¿Qué nos ordena el Primer Mandamiento?
Un mandamiento que no ordena nada
“Yo soy HaShem, tu Dios, que te rescató de la tierra de Egipto, de la casa de esclavos” (Shemot 20:2).
El Primer Mandamiento es, paradójicamente, el más difícil de entender de los diez. ¿Por qué? Porque no está formulado como una orden. No comienza con “No,” como “No matarás.” No contiene ningún verbo imperativo. No nos dice que hagamos ni que dejemos de hacer nada. Parece, más bien, una presentación: la forma en que el Creador se da a conocer antes de pronunciar Sus leyes.
De ahí la pregunta que los rabinos debatieron durante siglos: ¿es esto un mandamiento, o es un preámbulo?
El debate
El Rab Jasdai Crescas (Barcelona, siglo 14) escribió en su libro Or HaShem que no puede existir un mandamiento que nos obligue a creer en Dios. ¿Por qué no? Porque toda ley presupone un legislador. Aceptar que existe el Legislador no puede ser el contenido de una de sus leyes: es el prerrequisito de todas. Para Crescas, entonces, el Primer Mandamiento es la introducción solemne a los demás.
Maimónides sostuvo lo contrario: es una Mitsvá — la primera de las 613. Y se apoyó en la Guemará (Makot 23b–24a): de los 613 preceptos, 611 fueron transmitidos por intermedio de Moshé — 611 es el valor numérico de la palabra תורה, “Torá tsivá lanu Moshé” — y dos fueron escuchados por todo el pueblo directamente de Dios: los dos primeros mandamientos, los únicos formulados en primera persona. “Yo soy HaShem tu Dios”… “No tendrás otros dioses delante de Mí.” Del tercero en adelante, la Torá habla de Dios en tercera persona.
Lo que Maimónides dijo realmente
Ahora bien: ¿qué nos ordena esta Mitsvá? La respuesta habitual es “creer en la existencia de Dios.” Pero esa palabra, creer, no es la que usa Maimónides.
El Mishné Torá comienza así: Yesod hayesodot ve’amud hajojmot leida’ sheyesh sham matsuy rishón — “El fundamento de los fundamentos y el pilar de toda sabiduría es saber que existe un Ser primero” (Yesodé HaTorá 1:1). Saber. Conocer. No “creer.”
La diferencia no es un tecnicismo. Creer es aceptar algo que no puedo verificar. Saber es haber llegado a una conclusión — por la evidencia, por la razón, por el testimonio heredado de quienes estuvieron al pie del Sinaí. Para Maimónides, el judío no está obligado a un salto de fe: está invitado a un acto de conocimiento. La formulación “creer en Dios” pertenece, en realidad, al vocabulario de otras religiones. La nuestra dice leida’.
La palabra clave: ELOQEJA
Y hay algo más. Miremos las tres primeras palabras: Anojí HaShem Eloqeja. En hebreo, el verbo “ser” en presente no se escribe: la palabra “soy” no está en el versículo — la agregamos al traducir. Eso permite dos lecturas. La habitual: “Yo soy HaShem, tu Dios.” Y otra, igualmente literal: “Yo, HaShem, soy tu ELOQEJA.”
¿Qué significa Eloqim? En el relato de la Creación, donde aparece 35 veces, significa Dios, el Creador. Pero unas páginas después la misma palabra cambia de sentido. Cuando la serpiente tienta a Javá le dice: el día que comas del fruto “serás como Eloqim, conocedora del bien y del mal” (Bereshit 3:5). La serpiente no le promete superpoderes ni milagros. Le promete otra cosa: no necesitarás que nadie te diga qué está bien y qué está mal — lo decidirás tú. Eloqim, aquí, no es el Creador: es la Autoridad. El Referente de lo correcto y lo incorrecto. El Legislador.
Ese es el Eloqim del Primer Mandamiento. Y por eso este mandamiento no nos ordena creer que Dios existe — eso, como escribió Crescas, se da por sentado. Nos ordena algo mucho más exigente: aceptar que Él es quien define el bien y el mal. Es exactamente lo que declaramos cada día en el Shemá — “HaShem es nuestro Eloqim” — y que nuestros Sabios llamaron qabalat ‘ol maljut shamayim, aceptar el yugo de la Soberanía Divina.
Así entendido, el viejo debate se disuelve: Crescas tiene razón en que la existencia de Dios no puede ser una ley, y Maimónides tiene razón en que aquí hay una Mitsvá — porque la Mitsvá nunca fue creer que existe, sino reconocerlo como Soberano.
Conocerlo y aceptarlo
La distinción no es teórica. Muchas personas hoy dicen creer en un Dios Creador, pero no aceptan que ese Dios tenga autoridad sobre sus vidas — un Dios que existe, pero no manda. El Primer Mandamiento fue formulado, hace 3,500 años, exactamente para esa persona.
Y quien lo escuchó por primera vez fue una nación de esclavos: cuatro generaciones programadas para obedecer al Faraón, que decidía sobre su tiempo, su trabajo y sus vidas. A ellos — y a nosotros — les dice el versículo: Yo te rescaté de la casa de esclavos. Ya no estás bajo la jurisdicción de Egipto. Ahora, Yo soy tu Soberano.
De un Soberano al otro. Pero con una diferencia, que veremos en el próximo artículo: el Faraón te esclavizó para su beneficio. Dios te liberó para el tuyo.
