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NAZA y YOM KIPPUR: No todo es perdonable

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LOS PRIMEROS TRAIDORES
La Amidá, la oración central de la liturgia judía, contenía originalmente dieciocho bendiciones; una más fue agregada en tiempos de Rabán Gamliel. Trece de estas bendiciones son peticiones. Le pedimos a HaShem inteligencia, perdón, salud, sustento, justicia, redención y muchas otras cosas. Pero la petición adicional sorprende por su contenido.
En el texto sefaradí, esta berajá comienza con las palabras: “Laminim velamalshinim al tehí tikvá: “Que no haya esperanza / salvación para los herejes y los delatores…”.  Estas dos conductas —traicionar el pacto con Dios y traicionar a su propio pueblo— suelen venir juntas.  Este pedido a Dios es diferente de todos los demás. No le pedimos a HaShem nada para nosotros, ni ningún bien material. Le pedimos que nos proteja de nuestros enemigos internos.
El Talmud (Berajot 28b) cuenta que, después de la destrucción del Bet Hamikdash, alrededor del año 90 de la era común, los Sabios se reunieron en Yavne. Rabán Gamliel pidió entonces que se formulara esta nueva petición y se agregara al sagrado texto de la Amidá. Esto es extraordinario.
Rabban Gamliel se atrevió a modificar una estructura litúrgica establecida por los Sabios y los profetas de Israel y a agregar una nueva petición. ¿Por qué? Porque había surgido un problema nuevo. El pueblo judío había perdido su soberanía. Ya no tenía sus propios jueces ni tribunales y vivía sometido al poder de Roma, que no simpatizaba en absoluto con los judíos. En esta nueva realidad, un judío podía presentar ante las autoridades del Imperio una acusación contra otro judío, lo que ponía en peligro su libertad, sus bienes e incluso su vida. La comunidad judía ya no tenía jurisdicción sobre ese individuo. En tiempos normales, cuando existía un tribunal de justicia rabínico y surgía un conflicto entre correligionarios, se seguían las normas que la Torá establecía para juzgar el caso: la exigencia de pruebas fehacientes y de testigos que se presentaran a cara descubierta antes de condenar a una persona.
Pero ahora, si un judío acudía a las autoridades romanas para acusar a otro judío, como en el caso de Kamtsa y Bar Kamtsa, la situación se invertía. El acusado perdía la garantía de ser considerado inocente hasta que se demostrara fehacientemente lo contrario, mientras que el delator gozaba de un “derecho extraordinario”: la credibilidad total de facto. ¿Por qué?
Porque una acusación contra los judíos, pronunciada por un no judío, podía despertar sospechas: tal vez había odio, antisemitismo o intereses económicos de por medio. Pero cuando una acusación provenía de otro judío, adquiría de inmediato una credibilidad especial. Y las autoridades romanas, siempre dispuestas a alimentar su propaganda antijudía, la recibían como un regalo en bandeja de plata: “Si un judío delata a otro judío, es verdad”.

CON TU DIFAMACIÓN ME ALCANZA
El delator y hereje podía, además, beneficiarse personalmente de su traición. Podía obtener la protección de las autoridades, ventajas económicas, venganza, prestigio o simplemente la satisfacción de destruir a un adversario de su propio pueblo con extrema facilidad. Los judíos, por su parte, no tenían los instrumentos legales para detener o castigar al traidor ni para neutralizar el daño que podía causar.
A quien difamaba a su propio pueblo nuestros Sabios lo llamaron malshín, delator, traidor, o moser: literalmente, “entregador” o colaborador con el enemigo. Los malshinim se convirtieron así en un peligro extraordinario: la mayor amenaza para la supervivencia colectiva del pueblo judío. Este problema era más grande que todas las demás necesidades del pueblo”. Por este motivo, nuestros Sabios decidieron crear una nueva “petición nacional” e introducirla en la Amidá. Ante la impotencia de la comunidad judía para defenderse de un traidor, lo único que quedaba por hacer era apelar a la asistencia Divina. Y lo hicieron de manera oficial y permanente, y no como una medida temporaria, porque comprendieron que no sería la última vez que el pueblo judío tendría que enfrentar esta realidad.
Esta berajá es un recordatorio permanente que no aparece en los libros de historia ni en ninguna legislación marginal, sino en el corazón mismo de nuestra vida religiosa: nada menos que en la Amidá, la oración que pronunciamos con la mayor solemnidad posible tres veces al día.

