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SHOFETIM: ¿Cuánto hay que pagar para controlar el futuro?

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LOS DOS DESEOS

Hay dos cosas que el ser humano siempre quiso y nunca pudo tener. La primera es saber qué pasará en el futuro. La segunda es controlarlo. Y alrededor de esos dos deseos —o ansiedades— se construyó, desde la antigüedad, una industria entera: los embusteros que decían que podían ver el futuro, y los que vendían soluciones que supuestamente lo modificaban.

Nuestra parashá se ocupa de ambas cosas. Y lo hace con una lista. La Torá no se limita a una advertencia general: enumera una práctica tras otra. “No se hallará entre ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique la adivinación, ni agorero, ni el que interprete señales, ni hechicero, ni encantador, ni quien consulte espíritus, ni adivino, ni quien pregunte a los muertos” (Debarim 18:10–11). El primer elemento de la lista sorprende: pasar a un hijo por el fuego no parece un acto de adivinación. ¿Qué hace encabezando una lista de adivinos y hechiceros? Maimónides lo explica en la Guía de los Perplejos (III:37), y su explicación es una radiografía de cómo funcionaba este mecanismo. Los promotores de este culto difundían una amenaza aterradora: si un padre no pasaba a su hijo por el fuego, ese hijo moriría. Era corrupción religiosa en su forma más brutal: fabricar miedo y luego presentarse como el dueño de la solución. Un padre no sometía a su hijo a ese ritual necesariamente por fanatismo pagano. Lo hacía por miedo, para salvarlo. La práctica más monstruosa de toda la lista no nacía entonces del deseo de saber el futuro, sino del otro deseo: el de controlarlo. Era el caso extremo del amuleto. Habían descubierto que el miedo de un padre por su hijo es una de las fuerzas más fáciles de explotar. Y la lógica que aparece después se repite una y otra vez: identificar el miedo de una persona y ofrecerle una solución que nadie puede comprobar.

NO ES PELIGROSO. ES MENTIRA

Mucha gente piensa que estas prácticas estaban prohibidas porque se consideraban peligrosas. Que funcionaban, que tenían un poder real, y que ese poder venía de un lugar oscuro del que convenía mantenerse lejos. Maimónides dice exactamente lo contrario, y lo dice sin ninguna diplomacia. En el Mishné Torá, en las leyes de Abodá Zará (capítulo 11), después de describir una por una estas prácticas, se escribe que “todas estas prácticas son mentira y falsedad”. Y agrega que quien cree en ellas, y piensa que son verdaderas y sabias pero que la Torá las prohibió de todos modos, “no es más que un tonto, falto de entendimiento”.

Para Maimónides, el adivino pagano no era un enemigo espiritual con poderes oscuros. No había ahí un poder que viniera del lado equivocado: no había ningún poder. Y cuando uno entiende eso, el tema deja de ser sobrenatural y se vuelve profundamente humano. El adivino era un embustero del peor tipo porque se aprovechaba precisamente de los momentos de mayor vulnerabilidad: un diagnóstico que asusta, un matrimonio que se está cayendo, un negocio que se hunde, un hijo que está perdido. Aparecía cuando alguien estaba dispuesto a creer cualquier cosa y a pagar cualquier precio por recuperar la esperanza. Lo que vendía no era información sobre el futuro. Vendía una falsa esperanza a alguien que desesperadamente necesitaba una verdadera.

CÓMO SE HACÍA EL TRUCO

Conviene entender de dónde proviene la impresión de que el adivino “acertaba”. Hay gente con un talento natural enorme para leer a otra persona: observar una cara, detectar un gesto que dura una fracción de segundo, notar dónde se le corta la respiración a alguien, escuchar cómo cambia el tono de voz cuando se menciona un tema. Esa habilidad existe y es real, pero no tiene nada de sobrenatural. También la tienen los buenos vendedores y los buenos jugadores de póker. Y a eso se le suma la sugestión. El que leía las manos, las cartas o el fondo de una taza no necesitaba decir nada preciso. Le alcanzaba con frases amplias, que pueden aplicarse a muchísima gente: “Veo un problema con alguien cercano”, “Hay algo del pasado que quedó sin cerrar”, “Veo un cambio grande que se viene”. El que escuchaba completaba los espacios en blanco con su propia vida. Después recordaba los “aciertos” del adivino y se olvidaba de todo lo que no había acertado. El trabajo lo hacía la víctima, no el adivino.

