La lógica pagana que hace de la muerte el puente hacia Dios conduce a su conclusión más extrema y monstruosa, también mencionada por nuestra parashá: si la muerte acerca a los dioses, el acto religioso supremo es enviarle al dios lo más valioso que uno tiene. La Torá lo dice con una frase escalofriante:
“…porque todo lo que es abominable para HaShem, eso hacen ellos por sus dioses: incluso [sacrifican] a sus hijos y a sus hijas al fuego para sus dioses” (Debarim 12:31).
Esto no es una exageración retórica: los arqueólogos encontraron en Cartago —una colonia fenicia, es decir, cananea— cementerios enteros de niños pequeños sacrificados. En la mente del padre pagano, el hijo sacrificado era un mensajero enviado al mundo de los dioses, la ofrenda máxima para comprar el favor del cielo. La Torá enseña esta lección desde su comienzo, con la cancelación del sacrificio de Isaac. Y en nuestra parashá lo llama de otra manera: toebá, abominación.
¿Y todo esto es historia antigua? Ojalá lo fuera.
Hace pocos años, los líderes de Hamás, y Nasrallah, el dirigente de Hezbollah, junto a otros movimientos yihadistas, proclamaron abiertamente una idea estremecedora: “Los judíos aman la vida, y nosotros amamos la muerte”. O, en otra versión: “Nosotros amamos la muerte más de lo que ustedes, judíos, aman la vida”. No son frases sueltas: es una cultura entera. Una cultura que educa a sus niños para el “martirio”, que construye túneles de guerra debajo de escuelas, que usa a sus propios hijos como escudos, y que convierte cada muerte ¡en celebración! El ídolo Mólej de Debarim 12:31 no desapareció; cambió de nombre.
Del otro lado está la respuesta de Israel, que no es militar sino existencial: después del 7 de octubre, la peor masacre de nuestra historia reciente, la sociedad israelí respondió con récords de donación de sangre, donación de órganos, de voluntariado, de Jesed (actos de bondad) y, B”H, un impresionante índice de natalidad.
Frente al culto a la muerte pagano que hoy se llama Yihad, hay un pueblo que se obstina en elegir la vida. Es Debarim 14:1 en acción. Somos hijos de un Dios que rechaza la muerte, la considera impura, y le ordena a Sus hijos vivir.
