TESHUBÁ: Soy lo que haga con mi vida en los próximos 5 minutos

Estamos en Elul, el mes del balance. Y para hablar de balances, nadie mejor que Maimónides.
En el tercer capítulo de Hiljot Teshubá, Maimónides explica que en términos de comportamiento hay tres categorías de personas: el tsadiq, el rashá y el benoní. El tsadiq (la persona justa) es aquel que ha hecho más bien que mal. El rashá (la persona mala) es aquel cuyo balance de buenas y malas acciones es negativo. Y el benoní —la persona promedio, algo así como “el hombre mediocre” de José Ingenieros— es aquel cuyas buenas y malas acciones están en equilibrio.
Hasta acá, nada sorprendente: parece un cuadro de puntaje. Puntos azules, puntos rojos, y una suma al final.
Pero unas líneas más adelante Maimónides desarma el cuadro.
LA CUENTA QUE NADIE PUEDE HACER
Este cálculo, dice Maimónides, es inaccesible para nosotros. No depende de la “cantidad” de preceptos observados o transgresiones cometidas. La evaluación real solo la conoce Dios.
¿Por qué? Porque solo Dios conoce, por ejemplo, el verdadero potencial de cada uno. Si mi potencial para hacer el bien es 10 —porque tengo los medios, el tiempo, la salud, el conocimiento— pero llegué apenas a 7, tengo menos mérito que la persona cuyo potencial era 5, porque no tuvo mis posibilidades, y llegó a 5. En la aritmética del Cielo, 5 puede valer más que 7.
Y solo Dios conoce las fuerzas psicológicas que empujan a cada persona. Para alguien que creció en un ambiente donde mentir era la norma, decir la verdad es una batalla diaria y cada victoria vale muchísimo. Para otro, criado en una casa donde jamás se escuchó una mentira, decir la verdad no tiene demasiado mérito: le sale solo.
Conclusión: el saldo de mis méritos es inaccesible. No solo para mi vecino, que me juzga por lo que ve. También para mí mismo.
LA PREGUNTA INCÓMODA
Este pensamiento conduce a Maimónides a una pregunta muy práctica: si no puedo saber si a los ojos de Dios soy una buena o una mala persona, ¿cómo tengo que verme a mí mismo?
Las dos respuestas obvias son dos trampas.
Si me veo como un tsadiq, me estanco. Ya está, ya cumplí, tengo mérito acumulado. Es más: empiezo a sentir que tengo “crédito” para permitirme algunos pecados, como el de hacer dieta toda la semana y premiarme el domingo.
Si me veo como un rashá, es peor. Los rabinos le pusieron nombre a ese estado: yeush, el abandono psicológico. Ya está, ya soy así, no tengo remedio, ¿para qué intentar? El que se declara irrecuperable queda liberado de mejorar.
Una respuesta produce inercia. La otra produce parálisis. Las dos matan la Teshubá.
EL SECRETO: 50/50
Maimónides, que además de sabio era un genial educador, propone entonces algo que hoy llamaríamos psicología conductista: una persona debe percibirse a sí misma, siempre, en un perfecto estado de equilibrio. 50 y 50. Como si mis méritos y mis faltas estuvieran en un balance exacto, delicadísimo — y la próxima acción que realice fuera a inclinar la balanza hacia un lado o hacia el otro.
Mi próxima decisión moral —hacer una Mitsvá o dejarla pasar, cometer una transgresión o frenar— no es un punto más en una lista larga. Es LA decisión. La que define, ahora mismo, si soy una buena o una mala persona.
Y Maimónides agrega algo más audaz todavía: no solo yo estoy en equilibrio. El mundo entero lo está. Con una sola buena acción, escribe, una persona puede inclinar la balanza propia — y la del mundo entero — hacia el lado del mérito.
Pensalo la próxima vez que estés por decidir algo pequeño: según Maimónides, en ese instante tenés el mundo en las manos.
LOS PRÓXIMOS 5 MINUTOS
Fijate lo que Maimónides logró con este planteo. La pregunta “¿soy una buena persona?” mira hacia atrás, hacia una cuenta que no podemos hacer ni nosotros. Maimónides la da vuelta: no importa el saldo, que solo Dios conoce. Importa el próximo movimiento, que depende solo de mí.
Por eso Elul no nos pregunta quiénes fuimos. Nos pregunta otra cosa, mucho más urgente y mucho más generosa: ¿qué vas a hacer en los próximos cinco minutos?
Yo soy eso. Soy lo que haga con mi vida en los próximos cinco minutos.