En 1949, el psicólogo Bertram Forer demostró experimentalmente algo muy similar. A 39 estudiantes se les dio un supuesto análisis personalizado de su personalidad. En realidad, todos recibieron exactamente el mismo texto, compuesto principalmente por frases tomadas de un libro de astrología: afirmaciones lo suficientemente generales como para que casi cualquiera pudiera reconocerse en ellas. Los estudiantes quedaron impresionados con la supuesta precisión del análisis. Solo más tarde, Forer les informó que todos habían obtenido el mismo resultado. Este fenómeno se conoce hoy como efecto Forer o efecto Barnum: nuestra tendencia a interpretar afirmaciones vagas y generales como si describieran específicamente nuestra vida. Para un adivino, esa tendencia humana ¡es oro puro!

LOS AMULETOS

El segundo deseo, el de controlar el futuro, tenía su propio mercado: los amuletos, los objetos con “poder”, los remedios metafísicos. Y acá Maimónides es todavía más duro, porque ya no habla de los paganos de Canaán. Habla de una práctica que existió entre Yehudim y que, afortunadamente, ya desapareció: en aquellos tiempos, algunos embusteros escribían dentro del pergamino de la mezuzá nombres de ángeles y supuestos nombres sagrados, para reforzar la “protección” de la casa. Maimónides dice que esa gente está entre quienes no tienen parte en el mundo venidero. Y explica por qué: “No les alcanza con haber anulado la mitsvá [la mezuzá queda pesulá, invalidada], sino que convierten una gran mitsvá —que expresa la unidad del Nombre del Santo, bendito sea, el amor a Él y Su servicio— en un amuleto para su propio provecho, porque piensan en su necedad que esto les servirá para las vanidades de este mundo”.

En el mismo capítulo 11 de Abodá Zará se dice algo parecido sobre el uso de versículos de la Torá para curar el cuerpo: quien hace eso está entre los que niegan la Torá, porque convierte las palabras de la Torá en un remedio para el cuerpo, cuando son un remedio para el alma. La lógica de Maimónides es siempre la misma. La mezuzá no es un seguro contra robos. Y en el momento en que una mitsvá se convierte en un truco para conseguir algo, deja de ser una mitsvá y se transforma en un amuleto de paganos.

EL SOÑADOR DE SUEÑOS QUE VISITÓ MI COMUNIDAD

Creo que nunca antes escribí sobre esto, entre otras cosas, para proteger la dignidad de las personas involucradas. Por eso voy a ser deliberadamente impreciso con los detalles. Hace unos veinte años apareció en mi comunidad en NY un hombre que venía de Israel y que se presentaba como víctima de múltiples tragedias: su casa, decía, se había quemado, mostraba fotos de niños con las manos vendadas y, para colmo, uno de sus siete hijos estaba enfermo de cáncer. Necesitaba dinero imperiosamente.

Justo en esos días, nuestra comunidad atravesaba una tragedia enorme: un hombre joven, padre de varios hijos, acababa de morir de cáncer. El hombre que llegó de Israel empezó a asistir al Minyan en el que estábamos conmemorando la semana de duelo por el fallecido. A los dos días, el hijo adolescente del fallecido —un joven de unos quince años, completamente devastado, con los ojos rojos de llorar y de no dormir— vino a verme a mi oficina, llorando desconsoladamente. Y me dijo que yo tenía que ayudar al hombre que había venido de Israel. Le pregunté: ¿Qué tienes que ver tú con ese hombre? Entonces me contó. Esa mañana, después de la Tefilá, el hombre se le había acercado y le había dicho que la noche anterior había visto a su padre en un sueño. Y que su padre, en el sueño, le pidió que su hijo “lo ayudara a recaudar fondos para su familia”. El hombre le aclaró, además, que no quería hablar con nadie más: tenía que ser él quien se encargara de conseguir esos fondos.

