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Entendiendo el mensaje del Shofar

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“Tiempo de callar y tiempo de hablar.” (עֵת לַחֲשׁוֹת וְעֵת לְדַבֵּר Kohelet 3:7) 

Hay un momento en Rosh HaShaná en que la sinagoga se queda en silencio absoluto. El ba‘al toqea, quien va a tocar el shofar, lo levanta tras decir la berajá y, en ese momento, nadie se mueve ni habla. Muchos cierran los ojos, preparándose para uno de los momentos más solemnes del día —quizás del año—.

Mientras escuchan el shofar, algunos piden salud o parnasá —medios económicos dignos— o un shiduj —encontrar novio o novia para poder casarse—. Pero “pedir” mientras escuchamos el shofar no es lo que hay que hacer.

Y esto no es un error intencional.  La gente reza en ese momento porque así lo hicieron desde siempre o así le enseñaron, o así lo intuye. De alguna forma nos acostumbramos —¡mal!— a que, cuando nos sentimos cerca de Dios, lo primero que hacemos es ¡pedirle algo! Pero la mitsvá del Shofar no es para pedirle a Dios. La berajá que decimos antes de escuchar el shofar lo dice todo: nuestra obligación es lishmoa qol shofar, “escuchar” la voz del shofar. En silencio. Y la halajá lo refuerza indicando que desde que se recita la bendición  hasta que terminan todas las voces del shofar  evitamos hablar o interrumpir innecesariamente.

El shofar no es un momento para hablarle a Dios. Es el momento del año en que nos toca callar. Y escuchar.

¿Y qué hay que escuchar? ¿Qué nos está diciendo el shofar? La respuesta está en el nombre que la Torá le da a este día: Yom Teruá. Y  la explicación de nuestros sabios de que Rosh HaShaná es Yom HaDin, el Día del Juicio. Vamos a comprender este importante concepto paso a paso.

El sonido de la incertidumbre

La palabra hebrea teruá es explicada por la traducción de Onquelos como yebabá. ¿Y qué es la yebabá? La yebabá es un sonido humano de angustia. Pero no es un llanto. La Torá tiene otras palabras para describir el llanto (beji), el lamento de duelo (nehi) o un pedido de auxilio (ze’aqá). La yebabá es una combinación de sonidos humanos, suspiro y lloriqueo,  que aparece en una situación muy específica: cuando, en medio de la incertidumbre, uno comienza a contemplar en su mente que las cosas pueden terminar mal.

Hace más de veinte años, uno de nuestros hijos, que tenía cinco años, se perdió en un shopping center. Los primeros minutos uno busca con preocupación: ¿dónde está? Seguramente está por aquí. Debe haberse distraído. Todos nos separamos y comenzamos a buscarlo con esmero. Pero ¿qué pasa si ya pasaron veinte minutos, o media hora, y todavía no apareció? De pronto empiezan a surgir pensamientos terribles en la mente: ¿qué pasa si alguien se lo llevó? ¿Y si lo secuestraron? ¿Y si no lo volvemos a ver más, jas veshalom ?

En ese momento de una especie de “incertidumbre existencial”, todavía no lloramos, porque no sabemos que haya ocurrido algo malo. Pero suspiramos con angustia, de solo pensar en lo que puede estar pasando. Y hasta podemos empezar a lloriquear, anticipando —Dios libre y guarde— una noticia terrible. No se preocupen: Baruj HaShem, finalmente encontramos a nuestro hijo, luego de los cuarenta minutos más duros de nuestra vida, entretenido en un lugar de videojuegos.

Volviendo a la yebabá: esos suspiros y ese lloriqueo de angustia que salen de uno cuando imagina que algo terrible podría haber sucedido son lo que la Torá describe como teruá. ¡Esa es la voz del shofar!

La psicología moderna identifica un fenómeno muy similar. Los especialistas distinguen entre el miedo ante un peligro presente y la ansiedad anticipatoria, que aparece cuando todavía no sabemos qué está ocurriendo pero comenzamos a contemplar que algo malo puede suceder. Y esa incertidumbre no se limita a la mente: también modifica nuestra respiración. Aparecen respiraciones irregulares, suspiros, pequeños gemidos y un llanto entrecortado. La yebabá es el sonido corporal de la ansiedad anticipatoria: no lloramos por alguna tragedia que ya ocurrió, sino que suspiramos y nos quebramos ante algo malo que podría suceder.