DAÑO NO COLATERAL
Hace un par de días, los judíos del mundo quedamos conmocionados. Un documental llamado NAZA, en hebreo nézek agaví, “daño colateral”, que, fonéticamente, en inglés o en español, suena inevitablemente a una combinación entre GAZA y NAZI, ganó el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cine de Venecia, tras una insólita ovación de pie de casi 25 minutos.
Es una producción de dos periodistas israelíes, judíos, de extrema izquierda. La película sostiene que, durante la guerra de Gaza, que comenzó con la masacre del 7 de octubre, el ejército israelí autorizó deliberadamente la eliminación de numerosos civiles inocentes en sus decisiones de ataque, recurriendo a sistemas de inteligencia artificial para seleccionar objetivos, y no hizo nada para minimizarla. En otras palabras, el documental les entrega a los antisemitas las municiones que necesitan para validar la acusación ridícula de “genocidio” contra Israel.
La película se basa en testimonios anónimos de supuestos “soldados” israelíes. Hablan en hebreo, pero no se identifican. Las acusaciones se presentan sin fecha, sin lugar y sin identidad verificable de quien las formula. No serían válidas ante ninguna corte de justicia. El ejército israelí las desmintió: los testigos describen situaciones en las que, por definición, no participaron, y las decisiones de atacar o no atacar un objetivo las toman personas, no una inteligencia artificial.  Pero ¿a quién le importa verificar pruebas o investigar las motivaciones de los acusadores? ¿A los europeos infectados por el virus del “deicidio” (los judíos asesinamos a un dios) y por veinte siglos de antisemitismo cultural? ¿O a los abiertamente filoislamistas? Para ellos, pocas cosas resultan más atractivas que un “libelo de sangre contra los judíos” emitido por los propios judíos.
¿Cuál será el precio que los judíos deberemos pagar por este acto de traición y difamación ? ¿Y quiénes lo van a pagar, mientras los malshinim gozan de fama y gloria? ¿Nuestros valientes soldados, los que arriesgan sus vidas para defendernos?

¿QUIÉN NECESITA CONTEXTO?
NAZA no solo difama al ejército israelí; también elimina del relato el contexto que explica por qué comenzó esta guerra. Bill Maher, un periodista norteamericano, explicó hace muy pocos días en su programa que lo que Israel hizo en Gaza no fue un genocidio sino un contraataque, contra los terroristas de Gaza que violaron, robaron y asesinaron a judíos en una escala medieval. Maher  cuestionó el uso de la palabra “genocidio” como si el 7 de octubre nunca hubiera ocurrido. Maher le dijo a su invitada, una influencer antisionista: “Si quieren que los judíos no maten a nadie en Gaza, dejen de atacarlos”.
Los europeos, que tanto aplaudieron el documental, deberían dedicar unos 45 minutos más de su precioso tiempo a mirar otro documental: las imágenes reales del 7 de octubre, filmadas por los propios asesinos. Allí no hay testimonios anónimos ni rostros cubiertos. Hay nombres, imágenes, lugares, horarios y hechos identificables. Quizás sea hora de que ese material se exponga, a pesar de su horrible contenido gráfico, como un pequeño contrapeso frente a las calumnias que se presentan completamente descontextualizadas respecto del 7 de octubre.

