KI TETSÉ: ¿Esperar o no esperar al Mashíaj?

LA TIENDA VACÍA
La Haftará de esta semana, Roní Aqará (Yeshayahu 54), presenta una imagen extraordinaria de la redención, la Gueulá. El profeta se dirige a Yerushalayim, que durante el exilio que siguió a la destrucción del Bet Hamiqdash había quedado desolada, como una madre que de pronto se queda en su tienda —en su casa— sola, sin sus hijos. Pero ahora —le dice Yeshayahu a Yerushalayim— ¡todo está por cambiar! Tus hijos van a regresar, y serán tantos que vas a necesitar hacer algunas reformas en la casa: “Harjibi meqom aholej”, “ensancha el espacio de tu tienda”. Es decir: saca las estacas, ubícalas mucho más lejos unas de otras, agranda tu casa y extiende sus límites, que ya llegan…
El profeta le da esa instrucción, pero nadie regresa… La pobre mujer sigue sin hijos; la ciudad está totalmente vacía y desolada y, ahora, completamente desilusionada. Pero Yeshayahu le dice: al tajsoji, “No achiques tu tienda”. No pierdas la esperanza de que tus hijos algún día regresen. Yeshayahu sabe que, después de una pérdida, la tentación es hacerse chiquito: achicar la carpa, no ilusionarse, no arriesgar de más, no alimentar falsas expectativas. El profeta le pide, en nombre de Boré Olam, que prepare una casa más grande y espere. Sus hijos “ya” regresarán. En multitudes. Pero ese “ya” tuvo que esperar mucho tiempo para hacerse realidad.
Durante siglos leímos esta profecía como una utopía, un sueño más allá de los sueños. Los judíos rezábamos para regresar a Sión, dispersos por todo el mundo.
Pero finalmente nuestras tefilot fueron respondidas: tenemos nuevamente nuestro Estado de Israel, la tienda extendida que profetizó Yeshayahu.
Muchas olas de Aliá fueron provocadas por circunstancias terribles: pogroms, persecuciones, antisemitismo, guerras. Millones de judíos llegaron a Israel porque ya no podían permanecer donde estaban. No fue una elección: alguien o algo los perseguía y los empujaba —¡los expulsaba!— hacia Israel.
REGRESAR POR ELECCIÓN
Pero existe también otra clase de Aliá, mucho más meritoria: la Aliá por elección. Cuando un Yehudí no se escapa a Israel, sino que se dirige a Israel. Cuando deja voluntariamente una vida buena y estable porque quiere y desea que Medinat Israel sea su hogar y el de sus hijos.
Esta clase de Aliá —la Aliá por convicción y no por conveniencia— es la que experimentamos en mi comunidad hace un par de semanas. ¡Un grupo de siete familias, con sus hijos, hizo Aliá a Israel! Conozco a estas familias a la perfección: son mis congregantes, mis alumnos, mis amigos. Todos ellos son profesionales o empresarios exitosos que viven en Great Neck —los famosos suburbios de Nueva York—, en mansiones que no tienen nada que envidiarles a una casa en Olivos, Punta del Este o Lomas. Tienen sus familias formadas aquí, muy buenas escuelas, trabajos estables y una extraordinaria vida comunitaria.
Como buenos sefaradíes, el valor y la importancia de la familia son supremos. El dolor de alejarse físicamente de sus hermanos y de sus padres —y llevarse a sus nietos— ha sido el aspecto más difícil, doloroso y desgarrador de todo este proceso. Pero cuando la convicción es tan grande, uno siente que está haciendo enormes sacrificios y que BE”H está preparando el camino para que algún día el resto de la familia llegue a Israel. Y cuando eso suceda, les resultará más fácil integrarse teniendo un familiar ya establecido allá.
Pagando el altísimo precio de sacrificar comodidad y confort, y enfrentar el desarraigo, estas jóvenes familias de nuestra comunidad decidieron convertirse en la profecía de Yeshayahu y regresar a la tienda extendida de Israel. Eligieron Raanana: una ciudad hermosa, con muy buenas escuelas para sus hijos y servicios de salud de primer nivel. Allí van a empezar a construir su futuro.
¿CÓMO EMPEZÓ TODO?