Ahí estaba, frente a mí, un adolescente absolutamente vulnerable, que acababa de enterrar a su padre, que daría cualquier cosa por escucharlo una vez más, rogándome que ayudara a un hombre que le aseguró haber soñado con su padre. No hay pensamiento crítico posible a esa edad y en esas circunstancias. Y el hombre lo sabía perfectamente. Por eso eligió a ese chico y no a otro. A mí me daba mucho dolor el abuso que estaba viendo. Pero no podía explicárselo a un joven en pleno duelo: no me iba a creer y, encima, iba a sufrir más. Entonces se me ocurrió un plan.

Me acerqué al hombre y le dije que lo iba a ayudar “en todo lo que necesitara”, y que viniera a mi oficina. Vino, con el joven presente. Le dije: “Dime qué necesitas, que yo te voy a ayudar”. Me dijo: “Necesito dinero para pagar unos medicamentos muy caros”. Le pregunté para qué eran los medicamentos. “Mi hijo está enfermo y el remedio no está cubierto por el seguro médico de Israel. Y es muy caro”. Le dije: “Muy bien. Dame el nombre del medicamento. Tenemos médicos que se especializan en cáncer en nuestra comunidad, y te lo voy a conseguir gratis, todas las dosis que necesites”. No le mentí. El hombre entonces dejó de hablar de los medicamentos y me dijo: “Necesito dinero para comida. No tenemos qué comer”. Le dije: “No hay ningún problema. Organizo ahora mismo a unas familias en Israel para que te lleven comida a tu casa. ¿Me das tu dirección?”. No le mentí. Entonces dejó de lado el tema de la comida. “La comida no es el problema principal. Tengo que pagar el alquiler de mi casa. Tengo varios meses de atraso y me quieren echar”. Le dije: “Perfecto. Dame el número de teléfono del propietario. Yo lo llamo ahora mismo y lo arreglo con él para que te pague el alquiler”. No le mentí.

En ese momento su rostro cambió. Ya no era el rostro de alguien que daba lástima. Ahora tenía una expresión de ira. Me preguntó agresivamente: “¿Me vas a dar dinero como me prometiste, o no?”. Le contesté: “Yo te aseguré que te iba a dar todo lo que necesitabas. Medicamentos, comida, alquiler: todo menos efectivo”. El hombre rechazó toda la ayuda que le ofrecí. Solo quería cash. Y cuando vio que no lo iba a conseguir, se levantó y se fue. Nunca lo volvimos a ver.

Este caso, que viví personalmente, fue una vergonzosa escena de abuso: un hombre disfrazado de persona religiosa, que se presentaba como alguien que recibía visiones en sueños, explotando a un joven en su momento de máxima vulnerabilidad, quien acababa de perder a su padre. Para mí fue una lección muy importante, y desde entonces la enseño: Cuando existen dudas sobre un pedido de Tsedaqá, la forma más responsable de ayudar es ofrecer ayuda directa—comida, alquiler, medicamentos—en lugar de entregar efectivo. Así, uno puede ayudar de verdad sin entregar el control de la situación a alguien cuya historia todavía no ha podido verificar.

TAMIM, ¿CON QUIÉN?

Algo más que aprendí de aquella situación es un ángulo diferente del pasuq de nuestra parashá: Tamim tihyé im HaShem Eloqeja. “Íntegro serás con HaShem tu Dios” (Debarim 18:13). La palabra tamim significa íntegro, pero también puede expresar la idea de ser confiado, casi ingenuo (naive, en inglés) —así se usa en el hebreo moderno. Y el pasuq aclara con quién uno puede ser tamim: Im HaShem Eloqeja. Con HaShem tu Dios. 

