Gran parte de nuestra parashá, Reé, está dedicada a advertir al pueblo de Israel de que no imite los cultos de los pueblos de Canaán. Para entender esas advertencias, primero hay que comprender cómo funcionaban las religiones paganas.
El pagano creía que los dioses eran seres lejanos, caprichosos y, en general, hostiles a los humanos. Un hombre común no podía dirigirse a ellos directamente: necesitaba intermediarios. Sacerdotes que conocían los secretos del culto. Ídolos y estatuas que “contenían” a la divinidad. Y sobre todo: los muertos. En el mundo pagano contemporáneo del Israel bíblico se creía que los muertos habían cruzado al otro lado, al mundo de los dioses, y que por eso estaban más cerca de ellos que cualquier ser vivo. De ahí el culto a los antepasados fallecidos, las ofrendas y la comida que se llevaban a las tumbas, los oráculos que consultaban a los muertos. En el paganismo, los muertos eran los intermediarios perfectos: el puente hacia los dioses.
Según Maimónides, el objetivo principal de la Torá es la oposición a la Aboda Zará, la idolatría (Moré Nebujim 3:29) — una idolatría que, según el mismo Maimónides, nació como un culto a los intermediarios: la gente comenzó honrando a los “servidores” de Dios, hasta que el intermediario terminó reemplazando a Dios (Hiljot Aboda Zará 1:1–2). Detrás de la adoración de ídolos de piedra y madera, y de todos los rituales paganos, aparece siempre la muerte: los sacrificios humanos, la invocación a los muertos y la sacralización de un sepulcro.
“Ustedes son hijos del Eterno, su Dios”
Frente a ese universo de mediadores muertos, la Torá declara un capítulo después:
“Ustedes son hijos de HaShem, su Dios” (Debarim 14:1).
Banim atem laShem Eloquejem — Con cuatro palabras, la Torá elimina toda la burocracia religiosa del paganismo. Un hijo no necesita pedir audiencia, ni pagar peaje, ni contratar un representante para hablar con su padre. Ningún judío necesita intermediarios para dirigirse a Dios.
Los muertos no te acercan a Dios: te alejan
La Aboda Zará comenzó en el pasado, pero continúa, un poco más sutilmente, hasta el día de hoy. La lógica del paganismo no desapareció; reaparece cada vez que el ser humano siente que necesita intermediarios para llegar a Dios: se glorifica la muerte —o a un muerto— y se lo considera un dios, o un hijo de dios, un intermediario entre el hombre común y un Dios que tiene un solo hijo. El argumento bíblico contra esas creencias es absolutamente sencillo, y emocionante: TODOS somos los hijos de HaShem. No hay un hombre que sea exclusivamente el “hijo de Dios”, ni una persona “mesiánica” que oficie de intermediario: ¡cada uno de nosotros tiene el mismo nivel de cercanía con Dios!
Y Dios ama a Sus hijos. Y como un buen padre, quiere para ellos la vida. La Torá es absolutamente clara en el rechazo a la muerte en todo lo que tiene que ver con la instrucción religiosa. En el judaísmo, la muerte —un muerto, o un sepulcro— no es algo sagrado. Es tamé: lo opuesto a lo sagrado. En el lenguaje de la Torá, “impuro” no significa sucio, sino aquello de lo que hay que alejarse para acercarse a Dios. El mensaje no puede ser más claro: HaShem es el Dios de la vida. Los muertos no te acercan a Él: te alejan de Él.
El Cohen —el hombre consagrado por la Torá al servicio de Dios— tiene prohibido acercarse a un muerto (Vayiqrá 21:1–3). Exactamente al revés que en Egipto, donde los sacerdotes eran especialistas en cadáveres, las pirámides eran tumbas monumentales y el libro más importante de la religión se llamaba, precisamente, el “Libro de los Muertos”.
Y esta impureza no afecta solamente el cuerpo de una persona que en vida fue espiritualmente baja, o poco observante. La tum’á del cadáver humano es proporcional a la grandeza de la vida que ese cuerpo albergó (ver Shulján Aruj, Yoré De’á 372:2; Jatam Sofer, Yoré De’á 338). La impureza relacionada con la muerte es la que nos impide ingresar a los sectores más sagrados de Har HaBayit, el Monte del Templo (Rambam, Hiljot Bet HaBejirá 7:15).
Lo que el paganismo y otras religiones “santifican”, la Torá lo considera impureza. Invocar la intermediación de un muerto es, de hecho —intencional o no intencionalmente—, una grave ofensa, un rechazo a esa relación padre e hijo que HaShem mismo estableció y que Él mismo desea. Es como menospreciar a un padre que ama a sus hijos y quiere que se acerquen a Él, y se comuniquen con Él, directamente.
“Mira, puse delante de ti la vida y la muerte”
Nuestra parashá abre así: “Mira (Reé): pongo hoy delante de ustedes la bendición y la maldición” (Debarim 11:26). Al final del libro de Debarim, en la parashá de Nitsabim, Moshé vuelve a usar la misma palabra con la que abre nuestra parashá:
“Mira (Reé): puse hoy delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal… Elegirás la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Debarim 30:15,19).
Es el eco exacto de nuestro pasuq inicial — y su traducción. Lo que en nuestra parashá se llama “bendición”, allá se llama por su verdadero nombre: vida. Lo que acá se llama “maldición”, allá se llama “muerte”.
Esa es la elección que Reé pone delante de nosotros: una religión de intermediarios o una relación directa con el Dios de la vida — la relación de un hijo con Su padre.
Shabbat Shalom