Creo que el comienzo de este despertar llegó, irónicamente, a partir del 7 de octubre, cuando comenzó la guerra —que aún no terminó—. Fuimos testigos de un despertar religioso entre la gente menos religiosa y de un despertar sionista entre la gente ya religiosa. La decisión fue madurando en el corazón. Pero, claro, desde el corazón hasta la acción hay una enorme distancia.
Y entonces llegó Golán.
Me refiero al coronel (aluf mishné) Golán Vach, comandante de la Unidad Nacional de Rescate del Ejército de Israel —el hombre que dirigió las delegaciones israelíes que rescataron con vida a personas de los escombros en México, Haití y Turquía, y en el derrumbe de Surfside, en Miami—. En 2024, en plena guerra de Gaza, lo invitamos a visitar nuestra comunidad. Iba a hablar de la guerra, y habló de la guerra y de todo lo increíble que hizo allá, que es tema para horas de conversación.
Golán Vach es, además, un hombre religioso, muy espiritual y amante de Israel hasta la última fibra. Y se le ocurrió organizar una Habdalá musical. Jordan Karmeli, un joven padre de seis hijas, que nunca había visto a Golán hasta ese momento, ofreció su casa. Invitó a último momento a varias parejas de amigos: unas quince o veinte parejas jóvenes que llenaron la casa para esa Habdalá improvisada, junto a un héroe de Israel reconocido en el mundo entero.
Lo que ocurrió esa noche, de la que participé, no lo puedo describir con palabras. Pero voy a tratar.
Poco a poco fuimos descubriendo aspectos de Golán que no conocíamos. Primero, que además de coronel del ejército de Israel y experto internacional en rescate en zonas de terremotos y otros desastres naturales, es compositor: toca la guitarra y le canta canciones a Boré Olam. Todos decían lo mismo: es como David Hamélej —militar, poeta y músico—. Empezó con su hermosa Habdalá de Carlebach. Pero después comenzó a cantar y a enseñarnos canciones nuevas, sobre Israel, sobre Tehilim, algunas compuestas por él. Y cada una venía acompañada de una historia que nos sacudía hasta lo más profundo.
Esa noche parecía que uno estaba en una película. O en un trance. Estuvimos, creo, unas tres horas; era tarde y los padres jóvenes tienen hijos pequeños. Pero nadie se quería ir. Entre canción y canción, Golán hablaba de Israel: de las profecías que se están cumpliendo, de cómo Israel está creciendo a pesar de la guerra, del increíble Jésed que está teniendo lugar allá, de las victorias bíblicas del ejército de HaShem y de los milagros que él mismo presenció.
Y mientras hablaba —sin reprocharle a nadie no estar en Israel— algo empezaba a moverse en el corazón de todos los presentes. Era como si se escuchara en el aire la misma voz que le dijo “Lej Lejá” (“ve a la tierra que te mostraré”) a Abraham Abinu.
Creo que esa noche todas las parejas jóvenes que estaban en esa casa decidieron, en su corazón, hacer Aliá. Fue como una inspiración bíblica, imposible de ignorar: como cuando Saúl mandó mensajeros a buscar a David y, al llegar donde estaban los profetas, los mensajeros empezaron a profetizar ellos también; mandó un segundo grupo, y les pasó lo mismo; mandó un tercero, y lo mismo; hasta que fue él en persona, y también él profetizó (1 Samuel 19:20-24). Era algo contagioso. No lo puedo explicar racionalmente.
Después, Golán nos contó que hacía más de treinta años su padre, Shalom Vach, había fundado en Francia una organización dedicada a un tipo muy particular de Aliá: la Aliá en grupo. No familias sueltas, sino grupos de familias que hacen Aliá juntas y son recibidas por una comunidad que las espera. Golán tomó ese modelo francés y lo abrió al mundo de habla hispana y a los británicos con una nueva organización que llamó “ISRAELA” (Israelah, con la letra hebrea hé de dirección = “hacia Israel”). Por esa organización ya hicieron Aliá unas 2.200 familias, y lo más impresionante es que el 98% se quedaron en Israel.
Y esa misma noche invitó a las parejas que quisieran a viajar a Israel por una semana, con los gastos de estadía cubiertos.
Así empezó. Y lo demás es historia.