La madre de Siserá

Los Sabios judíos (Rosh HaShaná 33b) describen el significado de yebabá desde el contexto de un versículo del Tanaj muy poco común. Siserá era el general del rey Yabín de Canaán. Durante veinte años había oprimido a Israel al frente de un poderoso ejército con novecientos carros de hierro (Shofetim 4:3, 13). Parecía invencible. Ese día salió a pelear contra Deborá y Baraq, perdió y fue asesinado. El texto bíblico hace algo extraordinario: nos lleva, tras las líneas enemigas, a la casa de Siserá. Allí está la madre de Siserá, esperándolo como tantas otras veces. Su hijo iba a volver con el botín, con los prisioneros, con los aplausos del triunfo y, seguramente, con regalos para ella. Pero el carro no llega. Y ya ha pasado demasiado tiempo. La madre sospecha lo pero . Y el texto la describe mirando por la ventana, cada vez con más ansiedad:

בְּעַד֩ הַחַלּ֨וֹן נִשְׁקְפָ֧ה וַתְּיַבֵּ֛ב אֵ֥ם סִֽיסְרָ֖א בְּעַ֣ד הָאֶשְׁנָ֑ב מַדּ֗וּעַ בֹּשֵׁ֤שׁ רִכְבּוֹ֙ לָב֔וֹא מַדּ֣וּעַ אֶֽחֱר֔וּ פַּעֲמֵ֖י מַרְכְּבוֹתָֽיו

“Por la ventana se asoma y gime la madre de Siserá. Y se pregunta angustiada: ¿por qué tarda tanto su carro en llegar? ¿Por qué se demoran las ruedas de sus carros?” (Shofetim 5:28).

Las mujeres que la acompañan también se dan cuenta de que Siserá está tardando demasiado e intentan tranquilizarla: seguramente se demoró repartiendo el botín de guerra, que debe ser enorme (5:29-30). Fijémonos en un detalle fundamental. Cuando el texto describe la reacción de la madre de Siserá, no dice que lloró. Dice vateyabeb: utiliza precisamente la expresión yebabá, que en español suele traducirse como “gimió” solo porque no hay una palabra más cercana. Pero no es exactamente lo mismo. Ella todavía no podía llorar porque no sabía que su hijo había muerto en la batalla. La mente de esa madre estaba llena de ansiedad, suspendida entre el posible regreso y la posible muerte de su hijo. Por primera vez comenzaba a contemplar la posibilidad de que no volviera más. Y emitió ese sonido de dolor premonitorio.   La yebabá no es el llanto de quien enfrenta la muerte. Es el sonido de quien acaba de “despertarse” a la posibilidad de un final no feliz. La yebabá es la reacción ante la idea de la mortalidad cuando, de pronto, esta entra en nuestra conciencia.   (Luego, los Sabios discuten cómo reproducir técnicamente ese sonido.)  ¿Es un suspiro largo y entrecortado? ¿O un lloriqueo corto y repetido? ¿O es la combinación de los dos: primero el suspiro y luego el lloriqueo? De allí vienen los shebarim, la teruá y la combinación de ambo . Pero ninguno de ellos es un llanto completo. Son los sonidos que anticipan la posibilidad del llanto).

Rosh HaShana es Yom HaDin

Y eso es exactamente lo que las voces del  shofar vienen a recordarnos: que hoy es Yom HaDin, el Día del Juicio. ¿Quién está siendo juzgado? Yo. ¿Y qué está en juego en este juicio? Mi propia vida.

Nuestros sabios expresaron esta idea, relacionada con nuestra propia mortalidad, con mucha delicadeza mediante una hermosa metáfora. En Rosh HaShaná, dijeron, se abren los libros de la vida y de la muerte. Dios juzga nuestras acciones del año pasado y determina nuestro futuro: nos inscribe en uno de los dos libros. Y no podemos estar seguros de cuál de los dos libros lleva nuestro nombre. ¿Hicimos durante este último año todo lo que podíamos hacer para merecer estar inscritos nuevamente en el Libro de la Vida? No lo sabemos. Esta es la incertidumbre que el Shofar debe despertar en nuestros corazones.   El shofar nos invita a colocarnos, por unos instantes, frente a la misma ventana en la que estaba la madre de Siserá.  La Torá quiere que, por lo menos durante unos minutos al año, dejemos de considerar nuestra vida como un derecho adquirido, y volvamos a verla como lo que realmente es: un regalo del Creador, “condicional”,   que debemos merecer. Y para alcanzar este estado mental, el shofar nos hace tomar conciencia de nuestra mortalidad.

Durante el resto del año casi nunca pensamos en que somos mortales . Mientras estamos sanos, mientras nuestra familia está bien y no nos falta nada esencial, vivimos con una extraordinaria sensación de predictibilidad. Suponemos que mañana será más o menos como hoy, que el próximo mes llegará con normalidad y que el año que viene transcurrirá, con algunas diferencias, como transcurrieron los anteriores.