EL EJÉRCITO MÁS CUIDADOSO DEL MUNDO
Hace unos días escuché a John Spencer, especialista en guerra urbana del Modern War Institute de West Point, que lleva años estudiando el combate en ciudades y que ha seguido muy de cerca lo ocurrido en Gaza. Sus comparaciones son dignas de conocerse. En la batalla de Mosul, entre 2016 y 2017, alrededor de 100.000 soldados iraquíes, con el apoyo de la coalición liderada por Estados Unidos y de una enorme superioridad aérea, tardaron aproximadamente nueve meses en expulsar de una sola ciudad a unos pocos miles de combatientes de ISIS. Murieron miles de civiles. Spencer sostiene que la proporción de combatientes a civiles muertos en Gaza ha sido excepcionalmente baja para una guerra urbana de esta magnitud, y ha argumentado reiteradamente que Israel tomó medidas extraordinarias para reducir las víctimas civiles. Su conclusión es contundente: en su análisis, Israel hizo más para evitar bajas civiles que cualquier otro ejército que haya estudiado en condiciones comparables.
Quienes conocemos de cerca a los soldados de Israel sabemos de los enormes riesgos que corren con sus propias vidas ¡para minimizar las víctimas civiles del enemigo! Es exactamente lo contrario de la imagen que esta película presenta.
Pero para el antisemita, europeo o islamista, el judío favorito es el judío pequeño, sometido, vencido, débil y humillado. Lo que no puede soportar es ver a un judío libre, fuerte, que se defiende y ¡es capaz de ganar! El motor del antisionismo / antisemitismo moderno es la intolerancia hacia un Estado judío que se defiende, contraataca y sale victorioso.
Entonces queda un último recurso: ¡sí, los judíos ganan! Pero ganan porque “son genocidas”, porque son “asesinos de bebés”. Los soldados israelíes son los “deicidas” de turno del mundo moderno. Y los gazatíes, los civiles de un pacífico pesebre.

QUE DIOS SE OCUPE DE ELLOS
למינים ולמלשינים אל תהי תקוה וכל הזדים כרגע יאבדו וכל אויביך וכל שונאיך מהרה יכרתו ומלכות הרשעה מהרה תעקר ותשבר ותכלה ותכניע במהרה בימינו. ברוך אתה ה׳ שובר אויבים ומכניע זדים.
Que no haya salvación ni escape para los traidores y los delatores; que aquellos que actúan con traición desaparezcan, y que toda fuerza maligna que busca destruir a Tu pueblo sea quebrada y sometida.
Fíjense en algo muy llamativo: en este caso la Amidá no le pide a HaShem que estas personas se arrepientan, que reconozcan su error, que pidan perdón y se rediman. El texto no deja la puerta abierta. Porque no se trata solamente de herejes religiosos; se trata de algo mucho más grave: traidores a su pueblo. Y esta petición poco común pide que sean excluidos,  apartados de nuestro pueblo, y que la justicia llegue de la mano de Boré Olam.
¿Por qué una expresión tan extrema?
Porque el daño que produce un judío que utiliza su condición de judío para legitimar ante el mundo una acusación contra su propio pueblo no es reparable. Es un daño nacional, colectivo, que no se puede corregir.
Y frente a ese enemigo interno estamos indefensos. Impotentes. Nada podemos hacer cuando una difamación viene “desde adentro”. ¿Qué vamos a decir? ¿Qué hay judíos antisemitas?   Por eso, en esta bendición, demandamos justicia de manos de Dios. Es un texto muy duro. No dice “Haz que comprendan”. No dice “Haz que cambien”. Dice mucho más: libéranos de ellos y ocúpate Tú de hacer justicia, bimherá beyamenu, lo más pronto posible. Antes de que sigan haciendo más daño.

LA AMIDÁ COMO TESTIMONIO
Tres veces al día decimos:  laminim velamalshinim al tehí tikvá. Porque nuestros Sabios comprendieron la gravedad de este peligro y lo grabaron en el corazón mismo de la Amidá, para que nunca desaparezca de nuestra memoria el peligro de la traición que viene desde adentro.  Quienes entregan a su pueblo al enemigo cruzaron una línea sin regreso. Ya no están de nuestro lado. Están del otro. No todo es perdonable. Pero no queda impune. Queda en manos de la justicia Divina. Esa justicia conoce las fechas, los lugares, las pruebas y quién está detrás del rostro cubierto. Conoce lo que hay en lo más recóndito del corazón humano. Conoce al bueno y al malo. Al que protege y al que ataca. Al que construye y al que destruye. Al que ama a su pueblo y al que lo entrega.

Dios se ocupará de ellos.

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