Yo nunca pensé que esto iba a ocurrir. Porque —como dije— son familias que “están muy bien”, en una situación económica muy buena. Y Great Neck es uno de los lugares con mayor porcentaje de población judía de todo EEUU; un lugar donde, cuando uno camina por aquí, ve que el 90% de las casas tienen mezuzá. Un lugar donde no falta absolutamente nada para una vida judía plena. Nada. Excepto todo: Israel.
TRES IDEAS QUE ME QUEDARON GRABADAS
Cuando estas jóvenes familias se despidieron, los maridos dieron un Debar Torá en Seudá Shelishit y, directa o indirectamente, explicaron qué los llevó a tomar esta decisión.
Voy a repetir algunas de estas ideas con mis propias palabras.
“Las mitsvot que solo existen allá”
Hay 613 mitsvot en la Torá. Hoy solo podemos cumplir 297: 316 quedaron fuera de servicio —la enorme mayoría— porque no tenemos Bet Hamiqdash: todo el orden de los qorbanot, el servicio de los kohanim, las leyes de tumá y tahará, etc.
Y de esas 297 que sí podemos cumplir, hay 26 que solo se pueden cumplir en la tierra de Israel: las mitsvot hateluyot baárets —terumot, maasrot, jalá, peá, léquet, shijejá, orlá, kilé hakérem, shemitá.
Esas 26 mitsvot no son “difíciles” de cumplir en Great Neck. Sencillamente no existen fuera de Israel. Un hombre con un jardín pequeño en Raanana puede cumplir mitsvot de la Torá que ningún judío de Nueva York puede cumplir, por más rico, más observante y más estudioso que sea.
Pero hay algo más: lo más importante. Rashí explica que todas las mitsvot que cumplimos en el exilio son para practicar, señales para el camino de regreso:
וְשַׂמְתֶּם אֶת־דְּבָרַי — אַף לְאַחַר שֶׁתִּגְלוּ הֱיוּ מְצֻיָּנִים בַּמִּצְווֹת, הַנִּיחוּ תְּפִלִּין, עֲשׂוּ מְזוּזוֹת, כְּדֵי שֶׁלֹּא יִהְיוּ לָכֶם חֲדָשִׁים כְּשֶׁתַּחְזְרוּ. וְכֵן הוּא אוֹמֵר (ירמיהו ל”א): הַצִּיבִי לָךְ צִיֻּנִים.
“Vesamtem et debaray” — Aun después de que sean exiliados, sigan distinguiéndose con las mitsvot: pónganse tefilín, hagan mezuzot, para que no les resulten nuevas cuando regresen. Y así dice Yirmeyahu (31): hatsibí laj tsiyunim, “ponete señales en el camino”.
El Rambán lleva esta idea hasta el final.
כִּי עִיקַּר כָּל הַמִּצְוֹת לַיּוֹשְׁבִים בְּאֶרֶץ ה׳
“Porque el cumplimiento esencial de todas las mitsvot es para los que habitan en la tierra de HaShem.” (Rambán, Vayiqrá 18:25)
Fuera de Israel seguimos plenamente obligados a cumplir las mitsvot —tefilín, mezuzá, Shabbat—, pero su lugar propio, el lugar donde alcanzan su sentido completo, es Erets Israel. El Yehudí en el exilio es una flor en un invernadero. El bosque, el campo natural de esa flor, es la tierra de Israel.
Quiero ir a Israel porque es el lugar natural donde todas las mitsvot se pueden cumplir como el Todopoderoso quiso que se cumplieran.
¿Rezar o hacer?
Tres veces por día pedimos a HaShem que nos reúna “que nuestros ojos vean Tu regreso a Tsión”.
Pero rezar sin hacer nada es como pedirle a HaShem parnasá (sustento) en Barejenu y no esforzarse por trabajar. Nosotros rezamos para que HaShem corone nuestros esfuerzos, no para reemplazarlos. Cuando decimos refaenu (cúranos de nuestras enfermedades), no estamos rezando en lugar de ir al médico: rezamos y hacemos todo lo que está en nuestras manos (hishtadlut) para curarnos. Si solo rezamos y no vamos al médico, ¡somos culpables de lo que nos pase!
¿Qué diferencia hay, entonces, entre rezar por sustento y salud y rezar por la Gueulá?