Con HaShem puedes confiar en tu futuro y en todo lo que Él tiene destinado para ti en tu vida: lo bueno y lo no tan bueno, sabiendo que HaShem a veces nos educa, nos fuerza a crecer con desafíos y pruebas.  Es exactamente lo que Rashi explica sobre este versículo: camina con Él con integridad, espera en Él, no investigues el futuro y todo lo que te venga, acéptalo con simplicidad. La Torá rechaza los canales alternativos de información sobre lo que ocurrirá. Pero hay algo todavía más profundo. La Torá tampoco dice: “No consultes adivinos porque Yo te voy a avisar lo que va a pasar”. No. La Torá nos dice que vamos a caminar sin saber lo que viene. Y que igual vamos a estar bien.

Ese chico que perdió a su padre fue tamim con la persona equivocada. Le creyó a un hombre que le habló de un sueño porque estaba destrozado y porque quería con toda su alma que fuera verdad. La Torá nos pide ser tamim hacia arriba, con HaShem, pero no ingenuos hacia los costados. Con HaShem, confianza. Con las personas, prudencia. Y especialmente con quien aparece en nuestros momentos de miedo asegurando que conoce el futuro, interpreta sueños o posee una solución que nadie más tiene: preguntas, verificación y sentido común.

 

La relación con HaShem es y debe ser directa, sin intermediarios. Frente al futuro, lo único que está en mis manos es hacer las cosas bien, con todo mi esfuerzo, rezar para que HaShem me ayude y dejar el resultado en Sus manos. Esto es exactamente lo que significa Tamim tihyé im HaShem Eloqeja.    

La Torá no nos promete adivinos para  saber qué ocurrirá mañana. Nos pide algo mucho más difícil: tener el coraje de vivir sin saberlo. No necesitamos comprar certezas, perseguir señales ni buscar a alguien que nos venda una ventana al mañana. Tenemos que hacer nuestro mayor esfuerzo ( hishtadlut), rezar, confiar y aceptar . El futuro pertenece a HaShem. Y no está a la venta.

 

 

 

 

מסכת דרך ארץ רבה, פרק ה

לְעוֹלָם יִהְיוּ כָּל בְּנֵי אָדָם חֲשׁוּבִין לְפָנֶיךָ כְּלִסְטִים, וֶהֱוֵי מְכַבְּדָן כְּרַבָּן גַּמְלִיאֵל.

וּמַעֲשֶׂה בְּרַבִּי יְהוֹשֻׁעַ שֶׁהִשְׁכִּים אֶצְלוֹ אָדָם, וְנָתַן לוֹ אֲכִילָה וּשְׁתִיָּה, וְהֶעֱלָהוּ לַגַּג לִשְׁכַּב, וְנָטַל סֻלָּם מִתַּחְתָּיו.

מֶה עָשָׂה אוֹתוֹ הָאִישׁ? עָמַד בַּחֲצִי הַלַּיְלָה וְנָטַל אֶת הַכֵּלִים וּכְרָכָן בְּטַלִּיתוֹ. וּכְשֶׁבִּקֵּשׁ לֵירֵד, נָפַל מִן הַגַּג וְנִשְׁבְּרָה מַפְרַקְתּוֹ.

לְשַׁחֲרִית הִשְׁכִּים רַבִּי יְהוֹשֻׁעַ וּמְצָאוֹ. אָמַר לוֹ: רֵיקָה, כָּךְ עוֹשִׂין בְּנֵי אָדָם שֶׁכְּמוֹתְךָ? אָמַר לוֹ: רַבִּי, לֹא הָיִיתִי יוֹדֵעַ שֶׁנָּטַלְתָּ אֶת הַסֻּלָּם מִתַּחְתַּי. אָמַר לוֹ: רֵיקָה, אִי אַתָּה יוֹדֵעַ שֶׁמֵּאֶמֶשׁ הָיִינוּ זְהִירִין בְּךָ?

 

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