Maimónides describe este estado de consciencia en el que negamos nuestra mortalidad como “letargo: estar dormidos”. Y explica que el shofar viene a despertarnos: “Despierten, ustedes que duermen, de su sueño… aquellos que olvidan la verdad en las vanidades del tiempo” (Hiljot Teshubá 3:4).

¿Y cuál es esa verdad que olvidamos gracias a las distracciones mundanas ? No se trata de una idea filosófica complicada. Es quizás el único dato absolutamente cierto que conocemos acerca de nuestro futuro: que no somos invencibles ni eternos. Y nadie tiene garantizado el próximo año.

Cuando la seguridad se agrieta

La yebabá de la madre de Siserá representa precisamente el instante en que la ilusión de seguridad se agrieta. Hasta ese momento ella estaba segura de que su hijo regresaría, como había regresado tantas otras veces. Y de pronto ya no está tan segura.

El shofar reproduce ese instante para que algo parecido ocurra en nosotros. Para que, por unos minutos, sintamos fragilidad, vulnerabilidad y, especialmente, dependencia: en el Creador. Y así podamos sentir de verdad que estamos siendo juzgados y que nuestra vida no debe darse por sentada.

Ese mensaje necesita tiempo para ser absorbido. No se puede recibir a medias mientras se hace otra cosa. Por eso, mientras escuchamos el shofar, no es el momento de “pedir” o rezar, ni siquiera de enumerar nuestros pecados, haciendo el Viduy y arrepintiéndonos de cada una de nuestras malas acciones. Eso vendrá después.

Durante esos instantes sublimes, debemos recuperar la conciencia de nuestra mortalidad,: escuchar, absorber, sentirnos vulnerables y aceptar nuestra fragilidad.

זִֽבְחֵ֣י אֱלֹ-הִים֮ ר֤וּחַ נִשְׁבָּ֫רָ֥ה לֵב־נִשְׁבָּ֥ר וְנִדְכֶּ֑ה אֱלֹ-הִ֗ים לֹ֣א תִבְזֶֽה

“Un corazón quebrado y frágil, Dios no lo ignora” (Tehilim 51:19).

Lo que importa es el proceso

Recuperar la conciencia de nuestra mortalidad no es un ejercicio negativo ni morboso. Todo lo contrario. Es el primer paso de la Teshubá. El shofar no es todavía la Teshubá propiamente dicha: es la preparación psicológica y espiritual que la hace posible. Primero rompe nuestra sensación de invulnerabilidad y nos hace más humildes. Después vienen hakarat hajet, reconocer nuestras faltas; el Viduy; pedir perdón; reparar lo que hicimos mal; y finalmente, cambiar.

Por eso Rosh HaShaná inaugura los Diez Días de Teshubá desde la incertidumbre. Fuimos juzgados, pero todavía no sabemos cuál fue la sentencia. Dejamos de asumir que el próximo año está garantizado y comenzamos a preguntarnos qué tenemos que cambiar para merecer un año más de vida.

Y aquí aparece una de las ideas más extraordinarias de los Yamim Noraim: ¡la sentencia incierta de Rosh HaShaná puede ser apelada! En la metáfora del Libro de la Vida, Dios nos inscribió, pero todavía no selló el veredicto. Tenemos diez días para hacer Teshubá, rezar, pedir perdón, reparar nuestras acciones y demostrar que podemos ser diferentes. El veredicto final se sella en Yom Kippur.

Por eso, mientras escuchamos el shofar, todavía no es el momento de pedir, confesar o enumerar nuestros pecados. No porque esas cosas no sean importantes, sino porque pertenecen a las etapas siguientes. Y no hay que quemar etapas. Primero hay que dejar que el shofar haga su trabajo: despertarnos y hacernos sentir frágiles y dependientes de nuestro Creador.

Luego vendrá el momento de actuar. La humildad nos permitirá reconocer: “Me equivoqué”. Pedir perdón a quien hemos herido. Reparar relaciones. Hacer Viduy. Cambiar.

Rosh HaShaná comienza con incertidumbre. Pero esa incertidumbre es parte de un proceso deliberado que nos empuja a utilizar los días que quedan hasta Yom Kippur para hacer todo lo que está en nuestras manos y apelar la sentencia. Y cuando termina Yom Kippur, confiamos en que nuestra Teshubá fue aceptada, que cualquier decreto negativo fue revocado y que nosotros y nuestros seres queridos hemos sido inscritos y sellados en el Libro de la Vida.

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