Todos los días le pedimos a HaShem en teqá beshofar gadol lejerutenu: “reúnenos desde los cuatro extremos de la tierra”. ¡HaShem ya ha escuchado nuestras plegarias y nos ha concedido nuestra petición! Las puertas están abiertas y se puede volver a Israel.
Seguir rezando por lo que ya me fue concedido, sin hacer nada al respecto, no es rezar: es postergar.
Quiero ir a vivir a Israel porque HaShem ya respondió a nuestras palabras. Ahora me toca a mí hacer mi parte.
¿Actuar o esperar al Mashíaj?
El gran mérito de ir a Israel, como el de cualquier otra mitsvá, es la bejirá hofshit: la libertad de elección. Y cuanto más le cuesta a uno, más mérito tiene esa elección. Si alguien me obligara —o me pagara— a ir al minyán todas las mañanas, no sería lo mismo que si yo eligiera ir al Minyán. Y si para ir al minyán tengo que sacrificar mi comodidad, porque duermo un poco menos, o pierdo algo de mi sustento, porque trabajo un poco menos, más mérito tiene todavía. Cuanto más sacrificio hay en elegir hacer una mitsvá, mayor es el mérito de cumplirla. Es lo que dice Ben He He en Pirqué Abot (5:23): lefum tsaará agrá, “según el esfuerzo, la recompensa”.
Yo quiero ir a Israel por propia elección. Por convicción. Aunque me cueste. No quiero irme porque algún día pueda ser peligroso quedarme en Great Neck. No quiero escapar de donde vivo porque no puedo pagar el seguro médico y allá es gratis. Porque en ese caso no sería mi elección: sería mi conveniencia.
El Rab Yehudá haLevi (1075-1141), en su famoso libro “El Cuzarí”, formula una advertencia muy dura y vergonzosa para los judíos que podían, pero no querían, regresar a Israel. El rey de los Cazares le pregunta al Rabino: ¿Qué sucedió en los tiempos del Segundo Templo, cuando los judíos le rezaban a Dios para que los regresara a Israel, y cuando esto fue posible, en los tiempos de Ciro (o de Ajashverosh Y.B.), los judíos optaron por permanecer en el exilio, “pero [irónicamente] seguían rezando para que Dios los regresara a Sión”?
La respuesta del Cuzarí a esta actitud de los Yehudim fue muy dura:
“Este pecado, el no haber regresado a la tierra de Israel [cuando tuvimos la oportunidad], es lo que impidió completar el plan Divino en el Segundo Templo. El profeta Zejariá anticipó que todos los judíos regresarían: ‘Canta y alégrate, hija de Sión’ [que Dios está nuevamente en Su tierra, Zacarías 2:14], y que cuando la mayoría de los judíos estuvieran de regreso en Israel, la SHEJINÁ, la Presencia Divina, y la profecía ¡regresarían a Israel! Se esperaba que los Yehudim regresaran voluntariamente a su tierra. Pero, increíblemente, esto no sucedió y solo algunos judíos regresaron [los más pobres]. La gran mayoría permaneció en Babilonia [Persia], en un exilio voluntario, ya que no querían separarse de sus asuntos mundanos, de sus mansiones y de sus negocios.”
Esto no puede suceder una segunda vez. Quiero llegar a Israel antes de que llegue el Mashíaj. Quiero ir a Israel por mérito propio, por elección y por amor a Boré Olam.
LA PARTIDA QUE SE CELEBRA
Para quienes quedamos aquí, la partida de estas hermosas familias y sus hijos (52 personas en total) nos provoca sentimientos encontrados. Los vamos a extrañar y, aunque nuestra comunidad sea de 1.200 familias, ¡su ausencia se va a notar! Pero, al mismo tiempo, sentimos orgullo y alegría de que estén ahora en la tienda de Yeshayahu. Es la única despedida que se debe celebrar. Porque están abriendo camino para los que quieran llegar allá algún día —por elección, o incluso por la fuerza—.
A estas siete familias, y a todos los que regresan a la tierra de nuestros patriarcas, les deseamos que HaShem los acompañe en este enorme paso, que su adaptación sea fácil, que encuentren en Israel un verdadero hogar y que sus hijos y nietos crezcan profundamente conectados con Am Israel y Erets Israel.
“Harjibi meqom aholej”. Agrandá tu tienda, Israel. Tus hijos están regresando a casa. Por voluntad propia.