo material! Sino dejar de tratarlo como el objetivo.
Solo cuando uno entiende que su prioridad existencial es “acercarse a HaShem”, de pronto, ¡ve el palacio! Todavía no entró. Pero lo vio. Es decir, lo descubrió. Y a partir de ahí ya no camina a ciegas: camina hacia algo.
BUSCANDO LA ENTRADA AL PALACIO
La cuarta categoría incluye a quienes ya vieron el palacio, pero no saben cómo entrar. Cumplen las mitsvot por amor a HaShem, tienen claro que su meta es acercarse a Boré Olam, pero no saben cómo conectarse con Él.
Para este grupo, Maimónides propone un plan de acción muy concreto. Comenzar por concentrarse intensamente en el Shemá Israel y la Amidá. Mientras decimos estas tefilot, aprendemos a controlar nuestro pensamiento y a evitar las distracciones, lo cual es la clave de todo. Entender, prestar atención y detenernos en cada palabra. Apartando de nosotros todo pensamiento que no sea Dios. Este es el camino para encontrar la entrada al palacio. Nada más. Y nada menos. Y hay que dominar este nivel antes de pasar al siguiente. Puede llevar años…
EN LOS PASILLOS DEL PALACIO
En el quinto grupo están quienes ya entraron al palacio. Cuando rezan el Shemá y la Amidá, su mente está donde debe estar. Ahora recorren los pasillos en busca de la cámara real. Están muy bien orientados.
Buscar la cámara real implica extender mi “conciencia de la presencia de Dios” más allá de los momentos de la Amidá y del Shemá Israel: al estudio de la Torá y, después, a las demás mitsvot, de modo que cada una se haga con la cabeza puesta en Quién la ordenó. La mente enfocada en Boré Olam el mayor tiempo posible, como dice el pasuq en Tehilim (16:8): שִׁוִּ֬יתִי ה׳ לְנֶגְדִּ֣י תָמִ֑יד,, “Tengo a Dios frente a mí, [en mi mente], permanentemente”.
FRENTE A LA PUERTA
En el sexto grupo están los que llegaron hasta la puerta de la Cámara Real, el punto más cercano al que un ser humano puede llegar. Su mente piensa en Él no solo cuando rezan o estudian, sino también cuando comen, trabajan o hablan con otra persona. Maimónides cita a Shir haShirim: “Yo duermo, pero mi corazón está despierto.” Este fue el nivel espiritual de Moshé Rabbenu, de los Patriarcas o de David haMélej: pastoreaban, negociaban, criaban a sus familias, pero su mente nunca se apartaba de Dios.
EL EJERCICIO
Un ejercicio que me propongo hacer este Rosh Hashaná. Cuando diga “haMélej haQadosh”, me voy a detener unos segundos y me voy a preguntar con honestidad: ¿en qué nivel estoy? No en cuál me gustaría estar. ¿En cuál estoy? Y después, una pregunta más: ¿cuál es mi próximo paso para acercarme al Rey?
Para casi todos nosotros, creo, ese paso consistiría en la receta que Maimónides nos ofrece sin rodeos: que, cuando digo el Shemá y la Amidá, piense en el significado de cada palabra, las medite durante unos segundos y absorba lo que me enseñan acerca de Dios y de mí mismo.
Rosh Hashaná es un buen día para empezar este proyecto. Es el día en que proclamamos a Dios como el Rey que está en Su palacio. ¡Vamos a buscarlo!